Claridad: las tres C


claridad

Nada hay tan claro como lo que se dice claro. Una aparente perogrullada que en ocasiones no lo es tanto. ¿O acaso alguien no ha salido más de una vez del cine o del teatro pensando que lo han liado todo tanto que no se ha entendido nada, o más bien poco? Como esas películas de arte y ensayo que se pusieron de moda una temporada – en versión original subtitulada, por supuesto- y de las que una salía del cine fingiendo que era magnífica y sin haberse enterado de nada. Con ganas de gritar eso de No me chilles, que no te veo, con los ojos como platos. ¿O esas otras veces en que a fuer de proposopopeya y afectación el mensaje queda en nada y aburriendo a las ovejas? ¿No hay filmes a los que les sobra metraje y les falta chicha? Siempre recuerdo películas como Pasaje a la India o Titanic –perdónenme los fans- en que a una le podían las ganas de que se hundiera de una vez el dichoso barco..

Y nuestro teatro no escapa de estas veleidades. Me enseñó mi tutor en la carrera fiscal, entre otras muchas cosas que guardo como oro en paño, que nuestros escritos tienen que pasar el filtro de las tres C: claro, conciso y contundente. Un consejo que me ha acompañado por todo mi periplo toguitaconado y que espero que siga haciéndolo

Mi padre, por su parte, decía que quien dice en 20 palabras lo que se puede decir en 2 es que no tiene mucho que decir. Otra máxima a tener en cuenta. Porque nos encontramos a diestro y siniestro con tochos que bien podrían resumirse en unas líneas. Hagamos un ejercicio y lo veremos. ¿Quién me acompaña? Vamos allá.

Un ser humano introdujo todas y cada una de las partes de su anatomía a través del angosto hueco que quedaba entre la puerta entreabierta, expuesta a la vista de vecinos, viandantes y transeúntes, y el cielo abierto de la recién estrenada primavera. Una vez hubo conseguido que cabeza, tronco y extremidades hubieran traspasado el umbral que separaba el espacio cerrado que delimitaba el cubículo donde un amable señor de sienes plateadas obsequiaba, a cambio de dinero y haciendo gala de una franca sonrisa, con pequeños dulces multicolor a los infantes que acudían dichosos a hacer un dispendio de la paga semanal ganada con su buen comportamiento, aprovechó un descuido de la habitual diligencia del referido señor para llevar a cabo su deleznable acción depredatoria. Así pues, desconociendo las más elementales normas de cortesía, educación y solidaridad, introdujo en el escondido hueco del pantalón desharrapado que vestía, una cantidad considerable de los dulces multicolor que, otrora, hacían las delicias de los más pequeñuelos de la casa. A continuación, ignorando cualquier atisbo de decencia y mucho menos de arrepentimiento, marchó en dirección no concretada, llevándose el fruto de su oprobiosa acción consigo, no sin antes esbozar una sonrisa de satisfacción que hubiera repugnado a cualquiera que hubiera conocido su despreciable acción.

¿Qué tal nuestro ejercicio? ¿Resultó legible? ¿No es mucha prosopopeya para decir algo tan simple como que el acusado birló unas cuantas chucherías de un kiosko? Pues eso. Que mi padre tenía razón y hubiera bastado con un relato con las palabras justas y adecuadas. Algo como esto: “el acusado se apoderó de varias golosinas aprovechando un descuido del dueño del kiosko”. Correcto y ajustado. Y mucho más sencillo de leer y entender.

A veces olvidamos que la Justicia pertenece al pueblo, como dice la Constitución. Y mal entendería el pueblo semejante ejercicio de pedantería. Como aquella vez que un cliente le dijo a su Letrada: debieron hacerlo muy bien, porque no entendí nada. Y deberían entenderlo todo. Para poder decir, como la niña del anuncio, que lo arreglamos todo, todo y todo. O que al menos lo intentamos, vaya.

Por eso hoy el aplauso va destinado a quienes, sin artificio innecesario, se hacen entender de manera clara. Porque la claridad a veces no está tan clara como debería.

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5 pensamientos en “Claridad: las tres C

  1. Pingback: Concisión: la segunda C | Con mi toga y mis tacones

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