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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Estudiar: ¿obligación o devoción?


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Hubo un tiempo en que se pensaba que los artistas -o los cómicos, como los llamaban- eran unos gansos que no querían estudiar ni trabajar, y se ganaban la vida dando el espectáculo, nunca mejor dicho. Ese tiempo ya pasó, pero todavía quedan muchas prevenciones para el mundo del arte, como si eso no fueran estudios. Sin saber que músicos, bailarines o actores han de preparase tanto que a veces formarse los convierte en verdaderos héroes, teniendo que compaginar sus ensayos, sus prácticas y sus actuaciones con estudios en otras materias difícilmente compatibles en horario. Y además, es una formación que nunca acaba, que no en balde la bailarina debe seguir con sus clases día a día y aprender sus coreografías, los actores el libreto y los músicos las partituras. Así que, si quieren seguir ofreciendo un espectáculo digno, deben estudiar, estudiar y estudiar. Que el nombre de El Estudiante no sólo lo merece el personaje de Curro Jiménez

En esto nuestra función es exactamente igual. Por más que quisiéramos evitarlo, no nos queda otro remedio que estudiar jurisprudencia, leyes, reformas y doctrina para seguir ofreciendo nuestra función del modo que se merece nuestro público, el ciudadano. Y ahí estamos.

Estudiamos una carrera y, los que la hicimos, una oposición, con la vana esperanza de que jamás nos tendríamos que volver a encerrar en casa en bata y zapatillas para llenar nuestro cerebro de todas aquellas cosas que habríamos de soltar en un examen. Pensábamos que no volveríamos a pasar aquel trance como Escarlata O’Hara no volvería a pasar hambre. Pero de eso nada. La realidad nos dio en plenas narices, como suele suceder. Porque ya se sabe que la realidad supera siempre a la ficción.

Cuando una aterriza en este mundo, con la toga, los tacones y las ganas por estrenar, cree que lo sabe todo, o casi todo. Pensamos que hemos estudiado tanto que nuestro cerebro no admite ni un conocimiento más. Y además, como si fuéramos Leonardo di Caprio, nos agarramos a la proa del Derecho diciendo “Soy el amo del mundo”. Para descubrir pronto que si no nos esforzamos el Titanic se hundirá sin remedio. Así que, en apenas unos días, nos estrellamos con la realidad y nos hacemos a la idea de que seguiremos estudiando toda la vida, si queremos que nuestra función triunfe. Es lo que hay. Y, a decir verdad, tampoco está mal.

Pero a veces, las circunstancias nos superan, y tenemos que convertirnos en superhéroes para conseguir aprender todo lo que se nos viene encima. Como ahora, sin ir más lejos, que caen sobre nosotros una reforma tras otra como si no hubiera un mañana. Una macrorreforma del Código Penal, una reforma abortada del Registro Civil y una reforma a plazos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, como si de un electrodoméstico se tratara, con retoques aquí y allá de la Ley Orgánica del Poder Judicial y de todo ello que tenga a bien ocurrírsele al legislador, que parece llevar puestas las pilas del conejito de Duracell.

Y nosotros dale que te pego. Además de estudiarnos nuestros asuntos, y la jurisprudencia aplicable al caso, a hacer la maratón legislativa que ríase usted de la San Silvestre.

La verdad es que, ante la inminencia de El Diluvio que viene, ganas me entran de hacer de Noé y meter en mi arca, además de mi toga y mis tacones, un ejemplar de la Constitución, del Código Penal, del Código Civil, de las leyes procesales, administrativas, laborales y todas aquellas que se me ocurra, para que no se pierdan las pobrecitas y algún día podamos representar Tal como éramos

                Pero, de momento, no se si voy a poder. Que eso de construir el arca da mucho trabajo y no me da tiempo mientras hinco los codos. Con cuidado, eso sí, de que las puñetas no se estropeen, que no están las cosas para perder nada.

Así que ánimo, que lo superaremos, como hemos superado muchas otras reformas. Pero paremos al menos un minuto. El que debemos dedicar para aplaudir a todos los que se esfuerzan para estar al día y dar una función digna un día tras otro. Porque el esfuerzo merece la pena.

Cursos: más que turismo judicial


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Todos necesitamos reciclarnos, aprender y modernizarnos. Los artistas, por consolidados que estén en su fama y su prestigio, nunca pueden permitirse el lujo de dejar de aprender, o se arriesgan a quedar fuera de juego. Que se lo digan si no a la Estela Reinols de La que se avecina, reviviendo continuamente el día que Fernando Esteso tuvo una escena subidita de tono con ella, o a la Bim Bam Bum de Aida, ambas personajes de ficción pero que reproducen clichés reales.

Ni nuestro cine se puede quedar en el tiempo de Los Bingueros, ni nosotros tampoco. Por más que algunas de nuestras leyes daten de cuando los hermanos Lumière tenían la edad de la Primera Comunión. Por eso hay que informarse, formarse y, hasta si es preciso, reformarse, que no nos podemos quedar atrás.

Y para eso, sólo nos quedan dos cosas: estudiar en casa, que bastante difícil nos lo ponen con una reforma tras otra –o mientras, que muchas se solapan- y acudir a cursos, congresos, jornadas, seminarios, o lo que se presente.

Muchas veces se catalogan estas salidas de turismo judicial. Nos adjudican un curso, cogemos nuestra maletita, y nos vamos a la ciudad que sea. A aprender, se supone. Aunque tampoco está mal conocer la ciudad, convivir con los compañeros, y disfrutar de la gastronomía y de alguna copa, que no solo de leyes vive el jurista. Pero siempre se aprende algo, y de eso se trata, al fin y al cabo.

Aunque algo vamos modernizándonos, lo bien cierto es que nuestros cursos siguen el esquema tradicional. Ponenecias y mesas redondas, temas preferentemente jurídicos e intervenciones al final. Entre éstas, siempre me ha fascinado un clásico: el profesional de la tesis de la pregunta-ponencia, ese asistente al curso que interviene poseído por el espíritu del umbralismo y nos viene a hablar de su libro, haciendo una pregunta casi más larga qe la ponencia en sí y que no suele esperar respuesta. Pero, al margen de estas intervenciones, estos debates finales suelen ser my enriquecdores. Al menos, para percatarse que otros tienen los mismos problemas que una, que no es poca cosa.

