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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Racismo de guardia: sin darnos cuenta


            El lenguaje es el instrumento por el que nos comunicamos las personas, y aunque no todo el lenguaje es hablado y cada día tiene más importancia lo audiovisual, podemos seguir defendiendo eso de que por la boca muere el pez. El pez, y el racismo, la xenofobia y la intolerancia de cualquier clase, esa que ha dado lugar a tantas películas, de Criadas y señoras a El color púrpura, de Arde Mississipi a Matar a un ruiseñor, de Invictus a Adivina quién viene a cenar. Y muchas más que podríamos citar

En nuestro teatro, el racismo y la xenofobia y sus primos hermanos la islamofobia, el antisemitismo o el antigitanismo están tan proscriptos que la comisión de acciones que humillen por estos motivos o la difusión de mensajes de este tipo que inciten al odio no solo es que está rematadamente, sino que constituye un delito. El delito de odio, al que ya hemos dedicado más de un estreno. Y lo que nos queda, porque esto no parece que no para. Por desgracia.

Pero hoy no voy a hablar de los delitos de odio, sino de esas conductas y frases hechas que perpetúan los estereotipos, aunque ni siquiera nos demos cuenta. Pero ya es hora de que lo hagamos.

Seguro que todo el mundo ha dicho -o por menor oído- de otra persona que ha trabajado como un negro, que ha hecho un trabajo de chinos o que ha pagado menos que un judío. O que determinada reunión era una merienda de negros. Y seguro, también, que ha escuchado alguna frase del tipo “ten cuidado, que por aquí hay muchos gitanos” o que se han referido a ellos como paradigma de atributos negativos como la falta de higiene. O que se le ha reprochado a alguien enfermizamente celoso por ser un moro Algo que es injusto y que deberíamos hacernos mirar, pero que ahí sigue

 Y es que hasta el propio refranero está salpicado de estos prejuicios, y muchos de ellos de todo menos subliminales. Claros y bien claros, dicen cosas tan humillantes como “si quieres ver a un gitano trabajar, mételo en un pajar” “el cariño como hermanos y el dinero como gitanos”, respecto al pueblo gitano. Otros, se refieren a las personas judías con frases tan poco delicadas como “el gato y el judío de cuanto ven dicen mío”. Y algunos hacen un pastiche de racismo, machismo, xenofobia con sentencias como “el judío y la mujer vengativos suelen ser” o “judíos y gitanos no son para el trabajo”. Y es que el refranero será sabiduría popular pero, cuando dice estas cosas, es muestra no de sabiduría sino de torpeza popular. Una torpeza que a veces reproducimos sin darnos cuenta. Y solo son algunos pocos de los muchos ejemplos que he encontrado

Es muy conocida en Toguilandia la referencia a algo que se conoce como la “maldición de la gitana”: “pleitos tengas y los ganes”. Esto, que puede parecer gracioso, y una muestra de una realidad casi incontestable -más vale un mal acuerdo que un buen juicio- no lo es tanto si nos fijamos en lo que estamos dejando caer: que son las gitanas las que maldicen, en vez de dedicarse a otros menesteres, y que el pueblo gitano es especialista en juicios, y no precisamente desde la parte togada de estrados. Algo que, hoy en día, está absolutamente fuera de la realidad. No hay más que venir un día a la guardia y comprobarlo.

También son muy manidas frases como la ya citada de que determinada cosa se convirtió en una merienda de negros, aquella otra no se la salta un gitano u otras más imperceptibles, como la referencia al dinero negro o irregular, por contraposición al blanco, que es fetén, o la insistencia en que las cosas se blanquean cuando se les quiere dar una apariencia buena -blanca- a cosas que son negativas.

Así que, acabo con un consejito. Igual que Antonio Machín le pedía al pintor que pinta con amor que pintara angelitos negros, yo lo que pide es que abramos nuestras mentes y nos dejemos de estereotipos caducos e injustos. Y que nos pongamos en la piel de quienes se vean afectados, que a lo mejor sí dan importancia a aquello que nos parece que no la tiene. Tampoco pido tanto. ¿No?

Por eso, precisamente, mi aplauso de hoy es para quienes ya se fijaban en estas cosas y evitaban caer en el prejuicio. Y, por supuesto, el de mañana será para quine lo haga a partir de ahora. Que no se diga.

Frases machistas: Machismo de guardia


                Algunas veces podemos llegar a creer que el machismo se fue para siempre. Y más en fechas como estas, recién elegida la que es la primera mujer presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo. Pero no olvidemos que no hace tanto nuestras vidas y lo que de ellas reflejaba nuestro cine tenía títulos como Las que tienen que servir o La lola nos lleva al huerto. Sin olvidar esas películas americanas tan famosas y a la vez tan machistas como Pretty Woman, Grease o, a la cabeza de todas, Siete novias para siete hermanos. Sin perjuicio de su calidad artística, por descontado.

                En nuestro teatro está claro que el machismo está proscrito, pero del dicho al hecho hay un buen trecho. En unas carreras donde las mujeres no tuvimos arte ni parte hasta bien entrados los 70, donde hasta 2015 no hubo una Fiscal General del Estado y hasta casi 10 años más tarde no llegó una presidenta del Tribunal Supremo, tampoco podemos presumir de mucho. Que ya se sabe lo que dice el refrán sobre decir de lo que se presume.

