Tiempos verbales: conjugando que es gerundio


              Nuestra lengua es muy rica, sin duda alguna. En el cine no siempre podemos darnos cuenta, ya que en nuestro país vemos mucho cine anglosajón y tenemos la costumbre -no extendida por otros lados- de doblar las películas. Pero hay que cuidar nuestra lengua, no vayamos a acabar hablando Spanglish y necesitemos al profesor de Pigmalión o de My fair lady. No olvidemos que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla.

              En nuestro teatro la conjugación de los verbos ha dado para mucho. No hace tanto tiempo el uso de los gerundios estaba tan generalizado en el foro que convertía las resoluciones en una amalgama lingüística difícil de comprender. Y es que la antigua estructura de las sentencias divididas entre “Resultandos” y “Considerandos” no lo ponía fácil. Por suerte, la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 acabó con esa forma, al hablar de “Hechos” y “Fundamentos de Derecho” y de párrafos separados y numerados en lugar de esas frases interminables que había que leer varias veces para comprenderlas.

              No obstante, no podemos echar las campanas al vuelo. El exceso de gerundios no ha desaparecido y todavía encontramos informes y sentencias que lo usan indiscriminadamente, dificultando -y aquí uso el gerundio intencionadamente- la comprensión. A veces, sería mejor sustituir esta forma por una sencilla frase con su sujeto y su predicado.

              Pero no es la única costumbre de mal uso de los tiempos verbales que nos invade. Como comentaba una buena amiga en una publicación, es una lástima que descuidemos el uso del idioma, y utilicemos mal los tiempos verbales. Algo que no es exclusivo de Toguilandia, sino que vemos cada día en informativos y publicaciones varias. Mi amiga ponía como acertado ejemplo el uso de un pretérito pluscuamperfecto con otro, rompiendo el equilibrio gramatical de las frases. Así, utilizo la muestra que ella misma exponía. No hay que decir “si hubiera pensado esto antes hubiese tomado otra decisión” sino “si hubiera pensado esto antes habría tomado otra decisión” Tampoco es tan difícil.

              Tirando de ese mismo hilo, otra persona comentaba acerca de otra costumbre errónea cada vez más extendida: la de utilizar el infinitivo en lugar del imperativo. Es decir, frases como “salir de aquí” o “abrir la puerta”, cuando se debería decir “salid de aquí” o “abrid la puerta”. Y es que el uso del infinitivo está bien par las películas de Tarzán, pero no para nuestros escritos ni para nuestro lenguaje oral.

              Y es que el infinitivo da mucho de sí. Debe de ser por eso que cada día se extiende más la manía de empezar las frases con un infinitivo, cuando lo que en realidad se debería usar es una forma impersonal. Me refiero a esos informes o discursos que empiezan cada párrafo con un “Decir que…” “Considerar que…” y expresiones semejantes para introducir a continuación una frase subordinada, convirtiendo al infinitivo en el núcleo de un predicado imposible. Lo adecuado en estos casos es incluir el tiempo impersonal que antecede al infinitivo, diciendo “hay que decir que…” o “hay que considerar que…”. No hay que tener cicatería en el lenguaje, salvo que, una vez más, queramos imitar a Tarzán o aun extranjero que aún no ha aprendido nuestros tiempos verbales.

              Otro de los vicios lingüísticos frecuente es el empleo del condicional sin condición. Expresiones como “yo diría que esto es así” o “Yo le contestaría esto o aquello” no tienen sentido si no van acompañadas de una condición, como su propio nombre indica. En la prensa de tribunales se ve mucho en frases del tipo “les condenarían a tantos años de prisión”. Pero, como me dijo una vez una profesora de lengua, si lo dirías, dilo de una vez y déjate de historias.

              Y si hay un modo verbal que usamos en Toguilandia venga o no venga a cuento, es el plural mayestático. Hablamos de nosotros y nosotras en plural como si fuéramos varias personas, confundiendo al justiciable. Y, aunque no es incorrecto, también queda impostado lo de referirse a una misma en tercera persona, como hacen algunos entrenadores de fútbol. Lo de “esta letrada solicita que…” “ese Ministerio Fiscal interesa que” o “este tribunal decide” es el pan nuestro de cada día. Mi preparador solía preguntarnos, si lo hacíamos al cantar los temas y decíamos algo así como «entendemos que…»: ¿lo entiendes tú y quién más? Pues eso.

              A propósito del uso de los verbos, siempre recuerdo una anécdota que todavía me hace reír. Como quiera que algunos profesionales todavía utilizan la vieja fórmula para interrogar que empieza las frases por “diga ser cierto”, hubo un médico forense que, con un imbatible sentido del humor dijo, simplemente “ser cierto”. Que no era ni más ni menos que lo que le habían pedido, en sentido literal

              Por último, me referiré al uso de algo que, en realidad, en un pleonasmo, que consiste en utilizar vocablos innecesarios. Se trata de la expresión “valorar positivamente” cuando con hablar de “valorar” bastaría, pues se trata de otorgar valor. Y esto, por cierto, es positivo, por lo que “valorar negativamente” es una contradicción, o, para decirlo con mayor pedantería, un oxímoron. Las cosas se valoran sin necesidad de añadir que se haga positivamente, del mismo modo que no hace falta añadir “arriba” al verbo “subir” o “abajo” a verbo bajar.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero no haber resultado demasiado pedante. Si esa sí, recibiré los abucheos que me toquen. De lo contrario, aceptaré encantada el aplauso.

Estructura de la fiscalía II: sigue el misterio


         No pretendo emular a Fray Luis de León, pero no me queda otra que acudir al famoso “Decíamos ayer…” para continuar hablando de nuestros misterios. Y no del Misterio de Fátima ni de ningún otro Misterio a los que se dedica el cine. Porque hay algunos misterios más allá de las películas de intriga, y a veces dan más Vértigo que el mismísimo Hitchcock

            En nuestro teatro, como ya vimos en el anterior estreno, uno de esos misterios insondables es el de la estructura del Ministerio Fiscal, tan alambicada que no siquiera muchos de sus miembros conocemos todas las claves.

