Avatar de Desconocido

Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Control ¿Cuándo vuelves?


Hoy, en nuestro teatro, un relato para leer y reflexionar. No diré más por no hacer spoiler

¿CUÁNDO VUELVES?

-¿Cuando vuelves?

Todas las noches lo mismo. Él, insistiendo en que regresara. Y ella, a punto de claudicar, arrepentida de la decisión que nadie comprendía. Pero cada nuevo día, después de descansar, se reafirmaba en ella.

Lo tenía todo. O al menos, eso parecía. Un trabajo que le gustaba y una pareja envidiable. Que aquel profesor atractivo y simpático hubiera reparado en ella, una simple alumna más de su clase de la facultad era algo por lo que, según su madre, debía dar gracias a Dios cada día.

Por eso no recibió más que reproches cuando aceptó aquel trabajo en una ciudad pequeña donde no iba a tener ni la mitad de oportunidades, donde cada noche se acostaría sola y se levantaría más sola aún en cualquier cuartucho de un piso compartido.

También ella lo pensaba más de una vez. Pero entonces se recordaba a sí misma por qué se marchó. Estaba harta. Harta de vivir a la sombra del catedrático brillante que no solo le chupaba la energía sino que se quedaba con el fruto de todo su esfuerzo. Su tesis, mil veces demorada, iba perdiendo trozos que él se quedaba y publicaba con su nombre. Le decía que debía sentirse satisfecha de que el prestigio  de él sirviera de paraguas a las ideas de ella, que ya llegaría su momento. Pero el tiempo pasaba y él volvía a retrasarlo una vez y otra.

Lo recordaba en su habitación, un pequeño cuarto alquilado a una mujer mayor, que vivía allí y ejercía de casera y madre a partes iguales. Le asignó la que dijo ser mejor habitación de la casa. Y lo era. Un cuartito agradable de cama recia y cortinas floreadas presidido por un cuadro.

El cuadro la fascinó desde el primer día. Era el retrato de una mujer corriente, hecho por un pintor corriente, con un marco corriente. Pero tenía algo que la atraía sin remedio. Y debió ser recíproco, porque el cuadro parecía empeñado en llamar su atención. Cuando no se torcía, se caía al suelo misteriosamente, o aprovechaba cuanquier ráfaga de aire para golpearse contra la pared y alertarla con el ruido.

Estaba decidida a guardarlo cuando preguntó a su casera por el retrato. Era, según dijo, Remedios, la esposa de Antonio Malpartida, escritor local de reconocido prestigio. Ella no era gran cosa, pero él la quiso tanto que, tras su muerte no volvió a escribir una sola letra. Ni siquiera la concesión del premio Cervantes le animó a volver a escribir. El cuadro lo donó alguien al museo, y ella se hizo con él por cuatro duros, cuando quienes gestionaban el museo decidieron vender algunas de las cosas que no exponían

Tras conocer su historia, decidió darle una nueva oportunidad a Remedios. No descolgaría el cuadro. Le haría compañía. Así se lo dijo al lienzo, advirtiéndole que se dejara de sobresaltos o iría al altillo.

No le hizo caso. El cuadro seguía moviéndose. Hasta el día en que ella no pudo más. El cuadro cayó con un enorme estrépito, dándole un susto de muerte. Se levantó de la cama, lo cogió y le hizo sitio en el fondo del armario.

  • Lo siento, Remedios. Hasta aquí hemos llegado.

         Fue entonces cuando lo descubrió. En la parte trasera del marco, algo alteraba el tacto suave del papel que forraba el lienzo. No pudo resitirse y, tran toquetear un rato, rascó con la uña hasta hacer un pequeño agujero en el papel. Asomaba algo que parecía un documento. Rasgó más, y consiguió sacarlo. Era un papel descolorido, doblado en varios pliegues. Con el corazón palpitando, descubrió una carta manuscrita con una firma. Remedios.

          Era una especie de testamento, destinado “a quien lo encuentre”. La mujer del cuadro contaba que su excelso marido jamás escribió ni una sola letra de sus libros. Fue ella la única autora y, aunque en principio lo hicieron por acuerdo porque sería más fácil publicar a un hombre que a una mujer, él incumplió su promesa de dar a conocer el secreto. Primero lo iba demorando y después se negó. Incluso la obligaba a seguir escribiendo hasta que ella no pudo más y decidió quitarse la vida. Antes de hacerlo, escribió esa confesión que dejó oculta en el cuadro que donó anónimamente al museo.

          Con lágrimas en los ojos, volvió a colgar el cuadro. Guardó la carta y la miró.

          Mientras, la pantalla de su móvil parpadeaba

  • ¿Cuando vuelves?
  • Nunca.

Planta: y no es un vegetal


              Nuestra lengua castellana tiene muchas palabas polisémicas, y “planta” es una de ellas. Si hablamos de las plantas que cuidaba El jardinero fiel, nos referimos al mundo vegetal; sin embargo, si usamos la palabra en el sentido que lo hacía el título de la película Cuarta planta, su significado es el de piso o altura de un edificio. Pero aún hay más

              En nuestro teatro la planta tiene todavía más significados. Además de que podamos tener tiestos con flores, con mejor o peor fortuna según la ubicación del despacho y la dedicación de sus ocupantes, y de que dichos despachos estén situados en uno u otro piso, hay otro tipo de planta que es esencial en Toguilandia: la planta judicial.

              La planta judicial es algo así como la madre del cordero de todos los juzgados de España. Es una suerte de mapa toguitaconado que establece en qué localidades hay juzgados, qué tipo de juzgados y cuántos son, e incluso a qué categoría pertenecen las magistradas o magistrados que los sirven.

