Deportación: ¿es posible?


              Todo el mundo sabe, o cree saber, lo que significa «deportar», y más en los tiempos que corren, con Trump y su pelo naranja campando por sus fueros. De hecho, la deportación, o más bien, el riesgo de ser deportado ha sido tema de varias películas y series, como Matrimonio de conveniencia, Los deportados, Muy lejos o La isla de Ellis.

              En nuestro teatro, y, a pesar de lo que la gente que no lo visita mucho piensa, no se habla de “deportación” porque no es un término propio de nuestro Derecho. Más bien se habla de otros términos, como veremos a continuación, que no siempre responden a esa idea preconcebida y alimentada, como tantas cosas, por nuestro acervo cultural y audiovisual derivado de las películas norteamericanas.

              Para la Real Academia de la Lengua, deportar es “desterrar a alguien a un lugar, por lo general extranjero, y confinarlo allí por razones políticas o como castigo”. Y esta es una definición que nos conduce a términos jurídicos del pasado, como son el confinamiento o el destierro. De hecho, las penas de confinamiento y destierro eran penas que existían con el Código anterior .el Código del franquismo de 1944, y sus textos refundido de 1963 y revisado de 1973. No tenían especial relación con el hecho de ser una persona extranjera y, de hecho, se podían aplicar y de hecho se aplicaban para alejar a una persona del lugar donde se encontraban sus raíces, y se empleaba como castigo. Como ejemplo, por curioso -por decirlo de algún modo-  que parezca, era la pena que se imponía al uxoricida en adulterio, esto es, al hombre que matara a su esposa porque le estaba siendo infiel. El confinamiento era la otra cara de la misma moneda, porque consistía en no dejar salir a una persona de determinado ámbito territorial. Hoy estas penas no existen y lo único que es lejanamente parecido es l posibilidad de imponer una medida de seguridad consistente e prohibición de entrar en determinado territorio.

              Pero, RAE aparte, lo que el mundo en general entiende como “deportación”, un término que cada día emplean más nuestros políticos, consiste en el acto de obligar a retornar a un extranjero al lugar de donde llegó o, lo que es lo mismo, devolverle al sitio de donde vino. Un término que recuerda a otro del que se habló mucho durante un tiempo, las devoluciones en caliente, respecto de las cuales ya se pronunciaron los organismos y tribunales internacionales en el sentido de que no deben hacerse.

              El término “deportación” no existe en nuestro Derecho. Aunque haya quien crea que sí, y quien incluso lo utilice como amenaza. No es infrecuente que una de las más comunes amenazas que se hacen a las víctimas de violencia de genero por parte de su maltratador, cuando se trata de una mujer extranjera, es advertirle que hará que la deporten. Ni que decir tiene que eso no seria posible, pero ellas no lo saben. Por eso es tan importante una buena información. Si esta existiera, esas mujeres sabrían que, aun en el caso de que su situación en España sea irregular, el hecho de haber sido víctima de violencia de género hace que no solo no puedan ser expulsadas -que o deportadas- sino que se les facilita ayuda para su regularización. Algo que, por cierto, no ocurre con las víctimas de delitos de odio, y que motiva que muchas de ellas no denuncien por miedo a que salga a la luz su situación administrativa irregular y sea peor el remedio que la enfermedad.

              Así pues, y como adelantaba, en Derecho español lo que existe es la expulsión del territorio, y esta es una medida solo aplicable a personas extranjeras, nunca a españoles y españolas. La expulsión puede ser penal o administrativa, y dentro de cada una hay diversos tipos. Pero vayamos por partes.

              La expulsión administrativa es la que tiene lugar cuando la situación es irregular, o, como se dice comúnmente, la persona no tiene papeles. Puede correr paralela a la existencia de un procedimiento penal por otro motivo, pero si el delito no es grave, una vez ejecutada la expulsión, el procedimiento se archiva. Siempre y cuando el expulsado no vuelva, claro está.

              No obstante, uno de los problemas más difíciles es la situación en que se encuentran las personas pendientes de expulsión mientras esta no se materializa, en esos Centros de internamientos de extranjeros que más de una queja han suscitado.

              Y, como decía, además de la expulsión administrativa está la expulsión como sustitutiva de la pena, cuando se trata de penas inferiores a seis años de prisión. Es una expulsión de hasta 10 años y, si el ínclito vuelve, le tocará apoquinar con la pena.

              Por último, también cabe, para penas muy graves, que se cumpla una parte en nuestro país y después se expulse. Lo que viene a ser un “de todo un poco”, vaya.

              En cualquier caso, hay excepciones. No se puede expulsar a quienes han solicitado asilo o lo han obtenido, y tampoco a quienes son nacionales de una país en guerra o si volver a su país supone un riesgo efectivo para su vida. Pensemos, por ejemplo, en el caso de un homosexual al que se le obligara a regresar a un país donde la homosexualidad estuviera penada.

              En definitiva, que eso de deportar a diestro y siniestro que pretenden algunos no es posible. No va a serlo si atendemos a la Constitución, por suerte.

              Así que ahora no queda nada más que el aplauso. Y va dedicado esta a vez a quienes luchan cada día por los derechos de las personas migrantes, que lo tienen realmente difícil. No podemos bajar la guardia, que nos jugamos Derechos Humanos. Nad más y nada menos

Y van once: toguitaconeando que es gerundio


             Once es un bonito número. Había una canción infantil que decía que que el 11 eran dos soldados como el 22 son dos patitos. Y es que, cuando en cualquier cosa se supera el décimo aniversario, la cosa ya tiene trazas de seriedad y permanencia. Y, además, el once es un número que ha dado lugar a varios títulos de películas: 11 rebels, 11 minutos, 9/11 u Ocean’s Eleven, por decir algunas.