            En la función anterior desentrañábamos, en la medida de lo posible, la estructura de los órganos centrales del Ministerio Fiscal, excepción hecha del Consejo Fiscal , que ya tuvo su propio estreno. Y ahora es el momento de seguir con la estructura descentralizada. O más o menos descentralizada, que hay matices para dar y tomar.

            Empezando de mayor a menor, encontramos las fiscalías superiores. Cuando yo entré en la carrera no se llamaban así, sino fiscalías del tribunal superior de justica respectivo, y además tenían la peculiaridad de que aquellas fiscalías que se encontraban en la sede el Tribunal Superior de Justica de que se tratara no tenían fiscalías provinciales o, como se decía entonces, fiscalías de la Audiencia Provincial. Para explicarlo mejor con un ejemplo, en la Comunidad Valencia existía la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia situada en Valencia que englobaba a los fiscales que servían en materias tanto competencia del Tribunal Superior de Justicia como de la Audiencia Provincia, y las Fiscalía Provinciales de Alicante y Castellón, sin que existía Fiscalía Provincial de Valencia propiamente dicha. Esto se reformó con la creación de las Fiscalías Provinciales y las Fiscalías Superiores, desdoblándose las fiscalías en dos en las ciudades sedes del Tribunal Superior de Justicia. Pero ni siquiera esto es siempre así. En algunas Comunidades Autónomas uniprovinciales sigue existiendo una sola fiscalía.

            Tanto las fiscalías provinciales como las superiores tienen sus respectivos fiscales jefes -o jefas, que, por suerte, cada día son más, techo de cristal aparte- y sus tenientes fiscales -la carrera aun no se ha desprendido del todo de una nomenclatura ciertamente militar-, que son el segundo de a bordo y quien, por tanto, ha de sustituir en las labores de jefatura cuando el titular esté ausente por cualquier motivo. Y, por debajo de ellos, estamos todos los demás miembros de la carrera fiscal, bien seamos Fiscales de segunda categoría o Abogados fiscales -también llamados fiscales de tercera categoría-, en paralelismo a las categorías de jueces/as y magistrados/as de la carrera judicial, algo que también vimos cuando hablamos de las categorías .

            Pero si esto acabara aquí, sería muy sencillo, y de eso nada. Entre la tropa o lo que algunos llaman fiscales de trinchera hay fiscales decanos, fiscales delegados y fiscales coordinadores y entre estos, para acabarlo de arreglar, fiscales que coordinan efectivamente y quienes solo ostentan esa categoría retributiva, establecida, una vez, para equipararnos en categorías y sueldos con la carrera fiscal. Pero eso no es siempre posible, porque, como dijo un político en una recordada frase, un plato es un plato y un vaso es un vaso.

            Aunque esa no es la única razón. Resulta que en la carrera fiscal existen, a diferencia de la judicial -o de lo que hasta ahora existía, que con la nueva Ley de eficiencia procesal todo se trastocará-, las especialidades, que no siempre corresponden con órganos de enjuiciamiento. Sí que lo hacen en materias como Violencia sobre la mujer, Menores y Civil, además de Contencioso administrativo y laboral, y al frente de cada una de estas materias hay un delegado o delegada o coordinador, que, además, puede ostentar o no categoría de decano. Estos fiscales dependen jerárquicamente de su respectivo fiscal jefe o jefa, pero tienen una vinculación por razón de la materia con el fiscal de sala de la anterior, que imparte instrucciones sobre los criterios a seguir en su respectivo ámbito.

            Además, hay otras especialidades que no responden a un órgano concreto de enjuiciamiento, como son los Delitos de odio, los de Medio Ambiente, Seguridad Vial, Siniestralidad Laboral, Extranjería, Memoria democrática, delitos informáticos o delitos económicos, e incluso víctimas de delito, pero sí tienen un fiscal de sala temático. En estos casos, también hay a la cabeza un fiscal delegado o delegada que, además, puede ser provincial o autonómico, según se considere oportuno. También aquí se depende jerárquicamente del jefe o jefa pero existe la vinculación con el fiscal de sala respectivo

            Por si fuera poco, hay otras materias que pueden tener su sección propia, incluso estar encabezadas por un delegado, decano o coordinador -o sus equivalentes femeninos-, pero carecen de fiscal de sala temático. Buenos ejemplos de ello serían las ejecutorias o las secciones de jurado o mediación, aunque podrían crearse otras según las necesidades de cada fiscalía.

            Y, para acabarlo de arreglar, hay fiscalías especializadas con un régimen peculiar, como son la fiscalía anticorrupción, que tiene su sede en Madrid y uno o varios delegados en cada provincia que dependen del Fiscal Jefe Anticorrupción, o la de drogas, que también tiene un delegado que depende directamente de la fiscalía antidroga en Madrid pero que puede tener, a su vez, varios fiscales que despachan la materia baja su supervisión en la fiscalía provincial respectiva. Un verdadero lío, vaya.

            Y a todo esto hay que añadir las sedes descentralizadas de cada fiscalía provincial, lo que antes se llamaba, con esa terminología militar a que hacía referencia, destacamentos. Ahora ya no se llaman así, y lo hay de dos clases, las Fiscalías de área, que tiene su propia jefatura, y las secciones territoriales, que están encabezadas por un coordinador o coordinadora, que depende jerárquicamente del fiscal jefe provincial. Además, en cada una de estas fiscalías, que pueden tener una o varias sedes, hay fiscales de enlace de cada materia objeto de especialización.

            Y hasta aquí, más o menos, esta aproximación a nuestra compleja estructura. De nuevo pido el aplauso para quien lo haya entendido y, lo que a esta fiscalita toguitaconada corresponda si lo ha sabido explicar. Eso sí, gracias por el esfuerzo en tratar de entenderlo.

Estructura de fiscalía (I): a ver quién lo entiende


              Hay cosas difíciles de entender, y cosas realmente imposibles. Supongo que dependerá de cada uno, pero a mi hay cosas que me cuestan la vida de comprender, como el funcionamiento de la Bolsa, por más que una se trague películas como El lobo de Wall Street, o los entresijos del juego del ajedrez, aunque haya quien lo vea tan sencillo como un juego de niños, como ocurre en Menudas piezas. Cada cual tiene lo suyo.

