Toma de posesión: mi nueva fiscal jefa


              El hombre propone y Dios dispone. Es un refrán del que todo el mundo ha echado mano alguna vez, aunque ni siquiera crea en algún dios. Y yo lo haré hoy. Porque lo sucedido en mi tierra nos ha vuelto del revés el alma y el estómago. Pero hay que vivir Lo que queda del día y, sobre todo, El día después, por citar dos títulos de películas y no faltar a mi costumbre.

              En nuestro teatro, en principio, nos afecta profundamente cualquier catástrofe que altere nuestras rutinas diarias, pero lo que ha ocurrido es mucho más que cualquier catástrofe y los resultados van mucho más allá que alterar rutinas. Por eso no puedo escribir nada sin acordarme antes de todas las victimas de la terrible Dana que ha azotado mi tierra, y de todas las personas que todavía sufren y sufrirán por ello. Vaya para ellas toda mi solidaridad y todo mi cariño.

              Y, entre esas cosas que no tendrán lugar, había un acto muy importante para una persona a la que quiero y admiro, no sabría decir por qué orden. Pilar, mi compañera de toda la vida, la que preparaba la oposición conmigo y fue mi compañera de piso cuando ambas aprobamos, tenía que tomar posesión como nuestra nueva y flamante fiscal jefa provincial de Valencia. Se lo dije cuando lo supe, y se lo digo ahora: no puedo estar más feliz y orgullosa. Porque ella es de esas personas respecto de las que una puede sacar pecho y decir “es mi amiga”.

              Pero, además de ser mi amiga, es una jurista excepcional. No solo conoce la ley, sino que sabe perfectamente cómo utilizarla para conseguir adaptarla, sin forzarla, a cada situación, para dar soluciones y hacer justicia, que es de lo que se trata nuestro oficio. Y todo, siempre, con una sonrisa y un gesto amable, que la efectividad no tiene porque ser rígida ni antipática, ni dar gritos ni puñetazos en la mesa.

              He compartido con Pilar nuestro primer destino, Castellón, y también fuimos juntas a Gandía y más tarde a Valencia. Compartimos especialidad en violencia de género hasta que ella, espíritu inquieto donde los haya, cambió de tercio, sin perder la sensibilidad ni e conocimiento de una materia tan delicada como esta. Y llevó delitos económicos, y seguridad vial hasta recalar, en sus últimos tiempos, en una especialidad tan complicada y poco conocida como la de contencioso-administrativo, que en nuestra fiscalía va combinada con el Derecho laboral y mercantil Y os aseguro que pocas personas saben tanto de eso como ella. Bueno, de eso, y de mucho más. Y os aseguro que ahora no es la amiga la que habla, sino la fiscal. Una fiscal orgullosa de pertenecer a la misma carrera que ella.

              Hoy tenía que haber sido un día inolvidable en la vida de Pilar. Tenía que haber tomado posesión del cargo de fiscal jefa provincial, y tenia que haberlo hecho rodeada de todas las personas que la queremos y admiramos, amadrinada por la Fiscal de Sala de menores y con la asistencia del Fiscal General del Estado entre otras autoridades. Pero no ha podido ser del modo que estaba previsto. Ha tomado posesión, desde luego, porque es un acto oficial e ineludible, pero las circunstancias han convertido lo que tenía que haber sido un día de celebración en un acto más sencillo, aunque igualmente entrañable, porque nadie tiene el cuerpo para grandes celebraciones. Por desgracia.

              No obstante, este humilde escenario toguitaconado que dirijo desde hace años no quería dejar a mi amiga sin un regalo especial. Y, a falta de un acto alegre, como hubiera sido en otro caso, te dejo mis letras, escritas con todo el cariño. Espero que sirvan para que, al menos, tengas un mejor recuerdo de ese día. Y también para que el mundo sepa la suerte que tenemos en Valencia de tener una fiscal jefa como la que tenemos

              Así que no sé si seré la primera en felicitarte, pero sí la más entusiasta. Y a buen seguro que mucha más gente se une al aplauso que, desde este espacio, doy a nuestra nueva fiscal jefa, aun arriesgándome a que me llamen «pelota». Gracias por haber sido tan valiente como para asumir este reto.

Pobreza: La manta de cuadros


Y hoy, un relato para reflexionar, y algo más. Que lo disfrutéis y, si es así, podéis dedicarle el aplauso a su protagonista. A él, y a tantos como él que ni siquiera vemos

  • -Mamá ¿dónde está?
  • ¿Quién, hija?
  • Pues ¿quién va a ser? Nuestro pobre
  • ¿Cómo que nuestro pobre?
  • Pues el nuestro, el que se ponía aquí -mi hija señaló el hueco que había entre el portal de mi casa y el cajero automático- El de la manta de cuadros.

            Mi hija consiguió que se me cayera la cara de vergüenza. Con solo seis años, había sido capaz de ver todo lo que yo no había visto, con toda mi experiencia y con todo mi supuesto compromiso por los derechos humanos. Y es que, por más que me esforzara, no conseguía recordar a la persona a la que ella se refería. Ni siquiera me había dado cuenta de que siempre estaba ahí, de que siempre era el mismo. Mi propia hipocresía me saltó a la cara

  • No está, mamá. Ayer ya no estaba
  • Pues no sé, hija
  • ¿Y si le ha pasado algo? -una lágrima le empezó a brillar en el ojo, a punto de caer- Tenemos que enterarnos
  • ¿Y cómo vamos a saberlo?
  • No lo sé -me sonrió- Pero tú seguro que sí lo sabes. Las mamás lo saben siempre todo. ¿A que sí?

            Ahora sí que me había metido en un buen lío. O encontraba a aquel hombre del que no sabía absolutamente nada, o defraudaría a mi hija. Además de demostrarme a mí misma que era una impostora. Tenía que encontrarlo. No me quedaba más remedio.

            Empecé preguntando en el bar de enfrente. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. El dueño solo supo decirme que por fin de habían llevado a aquel tipo, que le espantaba a los clientes. Cuando lo llamó “despojo humano” ya no quise seguir escuchando. Por ahí no llegaría a ningún sitio.

