Y van 10: muchas togas y más tacones


              El 10 es el número de la perfección para muchas cosas. Un diez es la mejor calificación, y si algo sale de diez es que está perfecto. Por eso diez eran Los diez mandamientos, y hay títulos de obras como 10 negritos, 10 razones para odiarte y hasta, usando la multiplicación, 100 años de soledad o 10.000 especies de abejas. Y por eso, también, se llamó a Bo Derek, 10, la mujer perfecta. Y es que, en la medida de los posible, siempre se busca estar lo más cerca de la perfección.

              En nuestro teatro también buscamos la perfección, aunque en una materia como la nuestra es prácticamente imposible alcanzarla. Cuando hay una contienda con dos o más partes enfrentadas, la solución siempre deja descontenta a una de ellas, o incluso a las dos. Ya reza el dicho que nunca llueve a gusto de todos. Y ya sabemos cómo le fue a Salomón en su famoso juicio.

              Pero hoy no iba a hablar de juicios ni de supuestas perfecciones, sino de dieces. Porque diez son los años que hace que me lancé a esta aventura de abrir el telón de Con Mi toga Y mi Tacones. Me lancé a inaugurar nuestro teatro y a interpretar funciones periódicas, dos veces por semana, salvo alguna muy justificada excepción.

              Por aquí han pasado actores y actrices principales y de reparto, así como tramoyistas, espectadores y todo aquel que pase por nuestro mudo toguitaconado. Hemos hablado de procedimientos y de sentimientos, de victimas y victimarios, de éxitos y fracasos , de penas y alegrías . Hemos hablado en broma y en serio, y de anécdotas que causan tanta risa como lágrimas, sino ambas a un tiempo. He contado cuentos e historias, reales o ficción, aunque al final pocas cosas más increíbles que las que ocurren en nuestro día a día.

              En este tiempo, he recibido premios que son regalos y regalos que son premios, y en algunos de ellos este escenario ha tenido su influencia. Pero Con Mi Toga Y Mis Tacones no se conformaba con eso. Así que llegó un momento en que el blog mismo fue el protagonista, ya que fue primero nominado y luego galardonado con el premio al mejor blog en categoría personal del premio 20 blogs de 20 minutos. Y, hace menos de un año, el post sobre Valoración del riesgo recibió el premio al mejor post jurídico en los premios de blogs jurídicos. Ahí es nada.

              Han sido diez años de alegrías. Porque penas, la verdad, las ha habido, pero nunca han tenido que ver con el blog, Y también me ha querido acompañar en mis pasos literarios, con esos microrrelatos que de vez en cuando animan sus páginas virtuales, o con la referencia a mis libros (), que, como el propio blog, también han llegado a su décimo aniversario con la última criatura, Em deien Caratrista . Aunque ya hay alguna más en camino. Pero guardadme el secreto.

              No obstante, que nadie se me asuste, que este teatro no echa el cierre. Al menos, mientras siga habiendo personas que, semana tras semana, siguen leyendo mis aventuras y mis ocurrencias, mis chascarrillos y mis explicaciones. Personas que sé que se alegran con mis éxitos y se entristecen con mis fracasos.

              Sé que ahora los blogs no son lo que fueron cuando este vio la luz por vez primera. Entonces no había tik tok, ni influencers ni otras clases de comunicación que ahora son las más vistas. Pero si los vinilos han vuelto, aunque nunca se fueron de todo, lo mismo podemos pensar de los blogs. O al menos así me gusta verlo a mí.

              Por todo esto, y por mucho más, me gusta seguir asomándome a las tablas de este escenario cada martes y cada viernes. Porque sé que siempre hay un público fiel, además de quienes se asoman esporádicamente. Y ese público fiel le doy hoy mi aplauso, con tanta fuerza como soy capaz de dar. Y más. Porque merecen eso y mi agradecimiento eterno. Os seguiré esperando cada semana.

Ser víctima: la vuelta a la tortilla


              En general, todo el mundo tiene su sitio en cada lugar. Pero a veces, las cosas se dan la vuelta y toca ocupar puestos inesperados. Las cosas pueden darse La vuelta, sea o no La vuelta al mundo en 80 días. Son esas cosas que vuelven nuestra vida Del revés, aunque sea por un solo momento.

              En nuestro teatro cada cual ocupa su sitio, como una coreografía perfectamente orquestada. Pero puede ocurrir que, de repente, pase algo que cambie nuestro lugar en el escenario, y no siempre es fácil de asumir. Pero ocurrir, ocurre.

              Por todo eso, hoy quería contar algo que es personal y profesional al tiempo. Y lo quería hacer como catarsis, pero también como lección. De lo que se debe y de lo que no se debe hacer. Porque siempre pasa: somos capaces de ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la vida en el propio. Ya se sabe. Consejos vendo que para mí no tengo.

              La historia que hoy traigo a los tacones es una historia que todavía me cuesta de contar. Y conste que puedo hacerlo sin vulnerar ningún secreto -ni de sumario, ni de confesión, ni de nada- porque el hecho fue reflejado en la prensa. Por supuesto, una vez recayó sentencia, y la sentencia adquirió firmeza.

              Los hechos empezaron hace bastante tiempo. Y se prolongaron más de lo que debí consentir y acabaron hace no más unos meses. Ahí van. Ojalá sirvan a alguien que pase por un trance así.

              Como sabe cualquiera que me conozca un poco, una de las constantes en mi vida personal y profesional es la lucha contra la violencia de género. Eso, por supuesto, unido a una cierta visibilidad en redes y medios -con la inestimable ayuda de mi toga y mis tacones- me convirtieron, sin yo buscarlo, en una diana andante para determinadas personas, negacionistas, cuñados y otras especies que cada vez proliferan más.

              Así las cosas, alguien convirtió mi persona en el centro de su ira, tras haber sido condenado por un asunto de violencia de género. A pesar de que no fui yo quien calificó los hechos, y que tampoco ostentaba jefatura ni mando alguno, ató los cabos armándose un lío con ellos y me atribuyó las culpas de todos sus males. Me siguió y persiguió, no solo por redes. Llegó a presentarse en actos y conferencias y reventármelos de la peor manera posible. Publicó infundios sobre mí, y, de no ser porque el gene me conoce, el mal hubiera sido mayor porque intentó vender su historia y sus infundios contra mí a varios medios de comunicación.