              En nuestro teatro creo que una de las cosas que más cuesta de comprender es, sin duda alguna, la estructura de la carrera fiscal. A mí me costó Dios y ayuda entenderla del todo, y hasta ahora a veces tengo alguna duda. Para los opositores es como el Misterio de Fátima y quienes no son habituales de Toguilandia, ni se lo plantean. Se marearían.

              La carrera fiscal tiene un paralelismo evidente con la carrera judicial, esencialmente en cuanto a categorías profesionales y sueldos, como ya vimos en un estreno. Pero en nuestras funciones las cosas nunca son como parecen. Y por eso voy a tratar de explicarlo una vez más. Espero que se me dé bien.

              Y como en todas las cosas, conviene empezar desde el principio, esto es la cúpula de la carrera fiscal. Y esta cúpula no es otra que el Fiscal General del Estado. Pero tal vez la primera sorpresa, al menos para quienes no frecuentan nuestro mundo, es que no necesariamente ha de ser fiscal. De hecho, aunque los últimos lo han sido, no siempre ha sido así, y no hay más que echar un ojo a la lista de sus antecesores para darnos cuenta de que había varios magistrados -nunca magistradas, al menos de momento-. Y también podrían ser otros juristas de reconocido prestigio que reúnan las condiciones legales. Así pues, aunque sea la cúpula de nuestra carrera, no es el número 1 del escalafón, que lo ocupa el primero en la carrera. Por eso cuando vuelve al sitio del que llegó, sea o no la carrera fiscal, vuelve al puesto escalafonal de la carrera a la que pertenezca, en su caso.

              Dentro ya de la carrera, el puesto más importante lo ocupa el o la Teniente fiscal del la Fiscalía del Tribunal Supremo. Para ostentar este cargo es necesario tener la categoría de fiscal de sala, la máxima en nuestra carrera, equivalente a la categoría profesional de Magistrado del Tribunal Supremo.

              Pero en la Fiscalía los Fiscales de Sala del Tribunal Supremo, a diferencia de la carrera judicial, no necesariamente ejercen su cargo en el Tribunal Supremo. De hecho, hay varios de ellos, como los fiscales jefes de la Inspección Fiscal, de la Secretaría Técnica o de determinados órganos como la Audiencia Nacional, tienen esta categoría y no ejercen el en Tribunal Supremo. Y, para acabarlo de liar, hay fiscales del tribunal Supremo que no tienen categoría de fiscal de sala, sino que pertenecen a la segunda categoría, la más abundante en la carrera fiscal y que en la judicial equivale a la de magistrada o magistrado.

              Aunque todavía hay más lío. Porque entre los fiscales de sala están los que ejercen sus funciones como fiscales del Tribunal Supremo, y los que tienen su propia “cartera”, es decir, que se ocupan de una materia concreta. Hay fiscales de Sala temáticos conde dedicación exclusiva de Medio Ambiente, Menores, Siniestralidad Laboral, Seguridad Vial, Violencia sobre la Mujer, Delitos de odio, Delitos económicos, Memoria Democrática, Extranjería, Civil y de personas con discapacidad o Contencioso administrativo. Hay otras materias, como la de Víctimas del delito, que se compatibiliza con la de la sección penal general. Y, para complicarlo más, hay otro tipo que tienen un estatus especial, el fiscal antidroga y anticorrupción, con fiscalías delegadas en toda España, aunque, a diferencia de las otras materias, pueden intervenir directamente, ellos o la fiscalía que dirigen, en cualquier territorio. ¿Complicado? Pues esto no ha hecho más que empezar.

              Cada fiscal de sala temático y exclusivo tiene, a su vez, uno o varios fiscales adjuntos, que ni son fiscales de sala ni fiscales del Tribunal Supremo, sino que se consideran fiscales de órganos centrales. La misma consideración que tienes quienes pertenecen a la Inspección Fiscal, la Secretaría Técnica o la Unidad de apoyo, que, como se ha dicho antes, tienen sus jefes respectivos de la máxima categoría. Ahí queda eso.

              Y, aunque pensaba explicarlo todo en un solo estreno, he cambiado de idea y, para no hacerlo muy largo, me dejo la estructura descentralizada para el siguiente, si quine me lea tiene fuerzas para seguir. Si es así y lo ha entendido, el aplauso lo compartiremos. De lo contrario, para mí los tomates.

              Y, como decían en las series de mi infancia, continuará….

Cuesta de enero: togas echando el hígado


            Acaban las Navidades, con todas sus películas temáticas sobre Santa Claus y el espíritu navideño, y empieza el mes de enero. Y, aunque parece comenzar bien, con la Adoración de los Magos que dio lugar a películas como Los Reyes Magos, lo peor está por llegar. O al menos, Lo peor hasta el momento, usando otro título de película.

            En nuestro teatro subimos la cuesta de enero como cualquiera. Pero algo me dice que este año va a ser especialmente dura. Y no precisamente porque Papá Noel vaya a ponerle una demanda a los Reyes Magos por competencia desleal, que aún no ha entrado -aunque cualquier día fijo que cae-, ni porque estos vayan a plantear reconvención por intrusismo, porque llegaron mucho antes. Las razones son otras. Y el BOE tiene la culpa. O la clave, al menos.

            No sé si han sido los Reyes Magos por adelantado o papá Noel un poco fuera de tiempo, pero en Toguilandia hemos recibido un regalo envenenado. El BOE publicaba su ley de eficiencia procesal que, aunque muy bien intencionada -no hay más que leer el nombre- cambia tantas cosas que da verdadero vértigo. Y ganas entran de decir, como en el chiste “Virgencita que me quede como estoy”. Esperemos que de verdad cumpla su objetivo, aunque sin una dotación presupuestaria importante mucho me temo que será otro dicho popular el que apliquemos: “mucho te quiero perico, pero pan, poquico”

            Pero no quiero ser agorera, que ya tendremos todo un año, y más, para ver como va la cosa. Por mi parte, confieso que no he leído más que en diagonal, y aún ni eso. Porque a mí, como a mucha gente, los polvorones me confunden y los villancicos se me introducen en la meninge de modo que no puedo colocar en el cerebro otra cosa hasta que no desaloje a la zambomba y la pandereta. Pero estoy en ello.