            No corrí mejor suerte con el resto de vecinos de los comercios de la zona. La mayoría ni siquiera recordaban si el mendigo que pedía en su perta era siempre el mismo o era otro distinto. Y, de repente, cuando ya había perdió la esperanza, la empleada de la panadería se dirigió a mí. Era una chica joven, tan menuda que apenas se la veía, y tan tímida que no había oído nunca su voz

  • Señora -me dijo, tras seguirme hasta la puerta de mi casa- Yo sé que le ha pasado a Feliciano
  • ¿Feliciano? ¿Quién es Feliciano?
  • Pues el hombre al que busca. El que pedía todos los días junto a su portal
  • ¿El…de la manta de cuadros?
  • El mismo. Precisamente la manta se la regalé yo. La cogí de casa de mis padres, donde no la usaba nadie

          Otra vez me sentí como si me hubieran pegado una bofetada en mitad de mi amor propio. Aquella chica, casi una cría que pasaba las horas metida en el obrador, también sabía del hombre de la manta de cuadros. Incluso conocía su nombre.

  • Se lo llevaron en una ambulancia. Les llamé yo misma, porque había hecho mucho frío la noche anterior y lo encontré tiritando. Debía de tener mucha fiebre, porque estaba delirando. Lo pusieron en una camilla y se lo llevaron. Pusieron la sirena y todo, imagínese si lo verían mal. No he sabido más de él, aunque me encantaría. Espero que no le haya pasado nada malo
  • Y yo, desde luego.
  • ¿Usted podría enterarse? -me miró suplicante- Me gustaría tanto saberlo…

              De nuevo hacía una promesa que no sabía si podría cumplir. Pero no podía dejar de hacerla. Ya me sentí bastante ml como para mirar hacia otro lado cuando podía hacer algo para redimirme.

            Me costó bastante dar con la pista de Feliciano. Pero, al fin, averigüé qué pasó tras la llamada a Emergencias. El pobre hombre fue diagnosticado de hipotermia, lo que conocemos vulgarmente como estar muerto de frío en sentido literal. Porque, según me dijeron en el hospital, todavía estaba allí ingresado, debatiéndose entre la vida y la muerte. Y yo tenía que contarle aquello a mi hija.

            Traté de contarle la verdad sin lastimarla demasiado. Le dije que el hombre se había enfriado y estaba enfermo en el hospital, sin dar más explicaciones. También le dije que no podía ir a verlo, porque sabía que sería lo primero que pretendería. Pero, como siempre, mi hija me sorprendió

  • Mamá, no deberíamos consentir que a ningún hombre más le pase eso. Hace demasiado frío para estar en la calle. Aunque tuviera esa manta de cuadros de la que nunca se separaba
  • Seguramente, no era suficiente
  • Claro. Nosotras tenemos calefacción y mantas y aun así tenemos frío a veces. Imagínate qué será dormir en el suelo

             No podía imaginármelo, por más que lo intentara. Ese era el problema, que no había sido capaz de ponerme en su piel. Pero no podía seguir así. Algo tenía que haber aprendido de la lección que entre mi hija y la empleada de la panadería m había dado.

            Aquella manta de cuadros solo fue la primera. A partir de ese mismo día, mi hija y yo nos dedicamos a recoger todas las mantas del vecindario que estuvieran en buen estado. También recogimos fondos mediante donaciones, y hasta en una rifa. Conseguimos que nos dejaran un bajo para guardar todo lo que nos daban y, poco a poco fue creciendo el número de voluntarios. Les enseñábamos a leer, a tejer, a cocinar o a cualquier cosa que alguien pudiera enseñar. Lo que empezó siendo un reparto de mantas, se convirtió en un centro de ayuda que daba un poco de todo. Mi hija iba todas las tardes, cuando los deberes del colegio se lo permitían y yo hacía otro tanto.

            El otro día vino muy excitada a casa

  • Mamá, mamá
  • ¿Qué pasa?
  • Ha vuelto. Está bien y ha vuelto

              Ante mis ojos, Feliciano sonreía envuelto en su manta de cuadros. Nunca más olvidaría su nombre

Presuntos y famosos: nadie es sagrado


              Los escándalos sobre personas famosas juzgados en los tribunales son un gran tema para los escenarios y las pantallas, grandes o pequeñas. Películas o documentales se hacen eco de los juicios a personajes como OJ Simpson o a otros más cercanos en el espacio como Dani Alves o la mismísima Lola Flores. Y la lista podría ser muy larga.

              En nuestro teatro cada día estamos más acostumbrados a ver a personajes conocidos de todos los ámbitos sentados en el banquillo o a punto de hacerlo. Cosas que pensábamos que nunca pasarían, pasan, dejándonos con la boca abierta y una sensación indescriptible. Pero la democracia es lo que tiene. Todas las personas somos iguales ante la ley. Para lo bueno y para lo malo.

              Hubo un tiempo en que en la prensa se distinguían perfectamente las páginas de tribunales -o, en su caso, de sucesos- de las de otras secciones como política o sociedad, pero hoy en día todas ellas se van mezclando hasta el punto de no poder distinguirlas. Por desgracia, en la mayoría de los casos.

              Primero fue la corrupción, que empezó arrastrando a políticos de todos los colores. Si hace un tiempo había sido impensable que una persona con un grado importante de poder pudiera llegar a ser siquiera investigada en un juzgado, poco a poco nos fuimos acostumbrando a estas escenas, que llegaron a su punto culminante cuando fueron protagonizadas por la institución que hasta el momento se había considerado más sacrosanta: la corona. El día en que una infanta de España se sentó en el banquillo, aunque luego fuera absuelta, y su marido no solo fue condenado, sino que ingresó en prisión, cambió nuestro mundo. Ya nada era intocable. Y seguimos comprobándolo en la más candente actualidad, donde hemos sabido del presunto chantaje que una vedette hacía nada menos que al rey de España para que no se conocieran, entre otras muchas cosas, sus secretos de alcoba.

