Concisión: la segunda C


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Hablábamos en el anterior estreno –sin ánimo de emular a Fray Luis de León, Dios me libre- de las tres C que aprendí dando mis primeros pasos toguitaconados: claridad, concisión y contundencia. Y de lo necesario que resulta hablar y escribir claro, en el teatro y en la vida, so pena de que la forma impida ver el fondo del mensaje.

Ser conciso es el segundo de los 3 mandamientos. Aunque en este caso no venga Charlton Heston a abrir las aguas del Mar Rojo para descubrirlo. Pero a nadie se le escapa que si se quiere transmitir un mensaje, más vale hacerlo de modo que sea comprensible y, sobre todo, que el espectador no se haya cansado cuando llegue. Mejor saber que Dorian Grey entregó su alma al diablo no sea que cuando descubre el retrato nos pille roncando en la butaca. Y eso es labor de quienes dirigen e interpretan la obra.

Nuestro teatro no anda a veces demasiado sobrado de esa concisión. Hace ya tiempo que desapareció por disposición legal el gerundismo, esos considerandos y resultandos que hacían que las sentencias difícilmente se fueran soportando, entendiendo  y aplicando, pero todavía quedan resquicios de ese modo alambicado de expresarse, como si hubiera que buscar el contenido en una especie de ginkana de aforismos y palabrejas. Entre Atrapa a un ladrón y Toma el mensaje y corre.

Sin ánimo de ofender a nadie, ¿quién no ha visto fundamentos en sentencias que a costa de citar preceptos de la Constitución, de Declaraciones de Derechos y hasta de las leyes de Wisconsin o Alabama? Y ojo, que si son aplicables, pues se citan y punto, pero hay veces que ese corta y pega que tan bien nos viene engorda los párrafos con más de algún detalle innecesario. Y conste que tampoco es patrimonio exclusivo de los jueces, que también he visto algún informe de fiscales que meten más paja de la necesaria o de Letrados que en sus recursos hacen otro tanto. Y, por supuesto, no es la regla general, pero como las meigas, haberlas, haylas.

Y para que no se me tache de criticona –que un poco, sí lo soy- empezaré entonando el mea culpa. Cando empezaba a despegar en mis primeros vuelos por Toguilandia, todavía pensaba que un escrito de un solo folio no resultaba lo suficientemente impresionante para convencer al tribunal. Y mucho menos un informe oral que no pasara de cinco minutos. Alguna vez he contado uno de mis primeros juicios de faltas, cuando estaba en prácticas, en que invertí tres cuartos de hora para un tipo que había subido sin billete en el tren y que además, reconocía los hechos, ante la paciencia infinita de la juez que, veinte años más tarde, no debe haber olvidado aquella plasta infumable de fiscalita recién estrenada. Y también recuerdo otra ocasión, en una de mis primeras intervenciones en Sala, en que me empeñé en explicar hasta la saciedad en qué consistía el dolo y sus clases antes de entrar en materia, un atraco en un banco si no me falla la memoria. Ni que decir tiene que al pobre presidente, por aquel entonces a punto ya de la jubilación, casi le da un jamacuco de aguantar mi perorata. Y también recuerdo a otro magistrado más joven que, educadamente, me dijo que mi informe había sido muy bonito pero que a la próxima recordara que agradecían mucho el ir al grano. Y la verdad, le agradecí el consejo. Y jamás me volví a enrollar más de lo necesario hablando del dolo o de los elementos de la acción penal. O eso creo, vaya.

Pero si hay un punto caliente en la necesidad de concisión, ése es el interrogatorio, sea de quién sea y por parte de quien venga. Esa fórmula del “diga ser cierto” hace que el propio interrogado no se entere demasiado de lo que le están preguntando, como tampoco se entera si la pregunta es tan larga que no llega a saber dónde está el sujeto y dónde el predicado. Se consideren o no sugestivas, capciosas o impertinentes, como dice la ley. Siempre que oigo esa fórmula, me viene a la cabeza un forense muy guasón que, ante una pregunta kilométrica, con el consabido “diga ser cierto” dijo, ni corto ni perezoso “ser cierto”, tan como suena. Y añadió inocentemente “¿no me ha dicho que lo diga?, pues lo digo: ser cierto”. Aún me río pensando en lo que nos costó reprimir la carcajada. Y es que no era para menos.

Así que hoy el aplauso va para quienes son capaces de decir las cosas sin circunloquios, para hacerse entender por aquél por quien deben ser entendidos en cada caso. Que el refranero es muy sabio y lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

 

Claridad: las tres C


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Nada hay tan claro como lo que se dice claro. Una aparente perogrullada que en ocasiones no lo es tanto. ¿O acaso alguien no ha salido más de una vez del cine o del teatro pensando que lo han liado todo tanto que no se ha entendido nada, o más bien poco? Como esas películas de arte y ensayo que se pusieron de moda una temporada – en versión original subtitulada, por supuesto- y de las que una salía del cine fingiendo que era magnífica y sin haberse enterado de nada. Con ganas de gritar eso de No me chilles, que no te veo, con los ojos como platos. ¿O esas otras veces en que a fuer de proposopopeya y afectación el mensaje queda en nada y aburriendo a las ovejas? ¿No hay filmes a los que les sobra metraje y les falta chicha? Siempre recuerdo películas como Pasaje a la India o Titanic –perdónenme los fans- en que a una le podían las ganas de que se hundiera de una vez el dichoso barco..

Y nuestro teatro no escapa de estas veleidades. Me enseñó mi tutor en la carrera fiscal, entre otras muchas cosas que guardo como oro en paño, que nuestros escritos tienen que pasar el filtro de las tres C: claro, conciso y contundente. Un consejo que me ha acompañado por todo mi periplo toguitaconado y que espero que siga haciéndolo

Mi padre, por su parte, decía que quien dice en 20 palabras lo que se puede decir en 2 es que no tiene mucho que decir. Otra máxima a tener en cuenta. Porque nos encontramos a diestro y siniestro con tochos que bien podrían resumirse en unas líneas. Hagamos un ejercicio y lo veremos. ¿Quién me acompaña? Vamos allá.

