Prolongación: el tiempo que necesitamos


              Hay quien sostiene que las cosas duran los que tienen que durar, pero no siempre es así. Hay veces que se pasan y veces que no llegan, como ocurre también con el cine y el teatro. Hay películas que se hacen eternas, aunque no duren más de una hora, y otras que no se hacen largas en absoluto. Entre ellas, siempre recuerdo las grandes producciones clásicas como Lo que el tiempo se llevó o Ben Hur, pero también hay películas actuales que se encuentran en el mismo caso, como The Brutalist.

              En nuestro teatro, el tiempo es un factor importante. Tanto, que hay un dicho que reza que “la justicia lenta no es justicia”, y tiene toda la razón. Porque esos procesos que se demoran en el tiempo hasta la extenuación difícilmente suponen una reparación, aunque sean conforme a las pretensiones de la parte.

              En otro estreno hablábamos de la duración de los informes, haciendo referencia a la vertiente temporal consistente en el tiempo que empleamos para hacer un informe o un dictamen oral, y recalcando que hay de todo, como en botica. Hay quine se pasa y quine no llega, y también como siempre, en el punto medio está la virtud. Lo difícil es, claro está, encontrarlo.

              Pero de lo que iba a hablar hoy en nuestra función era del tiempo que transcurre desde que se inicia una causa hasta que se termina y también de la duración de las vistas en sí mismas.

              Si de juicios hablamos, encontramos de todo. Ya conté en el estreno dedicado a nuestros propios récords, que el juicio más corto que he celebrado duró exactamente 33 segundos, aunque hubo quine entonces me dijo que los había visto incluso más breves. Y es que nada es imposible.

              También citaba entonces algunos de los más largos de los que guardo memoria en mi tierra, como l de “las niñas de Alcácer” o el asunto del accidente del metro, que, entre archivos y reaperturas, se resolvió tras la friolera de 13 años tras los hechos. Saliéndome de mi universo patrio, puedo aludir a lo que tarda muchos casos el Tribunal Constitucional en resolver hasta el punto de que, como ocurrió con el aborto, cuando se iba a decidir sobre su constitucionalidad, ya había sido sustituida esa ley por otra. Y es que en casos como esos ni siquiera se puede aplicar el dicho de “más vale tarde que nunca”.

              La cuestión es que, lo queramos o no, nuestra justicia tiene fama de lenta. La lentitud de la justicia es el lugar común que todo el mundo le atribuye, sobre todo quienes viven fuera de Toguilandia. En ocasiones, esta afirmación no es del todo justa, porque en los juicios rápidos que se celebran en las guardias, por ejemplo, los asuntos se resuelven el mismo día o el siguiente en el que se producen o, como mucho, en una semana, cuando se trata de partidos judiciales más pequeños que celebran el denominado “octavo día”. Y, dicho sea de paso, a veces es incluso mejor, especialmente cuando se trata de delitos contra la seguridad vial por ingesta de bebidas alcohólicas, ya que algunos de nuestros angelitos llevan una melopea tal que en un día no es fácil que se les haya pasado. Aunque, bromas aparte, los juicios rápidos han sido un gran avance.

              Lo que ya no es de recibo es que cuando en estos juicios no hay conformidad, se acaben señalando a muchos meses vista, porque la ley prevé que deberían hacerlo en menos de un mes. Pero ya sabemos, los medios -o, mejor dicho, la falta de ellos- son los que son.

              Con mucha más frecuencia de lo que sería deseable, leemos quejas de profesionales que ven cómo sus asuntos se señalan a varios años vista por problemas de colapso de agenda. Y es algo tan penosamente habitual, que a día de hoy la atenuante de dilaciones indebidas es una de las que más se utilizan. Hasta el punto de que empezó considerándose una atenuante analógica y pasó a tener su formulación específica entre las atenuantes.

No obstante, no se puede generalizar. Hay órganos jurisdiccionales que no tiene n retraso alguno -juro que existen- y hasta pudo ciar un ejemplo de una sala a la que, en la última inspección, les dijeron, medio en broma medio en serio, que si corrían tanto el resto de compañeros le cogerían manía. Y es que hay que reconocer también que hay tan buenos profesionales que, con tener unos medios medianamente razonables, hacen maravillas. Verdad verdadera.

Y ahora, la que no se va a exceder de duración voy a ser yo, no vaya a ser que en ve de aplauso me caigan tomates. Y eso sí que no, que esas manchas no se van fácilmente de la toga.

 Frikismo: rarunos y otras especies


Según el diccionario, friqui -o friki- es alguien extravagante, raro o excéntrico y, coloquialmente, una persona pintoresca o extravagante. Pero el frikismo tiene una gran relación con el mundo del cine y de la televisión. No en balde, e día del orgullo friki se celebra el 25 de mayo, con el motivo del lanzamiento de la película La guerra de las Galaxias, una ficción muy significativa para la comunidad friki. Además, las series de televisión están llenas de adorables -y no tanto- frikis, como los protagonistas de la inolvidable Big Bang Theory y, por supuesto, su secuela, El joven Sheldon.

              En nuestro teatro podríamos entender que no hay frikismo, o entender que todos y todas en Toguilandia tenemos mucho de eso, según se vea. Pero vayamos por partes.

              En primer lugar, no puedo olvidarme de esas personas que son parte de nuestro mundo y llevan a gala ser fans de Star Wars hasta la locura. Y citaré a dos de ellas a las que tengo especial cariño: Loreto Ochando, periodista de tribunales, y Yolanda Álvarez, abogada, compinche y mucho más, cuya pasión llega hasta el punto de hacerse llamar Princesa Leia en la red social X, antes Twitter.. A ambas va dedicado especialmente este estreno.