No obstante, y sin perjuicio de estudiarme la ley a fondo, que juro que lo haré, voy a dedicarme a dos cosas que me llaman mucho la atención.

            Una es la cosa de los tribunales de instancia. Y llamadme escéptica, pero llevamos tantos años mareando la perdiz con cambios de nombre y proyectos de reforma que no sé si nos vamos a encontrar, de nuevo, con la aplicación de otro dicho popular: el de los mismos perros con distintos collares. Esperemos que no, pero confieso que me será difícil olvidarme del nombre de Audiencias Provinciales que he escuchado toda mi vida profesional. Claro que lo mismo pensarían quienes vivieron los antiguos juzgados distritos y la Audiencias Territoriales y sobrevivieron. Vaya si sobrevivieron.

            Otro tema que me preocupa, por lo de arrimar el ascua a mi sardina, es la prevista asunción de los delitos leves a los juzgados de paz. Si es así, y no hay fiscales de paz, ¿qué fiscal deberá ir, si es que va alguno? Ahí lo dejo, aunque la solución debiera ser asumir los delitos leves en que no interviene el Ministerio Fiscal, digo yo. Ahí lo dejo.

            Y tal vez la cuestión que más me inquieta es la atribución a los Juzgados de Violencia sobre la Mujer de los delitos sexuales. Que, por un lado, parece que ya era hora, porque lo preveía el Convenio de Estambul y el Pacto de Estado de 2017, y también la ley del solo sí es sí, que dio el plazo de un año que ya está más que caducado. Al fin y el cabo, se trata de violencias machistas, y si comparten naturaleza -aunque no siempre problemática con la violencia de género dentro de la pareja o expareja, parece razonable que así se haga.

            Lo que no parece razonable, en cambio, es hacerlo sin una previsión y dotación presupuestaria importante. Afirma por experiencia de muchos años que si a los actuales Juzgados de Violencia sobre la mujer exclusivos se les suma la violencia sexual el resultado será atasco seguro. Y si hablamos de los juzgados de violencia sobre la mujer no exclusivos, los llamados mixtos compatibles, el atasco será de proporciones cósmicas. La que avisa no es traidora. Así que ya pueden andar poniéndose las pilas si no nos quieren abocar al desastre.

            Para acabarlo de arreglar, en algunos sitios, como en mi Comunidad Autónoma, esto se junta con la implantación del enésimo proyecto de digitalización, pero esta vez parece que va en serio. Que dios nos pille confesadas, teniendo en cuenta, además, que esta Comunidad ha sufrido un terrible desastre natural cuyas consecuencias seguiremos sufriendo mucho tiempo. Y el ámbito judicial no es una excepción.

            Y no sigo por no darme, directamente, a beberme el cava y los licores que todavía quedan de golpe. Eso sí, tampoco daré el aplauso. Ya lo haré, en su caso, cuando todo esto entre en vigor y vea que sea posible.

Nombresteretipos: dime cómo te llamas…


                Hay un refrán que dice “dime con quién andas y te diré quién eres” y muchas veces se hace realidad. En casos, además, se podría matizar en un “dime cómo te llamas y te diré quién eres”, porque de un tiempo a esta parte los nombres propios acaban dando lugar a determinados estereotipos a los que remiten inmediatamente. Tal vez el caso más claro en la historia de la literatura y del cine sea el de Lolita. Es difícil ori ese nombre sin que nos acuda a la cabeza la imagen de la colegiala sexualizada. Dicho sea, por supuesto, con perdón de la cantante del mismo nombre, hija de La Faraona para más señas, que nada tiene que ver con ello.

                En nuestro teatro, aunque ya quedó lejos el tiempo de alias tan famosos en su día como El Lute -recordemos que es una transformación de su propio nombre de pila, Eleuterio-, el Pera o El Vaquilla, también echamos manos, aunque sea el petit comité, de determinados estereotipos relacionados con nombres propios.

                De hecho, cuenta la leyenda urbana que la alusión al nombre de “Nekane” para referirse a un estereotipo de mujer nació en la Audiencia nacional en los tiempos duros de los juicios contra la banda terrorista ETA. Y, por supuesto, no seré yo quien lo contradiga.

                Confieso que este post nacía tras leer a una buena amiga periodista dar la vuelta en un artículo a lo que pretendía ser un menosprecio, y llamarse a sí misma “Charo”, reivindicando el hablar a la pata la llana, aunque haya quien lo califique de discurso poco elaborado o poco fino. Y sí es así, a mí, como a ella, me gusta la charocracia, y llamar al pan pan y al vino, vino. Aunque, en términos jurídicos, llamar al usufructo o a la enfiteusis por su nombre siga siendo difícil de entender y exija un esfuerzo extra.

                Al hilo de ello, se me ocurría que hay más nombres propios que nos conducen directamente a un estereotipo de persona, lo cumplan o no. Otro de los más utilizados es el de la Maruja, utilizado para referirse, con tintes peyorativos muchas veces, a determinado tipo de mujeres o, más bien, a la caricatura de determinado tipo de mujeres. Cuando se define a alguien como una Maruja, se alude a su interés por el cotilleo y por los temas domésticos, y además se le suele representar con bata, rulos y pantuflas. Incluso se ha llegado a construir un verbo que parte de ahí, marujear, admitido por la Real Academia, que lo define como “hacer lo que considera propia de marujas y marujos”. Por su parte, el Diccionario define “maruja”, advirtiendo que es coloquial y despectivo, como “mujer que se dedica solo a las tareas domésticas y a la que suele asociarse ciertos tópicos como el chismorreo, la dependencia excesiva a la televisión, etc”. Eso sí, la RAE también pretende ser inclusiva cuando admite “marujo” como “hombre que actúa como maruja”. Pero, pese a eso, no podemos negar que la mala fama nos la llevamos, una vez más, nosotras.

                Junto a la “maruja”, hay otro nombre que también ha tomado carta de naturaleza como estereotipo en contraposición a ella. Se trata de la “mari” que, curiosamente -o no- proviene del mismo nombre propio, María. La mari suele ser cursi, remilgada y con un toque de ingenuidad que raya con la ignorancia. La Rae, sin embargo, remite directamente la “maruja”. Y, por cierto, aquí ya no hay versión masculina.

