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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Deseos: todos los días son 8 de marzo


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El mundo del espectáculo está lleno de mujeres. Si a alguna profesión se incorporaron pronto, quizás fuera a ésta. Pero no tanto como creemos. Durante mucho tiempo, hasta las tablas nos estaban vedadas, y era hombres quienes interpretaban los papeles femeninos. Tiempos de Shakespeare Inlove sin ir más lejos. Y aún hoy, las actrices siguen cobrando menos que los actores, y sus vidas profesionales son mucho más difíciles a partir de determinada edad en que tienen muchos más problemas para conseguir papeles lucidos que sus congéneres del otro sexo, cómodamente asentados en el rol de maduro e interesante.
También en nuestro teatro y en todos los escenarios del mundo siguen pasando estas cosa, y peores.
Por eso, en este día, me quitaré la toga y los tacones para solamente formular un deseo: que todos los días sean 8 de marzo. Un deseo como el de la niña del relato, que traigo hoy como pequeño regalo

Relato ganador del I Certamen de narrativa corta “Mujeres” del Ayuntamiento de Benetússer 2013
LA NIÑA QUE QUERIA SER HOMBRE
Cuando yo era como vosotros, de mayor lo que quería ser era hombre.
Por más tiempo que viva, jamás olvidaré esta frase, salida de los labios de una mujer muy mayor ante un grupo de escolares de doce a catorce años. Era una actividad del colegio, consistente en charlas de familiares nuestros sobre sus respectivas profesiones. Y ella era Soledad, tía abuela de una de mis compañeras y probablemente, la mujer que más haya marcado mi existencia.
Su afirmación me dejó anonadada, y ya no pude dejar de escucharla. Soledad había nacido en un pueblo pequeño, de ésos donde todos se conocen, y era la segunda de cuatro hermanos, todos varones menos ella. Desde niña, odiaba los lazos y vestidos que le ponía su madre, y envidiaba profundamente los pantalones cortos de sus hermanos. Cuando protestaba ante su madre, ésta la recriminaba porque debía vestir como una niña, y no como un chicote. Por las mismas razones la reñía cuando volvía del colegio con manchas en la ropa, por más que a sus hermanos no les dijera nada. Y pronto empezó a llamarle la atención porque quería jugar con la pelota en lugar de con las remilgadas muñequitas que le habían comprado. Con el tiempo, las diferencias entre sus hermanos y ella se iban acrecentando, y a Soledad la obligaban a fregar los platos mientras sus hermanos estaban repantingados en un sofá. Y cuando protestaba, siempre la misma cantinela, que ella no era un chico y debía comportarse como una señorita. Y así, una vez y otra. Si hablaba su padre, ella tenía que callar porque era mujer, y hacer lo que dijera aunque no estuviera bien o no fuera justo. Y mientras, su madre, siempre sumisa, siempre callada, aunque su padre le gritaba, y la llamaba inútil, y torpe, y mil cosas más. Pero nunca protestaba. Y le decía a Soledad que él era su marido, y los maridos siempre tenían razón.
Hasta que llegó el día en que Soledad acabó los estudios primarios. Era una estudiante excelente, y quería hacer el bachiller, y luego una carrera, y convertirse en abogada, o en maestra. Pero su padre dijo que debía quedarse en casa a ayudar a su madre hasta que se casara, y su madre no se opuso. Soledad lloró y protestó, pero no hubo modo de que cambiaran de opinión. No entendía cómo su hermano mayor, que era un desastre en los estudios, tenía esa oportunidad que a ella le negaban pese a merecérsela tanto.
Le dijo a su madre que no pensaba casarse, y que tendría que aprender un modo de ganarse la vida. Pero su madre no quiso ni escucharla. Se casaría con un buen hombre, como su prima Purita, que tampoco quería casarse y ahora era tan feliz con sus tres hijos. O eso decían.
Así que no le quedó otro remedio que permanecer confinada en la casa mientras esperaba su oportunidad de liberarse. Ella seguía protestando, y su madre, cada día más cansada y anciana, continuaba diciéndole que aquello era porque era una mujer, y eso era lo que debían hacer las mujeres. Y asunto zanjado.
Así que un buen día, después de enterarse que su prima Purita había muerto al dar a luz a su quinto hijo, decidió marcharse. Se fugó de noche, a escondidas, vestida con la ropa de uno de sus hermanos, y con el poco dinero que había ahorrado y el aderezo de su Primera Comunión por todo patrimonio. Subió en un tren que la llevó a otro pueblo, y de ahí a otro, y consigió sobrevivir fregando escaleras. De hecho, era para lo único que la habían educado. Y se las arregló para ir estudiando en sus ratos libres, y comenzó a escribir, y descubrió que más allá del papel había otro mundo, ése al que a ella jamás le dejaron acceder. Con el tiempo, Soledad consigió publicar una novela, y a ésa le siguió otra, y otra más. Pero la mejor era la última, aquélla en que por fin había consegido desnudar su alma, y contar la historia de su madre, aquella mujer que se caía tantas veces, que siempre tenía moratones en todas las partes de su cuerpo, aquélla que decía de sí misma que era tonta y torpe sólo porque su marido así se lo decía, aquélla que se consieraba una inútil y que acabó quitándose la vida bebiéndose una botella de lejía un año después de que Soledad se fuera de casa. A ella, cuya historia conoció cuando ya era tarde, le dedicó su libro “No me quieras tanto, quiéreme mejor”.
Y la niña que entonces era yo decidió que de mayor quería ser mujer. Una mujer como Soledad.