            En nuestro teatro no íbamos a ser menos. Y con mi toga y mis tacones cumple once años como once soles. Once años de funciones con risas y lágrimas, con cuentos y chistes, con críticas y explicaciones y con humor, mucho humor. Eso que nunca falte, por mal dadas que nos vengan las cartas.

            La verdad es que echo la vista atrás y parece que fue ayer, pero más de una década nos separa de la primera publicación , en esa que comparaba Toguilandia co el mundo del espectáculo, y la llamaba el gran teatro de la justicia. Y, semana a semana, hemos ido conociendo a los personajes que forman parte de nuestro toguitaconado mundo, y hemos ido entrando, sin miedo, en cada una de esas leyes y modificaciones con las que los distintos miembros del poder legislativo nos han ido obsequiando. Y, por desgracia, sean del color que sean, siempre una cosa en común; la administración de justicia a la cola de todas las demás. El sambenito de hermanita pobre no nos lo quitamos ni a tiros.

            En este tiempo esta fiscalita ha crecido al mismo tiempo que el blog. Y he querido hacer partícipes a quienes me obsequian con su atención leyéndome cada semana de todas esas circunstancias que, pasito a pasito, han ido conformando mi vida personal y profesional.

            Así, mientras una función sucedía a otra, esta fiscalita se iba abriendo paso en una especialidad que a día de hoy me apasiona, la de los delitos de odio y contra la discriminación, que se vienen a unirse a mi dedicación a la violencia de género y la igualdad y al gusto que siempre he tenido por la materia de la comunicación en nuestro mundo, que no es cosa sencilla.

            También  he tenido el honor de recibir algunos premios, dos de ellos dedicados al propio blog que bien se lo merece, después de haber recibido varias nominaciones. El de mejor blog en categoría pernal, en 2020, y el de mejor post jurídico, en 2022.

            De otra parte, este escenario ha sido testigo de mi crecimiento como escritora, una faceta de la que el propio blog es parte. En este momento son doce los libros que he publicado en solitario, aunque como primicia diré que hay uno en el horno, un par a punto de salir de mi cabeza, y un proyecto más esperando encontrar tiempo y espacio para ver la luz. Casi nada. ¿Cómo me iba a imaginar yo algo así cuando en 2016 salía a la luz mi Mar de Lija la primera de mis criaturas.

            Tal vez espoleada por esa faceta de escritora, he ido incorporando a este escenario una parte literaria, caracterizada, de un lado, por la sección de microrrelatos, que prometo actualizar en breve, y, por otro, con los distintos cuentos que, de vez en cuando, se convierten en el post del marte i del viernes. Incluso me he atrevido con la poesía, y no una sola vez. La última de ellas, muy reciente, cometí la osadía de intentar unir Derecho, critica, actualidad y humor en verso, dedicando un poema a nuestra última pesadilla, el programa informático Just@. Sin olvidar, por supuesto, la sección del blog que se hace eco de todos mis libros, y que no deja de crecer.

            Y, mientras siga habiendo quienes me leen, seguirá habiendo entregas de mi toga y tacones. Y, aunque es verdad que los blogs han dejado de ser lo más moderno para convivir con muchos otros medios de expresión, sobre todo relacionados con la imagen, ahí seguiremos. En algunos, incluso, colabora cada vez que me dejan, y me divierto mucho haciéndolo. Pero no se trata de rivales, sino de compañeros de viaje, porque en el ciberespacio toguitaconado hay sitio para muchos. Y ahí seguiremos mientras la gente quiera y cuerpo aguante.

            Así que hoy, el aplauso para quienes llevan once años leyéndome. Y para quienes se han incorporado en otro punto del camino. Mil gracias. O mejor dicho, once mil.

Canción del Just@: nuestro nuevo programa


          Tenía que llegar y llegó. Nos cambiaron el programa informático, coincidiendo, además, con los cambios de la ley de eficiencia. Y no nos lo hanpuesto fácil, no, que no sé qué será cuando ruede, pero de momento parece que o las redas son cuadradas o los rieles no encajan. Por eso se me ocurrió, con al inspiración de un compañero que le ha compuesto un tema musical, tomar impulso remedando la célebre Canción del pirata. Con el permiso de Espronceda, por descontado.

          Espero que, al menos, os saque una sonrisa, que buena falta nos hace

Con dos pantallas por banda
Internet, a toda vela
Mi neurona va que vuela
hasta al Just@ poner fin.


Ese programa que llaman
por su imposición, Temido
en Justicia conocido
del uno al otro confín

El cerebro se me hiela
si el gadget no encuentro a tiempo
O me pongo en movimiento

o algo malo va a pasar
Y el Inspector desde lejos
cantando alegre en la popa.
Asia a un lado, al otro Europa
Y en el mío, a trabajar

Y mientras, cerebro mío,
no hay dolor
Muevo el teclado con brío
y a la vez con esperanza
Igual mi mente ya alcanza
y lo logro hacer mejor

Veinte causas
hemos hecho
Del derecho
y del revés
Me rendí
sin condiciones
a este Just@
Ya lo ves

Que es el Just@ mi tesoro
Me he rendido, ya no hay más

¿Mi ley? El teclado dentro

Pantallas…¡Y a funcionar!

Bulos: mentiras sin límites


Hoy en nuestro escenario un relato basad en uno de los bulos que se expandieron durante la Dana de Valencia.

