A pesar de que el mundo del cine ha discriminado mucho a las mujeres, son muchas las películas con protagonistas femeninas, individuales o colectivas, sean Mujercitas o Princesas, estén Solas o quieran Volver, sean Superwoman, 10 La mujer perfecta o La mujer de rojo. Y muchas, muchas más.
En nuestro teatro las mujeres cada vez somos más. Atrás quedó ese tiempo en el que no nos dejaban acceder a la carrera judicial ni a la fiscal o en el que ser abogada era ser una rara avis.
Pero hoy, en vísperas del 8 de marzo, ¿podemos decir que hemos avanzado tanto como debiéramos? Es más, ¿podemos decir que hemos avanzado? ¿o tal vez nos hemos estancado, incluso retrocedido? Pues habrá que hacer balance.
En los estrenos de pasados años por el día de la mujer, hemos hablado de las pioneras , de ese humo morado que dio lugar al color característico de las celebraciones de la mujer, de la situación de las mujeres en la justicia y de muchas cosas más. Pero hoy toca echar la vista atrás y ponernos luego delante de un espejo para contestar. Y tal vez no nos guste la respuesta.
Empezando por lo positivo, podemos afirmar que por fin tenemos una mujer presidiendo el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo, y que ya habido 3 mujeres Fiscales Generales del Estado. Pero no echemos las campañas al vuelo, porque el número de mujeres que presiden Tribunales Superiores de Justicia en la actualidad es un triste 1, tras la jubilación de la presidenta valenciana, que durante mucho tiempo fue la única y luego compartió el hecho de ser la única representante femenina con su compañera extremeña, que ahora queda Sola ante de peligro. Y esto no dice nada bueno del avance de la igualdad, por más que en la carrera fiscal los números sean un poco mejores. En lo que a la Abogacía respecta, la cosa no es mucho mejor, porque la única presidenta que ha ostentado el cargo de presidenta del Consejo General de la Abogacía ya ha sido sustituida por un hombre, y hombres son también la mayoría de decanos
Pero la igualdad no se reduce a la mera estadística, por más que sea importante. Y probablemente el mayor indicador venga dado por la posibilidad de que las mujeres profesionales contemos con normas sobre corresponsabilidad -que no conciliación- que nos permitan tener las mimas posibilidades que nuestros compañeros varones. Y eso, que cada día está mejor para quienes cobramos un sueldo del Estado, quiebra por completo cuando de mujeres abogadas se trata. Todavía queda un largo camino a recorrer en ese sentido.
Si echamos un vistazo a la evolución legislativa, cada día hay más leyes feministas, desde que la ley integral de violencia de género en 2004 y la ley de igualdad efectiva de mujeres y hombres en 2007 abrieron un camino que convirtió a nuestro país en un referente legislativo en todo el mundo en materia de igualdad. Su último hito ha sido la llamada ley del solo sí es sí que, aunque fue muy denostada por sus problemas de técnica que motivaron revisiones no deseadas, tenía y tiene aspectos muy positivos en la protección de las mujeres, que van mucho más allá del Derecho Penal. También la nueva ley de eficiencia procesal contiene disposiciones para proteger a las víctimas de violencia de género fuera de la pareja o expareja, pero habrá que ver cómo es su puesta en práctica, porque sin medios corremos el riesgo de que produzca el efecto contrario al pretendido, y suponga retraso y caos para las víctimas. Ojalá me equivoque,
No obstante, hay algo que me preocupa enormemente. Igual es cosa mía, pero cada día encuentro más desidia en lo que a la jurisdicción de violencia sobre la mujer se refiere, por no hablar de que una abrumadora mayoría de titulares de juzgados de violencia sobre mujer, fiscales o lajs que sirven en tales juzgados son mujeres. ¿Por qué será?
Así que aquí lo dejo. Que cada cual responsa a las preguntas que he formulado El aplauso será para quien cada día demuestra que de verdad cree en un mundo donde seamos cada vez más iguales
-Vuelve a casa! Vuelve a casa!. El yayo vuelve a casa! María estaba emocionada. A pesar de que todavía era una niña, aquello que había vivido en los últimos tiempos lo había hecho madurar de repente. Pero, fuera como fuera, el que era una constante era su adoración por su yayo María, y también toda su familia, pensaban que lo habían perdido. El desbordamiento del barranco por la Dana lo pilló su taller de artista, mientras trabajaba en su pasión y su oficio: la creación de fallas. La Dana se llevó el taller de Antoni con todos sus muñecos, y a punto estuvo de llevárselo a él. Se salvó en el último momento, cuando un helicóptero lo rescató de arriba de una estructura de madera, que era todo el que quedaba de su gran proyecto para las fallas de este año.
-Tenemos que tener muy presente el que han dicho los médicos -dijo la madre de María- Él no se acuerda de nada del que ha pasado. Tenemos que tener cuidado para que no se ponga nervioso. Nada de hablar de la Dana. ¿Está claro?. Por suerte, en la casa apenas se nota ya, después de dos meses
-¿Y si pregunta por el taller? No queda nada, madre
-Ya veremos como lo hagamos. Pero hay que fingir. No tenemos otro, de remedio
-?Que difícil, madre! Qué difícil lo ha puesto la Dana!
-¡María! -viene retomarla la madre- No vuelves a pronunciar esa palabra. O se te escapará con el yayo. Y ahora pone tu mejor sonrisa, que ya llega con tu padre
-Está bien, mamá. Antoni llegó a casa algo más delgado que antes. Aparentemente, era lo único que lo diferenciaba del Antoni de antes del desastre. Sin embargo, María notó otra mirada en sus ojos. No podía explicarlo, pero él se daba cuenta. -Escuchadme -dijo Antoni una vez estaba instalado- Ha pasado mucho de tiempo sin trabajar al taller, y el tiempo se nos comerá. En nada estamos en Fallas
-Padre -dijo su hija- Ha dicho el médico que todavía tienes que descansar. Nada de trabajar de momento
-Pero estoy bien. El médico ha dicho que solo fue un susto por la tensión
-Ya, pero todavía es pronto. Espera unos días
-Yayo -intervino María- que no te quite el sueño. Descansa y en una semana te incorporas. Yo te ayudaré cada tarde al volver de escuela. Sabes que me gusta mucho
-Es verdad. Y te das maña. Me fío de ti. Pero solo una semana. ¿Entendido?
-Sí, yayo La madre de Maria le tiró una mirada asesina. Disimulaba cómo podía, pero la cogió por banda después -Pero Maria. ¿Cómo le dices esto? En una semana no está listo el taller, ni los ninots, ni nada -Pues tendrá que estar. Limpiaremos el taller y lo dejaremos perfecto. Pediré herramientas a otros artistas. A buen seguro que nos ayudan
-¿Y los ninots que estaban hechos? Los que…desaparecieron?
