Milagros: ¿a Lourdes?


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Todos hemos oído alguna vez eso de “milagros, a Lourdes” . Afirmaciones tajantes como “no creo en los milagros” se oyen cada dos por tres, pero cada dos por tres también imploramos en busca de un milagro para logar esto o aquello o desfacer un entuerto. Algunas artistas de antes, las folklóricas de toda la vida, tenían hasta una capillita con sus estampitas para encomendarse a santos o vírgenes en cada función o cada estreno. Aunque mi preferida, de todas todas, es Nuestra Señora del Abrigo de Pana a la que se encomendaba Lina Morgan en Vaya par de gemelas mientras ponía en blanco los ojos y hacía un cruce de piernas imposible.

Y es que todos hemos vivido alguna situación en que hayamos implorado un milagro. Seamos creyentes o no, que eso es lo de menos, que siempre viene a cuento eso de acordarse de Santa Bárbara cuando llueve. Y el cine, por descontado, no podía ser menos. Desde la emocionante El milagro de Anna Sullivan o la ternura de Un lugar llamado milagro hasta la iconoclastia de Los lunes, milagro o El milagro de P Tinto. Por más que nos digan aquello de El Cielo puede esperar.

Mi vida toguitaconada –y supongo que la de todos- está llena de grandes y pequeños milagros. Porque, tal como están las cosas, milagro es cada día que no se cuelgue el ordenador, que tarde menos de media hora en ponerse en marcha o que la mesa no se haya desarmado bajo el peso de los expedientes tras la vuelta de las vacaciones. Y, por lo que oigo y veo, también viven como un milagro quienes usan Lexnet que el dichoso sistema ande como debe, admita los adjuntos, envíe las cosas como toca y no se cuelgue. Por no hablar del milagro superlativo que sería que todos pudiéramos usar un sistema único, llamese lexnet o toguitaconet, que me gusta más. Pero aquí sí que valdría eso de Milagros, a Lourdes. Más que nada porque su ubicación geográfica le aleja de la lexnetfobia.

Pero, como decía, de milagros anda jalonada la escalera de Toguilandia. Desde bien pronto, además. Porque, que levante la mano quién no ha llevado a los exámenes estampitas, virgencitas, amuletos de las más variadas procedencias y algún que otra prenda de la suerte aún a riesgo de asarse o morirse de frío, según la época del año. Y que levante la mano también quién no se ha visto enredado en novenas, rogativas a San Judas Tadeo o a Santa Rita o a toda la corte celestial porque con tal de lograr un ansiado aprobado una es capaz de abrazar cualquier fe. Incluso varias a la vez, llegado el caso. Ya he dicho en alguna otra ocasión que cada vez que hay examen se puede escuchar las discusiones de todos los habitantes del reino de San Pedro, que tienen tantas recomendaciones que no dan abasto. Es lo que tiene eso de A Dios rogando y con el mazo dando. Crea uno o no crea, que, a situaciones desesperadas, soluciones desesperadas. Y pocas cosas hay más desesperadas que la necesidad de aprobar una oposición. Seguro que muchos sabe a qué me refiero.

Y ahí no acaban los milagros. Como decía, van empedrando el camino de las baldosas amarillas del reino de Toguilandia, en busca de nuestro particular Mago de Oz, que no es otro qe la Justicia –así, con mayúsculas-. Sin ir más lejos, me contaba un buen amigo lo feliz que se hallaba el otro día porque una mujer, después de mucho trabajo, había decidido denunciar a su agresor y coger la mano que le estaban tendiendo –gracias, Javier, por compartir esta historia-. Nunca lo sabremos, pero quizás se haya salvado una vida. La misma sensación que tuve yo también no hace mucho, viendo cómo las compañeras de colegio de una chica que estaba siendo maltratada tomaban la iniciativa y, a pesar de la negativa de ella, hablaron con su familia y denunciaron los hechos. Ella, finalmente, se vio arropada y salió de su marasmo y, con ello, de una vida segura de llanto y rechinar de dientes. Y no sé si llamarlo milagro, pero ver cómo da sus frutos el trabajo de quienes nos empeñamos cada día en poner nuestro granito de arena a la concienciación se vive como si lo fuera. Lo mismo que le pareció a otro buen amigo el hecho de encontrar, al menos por un día, vacío el Juzgado de Violencia Sobre la Mujer. Ojala estuviera así siempre

Hay más milagros casi a diario. Entendiendo milagro como un hecho maravilloso e inesperado, por más que en él haya intervenido la mano del hombre. Esa resolución que por fin hace justicia a quien se creía indefenso, ese abrazo de una víctima agradecida y, por qué no, ese menor que reorienta su vida o ese delincuente que consigue reinsertarse. Pequeños milagros que hacen posible seguir avanzando.

Así que hoy el aplauso para todos los que siguen el camino de baldosas amarillas. Los milagros existen sin necesidad de llegar más allá del arco iris. Solo hay que saberlos ver.

 

Respeto: que nunca falte


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En todos los ámbitos de la vida hay un ingrediente fundamental: el respeto. Sin él los seres humanos somos menos humanos. Y la convivencia es imposible o, cuanto menos, insoportable.

Y por supuesto, en el espectáculo ocurre otro tanto. En un mundo donde el divismo es un riesgo corriente, y los ascensos estratosféricos habituales, hay que saber mantener los pies en tierra. Todos hemos sabido de estrellas que pierden los papeles y tratan a la gente con desprecio, olvidando que quien un día está en lo más alto, al día siguiente puede ir al subsuelo. Ya se sabe, Más dura será la caída.

Nuestro mundo, por descontado, no sólo no es una excepción sino que es un guiso que no puede hacerse sin ese ingrediente imprescindible que es el respeto. En vertical, en horizontal y en oblicuo, porque el respeto no es unidireccional. Tan es así, que la falta de respeto o desconsideración con superiores, con compañeros, con otros profesionales o con el justiciable son constitutivos de una falta disciplinaria, cuando no de más. Como no podía ser de otra manera.

Lo que ocurre es que hay que diferenciar términos. Una cosa es la falta de educación, otra la falta de respeto y, en la cima más alta de la pirámide, está el insulto. Y, a partir de ahí, se puede entrar de lleno en campo minado por el Código Penal. No todo vale.

La educación nos viene de serie. O, al menos, debería  Consiste en algo tan sencillo como decir buenos días, por favor y gracias. Sea quien sea y como sea. Cuesta lo mismo exigir a un funcionario que busque un expediente que pedírselo por favor. Es más, creo que lo segundo es más sencillo y más agradable. Se matan más moscas con miel que con hiel.