Un ser humano introdujo todas y cada una de las partes de su anatomía a través del angosto hueco que quedaba entre la puerta entreabierta, expuesta a la vista de vecinos, viandantes y transeúntes, y el cielo abierto de la recién estrenada primavera. Una vez hubo conseguido que cabeza, tronco y extremidades hubieran traspasado el umbral que separaba el espacio cerrado que delimitaba el cubículo donde un amable señor de sienes plateadas obsequiaba, a cambio de dinero y haciendo gala de una franca sonrisa, con pequeños dulces multicolor a los infantes que acudían dichosos a hacer un dispendio de la paga semanal ganada con su buen comportamiento, aprovechó un descuido de la habitual diligencia del referido señor para llevar a cabo su deleznable acción depredatoria. Así pues, desconociendo las más elementales normas de cortesía, educación y solidaridad, introdujo en el escondido hueco del pantalón desharrapado que vestía, una cantidad considerable de los dulces multicolor que, otrora, hacían las delicias de los más pequeñuelos de la casa. A continuación, ignorando cualquier atisbo de decencia y mucho menos de arrepentimiento, marchó en dirección no concretada, llevándose el fruto de su oprobiosa acción consigo, no sin antes esbozar una sonrisa de satisfacción que hubiera repugnado a cualquiera que hubiera conocido su despreciable acción.

¿Qué tal nuestro ejercicio? ¿Resultó legible? ¿No es mucha prosopopeya para decir algo tan simple como que el acusado birló unas cuantas chucherías de un kiosko? Pues eso. Que mi padre tenía razón y hubiera bastado con un relato con las palabras justas y adecuadas. Algo como esto: “el acusado se apoderó de varias golosinas aprovechando un descuido del dueño del kiosko”. Correcto y ajustado. Y mucho más sencillo de leer y entender.

A veces olvidamos que la Justicia pertenece al pueblo, como dice la Constitución. Y mal entendería el pueblo semejante ejercicio de pedantería. Como aquella vez que un cliente le dijo a su Letrada: debieron hacerlo muy bien, porque no entendí nada. Y deberían entenderlo todo. Para poder decir, como la niña del anuncio, que lo arreglamos todo, todo y todo. O que al menos lo intentamos, vaya.

Por eso hoy el aplauso va destinado a quienes, sin artificio innecesario, se hacen entender de manera clara. Porque la claridad a veces no está tan clara como debería.

Aprobado: pasaporte a Toguilandia


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En pocos mundos depende todo de un hilo tan fino como en el espectáculo. La diferencia entre el más rotundo éxito o el más clamoroso de los fracasos marca la línea entre el ser y el no ser, el sí o el no, el yin o el yan, el reconocimiento mundial o el ostracismo. Y hay tantos factores que escapan de las manos de los artistas que da hasta vértigo pensarlo. El momento del estreno, las características del público, la coincidencia con otros más o menos sonados, pueden determinar la caída más absoluta en el Abismo o la entras en El más grande espectáculo del mundo. Tal como suena. El trabajo bien hecho está detrás, pero hay mucho más. Y muchas cosas más.

Y si en algo se parece esa Delgada Línea Roja a nuestro mundo es en el espacio que media entre el aprobado o el suspenso en el examen, entre estar dentro o fuera. Especialmente cuando de oposiciones se trata.

Hace más de un año hablaba en un estreno del examen ese pistoletazo de salida para entrar en el mundo de toga y tacones –o mocasines- Le dedicaba esa función a mi sobrina Teresita -¿por fin pasara a ser Teresa?-, que empezaba sus pasos en el frondoso bosque de las oposiciones mientras su familia ejercíamos de sufridores en casa como en el Un Dos Tres Responda otra vez de nuestra infancia. Y ya que compartimos cuitas hoy Mi Toga y Mis Tacones se ponen de gala para compartir alegrías. Acabo de recibir La llamada, esa que dice que pasa a formar parte de Toguilandia. Y, claro está, además de la alegría sin medida, han comenzado a asaltarme los recuerdos, apelotonándose en mi cabeza como lo hicieron en su día los casi cuatrocientos temas que me metí entre pecho y espalda, algunos de cuyos párrafos todavía soy capaz de recitar de carrerilla, como más de uno y de una de quienes me conocen han tenido ocasión de comprobar. Y no miro a nadie.

Esta sensación ya la sacó a la luz el otro día el recién desvirtualizado Justito el Notario, que con su post dedicado a la suerte abrió la caja de los truenos. Y aquí están todos, montando La Tormenta Perfecta pero esta vez con final feliz.

Porque cuando una aprueba, el mundo cambia de color. Literal. Dan ganas de entonar eso de “en la tómbola del mundo, yo he tenido mucha suerte” como si fuera Marisol, de cogerse a una farola para emular a Gene Kelly en Cantando bajo la Lluvia, y de gritar al mundo entero que La Vida es bella. La insoportable levedad del ser pasa de pronto, y sin solución de continuidad, a ser La Alegría de Vivir, y, aunque el examen sea en Madrid, Todo es bonito en Granada, o en donde se presente. De pronto, los autobuses vuelven a tener números de línea y no de temas, las matrículas son de coches y no de fincas y los autos pueden volver a ser vehículos de motor y no resoluciones judiciales. La servidumbre es la de la Criadas y Señoras y no la de los predios con reja remetida de luces y vistas. Los días vuelven a contarse de lunes a domingo y no de cantada en cantada, y el reloj vuelve a marcar la hora y no los minutos que se tarda en dar un tema. De pronto, cantar es lo que hacen –o intentar hacer- en Operación Triunfo y no recitar temas, y el preparador puede ser alguien que te enseñe a estar en forma y no quien toma dos veces en semana los dichosos temas. Y el sol es motivo de alegría para ir a la playa, y no causa para maldecir a los veraneantes. Ya no se desea la lluvia y el mal tiempo porque por fin se es libre. Ahí es nada.

De pronto, blanquear puede ser lo que hace la odiosa señora de la lejía del futuro, y ejecutar puede ser interpretar una obra artística. Y el juicio ejecutivo, la ley de la función pública, los derechos fundamentales y los delitos contra la Hacienda Pública salen a pasear con hipotecas, sumarios, testamentos y todo lo que se presente sin que a una se le ponga el corazón en la garganta.

Adiós a ver los telediarios con la angustia de que cuenten la enésima reforma de ésta o aquella ley, y a ver al legislador como el mismísimo demonio. O quizás a verlo así, pero de otro modo. Y hola al Por fin ya es viernes, a la Fiebre del Sábado Noche, que se acabó para siempre eso de La vida sigue igual.