              Pero, además de esas personas que cumplen con el primer mandamiento de frikismo, la devoción por la Guerra de las Galaxias y todo su mundo, podemos ver, a poco que rasquemos, alguna que otra manifestación más de frikismo.

              Así, si partimos de la palabra “friki” como sinónimo de extraño o extravagante, podríamos decir que en nuestro escenario tenemos un filón. A poco que pensemos, seguro que nos vienen a la cabeza muchos personajes que tienen tantas peculiaridades que encajaría a la perfección en el concepto.

              Por un lado, están los locos y locas de los Códigos y las sentencias, esos que son capaces de recitarte el Código Penal o el Código Civil o de encontrarte la sentencia adecuada a cada caso en un nanosegundo. En realidad, es aquello en lo que nos convertimos mientras estudiamos las oposiciones, y que luego se convierte en una parte de nuestro carácter. Ya he contado muchas veces que todavía no me he quitado algunas taras de la oposición, y m consta que no soy la única. Yo todavía sueño de vez en cuando que el ordenamiento jurídico me aplasta, y eso supongo que me convierte en una friki de primera clase. ¿O no?

              Aunque más de una vez el frikismo viene de otras partes de estrados. En la realización de nuestra profesión, nos encontramos muchas veces con investigados y testigos cuyo aspecto ya denota por sí mismo que pertenecen a uno de esos colectivos rarunos que también entrarían en el concepto de “friki”.

              Así, me he encontrado con testigos cuyo look recuerda al de los comics Manga, con sus coletas, sus zapatos enormes, y sus calcetines hasta las rodillas, junto con un maquillaje de los más peculiar. También me he encontrado a alguna chica gótica, con su ropa, su maquillaje y sus uñas negras, y a este respecto lo más curioso fue la cara de asombro -por decirlo de algún modo- del magistrado que la tenía ante sí, un señor mayor con la jubilación ya muy cerca que no daba crédito a lo que veían sus ojos y que no dejaba de mascullar que la gente ya no tenía respeto para venir a los juzgados.

              Sin embargo, cuando de investigados se trata, en cuanto se ven con el agua al cuello se olvidan de cualquier extravagancia y tratan de ser lo más discretitos posibles para no causar mala impresión al tribunal, no vaya a ser que se topen con un magistrado como el que contaba antes.

              Confieso que a mí más de una vez me gustaría tener mi espada láser para poder usarla a mis anchas, pero no hay manera. Y, aunque mis moños de fallera tienen cierta similitud con el peinado de la Princesa Leia, tampoco me he atrevido nunca a ir con ellos al trabajo. Aunque nunca sabe.

              Y con esto acabo por hoy. Por supuesto, deseándoos que la suerte os acompañe y dedicando el aplauso a todas esas personas que no tienen problema en salirse de los moldes convencionales. Porque todo el mucho tenemos una parte friki.

#Relato: Regreso al pasado


(Comienza con una adolescente cargando con una vieja maleta)

  • ¿Qué es esto, mamá?
  • ¿De dónde lo has sacado?
  • Estaba en el trastero. Me ha caído encima cuando buscaba cosas viejas con qué disfrazarme…
  • Tíralo –imperativa- Tíralo a la basura inmediatamente
  • Pero… Me gusta –abre la maleta y saca una prensa de ropa gastada- Me puede servir
  • Tíralo –dice con menos energía- Por favor…

La niña ignora el ruego de su madre. Continúa sacando objetos de la maleta. Un abrigo y un jersey viejos, unaas botas,varias prendas de ropa interior anticuadas y muy gastadas, algunas fotos antiguas, un rudimentario botiquin con vendas, un frasco de mercomrina reseco y unaas pastillas sin identificar, y un sobre lleno de papeles amarillentos. – ¿Qué pasa mamá?. ¿Estás llorando?

  • Que va, Algo se metió en el ojo
  • No es verdad. Lloras. A mí no me engañas. ¿Qué tiene esta maleta?
  • ¿De verdad quieres saberlo?
  • Sí, por favor. ¿Qué es?
  • Esa maleta es mi pasado. Ni más ni menos
  • ¿Tan pocas cosas?
  • Está llena de cosas que no se ven, ni se pueden tocar. Está llena de dolor
  • ¿Dolor? ¿Y por qué nunca me lo has contado?
  • Si tú quieres… No lo hice antees porque eras demasiado pequeña, y era demasiado horrible. Pero tal vez ha llegado el momento de que sepas la verdad.

Es cierto que nací en un pueblo pequeño de un país a muchos kilómetros de aquí. Y cierto es también mi nombre de pila, casi lo único cierto de la hitoria que inventé para ocultar la realidad.

Llegué aquí sola, después de dar muchas vueltas por lugares que no conocía y cuyo nombre nunca llegaré a saber. Me captaron en mi país, con la promesa de un trabajo que nunca llegó. Iba a ser secretaria, o recepcionista, o algo así. La necesidad de salir de allí y el hambre que pasaba mi familia hicieron que me agarrara a aquella oferta como a un clavo ardiendo. Me creí a pies juntillas todo lo que me dijeron, y me embarqué en un vuelo sin retorno hacia el infierno.

  • ¿Hacia el infierno?
  • Tal cual. La amabilidad de aquel hombre que me ofrecia trabajo se acabó en el mismo momento en que el vuelo despegó. A partir de entonces, tanto a mí como a las otras chicas con las que viajaba, nos trataron como una basura. Tanto, que llegué a creer que solo era eso, una basura.