En la mayor parte de los casos, tratamos de ser escrupulosamente educados y respetuosos. Pero ni todos somos iguales ni estamos cortados por el mismo patrón, por supuesto. Y no deja de resultar curioso leer algunos artículos o entradas en redes sociales en que jocosamente dan palmas con las orejas porque aquel o este juez o fiscal se comportaron con educación. No tiene gracia, la verdad. No hay que hacer de la excepción regla y tratarnos como si fuéramos el diablo, que cambió el tridente por toga y puñetas.

Pero si algún lugar es campo abonado para insultos, ése es el de las redes sociales, amparados generalmente por el anonimato de un avatar que no contiene datos personales. Todos hemos leído verdaderas barbaridades, contra las que no siempre se actúa con la rapidez que se debiera.

Desde hace tiempo vengo observando cobardías e infamias en las redes. Pondré un ejemplo, el de una buena amiga y mejor periodista de tribunales, que día sí y día también tiene que soportar que cuestionen su ropa, su peinado, su aspecto físico y hasta su higiene por el mero hecho de hacer su trabajo. Servidumbres de la fama, le digo yo, haciendo de amiga entregada. Pero, en la confianza de estar en mi casa –porque eso es de algún modo este blog-, diré que me tocan el trigémino estas cosas. Y no digo otra cosa por hacer un ejercicio de esa educación que he postulado, pero me cuesta la vida y muchos pingüinos enfriadores, que conste.

Mi amiga @loretoochando habla en la tele de corrupción, de asuntos candentes, pisando más de un callo y como la profesional que es. Puede gustar o no, compartir su estilo o sus afirmaciones o no. Pero decirle cosas como “peínate, guarra”, llamarla “borracha”, “gorda” o meterse con la camiseta que lleva y hasta con la marca del bronceado dice mucho de quienes lo hacen y muy poco de sus argumentos. El insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos.

No voy a defender a ultranza su trabajo. Ya lo hace con su labor diaria. Pero sí voy a denostar a quienes se amparan en el anonimato para escupir su mala educación y su machismo. Porque, además, pocas veces he visto semejantes comentarios dedicados a un hombre.

Y no es la única, ni el machismo es el único palo de la baraja de semejantes tipos. Me constan que en otros casos lo que ataca es la orientación sexual del periodista de que se trata. Igualmente despreciable.

Así que hoy el aplauso se convierte en un pequeño homenaje a estas dos personas y con ellas, a todos los que no se achantan ante estas demostraciones de intolerancia, que superan con mucho la mera falta de respeto. No os rindáis, que no tiene más razón quien arma más ruido. Y, como dice otra buena amiga –gracias Lydia- la razón solo tiene un camino.

Deportes togados: en forma


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El deporte está muy relacionado con el mundo de la farándula. Y cada día más, teniendo en cuenta la cantidad astronómica de dinero, proporcional al revuelo mediático, que provocan algunas figuras balompédicas. Han heredado el fenómeno fan de tal manera, que el fanatismo ha llevado a cosas tan absurdas como no solo obviar la condición de presunto delincuente de alguno sino jalearlo a la puerta del jugado.

Aunque no toda relación entre espectáculo y deporte es de este tipo. Hay quien aprovecha la condición de personajes conocidos para embarcarse en acciones solidarias, ya sea con carácter permanente, -a través de asociaciones como Non Stop– o bien con acciones puntuales, como partidos benéficos. Ole por ellos.

Y las estrellas del espectáculo también practican deporte, muchas de ellas con buenos resultados. No olvidemos a Jane Fonda, que puso de moda el aerobic, o a Madonna, que convirtió el running –antes footing, y antes de antes, correr, como se ha llamado toda la vida- en una verdadera moda.

¿Y qué hay de nosotros? ¿Practican deporte las togas? Pues sí, no lo pongamos en duda. Muchas compañeras cambian por un rato toga y tacones por chándal y deportivas, y se lanzan a gimnasios, carreteras o montes para correr, trotar, andar, saltar o lo que sea preciso. Y otro tanto hacen los mocasines, no creamos. Que tantas horas delante de un ordenador –cuando funciona, claro- o ante expedientes pasa factura al cuerpo si no le echamos un poquito de gasolina aeróbica –o anaeróbica, que soy de letras y nunca las distinguí bien-

Pero no hace falta siquiera que nos pongamos las mallas o el pantalón corto para eso. La gentileza de los responsables de la Administración de Justicia es infinita, y su afán por cuidar de nuestra salud de sobra conocida. ¿Alguien lo duda? Pasen y lean. Varios nuevos deportes pugnan por abrirse paso y convertirse en disciplina olímpica para los próximos juegos.

El primero de ello, muy en boga estos días, es el salto con pértiga para sortear los expedientes que nos dejaron como souvenir las vacaciones. Se dice que hay verdaderas maestras en el tema, y yo me pongo a ello, que no se diga. Asimismo hay una nueva modalidad de escalada, la que se hace con casco de minero y piqueta para conseguir asaltar la cima del Justiciest  También conozco a quien se está empleando a fondo en ello.

Y si lo que se prefiere son los deportes de aventura, también estamos de suerte. Su pueden atravesar las pilas de procedimientos machete en ristre al modo Indiana Jones, En busca del expediente perdido. Incluso se pude practicar el tiro olímpico para conseguir despejar el terreno, aunque los resultados no sean demasiado recomendables. Tal vez habrá que afinar un poco la puntería.

Y ahí no acaba la cosa. Una vez logrado el primer objetivo, como si de una suerte de Pentatlon se tratara, nos obsequian con nuevas pruebas. En primer lugar, la halterofilia, emulando a Lydia Valentín cuando los tomos son muchos y logramos alzarlos de golpe. Y su antítesis, la de lanzamiento de peso, que se puede ejercitar fácilmente tratando de colocar desde la silla a la mesa los expedientes, una vez despachados. Y que va en busca de récord olímpico cuando lo que pretende es que salgan definitivamente del juzgado o del despacho. Aunque, en ese caso, aflora algún precedente australiano desconocido y cobra efecto boomerang. Que, como dicen unas compis tuiteras, no hay mayor fidelidad que la de un procedimiento que se tuerce: te busca, te encuentra, te espera, te reforma, te apela y, si te descuidas, hasta te casa.

