Lotería: que la suerte te acompañe


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Dicen que la gente del teatro es muy supersticiosa. Y en general es cierto. Desde que Moliere dejara de respirar en plena representación de El enfermo imaginario vestido de amarillo, quedó proscrito para siempre este color del mundo de las tablas. Y esto es solo un ejemplo. Que a nadie se lo ocurra pasar bajo una escalera, romper un espejo, derramar la sal o nombrar a la bicha, y que a nInguno se le olvide mostrar sus deseos de bonanza con una escatológica expresión de todos conocida, o la culpa del fracaso recaerá sobre él y el estigma de gafe llenará sus existencia de huídas disimuladas y escuchitas a sus espaldas. Y claro, en un mundo donde el azar y la suerte están tan presentes, no podría dejar de existir esa pasión del juego que, al menos una vez al año nos embarga a todos: la lotería.

Y ojo, que bien unida está al teatro, que no hay más que ver el anuncio con que cada año nos sorprenden –no diré nos deleitan, porque el nanana de Raphael y Cía no lo definiría exactamente como un deleite- No hay más que recordar que fue la sintonía de Cinema Paradiso la que acompañaba alguno de esos anuncios.

Y nosotros, como no podíamos ser menos, pues también jugamos. No hay Juzgado, Fiscalía, despacho de abogados u oficina que no juegue su decimito. Y que no coloque, ya puestos, alguna papeleta de los Coros y danzas de Alpedrete, de la Parroquia de San rRamón Nonato, de la Balompédica Conquense, o de cualquier asociación, falla, equipo deportivo o grupo a que pertenezca un familiar, normalmente los hijos, que nos los endosan para vender con las consabidas papeletas de rifa para ayudar al viaje de fin de curso. Y todos caemos, cómo no, más que por la ilusión de que nos toque, porque no vaya a ser que le toque a nuestro compañero y nos quedemos con la envidia puesta. Cosas del género humano, con o sin toga y tacones.

Es más, confieso que he llegado a compartir varios décimos con personas a las que jamás había visto, a través de twitter, en un grupo que nació para eso y fue el germen de una buena amistad. Solo por eso, estaré siempre agradecida a las redes sociales y a la lotería. Por más que critiquen a unas y otra.

Pero no toda la lotería se vende en las administraciones. Mi madre solía decirme, sobre todo al poco tiempo de aprobar la oposición, que no me molestara en jugar, que mi ración de suerte ya estaba agotada con la plaza de Fiscal. Y razón tenía –y tiene- en parte al menos. Sin menospreciar el esfuerzo titánico que una hace durante varios años de su vida siendo opositora, esa pizca de suerte tiene que acompañar el día del examen. Que los temas sean propicios, que el tribunal esté receptivo –no es lo mismo ser el último que el primero en examinarse, más aún si ese día hay un acontecimiento deportivo-, que no toque justo detrás del cerebrito que está destinado a ser número uno, y muchas otras circunstancias, son factores que influyen. Y negarlo es cerrar los ojos. Se estudia, y mucho, y si no, no hay manera. Pero un empujoncito siempre ayuda, y una zancadilla obstaculiza. Como el nadador que llegará al destino porque está bien entrenado, pero lo hará más rápido si la corriente es propicia y le costará más si hay temporal.

Luego, la suerte te sigue acompañando –o no- a lo largo de la vida profesional. Un buen destino, unos buenos compañeros, un buen ambiente ente profesionales, son cosas que ayudaban al nadador de fondo a llegar a tierra firme. Y lo contrario son las cosas que le hacen nadar contracorriente. Aunque si una da brazadas airosas, mueve los pies con brío y no desfallece, siempre acaba llegando. Si, además, lo hace sonriendo a la cámara y dando piruetas a lo Esther Williams en Escuela de Sirenas, ya habrá pasado el casting de toguitaconadas de luxe. Que cualquier día lo organizo, por cierto, así que habrá que estar atenta -y atento, nada de dfiscriminación-.

Pero lo que también es una lotería, y no debía serlo, son muchas de las cosas con las que nos encontramos en nuestro escenario día a día. ¿Funcionará el ordenador? ¿Tardará más de 20 minutos en encenderse? ¿Habrán publicado una ley nueva más? ¿Habrá que sustituir a algún compañero enfermo? ¿Quedarán posits? ¿Me habrá desaparecido la grapadora? Todas éstas son cuestiones que amargan nuestro quehacer diario, hasta el punto que, a veces, a una le entran sudores fríos cuando abre el correo corporativo –si es que lo consigue- y teme que lleguen notas de servicio, comunicaciones de incidencias informáticas o cualquier otra cosa con las que nos deleitan en Toguilandia.

Pero aquí seguimos. Nadando contra viento y marea. Y con la certeza de que no nos ha tocado la lotería. Ni la de Navidad, ni la otra.

Por eso, el aplauso para todos esos incombustibles nadadores. Porque, pese a todo, siempre acaban llegando a la meta.

 

Navidad judicial: se armó el Belén


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Como todos los años, llega la Navidad. Y como todos los años también, en teatros y salas de proyección se coloca el Belén. Aunque cada vez más destronado por el anglosajón árbol de Navidad, el rogordete Papá Noel y sus brillos y oropeles, el Nacimiento sigue teniendo su sitio todavía. Y todo lo que conlleva. Siempre que llega, me acuerdo de Chencho perdido en el mercadillo entre los puestos con figuritas mientras un angustiado Pepe Isbert le llamaba a voz en grito en La Gran Familia. Inevitables recuerdos.

Con nuestras limitaciones, también nosotros colocamos nuestros Belenes, por más que en algunos sitios les dé por discutir si es un símbolo religioso que tendría que andar desapareciendo. Pero ésa es otras historia. La tradición es la tradición. Aunque aquí se abre hoy el telón para montar un Belén nada tradicional. Tener mi propio teatro es lo que tiene.

Así que montaré nuestro propio Belén, el Belén de Con Mi Toga y Mis Tacones. Y trataré de encontrar las figuritas más adecuadas, en este mercadillo en que a veces una tiene que entrar a saltos, porque eso del Papel 0  se queda en eso, en un 0, y todavía hay que saltar montones de papeles para encontrar algo. Y lo que te rondaré morena. O la marimorena, ande, ande, ande, ya que estamos.

Obviamente, el Niño será la Justicia. Porque es la protagonista, y porque la recuerda mucho, entre abandonado e indefenso, y falto de medios adecuados. Así era un bebé que hubo de guarecerse en un portal, y así ocurre a la pobre Justicia, que no tiene las condiciones mínimas para salir adelante.

Sus padres, San José y la Virgen, no pueden ser otros que el Pueblo y la Constitución. Porque la Justicia emana del pueblo, como Jesús nació de María, y así la protege la Constitución. Ambos, por cierto, tan desprotegidos en ocasiones como sus congéneres de Nazaret.