              Y es que poderoso caballero en Don Dinero . Su canto de sirena ha acaba arrastrando hasta los infiernos de prisión y condenas a quienes en su día fueron banqueros famosos, personajes de la jet set, ministros o presidentes de comunidades autónomas. El último de ellos hace nada. Y lo que te rondaré, morena, me temo mucho.

              Pero no solo la clase política se veía en semejantes tragos. Las deudas con hacienda han llevado ante los tribunales a artistas tan conocidos y queridos como Lola Flores, Ana Torroja o los protagonistas de Cuéntame, Ana Duato e Imanol Arias. Amén de la propia Shakira, que hasta dedicó una estrofa de una de sus canciones más famosas a tan desagradable circunstancia, culpando, eso sí, a su entonces esposo futbolista de la jugada, nunca mejor dicho. Y es que en el balompié hay otro filón: el de las deudas con Hacienda. Parece que algunos pretendían tener el mismo acierto tirando a portería que eludiendo al fisco. Pero no se puede tener todo.

              La prueba evidente de que no se puede tener todo es la tristísima relación que ha existido entre quienes practican deportes de élite, particularmente el fútbol, y la creencia de que tienen patente de corso para todo, incluso para abusar sexualmente de cualquier mujer. El caso de Dani Alves fue la puna del iceberg, pero no es el único caso. Recordemos, sin ir más lejos, la condena de futbolistas mucho más modestos, como los del caso del Arandina, y alguno más que todavía está investigado. Sin generalizar, por supuesto. Solo faltaba

              Y es que parte de la sociedad aun no ha entendido eso de que solo sí es sí. Ni siquiera quienes contribuyeron a la redacción de esa ley, según estamos viendo ahora mismo, y sin perjuicio, por supuestísimo, de la presunción de inocencia. Y ya bastante antes, ese movimiento llamado “MeToo desvelaba las actitudes de algunos famosos, que van desde los comportamientos sexualmente inadecuados, hasta las agresiones sexuales con todas sus letras, como esas por las que ha sido condenado quine otrora fuera un todopoderoso productor de Hollywood.

              Y hasta cabe la combinación de artisteo y política de dinero y otras cosas en los banquillos de nuestros tribunales. Isabel Pantoja fue, en su día, la viva imagen de aquello que nunca pensamos que pasaría. Y, como la vida sigue, entró en prisión, cumplió su condena y hoy ha vuelo al candelero. O al candelabro, como dijo una famosuela en su día, una que decía que se dejaba la piel en el pellejo, nada más y nada menos.

              Así que, con esto bajo el telón por hoy, en un estreno que mezcla Toguilandia con otros mundos. Pero queda el aplauso, y ese va destinado, sin duda alguna, para todos esos profesionales del derecho a quienes no les ha temblado el pulso a la hora de derribar barreras. Que es algo muy difícil

Lenguas viperinas: la bulocracia


              La lengua puede ser una de las armas más peligrosas que hay. Lo vivimos en nuestra realidad y se vive en las pantallas, donde títulos donde La calumnia nos muestras lo peligroso que es un bulo que se hace grande. La versión cinematográfica del “injuria que algo queda” de nuestro refranero popular.

              En nuestro teatro, la lengua no solo puede ser un arma poderosa, sino que es nuestro principal instrumento de trabajo, y ella la convierte en la reina. Con todo lo que de bueno y de malo puedo traer.

              Por eso hay que tener mucho cuidado con las lenguas viperinas. Porque es cierto que hay más de uno y de una que si se mordieran la lengua se envenenarían. Aunque no suele ser el caso porque andan con más cuidado que nadie, por algo son quienes mejor manean la mentira y la bulocracia.

              Por un lado, no podemos perder de vista que en nuestro teatro, insultar y calumniar es delictivo. Aunque, desde 2015, no lo es siempre, porque con la desaparición de los juicios de faltas y su cambio por los delitos leves, se acabó con la antigua falta de injurias, que copaba el 90 por cien de los delitos de este tipo. Porque ha de tratarse de un insulto muy gordo y hecho en unas circunstancias muy especiales para que pueda considerarse delito menos grave, y no entenderse que se incardinaría en la falta, hoy destipificada. Que, además, necesita de querella para poder ser perseguido. Aunque hay excepciones, como siempre, que son en este caso las injurias en el ámbito de la violencia doméstica y de género, que son punibles aunque sean leves, pero sí necesitan denuncia, y las injurias a funcionarios públicos por hechos cometidos en su cargo, que son perseguibles de oficio. Ya se sabe que en Toguilandia siempre nos gusta complicarnos la vida.

              De ora parte, no podemos olvidar el bulolegalismo que cada vez padecemos más, y al que ya dedicamos sus correspondientes estrenos.  Creencias populares de determinadas cosas en Derecho que, o no existen, o existen pero de otro modo. Cosas como que a partir de los 70 años se es absolutamente impune y hay manga ancha delincuencial. Cuando lo que ocurre en realidad es que, de proceder la prisión, la persona es clasificada directamente en tercer grado, y eso si se trata de cumplimiento, porque la prisión preventiva la pueden cumplir sin ninguna limitación. O el de que hasta los 3 años la custodia de los hijos e hijas es siempre de la madre, cuando nos hay ninguna norma que así lo establezca y hay que estar al caso concreto. Aunque tal vez mi preferido es el “te pongo un alejamiento” con el que algunas personas se amenazan, incluso en los platós de televisión, respecto al cual hay que aclarar, una vez más, dos cosas: que el alejamiento lo establece la autoridad judicial, y que no es automático, sino que se determina o no según las circunstancias de cada caso.

