Carpetas y carpetillas: papelería judicial


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          ¿Qué sería del teatro sin sus programas y sus carteles anunciadores? ¿Cómo prescindir de esos avisos en la taquilla que dicen “no hay entradas” o “función suspendida”? Y es que, por mucho que estemos en plena era tecnológico, y hoy casi todo se haga a través de Internet, hay cosas que perderían la magia sin la versión tradicional. Y sigue siendo imprescindible sentarse en el patio de butacas con un bonito programa impreso en colores para consultar.

                Por eso creo que hay alguien empeñado en que nosotros nunca perdamos la magia. Y de ahí que nos mantengan anclados al papel que, por más que hayan archivos informáticos, no desaparece. Y ya sé que desde las alturas nos han dicho eso de “el papel se va a acabar”, como el frotar del anuncio de detergente. Y ni lo uno ni lo otro. Las manchas de chocolate siguen empeñadas en quedarse en las camisetas como el papel sigue empeñado en quedarse en los juzgados. Y aquí no vale eso de “la mancha de mora con otra mora se quita”. Salvo que la magia dichosa haga aparecer la mora salvadora, que nunca se sabe.

                El caso es que si algo no ha cambiado desde que, por vez primera, mi toga y mis tacones se convirtieron en pareja inseparable, son las carpetas que sujetan los procedimientos y sus hermanas pequeñas, las carpetillas, en las que guardamos en las fiscalías lo más importante del procedimiento que necesitamos para ir a juicio. Y como no hay dos sin tres, pues a éstas les acompañan una legión de primos hermanos, dados en citaciones, notificaciones, edictos, requerimientos y papelillos varios. Y también unos primos lejanos, los carteles que, como si de una función se tratara, anuncian, convenientemente colocados con celo en la puerta, cosa tan necesarias como que el juicio se ha suspendido, que se celebrará en tal o cual sala, que hay que apagar el teléfono móvil, entrar por otra puerta porque la principal está rota, o cualquier otra cosa. Como una vista en los últimos días en las redes y que me tiene hablando sola: “cerrado por estrés térmico”. Alucinante. O, mejor dicho, carpetovetónico.

                Pero claro, como ya he dicho otras veces, nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal es un dinosaurio tan antiguo que probablemente su primera edición ya sea un incunable. Y para aquel entonces debía ser el colmo de la modernidad eso de atar con cuerda floja las piezas separadas. Que ya empiezan a ser eso, piezas de museo. Y en eso seguimos, y me temo que aún me quedan muchos estrenos que dedicarle.

                Pero no es solo la ley, no nos hagamos ilusiones. Porque bastaría cambiarla por otra, pensaría cualquiera. Pues va a ser que no. Porque su prima, la Ley de Enjuiciamiento Civil, ya es de este siglo y, aunque algo más modernilla sí que es, seguimos viendo las toneladas de papel campando por sus anchas en cualquier juzgado. Literalmente. Ocupando pasillos, sótanos, salas de vistas, despachos y cualquier otro sitio donde quede un centímetro cuadrado libre. O donde no quede ya, en una suerte de equilibrio que ni el mejor prestidigitador superaría. Se lo aseguro. Y si no lo creen, pasen y vean.

                Cada procedimiento da lugar a la apertura de una carpeta, generalmente de cartulina y de algún color aleatorio que suele –aunque no es preciso- identificar de facto a las que provienen de un mismo juzgado. Y dentro de éste, se distinguen también por colores según la clase de procedimiento o la fase del mismo. Un lenguaje de códigos aprendido perfectamente, que no en vano nos criamos con Epi y Blas, el Monstruo de las galletas y hasta Espinete, y que seguro repetirá la generación criada con los Teletubbies. Pues bien, dentro de esta carpeta, que va engordando de modo incontrolado como si hubiera asaltado una cadena entera de hamburgueserías, se van metiendo todas las copias de atestados, notificaciones, declaraciones, documentos y todo aquellos que pueda tener trascendencia en la causa, incluidos los poderes de los procuradores. Algunas, hasta varias veces, en una espiral de fotocopias sin fin capaces de cargarse buena parte de los árboles de la Selva Amazónica. Y cuando esa carpeta se hace grande, da a luz a una nueva, o a más, que acaban en hacerse clónicas por su volumen. Y allá van las carpetas, viajando de Herodes a Pilatos en sus distintos pases de juzgado a fiscalía y viceversa, viajando cómodamente instaladas en unos carritos de supermercado dignos de la mejor tecnología punta.

                Y además, como los huevos Kinder, a veces llevan sorpresa. Un sobre grapado en las actuaciones donde aparecen unas llaves, una cartera y hasta una navaja, que una se queda mirando sin saber si tocar o no, por si las moscas.

                Pero eso no es todo. Una vez entran en fiscalía, tenemos que abrir nuestra propia carpetilla, la hermanita pequeña de la carpeta, como decía. Y, por supuesto, volver a fotocopiar un montón de cosas para darle de comer y que ella también se ponga gordita. Y si se pasa, no hay problema, porque tenemos unas estupendas gomas para atarlas y que no se nos escape nada. Que estamos que lo tiramos, oiga. Aunque he de reconocer que hemos dado un gran paso, casi comparable con el de Amstrong al pisar la luna. Hemos pasado ya hace tiempo del tamaño cuartilla de antaño al tamaño folio, y del grosor de papel al de cartulina. Un gran paso para la justicia, sin duda alguna.

                Así que con este panorama, permítanme que mi toga, mis tacones y yo pongamos en duda eso de que se va a acabar el papel. Salvo, claro está, que nos lo anuncien debidamente con un cartel manuscrito a la puerta del Ministerio, con todos sus sello y firmas, y debidamente fijado con chinchetas.

                Mientras tanto, el aplauso es solo para quienes sufrimos, de un modo u otro, esa avalancha de papel. Porque me temo mucho que tardaremos en despedirnos de él.

Revisiones: ¡¡¡socorro!!!


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En el teatro, los guiones no suelen salir bien a la primera. Y a veces, aunque salgan, alguien se empeña en revisarlos, en darles otra vuelta, en hacer correcciones o en cambiar las cosas. E, incluso, hay quien se empeña en hacer nuevas versiones de una obra ya hecha, los famosos remakes que, salvo honrosas excepciones, no acaban sino siendo copias desvaídas del original. Y es que, claro, por más que no se esmere, es difícil que una nueva versión de Sabrina pudiera superar a la deliciosa Audrey Hepburn, o que los nuevos Angeles de Charlie borraran de nuestra memoria la serie nuestra infancia.