-Ya lo he pensado. Lo diremos que se los han llevado por una exposición. Y que se tiene que centrar al nuevo encargo
-¿Qué encargo? -Te lo cuento. Fingiremos una llamada encargándole una falleta infantil.
-¿Y no se dará cuenta? Conoce nuestra voz -Madre, te ahogas en un vaso de agua. Parece mentira, con toda el agua que hemos sufrido -¿Entonces? -He hablado con Mateu, el hermano de mi amiga Empar. Fingirá que es el presidente de una falla que pide sus servicios -Lo tenes todo pensado, hijita
-Por el yayo, el que sea Dicho y hecho. En una semana entre María, sus padres, compañeros y amigos de Antoni, el taller estaba listo. Parecía el mismo que antes de que el agua lo destrozara. Cuando volvieron, encontraron Antoni entusiasmado -¡María! Tendrás que ayudarme mucho. Tenemos un nuevo encargo. Una semana después de su alta, Antoni estaba con María al taller. Habían conseguido su propósito
-Maria, tengo una idea para la falleta
Di, yayo
-El tema sería una inundación. Y la colaboración de todas las personas para hacer como si no hubiera pasado nada. ¿Qué te parece?
La fantasía es uno de los ingredientes fundamentales en el mundo del arte en general, y en el del cine y el teatro en particular. Fantasía se llama la clásica película de Walt Disney, válida para todos los tiempos y todas las edades, y también conocemos a Los cuatro fantásticos. Incluso había un programa en el prime time de la prehistoria que tenía por nombre Fantástico, presentado, si mal no recuerdo, por el bigotudo José María Iñigo. Aunque quizás unos de los fantásticos más recordados era Kit, El coche fantástico, capaz de hacer absolutamente todo, hasta de hablar y pensar por sí mismo
En nuestro teatro no vivimos en u mudo de fantasía, precisamente. Más bien todo lo contrario, aunque, dado el uso y abuso que en los últimos tempos se hace de esta palabra, ya me he encontrado a quien ha dicho sin despeinarse que este te juicio es una fantasía”. Verdad verdadera.
Fantasía, según el diccionario de la Real Academia, es “la facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales”, según la primera de sus acepciones, o bien “grado superior de la imaginación; la imaginación en cuanto inventa o produce”. De modo que difícilmente un juicio pueda ser una fantasía, como tampoco lo puede ser un acontecimiento o una persona, salvo muy contadas excepciones. Sin embargo, hoy en día la gente utiliza el término para absolutamente todo, sea persona, animal o cosa. E igual que dicen que el juicio fue una fantasía, te dicen que un perro, un gato, o una morcilla de Burgos lo son. Y, por rica que esté la morcilla, difícilmente puede llegar a ser un grado superior de la imaginación representar un ideal.
Pero es que a veces, se pone de moda una frase o vocablo y lo empleamos para todo, venga o no venga a cuento. Otro tanto ocurre con otra palabra que, a costa de usarse, ha acabado por horripilarme. Hablo de “espectacular” una suerte de comodín que igual se predica de evento o del talento de una artista, que es lo que corresponde, como se usa para hablar de una paella o una caña de cerveza. Y, cómo no, de un juicio, que también he oído a alguien que lo describía como “espectacular”, a pesar de que, para serlo, tendría que tener caracteres de espectáculo público o ser aparatoso o ostentoso, siguiendo de nuevo al diccionario. Y sí, acepto pulpo como animal de confianza y estoy dispuesta a reconocer que algún que otro proceso mediático asemeja, por desgracia, a un espectáculo público, y además resulta aparatoso -aunque difícilmente ostentoso-, pero no es precisamente lo más recomendable que así sea.
Pero si hay una palabra cuyo uso y abuso m resulta realmente curioso, por no decir otra cosa, esa es “” bizarro”. Tal adjetivo tal como se ha usado toda la vida, equivale a ser valiente o arriesgado o bien a ser generoso, lúcido o espléndido, continuando echando mano de la RAE. Sin embargo, en los últimos tiempos he visto usarlo, sobre todo por gente joven o en redes sociales como algo curioso, llamativo, grotesco o chulesco, según se trate. Y, a pesar de que he hecho la prueba, preguntándole a uno de sus usuarios por qué quería decir semejante adjetivo, nadie me ha sabido contestar lo correcto. Es más, nade ha sido capaz de contestarme. Y, por si acaso alguien lo piensa, un juicio no puede ser bizarro Y tampoco puede serlo un delincuente, aunque eso o algo parecido sí que lo haya escuchado.
Son solo algunos ejemplos de esos modismos que se incrustan en cualquier frase vengan o no vengan a cuento. Como la época en que todo el mundo pedía “un poquito de por favor” por contagio con un personaje televisivo o, retrocediendo en el tiempo, decía que eso o aquello era “guay” o, lo que es peor, “guay del Paraguay”. Y la lista se podría incrementar mucha más saludando con un “Hola, Coca Cola” o despidiéndose con un “Hasta luego, Mari Carmen” o “Hasta luego, Lucas”.
Y, hablando de despedirme, cierro el telón por hoy. Y el aplauso se lo doy, desde luego, a quien es capaz de expresarse sin caer en esas modas que poco o nada aportan. Ahí lo dejo
Hoy voy a usar el título de una película antigua y bien conocida -al menos para varias generaciones- para contar lo que he vivido el 21 de febrero de 2025, un día que quedará en mi memoria. El título en cuestión es La familia y uno más, y me viene de perlas para contar lo que quiero contar. Mis criaturas literarias tienen un nuevo hermanito, el que hace once, y la bautizamos en un salón lleno de personas que forma parte de mis diversas familias, la de sangre y todas esas otra que una teje a lo largo de su vida.
En nuestro teatro ya hay muchas personas que conocen de mi afición por las letras, y fuera de él, también. Y estaban representadas en ese salón lleno. Y eso no puede hacerme más feliz.
Presentamos en la FNAC de Valencia la llegada al mundo de mi nueva criatura literaria, Creía que era feliz, que también inauguraba una colaboración con la editorial Sargantana que espero que sea larga y fructífera. Desde luego, no podía haber empezado mejor.
A las siete de la tarde cuando el evento estaba anunciado, ya estaba el salón lleno y todavía se fue llenando más conforme iba avanzando. Es maravilloso sentirse tan arropada y, por qué no decirlo, tan querida. Personas de mi mundo de mi entorno familiar, de letras, de fallas -con dansà, teatro y costura, por descontado-, de ballet, de Toguilandia, de medios de comunicación, de mis queridas dones esmorzadores, amigos y amigas y personas que de un modo u otro forma parte de mi vida, se dieron cita para conocer a mi nuevo bebé en forma de libro. Además, por supuesto, de quienes, por una u otra razón, estaban, aunque no estuvieran, empezando por mis hijas o mi madre. Pleno al quince.