              Es evidente que la organización de un poder del Estado, como es el judicial, requiere de un plan elaborado en que se tengan en cuenta factores demográficos y geográficos para que la Justicia consiga llegar a todo el mundo en iguales condiciones. Algo que en algunos lugares todavía es una utopía, porque no funciona igual un juzgado mixto de un pueblo pequeño -ya hablamos de ellos largo y tendido- que un juzgado especializado de una gran ciudad. Y tiene todavía menos que ver con uno de los órganos centrales que tiene su sede en Madrid.

              Para analizar esta cuestión no podemos perder de vista algo que hemos dicho muchas veces en nuestras funciones. Esta organización la llevamos arrastrando desde el siglo XIX, cuando la mayoría de los traslados se hacían en coche de caballos y no había otro medio de comunicación entre unos y otros que el correo -que también iba en coche de caballos- o el telégrafo. Paradójicamente, las resoluciones judiciales recibieron nombres que parecían pensados para recordar esas cosas, como Autos y Diligencias, También es herencia de esa época la decisión sobre las ciudades que eran cabeza de partido judicial, en virtud de unos criterios de importancia y población que ahora tal vez no tengan. Y es que hemos cambiado mucho, de una sociedad fundamentalment4e agraria a la actual, en que muchos niños no han visto un pollo más allá de que viene envasado en el súper.

              Según la planta judicial, y yendo de abajo a arriba, encontramos, en primer término, los juzgados de primera instancia e instrucción, los famosos juzgados mixtos de pueblo que igual conocen de un desahucio, de una herencia, de un robo de cosechas o de un asunto de corrupción urbanística, además de hacer servicio de guardia con una considerable frecuencia -incluso algunos, permanente-. A algunos de estos, por si no tenían bastante, les añadieron las funciones de Registro Civil o las de violencia de Género, que en las grandes ciudades tiene su propio -o sus propios- juzgados especializados. No es de extrañar que quienes están en este tipo de destino -que suele o solía ser el primero– huyan de allí como de la peste en cuanto surge una oportunidad.

              El siguiente escalón viene constituido por los Juzgados de primera instancia -civil- y de instrucción -penal-, ya separados, que es como están en las capitales de provincia y otras ciudades de importancia por el número de habitantes u otras circunstancias.

              Escalando más, encontramos ya en ciudades -aunque no sean capitales de provincia- los Juzgados de lo penal, órganos de enjuiciamiento, que comparten esta función con las Salas de la Audiencia Provincial, según la pena sea más o menos grave. Las salas, a su vez, tienen también sus competencias civiles, en vía de recurso. Y por arriba de ellas, el Tribunal Superior de Justicia y más arriba, el Supremo.

              En este esquema se introducen, además, los Juzgados de lo Social y de lo Contencioso, y más arriba de ellos, las salas correspondientes del Tribunal Superior de Justicia y el Tribunal Supremo.. Y tambien es el caso de los Juzgados de lo Mercantil Y, por supuesto, de los Juzgados de menores, una jurisdicción un tanto peculiar procesalmente porque es el Ministerio Fiscal quien instruye. Curiosamente, son que nadie se lleve las manos a la cabeza, como ocurre con gran parte de la judicatura cuando se habla de atribuir la instrucción a la fiscalía.

              Y, para acabarlo de arreglar, aparecieron en 2006 los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que en unos sitios son especializados y en otros son añadidos de competencia a otros juzgados.

              También, como champiñón extraño, la Audiencia Nacional, que determina su competencia en función de la materia en vez de en función del territorio, Su necesidad o no es un debate que se abre de vez en cuando.

              Por otra parte, hay en capitales de provincias, juzgados especializados que realmente no lo son. Son juzgados como los de ejecutorias -que en realidad son juzgados de lo penal-, lo de familia o incapaces -en realidad son juzgados civiles- o los de Registro Civil -un órgano judicial realizando funciones no jurisdiccionales—Pero no son especializados propiamente.

              Y, para controlar la ejecución de las penas, también están los juzgados de vigilancia penitenciaria, aunque las penas en principio se ejecutan por el juzgado que dictó la sentencia.

              Por último, y por debajo de todos, en los lugares donde no hay juzgado de primera instancia e instrucción, hay juzgados de paz, cuyos titulares no pertenecen a la carrera judicial y hace tareas, fundamentalmente, de notificación.

              En definitiva, un esquema bien armado pero que necesita ser revisado con mucha más frecuencia que lo hace. Sobre todo, para aumentar el número de juzgados, que siempre se necesitan más de los que hay y se crea uno cuando ya hacen falta tres. Y así nos va.

              Y hasta aquí, este pequeño repaso de nuestra peculiar planta. El aplauso queda esperando a que por quien corresponda adapte de una vez la planta judicial a la realidad. Que ya sería hora

9 años: casi nada


                No sé si el número 9 tiene algo especial. A mí siempre me vienen a la cabeza lo de los 19 días y 500 noches de Sabina, y por supuesto, las inolvidables 9 semanas y media pero también hay películas que juegan con esta cifra: 9 días, Número 9 o, simplemente 9. Y 9 era también el número del canal autonómico de Valencia, mi tierra, y todavía lo tenemos en el dial nº 9 aunque ahora se llame Apunt. Por algo será.

                En nuestro teatro no sé si el 9 puede tener alguna trascendencia especial, aunque a buen seguro lq tendrá para los condenadoS a 9 años, 9 meses o 9 días de prisión o de localización permanente. O de multa , que también se mide en días aunque sea una pena económica.

                Pero hoy no iba a hablar de penas, sino de una gran alegría. El blog cumple 9 años, ahí es nada, y hay que celebrarlo como toca. Tal como venimos haciendo cada año llegado el 18 de julio. Que, la verdad, ya podía haber estado más fina para elegir el día, pero es lo que hay. Me consuelo pensando que ese día se celebra Santa Marina, mi segundo nombre según mi partida de nacimiento hasta que lo hice desaparecer de mi DNI, por razones prácticas más que por otra cosa.

