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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Registro Civil: futuro imperfecto


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Todos tenemos una identidad. En el mundo del espectáculo muchas veces ésa no corresponde con la real, y es bien frecuente que se sustituya un prosaico María García por un mucho más glamuroso Bárbara Rey. Y es lógico. Imaginemos quién hubiera triunfado llamándose Edda Katlheen Van Heemstra Hepburn-Ruston, si nadie hubiera sido capaz de recordar su nombre, de no haberse cambiado para el mundo por el de Audrey Hepburn, del todo inolvidable. Pero la identidad verdadera, ésa con la operamos en nuestra vida diaria, con la que tenemos una nacionalidad, unos derechos y unas prerrogativas tiene que ser anotada, comprobada y comprobable. O dejaría de ser identidad.

Y es para eso para lo que sirve, desde tiempo inmemorial, el Registro Civil. Un archivo inmenso donde constan todos nuestros datos relativos al estado civil. Y que conste que estado civil no es eso que antes constaba en el DNI como casada o casado, o soltera o soltero, y que hacía, por cierto, que se llamara “señoritas” a las mujeres que no habían contraído nupcias, a pesar de que los hombres eran señores siempre. Cosas de un pasado casposo que, de vez en cuando regurcita alguien para pasmo de propios y ajenos.

Pero, como decía, el Registro Civil es como el Gran Hermano de toda nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por matrimonios, divorcios, nacionalidad o vecindad civil. Incluso el propio nombre y apellidos o el cambio del mismo han de figurar en él. Todas esas cosas que conforman nuestro propio ser y que nos convierten en sujetos de derechos y deberes frente al Estado y frente a todos. Algo cuya importancia no se le escapa a nadie, como no puede ser de otra manera.

Y es precisamente esa importancia lo que hace indudable su carácter de servicio público. Y, por supuesto, la necesidad de que su llevanza sea encomendada a servidores públicos bien preparados. Precisamente por eso, eran desde tiempo ha llevados por jueces, bien en Juzgados dedicados de modo exclusivo a ello, como concurre en las grandes ciudades, o bien por Juzgados de Primera Instancia o mixtos. Con sus funcionarios, su Secretario Judicial y con la adscripción del Fiscal que les corresponda, como está mandado. Y hasta con su propio médico, antes perteneciente a un cuerpo propio y desde hace ya tiempo, integrado en el cuerpo de médicos forenses. Quién no se ha sentado alguna vez, en algún momento de su carrera, ante esos montones de expedientes de la más variada naturaleza. Esos novios que llegaban corriendo, expediente en mano, porque les llegaba la fecha de la boda y no estaba todo firmado, o esos impagables asuntos donde Eduvigis de la Adoración Bendita pretendía ser Jhessicca –con h intercalada, doble s y doble c, faltaría más- aportando para acreditarlo sus estampitas de la Comunión, el diploma del cursillo de natación y las cartas de sus amiguitas cuando estuvieron en el campamento de verano. Por no hablar de los a veces tan complicados expedientes de nacionalidad o la sospecha de matrimonios de conveniencia.

Pero mucho me temo que, de hacerse realidad lo que parece inevitable, estos recuerdos pasaran a convertirse sólo en eso, en recuerdos. Porque en el mes de Julio entrará en vigor la nueva ley reguladora del Registro Civil que hace que éste pase a manos de los registradores. Fuera los Juzgados de Registro Civil, pese a la cantidad de voces que, desde dentro y desde fuera, se han opuesto a semejante cosa y pese también a las contrapropuestas, como la de los Secretarios Judiciales, dispuestos a asumirlo.

Convertir lo público en privado es una opción peligrosa. Pero hacer que algo público se gestione de un modo privado todavía lo es más. Porque, por más que nos digan lo contrario, la sombra de Don Dinero es alargada, y sólo nos faltaba tener que pagar por hacer constar el mero hecho de existir.

Así que hoy, el aplauso se lo daremos urgentemente a quienes todavía llevan el Registro Civil, que mañana será tarde. Salvo, claro está, que Santa Eduvigis de la Adoración Bendita nos perdone el agravio de haberla convertido en Jhessicca y obre el milagro, claro. Porque entonces el aplauso sería para ella.

Sueldos: ¿justo pago?


dinero

                Si hay algo que diferencia a una verdadera estrella de alguien que no lo es, es la posibilidad de exigir una cantidad astronómica, además de cualquier otra extravagancia, como un camerino lleno con rosas de pitiminí de color aguamarina o toallas de hilo egipcio bordadas a punto de sombra con el nombre de los siete hijos en sánscrito. Cosas de la fama, y del precio de la misma. Y cosas que, si bien se ven en algunos escenarios del mundo de la farándula, nunca vemos ni veremos en el nuestro.

                En nuestro escenario las cosas son bien distintas, y a nadie se le pasaría ni lejanamente por la cabeza que pidiéramos que nos bordaran las togas con nuestro escudo heráldico, si así nos place, o con un inspirado ramillete de lentejuelas doradas. Es más, nos las tenemos que pagar nosotros, por más que nos obliguen a llevarlas y que nos sancionarían si celebráramos juicios sin ellas. Porque es nuestro escenario el vestuario se lo paga el actor, como tantas otras cosas.