              Pero ¿qué es lo que pasa cuando un bulo se extiende hasta descontrolarse? Pues eso, que es casi imposible revertir la situación, aunque se demuestre que lo que se extendió era falso. Pensemos, sin ir más lejos, en el momento en que a algún profesional se le cuelga un sambenito, particularmente el de ser una persona “conflictiva” o “problemática”. Por más que se demuestre que no es así, incluso aunque se aclare que el problema nunca lo causó esa persona sino otra, todo el mundo la recibe con las alarmas puestas Por si las moscas. Y, si en vez de tratarse de un bulo de esta índole, sino que tiene algo que ver con la comisión de un delito, el “injuria que algo queda…” apaga la presunción de inocencia en corrillos y maledicencias, por más que la ley diga lo que diga. Y eso que somos juristas…

              No obstante, la burocracia más peligrosa es la que pasa de los mentideros a los procesos judiciales. La prensa, con su instantaneidad de hoy en día, y las redes sociales, facilitan que cualquiera que disponga de una información, verdadera o falsa, contrastada o no, pueda usarla ante los tribunales en forma de querella o denuncia que, en cualquier caso, produce un daño irreparable. No podemos convertir Toguilandia en un Sálvame toguitaconado de emisión continua. Porque el peligro nos puede rondar a cualquiera.

              Y es que a mi me preocupa cada día más que las páginas de política de los periódicos no se distingan de las de tribunales, y viceversa. Porque tan mala es la judicialización de la política como la politización de la justicia. Y viceversa.

              Y, como diría Mayra , de la que ahora nos acordamos especialmente, hasta aquí puedo leer. Solo me queda el aplauso. Y lo reservo para todas aquellas personas que se dan un tiempo para pensar antes de decir lo que les viene a la boca. O de escribirlo, que aún es más peligroso

Revelación de secretos: la clave


              No siempre es fácil guardar un secreto, pero hay veces en que hay que hacerlo, porque desvelarlo puede traer consecuencias irreparables. Y es que hay secretos que queman. El cine nos habla de Secretos, Secretos ocultos, Secretos de un escándalo o Identidades secretas. Y la vida nos pone secretos cada día en bandeja. Los guardemos o no.

              En nuestro teatro hay secretos y secretos, y algunos tienen una gran trascendencia. De hecho, ya les dedicamos un estreno en el que distinguíamos entre secreto y simple cotilleo, o entre reserva de las actuaciones y secreto de sumario. Y en el que hablábamos, por supuesto, de secreto profesional, enormemente importante.

              Pero hoy hay que ir más allá. Porque es ahora cuando el delito de revelación de secretos adquiere una enorme trascendencia, mucha más que la de un simple delito contra la intimidad, que es como lo configura nuestro Código Penal. Porque la posible imputación de un delito de revelación de secretos -aunque más que de imputación hay que hablar de “investigación”- puede sacudir los cimientos de nuestra Administración de Justicia. Y más aún, para la carrera a la que pertenezco. Aunque no se compartan las razones o resulten difícilmente comprensibles, por decirlo de un modo elegante.

              No obstante, y más allá de lo dicho -al buen entendedor…- no voy a entrar en debates sobre el tema, sino tratar de explicar, en la línea a la que se dedica este espacio toguitaconado, en qué consiste el tan traído y llevado delito de revelación de secretos, del que hoy todos los opinólogos y todológos varios parecen tener un máster aunque ayer apenas conocieran su existencia.

              Así que vamos al lío. Aunqiue parezca de Perogrullo, lo primero que hay que tener para que exista un delito de revelación de secretos, es un secreto. Y un secreto, según el diccionario de la RAE es una “cosa que cuidadosamente, se tiene reservada y oculta”. Es decir, que ha de existir esa cosa que permanece reservada y oculta para que el hecho de desvelarla pueda suponer un secreto.

              Y aun hay más. No solo hay que desvelar el secreto, sino que revelarlo, faltando a esa obligación de sigilo. Y revelar, también según la RAE, es descubrir o manifestar lo ignorado o secreto”. Y para que a alguien se le pueda acusar de revelar un secreto, si es que el secreto existe, ha de haber indicios de que sea el autor, para lo cual no basta con tener el secreto a su disposición, sino ser, además, el único que se encuentre en esa situación, porque si una información la conocen muchas personas, dejaría de ser secreta, además de que no habría razón para suponer que fuera uno y no otro el autor. Y ya se sabe que, en Derecho Penal, la duda nunca puede perjudicar al presunto culpable, sino más bien convertirlo en presunto inocente.

              ¿Y qué tipos de revelación de secretos se consideran delictivas? Pues las hay de varios tipos, en función del secreto de que se trate y del modo de acceder a ellos. El primer tipo consistiría en apoderarse de papeles cartas, correos o documentos de cualquier tipo o bien interceptar telecomunicaciones cuando se hace con el propósito de descubrir los secretos. El segundo tipo hace referencia al apoderamiento o uso de datos o ficheros de carácter personal o familiar. Otro de los supuestos se da cuando el secreto e cuestión desvela datos íntimos como la orientación sexual, la ideología, religión u origen racial de la víctima. Por otro lado, también se castiga en esta sede el llamado sexting, esto es, el hecho de utilizar las grabaciones o imágenes íntimas de una persona, aun obtenidas con su consentimiento, y transmitirlas a terceros. Y, para acabar, se castiga también el secreto empresarial, y el de programas informáticos y similares.

              Así, y tras este resumen rápido, cabría preguntarse ante qué tipo de revelación de secretos nos encontramos en cada caso, si es que existe el secreto y hay indicios contra un autor. Y no seré yo quien responsa a esto, que prefiero que cada cual saque sus conclusiones.

              Y para acabar, que cada cual decida también a quién le da el aplauso, y a quién le tira los tomates. Es lo que hay

1, 2, 3 responda otra vez: homenaje a Mayra


                En estos días nos llegaba la triste noticia del fallecimiento de Mayra Gómez Kemp, mujer pionera y polifacética donde las haya, pero que para toda una generación -o varias- fue la compañera de nuestras noches de viernes. Mayra se asomaba a las pantallas mientras sonaba la supuesta voz de la calabaza Ruperta -que en realidad era la del propio Chicho Ibáñez Serrador, el director- y nos alegraba aquel día, siempre preludio del fin de semana. Poque el concurso 1,2,3 responda otra vez fue el símbolo de toda una época, y Mayra lo encarnaba como nadie, dicho sea con permiso del anterior presentador, Kiko Ledgard, y los que le sucedieron.