En la mesa no estaba sola. Todo lo contrario, estaba en la mejor compañía, con Paz Navarro, en representación de la editorial, y Ana Durán, periodista y amiga que no dudó ni un segundo cuando la atraqué para que me escribiera el prólogo y abusé de ella pidiéndole que, además, me presentara. Que lujo tener a mi lado esa voz que tantas personas oímos e la radio día a día.
No contaré mucho del libro por no hacer spoiler o, por decirlo en correcto castellano, por no destriparlo. Me limitaré a decir que es un libro de intriga, donde se trata de averiguar, a través de la voz de más de cincuenta personajes, donde está una mujer de vida aparentemente perfecta que ha desaparecido sin dejar rastro. Y, sobre todo, de saber por qué lo ha hecho.
Creía que era feliz es el título de la novela, y ya con esa frase quiere dar idea de lo poco que conocemos alas personas que nos rodean y de los poco que nos conocemos a nosotras mismas. El resto tendrá que descubrirlo cada cual cuando lo lea. De momento, no es que lo crea, sino que soy feliz de saber la cantidad de casas a las que se va mi novela, teniendo en cuenta lo que ejercité mi muñeca firmando ejemplares.
Para acabar, diré que con los libros pasa como con las hijas e hijos. Cada uno es diferente, se recibe con la misma ilusión y se cuida con el mismo mimo. Y en eso estamos. Espero que a todas estas personas que me acompañaron presencialmente se unan muchas otras que nos den la oportunidad a mi novela y a mí de entrar en sus casas
Y ahora solo me queda el aplauso, que va, obviamente, para mis magníficas presentadoras y para todas las personas que me acompañasteis. Mil gracias por regalarme este momento
Y, por supuesto, aquí os dejo la información del libro en la web de la editorial. Las librerías nos esperan.
Todo el mundo sabe que es mejor prevenir que curar. La prevención es algo tan importante que hasta hay programas de televisión que lo llevan por título, Más vale prevenir. Y es que antes de que, ante la llegada de un Peligro inminente, hay que estar preparada.
En nuestro teatro la prevención juega un pape importante, pero hay que aclarar que los órganos judiciales no son órganos preventivos. Y eso muchas veces se confunde, sobre todo en la jurisdicción penal. Y de eso quería ocuparme hoy.
Cuando los órganos judiciales dictan medidas cautelares mucha gento los confunde con las medidas preventivas. Pero no son lo mismo. Las medidas cautelares, en Derecho Penal, se acuerdan dentro de un procedimiento por un delito cometido, para evitar varios riesgos: alterar o hacer desparecer pruebas, o proteger a la víctima de otro atentado contra ella. Cuando se trata de un procedimiento de otra naturaleza, como el civil, de lo que se trata es de proteger el objeto del pleito, esto es, que cuando se vaya a cumplir una eventual sentencia, no sea inútil por haber desparecido el bien que se iba a ejecutar o el dinero que se iba a cobrar.
Entonces ¿Por qué cada vez que asesinan a una mujer, o que ocurre otra terrible tragedia, se busca un culpable con toga por no adoptar medidas? ¿por qué se les culpa de no creer a las víctimas que dicen tener miedo, cuando no se trata de creer o no creer sino de mucho más? Es una cuestión difícil de explicar, pero hay que intentarlo. Y conste que no pretendo hacer corporativismo, sino explicar las cosas como corresponde. Es decir, buscar soluciones y no buscar culpables, que es lo que siempre parece hacerse.
Lo explicaré con un ejemplo que resulte visual. Si una persona no está enferma, no puede pedir tratamiento por si enferma. Ni siquiera pueden dárselo si tiene miedo porque en su familia hay varios casos de determinada enfermedad y tiene riesgo de contraerla, si es que no ha contraído la enfermedad. Pero lo que sí puede hacerse es que esa persona, en la que concurren factores de riesgo, se someta a revisiones periódicas y cuide su alimentación y sus actividades para no incrementar esos riesgos. Eso serían medidas preventivas y en los juzgados no nos corresponde hacer nada parecido.
Sin embargo, lo que sí podemos hacer es adoptar medidas cautelares, que equivaldrían al tratamiento que se suministra a la persona cuando la enfermedad ya se ha manifestado para evitar que siga avanzando y que, en la medida de lo posible, se acabe con el agente patógeno, pero que no se pueden aplicar si no hay dolencia, aunque exista el miedo de padecerla. En otras palabras, la medida preventiva seria la vacuna y la medida cautelar la tirita que evita que la herida existente se infecte.
De este modo, si alguien tiene miedo de sufrir una agresión, pero no ha pasado nada -o si pasó, ya cumplió la pena- no procede una medida cautelar, pero sí procede si ha sufrido una amenaza, para evitar que esa amenaza se cumpla.
¿Y cómo se entiende esto con la tan traída y llevada valoración del riesgo? Pues tampoco es fácil de explicar, porque como decíamos en el estreno dedicado a ello ni es nuestro único instrumento ni opera automáticamente. Si lo que se valora es únicamente un riesgo elevado de sufrir un mal, pero sin que venga acompañado de la comisión de un delito, no es el juzgado el lugar adecuado para buscar medidas, como tampoco l es si la proporción entre lo cometido y la medida a adoptar no existe.
Pero no pensemos, de la manera simplista que hacen algunas personas, que hay que esperar a que suceda lo irremediable para ser creída, porque no es así. Primero, porque podemos creer que una persona tiene miedo, pero saber que no concurren los requisitos para adoptar una medida, y segunda, y más importante, porque hay otras instancias distintas de los juzgados, como son, según la naturaleza del caso, las fuerzas de seguridad, los servicios sociales o los recursos públicos que ofrecen asesoramiento, y ayudas de todo tipo cuando son necesarias, sean recursos habitacionales, prestaciones económicas o tratamiento psicológico.
¿Es esto tirar balones fuera? Desde luego que no Porque poner las vacunas para prevenir, las tiritas para evitar las infecciones, y el tratamiento para acabar con el virus es lo que hay que hacer, y aquí el orden de los factores sí que puede alterar el producto.
Por eso, hoy el aplauso es para quienes hacen de su toga una bata para dar a cada cual lo suyo. Por difícil de entender que a veces sea.
Hay un refrán según el cual “las comparaciones siempre son odiosas”, pero nunca se puede generalizar. Las comparaciones pueden ser positivas y negativas, buenas y malas y también de eso se hace eco el cine. Tan pronto se habla de hermanas que son Como dos gotas de agua como de quienes se llevan Como el perro y el gato. Así que el refranero nunca se puede tomar a pies juntillas
En nuestro teatro también hacemos comparaciones, aunque no siempre se diga. Sé de buena tinta que hay profesionales que comparan fiscales entre sí -espero salir bien parada- o miembros de la judicatura, por ejemplo, porque afirman que no es lo mismo según quien les toque en suerte. Yo, desde luego, ni confirmo ni desmiento, porque nunca se sabe. Pero ahí lo dejo.