Pero ojo. Que no está todo hecho. Ahora empieza de verdad la Fiesta. Arriba el telón, el viaje a Toguilandia despega en Tres, dos, uno….

Así que hoy, como no podía ser de otro modo, el aplauso y ovación es para Teresita. Y con ella, para todas las Teresitas –y Teresitos, claro- del mundo. Y a los que están por venir. Mi más calurosa bienvenida. ¿Quién me acompaña a dársela?

 

Palabros: ahí queda eso


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El vocabulario es una parte muy importante de cualquier obra. Un buen o un mal vocabulario, más rico o más pobre, más cuidado o no, puede contribuir al éxito o al desastre de cualquier función. Pero, a veces, las vueltas dadas a una u otro expresión, pueden marcar la vida del artista, en contra o no de su voluntad. Qué sería de Chiquito de la Calzada sin su peculiar jerga, que hasta tu tuvo su propia película, Ahí llega Candemor, llena de fistros y pecadorrrr salpicados de la gloria de su madre.  O títulos como El robobo de la jojoya, tal como suena. Y nadie imaginaría a ET diciendo: por favor, déjeme usar el teléfono en vez de ET teléfono, mi casa. ¿Alguien se hace una idea de cómo sonaría oír a Johnny Weismuller diciendo “Hola, me llamo Tarzán y estoy encantado de conocerla, Jane”, en lugar de darse golpes de pecho y exclamar eso de “Yo Tarzán, tú Jane”. O el lenguaje indio, un clásico de los westerns, caracterizado por conjugar los verbos en infinitivo, como si con el penacho de plumas les introdujeran en el cerebro esta modalidad de lenguaje. Y tantos ejemplos cuantos podamos imaginar. Una colección de palabros que ahí quedan para siempre

En nuestro teatro también  tenemos nuestro propio lenguaje . E incluso dedicamos un estreno al vocabulario toguitacona propio de esta casa bloggera. Pero además  tenemos nuestros propios palabros, surgidos accidental o voluntariamente del uso y de las mil anécdotas que pueblan nuestro mundo.

Hay algunos que son clásicos. ¿Quién no ha oído hablar del corpus cristi -en vez de habeas corpus- y más frecuentemente de los autos de escarmiento? ¿Y quién no ha llamado a los ya extintos juicios de flautas a las extintas faltas? Seguro que más de una vez. Pero no son los únicos casos.

No hace mucho conté de un hombre que se quejaba amargamente porque solo cobraba el suicidio de desempleo. Es posible que tuviera una hipoteca nobiliaria que pagar, o al vez debiera el impuesto de secesiones. Y claro, al saberlo, le daría un simposium, que la cosa no es para menos.  O se pusiera hecho un obelisco al recibir la carta de Hacienda con el requerimiento de premio. Nunca se sabe.

En una ocasión, me dijeron en la puerta de un juicio que no se había suspendido, sino que se trataba del un deceso. Por supuesto, el letrado que estaba al lado de quien me lo dijo corrió a aclararlo, porque me asusté pensando en que la Parca había visitado repentinamente la sala de vistas.  Y acabado el receso continuamos sin que hubiera que lamentar víctimas. Escuchando, eso sí, una florida declaración en que en una pelea unos hablaban de arraparse y otras de rempujarse. Menos mal que alguna buena amiga me ha facilitado un manual para traducir algún que otro dialecto.

Otra vez, estuve a punto de perder la compostura ante una señora que, tras el rempujon, afirmaba haber perdido la loción del tiempo. Y, según contó, se quedó vitrificada. Pero ya pagarían quienes le había causado semejante afrenta. Porque todo cerdo llega a Chamartín, vaya que sí

Y hay más materias donde hay un filón por explotar. En determinados ámbitos no se separan ni divorcian, sino que se desapartan. Y ahí empieza a liarse todo. Hasta el punto de querer redactar un plan de connivencia o, incluso, de solicitar que se prorratee el alejamiento. O el alojamiento. Que llega un punto que una no sabe si quieren repartirse la casa, los hijos, invadir una nación o cumplir las resoluciones judiciales a cachos

Otras de mis preferidas es la querella criminal, tan del gusto de los tertulianos y todólgos varios. Como si las querellas pudieran ser de otra clase. Como la demanda judicial a que apela continuamente uno de los personajes de una serie de vecinos. Aunque siempre cabe la posibilidad de repelar la resolución que no guste, y hasta hacerlo de s propio motu. Acabáramos

Pero no creamos que todos son así. Una vez, una demandante en un proceso civil, cuando fue llamada por el funcionario refiriéndose a “la actora”, le corrigió atentamente, diciendo que “será la actriz”. Faltaría más.

Y ahí seguimos. Aguantando la risa que en ocasiones nos producen todos estos palabros. Por eso, el aplauso es hoy para todos los que continúan adelante, entre el humor y el desconcierto, sin dejar de hacer su trabajo. Y a punto de que les dé un código frenético