En nuestro espectáculo gustan mucho de las revisiones, remakes, versiones, retoques y cambios varios que acaban volviéndonos locos a los intérpretes. Y, sin darnos cuenta, nos vemos sumidos en uno que podríamos titular Juristas al borde un ataque de nervios, que ríase Almodóvar. Incluso hay veces que, de pronto, nos vemos trasladados a un obligado cambio de género y nos adentramos de lleno en el terror. Y, al abrir el BOE, una puede sentir cómo aparecen las garras de Freddy Kruger, o el mismísimo Jason, aunque no sea ni Viernes ni 13. Y el pánico se apodera de nosotros al ver cómo nuestras leyes se van convirtiendo en una suerte de Frankenstein hecho a base de trozos y retazos y parches, con quater, quinquies y vaya usted a saber qué más. Y cada reforma se nos aparece como un Drácula que nos chupa la energía. Porque un vampiro siempre es un vampiro, por más que nos lo dulcifiquen al estilo Crepúsculo. Y claro está, a mí me hacen tambalearme sobre mis tacones, toga en ristre. Y mucho me temo que no soy la única.

Y no se trata de que no tengamos experiencia en esto de las reformas, no. Desde los tiempos de la carrera, y sobre todo de la oposición, nos someten a un entrenamiento de alto rendimiento que ni el mejor personal training. ¿Quién no recuerda la angustia con que entonces vivíamos cada vez que a ese ente abstracto y muchas veces diabólico llamado “legislador” le daba por vomitar uno de sus productos? Sangre, dolor y lágrimas cada vez que lo hacía. Y eso sin exagerar, por supuesto, porque entonces albergábamos la esperanza de que el día en que vistíeramos la toga aquello acabaría. Craso error. Pronto descubrimos que el carrousel de las reformas es una tortura que no se acaba nunca. Y que, aún en el mejor de los casos, esto es, cuando estas reformas suponen una mejora –que, haberlos, haylos, aunque últimamente cueste encontrarlas-, siempre traen consigo ese trabajo extra que son las revisiones. Es lo que hay.

Pero hay momento, y momentos. Y éste es uno especialmente peliagudo, porque al legislador de turno le ha entrado un ataque de precipitación y está soltando sorpresas un día sí y otro también. Tanto, que da pavor abrir el BOE, que ya se sabe que cuando el BOE suena, reformas lleva… Y sí, es cierto que sobrevivimos a la entrada en vigor del Código Penal del 95, de la nueva Ley de Enjuiciamiento Civil, de la ley concursal y de todos los retazos que han convertido la vieja Ley de Enjuiciamiento Criminal en una colcha de patchwork. Pero es que ahora lo primero que hay que adivinar es cuándo entran en vigor cada una de las reformas, que no es cosa fácil.

Así que se me ocurre una idea, para ver si alguien comprende el alcance de todos estas veleidades reformistas. Podríamos mandar a una isla desierta a un montón de eso que se ha dado en llamar operadores jurídicos, elegidos, por supuesto, tras un esmerado casting, donde permanecerían aislados durante tres meses, sin más contacto con el exterior que algún Gran Hermano que les fuera dando todos los Boletines del Estado, Comunidades Autónomas, Provincias y publicaciones oficiales. Tendrían pruebas dificilísimas de superar, centradas en conseguir una lista lo más ordenada posible de todos los cambios legislativos, su alcance, a qué afectan, cómo se interpretan y cómo quedarían las leyes. Eso sí que es duro, y no lo que vemos en los reality shows al uso. Y no sé si alguien superaría la prueba. La verdad es que mi toga y mis tacones salen corriendo con solo pensarlo.

Así que voy a ver si hablo con Almodóvar para proponerle la idea, que no vamos a ser pobres hasta para pedir y me parece el más adecuado. Que de él saqué la idea de Juristas al borde de un ataque de nervios, constantemente preguntando ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, sin que La piel que habito soporte tanto cambio, lo que nos hace andar Entre tinieblas a la caza y captura de la disposición aplicable en cada caso y en cada momento. Y mientras, la pobre Constitución implorando que alguien Hable con ella, que otros tiempos amenazan con Volver y más vale pensar un poco las cosas que recurrir a La mala educación y sacar sapos y culebras por la boca cada vez que abrimos el dichoso Boletín, que es Matador. Pero mucho me temo que hay poco que hacer, que mis toga y mis Tacones cercanos tendrán que atarse los machos, o más bien las puñetas adonde me gustaría mandar a muchos en ocasiones.

Por eso hoy el aplauso va para todos aquellos que resulten Supervivientes de este reality show imaginario. Porque sin isla, sin encierro y sin tiempo habremos de conseguir salir victoriosos. Y seguro que, una vez más, lo lograremos. Aunque nos dejemos la piel en ello. O como dijo una famosuela de ésas que frecuentan los realitys, aunque nos dejemos la piel en el pellejo.

Informática: obsoleto atrezzo


cavernicola informático

Como todos sabemos, el atrezzo es una parte indiscutible de cualquier espectáculo, capaz de destruir la mejor labor de los mejores profesionales. Tomando prestado el símil de un buen amigo -notario, para más señas- sería como ver a la Taylor hacer de Cleopatra en chándal. Y, de paso, revivir su historia de amor y odio con Richard Burton, como a veces hacemos algunos de los protagonistas de nuestro teatro, como cuando jueces y fiscales, por ejemplo, nos empecinamos en tirarnos piedras en lugar de en colaborar. Pero claro, ésa es otra historia que será contada en otro momento.

Lo bien cierto es que un buen atrezzo es fundamental, y el nuestro no puede ser otro que un buen equipo, además de personal, de medios materiales. No sólo de bolígrafos, gomas, los deseados post-its (https://conmitogaymistacones.com/2014/12/05/medios-materiales-david-y-goliat/ ) y demás, sino unos buenos programas informáticos acompañados de unos ordenadores dignos que, a día de hoy, brillan por su ausencia. Y ahí seguimos, peleándonos a diario entre el Diplodocus 2.0 y el Homo Sapiens 3.0, que no en vano ha vuelto Parque Jurásico y buscan su sitio.