Por supuesto, también tenemos nuestro Angel anunciador. Y nuestro coro de ángeles dando cuenta de todo lo que pasa. Que para eso tenemos a los periodistas de tribunales Al filo de la Noticia. Que ya me los imagino contando plazos a ver si el alumbramiento se produce a tiempo, y apostados a las pertas del portal para no perderse la exclusiva. Igual hasta nos montaban una tertulia y todo, con tertulianos que fueron expulsados del portal de Gran Nazareno en antiguas ediciones opinando sobre si se debían emprender acciones legales contra el dueño de la fonda que no les dio cobijo. Y, ya puestos, hasta un concurso, a ver quién acertaba la hora en que se diera a luz a la criatura, o hasta el peso, que si hay que ir se va

Y, deambulando por allí, los pastorcitos, que no serían otros que toda la pléyade de abogados que andan detrás de la Justicia a ver si ayudan a sacarla adelante. Y junto a ellos, las lavanderas y aguadoras, esos procuradores que andan de un lado para otro para que las cosas lleguen a tiempo

Y, perdóneseme por el símil, pero esa pareja de buenos animales que resguardan al Niño, podríamos ser Jueces y Fiscales. Bien entendido que como guardianes del portal, haciendo lo que pueden por la indefensa criatura, claro. A ver si algún malintencionado cree que nos estoy llamando bestias. Y, con nosotros, todos los que intervienen en cuidar al rorro, sean LAJs, funcionarios, médicos forense, o toda la fauna que puebla nuestro escenario. Haciendo lo imposible porque el niño esté calentito y salga adelante pese a la intemperie y la pobreza.

Y como nos falta quien asuma la función de los soldados romanos, ahí podríamos meter a otros operadores jurídicos, como los Notarios, que andan extramuros del Juzgado pero dan fe de que todo se desarrolle de manera conveniente.

Por supuesto, faltaría saber quien ocupa otros papeles. El de caganer, por ejemplo, propio de los belenes catalanes. Pero eso lo dejo a la imaginación de cada uno. Como dejo también el papel de Herodes, al que cada uno deberá poner cara pensando en que era alguien que podría evitar que el Niño estuviera en condiciones tan precarias si no se hubiera empeñado en dictar un edicto absurdo o si le hubiera proporcionado cobijo y abrigo. Y si no anduviera persiguiéndole luego, claro.

¿Y los Reyes Magos? Pues me vais a perdonar, pero éstos lo que harán es un cameo. Y serán ellos mismos, como ese “as himself” de los títulos de crédito de algunas películas. Porque a día de hoy, son los únicos en que podemos confiar para que esto salga adelante. Con su oro, su incienso y su mirra, que no son otra cosa que dinerito para conseguir medios, sensatez para administrarlos y ganas para regularlo. Casi nada.

Así que ahí queda nuestro Belén. A ver si en esta versión al Niño le dan un mejor trato. Pero mientras, el aplauso es para todos los que consiguen mantenerlo. Y para la propia Justicia, que como él, consigue salir adelante pese a las adversidades.

Y ahora, a esperar como se portan los Magos, que tal como están las cosas, no sé no sé. Permanezcan atentos a sus pantallas.

 

(imagen: Arbol de Navidad confeccionado con Memorias de la FGE)

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Música: nuestra BSO


música y ballet

¿Qué sería del cine, o del teatro, sin esas bandas sonoras que le acompañan? Hasta en el cine mudo, en que un pianista acompañaba en la misma sala la proyección, como veíamos en The Artists o, mucho antes, en Cantando bajo la Lluvia y tantas otras.

La música de las películas ha marcado nuestras vidas, y hoy cualquiera es que capaz de tararear, con mayor o menor fortuna, el silbido del Puente sobre el Río Kwai, la canción de Titanic, la sintonía de El Padrino o de Doctor Zhivago o la malodía de La vida es bella o Cinema Paradiso –que además, son frecuente acompañamiento de montajes de fiestas de aniversario o power points de autoayuda- Y eso solo por poner algún ejemplo.

Y nosotros no podíamos ser una excepción. Aunque no suenen las notas al paso de togas y tacones, es fácil inventar qué música sonaría en cada momento. Sólo es cuestión de imaginarlo. Así que hoy hagamos un ejercicio de imaginación, y como en aquella película, digamos eso de “Tú la Letra, yo la Música”, y dejemos que vuele. Como le ocurría a la protagonista de este relato, que traigo como regalo de Navidad anticipado.

Eso sí, con una dedicatoria especial, para alguien que vistió de notas musicales su entereza y con ella ha conseguido salir adelante. Va por ti, Laura.

 

Relato ganador del 2º premio de narrativa 2008 fundación Hugo Zárate (tema: la música)

 

LAS NOTAS DE MI VIDA

Sara estaba desconcertada. Ya estaba allí otra vez, mirando el timbre de aquella puerta y sin decidirse a llamar. Era la tercera vez que lo hacía en el último mes, y había perdido la cuenta de las veces que había llegado hasta allí en el último año, con su chándal zarrapastroso cubierto con un abrigo más zarrapastroso aún y, lo que es peor, con la misma cara de idiota de siempre. No sabía qué le pasaba, pero el caso es que salía de su casa con la firme decisión de enfrentarse de una vez por todas con los vecinos con los que compartía tabique, decirles que no lo aguantaba más, que aquello no podía seguir así, y siempre se acaba echando atrás. Y lo peor de todo, terminaba volviendo a casa sin haberlo intentado siquiera y, lo que es peor, con la misma cara de idiota que tenía ahora. No lo entendía, pero algo le impelía a marcharse de aquella puerta.

Sara llevaba viviendo en su minúsculo apartamento poco más de un año. Se trasladó allí con sus maletas, con poca ropa y muchos libros, con el único fin de no distraerse de su objetivo: estudiar, estudiar, y estudiar. Estaba preparando oposiciones a Judicatura y sus padres, desde su pueblo y con un considerable esfuerzo económico de su parte, le pagaban alojamiento, comida y estudios. A cambio, ella no tenía otra salida que aprobar, y hacerlo pronto. Pronto, porque su familia y ella lo necesitaban pero pronto, sobre todo, porque de lo contrario se moriría de aburrimiento.

Su vida era pura rutina: nueve horas de estudio al día, una hora de footing, nueve horas de sueño, dos salidas semanales para dar clase con su preparador, y poco más. Bajaba a comer a un bar que había en el bajo de su propio edificio, tomaba el menú del día, fuera cual fuera, y cenaba cualquier cosa, si cenaba. Había días que ni siquiera se quitaba el pijama, aunque generalmente vestía uno de sus dos chándals zarrapastrosos, que se habían convertido en su uniforme de preso. Y de esa guisa se plantificó varias veces en la puerta de aquel piso al que no se atrevió a llamar.