No obstante, hay otro tipo de comparaciones que no afectan a personas sino a cosas, y pueden resultar muy útiles. Y hoy voy a traer al escenario algunas de ellas.
Por supuesto, hablando de escenarios, la del teatro será la primera. Ya he contado alguna vez que este escenario de Con Mi toga y Mis tacones nació precisamente de una comparación, la que hice -y sigue haciendo alguna vez- para explicar a los miembros del Tribunal del Jurado cómo funcionaba la Administración de Justicia en general y el juicio en particular. Les explicaba que el desarrollo del juicio era como una obra de teatro donde el guion eran los hechos delictivos que se juzgan, los protagonistas, la víctima de un lado y el presunto culpable de otro, y el resto interpretábamos a esos actores y actrices de reparto sin cuyo trabajo la película no podía existir. La verdad es que la comparación funcionó tan bien que le animó a utilizarla para inaugurar este teatro, y después de varios años aquí seguimos. Hasta que el público diga.
Pero, más allá de este arrebato de umbralismo toguitaconado, he de hacer una confesión. La idea de este post no me pertenece, la menos en exclusiva. La debo a la inspiración de la idea que una buena amiga me proporcionó respecto de un juicio en que había intervenido su marido, abogado de profesión y vocación. En el informe, cuando hablaba del fundamento de la responsabilidad civil por daño moral que estaba solicitando, hizo una comparación que me pareció imbatible. Tomó un folio y lo arrugó con fuerza, para después intentar quitarle las arrugas, mostrando como por más que no estirara, nunca quedaba como estaba antes. Lo mismo que sucede a una persona cuando ha i víctima de algo tan grave como un delito sexual. Por más que intentamos compensarla de la manera que sea, nunca volverá a ser la misma porque los efectos psicológicos se pueden paliar, pero no hacer desaparecer.
Otra de las imágenes que suelo emplear, pero tampoco es a pero es muy útil es la de la rana y el agua hirviendo. Para describir el efecto de la violencia de género continuada en las mujeres víctimas se explica que el maltrato las anula tanto que llegado el momento no pueden reaccionar. Como el caso de la rana que, si se la introduce en agua hirviendo, salta, pero que si se le ha introducido en agua tibia y progresivamente se aumenta la temperatura, no es capaz de reaccionar cuando el agua está hirviendo.
También es importante hacer comparaciones en cuanto al tiempo y el espacio, algo que aprendí de una amiga periodista. Si se da el tamaño en centímetros o metros, a veces es difícil hacerse a la idea, pero si se compara con algo que todos conocemos es mucho más sencillo. Algo que era tan grande como un campo de ´fútbol o tan pequeño como una naranja. O, sin ir más lejos, una comparación que oí una vez en labios de una forense: el torrente de sangre que salió de la herida era como una fuente.
En cuanto al tiempo, es más fácil que el jurado o el tribunal se imagine lo que pasó si somos capaces de colocarlos en el instante de los hechos. Yo en una ocasión, en un juicio donde el acusado estuvo apretando el cuello de su víctima durante un minuto, me quedé callada durante un minuto, y la verdad es que fue impresionante imaginar permanecer todo ese tiempo sintiendo que te aprietan el cuello hasta dejarte sin respiración.
Podría contar más, pero lo dejo para próximos estrenos. De momento, acabo con el aplauso, que dedico a quienes con su trabajo han inspirado esta función. Mil gracias
A veces, las cosas toman el nombre de los lugares donde se producen, Muchas películas tiene nombre de país, de ciudad y hasta de pueblo. Indochina, Pasaje a la India, Hiroshima mon amour,todo es posible en Granada o Alcarrás son algunos de los muchísimos ejemplos. Y, por supuesto, El crimen de Cuenca, que viene al pelo con el tema que abordamos hoy.
En nuestro teatro, el lugar donde suceden las cosas, sobre todo cuando de delitos se trata, es esencial. Tanto, que determina cuál es el juzgado competente. Pero, además de eso, hay crímenes que han marcado nuestra historia delictiva que han tomado el nombre del lugar donde sucedieron hasta el punto de que todo el mundo relaciona una cosa y otra, mal que les pese a los lugareños. Y de eso precisamente iba a tratar hoy.
Dedicábamos el anterior estreno a los hitos delictivos que tomaban su nombre del de las víctimas. Y citábamos entre ellos uno que, precisamente lo toma, además de las víctimas, del propio lugar de comisión. Se trata del terrible asesinato de Las niñas de Alcácer, como lo conoce todo el mundo. De hecho, he hablado con personas de la población que lamentan mucho que su pueblo sea conocido por tan luctuoso hecho. Y tienen razón, es una pena que lugares que tienen tanto que ofrecer sean conocidos por ello. Pero es difícil evitarlo, sobre todo si se trata de casos con tanto impacto y seguimiento mediático.
Otro lugar que marcó nuestra historia delictiva fue aquella ciudad a la que aludía al principio de ese estreno, y el asesinato que presuntamente tuvo lugar en ella. Y digo “presuntamente” porque ese crimen nunca tuvo lugar, aunque si existió una condena que supuso la prisión y el escarnio de una persona, por haber cometido el mal llamado “Crimen de Cuenca”. La aparición de la persona supuestamente fallecida varios años después hizo que tuviera que anularse el juicio, pero las consecuencias eran difícilmente susceptibles de revertir. Y su importancia fue tal que fue el origen de un cambio procesal que, con distintos avatares, subsiste hasta nuestros días, la introducción del juicio de revisión o recurso de revisión. Así de importante fue en su día, a pesar de que entonces los medios de comunicación no eran ni sombre de los que son ahora y lo de Internet ni se soñaba que algún día existiera.
Asimismo, hay un escenario de delito que se ha convertido en el sinónimo de lo que ha venido en llamarse “la España profunda” y sus peores consecuencias. Me refiero a Puerto Hurraco y a la matanza que se produjo en dicho pueblo entre dos familias rivales, que acabó con varios muertos, mucho dolor, y una estigmatización difícil de superar.
También sigue recordándose un asesinato que sucedió en mi ciudad y que sigue dándole nombre, el caso de la envenenadora de Valencia. Además de las morbosas circunstancias de caso, quedará en los anales de la historia por tratarse de la última ocasión en que una mujer fue ajusticiada por garrote vil, tan terrible como inhumano, por terrible que fuera el delito cometido por la condenada.
Y no solo en nuestro país ocurren estas cosas. La matanza de Texas, un filme cásico de terror, está basada en la historia real de un asesino en serie. Y, aunque no se sabe con certeza, hay ciertas sospechas que la historia del jorobado de Notre Dame también era algo más que ficción. Y, aunque no tengo ni la más remota idea de dónde podría estar la Elm Street de la famosa pesadilla que dio lugar a la saga de Freddy Kruger, reconozco que si la viera saldría corriendo en dirección contraria.