Me preguntaba mi amigo quién gestionaba en nuestro ámbito la firma electrónica. Aun no me he recuperado del ataque de risa que me produjo la pregunta. Y creo que él tampoco de la apoplejía que le ocasionó mi respuesta. Nada de eso. Seguimos con los sumarios atados con cuerda floja, con la valija, con las citaciones por telegrama y los cuños, sellos y firmas como manda nuestra también jurásica ley de Enjuiciamiento Criminal. Acabáramos.

Pero eso no es todo. Tenemos unos ordenadores del Pleistoceno que hacen juego con los programas informáticos que manejamos o, al menos, con la utilidad de los mismos. Porque, aunque parezca cosa de broma, ni todos los programas de las distintas fiscalías de España son iguales entre sí, ni compatibles, y mucho menos lo son con los de los respectivos juzgados. De modo que si se quiere consultar un auto del juzgado que tenemos enfrente, por ejemplo, no nos queda otra que llamar por teléfono o ir en persona, cogerlo, ponerle el cuño de salida y fotocopiarlo. Y eso si hay suerte y es día y hora laborable, porque si no, nada de nada. Aunque estés de guardia y lo necesites.

¿Sorprendente? Pues no tanto. Si una piensa que nos están vendiendo como el colmo de la modernidad las notificaciones vía sms, las piezas del puzzle empiezan a encajar. Solo vamos con cincuenta años de retraso, siendo benévolos. Y mientras tanto, seguimos bregando con un sistema donde los procedimientos se registran varias veces y reciben varios números, según el órgano en el que entren, de modo que buscarlos luego se convierte en una tarea que ni Paco Lobatón en los buenos tiempos de ¿Quién sabe dónde?. Pero eso es lo que hay.

Y claro, entre tanta complicación y tanta ineficacia, es difícil que entren ganas de aprender. Porque aún vivimos en una generación en la que la mayoría tenemos un cibertarugo dentro que pugna por salir y rebelarse. Y es que no hay nada que nos haga echarnos a temblar más que un anuncio -en el correo electrónico, por supuesto- que nos advierta de la enésima actualización del sistema. “Desastre seguro”, piensa una cruzando los dedos. Y acierta, con una capacidad de adivinación que ríanse ustedes de la Bruja Lola y sus dos velas negras. O, más bien, de la ochentera Bruja Avería, más cercana en el tiempo a nuestros sistemas.

Ignoro cuál es la mente pensante -o no pensante- que implantó este destarifo, que hace que muchos compañeros sientan, no sin razón, que acabamos siendo nosotros los que servimos al sistema, en lugar de ser lo contrario. Y así no hay quien avance.

Por eso, hoy, en vez de con un aplauso, acabaremos el estreno con una canción. De Los Miserables, nada menos, dicho sea sin ánimo de faltar. Y entonaremos ese I dreamed a dream pensando en el día en que ingresemos en el siglo XXI. Que ojala sea antes de que se acabe, Por cierto que, vista la edad de jubilación que nos quieren endosar, seguro que nos pilla trabajando

SENTENCIA: EL DESENLACE


final cuento

                Veíamos en los anteriores estrenos de nuestro teatro las diferentes partes del guión. Y, por supuesto, no hay función que se precie sin un final adecuado. Si el final no está a la altura, puede dar a traste el mejor de los espectáculos, y cargarse de un plumazo el trabajo de todos los protagonistas. Y eso no lo deberíamos consentir. Podemos tener un final apoteósico, tipo Mamma Mía, con los protagonistas dándolo todo con sus looks ochenteros o Un americano en París, con su música inolvidable y su no menos inolvidable coreografía, o un final exquisito y refinado, del tipo Muerte en Venecia, o emocionante, como esos planos en color de La lista de Schindler, o un  almibarado final feliz como el inolvidable Qué bello es vivir. Pero no podemos permitirnos que la cosa se acabe de mala manera, diciéndonos que todo fue un sueño y aquí no ha pasado nada, como hicieron en Los Serrano. O que nos aparezca de repente el Jason de Viernes 13 cuando creíamos que todo había terminado para amenazarnos con la quincuagésimonovena entrega. Eso sí que no.

                Nuestro particular The End viene marcado claramente con la sentencia. Con la posibilidad de algún remake vía recurso, claro, y hasta con la opción de recibir un premio o un tozolón de algún otro tribunal de más altas miras, nacional o hasta internacional, que todo es posible. Pero tiene que estar a la altura.

                Recuerdo las primeras sentencias que tuve ocasión de ver, siendo todavía estudiante. Un abigarrado compendio de “considerandos” y “resultandos” que nos dejaban alucinando que es  gerundio. Por suerte, aquella forma alambicada ya pasó a mejor vida, Ley Orgánica del Poder Judicial mediante. Pero todavía queda quien parece destinar sus sentencias a un grupo de elegidos, los que las entienden, en lugar de al ciudadano, que es a quienes se destinan. Y a veces se olvida que un lenguaje comprensible no le baja a uno del pedestal de los juristas sacrosantos, sino que debiera encumbrarlo a él. Porque hacer fácil lo difícil no es un defecto, sino un gran mérito. De hecho ¿a quién no le gustaría encontrar un texto donde las servidumbres legales o el censo enfitéutico resulten algo agradable de leer? ¿U otro donde se nos explique de una vez por todas en qué consiste ese oscuro delito de “exacciones ilegales”? Pues eso.

                Y es que en las sentencias hay de todo, como en botica. Aunque yo no he tenido la fortuna de tenerla en mis manos, he leído de algún juez que se lanzó a ponerlas en verso, y algún otro que dió una respuesta casi tan escatológica como lo era el motivo aducido por el imputado para no comparecer a juicio. Aunque justo es decir que la mayoría son buenas, y algunas excelentes. Pero ya se sabe que la noticia es que el hombre muerda al perro, y no lo contrario, así que solo salen en la prensa, además de las de los consabidos asuntos mediáticos, las que tienen algo de pintorescas. O la pintoresca interpretación que de ellas hace alguien, como ocurre con algún recorte de periódico que de vez en cuando se hace viral, como ese que dice que alude a una sentencia que tildaba de violencia de género despacharse una ventosidad y que nunca existió -es equivocada la referencia al juzgado de procedencia y el contenido de la sentencia, pero ésa es otra historia-.