Vecinos: junto al telón


VECINOS

Todos sabemos lo qué es un vecino. Alguien que te puede mejorar o empeorar la vida aunque apenas lo conozcas…o aunque lo conozcas demasiado. Entre los vecinos se crean vínculos de amistad o enemistad eterna, incluso algunos muy cercanos a las relaciones familiares. Los avatares de las comunidades de vecinos han dado tanto de sí que han dado lugar a un sebgénero de películas y, sobre todo, de series de televisión, desde la más antigua Vecinos, hasta las archiconocidas Aquí no hay quien viva o La que se avecina, y otras que también centran gran parte de su argumento en las relaciones de vecindad, desde Cuéntame a 7 vidas o Aida. Y, en la pantalla grande, el tema de los vecinos ha dado mucho de sí. Baste recordar títulos como El apartamento o La tentación vive arriba o, las más castizas No desearás al vecino del Quinto o La Chica del 17. Y, por supuesto, la “vecinita” se convirtió en un cliché de nuestro cine, de ésos que causaban que a López Vazquez o a Landa les hicieran chiribitas los ojos.

Nuestro teatro, aunque no lo parezca, está lleno de vecinos y vecinas que hacen distintos papeles según toque. Tenemos, de un lado, nuestras propias versiones escenificadas de las series vecinales, que vivimos sobre todo en los ya finiquitados juicios de faltas y que nos dieron algunos de las más sabrosas anécdotas de nuestra vida profesional.

Pero el papel del vecino no queda ahí. Muchas veces, voluntaria o involuntariamente, se ven llamados a representar el papel de testigos en nuestra obra, llegando en ocasiones al punto de ser su testimonio el que fundamente una absolución o una condena. En los procedimientos de violencia de género, por ejemplo, pueden representar un papel estelar, porque ellos son los únicos que pueden dar fe de que entre esta o aquélla pareja eran continuas las discusiones, las riñas, los gritos, los insultos o las amenazas, aún cuando la propia víctima se quiera acoger a esa dispensa a declarar que tantos problemas nos trae. De ellos parte, en muchos casos, la iniciativa de llamar a la Policía y destapar una situación que tal vez jamás hubiera salido de las cuatro paredes de la casa, o hubiera terminado en un trágico final.

Pero hay un tipo de vecino especialmente recurrente. El que, desde su ventana, ve unos hechos que nada tienen que ver con él. Como si fuera el James Stewart de La ventana Indiscreta. Aunque, en nuestro caso, teniendo que participar en una segunda parte de la película al ir a declarar al juzgado y al juicio, para contar aquello que vio. Es curioso la cantidad de gente que desde su ventana puede ver desde una agresión a un robo, desde un intercambio de drogas hasta una detención policial, desde un accidente de tráfico a un pinchazo intencionado de las ruedas de un coche. Y más curioso aún la cantidad de detalles que son capaces de recordar, desde el color de la camisa del muchacho que pinchaba las ruedas del coche hasta la mano en que llevaba la papelina el traficante, desde las características del arma con la que se perpetró el atraco hasta los rasgos físicos del autor. Siempre recordaré la gráfica descripción de una señora bastante mayor que decía que el atracador en cuestión era moreno pero con aspecto de haber sido rubio de pequeño. Y lo cierto es que la buena señora tenía más razón que un santo.

Aunque las relaciones de vecindad no siempre son tan amables ni tan simpáticas ni dan lugar a situaciones tan hilarantes como las de las series de televisión. A lo largo de mi vida toguitaconada he visto varios homicidios basados en este tipo de historias, desde un vecino que mató a otro con una katana porque estaba harto de lo alta que ponía la música, hasta otro que acabó con sus convecinos disparándoles con una escopeta por los conflictos que le ocasionaban las frecuentes fiestas que en su ausencia montaba la hija. Y eso por no hablar de enemistades tan enquistadas que han dado lugar a algunos de los más terribles episodios de nuestra historia negra, como el tristemente famoso de Puerto Hurraco.

Pero hay aspectos más pintorescos del vecinismo. Lo que yo llamo vecinismo estrella, que seguro que todos hemos visto por televisión. Y que no consiste en otra cosa que en la actitud del vecino que, aprovechando que vive en los alrededores de la escena del hecho delictivo, sea el que sea, ve la ocasión de tener su minuto de gloria como si el mismísimo Almódovar fuera a llamarlo, y nos cuenta lo que sea con tal de salir en la tele. Da igual que sea para decir que el presunto asesino era muy buena gente o para afirmar que él ya lo veía venir, o para contarnos que compartían dentista o compraban el pan en el mismo horno. El caso es salir en la tele. Y, a ser posible, con el inevitable espontáneo por detrás, bien en su modalidad hacerse el despistado, o bien en esa otra de dar saltitos o hacer cucamonas para tener la enorme suerte de salir en algún programa de zapping o ser récord de visitas en Youtube.

Así que hoy también habrá aplauso. Pero no para cualquier vecino. Hoy solo para aquellos que aportan con su testimonio la posibilidad de probar un hecho delictivo. Porque ser un buen ciudadano bien merece una ovación

 

DOLOR: LO QUE NO SE VE


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Es difícil ver lo que no podemos percibir con los ojos. Es algo demasiado obvio. El mundo del espectáculo es cada día más visual, y eso a veces nos vuelve perezosos. Como si vagáramos En la Ardiente oscuridad y no viéramos más allá de nuestras propias narices. O, lo que es peor, como si no quisiéramos ver. Porque es más fácil quedarnos en lo que percibimos con los sentidos que ir más allá, hasta ese Sexto Sentido del niño que en ocasiones veía muertos, pero que podría ver cualquier cosa. No hay más que permanecer alerta.

Hay cosas intangibles que pueblan las tablas de nuestro escenario día a día. Silencios, intuiciones y otros sentimientos que nos diferencian de meros autómatas con toga y tacones –o sin ellos-. Pero quizás el más terrible de ellos es el dolor. ¿Cómo percibir el dolor de otro? ¿Cómo demostrarlo? ¿Cómo cuantificar algo que no es cuantificable?

Cada día nos encontramos en nuestro escenario a personas marcadas por el dolor. No un dolor físico, que es relativamente fácil de ver y de medir. Lesiones, tratamiento médico, días de incapacidad o de hospitalización. Duro, pero visible. Y demostrable.