Este relato mío forma parte del libro solidario de la editorial Vinatea Corazones de barro, una antología de diversas autoras y autores acerca de la tragedia que asoló Valenics el 29 de octubre de 2025

El bebé fantasma

  • Mamá ¿lo has visto?
  • ¿El qué?
  • El bebé de Catarroja. Me lo han pasado por muchos chats, y por redes sociales. Hay un bebé perdido que han encontrado después de 3 días de la Dana. Y está solito, con la policía.
  • ¿Eso cómo puede ser? Lo habrían puesto en todos los informativos. Los bebés no se pierden así como así. Y los padres revuelven Roma con Santiago para encontrarlos
  • Pues lo he vito, Y lo han dicho varios influencers a los que sigo. Y mi amiga Claudia, que siempre se entera de todo
  • No sé, hija. Yo también vi algo de eso, pero lo pasé por alto. No me fío
  • Pero mamá, imagina que hay unos padres angustiados sin su bebé. Y un bebé llorando solito con la policía. Hemos de hacer algo

            Aunque no se lo quise reconocer, yo también andaba con la mosca tras la oreja con el asunto del bebé dichoso. Me había llegado por muchos medios y, por increíble que pudiera parecer, no podía dejar de imaginarme lo que sentirían unos padres sin su bebé perdido. Mi cerebro me decía que aquella historia hacía tantas aguas como la que había salido del barrando desbordado, pero mi corazón no podía dejar de estremecerse con la sola idea de que aquello fuera verdad.

            Justo mientras pensaba en ello, mi teléfono móvil vibró, anunciándome que me había llegado un mensaje. Y ahí estaba otra vez:

            “URGENTE

              Ha aparecido un bebé en Catarroja. Si alguien sabe algo, que contacte para ver si encontramos a sus padres. El bebé está bien. (Está en la policía de catarroja)”

            Me puse nerviosa otra vez. A pesar de que lo de escribir “catarroja” con minúscula revolvía a la profesora de lengua que llevaba dentro. A pesar de que mi instinto revolvía por dentro a la periodista que siempre anhelé ser. Y a pesar de que mi sentido común de persona adulta enviaba señales de alerta por todas partes. Porque la madre que soy se empeñaba en imponerse a todo eso y a imaginarse el dolor de aquella familia si la historia fuera real.

            De modo que traté de que la profesora de lengua, la periodista frustrada, la persona sensata y la madre que llevaba en mi interior dejaran de pelearse y le dieran tregua para hacer mis averiguaciones, mientras mi hija no dejaba de apremiarme

  • Mamá ¿sabes algo del bebé?
  • Aun no, hija, aún no
  • Pero vas a buscarlo, ¿verdad?
  • Lo intentaré
  • Prométemelo -me dijo, no sé si más seria que enfadada- ¡Prométemelo!
  • Está bien. Te lo prometo

            Ahora sí que me había metido en un buen lío. O encontraba a aquel bebé o demostraba que no existía. La madre se había impuesto de momento a la persona sensata, pero la persona sensata no estaba dispuesta a rendirse sin luchar. Así que me esmeré con las averiguaciones

            Después de trastear con mi ordenador, mis temores parecían confirmarse. Si de verdad existía una historia tan jugosa, una historia donde el drama y la esperanza se mezclaban y movían los sentimientos era esta. Y estoy segura de que habría salido en todos los periódicos y en todas las cadenas de televisión. Pero nada. El bebé fantasma solo aparecía en redes sociales, en chats de WhatsApp y en historias de esos que llamaban influencers que tenían miles de seguidores y de cuya existencia yo no había tenido conocimiento hasta ahora. Lo más parecido que pude encontrar fueron las imágenes del salvamento de un bebé, pero eran reales y no se trataba de ningún niño perdido sino de una criatura perfectamente localizada. No podía permitirme mezclar churras con merinas.

            En un momento dado, vi que la historia seguía. En alguna de las redes sociales a las que había hecho seguimiento aparecía un mensaje aparentemente esperanzador:

            “me comentan que lo han encontrado y está con su familia”

            Tuve la tentación de enseñárselo a mi hija y que dejara de darme la lata. Ya tenía su final feliz y se olvidaría del tema. Pero a mí la historia ya me había enganchado y no estaba dispuesta a dejarla ahí. Si los padres del bebé habían aparecido y lo habían recogido sano y salvo, cualquier cadena de televisión habría dado lo que fuera por tener la exclusiva, así que hice un zapping tan exhaustivo que casi se me borran las huellas dactilares. Pero nada. Seguíamos sin rastro del bebé fantasma.

            Así que no tenía más remedio que ir a donde no tenía ninguna gana de ir. A los dichosos influencers, tiktokers o como se dijera. Así que, buscando, buscando, encontré otro sitio donde tirar del hilo, un foro de internet. La verdad es que eché un vistazo y descubrí que me daban grima la mayoría de los mensajes que encontré allí, con una mezcla de machismo, intolerancia, caspa y barbaridades. Pero hice de tripas corazón y seguí leyendo. Ahí estaba:

            “bebé con vida encontrado en Catarroja con vida hoy”

            Esta vez habían escrito “Catarroja” con mayúscula, pero, por lo demás, nada nuevo. Comentarios que mezclaban la crítica política con los insultos, machismo a tutiplén y poco o nada del bebé. Hasta que ese enlace me llevó a otro, esta vez de audio, de un tipo cuy nombre me sonaba familiar, aunque aún no sabía por qué

            “Amigos, seguidores, difundid este audio. Se ha encontrado vivo un bebé en Catarroja. Está vivió, está alimentado, está en casa de quien se lo ha encontrado después de limpiar una zona, pero por si alguien está buscando un bebé ha aparecido un bebé en Catarroja. Vivo”

            Mis sospechas crecían. El bebé estaba perfectamente, y se lo habían encontrado después de limpiar “una zona”. O sea, como quien encuentra una televisión o una mesa camilla. Después de tres días, el bebé está “alimentado”. A pesar de que mi hija, cuando era un bebé, necesitaba comer cada poco tiempo o soltaba unos alaridos que hubieran servido de sirena a los bomberos. La misma hija que seguía insistiendo con el tema

