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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Procedibilidad: el requisito


              Los delitos sexuales han existido siempre, por desgracia. Y siempre han llamado la atención hasta el punto de que son muchas las películas que traten de estos hechos horribles y de las vicisitudes de su persecución. Películas como Acusados o El color púrpura o series como Creedme son algunos ejemplos de ello

              En nuestro teatro es evidente que a los delitos contra la libertad sexual dedicamos parte de nuestro tiempo, pero hoy no quería hablar exactamente de ello, sino de algo que está íntimamente relacionado y que no siempre se conoce: la necesidad -o no- de denuncia.

              Según nuestro Derecho Penal, desde tiempo inmemorial, para perseguir los delitos contra la libertad e indemnidad sexual se necesita denuncia de la víctima. Sin dicha denuncia -o. en su caso, querella- no se puede perseguir al culpable, ni castigarlo, aunque el delito de violación se cometiera ante las mismas narices de un montón de personas y todas estuvieran dispuestas a testificar. Ni siquiera si se hubiera grabado y se contara con el testimonio gráfico. Es lo que llamamos requisito de procedibilidad

              La pregunta del millón es la de siempre ¿Puede proceder de oficio el Ministerio Fiscal? Pues sí y no, que en Derecho todo es interpretable. Aunque en días como estos las redes sociales y las tertulias se llenen de sabihondos preguntando eso de ¿dónde está la fiscalía? venga o no venga a cuento. Y es que protestar es gratis, y poner verde a la fiscalía ni te cuento. Y no digo yo que siempre tengamos razón, pero muchas veces, sí.

              Me explico. Como decía, para proceder por estos delitos, como por algún otro de los que hablaré luego, se necesita denuncia o querella siempre, pero, una vez iniciado el procedimiento, quien denunció o se querelló no puede echarse atrás. Algo así como Santa Rita, Rita, lo que se denunció ya no se quita. Y, si se echa atrás no solo no le valdría de nada, sino que tiene obligación de declarar testigo que es. Por esta razón estos delitos se llaman semipúblicos, aunque hay quien también los llama semiprivados. Para gustos los colores.

              Ahora bien, ¿qué puede hacer el Ministerio Fiscal cuando no existe esa denuncia? Pues si las víctimas son menores, personas discapacitadas o desvalidas puede denunciar el Ministerio Fiscal, aunque hay que dejar claro que no tiene obligación de hacerlo, por más que sea lo que en general sea más coherente con la protección del menor. Y, desde luego, que lo diga uno o mil tuiteros o unos o varios políticos enardecidos tampoco lo convierte en obligación. Para evitar equívocos.

              Hay otro caso en que la Fiscalía puede actuar, mucho menos frecuente y más difícil de explicar, que es el caso en que tras “ponderar los intereses en conflicto”, estime procedente interponer querella. Repito, querella, no basta denuncia. Pero claro, decir esto es fácil, solo consiste en cortapegar o parafrasear el Código. Lo verdaderamente difícil es determinar cuales son esos intereses en conflicto y cómo narices se hacer algo tan abstracto como “ponderar”. Y aunque la respuesta no es una verdad universal, hay que tener en cuenta las condiciones en que esté la víctima, sus posibilidades de denunciar y sus circunstancias personales. No es fácil mantener una acusación en contra del criterio de la víctima y, desde luego, los motivos han de ser muy claros. Como ejemplo para entenderlo, podría servir el caso de una víctima que no hubiera podido denunciar porque hubiera muerto, u otra de la que se sospeche que su falta de denuncia obedece a algún tipo de presión.

De todos modos, y para que nos tranquilicemos un poco, que no haya denuncia no significa que no se pueda investigar nada. La falta de denuncia no impide la realización de de diligencias a prevención. Lógico, no vaya a ser que si la víctima se decide a actuar pasado un tiempo, no haya nada quehacer porque no se investigó nada en su día.

              La verdad es que, llegada a este punto, siempre me planteo lo mismo. ¿Por qué bienes mucho menos importantes como la propiedad merecen una protección absoluta y la libertad sexual no? Esto es ¿por qué los robos no necesitan denuncia y las violaciones sí? Pues lo lamento, pero no tengo respuesta, aunque mi madre siempre diga que siempre tengo respuesta para todo. Porque, por más íntimo que sea el hecho, no debería quedar a disposición de la víctima, especialmente si esa falta de denuncia implica dejar a un violador libre y en disposición de seguir delinquiendo. Ahora bien, lo que deberíamos es tener un sistema que asegurara que la denunciante no se va a ver sometida a un proceso tortuoso que multiplica hasta el infinito la victimización secundaria. Denunciar no debería ser incompatible con la posibilidad de pasar página lo más pronto posible.

              Confieso que a mí el argumento de la intimidad no me convence. También podría decirse que pertenece a la esfera -intima la violencia de género, incluso si la víctima no quiere denunciar, y bien que nos llenamos la boca diciendo que es un delito público. Y lo es, pero con una excepción: los delitos sexuales en el ámbito de la pareja o expareja también necesitan denuncia o querella, Algo que no todo el mundo sabe.

              Pero, como decía, los delitos sexuales no son los únicos que requieren denuncia. Hay otros como el impago de pensiones, descubrimiento y revelación de secretos o delitos contra propiedad intelectual o industrial, entre otros, y gran parte de los delitos leves como las amenazas o coacciones. Por su parte, hay delitos privados, que solo se persiguen previa querella, que es el caso de las injurias y calumnias contra particulares.

              Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre algo que no todo el mundo tiene claro. El aplauso se lo daré esta vez a todas las víctimas que tienen el valor de denunciar. Ojalá llegue un día en que se lo pongamos tan fácil que no sea un acto de valor, sino el ejercicio de un derecho sin más. Y la ovación extra, una vez más, a @madebycarol por esa ilustración hecha para ese caso que ha hecho que volvamos a plantear un tema tan delicado. Y para su protagonista, por supuesto

Bulolegalismo II. Derecho Civil fantasma


              A veces, son mucho peores las medias verdades que las mentiras. Podría decirse, en palabras de título de película, que son Mentiras arriesgadas. Porque, por más que lo diga el refrán, no siempre es cierto que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. O, al menos, se tarda más de lo que se debería.

              En nuestro teatro, como decíamos en el anterior estreno, nos regimos por el principio de legalidad, pero en la periferia hay quien quiere vender gato por liebre. O, lo que es lo mismo, decir que es una ley lo que no es más que un bulo, o una interpretación cuñadística de una norma.

              Como ya hablamos de algunos de esos bulos en el Derecho Penal, hoy vamos a los del Derecho Civil, dentro del cual hay un apartado especial para una materia, la de Familia , que constituye un verdadero filón. Así que vamos al lío.

              Una materia que da para mucho bulolegalimo es la de las sucesiones. Supongo que, por influencia de series de televisión, especialmente de sagas de familias muchimillonarias que disponía de bienes e hijos a su antojo, como Dinastía, Dallas o Falcón Crest, se han implantado en el imaginario muchas creencias falsas. Una de ellas es la que se puede desheredar a un hijo porque yo lo valgo, algo totalmente incierto porque la ley establece la obligación de dejar la legítima a hijos y descendientes y para privarlos de ella han de concurrir casusa tasadas, y bien gordas, como haber atentado contra la vida del testador. En línea con esto, tampoco se puede disponer de los bienes por testamento como uno quiera si se tiene hijos o descendientes porque, como decía, la legítima es obligada: aunque el vecino del quinto se haya portado fenomenal, se le pude dejar el tercio de libre disposición, pero nunca quitarle la legítima a hijo o hijas para dársela.

              Otra creencia difundida es lo que muchos llaman en testamento recíproco entre cónyuges, algo así como dejarse todos los bienes mutuamente y, cuando el último de ellos falte, que sean para los hijos. Esto, que puede parecer muy razonable, no es legalmente posible. Los hijos e hijas suceden a los ascendientes, aunque el otro progenitor viva, y a este solo se le puede legar el usufructo de los bienes y el terco de libre disposición. Otra cosa es que, a la larga, esos bienes acaben en manos de los hijos una vez falten los dos progenitores, pero eso es producto de las sucesivas aplicaciones de la ley a cada momento, y no de n testamento mix, que es lo que sería esa disposición recíproca.