              No contentó con ello, abrió una cuenta de Twitter con una foto mía manipulada donde, entre otras lindezas, me llamaba “feminazi”. Y tiempo más tarde abrió otra utilizando mi fotografía y mi nombre para insultarme y burlarse de mí, y, de paso, animar a más gente a que lo hiciera. Y eso fue la gota que culminó el vaso.

              Hasta ese momento yo, haciendo lo contrario a lo que le digo a todo el mundo que haga, me resistía a denunciar. Pensaba que daría más alas y me costaba dar el paso. Fue un error, ahora lo sé. Pero una buena amiga periodista no me dio opción, En cuanto vio lo ocurrido con la cuenta fake, fue ella quien lo publicó y con eso tuve que decidirme a denunciar. Sí o también. Y nunca se lo agradeceré lo suficiente.

              El resto, fue ir rodando por una pendiente cuesta abajo, relativamente sencillo, pero con vértigo. Como quiera que yo misma, por razones obvias, no podía asumir el conocimiento de la causa, lo hizo un compañero con una gran profesionalidad y a pesar de saber la presión que supone algo así. Y lo logró. La codena fue no solo por insultarme y acosarme a mí, sino también por injuriar a una compañera que era quien intervino en la causa contra él. Y se le condenó por delito de odio, por discriminación por razón de ideología y género, tras el reconocimiento de los hechos.

              Pusimos una pica en Flandes, entre todas las personas que formamos parte de ello. Y no lo cuento por hacerme una muesca en la toga como el sheriff del western, sino para contar a todo el mundo que se ha de denunciar. Aunque sentarse en estrados desprovista de mi toga como escudo me hizo sentirme desnuda, y aunque tuviera que pasar más de un mal rato. Ahora ya puedo decir con mayor conocimiento de causa como se sienten las víctimas de estos delitos, y aseguro que no es agradable. Como aseguro que esto me ha servido para tener siempre presente como se deben sentir las personas que pasan por nuestros juzgados.

              No quiero victimizarme ni dar pena. Lo mío es una gota en e océano y hay situaciones muchísimo más duras. Pero lo tendré siempre presente. Igual que tengo el agradecimiento eterno y el aplauso para mi amiga periodista, mi involuntaria compañera en este viaje, las amigas que me ayudaron a guardarlo todo para el momento preciso, el fiscal que llevó nuestro asunto, y a nuestro jefe por apoyarnos, por supuesto. Mil gracias de nuevo.

La equivocación: nada es lo que parece


Hoy, en Con Mi Toga y Mis Tacones, un relato. Que no est`´a basado en hechos reales, pero podría estarlo

Relato galardonado con el premio del público en el concurso Un día de partit
convocado por la publicación Descriu.org.

LA EQUIVOCACIÓN

—Pedro, Juan, Rosa, ¡levantaos!
—¿Qué pasa?
—Mirad, mirad.
No podíamos creerlo. Todavía estábamos bajo los efectos del jet lag, pero no
podía ser. No podía tratarse de una alucinación colectiva. Tenía que ser verdad.
Por la ventana, veíamos la plaza de bote en bote, llena de gente de las más
diversas condiciones y edad. Gritaban, y llevaban pancartas y carteles. Estaban alegres,
muy alegres. Se respiraba un ambiente de fiesta que nos hizo sonreír, a pesar del
cansancio.
La sorpresa fue mayúscula. Hay que reconocer que nuestra experiencia tuvo
cierta repercusión en la prensa del lugar y hasta algún periodista internacional se nos
había acercado en busca de una entrevista. Pero la verdad es que no habíamos visto ni
un solo medio de comunicación de nuestro país. Entonces fue una tremenda decepción,
pero ya lo habíamos olvidado. Y ahora, esto lo compensaba todo.
Y tanto que lo compensaba. Miles de personas reunidas alrededor de nuestra
habitación de hotel, con unos carteles en los que ponía frases como «Bienvenidos,
héroes», «Ánimo», «Sois nuestros ídolos» y cosas parecidas. Ni en el mejor de nuestros
sueños hubiéramos imaginado algo así, después de la pesadilla que habíamos vivido.
Solo hacía cuatro días que regresamos. Habíamos permanecido secuestrados
durante más de tres meses, con el miedo enganchado en la garganta. Cada nuevo día
pensábamos que sería el último. Hasta el momento en que llegaron para rescatarnos,
claro. Nunca en la vida lo olvidaríamos. Ni en cien vidas que tuviéramos. Nos habíamos
embarcado en aquella aventura con la intención de salvar vidas y casi perdemos las
nuestras. Con toda la ilusión del mundo, viajamos con una ONG para ayudar a repartir
comida y medicamentos. Pero de pronto conocimos a aquel grupo de niñas asustadas
que imploraban auxilio. Solo eran unas crías, e iban a ser mutiladas salvajemente, según
la barbarie que llamaban «costumbre». Por eso acudieron a nosotros. Nos contaron que
en unos días las llevarían a un lugar a hacerles eso que ellas llamaban «el corte», y que

