SALA DE VISTAS: EL ESCENARIO


sala de vistas

Parece que fue ayer cuando nuestro teatro abrió sus puertas por vez primera, y ya llevamos muchas representaciones. El escenario presta sus tablas una y otra vez para nuestra función, y es testigo de un estreno tras otro, del debut de un personaje tras otro, sin que nadie hable de él. Pero, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Así que llegó su momento.

Nuestro escenario no es otro que las salas de vistas de los distintos juzgados y tribunales. Grandes o pequeñas, clásicas o modernas, viejas o nuevas, sobre sus tablas se han desarrollado todo género de representaciones, desde la comedia más hilarante hasta el más terrible drama, desde la más insignificante pelea de vecinos al peor de los asesinatos, pasando por divorcios, reclamaciones de indemnización, despidos, testamentos, multas y sanciones, preferentes, infracciones al honor y cualquier cosa que dé lugar a un pleito. Y allí están ellas, aguantando estoicamente a unos y otros. Ay, si sus muros –o sus paredes de pladur, claro- hablasen. Los de ellas, y los de sus hermanas pequeñas, las salas multiusos. Han visto desfilar trozos enteros de vida. Argumentos para la mejor y para la peor de las películas.

A lo largo de mi vida profesional he pisado muchas. Como la mayoría de mis compañeros, tengo ya más tablas que Sir Laurence Olivier. Y también he hecho más bolos que cualquier folklórica. Gajes del oficio, supongo. Y las he conocido de todo tipo, y también en cualquier estado de conservación, desde la ruina casi absoluta –algo más frecuente de lo que sería deseable- hasta dotadas de los más modernos medios –algo menos frecuente de lo que sería deseable- Pero revestidas siempre de ese algo intangible que infunde a quien nunca las pisó una mezcla de sensaciones entre la curiosidad, el miedo y el respeto que resulta inevitable.

La primera vez que pisé una sala de vistas como fiscal fue en el acto de mi jura. En ese salón ya viejo, pero todavía imponente, se abría el portal de nuestros sueños en forma de juramento de la Constitución. Ese acto formal, donde estrenamos nuestra flamante toga y donde, flanqueados por nuestros padrinos, escuchamos por vez primera nuestro nombre seguido del cargo que, a partir de ese momento, marcaría nuestra vida. Esa acto donde ponemos por vez primera nuestros pies –y, en mi caso, mis tacones- en el marco de una función que repetiremos una vez y otra, pero siempre de manera distinta. Un acto entrañable, donde se mezcla la formalidad de los profesionales con la emoción de nuestros seres queridos. Un acto que, en mi caso, he tenido oportunidad de repetir representando el papel de madrina, y reviviendo todas las emociones de aquel día ya lejano.

Esa sala, que entonces me pareció tan imponente, luego ya no lo fue tanto, cuando descubrí que, de puro vieja, aún conservaba como una reliquia los braseros que en su día fueron necesarios, los sillones desvencijados donde una acaba por no saber cómo sentarse. Pero el recuerdo permanece incólume, como incólumes permanecen las constantes visitas de las palomas que la frecuentan, dicho sea de paso.

A ésa siguieron otras, y otras. Algunas tan diminutas que apenas cabían cuatro personas entre el público, otras, tan atestadas de expedientes en un improvisado archivo que temía que se desmoronaran en mitad del juicio, dejándonos sepultados entre causas y más causas. En pueblos y en capitales, en vetustos Palacios de Justicia o en modernas ciudades judiciales, todas con su historia, con sus risas y sus lágrimas, con sus dramas y sus tragedias.

Pero ése y no otro es el escenario de nuestros desvelos. Y lo seguirá siendo por mucho tiempo. Así que, la próxima vez que, toga en ristre, crucemos el umbral de una de esas salas de vistas repartidas por toda nuestra geografía, no olvidemos hacerle un guiño. No es balde ella ha sido testigo de más representaciones de nuestro teatro que cualquiera de nosotros. Y también merece su homenaje.

GABINETES DE PRENSA Y PORTAVOCES: AL FILO DE LA NOTICIA


gabinetes

         Como todos sabemos, hoy en día es difícil que ninguna empresa relacionada con el espectáculo sobreviva si no tiene su propio gabinete de prensa, que se encargue de anunciar sus estrenos y sus representaciones, sin nadie que “venda” su producto. Y en nuestro teatro pasa algo parecido. En un mundo como el que vivimos, en que los medios de comunicación están al alcance de todos en un nanosegundo, no podemos mirar hacia adelante sin una adecuada política de comunicación. O sin una política de comunicación si más. Aunque a veces en Justicia lo de mirar adelante es casi una utopía.

        No es fácil hablar de este tema para quien, como yo, sobre sus tacones y con o sin toga, dedica parte de su vida profesional a este cometido. Así que, como he hecho otras veces, volveré a mi atalaya de voz en off como he hecho otras veces. Ventajas de ser la dueña y señora de mi propio blog.

