Primer destino: Solos ante el peligro


PRIMER DESTINO

                Todos los artistas recuerdan con cariño su debut, el día que pisaron por primera vez las tablas del escenario. No siempre es un triunfo clamoroso, claro. Es más, generalmente, el papel no es muy lucido y el intérprete, por más que se esfuerce, sale del paso como buenamente puede. Pero sale. Y ahí puede estar el comienzo de una gran carrera.

                Y en nuestra función ocurre exactamente lo mismo. Tras mucho tiempo de preparación, nos tiran al ruedo de la justicia tal cual. Y ya formamos parte de la función, así, sin anestesia. Y comienzan a habitar nuestros estómagos esas mariposas previas al estreno que no deberían marcharse nunca. Y da igual que hayamos hecho prácticas, y asistido a juicios y despachado expedientes. Porque siempre teníamos alguien a nuestro lado. Un más o menos veterano actor que sabemos a ciencia cierta que hará de apuntador cuando nos quedemos en blanco.

                Solo ante el peligro. El título de una película que a muchos se nos viene a la cabeza esa primera vez. Algo que se repite, promoción tras promoción, sean cuales sean los tiempos.

                Ya conté una vez cómo fue esa primera ocasión en que, con mi toga y mis tacones, hice mi primer juicio. Una violación de una mujer octogenaria por un chico que apenas había cumplido los veinticinco, y que entró por su ventana para abusar de ella. Y esa víctima que de resistía a contarme lo sucedido porque yo era soltera, y mujer, y joven, y no debería de escuchar aquellas cosas. Ni que decir tiene que, tras varias tilas, la cosa acabó en condena. Y mi bautismo de fuego superado.

                Antes de eso ya había tenido mis ensayos, claro. El ensayo general fue un apasionante juicio de faltas por un muchacho que había cogido el tren sin pagar el billete. Y ahí estaba yo, informando nada menos que tres cuartos de hora ante la paciencia infinita de la juez y la sonrisa de mi tutor, que más que hacer de apuntador, debía clamar en silencio para que acabara de una vez. A la juez en cuestión, con la que años más tarde he vuelto a compartir sala de vistas, alguna vez le recuerdo esto. Y aún no se ha atrevido a decirme lo pesada que fui. Pero condenó, vaya si condenó…

                Y es que, por más que hayamos ensayado, ese momento en que caes en tu primer destino, y es solo tuyo y de tu entera responsabilidad, da mucho vértigo. Salvo que seas un loco y entonces el vértigo haya de entrarle al justiciable. Y quizás el vértigo sea aún mayor para los jueces, que los fiscales siempre tenemos más cerca a un compañero para echar mano. Incluso, a veces, demasiado cerca, compartiendo mesa, despacho… y hasta posits. Y otro tanto cabe decir de los Letrados, que muchas veces vienen en parejas, como esperando el momento de dar la alternativa al compañero recién llegado a este mundo.

                Yo aterricé en mi primer destino a punto de empezar la Semana Santa, junto con dos compañeras más, con las que creé unos lazos de amistad que nunca se han roto, y a otra que cambiaba de plaza tras poco tiempo en la anterior. Nuestros colegas esperaban ansiosos nuestra llegada para poder tomarse, por fin, algunos días de permiso reglamentario, algo de lo que no habían podido disfrutar por las dichosas “necesidades del servicio” –argumento que igual vale para un roto que para un descosido-. Una buena razón para que nos recibieran con los brazos abiertos, por supuesto.

                Todavía comento a veces con una de esas compañeras de viaje que tardamos cerca de una hora en poner nuestro primer “visto” a algo tan complicado como un sobreseimiento por autor desconocido, sentadas en aquella mesa de despacho que compartíamos con siete fiscales más. Y nuestra primera junta, en que tratando del famoso visado, otro compañero dijo una frase que se quedó para siempre en nuestra memoria y que aún uso de vez en cuando, “el que visa, no es traidor”. Y tantas y tantas cosas.

                Hace no mucho tiempo, y por razones que no vienen al caso, uno de aquellos fiscales que ya estaban allí me recordaba mi aterrizaje en aquella fiscalía, diciendo que recordaba mi llegada como una fiscal joven llena de ilusiones, y que había vivido mi evolución hasta convertirme en una fiscal ya veterana, llena de compromiso. Preciosas palabras que fueron un bálsamo para mí en un mal momento, de ésos que todos tenemos. Aunque no pierdo de vista que el cariño era el principal motor de sus palabras, lo que también se agradece. Y mucho, por cierto.

                Por todo eso, y por mucho más -como decía una vieja canción-, hoy daré mi aplauso, desde mi concha de apuntador, a todos esos que tienen la fortuna de acceder a su primer destino. Los demás, como aquellos compañeros míos, les esperamos ansiosos. Y esperamos no defraudaros

Ilusión: agárrala como puedas


ilusión

                Pocas profesiones requieren un componente tan alto de ilusión, y de vocación, como la de artista. Todos los que hacen del espectáculo su modo de vida comienzan porque su ilusión es tan grande, y tan fuerte, que es capaz de superar todos los obstáculos que se pongan por delante hasta llegar a su meta, brindar su arte al público.