Son solo algunas muestras y seguro que a quien me lea se le ocurren algunas más. Tanto de lugares, como de objetos que pusieron nombre a crímenes, como el de la maleta, el de catana o el de la baraja.
Ahora sol me queda cerrar el telón por hoy y dar el aplauso. Y será para todos aquellos que consiguieron que, e estos terribles casos, se hiciera justicia. Que no siempre es fácil
Pocas cosas tan productivas en el mundo del cine como los crímenes. No hay más que pensar un poco y vienen a nuestra cabeza títulos como Seven, Psicosis, El silencio de los corderos o Crimen perfecto por citar unas pocas. Cuando el crimen además está basado en hechos reales, el atractivo puede ser todavía mayor. No hay más que recordar series como La huella del crimen para constatarlo. Y es que, por alguna razón, al ser humano estos temas le atraen mucho.
En nuestro teatro está, sin duda, el escenario perfecto para conocer de estos hechos, ya que es Toguilandia el lugar donde serán juzgados, si se cumple aquella máxima de las series de mi infancia, “el criminal nunca gana”.
Han sido muchos los juicios mediáticos que hemos visto, sobre todo en los últimos tiempos con el auge, primer, de los medios de comunicación de masas y, más tarde, de Internet y las redes sociales. Todo el mundo sigue minuto resultado lo que sucede dentro y fuera de la sala de vistas en el momento en el que tienen lugar estos, pero, como ocurre casi siempre, la instantaneidad acaba ganando y una nueva noticia suple a la anterior, quedando aquella en el cajón del olvido. Salvo algunos casos.
Hay delitos que ha marcado un antes y un después en nuestras vidas y en nuestra sociedad, y, aunque tal vez sería más justo que se recordaran con el nombre de su autor, que es quine merece el reproche, es el nombre de la víctima el que queda para siempre en el recuerdo.
Quizás una de las víctimas cuyo asesinato haya supuesto un cambio más trascendente es el de Ana Orantes. El hecho de que su marido la quemara viva tras haber salido en televisión contando los malos tratos de que veía siendo víctima durante todo su matrimonio, fue un puntal importantísimo para la redacción y aprobación de nuestra ley de violencia de género.
Esta misma ley se vio obligada a incluir expresamente en su articulado algo que hoy todo el mundo conoce pero que hasta un tiempo no tenía nombre, la violencia vicaria. Una violencia vicaria que no sabíamos cómo se llamaba cuando los niños Rut y José fueron asesinados por su padre, pero que acabó teniendo su nombre y su regulación tras el asesinado de niños y niñas como Martina y Nerea o Anna y Olivia, que ponen cara a todo ese dolor que es la más cruel manifestación de la violencia de género.
Y es que allá donde haya víctimas menores de edad, el impacto en la sociedad se multiplica hasta el infinito. Así lo vivimos en un caso mediático como ninguno, un caso cuyo tratamiento mediático fue, precisamente, la muestra de lo que jamás se debería hacer. Estoy hablando de Miriam, Toñi y Desiré, las Niñas de Alcácer, cuyo recuerdo sigue poniendo los pelos como escarpias.
Ellas no son las únicas menores cuyo asesinato conmovió, por una u otra circunstancia, a todo un país. También el caso de la niña Mari Luz, asesinada cuando iba a por chucherías, o del niño Gabriel Cruz, a quien dio muerte su madrastra, hicieron correr ríos de tinta y horas de televisión
También tuvo gran repercusión, aunque por otras razones, el asesinato de Rocío Wanninkof, que condenó y estigmatizó a quien no era culpable, probablemente influenciada por todo lo que dijeron los medios de comunicación. La sentencia del jurado se anuló y se repitió el juicio, condenando al verdadero culpable pero las consecuencias para quien fue acusada falsamente fueron muy duras.
Otro de los filones mediáticos en cuanto a la información de tribunales se refiere son los delitos sexuales. Lo padecido por la víctima de La manada dio el pistoletazo de salida a una nueva regulación en materia de libertad sexual, y, más recientemente, casos como el de Jennifer Hermoso o Elisa Mouliaa siguen agitando los cimientos de una sociedad que se alerta especialmente cuando el presunto autor es una persona con poder.
No quiero acabar este estreno sin recordar a víctimas de delitos de odio que también se han convertido en hitos, como Lucrecia, la primera mujer reconocida como víctima de un crimen racista, Guillem, el joven asesinado en Montanejos por razón de ideología o Samuel, víctima de un terrible crimen homófobo. Que al menos sus muertes sirvan para avanzar en la luca contra la intolerancia.
Fuera de nuestras fronteras, el nombre Giselle evocará para siempre no sol a la protagonista de un ballet, como hasta ahora, sino también a la mujer digna y valiente que quiso mostrar la imagen que sus violadores, que cometieron los hechos a instancia de su propio marido, no fueron capaces de mostrar, Menuda lección nos dio Giselle
Por todo esto, es obvio que el aplauso es para todas y cada una de estas víctimas Que su sufrimiento y el dolor de sus familias no sea en vano.
Y, una vez más, gracias a @madebycarol por presarme su talento para ilustrar
Toda regla tiene una excepción, del mismo modo que la excepción confirma la regla. Verdades como puños de las que nuestro refranero se hace eco, como de tantas otras. Aunque, visto lo visto La excepción no debe ser tan excepcional cuando al menos dos películas diferentes se titulan así. Y eso por no hablar de convertir el sustantivo en adjetivo, porque tenemos títulos para elegir: Un don excepcional, Un mundo excepcional o Una vida excepcional. Y es que hasta La excepción a la regla da nombre a una película.
En nuestro teatro, por definición, son muchas las reglas y pocas las excepciones. No en balde somos Toguilandia, el mundo del Derecho y de las normas. Pero incluso aquí hay excepciones.
A la excepción a la norma general de que vengo a hablar hoy ya le había hincado el diente -o más bien, la tecla toguitaconada- cuando dedicamos un estreno a la inviolabilidad Entonces, entre las figuras que se salen de la norma general del juez natural, hablábamos de inmunidad, inviolabilidad y también del aforamiento. Pero hoy vamos a dedicarnos a estos últimos.
No obstante, empecemos por el principio, esto es, por la regla que se excepciona. Y esta regla es, más que una regla, un derecho fundamental contemplado en la Constitución junto a la tutela judicial efectiva. Se trata del derecho al juez ordinario predeterminado por la ley o, dicho en términos más sencillos, el juez natural. Consiste en el derecho que tienen todas las personas a que sus asuntos sean conocidos, instruidos y juzgados por el órgano judicial que le corresponda territorial y funcionalmente. En sentido negativo, supone la prohibición de tribunales de excepción o ad hoc, como ocurría en otras épocas nada democráticas.
