Para hacer cualquier cosa, y hacerla bien, se necesitan ganas. Y, aunque es verdad que el oficio puede suplir en más de una ocasión a las ganas, no lo es menos que con esa chispa las cosas siempre salen mejor. Las ganas con que se hace algo pueden suponer la línea que separa lo correcto de lo extraordinario, lo bueno de lo mejor. Las ganas también formar parte del título de muchas películas, como Tengo ganas de ti o Ganas de triunfar. Así que no nos quedemos con las ganas.
En nuestro teatro, las ganas no son necesarias, pero sí muy convenientes. Aunque lo realmente difícil no es tenerlas, sino conservarlas. Porque a veces cuesta, y mucho.
Cuando nos ponemos la toga por primera vez, las ganas nos inundan. Tanto, que como no nos controlemos, podemos incluso naufragar. Recuerdo en más de una ocasión que letrados o letradas que entraban por primera vez en sala, tropezaban al acceder a estrados en su intento de parecer dueños de sus nervios y su templanza. En otros, se lleva todo tan preparado que el informe puede exceder con mucho de lo que se esperaba, y produce el efecto contrario al pretendido -ya se sabe que lo bueno, si breve, dos veces bueno-, esto es ver, vencer y convencer.
Pero las ganas, importantes sin duda, no bastan. Han de combinarse con una serie de requisitos, como la profesionalidad o la prudencia, aunque no lo parezca. No se puede entrar como un elefante en una cacharrería en algunos escenarios.
Recuerdo, allá por la noche de los tiempos, a una juez que preparaba un interrogatorio importante con muchas ganas. Era su primer caso importante, y quiso prever todo lo que podía pasar, y tenía un folio lleno de diagramas con posibilidades en las que el interrogaba daba una versión u otra ponía una justificación u otra, o negaba de manera contumaz. Había previsto tantas cosas que, cuando el imputado -entonces se llamaba así al investigado- dijo que lo admitía todo y que reconocía los hechos, se quedó tan desorientada que no sabía cómo reaccionar. Las ganas de hacerlo bien, sin duda, le pudieron. Menos mal que en unos minutos se repuso y recondujo las cosas. Pero luego, en un aparte, me dijo que aquello era lo único que no había previsto, en sus ganas de hacer un interrogatorio que pillara al culpable que ella suponía renuente. Cosas de la vida toguitaconada.
En otras ocasiones, son las ganas de quedar bien las que acaban jugando una mala pasada, vengan de donde vengan. Cualquiera que lleve tiempo en nuestro mundo se habrá encontrado con acusados o testigos con tantas ganas de ganarse al tribunal que acaban fastidiándola. Cosas como tratamientos excesivos -Su excelencia, su majestad-, inadecuados -Su señorita-, ser demasiado untuoso hasta e extremo de parecer “pelota” o ser más papista que el papa, suelen dar malos resultados. Aunque hay algunos casos en que esas ganas de hacerlo todo bien producen una mezcla de hilaridad y ternura, como testigos empeñados en levantar la mano o buscando una biblia sobre la que jurar como si estuvieran en una película.
No obstante, a mi me encanta la gente que viene con ganas de darlo todo. Es algo que experimento todos los años cuando me hago cargo de tutorizar tanto alumnos y alumnas de Practicum como fiscales en prácticas del Centro de Estudios Judiciales. Siempre pienso que un día yo fui igual, y trato de transmitirles la misma ilusión que mi tutor me transmitió a mí. Reconozco que el chute de juventud y ganas se ha convertido en casi imprescindible para mí, y que me suelen aportar mucho más de lo que yo pueda aportarles a ellos. De hecho, me recuerdan por qué decidí un día ya lejano dedicarme a lo que me dedico, más allá de los automatismos y rutinas en los que es inevitable caer. Y eso se agradece mucho
Así que hoy el aplauso se lo voy a dar a todas las personas que nos contagian sus ganas, aunque puedan parecer excesivas. Tiempo tendrán de canalizarlas.
La rebeldía siempre ha tenido un punto romántico muy del gusto de artistas de todo tipo. ¿Cómo olvidar a la cantante Jeanette, que era Rebelde porque el mundo la había hecho así? ¿O al Rebelde sin causa de James Dean, los Rebeldes del swing o, simplemente, Rebeldes, protagonistas de películas y series? Y es que salirse de los moldes preestablecidos siempre resulta atractivo
En nuestro teatro la rebeldía tiene un cariz totalmente distinto. Nada de romanticismos ni de expresiones poéticas. En nuestro caso la rebeldía es una institución procesal que, además, no trae nada bueno a quien incurre en ella.