                Y los protagonistas de nuestro teatro no son distintos. Cuando alguien decide poner en stand by su vida entera con tal de conseguir su sitio en estrados, lo hace porque la ilusión, y las ganas, son tan fuertes que pueden con todo. Y necesita que esa ilusión siga día a día, que habite los apuntes y los Códigos porque en otro caso acabará tirando la toalla antes de haber podido apretar el botón de on.

                Pero la meta está más lejos. No basta con llegar a alcanzar el objetivo soñado, convertirse en uno de los protagonistas de nuestro gran teatro. Hay que salir todos los días al ruedo y ofrecer una nueva función. Y para esto, también es indispensable la ilusión, ese bien precioso y preciado que, a veces, se nos escapa entre los dedos como un pez, como decía aquella preciosa canción de Victor Manuel, Solo pienso en ti.

                Aunque no seamos filósofos, ni falta que nos hace, hablamos mucho entre los compañeros de esa etérea protagonista que sobrevuela las tablas de nuestro escenario: la ilusión. De hecho, era una de nuestras peticiones en la carta a los Reyes que hicimos en su día https://conmitogaymistacones.com/2015/01/05/reyes-magos-no-mas-carbon-por-favor/ y no sabría decir muy bien si los Magos de Oriente cumplieron su cometido. Y, mientras algunos afirman que les es esquiva, cuando no piensan que se ha ido definitivamente, otros recuerdan con tristeza cómo conocen a gente muy válida que se viene abajo después de que se la anden cortando hachazo tras hachazo. Y otros más andamos aferrándonos a ella con uñas y dientes, aunque a veces quede colgando de un hilo al borde de un precipicio.

                Porque no es fácil mantener la ilusión por el trabajo bien hecho cuando hay que pelearse con ordenadores, con programas informáticos y con medios materiales del Pleistoceno. Porque es más difícil todavía cuando hay instalaciones donde se pone en juego algo mucho más tangible, nuestra integridad física, con techos que se caen y expedientes que pugnan por dejarnos sepultados bajo su peso. Y también es difícil cuando uno no sabe cuándo saldrá adelante tal o cual asunto por falta de plazas, más aún tras la volatilización de los sustitutos.

                Pero, como las mejores cosas de la vida, la ilusión no se recupera con dinero, con esa anhelada dotación de medios que ignoramos si llegará algún día. O al menos no sólo con ella. Los inconvenientes de un sistema rígido, que no siempre valora a los mejores, que deja que seres brillantes pierdan su luz entre trabas burocráticas y falta de motivación profesional, es la peor enemiga de ese ente llamado ilusión. Y contra esto no es fácil luchar. Que el mundo no anda sobrado de Quijotes.

                Pero hay que tirar hacia adelante, y pensar lo que al público le importa nuestra función. Que aunque a veces cueste hacerse a la idea, esa mujer que se sintió ultrajada por la vecina que la llamó “sucia”,  ese hombre preocupado porque no le reparan los daños de su moto o el dueño de la tienda que ve cómo todos los días le rapiñan las golosinas, esperan de nosotros que hagamos justicia. Que la justicia no es sólo cosa de corruptos, de asesinos, de macroestafas o de ingeniería financiera del más alto nivel. Todos esperan algo de nosotros, y se lo debemos. Y no podemos cumplir si la ilusión se marchó para no volver.

                Ella está ahí. Y solo espera que la recuperemos en esa mujer que por fin se decidió a romper la relación con su maltratador, en esa familia que se sintió confortada porque se hizo justicia con quien rajó su vida por la mitad con un horrible crimen, en ese menor que consiguió salir de un espiral de violencia antes de que le devorara, en ese drogadicto que se rehabilitó y también en ese ciudadano que ve que quienes se enriquecieron con el dinero de todos acaba pagándolo

                Así que os daré un consejo a todos, como el dueño del bar del anuncio de la lotería, con título de película: Agárrala como puedas. Vale la pena el esfuerzo.

                Por eso, hoy no pido aplauso ni ovación para ella. Porque la ilusión no necesita de eso, sólo quiere una casa donde poder quedarse. Así que hagámosle hueco aunque a veces cueste tanto. Cojámosla bien fuerte, y ya sabemos. ¡Arriba las togas!

REDES SOCIALES: UN PODER POR EXPLORAR


VCIA Y REDES 15

                Ya lo decía la vieja canción: “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, y el espectáculo no puede permanecer ajeno a ello. Todos los actores tienen hoy su cuenta de twitter con miles de seguidores, su perfil de Facebook o de Instagram, o un blog, y algunas de las estrellas más rutilantes del panorama musical empezaron difundiendo un vídeo en Youtube. Es el poder de las ya no tan nuevas tecnologías, las hoy llamadas TIC que, como dije en otra ocasión, son algo más que un movimiento espasmódico de algún músculo.

                Pero aquí nuestros protagonistas andan bastantes pasos atrás, al menos los de uno de los lados del banquillo. Porque, así como los abogados –también los procuradores- se han incorporado de modo masivo a la blogosfera y otros mundos virtuales, quienes lucimos puñetas lucimos también una reticencia a las redes que hace juego con la vetustez de nuestra puesta en escena. Y quizás habría que hacérselo mirar.