no era otra cosa que la ablación genital. Y no nos lo pensamos ni por un instante.
Escondimos a las niñas y no se lo dijimos a nadie, con el convencimiento de que no nos
descubrirían.
Solo habían pasado un par de días cuando aquellos hombres irrumpieron en
nuestra tienda de campaña. A base de golpes y empujones nos trasladaron a un lugar
desconocido, donde nos encerraron hasta que perdimos la noción del tiempo. Todos los
días nos recordaban que tendríamos que pagar por lo que habíamos hecho.
Por suerte, en nuestra ausencia, la organización se había hecho antes cargo de las
niñas, aunque en esos momentos desconocíamos qué habría sido de ellas. No lo supimos
y tampoco las volvimos a ver. Ni siquiera nos atrevimos a preguntar. Ya habíamos
tenido suficiente.
Al fin y al cabo, nos rescataron y regresábamos a casa. Y ahí estábamos, en un
hotel donde cualquier comodidad nos parecía un milagro, después de un cautiverio en
condiciones terribles. Después de aquello, ver lo que estábamos viendo por la ventana
hizo que lloráramos todas las lágrimas que no derramamos en su momento.
Bajamos a la calle con la emoción a flor de piel. Y entonces nos llevamos una
nueva sorpresa. Cuando nos disponíamos a saludar, un adolescente nos gritó.
—Apartaos. No nos dejáis verlos.
Detrás de nosotros, un grupo de chicos con chándal de uniforme recibían los
aplausos que creíamos que nos correspondían. Y nos invadió una terrible sensación de
ridículo. ¿Cómo pudimos llegar a pensar que todo aquello era por nosotros?
Los chicos del chándal eran futbolistas que iban a jugar esa misma tarde la final
del campeonato, a la que habían llegado con mucho esfuerzo, según nos contaron. Nada
que ver con lo nuestro…
Cuando cruzábamos la calle cabizbajos, una chica se me acercó. Con un
pronunciado acento extranjero, nos dijo:
—Gracias. Mi hermanita se ha librado de lo que me hicieron a mí, y a mi madre,
y a la madre de mi madre.
Su abrazo valía más que todas las pancartas y carteles. Fue el mejor gol del
mundo, pese a que nadie lo celebrara con gritos ni pirotecnia. Ni falta que hacía.

Outfit: cómo presentarse a juicio


              Llevar el look adecuado en cada momento no es fácil. El mundo de la moda ha dado lugar a miles de publicaciones y a algunas películas que se hacen eco de ello, como Pret a porter, El diablo viste de Prada, Cara de Ángel, Saint Laurent o Versace. O la Confesiones de una compradora compulsiva, si queremos reírnos un poco. Porque sin risas, mal vamos.

              En nuestro teatro, la vestimenta es una parte más importante como creemos. Tanto en un lado como en el otro de estrados. Ya hablamos de ello cuando estrenamos la función destinada al vestuario , y también a nuestra vestimenta aunque hoy el guion irá por otros derroteros. Palabra de la hija de la modista, que soy yo misma.

              Como decía, ya hemos hablado de cómo vestimos -y de cómo no lo hacemos- los intérpretes fijos de nuestras funciones, esto es, jueces y juezas, fiscales, lajs, abogadas y abogados, médicos forenses, funcionariado y todos los que trasnsitamos por Toguilandia.  Togas, puñetas, batas, trajes de chaqueta, corbatas y, como no, tacones, son el pan nuestro de cada día. Pero ¿cómo deben vestir quienes nos visitan, voluntaria o forzadamente? Pues de eso se trata, así que vamos a ello.

              Desde mis primeros días en nuestro toguitaconado mundo, me llamó la atención una cosa. Yo creía que cuando alguien iba a un juzgado, tenía que ir aviado a punto de once, como iría mi madre si se viera en el caso. Pero pronto me di cuenta de que, de eso, nada. Y que, aunque hay quien viene a declarar a un juicio de delito leve, o a un juicio de faltas de los de antes vestido como si fuera de boda, no siempre pasa eso. Y vemos de todo.

              En cuanto a quienes vienen  más bonitos que un San Luis, me acuerdo especialmente de una señora que vino a un juicio por un pleito con su vecina y llevaba hasta tocado, con sus tules y sus plumas y todo. Negro, eso sí, que la discreción que no falte. Confieso que no fui capaz de decir nada a aquella buena mujer, ni siquiera que se quitara aquello de la cabeza para entrar en sala. Y, ya puesta, confieso también que no recuerdo nada del unto que la trajo allí, ni siquiera lo que solicité ni cuál fue la sentencia. Pero su tocado de plumas me perseguirá mientras viva.

              Por desgracia, la tónica habitual no es pecar por exceso, sino por defecto. Cuando estuve en un destino con playa, era más que habitual que la gente apareciera para declarar en juicio, o para cualquier otra diligencia, con pantalón corto y chanclas. Y gracias, que incluso hubo uno que entró en el juzgado sin camiseta y así hubiera seguido si Su Señoría no le hubiera dicho de forma más que tajante que así no se comparecía en sala. No sé de donde las sacó, pero encontró una camiseta. Lo de las chanclas, eso ya es harina de otro costal. Ni las suyas ni las de otros muchos que vinieron detrás.

              Otra de las vestimentas que nos traen con frecuencia es la de trabajo. Y no, no hablo de la librea de un portero de local de copas de lujo, o el frac de un director de orquesta. Tampoco viene nadie con bata de sanitaria ni toga y birrete. Quienes vienen con su ropa de trabajo, lo hacen con el mono de mecánico chorreando aceite o la camiseta de pintor chorreando pintura. Y yo, la verdad es que respeto mucho su trabajo, pero también querría que respetaran el mío. Porque yo no acostumbro presentarme en el taller del coche con la toga puesta. Y menos si tuviera más manchas que el abrigo de Cruella de Vil. Pero igual son manías mías.

              No obstante, la idea de este estreno viene de algo que me pasó el otro día, y tenía que compartirlo, porque todavía estoy de pasta de boniato. Estaba yo de guardia en mi juzgado de violencia de género cuando nos trajeron un detenido por quebrantamiento de medida, El abogado, que se había entrevistado previamente con -él como está mandado, solo nos advirtió que no nos perdiéramos su camiseta. Y era como para no perdérsela, la verdad, porque el angelito llevaba nada más y nada menos que una foto estampada de él con su pareja respecto de la cual tenía ya vigente una medida de alejamiento que acababa de incumplir con algo más que con la imagen de la camiseta.

              Pero no era el único outfit pintoresco que tocaba ese día. El mismo abogado que, por cierto, iba impecablemente trajeado a pesar del calor estival que nos gastamos por estos lares, había atendido a otro detenido del que también nos advirtió sobre su camiseta. Era otro estilo, sin duda, pero tan llamativo como el otro. A este no le faltaba ni un rasgón en la prenda con la que se mal cubría el pecho. Vamos, que se había roto la camisa como el mismísimo Camarón. Y nosotras, aguantando mecha, impertérritas como e espera de nosotras, aunque lográndolo a duras penas.