Se trata de las normas de competencia a las que también dedicamos un estreno y que implican que el lugar donde suceden las cosas determina el órgano judicial competente en Derecho Penal, o, si se trata de violencia de género, el lugar del domicilio de la víctima. Y eso, con la salvedad de delitos muy concretos, como el terrorismo, o delitos cometidos en varios partidos judiciales o fuera del territorio nacional, vale para todo el mundo, sea Agamenón o su porquero, parafraseando a Machado.
Y ahora es cuando llegamos a la miga del asunto, los aforamientos. O sea, la excepción a la regla general del juez natural. Y esa excepción viene dada no por quiénes son determinadas personas sino por qué cargo ocupan, independientemente de cómo se llamen. Así, son personas aforadas los altos cargos del gobierno de la nación y las respectivas comunidades autónomas, los miembros de las Cámaras, sean las nuestras o las europeas, y quienes pertenecemos a la carrera judicial o fiscal.
Según un estudio, las personas aforadas en España pueden superar las 10,000, y por eso somos el país con más aforamientos. Un dato que puede llevar a engaño, porque, como todo el mundo sabe, no se pueden comparar peras y manzanas. Y hay países con menos aforamientos, pero en los que subsiste el antejuicio, que en España desapareció en 1995, institución que consiste en un filtro previo a la incoación de una causa contra determinadas personas -jueces y fiscales en este caso- y que en realidad puede cumplir una función pareja de cara a evitar -al menos teóricamente-que prosperen denuncias o querellas injustificadas.
Pero hay una diferencia esencial entre el aforamiento de quienes vestimos toga del resto. El nuestro solo existe para delitos cometidos en el ejercicio de nuestro cargo, mientras que el resto de aforados lo son para cualquier delito, aunque conduzcan borrachos en sus vacaciones o manguen una crema en el super, por poner un par de ejemplos.
Otra diferencia con muchos de los aforados es que cuando se trata de parlamentario tienen un filtro previo, el suplicatorio, que en nuestro caso no existe.
La pregunta siguiente sería qué ventajas reporta ese aforamiento, si es que aporta alguna. Para ello hay que empezar aclarando que el aforamiento no es la impunidad ni la inmunidad, sino el cambio del juez natural por otro órgano jurisdiccional, normalmente el superior jerárquico. Y eso no supone ningún cambio especial. Incluso puede suponer una desventaja porque por el camino perdemos una posibilidad de recurso.
En cualquier caso, hay que aclarar que el aforamiento cesa cuando la persona cesa en el cargo que lo motivaba, y si la causa está a mitad, ha de cambiar de inmediato de órgano judicial Ya lo hemos visto alguna vez con dimisiones de cargos políticos.
Para acabar, y como vivimos tiempos en que el tema está candente por la instrucción que el Tribunal Supremo está siguiendo contra el Fiscal General del Estado y otros cargos de la carrera fiscal, hay que explicar algo más. Hasta el momento el criterio generalizado era que en casos en que pueda existir un aforado en la causa, investiga en primer término el órgano que sería competente de no existir aforamiento y, una vez encuentre indicios contra la persona aforada, si los encuentra, remite al órgano competente por razón de aforamiento. En este caso, y por razones que desconozco, se ha hecho lo contrario, esto es, remitir al Tribunal Supremo -órgano competente por aforamiento- sin ningún tipo de investigación. Y, para que lo vamos a negar, la ha liado parda. Y ha sentado, de paso, un precedente peligrosísimo. Veremos a ver cómo acaba la cosa.
Y con esto termino estas pinceladas sobre el aforamiento. El aplauso se lo daré a quienes hacen buen uso del mismo y los tomates, a quine no lo hace. Al buen entendedor…
Con este nuevo hastag de #Relatos iniciamos una serie de post que aparecerán de vez en cuando recordando relatos
Hoy, «Invisible» contenido en mi antología Remos de plomo
INVISIBLE
Aunque parecía querer estar siempre escondida, era difícil no verla. Con su cuerpo espigado, su elevada estatura y esa forma de vestir tan elegante era imposible pasar desapercibida. Nadie sabía muy bien a qué se dedicaba, pero entre los críos del barrio se decía que era una actriz de Hollywood que estaba de incógnito, o una glamurosa escritora en busca de ambientación para su próximo best seller. A pesar de que había a quien le resultaba antipática por su actitud distante, a mí me parecía que sus ojos, más que altivos, transmitían una inmensa tristeza. Y eso las poquísimas veces que no los escondía tras unas gafas de sol. Lo que no resultaba tan difícil era verla sin ser vista. Mi primera incursión en el mundo de la investigación —por llamarlo de algún modo— era tan de andar por casa como podía suponerse. No me hacía falta sentarme en un banco fingiendo leer un periódico, llevar una microcámara en el zapato ni implantar micrófonos ocultos en ningún sitio. Siempre me habían encantado las series de detectives privados, pero la vida real era otra cosa. Y la vida actual, más todavía. Así que dejé mi gabardina colgada en el perchero de casa. La dejaría para que Colombo y Sam Spade la siguieran luciendo en el celuloide. Aquella noche ella estaba imponente al salir de casa. Él la acompañaba, como siempre. Como siempre, ella parecía una niña chiquita e indefensa a su lado. Yo, también como siempre, le sonreí al cruzármela en la calle y, aunque no movió ni un solo músculo de su cara, estaba segura de que me respondió con la mirada. Él, sin embrago, no sabría decir si me miró. Creo que ni siquiera reparó en mi existencia, como parecía no hacerlo en otra cosa más allá de sí mismo y de su acompañante. Los oí regresar. Estaba esperando ese momento, cuando sabía que el peligro acechaba. Y, como otras noches, escuché de nuevo la voz atronadora de él llena de reproches. No sé si alguien más oía aquello, pero jamás nadie osó comentarlo. Hubiera roto el mito de la mujer misteriosa. Traté de tantear al vecindario de un modo discreto. El ascensor, la cola del supermercado, la panadería o la parada del autobús, pero a nadie parecía importarle otra cosa que averiguar quién sería aquella hermosa mujer y qué escondería viviendo en un barrio como el nuestro. La verdad es que la imaginación es muy fértil. Desde espía a traficante de drogas, pasando por amante de algún presidente de estado, un jeque árabe o un rey, aunque lo de que fuera una estrella de incógnito era
