Música: nuestra BSO


música y ballet

¿Qué sería del cine, o del teatro, sin esas bandas sonoras que le acompañan? Hasta en el cine mudo, en que un pianista acompañaba en la misma sala la proyección, como veíamos en The Artists o, mucho antes, en Cantando bajo la Lluvia y tantas otras.

La música de las películas ha marcado nuestras vidas, y hoy cualquiera es que capaz de tararear, con mayor o menor fortuna, el silbido del Puente sobre el Río Kwai, la canción de Titanic, la sintonía de El Padrino o de Doctor Zhivago o la malodía de La vida es bella o Cinema Paradiso –que además, son frecuente acompañamiento de montajes de fiestas de aniversario o power points de autoayuda- Y eso solo por poner algún ejemplo.

Y nosotros no podíamos ser una excepción. Aunque no suenen las notas al paso de togas y tacones, es fácil inventar qué música sonaría en cada momento. Sólo es cuestión de imaginarlo. Así que hoy hagamos un ejercicio de imaginación, y como en aquella película, digamos eso de “Tú la Letra, yo la Música”, y dejemos que vuele. Como le ocurría a la protagonista de este relato, que traigo como regalo de Navidad anticipado.

Eso sí, con una dedicatoria especial, para alguien que vistió de notas musicales su entereza y con ella ha conseguido salir adelante. Va por ti, Laura.

 

Relato ganador del 2º premio de narrativa 2008 fundación Hugo Zárate (tema: la música)

 

LAS NOTAS DE MI VIDA

Sara estaba desconcertada. Ya estaba allí otra vez, mirando el timbre de aquella puerta y sin decidirse a llamar. Era la tercera vez que lo hacía en el último mes, y había perdido la cuenta de las veces que había llegado hasta allí en el último año, con su chándal zarrapastroso cubierto con un abrigo más zarrapastroso aún y, lo que es peor, con la misma cara de idiota de siempre. No sabía qué le pasaba, pero el caso es que salía de su casa con la firme decisión de enfrentarse de una vez por todas con los vecinos con los que compartía tabique, decirles que no lo aguantaba más, que aquello no podía seguir así, y siempre se acaba echando atrás. Y lo peor de todo, terminaba volviendo a casa sin haberlo intentado siquiera y, lo que es peor, con la misma cara de idiota que tenía ahora. No lo entendía, pero algo le impelía a marcharse de aquella puerta.

Sara llevaba viviendo en su minúsculo apartamento poco más de un año. Se trasladó allí con sus maletas, con poca ropa y muchos libros, con el único fin de no distraerse de su objetivo: estudiar, estudiar, y estudiar. Estaba preparando oposiciones a Judicatura y sus padres, desde su pueblo y con un considerable esfuerzo económico de su parte, le pagaban alojamiento, comida y estudios. A cambio, ella no tenía otra salida que aprobar, y hacerlo pronto. Pronto, porque su familia y ella lo necesitaban pero pronto, sobre todo, porque de lo contrario se moriría de aburrimiento.

Su vida era pura rutina: nueve horas de estudio al día, una hora de footing, nueve horas de sueño, dos salidas semanales para dar clase con su preparador, y poco más. Bajaba a comer a un bar que había en el bajo de su propio edificio, tomaba el menú del día, fuera cual fuera, y cenaba cualquier cosa, si cenaba. Había días que ni siquiera se quitaba el pijama, aunque generalmente vestía uno de sus dos chándals zarrapastrosos, que se habían convertido en su uniforme de preso. Y de esa guisa se plantificó varias veces en la puerta de aquel piso al que no se atrevió a llamar.

Y es que los vecinos con los que compartía tabique eran, en el fondo, su única distracción. Por eso les odiaba pero, por eso mismo, no acababa de decidirse a hablar con ellos. Le distraían, y a Sara no le estaba permitido el lujo de distraerse. Con nada.