Nada más llegamos a tierra firme nos metieron en una camioneta y nos llevaron a una casa en medio de la nada. Nos obligaron a desnudarnos y nos manosearon para comprobar la mercancía. Hasta los dientes, como si fuéramos caballos. A una chica menuda que no paraba de llorar le dieron bofetón tan fuerte que se golpeó contra el suelo. Se la llevaron de allí, inconsciente. Y nos advirtieron que eso era lo que nos esperaba si protestábamos o desobedecíamos

  • ¿Y ella?
  • Jamás la volvimos a ver. A continuación sacaron un papel con una ristra de números, donde se suponía que constaba nuestra deuda con ellos. Por el billete de avión, los papeles y no sé cuantas cosas más. La cifra era imposible de pagar, y nos dijeron que les pagaríamos trabajando. Y que se quedaban nuestros pasaportes como garantía hasta que pagáramos nuestra deuda
  • ¿trabajando de qué?
  • Ya te lo puedes imaginar. En ese momento supimos que no seríamos secretarias ni recpecionistas. Por si teníamos dudas, nos dieron nuestros “uniformes”, unos pedazos de tela de raso y encaje barato
  • Qué horror, mamá
  • Cada día era peor que el anterior. En la casa se turnaban para violarnos, y por la noche nos trasladaban a un club de alterne donde tipos babosos nos usaban como si fuéramos objetos. Al principio, ttataba de soportar aquello del modo menos malo posible, pensando en ganar el dinero suficiente para saldar mi deuda y largarme de alli. Tardé un tiempo en darme cuenta que aquello era imposible. A la hipotética deuda se sumaban intereses, e intereses de intereses y cada vez era mayor.
  • ¿Y no podias escapar?
  • Me amenazaron con matarme y, cuando ya me dio igual porque la muere era mejor que vivir así, comenzaron a amenzarme con matar a mi familia. Hubo una chica que trató de escapar y la cogieron y le pegaron una paliza de la que tardó en recuperarse varios meses. Al cabo de un tiempo, le enseñaron un recortee de periódico de nuestro país. Su hermana pequeña había sido encontrada muerta “en extrañas circunstancias”
  • ¿Y a tu familia?
  • No les hicieron nada, que yo sepa. Yo estaba tan asustada que obedecía a todo lo que me decían, me acostaba con tantos tipos babosos cuantos tocaba, accedía a tener relaciones con ellos cuando querían. Llegó un momento en que yo misma me daba más asco que todos ellos juntos. Quise quitarme la vida, pero me tenían vigilada. Hasta conseguí unas pastillas, ésas de la maleta, y pensaba tomármelas en un descuido que nunca llegó. Hasta el día que cambió todo
  • ¿Qué paso?
  • Me quedé embarazada. Tuve la suerte de que me permitieran quedarme al niño, de que no mme obligaran a abortar como hicieeron a otras compañeras. Pero lo que creía que era un pequeño descanso, fue un desgarro más. Me enseñaron al niño y, acto seguido, me dijeron que se lo llevaban, que ya tenían la venta apalabrada. No pude hacer nada. Nada –llora sin parar-
  • Continué haciendo aquel asqueroso trabajo, por llamarlo de algún modo, como una autómata,, un día tras otro, de un club a otro, sin sentir apenas otra cosa que asco de mí misma. Hasta que volví a quedarme embarazada. Notaba las patadas del bebé dentro de mí y, en vez de restarme energía, era como si me la insuflara poco a poco. Y conseguí huir
  • ¿Cómo?
  • Estudié el recorrido que hacíamos, esperé el día propicio y embauqué a nuestro carcelero, que nos acompañaba a todas partes, mientras le hacían efecto aquellas pastillas que guardé y le puse en un vaso de whisky. Me tiré en marcha de la furgoneta cuando cruzábamos un pueblo, y corrí y corrí, y grité y grité. Fue tal el alboroto que decidieron no bajar a buscarme. Al menos, entonces. Por una sola vez en mi vida, la fortuna me sonrió en forma de una buena persona que me llevó a la comisaría.
  • ¿Y no te persiguieron?
  • Pacté con la policía, les proporcioné toda la información que tenía. Pasé mucho tiempo escondida mientras tus patadas dentro de mí me seguían dando fuerza. Y en otro sitio, en otro lugar, empecé una nueva vida, aunque cada noche revivía aquella vida antigua que todavía puebla mis pesadillas. Por eso…
  • Por eso me llamaste Libertad

Cierra la maleta y abraza a su madre. Juntas la agarran y la lanzan lo mása lejos posible

Anís: un nuevo compañero


Son muchas las películas y series protagonizadas por animales y, en concreto, por perros. De Rin tin tin a Rex, de Beethoven, uno más en la familia a Mira quién habla también, pasando por La dama y el vagabundo, 101 dálmatas o el inefable Pluto de Disney, son muchos los canes que pueblan nuestro imaginario colectivo. Y, cómo no, nuestros referentes audiovisuales.

En nuestro teatro no podíamos ser menos, desde luego. Ya dedicamos algún estreno a perros reales, como Peseta, el `perro que ayuda a los niños en juicios, o ficticios, como Salomón, el perro que simboliza esas peleas tan absurdas por las custodias. Pero hoy traemos a un ser canino muy especial que, a partir de este momento, va a formar parte de la fiscalía de Valencia en particular y de la Administración de Justicia en general. Porque ya era hora.

¿Quién es este protagonista? Pues nada más y nada menos que Anís, el perro guía de mi amigo y compañero -por ese orden- Héctor , el primer fiscal invidente en nuestra historia, que ya tuvo su propia función en nuestro teatro.

Aun sin saberlo, ya hacía tiempo que esperábamos a Anís. Héctor hacía tiempo que lo tenía solicitado y quienes le queremos hacía tiempo que deseábamos que este momento llegase, por lo que supone de independencia para él, y de verdadera inclusión para todo el mundo. Bien está que una institución como la nuestra, que lucha por la igualdad, pueda ser un referente a la hora de poner en practica las medidas para hacerla real y efectiva. Y eso es lo que significa Anís.