                No obstante, mucho se ha hablado y se habla de lo que cobramos, y generalmente, en términos muy mal informados. O quizás desinformados, o puede que desinformando. Pero que nadie se altere. No voy a dedicar este estreno a lloriquear por lo mal pagados que estamos, ni a decir lo que merecemos. Es más, ni siquiera me aventuro a afirmar que estemos mal o bien pagados, porque en términos económicos todo es relativo, según con quien se compare. Pero, desde luego, lo que no se puede afirmar es que la justicia sea como la mujer de la copla, La bien pagá. Porque de eso, nada de nada.

                Al margen de lo que cobren los abogados –salvo que actúen por el turno de oficio-, que depende de muchas circunstancias, el salario que percibimos la mayoría de personajes de nuestra función proviene de los presupuestos generales del estado y está legalmente predeterminado. Somos servidores públicos y cobramos del Estado, algo que ya sabíamos cuando nos metimos en esta jungla y que tenemos asumido. Pero de ahí a insinuar que cobramos una fortuna hay un mundo. Y hay veces que es conveniente aclararlo, por si las moscas, por más que me hayan dicho desde pequeña que hablar de dinero es de mala educación. Porque, entonces, por una vez y sin que sirva de precedente, conviene ser un poquito maleducada.

                No voy a negar que somos en cierto modo privilegiados. Si se puede considerar un privilegio tener un puesto de trabajo fijo con un sueldo que permite vivir con dignidad, cosa que muchos matarían por conseguir en los tiempos que corren. Pero tampoco voy a ocultar que para lograrlo pasamos sangre, dolor y lágrimas cuando estudiábamos la oposición, mientras muchos de nuestros conocidos empezaban a forjarse un nombre en el ámbito laboral, y podían permitirse pagar un café sin necesidad de pedir el dinero a sus padres. E incluso hay quienes, en un acto de heroicidad suprema, trabajaban para costearse los estudios, y tampoco podían pagar ese café porque debían guardar lo que ganaran para pagar apuntes, libros y preparador. Seguro que quienes pasaron por una oposición saben de lo que hablo, y más aún lo saben quienes están sumergidos en ellas. Pregúntenles si no.

                Pero lo que me indigna, y de ahí que me decidiera a escribir este guión de hoy, son las insinuaciones que se hacen por aquellos que no tienen ni idea. Reconozco que la inspiración me vino de un comentario de una compañera de la carrera hermana al respecto, a la que agradezco el copyright. Y es que tertulianos y todólogos varios, al tiempo que nos ponen verdes y nos llaman de todo menos guapos, se atreven a decir que ya nos vale, con lo que cobramos. Que, en muchos casos, no es ni más ni menos que la mitad de lo que ellos perciben por escupir sus tontunas en cualquier programa. Y por ahí no paso.  Como no paso tampoco por aceptar calladita esa leyenda urbana de que trabajamos unas horitas y ganseamos el resto, como si el Juzgado fuera un balneario donde una va a pintarse las uñas y tomar cafelitos.

                Nosotros decidimos sobre el futuro de las personas, sobre si van a pasar el resto de su vida entre rejas, sobre si tiene que prohibirse a una persona acercarse a otra, si puede o no ver a sus hijos, sobre internamientos, sobre si alguien ha sido injustamente despedido o puede recuperar su puesto de trabajo, sobre si el banco les quitó sus ahorros y ha devolvérselos y sobre mil cosas más que nos acompañan a casa e invaden nuestros sueños. Pero se nos cuestiona, aunque se nos congele el sueldo cada vez que al mandamás de turno se le ocurra, aunque nos retengan todo lo retenible y no siempre se respeten nuestros derechos laborales.

                Cobramos un sueldo digno –faltaría más- pero nadie de nosotros se hará millonario con él, puedo asegurarlo. Mientras pagan cantidades obscenas a otros cuya mayor responsabilidad es que la pelota se meta en una portería. Y también a los que van a programas a ponernos verdes, sin ir más lejos, o a poner verde a cualquiera que se ponga a tiro.

                Y por cierto, nosotros no sólo no recibimos sobres, sino que ni siquiera podemos aceptar ni siquiera una caja de bombones, ni un ramo de flores. Que aún recuerdo a una juez amiga que le devolvió a una señora las toallas que le había bordado primorosamente a punto de cruz con sus iniciales, con tremendo disgusto de la pobre mujer, por aquello de no incurrir en cohecho. Ni una cesta de Navidad, vaya.

                Por eso, conviene faltar a la regla de que no hay que hablar de dinero, y dedicar un estreno a ello. Que, como dijo Quevedo, Poderoso caballero es Don Dinero.