              También está bastante extendido el bulo de que si una persona, con hijos de una anterior pareja se casa por segunda vez, tales hijos pierden su herencia. Podrán perder, en todo caso, esa parte de libre disposición si su padre hubiera decidido dejársela y cambiara de idea, pero nunca su legítima. Y es que ya he dicho que las series americanas han hecho mucho daño-

              Hay otra materia donde los bulos corren como las sardinas por el monte de la canción infantil, la de los derechos al honor y a la intimidad, y la propiedad intelectual. Por más que la gente se empeñe en lo contrario, no se puede disponer de la imagen de cualquier con tal de que se encuentre en la vía pública, excepción hecha de lo que dice la ley para famosos y personajes conocidos en actos públicos. Tampoco se pueden reproducir sin permiso del autor compases de una canción.

              El derecho de propiedad también tiene su aquel. No sé de dónde sale esto, pero si alguien os dice que os podéis quedar los frutos de un árbol del vecino si las ramas llegan a vuestra casa, es mentira. También es mentira que si te encuentras dinero en la calle te lo puedas quedar si es menos de 3000 euros; otra cosa es que nadie se entre, pero no deja de ser una apropiación indebida.

              Y, por cierto, tampoco es cierto eso de que una propiedad no te pertenece si no está inscrita, aunque esa falta de inscripción dificulte las cosas. Cuantas terrenitos de huerta han legado abuelos a nietos sin que en el catastro constara nada, y cuántos pleitos ha habido después para determinar los lindes de esas propiedades que van dividiéndose con cada generación.

              Y ojo con lo que hacemos, que tampoco es verdad que la propiedad de una cosa te dé derecho a quitársela por la fuerza a quien la tenga en su poder. Ya dije en otra ocasión que lo del perdón a quien roba a un ladrón es solo un refrán, no una ley. Como tampoco es verdad lo que dicen que las deudas ya no se pueden reclamar a los cinco años; dependerá de la deuda, de la cuantía, de la procedencia y de la naturaleza para determinar el plazo de prescripción.

              Y de la propiedad a la familia, esa materia del que todo el mundo parece saber tanto porque tiene un cuñado que lo explica muy bien. Empecemos por lo más obvio, lo de conceder el divorcio. En España el divorcio no se ha de conceder por nadie, cualquiera se pude divorciar, aunque el otro cónyuge se niegue. Y las películas digan lo contrario. Y la infidelidad no es causa de divorcio; en realidad ni eso ni nada porque nuestro divorcio no es causal ni tiene culpables legalmente, sin perjuicio de lo que cada cual piense de su propio.

              Y, como la ley no puede obligar a determinadas cosa, ya hace mucho tiempo que ni legal ni por costumbre existe el débito conyugal. El matrimonio no da derecho a tener sexo, aunque parece lo lógico tenerlo. Tampoco la ley obliga a vivir en la misma casa, pueden vivir en casas separadas si es su gusto, aunque lo suyo sea que, como dice también el refranero, el casado casa quiera. Y otro bulo anclado en películas como Matrimonio de conveniencia: casarse con una española no da automáticamente la nacionalidad, aunque se reducen los requisitos y años de residencia para obtenerla. Quedáis advertidos, por si alguien se había prometido solo con ese fin.

              En cuanto a la custodia de hijos e hijas una vez roa la pareja, hay universo entero de bulolegalismo. No es cierto que todas las juezas den la custodia a las madres por una especie de solidaridad femenina, no hay más que echar un vistazo a la jurisprudencia para comprobarlo. Tampoco lo es que los niños y niñas decidan con quién se quedan a partir de los 12 años, esa edad determina el momento en que obligatoriamente sean oídos -pueden ser antes, si tienen suficiente juicio- pero eso no supone que se haga lo que ellos quieran, faltaría más. Si la gente supiera las razones que a veces tienen las criaturas para elegir un progenitor u otro alucinarías, a mi una niña me dijo que quería ir con su papá porque su mamá pasaba mucho rato quitándole piojos y su padre, no, o porque uno le obliga a hacer los deberes y otro no y hasta porque tal progenitor vive al lado de su amigo Juanito y eso le viene bien. Hay que oírlos, pero decide Su Señoría teniendo en cuenta todo, incluida la opinión del menor, pero no siguiendo eso a pies juntillas.

              Cuando de custodia compartida se trata, los bulos se multiplican hasta el infinito. Cada caso es cada cual, pero es falso que, porque exista custodia compartida deje de haber obligación de pagar pensión, ni de atribución de la casa. Así que, si alguien se plantea pedirla para ahorrarse un dinerito, que lo reconsidere porque así no son las cosas. Y tampoco vale la pena que sigamos cruzando los dedos a la espera de que las criaturas cumplan 18 años para dejar de pagar pensión porque de eso nada, hay que seguir manteniendo a los hijos mientras lo necesiten.

              Íntimamente relacionado con ello está el Derecho de familia derivado de casusa de violencia de género, donde el bulolegalismo florece por doquier. Aunque haya voces interesadas en repetir que una denuncia implica automáticamente que la mujer se quede casa, piso, hijos y paguita, eso no es así. Primero, no siempre se consideran probados los hechos, y sin ellos no hay consecuencias civiles. Y segundo, cada caso es un mundo, y es posible que procedan o no visitas -es excepción a la regla general, pero legalmente posible- o que el piso no se atribuya a la madre si no quiere o si no procede por toras razones, como que sea de otra persona. También es radicalmente falso que para los casos de violencia de género cambien las reglas de valoración de la prueba, algo que mucha gente dice pero que nadie es capaz de probar con un precepto…porque no existe.

              Y para acabar, uno de mis preferidos. Si se cambia de sexo y quien antes era hombre pasa a ser mujer, no hace que el hecho que cometió en su día como hombre deje de ser juzgado como violencia e género, ni tampoco supone que, de repente recupere la custodia de sus hijos o el derecho de visitas del que se le privó por el hecho cometido. Si alguien se iba a cambiar de sexo por eso, que se vaya olvidando. Pero si aun así insiste, lamento comunicarle que las mujeres también pueden ser privadas de visitas. Así que mala suerte.

              Hasta aquí, la segunda entrega de bulolegalismo. A la espera del tercero, dedicaré de nuevo el aplauso a quienes con sus aportaciones hacen posibles estas funciones. ¡Qué sería de este blog sin su generosidad!

Bulolegalismo I. Derecho Penal fantasma


              Una mentira contada muchas veces puede acabar convirtiéndose en una verdad. Eso era lo que, al menos, decía una de las máximas de propaganda del nazismo, y ya hemos visto en muchas películas todo el horror que eso trajo consigo. El niño de Jojo Rabbit creía a pies juntillas lo que le decían de los judíos y otro niño, el de La vida es bella, creía lo que su padre le decía a pesar de la triste realidad de un campo de concentración. Aunque no hace falta ir tan lejos para comprobar el poder de algunos bulos. Más si tienen que ver con las leyes

              En nuestro teatro rige, como sabemos, el principio de legalidad, aunque el verdadero problema estriba, a veces, en saber de qué legalidad se trata si atendemos a la fuente equivocada. Una fuente que cada vez más se sale de los límites de Toguilandia para entrar en el imperio de la todología y el sabelotodismo que vemos en tertulias y magazines varios.

              En el anterior estreno, inventaba un palabro nuevo, el bulolegalismo, para referirme a esas cosas que la gente dice que son una ley, pero que jamás pasaron por el BOE ni por Código alguno. Y hete tú que se me ocurrió hacer una pequeña cuestación en Twitter -perdón, en X- y el resultado fue un hilo con aportaciones apasionantes, tantas que no bastará un estreno son tres, al menos. Y aquí está el primero, sobre el Derecho Penal fantasma.

              En los últimos años los medios de comunicación se han empeñado en meternos por los ojos un delito que, en realidad es mucho menos frecuente de lo que quieren hacernos ver, la okupación . Y ojo con todas las cosas que afirman que dice la ley, tan absurdas como falsas. Dicen que si te okupana la casa, hay que mantener a los okupas 3 años hasta poderlos echar, y pagarles luz y agua. Los mismos o distintos opinólogos que la misma ley dice que no se les puede denunciar si pasan más de 48 horas, como si hubiera premio a la denuncia más rápida. Aunque mi preferida es la creencia de que basta con tener un justificante de que Telepizza ha traído una pizza a la casa okupada para que no te puedan echar. Y nosotros sin saberlo.

              Y es que el paso del tiempo luce mucho en los bulos. Debe ser por eso que hay quien cree que hay una ley según la cual la desaparición de una persona no puede denunciarse hasta que ha pasado 24 o 48 horas o 3 días, según versiones. Y eso es algo que han visto en pelis americanas, pero que aquí nada de nada. Solo faltaba

              Muy relacionado con el tema de la desaparición está otro de los bulos legales más difundidos, el de que si no aparece el cadáver no hay delito, algo que repitieron hasta la saciedad en casos tristemente famosos como el de Marta del Castillo o Marta Calvo. Por suerte, no solo es incierto, sino que hay un precepto del Código que contempla específicamente este supuesto, reformado tras el caso de El Nani, en la noche de los tiempos. Pero para qué queremos una buena verdad si tenemos una mentira más vistosa.