Pero, más allá de la parte jurídica de la cuestión, me gustaría hablar de la parte humana, por más paradójico que resulte tratándose de un perro. Tal vez Anís no lo sepa, pero quien es hoy ya su dueño, ha pasado una temporada de los nervios entre la ilusión de integrarlo en su vida y el miedo a no conseguirlo. Me llegó a decir que lo pasó casi peor que para aprobar el examen de la oposición, y no me extraña. Y seguro que a Anís tampoco porque no hay más que mirarlo para darse cuenta de que es un perro muy listo, Listísimo. Además de bonito a rabiar.

Hemos recibido a Anís con los brazos abiertos, como no podía ser de otra manera. La mañana de su llegada, todos y todas las compañeras de la fiscalía de Valencia encontrábamos en el correo una nota de servicio de la fiscal jefa dando la bienvenida al nuevo compañero. Y en el poco rato que he podido estar con él -me hubiera quedado toda la mañana, pero hay que trabajar- he visto llegar a varias compañeras dispuestas a conocerlo y saludarlo.

Por supuesto, las cosas no aparecen de la nada. La llegada de Anís no ha sido fruto de la magia ni de la suerte. La implicación de la ONCE, de una parte, en que un compañero invidente pueda ejercer su trabaja con igualdad a la que tiene derecho, y de la Fiscalía, por otro, para hacerlo posible, han dado como resultado esa estampa tan especial. La imagen de Héctor, con su toga, Anís con su arnés, y la justicia con su balanza a plena rendimiento,

En este día tan importante para ellos, Anís y su dueño no estaban solos. Con ellos estaba su instructora, Pilar Legido -Pipi, para los amigos- dispuesta a ayudarnos a familiarizarnos con la situación y con Anís. Para empezar, acabando con una leyenda urbana que todo el mundo tenía interiorizada, la de que no se puede tocar a los perros guía. Pues sí, se les puede acariciar, siempre y cuando no estén trabajando, es decir, cuando están sentados descansando o no están realizando su labor de guía. También nos ha dicho que no es conveniente distraerlo cuando está guiando a su dueño, porque ha de concentrarse en lo suyo. Como cualquiera de nosotros, vaya, aunque a veces se nos olvide.

Yo he acariciado a Anís y pienso seguir haciéndolo. Porque es un perro precioso que me tiene enamorada, porque realiza, como todos los perros guía, una labor fantástica, y porque es un orgullo para mí que mi fiscalía sea la primera en la Administración de Justicia en dar un paso tan importante.

No obstante, no me olvido de que estamos en Toguilandia, y aquí hablamos de hecho, pero también de Derecho. Y hay que recordar a todo el mundo que la jurisprudencia tiene declarado que los perros guías son una prolongación de su dueño, y, por tanto, no se los puede prohibir ni restringir la entrada en ningún sitio adonde su propietario vaya. Tanto es así que ya existen casos de condenas por delito de odio a quienes se han negado a que suban a un coche o a que entren en algún local. Así que, aviso a navegantes. Por si las moscas.

Aunque seguro que este aviso no hace ninguna falta. No creo que nadie en su sano juicio -nunca mejor dicho- pueda negarle algo a Anís. Porque solo con mirarte, te desarma. Os invito a que lo comprobéis personalmente y, si no podéis, en la imagen que ilustra este post.

Y con esto, bajo el telón por hoy. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, más que obvio. Que va dedicado, sin duda, a Anís, pero también a su deño, a su instructora, y a esa familia que lo ha tenido en acogida hasta que ha tenido la madurez para formarlo. Todos ellos son las piezas de un puzle que, unidas, forman la imagen de igualdad a que todas las personas aspiramos. O deberíamos aspirar.

 Religión: más que creer


En estos días en que tantos ríos de tinta y horas de emisión se han gastado con la muerte de un Papa y el nombramiento de su sucesor, nos damos cuenta de la importancia de la religión en la vida, se crea o no Y, cómo no, en las artes. El cine estrenó no hace mucho Cónclave, una película que no puede ser más adecuada a las circunstancias, aunque existían ya otras sobre el tema, como Las sandalias del pescador o los dos Papas. Aunque también otras religiones obran protagonismo en las pantallas, como ocurre en películas como Ghandi, La semilla de la higuera sagrada y muchas más.

En nuestro teatro, la religión juega un importante papel, aunque pueda no parecerlo porque desde la Constitución de 1978 el Estado es no confesional. Pero todavía quedan reminiscencias de aquello, si bien ahora hay que unir a la religión católica -o cristiana en general- otras que son igualmente objeto de protección. Porque el verdadero bien jurídico es la libertad religiosa.

En una época pasada, cuando el Estado si tenía confesión, la católica, había un catálogo de delitos que se referían específicamente al ultraje de sus dogmas, como era el caso de la blasfemia. Ahora se han convertido en delitos contra los sentimientos religiosos y protegen la práctica -o la no práctica- de cualquier religión, aunque en la práctica el porcentaje de causas incoadas por esta vía se refieren al cristianismo. Puede que tenga que ver la existencia de un grupo de abogados que se dedican concretamente a estos menesteres, pero es solo una teoría, claro está.

A este respecto, son conocidos algunos casos como los de la llamada procesión “del coño insumiso” o las diligencias abiertas contra un presentador de televisión por sus bromas acerca de la antes llamada Cruz de los Caído, o la de otra presentadora con una estampita de la vaquita del Gran Prix, que fueron archivadas. También fue en su día conocida la condena de un artista por su modo de plasmar la imagen de Jesucristo. De todo hay en la viña del Señor, nunca mejor dicho. Aun cuando, según parece, soplan nuevos vientos para este tipo de delitos y hay en ciernes una reforma que no sé en qué acabará. Y es que nuestro peculiar modo de meter el dedo en la llaga como Santo Tomás no es otra que la publicación en el BOE. Y a ella habrá que esperar.