                No voy a retrotraerme a aquel día, hace ahora nueve años, en que decidí convertir mi informe preliminar para el tribunal del Jurado, donde comparaba nuestra actuación con la que desarrolla en las tablaS del escenario. No imaginaba, aquel día lejano en que abría el telón por primera vez, que iba a seguir semana tras semana, inasequible al desaliento, contando las cuitas y las alegrías de Toguilandia, compartiendo relatos y tratando de poner humanidad a un mundo que todavía parece muy lejano.

                No sé si lo he conseguido, pero lo bien cierto es que cada semana un montón de personas siguen leyendo mis cosas, haciendo comentarios y compartiendo impresiones. Y yo, tan feliz.

                Este ha sido un año peculiar -por llamarlo de algún modo- para la Justicia. Ha sido, sin duda alguna, el año de las huelgas, celebradas o anunciadas. Dieron el disparo de salida  los LAJ , en una vuelta de tuerca que nadie creyó que llegara después de mucha negociación infructuosa. Fue como el cuento del lobo, tantas veces se dijo que la cosa podría acabar en huelga que nadie pareció tomarlo en serio. Pero llegó, y causó lo que por su propia naturaleza causa una huelga: molestias a todo el mundo. Y, aunque es cierto que en ocasiones se podía haber gestionado mejor, y avisar al menos de las suspensiones en que profesionales y justiciables habían de hacer un desplazamiento considerable, se desarrolló del modo que se ha de desarrollar una huelga. Solo que en Justicia no estamos acostumbrados a eso.

                Pero, como dice el refrán, nunca dura la alegría en la casa del pobre, y jueces y fiscales quisieron -¿quisimos?- subirnos a un carro que no habíamos puesto en marcha. Y de nuevo la sombra de la huelga empezó a planear por Toguilandia, aunque al final la sensatez se impusiera y no llegara la sangre al río. Esperemos que mantengan lo negociado y no quede todo en agua de borrajas, que yo, como Santo Tomás, hasta que no lo vea no lo creeré.

                Y, como no hay dos sin tres, el funcionariado quiso hacer valer también sus legítimas aspiraciones y ellos sí se pusieron en huelga. Una huelga que al final ha quedado un poco descafeinada por la incertidumbre que han generado los resultados electorales y el adelanto de las elecciones generales en pleno verano, pero que también ha causado sus efectos.

                PoR su parte, los Médicos forenses también hacían algún órdago que tampoco ha florecido. De momento.

                Y, como guinda del pastel, ese colectivo que no hace huelga pero sí se moviliza, y con razón: la abogacía. Y, en especial, el turno de oficio, cuya fundamental función no acaba de ser reconocida de un modo digno, acorde con su importancia. El cuento de nunca acabar.

                Así que las tablas de nuestro escenario se han enfrentado a suspensiones de funciones, tal como pasa en el mismísimo Hollywood, con la huelga de guionistas a la que se han unido actores y actrices. Para que luego digan que no acerté con el paralelismo con la farándula.

                Este último año, además, nos hemos visto afectados por otro acontecimiento excepcional que, aunque suena más lejano, acaba influyendo en todo: la guerra de Ucrania. Esa invasión que se suponía que iba a durar cuatro días y ya lleva más de un año, y lo que te rondaré morena. Con la crisis que trae consigo. Y ya sabemos que, en cuanto hay crisis, la justicia, la hermanita pobre de la Administración, se resiente.

                Per hoy es día de celebración, así que dejemos por un día las miserias y vayamos a lo que vamos. Os invito a ese feedback que tanto agradezco. Contadme sin miedo, aunque sea para criticar. Por favor

                No me olvido del aplauso. Y esta vez ha de ser, cómo no, para el público fiel que me lee todas las semanas. Aunque suene a tópico, sin ese público este teatro no tendría sentido. Y, por descontado, un aplauso extra para @madebycarol que, una vez más, ilustra mis palabras. Mejorándolas, claro está.

Censura: ni de lejos


         Todo el mundo ha oído hablar alguna vez de la censura. Y el mundo del arte en general y del cine en particular la ha sufrido en sus carnes. Recordemos la famosa Ley McCarthy quien dio lugar al macartismo y a la tristemente famosa caza de brujas norteamericana reflejada en películas como La lista negra, El puente de los espías, Caza de brujas o Buenas noches y buena suerte. En España, nos duró la cosa bastante más, y se censuraron o mutilaron películas como Viridiana, Muerte de un ciclista o El crimen de Cuenca, entre otras muchas. Y de ellas hablaron, en tono de comedia, Historias de la frivolidad o La corte del Faraón, por no hablar de los famosos dos rombos con los que nos enviaban a la cama a los niños y niñas de toda una generación. Y es que la tijera hacía mucho daño

En nuestro teatro no hay, a día de hoy, censura, ni puede haberla porque, como bien sabemos, la Constitución consagra, entre los derechos fundamentales, la libertad de expresión. Ya le hemos dedicado más de un estreno

Pero a veces, cuando más a salvo creemos estar, saltan noticias que nos ponen a temblar. Y es que atacar la libertad de expresión es atacar directamente a uno de los fundamentos de la democracia. Ni más ni menos.

Como unas ya tiene una edad, todavía recuerdo, como flashes de mi infancia, los secuestros de algunas publicaciones de las que hablaban en el Telediario. A mi mente de niña le llamaba la atención aquello, no por lo que significaba en realidad, sino porque imaginaba un secuestro de película en toda regla, con encapuchados entrando en los quioscos y llevándose las revistas por las bravas. Ahora pienso que ojalá fuera tan fácil.

También recuerdo haber oído alguna vez a mis mayores hablando en voz baja de alguien que se había ido a un lugar llamado Perpiñán a ver alguna película subidita de tono, que el sexo ya se sabe que era el peor de los pecados. Pero no se podía preguntar, que por menos de nada te mandaban a la cama, aunque los dos rombos no hubieran hecho su aparición.