Pero ¿qué pasa cuándo ese dolor no deja huellas visibles? ¿Cuándo el machaque de una mujer maltratada es tanto y no podemos medirlo más que por la tristeza de su mirada o el tono de su voz? ¿Cómo probar la humillación de sentirse inútil, culpable, destrozada, anulada, aniquilada?

Los casos se repiten. Un día tras otro. Pero solo contaré algunos que aún me ponen los pelos como escarpias. Aunque haya pasado tiempo.

Recuerdo uno de mis primeros asuntos de este cariz. Una chica cuya melena larga y sedosa era su mayor orgullo. Su maltratador, además de humillarla constantemente llamándola inútil, zorra y todo cuanto se le ocurría, rizó el rizo cortándole su preciosa melena con unas tijeras de podar y, como ella al verlo no paró de llorar, le pegó los mechones arrancados con pegamento de contacto. Aun tiemblo pensando en ello.

Otra mujer, hace menos tiempo, era obligada por su pareja a limpiar, a barrer y a recoger todo lo que él ensuciaba, a propósito para humillarla. No contento con eso, la forzó a coger con la boca las heces del perro, al que trataba mil veces mejor que a ella, y del que decía que era mil veces mejor que ella. Igualmente tremendo.

Y aún hay más. No hace micho conocí del caso de un chico que, para dañar a su novia, estampó contra la pared el cachorrillo de pastor alemán que ella adoraba, que murió de una hemorragia reventado por dentro al cabo de un par de días de sufrimiento.

Pero si hay un caso en que la crueldad humana supera todos los límites, fue el de una mujer que, tras ser sometida a una mastectomía por un agresivo cáncer, era constantemente insultada por su marido, que miraba sus cicatrices riéndose de ella y diciéndole que ya ni para lo que sirven las mujeres servía, y así un día tras otro.

¿Cómo se prueba esto? ¿Cómo se demuestra que estos hechos van más allá del insulto episódico o la vejación que da lugar a una condena nimia, o a veces ni eso?

No es fácil, insisto. A veces, roza Lo Imposible.  Pero hay que ir hasta el infinito y más allá, y nunca admitir que No hay Salida. Porque la hay. Por eso, en ocasiones hay que buscar Entre lo Visible y lo Invisible para encontrar las pruebas que aseguren que el canalla acabará donde deba estar y la víctima recobrará la vida a la que tiene derecho. Aunque sea Buscando en el Baúl de los recuerdos.

Lo esencial, sin duda alguna, un dictamen pericial serio y contundente que establezca que la víctima sufre secuelas derivadas de este maltrato psíquico que es mucho más que unos insultos ocasionales. Pero con eso no basta. Los vecinos y conocidos de ella, que a buen seguro, si hacen memoria, recuerdan situaciones humillantes. El médico de familia o cualquier otro especialista, que quizás vieron en esa mujer una tristeza o unos síntomas que no encajaban con otra enfermedad. Los compañeros de trabajo, que tal vez percibieron alteraciones de ánimo inexplicables. El propio jefe, que podría dar cuenta de un absentismo laboral frecuente y de difícil justificación. Y, por descontado, los vestigios materiales. En nuestro caso, el perro muerto, las heces, los mechones de pelo, las cicatrices.

Se trata de recomponer el puzle y no quedarse solo con las piezas. Pero, eso sí, añadiendo un ingrediente esencial. La sensibilidad y la profesionalidad de todos los que intervenimos en este largo proceso. Sin ello, podemos hacer que el puzle se desbaratey las piezas no encajen jamás.

Así que hoy la ovación es por todas las que sufren este dolor invisible. Y también los que consiguen verlo. Porque solo así podremos atajarlo.

#PorEllas

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Intuición: bajo las togas


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No es oro todo lo que reluce. Bien lo sabemos, y no siempre lo que sale al exterior es lo que anda por el interior. Que bien dice el dicho eso de la procesión va por dentro. Y más cierto que en ningún sitio es en el mundo del espectáculo, donde el actor se mete en la piel del personaje aunque nada tenga que ver con él. Pobres sino de todos aquellos que interpretaron a los peores villanos de la historia, si tuvieran que ser como ellos.

Pero no solo eso. A veces el libreto o el guión dice una cosa y el actor, la actriz o quien proceda, decide hacerla de otra sin más. Y ese otro decide que así está bien y así se queda. Porque a veces esa cosa intangible llamada intuición te impulsa a hacer algo en contra de la lógica. Sin otra razón que un Pepito Grillo interior que se rebela en contra de lo que estaba previsto. Y dice la leyenda que algunas de las más grandes interpretaciones de la historia se debieron a un gesto fuera de la pauta preacordada. Y, por supuesto, como todos sabemos, el talento es lo que tiene,  buena parte de formación pero asentada sobre un duende que no se aprende. Eso de que el artista nace, no se hace. Aunque, como un diamante, haya que pulirlo para que brille.

Cualquiera pensaría que en nuestro mundo, anclado en normas rígidas y protocolarias, nada ocurre por casualidad. Que somos poco menos que autómatas siguiendo al milímetro el guión previsto sin alejarnos de él como si de las protagonistas de Las Mujeres perfectas se tratara. Y nada más lejos de la realidad. La intuición, y su prima hermana la improvisación, se cuelan en nuestro escenario con mucha más frecuencia de lo que parece. Pero guárdenme la confidencia, que es Top Secret. De nuestra categoría como intérpretes depende que se note o no.

Y esa intuición, como todo en la vida, tiene su parte buena y su parte mala. O mejor, su parte llevadera y la que no lo es tanto. Seguro que todos hemos visto alguna vez en el brete de estar convencidos que un tipo era culpable pero no tenemos ni una sola prueba con que llevarnos por delante la presunción de inocencia. ¿Por qué? Por pura intuición. De ésa que cuando luego resulta que tenías razón porque surge algo que lo acredita, te hace dar saltos de alegría imaginarios, aún a riesgo de dar un traspiés sobre los tacones.