Pero si hay un momento donde realmente se aprende, es el las actividades extraescolares de los cursos en cuestión. En comidas, cenas, cafés y copas, la gente suelta la lengua y, en petit comité, se explaya a gusto sobre sus cuitas. Con esas cosas que a veces, uno no se atreve a decir en público. Y es cuando descubrimos que no somos tan torpes como a veces nos creemos, que a los demás también les pasan esas cosas que pensamos que solo nos pasan a nosotros, y que otros tienen tantas dudas como una misma. Y que incluso, todos metemos la pata, lo cual es una terapia de grupo sin igual.

Pero no vamos solo a los cursos más o menos oficiales. También hay quien, de vez en cuando, se atreve a salir del entorno y acude a seminarios de la universidad, o de colegios de abogados, o de cualquier otra entidad donde pueda aprender algo. Y eso son cosas que deberíamos también potenciar, que la endogamia parece que a veces nos puede.

Y otra de las modalidades de este turismo de leyes y copas son los congresos de las asociaciones profesionales. Una buena ocasión para compartir inquietudes, conocimientos y problemas entre compañeros con muchas cosas en común.

Pero una de las mejores cosas de estas salidas en los últimos tiempos es la desvirtualización. Y es que, cada vez que hago mi maletita rumbo a un curso, consigo desvirtualizar a alguien a quien ya conocía de redes sociales o foros. O que me conocía a mí, sin que yo lo supiera. Y es impagable ese momento en que alguien se acerca y te pregunta: ¿tú… eres tú?. Y como yo soy soy yo, si nada lo remedia, nos saludamos y se produce la desvirtualización. Como una vez, hace no mucho, que una compañera de la carrera hermana a quien no tenía el gusto de conocer me dijo con una gran sonrisa “ah, tú eres la de la toga y los tacones”. Y con esa frase me contagió la sonrisa para el resto del día.

Así que demos hoy una ovación a esas oportunidades de salir, no vaya a ser que llegue una tijera cruel y nos los quite. A pesar de que a la vuelta nuestras mesa amenace hundirse con el peso de los expedientes y a pesar también de que estaría bien dar un repasito a la manera en que se hacen. Porque hay que informarse para formarse, y formarse para no deformarse.

Móviles: del papel a la nube


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                Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decía el cuplé, y nadie se imaginaría hoy una vida sin teléfonos móviles y dispositivos varios. Basta asistir a cualquier espectáculo para que nos insten a tuitearlo, con su hagstag correspondiente, haciendo un selfie a ser posible junto al protagonista y, si no, con el cartel anunciador que ya vimos en facebook y por el cual llegamos al link a través del cual compramos las entradas. Ya nada es como antes, y atrás quedaron esos tiempos en que la gente hacía cola días antes, se alineaba en la puerta, llevaba una cámara de fotos, de ésas que no tenían pantalla ninguna, y rezaba lo que sabía para que en el revelado saliera la foto con el artista. Y, por supuesto, no hay artista que se precie si no tiene cuenta de twitter, facebook e instagram, fanpage, y, por descontado, un blog donde contarnos día a dia si se corta el pelo o se hace mechas o se llevan más las faldas de tubo o las faldas lápiz, el escote halter o el cuello cisne o las pajaritas de raso, de terciopelo o de rompedor vinilo.

                Pero nuestro espectáculo es otro mundo. Aquí todavía se hace casi todo de modo presencial, aunque nos acabe de llegar la videoconferencia con algunas décadas de retraso y en la modalidad “cruza los dedos”. O sea, la milagroconferencia. Porque eso hay que hacer, lograr un milagro esperando que se encienda, que la conexión funcione, que el sistema sea compatible y mil avatares más que convierten una simple declaración o rueda de reconocimiento en una aventura Al filo de lo Imposible. Incluso hay que confiar que el número de teléfono no incluya determinados dígitos, porque a veces hay teclas que no van, y a Dios pongo por testigo que no me invento nada. Que ya me gustaría ver a mí a Frank de la Jungla o al vetusto Miguel de la Quadra Salcedo arrostrando tales riesgos. Tenemos, eso sí, nuestros sumarios atados con cuerda floja y hasta nuestra valija, que no nos falte de na, que no, que no. Y ojo, hasta flamantes carritos de supermercado donde los expedientes van de un lado a otro cómodamente arrastrados, faltaría más, por el esforzado funcionario de turno. Y eso si hay suerte.

                Pero tenemos nuestros móviles, lujo asiático donde los haya. Por supuesto, me refiero a los propios, los que nos hemos comprado con nuestro dinero, porque los oficiales habría que verlos. Creo que en el Museo de Arqueología ya se los están rifando.

                Y es que siempre hemos ido a la cola del mundo. Fuimos los últimos en incorporar el “busca” a las guardias, un artilugio antediluviano que simplemente avisaba de que había que buscar el teléfono –fijo, juro que existían- más cercano porque había emergencia. Pero para cuando nos los dieron, ya la gente los había descartado, cambiándolos por los otrora punteros teléfonos móviles. Recuerdo hace ya bastantes años, en mi primer destino, un mediático levantamiento de cadáver donde se distinguía perfectamente al juez y al fiscal, no por su donaire y hermosura, sino porque eran los únicos en cuyo bolsillo abultaba ese artefacto llamado busca y no podían correr de un lado para otro hablando con su móvil.

                Pero por fin, llegaron. Y ahí siguen. En muchos casos, exactamente los mismos, esos que no tienen conexión a Internet e incluso en casos tienen restringidas las llamadas, no vaya a ser que el juez, el fiscal, el secretario o el médico forense vayan a despilfarrar el erario público gastando el dineral de na llamada para avisar de que no llegan a recoger a sus hijos al colegio. Hasta con antenita, vaya que sí.

                Pero como estamos entregados a la causa, hemos ingresado en el mundo de la tecnología, y nos hemos comprado nuestros propios móviles. Y hasta tablets y ordenador, que estamos que lo tiramos. Con Internet y todo, oiga. Y wasapeamos, tuiteamos y hasta facebookeamos, cuando hay receso de juicios, claro, que queda muy feo hacerlo por debajo de la toga. Algunos, claro. Porque otros no saben lo que eso, por más que les expliquemos que las redes sociales no muerden y que algunas incluso sirven para resolver dudas o descargarse leyes o jurisprudencia. Y te miran cómo si te hubieran salido dos cuernos verdes en mitad de la frente.