              Y, como no hay dos sin tres, contaré como apareció otro de nuestros “clientes” al día siguiente a un juicio por delito leve. Aparte de no callar ni debajo del agua, por más que se le advirtió que le echaríamos de la sala, el tipo en cuestión mascaba chicle como si no hubiera un mañana y llevaba calada en todo momento una gorra con la leyenda “the boss”, como si tuviera que recordarnos quién manda en su casa. Solo le faltó decir que era el puto amo, aunque si le damos un poco de carrete, seguro que lo hacía.

              Y con esto, cierro el telón por hoy, aunque sin olvidarme del aplauso. Que es, sin duda, para todas las personas que se esfuerzan en venir al juzgado como dios manda. Incluida la señora del tocado, por supuesto

Gramática: género y número


              Todo el mundo ha estudiado gramática en el colegio. Hay quien la recuerda más o menos, quine la usa más o menos, pero existir existe. Lo verbos se conjugan en primera segunda y tercera persona, en singular y en plural. Y, trasladado al cine, da lugar a títulos como Yo confieso, Nosotros en la noche, Vosotros sois mi película o El dijo, ella dijo, sin ir más lejos. Y es que la lengua ha de pasar de ser una Asignatura pendiente a una Asignatura aprobada. O eso debería ser.

              En nuestro teatro tenemos nuestras propias peculiaridades a la hora de conjugar los verbos. Peculiaridades que a quienes no transiten por Toguilandia les pueden llamar la atención, y no sin razón. Porque a veces se usan , y otras se abusa de ellas.

              Pero mejor lo explico con ejemplos, que es como se ven las cosas más claras. Y empecemos con una de nuestras formas de hablar más características, el emplear la primera persona del plural aunque quien hable sea una sola persona. Son frases como “impugnamos el documento” o “nos adherimos al recurso” cuando quien está hablando es una sola persona, se trate del abogado o del fiscal. ¿Es correcto y adecuado este uso? ¿O se podría utilizar una forma más moderna y acorde a los tiempos que corren?

              Ese uso del plural podría considerarse como un plural mayestático. Según el diccionario es el plural arcaizante empleado para reflejar la autoridad de reyes, papas, etcétera. Aunque tal vez,  se trate de otra figura parecida, pero de finalidad totalmente opuesta, el plural de modestia. Según San Google, constituye un recurso retórico utilizado por el hablante para restarle protagonismo al yo y dar una imagen de humildad y no de arrogancia.

              Si he de ser sincera, esa forma nuestra de hablar en plural cuando somos una sola persona no me parece que responda a una cosa o a otra. No creo que la abogada o abogado que nos dice en su informe cosas como “no podemos por menos que oponernos a todo lo que pide el Ministerio Fiscal” pretenda ser con ello humilde, porque, dicho sea en estrictos términos de defensa -por una vez, seré yo quien emplee esta fórmula- parece más prepotente que otra cosa. Pero tampoco casa demasiado bien con la definición del plural mayestático, porque una cosas es resultar un poco arrogante, y otra ser un papa o un rey. Ni tanto ni tan calvo. En mi opinión, responde más bien a una costumbre del foro que vamos adoptando por inercia, y que quizás habrá que replantearse para que la gente nos entienda. Porque cualquier día alguien nos pregunta, como hacía mi preparador cuando hablábamos en plural al cantar el tema y emplear términos como “consideramos que..”: ¿lo consideras tú y quien más?.

              En mi caso, confieso que uso un subterfugio que me hace sentirme más cómoda que lo de hablar en plural cuando soy una sola fiscalita ante el peligro. Así que, siempre que puedo, utilizo la forma impersonal del verbo, que me permite eludir el singular y el plural. Cosas como “hay que entender que..” resultan muy útiles a estos efectos, y evitan que nadie busque a tu amiga invisible. Es algo así como lo que se hace cuando se conoce a la suegra y no se sabe si hablarle de tú o de usted. Una dice “por favor un vaso de agua”, en vez decir “¿me da un vaso de agua?» o “¿me das una vaso de agua?”. O de vino, claro está, pero tratándose de la suegra, más vale no pasar por alcohólica en el primer contacto. Por si las moscas.

              Otra de nuestras peculiaridades, y esta sí la defiendo a ultranza, es el uso del usted a machamartillo. Con la toga puesta, se habla a todo el mundo de usted, y viceversa. Aunque la abogada sea mi compañera de facultad o la testigo sea mi vecina de toda la vida. Ya volveremos al tú fuera de estrados. Al hilo de esto, siempre recuerdo a un magistrado que, enfadado porque el acusado le respondía de tú pese a su pronunciado uso del usted, le espetó un “¿acaso o tomo sopas con usted?”. Lo que no se esperaba Su Señoría es que el ínclito le respondiera, más fresco que una lechuga “sopas no, pero si quiere nos tomamos unas cañas”. Pero no creo que se materializara tal cosa ya que el acusado salió de allí con una condena in voce como la copa de un pino.

              Es frecuente, también, que nos refiramos a nosotras mismas hablando en tercera persona, como hacía un famoso seleccionador de fútbol o ha hecho, hace poco, la vicepresidenta del gobierno. Decir cosas como “esta fiscal considera probada tal o cual cosa” hace que alguna vez miren a mi lado como buscando a la fiscal a la que me refiero, así que cada vez lo hago menos. Aunque no puedo evitar que se me escape de vez en cuando lo de “el Ministerio Fiscal estima tal o cual cosa” y que hace que, quién no sabe de que va nuestro mundo, crea que estoy hablando de una tercera persona. Hasta un vez me dijeron que no entendían que estaba diciendo “del misterio ese”. Y es que, en el fondo, la fiscalía sigue siendo un misterio, el misterio fiscal. ¿O no?

              Para acabar, otro modo de hablar que llama la atención a más de uno y, sobre todo de una. Se trata de referirse a una misma en masculino y tercera persona, aun cuando se es mujer. Eso hacía una abogada en un procedimiento de jurado, en que se refería a sí misma repetidamente como “este abogado”. No sé si se daría cuenta, pero las caras de estupefacción de los miembros de jurado eran dignas de estudio. Y, por cierto, condenaron a su cliente por unanimidad. Ahí lo dejo

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso lo pido en primera persona del singular para todas aquellas personas que usan la gramática como toca. En Toguilandia y fuera de ella.