Otras veces, sin embargo, una se queda con tres palmos de narices o, lo que es peor, con una sensación de angustia que no le llega la camisa al cuerpo. Cualquiera puede haberlo vivido. Esa mujer que sabes que está siendo maltratada y se acoge a la dispensa legal y guarda silencio, dejándonos sin prueba alguna para perseguir al culpable. O ese investigado –sigo sin acostumbrarme al término- al que sabemos peligroso porque hay una alarma interior que se enciende y al que no tenemos base legal para meter en prisión o internar en cualquier tipo de centro, llegado el caso. Pocas sensaciones hay más angustiosas que la de irse a casa pensando que va a pasar algo, y no haber podido hacer más. Bien lo sabemos quienes hemos pasado alguna vez por la terrible experiencia de saber por la prensa que tu intuición era cierta y que el terrible final que temías ha llegado.

En mi caso, recordaré siempre a una mujer que no quiso denunciar de ninguna de las maneras y que, a pesar de que tenía el miedo grabado en su mirada, se negó a abrir la boca amparándose en la maldita dispensa legal. Pese a que ella no quería, se dictó auto de alejamiento, pero de poco sirvió. Al cabo de unos días, apareció ahogada en la bañera de su casa. Su pareja murió en prisión de muerte natural sin que llegara a ser nunca juzgado, en una pirueta de destino. Ya hace muchos años de eso, pero su recuerdo me acompaña cada vez que una mujer se niega a declarar. Fue la Crónica de una muerte anunciada, y ojalá las leyes cambien para que nunca pueda a volver a pasar algo así.

Así que hoy, el aplauso lo convertiré en ovación y homenaje para quienes no pudimos proteger. Y por supuesto, para los que contra viento y marea siguen empecinados en que cambiar las cosas es posible. Con intuición o sin ella.

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Videoconferencia: togas en plasma


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Hoy las ciencias adelantan que es un barbaridad, como decía el famoso cuplé. Por eso, ya desde hace mucho nos hemos acostumbrado a ver imágenes enlatadas. Artistas que no pueden ir a recoger un premio y graban su agradecimiento en un vídeo que luego se emite en la pantalla del teatro donde se celebra el evento, frases de personas que quieren sorprender a aquel que se quiere rendir un homenaje, o momentos de la vida o la obra de cualquiera que, por la razón que sea, no puede estar presente. Pero no solo hay secuencias pregrabadas. El mundo del espectáculo nos tiene desde hace tiempo acostumbrados a las conexiones en directo desde cualquier otro punto del planeta, de modo que se puede interactuar simultáneamente desde diferentes sitios sin necesidad de desplazamiento físico. Algo tan habitual que ni siquiera le damos importancia.

Pero nuestro teatro simpre vive la vida con varias décadas de retraso. Por no hablar de siglos, que ya sabemos de cuándo datan algunas de las leyes más usadas. Y eso de las conexiones en directo nos sonaba a chino hace apenas unos años. Y ahora, aunque no a chino, tampoco andamos colocados en la cúspide de la modernidad. Pero claro, es difícil actuar en un teatro donde se ponen parches en un viejo telón de terciopelo ajado en lugar de sustituirlo por una moderna pantalla de plasma.

Y ya que de plasma hablamos, vayamos a ello. Desde hace menos tiempo del que sería deseable, se ha implantado –o mejor dicho, incrustado, que lo de implantación aún nos viene grande- eso de la videoconferencia. La idea, por supuesto, buena, destinada a ahorrar desplazamientos innecesarios por parte de los profesionales, y a evitar suspensiones de juicios u otras actuaciones porque quien tiene que intervenir está a kilómetros de distancia. Algo que no solo está bien, sino que tenía que ser imprescindible. Y que podría tener otras aplicaciones.

Pero como siempre ocurre en nuestro teatro, del dicho al hecho hay un buen trecho, y la ejecución no ha estado tan fina como cabría desear. Así, nos encontramos en un primer momento con el problema de la ubicación. Los aparatos de videoconferencia se instalaban en las salas de vistas de algunos juzgados, o en determinados despachos, para el uso de todos. Con el inconveniente de que, si el titular de ese despacho estaba haciendo algo, o la sala estaba ocupada celebrando juicios, no había manera de celebrar la dichosa viodeoconferencia. Así sigue en muchos sitios, por no hablar de deficiencias técnicas en la calidad de imagen que hacen que, sin ir más lejos, la juez de un pueblo se venga obligada a acudir a la capital para hacer la videoconferencia con otro pueblo diferente, o con la prisión, de modo que el desplazamiento se sigue haciendo, aunque sea la juez la que se traslade. Ella, y el justiciable con el que tenga que practicar la diligencia de que se trate, que, en el ejemplo al que aludo, era una rueda de reconocimiento.

Pero las anécdotas que trae consigo el uso de la videoconferencia darían para escribir un libro. O más. Sin ir más lejos, el terminal de una fiscalía que conozco bien padeció durante mucho tiempo de una avería consistente en que no funcionaba una de sus teclas. En concreto, el 6. De modo que no era posible conectar con ningún número de teléfono que contuviera ese dígito. Y solo cabía cruzar los dedos. Y además, hay lugares cuyos sistemas son absolutamente incompatibles. De modo que juro por lo más sagrado que es más difícil la conexión de Valencia con Málaga que con la nave nodriza de Star Trek.

Así que íbamos descartando. No se usa el sistema si está ocupada la sala, tampoco si el teléfono contiene un 6, y siempre que el interlocutor no esté en Málaga. Suma y sigue. O mejor, resta.