                En efecto, aunque hay cuentas de twitter de jueces, de fiscales y de secretarios –individuales o colectivas- muy activas, y también muy atractivas, son –somos- una anécdota entre la totalidad de nuestras carreras, que recela mucho del pajarito azul. Y algunas de ellas lo son bajo un pseudónimo que impide conocer la verdadera identidad de su titular, cosa que comprendo y respeto, dicho sea de paso. Y es una pena que seamos tan pocos porque, bien usada, es una herramienta muy útil y puede llegar a ser un arma muy poderosa además de un modo de trabar en algunos casos estupendas relaciones que acaban siendo personales, por qué no decirlo.

                Otras redes, particularmente Facebook, son más utilizadas por nosotros, especialmente en aquellas modalidades que permiten grupos cerrados y una cierta reserva de la publicidad, y son un instrumento fantástico para poner inquietudes en común, consultar temas jurídicos e incluso para hacer terapia de grupo, que ya dice el refrán que “a mal de muchos…”. A estas alturas de la corrida no descubro el misterio de Fátima al hablar del Foro de Fiscales o el de Jueces Indignados. Por razones obvias, no puedo entrar en el segundo, pero respecto del primero puedo afirmar que es muy activo, tanto en participantes que escriben como en aquellos otros que están ahí y solo leen. Lo que también respeto, por supuesto. La libertad de expresión también comprende la de callar si uno no quiere hablar, por descontado.

                Donde si parece que nos hemos incorporado es a los famosos grupos de whatsapp y similares. La supuesta intimidad de hablar entre compañeros con un punto en común –sea asociativo o de pertenencia a una sección, grupo o similares- ha sido mejor recibida que las redes abiertas. Por algo se empieza. Y puedo dar  fe que resulta muy práctico, por más que en ocasiones den ganas de tirar el móvil por la ventana, de tantas alarmas de los diversos grupos en que acabamos metiéndonos. Menos mal que existe esa posibilidad de silenciar grupos para darse un kit kat atecnológico de vez en cuando.

                Pero no podemos dar la espalda al mundo real, que hoy es más virtual que nunca. Como he dicho antes, las redes bien usadas pueden ser una poderosa arma. Lo estamos viendo contantemente quienes trasteamos en ellas. Un claro ejemplo es esa plataforma llamada Brigada Tuitera que, armada y pertrechada de sus respectivos teléfonos móviles, llena los dominios del pajarito azul de estrellas rojas con una #T en medio, y que pretende pelear por algo tan obvio como una justicia ágil, eficaz e igual para todos, de ahí que su santo y seña sea la lucha contra las tasas judiciales, aunque no es el único caballo de batalla. Su mensaje, canalizado en esencia vía twitter, ha traspasado y llegado a otros mundos más allá del virtual, y ya se han hecho eco de su existencia varios medios de comunicación. Porque los juristas no podemos permanecer ajenos a la realidad.

                De otra parte, también resultan verdaderamente útiles otros grupos destinados a compartir información de nuestro interés, de los que en los últimos tiempos he conocido varios gracias a la generosidad de un compañero de la carrera hermana, que se lamentaba de la poca implantación que instrumentos como éstos tienen aún entre nosotros. Y es que muchos no saben lo que se pierden.

                Así que hoy la ovación es virtual, y va virtualmente destinada a todos los que, desde el ciberespacio, se animan a compartir experiencias, a desvelar inquietudes, a reivindicar y a hacernos, en definitiva, más cercanos. Porque el futuro ya está aquí. Sin necesidad de que vengan desde una nave espacial a desvelarlo… ¿o tendremos que esperar a que venga la señora de la lejía en versión togada a contárnoslo?

TRABAJO PARA CASA: DEL ATTACHÉ AL TROLLEY


deberes

                Cuando pensamos en el trabajo de la farándula, pensamos en él como algo glamuroso, como ese momento de brillo y esplendor en el escenario y, en su caso, en la alfombra roja camino del estreno o de la recogida de la ambicionada estatuilla dorada. Y es normal, es lo más vistoso y, desde luego, lo más atractivo. Pero muchas veces perdemos de vista que para representar el papel a la perfección, el intérprete ha tenido que pasar horas ensayando en su casa, o que para elaborar ese estupendo guión, el escritor ha pasado día tras día peleándose consigo mismo ante la pantalla del ordenador, al igual que el diseñador de decorados, el figurinista, el director de la obra y cualquier otro de los que intervienen en ella. Y es que claro, no es oro todo lo que reluce. Y además de trabajar en la función han de llevarse, como los niños, deberes para casa.

                Y a los protagonistas de nuestra función nos pasa exactamente lo mismo. Representamos nuestros papeles en la obra, pero para hacerlo bien, hemos que tenido que llevarnos deberes para casa. Aunque mucha gente crea que cerramos el chiringuito a mediodía, lo cierto es que lo nuestro es una función en sesión continua, y los asuntos se vienen con nosotros, en nuestros maletines, y también en nuestras cabezas. Es inevitable.

                Cuando hace más tiempo del que quisiera andaba dándole vueltas a mi flamante título de Licenciada en Derecho pensando qué haría a continuación, tuve un debate al respecto con mis amigas. Una de ellas decía muy seria que quería hacer una oposición para tener un trabajo que no la obligara a llevarse deberes. Evidentemente, descartó de plano la judicatura, la fiscalía y, desde luego, el ejercicio privado. Y acertó, sin duda, si eso era lo que pretendía. Aunque se ha perdido muchas satisfacciones también, justo es reconocerlo.