Según la RAE, la rebeldía es la cualidad o la acción del rebelde, aunque también se hace eco, con bastante aproximación de su definición jurídica, al referirse a ella como “Situación procesal de quien, siendo parte en un juicio, no comparece al llamamiento que formalmente le hace el juez”. No obstante, no olvida sus otras acepciones, al definir al rebelde, además de cómo quien no obedece al llamamiento judicial, como “ indócil, duro, fuerte y tenaz”. Aunque sin duda, la definición más bonita es la más alejada a nuestro escenario, Metafóricamente se aplica a las pasiones o afectos que se alteran contra la razón, y resisten a ella. Por suerte o por desgracia, en Toguilandia puede haber pasión, pero pocas metáforas. Al pan, pan, al vino, vino… y a las togas, las puñetas.
Como decía, el diccionario ya se aproxima bastante a la rebeldía procesal, aunque no todo el mundo lo sabe. De hecho, más de una vez me ha sucedido que cuando aparece el demandado rebelde, y se le dice que lo es, lo niega airadamente. Hubo uno que me dijo muy enfadado que él era buena persona, y que por una vez que cometiera un error no teníamos que ponernos así. Otro, sin embargo, cargó contra su abogada, indignado porque, según él, permitía que le insultáramos. Y es que, como hemos comentado más veces, el lenguaje jurídico y el coloquial y gramatical tienen un divorcio que da muchos problemas.
En esencia, la rebeldía constituye en no contestar a las citaciones y requerimientos judiciales, casi siempre por no ser encontrado. Eso pasa con frecuencia en la jurisdicción penal donde el procedimiento se queda en stand by, aunque con algunas excepciones. Cuando la pena no supera los 2 años de prisión y se ha recibido declaración al investigado en instrucción, si este ha designado un domicilio a efectos de notificaciones con el apercibimiento de que el juicio puede ser celebrado en su ausencia, no hay rebeldía propiamente dicha, si, como se le advirtió, se le cita allí. Una versión jurídica del clásico “te lo dije”.
En otros casos, cuando la pena solicitada es mayor o no se le recibió declaración con tales advertencias, no hay juicio en ausencia que valga. El Derecho Penal es garantista, y necesita dar la oportunidad al acusado de defenderse, aunque este no quiera hacerlo. Así que la cusa se quedaría durmiendo el sueño de los justos -o de los injustos- por si el angelito apareciera antes del plazo de prescripción. Eso sí, con sus requisitorias para echarle el lazo en cuanto fuera posible.
Pero eso pasa en la jurisdicción penal. En la civil, así como en otras, de naturaleza totalmente distinta, se pueden celebrar juicios en rebeldía, y dictar sentencia si el demandado no ha aparecido a pesar de buscarlo por tierra, mar y aire. Y, aunque pueda parecer injusto, lo contrario lo sería aun más. Imaginemos, por ejemplo, que alguien nunca se pudiera divorciar porque su cónyuge no apareciera, o que no pudiera reclamar una deuda o ejercitar un derecho. También ocurre a veces que el rebelde aparece en el juicio, aunque teóricamente no se había enterado, y entonces hay que decirle que está, pero solo para ver, oír y callar.
De todos modos, una de las cosas más curiosas es la de la citación por edictos, que es lo que se hace cuando no hay otra manera, o a través del BOE o del BOP. En realidad, es un modo de cubrir el expediente, pero nadie se entera por esos medios, o eso es lo que creemos. Recuerdo una vez que me apareció un denunciado, citado por el BOP, y no pude evitar preguntarle cómo se había enterado. Me dijo que su hijo trabajaba en la Conselleria y entre sus funciones estaba revisar el Boletín, en aquellos tiempos remotos en que salía solo en papel y la informática era un futuro incierto. Pero lo cierto es que la casualidad le salvó de un buen susto.
Y hasta aquí el estreno de hoy. Que nadie se me ponga rebelde y deje de leerlo. Por si acaso, daré el aplauso, un vez más, para quienes son fieles a mis tacones. Mil gracias
De nada sirve que se hagan cosas buenas, o bonitas, si la gente no se entera. Hay manuscritos de obras maravillosas metidos en un cajón de los que nadie disfrutará si no pasan determinados filtros o no hay un golpe de suerte. Cuenta Santiago Posteguillo en su libro “El día que Frankenstein leyó el Quijote” que Harry Potter nunca habría visto la luz si la hija de uno de los lectores de la editorial no hubiera cogido prestado el manuscrito del maletín de su padre y le hubiera dicho que era fantástico. Sin esa niña, tal vez no existiría esa saga tan conocida y exitosa de la literatura y el cine.
En nuestro teatro no hay niñas que saquen manuscritos desconocidos de los cajones. En todo caso, lo hace alguna inspección y entonces es que las cosas no pintan bien. Porque en Toguilandia no hay escrito, documento, informe ni recurso válido si no tiene la oportuna notificación a las partes. Y ahí empieza el llanto y el rechinar de dientes, como diría la Biblia, o, en nuestro terreno, el tiempo de corre-corre-que-te-pillo que empieza a correr el plazo.