Salomonismo: el difícil punto medio


              Todo el mundo ha oído alguna vez eso de que “en el punto medio está la virtud”. El problema es cómo encontrar ese dichoso punto medio. Según la tradición, o la leyenda urbana, o lo que sea, Salomón con sus decisiones, era un hacha en eso de hallar el punto medio. Y en muchas otras cosas, si nos fijamos en la cantidad de películas que se la han dedicada a lo largo de la historia del cine: Salomón y la reina de Saba, Las minas del Rey Salomón, El rey Salomón o, simplemente, Salomón.

              En nuestro teatro hay que encontrar muchas veces ese punto medio donde está la virtud, aunque no siempre es fácil de hallar. Y no siempre tirar por la vía de en medio es hacer justicia, aunque pueda parecerlo.

              Como sabemos, la Justicia suele representarse gráficamente con una balanza. Y esa balanza se supone que tiene que inclinarse hacia el lado correcto que, no es, necesariamente, mantenerse en un punto de equidistancia. De hecho, como esto no es un partido de fútbol, el empate es muchas veces imposible. El problema es quién mete gol, si lo hace en fuera de juego, y quién comete un penalti, dicho sea en términos futbolísticos ahora que la Eurocopa nos tiene con el balompié presente a toda hora.

              En la jurisdicción penal, el salomonismo es difícil de encontrar. En la inmensa mayoría de los casos, nos encontramos con unas acusaciones que piden una condena y una defensa, que pide la absolución, y encontrar una postura intermedia es casi imposible. Porque o se condena o se absuelve, no queda otra. Otra cosa es que se condene a mucho menos de lo que se pedía, y que eso se quiera “vender” como un punto intermedio. Precisamente, en eso se fundamenta, entre otras cosas el instituto de la conformidad . Bueno, en eso, y en el dicho popular de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio, que suele ser una verdad como la copa de un pino.

              No obstante, hay veces que por más que nos empeñemos, ese punto de salomonismo es imposible.  Cuando de situación personal se trata, o se acuerda la prisión o la libertad, y no hay más vuelta de hoja. Y, aunque la libertad sea con medidas que la limitan o restringen, como la fianza , la obligación de comparecer apud acta, la retención del pasaporte, el alejamiento, o la colocación de un dispositivo telemático de control, o se está en la cárcel o no, y no hay más.

              En otras materias, es más sencillo eso del salomonismo. Si de dinero se trata, especialmente. Nada más fácil que calcular si uno pide 4 y otro ofreces 2, que el punto medio sea el 3. Es de cajón. Aunque no siempre sea lo más justo. Al fin y al cabo, tampoco lo era partir al bebé que reclaman dos madres como acordó el Rey Salomón, y ha pasado a la historia por esa decisión.

              Además, cuando hablamos de otras cuestiones especialmente delicadas, no nos podemos quedar en el simplismo de ir al “ni pa ti ni pa mí”. Porque podríamos acabar cometiendo una injusticia de graves consecuencias. Cuando se trata, sin ir más lejos, en decidir sobre una guarda y custodia, cuando ambos progenitores la reclaman, la decisión más salomónica sería la e acordar la custodia compartida. Y esta es una solución no cada día más frecuente sino amparada por la ley. Pero hay excepciones, como es el caso de la violencia de género o de caso de maltrato al menor. En estos casos, acordar una custodia compartida sería tan injusto como perjudicial para el menor. Y las consecuencias podrían ser devastadoras.

              Por último, hay ocasiones en las que, no siendo posible encontrar ese punto medio, si es que, al menos, compensar el hecho de que no se encuentre, esto es, que no se haga justicia. Y en eso consiste la fijación de una indemnización. Como las cosas no se pueden reponer al estado que tenían antes de que el hecho dañoso rompiera el equilibrio, la única manera de compensar se cifra en dinero. Y así, se indemniza a quine ha sufrido lesiones en un accidente, o a quien ha sido despedido injustamente o se le ha despojado de algún bien.

              Y con esto se baja el telón por hoy. Y se baja por completo, que para eso nada de medias tintas. Como tampoco debe haber medias tintas a la hora del aplauso. Y este corresponde hoy, a todas y cada una de las personas que en su trabajo logran encontrar ese punto medio donde está la virtud. Con todo lo difícil que resulta

Procesamiento: de lo exacto e inexacto


              Hay un refrán que dice: injuria, que algo queda Y pocas cosas más reales. Por más que luego resulte que lo que se dijo de alguien es falso, o que no está acreditado, el sambenito está colgado y el daño hecho. Tal vez por so el cine esté cuajado de títulos como Presunto culpable, Presunto inocente, Presunto secreto y hasta Presunta muerte. Y, por supuesto, La calumnia.

              En nuestro teatro, la estigmatización está al orden del día, por más que por por mandato constitucional la presunción de inocencia . Y es que el “injuria, que algo queda” del refranero se convierte en “denuncia, que algo queda”. Y los medios de comunicación -o algunos de ellos- y las redes sociales hacen el resto.

              Ya hemos hablado en este mismo escenario varias veces del concepto de imputado , su cambio al más confuso de investigado, que es algo así como los chistes del colmo de los colmos. Se cita en calidad de investigado a alguien a quien aun no se ha investigado para investigarle. O no, según resulte. Ta vez por eso la generalidad de personas, fuera incluso dentro de Toguilandia, seguimos utilizando los términos “imputación” e “imputado”

              Pero hoy venía a hablar de otra cosa que no es igual, aunque sí parecida. Y lo hago a raíz de la conversación -mejor dicho, las conversaciones- con una buena amiga periodista a quien dedico este post, para que no se me enfade mucho, que sabe que la quiero.

              Se trata del procesamiento. Y de su papá jurídico, el auto de procesamiento. Eso que todo el mundo cree que sabe lo que es, pero que no es lo que parece. Así que vayamos por partes.

              En la prensa, es el pan nuestro de cada día decir que Fulanito o Sotanito está procesado por tal o cual delito. Aunque sea por mangar unas cremas en un súper. Y eso no es así, porque el procesamiento es una cosa muy concreta que solo existe en el caso de delitos graves, esto es, sancionados con una pena de 9 años de prisión o más, aunque la petición concreta de pena sea inferior.