Con el tiempo, ese tipo de censura acabó en nuestro país, pero no estaba todo ganado. La libertad de expresión tiene su antagonista muchas veces en el derecho a la intimidad y los paparazzi, en aquella época sin móviles, campaban por sus fueros. Y no hablo de la prehistoria, aunque casi. En mis primeros años de fiscal, recuerdo algo que me pasó que todavía me hace reír. Una famosísima de la época había sido pillada en una infidelidad, y según parece, todo el mundo sabía que determinada revista iba a publicar las fotos. El día anterior a la supuesta publicación, se anuncio en uno de los pioneros de los programas del hígado, Tómbola, que iban a contarlo, y la famosa de turno se personó en el juzgado al que pertenecía el lugar donde se hacía el programa pretendiendo la cancelación de la emisión. Pero hete tú aquí que el programa era en directo y no teníamos a mano la bola de cristal para adivinar lo que dirían, así que aquello no era factible, para indignación de la famosísima infiel. Y lo más gracioso de todo es que yo misma, que estaba de guardia, tuve que explicarle al juez quién era la famosísima y por qué lo era, porque debía ser de aquellos que, como ha sugerido un Magistrado del tribunal Supremo hace nada, dedicaba los viernes a leer jurisprudencia y nada más.

También pasó aquella oleada, y ahora vivimos una época del “vale todo” en cuanto a cotilleos se refiere, ya que cualquiera, con un móvil en la mano, puede grabar o fotografiar cualquier cosa, y además son los propios famosos quienes se autopublicitan a través de las redes sociales. Con excepciones, como todo, que quine quiere mantener su intimidad lo hace y tiene todo el derecho a reclamar si la invaden.

Ahora nos encontramos con una época de zozobra, fundamentalmente por dos lados. Por una parte, hay quien se empeña en estar en posesión de la verdad e imponer su pensamiento – ¿o la falta de él? – y, en actitudes que recuerdan más al pasado que al siglo XXI, prohíben publicaciones, suspenden actuaciones por el terrible pecado de enseñar un pecho o cancelan funciones de obras que llevan representándose más de cincuenta años. Un peligro.

De otro, está la cuestión de lo políticamente correcto. Se nos ha vuelto la piel tan fina en algunas cosas que, de tanto exagerar, se llega al ridículo, o casi. Porque bien está revisar programas o películas donde se frivolizara, por ejemplo, la violencia de género, pero no podemos llegar al punto de pretender reinterpretar los libros de Los cinco o los cuentos de toda la vida. Con saber leer las cosas con perspectiva y sensatez, sería suficiente.

Lo peor es que ambas cosas producen que a veces caigamos en la más peligrosa de las censuras, la autocensura. Lo verdaderamente lamentable vendrá el día en que dejemos de hacer o decir algo por miedo a lo que pueda pasar. Porque la autocensura no hay tribunal ni sentencia que pueda impedirla.

Y hasta aquí el estreno de hoy, sin censura alguna. El aplauso es, por supuesto, para quienes ejercen cada día su libertad de expresión asumiendo el riesgo que pude suponer. En algunos países del mundo, la propia vida.

#historiasdeverano: Caída libre


Caída libre

Nunca olvidaré aquel verano. Y juro que quisiera. Quisiera borrarlo de mi memoria y de mi vida y que aquellos días nunca hubieran existido. Pero todavía no lo he logrado

Éramos jóvenes, muy jóvenes. La mayoría de mis compañeras del colegio de monjas querían un verano como el de Sandy, la protagonista de Grease, con su Dany Zuko esperándola a la vuelta del verano. Pero yo no quería eso. Yo me creía más y mejor, y aspiraba a un verano inolvidable, unas vacaciones donde me bebiera la vida a tragos. Quería vivir al límite, y lo conseguí, igual que conseguí que aquel verano quedara marcado a fuego en mí. Para siempre.

No dudé un momento en probarlo. Nadie lo dudó. Hubiera sido un acto de cobardía inaceptable, aunque hoy sé que lo verdaderamente valiente hubiera sido saber decir que no. Pero entonces lo ignoraba, y lo pagué caro. Lo pagamos caro.

La primera vez costó. Extender mi brazo para hacer correr por mis venas todas aquellas promesas no fue fácil. Siempre temí las agujas. Pero, una vez superado, todo fue bien. O eso creímos y seguimos creyendo hasta el día en nos dimos cuenta de que las cosas solo podían ir bien cuando nuestras venas, que ya no solo eran las de los brazos, estaban llenas de aquel veneno que nos precipitó en caída libre.

Ahora no sabría decir si lo pasamos bien aquel verano, aunque entonces pensábamos que éramos invencibles. Pero lo que sí puedo decir es que fueros nuestras últimas vacaciones. Lo que vino después ya no era vida.

Hoy, pasados muchos años desde entonces, descubrí en un cajón una foto de la época. Me habría encantado poder hacer lo que se ha puesto de moda en redes sociales: repetir la misma imagen más de treinta años después. Pero no puede ser. Ni siquiera la hubiéramos podido repetir en tres años.

No más hubo pasado aquel maldito verano empezamos a caer como moscas. Hospitales, cementerios y prisiones se convirtieron en nuestras residencias. Y hoy, pasado tanto tiempo, solo quedamos yo y esta fotografía que se burla de mí.

Jamás lo superé. De hecho, hoy recibí el diagnóstico que confirma que aquel verano fue el principio del fin de una vida que no viví jamás. Hoy me han dicho que mi cerebro está tan deteriorado que pronto empezará a dejar de funcionar, si es que no ha empezado ya. Al menos, lograré por fin olvidar aquel fatídico verano. Aunque con su recuerdo, se lleve todos los demás.