         A nadie se le escapa que la información que sale de Juzgados y Fiscalías suele ser algo interesantísimo para la opinión pública, que los periodistas necesitan saber porque la gente quiere saber. Y no solo eso: tienen el derecho a saber, porque la Constitución reconoce el derecho a recibir información veraz. Y nosotros somos los garantes de los derechos de los ciudadanos, así que también es obligación nuestra que lo sepan. La pescadilla que se muerde la cola, vaya. Algo mucho más fácil de lo que muchos quieren ver.

        Pues para eso precisamente están los gabinetes de comunicación de los Tribunales y las portavocías de las Fiscalías. Para facilitar a los medios de comunicación las noticias que demandan y aquéllas que consideren que deban conocer. Su responsabilidad no es pocas cosa: de ellos depende, en gran parte, la imagen que los ciudadanos tengan de nuestro gran teatro. Condenados a entendernos, más nos vale que lo nuestro sea más parecido a Amor sin fin que a La guerra de los Rose, ¿no?

        Eso sí, aunque el fin sea el mismo, el medio elegido es diferente según hablemos de la carrera judicial o de la carrera fiscal. En la primera se ha optado por un modelo de gabinete profesional, llevado por periodistas, con organización y medios propios, aunque sean escasos. En la segunda, por un fiscal portavoz, que asumirá el jefe respectivo o persona en quien delegue, sin organización ni medios propios. Las ventajas del primero, mejor conocimiento del mundo del periodismo; las del segundo, un mejor conocimiento del mundo del Derecho. Pero el fin el mismo, que no es poca cosa: informar.

         Pero sea cual sea el modelo, tropezamos con un denominador común: la dificultad que la delicadeza de los temas, la urgencia, y las prevenciones que hacia la prensa tienen todavía muchos jueces y fiscales. Y, por supuesto, el conflicto entre la necesidad de conocer y la necesidad de preservar determinadas cosas para no frustrar la investigación. Un lugar donde el fiel de la balanza de la justicia oscila en un precario equilibrio. Por no hablar de los medios, como siempre: escasos para los jueces, e inexistentes para los fiscales.

          En cualquier caso, lo más necesario sigue siendo ingresar de una vez en el siglo XXI. Cambiar la mentalidad y percatarnos que, igual que ningún artista, por bueno que sea, triunfará si nadie lo conoce, tampoco triunfará nuestra representación, por más esmerada que resulte, si el público no se entera. Y no se enterará si no se lo contamos.

         Hay que insistir. Los micrófonos no comen a nadie, ni las cámaras matan. Así que facilitemos su trabajo para que ellos puedan mostrar todo lo que hacemos. Y aplaudamos, cómo no, a aquéllos que lo hacen posible. Siempre que lo hagan bien, claro.

TOGAS: CAPAS DE SUPERHÉROE


NENUCA FISCAL

Ningún espectáculo podría triunfar sin un vestuario adecuado, todos los sabemos, y tampoco el nuestro. Igual que nadie se imagina a Gilda sin su ajustado traje negro, guante incluído, ni a Marilyn en La Tentación vive arriba sin su vaporoso vestido blanco, nadie puede imaginar un juicio sin la prenda que es nuestro buque insignia: la toga. Así que no podía dejar de darle la oportunidad de tener un estreno de honor en nuestro escenario. Porque es imprescindible.

Una y mil veces me han preguntado si en los juicios llevamos peluca, como en las películas. Y hasta algún graciosillo me pregunta alguna vez qué ropa llevamos debajo de la toga, recordando aquella antológica serie llamada Juzgado de guardia, en que el juez mostraba sus piernas desnudas bajo de la toga. Y lo que nadie pregunta, porque lo da por sabido, es si usamos el mazo, ignorando que semejante instrumento es ajeno a la tradición española de campanilla o timbre. A este respecto recomiendo un interesante post recogido de un artículo que se publicó en su día en varios periódicos (y que, para los curiosos, no he escrito yo, aunque sí que me pertenece la toga que lo ilustra): http://nosinmitoga.com/2014/02/15/el-lenguaje-de-las-togas/ y http://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2010/08/08/lenguaje-togas/359017.html

Pero al margen de los temas formales, me gustaría hacer un pequeño homenaje a mi toga –y a todas sus colegas-, mi más fiel compañera desde que empecé mi andadura entre quienes vivimos del delito. Aun conservo la misma que vio mis primeros juicios, mis primeros apuros, y las primeras meteduras de pata. Y también las últimas, claro, aunque ahora las disimulo mejor. Pero ella ahí está calladita, dándome a veces más calor del que necesito, y otras sacándome de algún apuro cuando al aire acondicionado le da por hacer de las suyas y se empeña en mantenerme en estado de hibernación.

Y es que las togas tienen algo de mágico. Yo digo que para mí es algo así como una capa de super héroe. Una vez metida en ella, me transfiguro, y soy capaz de aguantar historias tremendas con total entereza, historias que si las viera desde la butaca de un cine me harían verter ríos de lágrimas, que a llorona no me gana nadie. Incluso a veces creo que me transmite cosas que no sé, o que ya he olvidado, porque me escucho a mí misma respondiendo a cuestiones previas y otras sorpresas procesales con una solvencia que no me hubiera imaginado. Sospecho, en ocasiones, que se sabe el Aranzadi, y el Código Penal, y las Circulares e Instrucciones de la Fiscalía y me las trasmite como si yo fuera Harry Potter en pleno truco de magia.