Publicaciones: letras letradas


           libros

     Más tarde o más temprano, muchas de las estrellas, estrellitas y otros famosuelos que andan por la farándula caen en la tentación de escribir un libro. O, mejor dicho, de publicarlo, porque no siempre son ellos quienes lo escriben. Y lo hacen con mejores o peores resultados, desde los que, dotados de talento, hacen verdaderas obras maestras con su pluma, hasta los que se valen de su fama para hacerse con unos dinerillos vendiendo supuestas autobiografías. Muchos son los ejemplos de actores que han pasado a directores con notable éxito, como Clint Eatswood o Robert Redford,  o Itziar Bollain en el universo patrio, por citar a algunos. Y es que, por suerte, hay personas multifunción, como esas impresoras 3D que igual mandan un fax que te clonan el Códice Calixtino, y eso hay que aprovecharlo.

                También en nuestro mundo muchos sucumben –sucumbimos- a la tentación de ver nuestro nombre negro sobre blanco, intentando aportar algo a este mundo en el que nos movemos. O incluso, a otros mundos, que no es toga todo lo que reluce.

                Como, además, quienes vestimos toga con galleta y puñetas tenemos vetada casi cualquier otra actividad –la docencia y la publicación es la única salida de las salas de vistas sin tener que pedir la excedencia-, pues es una buena manera de conservar la cordura. O de perderla irremisiblemente, según se mire. Porque, por si no lo saben, ni siquiera podemos hacer eso de “Avon llama a tu puerta” u organizar reuniones de tupperware –o su moderna versión erótica- sin que nos caiga toda la furia disciplinaria de nuestras respectivas carreras.

                Así que escribir algo es una buena salida. Para estudiar, para darse a conocer al mundo -quienes tengan cosas que merezcan ser conocidas-, o, simplemente, para hacer terapia, que nunca viene mal. Además, en los tiempos que corren, con la facilidad para publicar en blogs o digitales o las posibilidades de autoedición, no hay que esperar que un sesudo editor decida que las palabras de una son dignas de salir a la luz. De muestra, este botón. Aunque hay que reconocer que nada como la magia de ver el propio nombre en un libro de papel, de ésos que hasta huelen y que, incluso en ocasiones, llevan una fotito que alimenta el ego que da gusto.

                Y es que los juntaletras togados somos legión. Y que así sea. Hay compañeros que hacen verdaderas maravillas por su utilidad o por su erudición jurídica, sea mediante recopilaciones de leyes y Códigos, comentarios, compendios o tratados doctrinales, que nos ayudan a sobrevivir en este maremágnum. Y otros que afilan sus lápices –o más bien sus teclados- con un toque de ironía que hace que seamos capaces de reírnos de nuestro propio mundo, más allá de pompas y solemnidades, quitando hierro a un universo que a veces parece lejano y antipático para volverlo un poco más cercano y agradable.

                Incluso hay algunos de nosotros que tenemos la osadía de salirnos de esta galaxia del mazo y la balanza por un rato e inventamos historias. Con más o menos fortuna, por supuesto. Pero con buena intención. Algo que, por cierto, recomiendo a todo el mundo.

                Así que hoy dedicaré mi aplauso a todos los que se atreven a compartir sus cosas con el mundo, a todos los que se desprenden de su toga y olvidan los expedientes por un rato para hacernos un poquito más felices. Porque un libro, sea de lo que sea, siempre es la llave que nos puede hace viajar a otros lugares. De la pericia del escribidor y de la imaginación del lector depende lo lejos que se pueda llegar. Hasta el infinito y más allá… ¿por qué no?. Sólo nosotros ponemos el límite.

Plazos: el tiempo es oro


TIEMPO

                Como reza el dicho, “el tiempo es oro”. Y si oro es en todos los ámbitos de la vida,  más aún en el nuestro, en que ya no sé si será platino, titanio, o coltán, vaya usted a saber.

                En el mundo del espectáculo son esenciales los tiempos, por descontado. Hay que tener preparado el estreno para el festival al que presentarse, para la temporada de verano o de invierno, o para cuando esté previsto. Y si el engranaje no funciona y no se llega a tiempo al estreno, la cosa ya no tiene vuelta atrás. Pasó el tren y probablemente nunca vuelva.

                En nuestro gran teatro los tiempos son medidos y tan, tan importantes que pueden dar al traste con todo el trabajo hecho o dejar impune para siempre un hecho incontestablemente delictivo, o hacer perder para siempre la oportunidad de reclamar algo que es debido, o de hacer valer un derecho. El cómputo del tiempo se encuentra a lo largo y ancho de todos nuestros textos legales con consecuencias importantísimas, sea a través de plazos procesales, del instituto de la prescripción, del cumplimiento de las condenas o de la caducidad de la acción. Tan es así, que hasta las multas en derecho penal se cuentan en días y no en cuantías.

                En estos últimos días los plazos han cobrado actualidad, y parecen haberse convertido en una estrella de nuestro escenario. La dichosa reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que limita el plazo para terminar la instrucción, los ha traído a la primera plana de la actualidad. Y no es para menos. Porque nuestra dieciochesca ley procesal contemplaba unos plazos, desde luego, aunque poco o nada adaptados a la realidad actual, y de difícil cumplimiento, vistas las circunstancias de penuria de medios materiales y personales.