                Por eso, con la intención de echar un vistazo a los estereotipos que todavía nos traicionan alguna vez, quería estrenar esta función. Y como el movimiento se demuestra andando, haré referencia a algo que ocurre con cierta frecuencia a las abogadas. No me ha pasado solo una vez, ni dos, que he oído a un detenido renegar de la abogada de oficio que le ha tocado en suerte porque es mujer. Sobre todo, en una jurisdicción como la de violencia de género, donde llegué a oír decir a un angelito que a ver si le traían un abogado de verdad, y lo “a esta”. Ni que decir tiene que salí en defensa de la abogada, porque aquello era inaceptable y porque ella y su profesionalidad lo merecían.

                Tampoco es infrecuente, por desgracia, que nuestra “clientela” refunfuñe porque se encuentra en un juicio o en un juzgado de guardia con una jueza, una fiscal, una laj y una abogada. Incluso he llegado a ver que un recurso contra alguna resolución se basa en tan peregrino argumento. Argumento, ni que decir tiene, respondido como merece por la Audiencia.

                Y es que, con las cosas que dice nuestro refranero, es difícil que de vez en cuando no se oiga alguna barbaridad. En los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, donde el machismo campa por sus fueros, las respuestas de algunos de nuestros investigados recuerdan a esos refranes. De hecho, la conducta punible más frecuente es la que se acopla a un refrán hoy inadmisible: “a la mujer y a la burra, cada día una zurra” Y la raíz de estos problemas, el machismo y los estereotipos que lleva anejos, se reflejan perfectamente en estos otros que dicen cosas tan evidentes como “mujer y sartén e la cocina estén”, “la mujer en casa y con la pata quebrada” o “la mujer y l sardina en la cocina”.

                Pero, sin duda, hay otras más sutiles que tal vez hacen más daño porque penetran sin que nos demos cuenta. Así, cosas como decir a alguien “no se comporte como una niña” porque esté llorando, como si eso fuera motivo de desprecio y no de empatía () pueden ser demoledoras a la hora de que una víctima se decida a interponer una denuncia o renuncie a hacerlo. O esas frases tan manidas de “comportarse como un hombre” “tener un par de huevos”, como si los atributos masculinos fueran sinónimo de excelencia por contraposición a los femeninos.

                En cualquier caso, habrá que recordar que, en Toguilandia no vale eso de “vestirse por los pies” porque, como todo el mundo sabe, las togas son idénticas y se ponen por las mangas. O por las puñeteras mangas, si lo preferimos.

                Así que hoy el aplauso es para la primera mujer presidenta del Consejo del Poder Judicial, y por todas las personas que, a lo largo de los años, han hecho posible que este día llegara. Que ya era hora

Fobias: más que miedo


              Todo el mundo tiene sus filias y sus fobias, aunque muchas veces se confunden con simples manías. Y algunas, incluso, con un toque de obsesión que puede llegar a ser hilarante cuando no pasa a mayores. Pero, sea como sea, siempre dan lugar a argumentos interesantes, como la fobia social de Amelie, la del rey de Inglaterra en El discurso del rey, o la colección de las que tenía el protagonista de Mejor imposible.

              En nuestro teatro también existen las fobias, porque quienes estamos en él pertenecemos al género humano, y no nos libramos de ellas, pero son tan diversas como las personas y pueden tener efectos o no tenerlos en absoluto.

              Una de las más conocidas es la claustrofobia, cuyo objeto de terror son los lugres cerrados. Y respecto a esta, siempre recordaré un caso muy peculiar donde se trató de utilizar para conseguir un efecto adverso. Se trataba de un detenido nada menos que por homicidio que, cuando se olió la tostada de que su destino más que probable iba a ser la prisión, se puso a gritar como un poseso que él no podía ir allí porque tenía claustrofobia u no podía estar encerrado. Pero, al final, se fue a donde él se temía y no le pasó nada. O, al menos, nada diferente que la que le pasa a cualquier persona en prisión preventiva, primero, y definitiva, una vez condenado, O sea, que lo coló.

              También recuerdo el caso de un angelito, también detenido, que se definía a sí mismo como vigoréxico y que decía que no podía permanecer lejos de su gimnasio. Gimnasio que, casualmente, se encontraba dentro dl radio de 300 metros del domicilio de la que fue su pareja, que le había denunciado por maltrato y pidió un alejamiento. En este caso, yo misma, que soy muy respetosa tanto con las filias como con las fobias, le expliqué que no había problema, que si no quería el alejamiento le podría mandar a un sitio donde tenía gimnasio, gratis y todos los días. Precisamente, el lugar donde no quería ir el detenido del que hablaba antes, la prisión. Y mira por donde que debo tener unas dotes terapéuticas desconocidas, porque de repente desapareció la dependencia a ese gimnasio y se conformó con el alejamiento, si eso le suponía esquivar la prisión. Y es que tengo un poder de convicción tremendo.

              Pero no solo nuestros detenidos e investigados tienen manías y fobias. Conozco a quien tiene tanto miedo a conducir -amaxofobia, se llama- que es capaz de tardar cuatro veces más tiempo en desplazarse que coger el volante. Y le pasa incluso a gente que se sacó el carnet en su día. Y otro de los típicos es el terror a los ascensores. Y también hay quien se recorre los pisos que haga falta a patita antes de subirse en un ascensor, Aunque llegue echando los higadillos.

              Un caso curioso, entre la picaresca y la leyenda urbana, fue el de un funcionario que decía tener no fobia sino alergia al aparato con el que se fichaba con el dedo y lo alegó para pedir una baja. Lo sorprendente del caso es que, según cuentan, se la concedieron, con lo fácil que hubiera sido firmar en un papel como los de toda la vida. Pero me da la sensación de que el amigo a lo que tenía fobia es a trabajar Y es que es muy cansado, no diré que no, con lo bien que se está en casita tumbado en el sofá.