Exploradores: abriendo camino


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El género de aventuras es uno de los más antiguos y celebrados del mundo del espectáculo. Desde El Zorro a Indiana Jones, desde andar En busca del arca perdida, Tras el Corazón Verde o en Las minas del Rey Salomón a conquistar América en 1492 o emprender La conquista del Oeste a rebelarse hasta las últimas consecuencias como Braveheart o El último mohicano . Con espada, machete, piedras, cuchillos o revólveres. O, lo que es mejor, con un cerebro despierto y la valentía y la locura haciendo equilibrios portentosos. Arriesgando, porque a veces el riesgo es el único Abrete Sesamo posible ante la cueva de Alí Baba, aunque no haya cuarenta ladrones flanqueando.
En nuestro teatro no tenemos machetes, ni pistolas ni cuchillos. Al menos no físicamente. Tenemos la toga, los tacones –o los mocasines- y las leyes, que a veces pueden abrir brechas en lugares tan inaccesibles como La tumba del Faraón. Aunque El regreso de la Momia nos ande corriendo detrás. Y hoy quiero dedicar este estreno a esos héroes y heroínas que derriban La Gran Muralla a base de arrojo legislativo.
Siempre me ha gustado lo que yo llamo el derecho creativo. Que no es otra cosa que usar la ley para dar soluciones a supuestos que no había previsto, y hacerlo del modo más justo posible. Con una legislación como la nuestra, en que muchos de los cuerpos jurídicos esenciales datan no del siglo pasado sino del anterior –ahí tenemos el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, sin ir más lejos-, poner en marcha la imaginación forrada de Derecho se hace absolutamente necesario. O recomendable, al menos. Recordemos que el Código Civil aún contiene una detallada regulación sobre quién se queda el árbol que flota en un río o la isla que se forma en él o qué pasa cuando se escapan las abejas del panal o se halla un tesoro oculto, y que no hace mucho que el Código de Comercio hablaba de los piratas berberiscos o el Código Penal del español que sedujere tropa para que pasare a las huestes sediciosas o separatistas. Sin embargo, poco o nada prevén de nuevas –o no tan nuevas- realidades como los nuevos contratos surgidos del comercio internacional o el advenimiento de Internet. Así que toca hacer un ejercicio de imaginación y aplicar otras instituciones o los principios generales para darles cobertura.
Recuerdo que en mis tiempos de opositora había un tema dedicado a los contratos innominados. Leasing, factoring, franquicia o renting entraban en esa categoría, que ni siquiera había encontrado un nombre en castellano. El tiempo, y  juristas valientes, han ido dando contenido y regulación a tales realidades y a las que después, a buen seguro, han ido surgiendo, para que los derechos de las personas nacidos de estos contratos no queden en un limbo jurídico. Me imagino un purgatorio de derechos esperando a una buena acción de un jurista les dé las alas para subir al cielo de los elegidos como el ángel de Qué bello es vivir.
Y no solo ocurre en ese mundo del derecho civil, ni en las relaciones entre particulares. En el universo penal, el de juristas de sangre, sexo y vísceras -que cada vez tiene más intersecciones con el derecho civil o mercantil, dinero mediante- también aparecen nuevas realidades que hay que castigar por antijurídicas, por más que no vengan específicamente reguladas en nuestro Código Penal. El bulliyng ya es una realidad jurídica, como lo es el sexting –esa conducta repugnante de difundir fotos o vídeos íntimos- que, sin embargo, ya habían sido contempladas por el derecho dentro de tipos como las amenazas o ese cajón de sastre de las coacciones o de los delitos contra la integridad moral para hacer cierta la consigna de El criminal nunca gana de las series de mi infancia. Y poco a poco vamos abriendo caminos con nuestro machete imaginario en la intrincada selva de las leyes.
Sin valientes con toga no hubieran podido hacerse frente a realidades como las preferentes, que tanto daño han hecho a muchas familias. Tampoco se hubiera abierto paso una jurisprudencia consolidada en delitos de medio ambiente y en muchas otras materias. Y valentía sin fin la de quienes en su día empezaron a perseguir la corrupción, sobre todo esa que se escudaba en una legalidad ficticia para robarnos a todos.
Yo recuerdo algunos casos donde más de uno me miraba como si llegara de una nave espacial dispuesta a invadir la Tierra, tal cual Independence day. Ocurrencias como considerar que matar a la mascota de la ex novia es violencia de género o echar mano de la función constitucional del fiscal para perseguir la publicidad sexista. Dos pequeños ejemplos a los que seguro que cualquiera podría añadir miles. E invito a que lo hagan, que no hay nada como aprender de los demás.
Así que hoy el aplauso es para quienes, sin más armas que la cordura y usando de una cintura jurídica envidiable, no solo aplican leyes sino que hacen con ellas Justicia. Con mayúsculas.
Y una ovación extra para @madebycarol1, una ilustradora fantástica a la que descubrí en las redes y que me ha honrado con la deliciosa imagen que ilustra este estreno. Mil gracias. Y que no sea la última

#historiasdemiedo


tenorio

Hoy en Con Mi Toga y Mis Tacones un post especial con motivo del Día de Difuntos.

Una #historiademiedo llamada Juzgado de Guardia

 

JUZGADO DE GUARDIA

Era su primera guardia desde que tomó posesión como juez. La suerte o la desdicha la mandaron a aquel pequeño pueblo donde no había otro juzgado que el suyo. Un sitio aburrido de puro tranquilo, cuya única pega era el aislamiento los meses de invierno. O eso era al menos lo que le contaron, porque acababan de empezar los primeros fríos. Casi tenía ganas de arrebujarse en una manta junto a la chimenea mientras veía caer la nieve fuera, algo impensable en la cálida ciudad de la que procedía.

Lo que no llevaba demasiado bien era lo de la soledad. Aquel caserón tan grande que había alquilado entusiasmada cuando fue de visita se le caía en encima y, aunque no se atrevía a confesarlo, cada noche pasaba miedo. Un miedo irracional y absurdo en una mujer adulta, pero que era superior a sus fuerzas. Pero confiaba en que acabaría acostumbrándose. Al fin y al cabo solo llevaba una semana allí.

Tal vez por eso se quedaba hasta tan tarde en el juzgado. Casi siempre había alguien por allí y sus muros le resultaban mucho más confortables que los de su casa. Así que si alguien le preguntaba, alegaba que quedaba trabajo pendiente, aunque lo llevaba todo al día. Y además, solía compartir esas tardes con la Secretaria Judicial –ahora llamada Letrada de la Administración de Justicia- que también fingía tener tarea y aparecía por allí a diario. En un par de días se convirtieron en inseparables.

El día de Difuntos empezaba su primera guardia. Había decidido quedarse en casa, porque en juzgados como en suyo bastaba con estar localizada. Comprobó que el teléfono móvil tenía batería y cobertura suficiente, y se dispuso a ver en el ordenador Don Juan Tenorio, como habían hecho siempre en casa de sus padres. No era como ir al teatro, pero le serviría para aplacar su morriña y ese sentimiento indefinido que se le metía por la nuca y le producía escalofríos. El miedo se empeñaba en hacerle compañía, por más que tratara de exorcizarlo con un chocolate caliente.

Nada más se instaló en el sofá, empezaron los ruidos. Sonaba como un jadeo, como si alguien respirara detrás de ella. Quiso quitarle importancia, se dijo a sí misma que sería el viento, o las tuberías, o cualquier otro sonido al que no estaba acostumbrada. Pero hubiera jurado que había alguien allí, observándola.