                Y, de pronto, haciendo una interpretación sui generis de eso de que la justicia es ciega, nos fijan unos plazos para la instrucción, cerrando los ojos al día a día de nuestras representaciones. Y a ver cómo nos las componemos. De momento, vayamos a encargar los dorsales para las togas, que la carrera empieza en cualquier momento, y la varita mágica que tantas veces he pedido no me ha llegado todavía. Claro, para eso no hay plazo que valga.

                A nadie con dos dedos de frente se le escapa que no es lo mismo rodar un sketch de un minuto que la trilogía del Señor de los Anillos, o Titanic, con ese barco a la deriva que evoca tantas cosas. Pero a nuestros directores parece habérseles olvidado ese pequeño detalle -¿o no?- y prevén unos cortísimos plazos, aún con sus prórrogas, que casarán muy bien con una alcoholemia o el robo en un coche, pero no tanto con asuntos complejos con larguísimas pesquisas y pruebas a practicar. Y ese tiempo puede acabar siendo un regalo para aquéllos que menos lo merecen. Seguro que todo el mundo sabe a qué me estoy refiriendo.

                El tiempo es una parte importantísima de nuestro espectáculo. Que se lo digan sino a los procuradores, siempre corriendo, como nos contaban en su propio estreno (https://conmitogaymistacones.com/2014/08/29/procuradores-deprisa-deprisa/). Pero el tiempo ha de ser un aliado, no un enemigo de quienes tratamos de hacer justicia. Cocinar un proceso tiene sus pasos, y no cuesta lo mismo hacer un bocadillo de jamón que una paella para mil personas. Cada cosa necesita su tiempo de cocción, y, si nos precipitamos, los granos de arroz salen duros como perdigones y no hay quien se lo coma. Y si, encima, la paella está oxidada, la leña húmeda y el fuego tenemos que lograrlo frotando dos palitos, pues la cosa se pone fea, y solo podremos comer bocadillos.

                Así que, queridos señores, si quieren que cocinemos paellas estupendas en tiempo récord, dennos recipientes en condiciones, materiales de primera y cocineros suficientes. Y, si es preciso, arroz especial del que no se pasa y cuece a la velocidad de la luz. Pero no pretendan que hagamos milagros, que el tiempo de la multiplicación de los panes y los peces quedó mucho más atrás, incluso, que la fecha de nacimiento de nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal.

                Por eso, hoy, nada de aplausos. Aunque quisiéramos darlo, que no es el caso, no tenemos tiempo para ello, que tenemos que alcanzar la luna y en vez de cohete tenemos un avioncito de papel.

Permisos: ¿desconexión?


tacones sofa

                Todos, hasta los artistas, tenemos derecho a descansar de vez en cuando. Nuestros tiempos no coinciden siempre con el común de los mortales, y tanto unos como otros nos llevamos trabajo a casa, en sus carpetas y en las cabezas. El espectáculo debe continuar siempre, y los fines de semana no son momento de descansar, como tampoco es momento de que pare nuestra función, y ahí están los juzgados de guardia para mantener viva la representación.

                Pero todo tiene un límite, y de vez en cuando hay que colgar la toga, física y mentalmente, para desconectar y cargar las pilas. Aunque no los tacones. Eso, nunca. O casi nunca, vaya, que juro que no duermo con tacones

                Nuestro teatro nunca cierra por vacaciones. Sus tablas están en continuo uso, porque siempre es preciso que haya alguien pendiente de las cosas urgentes, esos Juzgados de guardia que ya tuvieron su propio estreno (https://conmitogaymistacones.com/2014/11/28/juzgado-de-guardia-el-filon/), pero sus protagonistas necesitan de vez en cuando darse un kit kat, como en el anuncio. Porque es preciso.

                Mucho se han criticado los permisos de los funcionarios, llámense moscosos, días azules, canosos o como se quiera, y los de todos los que cobramos un sueldo con cargo al estado. Y buen recorte el que les pegó la temida tijera, como si por quitarnos días la crisis fuera a solucionarse. Y ya hemos podido comprobar que de eso nada y que, además, andan devolviendo algunos de los que nos arrebataron… Pero ésa es otra cuestión, claro.

                El caso es que una no es fiscal, ni juez, ni secretario, abogada, médico forense o funcionaria las 24 horas del día de los 365 días del año. Este es un trabajo, aunque sea algo más también, por lo que de vocación y servicio público lleva consigo. Pero hasta Superman se quita su capa y se convierte en Clark Kent, y nosotros no vamos a ser menos. Que cuando toca, toca.

                Y eso que lo que mucha gente ignora es que a veces esos días de asueto han de utilizarse para ponerse al día en esos deberes que nos llevamos a casa, o para estudiar esas leyes que reformaron y que no nos había dado tiempo a mirar, o para buscar jurisprudencia de uno u otro asunto.

                Pero algunas veces hay que desconectar. Atarse las manos si es necesario para no poner en marcha el ordenador, y confinar a algún rincón escondido los expedientes que nos acompañan hasta nuestro hogar. Y resistirse estoicamente si es preciso a los rayos luminosos que nos lanzan, como diciéndome “hazme caso, hazme caso”. Aunque usen la kriptonita. Hay que ser fuertes.