Porque esto es un ejemplo. Pero hay más. No todas las salas de vistas, por muy moderno que sea el edificio, tienen posibilidad de videoconferencia. Y se señala y se practica en el Decanato, de modo que, a mitad sesión, se hace la testifical o la pericial tras recorrernos los pasillos, debidamente togados –con tacones o sin ellos- Magistrados, Fiscal, acusado, LAJ, funcionarios, abogados, procuradores y hasta público. Y allí nos quedamos todos esperando a que nos llegue el turno y a que, una vez nos ha llegado, dé resultado el “probando, probando”. O, en otros casos, lo de “Houston, tenemos un problema”. Que lo de Apolo VI es una tontería al lado de esto.

Pero quizás lo más llamativo es el modo en que aparece la imagen. Yo he hecho vídeoconferencias con imagen congelada, con lo tonta que se llega a sentir una hablando a una foto fija y oyendo una voz de ultratumba contestar. Temiendo que, de un momento a otro, sonara aquello de “Carolyn, ven a la luz” al más puro estilo Poltergeist.  También con una imagen retardada, que una al final no sabe si le contestan a esa pregunta o a la que hizo diez minutos antes. Y, además, los interlocutores de allende la pantalla se ven moverse a modo robot, como si se trataran de replicantes o algo parecido. No quiero ni pensar cómo nos verán al otro lado, algo así como ciborgs togados. O un remedo del Nacho Dogan del Aplauso de mi infancia –si alguien más lo recuerda-, un DJ –entonces los llamábamos disk jockey o pinchadiscos, que es peor- que aparecía los sábados en la tele pintado de blanco y con movimientos robóticos para traernos el último hit parade.

Lo que sigo sin entender es que cómo le resulta tan fácil darle el Nescafé virtual al hijo a la señora del anuncio, y nosotros seguimos sin tener un sistema en condiciones. Pero igual son cosas mías. O quizás convendría hablar con esa señora y que nos lo explique.

Mientras tanto, no nos olvidemos del aplauso. Y no al programa de antaño, que también, sino a quienes, pese a todo, consiguen sacar adelante estos procesos plasma mediante. Porque, como ya dijeron de la Armada Invencible, no nos prepararon para luchar contra los elementos. Y eso es lo que hacemos. Un día tras otro.

 

Ira: furia en la balanza


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No sabría decir si es mito o realidad, pero el temperamento artístico es lo que tiene. O lo que parece que tiene. Grandes explosiones de genio y vaivenes de carácter que dan grandes titulares y hasta se convierten en un clásico. Seguro que todos sabemos qué es eso de “vengo a hablar de mi libro”. Umbralismo en estado puro, vaya. Por no hablar del arrebato de furia de Fernando Fernán Gómez ante un admirador que automáticamente dejó de serlo. Y no era para menos.

Hasta la propia ira es protagonista de varias obras famosas, desde Un día de Furia a las Uvas de la Ira, desde Fast Furious hasta el enorme enfado que desemboca en tragedia en La guerra de los Rose, sin olvidar que la Ira es un personaje autónomo en esa delicia de filme que es Del Revés.

Y aquí sí que entramos con toda la fuerza del mundo. Porque furibundos togados somos unos cuantos, según y depende el caso. Que la verdad, parece que alguien está continuamente poniéndonos a prueba. Y menudas pruebas.

Es cierto que, cuando una está debidamente toguitaconada jamás debiera perder la compostura, como un actor bien instruído que ríe aunque le duela el alma o llore aunque le acabe de tocar el Euromillón, si es lo que toca. Pero a veces cuesta, y cuesta horrores. Siempre recordaré el esfuerzo titánico que tuve que hacer para no ceder a lo que me pedía el cuerpo ante un pederasta que, sentado tranquilamente ante mí en calidad de lo que todavía se llamaba imputado, no solo reconocía los hechos, sino que afirmaba con una media sonrisa que las niñas de ocho años “le ponían”. Y si al hecho, ya repugnante en sí, le unimos que esta fiscalita de a pie tenía por aquel entonces una hija de ocho años exactamente, seguro que cualquiera puede hacerse una idea de lo que me costó contenerme. Por fortuna –o más bien por justicia-, el individuo en cuestión ya hace tiempo que dio a parar con sus huesos en la cárcel, pero ésa es otra historia, como diría una buena amiga.

La cuestión es que no es necesario llegar a ejemplos tan extremos. O sí. Yo confieso que en la batalla diaria contra los elementos –léase medios materiales- se oyen salir de mi despacho juramentos en arameo e incluso hay quien asegura que ha visto salir materialmente sapos y culebras. Y no es para menos, con esos medios que no llegan ni a cuartos. Porque hay que tener mucho temple para soportar las veinte claves o contraseñas para entrar, la falta de interconexión, las caídas del sistema, que nada tienen que envidiar a una montaña rusa, y el monumental cabreo que le entra a una cada vez que recuerda cómo estamos al lado de otras administraciones más mimadas. Y es que ser la Cenicienta de la Justicia nos pone el mal humor de la madrastra cuando vio que a quien ella trataba como una criada le cabía el dichoso zapatito de cristal. Así que, por cierto, a ver cuando por fin nos traen el zapatito. Que en ese caso, y sin que sirva de precedente, hasta a que llevara tacón renunciaría.

Y las razones para tirarse los pelos no paran. Aunque pueda parecer una tontería, qué terrible es encontrarse que la impresora no tiene tóner, por más que una la agite como si fuera el mismísimo Tom Cruise en Cóctel, o que –oh desastre- se acabaron los folios o, lo que es peor, los pósits.

Y sigue y sigue… Cómo no sucumbir a la ira cuándo no llega el intérprete, porque solo hay uno de swajilii en toda la comunidad y resulta que está a más de 100 kilómetros, cuando encima sabes a ciencia cierta que el investigado en cuestión te entiende perfectamente. Y cómo aguantarse las ganas de gritar cuándo el pobre letrado de oficio está en comisaría y no puede venir hasta dentro de un buen rato porque con la colegiación no les regalan el don de la ubicuidad. O cuándo no pasan a un detenido hasta horas más tarde por falta de efectivos. Difícil, ¿verdad? Pues es lo que hay. Todo esto y mucho más, como decía la canción.