Eso sí, el traje de super héroe nos llegó como a El Gran Héroe Americano, de sopetón y sin libro de instrucciones. Con la diferencia de que a él se la dejaron los extraterrestres y nosotros –o nuestros padres, tíos o abuelos orgullosos- la pagamos religiosamente. Pero por lo demás, igual, igual. A aprender sobre la marcha, dándonos a veces unos trompazos antológicos. Aunque de un modo rimbombante lo llamemos experiencia, que no en vano es la madre de todas las ciencias.

Lo que aun no me ha llegado, y eso que lo pido a los Reyes Magos todos los años, es la varita mágica ni la bola de cristal, con lo bien que me vendría. La primera, para arreglarlo todo, todo y todo, como el papá de la niña del anuncio. Y la segunda, para adivinar cuándo es verdad lo que me cuentan, entre otras cosas. Aunque no estaría mal usarla para anticiparme a cualquier ocurrencia del ministro de turno, dicho sea de paso.

Así que aquí queda mi homenaje a mi querida compañera de fatigas, mi toga, con su galleta ya doradita y sus puñetas. Y también a todas sus amigas, sean con galleta plateada, o de cualquier otro color, sean o no puñeteras. Porque es nuestra capa de super héroe, ésa con la que somos capaces de solucionar los problemas de mucha gente, aunque a veces no seamos conscientes de ello.

Y que nadie se preocupe. A mis tacones ya les dedicaré otra entrada. Pero eso será cando le llegue el momento. En ésta acabaré enarbolando mi lema: ¡Arriba las togas!

FAMILIAS: SIEMPRE DETRÁS


FAMILIA 2

Se ha dicho una y mil veces que la familia es uno de los pilares de nuestra sociedad. Es bien cierto, y aunque los modelos hayan cambiado mucho, es difícil comprender a nadie sin saber de dónde viene y quién le crió. Y los personajes de nuestro gran teatro no podían ser una excepción. Y ahí están, siempre detrás, en ocasiones de manera visible, entre el público que presencia el espectáculo y otras de modo intangible, formando parte inseparable de la actuación de todos y cada uno de nosotros. La familia puede ser una presencia dulce, como aquel abuelo que buscaba a Chencho en “La gran familia” o “La familia y uno más”, o algo más oscura, como la que gravitaba en el espíritu de “El Padrino”. Pero ahí está siempre. Y si no, que se lo digan a nuestra más conocida floklórica.

Padres, madres, hermanos, esposos o hijos de imputados o víctimas son una presencia constante en nuestros escenarios. Y protagonizan momentos especialmente emotivos, tanto de una como de otra parte. Seguro que todos hemos presenciado con el corazón encogido las lágrimas de los seres queridos de una víctima fallecida. Y también, por qué no decirlo, ese momento dramático en que la madre de un imputado pide permiso para darle un beso. Y es que no podemos olvidar que ellos también son parte de nuestra función, porque les afecta, a veces, más que a nadie.

Pero también hay otras familias, las que no se ven a simple vista. Las que con su apoyo, con su esfuerzo y con su ejemplo consiguieron que esos protagonistas que hoy desempeñamos nuestro papel con la toga a cuestas llegáramos a serlo. Un papel poco agradecido, y sobre, todo, poco reconocido. Ya me referí a ello, en su día, cuando acometí el debut de los abogados en este mismo escenario. Y también cuando dediqué una entrada en otro blog al aniversario de mi nonagenaria y admirada madre (http://nosinmitoga.com/2014/05/10/90-anos-de-justicia/ )

Pero no podía dejar de dedicarles un estreno, porque son tan importantes que sin ellos, este espectáculo no sería posible. Sin el esfuerzo económico y personal, nadie hubiéramos llegado hasta aquí. Sin aguantar nuestras manías, nuestras pesadillas, sin que salieran a comprar ese rotulador sin el cual no podíamos subrayar los apuntes, o a buscar esos zapatos que nosotros no teníamos tiempo de comprar, sin que dieran la vuelta a la rutina para que la casa entera girara al ritmo de nuestros estudios, sin sus charlas o sus silencios según fuera conveniente, sin sus consejos o sus reprimendas, sin su paciencia ante nuestras histerias. Siempre digo que hay alguien que se alegra más de que un opositor saque por fin su plaza que el propio opositor: sus padres. Por supuesto, porque supone un triunfo y un orgullo incuestionable. Pero también, porque supone para ellos una liberación. Por fin se puede comer en casa a la hora que se quiera, se puede poner la televisión con el volumen que a uno le venga en gana y por fin se acabó eso de ver a un ser etéreo vagando en chándal o bata por la casa, mascullando unos textos incomprensibles y con el ceño eternamente fruncido. Por fin se acabó el chorreo constante de dinero en preparador, libros y apuntes. Por fin la vida puede continuar su curso en ese punto en que la dejamos en suspenso. Algo que no tiene precio.

Y ahí siguen. Interesándose por nuestro trabajo como otro día se interesaron por nuestros estudios Quedándose con nuestros hijos si tenemos guardia o los juicios se alargan. Y, como siempre, alegrándose si algo sale bien o entristeciéndose en caso contrario. Como siempre ha sido y como seguirá siendo.