Sin dejar de temblar, se fue a la habitación, a comprobar si había dejado alguna ventana abierta. El payaso de felpa que se había llevado como recuerdo de su infancia parecía que le miraba con  odio. Con las puntas de los dedos, lo tiró debajo de la cama. Se estaba poniendo histérica. Pensó en llamar a su reciente amiga, la secretaria judicial, pero seguro que se reiría de ella. Telefonearía a su hermana para calmarse, mientras esperaba que aquella sensación pasara. Pero cada vez era más fuerte.

Sonó el teléfono de la guardia. La llamaban del Juzgado, y le agradeció secretamente a aquel muchacho que hubiera montado la bronca en un bar que motivó su detención. Así que sin siquiera peinarse se puso las botas y recorrió las dos calles que le separaban del juzgado lo más aprisa que pudo. Cuando llegó allí su amiga la esperaba en la puerta. Y creyó que por fin se le pasaría aquel miedo que se le había metido en los huesos.

 

Así fue cómo me lo iba contando mi hermana por teléfono. Como no volvía a saber de ella, llamé a la policía. Lo que me dijeron me heló la sangre. En aquel Juzgado, la plaza de Secretaria Judicial estaba vacante hacía años, desde que la titular apareció muerta en extrañas circunstancias.

Cuando llamé ya era tarde. O casi. Mi hermana salvó la vida pese a la puñalada que llevaba en el costado. Pero el miedo se quedó con ella para siempre. Como se quedó la imagen de esa amiga que nadie más vio nunca.

 

 

 

 

Fronteras: derecho transnacional


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El lenguaje del arte no tiene fronteras. Un dicho que nos han repetido hasta la saciedad, y que tiene mucho de cierto. Los artistas viajan, hacen bolos y giras y sus obras, todavía más. Hoy podemos estar viendo la misma película o el mismo concierto desde miles de puntos distantes a miles de kilómetros. Pero no es cosa de ahora, en La Niña de Tus Ojos la protagonista y su troupe viajaban hasta la Alemania nazi para rodar una película, y la modesta protagonista de Ay Carmela andaba de la Ceca a la Meca trasladando su rudimentaria función de una a otra trinchera.Y salvaban las fronteras como buenamente podían

Nosotros también tenemos parte de nuestro espectáculo allende nuestras fronteras. De ello se encarga especialmente un órgano específico, la Audiencia Nacional, aun con las trabas que la última reforma de la justicia universal puso por medio. Y también hay una especialidad propia para los ciudadanos de otra nacionalidad, la extranjería, que ya tuvo su propio estreno.

Pero las relaciones con otros países, con otros derechos y con ordenamientos supranacionales salpican aquí y allá nuestra actuación en los juzgados de los partidos judiciales de cada día, haciéndonos dar un respingo cada vez que aparecen. Porque, en la aldea global hacia la que nos dirigimos, nuestra Justicia sigue siendo más aldea que global. Es lo que hay. Aun estamos en los tiempos del Vente pa España, Pepe.

¿Quién no se ha encontrado con una comisión rogatoria que le ha complicado la existencia en procedimiento aparentemente sencillo? ¿Quién no se ha acordado de la parentela del imputado –perdón, investigado- o del testigo que se largó al extranjero? Porque si cambiar de partido judicial a veces complica las cosas, cambiar de país, y aun más de continente, eterniza el tiempo. Tanto es así, que nuestra flamante reforma de la ley de enjuiciamiento criminal lo contempla como una de las causas para declarar la complejidad  y poder prorrogar el plazo de instrucción

Y ojo, la cosa no termina en cuando la comisión rogatoria vuelve, sino cómo lo hace. Una abre el sobre, casi como si fuera un sobre sorpresa de los que nos regalaban en la infancia, y cruza los dedos para que esté todo hecho, y en forma. Y, más veces de las que quisiera recordar, se encuentra con que no consta instrucción de derechos, presencia de abogado o cualquier otra cosa que en nuestro derecho vaya a desembocar en una nulidad más que segura. Y vuelta a empezar.

Luego está el tema de la traducción. Los intérpretes  son un bien que a veces escasea –cortesía de quien debe proporcionar los medios- y hemos llegado a situaciones tan absurdas como que nos digan que van a tardar ocho meses en traducir un texto del inglés, por más que a veces el órgano instructor, el ministerio fiscal o cualquiera de las partes sabrían hacerlo perfectamente e incluso están en posesión del título que así lo acredita. Problema que se multiplica hasta el infinito como el idioma sea alguno de los que escasean los traductores más que la lluvia en el Sahara.

Hay situaciones especialmente estresantes. Recuerdo con angustia cuando en un día festivo llega un requisitoriado por la Audiencia Nacional para extradición. Lo primero que piensa una es en la mala suerte que tiene de que ese tipo haya aparecido justo en ese pueblito que pertenece a su partido judicial y en día tan señalado. Por supuesto, no hay manera de saber nada de la causa, porque no hay programa informática que lo permita y los métodos tradicionales –teléfono o fax- necesitan de una persona al otro lado y no la hay en días de fiesta –fuera de la guardia, claro- Y toca hacer poco menos que un auto de fe o un ejercicio de adivinación para decidir sobre la libertad o prisión del individuo. Un verdadero problema que he visto repetirse en más de un caso.

Y mientras tanto, en un universo muy lejano, me contaba hace nada un compi que vio un procedimiento mercantil contra una importantísima empresa donde constaba que Reino Unido había tardado en ejecutar la resolución cinco días. Más o menos, lo que tardan en llegar los expedientes desde mi despacho de fiscalía al juzgado que despacho, un par de plantas más arriba. Verdad verdadera.

Para rizar el rizo, cuando a alguien se le ocurre eso de plantear una cuestión prejudicial europea o acudir a esas instancias para hacer valer un derecho. Es como si le hubiera salido un cuerno verde en medio de la frente, lo aseguro. Incluso a veces, juraría que lo he llegado a ver.

Así que parece que en Justicia seguimos en los tiempos del landismo –dicho sea con todo el respeto a Alfredo Landa-, mirando hacia lo que queda allende los Pirineos como él miraba a las suecas en Benidorm.

Por eso hoy el aplauso es para quienes, pese a todo, no se rinden, y saltan las fronteras geográficas para que la Justicia no tenga fronteras. Aunque a nuestro derecho aún le quede la marca de la boina tatuada a fuego.