  • ¿Sabes algo del bebé, mamá?
  • Hija, yo estoy buscando por todas partes, pero creo que es mentira
  • ¿Mentira? ¿cómo alguien va a decir una mentira en una cosa así?
  • Pues no lo sé, cariño, pero la gente a veces hace estas cosas
  • ¿Por qué?
  • Pues no sabría decirte. Por dinero, por llamar la atención, por dañar a alguien. No lo sé muy bien
  • No puede ser, mamá. Tú sigue buscando, por si acaso. Aunque alguien ha dicho que ya está con sus padres.
  • ¿Lo ves? -insistí- Si fuera así habría salido en la tele
  • Puede ser -se quedó pensando- Pero, por si acaso, compruébalo. Por favor

          Mientras hablaba con mi hija, caí en la cuenta de lo que me estaba dando vueltas a la cabeza. El nombre de aquel que había enviado el audio. Era el de un influencer del que habían hablado en televisión, uno al que habían pillado manchándose los pantalones de barro para salir en la tele y que pareciera que estaba dando el callo.

            Ahora ya lo tenía claro. Era una burda y cruel mentira. Per me faltaba la parte más difícil: convencer a mi hija. Y, por fin, un golpe de suerte tomó forma en mi móvil. Ahí estaba una foto increíble, y un comentario que lo explicaba todo:

            “La imagen del bebé rescatado en Catarroja está creada con Inteligencia artificial”

            Desde luego, viendo esa imagen nadie con tres dedos de frente podía creer la noticia- El bebé en cuestión, en brazos de un agente uniformado, lucía limpio como una patena, sin una manche de barro y sonrosado y tranquilo. Todo lo contario que una podría esperar de una criatura que hubiera pasado tales penalidades en tres o cuatro días. Así que ya tenía algo que explicarle a mi hija, aunque lo que no podría explicarle es la razón por la que hacían esas cosas, porque no soy capaz de dar con ella

             No fui capaz de contestar, y la pregunta de mi hija quedó flotando en el aire. Todavía estaba oyendo su vocecita en mi cabeza cuando otro mensaje empezaba a llegarme por chats y redes sociales. Insistían en que en el aparcamiento de un centro comercial arrasado por la DANA iban a encont5rar un auténtico cementerio de cadáveres de personas atrapadas en sus coches. Se em encogió el alma de nuevo, aunque esta vez no duró mucho. Porque uno de los tipos que afirmaban semejante cosa hablaba de que habían expedido más de 700 tickets de parking de coches que no habían salido. Y ahí tuve la pista. Yo iba con frecuencia a aquel centro comercial y sabía que el aparcamiento era gratis, y no se expedía justificante alguno. Se lo habían inventado todo, como en el caso del bebé fantasma. Y, además, con todo el dolor que podían causar a las personas que hubieran perdido la pista de sus seres queridos por esa zona.

            Entonces, me di cuenta. Unos de los que más insistía en la historia de los cientos de muertos del centro comercial era él. El mismo que enviaba el audio del bebé fantasma de Catarroja.

            Lloré de rabia, de impotencia y de asco. Lloré tanto que mi hija llegó a asustarse y vino a mí con toda su inocencia

  • No llores, mamá. Al menos, no hay ningún bebé perdido. Y eso es una buena noticia. ¿no?
  • Tienes razón, hija
  • Y no te preocupes. Yo te defenderé siempre de la gente mala que inventa mentiras. Te lo prometo

 Tarjetas: de la de cartón a la digital


              Siempre es importante identificarse. Tener una buna tarjeta de visita, real o metafórica, es dar un paso importante para poder seguir adelante en el mundo del espectáculo. O en cualquier otro, por supuesto. Tanto, que Tarjeta de visita es un título de película, aunque también lo es La tarjeta de navidad, por no hablar de las tarjetas de memoria como soporte donde guardar películas.

              En nuestro teatro los distintos tipos de tarjeta ha tenido y tienen mucha importancia, según las épocas. Tarjetas de visita, de crédito, de memoria, tarjetas criptográficas o digitales, tarjetas identificativas, de circulación, o de aparcamiento. Mil posibilidades que tienen Toguilandia para estos rectángulos de cartón o plástico. Así que vayamos por partes.

              En primer lugar, están las tarjetas con las que nos identificamos hacia los demás. Los abogados y abogadas supongo que seguirán gastándolas, aunque atrás quedaron aquellas tan formales con letra inglesa y negro sobre blanco, que ahora llevan fotos, logo y cualquier cosa más. En fiscalía y judicatura en algún momento tuvimos de esas, hasta con escudo, aunque el presupuesto pronto se olvidó de darnos, si es que alguna vez nos llegó. Ahora ya nadie ni se lo plantea, se facilita la dirección de correo electrónico, y a volar. Y i no, siempre habrá un posit donde apuntar un teléfono. Y es que al final, los posit siempre resuelven la papeleta.

              Ahora las tarjetas que gastamos son la criptográfica, o como se llame, para acceder a esos programas informáticos que pretenden mejorar nuestra vida, pero a veces nos sacan de quicio, y las de identificación, para entrar y salir de las dependencias judiciales cuando son necesarias. No deja de se4r curioso que, al menos en la Ciudad de la Justicia donde yo trabajo, la de Valencia, las tarjetas para aparcamientos en el Juzgado de Guardia siguen siendo de cartón como toda la vida. Un anacronismo que no acabo de explicarme.

              No obstante, hay otro tipo de tarjetas que nos provocan muchos quebraderos de cabeza. Y la palma se la llevan, sin duda, las de crédito o débito. Son tarjetas muy útiles para nuestra vida diaria, pero, quizás precisamente por eso, su falsificación es uno de los delitos que con más frecuencia vemos, sobre todo por el procedimiento de clonación u otras maniobras digitales. Aunque he de decir que una de las cosas que más me ha llamado la atención es la capacidad que tienen los ladrones de reproducir un cajero automático para poder capturar las tarjetas y comete sus fechorías. En plena era digital, esa combinación de modus delictivo digital y analógico tiene su mérito.