Y algunos, incluso, leyendo estas líneas porque su hija o hijo se lo ha enseñado. Como mi madre, que seguro que no se lo pierde como no se pierde nada de lo que hago.

Así que, arriba el Madrepantojismo. Hoy no me voy a conformar con un aplauso. Os pido que nos pongamos en pie para dar una enorme ovación a todas esas familias que, con su apoyo, han logrado que lleguemos hasta aquí, aunque algunos físicamente ya no estén con nosotros. Porque sin ellos esta función nunca hubiera sido posible, ni podría seguir siéndolo.

ESCOLTAS: DE LO VISIBLE Y LO INVISIBLE


GUARDAESPALDAS EPI Y BLAS

Ya nos lo enseñaron Whitney Houston y Kevin Costner en El guardaespaldas o el durísimo Charles Bronson en El guardaespaldas de la Primera dama, entre otros: no hay estrella que se precie sin su correspondiente guardaespaldas. Y nuestro espectáculo, en su propia medida, también tiene los suyos. Faltaría más.

Pero la verdad es que, hasta donde yo sé, ni son tan glamurosos ni sus historias tan atractivas como en el cine. Tampoco tienen que soportar caprichos ni sinsentidos de divas y divos, que por algo somos profesionales. Aunque lo que se dice aguantar, aguantarán lo suyo, no me cabe duda. Claro que como yo nunca he tenido escolta –ni quisiera tenerlo, la verdad- no puedo asegurarlo.

En la actualidad, por fortuna, no son demasiados los escoltas que quedan en los alrededores de nuestra función. Y digo que es por fortuna, porque hace un tiempo fue necesario que, en sitios especialmente peligrosos que todos recordamos, jueces y fiscales tuvieran el suyo. Pero por suerte, como digo, ya pasaron esos tiempos y esperemos que para no volver.

Hoy quedan los escoltas de los Fiscales Superiores, de los Presidentes de Tribunales Superiores de Justicia y de los cargos de relevancia de nuestras carreras. Es decir de los jefes –y no de todos- y de los superjefes, para entendernos. Además de los de aquéllos que por el especial riesgo de su función lo necesiten. Y como decía, es una buena señal que no los necesitemos más, así que crucemos los dedos.

Quienes somos personajes fijos en nuestra función acabamos conociéndolos con el tiempo, y sabemos que viene éste o aquél cargo cuando vemos los paseos arriba y debajo de sus discretos e impecablemente trajeados escoltas. Como el relámpago que precede a la tormenta. Y siempre atentos a todo, siempre en su sitio. Como debe de ser.

Aunque en ocasiones, no debe resultar fácil. Los escoltados no siempre se dejan escoltar, y los deben poner en más de un aprieto. Recuerdo una vez, casi al principio de mis días como fiscal, que coincidí en un curso fuera de España con varios fiscales con importantísimos cargos. Era tal el despliegue de puestos rimbombantes de nuestra carrera que quienes no teníamos escolta parecíamos unos donnadies. O tal vez lo éramos. El caso es que uno de esos jefazos de la carrera fiscal -hoy ya jubilado- al que siempre he admirado, gustaba de jugar al ratón y el gato con sus escoltas. Se venía con la gente más joven y nos pedía que le ayudáramos a darles esquinazo, aprovechando que algún otro compañero más amable o menos avispado se quedaba dando conversación al escolta. La sangre no llegó al río y más allá del sofoco del pobre escolta varias veces burlado, la cosa no quedó en nada más que en una anécdota divertida que hemos comentado alguna vez cuando hemos vuelto a coincidir. Obviamente, omitiré el nombre del “jefazo” y del pobre que se quedó colgado charlando con el escolta mientras esperaban en vano el regreso del escoltado. Pero, como Escarlata O’Hara, a Dios pongo por testigo de que la historia es real. Bueno, a Dios y a unos cuantos compañeros más que fueron cómplices de la travesura.

Supongo que no será el único caso aunque, más allá de anécdotas, lo bien cierto es que cierto es que cumplen su trabajo con exquisitez, dejándose ver lo mínimo, y estando al tanto de toda posible incidencia. Un trabajo callado en pro de la seguridad de quien lo necesita que también debe tener su reconocimiento.

Así que, aunque los focos nunca se posarán sobre ellos, demos también nuestro aplauso a todos los que cuidan de que nada pase, y permiten que siga el espectáculo. Aun aguantando rarezas, y todos esos actos soporíferos y reuniones eternas que hay que soportar. Porque, a veces visibles y casi siempre invisibles, ahí están cumpliendo su cometido. Para que otros puedan cumplir el suyo sin problemas.

ALFOMBRA ROJA: NOCHE DE GALA Y JUSTICIA


alfomabra roja

Los protagonistas de nuestro gran teatro de la justicia llevan ya muchas representaciones a cuestas. Sin parar, salen un día tras otro a pisar las tablas del escenario, sin que les hayamos dado hasta el momento una ocasión de solaz y esparcimiento. Pero de vez en cuando, tienen derecho a ello. Y a lucirse, y a pisar la alfombra roja porque no hay espectáculo que no cuente de vez en cuando con su noche de gala.