              Aunque tal vez lo que tenía era lo que me dijo una vez una testigo -ella se consideraba testiga, como Chus Lampreave- , que se había librado de la imputación por los pelos y prefería no aparecer por los juzgados. Me dijo muy seria que tenia fobia a los juzgados, y que por eso no quería venir. Y la verdad es que tuvo su gracia, hay que reconocerlo. Y su dosis de caradura, hay que reconocerlo también.

              Otro fue más expresivo y dijo que eran las togas lo que le daban alergia, un trastorno que, de existir, se debería de llamar togafobia. Pero, que yo sepa, aún no está contemplado en los anales de la Medicina. Igual con el tiempo, llega. Que nunca se sabe.

              Eso sí, lo que espero es que nadie tenga toguitaconifobia, porque me llevaría un disgusto bien grande. Tan grande como el aplauso que dedico hoy a los protagonistas de estas anécdotas. Porque siempre nos dan vidilla.

Imaginarium: objetos que son y no son


                Imaginación al poder. Esa era la consigna del mayo del 68, y no sé si por su influencia o porque el ingenio se estimula cuando la carestía acecha, siempre hay cosas invisibles respecto de las que actuamos como si lo fueran. Y no, no me refiero a fantasmas más o menos visibles como los de El sexto sentido o a las gemelas de El Resplandor sino a otros más tangibles, como el famoso amigo invisibles que muchos niños y niñas tienen, como ocurría en Jojo Rabbit o El club de la lucha

                En nuestro teatro, no tenemos presencias invisibles, al menos que yo sepa. Aunque yo la verdad soy muy de pies en tierra y me gustan poco los Expedientes X. Ya tengo bastante con los reales y verdaderos que hay encima de mi mesa y en mi armario pidiéndome a grito que los saque adelante, sobre todo recién llegada de vacaciones.

                Pero, si lo pensamos bien, todo el mundo ha simulado alguna vez la existencia de cosas que no están. El más claro ejemplo es el de levantar los dedos pulgar e índice en sentido horizontal -estoy segura de que ahora mismo lo estáis haciendo con vuestra mano- simulando una pistola. Con ese solo gesto, ya se entiende que se está amenazando a alguien, y existen condenas por delitos de amenazas. Otro tanto ocurre con el gesto de pasar el dedo por el cuello como si se tratara de un cuchillo imaginario, otro de los clásicos. Incluso recuerdo un caso en que se condenó por robo con intimidación -eso sí, sin uso de armas- porque para lograr que una señora entregara la cartera a su atracador, le apuntaba en la espalda con un arma que resultó ser su dedo, cosa que la asustadísima señora ignoraba. Una cuestión parecida se ha suscitado alguna vez respecto de la intimidación que era necesaria para considerar que existía un delito de violación y no un mero abuso sexual, antes de la ley del solo sí es sí claro está.

                Y, hablando de delitos sexuales, también hay mucha imaginación en esta materia. No hace falta que describa con mucho detalle ese gesto que se hace echando los dos brazos hacia detrás y la pelvis hacia delante que, en determinadas circunstancias puede ser, cuanto menos, un delito de vejación injusta. Y qué decir cuando se estiran los dedos índice y meñique de la mano escondiendo el resto, en que el insulto está servido. Salvo, claro está, que se sea rockero o amante del heavy metal.

                A propósito de estos, otro de los objetos imaginarios más usados es la guitarra. ¿Quién no ha emulado alguna vez a algún guitarrista famoso rasgándose la tripa con una mano y sosteniendo el mástil con la otra, mientras se cae a horcajadas al suelo dándolo todo? Pues eso. Si hasta existen concursos de guitarra imaginaria, aunque no sé si los premios serán imaginarios o no.

                Y hay más casos, uno de los más frecuentes el del teléfono. Basta con estirar los dedos meñique y pulgar, poniéndose el primero a la altura de la boca, para dar a entender que se habla por teléfono. Y, si bien es difícil comunicar con nadie, también es difícil que nos pongan una multa por usar el móvil conduciendo. Todo tiene sus ventajas.

                Si de conducir se trata, también hay gestos evidentes. El de coger un volante imaginario es uno de ellos. Menos conocido es el que hacemos cuando acompañamos a algún conductor novel o poco ducho, que consiste en apretar con nuestros pies u freno imaginario. Pero para poco sirve, la verdad. Y menos aún si el conductor ha llevado a la vida real otro de los gestos imaginarios más frecuentes, que hasta tiene su traducción en palabras, el de empinar el codo. Más le vale haberlo hecho solo en su versión imaginaria, pues de lo contrario, como le pillen la sanción es segura, sea por la vía administrativa o por la judicial.

                Ahora bien, si lo que hay pagar es una multa, que no nos engañen. Por más que el hecho de frotarse el dedo pulgar con el corazón y el índice denote dinero, hay que rascarse el bolsillo, y no solo en sentido figurado. Basta con que un policía figure que escribe sobre su mano ara saber lo que nos espera. Y eso sin necesidad que nos lo diga, aunque siempre se pude fingir sordera construyendo una trompetilla imaginaria sobre la oreja, o ceguera poniéndonos los dedos con forma de círculos sobre los ojos

                Y hasta aquí, este estreno de hoy que, aunque no sea imaginario, me gustaría que produjera el efecto de quitarse el sombrero. Si no, me dará un sofoco que tendré que remediar dándome aire con mi abanico imaginario. Eso sí, que el aplauso sea de verdad, y esta vez para la imaginación que nos hace ver tantas cosas que no existen. ¿O no?