Y es que los vecinos con los que compartía tabique eran, en el fondo, su única distracción. Por eso les odiaba pero, por eso mismo, no acababa de decidirse a hablar con ellos. Le distraían, y a Sara no le estaba permitido el lujo de distraerse. Con nada.

En realidad, era enloquecedor. Las paredes eran de papel y todo el día, y parte de la noche, salían de esa casa sonidos que la apartaban de su meta. Siempre se oía música, a un considerable volumen, y nunca era la misma, ni siquiera del mismo estilo. Ella ignoraba cuántas personas vivirían en aquella casa, pero, desde luego, además de estar todos sordos como tapias, tenían gustos radicalmente distintos: tan pronto oía música clásica, como heavy metal, hip-hop, boleros pasados de moda, coplas o canciones de la más rabiosa actualidad. Debían hacer turnos para usar el aparato de música, si es que sólo había uno, y su factura de electricidad debía alcanzar cifras astronómicas por las horas que estaba conectado. Nunca los había visto, y, si lo había hecho, no habría sabido quiénes eran. Compartían aquel dichoso tabique, pero ni una sola ventana, y la entrada a sus respectivos hogares estaba en portales distintos de calles diferentes. La de sus vecinos, como una broma del destino, daba a la calle Músico Albéniz; la suya, no menos irónicamente, a la calle Porvenir.

Pero el caso es que a Sara le distraían, y le robaban horas de concentración ante los Códigos que aspiraba a aprenderse de memoria. Y era por eso, porque le distraían, por lo que tenía que hablar con ellos para que dejaran de tener siempre esa música tan alta. Pero, también era por eso, porque le distraían, por lo que no acababa de decidirse a hacerlo.

Sara no siempre había sido una persona tan aburrida. Poseía una gran imaginación y antes, cuando el aprobado no era el único objetivo de su vida, había sido aficionada al cine, había hecho sus pinitos en el ballet, había leído, salido, bailado, escuchado música, en fin, había vivido. Pero ahora no podía.

Pero pese a todo, Sara jugaba a imaginar qué hacían sus vecinos, a envidiar aquella vida con banda sonora. Tenía claro que en aquella casa debía vivir una persona mayor, o quizá una pareja de ancianos, porque a media tarde, a la hora de la merienda, solía escuchar música antigua, suave, tangos de Gardel o boleros sudamericanos y hasta alguna canción de Antonio Machín, como las Dos gardenias o los Angelitos Negros que le había oído a su abuela y le traían recuerdos de su infancia. También debía haber algún melómano con una gran colección de música clásica, algunos de cuyos sones conocía, aunque otros muchos no. En ocasiones, se oían fragmentos de grandes ballets, como Las Sílfides, Giselle o su preferido, Coppelia. Esos momentos le hacían sonreír pensando en el tiempo en que quiso ser bailarina, en que se dedicó, con ahínco pero sin mucho éxito, a tomar clases de ballet, hasta que su falta de talento, o de fuerza de voluntad, o las curvas de su cuerpo de mujer, le hicieron renunciar. Entonces volvía a la realidad de sus apuntes, y sus Códigos, y se enfurecía con sus felices vecinos.

Nunca le duraba mucho el enfado. Volvía a sonreír en el momento en que, según pensaba ella, llegaba la persona que cuidaba a  aquellos entrañables ancianos. Tomaba el aparato de música, y llenaba el ambiente de ritmos latinos, salsa, merengue, bachata, alegres como debía estarlo el inmigrante que había conseguido trabajo y estabilidad en aquella casa. No sabía si sería hombre o mujer, pero estaba segura que utilizaba el aparato de música para recordar la tierra que dejó atrás. Sara, a veces, hasta bailoteaba con sus libros con aquellos ritmos tan alegres.

Lo que no llevaba bien era las mañanas. Muy temprano, se despertaba con coplas y canciones folklóricas que debían provenir de la empleada que se cargaba de las faenas de la casa. Sara se extrañaba de no oírla cantar La Bien Pagá, Ojos Verdes o La Zarzamora al tiempo que sonaban las canciones, porque en su casa, donde vivía antes de encerrarse con sus libros, la mujer que hacía la limpieza una vez por semana no dejaba de atormentarla con sus cánticos. Pero a lo mejor, no a todas las empleadas domésticas les gustaba cantar.

Después, venía la hora del desconcierto. Sara se figuraba que en aquella casa debían vivir varios jóvenes,  adolescentes, y hasta algún niño. Estaba segura de eso, y que debían pelearse por el reproductor de discos compactos, o lo que quiera que usaran. Seguro que lo hacían, porque tan pronto la sorprendían con una sesión de canciones infantiles, como con música romántica, rock duro, rap o canciones comerciales, tan pronto en inglés como en español. Sara casi podía verlos riñendo por ocupar aquel espacio, y echaba de menos a sus hermanos, con los que tantas veces había peleado.

Y después de la cena, venía la hora tranquila. Suponía que era el tiempo en que los dueños de la casa, una pareja moderna, trabajadores ambos, dedicaban para sí. Sonaban entonces con frecuencia bandas sonoras de películas conocidas, La Misión, Pasaje a la India, Memorias de Africa. Había días que les daba por los musicales, y esos eran sus preferidos, cuando oía acordes de West Side Store, All that Jazz, Chicago, A Chorus Line, hasta Saturday Night Fever y Grease, que le encantaba, aunque se avergonzara de reconocerlo. Evocaba los tiempos en que ella también iba al cine, y comía palomitas, y disfrutaba con las películas. Ahora, hacía más de dos años que no pisaba una sala de proyección y, desde luego, no tenía vídeo ni DVD, ni siquiera una televisión que funcionara bien.

Por eso Sara no se decidí a cortar con aquella historia. Sus vecinos eran ruidosos pero, en el fondo, le hacían compañía. Y Sara, inconscientemente, vivía a través de sus vidas, de esas vidas con banda sonora que le hacían compañía sin saberlo. Por eso Sara nunca se decidió a tocar aquel timbre, porque tenía miedo de que aquello acabara. Así que, finalmente, fue espaciando sus intentos de enfrentarse a sus vecinos, y en los dos últimos años que vivió en aquella casa, ni siquiera llegó al umbral de su puerta nunca más.

Al final, llegó el día en que Sara había de enfrentarse con sus auténticos miedos, con su meta final: el día del examen. Se vistió adecuadamente, cogió sus cosas y salió de casa. Curiosamente, creyó reconocer los acordes de La Marcha Triunfal, y se fue sonriendo hacia el examen.