Y, cuando una tiene ganas de hacer el Pentatlon entero, de nuevo nuestra excelsa Administración acude a nuestro rescate. Y podemos practicar la gimnasia rítmica hasta el virtuosismo contorsionándonos para llegar al armario, alcanzar la ventana o colocar algún cartón para tapar los chorros de aire acondicionado, cuando le da por salir como si de un Huracán se tratara. Y, aunque no es recomendable correr entre los pasillos, la solución también nos la ponen en bandeja, haciendo que los ascensores no funcionen y supliendo el running por un sanísimo ejercicio de subir y bajar escaleras.

Así que no vuelvan a decir que somos sedentarios. De eso, nada. Un montón de deportes esperando la homologación de sus records son practicados con toga o sin ella a diario. Eso sí, en franca competencia con abogados y procuradores, que corren como locos de un lado a otro en busca de ese juzgado donde, por esa implacable ley de Murphy, han señalado el mismo día que se tiene guardia en un sitio y declaraciones en otro, a veces a muchos kilómetros. Y en ese caso está la alternativa de practicar motociclismo o automovilismo, que también son deporte.

Por todo ello y, mientras descanso del esfuerzo, hoy en vez de aplauso voy a dar dos medallas de oro. A esas dos compis tuiteras cuyo ingenio fue inspiración de este estreno, @Kinotofukasuka y @lcroldan. Y con ellas, a todos los que practicamos el esforzado deporte de la vuelta al trabajo. Como ser jurista y no morir en el intento.

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Derecho en serie: en serio


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Los artistas gustan de los retos. En realidad, todo el mundo del espectáculo es un verdadero reto. Lograr este o aquel premio, lograr buenas críticas, lograr espectadores. Esto sobre todo, y más en tiempo en que la batalla de las audiencias les hace vivir con el corazón en vilo. Pero los retos aguzan el ingenio y estimulan la adrenalina.
Y nada como un buen chute de adrenalina para traer a las musas. Así que en cuanto me hablaron del #Retoblog del Derecho y las series, vinieron las musas en tropel. Buscando a Susan desesperadamente, vaya. A ver quien se resiste.
El tema del derecho y los juicios ha sido, es y será una constante en las series de televisión. Mi madre me hablaba de Ironside y Perry Mason, pero yo llegué tarde a esas salas de vistas. Fui más de la generación de Turno de oficio, La ley de Los Angeles o la rompedora Ally McBeal, aunque confieso que quien quería ser era Sabrina, la morena lista de Los Angeles de Charlie. Cosas de la adolescencia.
Reconozco que si hay una serie que ha marcado mi vida profesional, esa es Canción Triste de Hill Street. No porque me identificara más o menos con aquella letrada que andaba siempre por ahí sino porque mis primeros tiempos en la carrera fiscal se parecían a aquellas escenas que acababan con el policía veterano diciendo a sus chicos “tengan cuidado ahí fuera”. Y es que así era el reparto de trabajo en mi primer destino: tú a juicios de faltas, tú a Penal, tú a sala. Eso sí, siempre me hubiera encantado ser una de aquellos Hombres de Harrelson y que me dijeran eso de “TJ, al tejado”. Igual cualquier día, que nunca se sabe.
Pero si a algo se parecen de verdad muchos de nuestros juzgados, es a Cuéntame. Esa puesta en escena que no cambia desde los tiempos de Historias de la frivolidad, da la sensación de haber viajado con el Ministerio del tiempo hasta el siglo pasado, y nos deja Perdidos en algún punto de El tiempo entre costuras. Cosas de casa. De esa casa nuestra que llamamos Administración de Justicia, y que necesita con frecuencia de un Mc Gyver que con un chicle y una goma de pelo arregle ordenadores e impresoras, o de una Embrujada que con un movimiento de nariz hiciera aparecer como por ensalmo esos medios materiales que reclamamos a gritos, o los Desaparecidos sustitutos, que un día se esfumaron como la Laura Palmer de Twin Peaks.
Si miramos bien, cada uno de nuestros escenarios tiene su serie. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con que el nuestro fuera como aquel hilarante Juzgado de Guardia con su desternillante fiscal y su juez desvestido debajo de la toga? ¿Quién no ha sentido que su toga era como el traje del Gran Héroe Americano, que recibió sin libro de instrucciones y andaba chocándose con paredes y ventanas día sí y día también?
Pero poco se parecen, no sé si por suerte o por desgracia. Y aunque nos imagináramos que alguien iba a llegar diciéndonos eso de Se ha escrito un crimen para resolverlos como la protagonista de los Misterios de Laura, la mayoría de los asuntos son más del tipo de Crónicas de un Pueblo. Algunos, que pretenden que tratemos como Urgencias lo que en realidad es cuestión de un Médico de familia o de una Farmacia de Guardia. Eso sí, con constante presencia de Periodistas haciendo pressing en la puerta. Y mientras, por nuestros pasillos desfilan todo el elenco de estereotipos de Aida, que, al natural, ya no tienen tanta gracia.
Nadie nos avisó que Corrupción en Miami quedaría en una nadería al lado de las cosas que íbamos a ver. Y nadie avisó a los telespectadores que eso del CSI es cosa de películas, que aquí lo de los medios es tan penoso que dan ganas de gritar eso de que Aquí no hay quien viva. Y ojo, La que se avecina como las cosas sigan por el mismo camino. Una Autopista hacia el cielo, que nos ganamos cada día a base de paciencia.
Pero no solo de Derecho Penal vive el jurista. Y si no, que se lo digan a todos esos civilistas que más de una vez se han enfrentado a disputas familiares por herencias o divisiones de negocios que ríase usted de Falcon Crest y los Colby. O a los que resuelven asuntos de Familia, que poco tienen que ver con los Anillos de oro de Imanol y Ana Diosdado. Escuchando a veces dramas que hacen derramar más lágrimas que La casa de la Pradera, Marco y Heidi juntos. Porque, lo crean o no, Los ricos también lloran.
Y la cosa se pone dramática cuando de algunas jurisdicciones se trata. Desde la Tristeza de Amor mal entendida que tiñe muchos asuntos de Violencia de Género, hasta los quebrantamientos de condena por tener, pese a su voluntad, Un hombre en casa. Y es que, por más que nos vendieran en algún momento eso de que Amar es para siempre, no hay zapatitos de Cristal ni anillos de Rubí que justifiquen muchas cosas. Quien ama no mata, como nos decía el culebrón brasileño.
Y, conforme va subiendo de nivel la cosa, más se complica el tema. Y para algunos nombramientos nos vemos inmersos en un Juego de Tronos, nos hallemos en tiempo de Bonanza o en Tiempos revueltos. Intrigas palaciegas incluídas, como si nos halláramos en la época de la mismísima Isabel o Aguila Roja.
Así que ahí queda eso. Ojala algún día el mundo de la Justicia fuera feliz y tranquilo como los Teletubbies paseando por Los Mundos de Yupi, o como Triqui comiendo galletas en Barrio Sésamo. Pero mientras sigamos igual, cada vez más sobrecargados y con menos medios, no nos quedará otra que seguir repitiéndonos como los capítulos de Los Simpson o la muerte de Chanquete en la enésima repetición de Verano azul.
Por eso hoy el aplauso es especial. Para todos esos personajes que han hecho de nuestra vida lo que somos. Y por todo lo que podemos llegar a ser. Con ganas. A pesar de que a veces esto sea La Historia Interminable. No vaya a que acabemos como los protagonistas de The Walking Dead. Y eso si que no.