                Hora es de modernizarse, o nos quedaremos atrás para siempre. Yo confieso que soy una adicta, y llevo a rajatabla eso de No sin mi móvil. Incluso me angustio y me entran palpitaciones si la batería está a menos del cincuenta por ciento y no tengo un cargador a mano.

                Pero, si alguien me ve en juicio, sentadita con mi toga y mis tacones y mirando absorta mi teléfono, que no piense mal. Juro que en él llevo el Código Penal, las últimas reformas y hasta jurisprudencia. Moderna que es una.

                Así que hoy pediré el aplauso en dos sentidos. Uno, el nostálgico, para esos vetustos móviles de guardia que aún circulan, y que piden a gritos irse al geriátrico tecnológico. Dejémosles ya descansar, que se lo han ganado. Y otro, para todos aquellos que día a día, se esfuerzan por aprovechar los beneficios de la tecnología en lugar de rechazarla. Porque seguro que el día que todos descubran que las redes no sólo sirven para pescar cambia su vida.

Ejecución: últimas consecuencias


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                A veces, algunas obras son tan interesantes en su desarrollo que el final nos decepciona. Pero lo bien cierto es que, como no lo sabemos, permanecemos en la butaca hasta el fin, esperando esa bajada de telón o ese The End de las películas de toda la vida qe ahora se sustitutuyen por un mucho más moderno fundido en negro, secuencia de tomas falsas o cualquier otra genialidad que se le ocurra al director. Pero a nadie, o  casi nadie, se le ocurriría irse sin conocer cómo acaba la trama.

                Y algo así sucede en nuestra función, aunque a veces no sepamos verlo. Se pone mucho interés en el principio, en la denuncia inicial, en la detención, la aparición del cadáver o lo que sea, y, aunque el interés decaiga por el camino, se vuelve a centrar la atención en el momento culminante, en ese juicio donde, con las togas puestas y los tacones dispuestos, nos esforzamos en darlo todo, como dice cualquier concursante de reality show bien adiestrado. Y después, a esperar la sentencia, con sus recursos y todo, y esa parte que muchas veces pasa desapercibida: su ejecución. Y no conocerla es como marcharse del teatro antes de que el telón se haya cerrado, sin saber si nos perderemos un bis, una ovación de media hora al más puro estilo de Plácido Domingo, o los tomates que le tiraban a Ramoncín en aquella lejana época en que daba en llamarse El Rey del Pollo Frito –y que cualquiera que haya nacido de nos años a esta parte podrá encontrar en algún Youtube modo remember,más ahora cuando el personaje vuelve a esrar de moda por otros motivos-.

                Pero hete aquí que esta parte existe, y merece su estreno. Que nos lo digan si no a cualquiera de nosotros, los fiscales de trinchera, que vemos como día a día se puebla nuestra mesa hasta dejar de ser visible por unos tochos llamados ejecutorias, gordos como pocos y llenos de grapas y pegatinas de distinto pelaje y antigüedad. Tanta en ocasiones que necesitarían una prueba de Carbono 14 por lo menos. O que se le digan a esos jueces o magistrados de Juzgados de lo Penal y Audiencias, que ven cómo la familia de sus expedientes crece pero sus hijos más mayores nunca se acaban de emancipar, engordando cada vez más a base de incidencias y recursos varios. Y más todavía a esos jueces y secretarios a quienes les cayó la china de convertirse en juzgados exclusivos de ejecutorias, y a los fiscales que despachan esos juzgados.

                Nuestras ejecutorias son el pan nuestro de cada día. Porque para el común de los mortales la cosa puede parecer terminada cuando recae sentencia, o al menos cuando ésta adquiere firmeza. Pero de eso, nada. A partir de ahí empieza un rosario de actuaciones que han dado en llamarse ejecución, horrible vocablo que parece evocar el hecho de ser fusilado al amanecer y que en realidad no quiere decir otra cosa que hacer cumplir las resoluciones judiciales. Lo que dice la Constitución, ni más ni menos, y lo que parece de sentido común. Liquidaciones de condena, concesión o no de la suspensión de la ejecución, planes de trabajos en beneficio de la comunidad, o de programas formativos o medidas sustitutivas, cumplimiento o quebrantamiento de las penas o de las reglas de conducta, pago de las indemnizaciones y multas, insolvencias o embargos de bienes, son muchos de los avatares con que nos encontramos, y hacen que esos expedientes viajen de Fiscalía a Juzgados más que el baúl de la Piquer. Muchos de ellos, casi de mero trámite pero otros, como las temidas refundiciones de condena o algunos supuestos de revocación de suspensión, un verdadero galimatías que llega a volvernos locos.

                Decían los compañeros más veteranos que a las ejecutorias había que mirarlas desde el final. Si había suerte, un archivo provisional y hasta el próximo viaje. Si no, pués a seguir mirando. Pero ahora, de pronto, viene el BOE a rompernos los esquemas. Porque ignoro por qué razón, al precipitado legislador de 2015, en este ataque a lo Speedy González que ha sufrido, le ha dado por cargarse de un plumazo toda la parte relativa a suspensión y sustitución de la pena. Así, sin anestesia, y con un magro plazo de vacatio de 3 meses, esa vacatio legis que ya mereció su propio estreno (https://conmitogaymistacones.com/2015/04/10/vacatio-legis-leyes-en-stand-by/). Y nosotros, pues hala, a estudiar, que no teníamos bastante.

                Como decía, ignoro qué razón ha llevado al legislador a retocar con suma urgencia esta parte del Código. Que no digo yo que fuera para echar cohetes, pero que andaba funcionando. Y no es que la mejore de un modo espectacular, la verdad. Fndamentalmente, le da la vuelta como un calcetín, pero sigue siendo una prenda de lana o algodón para cubrir los pies. Pero lo colma de requisitos, de reglas de conducta, de modalidades y de cambios y más cambios que aumentarán los viajes de los desdichados expedientes. Porque eso no lo cambia nadie, y siguen yendo de un lugar a otro en vez de quedarse quietecitos en el ciberespacio, que es donde deberían estar a estas alturas del siglo XXI. Y, en su exquisita dicción, varias llamadas a la adivinación judicial, con referencias casi literarias a la expectativas de la comisión futura de un delito o a la esperanza de su no comisión que se alejan bastante de aquello que nos enseñaron del carácter restrictivo de la interpretación del Derecho Penal.