              Por supuesto, los delitos de sangre -y cuanta más sangre, mejor- proporciona un filón a nuestros bulolegalistas. Los hay que explican, creyéndose cargada de razón, de la diferencia entre homicidio y asesinato está en la intención en vez de en las circunstancias. No me imagino yo al criminal pensando “quiero matarlo, pero no asesinarlo” o viceversa. Por no hablar de la tontería e «quería matarlo, pero poquito», que también he escuchado algina vez.

              Con esto delitos, hay quien tiene en la cabeza un gazpacho jurídico considerable que mezcla la realidad con creencias, películas y Derecho de otra época. Es lo que ocurre cuando siguen hablando de asesinatos con premeditación y alevosía -la premeditación ya hace mucho que no es circunstancia del asesinato- o de los agravantes de nocturnidad y despoblado, muy aparentes pero inexistentes desde el Código del 95.

              Algo parecido ocurre con el supuesto delito de abandono de hogar que, aunque existe en su modalidad de abandono de familia -en el 99 por ciento de los casos es por impago de pensiones- no implica que se castigue a quien se marche de casa sin más. Todavía veo a muchas parejas que siguen conviviendo pese a estar rota la relación porque algún cuñado les ha dicho que s se van les pueden acusar por abandono de familia. O que perderán el derecho a su parte en el piso, otra leyenda urbana muy difundida.

              Al pasado pertenecen también otros delitos que para algunos están plenamente vigentes. Es el caso del desacato a la autoridad, el escándalo público o el parricidio. Ahora por más que alguien se escandalice de la conducta ajena, no hay delito que valga. Y en cuanto al parricidio, no es que matar a tu padre no sea delito -solo faltaba- sino que no tiene ya ese nombre, que, por otra parte, no se aplicaba solo a asesinatos de hijo a padres sino a la mayoría de supuestos de nuestra actual violencia doméstica.

              Por otro lado, por culpa de las películas es por lo que hay mucha gente que sigue empeñada en que si e acusado mente comete delito de perjurio. Y, como su propio nombre indica, eso es imposible, porque los acusados en España no solo no declaran bajo juramento, sino que pueden mentir como bellacos. Y tampoco existe la prueba de polígrafo, por más que más de una vez me lo hayan pedido. Se siente

              Y luego están esos inventos que siguen sin sacarme de mi asombro cada vez que alguien los saca a pasear. Uno de ellos es el delito contra la salud pública que, aunque se circunscribe a supuestos concretos, sobre todo de tráfico de drogas, hay quien se llena la boca diciendo que lo comete quien contagia la gripe, o el COVID, por no ponerse una mascarilla. Al mismo nivel está la afirmación de que 3 plantas de marihuana no son delito, se trate de macetitas en el balcón o de una plantación, y que ignoro de dónde puede salir.

              En otras ocasiones, son las circunstancias agravantes y atenuantes las que se inventan a la medida de quinen habla. Existe la creencia de que si alguien es cinturón negro en un arte marcial se convierte en arma blanca, y por ende puede dar lugar a la agravante de uso de instrumento peligroso. Por eso, desde que mi hija fue cinturón negro de judo, debo sentirme como si tuviera una catana en casa. O poco menos, que si aun fuera menor me acusarían de tenencia de armas prohibidas o poco menos. Otra circunstancia que da ligar a interpretaciones pintorescas es la legítima defensa, que hay quien afirma que si entran en tu casa no pasa nada si atacas al ladrón. Y que nadie se lleva engaño, pero aquí no vale lo de los 100 años de perdón. Ni 10 siquiera.

              A interpretaciones pintorescas se deban otros bulos, como el que afirma que el valor de lo sustraído determina si estamos ante un hurto -menos de 400e- o un robo -más 400 €- cuando lo que diferencia es, solo si es hurto, que sea delito leve o menos grave, porque si hay videncia o intimidación el robo es siempre robo. A otra interpretación curiosa responde la afirmación de que si alguien se cambia de sexo se borra su historial penal porque es otra persona, o la de que los menores pueden hacer lo que les dé la gana porque son impunes. También estaría en esta categoría la afirmación falsa de que para que haya una violación la víctima ha de resistirse, lo que no sucede ni con la ley actual ni con la anteror.

              Aunque si algo da lugar a bulolegalismos a cascoporro es la fase de ejecución de las penas. Afirmaciones como que con más de 70 años no se entra en prisión -se clasifica en tercer grado, pero vaya si se puede entrar- que por una primera condena no e va a la cárcel o que nadie va por penas inferiores a 2 años son habituales, confundiendo la posibilidad de suspensión de la pena, que es facultativa y necesita del cumplimiento de determinados requisitos, con una regla inexistente. También es absolutamente falsa una creencia muy extendida, la de que por buena conducta las condenas se reducen, ni la de que a partir de 2 años de prisión se dan todos los permisos del mundo. De ahí a la cantinela de que “los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra” no hay más que un paso. De los mismos creadores de que “si pagas fianza no vas a prisión” aunque hayas matado a Manolete.

              El derecho procesal también tiene sus bulos. Uno de los más famosos es la presunción de veracidad de la policía, que no se regula en ningún sitio, que los Fiscales siempre acusamos, que doy fe de que no es así, o que las mujeres han de resistirse para que se considere probada una violación.

Y, cómo no, el tema de la prueba también da para mucho. No hay ninguna ley que diga que en casos de la palabra de uno contra la de otro no hay prueba -no olvidemos que el acusado puede mentir y el testigo está obligado a decir verdad-, o que no vale la declaración de un pariente o un amigo, sin perjuicio de que se valore esta relación y de que pueda acogerse a la dispensa a no declarar, si procede. Para acabar con este ámbito, no es cierto que la prueba de indicios no tena valor, más bien al contrario, a veces es definitiva para tomar una resolución, sobre todo cuando confirma una versión u otra. Eso sí, han de ser indicios, y no sospechas infundadas.

              Para acabar este estreno, aludiré algunos bulos relacionados con el mal uso del lenguaje. En nuestro Derecho no hay libertad con cargos o sin ellos -es libertad provisional o definitiva-, las denuncias no sientan en el banquillo a nadie y las querellas, como las denuncia, o son criminales o no son. Aunque mi preferido es un bulo que no sé de dónde sale, pero no tiene desperdicio: si denuncias a alguien y va a la cárcel, has de pagar su manutención. Ahí queda eso.

              Y hasta aquí, este primer estreno de bulolegalismo. Ya advierto que habrá más. Pero antes de eso, daré mi aplauso, que dedico a todas las personas que han aportado para esta recopilación. Sin ellas, no habrá función. Así que mil gracias. Y gracias también a @madebycarol, por su dibujo, que, como siempre, mejora mucho las cosas.

Sabelotodismo: Derecho tailandés y algo más


              Vaya por delante que el término sabelotodismo no es mío. Ya me gustaría. Se lo leí el otro día en un artículo a Irene Vallejo y decidí adoptarlo, porque no puede ser más expresivo. Al César lo que es del César. Dicho esto, he de recordar que, hasta este momento, poco sabíamos de las cárceles de Tailandia más allá de lo que la saga de Bridget Jones quiso enseñarnos en el cine en Bridget Jones: Sobreviviré, una película que trataba, como s frecuente n el cine, de exprimir el éxito del Diario de Bridget Jones y que hoy, visto lo visto, me ha vuelto a la cabeza.

              En nuestro teatro y, a pesar de lo que parezca si vemos la tele estos días, no hay mucha gente que sepa de Derecho tailandés. Ni de Sri Lanka, Burkhina Faso, Uzbekistán, Mali o Belice, por poner algún ejemplo. Al contrario, en Toguilandia cada día se valora más la especialización porque, como dice el refranero, quien mucho abarca poco aprieta. Por más que lo intente.

              Pero, si salimos del imperio de las togas y nos trasladamos al imperio de las pantallas, florece el sabelotodismo con toda la fuerza del mundo. Ha ocurrido con el asesinato cometido en Tailandia presuntamente por el hijo -y nieto- de un famoso actor, pero no es la primera vez. Ni será la última, me temo. Las tertulias de magazines y programas varios se llenan de supuestos especialistas en Derecho tailandés y, lo que es casi peor, de esos sabelotodistas que igual hablan de esto, como de física nuclear, cambio climático, filosofía pura y hasta, si surge, de la cría del calamar salvaje. Nada se les resiste.