                Parecidas a las “maris” están las “maripilis” o las “maripuris”, algo así como sus hermanas no reconocidas, ya que ahí ya la Rae no nos dice nada. Pero seguro que cualquiera ha oído emplear ese término, y no precisamente para alabar a nadie.

                Al otro lado del espectro, tenemos las “pititas”, “cuchitas” y demás diminutivos femeninos que, generalmente, se relacionan con cierta aristocracia rancia y más bien propia de otro tiempo, aunque el estereotipo persista. Quizás a lo que más se acerca es a lo que se considera “pija” que, también según la Rae, y también considerándolo despectivo, es quien “en su vestuario, modales, lenguaje, etcétera, manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada” O sea, lo contrario de la “Charo”, aunque en este caso sí existe el prototipo masculino y femenino.

                Y, para estereotipo de pijo en masculino, me quedo con el “borjamari” que, aunque no lo recoja el diccionario, está comúnmente admitido, para desgracia de quienes ostentan el patronímico de San Francisco de Borja, que es de donde viene la cosa.

                Aunque en este sentido, cada día cobra más fuerza un nombre como estereotipo masculino, el “cayetano” que tampoco viene recogido en el diccionario pero que se usa ampliamente en medios de comunicación como referencia a determinado tipo de pijos que, además, hacen ostentación de una tendencia política concreta, y suelen adornarse con pulseras, gorras y hasta a modo de con la bandera de España que, aunque sea de todos, consideran como propiedad casi exclusiva.

                Seguro que se os ocurren más ejemplos de nombres que se han convertido en estereotipos, además del ya citado de Lolita.

                Así que emplazo a quien me lea a que me diga alguna más, por si este estreno tiene segunda parte. Por si acaso, no me olvido del aplauso que es esta vez, para la amiga que me inspiró la idea.

2024: el año del fuego y el agua


              Como cada año, mi toga, mis tacones y yo hacemos balance de lo que ha pasado durante estos 366 días. Pero, antes de desgranar lo más llamativo de todo lo que me ha traído el año, he de decir que no ha sido un año normal. Ha sido un año triste, por más que han pasado cosas bonitas, porque ha sido un año marcado en mi querida Valencia por el fuego y el agua.

              Por desgracia, no hablo del fuego de las fallas ni del agua de nuestro mar Mediterráneo o nuestra preciosa Albufera. Hablo, como todo el mundo habrá adivinado, del fuego que redujo a cenizas todo un edificio en segundos, y del agua que desbordó ríos y barrancos y convirtió muchos pueblos de Valencia en un lodazal. Hablo de los 10 muertos en un caso, de los 223 y 3 desaparecidos en otro, y de todos los daños personales y materiales que han destrozado muchas familias. Por eso, por más que cuente cosas bonitas, siempre hay ese poso de tristeza al pensar en este año. Como no podía ser de otro modo.

              2024 empezaba de modo inmejorable. Recibí el premio al mejor post en un blog jurídico en 2023, un acto precioso para algo que me hacía especial ilusión, una ilusión toguitaconada, claro está.

              También a principio de año empezaba un sueño que nunca creí a mi edad cumpliría. Junto con mi compañera, superábamos la fase autonómica de un concurso de ballet clásico, lo que nos clasificaba para la final nacional. Un pájaro azul nuestro que empezaba a volar muy alto.

              El mes de febrero, que precede a las fallas, estuvo cargado de cosas hasta que el incendio de Campanar quebró de raíz las ganas de celebrar. Hasta entonces, fui parte de la presentación de 101 relatos falleros, de Editorial Vinatea, en el que participo con un relato y como prologuista. También participé con uno de mis relatos en el último -siempre penúltimo, como se demostró al poco- libro de Generación Bibliocafé, Oro parece, respecto a las falsas apariencias. No tardaríamos nada en volver a la carga con el homenaje a Elvis y el libro de rigor que publicamos en unos meses, también dentro de 2024. Y más que vendrá.

              Ese mes de febrero tuvo lugar la presentación de mi falla, donde tuve el honor de hacer de mantenedora de la fallera mayor infantil. También era el mes de la celebración de las galas de la cultura de Junta Central Fallera, pero solo tuvo lugar la gala infantil, en la que mi obra de teatro Les ratetes fugen, compartida con Paqui Revert, resultó galardonada como finalista.

              La misma suerte tuvo mi Aproposit faller adulto, Fallerasmus, premiado también como finalista en la Gala de la Cultura fallera que se pospuso. Y fue en esa gala donde recibí, además, un premio que me hizo especial ilusión: el premio a la mejor poesía inédita. Mi primer premio de poesía. Ojala no sea el último.

              Marzo, con esas fallas marcadas por la tragedia, fue mes de clubes de lectura. Mis criaturas ya van por el mundo y pueblos como Bonrepós i Mirambell o Catarroja, a los que luego se sumarían Alaquas, Torrente o  Moncada. Qué bonito es comprobar como mis letras van de un hogar a otro.

              El mes de abril me trajo, además de mi participación en bailes populares valencianos como siempre, me regaló otra experiencia nueva: la de ser mantenedora de una agrupación de fallas, en este caso, de la Federación de Fallas Centro, a quienes he de agradecer que contaran conmigo.

 Y otro debut, en un registro absolutamente distinto fue el de participar como profesora para las y los fiscales que realizan su curso teórico práctico para acceder a la carrera en el Centro de Estudios Jurídicos. Una experiencia que repetí con la carrera hermana, la judicatura, en su Escuela Judicial este mismo año.

Pero si hay un hito importante de este año es la presentación de mi última -hasta el momentp- criatura, Em deien Caratrista, nada menos que en mi querida Feria del Libro del Valencia. Con ella van diez criaturas, aunque pronto se ampliará la familia.

Mayo fue el mes de los 100 años de mi madre, que celebramos con un fiestón de los que hacen historia, y que recelebramos cuando el Ayuntamiento de Valencia, en el mes de diciembre, hizo su homenaje a las personas centenaria de la ciudad.