                Siempre recordaré una sentencia, en los principios de mi andadura con toga y tacones, en la que una magistrada de una Audiencia ponía verde al instructor. No entendía muy bien por qué razón hablaban tanto de ella hasta que percaté del detalle de que la magistrada en cuestión no se había dado cuenta que el Juzgado del que provenía era el que ella ocupaba antes de ascender y el instructor en cuestión no era otro que ella misma. Cosas de la vida. Y también recuerdo otra en que el magistrado acababa poniéndose en libertad a así mismo, por un comprensible baile de formularios que le causó más de una chanza. Con buen humor, apostilló “menos mal que me he puesto en libertad y no en prisión…”

                Y es que, si algo han traído las nuevas tecnologías a la justicia, es la cortaypegamanía. Cortamos y copiamos trozos de jurisprudencia, o de otras sentencias o resoluciones como si no hubiera un mañana, y a veces sale lo que sale. Pero la acumulación de asuntos no deja otra salida, y bienvenida sea. No quiero ni pensar cómo lo harían si todas esas citas jurisprudenciales tuvieran que hacerlas copiadas letra a letra con la Olivetti y el papel de calco.

                Eso sí, hay que reconocer que se ha perdido parte de creación intelectual al caso concreto, a base de buscar en repertorios y cortar y copiar. Pero benditos mis bienes que remedian mis males, como dice el refrán.

                Pero, en cualquier caso, hora es de retomar ese aplauso que dejamos hibernado en los estrenos anteriores. Y dar una fuerte ovación a todos los que con sus buenas sentencias, hacen que el final de cada espectáculo esté a la altura. Que, por suerte, son muchos.

                         Y permitidme que hoy, con mis tacones y mi toga, a la que añado un crespón negro, dedique ese aplauso, ovación y vuelta al ruedo a alguien que dedicó su vida a hacer Justicia, con mayúscula, y no solo a poner sentencias, sino a compartir sus muchos conocimientos. A alguien que se dejó la vida en ello. Va por él, Angel Vicente Illescas Rus, Magistrado de la Audiencia provincial de Madrid, Sección Décima, que nos dejó hace apenas unos días Ya te echamos de menos.

lazo negro

Calificaciones: el nudo de la trama


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Como veíamos en el anterior estreno de nuestra función (https://conmitogaymistacones.com/2015/06/16/denuncias-planteamiento/), todas las historias y todos los guiones tienen sus tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Y vimos cuál era el inicio, el planteamiento, ese que viene marcado por la interposición de la denuncia, la querella, la demanda o la reclamación de que se trate. Pero nuestra historia ha de seguir y hemos de marcar el momento en que empieza su desarrollo principal. Y ese punto viene fijado por las calificaciones de las partes, que nos sitúan en el punto de partida del acto central, que no es otro que el juicio. Así que aquí tenemos el nudo de la trama.

Calificar, o formular escritos de acusación, es la actividad por antonomasia del fiscal, aunque cada vez ampliamos más nuestras funciones hacia otros ámbitos (https://conmitogaymistacones.com/2014/07/25/fiscales-mucho-mas-que-acusadores-2/) como contamos en el estreno a nosotros dedicado. Pero no podemos perder de vista que, a día de hoy, gran parte de nuestro trabajo sigue estando en ello, como gran parte del abogado penalista continúa siendo la elaboración de escritos de defensa. Ahí es precisamente donde entramos en el clímax del argumento, donde marcamos el rumbo de la historia y si hasta el género será más cercano al drama descarnado o a la comedia amable.

Las calificaciones se hacen ordenaditas, en conclusiones numeradas y separadas, como manda nuestra vetusta Ley de Enjuiciamiento Criminal. Hechos, calificación jurídica, autor, circunstancias modificativas y pena, con una posible alusión a la responsabilidad civil. Y después una parte esencial, la petición de prueba, algo así como el libreto sobre el que se va a desarrollar la función: interrogatorio del acusado, testigos, peritos y documentos. Todo por su orden. Y cuidado con que no se nos olvide nada, porque luego la cosa puede no tener remedio, que ya contamos que esto no es Perry Mason y no podemos traer en el último momento el testigo sorpresa que haga virar el curso de los acontecimientos.

Aunque parezca mentira, lo más difícil de elaborar es esa conclusión primera, la de los hechos, porque hay que ser muy cuidadosa con su redacción. Cuando empezaba en esto, mi tutor me enseñó lo de “las tres c” : claro, conciso y contundente. Sin ninguna referencia a categorías jurídicas, y sin incluir nada que no tenga influencia en la calificación. Tampoco deberíamos mezclar los hechos con las pruebas, ni con las diligencias practicadas, como entradas y registros o transcripción de grabaciones. Nosotros redactamos unos hechos, por ejemplo, que Fulanito vendía heroína a terceros y para ello tenía su balanza de precisión; el hecho nunca sería que entró la policía e incautó la balanza de marras. Así me lo enseñaron y así lo intentó hacer, poniendo atención en que el verbo principal describa la acción delictiva del autor. Pero aún ateniéndonos a estas premisas, hay tantos estilos de calificar como fiscales en el universo mundo, y existen desde las largas y casi poéticas hasta las telegráficas. También depende mucho del delito de que se trate, que no es igual un maltrato habitual que una conducción etílica o un trapicheo de drogas, ni puede compararse un tirón en plena calle con una estafa piramidal.

Después viene la calificación jurídica, casi un silogismo. Tal o tales delitos, previstos en tal o tales preceptos legales y si es consumado o intentado. Y otro tanto cabe decir de la autoría, que fue Fulanito o Sotanito y, en su caso, en concepto de autor, cómplice o inductor. Tal cual.

Donde la cosa puede ponerse peliaguda es en las circunstancias. Que ahí caben muchas cosas, desde una alteración psíquica, con todas las posibilidades de afectación posible entre la exención total o la mínima rebaja, hasta cualquier clase de miedo, estado de necesidad o intoxicación de sustancias de cualquier tipo. Ese es el momento de alegar que el imputado tenía una melopea como un piano –juro que lo he oído textualmente en una sala de vistas-, que estaba enmonado –también lo he escuchado tal cual- o en pleno síndrome de abstinencia o cualquier otra. Y ahí también caben las agravantes entre las que, lamento decir que ya no se encuentran la premeditación, la nocturnidad o el despoblado, que gustan mucho a los medios, pero sí algunas otras, como el actuar por motivos racistas o xenófobos –entre los que en virtud de la última reforma se incluye también el género-, la reincidencia y otras varias.