              Llevamos todo el verano con este asunto, con corresponsales de todas las teles y periódicos enviados a Tailandia para seguir minuto-resultado hasta la más mínima noticia de ello, sea la comida que ha hecho el reo, las visitas que recibe o el corte de pelo que le han hecho. Incluso la casualidad – o no- ha hecho coincidir en las emisiones veraniegas de TVE dos reposiciones de series del padre del interfecto -el Ministerio del tiempo y La señora- y otras de su abuelo, la antológica Curro Jiménez. Así que no han hecho falta serpientes de verano. La realidad siempre supera a la ficción.

              Sin embargo, no es el primer, ni el único caso, de las mismas características, pero, como el protagonista no tenía un árbol genealógico tan florido, otros pasan casi desapercibidos. O sin casi. En 2016 otro español fue condenado a pena de muerte en Tailandia por el asesinato de un empresario, aunque luego fue conmutada la pena, algo similar a lo que le ocurrió a otra mujer, condenada a muerte por tráfico de drogas, aunque ella acabó cumpliendo en España la pena de prisión tras serle también conmutada. Igualmente, hay otro español condenado por asesinato en Tailandia, cometido, por cierto, en la misma isla donde presuntamente se cometió el crimen de marras.

              Por su parte, cerca de mil españoles cumplen condenas en cárceles extranjeras, una lista encabezada por Francia, Alemania y Marruecos, y donde el delito estrella es el de tráfico de drogas. Aunque tal vez los casos más conocidos, y no tanto por la fama de nadie sino por el empeño de su familia en demostrar su inocencia, sea el de Pablo Ibar, que finalmente esquivó la pena de muerte, pero sigue cumpliendo condena de cadena perpetua por unos hechos que siempre ha negado. Mejor suerte corrió, también en Estados Unidos, Joaquín José Martínez, quien ostenta el nada envidiable récord de ser el primer español que salió del corredor de la muerte y que, al final, obtuvo una sentencia de no culpabilidad.

              Pero, con alguna excepción, poco se sabe de estas historias. No sé dónde estarían los especialistas en Derecho Tailandés que ahora afloran como hongos. Seguramente, se hallaban ocupados en otras especialidades a cuyo carro se subieron por mor de la actualidad informativa.

Eso era lo que ocurría no hace mucho, con la gestación subrogada, la adopción internacional y hasta el testamento ológrafo, a raíz del nacimiento de una criatura, presunta nieta de una famosa por la conjunción del semen de su difunto hijo y un vientre de alquiler. Por supuesto, es bastante conocido el hecho de que esta práctica -sea de quien sea el material genético- está prohibida en nuestro Derecho, pero la caterva de conocedores de la legislación estadounidense y de cómo aplicarla al caso aparecieron por doquier. Aunque lo mejor de ese caso fue la definición que la famosa en cuestión hizo del testamento ológrafo confundiéndolo con una manifestación de voluntad hecha de viva voz. Para quien no transite nuestro mundo, aclaro que el testamento ológrafo es algo que vemos en muchas películas: un escrito, generalmente a mano, donde el testador dispone, sin necesidad de formalidades, el destino de sus bienes. Quienes estudiamos la oposición lo conocemos por el testamento de Pacicos de mi vida, por referencia a una sentencia de 1918 donde la amada transmitía a su amado su fortuna con un “todo para ti, todo, para que me quieras siempre y nunca te olvides del cariño de tu Matilde”.

También surgen sabelotodistas a cada paso cuando de okupas se trata. Porque, sin empacho ninguno, confunden okupación con otras cosas como imago de rentas. Pero, sobre todo, porque han inventado una ley inexistente, que no se cortan en alegar, que se supone que dice algo así como que no podemos echar al okupa, que le debemos pagar los suministros durante 3 años y no sé que más. Seguramente tendremos que pagarle la fiesta de cumpleaños sin que siquiera nos deje un trocito de tarta. Vaya usted a saber cómo surgió esta manifestación de bulolegalismo,

Otro asunto que hizo correr ríos de tinta que, a su vez, regaron el florecimiento de sabelotodistas fue el de Juana Rivas, de la que pocos se acuerdan ahora, pero que ocupó horas y horas de programación de todo un verano. De pronto, todo el mundo conocía al dedillo el derecho italiano y, como no, los convenios internacionales que regulaban la sustracción de menores. A lo que añadían todo lo que su imaginación tuviera a bien.

Por último, contaré una anécdota, que deja bien a las claras que el sabelotodismo tiene el futuro asegurado. Estaba yo dando una charla a todo el alumnado de un pueblo, acerca de mis libros, de la violencia de género, y de lo que surgiera. Un muchachito de no más de 17 años, muy envalentonado, me dijo que lo que yo les estaba exponiendo acerca de la ley no era cierto. Traté de rebatirle, citándole el contenido de la ley, y él, ni corto ni perezoso, me dijo que yo no conocía la ley, pero que, si le proporcionaba mi dirección de correo electrónico, él me la enviaría para que la supiera. Tal cual lo cuento

Nada nuevo bajo el sol. En su día, ya hablamos de la todología , prima hermana del sabelotodismo. Y mucho me temo que seguiremos viendo ejemplos, incluso cuando todo el mundo haya olvidado el desgraciado asunto del crimen de Tailandia. Por eso el aplauso de hoy no puede ser otro que el que dedico a quienes no se dejan llevar por ese bulolegalismo -este palabro si es mío- del que hablaba antes Y de nuevo una mención a Irene Vallejo por ese término tan inspirador con el que he titulado este estreno, y, por supuesto, a @madebycarol, por prestarme una vez más su ilustración para este estreno

Desconcierto: lo que nunca imaginamos


Hoy, en nuestro teatro un cuento de esos que no son reales… o tal vez sí. Y si no lo son, podían haberlo sido