Pero aguantaremos. Como aguantamos estoicamente que la máquina de café no funcionen, lo que es peor, que no nos devuelva las monedas. Ya decía Shakespeare eso de que la paciencia es una gran virtud.

Así que el aplauso hoy es para todos los que consiguen pasar por estos traumas con una sonrisa. Porque, visto lo visto, son verdaderos héroes. Con toga o si ella.

Animales: Justicia a 4 patas


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El tema de las mascotas, o mejor dicho, los animales de compañía, es recurrente en el mundo del espectáculo. Y desde muchos frentes. Desde las extravagantes estrellas –o aspirantes a ello- que portan en su bolso un perro miniatura como una parte más de su atrezzo, al más puro estilo Paris Hilton, hasta personas con un compromiso tan integral como el de Briggite Bardot, otrora estrella refulgente y hoy dedicada por completo a la defensa del mundo animal. Pasando por un completo listado de obras de cine o teatro que tienen como protagonista absoluto a una mascota. ¿Quie no recuerda a Lassie, a Rin tin tin, a Bethoven? Y eso, sin entrar en el mundo de los dibujos animados, desde Pluto hasta Garfield, pasando por La dama y el Vagabundo, los Aristogatos, el Libro de la Selva y mil ejemplos más nos transportan al mundo animal con una sonrisa en la cara. Y esos inolvidables 101 dálmatas, en sus dos versiones, que consiguieron que Cruela de Vil pasara a engrosar la lista de los malvados universales por su persecución a aquellos deliciosos cachorrillos.

Nuestro teatro, sin embargo, parece tener un poco olvidada esa parte importante de la vida. Al margen de la afición o devoción personal de cada uno por tan importantes seres, poca entrada le damos en nuestras tablas. Y es una pena. Porque podían representar un gran papel.

Pero andando se hace camino y poco a poco surgen aquí y allá destellos de algo que podría brillar mucho más. Leía no hace mucho la historia de la perra Peseta –cuya imagen ilustra este estreno-, un can que ejerce casi de agente judicial y realiza importantes funciones con quienes han sido víctimas de delitos y quienes van a declarar a un juzgado. En Chile, pero podía ser en cualquier sitio.

Más cerca, en mi propia tierra, he visto que se ha puesto en marcha una bonita iniciativa con una protagonista llamada Naroa, una perra labradora que ayuda a que menores víctimas de violencia de género recuperen la vida feliz a la que tienen derecho. Ella está acreditada como perra de terapia, junto con otros peludos compañeros que, entre otros, mejoran la vida de personas a las que el Alzheimer se empeña en robarles los recuerdos. Y se unen a los campeones de este género, los perros guía que se convierten en los ojos de quienes no pueden ver. Y a los que, por cierto, no siempre damos la importancia y el respeto que debemos. Aún me duele el alma de recordar una noticia en que una invidente era agredida porque no dejaban que la acompañara su perro en un comercio.

También he oído hablar de los perros de género, entrenados para defender a víctimas de violencia de género de una posible agresión. Y seguro que hay muchos más, institucionalizados o no.

La verdad es que yo no puedo recordar mis tiempos de opositora sin que me venga inmediatamente a la cabeza la imagen de mi querido Porsche, un pastor alemán que por aquel entonces ya arrastraba su cadera dolorida por toda la casa con tal de que yo no me sintiera sola frente a Códigos y apuntes. Siempre pensé que esperó para dejar este mundo a que estuviera cumplida su labor, y nos dejó al poco de asegurarse que yo había aprobado. Estoy segura de ello. Como estoy segura de que se turnaba con Ciro, el perro de una de mis mejores amigas, para cuidarnos mientras nos dejábamos las cejas en los libros.

Y, desde hace un tiempo, tampoco puedo acudir a una charla sin esbozar una sonrisa pensando en Bandi, la perra de otra buena amiga que apareció en su vida cuando estuvimos a punto de atropellarla al volver de un coloquio sobre violencia de género. ¿Casualidad? Tal vez, pero me gusta verlo así. Y como muchos dicen, la casualidad no existe.

Y, por supuesto, no podría bajar el telón de este estreno sin hacer referencia a aquellos que dedican gran parte de su tiempo y su alma a la defensa de estos seres. Sean caballos, galgos, focas o cualquier otra especie del mundo animal que esté siendo objeto de injusticia. Su labor va haciendo mella y, poco a poco, la ley les protege mejor, y quienes vestimos toga vamos siendo más sensibles a castigar a los desalmados que los maltratan. Porque la defensa de los animales también es justicia. O debe serlo.

Así que hoy, en lugar de aplausos, me gustaría oir ladridos, maullidos y toda clase de onomatopeyas. Con eso me doy por satisfecha. Al menos de momento, que siempre se puede lograr más.

Fama: togas mediáticas


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La fama es algo casi consustancial al mundo del espectáculo. Cualquiera que aspire a ser algo en este mundo de la farándula sabe que lleva consigo un mundo de fama y oropel que resulta inevitable, además de agradable dentro de unos límites. Y lo asume. No puede ser de otra manera. Aunque para llegar a Ricas y famosas no hay que olvidar eso de que la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagarlo, como nos decía aquella recordada profesora de Fama.

Pero nuestro teatro no es en eso muy parecido. Porque en principio nuestra imagen de seriedad y hasta de ampulosidad parece que casa mal con la fama. O no. Todo es cuestión de cómo se vean las cosas. Porque la fama no necesariamente ha de ser mala o tener unas connotaciones negativas. La fama, entendida como prestigio o crédito de una persona, es algo bien bonito. Y tampoco el hecho de vestir toga, con o sin puñetas, nos debe hacer renunciar a eso.