Pasó todas las pruebas y logró el objetivo. Por fin había obtenido su plaza, era libre de recuperar su vida. Cuando volvió a casa a recoger sus cosas, tuvo una sensación de vacío: ya no oía música alguna. Antes de irse, quiso finalmente conocer a sus vecinos, despedirse de ellos, y se encaminó por última vez a la calle Músico Albéniz. La casa estaba cerrada a cal y canto y el silencio lo inundaba todo. Le invadió la curiosidad y preguntó a otros vecinos, pero nadie sabía nada.  Finalmente, la panadera, después de reírse mucho cuándo ella le preguntó si la familia de aquella casa se había mudado, le preguntó su nombre y, al contestarle, le entregó varias cajas de zapatos, atadas con varios lazos. Junto a ellas, había un sobre con su nombre, y en su interior una simple nota: “Enhorabuena”. La panadera, después de preguntarle si se llamaba Sara y vivía en la calle Porvenir, le dijo que esas cajas se las dio la sobrina del hombre que vivía en aquel piso, explicándole que eran para ella. Aquel hombre resultó ser el único habitante de la casa, según le dijo, un señor de edad indefinida ya muy enfermo, que había preferido morir solo en su casa que en la cama de un hospital o una residencia. Había muerto el 3 de Julio de aquel año, exactamente el día antes al que Sara aprobó el último examen. Cuando abrió las cajas, vio la enorme colección de discos compactos, de todos los estilos, que ella había escuchado desde su casa. En su cabeza, le pareció oír con toda claridad la melodía de La muerte del Cisne.

Sara nunca supo el nombre de aquel vecino que llenó su vida de una familia imaginaria. Pero hoy en día, nunca abandona su colección de discos, y es incapaz de trabajar en su ordenador, o de conducir su coche sin poner el aparato de música en funcionamiento. A veces, fantasea con el aspecto de aquel desconocido que, sin saberlo, llenó aquellos momentos de su vida, y piensa que quizás sin él nunca lo hubiera conseguido. Y con su música, con la música que le dejó como una preciosa herencia, Sara nunca ha vuelto a sentirse sola.

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Publicidad:¿Invisibles?


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En el mundo del artisteo, nadie sería nadie sin publicidad. Ya puede uno tener un talento que no le quepa en el cuerpo y estrenar una obra que deje al mismísimo Shakespeare como un aprendiz, que si no la promocionan, no se comerá una rosca. Y esto es así desde que el mundo es mundo, que mucho antes de la tele, los anuncios o Internet, existían los carteles anunciadores y los programas de bolsillo.

Pero ahora nadie concibe la publicidad sin los spots. Y si tiene un slogan que nos deje pillados, ahí se queda en nuestro disco duro para siempre, formando parte de nuestros recuerdos. ¿Acaso no sabemos todos quién es el negrito del Africa tropical, las Burbujas Freixenet, la chica nueva en la oficina o el que vuelve a casa por Navidad? ¿No recordamos a aquel soso de Manuel Luque, director general de Camp, que nos decía que buscáramos, comparáramos y si encontrábamos algo mejor lo compráramos, a las muñecas de Famosa rumbo al portal? ¿O a la petarda que viene del futuro sin otra ocurrencia que traer un frasco de Lejía, o al plasta del mayordomo de Don Algodón, todo el día controlando si estaba todo limpio como si fuera una suegra de las peores? ¿No hemos empleado nunca eso de “porque yo lo valgo” o “a mi me daban dos”? ¿No recordamos lo de la cartera y los donuts, el chup chup avecrem, el calvo de la lotería o su encantador heredero Justino? ¿No hemos dicho nunca lo de “yo te doy cremita, tú me das cremita” o lo de “tengo gambas, tengo chopitos” o eso de «no pesan los años, pesan los kilos»? ¿Y no recordamos a aquel pobre chico que quedó estigmatizado porque desde pequeño llevaba en su interior Abanderado y todo el mundo lo sabe? ¿O a la pobre de la incontinencia o las hemorroides, que no sé cómo puede salir a la calle con esa cruz? Pues eso. Los ejemplo son miles. Pero en ni uno solo de ellos sale la justicia aunque solo sea de perfil. Como si no fuéramos parte del universo mundo. Como si estuviéramos por encima del bien y del mal y no pudiéramos bajarnos de los tacones y la toga para lavar, usar champú, ponernos colonia o brindar con cava. No con Soberano, que era cosa de hombres, faltaría más. En todo caso con la chispa de la vida.

Que nosotros no nos anunciemos tiene una causa. Por algún motivo desconocido, nunca estuvo bien visto que se hiciera, restringiéndolo incluso las leyes en una época. Pero es que ni siquiera la publicidad institucional nos ha considerado dignos de su atención, y bien que se esforzaron en aquello de “Hacienda somos todos” pero a nadie se lo ocurrió una campaña de lustre de la Justicia, tipo “la Justicia es de todos”. Y así nos va.

Cuando yo andaba metiéndome en la toga por vez primera, entonces sin puñetas –aunque sí puñetera- y ya con mis tacones bien calzados, propuse medio en broma medio en serio en Junta de Fiscales que buscáramos un patrocinador. Puesto que no teníamos no ya ordenadores, sino ni siquiera bolígrafos ni mesa propia –recuerdo escribir a la vuelta de los papeles en sucio, y poner el “visto” a mano porque no había cuños-, dije que si no nos financiaba el Estado que lo hiciera otro. Y ya me veía yo con mi flamante toga con un logo en la espalda que dijera “Beba Coca Cola” y cambiando el escudo de Fiscal por el de Adidas. Sponsors de postin, vaya. Que no va a ser una pobre hasta para pedir. Pero no hubo forma. Ni que decir tiene que me miraron como si me hubiera salido un cuerno rosa en mitad de la frente. Y a puntito debí estar, sin siquiera saberlo, de que me llevaran directita al compañero que llevaba Incapaces –hoy Personas con discapacidad- o, sin más ambages, rumbo al Frenopático. Pero no llegó la sangre al río, y aquí sigo, al pie del cañón y casi con las mismas carencias de entonces.

La verdad es que hoy ya se va viendo algún anuncio de abogados y servicios jurídicos. Pero más bien entre feos y horribles –perdónenme los anunciantes-. Me es difícil imaginar a nadie acudiendo presto a un abogado porque el spot le haya dejado enamorado. Y es que el cliché sigue siendo el mismo. Señores aburridos hablando de cosas aburridas en un entorno aburrido. Lo menos atractivo que se pueda imaginar. Pero en realidad, no es otra cosa que la trasposición de la imagen que tenemos para el ciudadano: lejanos y tirando a plúmbeos. Es lo que hay.

Y no digo yo que debíeramos andar bailando la Konga para ser populares. Pero no estaría mal una lavada de cara. Y un slogan amable, y hasta un jingle, si me apuran. Ya sé que insistirán en que tener un juicio no es nada divertido, pero menos aún lo es hacer la declaración del IRPF y bien que sacan en anuncios a personas sonrientes poniendo sus crucecitas como si les hubiera tocado la lotería, aunque todos sepamos que eso de pagar impuestos es tan grato como que nos arranquen las uñas con hierros candentes. ¿O no?