                Hoy día, por si alguien tiene dudas de si nos llevamos tarea para casa, contamos con la repetida imagen de una conocida y hierática miembro de la judicatura que pasea su trolley cada vez que es captada por las cámaras. Y juro que no es pose. Que la mayoría –por no decir todos- arrastramos literalmente el peso de la ley de ida y vuelta a casa. Sea en maletas, bolsas o mochilas, que para gustos hay colores.

                Aunque, de un tiempo a esta parte, hemos pasado del sobrio maletín de cuero que nos obsequiaba alguien cuando aprobábamos a esas maletas con ruedines de ahora que al menos nos evitan contracturarnos el esternocleidomastoideo, el fin es el mismo: trasladar expedientes. Dicho de modo más cursi, del Attaché al trolley, como aquella película titulada Del rosa al amarillo. Una evolución lógica, como han evolucionado los tiempos. Ya no hemos de llevar agenda ni Códigos, basta con un dispositivo móvil. Y, sin embargo, los expedientes siguen exactamente iguales, con sus tapas de cartón, su cuerda floja, sus piezas y sus tomos, pugnando por desgraparse en cualquier momento. Porque siempre hay cosas que no evolucionan como debieran.

                El caso es que, transportemos como transportemos el peso de la justicia, seguimos como cuando éramos niños, llevándonos deberes y acostándonos tarde cuando no los hemos acabado. Y recordando a nuestras madres, cuando nos reprendían para dejarlo todo para el último momento. Tanto tiempo, y aún no hemos aprendido a organizarnos, nos diría a buen seguro. Y a ver cómo decimos eso ahora a nuestros retoños…

                Yo confieso que he torturado a mis pobres hijas más de una vez usándolas de miembros de jurado mientras ensayaba el informe del día siguiente. Ahora reconozco que, cuando me ven papeles en ristre, huyen como alma que lleva el diablo y les surge, de repente, la necesidad de estudiar, hacer un trabajo e incluso de ponerse con tareas domésticas. Ya no las vuelvo a pillar, me temo.

                Pero no todo el trabajo que nos llevamos a casa cabe en un maletín, con o sin rueditas. El más duro, el más pesado, es el que nos llevamos en la cabeza, o agarrado al alma. Esa mujer a la que no convencimos para que denunciara pese a que apenas podía abrir el ojo del puñetazo que le arreó su pareja, ese asunto del que no acabamos de encontrar la prueba, ese procedimiento que nunca tiene fin, el testigo esencial que nunca comparece, la pericial que no llega mientras la sombra de la prescripción nos acecha…

                Como he dicho, es inevitable. Harían falta muchas plazas, y muchos medios, para que no tuviéramos que llevarnos deberes para casa. Y pudiéramos dedicarnos, por ejemplo, a estudiar y ponernos al día en todas esas reformas con las que nos torpedean día sí día también.

                Y, mientras ese día llega –si es que llega-, un grandísimo aplauso para todos aquellos que se esfuerzan en hacer las cosas bien y a tiempo. Aunque sea a costa de su tiempo de ocio o de descanso. Porque lo merecen.

EL JUICIO FINAL: ¿CÓMO SERÍA?


juicio final (1)

                Todos conocemos  miles de predicciones sobre el fin del mundo: el del milenio, Nostradamus, el efecto 2000, y más recientemente, el que predijeron los mayas. Películas como La Profecía, Independence day, Armaggedon, El día después o La guerra de los mundos se han dedicado a ello. Pero ninguna desde nuestro particular punto de vista, el de nuestra función. Y sería interesante hacerlo

¿Qué representación daríamos llegado el día anuniciado? Lo primero, si no empezara la hecatombe, habría que plantearse denunciar a los profetas por estafa, y meterles un buen paquete por publicidad engañosa, faltaría más. Aunque dado el tiempo transcurrido desde sus profecías, quizás no nos serviría de gran cosa, porque habría prescrito. Todo depende si empezamos a contar desde que hicieron la dichosa predicción o desde el momento en que ésta despliegue sus efectos… claro, que a lo mejor no queda ya nadie cuando se tenga que dar una solución al tema.

                Pero ¿y si es que sí y hoy fuera el día del profetizado fin del mundo? ¿Qué harían en los juzgados de guardia para tramitarlo? Puede que lo más práctico fuera un juicio rápido, no vaya a ser que no nos dé tiempo a acabarlo, y en vista del apremio, no se pueden dejar diligencias por practicar. Pero, bien pensado, con una pena prevista como la de la condenación eterna, tendría que utilizarse un proceso de más enjundia. Jurado no podría ser, que va a ser difícil encontrar personas para componerlo.

                ¿Y el autor?¿Será Dios, sea el nuestro, el de los mayas o cualesquiera otro a los que se rinda culto? ¿Y dónde se le detiene? ¿En el cielo? Pues va a estar difícil, que igual lo ha embargado un banco, y están con las prisas de pedir la prórroga del lanzamiento para evitar el desahucio, ahora que igual se les llena el chiringuito. Y eso, si San Pedro está por la labor, que igual también han tenido que hacer un ERE en el cielo, y no sabe si le llegará el despido o la reducción de jornada. Y con esa situación, a ver quién es el guapo que hace una entrada y registro allí arriba.