                Hay que enfrentarse a ellos y decirles que va a ser que no. Que hay que tomarse un respiro de vez en cuando. Y dedicarse a cosas que nada tengan que ver con Códigos, leyes y juicios. Salir a pasear, estar con la familia, leer un libro, irse de compras, ir al cine, tomar una cerveza con amigas… O vaguear repantingada en un sofá, un deporte de lo más recomendable en dosis moderadas. En fin, esas cosas necesarias que siempre van quedando a la cola.

                Así que hacedme caso y darle al Off de vez en cuando. Aunque eso no incluya dejar de visitar nuestro escenario. Yo estoy en ello… Pero, tranquilos, que no faltaré a mi cita con las tablas de nuestra función. Esa no me la pierdo.

Fallas: togas con peineta


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                Toda excusa es buena para celebrar algo arriba de un escenario. Y las fiestas regionales son una magnífica excusa de celebración, lo sabemos de sobra. Y nuestra función, aunque mucho menos folklórica, también se impregna del espíritu festivo cuando toca.

                Supongo que ocurre igual en Carnavales, la feria de Abril, San Fermín o cualquiera otra fiesta regional que se precie. Pero ocurre que en nuestra representación la narradora es valenciana, y, en cuanto llega marzo, empieza a sentir que lleva la peineta en el alma, la toga y los tacones.

                Es lo que tiene haber nacido aquí. Y ser un poco folklórica, no puedo ocultarlo. Ni quiero, vaya. Pero es que a lo mejor soy yo, o el espíritu fallero, pero En ocasiones veo moños, y me da por pensar en las similitudes de nuestro teatro con estas fiestas, o con cualesquiera otras.

                Por eso, tenemos casos sonados, esos que implosionan como un castillo de fuegos artificiales que todos quieren ver, que salen en el periódico y causan revuelos de gente y ríos de tinta. Otros son como una enorme mascletà, que hacen mucho ruido y no siempre tienen un final acorde con la expectación causada, aunque, cuando están bien agarrados, terminan en una enorme traca que hace temblar los cimientos de la ciudad.

                Y el camino, ese via crucis en que a veces se convierte el proceso, recuerda mucho a los pasacalles rumbo a la Ofrenda. Comitivas que salen desde diversos puntos y con más o menos ligereza, acaban llegando a su destino, que es, en nuestro caso, el juicio y su sentencia. A veces, a toda velocidad, si las circunstancias y la organización lo permiten. Muchas otras, con acelerones y paradas según los obstáculos. Y otras, lentos y cansinos, como cuando la lluvia se empeña en entorpecer el acto. Pero siempre acaban llegando, sea  en el tiempo previsto o bien entrada la madrugada.

                No llevamos toga, por supuesto. Por una sola vez al año la cambio por peinetas, falda de colores y mantilla. Eso sí, con tacones, por supuesto. Y de esa guisa me cruzo la ciudad tan ricamente.

                Y así un año tras otro. Y que no falte. Como no faltan nunca en nuestro espectáculo las ganas de llegar a ese simbólico final, la Cremà, donde quemamos el monumento que ha costado un año levantar.

                Pero este año, cuando el fuego del día de San José prenda las Fallas, me voy a hacer un propósito nuevo. Y voy a mandar a la hoguera todos esos retrasos que nos dan mala fama, las leyes que entorpecen, los derechos que nos han recortado. Arrojaré y convertiré en cenizas las tasas judiciales –que aún quedan-, la supresión de los sustitutos, la penuria de instalaciones, la carencia de medios materiales, la escasez de plazas, y todas esas cosas que nos impiden ofrecer la representación brillante que querríamos dar y que el público merece.

                Y, como me he venido arriba, también echaré al fuego la corrupción, y la violencia de género, y el terrorismo, y cualquier otro crimen de los que perturban nuestra existencia. Y, juntamente con ellos la crisis, con todas sus secuelas. Para que llegue el día en que nuestro teatro sólo pueda representar comedias amables, que buena falta nos hacen. Y seguro que entonces no me hará falta pedir un aplauso, porque todos aplaudiremos a rabiar sin que nos lo pidan.

Claves: sin llave maestra


claves informáticas

Todos los lugares tienen sus recovecos, y seguro que cualquier escenario tiene mil sitios a los que no todos pueden acceder, como los camerinos de las estrellas más exclusivas. Estoy también segura que, para acceder a los entresijos de la obra, del guión, de los decorados o del vestuario, hay que estar provisto de las claves de acceso al ordenador correspondiente. Pero estoy también segura de que no lo tienen tan complicado como nosotros. Porque, aunque ya desde hace tiempo el cine se ocupó de estas minucias informáticas, nosotros parecemos anclados en los tiempos de aquel Tienes un e-mail que hoy parece totalmente superado.

Se ha criticado mucho que el contenido de nuestras oposiciones sea totalmente memorístico. Y por supuesto, algo de cierto hay. Pero lo que no nos dijeron era lo útil que nos iba a resultar esa memoria que desarrollamos a fuerza de codos para el día de mañana. Y no para recordar artículos de uno u otro Código, sino para conseguir acceder a la pantalla de nuestro ordenador a través de un viaje que podría haber dado para una serie de ésas de Erase una vez.