la opción preferida sin ninguna duda. Y había otra cosa en la que también coincidían quienes decían algo: altanera, soberbia, egocéntrica o, simplemente, antipática. Eso es lo que todo el mundo pensaba de ella. Me llamó la atención que nadie hubiera percibido lo que yo, una infinita tristeza. Pero tal vez era yo la equivocada. Al fin y al cabo, era mi primera aventura como investigadora, aunque solo fuera aficionada. Los gritos seguían. Yo permanecía atenta. Llegué a plantearme pegar un vaso a la pared, como había visto hacer en las películas, pero maldita la falta que me hacía. Eran tan fuertes que cualquiera en el vecindario estaba segura de que los oiría. Y, mientras sujetaba el teléfono en la mano para pedir ayuda, sucedió. De pronto un golpe seco, un débil gemido y un silencio aplastante. Y yo, por supuesto, hice lo que debía, mientras cruzaba los dedos deseando con todas mis fuerzas no haber llegado tarde. La policía tardó apenas unos minutos en presenciarse. Se diría que estaban preparados para aquella llamada. Así que cumplí mi parte y todo siguió su curso. Desde el balcón pude ver cómo se llevaban un cuerpo en camilla, mientras la policía trataba de apartar a los curiosos que acudían como moscas y se congregaban ante nuestro portal. No pude ver mucho más y me quedé con el alma en vilo hasta que un agente llamó a la puerta para preguntarme si era yo quien les había llamado. Por descontado, asentí y conté lo que sabía y, quid pro quo, pude enterarme de lo que anhelaba conocer. Las heridas de ella no fueron graves. La rápida llegada de los agentes abortó cualquier final más dramático. A él se lo llevaron esposado en el furgón policial. Por fin. Misión cumplida. Si esto hubiera sido una serie de televisión, sería el momento para poner los rótulos de crédito y cartel de «The end», si no hubiera dejado de estar de moda como en las series de mi infancia. Pero esto era la vida real y no había rótulos que zanjaran historias. La vida seguía. Cuando me decidí a ir a verla al hospital, supe que estaba a punto de abandonarlo. No era la primera vez que lo intentaba, pero siempre acababa echándose atrás. Aquella vez iba en serio, iba a ser la definitiva. De nada sirvieron las amenazas de él, sus gritos. De nada sirvieron tampoco sus lágrimas, sus regalos y su puñetero chantaje emocional. Ya no iba a creer más que la quería, que no volvería a pasar, que iba a cambiar. Ya no iba a temblar cada vez que oyera el sonido de la llave girando en la cerradura, ni a dormir con un ojo abierto por miedo a que se lo volviera a poner morado.
No iba a volver a aplicarse maquillaje sobre los hematomas y sonreír en los actos sociales como si no pasara nada. Hasta ahí habían llegado. Y por poco no es así al pie de la letra. El último golpe fue tan fuerte que no recordaba nada a partir del momento de que su cabeza aterrizó en el suelo después de haberse estrellado contra la pila de mármol. Su habitación parecía una floristería. Un montón de personas se desvivían por no dejarla sola ni un momento, mientras yo trataba de permanecer en un discreto segundo plano, como pensaba que me correspondía. Y, aunque quise evitar aquel momento, no pude. En cuanto Pilar me vio, se abrazó a mí entre lágrimas. Yo también lloré. Ella era la responsable de que hubiera estado en el momento adecuado en el lugar preciso, pero era mucho más que eso. Yo había conocido a Pilar en la facultad. Nos hicimos amigas, y ella fue quién me gestionó el alquiler de la que era mi casa y me ayudó a pagarlo. Aunque era una buena amiga, no lo hizo por amistad. O no solo por eso. Hacía tiempo que sospechaba que su hermana melliza, Ana, era maltratada por su novio. Intentó sin éxito que se lo contara, así que, después de convencerse de que sus sospechas eran algo más que conjeturas, me pidió que me instalara allí y permaneciera atenta. Antes, ella misma había denunciado a la policía que su hermana había sido agredida, tras verle unos terribles moratones que ella achacó a una caída. Aunque se negó siquiera a acudir a comisaría, nos dejaron un número de teléfono. El número al que yo llamé ante las señales de alarma. Apenas un par de días más tarde de aquel abrazo, acompañé a Pilar y a Ana al juzgado, después de que le dieran el alta en el hospital. Ya había declarado ante el policía que acudió al centro hospitalario, pero se encontraba tan mal que contó lo poco que quiso o pudo recordar, y quedó citada para hacerlo después ante el juzgado. Y esta vez sí que lo contó todo, mucho más de lo que ni siquiera su hermana había imaginado. No hizo falta que me dijeran nada. Sus caras lo decían todo. Y por fin la convencimos de que nunca estuvo sola. Y de que nunca volvería a estarlo. Nunca más volvería a sentirse invisible. Tal vez por eso, fue al final ella quien me convenció para meterme, junto a ella y su hermana, en algo que nos contó con enorme entusiasmo. Una aventura que empezó casi por casualidad y se convirtió en el eje de parte de nuestras vidas. Y de muchas más vidas de lo que hubiéramos supuesto.
Tras terminar su propio viacrucis con una condena para quien fue su novio, Ana se implicó con todas sus ganas con un grupo de mujeres que luchaban contra la violencia de género. Aunque la pena de prisión que él había de cumplir no era larga, la prohibición de aproximarse a ella sí que lo era y se sentía fuerte y segura para seguir adelante con su vida en el punto donde había quedado suspendida. Contó su historia, con nuestra pequeña aventura de detectives aficionadas, y de ahí salió la propuesta que me hizo. La asociación recibía a familiares, amigos o conocidos de mujeres de las que tenían sospecha de que estaban siendo maltratadas y, tras recabar la información, yo me instalaba en un piso lo más cercano posible y hacía un seguimiento, siempre pendiente de hacer la llamada antes de que ocurriera lo inevitable. Eso era lo más difícil, pero habíamos repetido la operación en dos ocasiones y había salido bien. Muy bien, incluso, porque aquellas mujeres ni siquiera necesitaron ingresar en el hospital. Nuestra pequeña aventura era un éxito. Como los panes y los peces, crecimos y nos multiplicamos. Yo acabé la carrera de Criminología que estaba estudiando cuando todo aquello empezó, y, con mi flamante título y el de Pilar, mi compañera de fatigas, comenzamos a colaborar de un modo más profesional con las asociaciones de mujeres en las que Ana estaba cada vez más involucrada. Juntas, acometimos lo que hasta entonces era la apuesta más arriesgada. Teníamos que ir a la otra punta de España, instalarnos allí y comenzar nuestra labor en un asunto delicado. Unos padres desesperados querían sacar de una relación tóxica y peligrosa a su hija de dieciocho años recién cumplidos. Decían que la niña se negaba a reconocer nada, pero veían los moratones de sus brazos y piernas, su reticencia a quedar con nadie más que con su novio, mayor que ella, su cambio de actitud y un montón de señales de alarma, pero ella se cerraba en banda. Que no pasaba nada. El día que cumplió la mayoría de edad se marchó de casa, y no volvieron a saber de ella, más allá de una llamada en la que les dijo que se iba voluntariamente a vivir con su novio a una ciudad cercana. Y, aunque acudieron a la Policía, sus meras sospechas no eran suficiente para hacer otra cosa que tratar de tranquilizarles. No sabíamos muy bien qué nos encontraríamos. Pero ya iríamos viendo, como siempre hacíamos. Había que reconocer que lo nuestro estaba compuesto, en esencia, de mucha ilusión, mucha voluntad y mucha improvisación también. Y hasta ese momento no podíamos quejarnos.