                En cualquier caso, habrá que ver de qué delito se trata. Violencia de género no puede ser, que las relaciones de Dios con los mortales no son de pareja, que se sepa. Pero seguro que es violencia doméstica, porque si todos somos sus hijos, está claro que las víctimas entrarían en el círculo familiar. Y eso supondría un problema, y bien gordo, porque, como nos acojamos al derecho de no declarar contra los parientes, nos quedamos sin testigos y no queda otra que archivar el asunto.

                Y encima, un problemón más es dilucidar cuál sea el Juzgado competente. Dios debe ser aforado seguro, y si al Presidente de Gobierno, caso de cometer un delito, tendría que juzgarlo el Tribunal Supremo, pues a saber quién tiene competencia en este caso, que el imputado manda mucho más. ¿Quizás el Tribunal Penal Internacional? Pues eso, burocracia y más burocracia cuando tan justos vamos de tiempo. Y podría elevarse una consulta a la Fiscal General del Estado, pero no sé si llegaríamos a tiempo de conocer su decisión.

                Y todo eso si no se le endosa la guardia al último pringado o a algún interino. Total, es un trabajo que no se va a cobrar, porque de aquí a que paguen ya ha acabado el mundo seguro… Y encima, si la pifian, tampoco dará tiempo a recurrir…

                Así que yo les aconsejo que, llegado el día, salgan con dinero de casa, no vaya a ser el juicio final y no podamos entrar por no pagar las tasas. Y con algo de dinero, quizás puedan conseguir que, con lo de la privatización, el juicio final se celebre ante un notario, vaya usted a saber.

                En cualquier caso, los que sobrevivan, que no se olviden de reclamar los daños y perjuicios, que tienen derecho. Lo que ya no sé es quién quedará para resolver la reclamación.

                Y por supuesto, todo el mundo atento a lo que hace, no vaya a ser que cometamos cualquier ilegalidad en el juicio final, nos declaren la nulidad del juicio, y toque repetirlo… y otra vez la misma historia.

LA SOCIEDAD: ¿JUSTICIA O VENGANZA?


BALANZA

Este estreno es especial. Nuestro teatro quiere dar entrada a una special guest star, mi compañera CARMEN LOPEZ. Dejo hoy las riendas de la función en su batuta. Seguro que los disfrutamos todos

¿Por qué lo llaman Justicia cuando quieren decir Venganza?

El título de la película “¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?” bien podría ser disfrazado con una toga e interpretar el papel protagonista de “¿Por qué lo llaman Justicia cuando quieren decir Venganza?”.

Determinadas situaciones, noticias o resoluciones judiciales hacen sublevarse al pueblo (que volverá a dormitar hasta que sea nuevamente despertado a golpe de noticia) reclamando justicia cuando en realidad reclaman venganza. La venganza única y exclusivamente puede ser entendida desde el dolor, la ira, la impotencia…Esos sentimientos de una familia al que le han arrebatado de forma violenta a un ser querido jamás pueden ser saciados ni satisfechos; ninguna resolución, ni la más terrible de las condenas será justa para ellos. Si entendemos por justicia dar a cada uno lo que le corresponde, ¿cómo podrá ser justa una decisión, resolución que no devuelve al ser querido? Jamás considerarán que hay o ha existido Justicia.

Ante la comisión de determinados crímenes (delitos en general), aparecen dos posiciones o valoraciones: la del malo de la película -o si se me permite la expresión “el hijo de puta de turno”- que solicita o impone la pena más elevada; convirtiéndose este mismo personaje en el bueno de la película si la valoración se realiza desde el punto de vista de las víctimas que ve así en cierto modo satisfecho su dolor.

Sin embargo, esos papeles o esa valoración se invierte en aquellos supuestos en los que –aún cuando en el foro interno tengas tu convencimiento de la autoría, generándose los sentimientos más negativos que se puedan imaginar- no es posible atribuir con pruebas concretas, claras y concluyentes, lejos de toda duda, que una determinada “persona” ha sido el autor de ese crimen o conducta tan execrable. Es en estos casos, en los cuales a su vez suele aparecer un tercer elemento cual es el clamor u opinión popular, en los que la reclamada Justicia va perdiendo seguidores y se va disfrazando de Venganza la cual en la necesidad de saciar su hambre convierte en autor, responsable a cualquier chivo expiatorio contra el que arremete.

No pretendo con estas letras –al considerar que excede de este foro- proceder al análisis de resoluciones o actuaciones judiciales (ni de las que aparecen en los medios y de las cuales todo el mundo opina, ni de las que pasan desapercibidas o son desconocidas) ni puedo extenderme más en las mismas sin teñirlas de tintes subjetivos en los cuales no quiero incurrir -aún en el pleno convencimiento que nuestra huella o signo de identidad se plasma en cada uno de nuestro actuar- pero es necesario decir que más justa es una absolución por carecer de pruebas (presunción de inocencia) que una condena, aún en la creencia que la persona es inocente, sin más pruebas que el clamor popular o el que una persona en su día fuera señalado con un dedo; y sí quisiera invitarte a la reflexión serena y calmada, no inducida por el entusiasmo o la pasión de un determinado momento, ¿queremos justicia o venganza?, ¿preferimos un culpable en la calle o un inocente en la cárcel?, ¿hacemos desaparecer todos los derechos, sea cual sea el lado en el que nos encontremos?…

JURISPRUDENCIA: MAYOR Y MENOR


    POSITS

           Siempre han existido obras de culto. Películas o representaciones teatrales que son para todos un referente y que sirven de inspiración y modelo. Antológicas, como Candilejas, y muchas que hablan del propio espectáculo, como Eva al desnudo, Cantando bajo la lluvia, A chorus line o Shakespeare inlove, por poner algún ejemplo.