Diversión: que no nos falte


              La Diversión no tiene buena fama. Parece que divertirse es lo contrario a estar haciendo algo productivo, como había los protagonistas de todas esas pelis americanas de universitarios gamberros y de evidente mal gusto, como las sagas de Porkys o Los Albóndigas. De hecho, y sobre toda la hora de dar premios, se valoran mucho menos las comedias, producidas para la diversión, que los dramas, cuanto más densos y profundos mejor. Pero, al fin y al cabo, el propio cine fue creado para la diversión y el entretenimiento. Y eso nunca se pude perder de vista.

              En nuestro teatro, la diversión parece brillar por su ausencia. Y digo parece porque, entre temas tan serios y dolorosos, sería difícil imaginar alguna rendija por la que penetre el divertimento. Pero quienes habitamos Toguilandia sabemos que no es así, y, aunque eso no empece a que tomemos nuestro trabajo muy en serie, hay momentos en que la hilaridad aparece inevitablemente. Ya lo vimos en varios estrenos, salpicados de chascarrillos , anécdotas y sentido del humor

              Como decía al principio, la diversión no tiene buena fama. Y eso me parece no solo injusto sino equivocado. Quien no se divierte acaba estando amargado, y la amargura no es una buena tarjeta de presentación en nuestro escenario. Estoy segura de que nuestras funciones serán mejores si quienes interpretamos los principales papeles no conseguimos divertirnos en alguna ocasión dentro o fuera de las tablas. O en ambos espacios.

              En varios de nuestros estrenos hemos hablado de esas ocasiones en que es casi imposible aguantar la rosa, por las situaciones que se producen. Y seguro que vendrán más, pero hoy quería centrarme en la otra parte. En la diversión que debería suponer dedicarnos a un trabajo que nos gusta y que hemos elegido voluntariamente. Esto es, a divertirse trabajando, aunque pueda parecer una contradicción.

              No obstante, algún hado travieso de los que andan por las ondas debía tener mezclados los ámbitos porque en el inefable Lexnet consignó como tipo de procedimiento, “zambullida”, como mostraba una querida amiga en Twitter. Yo, como ella, me pregunto qué tipo de procedimiento será este y como puede acometerse con la toga puesta. Quizás sería el momento de reclamar un traje de baño toguitaconado.

              A veces, cuando el tedio y en cansancio me invaden -a mi también me pasa- me pregunto en qué momento dejé de divertirme con mi trabajo o, dicho de otra manera, de disfrutar de él. La verdad es que me suele durar poco, no más de una guardia muy pesada o de una sesión de juicios de esos que no hay por dónde cogerlos. Porque, para quien no lo haya vivido porque su papel en Toguilandia no se lo ha permitido, pocas cosas más pesadas que esas sesiones de diez y hasta veinte juicios, uno detrás de otro, cambiando constantemente de chip y sin tiempo ni de respirar.

              Pero hoy no quería quejarme, sino reflexionar un poco. Creo que es necesario que recordemos por qué elegimos este camino de entre todos los posibles, y con la ilusión que lo hicimos. Porque incluso quienes optamos por el Derecho “porque es la carrera con más salidas” acabamos amando una u otra parte de este mundo y disfrutando con ello. Esa es, al menos, mi experiencia. Por fortuna, todavía hay cosas de mi oficio que me pirran. Tal cual. Y entonces me acuerdo de mi padre, que decía que el Derecho Penal era para disfrutar y el resto para dar de comer a la familia.

              Yo, como mi padre, adoro el Derecho Penal. Y, ya lo he dicho alguna vez, en especial el Derecho penal de toda la vida, el de sangre, sexo y vísceras. Y, como he experimentado hace apenas un rato, calificar estos hechos, cuando además se complican con atenuantes, agravantes, grados de ejecución y de participación, y, el clásico, concurso de delitos o de normas, tiene su aquel. Dando vueltas al Código me he sorprendido a mí misma sonriendo, y es cuando me ha asaltado la idea de este post. Tenía que contarlo.

              Aunque si hay algo que me hace disfrutar especialmente en mi trabajo, es el momento del juicio oral. Mantener los sentidos alerta para luego resumir lo que ha pasado y concluir en el informe me sigue generando adrenalina. Y si, además, actúo ante el tribunal del jurado, donde hay que afilar la lengua para hablar en términos comprensibles para personas legas en Derecho, mejor que mejor.

              Otra de las cosas que hacen recordar que este trabajo puede hacernos felices es el momento en que llegan resoluciones favorables. En particular, cuando se trata de un recurso que has peleado una o varias veces. En una ocasión, he llegado a interponer tres recursos y repetir dos veces un juicio hasta que me dieron la razón, y aseguro que el subidón es mucho mayor que si hubieran atendido mis peticiones desde el primer momento. Y es que otro de los ingredientes de este trabajo es la tenacidad o, como diría una amiga, la testarudez o la cabezonería. No hay muro que no pueda romperse a cabezazos.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso es, por supuesto, para quienes saben divertirse dentro y fuera de estrados.  Seguro que hacen su trabajo mejor.

Vacaciones soñadas: vacaciones destoguitaconadas


              Ya sabemos que hay muchas películas de vacaciones, o películas ambientadas en las vacaciones, o ambas cosas a la vez. Y series de televisión, con la ya clásica Verano azul a la cabeza. Y es que esa parte de nuestras vidas es esencial para hacer un kit kat o recargar pilas. Y aunque no todas sean tan deliciosas como Vacaciones en Roma, se hace lo que se puede.

              En nuestro teatro, las vacaciones son un momento que esperamos todo el año. Sobre todo, porque, antes de empezar a disfrutarlas en la medida en que se pueda, hay un momento de síndrome del fin del mundo en que parece que hay que dejar todo finiquitado al precio que sea. Como si en el Juicio Final nos fueran a tratar mejor por tener las mesas vacías.