                Y, puesto que no sé la causa de tanto cambio y tan precipitado en esta materia, me gustaría hacer un experimento, que tal vez sirva para otros casos. Una psicofonía en la sala donde se gesten las nuevas leyes, a ver si de una vez sé en qué están pensando cuando las escriben, avisando a los Cazafantasmas si es preciso. Pero hasta entonces, no nos queda otra que ponernos las pilas, que a revisar ejecutorias tocan. Es lo que hay.

                Así que, antes de que nos caigan encima y nos impidan hacer otra cosa, demos un fuerte aplauso a todos los que cuidan de que la función se represente hasta el final. Porque son ellos quienes logran que el final sea un buen final, el que todos esperamos.

Sabiduría popular: refranes y justicia


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Todos conocemos la llamada sabiduría popular, plasmada en refranes que, con intención o sin ella, todos usamos. Lo hacen a diario en los escenarios, desde los tiempos de El lazarillo de Tormes o Don Quijote, que en boca de Sancho Panza daba un buen repaso al refranero, y lo siguen haciendo ahora. ¿Quién no ha dicho alguna vez eso de “Con la Iglesia hemos topado”?

Varios son los dichos populares que se refieren a nuestra función, y, la verdad, no la dejan muy bien parada. Eso de “pleitos tengas y los ganes”, “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” o “juicios pasen, más no por mi casa”, son lugares comunes que vemos repetidos una vez y otra. Otros, como eso de “a la Justicia y a la Inqisición, chitón”, o “Buena es la justicia, si no la doblara la malicia” parecen pensadas para otra época, aunque a veces, no tan lejana como quisiéramos.

Hasta la tan traída y llevada lentitud de la justicia tiene su trasunto en eso de que “la justicia cojea, pero llega” o “la justicia tarda, pero llega”. Pero, al fin y al cabo, se le da su importancia, que no en balde se afirma eso de que “la justicia y la razón, las más recias armas son” y la más radical de “la justicia tolerante es cómplice del maleante”.

Y la verdad es que hasta partes concretas de nuestra función parecen venir directas de la sabiduría popular. ¿O es que no se refiere al Registro Civil eso de “Boda y mortaja, del cielo bajan”? Y hasta algunos de nuestros más frecuentes protagonistas merecen su propio dicho, que todos hemos oído –y hasta usado- eso de “cree el ladrón que todos son de su condición”, o el “Injuria, que algo queda”. Hasta la reincidencia tiene su versión popular en aquello de “tanto va el cantarico a la fuente, que al final se rompe”

Pero, como decía, ¿quién no ha caído en eso de usar un refrán para reforzar su actuación en un juicio? ¿Acaso no hemos dicho –o pensado- a la hora de pactar una conformidad, lo de “más vale pájaro en mano que ciento volando”, y lo reforzamos con un “el que avisa, no es traidor”? ¿O cuando alguien se niega a declarar lo de “gallo que no canta, algo tiene en la garganta”? ¿O no hemos esgrimido nuestra puntualidad con lo de “a quien madruga, Dios le ayuda”? ¿O, para contrarrestar la ajena, lo de “no por mucho madrugar amanece más temprano”? . Aunque claro, ahí tenemos el “más vale llegar a tiempo que rondar cien años”, que viene a ser algo así como la versión doméstica de la ecuanimidad.

Y alguna vez he oído mascullar a algún abogado en la oreja de su cliente, al que recomienda acogerse a su derecho a no declarar, eso de que “en boca cerrada, no entran moscas” o “quien mucho habla, mucho yerra”. Y, desde luego, algunos usan a machamartillo eso de que “la mejor defensa es un buen ataque” porque ya se sabe “en el amor y en la guerra, toda vale”, que es la versión popular del famoso “dicho sea en estrictos términos de defensa”, usado como frase previa a poner fino al fiscal que se tiene enfrente, o a la acusación particular o incluso al juez, si se tercia.

Y, por supuesto, quien quiere hacer valer su veteranía frente a la bisoñez del contrario, les espeta eso de que “más sabe el diablo por viejo que por diablo “ o lo de “todos hemos sido cocineros antes que frailes”. Y, ante el ímpetu de algún profesional, algún listillo le suelta eso de “quien mucho corre, pronto para”.

Y, cuando llega la sentencia, y condena a quien queríamos que condenase, no respiramos con ese “a todo cerdo le llega su San Martín” o “al final todo se sabe”. Y por qué no reconocerlo, acabado el asunto, bien viene un “pájaro que vuela, a la cazuela”. Y, cuando sorprendemos al testigo o al imputado en una contradicción, lo de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo” o “las mentiras tienen las patas cortas”. Porque “por la boca mere el pez”, vaya que sí.

En ocasiones, nuestra intuición se guía por eso de que “cuando el río suena, agua lleva” o aquello de “injuria, que algo queda” y acabamos llegando al meollo de la cuestión. O no.

También sirven para esos angustiosos momentos, que todos pasamos auguna vez, en que una causa parece haberse perdido. Siempre hay alguien apelando a la calma diciendo que “lo que no se comen los ratones aparece por los rincones”. Claro que, en alguna triste ocasión, ante sedes en estado lamentable, eran más los ratones que los rincones. Y ya se sabe que “De perdidos, al río”

Y es que no lo podemos evitar. Nuestro Sancho Panza interior sale en algún momento reconviniendo a ese Quijote que todos llevamos dentro. Porque a veces, conseguir llegar hasta el final de algunos asuntos nos recuerda a sus molinos de viento.

Por eso, hoy también hay aplauso, y ovación. Para todos aquellos que, desde la sensatez y la cordura, consiguen que los molinos de viento cedan. Que no es fácil, pero a veces se logra. Y lo bien cierto es que ese momento en que una, con la sentencia que le da la razón, se viene arriba de sus tacones y, ondeando la toga, se dice “Quien ríe el último, ríe mejor”, no tiene precio. Y si no, ya se sabe, “al mal tiempo, buena cara”, que “no hay mal que cien años dure”.