Así que hoy no hay aplauso. Que como dicen en la tele, no será ahora. Será después de la publicidad. Si llega

 

Campaña electoral:¿Justicia Importa?


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Cuando llegan las elecciones, no es extraño ver a los artistas haciendo campaña abiertamente a favor de uno u otro partido. O casi más, en contra de alguno. Ellos no tienen problema: se ponen sus galas, y salen a la palestra a proclamar sus ideas políticas. Con más o menos acierto, lo reconozco, pero con toda la proyección pública que la fama les da. Y probablemente su discurso tenga más influencia que el de veinte políticos empingorotados. Es el precio de la fama, ya se sabe.

Y es que las elecciones son un tema recurrente. Las espectaculares campañas americanas, o las sobrias cuestiones patrias han sido escenario de muchas películas, desde Primary Colors a El Disputado voto del Señor Cayo, pasando por El Candidato (versión argentina y norteamericana). Aunque siempre que pienso en ello, acabo viajando con la imaginación al discurso de James Steward en Caballero sin Espada. No sé por qué será.

Pero aquí también tenemos lo nuestro. Y dado el pistoletazo de salida, el Qué será, será, se instala en nuestras vidas a las espera de lo que digan las urnas. Con su procedimiento y su trabajo extra para algunos de nuestros protagonistas, todo hay que decirlo, que ya dedicamos un estreno a Urnas y puñetas

Pero, más allá de lo que afecte a algunos en su día a día laboral, también hay que plantearse lo que el resultado nos afecte a todos, y si tenemos algún poder para influir en ello. Y ganas de hacerlo, claro.

La verdad es que algunos no nos lo ponen fácil. Más bien lo contrario. Las prohibiciones e incompatibilidades que atenazan a jueces y fiscales hacen que sea casi imposible pronunciarse sin arriesgarse a un expediente o algo peor. Por si alguien no lo recuerda, no podemos pertenecer a partidos políticos ni sindicatos ni emitir opiniones que supongan felicitación o desaprobación directa en el ejercicio de nuestro cargo. Cosas de laxa interpretación que hacen que, incluso cuando actuamos como simples ciudadanos, nos sintamos caminando En la cuerda floja para no traspasar La delgada línea roja.

Y seguro que alguien estará pensando en las famosas puertas giratorias, como si eso fuera tan sencillo para la mayoría de nosotros. Pasar de un lado a otro es cosa de unos pocos, y el común de los toguipuñeteros andamos de juicio y juicio y de guardia en guardia sin saber dónde esta la dichosa puerta. E importándonos bien poco, además, por más que por aquí va mi respeto a los compañeros que decidieron traspasarla con la ilusión de conseguir algo bueno para la Justicia. De los otros, ni digo, que luego todo se sabe.

Más sencillo lo tienen los letrados, sin embargo. Si hacemos una estadística, a esa profesión pertenecen gran parte de quienes sientan sus posaderas en las diferentes Cámaras, o es al menos la licenciatura que ostentan la misma que nosotros. U otras cercanas, como la pertenencia al cuerpo de Médicos forenses, que algunos casos hay, o de los ya ex secretarios judiciales. Pero volviendo a lo que iba, los abogados pueden compatibilizar, hacer campaña y pronunciarse como les venga en gana. Y bien que puede venirnos, que igual dicen lo que otros no podemos. No hay que desaprovecharlo, por cierto.

Pero lo que es una verdad incontestable es el hecho de qe, no sé si por qué somos pocos en relación con el total del electorado o por qué no interesa demasiado que esto funciones, poco caso nos hacen, por no decir que ninguno. Se habla poco de justicia en los programas electorales, se elaboran muchas veces por gente que jamás puso sus tacones o sus mocasines en un juzgado, y se relega el tema a un puesto muy discretito. Olvidando qe la justicia es cosa de todos y que de poco sirve reconocer derechos sino hay una justicia eficaz donde reclamarlos. Y así nos va.

Y es que, aunque muchos no lo crean, la Justicia importa, y mucho. Al menos así debería ser. Y aun no he entendido cómo no se pone el grito en el cielo al ver que no se nos escucha, que no se ponen medios, que nadie se sorprende de que Hacienda nos controle en un nanosegundo y Justicia en un nanosiglo, vista la diferencia de medios con que contamos unos y otros .

Así que no nos queda otra que protestar, cada cual desde donde pueda hacerlo. Todo vale. Porque la Justicia importa, aunque no todos sepan o quieran verlo.

Así que hoy lo que daré será un aplauso diferido -¿por qué no, si otros lo hacen?-. A la espera de cómo se porten y cómo cumplan quienes tienen posibilidad de cambiar esto. Votantes y votados. Porque la Justicia, como Teruel, también existe.

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Días: hábiles e inhábiles


dias que vuelan

Todos sabemos que los artistas trabajan cuando la gente descansa. Que para ellos los tiempos no corren en el mismo sentido que para el resto de los mortales y cuando más se incrementa su faena es en fines de semana y vacaciones. Al revés del mundo. Pero claro, si dieran sus representaciones en horas y días de oficina, no iría nadie. Quienes tienen trabajo, porque no tienen tiempo, y quienes no lo tienen, porque lo que no tienen es dinero. Es lo que tiene eso que llaman crisis y que según algunos ha desparecido. Algo que me resulta muy raro, porque si hubiera desaparecido de verdad no sé por qué no vuelve Lo que la crisis se llevó, o sea, los jueces y fiscales sustitutos, los medios materiales, la paralización de los juzgados creados, la dotación de programas informáticos y ordenadores en condiciones, los pagos periódicos a los letrados del turno de oficio, y unas cuantas cosas más que, si no ando mal informada, ahí siguen, convirtiendo a la Justicia en La bella durmiente del bosque, esperando que llegue de una vez el Príncipe Presupestín a sacarla de su sueño.

Pero, con crisis o sin ella, los días pasan y hay que llenarlos con nuestro trabajo. Los artistas con sus funciones y nosotros con las nuestras. Que también tenemos lo nuestro a la hora de usar el tiempo. Porque nosotros tampoco vivimos en los mismos parámetros que el resto del universo mundo.

Por un lado, tenemos los famosos plazos, que afectan a unos más que otros, pero que ahí están apretando el cinturón de nuestras togas. ¿Qué por qué digo esto? Pues de muestra un botón, o tal vez dos. Veamos si no.