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Coletillas: muletas del foro


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Todos sabemos lo que es una coletilla o un lugar común, también llamadas muletillas. Ese recurso de la lengua, intencional o no, que se repite una vez y otra.

Más o menos cultos, más o menos buscados o más o menos inconscientes, en el mundo del espectáculo son muy usados. Tanto los que puedan utilizar sus miembros de modo particular como esos que pueblan series y programas de televisión y acaban formando parte del acervo colectivo. Si logran que una frase, una expresión o una palabra se identifique de inmediato con su fuente de procedencia, el objetivo está logrado. ¿Quién no piensa de inmediato en el inefable Chiquito de la Calzada si hacemos referencia al “pecador de la pradera” o, quién de los que peinamos canas –o ni eso-  no nos trasladamos en cuanto oímos aquello de “veintidó, veintidó, veintidó” al Un Dos Tres de los viernes noche con el Dúo Sacapuntas en acción? ¿Quién no sabe quién no siente las piernas, quién dice aquello de “yo soy tu padre” o quien es Bond, James Bond? ¿Y quién no ha empleado alguna vez eso de “hasta el infinito y más allá”, “en ocasiones veo reos”, “que le corten la cabeza” o “ven a la luz, Carolyn?

Nuestro escenario también tiene sus coletillas. Bastante más aburridas, por cierto, pero es lo que tiene. Frases que se repiten una vez y otras cuando Entre togas anda el juego.

Si hay una reina absoluta de nuestras muletillas, esa es la expresión “con la venia”. La muletilla en cuestión antecede cualquier actuación ante los tribunales de modo que acaba pegándose a la piel y saliendo casi sin pensar. En más de una ocasión, con las cuitas de una maternidad recién estrenada y medio sonámbula por falta de sueño, he llegado a pedir la venia a mis hijas para darles la papilla. Tal como suena. Ni que decir tiene que la niña, lejos de dármela, me miraba de hito en hito con cara de asombro. Aunque por suerte no les quedaron secuelas. O quizás sí y ahí está la razón de que a día de hoy no muestren ninguna inclinación por el mundo del derecho.

Lo de la venia en realidad no es otra cosa que una fórmula de estilo destinada a pedir permiso al tribunal –que no al juez, aunque sea unipersonal- para tomar la palabra. No es necesario emplear estos términos, bastaría con pedir permiso de otro modo o incluso hacer un gesto como inclinar la cabeza en señal de respeto. Y, en cualquier caso, jamás he visto a un juez denegar la dichosa venia. Aunque por eso de Nunca digas nunca jamás, confieso que a veces fantaseo con ser juez por un día y decir que ahora no doy la venia, que me la quedo para mí. Deformación toguitaconada, supongo.

Pero hay más. Los abogados sueles utilizar una coletilla nivel Terminator. Esa de “en estrictos términos de defensa” que no quiere decir otra cosa que “cuerpo a tierra, que te va a caer artillería por tierra, mar y aire”, especialmente si tus puñetas son las de fiscal, y precede en ocasiones a un chorreo de los que hacen historia en el que lo más bonito que llaman a una es «digna representante de Ministerio Fiscal» con expresión de pensar exactamente lo contrario.

Igualmente, otra de las habituales muletillas que usamos son esas que quieren decir que poco hay que decir. «Que se confirme la resolución recurrida por sus propios fundamentos», por ejemplo. Que no significa que el fiscal sea un vago y no se  ha leído los autos sino que está tan de acuerdo, generalmente porque sigue a pies juntillas lo que dijo él mismo en su día, que no vale la pena desperdiciar tiempo y energías en repetir las cosas. Y otro tanto cabría decir respecto a eso de “reproducir por vía de informe”, que está muy bien cuando se usa para evitar repeticiones innecesarias, pero no tanto cuando se utiliza para salir del paso sin más.

Y, si hay una muletilla comodín esa es la de “que se proceda conforme a derecho”, que en muchos casos es respuesta a otro de los comodines, el preferido de los jueces, “pase al fiscal para informe”. Y, como en todo, lo poco gusta y lo mucho cansa. Esto es, su uso moderado no sólo es correcto sino una práctica muy recomendable, que bien está que juez y fiscal actúen de consuno o al menos sepan cuáles son sus posiciones, pero su abuso puede acabar por colapsar los armarios y las paciencias. Y no andamos sobrados de unos ni de otras, en los tiempos que corren.

Y no me olvido de otra de las coletillas estrellas del foro. La invocación cada cinco minutos de modo indiscriminado del in dubio pro reo y la presunción de inocencia. Que no necesitamos que nos lo recuerden en cada frase. Y que además, como decía un magistrado en mi primer destino, no pueden confundirse ni mezclarse. Cuando no hay dubio, no hay pro reo que valga. Y solo debe alegarse cuando existe una duda entre dos normas a aplicar. Cuando lo que se quiere es hacer valer la alternativa entre culpabilidad e inocencia a favor de la presunción sobre ésta última, es ésta y no aquélla. Y de veras que con que lo digan una vez, lo hemos pillado. Incluso sin ello.

Y, por último, una costumbre inveterada. Decir, para hacer énfasis, “que conste en acta”. Admiro la paciencia de los Letrados de la Administración de Justicia para no perder las formas y soltarles una fresca. En acta consta todo, señores. Y sobre todo ahora,  que  los juicios se graban. Acabáramos.

Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, el aplauso es condicionado. Ovación al uso y abucheo al abuso. Eso sí, en estrictos términos de defensa y respetando la presunción de inocencia de esta humilde toguitaconada.