DESCONCIERTO


Noche del 13 de noviembre de 2015. Uno de esos días que quedan grabados en la memoria colectiva para siempre. Uno de esos que, al correr del tiempo, dan lugar a reportajes donde se pregunta a la gente qué estaba haciendo en ese preciso momento. Y yo, por supuesto, no era una excepción. O eso pensé.
Estaba, como cada noche, arrellanada en mi sofá, mirando sin ver la televisión. Repartía mi
atención, tal como tenía por costumbre, entre las redes sociales y un libro, con la televisión
como música de fondo. De pronto interrumpieron la emisión y, antes de que conectaran con
París, las redes sociales ya me confirmaron lo que pasaba. Unos sangrientos atentados teñían de sangre y odio la capital de Francia, la ciudad del amor por excelencia. En menos de una hora, el mundo virtual se llenaba de crespones negros, de Torres Eiffeles enlutadas y de lágrimas sobre la bandera gala. Las noticias, que ahora sí atendía, desgranaban datos que iban goteando cifras de muertos y heridos, condenas institucionales y testimonios de personas cercanas al lugar del horror.
Yo miraba con la boca abierta y el corazón en un puño, dando gracias porque ninguno de
mis seres queridos estaba en París. O al menos eso era lo que pensaba entonces.
Permanecía pegada a la pantalla cuando sucedió. Estaban llegando las primeras
confirmaciones sobre la identidad de las víctimas. Como siempre, nuestros informativos
prestaban especial atención a la posibilidad de que existieran víctimas españolas, como si por eso dolieran más. Dieron un par de nombres que no sería capaz de recordar. Y entonces la locutora, con voz impasible, incluía en su lista un nombre: Juan García. Como mi padre. Y como un montón de españoles más. Por eso di un pequeño respingo y seguí mirando sin dar importancia a aquello, pensando que no era más que una casualidad, fruto de lo común de nombre y apellidos.
En unos pocos minutos, empezaron a desfilar por la pantalla imágenes de las personas cuyo fallecimiento se confirmaba, con sus nombres sobreimpresos. Y fue en ese momento cuando empezó mi pesadilla.
Con el rótulo de “Juan García” aparecía la fotografía de mi padre. Tenía un poco más de
pelo y no levaba las gafas que solía usar en los últimos tiempos, pero era él, sin duda. Debía de ser una instantánea tomada hacía un par de años, quizás más.
No podía ser. Mi padre no había viajado a París. Lo más probable es que los responsables
de los informativos hubieran sufrido un lamentable error, fruto de la precipitación del momento y de la frecuencia del nombre. Le llamaría y seguro que nos reiríamos a carcajadas de aquella confusión tan chusca.
Tenía ya seleccionado en mi teléfono móvil el número de mi padre cuando se me cayó de
las manos de la impresión. Entre las imágenes que escupía el televisor había otra fotografía de mi padre, esta vez en grupo, rodeado de unas personas que no conocía. “El español Juan García con su familia”, decía el locutor. Y ahí estaba mi padre rodeado de una mujer que no era mi madre, con unos hijos que no eran mis hermanos y una nieta que no era mi sobrina. No tenía ni idea de quiénes eran aquellas personas, pero él era, sin lugar a dudas, mi padre. No daba crédito a lo que estaba viendo.
Con un nudo en la garganta y temblando de pies a cabeza, conseguí dar con el número de
teléfono de mi padre, después de recoger el móvil, afortunadamente indemne tras el porrazo.
Nada. “El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”, decía una voz
metálica. “Deje su mensaje después de que suene la señal”.
Colgué antes de que la dichosa señal sonara. Podría dejar algún mensaje, pero no sabía qué decir. ¿Cómo explicar a un buzón de voz que estaba viendo en la tele a mi padre, con una familia a la que no conocía de nada? ¿Cómo iba a decir que le habían incluido en la lista de fallecidos, a él, que nunca había estado en París? Aquello tenía que tener una explicación, o ser una pesadilla de la que tardaba demasiado en despertar. Pero mi padre no contestaba al móvil y cada vez me estaba poniendo más nerviosa.
Respiré hondo tratando de tranquilizarme y opté por intentarlo con el teléfono fijo. Al fin y
al cabo, mi padre era de la antigua escuela y todavía lo usaba bastante. Crucé los dedos antes de marcar y aguanté la respiración. Cinco tonos, seis, ocho, diez. Nada. Nadie descolgaba el teléfono. Me esperé unos minutos y repetí la maniobra. Nadie al otro lado. Me repetía a mí misma que todo tendría una explicación. Pero estaba empezando a perder los nervios.
Tendría que ir a su casa. Guardaba una llave para emergencias y, aunque nunca la había
usado, había llegado el momento de estrenarla. Comencé a recriminarme a mí misma por hacer poco caso de mi padre. Ya hacía ocho meses que mi madre murió y, después de los primeros días en que tanto yo como mi hermano permanecimos junto a él a sol y a sombra, fuimos distanciando primero las visitas y luego las llamadas de teléfono. La verdad es que hacía una semana que no hablaba con él. El trabajo me absorbía, el poco tiempo que me quedaba lo destinaba a quedar con amigos, a mi pareja, a irme de viaje y a mil cosas que ahora me parecías superficiales. Sin darme cuenta, se me estaban llenando los ojos de lágrimas y el alma de remordimientos.
Pensé en recurrir a mi hermano, Tal vez el sabría de mi padre. Incluso era posible que
estuviera con él en esos mismos momentos, se aclarara todo y se acabara aquel despropósito.
Mi padre estaba como loco con su nietecita, que andaba un poco débil de salud. Acababa de salir de una neumonía y se recuperaba en casa. Por eso era mejor no acudir aún a mi hermano. Por eso, y porque era difícil explicarle que mi padre había salido en la tele con unas personas desconocidas, incluido entre la lista de fallecidos en el atentado de París. Era demasiado absurdo como para traducirlo en palabras.
Cogí un taxi para ir a la que fue mi casa hasta que me independicé. Aunque no estaba
demasiado lejos y solía recorrer el trayecto andando, la prisa me acuciaba. Como siempre que iba allí, un nudo me apretaba la garganta recordando a mi madre. Pero ahora la sensación era diferente. Una mezcla entre pánico y vértigo me estaba poseyendo por momentos.
Giré la llave en la cerradura notando como el corazón se me salía del pecho. Miré a derecha a izquierda, en todas las habitaciones. No sabía qué iba a encontrar, pero solo pensarlo me daba escalofríos.
Recorrí la casa sin éxito en mi búsqueda. Ni sombra de mi padre. Y, lo que era peor, ni
sombra de que ningún ser humano hubiera estado allí en varios días. Ni un cenicero lleno, a
pesar de que mi padre había vuelto a fumar desde que mi madre nos dejó. Tampoco había
restos de comida, de bebida ni vestigios de vida reciente. Cada vez estaba más alterada. Abrí los armarios, y me di cuenta de que era incapaz de saber si echaba en falta algo de su ropa.
Había hecho poco caso a mi padre, mucho menos del que debía. Y, con los remordimientos
cada vez más enganchados en el ánimo, continué registrando.
Estaba a punto de marcharme cuando me di cuenta de la existencia de una papelera medio
llena junto al escritorio. Me lancé en plancha sobre ella. Propaganda, periódicos atrasados,
crucigramas hechos y, en el fondo, un par de copias de correo electrónico. Las cogí con
aprensión y me invadió una náusea. Era el justificante de un billete de avión a París, de hacía cinco días. No tenía fecha de regreso.
Las piezas empezaban a encajar. Mi padre había tenido la ocurrencia de irse a Paris y la
mala suerte quiso que estuviera en el momento equivocado en el lugar equivocado. Todo
encajaría si no fuera por aquella fotografía del telediario. Esa no era, desde luego, la imagen de un turista que acaba de llegar a Francia. Pero aquel hombre era mi padre y se llamaba como mi padre.
Lo primero que pensé fue en marcharme hasta París y tratar de encontrar una explicación a
aquello. Y, por supuesto, comprobar si la persona que figuraba entre las víctimas era,
efectivamente, mi padre. Pero era extraño que nadie se hubiera puesto en contacto conmigo o con mi hermano, los únicos familiares directos. Me haría pruebas de ADN y todo lo que hiciera falta para confirmar si mi padre era una de las víctimas o se trataba de un terrible error. Pensé que quizás, mientras incluían su nombre en la lista de fallecidos, él podría encontrarse en algún hospital, malherido y desorientado. Tal vez el cuerpo del fallecido estaba irreconocible y le habían asignado esa identidad por una desafortunada coincidencia. Pero la fotografía desmoronaba todas mis conjeturas.
Mientras volvía a casa, al oír la radio en el taxi, tuve una idea. Tal como sugerían en el
programa que tenía sintonizado el conductor, acudiría a la embajada en busca de datos. Seguro que allí encontraba el hilo de donde tirar. Traté de dormir un poco, después de asegurarme de que no había mensajes en mi móvil, ni de mi padre ni de mi hermano. Antes, repetí las llamadas al móvil y fijo. Como imaginaba, con resultado infructuoso.
A primera hora de la mañana, estaba esperando en la puerta de la embajada francesa a que abrieran las puertas. Había una cola discreta de personas que habían acudido en busca de noticias sobre sus seres queridos, con los que no habían podido contactar. Padres angustiados porque no habían localizado a sus hijos que estudiaban o pasaban unos días en París, familiares de residentes, y una chica que no dejaba de llorar, cuyo novio había ido de despedida de soltero allí, una semana antes de la proyectada boda. Por fin me llegó el turno.