              También se falsifican otro tipo de tarjetas, como las que habilitan a las personas con discapacidad para aparcar, que ya les vale, o las de circulación de determinados vehículos. Hasta el tacógrafo se manipula, que no se diga. Y esto sí que es un clásico que poco cambia, aunque cambien los tiempos.

                            La cuestión es que, casi sin darnos cuenta, hemos evolucionado en esto de la misma manera que lo hemos hecho de la máquina describir al ordenador, y este viaje sí que no tiene vuelta atrás. Aunque a veces, cuando el ordenador no reconoce nuestra tarjeta, o nos dice que la contraseña ha caducado, o cualquiera otra cosa, den ganas de volver al Pleistoceno.

              Pero es lo que hay. Y lo que hoy venía a contar, aunque no me olvido, por supuesto, del aplauso. Y hoy va dedicado a todas esas personas que hemos vivido todos estos cambios y sobrevivimos a ellos. Que, a veces, es una verdadera heroicidad.

Lenguaje inclusivo: ¿se usa?


              En el mundo del espectáculo es frecuente dirigirse a los eventuales espectadores como “señoras y señores”, desdoblando el género. Así se llamaba, precisamente, un programa musical de los años 70, Señoras y Señores, del entonces imprescindible Valerio Lazarov. Otra de las formas habituales de dirigirse al público es con la fórmula “Damas y caballeros”, algo que hacen siempre los maestros de ceremonias como el de El gran Showman, entre otros muchos. Sin embargo, ni entonces ni ahora llamaba la atención esa forma de dirigirse al público.

              En nuestro teatro no hay señoras y señores a lo que dirigirse, ni damas y caballeros a quienes exhortar a ver nuestras funciones, más allá del neutro grito de “¡audiencia pública!” con el que se da paso a quien quiera presenciar un juicio, siempre y cuando no se haya decretado la celebración a puerta cerrada, que es una excepción a la regla general de publicidad. Así es porque el principio general en nuestro Derecho es la publicidad en la fase de juicio oral, y la reserva durante la fase de instrucción.

              Ciertamente, ese llamamiento como “audiencia pública” es de una neutralidad exquisita, pero no siempre ocurre así en nuestras funciones. Y hay que señalar que el lenguaje inclusivo o igualitario brilla por su ausencia mayoritariamente en Toguilandia, como veremos a continuación. Pero, en realidad, no tiene nada de extraño, porque la propia RAE, en este 2025, ha ratificado el uso del masculino genérico como inclusivo. Y es que a esos señores -porque la mayoría son señores- les cuesta avanzar en lo que a igualdad se refiere. Verdad verdadera.

              Hasta hace no mucho, el Diccionario de la Real Academia recogía, como una de las acepciones de la palabra “Jueza”, el de “la mujer del juez”. Hubo de hacerse una campaña por parte de la asociación Mujeres Juezas, a las que se unieron otras entidades, para conseguir que se eliminara, en 2017. Otro tanto ocurría con la palabra “fiscala”, que también se utilizaba para la consorte del “fiscal”. De hecho, hay una anécdota que cuenta quien hoy es una de las fiscales _o fiscalas, que también está admitido- de Sala, referente a que, cuando fue a alquilar un piso en su primer destino, el arrendatario exigió que fuera a firmar su marido, el señor fiscal, ya que ella era la fiscala.

              No obstante, aun hay quien se resiste a utilizar la palabra “jueza”. Y la palabra “fiscala” como referida a las miembros de la carrera fiscal, no acaba de implantarse. Yo misma uso habitualmente la de “la fiscal”, que también admite la RAE. Sin embargo, en nuestros formularios en los programas informáticos, no ocurre ni eso. Una y mil veces utilizan el término “El fiscal”, aunque seamos abrumadora mayoría las féminas. Y hay quien, como yo misma, se moleta en cambiarlo, y quine no lo hace, no sé si por desidia o porque sigue sintiéndose identificada con el masculino, aunque sea mujer.

              Si es así, no sería un caso extraño. Hay casos de mujeres que se identifican a sí mismas como “la abogado” o “la presidente” por más que sea una discordancia de género entre el artículo y el sustantivo, porque en ambos casos no solo se admite, sino que es la correcta la forma femenina si de mujeres se trata. Y es que al final hay quine pretende ser más papisa que el Papa.

              En cualquier caso, el lenguaje inclusivo no es solo el desdoblamiento de género que -hay que reconocerlo- a veces resulta cansino, por más que cueste bien poco pedir el interrogatorio de la acusada y el acusado, si los hay, en vez del de “los acusados”. El lenguaje igualitario busca utilizar formas en que nos identifiquemos tanto hombres como mujeres. Cosas tan simples como utilizar “Todo el mundo” o “la gente” por “Todos” o “los hombres”, o referirnos a “quienes” hacen tal cosa en lugar de a “los que “la hacen.

              Y es que, aunque haya quine insista en que sea una tontería, lo que se nombra no existe. Y, si no, que cualquiera haga la prueba de teclear “fiscal” en Google y buscar imágenes y comprobará que, a pesar de que es un término que vale para ambos sexos y que ya ha habido dos Fiscales Generales del Estado, las imágenes son todas de hombres.

              Para acabar, y para rebatir a quien pretenda alegar que el lenguaje inclusivo es una invención moderna, de las modernas de las feministas, además, traigo mis pruebas, que para algo soy jurista. Y son, nada más y nada menos, que un fragmento del Cantar de Mío Cid que habla de hombres y mujeres, de burgueses y burguesas. Así, sin que se les caigan los anillos. Y dejo la imagen para dar fe de ello.