              Sin embargo, nuestra Real Academia no lo tiene muy claro, a pesar de que da una definición de “procesamiento” a la que antepone la advertencia “Derecho”, y dice que es el “acto por el cual se declara a alguien como presunto autor de unos hechos delictivos a efectos de abrir contra él un proceso penal”. Por su parte, considera que “procesar” es “declarar y tratar a alguien como presunto reo de delito”

              Así que ¿Quién tiene razón, la RAE o la pandilla toguitaconada? ¿Y a quién tiene que hacer caso la prensa para hacerlo bien? Pues no es fácil la respuesta, aunque lo parezca. Pero con un poco de salomonismo igual lo arreglamos. O sea, con un ni pa ti ni pa mí de toda la vida.

              De modo que vamos a aceptar barco como animal de compañía, y dejar que se siga usando “procesar” en el sentido que lo hace la RAE, aunque podría haberlo simplificado bastante explicando que se trata de atribuir -al menos provisionalmente y hasta el propio juicio- a alguien un delito. Y entonces tendríamos que admitir, aunque sea a regañadientes, que se use este verbo cada vez que alguien es considerado investigado -o imputado, o sospechoso, o encartado- en un proceso. Pues ea, lo admito, aunque se pongan de punta las puntillas de las puñetas de mi toga.

              Pero por lo del auto de procesamiento no paso. Porque el auto de procesamiento solo recae en los casos en que se ha terminado la investigación y se ha concluido por Su Señoría que hay indicios serios de que alguien ha cometido un delito grave, de esos que la ley castiga con 9 años de prisión o más. De hecho, cuando estudiaba la oposición ya había un tema que explicaba que el entonces nuevo procedimiento abreviado prescindía del auto de procesamiento porque, entre otras cosas, suponía estigmatizar a una persona.

              Cuando le cuento todo este rollo a mi amiga periodista, siempre me sale con la misma. Me dice que lo que escribe tiene que entenderlo todo el mundo, incluido el camarero del bar y la florista de la esquina. Y no le falta razón, por eso me trago el sapo del verbo “procesar”. Pero por lo del auto de procesamiento, si que no. O qué me expliquen por qué narices el camarero o la florista saben qué es el dichoso auto y no se les puede explicar de otra manera, esto es, utilizando la lengua castellana común y corriente y no un pseudo tecnicismo mal utilizado. ¿O acaso un médico admitiría que se llamara cáncer a un ictus solo porque ambos pueden tener fatales resultados? Si no se usa bien, más vale llamarlo “grave enfermedad” o incluso “cruel enfermedad” si se quiere ser más poético.

              En realidad, la culpa no la tiene ni mi amiga ni sus colegas ni tampoco las puñeteras toguitaconadas como yo. La culpa la tiene el divorcio entre lenguaje coloquial y lenguaje jurídico del que ya hemo hablado más de una vez, y lo que te rondaré morena. Y es que se nos olvida que la justicia pertenece al pueblo, por más que lo diga la Constitución y hay quien lo repita cada vez que le interesa.

              Y con esto bajo el telón por hoy. Por supuesto, el aplauso es para mi amiga. Que con esto ya seguro que no se enfada. O eso espero.

Otrosí: ¿uso o abuso?


              Más de una vez, las cosas que creemos terminadas necesitan de un añadido. Como ese poco de azúcar con el que la píldora de Mary Poppins entraba mejor. Sea porque hay que ir Un poco más allá o porque siempre hay Cosas que no se olvidan, hay que encontrar una fórmula para esos anexos. En el cine y en la vida

              En nuestro teatro siempre parece que queda sitio para añadidos. Las antiguas Diligencias para mejor proveer, las Cuestiones Previas, las de Previo pronunciamiento o las Diligencias Finales son buena prueba de ello, así como esos anexos o adendas indeterminados que se agregan a las pruebas documentales. Pero hoy no vamos a tratar de nada de eso, sino de una fórmula tan vieja como útil, el otrosí, que se ha convertido en un cajón de sastre que cualquier día revienta de tanto contenido.

              Según la RAE, Otrosí es un adverbio que significa “además”. Y apostilla nuestra magna institución “Usado más en lenguaje jurídico”. Evidentemente, no “más”, sino “solo”, diría yo. Que a ver quién le dice a su madre, por ejemplo: “mamá, láveme las zapatillas otrosí los calcetines”. ¿A que no? Pues eso. Aunque tampoco he visto un escrito jurídico donde diga: “además dice que procede el foliado de los autos”. Cada adverbio en su sitio, y Dios en el de todos, como me decían en el cole.

              Aunque, continuando con nuestra Real Academia, siempre se cura en salud y nos da otra acepción, especificando que es propia del Derecho. Así, define el OTROSI como “cada una de las peticiones o pretensiones que se ponen después de la principal”. No está mal como aproximación, pero necesita algunas matizaciones. Y a eso vamos.

            Cuando yo daba mis primeros pasos en Toguilandia, me insistían en que hay que dejar hecho todo lo que se puede hacer, y el otrosí era algo así como reconocer que algo se había quedado en el tintero. Así que había que utilizarlo solo como excepción a la regla de que los escritos estaban acabaditos y preparados a punto de once. Así que solo se usaban cuando no quedaba otro remedio, bien fuera por no devolver una causa por cosas evitables como un foliado, o bien por cosas que no se pudieran practicar antes por cualquier razón. Y, por supuesto, para pedir la prueba en un escrito de calificación, aunque, si seguimos la definición de la RAE, algo falla porque en Derecho Penal la prueba es lo más principal de todo, y no sería un “además” sino un imprescindible, salvo que se trate de un juicio rápido con conformidad.

            Llegó un momento, sin embargo, en que se empezaron a usar como coletilla para advertir de cosas necesarias que no se habían hecho. Incluso sin comprobar así se habían hecho o no. Buen ejemplo de ello es la petición de apertura de pieza separada de responsabilidad civil en el proceso penal, porque nuestra viejuna LECrim lo sigue exigiendo, aunque no haya ninguna responsabilidad civil por ventilar. Es lo que tiene.