En realidad, era enloquecedor. Las paredes eran de papel y todo el día, y parte de la noche, salían de esa casa sonidos que la apartaban de su meta. Siempre se oía música, a un considerable volumen, y nunca era la misma, ni siquiera del mismo estilo. Ella ignoraba cuántas personas vivirían en aquella casa, pero, desde luego, además de estar todos sordos como tapias, tenían gustos radicalmente distintos: tan pronto oía música clásica, como heavy metal, hip-hop, boleros pasados de moda, coplas o canciones de la más rabiosa actualidad. Debían hacer turnos para usar el aparato de música, si es que sólo había uno, y su factura de electricidad debía alcanzar cifras astronómicas por las horas que estaba conectado. Nunca los había visto, y, si lo había hecho, no habría sabido quiénes eran. Compartían aquel dichoso tabique, pero ni una sola ventana, y la entrada a sus respectivos hogares estaba en portales distintos de calles diferentes. La de sus vecinos, como una broma del destino, daba a la calle Músico Albéniz; la suya, no menos irónicamente, a la calle Porvenir.

Pero el caso es que a Sara le distraían, y le robaban horas de concentración ante los Códigos que aspiraba a aprenderse de memoria. Y era por eso, porque le distraían, por lo que tenía que hablar con ellos para que dejaran de tener siempre esa música tan alta. Pero, también era por eso, porque le distraían, por lo que no acababa de decidirse a hacerlo.

Sara no siempre había sido una persona tan aburrida. Poseía una gran imaginación y antes, cuando el aprobado no era el único objetivo de su vida, había sido aficionada al cine, había hecho sus pinitos en el ballet, había leído, salido, bailado, escuchado música, en fin, había vivido. Pero ahora no podía.

Pero pese a todo, Sara jugaba a imaginar qué hacían sus vecinos, a envidiar aquella vida con banda sonora. Tenía claro que en aquella casa debía vivir una persona mayor, o quizá una pareja de ancianos, porque a media tarde, a la hora de la merienda, solía escuchar música antigua, suave, tangos de Gardel o boleros sudamericanos y hasta alguna canción de Antonio Machín, como las Dos gardenias o los Angelitos Negros que le había oído a su abuela y le traían recuerdos de su infancia. También debía haber algún melómano con una gran colección de música clásica, algunos de cuyos sones conocía, aunque otros muchos no. En ocasiones, se oían fragmentos de grandes ballets, como Las Sílfides, Giselle o su preferido, Coppelia. Esos momentos le hacían sonreír pensando en el tiempo en que quiso ser bailarina, en que se dedicó, con ahínco pero sin mucho éxito, a tomar clases de ballet, hasta que su falta de talento, o de fuerza de voluntad, o las curvas de su cuerpo de mujer, le hicieron renunciar. Entonces volvía a la realidad de sus apuntes, y sus Códigos, y se enfurecía con sus felices vecinos.

Nunca le duraba mucho el enfado. Volvía a sonreír en el momento en que, según pensaba ella, llegaba la persona que cuidaba a  aquellos entrañables ancianos. Tomaba el aparato de música, y llenaba el ambiente de ritmos latinos, salsa, merengue, bachata, alegres como debía estarlo el inmigrante que había conseguido trabajo y estabilidad en aquella casa. No sabía si sería hombre o mujer, pero estaba segura que utilizaba el aparato de música para recordar la tierra que dejó atrás. Sara, a veces, hasta bailoteaba con sus libros con aquellos ritmos tan alegres.

Lo que no llevaba bien era las mañanas. Muy temprano, se despertaba con coplas y canciones folklóricas que debían provenir de la empleada que se cargaba de las faenas de la casa. Sara se extrañaba de no oírla cantar La Bien Pagá, Ojos Verdes o La Zarzamora al tiempo que sonaban las canciones, porque en su casa, donde vivía antes de encerrarse con sus libros, la mujer que hacía la limpieza una vez por semana no dejaba de atormentarla con sus cánticos. Pero a lo mejor, no a todas las empleadas domésticas les gustaba cantar.

Después, venía la hora del desconcierto. Sara se figuraba que en aquella casa debían vivir varios jóvenes,  adolescentes, y hasta algún niño. Estaba segura de eso, y que debían pelearse por el reproductor de discos compactos, o lo que quiera que usaran. Seguro que lo hacían, porque tan pronto la sorprendían con una sesión de canciones infantiles, como con música romántica, rock duro, rap o canciones comerciales, tan pronto en inglés como en español. Sara casi podía verlos riñendo por ocupar aquel espacio, y echaba de menos a sus hermanos, con los que tantas veces había peleado.