No tardamos en localizar a la chica. Alta, espigada y con ojos tristes, me recordaba mucho a Ana en su día, y hasta a Pilar, su melliza y mi compañera de fatigas. Salía lo justo, apenas saludaba y bajaba la cabeza en cuanto coincidía con alguien en el ascensor, en la calle, o en cualquier otro sitio. Pero habían pasado varios días y de él no había ni señal, y tampoco escuchamos gritos, golpes ni nada que nos confirmara aquello para lo que estábamos allí. Confieso que hubo un momento en el que llegué a dudar si no sería una exageración de unos padres sobreprotectores con una hija rebelde, y la cosa se nos había ido de las manos. Pasaba el tiempo sin ningún resultado y, aunque estábamos divinamente, no era para eso para lo que habíamos ido allí, ni para lo que estábamos gastando los fondos de las asociaciones que nos financiaban. Preocupada, me puse en contacto con Ana y ella decidió aprovechar un puente festivo para hacernos una visita. Vendría allí y, además de pasar unos días juntas, podríamos decidir sobre el terreno si seguir o, por vez primera, abandonar. Aunque la sola idea me llenaba de desasosiego. Pasaron los tres días que faltaban para la llegada de Ana sin pena ni gloria. La chica se dejaba ver poco, pero nada hacía pensar que pasara nada. Y nos dispusimos a recibir a Ana con una mezcla de expectación y alegría. Ana venía conduciendo. Tenía que llegar el viernes por la tarde, pero ya casi era de noche y no teníamos noticias de ella. No quería agobiar a su hermana, pero me empecé a preocupar. No contestaba al móvil, y aunque era normal si estaba al volante, un escalofrío inexplicable me recorrió la espina dorsal. Mi intuición no falló. De repente, oímos gritos y golpes procedentes del domicilio que supuestamente vigilábamos. Eran tan fuertes que por un momento dejamos aparcada la llegada de Ana, y, por una vez, cambiamos nuestro modo de proceder habitual. Mientras Pilar llamaba a los agentes, cuyo contacto estaba avisado por lo que pudiera pasar, yo me planté en el rellano sin encomendarme a Dios ni al diablo. Y, de pronto, todo se hizo negro. Creí que mi aventura acababa ahí para siempre. Y con esa sensación perdí el contacto con el mundo, que no recuperé hasta que abrí los ojos en una cama de hospital, sin saber qué había pasado ni cuánto tiempo había transcurrido. Por suerte, lo mío solo era una conmoción y mi tránsito por el mundo de los fantasmas apenas duró unas horas. Entonces supe que no fui la única que estaba ingresada en aquel hospital.
En una habitación próxima a la mía, Ana convalecía de una herida de arma blanca y mano negra. La pesadilla parecía haber vuelto a empezar. Descubrí que no éramos tan listas, ni tan buenas, ni tan fuertes como creíamos. Que el que un día fue mi vecino y el verdugo de Ana no se había resignado a perder su posesión y jamás dejó de seguirle la pista bien de cerca, incluso desde la prisión en la que estuvo un tiempo. Y, en cuanto consiguió la libertad provisional, no perdió un minuto. Se concertó con un cómplice, que se hizo pasar por un padre angustiado y montaron su pantomima. Contactó con la asociación, pidió ayuda para arrancar a la supuesta hija de las garras de un inventado maltratador, y logró que se pusiera en marcha nuestro rudimentario mecanismo, que no funcionaba con otra gasolina que las ganas y los buenos propósitos. Caímos como unas tontas, haciendo el seguimiento de una chica que había aceptado encantada un dinerillo extra por dejarse ver por las inmediaciones del piso que le alquilaron mientras nosotras pensábamos que le estábamos salvando la vida. Y al final, picamos el anzuelo y llamamos a Ana, que acudió presta en nuestra ayuda. Él la estaba esperando. La encerró en el mismo piso que teóricamente vigilábamos y se aseguró de que no gritara. Le juró amor eterno, le suplicó que volviera a su lado, le repitió por enésima vez que estaba dispuesto a cambiar. Y Ana, por enésima vez, cedió. Le dijo que ella también le amaba y que estaba dispuesta a darle otra oportunidad. Lo que él no sabía es que esa Ana nada tenía que ver con la que él conocía. Y, con una interpretación digna de un Óscar, se ganó su confianza y con ella el derecho a recuperar el teléfono móvil. Y, en cuanto pudo, apretó la tecla que daba acceso al número memorizado en el dispositivo, el que le había facilitado la policía desde que denunció al que fue su novio. Su arrojo casi le cuesta la vida. En cuanto él descubrió la superchería, le clavó un cuchillo que nadie sabe de dónde salió, delante de los agentes de Policía que iban a detenerle. Y Ana cayó al suelo sobre a un charco de sangre. Yo estaba allí, pero no pude ver nada. Había llegado hasta el rellano y aporreé la puerta más que llamar. Fue él mismo quien me abrió, y quien me dijo que me largara, que nada se me había perdido allí. Traté de escabullirme y entrar, y entonces fue cuando todo se hizo negro, un segundo después de que mi cabeza impactara contra el suelo.
Fue ya en el hospital cuando conocí la historia de labios de Pilar, que, como yo, estaba transitando entre la pena, el asombro y una sensación difusa entre el fracaso y el ridículo que no se atrevía a definir. Quedó en el aire la frase de Pilar, diciendo que ese era el fin de nuestra aventura, cuando una enfermera nos interrumpió y nos dijo que, si queríamos, podíamos pasar a ver a Ana. Me ayudó a incorporarme y la seguimos. Nunca olvidaré la expresión de su cara al decir: —¿Para cuándo la próxima misión? Ninguna mujer debe pasar por esto. Y, por una vez en mi vida, vi que las heridas del cuerpo tardarían más en cicatrizar que las del alma. Su abdomen suturado tardaría unos meses en recuperarse, pero su espíritu ya hacía mucho que había cambiado para siempre. Desde aquel día en que, tras nuestra aventura de aficionadas, la acompañamos a comisaría. Y hoy, pasado algún tiempo, seguimos en ello. La frase de Pilar que quedó en el aire acabó siendo barrida por un aire nuevo. No lo podíamos dejar. Y es Ana, precisamente, quien nos lo recuerda día a día. A veces, cuando tenemos tentaciones de abandonar, nos muestra la cicatriz de su abdomen. Una cicatriz casi invisible, pero que para nosotras es como un cartel luminoso.