Y es que una se sienta ante el ordenador de su despacho y, tras encenderlo y prepararse un café –o una tila- esperando que dé señales de vida, ha de empezar un maratón mental para lograr el objetivo: hacer un dictamen de cualquier tipo. Primero, la clave del ordenador, luego la de la red propia y la tarjeta criptográfica. Mientras se memoriza, la del correo corporativo que en nuestro caso nos facilitó la Comunidad Autónoma, y la del correo particular que la mayoría tenemos abierto porque el anterior tiene la capacidad de un bolsito de noche, de ésos en los que no cabe ni el DNI. Ahora, a añadir la nueva, la de ese otro correo que nos han facilitado para unificarnos. Pero tranquilos. Hasta aquí, prueba superada.

Y una continúa su periplo. Y cuando acaba el informito de marras, tiene que introducirlo en el sistema que, por supuesto, te pide otra clave distinta. Cruzas los dedos porque la empanada mental ya empieza a ser importante. Pero continúas, con esa masa gris que nos dieron de serie con la toga, faltaría más. Mientras por tu cabeza empieza a desfilar el número de la tarjeta del banco, de la alarma o de otras cosas más, y ya empiezas a desvariar. Pero se logra. Ya está el informito metido en su casillerito, tras darle a una serie de pantallas y subpantallas propias del mejor de los viajes astrales.

Y te dices a ti misma: ya está. Pero entonces llega un correo, al que has de acceder volviendo a poner la clave porque tu tiempo de espera ha caducado, donde te recuerdan amablemente que has de hacer la estadística para ayer. Y hala, una nueva clave a teclear, cruzando los dedos para que no se te haya olvidado. Un par de tentativas y, tras superar el pánico de esa amenaza de que es el tercer intento, con miedo a autodestruirnos o poco menos, sigues adelante. Allá vamos.

Pero claro, de repente recordamos que teníamos pendiente algo de un curso de formación, y otra vez a hacer memoria, que ni el nombre usuario ni la contraseña pueden ser las mismas. Y vuelta a empezar.

Pero como somos unos titanes, pues día a día nos comportamos como Cristóbal Colón y descubrimos América. Que ríase cualquiera de Magallanes, de Elcano, y de cualquier explorador… Pero, al final, nuestros Hermanos Pinzón particulares nos avisan de aquello de “Tierra a la vista” y llegamos a puerto. Y así un día tras otro. Que ya me gustaría a mí saber que hubiera dicho Colón si hubiera tenido que descubrir América un día tras otro. Pero claro, él no tenía claves que memorizar, y así cualquiera.

Y aunque nos sintamos como Indiana Jones en busca de la pantalla perdida, lo bien cierto es que si se sumara la cantidad de tiempo que perdemos con todas estas operaciones, nos llevaríamos una buena sorpresa, o un buen disgusto, según se mire.

Por eso, hoy el aplauso queda en suspenso. Esperando a ese día en que alguien descubra una llave maestra, como esas que tenía el gerente de Hotel, que abra todas las habitaciones. ¿Llegará ese día? Como decían las series de antaño, “Continuará…”

Mujeres togadas: tacones lejanos


DIA DE LA MUJER

                Como llega el Día de la Mujer, no podía dejar de hacer mi pequeño homenaje a todas las mujeres que vestimos toga, y también a aquellas que no la visten pero tienen su lugar en nuestro teatro, desde médicos forenses a funcionarias, desde personal de las oficinas de asistencia a empleadas de mantenimiento, desde policías a personal de seguridad, pasando por todas las que habitamos este planeta justicia.

                Nadie sabe mejor que nosotras eso de Cómo ser mujer y no morir en el intento, convertidas tantas y tantas veces en Mujeres al borde un ataque de nervios. Lo que ocurre desde que nos levantamos, pensando que Amanece, que no es poco, y dejando que se escuchen nuestros Tacones lejanos allá donde vamos, pensando en Lo que queda del día y yo con estos pelos.

                Aún no lo hemos conseguido. Estamos en ello pero aún no lo hemos conseguido. Hemos de convencernos de una vez por todas que nos debemos dar un respiro de vez en cuando, que el mundo va a seguir girando aunque alguna vez nos tumbemos en un sofá, y, sobre todo, que los hijos, y las lavadoras y la compra las pueden hacer otros. Que no somos superwoman empeñadas en demostrar al mundo que nuestra incorporación al mundo laboral no tiene que desmerecer un ápice de nuestra tarea de madres, hijas y heroínas a tiempo completo. Y que no pasa nada, pero nada de nada, si no llegamos a todo.

                Así que, como llega nuestro día, tomémonos un relax. Colguemos nuestras togas, nuestras batas, nuestros uniformes y cambiemos por una sola vez nuestros tacones por unas pantuflas y démonos un homenaje, con bata de guatiné si es preciso.

                Soy consciente de que antes deberemos hacernos una lobotomía transitoria que borre por un rato expedientes, trabajo pendiente, deberes de los niños, compra y actividades varias. Cojamos un libro –prohibido los jurídicos- o una revista, enchufemos la tele o el ordenador –prohibidos debates profundos ni enlaces cultos- y saboreemos un poco de tiempo libre. O, si lo preferimos, salgamos de compras, o de paseo, o sentémonos en una terraza a tomar una cervecita, o dos, como si no hubiera un mañana.