                En nuestro teatro, seguro que gran parte de quienes representamos cada día nuestros papeles principales o secundarios, recordamos aquel concurso de televisión, que se emitía en los tiempos en que solo había un canal -o dos, con la UHF, que no llegaba a todas partes- e Internet ni estaba ni se le esperaba. Y es por eso por lo que, desde Con mi toga y Mis Tacones queríamos brindarle un homenaje -no digo “tributo” porque en castellano, y más aún en Derecho, eso es un impuesto-, aunque en clave jurídica, como es nuestra costumbre., al programa y a Mayra Gómez Kemp, su presentadora. La primera mujer que consiguió conducir un concurso en prime time, y no solo en España. Ahí es nada.

                Pero más que hacer un panegírico de la presentadora, hoy quería proponer un juego, Jugar con ella en clave toguitaconada. Y a ello voy. Antes explicaré que el concurso se llamaba así porque consistía en tres partes. La primera, la de las peguntas: la segunda, la de la prueba de eliminación, y la tercera, la de la subasta, donde los concursantes podían llevarse lo mejor o lo peor. Lo mejor, entonces, era el coche o el apartamento en Torrevieja. Lo peor, por supuesto, la calabaza Ruperta, aunque a veces traía sorpresas.

                Así que vamos allá. En nuestro plató imaginario hay tres parejas que han de responder preguntas. Entonces, eran parejas mixtas formadas por matrimonio, novios, amigos o mujeres y hombres con cualquier otro parentesco. Ahora, por descontado, las parejas podrán ser matrimonios del mismo sexo, parejas de hecho o, ahora como entonces “amigos y residentes en Madrid”.

                Un ejemplo de preguntas toguitaconadas sería el siguiente. A la primera pareja le podríamos preguntar por delitos que hoy en día no existen en el Código Penal. Y podrían dar respuestas, a x pesetas cada una, tales como el escándalo público, la homosexualidad, el adulterio o el infanticidio, aunque en este último caso las Tacañonas tendrían que explicar que el delito tal como estaba concebido -matar al recién nacido para ocultar la deshonra por parte de su madre-, aunque matar a un niño sea delictivo hoy y siempre.

                A la segunda pareja le podríamos preguntar por el nombre de órganos jurisdiccionales, y contestarían cosas como el Tribuna Supremo, la Audiencia Nacional, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid o el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Requena, pero, al citar el Tribunal Constitucional, las Tacañonas tocarían su bocina explicando que, aunque se llama “tribunal” y a sus miembros “magistrados”, no ejerce funciones jurisdiccionales.

                Para acabar, la tercera pareja, podría ser preguntada sobre el nombre de delitos regulados hoy en el Código Penal, por ejemplo, el robo. Tras repetir el ejemplo, el concursante dice “delitos de odio” y fracasa estrepitosamente, porque las Tacañonas se ponen a tocar su campana como locas. Y es que ese nombre no está incluido en el Código Penal, aunque se regulen tipos penales que conocemos por tales, fundamentalmente los delitos cometidos con ocasión del ejercicio de los derechos fundamentales y las libertades públicas garantizadas por la Constitución.

                De modo que sería la primera pareja la que gana, y repite la semana siguiente, y las otras dos las que pasan a la segunda parte, la de las pruebas de eliminación que proporcionan el pasaporte a la última fase, la de la subasta, que nada tiene que ver, por cierto, con nuestros procedimientos de ejecución

                Entre las pruebas a realizar, se me ocurren algunas muy propias de nuestro teatro, como conseguir salir de calabozos en determinados juzgados, o incluso encontrarlos; realizar dos o más señalamientos simultáneamente; conseguir hacer un informe con tiempo limitado y decir todo lo que se quiere decir; sobrevivir con la toga puesta a una sala a cuarenta grados sin aire acondicionado o conseguir abrir todas las notificaciones simultáneas de Lexnet sin entrar en pánico o tener un ataque de ansiedad. Como en circo, el más difícil todavía. Y si mientras nos canta Bigote Arrocet lo e “Mayrucha, cha cha cha”, mejor que mejor.

                Pero una vez la aguerrida pareja de concursantes supera las pruebas, pasamos a la subasta. Y ahí, el premio Toguitaconado no se hace esperar. Una sentencia conforme con condena en costas es algo así como el apartamento de Torrevieja- Una resolución totalmente contraria a todas nuestras peticiones sería la Ruperta toguitaconada. Vade retro.

                Y hasta aquí puedo leer, como diría la propia Mayra. Para ella va el aplauso de hoy. Ojalá lo reciba allá donde esté.

Y una vez más, la ovación extra para @madebycarol y su preciosa ilustración

Rarunos: delitos que cuestan


              En la vida, como en el cine y en el arte en general, hay cosas que son normales, y otras que son extraordinarias. Ahora bien, l de ser extraordinario parece que se entiende en un sentido positivo cuando en realidad es distinto de lo ordinario. Es decir, que algo puede ser distinto de lo ordinario, pero no fantástico sino extraño o raro. O ambas cosas a la vez. Como las Extrañas criaturas o lo Extraordinario. De todo hay en las pantallas.

              En nuestro teatro, que debería sr por definición el imperio de la norma, la excepción siempre se abre hueco, y ahí es donde deja espacio a lo extraño. O a lo raruno, como he preferido llamarlo, para darle un toque de campechanidad, que no se diga.

              Porque de lo que quería hablar hoy es de esos delitos que existen, pero que nadie sabe muy bien qué son exactamente, incluso los habituales de Toguilandia. Porque cualquiera podría explicar con bastante aproximación lo que es un robo, un asesinato o una estafa. Pero no podemos decir lo mismo de otros delitos.

              Entre los delitos rarunos siempre me ha llamado la atención el de exacciones ilegales, uno de esos delitos cometidos por funcionarios públicos de los que casi nadie acierta a la primera si le preguntan de qué se tratan. Lo más curios es que entra dentro de los delitos competencia del Tribunal del Jurado, así que no les arriendo la ganancia a los obres componentes del tribunal que, por definición, son legos. Una de esas cosas que deberíamos hacernos mirar.

              En su día, también resulta difícil definir la sedición, que acababa considerándose una hermana pequeña de la rebelión. Pero llego el Procés y sus vicisitudes jurídicas y políticas y todo el mundo acabó teniendo un máster en rebelionología. O lo tenían al menos los opinadores y todólogos varios de los que tantas veces hemos hablado.