Especialmente curioso es, en sede de estos delitos, el de profanación de sepulturas. Si la gente conociera los casos de ritos satánicos y cosas curiosas que aparecen de vez en cuando en los cementerios, alucinaría. Como alucinamos en Toguilandia cuando no encontramos con uno de estos casos. Que no son muchos, pero haberlos haylos. Como las meigas.

No obstante, no es este capitulo el único caso en que el bien jurídico religión resulta protegido. También lo está con toda claridad en la regulación de los llamados delitos de odio . Y digo llamados porque como ya conté en su día, no hay ningún precepto de nuestro Código Penal donde los llame así expresamente, aunque sepamos de qué se trata más que de obra.

 En este apartado sí que aparecen infracciones referentes a diferentes religiones, aunque no sea el motivo de discriminación por el que existen más denuncias. Hay casos en el que la religión viene íntimamente ligada a una cultura o un origen geográfico, étnico o nacional, como sucede con el antisemitismo o la islamofobia. En el primer caso, el motivo es expresamente citado en nuestro Código, en el segundo no lo es, pero tiene cabida en la discriminación por religión, y, en su caso, también por origen nacional o incluso por racismo. Habrá que ver si con el tiempo acaba teniendo mención expresa.

En otros casos, es la religión sin más connotaciones la que da lugar al delito de odio. Yo me encontrado con casos en que la religión discriminada era la de los testigos de Jehová, por ejemplo.

Pero como no solo de Derecho Penal vive el jurista, recordemos también las implicaciones de la religión en otros ámbitos del Derecho, Particularmente ocurre con el Derecho de Familia, ya que son varios casos en los que se reconoce la validez de matrimonios celebrados con los ritos de otra religión, además del conocidísimo y tradicional supuesto de los efectos civiles del matrimonio canónico. Y, correlativamente a esto, la posibilidad de reconocer efectos, si concurren los requisitos, a las sentencias de nulidad canónica.

Por supuesto, esto es lo que ocurre en nuestro teatro, En los escenarios de otros países, la cosa cambia totalmente y tenemos muchos ejemplos de estados que se rigen por la religión o, mejor dicho, por una determinada interpretación de la religión que choca con los Derechos Humanos tal como los conocemos. Pensemos en lo que ocurre en Afganistán o en Irán, sin ir más lejos.

Así que, aunque parezca que no, la religión nos afecta, no lo podemos negar. Como no podemos negar el aplauso a quienes aplican los preceptos que regulan la libertad religiosa sin sombra de sectarismo y desde la perspectiva de los Derechos Humanos. Porque es lo que toca

Innominados: delitos sin nombre


              Es importante conocer las cosas por su nombre, pero, aunque es lo común, no siempre ocurre así. En su día ya cantó Bob Dylan que El hombre puso nombre a los animales, pero no solo a ellos, sino a todas y cada una de las criaturas, y también de lo demás. Aunque a veces, pueda haber cosas que queden innominadas, como contaba aquel musical que ya forma parte de la historia del cine, La leyenda de la ciudad sin nombre u otros títulos como La calle si nombre o Los sin nombre.

              En nuestro teatro nos encanta poner nombre a las cosas. Nos cuesta reconocer delitos o figuras jurídicas que no tengan denominación hasta el punto de que, cuando no lo tienen, enseguida les buscamos un apelativo, como ocurre con los denominados contrataos innominados que, al menos cuando los estudié en la oposición, en realidad sí que tenían nombre, aunque carecieran de regulación específica. Y es que en Toguilandia somos especiales.

              Como ya hemos comentado algunas veces, en muchos casos el divorcio entre las denominaciones populares, gramaticales o coloquiales y las jurídicas dista un mundo, Y luego la gente se arma los líos que se arma, Por no hablar de los opinólogos varios, que tanto me dan que hablar en nuestras funciones. Así que ha llegado el momento de aclarar algunas cosas. Seguro que hay quien se lleva más de una sorpresa.

              Así, en estos días en que tanto se ha hablado de un posible sabotaje en el caso del robo del cobre que armó la de San Quintín en las líneas ferroviarias, es interesante saber que el sabotaje como tal no se regula en el Código Penal, porque en ninguno de sus artículos se usa ese vocablo. Lo cual no quiere decir que sea impune, sino que hay que encajarlo en alguno de los delitos que sí se regulan, como los daños, los desórdenes públicos o incluso las coacciones, según los casos.

              Otros términos que también es de uso común, sobre todo en películas, pero que el Código ignora, es el soborno, que no tiene regulación concreta y se habrá de encajar en figuras como el cohecho o las amenazas condicionales. Y otro tanto existe con el chantaje.

              Tampoco existe la difamación, a pesar de que los medios de comunicación lo usan constantemente. Se trataría de injurias o calumnias y, de no ser delito, de vulneraciones de derecho al honor, aunque no suene tan glamuroso

              Un caso parecido es el del perjurio, que les encanta en las serie americanas de juicios pero que no existe en España. Lo que existe es el falso testimonio, cuando de testigos se trata, pero es imposible que existe el perjurio por cuanto que no hay obligación de jurar, que desde hce mucho se da a elegir entre jurar o prometer.  Y más claro aún es el caso de los acusados que, como tienen derecho a no declarar contra sí mismos y no han d declarar bajo juramento, pueden decir impunemente mentiras tan grandes como catedrales. Aunque haya señorías que se enfaden por ello. Y no les falte razón en más de un caso.