Elecciones: urnas y puñetas


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Los artistas, como todos, son ciudadanos. Unos ciudadanos que tienen, además, una pronunicada conciencia política, que les lleva en ocasiones a convertir sus galas en verdaderos actos reivindicativos, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y las cámaras por la alfombra roja. Y bien que hacen, vaya. No seré yo quien diga que no. Bendita sea la libertad de expresión.
Pero en eso nuestro escenario no se parece mucho a los demás. Aunque todos sus intérpretes somos tan ciudadanos como el que más, nuestros peculiares papeles no nos permiten hacer uso de nuestra alfombra roja para estos menesteres, que cada uno tiene su sitio en el mundo.
De un lado, ni jueces ni fiscales podemos, ni siquiera, pertenecer a partidos políticos ni a sindicatos por disposición legal y constitucional. Lo que no significa que no tengamos ideas, ni ideología, que para algo somos personas. Pero jamás debemos dejar plasmada esa ideología en nuestras sentencias o en nuestros escritos, faltaría más. Así es como debe ser.
Sin embargo, los abogados, por ejemplo, no están afectados por nada de todo esto. Es más, son legión los profesionales de la política que en algún momento lo fueron del Derecho, o que lo siguen siendo. Porque claro, aún estamos viviendo las consecuencias de esa vieja frase qe nos endosaban nuestros padres “estudia Derecho, que tiene muchas salidas”. Aunque a veces lo que tenía era muchas entradas, y no tantas salidas. Quizás de esto venga eso de las puertas giratorias, que nunca se sabe.
Pero, al margen de nuestra intervención ciudadana, consistente en emitir nuestro voto llegado el momento, sí que tenemos un papel especial en una función especial que surge cada vez que el calendario nos regala unas elecciones.
Por disposición legal, tiene que haber jueces o magistrados que formen parte de las Juntas Electorales. Y muchos aún recuerdan las carreras que en un momento dado les tocó hacer para resolver reclamaciones o recursos, y hasta para trasladar los sobres con los votos, realizado el escrutinio, a las tantas de la madrugada muchas veces.
Y hay otra parte que muchos ignoran. El procedimiento electoral tiene sus momentos y sus trámites, con unos plazos muy estrictos, en que jueces, fiscales o secretarios jdiciales tienen su intervención. Impugnaciones de listas, recursos contra proclamaciones de candidatos o mil incidencias que tienen a muchos profesionales ocupados en una suerte de guardia que no es guardia ni se cobra como tal. Pero hay que estar ahí. Sea festivo o laborable, y sean las horas que sean. No olvidemos que si la cosa se desarrolla sin incidentes el día D, es porque esos actores interpretaron a la perfección su papel en los días anteriores.
Y luego están los delitos electorales, que haberlos haylos. Y para eso hemos de estar también preparados y dispuestos, que a veces no es fácil.
Por suerte, ya hace tiempo que asimilamos vivir en democracia, y cada vez son menos las anécdotas con las que los informativos se nutrían el día de las elecciones, como aquellas abuelitas que estaban esperando desde las 6 de la mañana a la puerta del colegio electoral, quienes metían en la urna su DNI o una papeleta primorosamente confeccionada a mano o cualquier otra cosa. Aún recuerdo con ternura la abuela de una de mis mejores amigas preguntando cómo tenía que votar para que Suárez fuera quien acompañara a la fallera Mayor de Valencia, y el chasco que se llevó la pobre mujer cuando le explicaron que eso era imposible, aunque lo escribiera en un papelito y lo metiera en la urna.
Eso sí, en contraprestación, podemos escaquearnos de formar parte de la mesa electoral, si es qe nuestro nombre sale en el bombo del censo electoral. Algo es algo.
Así que hoy daremos el aplauso a todos aquéllos que con su trabajo hacen posible que este acto ciudadano se desarrolle con normalidad. Aquellos que con sus puñetas impiden que todo se vaya a hacer puñetas. Con tacones o sin ellos.

Pegatinas: señales de alarma


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                Todas las profesiones tienen su código cifrado, aunque no lo parezca. Y este código siempre se traduce en una etiqueta, adhesiva o no según tiempos y presupuestos, destinada a llamar la atención sobre algo. Las etiquetas, sean en pegatina, en cartón o por medio de cuño, han dado tanto de sí que hasta integran los títulos de obras como Top Secret o L.A Confidential. Y es que pocas cosas hay tan atractivas como un documento cruzado con esa leyenda que le confiere caché.

                Por supuesto, el teatro también tiene las suyas. Desde la maravillosa “entradas agotadas” hasta la desazonadora “función suspendida”, pasando por “próximo estreno” “pronto en sus pantallas” o “sesión aplazada”, hasta un sinfín de posibilidades. Como aquellos dos rombos rojos en la pantalla del televisor que nos enviaban a los niños de la época directitos a la cama o las actuales pelotitas con un número dentro que supuestamente indica la edad para la que es adecuado tal o cual programa.

                Y nosotros, claro está, también tenemos las nuestras. Si hay suerte y el suministrador de material está de buenas, en forma de pegatinas de colores. Muchas veces, con una simple cartulina de colores con la leyenda correspondiente impresa en gruesas letras. Otras, con un papelito grapado donde alguien ha garrapateado el mensaje. Y otras más, con los imprescindibles pósits, como esos que daban lugar a la positprudencia a la que dedicamos otro estreno (https://conmitogaymistacones.com/2015/01/30/jurisprudencia-mayor-y-menor/). Pero siempre ahí, alertando que esa causa tiene un plus.

                La reina de las etiquetas es, sin duda la de “causa con preso”, una etiqueta roja que da un respingo nada más una la ve. Sobre todo si acompaña a varios tomos, y más aún si es víspera de vacaciones. Es la Alerta máxima de nuestros procedimientos, la etiqueta infarto. Y significa, en lenguaje descodificado: deja todo lo que estás haciendo y dedícate a mí en exclusiva y Deprisa, deprisa. Se lo digo yo, que tengo la piedra Roseta de las pegatinas.