               Así que, como se abrió la veda, se empezaron a pedir otrosíes a cascoporro, tanto para cosas que no se habían hecho debiéndose hacer, como para las que se han hecho, y para aquellas que no se han hecho simplemente porque no tienen mucho sentido para determinados tipos de procesos. A este espíritu un tanto de formulario responde peticiones como las de pedir celebración a puerta cerrada o evitar la confrontación visual, muy necesarias en algunos tipos de asuntos, pero absolutamente superfluas en otros. Y ya sé que habrá a quine no le parezca bien, pero yo sigo abogando por ir al caso concreto y pedir las cosas donde se debe, en una solicitud aparte. Igual es que la viejuna soy yo.

            Pero no voy a criticar cualquier uso del Otrosí, que hay algunos muy necesarios, sobre todo cuando no hay otro modo de pedir las cosas, y se necesita además de cierta urgencia. A esa intención responderían peticiones como las de cambio de situación personal -si es para agravar mediante la celebración de la oportuna comparecencia claro está-, para subsanar defectos materiales como el de parte del foliado -siempre que no se trate de un juicio de jurado, donde los testimonios foliados correctamente son esenciales- o diligencias que no se han podido hacer por imposibilidad materia, como el reconocimiento forense para las secuelas de unas lesiones, ya que la ley prevé que se puede determinar en ejecución de sentencia.

            Más allá de esas cosas, y de algunas otras de las que hablaré a continuación, el abuso de esta fórmula puede producir el efecto contrario: que la petición importante se pierda entre las doce restantes, que se limitan a recordar cosas que no deberían recordarse sino hacerse directamente, como que se notifique una sentencia o que se dé cumplimiento a lo previsto en el Estatuto de la víctima.

            En cualquier caso, y en mi modesta opinión, los otrosíes se dividen en varias categorías: los necesarios, los “rabos de pasa” para remediar olvidos, los de mero trámite, y los “porsiaca” – por si acaso- para ver si logramos algo que antes no coló.

            Al primer grupo, pertenecen, además de la proposición de prueba, los que piden cosas que no se habían podido hacer por imposibilidad física, como el caso de las lesiones, o por imposibilidad jurídica, como el caso de pedir la revocación de una suspensión de otra pena si recae condena en esta.

            A los “rabos de pasa” pertenecerían las peticiones de algún documento indispensable que puede ser aportado de oficio pero que no se hizo en su día, como los antecedentes penales, o el desglose de algún documento que se coló por error. Hay veces que se meten ahí peticiones de decomiso o similares que deberían estar en otros lugares, como en las medidas cautelares o, directamente, en la pena. Pero nadie es perfecto.

            A los de mero trámite pertenecen el ya explicado acerca de abrir pieza separada de responsabilidad civil, que se pide siempre, aunque siempre debería hacerse, y no siempre se hace porque no siempre es necesaria materialmente. También las de pedir que se notifique la sentencia y tramites similares, innecesarios en principio por previstos en la ley, aunque la realidad demuestra que no siempre se hacen, y de ahí el otrosí. Cosas de nuestro mundo toguitaconado.

            Por último, están los “persiaca”, en los que cabe todo. Desde tratar de colar una prueba que se denegó, hasta pedir que se deduzca testimonio de determinada parte. Que se impute a quine no figura como acusado, o que se sobresea para quine ya lo fue y resultaron estériles los recursos para evitarlos. Incluso hay quien lo usa cuando se le ha pasado el plazo de recurrir como si fuera un término de gracia. Y no tiene ninguna, que parece que creen que los demás no nos damos cuenta.

            Y hasta aquí, estas notitas, en clave coloquial, para algo tan rimbombante. Espero que el post haya sido útil, otrosí que divertido. Si es así, le dais un aplauso al otrosí. De lo contrario, al otro no. Que no me iba a dejar en el tintero el chiste fácil

Retirada de acusación: ¿es posible?


A veces, hay que echarse atrás en las decisiones que tomamos. Y no pasas nada. Creíamos que las cosas eran bancas, y resultan ser negras, o grises. Y lo que procede entonces, más que el clásico “mantenella i no enmendalla” en acudir, una vez más al refranero: rectificar es de sabios. Como hicieron los protagonistas de Late Night, de La la land o hasta de Grease, al cambiar sus roles al final del filme.

En nuestro teatro los cambios de opinión son jurídicamente posibles, aunque no siempre están bien vistos. Y especialmente difícil resulta en el caso de la fiscalía que, asumiendo un papel de acusación a toda costa que ya hace tiempo que se quedó obsoleto, a veces hacemos un papelón. O corremos el riesgo de hacerlo si no cambiamos nuestra conclusiones a tiempo.

Veamos si no. Hay quien cree que conseguir que una fiscal retire una acusación es como poner una pica en Flandes. Pero hay que cambiar el chip de una vez por todas. Si partimos de la base de que la misión de la fiscalía no es acusar sino defender la legalidad, comprenderemos algo muy sencillo. Que, en defensa de la legalidad, a la sociedad le interesa tanto la absolución de un inocente como la condena de un culpable. Incluso, si me apuran, lo primero le interesa todavía más. Porque están en juego nada más y nada menos que los derechos de todas las personas.

Lo que pasa es que no es fácil desprenderse de la creencia -o tal vez debería decir leyenda urbana- de que el Ministerio Fiscal tiene por misión acusar a cualquier precio. Este rol, derivado en gran parte de las películas americanas donde el fiscal aspira a ser gobernador del Estado, hace que mucha gente crea que para nosotros retirar una acusación es poco menos que sentir que nos arrancan las uñas con hierros candentes. Y nada más lejos de la realidad.

Cuando las cosas cambian desde el momento en que se acusó porque no hay prueba, porque la misma ha devenido falsa, o porque la legislación ha cambiado, hay que saber modificar conclusiones. Que para eso eran provisionales cuando las hicimos y es en el juicio donde tenemos que modificarlas o elevarlas a definitivas. No podemos plegarnos a la inercia de que hay que mantenerlas a cualquier precio, aunque sea haciendo un informe para cubrir el expediente, porque eso no es así. En el proceso penal nos jugamos cosas demasiado importantes como para no ser susceptibles de variar la petición si varían las circunstancias. Hacerlo de otra manera nos convertiría en malos profesionales.