              Otro grupo de delitos sin nombre vendría dado por los homicidios o asesinatos de determinadas personas. Ya no se regula expresamente el parricidio, que gramaticalmente sería matar al padre pero que para el Código anterior era matar a cualquier pariente, pero eso no significa que este hecho no se castigue del modo más duro posible. Tampoco hay referencia expresa al infanticidio, que para el diccionario es matar a un niño pero que el Código del franquismo definía como la muerte de un  recién nacido por su madre para ocultar su deshonra por lo que le anidaba una condena muy reducida. Hoy matar a un niño es un asesinato como la copa de un pino. Como debe ser.

              De otra parte, y aunque haya quien crea lo contrario, no hay punición expresa del feminicidio. Matar a una mujer es igual de reprochable que matar a un hombre, y dependerá de las circunstancias que ese homicidio o asesinato se grave por alguna razón, aunque entre esas circunstancias se encuentra también la agravante de género desde 2015, y la de sexo desde mucho antes.

              Caso parecido, aunque no igual, es el del magnicidio, que, sin regulación concreta, sí qu tiene su reflejo cuando existen tipos agravados para los atentados contra determinados cargos del Estado.

              El siguiente paquete de delitos sin nombre vendría dado por aquellos respecto de los cuales popularmente se usa el nombre anglosajónbarbarismo – como stalking, grooming, bullyng o sexting, que han entrado a formar parte de nuestros delitos pero sin emplear el anglicismo. Me atrevería a decir que por fortuna.

              Caso especial es el de la llamada okupación cuya regulación para nada coincide con lo que nos venden -y asustan- en medios de comunicación. Y, por supuesto, el nombre es más pomposo pero menos ilustrativo: usurpación de inmueble.

              Supuestos peculiares son esos casos en que la palabreja popular no se usaba y se introduce de golpe en el Código encajándolo como una pieza de puzle forzada. Algo así pasó con términos como violación o secuestro.

              Y por último, algo que mucha gente no sabe. Hay delitos archiconocidos a los que el Código no se atreve a nombrar, aunque si los castiguen. Y eso pasa con figuras tan conocidas como los delitos de odio o la violencia de género. Ni un solo artículo del Código Penal emplea esos términos, por sorprendente que parezca. O no

              Hasta aquí ese breve repaso. Seguro que hay más casos, y os animo a que me lo conteis, y os leo en comentarios, como dicen las influencers. Mientras, saco a pasear el aplauso. Aunque mejor me lo guardo para cuando decidan que la gramática y el Derecho hagan las paces. Que ya es hora

 Protagonismo: togas bajo el foco


              Hay muchas películas y series donde jueces y fiscales son protagonistas. Y es que los asuntos que se ventilan en justicia siempre son muy atractivos, y quienes los protagonizan también tienen su momento de gloria. El juez, La fiscal Chase, Juzgado de guardia y muchas más son buen ejemplo de ello.

              En nuestro teatro, gusten o no gusten los estrellatos, cada vez es más frecuente que los profesionales nos veamos bajo los focos mediáticos. Y no siempre es fácil de llevar. O es directamente difícil.

              En los últimos tiempos estamos atravesando una fase de protagonismo judicial exacerbado. Los jueces -y las juezas, pero no tanto- se conocen con nombre y apellidos o por el nombre de la causa que están llevando. Se habló en su día de la jueza del metro, como se habla ahora de la jueza de la dana. E igual es cosa mía, pero tengo la sensación que cuando Sus Señorías pertenecen al sexo femenino, cuesta más ponerles nombre que si se trata de varones. Pensemos si no cómo rápidamente se conoció por su apellido al juez que instruye la cusa contra el Fiscal General del Estado, o la que se dirige contra la mujer del actual presidente del Gobierno.

Tal vez sea una excepción el caso de la jueza que conocía de los ERES, cuyo outfit, gafas de sol y troller incluidos, eran objeto de repetidos comentarios, y no siempre jurídicos. Algo que no suele ocurrir cuando de hombres togados hablamos. Pues bien, de ella sí se conocía el nombre y apellidos. Ahí lo dejo.

En cualquier caso, otra de las cosas que resultan, cuanto menos, lamentables, son las insinuaciones, cuando no directamente afirmaciones, de que una jueza no es capaz de dictar una resolución por si misma sin la ayuda de su togado maridito. Y está pasando. No hay más que echar un vistazo a algunas informaciones para darse cuenta. Y para echarse las manos a la cabeza y las gafas moradas a la basura.

Lo peor es que no es la primera ni creo que sea la última. Recuerdo muchos casos de cuestionar a mujeres fiscales o, directamente, de denostarlas, simplemente por la relación de pareja que tienen, como si esa fuera la única razón para llegar adonde hayan llegado en vez de hacerlo por su propios méritos. Y esa es otra cosa que no suele pasar a los hombres.

Pero no siempre estamos en el foco mientras ejercemos nuestro oficio, aunque sea por causa del mismo. Ya conté otra ocasión el delito de odio -ya con condena firme- de que fui víctima y, por desgracia, no es el único caso. También basta con mirar la prensa para saberlo.

En este punto me acuerdo del acoso a que fue sometida un juez por parte de un colega, otro asunto que ha quedado finiquitado a favor de ella, pero nadie le devuelve el tiempo que pasó angustiada y las consecuencias sufridas. Una cara poco agradable de Toguilandia que también es necesario conocer.

Además de todo esto, está el tema de los jueces estrella , los que ya dediqué un estreno. Y de los que, sin ser exactamente estrellas, son mediáticos porque parecen con frecuencia en los medios de comunicación explicando los temas sobre los que les preguntan. Porque hacer pedagogía no está nada mal, sino todo lo contrario. Yo misma trato d hacerlo siempre que puedo, y espero conseguirlo. Aunque haya a quine estas cosas no les gusten y prefieran que sigamos en nuestra torre de marfil

Solo he puesto algunos ejemplos de casos y personas conocidos, pero podríamos seguir con  los jueces y fiscales del Procés y con mucho más. Pero por hoy, aquí lo dejo. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, que es para todas aquellas personas toguitaconadas que saben donde tienen que estar en cada momento. Espero estar incluida en ese grupo.