              Y ahora solo queda el aplauso. Y hoy es, lisa y llanamente, por quinees luchan cada idea por la igualdad en las pequeñas cosas. Porque cada una de ellas, por pequeña que parezca, supone un gran paso.

Refuerzos: parches y esparadrapo


              Normalmente, es importante ser fuerte, y otras veces, se necesita algo más. Por eso hay veces que son precisos refuerzos. No en balde nos decían en la saga de Star Wars eso de que la fuerza te acompañe. Y quizás también por eso no hay circo que se precie sin su forzudo, como en El gran showman o El mayor espectáculo del mundo

              En nuestro teatro, la fuerza es necesaria siempre, a veces simplemente para salir adelante. Guardias agotadoras, recursos que no llegan, programas informáticos y ordenadores que fallan más que una escopeta de feria, juicios que se eternizan y clientes que pondrían a prueba la paciencia del mismísimo Job no son sino ejemplos diarios de esas cosas que no hay suplemento vitamínico que suficiente para aguantarlo. Justiciolín sería un buen nombre para quine inventara se medicamento, así que atención laboratorios que estoy dando una idea. Y gratis, que no se diga.

              Pero, mientras llega el ansiado suplemento, algo hay que hacer para suplir las carencias. Y entre las medidas que ponen en marcha el Ministerio de Justicia o el Consejo General del Poder Judicial están los famosos refuerzos, que no son sino un parche para llevar los huecos que quedan por cualquier razón que no está prevista para cubrir con sustituciones o interinidades o para atender a necesidades extraordinarias derivadas de algunos casos que requieren de especial atención.

              A lo largo de mi ya largo recorrido toguitaconado, he visto refuerzos extraordinarios para casos mediáticos de corrupción de los que en mi tierra valenciana sabemos mucho, por desgracia, y también por otros como el llamado caso Maeso, por el contagio masivo de hepatitis, por el terrible accidente del metro o, últimamente, por la no menos terrorífica Dana, cuyo expediente judicial sigue abierto y aun tardará en terminarse, me temo. Supongo que en todas partes donde se han encontrado con asuntos de especial trascendencia, ha ocurrido lo mismo.

              Los refuerzos no son nuevos jugados, ni siquiera juzgados paralelos, sino un juez o jue, un laj Y/o un fiscal acompañados de los funcionarios y funcionarias que se establezcan. Si es que se establecen, claro, que no siempre ocurre, A veces el refuerzo es simplemente un magistrado -o magistrada- y el resto de actores de nuestro escenario hemos de ponernos las pilas para conseguir otro tanto. Que no siempre es fácil.

              Hay otros casos en que los refuerzos provienen de necesidades extraordinarias. Un ejemplo son las vacaciones, que, por más que sean algo que sucede todos los años, siempre nos pillan con el pie cambiado y los juzgados llenos de papel y vacíos de personal que todo el mundo tiene derecho al descanso anual.

              Otro de los casos que necesita refuerzos, y que nunca son suficientes, son los ocasionados por reformas legales que dan lugar a revisiones o a un incremento notable de papel. Tal conforme nos está ocurriendo ahora con la ley de eficiencia y que aun no sabemos cómo se gestionará. Porque quienes vivimos a pie de obra podemos cruzar muy fuerte los dedos, pero la experiencia nos ha enseñado que eso no sirven para otra cosa que nos sea para dislocárnoslos.

              En definitiva, lo de los refuerzos es una buena medida para cuando llega un imprevisto que no se puede solventar de otra manera, pero lo realmente peligroso es que lo temporal se vuelva definitivo y lo contingente necesario, y se trate de un apaño para evitar crear nuevas plazas y nuevos juzgados, que buena falta nos hacen. O unidades judiciales o como quiera que se llamen ahora cuando entre en vigor la nueva ley, que aun no me hago a la idea de cómo se organizará la cosa.

              Así que, hasta que llegue los verdaderos medios necesarios o, en su defecto, que se comercialice, el Justiciolín, nos conformaremos con los refuerzos. Y les daremos, además, el aplauso. No vaya a ser que nos los quiten.

Aplazamientos: mejor tarde que nunca


                            Dice el refrán que más vale tarde que nunca. O que más vale llegar tarde que rondar cien años. Y a eso de llegar tarde se refieren varios títulos de películas como Llegas tarde o Cómo llegar tarde al trabajo o Más vale tarde que nunca. Y hasta un programa de actualidad en televisión se llama así: Mas vale tarde.

              En nuestro teatro el tiempo tiene gran importancia, como pudimos ver en el estreno dedicado a los plazos, una de las piezas más esenciales al tiempo que angustiosas de Toguilandia.

              También hablamos en su día de las suspensiones , y lo que suponen, depende de en qué parte del escenario toguitaconado se encuentra una, y lo que pretenda. En general, a profesionales, perjudicados y víctimas, las suspensiones suelen venirles mal, aunque en algunos casos sean inevitables. Sin embargo, cuando de investigados, procesados o acusados se trata, el interés puede ser el contrario, intentar una suspensión a cualquier precio con tal de dilatar el proceso y con él, a veces, lo inevitable, esto es, la condena. Aunque también en otros casos e acusado puede tener interés que el juicio se celebre de una vez, bien en su afán de demostrar su inocencia, o bien porque tiene oros intereses, como el dejar de ser preso preventivo y convertirse en penado para acceder a clasificación penitenciaria, con sus posibles beneficios y progresiones de grado.

              Y es que, aunque pueda parecer lo mismo, suspensión y aplazamiento no son coincidentes. Es cierto que, para aplazar una vista, si es que ya está señalada, hay que suspenderle ineludiblemente, pero no toda suspensión supone un aplazamiento. Lo implica, sin duda, cuando hay un nuevo señalamiento, pero no tanto cuando se trata de una suspensión sine die, esto es, hasta que las ranas críen pelo en Román paladino.