                Está también su hermana pequeña, la de “causa preferente”. Esta pobre igual vale para un roto que para un descosido, y las hay de varios colores. Sería una simple etiqueta no me pierdas de vista si no soliera ir acompañada de otras, muchas veces de la de “orden de protección” “violencia de género” o “violencia doméstica”. Cuando se juntan, su valor se multiplica y, si no llegan a ser etiquetas infarto, sí que suelen ser etiquetas que queman. Y, como los huevos Kinder, suelen llevar sopresa dentro. Así que cuidadito con ellas.

                Además de éstas, hay otras muchas. Algunas causas llevan, después de ser sentenciadas, la de “ejecutoria”. Esta es solo una etiqueta informativa, de las que te llevan a saber de inmediato en qué montón colocar ese expediente de los muchos que atiborran la mesa. Lo que en ocasiones se agradece, no digo yo que no.

                Pero hay más etiquetas susto. La de “Víctima de especial protección”, por ejemplo, que te mira desde el armario diciéndote que es distinta, que has de tener cuidado y tomar medidas. O la de “causa secreta”, que solo con verla te dan ganas de abrirla y enterarte de todo antes qe nadie.

                Pero el lenguaje de las etiquetas no es un numerus clausus, sino apertus. Puede haber tantas cuantas se le ocurran a los titulares de los órganos jurisdiccionales, o a la fiscalía, a los secretarios judiciales o a quién sea. Son las etiquetas cajón de sastre. Y destinarse a cualquier cosa. Incluso al órgano donde se va a desarrollar el juicio –audiencia, jurado, juzgado de lo penal-. Pero de éstas, hay una a la que le tengo especial manía, aunque a primera vista no debiera. La que pone “Fiscal”, así, en grande. Y que no significa otra cosa que eso: que en ese procedimiento tiene que asistir el Fiscal, aunque en algunos como ése no lo haga. Lo que ocurre en algnas faltas, o en algunos procedimientos de familia, o en otros de laboral o contencioso. Y que te indican: podrías haber tenido más suerte, pero esta vez te ha tocado. Game over

                Pero así y todo, qué haríamos sin ellas. Sin ese semáforo en forma de rectángulo que nos advierte que ella está ahí, y que su nivel de alerta es más o menos elevado.

                Así que, ¿por qué no?. Démosles un aplauso. Pero, sobre todo, démoslo a aquellos qe cuidan de que vayan siempre en su sitio. Y evitan que se desencadene alguna tragedia, qe ya tenemos bastante.

Suspensión: cuando no se alza el telón


suspensión

                Todos podemos recordar aquellos viejos chistes de “se levanta el telón, y sale…”, que todavía siguen circulando en infinitas versiones. Chascarrillos que resumen en unos segundos una función entera, porque se supone que el espectáculo, como dice la canción, siempre debe continuar.

                Pero no siempre es así. A veces, los imponderables impiden que el telón se alce y el espectáculo pueda ofrecerse al público. Si enferman los actores, o hay una avería en el escenario, el espectáculo no puede seguir adelante, y hay que suspender la función. Y, por supuesto, avisar a los espectadores y devolverles el dinero de la entrada, o cambiársela por una equivalente para otra representación, si ellos lo quieren así. Como esos comercios que cuelgan el cartelito de “cerrado por defunción”, que tantas veces hemos visto. Aunque no hace falta ponerse en lo peor.

                Muchas razones pueden llevar a que la función no tenga lugar, o a que no tenga lugar el día y hora anunciados. Y eso también ocurre en nuestro teatro y, por desgracia, muchas más veces de las que quisiéramos. Con la consiguiente contrariedad del público, que se tornará en enfado si nadie les compensa, y en monumental cabreo si ni siquiera les dan una explicación, ni un triste cartelito.

                Y eso nunca debería ser así. Es comprensible –o, al menos, aceptable- que motivos poderosos impidan que el juicio se celebre. Pero lo que no es en modo alguno comprensible es que no se explique a los afectados, y que testigos, o víctimas, o intérpretes, o abogados se queden con tres palmos de narices después de haber perdido su tiempo y muchas veces una jornada de trabajo.

                Como decía, las causas de suspensión pueden ser muchas, desde una enfermedad de cualquiera de los protagonistas hasta la incomparecencia de cualquiera de ellos. Otras veces, son razones de tipo técnico, como cuestiones que no se han podido resolver o pruebas que no se han podido practicar, y también, en ocasiones, es por algún error de cualquiera de los profesionales que intervenimos, que errar es humano, máxime cuando se trabaja al límite y el volumen de trabajo crece sin que lo hagan los medios para afrontarlo. Es lo que hay.

                Pero cuando nuestra función se suspende, le debemos una explicación al público, y tenemos que cuidar de dársela. Y también debemos –o deberíamos- cuidar de que se les compense adecuadamente, y de que puedan asistir a la función nuevamente en fechas próximas. Algo que parece fácil, y puede convertirse en casi un milagro.

                ¿Alguien volvería a un teatro donde, tras esperar pacientemente a que empiece la función, con bastante retraso muchas veces, tiene que irse por donde ha venido y tal día hará un año? ¿Volvería si por toda explicación el acomodador le dijera que va a ser que no, vuelva usted otro día?. La respuesta es obvia en esos casos. Pero en nuestro espectáculo, a diferencia de otros, la asistencia no es voluntaria, y los protagonistas tienen que estar presentes sí o sí. Aunque el cuerpo les pida decir no y no.

                Lo de la explicación es de relativamente fácil solución. Basta con que los profesionales nos molestemos en demostrar respeto y educación, aunque a veces nos desborden las circunstancias y los demás juicios pendientes. Y así lo hacen muchos y deberíamos hacerlo todos.

                Lo de devolver el dinero de la entrada ya escapa más de nuestras posibilidades, por desgracia. Existe la obligación de pagar al menos el traslado de los testigos, aunque las cosas son como son. Pero es difícil compensar a alguien que es taxista, o que tiene un pequeño comercio, de las pérdidas que le genera haber dejado de atender su negocio. Y si hablamos del tiempo del abogado, o del juez, el fiscal o el secretario, ya nos adentramos en el género de la ciencia ficción.