Luz: sin ella, el caos


            Que no podemos vivir sin electricidad es un hecho. Aunque es un invento relativamente reciente en la historia de la humanidad, ahora resulta imprescindible. Desde que nuestros antepasados fueran En busca del fuego, siempre hemos ido en busca de Un rayo de luz, aunque sea una Luz que agoniza. Y El gran apagón es algo bien temido, de lo cual da, como no, buena muestra el cine.

            En nuestro teatro, sobre todo en los últimos tiempos, una eventual falta de corriente eléctrica es sinónimo de desastre. Cualquier corte de los sistemas informáticos, que hoy se han tornado imprescindibles en nuestro día a día, nos lleva a quedar bloqueados. Parece mentira que no hace tanto tiempo nos apañáramos con las máquinas de escribir y el papel de calco, cuando no, directamente, de la escritura a mano.

            Pero resulta que lo que solo era una eventualidad, pasó. Y nos encontramos, de repente, con que un gran apagón dejó a oscuras a toda la Península Ibérica por varias horas. Y no solo a oscuras, claro esta, sino faltas de cualquier atisbo de uso de aparatos eléctricos, que, hoy en día, son todos. Y, para acabarlo de arreglar, los sistemas de telefonía se unieron al caos y decidieron hacer huelga de cables caídos.

           La cosa es peor de lo que una a priori imagina. Nos hemos vueltos tan dependientes del móvil, el whatsap, la mensajería de cualquier tipo, el correo electrónico y los sistemas informáticos varios que sin ellos no sabemos hacer nada. O no podemos.

            Porque, aunque lo primero que se le viene una a la cabeza es pensar que, al no poder traer detenidos a la guardia, ni despachar informes, ni nada de nada, lo mejor sería quedarse en casita, nada de eso. Y es que, mira por dónde, no hay manera de avisar si pasa algo como el advenimiento de la amenaza zombi, la invasión marciana o cualquier otra minucia semejante que, vista la racha que llevamos, no sería de extrañar. Como dice la ilustración de la siempre tan acertada madebycarol, ya está bien de vivir acontecimientos históricos, que con lo que hemos vivido en pocos años tenemos de sobra para contar a la siguiente generación. Una pandemia, el temporal Filomena, la catastrófica Dana, la erupción del volcán de La Palma, un par de guerras a las puertas de nuestro mundo, y, ahora, un apagón general, y seguro que me olvido de algo. Que no damos abasto, vaya.

            Volviendo a la electricidad y su incidencia en Toguilandia, me decían los jueces y fiscales de guardia que no podían tomar otra determinación que venir al juzgado, porque era de la única manera que se podían enterar si pasaba cualquiera de esas cosas que podían pasar o, simplemente, un habeas corpus o un levantamiento de cadáver.

Y eso, por supuesto, contando con que pudieran acceder, porque los obstáculos no son pocos. Para quienes necesitan del transporte público, nada de metro o tren, y pobres de quienes ya los hubieran cogido. Si se viene en coche, solo en el caso de que el depósito no pidiera gasolina, porque las gasolineras tampoco funcionaban. Y un taxi podría no ser posible por falta de efectivo, porque las tarjetas de crédito no funcionan y los cajeros tampoco. Y, si se tiene algún problema de movilidad, imposible bajar o subir en ascensor. Así que pintan bastos.

Al final, la cosa se solucionó en unas cuantas horas que, en cualquier caso, nos sirvieron para darnos cuenta de lo vulnerables que somos. Además, por supuesto, de para que los bazares hicieran el agosto vendiendo pilas y linternas, o transistores de toda la vida, que ya se sabe que a rio revuelto, ganancia de pescadores.

Así que la pesadilla ha pasado, pero sus efectos siguen ahí, incluido el estrictamente procesal de la suspensión de plazos, como no podía ser de otra manera. Entre unas cosas y otras, eso, que parece excepcional, se está convirtiendo en algo relativamente frecuente. Esperemos que no se repita, por si las moscas.

Y con estas reflexiones acabo hoy, no sin antes dar mi aplauso a quienes, pese a todo, no perdieron la calma y se comportaron con civismo ejemplar. Que, afortunadamente, fueron mayoría.

Sant Jordi: el libro y la rosa


                Desde que se inventó la imprenta, los libros han formado parte importante de la historia de la humanidad. Y, a pesar de que hubo quien creía otra cosa, la llegada de oros medos de expresión como cine y televisión primero e Internet, después, no han logrado arrumbarlo. Todo lo contrario, lo han complementado hasta el punto de gran cantidad de películas lo hacen basadas en libros, de ahí el Óscar al mejor guion adaptado. Y son innumerables las películas que se basan en libros, entre las que citaré La ladrona de libros, La historia interminable, La librería o la maravillosa El club de los poetas muertos.

                En nuestro teatro, los libros tienen muchísima importancia. Juristas de todas las épocas se han formado con libros, y seguimos haciéndolo, aunque en muchos casos sea ya en formato digital. Además de que hay habitantes de Toguilandia que nos hemos lanzado a las publicaciones , sean o no jurídicas.

                Por eso hoy quería dedicar este estreno a una experiencia preciosa que no podía dejar de compartir con quienes se adentran en mis funciones toguitaconadas cada semana o cada vez que pueden o quieren.  Una experiencia inolvidable para todas las personas que amamos los libros, como es mi casa, y más aún para quienes nos hemos lanzado a la escritura como también es mi caso.