                En nuestra función esos referentes son de otro tipo. En blanco y negro, y publicados en el BOE, para más señas. La jurisprudencia del Tribunal Supremo, las Circulares e Instrucciones de la Fiscalía General del estado, y otras resoluciones “menores” son esos modelos a seguir, imitar.. y hasta a veces a evitar, que la excepción confirma la regla.

                Lo bien cierto es que son nuestra guía y nuestro referente. Aunque no todo ha de seguirse a pies juntillas. Recuerdo a un Magistrado que solía decir que “no hay mejor jurisprudencia que la propia”, y a un Fiscal que afirma que “las Circulares están para rodearlas”, cuyo anonimato seguiré guardando celosamente por lo que pudiera pasar. Pero la regla general ha de ser seguir esos criterios, sin perjuicio de razonar y usar los mecanismos legales para apartarse de ellos. Faltaría más.

                Todo el mundo tiene una idea aproximada de qué es una sentencia del Tribunal Supremo, y que cuando son varias crean una jurisprudencia que fijará un criterio para casos similares. El problema viene muchas veces en determinar cómo son los casos de similares. Pero para eso somos personas, y no simples máquinas en las que introducir el supuesto de hecho para que dé una solución. Si así fuera, sobraríamos. Y no es el caso.

                De lo que no se sabe tanto es de las Instrucciones de la Fiscalía General. A ese respecto, sólo me esforzaré en remarcar que establecen criterios jurídicos en la aplicación de las leyes. Jurídicos, repito, para los escépticos. Aún no me he encontrado ninguna que siente criterios de otra especie.

                Y menos se sabe aún de las resoluciones de otros órganos que fijan los criterios en otroa ámbitos del Derecho, como las Resoluciones de la Dirección General delos Registros y el Notariado. A cada uno lo suyo.

                Pero no todo está en lo que resuelven los órganos centrales de cada institución. Existe la llamada jurisprudencia menor, que, según nos contaron, es la que emana de otros órganos, como Audiencias Provinciales. No vinculan, pero sirven de guía. Y cabría decir lo mismo que respecto a lo demás en cuanto a la similaridad del supuesto de hecho.

                Y ahí no acaba la cosa. Hay una microjurisprudencia que a mí me gusta casi más. Y que resulta más útil e incluso más vinculante que la publicada en el BOE. Me refiero, ni más ni menos, que a positprudencia, que no es otra, que la doctrina contenida en esos pequeños papeles adhesivos y que muchas veces determina el curso de la causa. Ahí se contienen mensajes cifrados entre los intervinientes –“esto es lo que hablamos”-, órdenes –“minutar”, “resolver”, ruegos –“informa sobre procedimiento a seguir”-, hojas de ruta –“firma y notificar”, jerarquización por urgencia –“causa con preso”, determinación de competencia –“violencia de género”-, fijación de plazos –“contestar en 3 días”, establecimiento de fase procesal –“a recurso”, advertencias -«ojo»- y miles de cosas más, algunas de las cuales no podría confesar en público por pertenecer al secreto no sumarial. Pero quede claro que un procedimiento sin posits es como una noche sin luna: siempre existen, aunque estén escondidos. Si hay luna llena, cuarto creciente o cuarto menguante, o si es luna nueva o hay eclipse, dependerá de la dificultad del asunto, de la pericia o falta de ella del juez o del fiscal, de la fluidez de sus relaciones y de las de éstos con Secretario Judicial y funcionarios. Pero siempre hay alguno. De hecho, se pensó en rodar un Cuarto Milenio sobre una causa sin posits y no fue posible: no encontraron ninguna.

                Pero cuidado. Los posits, como las armas, las carga el diablo, y hay que tener mucho ojo con que no se incluyan en las copias a las partes ni lleguen a quien no es su destinatario. Una de mis anécdotas preferidas –entre las confesables, claro- fue la de una causa que llegó a Fiscalía con un pósit que rezaba “al Fiscal cagando leches”, y en la que el fiscal en cuestión, tras despacharla con la celeridad requerida, pegó otro pósit que decía “al juez por el mismo conducto”.

                Así que hoy no voy a pedir el aplauso para quienes emiten la jurisprudencia oficial, que ya reciben bastantes parabienes. Hoy, el aplauso y ovación lo pido para todos aquéllos que día a día resuelven todos los asuntos, grandes, pequeño y medianos, ésos que no llegaran al Supremo ni crearán jurisprudencia. Y por supuesto, para la imprescindible positprudencia

CONDICIONES DE TRABAJO: ¿DÓNDE ESTAMOS?


SEGURIDAD TRABAJO

                Nuestro espectáculo continúa. Día tras día, quienes en ella trabajamos hacemos nuestra la labor lo mejor que sabemos, o que podemos. Aunque a veces no es fácil.

                En ocasiones, el brillo de los focos nos deslumbra, o deslumbra al público, y olvidamos que somos eso: trabajadores. Ni más ni menos. Y como tales, debemos ejercer nuestra profesión en unas condiciones dignas y adecuadas al servicio que prestamos. Aunque también en ocasiones parezca que seguimos en la época de los Tiempos Modernos de Charlie Chaplin. O poco menos.