              Tampoco la prevaricación era un delito muy popular, sobre todo porque tiende a tenerse un concepto equivocado de ella. Aunque parezca que sea algo propio de jueces y magistrados, son muchos más los posibles sujetos activos de la misma. Es más, la prevaricación judicial es, con mucho, la menos frecuente. Por suerte, claro, porque si no aviados vamos.

              Y, cercana a esa, hay otra actividad delictiva de difícil conceptuación, por más que parezca lo contrario. Me refiero a la corrupción, de la que todo el mundo parece saber pero que luego no tiene un delito específico en el Código Penal. Porque, oh sorpresa, el delito de corrupción como tal no existe en e Código Penal, aunque se consideran como tal varios tipos penales como prevaricación urbanística, prevaricación administrativa, infidelidad en la custodia de documentos y violación de secretos, tráfico de influencias, fraudes y exacciones ilegales negociaciones y actividades prohibidas a los funcionarios públicos y abusos en el ejercicio de su función, y corrupción en las transacciones comerciales internacionales Y, lo que es curioso, aunque la corrupción parece que en principio se refiere a la cosa pública, también existe el delito de corrupción entre particulares. Para acabarlo de arreglar.

              Sin embargo, sí que existe la fiscalía anticorrupción, porque a veces nos empeñamos en hacer las cosas difíciles de entender. Pero no es el único caso.

              En efecto, también existe la fiscalía de sala contra los delitos de odio y discriminación cuando en realidad el Código Penal no emplea en ningún momento la expresión “delitos de odio”. Se entiende que dentro de ellos se encuentran los delios cometidos con ocasión del ejercicio de los derechos fundamentales y las libertades públicas garantizadas por la Constitución, así como otros como los delitos de amenazas a población, de genocidio o de discriminación en el ámbito laboral y, en general, todos aquellos delitos s los que les sea aplicable la agravante genérica de odio, que en realidad es la agravante de discriminación por el motivo de que se trate.

              Y si en ese caso es sorprendente, más, si cabe, es en el de la Violencia de género, que tampoco aparece mentada en el Código Penal, por más que haya tipos específicos que contemplan que el delito lo cometa l pareja o expareja u otros en que sea aplicable la agravante de género, la de parentesco, o ambas. Y sí, también en ese caso tenemos fiscalía propia.

              No obstante, no quiero cerrar el telón por hoy sin acordarme de algunos tipos que venían en la anterior legislación y que también tenían su aquel, empezando por el escándalo público, que no requería que hubiera nadie escandalizado ni que los actos se hicieran en público. De hecho, hay una condena antigua a unos muchachos por masturbarse escondidos en un bosque, en el que fueron sorprendidos por la Guardia Civil prismáticos mediante.

              También eran curiosos algunos delitos contra la seguridad exterior del estado como el derrotismo, o el del español que se pasaba a tropas sediciosas o separatistas, cosas que aprendíamos de memoria porque era el único modo de tragarlas.

              Y aunque seguro que hay muchos más, aquí acaba esta pequeña muestra.  El broche lo pingo con el aplauso para todas aquellas personas que no cejan en intentar explicar todas estas cosas. Porque la pedagogía siempre es necesaria

Un cuento de justicia: Quizás mañana


Relato finalista del XI Certamen de Narrativa Breve del Ayuntamiento de Valencia
(Concejalía de Bienestar Social) de 2012, “Mujeres en la vida pública”


QUIZÁS MAÑANA


Era un día cualquiera. Y como cualquier día, María subió al autobús que la llevaría
hasta la Ciudad de la Justicia, pensando que quizás hoy sería el día. Allí, la misma rutina de siempre hasta llegar a la sala 31. María tomó asiento, el mismo de siempre. Ya estaban todos los protagonistas dentro: la jueza, el fiscal, el secretario y, cómo no, el acusado. La función comenzaba…
Los juicios del día comenzaron puntualmente y se desarrollaron con tranquilidad.
Uno se suspendió, dos más acabaron en un acuerdo y el último no duró más de cuarenta minutos. María se iba ya, pensando que hoy tampoco sería el día y que quizás mañana lo sería, cuando el agente judicial la llamó.