                Con esas pistas, no hace falta que diga mucho más. Estoy hablando de Sant Jordi, y en concreto, de Sant Jordi en Barcelona. Quienes no hayan ido nunca no solo no saben lo que se pierden, sino que no se pueden imaginar, por más que le cuenten, cómo son las cosas.

                Así me ocurrió a mí. Me habían contado una y mil veces lo que suponía Sant Jordi y el ambiente que se vivía, y por ello me apetecía mucho ir. Pero, una vez allí, no se parece a nada que yo haya vivido antes.  Es, sencillamente, especial.

                Pues bien, después de muchos años de juntaletras y muchos libros publicados -parece que fue ayer, pero ya van doce, y alguno más en camino- me llegó el momento de vivir Sant Jordi, y no solo como espectadora, sino como autora, firmando mi criatura Creía que era feliz en la caseta correspondiente y observando todo lo que pasaba desde una atalaya de lujo.

                El día empezaba bien. El tiempo era inmejorable, y el sol iluminaba los miles de puesto con libros y rosas que hay por toda la ciudad, con sus edificios adornados por todas partes. Los hombres de cualquier edad pasean por las calles con una rosa en la mano destinada a las mujeres de su vida. De hecho, me recibieron unos buenos amigos con una rosa en la mano, lo que me hizo sentirme imbuida en el ambiente de inmediato.

                Por supuesto, no solo de letras se vive, así que aproveché el día para compartir mi tiempo con esos buenos amigos a los que una no ve tanto como quisiera. Así que, además de libros y flores, amistad. ¿qué más se puede pedir?

                Así que hoy el aplauso para el bueno de Sant Jordi y para todas las personas que lo celebran. Y para los amigos que me acompañaron. Por muchos más

#Relato: Celebración


Hoy toca cuento en nuestro teatro

Celebración

            Nada ni nadie se hubiera imaginado, al verle allí, tan solo y tan pensativo, que fuera todo un triunfador. Acababa de meter el gol que daba la vitoria al equipo nacional, un gol que valía el campeonato, y por el que todo el estadio se había vuelto loco. Era el primer título para aquel equipo, humilde pero con una historia ya larga y una legión de seguidores importante. La ciudad se volcó, porque aquello era poner una pica en Flandes. David había vencido a Goliat, y aquel chico solo y pensativo era el que había consumado la gesta. Aunque cualquiera lo diría, al verlo.

            No se había unido a sus compañeros en la celebración. Se había negado a brindar, a mojarse con el cava de la botella que agitaron en el vestuario ni a que le mantearan, como habían pretendido. Solo quería que le dejaran solo. Como habían hecho siempre.

            El había tenido su propia celebración. Una celebración que había estado preparando desde su más tierna infancia, una celebración con la que soñaba cada noche y que se imaginaba cada día. Una celebración que sería su venganza.

            Lo tenía pensado desde la primera vez que sus compañeros del equipo juvenil se burlaron de él, desde que le aislaban en el vestuario, desde aquel día en que le dejaron encerrado y no pudo salir a jugar.  Lo tenía pensado desde que en el primer desplazamiento del equipo en que tuvieron que dormir fuera de casa, amaneció con una palabra escrita con rotulador permanente en su frente. Marica. Habían esperado a que se durmiera para escribir en su frente aquellas seis letras que le marcaron de por vida.

            Se lo contó al entrenador, mientras trataba sin éxito de contener las lágrimas. Aquel pobre hombre no supo qué hacer. Le dijo que le comprendía, pero que de aquella guisa no podía salir al campo. Así que a él le mandó a casa en el primer autobús, mientras el resto del equipo salían al campo como si nada hubiera pasado. Y fue en aquel trayecto donde empezó a imaginar su revancha.

            Quiso cambiar de equipo, pero el entrenador no se lo permitió. Sabía que, además de un buen chico, tenía un talento excepcional para el fútbol, y no podía desperdiciarlo de ninguna de las maneras. Lo protegió como pudo, aunque nunca se enfrentó al resto de chicos, ni a la directiva del club. Simplemente, trataba de estar siempre con él para evitar que aquellos burros se comportaran como lo que eran. Por eso siempre estaba solo en el vestuario, escondido bajo su toalla. Ya hacía tiempo que había admitido no solo que le gustaban las personas de su mismo sexo sino que no debía avergonzarse por ello. Aunque aquellos cenutrios no lo entendieran.

            Y, por fin, llegó su momento. Aquel día, cuando marcaba el gol de la victoria, se levantó la camiseta y recorrió el campo mostrando la palabra de seis letras escrita en su pecho. Marica. Y, después de un primer momento de estupefacción, la gente comenzó a aplaudir y a vitorearlo como jamás habían aplaudido a otro jugador.

            Me contó esta historia cuando le entrevisté, en el mismo vestuario donde seguía escondido bajo su toalla, como siempre había hecho. Estaba fascinada. Nunca pensé que aquel reportaje sobre el equipo local de fútbol, que me asignaron porque era la becaria del periódico y nadie quería perder el domingo, me fuera a dar tantas satisfacciones. Pero cuando vi a aquel chico enseñando con orgullo aquella palabra escrita en su pecho, supe que tenía el reportaje de mi vida. Y no quise perder la oportunidad.

            Me dio la exclusiva de la entrevista por eliminación, más que por elección. Como ninguno de los periodistas deportivos que pugnaban por que les respondiera se había interesado jamás por él, y habían contribuido al ostracismo y las burlas contenidas de que siempre era objeto, solo quedaba yo. Y el encargo de cubrir aquel partido que me tocó porque nadie quiso, fue lo mejor que podía haber pasado. Cuando él me contó su historia, me dejó impresionada. Y cuando comprobé que las seis letras de su pecho estaban tatuadas, todavía más. Había decidido convertir en motivo de orgullo aquello con lo que quisieron avergonzarle.