Atrás quedaron -afortunadamente- los tiempos el que cada miembro del Ministerio Fiscal se vanagloriaba de las condenas obtenidas al precio que fuera, como los vaqueros del salvaje Oeste. No estamos para hacernos muescas en la toga como si fuéramos el sheriff del condado.

Confieso que a mí no me gusta nada eso de “reproducir por vía de informe”. De hecho no lo hago nunca, porque me parece poco menos que decir que como no puedo justificar mantener la acusación, pues mejor callarme y dejarlo ahí. Creo que es mejor, como dice el refrán, una retirada a tiempo que una victoria.

Y sí, es cierto que cuando retiramos la acusación tenemos que elevar un informe a nuestro superior jerárquico para explicar las razones que nos han llevado a tomar tal decisión. Pero también es cierto que, en mis más de 30 años como fiscal, jamás me han discutido ni me han hecho el mínimo reproche por hacerlo, una vez explicado. Y aunque corra el rumor de que hay compañeras y compañeros que no retiran acusaciones por no hacer dicho informe, yo prefiero no creérmelo. Aunque, como dice mi hija, me tache de happy. O de hippy.

Así que con esto bajo el telón por hoy. Las retiradas de acusación existen, no como los Reyes Magos. No son los padres, por más que haya quien siga empeñado en creerlo. Por eso daré el aplauso a quienes, con honestidad y buen juicio nunca mejor dicho- retiran acusaciones cuando procede. Sean fiscales o acusaciones. Porque eso es lo que nos exige el estado de Derecho

Procedimientos penales III: juicio por delitos leves


              No todas las cosas tienen la misma importancia, por más que afecten a quienes las sufren. El cine nos muestra títulos como Pequeñas cosas, Pequeñas mentiras sin importancia o Pequeñas criaturas que dan buena fe de ello. Y es que, en realidad, en la vida como en el arte, todo es relativo.

              En nuestro teatro, los asuntos teóricamente más nimios en el campo penal se conocen en el llamad juicio por delitos leves, aunque no siempre fue así. Antes de 2015, eran los juicos de faltas los predecesores de este tipo de proceso, unos juicios que nos han dejado algunas de las más suculentas anécdotas. Si soy sincera, diré que todavía los echo de menos de vez en cuando.

              He de reconocer que sus sucesores, los juicios por delito leve, tienen bastante menos sustancia. En primer término, porque muchas de las faltas que entonces veíamos han quedado destipificadas, principalmente las referentes a insultos y vejaciones injustas de carácter leve, salvo en el ámbito de la violencia doméstica y de género, en que siguen existiendo, aunque sujetas al régimen de denuncia previa.

              Pues bien, aunque era precisamente bajo el paraguas de ese tipo penal donde veíamos pintorescas riñas de vecinos que han quedado para los anales de los chascarrillos judiciales, ahora tampoco se quedan cortos. Tampoco hay que ser injusta con los pobres levitos, nombre que les asigné en el post dedicado a despedir a los juicios de faltas, y que se les ha quedado para siempre. Aunque hay quien prefiere llamarlos delititos, que tampoco está nada mal.

              Lo más característico del juicio por delito es la reducción de trámites. No hay instrucción en sentido estricto, de modo que prácticamente desde el primer momento se declaran los hechos delitos leve, se cita a juicio y es allí donde se recibirá declaración a las partes y se calificará oralmente. Y, por supuesto, cabe la posibilidad de dictar sentencia in voce, que es bastante frecuente en este tipo de procesos. Correlativamente, las penas son más reducidas y los plazos de prescripción más cortos. No podía ser de otra manera.

              Pero, ya que hemos llegado hasta aquí, repasemos algunos de los juicios por delito leve más comunes. De una parte, tenemos los juicios por lesiones leves, de esas que no requieren tratamiento médico. Cosas como hematomas, arañazos o bofetones que, si se prueban, dar lugar a la correspondiente condena, sea en el ámbito vecinal o en cualquier otro. Un tipo de estos juicios que se ponen especialmente densos son aquellos en que hay agresiones recíprocas. Ahí, el resultado es incierto, y puede ir desde el “café para todos” cuando acaban condenadas todas las partes, hasta una colección de absoluciones debidas a la falta de prueba, motivada, en más de un caso, porque ambas partes se acogen a su derecho a no declarar y no hay testigos.

              Cosa parecida ocurre con las amenazas leves, siempre que exista denuncia porque si no, no hay nada de nada. Aunque hay que precisar que si estas amenazas leves o las lesiones leves se cometen en el ámbito de la violencia de género, son siempre delito grave o menos grave, que es como se llama a los delitos que no son leves, aunque parezca un juego de palabras. Hay amenazas leves que son delitos menos graves, en el ámbito de la violencia de género, lo cual dificulta más de una vez l comprensión. Y es que el legislador a veces no se pone muy fino con el vocabulario.

              El otro grupo de delitos leves que vemos en Toguilandia día sí día también son los de carácter patrimonial. Los hurtos de menos de 400 euros están a la orden del día en determinados grandes almacenes y centros comerciales, hasta el punto de que sus legales representantes o los vigilantes de seguridad se convierten en tan habituales en el juzgado que casi forman parte de la plantilla.

              Un verdadero clásico en esta materia son los hurtos de cobre, que han venido a sustituir en lo habitual a los de fruta o productos del campo, aunque, e algunos lugares, siguen existiendo.

              Lo característico de estos juicios es acudir con los medios de prueba que se tengan, con lo cual las grabaciones que se oyen en el acto, los vídeos y demás testimonios gráficos son moneda frecuente. No en balde estamos en la época de las TIC. Aunque, más de una vez, la sorpresa está servida. Incluso sé de casos en que han traído los alimentos que iban a ser hurtados, y siendo precederos, la experiencia era de todo menos agradable. Verdad verdadera.

              Y con estas pinceladas, termina la función de hoy El aplauso hoy es par todos esos jueces, juezas, fiscales y LAJs que llevan en la espalda miles de estos juicios. Que somos muchos.