Cuando se cimentó la estructura que sigue rigiendo en nuestro derecho procesal, nadie podía imaginar que llegaría un momento en que se podrían notificar las cosas de otro modo que no fuera la copia entregada en mano con todos sus sellos y parabienes. Pero como las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decía Don Hilarión, llegó la informática y empezó a acelerarlo todo. Un instrumento poderosísimo bien utilizado pero que, como ocurre con las armas, lo carga el diablo.
Y es que como aquí la digitalización ni es completa ni se hizo bien, pues nos encontramos con las notificaciones a varias velocidades. Además, dependiendo del territorio, que todas las Comunidades Autónoma son iguales según la ley, pero no lo son tanto a la hora de aplicar sus diferentes sistemas y aplicaciones de gestión procesal. Y así nos luce el pelo.
Empecemos con Lexnet , probablemente, la madre del cordero. Si alguien ve a un abogado o abogada a punto de que le de un infarto, probablemente tenga que ver con el monstruo. Las notificaciones les llegan a su correo electrónico sin orden ni concierto y a partir de ahí empieza la carrera contra reloj. Pero el problema es cuando, sabiendo que hay un aviso al respecto, a los hados de la informática les da por hacer diabluras y no hay manera de abrir el documento, de enviarlo, o de ambas cosas. Estoy segura de que los divanes de los psicólogos están llenos de damnificados de Lexnet. O deberían estarlo, visto lo visto. Tienen ahí un filón que ni se imaginan, así que ya pueden ir tomando nota.
Y no me olvido de la Procura que, como tienen entre sus funciones hacer de vía de enlace entre abogados y abogadas y juzgados, se convierten muchas veces en chivo expiatorio de las iras de cualquiera de las partes. Más de una vez he pensado que no querría ponerme en sus zapatos por nada del mundo. Otro filón para las consultas de psicología.
Pero, como he dicho antes, en Toguilandia no todos somos iguales o, al menos, no disponemos de los mismos medios. Así que en algunos sitios, como me ocurre a mí, la fiscalía no dispone de acceso a Lexnet ni está, por tanto, obligada a emplear ese sistema. Así que mientras el plazo para la abogacía empieza en un momento, el nuestro puede empezar incluso semanas más tarde porque aquí seguimos a rajatabla el sistema tradicional de copia en papel, con sellos y más sellos y entrega en mano. O, mejor dicho, en una bandeja que no siempre controlamos que llegue a su destino -el fiscal encargado del caso- en tiempo y forma. Más de una vez me he encontrado que cuando el papel sellado en cuestión llega a mi poder, el plazo para alegar e incluso para recurrir ha pasado o que apenas queda un día en el que he de dejarlo todo para no arriesgarme a que ni siquiera me admitan el escrito. Ya lo he dicho otras veces, pero en la relación fiscalía-juzgado quiebran todas las leyes de la física. La distancia más corta entre dos puntos nunca es la línea recta, porque entre esos dos puntos han de pasar por múltiples estadios intermedios, incluido en algunos casos el envío de correo en valija, que hacen que esos papeles den más vueltas que el baúl de la Piquer. Verdad verdadera.
Por último, hay que hacer una referencia, aunque sea breve, al contenido de esas notificaciones, Más veces de las que quisiera me he encontrado con una notificación del “auto anterior” sin que el dichoso auto esté por ningún sitio o “de los documentos que acompañan” cuando al papelito en cuestión no lo acompaña nadie, que está más solo que la una. Y ahí empieza otra carrera por localizarlo, que tampoco es moco de pavo.
Y hasta aquí, este estreno, entre el estrés y el humor, que las penas con risas son menos. Pero no me dejo el aplauso. Y lo dedico está vez, como no podía ser de otro modo, a quienes son los damnificados de este sistema. Paciencia
Todas las familias crecen, y la nuestra no iba a ser una excepción. Y, además de crecer, cada criatura adquiere vida propia, aficiones propias, forma de ser propia. Todos los niños han soñado alguna vez con conducir un coche de bomberos. Tal vez por eso las series y películas se ocupan con frecuencia de esa profesión, tanto como héroes de grandes tragedias, como ese Coloso en llamas que vi. en mi adolescencia y que nunca olvidaré, como para reflejar su vida diaria, como Chicago Fire y tantas otras.
En nuestro teatro no cabe duda que, dadas las tragedias que vemos más veces de las que quisiéramos, aparecen en nuestros expedientes informes de bomberos con una cierta frecuencia. Pero hoy no quería hablar de eso, sino de algo también relacionado con esa hermosa profesión a la vez que conmigo y mi vida toguitaconada. Mi nueva criatura, El coche de bomberos.
Mi coche de bomberos nació en mi cabeza antes de que yo me diera cuenta. Corría el año 2017 cuando tuve el inmenso honor que el cuerpo de bomberos del Ayuntamiento de Valencia quisiera contar conmigo para que escribiera un relato en su libro de fiestas, un relato que tuviera que ver con su profesión y con la igualdad y el acceso a las mujeres de la misma. Así nació Ideas de bombera , ese cuento que me dio tantas satisfacciones y que me supuso un reconocimiento de Bomberos Valencia que tiene un lugar de honor en mi casa y en mi corazón.