Y una vez dadas las premisas, viene la petición de pena. Una sola por delito, que no se suman para hacer peticiones de 100 años de prisión, como les encanta decir a los periodistas.

En cualquier caso, como de una función se trata, hemos de tener cuidadín y no hacer spoiler. No podemos desvelar el final de la obra antes de que la misma se haya desarrollado por completo, porque nadie tendría interés en verla. O, lo que es lo mismo ¿para qué serviría entonces el juicio? Que no hay que olvidar que es precisamente en el juicio oral donde está la parte importante, aquello en donde se ha de apoyar lo que finalmente se decida. Y no lo digo yo, que lo dice nada menos que nuestra Constitución.

Pero no es el fiscal, ni, en su caso, las otras acusaciones, los únicos que hacen sus calificaciones. También las hace la defensa, generalmente en sentido negativo, aunque pueden admitir los hechos o redactar unos distintos, para concluir que no son delictivos o no merecen pena o la merecen atenuada en función de las circunstancias. A este respecto, he de confesar lo poco que me gustan esos escritos que solo dicen “Niego, Niego, Niego” a las diferentes conclusiones. Siempre recuerdo a un compañero que empezaba sus interrogatorio preguntando al acusado si no se llamaba como ahí ponía y, cuando éste decía sorprendido que sí, que ése era su nombre, comentaba como si tal cosa “pues su abogado lo niega” y causaba el pánico en la Sala. Pero, sin necesidad de llegar a estos extremos, habría que extenderse un poco más, digo yo. ¿O no?.

Y no puedo acabar esta representación sin referirme que a veces los papeles se cambian, y ni necesariamente el fiscal ha de acusar, ni el abogado defender. Porque el fiscal puede pedir la absolución, si piensa que es lo legalmente adecuado, y sostenerse la acusación únicamente por una de las partes.

Así que hoy si habrá aplauso. Pero no será todavía el definitivo. Sólo una ovación espontánea a la espera del desenlace final. Pero, si la representación lo merece, ¿por qué no parar en medio y aplaudir, aunque sólo sea un poco? Hagámoslo, que seguro que los actores se animan y se vienen arriba para el final, ese desenlace triunfal que nuestro público merece.

Denuncias: planteamiento


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                Como nos enseñaban en el colegio, toda trama tiene tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Y, desde luego, todo buen guión debe tenerlo. Y si falla cualquiera de las tres partes, la función se nos viene abajo.

                Y, como siempre, en nuestro teatro no puede ser de otra manera. Nuestros guiones se dividen en tres partes muy diferenciadas, más, si cabe, que en las tablas del escenario al uso. Y así, empezamos con la denuncia, querella, demanda o similares, marcamos el nudo en las calificaciones de las partes, y acabamos con un desenlace como toca, la sentencia. Y de nosotros depende mantener el ritmo para que ninguna de las partes haga fracasar el espectáculo.

                La denuncia, la querella, o la demanda en su caso marcan el principio de la historia. Son el “Erase una vez..” de los cuentos, el “En un lugar de la Mancha..” del libro o, si se prefiere, el “Anoche soñé que volvía a Manderley..” de la película. Determinan el género de la obra, la duración de la misma, y hasta las posibilidades de triunfo o no. Porque, como sabemos, los cajones de los productores están llenos de guiones que no llegaron a ningún sitio, al igual que nuestros atiborrados archivos están llenos de asuntos a los que hubo que darle carpetazo.

                Lo que no podemos perder de vista es que la denuncia no es más que eso, el principio. No supone la imputación, ni la detención, ni la estigmatización de nadie. Ni siquiera esa pena de telediario que parece haberse puesto repentinamente de moda hasta el punto de requerir su abolición instantánea. Solo consiste en poner en conocimiento de aquel que tiene facultades para recibirla determinados hechos que le parecen reprobables a quien denuncia. Porque no hay que olvidar que quien denuncia no califica jurídicamente unos hechos, ni propone una pena. Para eso están otros. Y a veces se olvida, y la gente se llena la boca diciendo que ha denunciado a Fulanito o a Sotanita por esto o por aquello como si tuviera el poder en sus manos.

                Denunciar, lo que se dice denunciar, se puede denunciar todo, desde una abducción extraterrestre hasta la red de mafia internacional más espeluznante. Pasando por todo un abanico de opciones que harían las delicias del mejor guionista de Hollywood, de cualquier género imaginable, desde la comedia más hilarante hasta el drama más sangriento, pasando por el thriller psicológico, la peor de las tragedias, la comedia costumbrista y hasta el musical, si me apuran. Y por supuesto, la novela negra y las series de vecinos, un clásico en los ya casi extintos juicios de faltas.

                Y a lo largo de mi vida profesional, he visto, desde lo alto de mis tacones, y con toga o sin ella, denuncias de todo pelaje. Vecinos que constantemente se denunciaban entre sí por haber puesto un toldo de distinto color al estipulado, o que se dejaban el grifo abierto, o que tendían a deshoras –algunos, con chorro de lejía incluido destinado a estropear la ropa del rival- Y también supuestos paranormales que para sí quisiera Iker Jiménez, como un pobre hombre que venía todas las semanas al juzgado a contarnos que le visitaban los marcianos y le hacían toda clase de perrerías, incluida la violación por una oreja o la introducción de un chip en el ombligo. Y una atribulada esposa llegó a denunciar ante mí que su marido le era infiel con una mujer que necesitaba que la cargaran por las noches como si de un teléfono móvil se tratara, y nos pedía que se lo incautáramos. También me han solicitado órdenes de alejamiento de políticos y mandamases varios y mil cosas más. En esto casos, es evidente que el guión muere no más empezó, porque no hay manera de seguir rodando. O, como mucho, da para un entremés corto.

                Pero como no todo el monte es orégano, hay otras muchas denuncias que entrañan un verdadero drama humano,  un terrible asesinato, o una peligrosa trama de corrupción, o una red de trata de personas o tráfico de drogas. Y ahí tenemos que andar con cuidado para que no se nos vaya de las manos y poder hacer una gran función, como el público espera de nosotros.