Todos hemos oído hablar de los jueces estrella. Y criticarlos. Una especie en expansión a la que le han salido competidores: desde fiscales estrella hasta abogados, pasando por cualquier clase de operador jurídico. Pero hay que separar el grano de la paja y distinguir cuando a alguien le mueve el mero afán de protagonismo y cuándo este protagonismo en inevitable en función del asunto que la lotería del reparto de causas tenga a bien obsequiarle.

Así, es lógico que en destinos como la Audiencia Nacional o Antiocorrupción se vean abocados a una fama no siempre buscada. Porque es casi imposible encausar –o no- a alguien de postín sin que el furor mediático se le venga a una encima. Otra cosa es como se maneje, que a veces las cosas se nos van de las manos. Y en otros casos, es la diosa Fortuna la que decide poner en el ojo del huracán a un juez, un fiscal o incluso un abogado. Teniendo en cuenta que en nuesro derecho rige el derecho al juez natural, que no significa otra cosa que será competente aquel al que por territorio corresponda –con las salvedades de la Audiencia Nacional y los aforamientos- nos podemos encontrar que a la folklórica investigada por determinados hechos, o al alcalde pillado metiendo mano en la caja les tengan que recibir declaración en Matalasperas de Arriba un juez y un fiscal recién estrenaditos, que lo último que quieran sea ganar una notoriedad de la que huyen como de la peste. O tal vez al revés, estén encantados de ese golpe de suerte y lo quieran usar como trampolín en su De aquí a Hollywood particular, que de todo hay en la viña del Señor.

Pero la cuestión es ¿es bueno o malo que salgan en la tele o hagan declaraciones? Pues, me van a perdonar los talibanes del cerrojazo pero la respuesta es que nada tiene de malo. Hay que ser natural, y si aquel tema en el que trabajamos es noticia, deberíamos salir a la palestra para contar, con rigor y sin falsas modestias, lo que se pueda contar. Porque solo así garantizaremos el derecho a la información del ciudadano, y quizás evitemos la irrupción de tertulianos y todólogos varios que igual hablan del último descubrimiento de física cuántica que de la última novia del hermano torero de un triunfito. Y que, por supuesto, saben más de derecho que veinte catedráticos juntos.

En la era de la comunicación nosotros no podemos ni debemos quedarnos atrás. No podemos permitirnos seguir con esa concepción sacrosanta de la Justicia que hace que al ciudadano le parezca algo ajeno que vive a años luz de sus intereses. Con naturalidad. Esa es la clave.

Desde luego que tenemos nuestros gabinetes, nuestros portavoces y nuestras ascociaciones. Pero eso no quita la posibilidad de que se puedan hacer otras cosas, para que no demos la impresión de que huímos de las cámaras como alma que lleva el diablo.. Porque puede parecer que tenemos algo que ocultar.

Otra cosa es que se aproveche para hacer un posado robado como si fuéramos Anita Obregón al principio de cada verano. Porque aunque podría tener su punto toguitaconarnos al borde del mar con un traje de baño con balanza incluída, como que no lo veo. Que todo tiene sus límites. Aunque quizás llegue el día, que nunca se sabe.

Mientras tanto, dediquemos hoy el aplauso a quienes saben mantener el equilibrio entre informar y ser cercanos y no resultar ávidos de un protagonismo innecesario. Que no siempre es fácil.

 

Indultos: la excepción


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Todos sabemos eso de que la excepción confirma la regla. Pero la excepción no es otra cosa que eso, la excepción. En el teatro y en el mundo. Por más que a veces se vea más una cosa que la otra. Ya sabemos, eso de que la noticia es que el perro muerda al hombre y no al contrario.

Por supuesto que el teatro se nutre de historias llamativas, de vidas excepcionales y de casos curiosos. De gente que destaca por ser Uno entre un millón o por tener Una mente maravillosa. Aunque a veces también se dedique a hablar de la Gente corriente.

Y nosotros, desde luego, también tenemos nuestras excepciones. Faltaría más. Y la excepción por antonomasia es el indulto. Que no es otra cosa que una institución que permite que las penas impuestas por el poder judicial no se cumplan por la intervención del poder ejecutivo. Un salto en el vacío a las máximas de Montesquieu que, como excepción a la sacrosanta división de poderes, tiene que ser más que justificada.

Pero ahí está. Normalmente no le hacemos mucho caso hasta que pasa algo y saltan las alarmas. Por defecto o por exceso. Tanto nos asustamos si un corrupto, o alguien que ha cometido un crimen despreciable es indultado, como si una persona que no parece merecer tanta repulsa no obtiene este beneficio. Y, volubles que somos, nos inclinamos como un columpio infantil a uno u otro lado. Parece que tan pronto nos escandalizamos porque dan un indulto como otro día porque no lo dan. Y lo peor de todo es que nos posicionamos sin tener ni idea, `porque estas cosas suelen venir precedidas por una campaña mediática en la que nos informan de lo que quieren, de lo que saben y de lo que imaginan a partes iguales. Y así no hay quien deba opinar.

Pero la cuestión va más allá. Y es que el guión de esta historia está escrito nada menos que en 1870, nada menos. En aquellos tiempos en que las mujeres paseaban con faldas largas y corsés, y los hombres fumaban puros en los salones de fumadores mientras hablaban de lo que pasaba en las colonias. O al menos eso es lo que se desprende de las películas, como ese  ¿Donde vas Alfonso XII? O las Violetas Imperiales de Luis Mariano, que nos han repetido tantas veces en televisión.

Pues bien. De esa época es nuestra ley de indulto, que por más prisa que se quiso dar el legislador este año en reformar todo lo que encontraba, le pareció que ésta aun tenía recorrido. Tan vieja, la pobre, que ni se publicó en el BOE porque no había BOE, ni venía del Ministerio de Justicia porque tampoco era tal. Se publicó en la Gaceta de Madrid, el abuelito del actual BOE, y se refería al Ministerio de Gracia y Justicia, nombre que de gracioso no tiene nada, dicho sea de paso.