Los coches de bomberos que vi aquel día ya lejano se quedaron en mi disco duro, e hicieron que un buen día apareciera la semilla de lo que hoy es mi nueva criatura. En este mismo escenario estrené el primer Coche de bomberos, un cuento de Navidad que nació con intención de convertirse en algo más grande.
Hoy, esa criatura ha visto por fin la luz. Ni los obstáculos, ni el trabajo, ni esa pandemia que todo lo trastocó han impedido que saliera adelante, y hoy es una realidad. Editado por Talón de Aquiles –que ya ha editado otras de mis criaturas- e ilustrado por mi imprescindible @madebycarol, cuenta la historia de una niña que quería que los Reyes Magos le trajeran un coche de bomberos como el de su primo y no las muñequitas que le decían que tenía que pedir. Esa historia traerá otra, que no voy a contar para no hacer spoiler, pero que espero que haga las delicias de personas y personitas de 8 años en adelante. O de menos, con un poquito de ayuda. Y, si además de gustarles, contribuye a enseñarles que mujeres y hombres somos iguales y que podemos ser lo que queramos con independencia de nuestro sexo, objetivo conseguido.
La presentación no podía tener mejor escenario, el parque de bomberos de Valencia, ni público más adecuando, niños y niñas de 7 y 8 años además de bomberas y bomberos que nos han tratado, a mí y a mis criatura, mucho mejor que bien. No puedo tener más que palabras de agradecimiento y seguro que la pequeña Celia, desde las páginas de mi libro, no se ha perdido ni una de las explicaciones que nos han dado. Incluso juraría que he notado como abría muy bien los ojos para ver todos los coches de bomberos que nos han enseñado. Creo que hoy su carita dibujada en la cubierta del libro sonríe más, y que no se le va a borrar esa sonrisa.
Esta presentación ha sido un regalo de la vida, que he sido muy afortunada de recibir. Espero que las aventuras de Celia y su anhelado coche de bomberos estén a la altura de tanta atención, y que aporte su granito de arena a ese camino por la igualdad que nos comete a todas y a todos.
Por eso no me queda más que reiterar el agradecimiento e invitar a todo el mundo a que conozca a Celia y a su coche de bomberos, que podéis encontrar en librerías, plataformas o la Web de la editorial.
Aunque no me olvido del aplauso. Que hoy, como ni podía ser de otra manera, va dedicado a todos los bomberos que han hecho posible este sueño y, especialmente, a esas bomberas que son el referente para muchas niñas del mañana. Mil gracias otra vez.
Cuando la conocí, me costó creer que estuviera próxima a cumplir los cien años. Es cierto que sus ojos tenían esa opacidad que pintan las cataratas del tiempo, pero nada del mundo podía compararse al brillo de aquella mirada cuando hablaba. Y hablaba mucho, aunque no me cansaba de oirla. Con una voz suave y pausada, como si el tiempo se hubiera detenido en su garganta para siempre.
No me fue difícil concertar la entrevista. Me sorprendió que una mujer de esa edad se aviniera tan pronto a concedérmela, pero enseguida conocí la razón. Me dijo que, por fin, contaría todo lo que llevaba ocultando tanto tiempo. Y añadió que quizás yo podría ayudarla a rellenar esos huecos que el miedo, disfrazado de prudencia, le habían hurtado. Y yo no pude hacer otra cosa que aceptar el trato.
Cuando me mostró aquel soldadito de plomo maltrecho, no supe muy bien cómo reaccionar. Estaba viejo y descolorido, tenía la pintura desconchada en muchas partes, y le faltaba una de sus piernas. Por un instante, me trasladó a mi infancia y me recordó al soldadito de plomo del cuento, aquel que bebía los vientos por su bailarina. Rosa me miró y sonrió. Aunque no lo dijo, supe que ella también pensaba en él. Y noté como un hilo invisible cosía nuestras almas con puntadas que poco a poco se iban apretando más y más mientras el soldadito nos miraba agarrado a su fusil.
Pero su soldadito no siempre estuvo solo, ni cojo. Formaba parte de un escuadrón orgulloso y brillante que lucía en el comedor de la casa donde Rosa vivió todo su infancia, en su añorado barrio del Carmen de Valencia. Su padre lo tenía expuesto, junto con muchos otros de todas las épocas, en una estantería que limpiaba con esmero cada día. Nunca permitió a su madre ni a nadie que quitara el polvo o limpiara esa vitrina, su tesoro. Y ella y sus hermanos tenían absolutamente prohibido acercarse siquiera, y ni soñar con tocarlos. Se le nublaban los ojos al recordar a aquel hombre paciente y erudito, sacando brillo a cada uno de los soldaditos de su colección, colocándolos ordenadamente en sus regimientos y contemplando su obra con la satisfacción con que mira un padre a sus hijos triunfadores.