Y también mayo fue el mes de la danza para mí. Nuestro Pájaro azul volaba alto y lograba un tercer puesto en el concurso nacional Vive tu sueño, y después obtenía en el concurso Mediterráneo un premio a la mejor ejecución, que también me fue entregado a nivel individual. Si hace unos años me lo cuentan, no lo hubiera creído. Como no hubiera creído que me iba subir a un escenario e interpretar una obra de teatro, pero este año también lo he hecho.

Noviembre, además de algunas cosas que ya he contado, trajo el estreno de Hijas del miedo y otros relatos, un libro coral hecho por juezas y fiscales de la Asociación Mujeres juezas en el que me enorgullece haber participado con mi relato “Hijas del miedo”, precisamente el que da título a la obra

Y, para acabar haré referencia a las iniciativas solidarias para ayudar a las editoriales y librerías afectadas por la Dana, y algo que me resultaba especialmente grato: participaren un coloquio sobre el papel de la mujer en las Fallas.

Y hasta aquí, mi pequeño resumen del año. No lo voy a acabar si recordar que colaboréis con la lotería solidaria para huérfan@s de violencia de género, que aunque es para el Niño ha salido en 2024. Ya sabéis, clic aquí Así aprovecho para dar el aplauso de hoy a quienes colaboren. Y al resto, gracias por estar ahí

Más lotería de la madrina: más solidaridad


              Cada navidad, hay una serie de clásicos imprescindibles que se repiten. La Navidad no sería tal sin ver la enésima reposición de Qué bello es vivir o Vuelve Santa Claus en cualquiera de sus secuelas y precuelas. Tampoco hay Navidades sin turrones, y, hasta no hace mucho, sin el anuncio que decía eso de “vuelve a casa por Navidad” o el de las doradas burbujas de cava.

              En nuestro teatro, creo que puedo presumir de estar contribuyendo a la consolidación de un clásico de las Navidades. De un clásico que, además, se forjó en este escenario y en este escenario sigue. Porque segundas, terceras y cuartas partes son buenas, si bueno es el fin. Y este es inmejorable.

              Por si acaso hay algún desmemoriado que no lo recuerde, o alguna nueva incorporación al público de este teatro toguitaconado, os lo volveré a contar. Durante varios años, he fabulado cuentos para explicar la trascendencia de esta iniciativa. Y hoy recordaré ese espíritu. Porque el propósito lo merece.

              La Fundación Soledad Cazorla financia becas para huérfanos y huérfanas de violencia de género. Se trata de esos jóvenes, niños y niñas que vieron abruptamente interrumpida su vida y sus estudios porque su madre fue asesinada. Asesinada, además, en un supuesto de violencia de género, en muchos de los casos por su propio padre. Y esas criaturas quedan, de repente, además de sin su madre muerta, sin un padre que esté obligado a subvenir sus necesidades. De modo que, por si fuera poco con todo lo que han sufrid, se ven en la necesidad de interrumpir sus estudios, o de no enfocarlos por el camino que hubieran tomado porque las necesidades económicas aprietan. Una injusticia encima de otra.

              Imaginemos por un momento que esas niñas y niños, que esos adolescentes que han de dejar de estudiar sin nuestros sobrinos, o los hijos o hijas de esa amiga que queremos tanto, o de esa compañera de colegio tan maja. ¿No nos gustaría que les ayudaran a salir adelante?. Pues imaginemos ahora que ni siquiera tienen tíos ni tías, ni amigas ni compañeras de colegio que estuvieran cerca de sus madres. Hay quienes, además, tienen a la poca familia que les queda a muchos kilómetros. Está claro que nos necesitan.

              Pero no solo eso. Tal vez el mundo esté perdiendo un nuevo premio nobel que vaya a curar la enfermedad que nos azote en un futuro, o sea un nuevo Cervantes o, por qué no, una nueva Rosalía de Castro. Quizás estas criaturas tengan escrito en su destino ser los artífices de grandes descubrimientos para la humanidad, o consigan la ansiada paz en el mundo. No podemos permitirnos borrar ese destino que tenían marcado en las estrellas.

              ¿Y qué tenemos que hacer? Pues poca cosa, si comparamos con lo que conseguiremos. No tenemos más que comprar un décimo, o dos, o más, de esa lotería solidaria que la Fundación Soledad Cazorla nos trae cada Navidad para el sorteo de El Niño. Un décimo como este

              Es, además, el legado de una gran mujer, Soledad Cazorla, la que fue la primera fiscal de sala contra la violencia de género que nos dejó prematuramente, no sin antes haber dispuesto un legado para tan encomiable fin.

A mí, que soy fiscal como ella, me enorgullece especialmente contribuir con mi granito de arena a esta gran obra amadrinando un número. Y os animo, claro está, a que lo compréis.

Os daré mi aplauso si compráis a cualquiera de los números, pero si lo hacéis al mí, será con ovación extra. Una ovación extra que se une a la que doy a @madebycarol por contribuir, una vez, con sus maravillosas ilustraciones.

Aqui os dejo de nuevo el enlace. Y recordad que el 11822 es el número que, aunque no toque, toca

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert?s=09

#cuentosdeNavidad : Pequeña sabiduría


-¡Está abriendo los ojos! ¡Por fin!

-Gracias a Dios

         En la UCI pediátrica de un hospital de Valencia, un niño de apenas ocho años devolvía la alegría a su familia. O, al menos, parte de ella. Tras un tiempo de angustia, el niño recobraba la consciencia. El personal sanitario se unía a la familia en la celebración. Porque la historia de Miguel había conmovido a todo el mundo.

              Miguel paseaba por su abuelo, como cada tarde, por el pueblo valenciano donde vivían. De pronto, un torrente de agua incontrolable les sorprendió, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. El abuelo agarró al niño, al que ya le llegaba el agua al cuello, con fuerza y consiguió encaramarlo a un árbol valiéndose de uno de los coches que arrastraba la corriente. Sacando fuerzas de donde no tenía, aseguró al niño y le pidió que, pasara lo que pasara, no soltara esas ramas hasta que vinieran a por él. Apenas unos instantes después, desapareció, y nadie volvió a verlo. Miguel obedeció a su abuelo y se mantuvo agarrado con todas sus fuerzas hasta que un helicóptero le rescató. Estaba exhausto, magullado y tenía un fuerte golpe en la cabeza. Ingresó en el hospital, y permaneció inconsciente durante un interminable día y medio.