                Y están, además, todas esas denuncias que son la mayoría, hechos pequeños o grandes que quizás no cambien el curso de la historia, pero sí de la vida personal del afectado. Robos, hurtos, estafas, lesiones, daños. Y también aquí hay que esforzarse. Porque hay muchas buenas películas que merecen ser vistas aunque nunca aspirarán a un Goya ni un Oscar.

                Otro tanto cabe decir de esos otros procedimientos que no son penales. Los que se inician por demanda u otro tipo de reclamación, se trate de la disolución de la mayor de las multinacionales o de la reclamación de la factura que le deben al churrero de la esquina. Todas merecen un espectáculo digno, y a nosotros corresponde conseguir que así sea. O hacer todo lo posible para ello, que no siempre nos lo penen fácil.

                Así que ahí estamos. Como escritores que con nuestra pluma hacemos que la historia pueda desarrollarse y tener un final feliz. Por eso, hagamos un pequeño aplauso de recibimiento, pero esperemos al final. Ojala se convierta en ovación.

Protocolos: problema y solución


sapos dancing flamenco

                El protocolo ha sido siempre algo muy importante. No hay acto, entrevista, estreno, homenaje o entrega de premios en que no estén fijadas unas normas de cómo y dónde sentarse, por qué orden entrar y qué sitio ocupar. La alfombra roja es una pasarela y un escaparate, y conviene tener todo atado y bien atado, así que los artistas han de atenerse a lo estipulado no vaya a ser que la cosa sea un desastre, televisado además. Aunque a veces hay alguien que se lo salta y regala momentos impagables a youtube, como aquel monumental cabreo de Fernando Fernán Gómez nadie sabe aún por qué, la descontrolada irrupción en el plató de un Fernando Savater poseído por un espíritu extraño, o el arrebato de umbralismo que ya ha creado historia porque el hombre solo quería hablar de su libro.

                Pero el protocolo, en singular, como conjunto de directrices para poner la venda antes que la herida y adelantarse al problema, tiene su plural, los protocolos, que, aunque no lo parezca, se encaminan al mismo fin. Y uno y otros son frecuentes en nuestro escenario. Habrá que ver si cumplen o no su cometido.

                Si tenemos la curiosidad de buscar en Google la palabra “protocolo” unido a cualquier tema jurídico, el buscador se desborda. Hay montones, de todos los ámbitos imaginables, de todos los temas posibles, con todos los niveles de detalle que queramos. ¿Sirven? Pues sí o no, que ya se sabe en este mundo nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira-

                En nuestro ámbito hay una afición desmedida a los protocolos. Y no digo yo que no sean útiles en muchos casos, que lo son, sobre todo teniendo en cuenta que es un mundo tan encorsetado que poco podemos movernos si no hay  un papel con muchos sellos y firmas de por medio. Y, cuando salimos de nuestro estrecho margen y nos metemos en otros mundos, pueden dar mucho de sí. Pautas de actuación respecto a colaboración con el personal sanitario, con entidades asistenciales o entre diferentes operadores jurídicos son, cuanto menos, un bonito abanico de buenas intenciones que, si se llevan a la práctica, pueden resolver más de un problema. Pero, a veces, la solución puede convertirse en parte del problema.

                ¿A quién no le han contestado alguna vez eso de “espere a que firmemos el protocolo” o “esto se solucionará cuando el protocolo esté firmado”?. Una frase estupenda, que deja al usuario de pasta de boniato pensando en si tendrá que hibernarse a la espera del protocolo cual Walt Disney a la espera del elixir de la eterna juventud. Y sin respuesta. Porque si una mujer maltratada necesita ayudas, o los padres de un enfermo mental un lugar donde internarlo con urgencia, no pueden esperar al protocolo de marras. Porque ya es ya.

                Y es que estas cosas se hacen esperar, que las cosas de palacio van despacio. Y entre que se juntan, hablan, debaten, firman, y se hacen la foto se nos va el tiempo del que no poseemos. Por más que la foto quede estupenda y salga en todos los periódicos.

                Pero alguien parece creer que ahí está la panacea de todos los problemas. Me contaba un compañero el otro día, sin saber si reir o llorar, cierto problema con las notificaciones y citaciones que, aunque parezca mentira, tardan más en llegar de un órgano de fiscalía o juzgado a otro de la misma ciudad que si fueran los protagonistas de La vuelta al mundo en 80 días. Porque, se crea o no, han de cruzar los puertos de varias mesas, registrarse varias veces, cubrirse de varios sellos de entrada y salida, y acaban por llegar fuera de plazo. Y, se crea o no también, se acordó hacer un protocolo para para que no volviera a pasar. Como lo leen. No dar una solución como el correo electrónico, el fax o hasta la paloma mensajera, si es preciso, no. Juntarnos, hablarlo, reunirnos, firmarlo y toda la parafernalia. Ahí queda eso.

                ¿Para cuando ingresaremos en la modernidad? ¿Para cuando nos desprenderemos de ese amor a sellos, cuños y firmas? ¿Para cuando aplicaremos de una vez eso de que la distancia más corta entre dos puntos en la línea recta? Espero no tener que contestar, como la canción, que Cuando los sapos bailen flamenco. O cuando las ranas críen pelo, que para el caso es lo mismo.

                Mientras tanto, y por si acaso, me voy al estanque, a ver la evolución de los batracios. No vaya a ser que aparezcan con melena y traje de faralaes y yo me lo pierda. Y, como Walt Disney, hibernaré mi aplauso para entonces.

Estudiar: ¿obligación o devoción?


estudiar

Hubo un tiempo en que se pensaba que los artistas -o los cómicos, como los llamaban- eran unos gansos que no querían estudiar ni trabajar, y se ganaban la vida dando el espectáculo, nunca mejor dicho. Ese tiempo ya pasó, pero todavía quedan muchas prevenciones para el mundo del arte, como si eso no fueran estudios. Sin saber que músicos, bailarines o actores han de preparase tanto que a veces formarse los convierte en verdaderos héroes, teniendo que compaginar sus ensayos, sus prácticas y sus actuaciones con estudios en otras materias difícilmente compatibles en horario. Y además, es una formación que nunca acaba, que no en balde la bailarina debe seguir con sus clases día a día y aprender sus coreografías, los actores el libreto y los músicos las partituras. Así que, si quieren seguir ofreciendo un espectáculo digno, deben estudiar, estudiar y estudiar. Que el nombre de El Estudiante no sólo lo merece el personaje de Curro Jiménez

En esto nuestra función es exactamente igual. Por más que quisiéramos evitarlo, no nos queda otro remedio que estudiar jurisprudencia, leyes, reformas y doctrina para seguir ofreciendo nuestra función del modo que se merece nuestro público, el ciudadano. Y ahí estamos.