El primer botón sería el que nos trae esa bomba de relojería llamada reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal y su ya famoso plazo de instrucción de seis meses. No deja de ser curioso que a nosotros nos limiten el tiempo, y nos pongan además una vacatio legis  de dos mesecillos de nada, y a quienes prometieron que darían medios para hacerlo –cosa inexplicable, puesto que la propia ley disponía no dotar de medios- se les haya olvidado esa promesa hasta Dios sabe cuándo. Así que unos tenemos un reloj digital con temporizador, y otros aún miden el tiempo con su reloj de arena, o de sol. Algo que el saber popular llama ley del embudo, pero no sé en qué BOE se ha publicado.

El segundo botón de nuestro traje sería eso que han llamado digitalización o papel 0 . Y que nos dicen que viene para el 1 de Enero, pero una empieza a dudar de qué año se trata, incluso de qué siglo. Porque igual es que yo soy muy escéptica, pero no pillo cómo van a convertir en cero los miles de expedientes que andan por estanterías, mesas y hasta por los suelos de los juzgados. La única solución que se me ocurre es algo que veía en una comedia en mi infancia, Enredo, en la que uno de los protagonistas se empeñaba en decir que era invisible con hacer un par de aspavientos, y actuaba como si nadie lo viera. Como aquel Traje nuevo del Emperador del cuento de niños.

Así que visto lo visto, resulta que el tiempo no es ese dato objetivo que algunos creen, sino algo que diferente. Y eso me lleva a recordar que en Derecho, los días se diferencian según sean hábiles o inhábiles. Es decir, aquellos en que se trabaja, y los que no, los que entran en los plazos y los que no. Pero es una verdad a medias, porque luego llegan los fines de semana o el mes de agosto, y si no hay alguien de guardia la cosa no tira adelante, por más inhábiles que sean los días. Y luego está la posibilidad de habilitar los días inhábiles, que también existe, y la diferencia a la hora de contar dependiendo de en qué jurisdicción y en qué fase procesal nos encontramos. Y se nos dice que para la instrucción son hábiles todos los días del año, por más que el mísmisimo Papá Noel esté esperando en la entrada de la chimenea con sus regalos. Y ojo, que igual nos trae los medios que pedimos y cómo no estamos, pues nos lo perdemos.

Quizás ahí esté la clave. Y que quien tenga que poner los medios tenga más días inhábiles que quienes necesitamos esos medios para que los días, además de hábiles, sean útiles. Así que tal vez todo sea cuestión de sincronizar nuestros relojes.

Así que, mientras no lo hagan, no hay aplauso que valga. Que para aplaudir también tiene que haber días inhábiles. ¿O no?

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Regalos: algo para recordar


REGALOS

Si hay una imagen típica del mundo del teatro, ésa es la del camerino repleto de flores de admiradores, mientras la estrella se cambia displicente, en bata de raso y chinelas de marabú, detrás del biombo junto a su espejo rodeado de bombillas. Y, cuando la cosa sube a su nivel más alto, hasta brillantes, que decía Marilyn que son los mejores amigos de las chicas. Algo machista y estereotipado pero todo un clásico.

Aquí nuestro teatro difiere de medio a medio. Los jueces, los fiscales, los Letrados de la Administración de Justicia y los funcionarios públicos en general no podemos admitir regalos en consideración a nuestro oficio, ni mucho menos, como agradecimiento por un servicio prestado. Aceptarlos nos llevaría a incurrir en un delito y, aunque en otros sectores de la administración esta norma se relaja por consideración a la costumbre, nosotros los llevamos a rajatabla. Ya he hablado alguna vez de una amiga magistrada que se negó obstinadamente a coger las toallas primorosamente bordadas a punto de cruz con sus iniciales por una señora que estaba tan contenta por lo bien que la habían tratado, para disgusto de la pobre señora que se fue pensando que su hacendosa obra no había sido del gusto de Su Señoría. Y los sudores fríos que nos entran cuando alguien aparece con su mejor intención con un enorme ramo de flores o una caja de bombones, que siempre compartimos corriendo para despersonalizar el regalo y convertirlo en un reconocimiento a todo el juzgado, la fiscalía o la oficina de que se trate. ¿Exagerados? Quizás. Pero más vale curarse en salud que no está el horno para bollos

Pero, como sabemos, no todos los regalos son cosas materiales ni se compran en las tiendas. Los mejores llegan un día sin esperarlo y no se cambian por nada.

Como el que recibió el pasado 25 de Noviembre una buena amiga abogada, en forma de llamada de teléfono de quien fue su clienta, y que se acordaba un día como aquel de ella por ayudarla a salir de la situación de malos tratos que la estaba matando en vida.

O como el que contaba otro amigo abogado, en forma del testimonio del que fue un día menor infractor y hoy era un adulto totalmente insertado en la sociedad y feliz de contarlo en público.

O el que refería un juez que consistía en la cara de satisfacción de aquellos que afectados por las malditas acciones preferentes habían recuperado su dinero.

O la cara de unos padres que, en el Juzgado de guardia, daban las gracias por haber sacado a s hija de na relación tóxica, a pesar de que ella no quiso denunciar.

O el guiño que nos cuenta otra amiga abogada y bloggera, cando sus clientes la llaman “mi abogá”.

El otros día, esta toguitaconada recibió un abrazo de alguien a quien no conocía. Era una mujer que fue maltratada, pero a la que jamás había visto. Cuando me dijo que tenía ganas de conocerme porque sabía de mi trabajo y le había ayudado, se me hizo un nudo en la garganta. Aun lo llevo puesto, pero me sabe a gloria. No hay nada como una regalo así, como el que supone cruzarme, de vez en cuando, con una mujer que un día fue víctima de violencia y hoy tiene una vida plena y, desde lejos, me saluda con una sonrisa. La María de la que hablé en otro estreno . Mi María.

Son estos regalos lo que dan valor a esta profesión. Lo que hacen que una se sienta en Un lugar llamado milagro, gritando al mundo, al menos por un instante, eso de Que bello es vivir, o que La vida es bella.

Así que hoy el aplauso va por todos los que nos hacen esos regalos. Y, por supuesto, por todos los que lo merecen. No hay diamante que supere eso.

 

Dudas: entre el sí y el no


Hamletcraneo

La duda eterna es motivo recurrente del teatro. Hamlet, y su Ser o no Ser forman parte indisoluble de la vida no sólo entre los habitantes de la farándula, sino en la cultura universal. Y es que, aunque cuando uno vea la función desde su butaca y todo parezca milimetrado y decidido al segundo, el director ha tenido que tomar una serie de determinaciones entre todas las que se planteaban. Qué guión, qué decorado, qué vestuario, qué actores y mil detalles más son la receta del éxito de una buena obra. Si se falla en la elección de cualquiera de ellos, el invento puede irse al garete, y una elevada tragedia convertirse en una opera bufa en un nanosegundo.