                Acabo de leer hace unos días sobre la aprobación de un Plan de Riesgos Laborales para la judicatura. Hace unos días, repito, y estamos en 2015.Por eso, no sé si alegrarme o morirme de tristeza. O ambas a un tiempo…

                Me explico. Toda mejora en nuestras condiciones laborales es una buena noticia, sin duda, aunque de momento se centre en jueces y magistrados únicamente. Pero que hayamos tenido que esperar hasta bien entrado el siglo XXI para que se plantee dice mucho de muchas cosas. No deja de ser paradójico que aquellos que tenemos por misión hacer cumplir la ley hayamos vivido durante tanto tiempo sin que ésta se cumpla para nosotros. En casa del herrero, cuchillo de palo.

                Porque de aquello de predicar con el ejemplo, nada de nada. Hacemos todos los días juicios en donde se cuestionan las condiciones de trabajo de muchas profesiones, condenamos por la falta de ellas y hasta en Fiscalía contamos con nuestra propia sección de siniestralidad laboral, y es como si la cosa no fuera con nosotros. Por culpa de aquéllos a quienes corresponde poner los medios, y también por culpa nuestra, que no hemos protestado lo suficiente o no lo hemos hecho suficientemente alto.

                Por lo que afecta a los jueces, ha tenido que fallecer un magistrado por un infarto tras lo que han descrito como unas condiciones infernales de trabajo para que algo se mueva. Porque es muy sencillo saber que un obrero que sube a un cuarto piso sin arnés  pone un grave riesgo su vida, pero no es tan fácil, al parecer, saber que un profesional que dedica miles de horas a despachar asuntos bajo una considerable presión, también pone en riesgo la suya.

                Y no sólo es eso. Hay muchas cosas más, como instalaciones faltas de los requisitos más elementales, falta de un adecuado cómputo de las horas de trabajo y de libranza, carencia de material sanitario adecuado para atender una emergencia, falta de regulación de enfermedades profesionales. Que cualquiera termine la lista a su gusto. Daría para varios post.

                Y en cuanto a los fiscales, la cosa es si cabe peor. Llevamos años resignados a realizar nuestro trabajo en cualquier despacho que tengan a bien asignarnos, algunos sin luz natural, otros sin calefacción en sitios fríos, y otros asándonos a fuego lento. Y ni un iglú ni una sauna finlandesa son lugares adecuados para trabajar día tras día ni hora tras hora. Y esto vale no solo para los fiscales, sino para otros muchos trabajadores de nuestra función. No me cabe duda.

                Debería ser ya el momento de hacer algo. De que se tomen cartas en el asunto y tengamos, de una vez, unas condiciones laborales dignas y seguras. Quizás habría que etiquetar los expedientes, como los paquetes de tabaco, con una leyenda que dijera “la justicia perjudica gravemente la salud”.

                Voy a ver si lo propongo a quien corresponda. Dejo mientras tanto en suspenso mi aplauso, a la espera de la respuesta…

MODERNIZACIÓN: HORIZONTES LEJANOS


FISCALES 3.0

Modernización. Palabreja poco moderna donde las haya porque, allá donde se use, presupone la existencia de algo viejuno, algo que hay que airear a cualquier precio. Pero claro, bien pensado que en Historia la Edad Moderna ya acabó hace algún que otro siglo, dando paso a la Edad Contemporánea, tal vez habría que comprender que por lo que tenemos que apostar es por la contemporaneización. O todavía mejor, por la futurización. Cuán largo me lo fiais…

Y todos, todos, necesitamos modernizarnos –o futurizarnos- Es evidente que el espectáculo así lo hace día a día, a pasos agigantados. Del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color y de ahí a las tres dimensiones. Hasta el infinito y más allá.

Y en nuestro teatro también queremos, vaya que sí. Pero es difícil ofrecer un espectáculo en tres dimensiones y con todo lujo de efectos especiales cuando muchas de las normas que rigen el procedimiento datan de muchos años antes de El cantor de jazz, película que determinó el paso del cine mudo al sonoro. Por poner solo un ejemplo, cuando entró en vigor la Ley de Enjuiciamiento Criminal, aun faltaban unos añitos para que Charles Chaplin naciera. Con eso lo digo todo.

Pero nada es imposible. Así que los protagonistas de esta función debemos esforzarnos hoy más que nunca a acoplarnos a los tiempos. Es más, deberíamos adelantarnos a ellos, porque sólo de este modo podemos servir de un modo efectivo y eficiente al ciudadano. Aunque nos lo pongan difícil.

Pero no podemos poner excusas para intentarlo. Y deberíamos empezar por preguntarnos si realmente hacemos este esfuerzo por ofrecer un espectáculo acorde con los tiempos. Aunque quizás no nos agrade del todo la respuesta. O tal vez sí.

Por empezar por lo más visible, la puesta en escena, no podemos negar que a ojos de muchos resulta caduca, y, sobre todo lejana. Togas, placas, medallas, cortinajes y discursos no casan del todo bien con el paso de los tiempos. La tradición está bien, pero no le vendría mal una pátina de modernidad o al menos una pasada por chapa y pintura. Y al lenguaje también le haría falta un buen repaso, para que lo entendieran aquellos a quienes va destinado, y no fuera una jerga ininteligible que necesite de un jurista como traductor. Habría que recordar que no es más listo quien más palabrejas utiliza, sino aquél que hace fácil lo difícil. Así de simple.