Aquel día de 1936, cuando su padre se despidió de ellos, no supieron que los soldaditos se quedaban huérfanos para siempre. Aunque, al pensar después en ello, aventuraba que tal vez su madre sí que lo supiera. Su cara triste parecía adivinar algo, aunque el hombre se empeñó en hablar de su marcha como si se tratara de un viaje de placer. Decía que no tardaría en volver, que lo haría en cuanto hubieran restaurado la legalidad y las cosas volvieran a su sitio. Unas palabras que Rosa no comprendió hasta pasado el tiempo, cuando al fin asumió que ya nada volvería a ser lo que era. Y estaba tan guapo, vestido como aquel soldadito que ella guardaba…
El tiempo fue pasando, y Rosa y sus hermanos sobrevivían como podían a una guerra que les era ajena. No entendían muy bien qué estaba pasando, ni por qué su madre tenía esa expresión tan rara. Cuando le preguntaban, solía repetir que había que esperar a que él volviera, que entonces todo aquello habría acabado por fin. Y siguieron esperando, confiados en las palabras de su madre.
Mientras tanto, la colección de soldaditos acumulaba polvo sobre polvo. El polvo de la casa, el polvo de la calle cuando el miedo les dejaba abrir las ventanas, y, sobre todo, el polvo de la pena de no tener con ellos a su dueño. Su madre nunca osó desobedecer a su marido, y jamás se atrevió a limpiar aquella vitrina. Cuando una vez Rosa se ofreció a hacerlo, se enfureció. Le dijo que aquello no lo tocaría jamás alguien que no fuera él, y que pronto volvería y podría hacerlo. Pero pasaba el tiempo y no regresaba. Su madre les leía cartas que él mandaba, y Rosa se lo imaginaba con su bonito uniforme de soldado escribiendo aquellas preciosas cartas, en que les recordaba que pronto estaría allí y volvería a cuidar de ellos, y también de su preciada vitrina. No fue hasta muchos años después que Rosa se enteró que él no escribió ninguna de esas cartas. Las cartas las escribía su madre para fingir ante sus hijos que todo estaba bien. Y, en el fondo, también para fingirlo ante sí misma.
Con los ojos empañados de lágrimas, Rosa recitó el párrafo final de la última de aquellas cartas, que había aprendido de memoria: “Queridos hijos, cuando leais esto es posible que todo haya terminado por fin. Cuidad mientras tanto de vuestra madre y de mis soldaditos, y no olvideis cuánto os quiero”. Se acostó durante muchas noches repitiéndose esas palabras, que quiso interpretar como el anuncio de un inminente regreso.
El tiempo seguía pasando, y nada hacía presagiar que se fuera a restaurar aquella legalidad de la que habló su padre. Los ojos de su madre se apagaban día a día, y los suyos también, mezcla de tristeza y del hambre que cada vez era más evidente, más fuerte y más feroz. Incluso, una vez, Rosa cogió uno de los soldaditos de su padre para tratar de cambiarlo por algo de comida. Su madre la sorprendió, y le dio la única bofetada que había recibido hasta entonces. Del golpe, el soldadito cayó al suelo y se rompió una de sus piernas. Y, aunque quisieron arreglarlo, no fue posible. Y su madre insistía en que lo haría él cuando volviera. Pero el soldadito pasó a la retaguardia por su herida de guerra, una herida que arrastraría para siempre en su cuerpo de plomo.
Y un día la guerra acabó, pero su padre no regresó. Nunca se supo nada del soldado Peris. Cuando Rosa le preguntó a su madre, recordando la despedida de él, si ya se había restaurado la legalidad, recibió el segundo y último bofetón de su vida. Con una expresión entre triste y enfadada, le dijo que jamás, por nada de este mundo, volviera a hablar de aquello. Y Rosa se quedó con su perpejlidad y su pena llenando los huecos que debería haber llenado la memoria de su padre. Jamás volvieron a hablar de aquello hasta muchos años después, cuando supo que aquellas cartas nunca fueron escritas por su padre.
En aquel año de 1939, recién terminada la guerra, hombres vestidos de soldados fueron en muchas ocasiones a su casa. Pero su uniforme no se parecía en nada a aquel tan bonito que llevaba su padre el día que lo vio por última vez. Ni la expresión de su cara, tampoco. Se dirigieron a la adorada vitrina de su padre y lo echaron todo por tierra sin contemplaciones. Rosa y su madre lloraban en silencio viendo aquel ultraje. Pero no se atrevieron a pronunciar palabra. Aquellos hombres uniformados comenzaron a gritar y hacer aspavientos al ver el escuadrón al que pertenecía el soldadito sin pierna. Y, con una violencia indesceptible, cogieron al ejército de plomo en un puñado y se llevaron a su madre por la fuerza. Regresó a casa al cabo de un par de días, pero nunca volvería a ser la misma.
