Respeto: que nunca falte


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En todos los ámbitos de la vida hay un ingrediente fundamental: el respeto. Sin él los seres humanos somos menos humanos. Y la convivencia es imposible o, cuanto menos, insoportable.

Y por supuesto, en el espectáculo ocurre otro tanto. En un mundo donde el divismo es un riesgo corriente, y los ascensos estratosféricos habituales, hay que saber mantener los pies en tierra. Todos hemos sabido de estrellas que pierden los papeles y tratan a la gente con desprecio, olvidando que quien un día está en lo más alto, al día siguiente puede ir al subsuelo. Ya se sabe, Más dura será la caída.

Nuestro mundo, por descontado, no sólo no es una excepción sino que es un guiso que no puede hacerse sin ese ingrediente imprescindible que es el respeto. En vertical, en horizontal y en oblicuo, porque el respeto no es unidireccional. Tan es así, que la falta de respeto o desconsideración con superiores, con compañeros, con otros profesionales o con el justiciable son constitutivos de una falta disciplinaria, cuando no de más. Como no podía ser de otra manera.

Lo que ocurre es que hay que diferenciar términos. Una cosa es la falta de educación, otra la falta de respeto y, en la cima más alta de la pirámide, está el insulto. Y, a partir de ahí, se puede entrar de lleno en campo minado por el Código Penal. No todo vale.

La educación nos viene de serie. O, al menos, debería  Consiste en algo tan sencillo como decir buenos días, por favor y gracias. Sea quien sea y como sea. Cuesta lo mismo exigir a un funcionario que busque un expediente que pedírselo por favor. Es más, creo que lo segundo es más sencillo y más agradable. Se matan más moscas con miel que con hiel.

En la mayor parte de los casos, tratamos de ser escrupulosamente educados y respetuosos. Pero ni todos somos iguales ni estamos cortados por el mismo patrón, por supuesto. Y no deja de resultar curioso leer algunos artículos o entradas en redes sociales en que jocosamente dan palmas con las orejas porque aquel o este juez o fiscal se comportaron con educación. No tiene gracia, la verdad. No hay que hacer de la excepción regla y tratarnos como si fuéramos el diablo, que cambió el tridente por toga y puñetas.

Pero si algún lugar es campo abonado para insultos, ése es el de las redes sociales, amparados generalmente por el anonimato de un avatar que no contiene datos personales. Todos hemos leído verdaderas barbaridades, contra las que no siempre se actúa con la rapidez que se debiera.

Desde hace tiempo vengo observando cobardías e infamias en las redes. Pondré un ejemplo, el de una buena amiga y mejor periodista de tribunales, que día sí y día también tiene que soportar que cuestionen su ropa, su peinado, su aspecto físico y hasta su higiene por el mero hecho de hacer su trabajo. Servidumbres de la fama, le digo yo, haciendo de amiga entregada. Pero, en la confianza de estar en mi casa –porque eso es de algún modo este blog-, diré que me tocan el trigémino estas cosas. Y no digo otra cosa por hacer un ejercicio de esa educación que he postulado, pero me cuesta la vida y muchos pingüinos enfriadores, que conste.

Mi amiga @loretoochando habla en la tele de corrupción, de asuntos candentes, pisando más de un callo y como la profesional que es. Puede gustar o no, compartir su estilo o sus afirmaciones o no. Pero decirle cosas como “peínate, guarra”, llamarla “borracha”, “gorda” o meterse con la camiseta que lleva y hasta con la marca del bronceado dice mucho de quienes lo hacen y muy poco de sus argumentos. El insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos.

No voy a defender a ultranza su trabajo. Ya lo hace con su labor diaria. Pero sí voy a denostar a quienes se amparan en el anonimato para escupir su mala educación y su machismo. Porque, además, pocas veces he visto semejantes comentarios dedicados a un hombre.

Y no es la única, ni el machismo es el único palo de la baraja de semejantes tipos. Me constan que en otros casos lo que ataca es la orientación sexual del periodista de que se trata. Igualmente despreciable.

Así que hoy el aplauso se convierte en un pequeño homenaje a estas dos personas y con ellas, a todos los que no se achantan ante estas demostraciones de intolerancia, que superan con mucho la mera falta de respeto. No os rindáis, que no tiene más razón quien arma más ruido. Y, como dice otra buena amiga –gracias Lydia- la razón solo tiene un camino.

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5 pensamientos en “Respeto: que nunca falte

  1. Pingback: Respeto: que nunca falte | Raciozinando

  2. El anonimato es el refugio de los cobardes y el de mucho “macho recio”. A ti que te gustan tanto las citas me agarro a aquella de “no ofende quien quiere sino quien puede”. El anonimato da muy poca fuerza.

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  3. No estoy tan de acuerdo en que nadie es mejor que nadie.
    Todos tenemos nuestros talentos.
    Puedo ser superior en algo pero muy inferior en otra cosa.
    Todos tenemos defectos y virtudes.
    Es la diversidad del ser humano.
    Gracias por leer.
    Saludos.

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