También nos pasa en nuestro teatro. Y más, si cabe. Una decisión tomada en sentido erróneo puede llevar el procedimiento al desastre, y adiós a ese final feliz que todos deseamos. Incluso con resultados terribles, como nos puede ocurrir cuando no se otorgó una orden de protección a una víctima de violencia de género, y luego acabó siendo asesinada. Que es muchas menos veces de lo que parece, pero pasar, pasa. Por desgracia. Y nadie que no esté en nuestra piel puede imaginar cómo se vive eso.

Pero no todos los casos son tan dramáticos. Desde que ingresé en esta secta de la toga y los tacones, e incluso desde que sólo era una aspirante a ello,  he tenido que vivir hamleteando constantemente. Primero, qué carrera escogía, una vez decidido qué especialidad, qué optativas, qué master ahora. Después, ese difícil “qué hago con mi vida”: ejercer, estudiar oposiciones, y en ese caso cuál. ¿Me hago juez, fiscal, notario, registrador, LAJ, funcionario, técnico…? ¿O lo mando todo a la porra y me dedico a bailar, a escribir o a la cría del calamar salvaje? Y esa duda que atormenta a los opositores que llevan cierto tiempo: ¿ha llegado el momento de tirar la toalla?. Todo un mundo de vacilaciones que no harán sino anticipar nuestra vida togada, con puñetas o sin ellas.

Así que cuando una ya se ha ganado el derecho a hacer volar y valer su toga, y cree que todo el monte es orégano, pues resulta que esa duda se instala y se vuelve una constante compañera de fatigas. Cartesianita, a su servicio. Acusar o sobreseer, absolver o condenar, recurrir o aquietarse son parte del leit motiv de nuestra vida diaria, la banda sonora de nuestra película. Y ojo, que aunque entre el negro y el blanco hay muchos matices de gris, en nuestro mundo el gris no existe más allá de la imagen que muchos tienen de nosotros.

Pero si hay una duda que nos corroe el alma, ésa es la de pedir prisión o no pedirla, de una parte, y acordarla o no hacerlo, por otra. Porque aunque muchos piensan que ésa es una decisión del juez y a él le toca comerse ese marrón, las cosas no son tan sencillas como parecen. Y la prisión necesita, como requisito ineludible, una petición de parte acusadora, las más de las veces, del fiscal. Y sin esa petición ya puede estar Su Señoría convencido de que el imputado -o encausado o investigado o cómo quieran llamarlo- mató a Manolete, y a Kennedy de paso,  no puede meter al sujeto entre rejas. Y ese peso se instala en las conciencias, porque tan duro es encarcelar a quien pueda no resultar culpable, como no hacerlo respecto de quién luego resulte ser un criminal terrible y reincida en sus fechorías. Que es muy bonito eso de que el estado de derecho prefiere un culpable en la calle que un inocente en la cárcel, pero a la hora de la verdad, la cosa cuesta. Porque nada es tan fácil ni tan claro cómo nos cuentan en el cine. Como aquello de Presunto inocente. Que se le cuenten si no al protagonista de Cadena Perpetua, o mucho tiempo atrás, al clásico Conde de Montecristo.

Cada firma supone una toma de decisión tremenda. No solo del juez o del fiscal, también la del abogado y la de todos los que intervienen. De nosotros depende, en un momento dado, que un asunto siga o se pare, prospere o fracase. En definitiva, que se haga o no Justicia.

Sin embargo, esas dudas que nos tienen con el alma en vilo no parecen afectar a otros. A ésos que son responsables de que se pongan en marcha medidas sin medios para llevarlas a cabo, a los que no dudan en dar tijeretazo sin pensar en las consecuencias, a los que ponen y quitan personal  y medios -más bien quitan que ponen- sin parase a pensar un minuto, o a los que se llenan la boca presumiendo de leyes y no las dotan de presupuesto alguno. Esos no conocen a Cartesianita, está claro. O si la conocen, ignoran su existencia, o la mandan de copas con su Pepito Grillo, que debió de abandonarles hace ya mucho tiempo.

Así que hoy la ovación va, sin dudas en este caso, para todos aquellos que han de debatirse en el ser o no ser antes de tomar una decisión, y la asumen, como asumen las noches de insomnio que a veces las acompañan. Porque con sus decisiones es con lo que se hace la justicia. Aunque no paseen con la toga en volandas Código en ristre…O tal vez sí, que nunca se sabe.

 

 

Concienciación: todos contra la Violencia de Género


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Mañana se celebra el Día Contra la Violencia de Género. Mañana, y a los largo de esta semana, todos –o casi todos- saldremos a la calle, nos pondremos lazos violetas y escarapelas en la solapa, haremos minutos de silencio y participaremos en concentraciones. Lo harán los artistas, cuya ayuda es imprescindible porque tienen la proyección mediática de la que otros carecemos, y hasta teñirán de morado las tablas del escenario.

Y también, cómo no, lo haremos en nuestros teatro. Prenderemos un lazo imaginario a nuestras togas y diremos no a la Violencia de género. Muchos, además, lo haremos desde primera línea del frente, en los Juzgados de Violencia Sobre la Mujer, enfrentando la tragedia que para tantas mujeres es la Violencia de Género.

Pero hoy, más que hablar de nosotros, de nuestros personajes, vamos a dejar que hable una de ellas en forma de relato. Para remover a la Pepita Grillo que acompaña cada uno.

Ella podía ser cualquiera, y está esperando nuestra ayuda y nuestro apoyo. Sólo hace falta abrir los ojos.

 

DE FLOR EN FLOR

(Relato ganador del  1er premio del certamen de narrativa corta “Mujeres” (Benetússer, 2014)

La primera vez que vi a Julia pensé que jamás había visto una cara tan radiante. Su sonrisa abierta y sus ojos brillantes asomaban por detrás de la enorme y exquisita orquídea blanca que yo misma le había entregado, y hasta me pareció ver deslizarse por su mejilla una lágrima que no podía ser sino de alegría. Me dio las gracias con una risa nerviosa y me entregó una propina desmesurada para lo que era habitual. Era una mujer feliz.

El suyo era el primero de los encargos que tenía para aquella mañana. Mi madre tenía un puesto de flores en el mercado, y yo la ayudaba haciendo el reparto un día tras otro. No era un mal trabajo. Aunque a veces era agobiante sortear el tráfico a bordo de una cochambrosa furgoneta que hacía ya mucho que vivió tiempos mejores, las caras de los destinatarios de mi mercancía, mayoritariamente mujeres, cuando la recibían, solía compensarme. Y a mí me gustaba imaginar las historias que se escondían detrás de aquellos ramos y centros de flores.

Julia me llamó la atención desde el primer día. El brillo de sus ojos al recibir aquella flor exquisita hubiera sido capaz de iluminar una ciudad entera.