 

Suerte: alea jacta est


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La suerte. Ese ente esquivo e invisible que todo el mundo conoce pero nadie ha visto. Como la niña de la curva o la escena de Ricky Martin, el perro y la mermelada. Algo que no reconocemos siempre cuando aparece pero que echamos de menos cuando no está. ¿Quién no se ha quejado alguna vez en su vida de su mala suerte? Y, sobre todo, ¿quién no se ha quejado de su mala suerte comparada con la buena suerte del otro? Porque a veces, parece que nos interesa más que el ente no visite al contrario que el hecho de que pase por nuestra casa. Por eso compramos compulsivamente lotería a todo aquel que nos la ofrece, no vaya a ser que a él le toque y nosotros nos quedemos viendo su buena fortuna con tres palmos de narices.

Pero, lo admitamos o no, la suerte es uno de los ingredientes que jalonan el camino de la fama. Un golpe de suerte a la hora de sacar una estreno, o de promocionar una canción, llevan a la gloria a quienes la tengan. Como le ha pasado a tantos artistas que han sido flor de un día, o que han vivido Por Siempre Jamás de aquel golpe de suerte. Las Spice Girls, con su Wannabee o Massiel y un Lalala que le llegó de rebote ante la negativa inesperada de quien estaba inicialmente seleccionado para representarnos en Eurovisión. Otra cosa es mantenerse, pero eso es harina de otro costal. Y la suerte forma parte de muchos títulos de películas. Un golpe de suerte, Un tipo con Suerte nos enseñan que hasta ella misma puede ser protagonista.

Y no es cualquier cosa. Hasta tiene su propia regulación penal, que aún recito de memoria aquello de las obligaciones naturales surgidas de los juegos de suerte, envite o azar que aprendí de carrerilla en su día. Que se lo digan si no a Los Bingueros, un título que por más friki que nos parezca, todo el mundo conoce.

Nuestro teatro no es ajeno a esta azarosa visitante. Y por más que muchos se empeñen en soltarnos aquello de Al saber lo llaman suerte o A la suerte hay que buscarla, no podemos sino rendirnos ante la evidencia de que la suerte existe. Y determina muchos momentos de nuestra vida, o al menos empuja a que se resuelvan en determinado sentido.

Me contaban hace apenas unos días que un profesor de la facultad solía presentarse a sus alumnos con una frase “Yo tengo un don. Siempre pregunto en el examen la única pregunta que se han dejado”. Verdad verdadera. Y no es que el profesor en cuestión fuera el mismísimo Rappel, es que eso de que salga la única materia que alguien dejó de estudiar, es algo que hemos oído en nuestras vidas de estudiantes más veces de las que seríamos capaces de recordar. Y seguro que sigue pasando.

Y si hay un momento donde la suerte juega un papel esencial, o al menos así lo creemos, es el de la oposición. Nos jugamos en unas horas el esfuerzo de muchos años, y cualquier factor puede afectarnos. Desde una gripe inesperada hasta la letra en que comienza nuestro apellido, que fija la fecha en que nos tocará examinarnos. El número de orden del día señalado, si es viernes o lunes, si el de antes o el de después son unos cracks o unos paquetes y hasta si ese día hacen en la tele un partido de fútbol y los miembros del tribunal puedan tener prisa para acabar. Y, por supuesto, los temas sacados al azar. Luego, el león no es tan fiero como lo pintan y quien sabe y hace un buen examen acabará aprobando, si no a la primera, a la segunda o a la tercera, si tiene la paciencia, el temple y los posibles que le permitan seguir adelante. Como decía mi abuelo, todos los cuchillos cortan, es cuestión de cómo, cuánto y cuándo se les afile.

Pero la suerte no solo influye en los exámenes. Siempre jugará un papel en nuestra toguitaconada vida. El destino al que accedemos, desde luego, y un montón de pequeñas o grandes cosas. ¿Quién no se ha encomendado a todos los santos para que su asunto no caiga en manos de tal juez, o de tal otro? ¿Quién no prefiere uno u otro fiscal, o abogado, según pinten las cosas? La diversidad de criterio, la rapidez del juzgado, la inclinación o no de llegar a un acuerdo hacen que a veces creamos que estamos rellenando un boleto de la Primitiva. Aunque luego todos somos profesionales y las cosas acaban saliendo, por más que haya factores que allanen el camino o le pongan piedras en el recorrido.

El momento de esperar una sentencia, o la resolución de un recurso, nos lleva más de una vez a una ceremonia de cruce de dedos y rogativas varias esperando que el azar pegue un empujoncito a nuestras legítimas pretensiones, por más que estén perfectamente fundadas en derecho. Yo confieso que he pasado y sigo pasando nervios de principiante cuando espero a que acabe la deliberación de los miembros del jurado y lean su veredicto. Adrenalina pura, aun después de tantos años.

Pero no hay que exagerar. Por fortuna, nuestro estado de derecho tiene los mecanismos suficientes para que la suerte solo sea ese ente que empuja en un sentido u otro, pero no determina la resolución de las cosas. Y la mala suerte de algunos no lo es tanto. Como la de aquel delincuente que se dolía de su mala fortuna al haber ido a atracar directamente a quien resultó ser juez, fiscal o policía, que haberlos haylos.

Así que hoy el aplauso no va a ser fruto de la suerte, del envite ni del azar. Va dedicado a todos aquellos que salvan los obstáculos que la diosa Fortuna pone en su camino y consiguen pese a todo llevar las cosas a buen puerto. Porque no hay suerte que pueda con el trabajo, el empeño y la perseverancia. ¿O no?

 

Relax: togas Stand By


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Todos tenemos derecho al descanso. Lo dice la Constitución, las Declaraciones de Derechos Humanos y, lo que es más lógico, el sentido común. Ningún ser humano puede rendir si en algún momento no descansa. Y no solo físicamente.

También descansan los artistas. Lo hacen a destiempo, generalmente cuando los demás nos dedicamos al solaz, y muchas veces precisamente por eso. Porque su trabajo coincide con nuestro descanso. Y también las vacaciones han dado lugar a un filón cinematográfico, desde la deliciosa Vacaciones en Roma hasta la estresante serie de Doce fuera de casa, pasando por la inquietante Y de repente el último verano. Y desde luego, en nuestro país no podíamos ser menos, desde Las bicicletas son para el verano o Bámbola hasta toda la serie de suecas, hombres que se quedan de rodríguez y clichés varios encabezados por el inefable Pepito Piscinas.