O sea, que se hizo en un tiempo en que la Justicia se consideraba una gracia y no un derecho, y nada de eso de que emana del pueblo que dice nuestra Constitución, posterior en más de un siglo a la ley. Ahí es nada.

Pero ahí seguimos. Con una ley de la que parece no acordarse nadie más que cuando en un momento dado nos causa más Escándalo que la canción de Raphael, sea en un sentido o en otro, cuando llega su particular Gran Noche. Y es que parece que solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando llueve.

Pero ya que de indultos va la cosa, cuando oigo esta palabra siempre evoco otra cosa. El ninot indultat de las Fallas de mi tierra valenciana. El privilegio de salvarse de las llamas de la Cremà a cambio de un valor extraordinario, una gracia –aquí sí vale- que obtiene una sola de las figuras de todos los monumentos falleros por su excepcionalidad, y que le hace merecedor de conservar su vida de cartón piedra y lucir Por siempre Jamás en el museo correspondiente.

Y ya puestos, me pregunto cuál sería el ninot indultat de esta legislatura, si es que hay alguno. Qué o a quién salvaríamos de las llamas que dan lugar a un nuevo período. Y la respuesta, me temo, es más que obvia. Por lo que a Justicia respecta, el premio debe quedar desierto. Que a cada ocurrencia nos han dado un nuevo disgusto, sea por la ocurrencia en sí, o sea por la falta de previsión para llevarla a cabo. O por ambos.

Así que, como ya se van acercando las Fallas, cambio hoy el aplauso por una propuesta para el público de nuestro gran teatro. ¿Indultarían a alguien? Porque a mí, la verdad, es que para algunas cosas el único museo que se me ocurre es La Tienda de los Horrores.

Pero que cada cual decida y formule su apuesta. Hagan juego, señores.IMG_20160209_172039

Animo: algo a agradecer


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Hay que reconocerlo. Todos necesitamos que nos jaleen de vez en cuando. Que La vida es una tómbola y a veces llega La Tormenta Perfecta y nos arriesgamos a caer en el Abismo. Y, por más fuerte que sea uno, nunca se libra de estos momentos.

En el mundo del espectáculo es más que frecuente que esas cosas pasen. Viven la vida como un carrousel, y quien un día estuvo en lo más alto, de pronto se ve relegado al olvido más cruel, reemplazado por el nuevo favorito del público. Triunfitos varios, concursantes de cualquier reallity show o cantantes de medio pelo que dieron el campanazo un verano por razones inexplicables, ven cómo huyen de ellos las cámaras que un día les amaron, y eso no es plato de gusto de nadie. Siempre recuerdo la triste historia de una de las cantantes de Las Grecas, o la de aquella presentadora del Dabadabada de mi infancia, que acabaron de la peor manera posible.

Por eso es tan importante recibir esos chutes de energía que la buena gente tiene a bien proporcionarnos. Y en nuestro teatro no somos una excepción. Un juez que un día puso una sentencia que todo el mundo admiraba de pronto denostado por otra, un fiscal o un abogado a los que tan pronto se da la razón como se deniega todo, y mil ejemplos más, sin olvidar que estas cosas pasan por el filtro de la prensa, no siempre tan objetivo ni tan bien informado como sería deseable. Aunque por suerte hay enormes profesionales, como ya contamos en el estreno a ellos dedicado, Periodistas

¿Y cómo nos dan ese chute de energía? Pues no es tan difícil. No es necesario que un titular de prensa nos alabe o nos muestre su más rendida pleitesía. Hay muchos modos de insuflarnos ese ánimo como si fuera el hinchador de una colchoneta sin necesidad de llegar a tales extremos.

A veces, son cosas tan sencillas como que un compañero te diga que hiciste un buen trabajo o que le resultó útil. Una vez alguien me dijo que mi trabajo le devolvía la ilusión por su profesión y, aunque exageraba, me hinché como un pavo y decidí hacer otro tanto cuando fuera otro el que produjera en mí ese efecto. Y desde entonces no lo callo nunca. Tenemos el mal hábito de hablar solo para quejarnos y nunca decir aquello que está bien. Y eso también hace falta. Al menos, de vez en cuando.

Pero hay otro modo de recibir energía un día tras otro. Un regalo que algunas personas nos hacen y que no siempre sabemos apreciar. O que sabemos apreciar pero no decírselo o agradecerlo. Que alguien se acuerde de una y le destine una “buenos días” con una imagen escogida, un “buenas noches” con una canción o una fotografía de algo que le apasiona, no tiene precio. Y aunque hay quien, haciendo uso de un concepto de la profesionalidad mal entendido, tilda estas cosas como una sobredosis de glucosa, creo que yerra. Sentir que alguien dedica los cinco primeros minutos de su día, entre el café, las prisas y las tostadas, a acordarse de mí, a mi me pone las pilas. Y me produce síndrome de abstinencia si me falta. Aunque eso corresponda a declararme públicamente yonki de Mimosín.

Pero aún hay más. Hay una persona que todos los días, sin faltar uno, invierte tiempo en subirnos la moral a unos cuantos afortunados, inundando nuestros muros de redes sociales de optimismo y ánimo. Una imagen y una frase destinada únicamente a eso. Algo que puede parecer tonto, pero que se ha convertido en indispensable.

Así que ahí queda eso. Que piense quien quiera que me han abducido Los osos amorosos, que yo estoy tan contenta. Y me subo más segura a mis tacones y me pongo con más ganas la toga. Faltaría más.

Por eso hoy el aplauso es para ellos. Para todas y cada una de las personas que se acuerdan de animar a los demás, que les dedican un instante de su vida, que reconocen su labor. Y, por supuesto, para esa persona de la que he hablado, una ovación especial. Gracias, Gloria. Y gracias también a alguien que hoy mismo me hizo llorar de alegría. Aunque, como dicen, se dice el pecado pero no el pecador.

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