  • Soy la hija de Juan García. Oí en televisión que estaba en la lista de fallecidos. Pero nadie
    ha contactado con nosotros.
  • ¿Juan García García?
  • Si, sí.
  • Lo siento mucho, señora. ¿No se ha puesto en contacto con usted su hermana?
  • ¿Cómo dice?
  • Su hermana. O su madre
  • Solo tengo un hermano, Y mi madre falleció hace ocho meses.
  • Perdone, debe haber un error. Juan García es un nombre muy común
  • Lo sé. Pero en la tele –empecé a llorar son control- vi su foto. Era mi padre, pero con otra
    familia. Y mi padre nunca ha estado en Francia –repetí, alzando la voz-
  • Tranquilícese, señora. Eso que dice no puede ser. Le parecería a usted que era su padre. Ya sabe, la impresión, los nervios…
  • Oiga –le grité- No me trate como una loca.
    Se empeñó en que me sentara y me tomara una tila preparada por una mujer del personal de la oficina. Ya no me quedaban fuerzas para rechazarla, aunque odiaba las infusiones, que me recordaban a mi madre. Me la tragué sin rechistar, mientras esperaba que viniera alguien, según me indicó la mujer que me había atendido.
    No tardó en llegar un hombre trajeado, con gesto compungido y una carpeta en las manos,
    cuyo contenido desparramó ante mí.
  • Mire –dijo mostrándome unos documentos oficiales en francés-. Juan García García,
    ciudadano hispano francés, con doble nacionalidad
  • Pero, oiga, mi padre es español, español. No ha estado nunca en Francia –le interrumpí-
  • Pues tranquila. Está claro que es un error. Este Juan Garcia tiene dos hijas y una mujer de
    nacionalidad francesa.
    Respiré aliviada. Aquello era una lamentable confusión y solo me quedaba encontrar a mi padre.
    Mi prioridad era ahora saber dónde estaba y si se encontraba bien.
    Todo habría acabado allí si no hubiera visto la fotocopia del documente de identidad
    asomando en la esquina de la carpeta. Aquella foto era, sin duda, la de mi padre. Pero decidí no decir nada. No me creerían. Había llegado el momento de actuar por mi cuenta.
    Una semana más tarde me encontraba en un avión, rumbo a París, sin saber muy bien qué
    era lo siguiente que haría. Ni mi hermano ni yo habíamos tenido más noticias de mi padre, y yo me limité a decir que me iba a Francia en su busca, porque había encontrado el resguardo de un billete. Omití todo lo relativo a su foto en el informativo junto a una familia desconocida, y su inclusión en el listado de fallecidos. Ni siquiera denuncié la desaparición.
    En la Embajada, una vez aclarado lo que, para ellos, fue un error comprensible, no me
    quisieron dar más información. Intenté saber algo sobre la familia de la foto, pero fue inútil. No estaban autorizados a darme esa información. Y además me dio la impresión de que no me tomaran en serio. Y no les culpo.
    Llegué a París, me instalé en mi pensión y encendí la tele mecánicamente, mientras
    pensaba cuál sería mi siguiente paso. En la pantalla estaban retransmitiendo un homenaje a las víctimas, con conocidos y familiares presentes. Estaba segura de que era una señal. Tenía que serlo.
    Me di prisa en localizar el sitio de la ceremonia Por suerte, distaba unos diez minutos. Si
    me daba prisa, todavía llegaría. Abordaría a la viuda o las hijas de Juan García, aquel ser que era mi padre y no lo era.
    Esperé pacientemente en la puerta a la salida de las familias. Una mujer, dos chicas de una
    edad parecida a la mía y una niña eran los familiares de Juan García. Cuando vi a la niña, casi me desmayo. Era clavada a mi sobrina. Una versión mejorada de mi niña, igual que ella antes de contraer la neumonía. Traté de acercarme, con el corazón a punto de estallar. Conseguí estar cerca de aquellas mujeres, pero una valla me impedía ir más allá.
  • ¡¡¡¡Marina!!!
    Una voz muy conocida pronunció mi nombre. Y entonces se hizo todo negro. Me caí redonda.
    Alguien debió llamar a una ambulancia y no recuerdo más hasta que aparecí en una cama de hospital.
    Cuando abrí los ojos, casi vuelvo a perder la consciencia, y hasta la cordura. Mi padre
    estaba en la cabecera de mi cama, junto a la mujer que aparecía en las fotos con él. Pero estaba allí, vivito y coleando. Aquello no podía tener más explicación que el hecho de que mi mente había dejado de funcionar como tocaba. No me atreví a decir nada. Me veía ingresada en cualquier unidad psiquiátrica, ya no sabía si en Francia o en España.
  • Marina, te presento a tu tía Marie
  • ¿Cómo?
    Mi padre nunca tuvo a una mujer en París, ni a otros hijos que no fuéramos mi hermano
    y yo. Sin embargo, sí que tenía una familia. El Juan García que murió en el atentado era su
    hermano, hijo de mi abuelo, quien había mantenido toda la vida a dos familias paralelamente.
    La de su mujer legítima, mi abuela, y la de aquella chica que servía en su casa y de la que
    estuvo toda la vida enamorado. Les prohibieron casarse y encontró el modo de mantenerla, tras emigrar ella a Francia. Su trabajo de representante con sus constantes viajes facilitaba las cosas.
    Mi abuela nunca supo de su existencia y mi padre, que descubrió hacía poco que tenía un
    hermano, viajó a Paris con la esperanza de conocerlo.
    No llegaron a verse. Mi tío le esperaba en la terraza de una cafetería cuando, como otras
    personas, fue asesinado en aquella noche fatídica.
    Solo le quedó de él una foto que era la viva imagen de sí mismo. Sin sus gafas y algo más
    joven que él. La foto que vi en el informativo.
    Me abracé a mi padre jurándome a mí misma que no volvería a dejar pasar un solo día sin
    llamarle.
    Mi tía Marie le tomó de la mano y se miraron a los ojos con una expresión que no supe
    interpretar.
    Entonces recordé que el pasaje de mi padre no tenía fecha de regreso.

Acogida: vacaciones en paz


              La solidaridad es algo muy encomiable. Pero, más de una vez, se da la vuelta la tortilla y lo que empezó como una buena acción, nos devuelve cosas maravillosas que superan muestras expectativas. Los Milagros existen, y no hace falta ir a ningún Paraíso a buscarlos. A veces están micho más cerca de lo que creemos. Y es que podemos vivir en Un lugar llamado milagro sin saberlo siquiera.

              En nuestro teatro la solidaridad existe y los milagros también, aunque en ocasiones nos cueste encontrarlos. Pero más allá de Toguilandia, todavía los encontramos mucho más. Y de eso es de lo que quería hablar hoy.

              El milagro del que hablo hoy se llama Sidi y tiene nueve años. Su piel e de un precioso tono oscuro y sus ojos son dos cálidas chispas de color carbón. Y sé que me estoy poniendo cursi, pero no se me ocurre mejor manera de explicarlo. Si le conocierais, me entenderíais. Seguro.

              Es el segundo verano en España de Sidi. El segundo verano que una familia tiene la fortuna de tenerlo acogido. Y en este caso, soy yo la que he tenido la suerte de que ser amiga de su familia de acogida. Una doble suerte, claro está: porque sean mis amigos, y porque eso me haya permitid conocer a Sidi.

              Sidi viene de Sahara, es tierra de la que solo nos acordamos cuando algún conflicto nuestro la pone en titulares, a pesar de que allí viven en conflicto permanente, un conflicto en el que siempre son otros quienes quieren decidir por ellos, mientras les niegan muchas de esas cosas que creemos que nos corresponden por el simple hecho de haber nacido a este lado del globo terráqueo..

              Pero no quiero hacer política no contar una historia triste, sino una historia alegre, muy alegre. Porque eso es lo que es cada momento de este niño fantástico. Me contaba su “madre” de acogida que el otro día se puso muy contento por el solo hecho de que empezó a llover y tocó las gotas de lluvia con las manos. También le hace feliz el agua del mar y, sobre todo, el agua de la piscina, de la que no saldría en todo el día. Y cada cosa nueva que descubre, es algo que redescubrimos los demás. Con él cobran nuevo significado cosas a las que no dábamos importancia.

              Pero si Sidi está aquí junto a nosotros, es gracias a una iniciativa que funciona desde hace mucho tiempo.  Se llama Vacances en pau -Vacaciones en paz- y lleva ya más de cuarenta años trayendo todos los veranos a niños del Sahara a pasar sus vacaciones en nuestra tierra, acogidos en familias que se ofrecen voluntarias para ello.

              Que nadie se lleve a engaño pensando que es un atajo para la adopción, porque no se trata de eso- Sidi tiene padre y madre y una hermana preciosa. Tiene una familia extensa que le quiere y a los que quiere, y sus necesidades afectivas están cubiertas. Como todos estos niños y niñas, no necesitan una familia. Lo que necesitan es una oportunidad para conocer  disfrutar de todas esas cosas a las que no tienen acceso. Lo que necesitan son unas vacaciones en paz.

                Y eso es lo que hay que darles. Eso, y mucho amor, que ellos devuelven corregido y aumentado. Ahí es nada.

              Ojalá Sidi, y muchas niñas y niños como él puedan disfrutar de muchas más vacaciones en paz. Y ojalá muchas familias decidan aceptar ese reto del que seguro que no se arrepienten. Las razones son muchas: conocer otra cultura, que nuestros propios hijos sepan valorar todo lo que tienen, que la criatura tenga las oportunidades que el destino le ha negado son algunas de ellas. Pero la esencial es una tan sencilla como que dar y recibir amor no tiene precio. Ni fronteras.

              Por eso hoy, en este estreno atípico, quiero dar un doble aplauso. A Sidi, desde luego. Y a todas las familias que participan en estas acogidas, empezando por la de mis amigos

Renordimientos: la mala memoria


Hoy, en nuestro escenario, un relato muy breve pero muy ilustrativo. Ojala además de entretener sirva para repensar algunas cosas

LA MALA MEMORIA

´-Entonces, ¿Quién le hizo eso es su novio?

