CONDUCTORES: UNA ESPECIE EN EXTINCIÓN


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Hemos tratado, largo y tendido, de muchos de los personajes de nuestro gran teatro, sobre todo, de aquellos que salen al escenario, y también de los que están entre bambalinas. Pero ¿qué sería de un buen estreno sin su limusina glamurosa y su no menos glamuroso conductor?. Pues, evidentemente, la cosa quedaría más bien coja. Imagínense a las grandes estrellas llegando al correspondiente Festival de Cine conduciendo su propio Opel Corsa. ¿Verdad que perdería mucho brillo?. Pues eso. Que en nuestro gran teatro brillo, lo que se dice brillo, falta bastante, por más qe lo suplamos con grandes dosis de buena voluntad.

Pero ojo, que no se me malinterprete. No estoy reclamando, ni muchísimo menos, que todos tengamos chófer. Ni siquiera que lo tengan algunos, más allá de lo estrictamente necesario a efectos de representación. Pero unos medios de locomoción dignos para ir de un lado a otro con la toga a cuestas si que nos hacen falta. Y a veces, nos los escamotean.

Es cierto que hubo un tiempo que aquí, como en todo, parecía que se ataban los perros con longanizas. Que había coches oficiales, y bastantes. Más de los necesarios. Pero ni calvo, ni siete pelucas, oiga.

Parece haberse olvidado que no todas las diligencias judiciales se pueden hacer en la sede de los juzgados. Que hay que levantar cadáveres, que ir a visitar centros penitenciarios, de internamiento o de menores, que hay que inspeccionar residencias, que hay que hacer entradas y registros y que desplazarse a hospitales, entre otras muchas cosas. Y que además, los fiscales, la mayoría de los cuales tenemos nuestra sede en la capital de la provincia, tenemos que desplazarnos a otros partidos judiciales para guardias o juicios. Tanto da que se haga en taxi que en coche oficial. Y hablo de un vehículo normalito, sin ningún lujo especial, pero digno.

Periódicamente, se oyen voces que hablan de suprimir el servicio de taxis para fiscales, por ejemplo. Dando a entender de una manera engañosa que los usamos para desplazarnos de nuestra casa a nuestro despacho. Y, por supuesto, nada más lejos de la realidad. De nuestro domicilio a nuestro trabajo vamos, como todo hijo de vecino, a pie, en bicicleta, en moto en coche o como nos dé la gana. O en transporte público, si tenemos la suerte que nuestra sede está bien conectada. Como si queremos ir en patinete. Pero hay cosas que no pueden ser.

No puede ser, por ejemplo, que nos veamos obligados a ir de nuestra sede oficial a una diligencia de cualquier juzgado en transporte público. Por poco eficiente, porque no son compatibles los horarios, por falta de comunicación y por muchas razones. Entre otras, porque podemos compartir vagón de tren de cercanías o de metro con la familia de quien acabamos de meter en la cárcel.

No puede ser tampoco que nos endosen el primer taxi que tengan a mano, sea cual sea. Recuerdo una vez que tuve que acudir a la declaración de un detenido de un asunto particularmente mediático a bordo de un taxi que llevaba en la parte superior nada menos que un Donut gigante. Me avisaron que la puerta del juzgado estaba llena de periodistas, y me imaginé en todos los zapping de la tele haciendo mi entrada triunfal desde debajo del enorme dulce de cartón piedra. Por supuesto, le pedí que quitara semejante armatoste o que me dejara a un par de manzanas de distancia y el hombre optó, aun a regañadientes, por la primera solución.

Y es que hay cosas que son necesarias, aunque pueda parecer otra cosa. Yo recuerdo con cariño a muchos de los conductores que hemos tenido en la guardia, a los taxistas habituales, con los que por suerte –y de momento- aún trabajamos. Buenos profesionales, discretos y eficientes. Porque a veces, sobre todo si vamos más de uno en el vehículo, como ocurre cuando la comisión judicial se desplaza, las conversaciones pueden versar sobre cosas que quizás no debería oír cualquiera, y la discreción es una virtud muy a tener en cuenta.

Así que a éstos, a los buenos profesionales, les aplaudo desde aquí. Aunque no me lleven al estreno en limusina. Porque, la verdad, maldita la falta que me haría. Me conformo con poder trabajar en condiciones dignas. Que no es poco.

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