                Y tranquilas, que mañana va a llegar igual, y volveremos a subirnos a nuestros tacones, a ponernos nuestra toga y a comernos el mundo. Pero, como dijo Escarlata, mañana será otro día. Aunque yo prefiero el más castizo que nos quiten lo bailado.

                Así que, queridas compañeras de escenario, va por todas vosotras. Porque no nos repetimos todas las veces que deberíamos eso de “porque yo lo valgo”. Y lo valemos, vaya si lo valemos. Así que, a celebrar nuestro día, que una vez al año no hace daño

Turno de oficio: bomberos del Derecho


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  Todos aquellos que ya vamos teniendo cierta edad, o un número atractivo de trienios, recordamos una serie que marcó una época en nuestra televisión: Turno de Oficio. Muchos descubrieron con ella que los abogados en España eran algo diferente de lo que veían en Perry Mason y películas americanas, y sospecho que más de uno debe su vocación a aquel “Pedete  lúcido” que interpretaba Echanove. Lástima, por cierto, que emborronaran nuestro recuerdo con una segunda parte nefasta que con  razón hizo enfadar a muchos, entre ellos al colectivo de Secretarios Judiciales, del que daba un esperpéntico retrato. Pero, como decía el novelista, ésa es otra historia y deberá ser contada en otro momento… Y lo bien cierto es que series como ésa, o como Anillos de oro hicieron que se empezara a tomar interés por un lado de la profesión más de día a día y menos de película.

                Espero que a nadie ofenda el título de este estreno, hecho con todo el cariño. En otra entrada anterior, al hablar de los especialistas, me refería a aquellos que deben estar a todas las materias como apagafuegos (https://conmitogaymistacones.com/2015/02/24/especialistas-realidad-o-ficcion/). Y de algún modo eso es lo que son, algo así como bomberos esperando en el retén a que le den el aviso, sea de apagar un incendio, de sacar a una ancianita que quedó encerrada en una casa, o de auxiliar lo que sea preciso. Esa labor de los actores de reparto o de los meritorios, prestos a hacer cualquier papel si por cualquier causa falla quien debería interpretarlo.

                Muchas veces se tiende a menospreciar a los letrados del turno de oficio. Existe la creencia en algunos sectores de que por el hecho de ser gratuitos van a atender peor, o son peores profesionales. Nada más lejos de la realidad. El turno de oficio supone una vocación de servicio público de la que quizás otros que cobran un potosí carecen. Y, por mi experiencia, puedo afirmar que he visto peores intervenciones en mi materia, la violencia de género, de abogados particulares que presumían de pedigrí, que de los letrados del turno de oficio de violencia que están, además, especializados. A algunos y algunas de ellos los conozco tanto tiempo que con una sola mirada sabemos como va a terminar el asunto, si es posible una conformidad o si ella va a tratar de retirar la denuncia. Aunque por supuesto, hay malos y buenos profesionales. Como en todas partes, ni más ni menos, que de todo hay en botica.

                Lo que mucha gente no sabe, y es buen momento para saberlo, es la dificultad que tienen para cobrar. Las constantes movilizaciones para ello no son más que una pequeña muestra. A los miles de trámites burocráticos que se les exigen se suman retardos y excusas varias. Siempre me llama la atención la cantidad de papeles, papelillos, sellos y copias tienen que hacer firmar a sus atribulados clientes, aun esposados, por el temor a que luego se marchen sin firmar y ellos queden sin remuneración -si es que algún día la cobran-, o la necesidad, por ejemplo, de una auto motivado para poder intervenir -y cobrar- en un juicio de faltas. Y también me quedo perpleja cuando los veo correr como pollos sin cabeza porque aun les colea una víctima de la guardia anterior pero tienen un juicio en otro juzgado de un detenido al que asistieron hace meses. Y mientras, los jueces disputándose quien tiene preferencia y dónde debe acudir primero… Confieso que yo misma he participado en esa subasta abogadil, secuestrando con mis artes hechiceras a una letrada para que acudiera a mi juzgado antes que a otro. Espero que me guardeis el secreto.

                Y, para quien no lo sepa tampoco, el turno de oficio no es solo cosa de asuntos de los llamados de poca monta, lo que algún inspirado mandamás llamó robagallinas. Nada de eso. Existe el llamado turno grave, para cuestiones delicadas y gravemente penadas, que exige de una vocación y una entrega que son de admirar. Mi padre siempre perteneció al mismo, y era la labor que más le gustaba, aunque no fuera, obviamente, de la que comíamos sus hijos. Y yo reconozco que he aprendido mucho de algunos letrados en esos lances. Al César lo que es del César.

                Así que hoy va mi aplauso, sin paliativos, a todos y cada uno de los letrados del turno de oficio. Porque ellos son quienes hacen efectiva una parte sustancial de un derecho de todos, la tutela judicial efectiva. Ahí queda eso.