Y después de la cena, venía la hora tranquila. Suponía que era el tiempo en que los dueños de la casa, una pareja moderna, trabajadores ambos, dedicaban para sí. Sonaban entonces con frecuencia bandas sonoras de películas conocidas, La Misión, Pasaje a la India, Memorias de Africa. Había días que les daba por los musicales, y esos eran sus preferidos, cuando oía acordes de West Side Store, All that Jazz, Chicago, A Chorus Line, hasta Saturday Night Fever y Grease, que le encantaba, aunque se avergonzara de reconocerlo. Evocaba los tiempos en que ella también iba al cine, y comía palomitas, y disfrutaba con las películas. Ahora, hacía más de dos años que no pisaba una sala de proyección y, desde luego, no tenía vídeo ni DVD, ni siquiera una televisión que funcionara bien.

Por eso Sara no se decidí a cortar con aquella historia. Sus vecinos eran ruidosos pero, en el fondo, le hacían compañía. Y Sara, inconscientemente, vivía a través de sus vidas, de esas vidas con banda sonora que le hacían compañía sin saberlo. Por eso Sara nunca se decidió a tocar aquel timbre, porque tenía miedo de que aquello acabara. Así que, finalmente, fue espaciando sus intentos de enfrentarse a sus vecinos, y en los dos últimos años que vivió en aquella casa, ni siquiera llegó al umbral de su puerta nunca más.

Al final, llegó el día en que Sara había de enfrentarse con sus auténticos miedos, con su meta final: el día del examen. Se vistió adecuadamente, cogió sus cosas y salió de casa. Curiosamente, creyó reconocer los acordes de La Marcha Triunfal, y se fue sonriendo hacia el examen.

Pasó todas las pruebas y logró el objetivo. Por fin había obtenido su plaza, era libre de recuperar su vida. Cuando volvió a casa a recoger sus cosas, tuvo una sensación de vacío: ya no oía música alguna. Antes de irse, quiso finalmente conocer a sus vecinos, despedirse de ellos, y se encaminó por última vez a la calle Músico Albéniz. La casa estaba cerrada a cal y canto y el silencio lo inundaba todo. Le invadió la curiosidad y preguntó a otros vecinos, pero nadie sabía nada.  Finalmente, la panadera, después de reírse mucho cuándo ella le preguntó si la familia de aquella casa se había mudado, le preguntó su nombre y, al contestarle, le entregó varias cajas de zapatos, atadas con varios lazos. Junto a ellas, había un sobre con su nombre, y en su interior una simple nota: “Enhorabuena”. La panadera, después de preguntarle si se llamaba Sara y vivía en la calle Porvenir, le dijo que esas cajas se las dio la sobrina del hombre que vivía en aquel piso, explicándole que eran para ella. Aquel hombre resultó ser el único habitante de la casa, según le dijo, un señor de edad indefinida ya muy enfermo, que había preferido morir solo en su casa que en la cama de un hospital o una residencia. Había muerto el 3 de Julio de aquel año, exactamente el día antes al que Sara aprobó el último examen. Cuando abrió las cajas, vio la enorme colección de discos compactos, de todos los estilos, que ella había escuchado desde su casa. En su cabeza, le pareció oír con toda claridad la melodía de La muerte del Cisne.

Sara nunca supo el nombre de aquel vecino que llenó su vida de una familia imaginaria. Pero hoy en día, nunca abandona su colección de discos, y es incapaz de trabajar en su ordenador, o de conducir su coche sin poner el aparato de música en funcionamiento. A veces, fantasea con el aspecto de aquel desconocido que, sin saberlo, llenó aquellos momentos de su vida, y piensa que quizás sin él nunca lo hubiera conseguido. Y con su música, con la música que le dejó como una preciosa herencia, Sara nunca ha vuelto a sentirse sola.

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Un pensamiento en “Música: nuestra BSO

  1. Es precioso Susana, enhorabuena. Aunque yo no tuve tanta suerte. Mis vecinos (distinta puerta, distinto portal, por su bien y por el mío nunca supe exactamente dónde vivían) me machacaron despiadadamente con el reggaeton y sus distintas modalidades de “dame más gasolima” durante mis muchos sábados y domingos de pijama y cronómetro, por lo que puedo decir sin ningún rubor que lo odio desde lo más profundo de mis entrañas. Espero que otros compañeros tuvieran más suerte que yo.

    Saludos y Felices Fiestas!

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