Estudiamos una carrera y, los que la hicimos, una oposición, con la vana esperanza de que jamás nos tendríamos que volver a encerrar en casa en bata y zapatillas para llenar nuestro cerebro de todas aquellas cosas que habríamos de soltar en un examen. Pensábamos que no volveríamos a pasar aquel trance como Escarlata O’Hara no volvería a pasar hambre. Pero de eso nada. La realidad nos dio en plenas narices, como suele suceder. Porque ya se sabe que la realidad supera siempre a la ficción.

Cuando una aterriza en este mundo, con la toga, los tacones y las ganas por estrenar, cree que lo sabe todo, o casi todo. Pensamos que hemos estudiado tanto que nuestro cerebro no admite ni un conocimiento más. Y además, como si fuéramos Leonardo di Caprio, nos agarramos a la proa del Derecho diciendo “Soy el amo del mundo”. Para descubrir pronto que si no nos esforzamos el Titanic se hundirá sin remedio. Así que, en apenas unos días, nos estrellamos con la realidad y nos hacemos a la idea de que seguiremos estudiando toda la vida, si queremos que nuestra función triunfe. Es lo que hay. Y, a decir verdad, tampoco está mal.

Pero a veces, las circunstancias nos superan, y tenemos que convertirnos en superhéroes para conseguir aprender todo lo que se nos viene encima. Como ahora, sin ir más lejos, que caen sobre nosotros una reforma tras otra como si no hubiera un mañana. Una macrorreforma del Código Penal, una reforma abortada del Registro Civil y una reforma a plazos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, como si de un electrodoméstico se tratara, con retoques aquí y allá de la Ley Orgánica del Poder Judicial y de todo ello que tenga a bien ocurrírsele al legislador, que parece llevar puestas las pilas del conejito de Duracell.

Y nosotros dale que te pego. Además de estudiarnos nuestros asuntos, y la jurisprudencia aplicable al caso, a hacer la maratón legislativa que ríase usted de la San Silvestre.

La verdad es que, ante la inminencia de El Diluvio que viene, ganas me entran de hacer de Noé y meter en mi arca, además de mi toga y mis tacones, un ejemplar de la Constitución, del Código Penal, del Código Civil, de las leyes procesales, administrativas, laborales y todas aquellas que se me ocurra, para que no se pierdan las pobrecitas y algún día podamos representar Tal como éramos

                Pero, de momento, no se si voy a poder. Que eso de construir el arca da mucho trabajo y no me da tiempo mientras hinco los codos. Con cuidado, eso sí, de que las puñetas no se estropeen, que no están las cosas para perder nada.

Así que ánimo, que lo superaremos, como hemos superado muchas otras reformas. Pero paremos al menos un minuto. El que debemos dedicar para aplaudir a todos los que se esfuerzan para estar al día y dar una función digna un día tras otro. Porque el esfuerzo merece la pena.

Cursos: más que turismo judicial


cursos

Todos necesitamos reciclarnos, aprender y modernizarnos. Los artistas, por consolidados que estén en su fama y su prestigio, nunca pueden permitirse el lujo de dejar de aprender, o se arriesgan a quedar fuera de juego. Que se lo digan si no a la Estela Reinols de La que se avecina, reviviendo continuamente el día que Fernando Esteso tuvo una escena subidita de tono con ella, o a la Bim Bam Bum de Aida, ambas personajes de ficción pero que reproducen clichés reales.

Ni nuestro cine se puede quedar en el tiempo de Los Bingueros, ni nosotros tampoco. Por más que algunas de nuestras leyes daten de cuando los hermanos Lumière tenían la edad de la Primera Comunión. Por eso hay que informarse, formarse y, hasta si es preciso, reformarse, que no nos podemos quedar atrás.

Y para eso, sólo nos quedan dos cosas: estudiar en casa, que bastante difícil nos lo ponen con una reforma tras otra –o mientras, que muchas se solapan- y acudir a cursos, congresos, jornadas, seminarios, o lo que se presente.

Muchas veces se catalogan estas salidas de turismo judicial. Nos adjudican un curso, cogemos nuestra maletita, y nos vamos a la ciudad que sea. A aprender, se supone. Aunque tampoco está mal conocer la ciudad, convivir con los compañeros, y disfrutar de la gastronomía y de alguna copa, que no solo de leyes vive el jurista. Pero siempre se aprende algo, y de eso se trata, al fin y al cabo.

Aunque algo vamos modernizándonos, lo bien cierto es que nuestros cursos siguen el esquema tradicional. Ponenecias y mesas redondas, temas preferentemente jurídicos e intervenciones al final. Entre éstas, siempre me ha fascinado un clásico: el profesional de la tesis de la pregunta-ponencia, ese asistente al curso que interviene poseído por el espíritu del umbralismo y nos viene a hablar de su libro, haciendo una pregunta casi más larga qe la ponencia en sí y que no suele esperar respuesta. Pero, al margen de estas intervenciones, estos debates finales suelen ser my enriquecdores. Al menos, para percatarse que otros tienen los mismos problemas que una, que no es poca cosa.

Pero si hay un momento donde realmente se aprende, es el las actividades extraescolares de los cursos en cuestión. En comidas, cenas, cafés y copas, la gente suelta la lengua y, en petit comité, se explaya a gusto sobre sus cuitas. Con esas cosas que a veces, uno no se atreve a decir en público. Y es cuando descubrimos que no somos tan torpes como a veces nos creemos, que a los demás también les pasan esas cosas que pensamos que solo nos pasan a nosotros, y que otros tienen tantas dudas como una misma. Y que incluso, todos metemos la pata, lo cual es una terapia de grupo sin igual.

Pero no vamos solo a los cursos más o menos oficiales. También hay quien, de vez en cuando, se atreve a salir del entorno y acude a seminarios de la universidad, o de colegios de abogados, o de cualquier otra entidad donde pueda aprender algo. Y eso son cosas que deberíamos también potenciar, que la endogamia parece que a veces nos puede.

Y otra de las modalidades de este turismo de leyes y copas son los congresos de las asociaciones profesionales. Una buena ocasión para compartir inquietudes, conocimientos y problemas entre compañeros con muchas cosas en común.