              Por suerte, el niño no tenía graves daños físicos. Lo de su mente ya era otra cosa. No recordaba nada, y los médicos, una vez le dieron de alta, recomendaron que le dejaran tranquilo

– Sé que es difícil, pero deberían llevarse a su hijo fuera de Valencia. Hagan un viaje que le entretenga para que se reponga. Poco a poco, irá asimilando lo sucedido. Pero tiene un trauma importante, y mejor no precipitar las cosas

             Los padres hicieron caso y, sacando fuerzas de flaqueza y gracias a la ayuda económica de unos y de otros, organizaron un viaje a Laponia. Verían a Papá Noel y su hijo, después de lo que había sufrido, tendría una alegría.

              Dicho y hecho. A principios del mes de diciembre ya estaban en un avión rumbo a la casa de Santa Claus. En ningún momento comentaron a Miguel nada de lo que había pasado, y evitaban cuidadosamente que le llegara ninguna noticia al respecto. Le dijeron que era un regalo por sus buenas notas, y que ya habían hablado con su colegio para que le permitieran faltar unos días más a clase. Miguel no podía saber que ya no había colegio, ni clase, ni nada. Y por supuesto, nadie debía hablarle de su abuelo, del que le dijeron que fue a pasar unos días a casa de su tía.

              No resultó nada fácil a los padres del niño disimular su pesar por la pérdida de su negocio y los daños en su casa, y el inmenso dolor por la muerte del abuelo, cuyo cadáver ni siquiera había aparecido. Lees costó un mundo fingir ante su hijo una alegría que no sentían. Pero el bienestar de la criatura lo merecía todo.

              Cuando llegaron a su destino, Miguel fue aupado en brazos de Santa Claus, como tantos otros niños. Quien representaba ese papel no sabía valenciano, que era lo que hablaba el niño, pero disimulaba muy bien. De haberle entendido, habría escuchado lo que dijo

– Santa, cuida de mi abu, allá donde esté, que seguro que puedes. No les quiero decir a mis papis que lo sé todo, porque se han esforzado tanto que me da pena ponerlos más tristes

             Después, le dijo algo más al oído, pero nadie puedo escucharlo. A sus padres les contó que le había pedido los juguetes que había escrito en su carta. No les explicó nada más.

              Cuando llegaron a la casa donde se alojaban, Miguel encontró un paquete con una nota que decía que Papá Noel había decidido traerle el regalo allí en vez de en su casa de Valencia. El niño abrió el paquete y sonrió

– ¡Un patinete eléctrico!, Justo lo que había pedido

               Sus padres se miraron y sonrieron aliviados. No podían saber que, a muchos kilómetros de donde se encontraban, Papá Noel había cumplido con lo que Miguel le pidió. El cuerpo de su querido abuelo había sido encontrado, por fin. Y cuando recibieron la noticia, los padres de Miguel se abrazaron, emocionados, tratando de que el niño no los viera. No podía saber nada

              Él, que les espiaba por una rendija, también se emocionó y trató de que no le vieran. No podían saber que él lo sabía todo. Y Papá Noel también.

Límites: las fronteras del Derecho


              No siempre es fácil determinar dónde están los límites, dónde están las fronteras entre el sí y el no, La delgada línea roja de que habla el cine, o la diferencia que vuelve el Azul oscuro casi negro. Y es que la vida, como el cine, está llena de charcos que hay que evitar, aunque no siempre se consiga.

              En nuestro teatro estamos constantemente bordeando límites para no pisar más charcos de los precisos. La que separa la absolución de la condena es la más conocida y la más obvia, pero hay otros momentos donde esas líneas se difuminan hasta hacernos dudar.

              Si duda alguna, una de las líneas más peligrosas y resbaladizas con la que nos encontramos en Toguilandia es la que hace referencia a la prueba. La sentencia o, en su caso, el auto de sobreseimiento acaba por tomar partido entre absolución o condena y para ello, las más de las veces, ha de decidir si el objeto del pleito se considera o no probado.

              Para considerar que algo está probado, por más que parezca una perogrullada, hay que tener pruebas. Pero tan importante como tenerlas es saber qué se considera prueba. Se suele decir, obre todo en ámbitos ajenos a Toguilandia que si se trata de la palabra de uno contra la de otro no hay prueba suficiente, porque sol hay versiones contradictorias. Y aunque eso puede pasar y pasa, sobre todo, en los juicios por delitos leves, no se puede hacer esta afirmación tan alegremente. El Tribunal Supremo ha declarado hasta la saciedad que el testimonio de la víctima puede tener virtualidad suficiente como para mandar al carajo a la presunción de inocencia siempre que se den determinados requisitos, cuales son, en resumen: verosimilitud, persistencia en la incriminación y ausencia de móviles espurios como resentimiento o venganza. Pero, además, hay otra cosa que es clara: el investigado tiene derecho a no declarar contra sí mismo, con lo cual puede mentir sin que por hacerlo le pasa nada; sin embargo, el testigo, si mintiera, podría ser inculpado de falso testimonio. Esto les pone en situaciones desiguales, sin duda. Y pese a que no siempre sen entiende cuando hay una víctima que declara ya no se trata de que no haya prueba son que hay una, la testifical. Como se valore en cada caso ya es harina de otro costal. Que la presunción de inocencia es lo que tiene.

              Directamente relacionado con ello, está la línea roja que separa el ser imputado de no serlo, declarar como testigo o hacerlo como investigado, una línea roja a la que ya dedicamos un estreno y que constituye una de las cosas más difíciles de nuestro trabajo.

              Otro de los límites importantes en nuestro escenario es la diferencia entre los que es delito y lo que no lo es, y sus límites pueden venir, como mínimo, por dos partes. Una, la que separa e ilícito civil del penal, y otra, la que diferencia entre el delito y la infracción administrativa. Sin olvidar, por supuesto la que delimita el delito leve del menos grave o, según la terminología anterior a la reforma de 2015, el delito de la falta.

