Milagros: ¿a Lourdes?


milagro

Todos hemos oído alguna vez eso de “milagros, a Lourdes” . Afirmaciones tajantes como “no creo en los milagros” se oyen cada dos por tres, pero cada dos por tres también imploramos en busca de un milagro para logar esto o aquello o desfacer un entuerto. Algunas artistas de antes, las folklóricas de toda la vida, tenían hasta una capillita con sus estampitas para encomendarse a santos o vírgenes en cada función o cada estreno. Aunque mi preferida, de todas todas, es Nuestra Señora del Abrigo de Pana a la que se encomendaba Lina Morgan en Vaya par de gemelas mientras ponía en blanco los ojos y hacía un cruce de piernas imposible.

Y es que todos hemos vivido alguna situación en que hayamos implorado un milagro. Seamos creyentes o no, que eso es lo de menos, que siempre viene a cuento eso de acordarse de Santa Bárbara cuando llueve. Y el cine, por descontado, no podía ser menos. Desde la emocionante El milagro de Anna Sullivan o la ternura de Un lugar llamado milagro hasta la iconoclastia de Los lunes, milagro o El milagro de P Tinto. Por más que nos digan aquello de El Cielo puede esperar.

Mi vida toguitaconada –y supongo que la de todos- está llena de grandes y pequeños milagros. Porque, tal como están las cosas, milagro es cada día que no se cuelgue el ordenador, que tarde menos de media hora en ponerse en marcha o que la mesa no se haya desarmado bajo el peso de los expedientes tras la vuelta de las vacaciones. Y, por lo que oigo y veo, también viven como un milagro quienes usan Lexnet que el dichoso sistema ande como debe, admita los adjuntos, envíe las cosas como toca y no se cuelgue. Por no hablar del milagro superlativo que sería que todos pudiéramos usar un sistema único, llamese lexnet o toguitaconet, que me gusta más. Pero aquí sí que valdría eso de Milagros, a Lourdes. Más que nada porque su ubicación geográfica le aleja de la lexnetfobia.

Pero, como decía, de milagros anda jalonada la escalera de Toguilandia. Desde bien pronto, además. Porque, que levante la mano quién no ha llevado a los exámenes estampitas, virgencitas, amuletos de las más variadas procedencias y algún que otra prenda de la suerte aún a riesgo de asarse o morirse de frío, según la época del año. Y que levante la mano también quién no se ha visto enredado en novenas, rogativas a San Judas Tadeo o a Santa Rita o a toda la corte celestial porque con tal de lograr un ansiado aprobado una es capaz de abrazar cualquier fe. Incluso varias a la vez, llegado el caso. Ya he dicho en alguna otra ocasión que cada vez que hay examen se puede escuchar las discusiones de todos los habitantes del reino de San Pedro, que tienen tantas recomendaciones que no dan abasto. Es lo que tiene eso de A Dios rogando y con el mazo dando. Crea uno o no crea, que, a situaciones desesperadas, soluciones desesperadas. Y pocas cosas hay más desesperadas que la necesidad de aprobar una oposición. Seguro que muchos sabe a qué me refiero.

Y ahí no acaban los milagros. Como decía, van empedrando el camino de las baldosas amarillas del reino de Toguilandia, en busca de nuestro particular Mago de Oz, que no es otro qe la Justicia –así, con mayúsculas-. Sin ir más lejos, me contaba un buen amigo lo feliz que se hallaba el otro día porque una mujer, después de mucho trabajo, había decidido denunciar a su agresor y coger la mano que le estaban tendiendo –gracias, Javier, por compartir esta historia-. Nunca lo sabremos, pero quizás se haya salvado una vida. La misma sensación que tuve yo también no hace mucho, viendo cómo las compañeras de colegio de una chica que estaba siendo maltratada tomaban la iniciativa y, a pesar de la negativa de ella, hablaron con su familia y denunciaron los hechos. Ella, finalmente, se vio arropada y salió de su marasmo y, con ello, de una vida segura de llanto y rechinar de dientes. Y no sé si llamarlo milagro, pero ver cómo da sus frutos el trabajo de quienes nos empeñamos cada día en poner nuestro granito de arena a la concienciación se vive como si lo fuera. Lo mismo que le pareció a otro buen amigo el hecho de encontrar, al menos por un día, vacío el Juzgado de Violencia Sobre la Mujer. Ojala estuviera así siempre

Hay más milagros casi a diario. Entendiendo milagro como un hecho maravilloso e inesperado, por más que en él haya intervenido la mano del hombre. Esa resolución que por fin hace justicia a quien se creía indefenso, ese abrazo de una víctima agradecida y, por qué no, ese menor que reorienta su vida o ese delincuente que consigue reinsertarse. Pequeños milagros que hacen posible seguir avanzando.

Así que hoy el aplauso para todos los que siguen el camino de baldosas amarillas. Los milagros existen sin necesidad de llegar más allá del arco iris. Solo hay que saberlos ver.

 

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