              En cualquier caso, hay aplazamientos a tan largo plazo que parecen suspensiones sine die, o poco menos. Y eso ocurre en más casos de los que nos gustaría por más que la voluntad de todas las partes no sea esa.  Son casos en los que por cualquier causa se decreta la suspensión y el siguiente señalamiento se demora a más de un año – a veces más- por falta de hueco en las agendas de s. Y eso es absolutamente inadmisible. A ver si de una vez quien le pone el cascabel al gato de Lajusticia y crea el número suficiente de plazas y de medios para evitar estos dislates. Yo no pierdo la esperanza de que algún día ocurra. Aunque se me tilde de ilusa.

              Pero los aplazamientos no solo son de señalamientos, aunque sean estos los que más duelan. Quienes ya llevamos años arrastrando la toga por el mundo, hemos presenciado varios casos de aplazamiento de entrada en vigor de leyes, por una u otra razón. En varias ocasiones nos hemos visto en el brete de que se creen juzgados y luego se aplace su entrada en funcionamiento, siempre por falta de previsión, de medios, o de ambas cosas a un tiempo.

              En otros casos, lo aplazamientos son tantos que parecen el cuento de Pedro y el lobo, que nadie cree que lo tantas veces aplazado vaya a ponerse en marcha alguna vez. Un buen ejemplo es lo sucedido con el Registro Civil una y otra vez.

              En cualquier de los casos, en ocasiones, lo del aplazamiento es, como diría mi madre, engordar para morir. O pan para hoy y hambre para mañana, como diría el refranero. Aunque también es verdad que mientras hay vida hay esperanza, y en más de un caso nos hemos encontrado con supuestos de indulto porque tras varios retrasos en la causa, cuando llega el momento de que el acusado es juzgado, ya ha cambiado su vida y se ha rehabilitado de modo que se hace ilusorio el fin de rehabilitación de la pena.

              En definitiva, que siempre volvemos al mismo punto de partida. Esto es, si tuviéramos los medios que necesitamos, otro galo nos cantara. Por eso, el aplauso de hoy será para quienes, de un lado, luchan por conseguirlos, y, de otro, luchan por minimizar los efectos de nuestras carencias. Los tomates, ya sabemos para quién. Aunque siempre cabe repetir, con Escarlata O’Hara, que mañana será otro día

Momentos antológicos: los inolvidables


 En el mundo del cine, hay escenas y también frases que han quedado grabadas en el imaginario colectivo para siempre jamás. Todo el mundo ha emulado alguna vez a Escarlata O’Hara levantando un puñado de tierra y poniendo a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre, como en Lo que el viento se llevó, o ha gritado eso de que “soy el rey del mundo” en la proa -¿o era la popa?- de un Titanic imaginario como si fuera Leonardo Di Caprio amarrando a Kate Winslett. Y, por supuesto, hemos jurado que iríamos hasta el infinito y más allá como en Toy Story, o hemos afirmado que en ocasiones vemos muertos como el niño de El Sexto sentido. Y esto solo por citar algunos ejemplos.

En nuestro teatro los momentos antológicos no son demasiados, o, al menos, no demasiado compartidos, porque para cada cual, hay algunos más importantes que otros. Ese momento en que te dicen que has aprobado la oposición, o la jura en nuestra profesión, o el resultado satisfactorio en ese asunto que tanta faena nos dio

No obstante, sí que hay algunos que forman parte de la memoria común de Toguilandia, entre los que me atrevería a destacar la llegada, en su día, de la primera Fiscal General del estada, y, bastante tiempo más tarde, de la primera presidenta del Tribunal Supremo y por ende del Consejo General del Poder Judicial. Más vale tarde que nunca.

Pero, además de esos hitos, hoy quería proponer una especia de juego, consistente en cómo aplicaríamos a nuestro mundo esos momentos cinematográficos antológicos a que he hecho referencia y algunos otros.

Confieso que yo me he sentido muchas veces Escarlata O’Hara y que, aun sin el polvo de Tara ni el traje de época que tanto me gusta -en especial el que ella se confeccionó con unas cortinas- he puesto a Dios por testigo de que no volvería a cometer algún fallo o a ser pillada en un renuncio, generalmente por falta de experiencia. Y, por supuesto, en el lado opuesto, también me he sentido la reina del mundo cuando un juicio me ha salido redondo. Y, si no me ha salido, y hay que recurrir, he afirmado que iría hasta el infinito y más allá. De hecho, tengo a gala haber llevado un caso en mi carrera profesional en que he repetido hasta 3 veces el mismo juicio, después de sucesivos recursos estimatorios que anulaban la vista y obligaban a realizarla de nuevo, hasta que, finalmente, me daban la razón. Más vale tarde que nunca.

Y no son esos los únicos momentos en que me he sentido protagonista de mi película imaginaria. Y, aunque la toga no tiene el vuelo de la falda de Marilyn en La tentación vive arriba, en alguna ocasión ha pasado algo que me ha convertido en el centro de atracción como ella. Y es que, como decía Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto. Ni tan siquiera si tuviéramos el cuerpo de Ursula Andress con su bikini blanco en una de las escenas más famosas de la saga de 007, porque aquí ni hay agentes secretos ni tomamos Martini agitados ni revueltos, sino un café de máquina si es que hay un receso que nos lo permita.

Quienes llevamos años en Toguilandia atendiendo asuntos penales, seguro que hemos tropezado con algún delincuente cuya expresión nos ha puesto los pelos como escarpias como la imagen icónica de Jack Nicholson el El resplandor, aunque no hubiera una pareja de gemelas siniestras invitándonos a jugar con ellas.