No tardé demasiado en volverla a ver. Apenas habían pasado un par de meses desde aquel día volví a recibir el encargo de llevarle algo. Se trataba de un ramo de rosas rojas, veinticinco exactamente, tantas como años cumplía, según rezaba la tarjeta que ella misma abrió nerviosa ante mis ojos. Me alegré de volverla a ver. De nuevo sonreía, aunque me pareció advertir que sus ojos no brillaban de la misma manera que la primera vez. Pero pensé que quizás el tiempo transcurrido había deformado mi recuerdo.

Poco a poco, los encargos destinados a Julia pasaron a ser una constante en mi trabajo. Con mucha más frecuencia que cualquier otro cliente que nunca hubiéramos tenido, el hombre que enviaba flores a Julia usaba nuestros servicios. Mi madre, que jamás participaba en las entregas, decía que debía estar muy enamorado, y así debía ser. Pero a mí había algo que no me encajaba. Nunca volví a ver aquella cara de alegría que ella tenía el primer día, y a cada entrega parecía apagarse más y más su mirada.

Pese a todo, no empecé a sospechar lo que pasaba hasta transcurrido un tiempo. Al cabo de unos veinte días del día de su cumpleaños, fui de nuevo a llevarle un ramo. Esta vez se trataba de un bonito y alegre manojo primaveral, con lirios, claveles, margaritas y pequeñas flores de todos los colores. Sólo con verlas entraban ganas de reír. Pero Julia esa vez me abrió la puerta y sin apenas despegar los labios, tomó el regalo y susurró un simple “gracias”. Ni siquiera me dio propina alguna, ni creo que llegara a pensarlo. Sus ojos habían perdido el brillo casi por completo, aunque sus labios se esforzaban en esbozar una leve sonrisa.

A ese encargo le siguió otro, y otro, y otro más. Preciosos tulipanes amarillos, centros de flores exóticas, primorosas violetas. Y la mujer que los recibía parecía ganar años cada vez. Y tenía una permanente mueca de asco que fingía ser una sonrisa sin lograrlo. En un par de meses, apenas recordaba aquella Julia de mi primera entrega.

No tardó en llegar el día en que se confirmaran mis sospechas. Debía entregar un maravilloso ramo de rosas blancas de tallo largo a su nombre, pero en vez de a su casa, a la dirección de un hospital. Me maldije a mí misma. Sabía que ese día había de llegar, pero había mirado hacia otro lado. Y ahora Julia yacía en una clínica, seguramente con el cuerpo y el alma rotos.

Habían transcurrido unos días cuando el siguiente encargo me dejó helada. El último pedido recibido a nombre de Julia era una corona de flores. No volvería a ver la mirada de Julia. Había podido hacer algo por ella, y no lo hice. Lloré de rabia y dolor y me maldije a mí misma.

Nos dijeron que vendrían a recoger el pedido. Mi madre y yo nos sentamos a esperar sin pronunciar palabra, y, de pronto, nos quedamos boquiabiertas ante lo que vimos.

Julia, en persona, apareció allí y, tras pagar la corona ante nuestra mirada atónita, dijo que iba a enterrar su vida anterior. Su vida con él. Para eso quería la corona de flores.

No hemos vuelto a ver a Julia nunca más pero sé que ahora sus ojos brillarán de nuevo.

 

Empatía: en sus zapatos


zapatos lazos

Hace ya algún tiempo que se empezó a usar con normalidad el término empatía. Parecía algo nuevo, pero en realidad es tan viejo como la vida misma. Eso que llamamos ponerse en la piel del otro, en los zapatos del otro, para saber realmente cómo se siente. En realidad, ésta es la auténtica esencia del teatro: unos actores que viven en su personaje la vida de otro. Si consiguen hacerlo tan bien que hacen creer al público que son ellos mismos, el objetivo está cumplido. Y los aplausos garantizados. Si, por el contrario, resultan poco creíbles, la cosa huele a fracaso. La piel que habito se ha de tornar en La vida de los otros o empezará El crepúsculo de los dioses

Pero nuestro teatro también está muy necesitado de empatía. Debemos aprender a ponernos en el lugar de quien denuncia, demanda o busca justicia si es que de verdad queremos dársela. Por un momento, debemos salir de nuestra toga y de nuestros tacones –o manoletinas, deportivas, mocasines o botas- y colocarnos en el calzado del otro. Seguro que comprendiendo cómo se sienten, sabemos hacer mejor nuestro trabajo.

La empatía no es fácil. A veces, tendemos a colocarnos un escudo protector para que nada nos afecte, como si fuéramos los depositarios de una misión sacrosanta y fuéramos a arrancarnos como Santa Teresa en pleno éxtasis místico con eso de “Nada te turbe, nada te espante”. Y nada de eso. Solo somos los encargados de administrar una Justicia que emana del pueblo y pertenece a todos. Y no deberíamos resultar lejanos, aunque a veces parezca que levitemos  A tres metros sobre el suelo. O En un universo muy lejano, incluso.

Y si esto es difícil en las tablas de nuestro escenario, quizás lo es más aún cuando salimos de él. No siempre me es fácil desprenderme de la fiscalita que llevo dentro, como tampoco debe serlo ignorar a la abogadita, la juececita o la profesionalita de cada una o a sus congéneres masculinos. Y la tentación de arrear un buen zasca al amigo que no sabe nada de derecho pero se siente defraudado con la justicia es tal que flaco favor acabamos haciendo a la propia justicia y al amigo. Aunque nuestro ego se quede satisfecho. Pero a veces hay que mandar al ego a la silla de pensar, que por menos de nada se nos viene arriba. Y hasta hay quien si se cae desde su propio ego, se daría un bofetón de órdago. Y ya se sabe, Aterriza como puedas.

Además, en la frontera de la empatía está su prima hermana, la simpatía. Y también la prima cursi, ésa que algunos llaman moñería. Y a veces andan discutiendo a ver quién de las tres se apodera de nosotros, o si lo hace s hermanastra, la antipatía.

No es fácil. Para gustos hay colores y lo que para unos resulta ser agradable, a otros les resulta cursi, y lo que a nos les parece serio, otros creen que es soberbio. Aunque siempre hay unos mínimos. Ser amables con el personal, dar los buenos días o hasta enviar un beso o dar un abrazo si procede son signos de buena educación y hacen la vida más agradable. Y qué menos que contestar al que pregunta, aunque creamos que tenemos mejores cosas que hacer. Y eso vale para la vida toguitaconada, y para la taconada destogada, y hasta para la vida en pantuflas, cuando nuestro móvil o nuestra Tablet nos acercan a personas que físicamente están lejos.

Así que vaya hoy el aplauso para todos aquellos que saben ponerse en el lugar de otro, y también para los que, con un gesto amable, hacen nuestra vida un poco mejor. Aunque lleguen a la cursilería. Porque más vale pasarse que nunca haber llegado.

 

ponte en mis zapatos