              Por eso, este año he realizado una pequeña encuesta en redes sociales acerca de cómo serían las vacaciones soñadas de un o una jurista. Dejaba abiertas todas las posibilidades, desde hacer un viaje espacial con los protagonistas de Star Trek o La Guerra de las galaxias hasta dar una vuelta al mundo a lomos de un unicornio, pero mi gozo en un pozo. Las respuestas tenían tanto que ver con nuestro trabajo que hasta me dieron un poco de pena. Así que ahí van.

              Y como el refrán dice que el burro delante para que no espante, empezaré por mí misma. Mis vacaciones soñadas siempre serían en un lugar con playa, lo más idílica posible. Y, una vez allí, me dedicaría a pasear, a disfrutar del agua y del sol y, por supuesto, a escribir, que una no puede desprenderse de este vicio. Aunque, si aprieto un poco las tuercas de mi imaginación, me gustaría hacer un viaje en el tiempo y permitirme volver a una edad donde las mejores compañías de ballet se pelearan por mí como hacen los equipos de fútbol cada verano con algún divo del balompié. Y bailaría, bailaría y bailaría, sin que me dolieran los pies ni me pudiera en cansancio, que ya que el sueño es mío lo gestiono como quiero. Eso sí, no quiero ni pensar cómo sería la vuelta…

              Pero la mayoría de mis compañeros y compañeras no llegan tan lejos. Una juez amiga se conforma con irse sin papel en la mesa y volver del mismo modo, sin nada en la mesa. Un verdadero imposible. También los fiscales soñamos con mesas vacías, a la ida y sobre todo a la vuelta, hasta el punto de que apunta un compañero que la verdadera prueba del nueve es que al regreso hayas olvidado todas las contraseñas y se te bloqueen las aplicaciones Una fiscal, también buena amiga, me dice que sus vacaciones soñadas serían con un Código Penal en la maleta. Entiendo que en el último rincón de la maleta y sin sacarlo nunca de paseo, desde luego. Hay quien se atreve a ir más lejos y pide unas vacaciones sin móvil.

              Otra compañera jueza suela con viajar tan lejos que no se acuerde del trabajo. Y en el mismo sentido, dice un fiscal que sus vacaciones soñadas serían en cualquier lugar del mundo con una naturaleza lujuriosa y silencio absoluto, sin ninguna conexión con circulares, instrucciones y comunicaciones varias de la Fiscalía General y, para rizar el rizo, sin cobertura de móvil. Pura ciencia ficción.

              Por su parte, desde la abogacía, sobre todo, sueñas con unas vacaciones sin notificaciones, con Lexnet absolutamente muerto y, para más inri, con los plazos congelados. Casi nada. Y sé que alguien sumaría a eso una maleta llena de libros y leer sin parar cosas que nada que tengan que ver con el Derecho o, mejor dicho, con la aplicación del Derecho por nuestra parte.

              No obstante, he de decir que mi aportación preferida es la de una fiscal de mi tierra que propone, en una línea folklórica no exenta de rebelión, hacer una falla con todo lo que encontremos a nuestra vuelta, y terminarla con una cremà como dios manda, que para eso son las fallas. Algo que me recuerda una leyenda urbana que corría por ahí respecto a los destinos en islas, la de la diligencia de fondeo de todos aquellos procesos que nos amagan la existencia.

              En definitiva, bastante poca imaginación he encontrado para las vacaciones en Toguilandia. Habría que preguntarse cómo estaremos para que solo soñemos con armarios y mesas vacías, pero es lo que hay. Así que daré el aplauso a todos esos soñadores y soladoras toguitaconadas que me han ayudado con sus aportaciones. Ojalá nuestros sueños se hagan realidad y no haya papel a nuestro regreso. O, al menos, haya el mínimo posible.

Venganza: ¿ojo por ojo?


         Todo el mundo hemos oído hablar alguna  vez del hambre y sed de venganza. Y, salvo que seamos ursulinas descalzas, seguro que también lo hemos sentido alguna vez, aunque luego no lo llevemos a la práctica. O sí. Que nunca se sabe. La Venganza da título a más de una película, y es el argumento de otras muchas, La jungla de cristal, Centauros del desierto, Carrie o Balada triste de trompeta son algunos ejemplos, aunque hay muchos más. Ojo por ojo, entre ellas

En nuestro teatro la venganza no tiene, en principio, trascendencia jurídica, aunque en más de un caso nos la pueden intentar colar disfrazándola de atenuantes como la legítima defensa, el estado de necesidad o el arrebato u obcecación. Pero es difícil que cuele, la verdad sea dicha.

Entre los casos más terribles de venganza, recuerdo el de una mujer que, después de años de ser maltratada por su marido, cuando el maltrato no solo no era delito sino que había que aguantarlo porque las cosas eran así, acabó matándolo. Nunca supe si era el miedo a ser nuevamente agredida o una auténtica venganza pero, aunque fue condenada, se le aplicó una atenuante de legítima defensa incompleta que le rebajó sustancialmente la pena.

Aunque para casos terribles de venganza, el que cuenta la periodista –y amiga- Gema Peñalosa, en su libro Fuego, que relata un caso real ocurrido en un pueblo de Alicante, donde una mujer acabó quemando vivo al violador de su hija menor de edad, después de que este, tras salir de la cárcel, se jactara o poco menos de lo que hizo. Lo más doloroso de este caso es que el suceso original, la violación de la niña menor de edad entonces, no generó ninguna empatía en sus convecinos, generándola, sin embargo, el violador, pese a haber sido condenado. Visto desde fuera, es difícil no ponerse en la piel de aquella madre destrozada y justificar de algún modo su acción, pero no podemos caer en eso. La ley del Talión –ojo por ojo, diente por diente- no puede aplicarse en un Derecho civilizado como el nuestro.