  • Señora, espere un momento. Su Señoría quería hablar con usted.
    María sintió cómo le palpitaba el corazón y pensó que, al final, pudiera ser que hoy fuera el
    día.
  • La jueza me ha preguntado por usted. Se ha dado cuenta de que venía todos los días y
    me ha preguntado si yo sabía quien era, y si era periodista. Claro, yo le he dicho que no,
    que era escritora, lo que usted me había explicado. ¿Quiere hablar con ella?
    María dijo que sí con la cabeza y, al mismo tiempo, sintió cómo se le formaba un nudo en
    la garganta.
  • Me han dicho que usted está escribiendo un libro
  • Sí. Ya hacía tiempo que quería hacerlo. Mi padre era juez y siempre me han llamado la
    atención los temas judiciales.
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  • ¡Qué suerte! A mí me hubiera gustado tanto compartir mi pasión con alguien de mi
    familia, pero no tengo antepasados en la profesión… Y el libro, ¿tratará sobre la
    Justicia? ¿Sobre mujeres en la Justicia?
    María tragó saliva. Y es que la historia que quería contar sí que trataba de la Justicia, y de
    las mujeres. Pero la jueza nunca hubiera imaginado la historia que guardaba María dentro del corazón, la historia que probablemente nunca contaría.
    María, efectivamente, era hija de un juez, un hombre recto y conservador que idolatraba a
    María, su única hija. La niña también adoraba a su padre, hasta el punto que desde que era muy pequeña quería ser jueza, para ser como él. Sin embargo, su padre le tuvo que quitar su ilusión. Las mujeres, entonces, no podían ser juezas, y, si la niña insistía, su padre acababa siempre diciendo “hoy no, quizás mañana”. Poco a poco, María lo asumió.
    Cuando María tenía solo diecisiete años, conoció a un chico que parecía maravilloso, a
    pesar de que a su padre no le gustaba nada. Ella, llena de amor, de inmadurez, y de un confuso sentimiento de rebeldía, se entregó a él en cuerpo y alma, y un buen día se dio cuenta de que estaba embarazada. El chico desapareció y María no tuvo más remedio que confesárselo a sus padres y hacer todo lo que ellos dispusieran. Su padre encontró una solución rápida que salvaguardaba su honor y también su moral católica. María se marcharía lo más rápido posible al pueblo de la mujer que la había criado, donde nadie la conocía; tendría la criatura, y después volvería como si hubiera pasado una temporada de estudios en el extranjero. El bebé entonces sería adoptado por una familia que lo quisiera y
    lo criara como hijo propio. Dicho y hecho, María obedeció y todo sucedió tal y conforme había dispuesto su padre. Corrían los años setenta y las mujeres todavía no podían tener puestos de responsabilidad en la Justicia.
    María nunca se casó ni tuvo otros hijos y aunque con frecuencia pensaba en el recién
    nacido que no llegó a conocer, nunca se atrevía a hablar de él. A veces, creía que su madre la entendía sin necesidad de palabras, y esa sensación se confirmó el mismo día que su
    enfermedad que le atenazaba desde tiempo atrás. A la vuelta del entierro, su madre le dijo que había llegado la hora de encontrar a su hija, y María supo entonces que la criatura que alumbró era una niña, una mujer en la actualidad. Ni fue nada fácil, pero su madre disponía de algunos datos y, con mucho esfuerzo, María llegó a conocer el nombre y el lugar de nacimiento de su hija. A partir de ese momento inició una investigación hasta conseguir localizarla.
    Y es que su hija no era otra que la jueza que presidía cada día la sala 31 de la Ciudad de la
    Justicia de Valencia. Ella había cumplido sin saberlo el sueño de su madre, y servía a la Justicia un día tras otro como María había deseado de todo corazón. Y así, la veía cada día, pensando si hoy sería el día, o quizás sería mañana. Antes de irse, María vio cómo fugazmente un relámpago de orgullo cruzaba la expresión tranquila de la jueza. Entonces, le contó que había estado a punto de no poder estudiar la oposición por los graves problemas económicos de su familia, que se resolvieron milagrosamente por un
    premio de un sueldo de 50.000 pesetas ganado en un bote de café. I, de repente, María comprendió las salidas mensuales de la cantidad de 50.000 pesetas de la cuenta de su padre, que había ocultado a su madre por miedo a hacerla sufrir.
    Abrió la boca, pero las palabras se ahogaron en su garganta… Hoy no. Mañana, quizás

Reincidencia. no todo suma


            La reiteración en una misma conducta es un mal frecuente. Hay gente que insiste, insiste e insiste tanto que su comportamiento acaba alterando al resto de personas, o puede acabar haciéndolo, sobre todo cuando se traspasan los límites de la ley y se entra en los del delito. Ya el cine habló en su día de Sospechosos habituales y dedicó varias películas al llamado género quinqui, con protagonistas como El vaquilla o El lute, camina o revienta. Y es que en la delincuencia, como en la vida, se hace demasiadas veces realidad el refrán de “no hay dos sin tres”. O sin cuatro, vaya.

            En nuestro teatro, la reiteración de hechos delictivos tiene una gran trascendencia jurídica. Pero no siempre es la misma. Aunque se habla con carácter general de reincidencia para todos estos casos, no siempre es lo mismo. Otro claro ejemplo del divorcio entre el lenguaje común y el jurídico.

            Para la RAE, reincidencia es “la reiteración de una misma culpa o defecto”. Y añade una segunda acepción según la cual es una “circunstancia agravante de la responsabilidad criminal que consiste en haber sido el reo condenado antes por un delito análogo al que se le imputa”.. Y, aunque esta última definición se acerca más a la que manejamos en Toguilandia, no es del todo exacta, y necesita de ciertos matices. Y en Derecho, un matiz puede ser todo. Tanto, que puede determinar la diferencia entre entrar en prisión o quedar en libertad. Así de contundente.

            La reincidencia está definida en nuestro Código en el artículo dedicado a las agravantes al que ya dedicamos en su día un estreno. Y consiste en que, al delinquir, el culpable haya sido condenado por un delito del mismo título, siempre que sea de la misma naturaleza. Y en este concepto ya aparecen varios de esos matices a los que me refería.

            En primer lugar, no basta haber cometido un delito antes, sino que tiene que existir la condena, y además ser firme. Por lo tanto, ni los antecedentes policiales, ni el procedimiento abierto tendrán trascendencia a estos efectos. Tampoco lo tendrá la condena, si esta no ha adquirido firmeza. Es lo que hay.

            Pero el otro matiz viene por el elemento material. La condena anterior, para ser computable, ha de ser no solo por un delito de la misma naturaleza sino también del mismo capítulo. Y, aunque aquí la jurisprudencia ha hecho interpretaciones bastante laxas, hay casos que rozan el absurdo. Por ejemplo, si un hombre ha sido condenado por sentencia firme por intentar matar a su mujer y ahora la amenaza con un cuchillo, no será reincidente, por más que a simple vista pueda creerse que todo se trata de violencia de género y debería tenerse en cuenta. Sí lo será, sin embargo, si fue condenado por haberle amenazado de cualquier modo, aunque no haya empleado arma alguna. Y es que el criterio meramente sistemático de hallarse en el mismo capítulo hace bastantes aguas, la verdad.

            ¿Y que pasa si el angelito no ha cometido un delito de la misma naturaleza pero tiene una hoja penal digna del libro Guiness de los Récords? Pues nada, a la hora de determinar la pena, porque no se aplica la agravante. Sí que es cierto que en la redacción de los hechos hacemos referencia a que tiene antecedentes penales no computables, y aunque eso no eleva la pena, si que da la pista para otros efectos. Porque nada es baladí en nuestro mundo, y la existencia de antecedentes penales, aunque no sean computables a efectos de reincidencia, determina que, en la mayor parte de los casos, no se pueda conceder en el caso de condena la suspensión de la ejecución, aunque esa condena sea inferior a 2 años de prisión. Y digo en la mayor parte de los casos porque el propio Código contempla la posibilidad de que pueda hacerse excepcionalmente en cualquier caso, y también en casos particulares como el delinquir por efectos del consumo de drogas si hay voluntad de someterse a deshabituación.