Y ella jamás se atrevió a desvelarle su secreto. En el primer golpe a la vitrina, el soldadito sin pierna, que permanecía en precario equilibrio, cayó al otro lado, por la parte de detrás del sillón donde su padre en otro tiempo leía, y Rosa se apresuró a cogerlo. Lo escondió para siempre, como su tesoro más preciado, y nunca se lo dijo a nadie. Hasta hoy, que me recibió con él en la mano, haciéndome recordar mi infancia y al pobre soldadito de plomo del cuento.
Rosa me contó que nunca volvieron a saber de su padre. Que, aunque trató de indagar por su cuenta, su memoria se perdía en el camino a un frente al que no consta que llegara nunca. Lo más probable, según los pocos datos de que disponía, es que cayera en una emboscada y acabara, junto con otros compañeros, enterrado en una de tantas cunetas. Su madre se murió con la pena de no poder ser enterrada junto a su querido esposo, aunque nunca lloró en su presencia. Siempre decía que las lágrimas las derramaría sobre un ramo de flores cuando tuviera una tumba donde depositarlas. Y, tal vez por eso, nunca la vieron llorar.
No me atreví a interrumpirla. Y permanecimos un rato calladas, mirando a aquella figurita deslucida y sin pierna, el único superviviente de un tiempo feliz. Y al fin, me atreví a preguntarle por las cartas. Tal vez algo de lo que hubiera escrito su madre suplantando al padre ausente podría arrojar luz sobre la historia. Sabía que eran algo íntimo y doloroso, pero nos podrían ser tan útiles que no dudé en pedírselas.
Rosa se levantó, arrastrando consigo de pronto todos los años que llevaba encima, y se perdió por un momento a lo largo de un pasillo. Regresó al cabo de un rato que se me antojó eterno, portando entre los brazos una caja de cartón que alguna vez debió ser de color blanco, atada con un cordel.
Despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo muy frágil, desató el nudo y sacó varias cosas de su interior. Unas gafas con un cristal roto, el envoltorio de un paquete de cigarrillos, los restos de una flor irreconocible y una fotografía en blanco y negro de la boda de sus padres. Toda una vida en unos pocos recuerdos. Y, en el fondo, unos sobres amarillentos. Me confesó entonces que nunca había vuelto a leer aquellas cartas, que se quedó con el recuerdo de su madre leyéndolas una y otra vez en voz alta. Ni tan siquiera supo de la existencia de aquella caja hasta que su madre murió, y se vio obligada a vaciar la casa que había sido su hogar y que tanto echaba de menos.
Contuve el aliento. Iba a asistir a un momento especial en la vida de aquella mujer, tan íntimo que me sentía como una intrusa irrumpiendo en su vida. Levantó por un instante los ojos del fondo de la caja, y me dijo con la mirada que era bienvenida a sus recuerdos. Y noté físicamente como ese hilo invisible que nos unía se apretaba aún más.
Ahí estaban las cartas, sobre la mesa, después de tantos años. Con manos temblorosas, levantó la solapa de la primera de ellas y extrajo su precioso contenido, una cuartilla doblada en cuatro partes. La desplegó, y empezó a caer sobre el papel el torrente de lágrimas que jamás había derramado su madre. No dijo nada, y la extendió ante mis atónitos ojos. Era un papel en blanco. Un papel que no contenía ni una sola letra escrita. No era un error. El resto de cartas eran exactamente iguales. Un pliego vacío de letras, aunque lleno de tantas cosas a las que yo no tendría acceso jamás.
Yo tampoco podía dejar de llorar. Por Rosa, y también por mí. Lloré amargamente por aquella mujer que tuvo que inventar para sus hijos una realidad que hiciera soportable el dolor de la ausencia. Me sentí en deuda con ella, con Rosa, y con tantas otras personas a las que el destino y la sinrazón les quitó todo. Y estaba dispuesta a lo que fuera con tal de devolverle algo de todo aquello.
Ahora, Rosa, con su soldadito cojo en la mano, solo me hacía un ruego. Que ayudara al soldadito a fundirse, por fin, junto a su bailarina.
Y yo, sin dudarlo, se lo prometí. Y en ello sigo, mientras el soldadito, instalado en una vitrina sobre mi escritorio, juraría que me mira suplicante esperando a que cumpla mi promesa.
Cunado llega el 8 de marzo, siempre pienso lo mismo: que ojalá no tuviera que existir. Que ojalá ya no fueran necesarias películas como Solas, La boda de Rosa, Te doy mis ojos, tomates verdes fritos, No sin mi hija, Sufragistas y tantas otras para reivindicar los derechos de las mujeres. Pero sigue siendo necesario. Por desgracia.