Otro caso de venganza mal entendida que me impresionó mucho en su día -aún se me eriza el vello de recordarlo- fue el de un vecino que, harto de que el inquilino del piso de arriba no bajaran el volumen de la música tal como les había pedido, subió a su casa y, ni corto ni perezoso, le cortó el cuello con una catana que tenía colocada a modo decorativo sobre el cabezal de su cama. Ni que decir tiene que fue condenado y requetecondenado, sin que su explicación acerca de las preferencias musicales de la víctima tuviera ninguna incidencia en la pena, como no podía ser de otro modo. No obstante, recuerdo otro detalle curioso de este caso. El culpable, tras su acción homicida, volvió a colgar la catana, tras haber limpiado la sangre, en el mismo sitio. Y cuando le preguntaron por qué limpió la sangre dijo “que le daba pena de la catana, con lo bonita que quedaba en la habitación”. Tal cual lo cuento.

Por su parte, hay un tipo de venganza que ya ha adquirido carta de naturaleza en nuestro derecho como delito, la llamada porno venganza, que consiste, esencialmente, en desvelar datos íntimos de la víctima para dañarle. Sus modalidades más frecuentes son el sexting, en el que el autor envía vídeos o imágenes íntimas que en su día obtuvo con el consentimiento de la víctima –normalmente, porque tuvieron una relación de pareja o similar- poniéndola en la picota. Otro tipo es el que cometen quienes, tras sentirse despechados por la personan que amaron, se dedican a colocar su nombre y su teléfono en páginas de contactos anunciando servicios sexuales, lo que hace, entre otras cosas, que ella sea continuamente molestada por eventuales “clientes” en busca de tales servicios

Pero no todos los casos de venganza son terribles, por fortuna. He conocido algunos que hasta son susceptibles de despertar hilaridad, por lo pintoresco de sus planteamientos. Siempre recordaré a una buena mujer que, tras pensárselo mucho después de un rosario de procedimientos, dijo muy seria que accedía a que la custodia de su hija la tuviera su marido. “Así sabrá lo que es aguantarla y tendrá que lavarle la ropa y recoger todo lo que deja tirado”. Bonita venganza la de la buena mujer, aunque al final no la consumó y acabó quedándose con la custodia del angelito.

Especialmente curiosa fue la venganza perpetrada por una novia despechada contra su novio infiel. Se dedicó a repartir octavillas –entonces no había redes sociales- donde, simplemente, decía que Fulanito la tenía pequeña. Y ya sabemos que para algunos machitos este es el peor insulto que se puede recibir.

Y luego están esas venganzas de las riñas vecinales que tantas horas de juicios de faltas nos dieron, como la de la mujer que, para vengarse de su vecina, tiraba lejía cuando acababa de tender, echándole a perder la colada. Todo un clásico. O la del vecino que ponía cartelitos en el tablón de anuncios del edificio con indirectas del tipo “alguien deja los excrementos de su perro en el ascensor” o, la mejor “alguna vecina hace topless en su terraza”. Ahí lo dejo.

Y es que vengarse pude ser humano pero, a veces, es un delito. Por eso, hoy quiero dar el aplauso no a quienes se vengan sino a quienes tienen que juzgarlas. Porque en algunos casos como los que he contado, es francamente difícil.

Orgullo LGTBI : El traje de Comunión


Hoy en nuestro teatro conmemoramos, con el mundo, el día del orgullo. Y no se me ocurría hacerlo de mejor manera que con un pequeño homenaje en forma de relato, inspirado además, en una fotografía que una buena amiga colgó en redes y que me llevaba dando vueltas en la cabeza desde entonces. Por eso se la tomo prestada

El traje de comunión

            Cuando ayer recibí la llamada, de repente, lo comprendí todo.

            Creía que había olvidado aquella imagen, arrumbada en un rincón de mi memoria para siempre, pero, de pronto, volvió a mostrarse a mis ojos tan nítida como aquel día de hace casi veinticinco años. Pero ahora sí tenía sentido.

            Aún no sé muy bien por qué callé, pero ojalá no lo hubiera hecho. Creía que iba a evitar un disgusto, y, sin embargo, lo que hice fue no evitar una tragedia. Una tragedia de la que hoy, muy probablemente, hayamos vivido la escena final.

            Estaba dando uno de mis largos paseos por el monte cuando lo vi allí, desafiándome. Era un traje de comunión, de esos de marinerito de toda la vida. Hubiera sido blanco si las circunstancias no le hubieran añadido un poco de mugre y le hubieran robado el apresto, pero todavía conservaba su apresto. Colgaba, con su percha y todo, de una de las rejas que jalonan el camino al cementerio, y hasta tenía la funda de plástico con la que se suelen proteger las prendas más preciadas.

            El traje no era diferente a otros muchos, así que en un primer momento no lo reconocí. Pero cuando, un par de días más tarde, mi hermana me alertó de que el traje de comunión de mi sobrino había desparecido del armario donde lo guardaba, até cabos. Tampoco se necesitaba ser Sherlock Holmes, ciertamente, para relacionar mi hallazgo con lo que me contaba mi hermana, pero callé. Pensé que el niño habría hecho alguna gamberrada y quise protegerle. Tampoco a él le dije nada, y me olvidé del asunto hasta ayer mismo.

            Fue cuando mi hermana me llamó hecha un mar de lágrimas y de nervios. La vida de mi sobrino pendía de un hilo muy fino. Había ingerido tantas pastillas que, a pesar del lavado de estómago, era muy difícil que sobreviviera.

            No quise preguntar a mi hermana por qué, pero ella no quiso ocultármelo. Llevaba tiempo muy mal, según me contó.

-El pobre no se aclaraba. Ya hacía tiempo que nos venía diciendo que la naturaleza le hizo una putada, que su cuerpo no le pertenecía, y que necesitaba asumirlo de una vez, y hacer algo para cambiarlo

-¿Quieres decir que…?