 

 

Anonimato: discreción o escondite


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Como nos decía la profesora de Fama, la fama cuesta… Y se supone que hay que pagar un precio por ella, el famoso Precio de la fama. Y es que aunque el espectáculo es un mundo donde, por naturaleza, se vive cara al público, no todos sus protagonistas gustan de compartir su vida privada con aquellos que comparten su trabajo. No debe ser cómodo no poder ir a un restaurante o a una playa sin que aparezca alguien dispuesto a pedir un autógrafo –algo anticuado- o un selfie, interrumpiendo a cada instante o estar constantemente perseguido por un enjambre de paparazzis por si fotografían algo digno de una Primera Plana. Hay a quien le gusta y quien lo detesta, y quienes simplemente se resignan a ello como parte del peaje a pagar por su profesión.

También hay quien, en busca de la máxima discreción posible, se parapeta en su intimidad como puede. Seguro que si viéramos a Martirio por la calle sin peineta y sus sempiternas gafas de sol, no la reconoceríamos, salvo que nos cantara eso del Chandal y los Tacones, arreglá pero informal. Y puede que tampoco reconociéramos a Alaska, sobre todo a la de los primeros tiempos, si se paseara con un vaquero, una camiseta y la cara lavada, y menos aún a su flamante esposo. Aunque quizás nunca paseen de esa guisa, que ya sabemos que ella defiende desde siempre eso de A quién le importa y él aquello de que Me da igual, me encanta….

En nuestro teatro, más allá de alguna que otra toga mediática , nadie nos reconoce a nuestro paso, una vez despojada de toga y tacones. Pero sí hay quien tiene mas o menos celo o discreción a la hora de darse a conocer fuera de estrados.

Hace apenas unos días, alguien de nuestro ámbito, celoso de su intimidad bajo el pseudónimo de Teniente Kaffe con el que escribe y se mueve en redes sociales, hacía referencia a otro no menos insigne tuitero oculto tras un nick, @AngryJuez. Hacía alusión a la genial frase de GomaEspuma que habla de mantenerse en el economato y que Angry tiene por bandera en su bio de twiter. Y a su propia opción de papapetarse tras el conocido personaje de la película Algunos Hombres Buenos. Por supuesto, todo el respeto del mundo a ambos –a los que admiro- y a su elección, tan válida como cualquier otra.

Personalmente, he escogido mostrarme a cara descubierta, con sus ventajas y sus inconvenientes, que de todo hay. Y aparte de ser “la de la toga y los tacones”, navego con mi bloggera barca virtual remando con mis cuentas de redes en nombre propio. Tratando, eso sí, de respetar unos límites, que quizás no tienen los que utilizan un pseudónimo. Como decía, ventajas e inconvenientes.

Pero más allá de cómo se comporte cada cual en redes sociales, hay otra vida más allá de Internet. La que vivimos cada día al ir al supermercado, coger el autobús, o tomemos una cerveza -¿o más?- en una terraza. Y en esa otra vida hay de todo. Yo soy partidaria de la naturalidad. Tengo a gala que, en realidad, no soy Fiscal, sino que trabajo de Fiscal, y soy otras muchas cosas en la vida. Pero es indudable que la circunstancia de ser o trabajar de fiscal también es parte de ella. Y, como siempre, en el punto medio está la virtud. El problema es encontrar ese punto medio.

En un extremo, sé de algún que otro compañero o compañera –en sentido amplio, no referido solo a fiscales- que llevan la toga puesta en el cerebro hasta para dormir. Incluso dudaría si la usan de pijama o tienen una bata de guatiné con puñetas. Me contaron de uno que en una tienda de muebles se identificó como fiscal al ir a ver una mesa. Ignoro si es una leyenda urbana, pero aún le doy vueltas a qué tendrá que ver una cosa con otra, y a qué santo venía esa afirmación. Y también es frecuente bromear con eso de “sacar el carnet” si hay algún incidente, aunque en honor a la verdad diré que nadie que yo conozca lo hace llegado el momento. Entre otras cosas, porque si nos pillan podría rozar el delito o hasta entrar de lleno en él.

En el otro extremo, compañeros que ocultan a cualquier precio en qué trabajan. Una buena vara de medir es lo que ocurre en un taxi. Se le da la dirección del juzgado y el taxista, si es cotilla o quiere dar conversación, pregunta si trabajamos allí. Hay quienes que dicen lacónicamente que son funcionarios, y dejan poco posibilidad al diálogo. Yo, como creo que ser fiscal no es más ni menos que ser tornero fresador, vendedora de fruta o dependiente de grandes almacenes, digo que soy fiscal tan ricamente. Aunque es cierto que en el pecado llevo la penitencia, y más de un chorreo me he llevado por ser tan “natural”. Como el taxista haya tenido una mala experiencia con la Justicia, me ha caído la del pulpo. Gajes del oficio.

Creo que, aún respetando a quienes prefieren no desvelar su profesión, hay que desacralizar esto de la Justicia. Que somos personas normales, por más que a veces no lo parezcamos. Y un exceso de mutismo puede interpretarse como algo cercano a la superioridad. Con la excepción, por supuesto, de quienes por su especial destino o por las circunstancias propias del momento –como ocurría en los tiempos más duros del terrorismo etarra- deban guardar todo el sigilo posible.

Se ha criticado en algunos ámbitos a un conocido juez por publicar sus resoluciones en twitter, donde interactúa con su nombre y apellidos. Cada cual que piense lo que quiera pero no sé cómo alguien no se plantea en qué Justicia nos movemos si las notificaciones tardan una vida y cualquiera pide publicarlas a un solo click. Quizás el debate debería girar en torno a otro tema: ¿por qué si hay medios tecnológicos para publicar de inmediato algo seguimos anclados en eso tan viejuno de citaciones, faxes, telegramas y papelitos rosas de acuse de recibo?. Pero posiblemente eso no interesa, y así seguiremos, mientras nos venden la moto del papel 0 que es como la niña de la curva: todos hablan de él pero nadie lo ha visto.