              En cuanto al límite entre el delito leve y el menos grave, la cosa es sencilla cuando se trata de delitos contra el patrimonio. Cuando no hay violencia ni intimidación, que el objeto del delito sea superior a 400 euros o no lo sea, marca esta diferencia, que penológicamente puede ser muy importante. Más complicada resulta la diferencia cuando hablamos de cuestiones de matiz o de gravedad, como ocurre en las amenazas o las coacciones -fuera de la violencia de género- o en las mismas injurias. Habrá que ir al caso concreto y no siempre llueve a gusto de todos. Gajes del oficio.

              De otra parte, está la línea que separa el ilícito civil y penal, entre los cuales existe una línea que muchas veces es casi imperceptible. Diferenciar una estafa de un incumplimiento contractual puede ser complicadísimo. Toda una copiosa literatura judicial sobre las llamadas “querellas catalanas” da buena fe de ello. Además, esta línea es especialmente resbaladiza en supuestos de imprudencia profesional o de otro tipo

              Por último, hay que tratar la línea que divide el ilícito administrativo del civil. Porque además hay que recordar que la jurisdicción penal es siempre preferente y en cuando se conoce de la incoación de un proceso penal, debe cesar cualquier otro hasta que el pleito penal se resuelva.  Esta línea se traspasa cuando el ilícito de tráfico pasa de ser eso a convertirse en un delito imprudente, y también tiene mucha relevancia en relación con las infracciones disciplinarias. En cualquiera de los casos, no se puede olvidar el principio de negación de la doble incriminación o de non bis in idem

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero no haber traspasado los límites de vuestra paciencia. Si es así, negadme el aplauso. De lo contrario, aquí estoy.

Sin flitros: carta abierta un maltratador


Hoy en nuestro teatro un relato muy especial. La carta que una víctima escribiría a un maltratador. Es ficción aunque podría ser realidad. O quizás lo sea

(Relato incluido en mi antología Remos de plomo)

¿Querido? papá:

Me voy. Nos marchamos. No creo que nos vuelvas a ver, ni tampoco quiero
volver a verte. Por fin he encontrado el valor para hacerlo.
Pero no quiero irme sin decirte todo lo que tengo guardado dentro. Solo he
encontrado coraje para dejarte, pero no tanto como para decírtelo a la cara. Sí, soy una
cobarde, pero al fin y al cabo eso es algo que aprendí de ti.
No te quedes así. Por muy fuerte que te hayas creído siempre, nunca has sido
otra cosa que un cobarde, un triste y miserable cobarde.
Ya no me asustan tus bravuconadas, ni me estremecen tus lágrimas. Ya no me
queda corazón para compadecerte, ya todo me da igual.
¿Creías que no lo sabía? Pues entonces, además de cobarde, eres tonto. Espero
estar aún a tiempo de no haberme vuelto tonta yo también, aunque he estado cerca.
No sabes cuánto la echo de menos… Y ni siquiera he podido llorarla como toca.
Ni siquiera he podido contar a nadie lo que pasó. Incluso me costó verlo yo misma.
Sé que nadie va a comprender mi decisión, pero tampoco aspiro a ello. No es
fácil que nadie entienda cómo soy capaz de dejar a mi padre solo, sumido en la
depresión por la muerte de su esposa, mayor y enfermo. Pero nadie sabe que fuiste tú
quién la mató. Creo que ni siquiera tú lo sabes.
Ya sé que fue ella sola quien se tiró por la ventana, que tú no la empujaste. Y
que antes se había tomado montones de pastillas, y en otra ocasión la encontraron con
cortes en las muñecas. Pero ella no se quitó la vida. Ella ya no tenía vida, tú se la
quitaste antes.
Tú, que despreciabas la comida que hacía, las cosas que decía, los amigos que
tenía. Tú, que no parabas de decirle lo mal que lo hacía todo, lo inútil que era, la carga
que suponía. Tú, que a cada momento te lamentabas en voz alta de haberte casado con
ella, que fantaseabas en lo que hubieras podido ser de no haberlo hecho. Tú, que cada
día despintabas la sonrisa que a ella cada vez le costaba más lograr. Y tú, que finalmente
fuiste cambiando esos desprecios por empujones, y los empujones por bofetadas, y las
bofetadas por golpes. Y encima la llamabas torpe por caerse, la llamabas fea por tener
los labios hinchados, y el ojo morado, la llamabas inútil por no estar en condiciones de
atenderme.

Tú la echaste en brazos de esas copitas de anís que fueron nublando su vida y
durmiendo su desdicha. Y aún tuviste el valor de llorarla en su entierro. Ni siquiera la
dejaste sola allí. Sé que aún vas de vez en cuando a turbar su descanso al cementerio. Y
que la culpas de tu desgracia. Por Dios, déjala en paz. Sé que tus ramos de flores la
siguen asfixiando, allá donde esté.
Ya sé que a mí nunca me has puesto una mano encima, que nunca me insultaste,
que a tu modo me quieres, como quieres a tu nieta. Pero no quiero ese amor
envenenado. Me has hecho más daño quitándome a mi madre, porque nunca conocí
cómo pudo haber llegado a ser, ya que tú la habías matado antes. Hube de convivir con
un fantasma que era mi madre, pero no lo era. He vivido en un mundo de silencios, de
tristezas, de puertas cerradas con llave, he vivido ocultando botellas, tapando errores,
encubriendo historias. Y no quiero más.
Ni siquiera saldrás nunca en las noticias, ni pasarás por un Juzgado. Tu mujer se
suicidó. Tú te quedaste solo y deprimido. Y la desalmada de tu hija, encima, te
abandona, viejo y enfermo.
Pero ya no más. Mi hija, que no ha tenido padre porque yo fui incapaz de
convivir con alguien sin verte a ti, no vivirá este infierno. No, si yo puedo evitarlo. No
la voy a condenar a un mundo de silencio, de puertas cerradas con llave, de visitas al
médico, de botellas de anís y de tranquilizantes.
Quiero que sea todo lo feliz que no lo fue su abuela, ni su madre, ni siquiera tú.
No la volverás a ver. Y, cuando sea mayor y me pregunte por sus abuelos, le enseñaré
esta carta. Y espero que por fin ella viva en un mundo donde no existan personas como
tú.
Hasta nunca.

Tu hija.