Exageración: más allá de Andalucía


              No todo el mundo es igual, aunque haya nacido en el mismo sitio, pero la cultura popular nos endosa unos estereotipos que no siempre responden a la realidad. En Andalucía tienen fama de exagerados, como en el País Vasco de hacerlo todo a lo grande o en Galicia de no pronunciarse ante las cosas. Y, aunque no se pueda ni se deba generalizar, cargamos toda la vida con eso tópicos, nos gusten o no. De eso ha sacado partido el cine en películas tan conocidas como Ocho apellidos vascos u Ocho apellidos catalanes. Pero, sea patrimonio andaluz o universal, la exageración existe. Y por todo el mundo, dicho sea sin exagerar.

              En nuestro teatro, por su propia naturaleza, no deberíamos tender a la exageración. Se supone que lo nuestro es la ponderación y el equilibrio, por eso nos representa una balanza. Pero, en la realidad, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y hasta un abismo, exageraciones aparte.

              Yo misma, en este espacio toguitaconado, echo muchas veces mano de la exageración. O de la hipérbole, que queda mucho más fino. Así, hablando de nuestros propios deportes , hablaba de saltar con pértiga para acceder al despacho cuando una vuelve de vacaciones y tiene que esquivar las toneladas -de nuevo una exageración- de papel. Pues bien, confieso que he mentido. No tengo pértiga ni la usé para saltar expedientes, aunque reconozco que me hubiera venido bien porque cada mes de septiembre el panorama es desolador. Y eso sí lo digo sin exagerar. Porque los criminales no se toman descanso y los juzgados, por eso, siguen teniendo trabajo estemos de vacaciones o no. Que nos lo digan si no a quienes tenemos el dudoso honor de hacer guardias en verano.

              También he exagerado alguna vez diciendo que tenía que usar un machete para abrirme paso entre las causas pendientes en algunos archivos. En realidad, con unos buenos hombros para sostenerlas y un buen entrenamiento me bastaba.

              Y, por supuesto, exageramos cuando decimos que tenemos tropemil asuntos pendientes o que alguno de ellos tiene tropemil folios. O hijoemil, como dice una amiga mía que sí es andaluza. Pero mucho son, desde luego, y si es cierto que es un poco exagerado decir que no nos da la vida, poco nos falta.

              Sin embargo, hay cosas en las que, aunque parezca que exageramos, nos quedamos cortas. Porque cuando una dice que los señalamientos tardan una barbaridad, parece que está exagerando, pero cuando vemos que un asunto que sale hoy del juzgado se señala dentro de dos años, pues lo de la exageración ya no es tal. Y no hay más que echar un vistazo a redes sociales para ver quejas a plazos absolutamente.

              Y si pensamos en lo que tardan algunos asuntos en resolverse, pasa otro tanto. Sin perjuicio de que hay juzgados que van tan al día que hasta han ganado premios por su eficacia, hay casos e los que el tiempo transcurrido haría sonrojarse a cualquiera. Pero que vamos a esperar, si el propio Tribunal Constitucional ha tardado hasta once años en resolver algunas cosas. Y si eso no es un plazo excesivo, que no exagerado, que venga Dios y lo vea.

              Pero claro, cómo no nos van a pasar estas cosas si el número la ratio de personas por las que hay un juez o magistrado es, sin exagerar, menos de la mitad de la que tienen en otros países de Europa. Y, si hablamos de fiscales, ya ni cuento. Y no lo digo solo por arrimar el ascua a mi sardina, sino porque es vedad. Verdad verdadera.

              ¿Y qué pensaría la gente ajena a Toguilandia si supiera que nuestra ley de enjuiciamiento criminal, la que regula el procedimiento penal, es de la década de los 80…del siglo XIX? ¿O que la ley de indulto es de 1870? Y no digo nada del Código Civil , de la misma época, porque al menos este ha envejecido mejor y se conserva como esas personas centenarias de genética asombrosa. Pero que leyes tan importantes daten de épocas en que no solo no existían los ordenadores, ni los móviles, ni las tecnologías de la información y la comunicación ni los cohetes espaciales, sino que se iba de un lugar a otro en diligencia o a caballo, y eso si se iba, no es una exageración, sino algo increíble. En sentido literal.

              Así que, sin necesidad de estar en Andalucía, nos encontramos cada día con un número exagerado de señalamientos, de carga de trabajo y con causas tan enormes que las podrían haber inventado en el mismísimo Bilbao, si tiramos de tópico. Y que, además, necesitarían de uno de sus levantadores de piedras para trasladarlas de un lugar a otro.

              Todo esto, por supuesto, visto en la versión papel, que todavía existe en muchos juzgados y fiscalías, por más que hubieran prometido el papel 0 desde hace décadas, sin exagerar ni un ápice. Pero, incluso allá donde la digitalización ya es una realidad, la carga de trabajo ya no pesa físicamente, pero es igual de superlativa.

 Como lo es, por no olvidarme de quienes estudian oposiciones, el tiempo que han de hacerlo para llegar a tener un sitio en la carrera judicial o fiscal, o para ser LAJ.

Y con esto cierro el telón por hoy. Espero no exagerar al pedir el aplauso para quienes soportan esas cargas de trabajo tan excesivas. Y aprovecho para dar una ovación extra a la fuente de la ilustración de hoy, el libro de Isaías Lafuente “Unidad de vigilancia lingüística” que recogía un gazapo respecto de la ratio de jueces en Andalucía que daba gloria. Gracias por hacernos reír con estas cosas tan serias.

Inmigración: del amor al odio


              Estar fuera del país de cada cual produce los sentimientos mas encontrados. Desde el patriotismo a la nostalgia, desde la necesidad al capricho, vivir fuera del lugar donde hemos nacido no nos es indiferente. En su día, Juanito Valderrama cantaba a El emigrante español que se iba fuera de España, el de Vente a Alemania, Pepe. Ahora somos nosotros quienes recibimos a gente de fuera, a personas que escriben cosa como las Cartas de Alou, y que recuerdan su tierra con una mezcla de nostalgia y pena.