                Pero si seguimos avanzando, vemos que eso de asegurar que tendremos una nueva representación en otro tiempo ya nos hace cambiar radicalmente de género, y movernos en el teatro del absurdo, o en pleno surrealismo. Porque en algunos juzgados, si uno tiene la desdicha de que se suspenda su juicio, se ve abocado a un nuevo señalamiento a muchos meses vista, cuando no a más de un año. Las agendas de algunos órganos judiciales están tan atestadas que no se puede meter uno más, ni siquiera con calzador, sin riesgo de que revienten. Literalmente. Y eso no puede ser, y no debería consentirse de ninguna manera. Pero es lo que hay. Y a nadie le debe extrañar que al justiciable se le lleven los demonios y eche espumarajos por la boca, porque no es para menos. Mientras, a veces, hasta mi toga y mis tacones se sonrojan.

                Así que hoy hay aplauso y abucheo a partes iguales. O quizás no tan iguales. El aplauso para todos aquellos que se esfuerzan, contra viento y marea, en que el espectáculo continúe, y también para los que intentan explicar y remediar la cosa si la suspensión es inevitable. El abucheo, lanzamiento de tomates incluidos, para todos aquellos que nos escamotean los medios haciendo que la función se convierta en una ópera bufa.

Latinajos: ¿erudición o pedantería?


latinajo

         De todos es sabido que el arte es un lenguaje universal. Desde el principio de los tiempos, los hombres se entendían y comprendían percutiendo instrumentos, aún de lo más rudimentarios, o emitiendo sonidos con su voz. Por eso, aunque alguien desconozca por completo un idioma, a buen seguro es capaz de distinguir en un instante un canto fúnebre del himno de una celebración. Como dijo Bogart, “Tócala otra vez, Sam…”

           Pero nuestra función es el reino de la palabra, oral o escrita, pero palabra al fin y al cabo. Y por más que reforcemos la expresión verbal con expresión gestual –confieso que no me resisto a la tentación de enarcar una ceja o hacer ojitos y hasta chiribitas- necesitamos un idioma en el que expresarnos. Y ha de ser el idioma que entendamos todos, aunque sea inevitable hacer un guiño a esa lengua donde se gestó el Derecho, el latín. Y si no, pensemos por un momento, y nos daremos cuenta que no hay informe que no contenga algún latinajo, por interiorizado que éste esté.

         Cuando una era estudiante, y más aún cuando era opositora, aquellas definiciones y brocardos en latín me miraban desde el papel esperando a ser aprendidos. Algo me decía que aquello podía marcar la diferencia, la difusa línea entre estar entre los elegidos –beati, como decía mi profesor de Derecho Romano-. Y, abducida por los rayos que aquellas palabras me enviaban desde el folio, me los aprendía al dedillo. Tanto, que todavía soy capaz de recitar de carrerilla en latín la definición de usufructo, de contrato o de ley según San Agustín o Santo Tomás. Lo juro, y soy capaz de demostrarlo en cualquier momento. Aunque me abstendré a hacerlo aquí no vaya a ser que los espectadores decidan abandonarme para siempre. Y eso sí que no.

          Pero, aparte de las taras que nos deja la oposición, hay una serie de principios que forman parte de nuestro acervo y que usamos con pretendida soltura. Aunque, a veces, más valiera pensárselo dos veces.

          ¿Quién no ha usado el famoso in dubio pro reo, casi una abracadabra que parece poderlo todo? ¿Y quien no ha pensado en sus versiones más pedestres: in dubio, pro arreo, in dubio, aporreo… o, como decía un Magistrado que conocí en mi primer destino, in dubio, pro estudio?

        Y es que usar el latín puede estar bien, pero usarlo mal puede ser un desastre, aunque algunos parezcan ignorarlo. Por eso, decir motu proprio para referirse a algo que uno hace por sí mismo puede ser correcto y quizás hasta adecuado, pero convertirlo en de motu propio ya es hacer el ridículo, y, como he oído alguna vez, decir “de su propio motu” supera los límites de lo soportable.

          Pero las ganas de impresionar al personal a veces nos pueden, y parece más culto emplear un grosso modo” que un castizo “en líneas generales”. Pero pase. Lo que no tiene pase es transformarlo a la española y meterle una preposición o, como oí una vez, reinterpretarlo en un “a Mato Groso” que casi me hace saltar a propulsión de mi silla, toga y tacones incluidos.

       Pero es inevitable. Debe venir en un chip incorporado de una manera secreta en algún Código o en las costuras de la toga, pero es ponérnoslas, y empezar a usar una caterva de a priori, a posteriori, de lege data, de lege ferenda, obiter dicta y demás. Pero ¿cómo no hacerlo, si las propias leyes, aún hoy en día, recurren a ello? Veáse si no el recién reformado Código Penal, aún calentito, que nos llena de quater y quinquies muy evocadores. ¿Cuánto tardarán en convertirse en cuatreros y quinquis de los de toda la vida? Y si no, al tiempo.

         No obstante, la existencia de los latinajos estaría justificada solo para hacernos vivir ciertas escenas. Como alguna a la que ya me he referido y la que voy a referir ahora, mi preferida. La de una señora, algo dura de oído, que dijo indignada que menudo Letrado le había tocado en suerte, que no se había aprendido su nombre ni el de su hija, la otra denunciante. Porque ellas eran María y Araceli, y no Pura ni Nuria, que no sabía quiénes eran ésas y por qué las nombraba ese señor. Ni que decir tiene que el atribulado letrado había esgrimido el principio iura novit curia. Y la verdad es que no creo que vuelva a hacerlo.

            Así que ahí estamos. Entre la erudición y la pedantería. Pero ¿no es cierto que es mucho más bonito decir eso de “prior tempore potior iure” que “tonto el último”? Pues eso. Que bien están las cosas en su justa medida, pero sin pasarse. Así que a aplicarse el cuento. Y a distinguir, sobre todo, a quien se dirige uno, si a un profesional o a alguien ajeno a nuestra secta, que no tiene por qué entender esas palabrejas.

       Por eso, hoy el aplauso ha de ir por fuerza para aquéllos que saben pero no presumen de ello. Y que desde este principio interpretan su papel. Porque la sabiduría ha de servir para solucionar, no para impresionar. Y quienes lo consiguen merecen la ovación en ese lenguaje universal que todos conocemos. ¿Se lo damos?