Y en este repaso, también tendríamos que examinarnos los protagonistas. Más allá de que los medios que pongan a nuestra disposición hagan juego con la vetustez de algunas leyes, sería preciso plantearnos si de verdad queremos ingresar en el presente. Entender que la tecnología es una aliado, no un enemigo, que las redes sociales no atrapan a nadie si se saben usar y que tienen un poderoso poder de transmisión, que los medios de comunicación no son el diablo reencarnado sino el vehículo por el que nuestro trabajo viaja hasta el ciudadano. Y por supuesto, que TIC es algo más que un movimiento involuntario de un músculo del cuerpo.

Solo si así lo planteamos, conseguiremos llegar del Fiscal, o el Juez, o el Letrado 1.0 al Fiscal, juez o Letrado 3.0, ese ser que toma los medios a su disposición y los usa en beneficio del servicio público al que se debe. Ni más ni menos.

Así que, aunque el telón se nos raje, los focos se fundan o las tablas del escenario crujan, esforcémonos en dar al público una representación digna del siglo XXI. Hagamos un esfuerzo por futurizarnos y tal vez aquellos a quien corresponda se vean obligados a hacer un esfuerzo parejo por futurizar nuestro entorno.

No es fácil, pero nada es imposible, como decía. Y nuestro público se lo merece todo. O seguiremos ofreciéndoles una y otra vez El día de la Marmota. No olvidemos que ya estamos en el año que Regreso al futuro databa como futuro. Aunque más bien sea un futuro imperfecto.

¿Podremos conseguir que esos Horizontes lejanos de modernización se tornen Horizontes de grandeza? Parte de ello está en nuestra mano. Más allá de lo que nos permitan las Candilejas. Así que vamos a ello. Nos jugamos la ovación, el aplauso, y el Óscar.

ANIVERSARIOS: CELEBRACIONES VARIAS


                A los artistas les gustan las fiestas, como a todos. Y no pierden oportunidad de celebrar alguna, sobre todo aprovechando que se celebra algún aniversario con número redondo. Y los cumpleaños, cómo no, dan para mucho en la farándula. ¿Quién no recuerda aquella Marilyn del “Happy Birthday Mr. President”?

                Pues en nuestro teatro gustan como nada estas celebraciones. Cualquier excusa parece buena para hacer una fiestecilla o para darse pisto, por qué no negarlo. Y por menos de nada nos montamos un sarao de los nuestros, con mucha toga, mucha pompa, y mucho de todo. Bueno, mucho de todo menos cercanía al ciudadano, que de eso nos falta un rato.

     IMG-20150106-WA0018

          Por aquí por mi tierra, sin ir más lejos, acabamos de asistir a una de esas celebraciones: el décimo aniversario de la Ciudad de la Justicia. Que hubiéramos celebrado más a gusto si en vez de todo ese fasto, nos hubieran dado para conmemorarlo unos modernos equipos informáticos, por ejemplo, o unos simples bolígrafos, grapadoras o post-its de esos que pedíamos en la carta a los Reyes. No hubiera estado mal que los repartieran a la salida, como los puros en las bodas. Pero mucho me temo que nos quedan unos cuantos cumpleaños hasta que se cumplan nuestros deseos. O mejor dicho, nuestras justas aspiraciones.

           Pero no sólo los edificios cumplen años. Las leyes también lo hacen, y, al menos respecto a algunas, también gusta celebrarlo. Recuerdo que mi primer Código Civil tenía por subtítulo “el centenario de una gran obra legislativa”, ahí es nada. Y hace apenas unos días estaban dándonos la lata por activa y por pasiva con el décimo aniversario de la Ley Integral contra la Violencia de Género. Y sea por muchos años, faltaría más.

          Sin embargo, en otra galaxia muy lejana, otras leyes permanecen y aguantan el paso de los años con achaques por doquier sin que nadie celebre sus cumpleaños, no vaya a ser que nos percatemos de que están pidiendo a gritos su marcha al balneario de las leyes derogadas. Ancianita y achacosa está nuestra ley de Enjuiciamiento Criminal, que ya tiene más de cien años, al igual que la Ley de Indulto, o la de préstamos usurarios, y ya ronda los cuarenta el reglamento que desarrolla el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, por arrimar el ascua a mi sardina. Pero de éstas no toca celebración, que no están las pobres para aguantar mucho jolgorio.

         Pues bien, también nuestro teatro tiene ahora su fiestecita: nada menos que medio año de sesión continua, dando funciones dos veces por semana, con ya más de cincuenta representaciones, y superando ya las 34.000 visitas, nada menos. Y tan frescos, mientras queden ganas y el cuerpo aguante, que para eso estamos mi toga, mis tacones y yo misma, con todos mis personajes, que siempre me acompañan.

      Así que, arriba esas togas, que estamos de fiesta. Prometo no montar ningún pomposo evento con togas, becas, medallas y cortinajes rojos. Que no hay mejor celebración que seguir peleando para que la justicia sea eso, justicia. Con toga, con tacones y con lo que se presente.

        Y a ver quién es el guapo, o la guapa, que me canta el Happy Birthday… Igual supera a Marilyn. En nuestro teatro estamos esperándolo ansiosos. ¿Alguien se anima? Nos guardamos el aplauso para entonces.