              En nuestro teatro, el elemento extranjero está presente por muchas partes. La extranjería da lugar a multitud de procedimientos jurídicos que van desde la expulsión al derecho de asilo. Pero nuestra manera de reaccionar ante la población migrante y el fenómeno de la inmigración no siempre es la misma.

              Por un lado, nunca deberíamos perder de vista que España fue un país de emigrantes, que las circunstancias políticas primero y económicas más tarde hicieran que a lo largo del siglo XX muchas españolas y españoles tuvieran que dejar nuestra tierra y encontrarse En tierra extraña, como cantaba Concha Piquer, la del famosos baúl que recorría las sete potencias.

              Pero no vayamos tan lejos. Las cosas mejoraron, y la tortilla se dio la vuelta, hasta el punto de que ahora es nuestro país quien recibe a inmigrantes. A veces, más de los que quisiéremos o de los que, según algunos políticos, podemos permitirnos.

              ¿Y cómo los tratamos? Pues depende. Porque no todos son iguales, según parece. De una pare, está esa gente que viene con los bolsillos llenos, o con las expectativas altas de llenarlos, como sucede con futbolistas o millonarios de alto copete. Esos, ni molestan ni plantean problemas. Y nadie los llamaría “migrantes” con tintes peyorativos ni MENAS si fueran menores de edad. Sin personas extranjeras, bien recibidas sin más.

              Pero hay muchos otros, los que vienen porque no tienen nada en su tierra, los que emprenden un viaje incierto con una mano delante y una detrás, porque, como me dijo uno de ellos, su vida es su único patrimonio. Son personas que saltan vallas arriesgándose a morir en el intento, o se embarcan en pateras, o cayucos, o lanchas casi de juguete que han convertido el Mar Mediterráneo en el mayor de los cementerios.

              Por si tuvieran poco, se encuentran con el odio de quienes, sin cortarse un pelo en extender bulos y fake news escampan la hostilidad contra estas personas acusándolas de cualquier crimen real o imaginario que se haya cometido. Y es entonces cuando nos encontramos con frases en medios de comunicación y redes sociales que, con toda irresponsabilidad, expanden esos infundios. Unos infundios que, o rozan el delito de odio () o entran directamente en él.

              Sin embargo, si echamos la vista atrás, hace unos pocos veranos, presumíamos de solidaridad cuando llegaban refugiados desde otros lugares, refugiados como el Niño Aylan, cuya fotografía en la playa, con su cuerpecito inerte nos estrujó el corazón. ¿Por qué entonces tanto y ahora tan poco? ¿Cuándo y por qué hemos cambiado el amor por el odio?

              Pero vayámonos un poco más cerca en el tiempo, a ese momento en que llegaban a este y a otros muchos países personas que huían de Ucrania, debido a la invasión que su país había sufrido y a la guerra que lo asolaba. De nuevo la solidaridad nos desbordaba y se ofrecía asilo, refugio y toda clase de facilidades a las personas que se encontraban en esa penosa situación. Porque lo habían perdido todo, y les queríamos dar otra oportunidad.

              Entonces, ¿qué nos ha pasado? ¿Qué diferencia hay entre unos y otros? ¿Su procedencia? ¿El color de su piel?. Preferiría no responder a esta pregunta de la manera que parece obvia, y que existiera otra explicación, pero no la encuentro.

              Por eso, solo puedo condenar el odio y dedicar mi aplauso a quienes luchan contra eso. De todo corazón

Besos: de lo mejor a lo peor


              El beso es una de las muestras de afecto más evidentes y más agradables que hay. Pero también e beso se puede convertir en todo l contrario. Hay Besos protagonistas de canciones, sean en todo tiempo y lugar ese El beso en España más patrio y folklórico. También los hay que dan título a películas, se Mi primer beso, o cualquiera otro de Los besos de después. Aunque mis besos cinematográficos preferidos son los que guardaba el protagonista de Cinema Paradiso entre los que habían sido censurados

              En nuestro teatro, los besos pueden pasar del todo a la nada en un nanosegundo. Y es que pueden ser una muestra de afecto de los más normal entre profesionales, o ser el clarísimo objeto de delito. Con todo un abanico de posibilidades de por medio.

              Hubo un momento, que yo no viví afortunadamente, donde los besos estaban prohibidos. Si se daban en el cine, eran inmediato objeto de las tijeras del censor de turno, y si se daban en la calle, podían ser constitutivos del delito de escándalo público, ese delito que existía hasta en casos donde no hubiera público que se escandalizase. Recuerdo un caso que nos cotaba mi profesor de Derecho Penal en que unos guardias civiles descubrían desde un escondrijo a unos muchachos masturbándose escondidos detrás de un árbol en un bosque. Pues bien, aunque no estaban a la vista de nadie e incluso las fuerzas del orden que los avistaron necesitaron prismáticos para hacerlo, fueron acusados de escándalo público. Afortunadamente, cosas del pasado, aunque no tan lejano como creemos.

              También pertenece al pasado, y también por suerte, el duro castigo que podrían llevarse dos personas del mismo sexo que fueran sorprendidas besándose. Menos mal que ese pasado está ya enterrado, al menos en lo que a la ley se refiere, porque la homofobia sigue existiendo.