Derecho de familia: amor, desamor y leyes


divorcio

                Por alguna ignota razón, el mndo de la farándula siempre se ha caracterizado por las veleidades amorosas de sus protagonistas. Nada gusta más que una buena boda ni nada da para más chismes que una buena ruptura. Como la vida misma, vaya. Incluso recuerdo que una ya octogenaria cantante, casada en su día con un ya difunto y malhumorado actor, comentó en su día que la gente “normal” había acabado adoptando costumbres que antes en España solo se veían en el artisteo. Cosas de un pasado que, por fortuna, no ha de volver, ya que aquí existe el divorcio, como todo el mundo sabe, desde 1981. Aunque ya había existido en 1931, pero ésa es otra historia.

                Por suerte o por desgracia, nuestra función cuenta con muchas representaciones con ese leit motiv. Casarse y descasarse –o, como me dice algún que otro “cliente”, desepararse– es algo íntimamante relacionado con nuestro escenario, hasta el punto de desarrollarse las más de las veces sobre sus tablas.

                Por eso, y porque a los artistas les gusta asumir riesgos, acepté el #retoblog que desde las redes sociales me lanzaba el buen amigo Francisco Rosales, Notario y excelente bloguero, y recogí el guante acerca de que estas funciones puedan representarse en otros teatros distintos del nuestro. Y a eso voy. ¿Quién dijo miedo?

                En cuanto al casamiento, la cosa es fácil. Ya desde hace tiempo se unieron a los jueces y jueces de paz los concejales y alcaldes como posibles oficiantes de la ceremonia. Recuerdo a la que hoy es una gran amiga y compañera, otrora juez de paz, que recomendaba a la gente a que desistiera de que ella les casara y fueran al alcalde, “que es más rumboso y tiene piano”. Confieso que en el fondo deseaba que la dejaran en paz para poder seguir estudiando la oposición que nos tenía a ambas absorbidas, y que aprobamos juntas.

                A tan insignes oficiantes han venido a unirse en estos últimos tiempos, Notarios y Secretarios Judiciales. Y si en cuanto a los últimos no se ha suscitado especial problema, sí parece plantearlo el de los Notarios. Algo que no entiendo demasiado, por qué no veo cuál es el problema. Si en ese momento todo va bien, y las partes de este peculiar contrato están de acuerdo –si no lo están, no se entiende cómo dan el paso-, cualquiera con capacidad para dar fe de dicho acuerdo es idóneo para hacerlo. Y a nadie se le escapa que nadie más preparado para dar fe que el Notario, fedatario por antonomasia. Si el escollo es económico, bastaría con adecuar el precio, o con que siga existiendo otra opción gratuita. Al fin y al cabo, también hay quien decide gastarse un pastón en Las Vegas o en Bali o en cualquier otro sitio por el solo gusto que les case Elvis o un chamán. Y no son pocos los que dan un generoso donativo a la más pomposa de las Iglesias por el solo gusto de lucirse en tan señalado día, aunque otros lo hagan por verdaderas razones de fe. De todos modos, nadie se plantea que no exista la enseñanza privada, a veces insultatemente elitista, al lado de la pública, y el derecho a la educación es tanto o más importante que el de contraer matrimonio.

                Otra cosa es la de las parejas de hecho. Nunca he entendido esa manía de llamarlas así, cuando deberían considerarse parejas de derecho si se pretenden pasar por una pátina de legalidad. Si son de hecho, el derecho no debería entrar, y si entra el derecho, dejan de ser de hecho. Pero ésa también es otra historia.

                Así las cosas, llegamos al meollo de la cuestión, que no es otro que si puede divorciar un Notario. ¿Sería esto posible? ¿Hemos de rasgarnos las vestiduras o, mejor dicho, nuestras negras togas?. Pues yo creo que no. Con excepciones, con límites y con todo lo que se quiera, pero podría ser posible. Y tal vez debería, visto el atasco endémico de los Juzgados y la posibilidad de abrir un portillo para descargarlos.

                Pero distingamos supuestos, que no todos los casos son iguales, como no es igual Divorcio a la italiana de La guerra de los Rose. Y así, ningún obstáculo veo al mutuo acuerdo ante Notario cuando no hay hijos menores. Por un contrato se unieron y por otro se desunen. Como si de la escritura pública por la que adquirieron una vivienda se tratara, y ahora fueran a por aquélla en que la venden a un tercero. Con las matizaciones qe procedan, que se trata de personas, no de cosas. Pero no olvidemos que lo que se reparten son cosas, no personas.

                Cuestión diferente es cuando hay menores de por medio. Ahí ya hay un interés superior a salvaguardar, el interés del menor, y una institución que tiene atribuida constitucionalmente la protección de ese interés, el Ministerio Fiscal. Y es evidente que no se puede obviar su intervención, ni se debe. Pero, ¿podría intervenir en un expediente incoado por un Notario, como propugna quien me arroja el guante?. Pues yo creo que sí. Se le podría dar traslado –no evacuárselo, que menudo término espantoso usamos- para qe informara lo que estimara conveniente. Y podría aportar y solicitar las pruebas y dictámenes periciales que hicieran falta. Exactamente igual que hace ahora en un proceso civil donde, tal como está configurado, parece muchas veces un convidado de piedra, aunqe no lo sea. Incluso podría arbitrarse que su dictamen fuera vinculante, en cuanto a los menores afectara.

                Por supuesto, y como no hay regla sin excepción, deberían existir supuestos excluidos de esta posibilidad. Que vendrían dados, como no podría ser de otro modo, por aquellos en que hubiera existido violencia de género previa o maltrato a los menores. Ahí nada de nada. Aunque hubiera acuerdo y los progenitores cantaran misa en gregoriano.

                Y, para redondear el círculo, la cosa quedaría para el juez cuando no hubiera acuerdo. Porque entonces ya no hay contrato, pacto ni acuerdo del que se pueda dar fe.

                Así que ahí queda eso. Devuelvo el guante al Señor Notario, que espero que dé fe de que este espectáculo ha cumplido con sus previsiones. Y, si no es mucho pedir, que dé fe del aplauso del público. Que anhelo merecer aunque solo sea un poco. Y aunque, por una vez y sin que sirva de precendente, me despoje de mi toga. Aunque no de mis tacones. Eso, nunca.