Pero la cuestión es si en nuestro teatro también descansamos. Si, además de destoguitaconarnos de cuerpo, también lo hacemos de mente, impidiendo que togas y puñetas salgan del armario donde deben permanecer por un tiempo. Y, aunque parezca fácil, no lo es tanto.

Hubo un tiempo, cuando los teléfonos móviles y la pesadilla Lexnet no había ingresado en nuestras vidas, en que hacer semejante cosa era posible, y solo dependía de nosotros. Eran los tiempos en que había jueces, fiscales y secretarios judiciales –hoy LAJs- sustitutos bastantes para cumplir el cometido para el que había sido nombrados: sustituir. Y cubrían las vacaciones de los titulares, que nos podíamos dedicar al dolce far niente por un mes en el año. Ahora, desde que el año 2013 la tijera podadora de justicia se llevó a la mayoría de ellos por delante, la cosa se pone cuesta arriba. Y, aunque el mes de vacaciones es indiscutible, se disfruta o se padece en muchos casos a saltos, como si viviéramos en una constante montaña rusa. Y se hace complicado tener todo el mes de vacaciones seguido porque las necesidades del servicio obligan a encajar las planillas de los repartos como si de un sudoku se tratara, y no siempre sale. Y además, a quienes hacemos guardias no nos queda más remedio en ocasiones que interrumpirlas cada vez que nos toca una, con lo que la desconexión total es casi imposible. Así que una se sube en la montaña rusa y, cuando más alto ha ascendido y llega el momento de la emocionante bajada, cortan la electricidad y toca volver al suelo y desperdiciar la adrenalina que ya se iba soltando, que allí se queda con tres palmos de narices. Y vuelta a empezar.

Pero eso no es todo. Y no solo quienes adornamos la toga con puñetas tenemos esos problemas. Y, como si de niños que no estudiaron lo suficiente se tratara, nos toca llevarnos el cuaderno de vacaciones. Expedientes que quedaron a medias, leyes que no tuvimos tiempo de estudiar y todas esas cosas que nos prometíamos que pondríamos al día en cuanto el calendario nos diera una tregua. Y, en el caso de los abogados y otros profesionales liberales, más aún. Sus clientes no se congelan hasta la llegada de septiembre y, aunque agosto es en casi todo inhábil, hay cosas para las que no lo es tanto. Y toca reunirse, estudiar y trabajar. Con canícula estival y todo, abanico y ducha mediante, por supuesto.

Y, para redondear la cosa,  las salas de vacaciones. Que, por cierto, menuda ironía que se llamen salas de vacaciones cuando quienes la forman no pueden disfrutar de ellas. Debería llamarse sala de no vacaciones. Así que igual lo propongo para una próxima reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, ya que tanto les gusta cambiar nombres a diestro y siniestro.

Y, en este punto, tampoco quiero olvidar a los opositores, esos pobres seres que ni siquiera disfrutan de vacaciones. Mucho ánimo que el esfuerzo tiene su recompensa. O debe tenerla.

Leí en algún sitio que la desconexión verdadera empieza a partir de las dos semanas sin tocar nada de trabajo. Dedicándose a escribir, a la cría del calamar salvaje, a cultivar tulipanes, hacer macramé, a riscar por los montes como si no hubiera un mañana o, simplemente, a vegetar en un sofá. Y si, además, conseguimos olvidarnos de togas y puñetas varias, y nos sacudimos el complejo de culpabilidad por todas esas cosas que pensábamos hacer en vacaciones y se han quedado en el Monte del olvido, mejor que mejor.

Pero hay una Pepita Grilla con toguita y taconitos que se empeña en darme el tostón. Seguro que más de uno sabe de quién hablo. Y ojo, que no siempre viste toguita y taconitos. A veces va en chándal, o en traje de baño y chanclas y hasta de lagarterana, si me apuran, pero aparece cuando menos se lo espera una. Hace chas y aparece a tu lado, como aquella canción de tiempo ha. Y nos fastidia el anhelado descanso. O lo intenta.

Así que hoy una aplauso especial. Para quienes consiguen desconectar de verdad, cargar las pilas como corresponde y volver con ánimos renovados y fuerzas por estrenar. Que a veces es tan difícil que se convierte en Misión Imposible

 

 

Asco: togas melindrosas


bebe asco

Ya hemos hablado otras veces de la importancia de los sentimientos, en nuestro teatro y fuera de él. Amor, odio y todo el elenco de sensaciones que hay por medio forman parte de él como de la vida misma. Pero no todo es glamuroso y brillante. Y a veces, algo desagradable retuerce nuestras entrañas y se sube a la garganta. Y hay que mantener el tipo, mejor o peor.

En el cine esa sensación de repugnancia ha sido explotada por todo un género. Las vísceras desparramadas a diestro y siniestro en La Matanza de Texas o por el terrible Jason en las mil y una partes de Viernes 13, o los bichos asquerosos que tan del  gusto son de algunos, desde La Mosca hasta Alien y sus descendientes pretendiendo inundar las pesadillas de quienes no tengan el estómago forrado de amianto.

Y en nuestro teatro no nos quedamos atrás. Pequeñas y grandes cosas que hacen difícil mantener la compostura y a veces, hasta la dignidad. Y que hacen que tengamos que desarrollar nuestras dotes de actores y actrices hasta el infinito y más allá para que las náuseas no del al traste con nuestra función.

Después de varios trienos poblando Toguilandia, recuerdo más de uuna situación que ha puesto a prueba mis tragaderas. Y juro que no exagero.

Las primeras, las relacionadas con las sedes. Aunque parezca que estoy hablando de la prehistoria, no hace tanto que había juzgados donde los Bichos eran parte del entorno, especialmente unos negros y bastante repulsivos que gustaban de vivir en el hueco de un ascensor de cierto juzgado de pueblo. También recuerdo otro, donde llegó a salir en el periódico que las ratas estaban devorando con fruición los expedientes de Registro Civil. Y, más recientemente, las pulgas nos visitan con una cierta frecuencia. Tanta, que se rumorea que están confeccionándose toguitas y buscando tacones para hacernos la competencia. Pero tal vez se trate solo de un rumor. O no.

Otras veces hay que soportar momentos que ponen nuestros estómagos a prueba. es difícil aguantar el trago de algunos levantamientos de cadáver, por ejemplo. Recuerdo uno, el de un anciano que fue encontrado muerto en pleno mes de agosto después de más de una semana del deceso, en que el olor era tan fuerte que un policía, con la mejor intención del mundo, me instaba a que fumara para que el humo ahogara aquellos vapores. Algo impensable hoy, y más si tenemos en cuenta que yo lucía una tripa de siete meses de embarazo. Pero la intención era buena, desde luego.