Pero una de las mejores cosas de estas salidas en los últimos tiempos es la desvirtualización. Y es que, cada vez que hago mi maletita rumbo a un curso, consigo desvirtualizar a alguien a quien ya conocía de redes sociales o foros. O que me conocía a mí, sin que yo lo supiera. Y es impagable ese momento en que alguien se acerca y te pregunta: ¿tú… eres tú?. Y como yo soy soy yo, si nada lo remedia, nos saludamos y se produce la desvirtualización. Como una vez, hace no mucho, que una compañera de la carrera hermana a quien no tenía el gusto de conocer me dijo con una gran sonrisa “ah, tú eres la de la toga y los tacones”. Y con esa frase me contagió la sonrisa para el resto del día.

Así que demos hoy una ovación a esas oportunidades de salir, no vaya a ser que llegue una tijera cruel y nos los quite. A pesar de que a la vuelta nuestras mesa amenace hundirse con el peso de los expedientes y a pesar también de que estaría bien dar un repasito a la manera en que se hacen. Porque hay que informarse para formarse, y formarse para no deformarse.

Móviles: del papel a la nube


movil y tacones 3

                Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decía el cuplé, y nadie se imaginaría hoy una vida sin teléfonos móviles y dispositivos varios. Basta asistir a cualquier espectáculo para que nos insten a tuitearlo, con su hagstag correspondiente, haciendo un selfie a ser posible junto al protagonista y, si no, con el cartel anunciador que ya vimos en facebook y por el cual llegamos al link a través del cual compramos las entradas. Ya nada es como antes, y atrás quedaron esos tiempos en que la gente hacía cola días antes, se alineaba en la puerta, llevaba una cámara de fotos, de ésas que no tenían pantalla ninguna, y rezaba lo que sabía para que en el revelado saliera la foto con el artista. Y, por supuesto, no hay artista que se precie si no tiene cuenta de twitter, facebook e instagram, fanpage, y, por descontado, un blog donde contarnos día a dia si se corta el pelo o se hace mechas o se llevan más las faldas de tubo o las faldas lápiz, el escote halter o el cuello cisne o las pajaritas de raso, de terciopelo o de rompedor vinilo.

                Pero nuestro espectáculo es otro mundo. Aquí todavía se hace casi todo de modo presencial, aunque nos acabe de llegar la videoconferencia con algunas décadas de retraso y en la modalidad “cruza los dedos”. O sea, la milagroconferencia. Porque eso hay que hacer, lograr un milagro esperando que se encienda, que la conexión funcione, que el sistema sea compatible y mil avatares más que convierten una simple declaración o rueda de reconocimiento en una aventura Al filo de lo Imposible. Incluso hay que confiar que el número de teléfono no incluya determinados dígitos, porque a veces hay teclas que no van, y a Dios pongo por testigo que no me invento nada. Que ya me gustaría ver a mí a Frank de la Jungla o al vetusto Miguel de la Quadra Salcedo arrostrando tales riesgos. Tenemos, eso sí, nuestros sumarios atados con cuerda floja y hasta nuestra valija, que no nos falte de na, que no, que no. Y ojo, hasta flamantes carritos de supermercado donde los expedientes van de un lado a otro cómodamente arrastrados, faltaría más, por el esforzado funcionario de turno. Y eso si hay suerte.

                Pero tenemos nuestros móviles, lujo asiático donde los haya. Por supuesto, me refiero a los propios, los que nos hemos comprado con nuestro dinero, porque los oficiales habría que verlos. Creo que en el Museo de Arqueología ya se los están rifando.

                Y es que siempre hemos ido a la cola del mundo. Fuimos los últimos en incorporar el “busca” a las guardias, un artilugio antediluviano que simplemente avisaba de que había que buscar el teléfono –fijo, juro que existían- más cercano porque había emergencia. Pero para cuando nos los dieron, ya la gente los había descartado, cambiándolos por los otrora punteros teléfonos móviles. Recuerdo hace ya bastantes años, en mi primer destino, un mediático levantamiento de cadáver donde se distinguía perfectamente al juez y al fiscal, no por su donaire y hermosura, sino porque eran los únicos en cuyo bolsillo abultaba ese artefacto llamado busca y no podían correr de un lado para otro hablando con su móvil.

                Pero por fin, llegaron. Y ahí siguen. En muchos casos, exactamente los mismos, esos que no tienen conexión a Internet e incluso en casos tienen restringidas las llamadas, no vaya a ser que el juez, el fiscal, el secretario o el médico forense vayan a despilfarrar el erario público gastando el dineral de na llamada para avisar de que no llegan a recoger a sus hijos al colegio. Hasta con antenita, vaya que sí.

                Pero como estamos entregados a la causa, hemos ingresado en el mundo de la tecnología, y nos hemos comprado nuestros propios móviles. Y hasta tablets y ordenador, que estamos que lo tiramos. Con Internet y todo, oiga. Y wasapeamos, tuiteamos y hasta facebookeamos, cuando hay receso de juicios, claro, que queda muy feo hacerlo por debajo de la toga. Algunos, claro. Porque otros no saben lo que eso, por más que les expliquemos que las redes sociales no muerden y que algunas incluso sirven para resolver dudas o descargarse leyes o jurisprudencia. Y te miran cómo si te hubieran salido dos cuernos verdes en mitad de la frente.

                Hora es de modernizarse, o nos quedaremos atrás para siempre. Yo confieso que soy una adicta, y llevo a rajatabla eso de No sin mi móvil. Incluso me angustio y me entran palpitaciones si la batería está a menos del cincuenta por ciento y no tengo un cargador a mano.

                Pero, si alguien me ve en juicio, sentadita con mi toga y mis tacones y mirando absorta mi teléfono, que no piense mal. Juro que en él llevo el Código Penal, las últimas reformas y hasta jurisprudencia. Moderna que es una.

                Así que hoy pediré el aplauso en dos sentidos. Uno, el nostálgico, para esos vetustos móviles de guardia que aún circulan, y que piden a gritos irse al geriátrico tecnológico. Dejémosles ya descansar, que se lo han ganado. Y otro, para todos aquellos que día a día, se esfuerzan por aprovechar los beneficios de la tecnología en lugar de rechazarla. Porque seguro que el día que todos descubran que las redes no sólo sirven para pescar cambia su vida.