Tuve la suerte de vivir hace unos días una de estas galas. Se trataba en este caso de las Bodas de plata de mi promoción de la Facultad de Derecho de Valencia, pero podía haber sido cualquier otra. Por un momento, todos los que un día compartimos aula y hoy frecuentamos nuestra función, nos despojamos de togas y corbatas –aunque no de tacones, eso nunca- y nos dispusimos a pasar una estupenda velada compartiendo pasado, presente y hasta futuro.

Y allí nos juntamos muchos de los protagonistas que ya han debutado en nuestro teatro, y algunos que ya lo harán. Jueces, Fiscales, Secretarios Judiciales, Abogados del Estado y de la Generalitat, técnicos de las diversas Administraciones Públicas, funcionarios, Inspectores y Subinspectores de Hacienda, Letrados de oficinas de ayuda a víctimas, asesores de todo género, abogados de diversas especialidades, procuradores, empresarios, abogados al servicio de distintas entidades y supongo que algun Notarios y Registrador de la Propiedad. Y alguno más que se me escapa, seguro, que una no es infalible. Y por supuesto, ciudadanos todos, que todos somos usuarios de esa justicia de la que a veces somos protagonistas.

La noche fue fantástica. Ataviados con nuestras mejores galas, comprobamos cómo nos ha tratado el paso del tiempo. Quién perdió su lustrosa melena y quién simplemente la tiñó de blanco, quién redondeó su cuerpo o adquirió pliegues en su sonrisa. Y cuántos de nosotros cambiaron su vista de lince por serias dificultades a la hora de leer el menú sin alejarlo varios metros de sus ojos, por eso de la presbicia. Pero las sonrisas permanecían invariables. Y gran parte de la ilusión con que un día pisamos por vez primera esa Facultad que ya no existe, también.

Pertenecemos a una generación que aún sufría esas bromas pesadas en que consistía la “borregada”, a una generación en que nadie se planteó poner límites a la admisión de estudiantes y seguía las clases desde el suelo o encaramados en los radiadores por falta de espacio, a una generación que tenía que buscarse la vida para hacer alguna práctica porque ni sueños de eso que hoy se llama “practicum”. A una generación para la cual Bolonia no significaba otra cosa que una hermosa ciudad italiana de gran tradición universitaria, y los créditos se relacionaban con la economía y no con las asignaturas que hubiera que estudiar. Y por qué no decirlo, a una generación que hizo tantas horas en el bar como en las clases, si no más.

Tomábamos apuntes a mano, y una máquina de escribir eléctrica con la que transcribirlos era un enorme lujo. Y hacíamos fotos de papel, que llevábamos a revelar sin saber cuántas de ellas saldrían para luego pegar en un álbum. Nada que ver con lo que vivimos ahora, donde todos andamos como locos con el móvil, tratando de inmortalizar esos momentos que nos transportaron a otras épocas.

Una estupenda iniciativa que hay que aplaudir al organizador. Ahora recuerdo el momento en que a través de redes sociales se empezó a mover el tema. Incluidas sus anécdotas, como la de quienes creían que el muro de Facebook era algo construido con ladrillos y el tablón un cuadro de corcho donde colgar la lista con los nombres. Pero, finalmente, el boca oreja hizo el resto y allí estuvimos.

Así que lo dicho. Los artistas de nuestro gran teatro también tenemos nuestras galas, y nuestra alfombra roja. Y la que cuento hoy no es sino una de las muchas que se celebran. Y el aplauso, y muy fuerte esta vez, para todos los que tienen la iniciativa de dar el paso para reunirnos y que todo salga perfecto. Y para que mañana, cuando volvamos a ponernos la toga, hayamos sido un poco más felices recordando la ilusión con que empezamos nuestra andadura por estos lares. Y, por supuesto, esperando la siguiente gala.

CONDUCTORES: UNA ESPECIE EN EXTINCIÓN


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Hemos tratado, largo y tendido, de muchos de los personajes de nuestro gran teatro, sobre todo, de aquellos que salen al escenario, y también de los que están entre bambalinas. Pero ¿qué sería de un buen estreno sin su limusina glamurosa y su no menos glamuroso conductor?. Pues, evidentemente, la cosa quedaría más bien coja. Imagínense a las grandes estrellas llegando al correspondiente Festival de Cine conduciendo su propio Opel Corsa. ¿Verdad que perdería mucho brillo?. Pues eso. Que en nuestro gran teatro brillo, lo que se dice brillo, falta bastante, por más qe lo suplamos con grandes dosis de buena voluntad.

Pero ojo, que no se me malinterprete. No estoy reclamando, ni muchísimo menos, que todos tengamos chófer. Ni siquiera que lo tengan algunos, más allá de lo estrictamente necesario a efectos de representación. Pero unos medios de locomoción dignos para ir de un lado a otro con la toga a cuestas si que nos hacen falta. Y a veces, nos los escamotean.

Es cierto que hubo un tiempo que aquí, como en todo, parecía que se ataban los perros con longanizas. Que había coches oficiales, y bastantes. Más de los necesarios. Pero ni calvo, ni siete pelucas, oiga.