            Por otro lado, diferente de la reincidencia es la habitualidad que también tuvo su propio estreno, y que consiste en haber cometido tres o más delitos de la misma naturaleza en un plazo de cinco años y siempre que exista condena por ellos, lo cual tiene efectos para algunos supuestos, como el caso de esa excepción a la regla general de la que hablaba antes, esto es, la de ser delincuente primario para lograr la suspensión de la ejecución. Si se es habitual, no hay excepción que valga.

            Otra cuestión parecida pero diferente es la llamada multirreincidencia, que se aplica como una circunstancia especia de agravación en determinados delitos, como el hurto. Y también es diferente el caso de los delitos continuados, en los que la comisión de varios delitos, si responden a un plan preconcebido o idéntica ocasión, hacen que se califique o se conde por un solo delito pero con el carácter de continuado.

            Por último, hay que hacer una breve referencia a los antecedentes policiales. Estos no tienen ninguna trascendencia jurídica si no cristalizan en un condena y, por so, puede ser pedida su eliminación mediante el oportuno expediente.

            También se puede solicitar la cancelación de antecedentes penales con un expediente al respecto, pero tiene que haber pasado, necesariamente, el plazo establecido en la ley sin que haya una nueva condena. Por eso, dice expresamente el precepto que regula la reincidencia que no se tendrán en cuenta los antecedentes penales cancelados o que hubieran podido serlo. Esto es, que para no aplicar la reincidencia por esto no hace falta que se haya realizado el expediente de cancelación formalmente, aunque yo recomiendo a quine me lea que, de darse las condiciones, se pida lo más pronto posible. Que nunca se sabe.

           Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero no haberme repetido mucho ni ser reincidente en mis explicaciones. Si es así, los tomates para mí. De lo contrario, el aplauso para todas las personas que en Toguilandia pelean cada día con las hojas histórico-penales. Que algunas cuestan más de interpretar que un jeroglífico y otras son más largas que la Biblia.

Solemnidad: ¿obsoleta o necesaria?


              Siempre han existido los actos solemnes. En mayor o menor medida según el momento, las circunstancias y el estatus social, las personas celebran los acontecimientos de su vida con fastos especiales. Y estos fastos dan para buenos argumentos para películas. Pensemos en Mi gran boda griega, La boda de Muriel o Cuatro bodas y un funeral, por poner algún ejemplo. Entre otros muchos.

              En nuestro teatro andamos sobrados de actos solemnes. Tan solemnes nos ponemos en ocasiones, que una se pregunta si tanta pompa es necesaria o si se trata de reminiscencias de otros tiempos que hoy en día sobran. Y esa perdiz es la que vamos a marear hoy, si se deja. A ver si llegamos a alguna conclusión.

              La idea inspiradora de esta función no me ha llegado por ensalmo. Como quiera que esta misma semana estuve, un año más, en la ceremonia de apertura del año judicial en la Comunidad Autónoma por la que paseo mi toga, me vino a la cabeza mientras escuchaba discursos y demás. Además, se daba la circunstancia de que hace unos días fue la toma de posesión del Fiscal Superior, y también hubo otro acto de toma de posesión de Secretarios coordinadores -curioso que no se llamen LAJs coordinadores o Lajs de gobierno, por cierto- y en medio de ambas, la madre de todas las aperturas de año judicial, la del Supremo. Esa que, por vez primera no nos obsequia una imagen exclusivamente masculina de la justicia, dicho sea de paso.

              La puesta en escena es siempre la misma. Si se cuenta con un edificio suficientemente vetusto, sillones con volutas, muebles oscuros y pesados, tapices en las paredes y los inevitables cortinajes de terciopelo, miel sobre hojuelas. Si no es el caso, pues se echa mano de algún lugar suficientemente grande para que quienes son algo en Toguilandia y sus alrededores, puedan acudir con su toga ,sus tacones, sus uniformes o sus impecables corbatas. Y mucha, mucha puñeta , dicho sea en el buen sentido.

              Y luego vienen los discursos. Y ahí es donde quería yo llegar. En todos los años que llevo en este mundo toguitaconado, he escuchado discursos de todo tipo. Desde los más entretenidos a los más plúmbeos, de los más interesantes a lo más superficiales. Depende de quienes lo hacen, por supuesto Pero, cuando de la apertura del año judicial se trata, siempre pienso lo mismo. ¿Es necesario pasar tanto tiempo desgranando estadísticas que se pueden leer perfectamente en un documento o en una pantalla? ¿Es realmente preciso concretar si se han incoado 125876 diligencias y se han presentado 98536 demandas? ¿Qué es lo que nos aporta?

              Conste que no se trata de criticar a los diferentes intervinientes en estos actos, que no hacen sino hacer lo que tienen que hacer, lo que se ha hecho siempre en actos de esta índole. Lo que me pregunto es si no se podía hacer algún cambio. O algunos.

              La cuestión es que este acto hace juego con toda la parafernalia de nuestro teatro, desde los juicios a las tomas de posesión, desde las entregas de medallas a las jubilaciones. Por eso nos ponemos nuestra toga, con sus puñetas -si las tenemos-, el vestuario más adecuado, los tacones y lo que proceda y empleamos las fórmulas tradicionales como la consabida venia. Pero por eso, también, seguimos tenemos esa fama de rancios y viejunos. Y, lo que es peor, tan lejana al justiciable que la gente siente que lo de que la justicia emana del pueblo es una milonga.

              Pero no tengo la solución. Ya quisiera. Porque hay que cohonestar la manera de seguir permaneciendo en nuestro sitio sin que parezca que ese sitio está años luz del resto de las personas, que la sociedad a la que nos debemos.

              Por eso el aplauso de hoy va a ser una propuesta. Se lo daremos a quine dé con la solución de esta cuestión. Que no es poca cosa, precisamente.