-Era mi novio. Pero…

-Venga, no se ponga así. Todo el mundo sabe que las mujeres a veces exageran

-Pero él me violó. ¡Me violó!

.Vamos, vamos. Váyase a casa y seguro que hacen las paces y el día de mañana me lo agradece

A pesar de su mala memoria, el agente de policía A-27 nunca olvidaría la última frase que escuchó de la mujer aquella noche. Sobre todo, porque la siguiente vez que vio aquellos labios estaban tan amoratados como sus ojos, y fríos como el resto de su cuerpo, ya rígido.

Hacía ya diez años de aquello, pero el agente de policía A-27 todavía lo recordaba. A pesar de que en el sanatorio donde le trataban se quejaban de su mala memoria.

Le costaba acordarse de su nombre, pero nunca olvidó el de aquella mujer que, noche tras noche, se le aparecía en sus pesadillas para recordarle que no la había creído.

Duración: ¿Cuál es el límite?


              No es fácil acertar con el tiempo exacto que deben durar las cosas. Dice el refranero que Más vale llegar tarde que rondar cien años, pero también dice que Lo bueno, si breve, dos veces bueno, y, aún a riesgo de quedarse corto, este suele ser un buen consejo. Un buen consejo que deberían aprender los directores de cine que no sé por qué, se empeñan en hacer películas larguísimas como si la cantidad fura garantía de calidad. La mítica Lo que el viento se llevó, a la que no quitaría ni un minuto, con sus 3 horas y 58 minutos ostenta el tercer puesto de duración en el ranking de producciones hollywoodienses; las más largas son Cleopatra y el Hamlet de Kenneth Branagh. Como curiosidad, el récord absoluto lo tiene una película llamada Amra Ekta Cinema Banabo, una producción de Bangla Desh que dura la friolera de 21 horas y 5 minutos. La verdad es que no conozco a nadie que haya visto esta última pero, en cuanto a las otras, bien conocidas, cabe preguntarse si era necesario tanto metraje. Ahí lo dejo .

              En nuestro teatro, la duración de los escritos y, especialmente, de los informes, es un tema controvertido. Quienes nos dedicamos al Derecho tenemos fama -ganada a pulso- de una incontinencia verbal que no siempre nos beneficia. Veamos por qué.

              Cuando de escrito se trata, más de una vez seguimos la máxima de que el papel es muy sufrido, y escribimos más de los necesario. De hecho, ha habido iniciativas para reducir la extensión de los escritos, o de algunos de ellos, a los que ya dedicamos un estreno en su día. El mejor cómplice de los excesos de extensión es, sin duda, el cortaypega , que facilita enormemente que un dictamen o una sentencia se conviertan en un testamento. También ha ayudado mucho el advenimiento de los medios tecnológicos en las recopilaciones de jurisprudencia. No es lo mismo tener que buscar, tomo por tomo, el precedente adecuado y copiarlo tecleando letra a letra que hacer clic en un buscador y copiar y pegarlo sin más. No podemos negar que es una herramienta útil pero a veces hace que un documento resulte plúmbeo, con cita de veinte sentencias cuando bastarían un par, y mucha menos referencia la caso concreto de lo que sería deseable. Algo que nos tenemos que hacer mirar desde todos los puntos de estrados.

              Pero, más allá de los escritos, hoy me quería referir a la duración de las intervenciones orales, en las cuales es muy difícil poner el límite. Y quede claro, de momento, que lo que expongo es mi opinión y nada más que mi opinión. El debate ahí está.

              Lo primero que habría que tener en cuenta es la entidad del pleito. Partiendo de la base de que para el justiciable a  quien afecta, su juicio es esencial, no todos los casos son iguales. No es lo mismo una riña de vecinos o una reclamación de cantidad basada en un documento que un macrojuicio de corrupción, un asesinato múltiple o una caso de mala praxis con resultado de muerte, por poner algunos ejemplos. La complejidad para fijar los hechos y para aplicar el Derecho habrá de determinar el tiempo empleado, además de la pericia de los profesionales que intervienen. No cabe duda que hay personas capaces de decir mucho con pocas palabras, y viceversa.

              Tampoco es lo mismo informar ante un tribunal profesional que ante un tribunal de jurado En pura teoría, dado que el jurado ha de ser lego y en el tribunal profesional rige el principio iura novit curia -el juez debe conocer el Derecho, algo obvio-, las diferencias son esenciales. En la práctica, a los jurados hay que explicarles todo y, aunque tengan los testimonio de lo actuado a su disposición, son los informes los que determinarán en buena medida el sentido de su veredicto. Sin embargo, los tribunales profesionales tienen s propio criterio y el informe, aunque tiene importancia, no tiene el mismo valor. Hay incluso quine dice que las magistradas y magistrados hacen poco caso a los informes pero eso no es más que una leyenda urbana. Todo suma, o debería de hacerlo.

              Pero, y ahí está el quid de la cuestión, ¿Cuánto más largo es un informe hay más posibilidades de obtener una resolución favorables? Pues no y mil veces no. Por un lado, porque está estudiado que a partir de un determinado momento de un discurso, a la media hora o 45 minutos, la atención se dispersa, por lo que más vale haber dicho lo importante antes y evitar el riesgo de que cuando llegue pase desapercibido. Por otro, la sabiduría no se mide en minutos de oratoria, aunque a veces los clientes tengan esa idea equivocada. Siempre recordaré a la clienta que decía a su abogado al terminar este su perorata “Ha estado fenomenal, no me he enterado de nada y casi me duermo, pero se nota que sabe mucho”. Ignoraba la buena mujer que una de nuestras obligaciones es hacernos ent4ender, aunque quizá ‘empezó a comprenderlo cuando le notificaron la resolución desfavorable.

              Por otro lado, otra de las cuestiones candent4es es si Sus Señorías pueden cortar al letrado o fiscal o s pueden limitar la duración de sus informes. A mí nunca me ha pasado, pero sé de buena tinta de profesionales que se han encontrado con que el juez les ha advertido, antes de abrir la boca, de que tienen 5 minutos para su exposición o, más amablemente, les han rogado que sean breves, especialmente si hay varios juicios señalados a continuación. En mi opinión, limitar el tiempo a un numero de minutos es difícilmente admisible , pero advertir de que se sea breve no lo es tanto, sobre todo si el advertido ya ha incurrido en repeticiones innecesarias a lo largo del juicio, algo que también pasa. Ahora bien, el hecho de que haya más juicios, por comprensible que sea, no es razón para limitar a nadie. El justiciable no tiene la culpa de que los medios sean los que sean y se tengan que hacer señalamientos maratonianos si no queremos que el retraso sea aun mayor de o que es. De nuevo la vieja historia de la carencia de medios contamina nuestro trabajo.

              Es un equilibrio difícil desde luego. Y confieso que en esos momentos en que las cosas se hacen más largas de lo que deben me alegro mucho de ser fiscal y no jueza. Admiro la paciencia con que algunas señorías aguantan lo que yo no sé si aguantaría sin saltar. Porque otra de las cuestiones de difícil solución es la decisión de cuándo es adecuado interrumpir al profesional para que “reconduzca” su informe y cuando no debe hacerse en absoluto. A veces habría que darle a los jueces y juezas una pértiga para hacer ese ejercicio de funambulismo.

              Y hasta aquí el estreno de hoy, no vaya a ser yo quien cometa el error de excederme en la extensión. El aplauso, este sí, largo, se lo doy a quienes consiguen ese difícil equilibro del que hablaba. Mi enhorabuena.

Tiempo libre: destoguitaconado


              No todo en la vida va a ser trabajar. El ocio es tan importante como en negocio y el cine bien lo sabe, que convierte las vacaciones en tema de películas para disfrutar durante las vacaciones. Así ocurre en cintas como 12 fuera de casa y en la reciente Vacaciones de verano, pertenecientes al llamado género familiar. Aunque no se puede hablar de vacaciones veraniegas sin dejar de nombrar la mítica serie Verano azul. Si no lo hacemos, Chanquete no nos lo perdonará, esté donde esté.

              En nuestro teatro también cerramos por vacaciones. Y llega el momento de dedicar tiempo a lo que antes solo se podían dedicar migajas. Y también a hacer todas esas cosas que teníamos pensado hacer y a las que nunca les llegaba el turno. O sea, nuestras Asignaturas pendientes.

              Pero empecemos por el principio. ¿Qué gusta de hacer el personal toguitaconado cuando cuelga la toga y se calza zapatillas? Pues, esencialmente, las mismas cosas que el resto del mundo. Aunque tengamos nuestras rarezas, no voy a negarlo. Si no las tuviéramos, probablemente no nos habríamos dedicado a esto.