              Pero hasta hace nada todavía se hablaba de “besos robados” o se cantaba “me debes un beso” como si fuera algo que se pudiera arrancar a alguien contra su voluntad. Pero las cosas ya no son así. Tras las últimas reformas, cualquier acto de contenido sexual, cualquier tocamiento o conducta de este tipo, realizadas contra la voluntad el sujeto pasivo, son constitutivas de delito contra la libertad sexual, sin necesidad de que exista violencia ni intimidación de ningún tipo.

              Es cierto que hay quien afirma que es una exageración, que es algo así como pasarse de rosca el castigar esas conductas, pero difícilmente se puede mantener. Aunque durante mucho tiempo las mujeres nos resignábamos a aguantar determinadas cosas como sos toqueteos furtivos en el transporte públicos tan desagradables. Pero ahora no tenemos por qé aguantar ni eso ni nada que no queramos. Y por eso denunciar esas conductas no es ninguna exageración, como tampoco lo es castigarlas dentro del principio de proporcionalidad que la ley establece.

              Sin duda, en los últimos tiempos, el caso más conocido de un beso inconsentido con consecuencias penales ha sido el que le estampó a la fuerza a la vista de todo el mundo el entonces `residente de la Federación de Fútbol a la futbolista Jennifer Hermoso tras la final de la copa del mundo en que España se hizo con la victoria. Es cierto que a día de hoy no hay sentencia, aunque sí un procedimiento en marcha, pero también son evidentes las consecuencias que más allá del ámbito penal han reportado a su autor. Y eso, por más que é quisiera minimizarlo llamándolo “piquito” e insistiendo en que no fue contra la voluntad de la víctima.

              Por último, cabría preguntarnos qué pasa con esos besos de cortesía para saludar que son costumbre en nuestra tierra, que han vuelto, aunque durante la pandemia par4cía que habían desaparecido para siempre. Pues, aunque no siempre son agradables, siempre que entren en ese uso social habrá que aguantarse, como le pasaba a Mafalda ante los besos de la tía Paca. Tal vez habría que replantearse qué hacer con esta costumbre, pero, de momento, ahí está

              Así que con esto cierro el telón por hoy. Y esta vez, en vez de aplauso, os envío un beso desde Con Mi Toga Y Mis Tacones. Un beso que, aunque alguien no quisiera recibir, no tiene consecuencias penales porque solo es virtual. Eso sí, lleno de todo mi cariño. Aquí os lo dejo.

Otras vacaciones: quienes no disfrutan


              Todo el mundo relaciona las vacaciones con descanso, alegría y relax, sea playa, montaña, viaje o sofá. Las vacaciones tienen incluso su propio subgénero cinematográfico, de películas familiares como 12 fuera de casa, Vacaciones de verano , El verano de mi vida, Vacaciones en Roma o de otro tipo como Y de repente, el último verano o El turista accidental. Y, por supuesto, la serie veraniega por antonomasia, la icónica Verano azul. Pero hay para quien el verano es todo lo contrario: las vacaciones no existen o la situación es incluso peor que cuando no las hay.

              En nuestro teatro, el mes de agosto es, como en la mayoría de los sectores, el momento de echar el freno. Aunque solo para algunos, porque, como bien sabemos, los criminales no se toman descanso y quienes les perseguimos no tenemos más remedio que estar al rebufo. Gajes del oficio.

              Pero hoy no me quería ocupar de quienes habitamos Toguilandia ni de quienes las deshabitamos en verano. A eso ya hemos dedicado varios estrenos, incluidos los referentes a las no-vacaciones de quienes, voluntaria u obligatoriamente, se queda. Pero lo bien cierto es que, salvo alguna excepción, el mes de agosto es inhábil y, al no haber juicio, hay menos trabajo. Eso sí, “menos” no significa que no haya trabajo. Ni tampoco que a nuestra vuelta nos encontremos las mesas tan llenas que no se pueda entrar en el despacho si no es con pértiga saltando expedientes. Es lo que hay un año tras otro.

              Pero hoy me quería acordar de otras personas. De esas en que no pensamos mucho y menos aun en vacaciones, porque no siquiera los informativos les hacen caso.

              Así, me acuerdo, en primer lugar, de las mujeres afganas, que vieron como un verano hace ya tres años sus vidas cambiaban para siempre. O, mejor dicho, pasaban a no tener vida, porque el régimen talibán se lo quitaba todo: la educación, la identidad, la intimidad y, sin duda alguna, la libertad. Todo lo que no sea ser una invisible prolongación sumisa del hombre es prohibida, y da lugar a una represión brutal. Por eso las que habían sido juezas y fiscales han tenido que salir pasando todas las penalidades posibles, y eso si han conseguido salvar la vida. No las olvidemos a ellas, a quienes pudieron salir y a quienes no, a las que se fueron y a las que se quedaron.

Por descontado, también hay que acordarse de quienes padecen los efectos de las guerras, que tampoco descansan por vacaciones, y respecto de las cuales los hechos han demostrado que están mucho más cerca de lo que penábamos

              También hay que acordarse estos días de las víctimas de violencia de género, y no porque este esté siendo un “verano negro” sino porque, si tiramos de hemeroteca, todos o cas todos lo son para esta tragedia. Y es que no se trata de que las vacacione cause la violencia de género, pero sí la alimentan. Cuando en un hogar existe un polvorín dispuesto en cualquier momento a estallar, el aumento de la convivencia y de las situaciones de crisis incrementan las posibilidades de que haya más resultados, o que estos sean fatales. A los hechos me remito. A los hechos, y a mi experiencia de muchas guardias veraniegas en los juzgados especializados, donde estos hechos no dejan de llegarnos cada día.