Parece haberse olvidado que no todas las diligencias judiciales se pueden hacer en la sede de los juzgados. Que hay que levantar cadáveres, que ir a visitar centros penitenciarios, de internamiento o de menores, que hay que inspeccionar residencias, que hay que hacer entradas y registros y que desplazarse a hospitales, entre otras muchas cosas. Y que además, los fiscales, la mayoría de los cuales tenemos nuestra sede en la capital de la provincia, tenemos que desplazarnos a otros partidos judiciales para guardias o juicios. Tanto da que se haga en taxi que en coche oficial. Y hablo de un vehículo normalito, sin ningún lujo especial, pero digno.

Periódicamente, se oyen voces que hablan de suprimir el servicio de taxis para fiscales, por ejemplo. Dando a entender de una manera engañosa que los usamos para desplazarnos de nuestra casa a nuestro despacho. Y, por supuesto, nada más lejos de la realidad. De nuestro domicilio a nuestro trabajo vamos, como todo hijo de vecino, a pie, en bicicleta, en moto en coche o como nos dé la gana. O en transporte público, si tenemos la suerte que nuestra sede está bien conectada. Como si queremos ir en patinete. Pero hay cosas que no pueden ser.

No puede ser, por ejemplo, que nos veamos obligados a ir de nuestra sede oficial a una diligencia de cualquier juzgado en transporte público. Por poco eficiente, porque no son compatibles los horarios, por falta de comunicación y por muchas razones. Entre otras, porque podemos compartir vagón de tren de cercanías o de metro con la familia de quien acabamos de meter en la cárcel.

No puede ser tampoco que nos endosen el primer taxi que tengan a mano, sea cual sea. Recuerdo una vez que tuve que acudir a la declaración de un detenido de un asunto particularmente mediático a bordo de un taxi que llevaba en la parte superior nada menos que un Donut gigante. Me avisaron que la puerta del juzgado estaba llena de periodistas, y me imaginé en todos los zapping de la tele haciendo mi entrada triunfal desde debajo del enorme dulce de cartón piedra. Por supuesto, le pedí que quitara semejante armatoste o que me dejara a un par de manzanas de distancia y el hombre optó, aun a regañadientes, por la primera solución.

Y es que hay cosas que son necesarias, aunque pueda parecer otra cosa. Yo recuerdo con cariño a muchos de los conductores que hemos tenido en la guardia, a los taxistas habituales, con los que por suerte –y de momento- aún trabajamos. Buenos profesionales, discretos y eficientes. Porque a veces, sobre todo si vamos más de uno en el vehículo, como ocurre cuando la comisión judicial se desplaza, las conversaciones pueden versar sobre cosas que quizás no debería oír cualquiera, y la discreción es una virtud muy a tener en cuenta.

Así que a éstos, a los buenos profesionales, les aplaudo desde aquí. Aunque no me lleven al estreno en limusina. Porque, la verdad, maldita la falta que me haría. Me conformo con poder trabajar en condiciones dignas. Que no es poco.

LETRADOS DEL ESTADO Y C. AUTONOMAS: AHÍ ESTÁN


abogados del estado

Parece que fue ayer cuando nuestro gran teatro de la justicia levantaba por vez primera el telón y ya van estando bien gastadas las tablas de nuestro escenario. Como debe de ser en todo espectáculo que se precie. Pero, aunque algunos no los crean, aun nos quedan personajes esperando su debut. Y el de hoy es uno de ellos.

Se trata de los Letrados del Estado, o de las Comunidades Autónomas, cuando proceda. E incluso, en ocasiones, los de determinados Ayuntamientos. Que, como el Guadiana, aparecen con fuerza en alguna función para desparecer y no volver a emerger hasta nueva ocasión, cuando su presencia vuelva a ser necesaria.

No es sencillo describir el papel que representan en esta función nuestra. Como un invitado especial, de pronto aparecen en determinadas representaciones, aunque no sean muchas, Pero cuando lo hacen, la atención se centra, aunque sea por un momento, sobre ellos. Y hay que hacerles justicia, porque de eso se trata.

Siempre recordaré que en mi primer destino llamaban jocosamente al Abogado del estado que solía venir a nuestros juicios “El Rey Sol”. Y no era porque le gustara el ballet, ni porque su atuendo fuera versallesco, no. Era porque, a la pregunta de si estaba el representante del Estado voceada por el agente judicial a la puerta de la Sala, solía responder “El Estado soy yo”. Y se quedó por siempre con este sobrenombre cariñoso, que él conocía y asumía con una sonrisa.

Pues bien, de eso se trata. De un Letrado que representa al estado, o la Comunidad Autónoma y tiene a la institución como su cliente. En ocasiones, como demandante, otras, como demandado, y otras, como responsable civil o como acusación particular, según los casos. Porque el Estado y las Comunidades Autónomas son sujetos de Derecho y como tales entran en el tráfico jurídico y se ven envueltas necesariamente en juicios, a propia instancia o a instancia de otros.