              Hay cosas que le gustan prácticamente a todo el mundo. Son las típicas a las que se dedican las vacaciones, aunque tienen muchas variantes. Y ahí está el intríngulis. La primera de ellas es viajar. Es extraño quine no ha dedicado todo o parte de sus vacaciones a los viajes. Pero hay muchas variantes: desde viaje familiares a aventuras, desde viajes  a sitios lejanísimos a un traslado a pocos kilómetros de casa, desde viajes que apuran todo el tiempo de vacaciones hasta pequeñas escapadas. Todo vale. Aunque, si hablamos de viaje toguitaconado, valdrían cosas como fotografiarse en los palacios de justicia -yo tengo esa manía- o hacerlo delante de monumentos que constituyan hitos del Derecho. Por ejemplo, yo hice algo así en el Louvre ante el Código Hammurabi. No me llaméis friki

              Otra de las aficiones comunes a la humanidad, y también a los habitantes de Toguilandia, es la lectura. El verano es tiempo de poder dedicar a esta sana afición el tiempo que no le dedicamos en invierno. Es momento de dar oportunidad a todos esos libros que están apilados en las mesitas de noche esperando su turno. Y ahí también para gustos hay colores. Hay quien devora novelas negras, quien se decanta por sesudos ensayos o por la filosofía, por libros de relatos o por obras sobre viajes. Pero, por supuesto, también está el súmmum del frikismo, que sería el de quienes dedicarán este tiempo a leer artículos o libros jurídicos. Confieso que a mí se me ponen los pelos como escarpias solo de pensarlo, pero para gustos hay colores.

              Primo hermano del gusto por la lectura está el gusto por la escritura. Y ahí reconozco que yo enloquezco. Llevo todo el curso escribiéndome encima, y ahora me desquito. Mi cabeza necesita vaciar memoria, como si fuera un ordenador o un móvil, y pasar a papel todas esas ideas que mi imaginación va fabricando durante el invierno. Mi particular vicio incorregible. O mi adicción, de la que no pienso deshabituarme nunca. Que me apliquen si quieren la atenuante o la eximente completa

              Y como estamos en confianza, me atrevo a hacer una confesión. Yo hablo con  mis personajes. Y es que, como quiera que vienen a verme, sería una descortesía no hacerlo. Suelo pasear con ellos por la playa cada mañana, y aunque a veces me orientan sobre qué evolución tendrán en la trama, lo más frecuente es que vengan a echarme la bronca poque salen poco en ese capítulo que escribí el día anterior, o porque hacen cosas que no les gustan. Verdad verdadera, aunque haya quien piense que es motivo suficiente para avisar a los loqueros.

              Otra de las ocupaciones vacacionales frecuentes son los deportes y actividades físicas varias. En mi caso, sustituyo la danza -no hay clases en agosto, aunque algo practico- por otras actividades como pasear o nadar. Pero hay quine se toma el mes de vacaciones como si estuviera entrenando para la Olimpiada, y luego llegan las lesiones. Así que cuidadin. Y cuidadin también con quienes disfrutan de deportes extremos como puénting, rafting y todas esas cosas terminadas en ing. Que queremos volver a septiembre con todas nuestras extremidades en su sitio.

              Para acabar, no me olvido de quienes disfrutan retomando actividades manuales, como el ganchillo o el bordados de nuestras abuelas. Sea punto de cruz, macramé o bolillos, ánimo, que estas cosas relajan mucho. Y, si son bolillos, siempre se puede aprovechar para hacer unas puñetas estupendas Y sé qué habrá quien no entienda que esto sirva para relajarse, pero yo lo entiendo. De hecho, durante la oposición, me teí una mantilla que todavía uso para ir a la Ofrenda. Más frikismo en mi vida

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso lo podría dar a todas las personas que toman las vacaciones pero mejor haré lo contrario, y se lo daré a quienes no tienen vacaciones ahora. Al menos, eso se llevan.

Barbie: no somos muñecas


         El mundo de los juguetes en general y de las muñecas en particular siempre ha tenido mucho atractivo, y no solo para niñas y niños. En estos días se habla mucho de la película Barbie, aunque hay otras películas de juguetes famosas, como la saga de Toy Story –su frase “hasta el infinito y más allá, ya forma parte del lenguaje común- o, al otro lado del espectro, la de Chucky, el muñeco diabólico, que hasta novia tiene. Y es que es difícil imaginar una infancia sin muñecas.

En nuestro teatro, obviamente, ya hace tiempo que dejamos de jugar con muñecas, aunque de vez en cuando pasan cosas que nos recuerdan aquellos tiempos pasados. Yo, por mi edad, soy más de la generación de Nancy, pero seguro que todas las personas que paseamos nuestras togas nos identificamos con ella o con cualquier otra, como Barbie o Bratz –para las más jóvenes- con bebés como Nenuco o Baby Mocosete o el diminuto Barriguitas o con machotes de pelo en pecho como Madelman o Geyperman. Sin olvidar, por supuesto, a Pin y Pon o a los imprescindibles Clics de Playmóbil, alguna de cuyas imágenes han ilustrado nuestros estrenos. Como los han ilustrado, cómo no, todas esas muñecas a las que mi madre –u otras madres- han vestido con toga y puñetas, empezando por mi propia Nancy, la auténtica, aquella con la que tanto jugué de niña y que ahora preside la estantería de mi despacho con su toga y sus tacones.

Pero no hay más que abrir los ojos para comprobar que, aunque no lo creamos, sí que hay muñecos por Toguilandia. Igual, hasta por la noche montan alguna fiestecita como sus compañeros de Toy Story. Recuerdo que, en los primeros tiempos de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, cuando andábamos improvisándolo todo, nos encontramos con que no sabíamos muy bien qué hacer cuando las víctimas venían acompañadas de sus criaturas, a las que no iban a dejar solas. Entonces, decidimos traer los juguetes que ya hubieran desechado nuestras hijas e hijos, y los colocamos en una salita que constituyó la primera sala de espera para la infancia. Y la verdad es que fue todo un éxito a coste cero. Y es que, muchas veces, querer es poder. Y, a falta de medios, soluciones imaginativas.

Ahora, por fortuna, cada vez se ven más ejemplos de salas amables donde niños y niñas se sientan lo menos mal posible dadas las circunstancias. Y, aunque aun nos queda camino en esta vía, quizás a día de hoy el ejemplo más paradigmático venga constituido por las cámaras Gesell, destinadas a recibir declaración testifical a menores en un ambiente agradable y guiados por un profesional de la psicología en vez de un señor o señora vestido con un batín negro, como me llamaron a mí una vez en juicio.

La verdad es que a mí me sigue provocando ternura ver a esas criaturitas que llegan al juzgado de la mano de su madre y agarradas a su osito de peluche, su muñeca, o cualquier otro juguete que les dé seguridad. Algunas cosas siguen iguales por mucho que pase el tiempo. En más de una ocasión he visto a funcionarias hablando al osito, dándole de comer o acunándole para que su pequeña propietaria se tranquilizase.

Pero no todo son ternura y sonrisas. Como a veces pasa en los pleitos de familia, en que las partes se enzarzan por las cuestiones más nimias, he visto peleas que empezaron porque no metió el muñeco del nene en la mochila o porque lo entregó al otro progenitor sucio o roto, con el consiguiente disgusto de su pequeño propietario. En un caso, trajeron al osito casi despedazado, con su relleno de trapo saliéndose por las costuras y sin un ojo, y reconozco que tuve un pellizco en el alma pensando en la carita de la pobre niña cuando le viera así. Cursi que es una, que le vamos a hacer.

Pero volviendo a Barbie, la de la película y la que ha estado en las casa de cualquier niña, es una invitación a la reflexión. Una reflexión, de una parte, sobre los estereotipos físicos que en más de una caso, esclavizan a las personas hasta hacerles hacer verdaderas barbaridades, y, de otra, en el largo camino hacia la igualdad y a inmundo donde las mujeres –y también los hombres, podamos ser lo que queramos sin que nadie nos estigmatice por nuestro sexo. Ahí es nada.

Y, con esto, se cierra el telón por hoy. El aplauso se lo daré esta vez a todas esas madres que confeccionaron las togas de nuestras muñecas, y no solo por eso, sino porque antes pusieron toda la carne en el asador para que sus hijas pudiéramos lucirlas y ejercer nuestro oficio. Nunca se lo agradeceremos bastante.