              Casi por las mismas razones, se incrementa el infierno que supone la violencia doméstica para quienes viven en él. Maltratos de padres a hijos, de hijos a padres y de cualquier otro tipo, que siempre son una pesadilla, lo son todavía más cuando las vacaciones convierten la convivencia en una condena. Y sin necesidad de juez ni jueza que la imponga.

              Otra situación que agrava las vacaciones es la relacionada con la pobreza. Quienes no llegan a fin de mes se encuentran con que sus hijos e hijas ya no comen en el colegio, y no pueden afrontar más gasto. Tampoco pueden permitirse pagar a nadie para que este con ellos mientras trabajan, si lo hacen, y, como decía el título de aquella serie de televisión, los problemas crecen.

              Y, por último, hay que hablar de algo que afecta a la mayoría de personas, fuera y dentro de Toguilandia. Hablo, por supuesto, de la conciliación o, mejor dicho, la corresponsabilidad, o la falta de ella. Las vacaciones escolares dejan a nuestras criaturas sin ocupación durante el día a lo largo de casi tres meses mientras que nuestras vacaciones, en el mejor de los casos y, salvo alguna excepción como el caso de los maestros, solo duran un mes. Y eso hace que haya que echar mano de abuelos y abuelas, de pagar canguros si una se lo puede permitir. O de acabar llevando a nuestros retoños al despacho, que en estos días he visto más de una criaturita pululando por los juzgados, sea acompañando a quienes trabajan o a quienes denuncian.

              Y con esto cierro el telón por hoy, con un aplauso para quienes no disfrutan, sino que sufren las vacaciones. Todo mi apoyo toguitaconado.

Rock de la cárcel: hace tanto…


Como estamos en verano, y es tiempo de vacaciones, en Con Mi Toga y Mis Tacones también queremos relajar un poco un tono, y hacerlo, cómo no, con un relato. El relato de hoy viene a propósito del aniversario de la muerte de Elvis Presley, el rey del rock, un mes de agosto allá por 1977.

Este relato forma parte del libro dedicado al Rey por el grupo de escritores Generación Bibliocafé, al que pertenezco. Y espero que os guste

Aloha

-Pasajeros del vuelo 2343 con destino Hawái. Última llamada para efectuar el embarque

Tuve dudas hasta el último momento. No sabía si subirme a ese avión no sería una completa locura. Pero, al final, me decidí, más que nada por la ilusión que había puesto mi hermana en aquel regalo.

Me sorprendió con los billetes el día de mi cumpleaños. Yo salía de un momento horrible de mi vida, el final de un matrimonio con el que tuve que acabar para que no acabara con mi vida. El juicio por malos tratos, la reacción de mis hijos y el miedo permanente fueron solo escalones de una caída en picado que aun no sabía donde tenía su final. Pero había que seguir.

Mi hermana quiso recordar un capítulo de mi infancia que yo casi había olvidado. Era el verano de 1977 y mi madre me encontró llorando desconsoladamente en mi cama. Ante sus atónitos ojos, arrojé el cerdito de barro que contenía todos los ahorros de mis siete años. Me miraba sin saber qué hacer

-Se ha muerto -gritaba yo- Se ha muerto

-¿Quién?

-Elvis, el chico de las pelis de Hawái.

-¿Y eso que tiene que ver con tu hucha?

-Yo estaba ahorrando para viajar a esa isla. Quería encontrarme con él y que me cantara una de esas canciones tan bonitas mientras me ponían un collar de flores. Y ahora ya no puede ser. Ya no va a pasar nunca

El disgusto me duró un tiempo, pero nunca olvidé del todo mi hucha de cerdito y lo que significaba. Adoraba aquellas películas un tanto cursis que reponían en la televisión de vez en cuando y estaba enamorada de la cara y la voz y el cuerpo de su protagonista, un Elvis Presley almibarado y relamido que nada tenía que ver con la imagen que proyectaban en televisión tras su muerte. Aquel señor hinchado y con un traje blanco de flecos nada tenía que ver con mi ídolo. Nada de nada.

Cuando pasó lo que pasó con mi marido, mi hermana se desvivió por buscar algo que me ilusionara. Recordó que mi madre guardó el cerdito y le contó la anécdota y me trajo los pedazos de barro esmaltado envueltos en papel de regalo junto a los billetes de avión y la reserva de hotel. Nunca encontraría a Elvis, pero sí podría reencontrarme con la niña que fui, una niña que había olvidado hacía mucho tiempo.

Subí al avión. Me tocó un compañero de asiento de aspecto peculiar. Tanto, que no pude dejar de mirar su tupé.

-Hola, me llamo Elvis. Y sí, ya sé que es raro, pero mi madre admiraba tanto a Elvis Presley que me endosó su nombre

-Bueno, es bonito

-Es un poco hortera, como mi tupé -sonrió- ¿verdad?

-No sé qué decir

-La verdad es que no sé muy bien qué hago aquí ni por qué te cuento esto. Pero mi madre ha muerto y yo le había prometido este viaje desde hacía mucho tiempo. Lo tenía todo preparado para su cumpleaños, pero un ictus fulminante me la robado

-Lo siento

-La vida hace estas putadas -se limpió una lagrima- Pero he querido hacer el viaje que había previsto igualmente

-Como homenaje ¿no?

-Algo así. Mi madre era fan de Elvis. Pero no del Elvis de Las Vegas, ni de esos trajes de lentejuelas. Mi madre amaba al Elvis de las películas de Hawái -sonrió de nuevo- Te parece cursi ¿verdad?

-Para nada -la que sonreí fue yo- Me parece perfecto…Elvis

En ese momento, bendije a mi hermana por su ocurrencia, y a mi madre por guardar el cerdito y el recuerdo. Y pensé que, al fin y al cabo, aquellos ahorros habían acabado teniendo el fin previsto. Por eso le mandé un mensaje en cuanto tomamos tierra

“Aloha. Lo encontré”

Y, en ese mismo momento, empecé a vivir de nuevo

Geografía: ¿estereotipos regionales?