              No me atrevía a acabar la frase. Sabía a lo que se refería, y sabía el impacto que para mi hermana y sobre todo para su marido, suponía aquello. Ellos, tan tradicionales, tan conservadores, tan católicos, apostólicos y romanos, nunca admitirían que su hijo fuera homosexual. Y mucho menos que quisiera cambiar de sexo, o de cuerpo.

            Mi hermana lloraba a mares, pero no dejaba de hablar

-Todo empezó con la dichosa comunión. El me dijo que quería llevar un traje como el de tu hija Elisa. Quería ser una princesa y no un marinero. Eso fue lo que me dijo. Yo creí que eran cosas de críos, y se le pasaría. Pero no se le pasó.

             En ese momento, volví a ver la imagen del traje de comunión abandonado en la reja como si lo tuviera ante mis mismos ojos. Aquella criatura de apenas nueve años no encontró otro modo de manifestarse que sacando del armario el símbolo de su desdicha. Y la desdicha se convirtió en tragedia con el correr de los tiempos.

            Hoy he ido a verle. Me han dejado estar con él apenas unos minutos, junto a esa cama llena de tubos y ese olor a muerte. Un olor que, por penetrante que fuera, no aplacaba el de mis remordimientos. Le he tomado la mano y he rogado a ese Dios en el que tanto cree mi hermana que el chico pudiera oírme

-Sabía lo del traje de comunión, pero no supe entenderlo. Pero ahora no te fallaré. Te lo juro

         Me ha mirado con los ojos muy abiertos, justo antes de que me advirtieran que de que el horario de visita se había acabado.

            Ahora solo queda esperar que ese cuerpo que tanto odia le dé una nueva oportunidad. Y que, con eso me la dé a también a mí. Aunque yo no la merezca.

Extravío: ¿Dónde están las llaves?


          Todo el mundo ha perdido cosas alguna vez Ya andaba en el cine Indiana Jones En busca del arca perdida y en la tele Marco buscando a su madre de los Apeninos a los Andes. Y durante mucho tiempo, Paco Lobatón buscaba personas desaparecidas en Quien sabe dónde. Porque nadie se resigna a perder algo y no salir a buscarlo

En nuestro teatro también se pierden las cosas. Aunque, la verdad sea dicha, menos de lo que pudiera parecer, si echamos un vistazo a esas mesas atestadas y a esos archivos a punto de reventar que la falta de medios y el colapso nos regalan como el pan nuestro de cada día.

Pero ¿qué pasa si un procedimiento se pierde? O, aun digo más ¿es cierto que se pierden expedientes, o es solo una leyenda urbana?

Vayamos por partes. Cuando algo desaparece, o, mejor dicho, no se encuentra –muchas de esas cosas acaban apareciendo- lo más fácil es que en el juzgado digan que están en Fiscalía. Fiscalía es como el comodín del público de los concursos de televisión, algo que se usa cuando como respuesta cuando no hay nada más a lo que acudir. E igual alguien se cree que es un agujero negro, algo así como un triángulo de las Bermudas judicial donde entran los expedientes sin dejar huella en el tiempo ni en el espacio. Y nada más lejos de la realidad. Como diría mi madre, las cosas no tienen patitas. Y en Fiscalía se registran las cosas en un programa independiente de los juzgados, así que dejan huella digital, siempre y cuando hayan llegado de verdad, claro está. En mi vida he visto muchos expedientes de los que “están en fiscalía” que han aparecido en cualquier sala, en otro juzgado, o que ni siquiera han llegado a salir del armario donde estaban. Hasta una vez aparecieron hechos cenizas en una valija que se quemó tras un accidente del camión que los transportaba de un partido judicial a otro.

Pero esto no es lo normal. Por milagroso que parezca, las cosas no suelen perderse, y cuando ocurre por fuerza mayor -como el caso del camión quemado- tienen una solución legal. De hecho, no hace muchos años en Valencia en un incendio en la Ciudad de la Justicia se quemaron expedientes de vario juzgados y pudieron rehacerse. No quedaba otra.

¿Cómo se hace? Pues mediante lo que se llama “reconstrucción” de autos, un término que responde a la realidad tanto como podríamos imaginar. De la misma manera manual y paciente que se restaura un cuadro o cualquier obra de auto, es como se reconstruye el expediente. Y para ello se acude, cómo no, a aquellos documentos y declaraciones documentada de las que tiene copia las partes y cuyo original ha desaparecido. En el peor de los casos, habrá cosas que tendrán que ser repetidas, pero en la medida de lo posible se van recuperando, tacita a tacita, los documentos que formaban parte de los autos.

Es cierto que hoy, cuando la digitalización es en muchos sitios una realidad y en todos debería serlo, es difícil que la pérdida de un papel tenga ese efecto devastador de antes. Pero sucede que, a veces es peor el remedio que la enfermedad y un fallo informático, casual o intencionado, puede hacer desaparecer año de trabajo. Y solo de pensarlo se pone los pelos como escarpias.

Para hacernos una idea, no tenemos más que recordar el horror en que se convierte un día de guardia cuando los ordenadores se declaran en huelga de teclas caídas. Porque ahora ya no sabemos ni podemos hacer nada si no es pantalla mediante. Pros y contras de la modernidad.

De todos modos, yo aconsejo guardar siempre, por lo que pueda pasar. Porque, como dice mi madre -aunque también lo diga el refranero-, quien guarda cuando tiene, tiene cuando quiere. Por si acaso

Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que lo que se hayan extraviado no sean las ganas de leerme, pero, por si las moscas, no me dejo el aplauso. Y se lo dedico hoy a todos esos LAJs y funcionarios funcionarias que han tenido que soportar con paciencia esas reconstrucciones tan costosas. Son la prueba viviente de que todo tiene solución. O casi todo