Así que hoy el aplauso va ir en varias direcciones. Dedicado a quienes consiguen lograr en equilibrio entre discreción y oscurantismo, entre naturalidad y afán de notoriedad. Cada palo que aguante su vela. Ser juez o jueza, fiscal, laj, letrado o letrada o cualquier otra profesión jurídica – o no jurídica- es importante, pero ser buena gente lo es mucho más. Y eso se puede ser desde el anonimato o desde la publicidad

 

Carga de trabajo: ilusionismo numérico


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Todos los trabajos tienen su propia carga a cuestas. Y cuando más vocacionales son, mayor puede llegar a ser ésta, por aquello de sarna con gusto no pica. Y claro está que pocas profesiones son tan vocacionales como la de artista. En parte por eso y en parte por el incierto futuro que parece acompañarles, se agarran a la cresta de la ola como Kate Winslett al tablón en el helado oceáno de Titanic porque no siempre hay un Leonardo di Caprio a mano para salvarles la vida. Y, cuando las cosas les van de cara, se llenan las agendas de bolos, promociones, estrenos y saraos varios, sacando horas de la chistera como si de una escena El Mago se tratara. La farándula tiene sus servidumbres.
Pero ¿qué pasa en nuestro teatro?. En Toguilandia compartimos la vocación, pero no siempre el incierto futuro, aunque quizás de esa hechura sí que tiene un traje quienes se sientan en ese lado de estrados donde no hay puñetas. Pero a uno y otro lado –las dos caras de la misma moneda- sufrimos los efectos de ese inmenso truco de ilusionismo que llaman carga de trabajo.
La carga de trabajo, en principio, no es otra cosa que la cantidad de trabajo que soportan cada órgano o institución o cada uno de sus titulares, sean quienes sean, y que repercute directamente en cómo sea nuestra función y nuestra labor en ella. Pero el verdadero problema no es qué es, sino cómo se cuenta. Y, lo que es peor, para qué sirven todos esos numeritos y qué hacen luego con ellos. Y ahí es donde empieza en verdadero ilusionismo.
Los números son un modo fácil de dimensionar las cosas. Como las Nueve semanas y media que todos recordamos, los 101 dálmatas, 12 monos o los 19 días y 500 noches de Sabina. Pero cuando las cosas no son tan fáciles de contar como el tiempo, los monos o los dálmatas, la cuestión se vuelve peliaguda. ¿Cómo traducimos en números el trabajo de la justicia? Difícil, difícil. Ahora me ves, ahora no
Habrá quien crea que es fácil. Se cuentan los autos, las sentencias, las providencias, los escritos de calificación, los informes o lo que sean, se suman y tacháaaaan… Aparece Juan Tamariz tocando su violín imaginario y nos trae el resultado al final de una ristra de pañuelos rojos. Pero las cosas nunca son lo que parecen y descubrimos que el tema tenía truco. Y mucho más burdo que los del famoso mago de la melena rizada.
Medir la carga de trabajo en el número de resoluciones es algo facilón y no da idea ni siquiera lejana de lo que se trabaja en realidad. No es lo mismo la sentencia dictada –¿por qué la llaman «dictada» cuando ya nadie las dicta?- tras un juicio de meses y centenares de tomos de documentos que la que se realiza tras un juicio de cinco minutos por haberse llevado al descuido un CD de Camela en la gasolinera de un área de servicio. Como no es igual calificar una alcoholemia que una estafa multitudinaria con ramificaciones en paraísos fiscales. Pero los palotes sí son iguales, y la idea real que de la justicia se lleva el justiciable es tan real como la chica partida en varios trozos de la caja del mago. Pura ilusión óptica.
Pero una vez puestos, la cosa parece que sirve, y no solo para medir la productividad de quiénes trabajamos, sino, lo que es casi peor, para decidir qué se hace a la hora de crear juzgados, de dotar de medios o de dar presupuesto. Alerta roja, Neptuno hundido. Y no sabemos hasta qué punto.
Dicen que los números no mienten. Y puede que así sea, pero sí que engañan. Y si no, veamos un ejemplo. Acabamos de escuchar las declaraciones del máximo responsable de nuestro teatro contándonos muy ufano lo que ha disminuido el trabajo a raíz de esa reforma procesal que se sacaron de la manga en la oferta last minute de la legislatura anterior. Sin gastarse un solo euro. ¿Magia? No. Simplemente, el resultado de un truco de ilusionismo numérico. Desaparecieron los sobreseimientos por autor desconocido y con ello la mitad de números de Diligencias previas de cada juzgado. Pero no disminuyó el trabajo a la mitad porque, simplemente, lo que se volatilizó fue el trabajo que apenas costaba trabajo y no el que cuesta sangre, dolor,lágrimas.. y horas. Pero la cifra se quedó en la mitad, conviertiendo el rey en as tras un abracadabra vía BOE. Y, para culminar el numerito, se suprimen las faltas –y no todas-, otra parte del pastel que apenas engordaba, dejando la nata y la mantequilla intactas en el plato.
Así que, chisgarabís, si el trabajo se ha reducido a la mitad, no hace ninguna falta más presupuesto, ni inversión ni interés. La vida es bella. Y los mundos de Yupi, más.
Pero los trucos de magia no son más que eso, trucos. Y el único número que habría que repetir es el 0. Y no del papel 0 que nos han querido vender, sino del número de juzgados creados en los últimos años. Cero patatero, para ser exactos.

Y hete aquí otro ejemplo del ilusionismo. ¿Quién no oyó hablar en su día de las famosasa trescientas plazas de jueces que nunca existieron? No era más que mera ilusión, las plazas existían, los titulares también, y el hecho de asignarles a cada titular una plaza -algunos todavía siguen siendo provisionales tras años desde que aprobaron- nos lo venden como creación. Como nos vendieron en su día la «creación» de un montón de juzgados de violencia sobre la mujer que no eran otra cosa que los ya existentesd con una cartel nuevo en la puerta y una pegatina nueva en las carpetas. O muchas de las veces que alguien se llena la boca proclamando a los cuatro vientos que se ha creado tal cual sección especialista en la fiscalía, y que las más de las veces no consiste en otra cosa que no sea añadirnos trabajos a los y las fiscales que ya existíamos
Pues bien. si de números se trata, cero es también el aplauso que merecen los responsables de estas cosas. Por no hablar de tomates, verduras o abucheos. Cada cual a su gusto.