Despachos: camerinos sin glamur


foto despacho                Todos hemos soñado alguna vez con un precioso camerino, de los de las estrellas más glamurosas, con sus bombillitas alrededor y todo. El tamaño del camerino, ese santuario donde los artistas se maquillan, se arreglan y reciben a sus admiradores, corre parejo a la categoría que van alcanzando sus ocupantes el mundo de la farándula. Cuando uno tiene su propio camerino, con un tamaño respetable, Ha nacido una estrella

                Pero ya sabemos que nuestra función tiene sus propias reglas, y nuestros camerinos, esos despachos donde pasamos más horas a veces que en nuestras propias casas, distan mucho del glamur del cine, y más todavía de lo que una se imaginaba cuando soñaba en su casa, sumergida en apuntes y leyes, que algún día aprobaría la oposición.

                Por supuesto, nada de espejos ni bombillitas de colores. Lo nuestro es una cosa seria y solemne y no podemos permitirnos tales cosas, faltaría más. Se supone que hemos de tener un despacho vetusto y formal y, a ser posible, con bandera y retrato real. En el caso de que cupiera, claro. Y de que tuviéramos despacho propio, por supuesto.

                Pero, como casi siempre, del dicho al hecho hay un buen trecho, y muchos de los despachos con los que nos dotan dejan bastante que desear. Por decirlo de un modo fino, vaya. Porque aparte de todas esas dependencias donde el techo se cae a pedazos, donde hay que saltar con pértiga entre los expedientes, o contorsionarse con la habilidad de una gimnasta para incrustarse entre la mesa y la silla, hay cosas peores, como no tener despacho propio. Y en eso los fiscales nos llevamos la palma. Porque existe una ley no escrita que dice que los fiscales somos capaces de concentrarnos y trabajar aunque coexistamos con varios compañeros más que, además, reciben como nosotros visitas, tienen alumnos en prácticas y demás cosas de esta vida. Y nuestros despachos se convierten en el camarote de los Hermanos Marx. Y dos huevos duros.

                Seguro que los que no frecuentan demasiado este mundillo no lo saben, hasta se sorprenden, pero la gran mayoría de los fiscales que habitamos nuestra justicia, los que militamos en las trincheras, carecemos de despacho propio. Se comparte con uno o más compañeros, sin que a nadie le sorprenda lo más mínimo. Y nos vemos en situaciones tan surrealistas como atender en los pasillos para no molestar al compañero, o pedirle que se salga y haga de okupa en el de otro, para poder atender a una visita.

                No obstante con el tiempo mejoramos, aunque sea poco. Yo, en mi primer destino, compartía mesa y teléfono con ocho compañeros, como si de una cena de las fiestas de Villarriba y Villabajo se tratara, aunque sin paella gigante ni una gota de Fairy para limpiarla. En mi segundo –y definitivo- destino se repitió lo mismo, aunque luego, con los cambios de sede y los trienios, la cosa fue a mejor. De ahí pasé a compartir despacho con cuatro compañeros más, pero ya tuve mi propia mesa, todo un lujo, y hasta un teléfono modelo troncomóvil. Y en el siguiente envite ya solo éramos dos, aunque perdimos con el cambio el derecho a luz natral y ventana. Ahora, tras más trienios de los que me gusta recordar, gozo del extraño lujo de despacho individual, algo que no es regla general entre mis colegas. Prefiero pensar que se debe a mi extraordinaria sociabilidad y a las características de mi trabajo –atiendo constantes visitas- que a lo insoportable que pueda llegar a resultar. Y prefiero seguir creyéndolo. Y, aunque mi cubículo disfruta de un microclima que supera en muchos casos los cuarenta grados, sé que no debería quejarme. Mesa, silla y ventana propias son verdadero objeto de deseo entre los fiscales. Porque muchos siguen sin tener nada de todo esto, lo crean o no. Si lo dudan, pasen y vean. La realidad siempre supera la ficción.

                No obstante, los responsables se preocupan de nosotros, vaya que sí. Y corrieron en pleno verano –juro que no es broma- a preguntarnos si queríamos bandera y cuadro del rey nuevo, que el antiguo se había quedado desfasado. Para el que lo tuviera, claro, lo que no es mi caso –guardadme el secreto, por si acaso-. Pero ya se puede imaginar cualquiera las reacciones que tuvieron que presenciar aquellos encargados de mantenimiento, que nos ofrecían cuadros y banderas cuando nos faltan bolígrafos, y grapadoras, y posits, y muchas otras cosas tan simples como una miajita de luz natural o una temperatura que no convierta a unos en pingüinos mientras otros parecen clientes de una sauna finlandesa. Pero la parafernalia que no falte.

                Pero esto es lo que hay, si nadie lo remedia. Y no parece que estén por la labor. Así que, mientras tanto, a gozar y padecer de nuestros camerinos, sean zulos o salones de baile. Porque son cachitos de nuestras vidas a los que uno acaba tomando cariño. Qué remedio.

                Y, aunque tenía pensado consultar con la pitonisa Lola para cuándo todos tendremos despachos dignos, casi que lo dejo. No me vaya a poner encima dos velas negras.