              A veces, cuando algo reseñable ocurre en un lugar determinado, se acaba tomando la parte por el todo y el origen geográfico acaba relacionándose con ese hecho para siempre. En el cine, hay títulos muy ilustrativos como Divorcio a la italiana -también Matrimonio a la italiana- o Un seductor a la francesa. Y, cómo no, un Typical Spanish tan típico como toda una época.

              En nuestro teatro, el origen geográfico no debería afectar en nada, y como la igualdad ante la ley es lo que tiene, no puede hacerlo. Pero eso no quita para que determinados apellidos regionales o nacionales hayan marcado un modo de proceder hasta convertirse en parte de su nombre.

              Tal vez el ejemplo más conocido es lo que digo son llamadas querellas catalanas. Cualquiera de quienes transitamos por Toguilandia, sobre todo quienes cabalgan entre la jurisdicción civil y la penal, se ha encontrado alguna vez con una de ellas. La mayoría del mundo toguitaconado sabe qué son, una maniobra procesal que consiste en interponer una querella para llevar a la jurisdicción penal hechos que entran en el ámbito civil, usado con fines dilatorios, o destinada a conseguir la práctica de pruebas, o ambas cosas a un tiempo. Lo que es más desconocido es su origen, que suele atribuirse a una disputa, allá por la Edad Media, entre comerciantes genoveses y catalanes por un contrato, y los catalanes, en lugar de la negociación habitual, presentaron sorpresivamente una reclamación judicial, dejando descolocados a sus contrarios. En definitiva, las querellas catalanas han pasado a la cultura jurídico popular como un modo de proceder que van mas allá de obtener una resolución convencional. De hecho, pueden llegar retorcer la justicia tratando de obtener un acuerdo satisfactorio a cambio de retirar la querella, aunque eso no siempre sale bien. Porque puede costarles la torta un pan, que el hecho realmente entre en el ámbito del delito, y que el Ministerio Fiscal continúe a pesar de esa retirada de la querella, con lo que el pretendido acuerdo quede en nada. En cualquier caso, es una maniobra cuanto menos poco ortodoxa, y es injusto que el pueblo catalán cargue con este estigma jurídico. Pero es difícil luchar contra ello.

              Otro supuesto bien conocido es de las cartas nigerianas, también llamada “timo nigeriano” o “estafa nigeriana”. Se trata de un delio informático en que se hace creer a la víctima que puede obtener una gran suma de dinero a cambio de ayudar a sus autores a sacar del país un dinero supuestamente recibido por una herencia o similar, para lo cual el incauto ha de adelantar una cantidad, de la que ya se puede ir olvidando. El origen del nombre proviene de que el timo empezó con una carta de un supuesto príncipe o alto cargo nigeriano que se ganaba la confianza de la víctima, y que se generalizó en la deuda de los 90 desde Nigeria, que atravesaba una época de inestabilidad importante. Y, ya se sabe, la necesidad agudiza el ingenio. Y, en este caso, perpetúa el nombre, para pesar de todas las personas nigerianas de buena fe.

              Diferente s el caso del denominado “timo del nazareno”. Consiste en ganarse la confianza de la victima haciéndose pasar por una empresa solvente y dejarla colgada cuando hace una entrega considerable del producto de que se trate. Y, aunque alguien podría llevarse a engaño con el origen geográfico de esta práctica, nada que ver con ello. Recibe ese nombre como guiño a la Semana Santa, para aludir a la procesión de acreedores que se presentan ante la empresa estafadora, que ha tomado las de Villadiego.

              Sin embargo, el divorcio a la italiana, al que me refría al principio no supone, aunque pudiera parecer, algún modo de proceder el Derecho de familia que nos hubiera llegado dl país con forma de bota. Se trata del título de una película antológica, que, sobre todo, critica la hipocresía social. Así que no me resisto a reproducir una frase de otro cineasta, Clint Eastwood “Dicen que los matrimonios están hechos en el Cielo, pero también en el Cielo están hechos los truenos y los relámpagos” Ahí queda eso.

              Otra alusión geográfica con la que nos encontramos de vez en cando, por desgracia, es la del puño americano. No es ninguna figura jurídica ni pseudo jurídica, pero sí es un arma prohibida, peligrosa, y que suele verse en peleas entre bandas o incluso delitos de odio violentos. Y, en este caso, aunque el rigen no es americano sino de la antigua Grecia, pasando por Roma y hasta por Japón, fue la producción en serie en Estados Unidos en la Guerra de Secesión, en que los fabricaban con el plomo de las balas, lo que les cargó el sambenito. Qué le vamos a hacer.

              Y, por supuesto, no podemos olvidar determinadas prácticas sexuales que, realizadas sin consentimiento, darán lugar a delitos contra la libertad sexual, como el griego o el francés. No hace falta que diga mucho más.

              También podemos aludir a otras conductas “geografizadas” como “despedirse a la francesa”, que podría servir para definir un abandono de familia de los de antes, o a atributos tan estereotipados como la puntualidad británica -que ojalá cundiera como ejemplo en juicios-, la disciplina germánica o la rigidez soviética. Y alguna más que seguro que me dejo.

              Y para acabar hoy, y antes de cerrar el telón, el aplauso. Que, en mi caso, viene desde Valencia, como la paella, la horchata y las Fallas, y lo dedico a quienes pasan por encima de todos esos estereotipos regionales que, en muchas ocasiones, son muy injustos