Manías: vicios ocultos


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¿Hay alguien más maniático que los artistas? ¿Algo más extravagante que los divos y divas, cuando ejercen de tales? Seguro que a cualquiera se nos viene a la cabeza toda clase de peticiones rocambolescas y de manías chocantes, algunas inocentes y otras, no tanto. Recuerdo que leí en algún sitio que Alberto Closas gustaba de hacer petit point en los descansos de rodajes –quizás aprendió mucho de hacer de padre de tropemil hijos en La Gran Familia-, y que Arturo Fernández lleva consigo una lucecita quitamiedos sin la cual no duerme. También me vienen a la cabeza las imágenes de algún famoso desplazándose almohada en ristre porque no puede conciliar el sueño sin otro cojín que no sea el suyo o andando con una mantita a rastras, por no hablar de los altarcitos que se montan algunos en el camerino. Y éstas son manías chiquitas y confesables, que de las inconfesables no puedo hablar porque, como su propio nombre indica, no se confiesan.

En cuanto a las extravagancias, las hemos leído a miles. Exigir habitaciones plagadas de rosas azules, miles de botellas de agua mineral de determinada marca, prohibir el uso de determinados colores, de algún tipo de comida y hasta que pinten la habitación con los colores del arco iris, de la bandera pirata o forrada de pan de oro. Y , dependiendo del caché del artista, todo vale con tal de tenerlo feliz.

¿Y en nuestro teatro? ¿Tenemos manías y extravagancias?. Pues claro que sí, aunque son más bien baratitas, que no estamos para echar la casa por la ventana con docenas de heliotropos o litros de champán rosa, mientras miramos nuestros decorados propios de Esta casa es una ruina.

Las primeras son las relativas al estado de las mesas de despacho. Aunque confieso que yo padezco algo cercano al síndrome de Diógenes, conozco compañeros que no pueden sentarse si no han dejado las mesas limpias y ordenadas, hasta el paroxismo incluso.Al más puro estilo del Sheldon de Bing Bang Theory  Sé de algún togado que no puede soportar no tener los bolígrafos perfectamente alineados, o que le entran sarpullidos si los papeles no están en el orden que decidió. Yo, por mi parte, lo paso mal si no tengo un boli bic de punta fina –y están escaseando mucho, por cierto- y un taco de pósits cerca. Y me pongo histérica si me dejan encima de la mesa algo que, según mi criterio particular, deba ir en el armario, o si alguien osa cambiar de sitio mi alfombrilla del ratón, a la que tengo un especial apego por razones sentimentales, o si cambian de sitio a mis amados pongos

Algunas de estas manías se crean con el trabajo. Pero otras son taras que vienen de los tiempos de estudiante y especialmente de opositora, una dura prueba psicológica no solo para quienes estudiamos sino para nuestro entorno.

Quienes opositamos tenemos el convencimiento que el mundo gira a nuestro alrededor, y que el tiempo se mide en temas y días de cante. Y quienes conviven con nosotros, generalmente abnegadas madres –aunque también parejas, padres y hasta abuelas- no tienen otro remedio que resignarse a dar vueltas en torno nuestro o mandarnos a tomar viento fresco arriesgándose a cargar con la culpa eterna de que no hayamos aprobado.

En mi casa mi santa madre hacía la comida en función de si acababa o no tema o si iba a cantar, e incluso hay para quien el menú varía según toque no preparador. Yo tenía además una colección de subrayadores sin los cuales era imposible estudiar, y alguna vez le he hecho recorrerse varias papelerías hasta encontrarlos. También necesitaba determinado tipo de reglas, porque no soportaba los apuntes subrayados sin ella y algunas corrían la tinta, y eso era un desastre inminente. Y así mil cosas.

Luego estaba la cuestión de los números. Como quiera que todo el mundo traduce la oposición a términos numéricos –cuántos años llevas, cuántos temas cantas, cuántas veces te has presentado- una acaba obsesionándose  y llegó un momento que no podía ver una matrícula o el número de un autobús sin pensar si me sabía ese tema. Y, caso contrario, yendo corriendo a buscarlo. Estuviera donde estuviera. Una vez me marché de una boda por esa razón, aunque jamás se lo confesé a los novios y fingí estar indispuesta .y lo estaba, pero de la cabeza- Y también sé de un opositor que, en una de las escasas veces en que se sale a darlo todo –la despedida de soltero de un amigo- cogió una melopea de órdago y le dio por repetir hasta la saciedad el tema del tercero hipotecario. Verdad verdadera.

A este respecto, me permitiré dar un consejito a quienes están opositando. Nunca creais lo que es cuenten de alguien que lleva millones de temas por cantada, ni que aprobó en nos pocos meses. O es mentira y es como el numerito del perro y la mermelada de Ricky Martin en Sorpresa, sorptesa, que nadie ha visto aunque conoce a alguien que sí lo vio; o tiene truco y quien quiera que fuera llevaba estudiando extraoficialmente durante mucho tiempo antes.

Otra cuestión eran los amuletos o fetiches. Cualquier cosa podía serlo. Desde determinada ropa de la suerte, que había que ponerse para el examen aunque el tiempo atmosférico recomendara otra cosa, hasta cualquier medalla, muñeco, figurita o estampa. Recuerdo que una amiga me regalo un búho de la suerte que desapareció misteriosamente de mi casa. A mi madre se le cayó y se rompió y no se atrevió a confesarlo hasta que hube aprobado por miedo a que me diera un patatús.

Y luego está el capítulo de cómo estudiar y cómo descansar. Aunque yo fui siempre más de ruidos y compañía –tenía especial querencia a tener a Espinete de telón de fondo en el televisor, por alguna razón que aún no alcanzo a comprender-, hay quien no soporta los ruidos, quien se pone tapones, quien necesita determinada música o detesta tal otra. Un compañero me contó una vez que arrojó por el balcón el radiocassette con el que los obreros de su finca amenizaban sus horas de estudio. Por suerte, no le pillaron, porque sólo le faltaba haber tenido antecedentes penales y no poder presentarse al examen.

El caso es que todas estas cosas acaban dejando secuelas. Seguro que mucha gente se ve reflejada si no en todas, en algunas de ellas. Y en muchas otras, que darían para nos cantos estrenos más.

Pero de momento, dejésmolo ahí, sin olvidar el aplauso para los héroes y las heroínas que hemos sobrevivido a libros, apuntes, neuras y manías. Y que las seguimos arrastrando como podemos. Porque, con todo, valió la pena. Y un aplauso extra a Justito el Notario, cuyo post sobre su aniversario opositoril fue la espita que abrió el gas de mis recuerdos.

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