Y es que, vengan como vengan, hay que tomarse bien las cosas. Nos hemos de plantar como el Travolta de Fiebre del sábado noche y demostrar que podemos con todo. Y que podemos aunque pasen los años, como él seguía pudiendo en su inolvidable baile con Uma Thurman en Pulp Fiction. O como podía, cambiando radicalmente de género, Ben Hur con su cuádriga, por más que las circunstancias fueran las más adversas.

Y a veces hay que tirarse a la piscina, aun a sabiendas de que pude no tener agua, y hacer lo que la protagonista de Dirty Dancing, lanzarse a brazos de Patrick Swayze y que sea lo que dios quiera. Que, con un partenaire así, seguro que la cosa sale bien.

En cualquier caso, y como quiera que trabajo mucho con los delitos de odio, nunca hay que olvidar el discurso de Chaplin en El Gran Dictador advirtiendo del riesgo, o, a más pequeña escala, el que una delicada Nathalie Wood hacía al final de West Side Story comprobando la tragedia que había causado el racismo. No podemos conformarnos con mirar, como hacía el protagonista de la primera parte de la Lista de Schlinder desde lo alto de un monte mientras se masacraba el gueto de Varsovia.

Pero si hay que quedarse con alguno de estos momentos, me quedo con Forrest Gump y, sobre todo, con su madre, cuando le hablaba de la caja de bombones en que consistía la vida.

Y hasta aquí estos momentos, entre los cuales es difícil escoger. Y seguro que a quine me lea se le ocurren más y hasta podemos hacer una segunda parte. Por eso, dedicaré el aplauso a todas las personas que los han hecho posibles, y a quienes los han emulado en nuestro mundo. Siempre nos quedará el Juzgado, como habría dicho Humphrey en Casablanca.

Desesperación: no nos tiremos al tren


                Uno de los sentimientos mas utilizados en el mundo del arte es la desesperación. Las caras descompuestas de obras como El grito o El Guernika están en el imaginario colectivo, sin ninguna duda. En el mundo del cine encontramos títulos como Desesperación, Desesperación y esperanza, Desesperada, sin olvidar, por supuesto, la novela de Stephen King en que se basó la película. Y es que da mucho de sí.

                En nuestro teatro no podíamos ser menos, y la desesperación es plato de frecuente consumo. No en balde vivimos siempre Al borde del ataque de nervios. Y, a diferencia de las protagonistas almodovarianas, eso nos pasa tanto a mujeres como a hombres.

                Y es que los plazos , las reformas, los señalamientos que coinciden , los juicios, las guardias , la necesidad de conciliar y todas las cosas con las que convivimos hacen que nuestra vida no tenga un minuto de sosiego. Y podría decir que n falta que nos hace, pero igual a alguien le entran ganas de matarme y no está el horno para bollos.

                Por si alguien tiene dudas sobre los que digo, cogeré alguna de las frases más habituales sobre la desesperación y demostraré lo relacionadas que están con Toguilandia. Y ya al cerrar el telón me dais el aplauso si lo he conseguido.

                Tal vez una de las frases más habituales que se usan a este respecto esla “ir a la desesperada”. Y a la desesperada vamos cuando no nos queda tiempo para prepara un juicio o interponer un recurso, o para hacer un dictamen o una sentencia cuando de Señorias se trata, y hacemos lo que podemos. Aunque, si de verdad hablamos de ir a la desesperada, es lo que vemos en algunas causas en que, aunque no tienen ni un pase, se pelean y se pelean hasta el final. Porque, como dice otro refrán, «Hasta el rabo todo es toro”. O, más sencillo, por si las moscas.

                También escuchamos habitualmente eso de que “el que espera, desespera”. Y, lamentablemente, en el mundo de la justica esto es una realidad más común de lo que nos gustaría. Es tanto el colapso en algunos sitios y tantos los trámites a seguir que algo que aparentemente es sencillo puede tardar años. Y, ojo, no por culpa nuestra, que con los mimbres que tenemos bastante hacemos con hacer las cestas que podemos. Y para desesperación, no perdamos de vista lo que tarda nuestro tribunal constitucional en emitir determinadas sentencias, hasta el punto de que cuando llega, ya no hacen ni falta. Ejemplos recientes han sido las decisiones sobre los decretos de la pandemia, o los once años para decidir sobre una ley del aborto que ya no existía cuando se tenía que dictar sentencia. Para hacérselo mirar.

                También en este sentido hay un dicho según el cual “no hay espera larga sino paciencia corta”. Y podría decir que es aplicable a lo que tardó en renovarse el Consejo General del Poder Judicial, pero entonces sería yo quien me estaría pasando doce pueblos. Y es que, aunque ahora ya esté renovado, no era de recibo que llegara a estar cinco años en funciones. Para desesperarse y mucho más.

                No obstante, a mi siempre me gusta decir eso de “mientas hay vida hay esperanza”, que sirve como comodín del público casi para cualquier cosa. En términos toguitaconados, podemos decir que mientras una resolución no sea firme, podemos seguir recurriendo. Pero es que, incluso cuando es firme, podemos acudir a tribunales europeos, internacionales y, por supuesto, al Constitucional que, como hemos dicho más de una vez en estas funciones, no es poder judicial ni opera como recurso jurisdiccional, aunque muchas veces se haga ver así.

                Así que hay que ser optimistas y pensar eso de que “A quien espera su bien le llega” porque, como sabemos, la esperanza es lo ultimo que se pierde. Esperemos que así sea. O, como dijo Thomas Fuller de manera más rimbombante, quedémonos con que “la desesperación infunde valor al cobarde” Y, valientes o cobardes -todo es relativo- demos nuestro aplauso a quienes no sucumben a la desesperación y siguen adelante. Que, como dijo Unamuno “Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”