En nuestro teatro los derechos de las mujeres llevan tiempo siendo reconocidos legalmente casi en plenitud, aunque todo es mejorable. Pero, como dice el refrán, del dicho al hecho hay un buen trecho y de la ley a la realidad, todavía más, sobre todo cuando, como Don Quijote, con la conciliación hemos topado. Nadie se libra en Toguilandia de esos problemas, pero, para ser justas, hay que decir que especialmente lo sufren las abogadas, que, por sus especiales características como profesionales liberales, tienen que convertirse en verdaderas heroínas a la hora de ser madres.
Pero hoy no voy a insistir en todo eso que ya sabemos. Me voy a limitar a recordar lo que hemos avanzado desde que, en los años 70, todavía existía la licencia marital hasta todo lo que hemos conseguido hoy en día. La ley del divorcio, la del aborto, la ley de igualdad o la ley integral de violencia de género han sido hitos en esa carrera hacia la igualdad que llevamos tanto tiempo disputando. Una carrera de fondo, pero no exenta de obstáculos.
Hoy, sin embargo, voy a acordarme de aquellas que tienen dificultades hasta para tomar la salida. O de las que, aunque la tomaron, se han visto abocadas a dar pasos atrás que las deja más allá de la línea de salida. Porque en el mundo hay millones de mujeres que luchan porque se les reconozca lo básico: la dignidad. Mujeres que arriesgan su vida por cosas que aquí nos parecen nimias, como llevar bien puesto un pañuelo o bailar en la calle.
Este año tuve la inmensa fortuna de conocer a dos de esas juezas afganas que consiguieron salir del país y con ello salvar la vida. Gulalai i Friba, tras muchas dificultades, salieron del país junto a sus familias prácticamente con lo puesto. Dejaron atrás, puede que para siempre, todo aquello por lo que habían luchado, por lo que habían trabajado, por el simple hecho de que llegaron al poder quienes no están dispuestos a reconocer ni uno solo de los derechos de las mujeres. No tuvieron otro remedio, pero, como es natural, añoraban su tierra, su gente y su trabajo. Todavía se me ponen los pelos como escarpias cuando recuerdo que una de ellas pidió llevarse el rótulo donde, debajo de su nombre, ponía “magistrada” porque” no sabíamos lo que eso significaba para ella”. Sé que son varias más a las que ahora, por fortuna, se han unido varias fiscales que, también con ayuda, han conseguido dejar el país. Pero no olvidemos que con salir de allí no está todo hecho. Por el contrario, les queda un largo camino a recorrer que va a ser de todo menos fácil. No las dejemos solas.
Tampoco podemos dejar solas a las mujeres de Irán. Precisamente, de allí era la intérprete que las asistía, y su testimonio en primera persona, a pesar de que lleva años en nuestro país, me removió las entrañas. Las mujeres tienen vetado absolutamente todo, incluso protestar. Con cuentagotas nos llegan noticias de las cosas tan terribles que pasan, como la muerte de una joven por no llevar bien puesto el velo, las condenas a muerte de muchas personas por protestar por ello, incluido un futbolista de la selección de quien nunca mas se supo, las sentencias demoledoras por el mero hecho de bailar en la calle o de fotografiarse en una red social. Y, ya dentro de nuestro espacio, no puedo dejar de citar la condena de una abogada a 38 años de cárcel y recibir latigazos por defender los derechos de las mujeres.
A todos estos, que son solo la punta del iceberg, podemos sumar casos somo los de Malala, la niña que casi pierde la vida por algo tan básico como querer estudiar, los secuestros de niñas en su escuela, o los recientes envenenamientos de otras pequeñas estudiantes.
Suma y sigue La igualdad es un larguísimo camino que se recorre a muy diversas velocidades en diferentes lugares del mundo. Pero las mujeres no podemos hacer otra cosa que estar ahí, que seguir echando mano de esa sororidad de la que últimamente se habla poco y de no resignarnos a nada. Nuestros derechos no son algo que tengan que concedernos, sino que existen y hemos de reclamarlos cada día. El 8 M y el resto de los días del año.
Por todo eso el aplauso es hoy para todas las mujeres del mundo que siguen sufriendo por el simple hecho de serlo. No estáis solas.
Y una vez más, reitero mi agradecimiento a @madebycarol por prestarme su precioso dibujo.
Desde que se inventó la escritura, la humanidad es muy dada a hacerlo constar todo formalmente. O lo más formalmente que se puede. Y así lo refleja el cine, desde las tablas de la ley en Los Diez Mandamientos hasta El informe Pelícano, La caja de música o cualquier otra historia donde los papeles jueguen, valga la redundancia, un papel fundamental. Y es que la historia, al menos hasta la llegada de las tecnologías, se escribía negro sobre blanco.
En nuestro teatro, los documentos tienen un papel fundamental. Un papel demasiado fundamental, incluso, cundo nos empeñamos en que todo conste por escrito una y mil veces a pesar de que se supone que, desde hace años, debería estar instalado el Papel 0.