Quizás alguno se pregunte qué diferencia hay entonces entre esta figura y la del Fiscal que, como vimos, representa en cierto modo a la sociedad. Y la respuesta no es otra que ésa, que estado y ciudadanos no son la misma cosa, aunque el estado esté formado por todos los ciudadanos y todos los ciudadanos pertenezcamos a un estado o comunidad autónoma. Nuestros intereses no son los mismos. Incluso, pueden ser radicalmente distintos. Si no fuera así, jamás podría un ciudadano acudir ante un tribunal a reclamarle al estado. Y aquí, como en otros muchos casos, es donde entra en escena nuestro personaje.

Así, en nuestra vida diaria, el estado o la Comunidad correspondiente pueden ser empleadores –como ocurre con sus funcionarios- y verse como demandantes o demandados en juicios laborales. Puede también ser parte en contratos, y deberán dirimirse en los juzgados las incidencias de éstos, como un incumplimiento de unos o de otros. Igualmente, puede ser reclamante de una indemnización o ser reclamado por ella, si el ciudadano considera que el mal funcionamiento de los servicios públicos le ha supuesto un perjuicio. Y puede también ser cuestionado en vía de recurso por las resoluciones por él dictadas y que se consideren injustas o perjudiciales.

También intervienen en la jurisdicción penales, de muy diversos modos, a uno u otro lado de los estrados. Pueden tener que defender al estado como responsable civil por las acciones realizadas por sus funcionarios, o por cargos pertenecientes a él, y pueden también ser directamente quienes asuman una posición de denunciantes, como ocurre en las malversaciones de caudales públicos. Y del mismo modo pueden ejercer la acusación particular en representación del estado en determinados delitos especialmente gravosos para la sociedad, como ocurre con la Violencia de Género.

Así que ahí están, aunque a veces no los veamos, con su toga y su placa correspondiente. Y por eso, fijémonos en ellos por un momento y no les hurtemos ese aplauso que tantas veces merecen por su actuación.

JEFES, PRESIDENTES II; LOS QUE MANDAN MAS


puñetas mías

                Vimos en el estreno anterior la entrada triunfal de quienes ostentan un cargo de responsabilidad en los Palacios de Justicia de este gran teatro nuestro. Aplaudimos, o no, según fuera su interpretación. Pero en realidad, no son los que más mandan. Quienes en realidad manejan el cotarro están más arriba. Son realmente invisibles, como los grandes productores, y sólo aparecen por el escenario cuando nos hacen alguna visita de cortesía o institucional o cuando la crisis es de tales magnitudes que requiera su presencia. Que Dios nos pille confesados entonces.

                Sin embargo, como a los grandes magnates del cine, los vemos por la televisión y en los periódicos con una gran frecuencia. Y desde sus despachos rigen nuestros destinos de una manera u otra. Son, fundamentalmente, el Fiscal General del Estado y el Presidente del Consejo General del Poder Judicial, al tiempo que son, ellos mismos y respectivamente, quien preside el Consejo Fiscal y quien hace lo propio en el Tribunal Supremo. Ahí es nada.

                Por razones obvias, continuaré con mi autoasignado papel de voz en off al que además, volveré a añadir eso de que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Mis personajes no tienen nombre propio, quede claro. Son sus papeles lo que importa, y será el espectador quien, al final de cada representación, deberá decidir si merecen un Oscar o un Razzie.

                Mucho se ha hablado de la politización de la justicia. No voy a discutirla, ni ésta es la sede para ello. Pero si en alguna parte de nuestra función entra este elemento, es sin duda en la actuación de nuestro personaje de hoy. Sus respectivos sistemas de elección han hecho correr ríos de tinta, y lo seguirán haciendo. La crítica es libre, faltaría más. Pero, al margen de cuál sea el sistema, y nos guste o no el mismo, vamos más bien a hablar de cual es su cometido.

                Ellos son primus inter pares, esto es, los más relevantes entre sus colegas. Y eso es algo que nunca se debe olvidar. Por eso, deben cuidarse de cumplir con la función de servicio público que es propia de nuestras profesiones, y cuidarse a su vez de que los que la servimos lo hagamos en las mejores condiciones posibles. Y, por qué no decirlo, de premiarnos, si lo hacemos bien, y sancionarnos, en caso contrario. También de apoyarnos y defendernos de las injerencias externas que, por desgracia, abundan en esta función nuestra, y de solventar los conflictos. Nada fácil, por cierto.

                Otra de las cosas en que deben centrar sus esfuerzos es en las condiciones de nuestro trabajo. Si tenemos que salir al escenario con un telón remendado, o nos faltan actores, o las bombillas están fundidas o el decorado roto, es algo que les incumbe. Y ellos son quienes cuentan con los medios para dirigirse a quien corresponda en busca del arreglo o sustitución de esas partes que están tan deterioradas que deslucirán nuestra representación. Y también les incumbe saber si las tablas del escenario están rotas y nos arriesgamos a una caída, o si las arañas del techo pueden desplomarse sobre nosotros en cualquier momento.

                Han de saber en qué condiciones salimos a escena, cómo es nuestra actuación, y cómo queda de satisfecho el público y por qué. Y actuar en consecuencia.

                Y, por supuesto, han de representarnos. Ellos son las únicas cabezas que muchos ciudadanos ven, y es su responsabilidad la imagen que demos los demás. Es, incluso, responsabilidad suya que el público acuda a presenciar nuestra función o decida prescindir de hacerlo.