Aunque la verdadera repugnancia no es tanto la física, sino la que nos vemos obligados a sufrir ante algunos hechos que pasan por nuestro teatro. Los relacionados con criaturas, particularmente los relacionados con abusos sexuales o la pornografía infantil nos someten a situaciones en que hay que contar hasta cien para no dejarse llevar por lo que a una le pide el cuerpo.

También ocurren algo parecido con los delitos cometidos contra personas mayores o contra discapacitados, a quienes algunos desaprensivos desposeen de su patrimonio y hasta de su dignidad aprovechando sus circunstancias. Y hay que respirar hondo para aguantar la compostura. Y aún así, cuesta.

Y todavía hay otras cosas que me causan repulsión, aunque sea de otra clase. Entre otras, la pasividad ante la falta de medios endémicos de la justicia, la poca sensibilidad de algunos para la violencia de género, o pata temas de odio como la homofobia. Se me abren las carnes de pensar que en los últimos minutos de silencio por las víctimas de crímenes machistas se contaban con los dedos de la mano las personas concentradas al respecto en algunos lugares públicos. ¿Resignación? Tal vez, pero no deja de darme una aprensión enorme una sociedad que se resigna a cosas como estas, y otras que he nombrado.

Así que hoy el aplauso es para todos los que encuentran el equilibrio. Y sin llegar a acostumbrarse, hacen de tripas corazón y siguen adelante. Gracias por estar y seguir ahí.

 

 

 

 

 

 

Esperanza: se busca


Dedos-cruzados

Los artistas, o quienes aspiran a serlo, viven constantemente en una especie de zozobra. Las expectativas forman parte de su vida sin poder evitarlo. Lograr su primer papel cuando aún no ha debitado, obtener un papel protagonista luego, conseguir un Oscar, un Goya, un Tony, una Palma de oro o cualquier otro premio, y vuelta a empezar. Siempre esperando participar en la obra de su vida, y después esperando no bajar el listón. De Ha nacido a una estrella a no caer en el Crepúsculo de los dioses, pasando por Que siga el espectáculo. Siempre con el corazón en vilo.

En nuestro teatro también compartimos esa continua sensación de estar en vilo, de vivir con la esperanza de lograr esto o aquello. Primero, conseguir terminar los estudios, la carrera, con sus cursos y sus prácticas. Después, quienes elegimos ese camino, aprobar la oposición, que no es moco de pavo. Y si se opta por tirarse a la arena del ejercicio profesional, lograr la formación e instalarse, que tampoco es poca cosa. Ahí es donde tenemos nuestro momento Ha nacido una estrella, ese momento donde creemos que está todo hecho cuando la cosa no ha hecho nada más que empezar.

Y, cuando apenas nos ha dado tiempo a saborear las mieles del triunfo, casi sin darnos cuenta, entramos en la siguiente fase. Que siga el espectáculo. Y empezamos a desear fervientemente alcanzar un destino mejor, o  consolidar el despacho en su caso, y comenzar a situarnos cerca de aquello que suponíamos que sería nuestro objetivo cuando alcanzáramos la meta. Éxitos profesionales, mejores casos, nombramientos o destinos más atractivos. Seguimos esperando.

Y aunque nos situemos, la espada de Damocles sigue ahí. Porque no hay que dormirse, no vaya a ser que llegue la fase el Crepúsculo de los dioses, que hay que evitar a toda costa. Y esperamos que las cosas sigan bien y sobre todo que vayan a mejor.

Pero esas esperanzas no lo son todo. Hay esperanzas grandes y pequeñas, comunes e individuales. Y quienes transitamos por nuestro escenario, seguimos con la esperanza a cuestas, aunque a veces cuesta tanto conservarla que me parece que cualquier día aparece en un cartel pegado a la pared con la leyenda “Wanted”, o “Se busca”, como en las clásicas películas del Oeste.

¿Y que esperamos? Pues seguro que la mayoría, lo mismo. Que tengamos una Justicia eficaz y con medios, que la Justicia sea Independiente y que sea efectiva y, desde luego, que sea igual para todos. Que por fin entremos en el siglo XXI y no tengamos que encomendarnos a todos los santos para que las notificaciones lleguen, los programas informáticos funcionen o los juicios se puedan celebrar en un tiempo razonable. Parece fácil ¿no?

Pues no. Como quiera que quienes tienen que proveer de medios, que quienes hacen las leyes y quienes organizan el cotarro no escuchan o no quieren escuchar, seguimos como seguimos. Esperando y esperando. Y ya se sabe que el que espera, desespera. Y pobres de nosotros si llegamos a ese punto.

Yo espero que algún día no demasiado lejano se creen plazas de jueces, fiscales, LaJs y funcionarios, se recuperen los sustitutos perdidos, se valore de una vez el turno de oficio, se faciliten medios dignos y adecuados a los tiempos y se legisle de un modo razonable. Espero que la Justicia deje de ser la Cenicienta de la Administración, y de recoger las migajas que dejan sus hermanastras poderosas, como Hacienda, que siempre tiene el vestido más lujoso mientras ella se lo tiene que confeccionar con harapos. O, en otro caso, que venga el Hada Madrina y a golpe de varita, diga aquello de “todo se arregla con solo decir Dibidibadibidú”.

Pero mucho me temo que va a ser que no. Así que mientras tanto, me quedo con la esperanza de que no se me cuelgue el ordenador más de lo soportable, de que no me falten grapas, possits o bolis, que los fallos de la climatización no eleven la temperatura de mi despacho más allá de lo soportable, o de que no le pase nada a ninguna de mis compañeras, no me toque sustituirla. Y por supuesto, que no se retrasen en los pagos más de lo admisible, como ha venido sucediendo con el turno de oficio y ocurre a veces con la retribución de guardias, porque nuestras familias tienen la mala costumbre de comer todos los días. O como con la paga extra de 2012, que aún venimos recuperando a trozos, tarde y mal, y ya no da para comprar los turrones de aquellas Navidades.

Así que el aplauso es, desde luego, para todos los que pese a todo, conservan la esperanza. De las cosas pequeñas y las grandes, que todo importa. Y mientras tanto, por si acaso, iré colgando el cartel de “Se Busca” en las puestas batientes del Saloon de nuestra Justicia.