En realidad, como he dicho más de una vez, la digitalización no ha supuesto en muchos casos otra cosa que tener que repetir el trabajo, analógica y digitalmente. En los lugares, que aún son muchos, donde no se ha instalado el expediente digital –y en algunos donde se ha instalado de cualquier manera- los expedientes se registran, con sus entradas y salidas, en los archivos informáticos, lo cual no nos priva de seguir recibiendo los tomos con sus grapas, sus cuerdas flojas y sus toneladas de papel. Ya podríamos haber creado varios bosques con todo el papel que generamos, pero así seguimos. Sin papel no hay paraíso.
No obstante, con los documentos pasa en Toguilandia algo curioso. Porque no son documentos todo lo que reluce. Aquí puede ocurrir perfectamente que algo parezca un gato, tenga cuerpo de gato, orejas de gato y maúlle como un gato, pero…sea un perro. O un elefante de lunares.
Veamos. Según la RAE, en la acepción que más se acerca a nuestro mudo, un documento es un “escrito en que constan datos fidedignos o susceptibles de ser empleados como tales para probar algo”. Ni que decir tiene que, cuando se habla de “escrito”, parece evocar de inmediato a papel, como no hablemos de los tiempos del Código Hammurabi, en que se escribía a golpes sobre la piedra. Pero en nuestro caso no es siempre así. Ya hace mucho tiempo, antes de que los ordenadores colonizasen nuestros despachos y nuestras vidas, el Código penal consideraba documento la plaza de matrícula de un vehículo automóvil y, por ello, su falsificación se consideraba falsedad en documento público.
Hoy es evidente que los documentos ya no son lo que eran, Atrás quedaron las escrituras de las casas que nuestros padres guardaban como oro en paño, y que ahora pueden encontrarse a un solo clic del archivo correspondiente. Por eso, muchos de los documentos que nos presentan, carecen por completo de la forma de documento de toda la vida. CD –aún son moneda habitual en Togulandia- pendrives y hasta enlaces a internet o a vaya usted a saber qué nube son cada día más frecuentes como medio de prueba. Y no siempre estamos preparados.
El caso de las conversaciones de WhatsApp –o de cualquier otra aplicación de mensajería- pese a ser el pan nuestro de cada día, ha dado lugar a múltiples resoluciones. Literalmente, en el momento en que se trasladan a papel, serían un documento, pero, sin embargo, no constituyen prueba documental salvo que concurran determinadas condiciones, como son que se hayan cotejado debidamente y se hayan comparado ambos terminales, algo que no siempre se hace. Si lo que nos aportan es una simple captura de pantalla, vulgo pantallazo, no hacen prueba., Especialmente interesante es una sentencia del Tribunal Supremo que decía que el pantallazo en sí no era prueba si no se contrastaba con el testimonio de quien hubiera visto que se recibía. O sea, lo que viene siendo un testigo de toda la vida. Para esa cesta no hacía falta tanto mimbre.
Hay muchas cosas que parecen documentos, pero no se admiten como prueba documental porque no lo son. Por ejemplo, las fotocopias de sentencias o las de atestados. En cuanto a los atestados, y a pesar de que los proponemos siempre como prueba documental, hay que recordar que no constituyen un documento en sentido jurídico, sino que tienen valor de denuncia que solo servirá como prueba si son debidamente ratificados en juicio. O sea, que son y no son.
Pero donde la consideración de documentos riza el rizo es en casos como el del recurso de casación, que tiene una vía tan estrecha que siempre me recuerda lo del camello que entra por el ojo de una aguja de que hablaba la Biblia.
Y tal vez el caso más extraño es el del procedimiento del jurado, ese alien jurídico en nuestro sistema, no por el fondo sino por la forma. Aun cuando soy juradista y confieso que disfruto ante un juicio por jurado, todas las prevenciones, testimonios que hay que aportar, con sus copias y recopias, y documentos que hay que señalar resultan francamente obsoletos en la actual sociedad de las TIC. Y ojo que esta ley no es del siglo XIX sino de finales del XX. Pero genera más papel que una imprenta de las de antaño como la que tenía mi abuelo.
Para acabar, queda hablar de los documentos que nunca sabemos si son un tipo de prueba u otra El informe de peritos, como los médicos forenses o cualquier otro que sea necesario u otros como análisis de drogas o de otras sustancias. Son documentos, y pueden impugnarse como tales. Pero si no lo son, se admiten como tales, aunque pueden traerse y discutirse en juicio como prueba pericial. Otra muestra de lo que es y no es.
Seguro que hay más ejemplos. Especialmente en otras jurisdicciones, como la civil, donde hay más tinta y menos sangre, vísceras y sexo. Pero a eso ya le dedicaremos otro estreno.
Y hasta aquí, el post de hoy que, aunque lo imprimamos, nunca será un documento. Como no lo será, tampoco, el aplauso, dedicado hoy a quienes tienen la obligación de leerse, uno tras otro, todos esos tomos que siguen inundando Toguilandia. Es lo que hay