                Por eso, de nuevo dejaré en suspenso los aplausos. Como en todo buen espectáculo, que sea el público el que decida acerca del protagonista que ha actuado y le dé su apoyo o su rechazo. Mientras el narrador se queda expectante a ver cuál es el resultado. Porque, como todos sabemos, “el público siempre tiene razón”.

JEFES, PRESIDENTES: LOS QUE MANDAN


JEFES 1

                Hemos asistido a muchas representaciones en nuestro escenario. Hemos conocido a actores, tramoyistas, público, guionistas y hasta al director. Pero todavía queda hablar de unos personajes que, desde la sombra a veces, y desde primerísimo plano otras, gravitan sobre cualquiera de nuestras funciones. Los que mandan.

                Hablo de los Fiscales Jefes y Superiores de cada Fiscalía, de los Presidentes de Tribunales Superiores y de Audiencias, de los Secretarios Coordinadores y hasta de los Decanos de Abogados o Procuradores. Hablo también de los Decanos -y conste que no digo Jueces Decanos intencionadamente, porque a pesar de que mucha gente no lo sepa, también hay Fiscales Decanos- aunque éstos quizás en menor medida porque combinan mando en plaza con puesto en las trincheras, en la mayoría de casos.

                Como he hecho en alguna otra entrada de este escenográfico blog, advertiré a priori que no pretendo tratar de personas concretas. Que, como dicen en las tantas películas “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” por más que el guión esté inspirado en hechos reales. Porque, si lo hiciera, habría de decir lo afortunada que soy con la jefa que me ha caído en suerte –o algo más que suerte- y sería tildada de “pelota” sin remedio. Así que no lo hago, y me asigno el rol de narradora omnisciente, que para algo el blog es mío y tengo esa potestad.

                Todo el mundo parece tener muy claro que los Fiscales nos regimos por el principio de jerarquía. No podía ser de otro modo. La Constitución así lo dice. Pero lo que muchas veces no se sabe, o no se quiere saber, es que eso no implica obediencia ciega ni fidelidad perruna. Que la jerarquía no es otra cosa que un modo de organización y a ello responden las órdenes que podamos recibir, así como las instrucciones con criterios meramente jurídicos. Jurídicos, repito. No políticos. Por las susceptibilidades.

                Por su parte, los jueces enarbolan la bandera de la independencia. Tampoco podría ser de otro modo. También lo dice la Constitución. Pero ello no significa que cada uno viva en la república independiente de su casa sin criterio ni coordinación alguna. Por supuesto que no. Sus sistemas de reparto, sus vacaciones y sus cuestiones organizativas son sometidas a la Sala de Gobierno correspondiente, formada por algunos de ellos elegidos entre los compañeros. Sus criterios jurídicos vienen fijados por los que el superior fije en cada caso en vía de recurso. Porque ya se sabe, los jueces hablan a través de las sentencias.

                Estos Jefes, o Presidentes, o Coordinadores o Decanos lo tienen muy difícil en ocasiones. Están permanentemente situados en el punto de mira, como esas estrellas que quieren un momento de anonimato y se encuentran con una nube de flashes y cazadores de autógrafos en sus puertas. Sus actos, sus decisiones y todo lo que firman está siempre sometido a la interpretación de propios y ajenos, especialmente de esos avezados críticos a los que me refería en otra entrada. Y quiéranlo o no, les va a en el cargo. Una estrella siempre será una estrella.

                Pero lo que un buen Jefe o Presidente nunca debe olvidar es de dónde procede. Y adónde puede que haya de volver, finalizado su cargo que ya hace tiempo que es, por fortuna, temporal. Quien se sienta en su despacho a diseñar la estrategia mientras permanece ajeno a la batalla que se libra en las trincheras probablemente perderá la guerra. Aunque gane alguna batalla. Y eso es algo que siempre deben tener presente. Como deben tener presente que hay que mantenerse cercanos, convivir, compartir y preguntar a los trincheristas. Ellos les pueden hacer ver cosas que ignorarían si no salieran a mojarse las rodillas de cuando en cuando.

                Tener mando tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y hay algo que no soy capaz de clasificar en una u otra categoría: los actos oficiales. Esos donde los vemos tan empingorotados luciendo, como dice la ley, además de toga, “placa y medalla de acuerdo con su rango”. Esos actos donde a veces uno se quiere escaquear pero ellos no pueden. Pero donde también se lucen como nunca.

                Pero ahí están. Observando a los actores desde la sombra, y apareciendo sólo cuándo algo no va bien. Si alguno enferma, o el telón se rompe, o la función se retrasa… o cualquier otra incidencia. De cómo actúen en esos casos dependerá en gran parte la crítica que reciban.

                Por eso, como voz en off en la que me he erigido, no daré hoy mi aplauso. Lo dejaré en manos de cada uno de los espectadores, y en la de cada uno de los protagonistas. Piensen un momento en aquél que les afecte y, si lo merecen, batan palmas. Ojalá desde mi atalaya de narradora pueda oir ovaciones desde todos los escenarios de nuestra justicia.