Independencia: la meta


independencia judicial 2

El mundo del arte siempre ha gustado de los temas románticos. Y pocos temas hay que lo sean tanto como la Independencia. Así, con mayúsculas. Casi siempre la identificamos con la lucha de un territorio por mantenerse libre de injerencias o de invasiones. Con más o menos matices, y más o menos estilos. Desde el Curro Jiménez de mi infancia luchando cada domingo contra los franceses, hasta los galos de Astérix y Obelix defendiendo la aldea gala, desde las mil versiones de un idealizado Garibaldi hasta la defensa terrícola de Independence Day, pasando por las luchas contra cualquier invasión paranormal, sean zombies, ultracuerpos o cualquier otra cosa. Sin olvidar, por supuesto, el filón de la Guerra de la Independencia americana, entre el Norte y Sur y Lo que el viento se llevó, o la descolonización, que ha dado metraje de sobra.

Pero no toda independencia es la territorial. La independencia es un concepto demasiado amplio para circunscribirlo a ello. La independencia es la personal, la institucional y cualquier postura que trate de mantenerse firme en su sitio frente a cualquier injerencia. Un concepto positivo, más allá de los matices políticos con los que se usa el término hoy en día, limitado a un espacio y tiempo determinado. Y en los que, desde luego, ni quiero ni debo entrar.

Nuestro teatro tiene su propia especialidad en los que a independencia se refiere. La independencia judicial. Un término del que se usa y se abusa, y una aspiración legítima de nuestro Estado de Derecho. Pero también un concepto en el que se mezclan y confunden otros, deliberada o inconscientemente. Independencia, imparcialidad o jerarquía son ingredientes de una misma ensalada que a veces se mezclan sin orden ni concierto y dan lugar a platos incomestibles. O no.

La independencia judicial es, como decía, una aspiración irrenunciable de todo estado democrático. Sin un poder judicial independiente, la separación de poderes se convierte en papel mojado y se nos desmorona el edificio porque cae una de sus patas. Montesquieu en Caída libre. Seguro que en eso todos estamos de acuerdo. El problema es saber en qué consiste esa independencia, y distinguirla de otros conceptos. Y no siempre es fácil.

La independencia supone, en esencia, que los jueces cumplan su papel de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado con libertad, basados en el principio de legalidad y que no sean perturbados ni influidos por otros elementos, esencialmente políticos. Algo que, se crea o no, hacen cada día la inmensa mayoría de los jueces españoles. Y en lo que coadyuvamos todos. Los fiscales, sin ir más lejos, máximos garantes de la independencia judicial según dice la ley y por más que muchos lo ignoren o lo pongan en duda. Pero claro, es comprensible. La propia ley no lo pone fácil, cuando dice que estamos integrados con independencia en el poder judicial. Un galimatías que deja rumiando a más de uno. Y no sin razón.

La cosa es que cada día más oímos que la justicia está politizada. No sin razón. Pero la razón no es tanta cuando nos colocan el sambenito a todos según la decisión que tomemos. No hay decisión judicial, o informe del fiscal, que afecte a responsables políticos sin que el comentarista o el todólogo de turno no achaque el sentido de tal decisión a la presunta adscripción política que supone a quien la firma, o a un telefonazo de las más altas instancias. Y de eso nada, monada.Al menos en el mundo de los mortales. Por éstas que son cruces.

Como diría aquél, puedo prometer y prometo que en gran parte de las investigaciones judiciales que involucran alcaldes, ignoramos a priori a qué partido pertenece. Y no es cuestión de ignorancia. Cualquiera sabe quién dirige el consistorio de Madrid, Valencia o Barcelona, pero es imposible conocer quién lo hace en Villaconejillos de Arriba. Salvo que sea el que aparece en el anuncio del detergente lavando con una gota la paella gigante, claro.

Y en cuanto a la llamada, también puedo prometer y prometo que en casi un cuarto de siglo toguitaconada, nunca la he recibido. Y no se crean que a veces no me gustaría, que aprovecharía para decirle cuatro cosas al responsable de turno. Y de paso, para pedirle pósits y bolis de punta fina, que está la cosa malica.

Quizá el quid de la cuestión esté en distinguir entre quienes nos mojamos las rodillas en salas de vistas y juzgados, y quienes tienen otras funciones. Y aclarando además que ni todos los miembros del Consejo General del Poder Judicial son jueces ni están ejerciendo funciones jurisdiccionales –aunque tras la última reforma algunos las simultanean-. A diferencia de los miembros del Consejo Fiscal, por cierto, que han de ser necesariamente fiscales en activo. Cosa que no ha de ser el Fiscal General del Estado, que ni siquiera tiene por qué pertenecer a la carrera fiscal –aunque así era en los dos últimos casos- Tal vez esta aclaración despeje la duda de que el modo de su nombramiento no tiene por qué afectar a la imparcialidad o no de quienes trabajamos día a día en cada juzgado.

Así que el sistema falla en la cúspide. Debería darse una vuelta de tuerca –o más de una- a ese sistema. Al modo de nombramiento y, sobre todo, a cómo se hace en la práctica. El papel es muy sufrido, y el mérito y capacidad para los nombramientos de una cierta enjundia son unos principios rectores objetivos. El problema, como siempre, está en cómo se interpreta. Y ahí en dónde la independencia puede empezar a tambalearse. Porque por más vueltas que se a un destornillador, poco se puede conseguir si el tope está pasado de rosca.

Y lo que ocurre en muchos casos es que se interpretan las decisiones según convenga al interpretante. Pondré un ejemplo. En un asunto que duró años y años, contra un alto cargo de una ciudad que tiene un aeropuerto sin aviones, se ha dicho hasta la saciedad que se cambiaban los jueces para que ninguno hurgara en la llaga. Desconociendo algo básico: que lo instruía un juzgado de entrada, mal dotado y peor retribuido, donde los jueces aterrizaban en su primer destino y huían como alma que lleva el diablo a un destino mejor dejando el juzgado tan vacío como lo estaba de aviones el aeropuerto en cuestión. Y ninguna culpa tenían de eso cada uno de los jueces que por allí cayeron.

Por supuesto, de todo hay en la viña del señor. Pero desde este escenario hoy quería romper una lanza por todos los que día a día hacen su trabajo con más ganas que medios y ajenos a llamadas e intrigas palaciegas, que ya tienen bastante con lo que tienen. Para ellos va el aplauso. Dirijan sus tomates hacia arriba. Así, igual, acertamos. Sólo es cuestión de puntería.