ESCOLTAS: DE LO VISIBLE Y LO INVISIBLE


GUARDAESPALDAS EPI Y BLAS

Ya nos lo enseñaron Whitney Houston y Kevin Costner en El guardaespaldas o el durísimo Charles Bronson en El guardaespaldas de la Primera dama, entre otros: no hay estrella que se precie sin su correspondiente guardaespaldas. Y nuestro espectáculo, en su propia medida, también tiene los suyos. Faltaría más.

Pero la verdad es que, hasta donde yo sé, ni son tan glamurosos ni sus historias tan atractivas como en el cine. Tampoco tienen que soportar caprichos ni sinsentidos de divas y divos, que por algo somos profesionales. Aunque lo que se dice aguantar, aguantarán lo suyo, no me cabe duda. Claro que como yo nunca he tenido escolta –ni quisiera tenerlo, la verdad- no puedo asegurarlo.

En la actualidad, por fortuna, no son demasiados los escoltas que quedan en los alrededores de nuestra función. Y digo que es por fortuna, porque hace un tiempo fue necesario que, en sitios especialmente peligrosos que todos recordamos, jueces y fiscales tuvieran el suyo. Pero por suerte, como digo, ya pasaron esos tiempos y esperemos que para no volver.

Hoy quedan los escoltas de los Fiscales Superiores, de los Presidentes de Tribunales Superiores de Justicia y de los cargos de relevancia de nuestras carreras. Es decir de los jefes –y no de todos- y de los superjefes, para entendernos. Además de los de aquéllos que por el especial riesgo de su función lo necesiten. Y como decía, es una buena señal que no los necesitemos más, así que crucemos los dedos.

Quienes somos personajes fijos en nuestra función acabamos conociéndolos con el tiempo, y sabemos que viene éste o aquél cargo cuando vemos los paseos arriba y debajo de sus discretos e impecablemente trajeados escoltas. Como el relámpago que precede a la tormenta. Y siempre atentos a todo, siempre en su sitio. Como debe de ser.

Aunque en ocasiones, no debe resultar fácil. Los escoltados no siempre se dejan escoltar, y los deben poner en más de un aprieto. Recuerdo una vez, casi al principio de mis días como fiscal, que coincidí en un curso fuera de España con varios fiscales con importantísimos cargos. Era tal el despliegue de puestos rimbombantes de nuestra carrera que quienes no teníamos escolta parecíamos unos donnadies. O tal vez lo éramos. El caso es que uno de esos jefazos de la carrera fiscal -hoy ya jubilado- al que siempre he admirado, gustaba de jugar al ratón y el gato con sus escoltas. Se venía con la gente más joven y nos pedía que le ayudáramos a darles esquinazo, aprovechando que algún otro compañero más amable o menos avispado se quedaba dando conversación al escolta. La sangre no llegó al río y más allá del sofoco del pobre escolta varias veces burlado, la cosa no quedó en nada más que en una anécdota divertida que hemos comentado alguna vez cuando hemos vuelto a coincidir. Obviamente, omitiré el nombre del “jefazo” y del pobre que se quedó colgado charlando con el escolta mientras esperaban en vano el regreso del escoltado. Pero, como Escarlata O’Hara, a Dios pongo por testigo de que la historia es real. Bueno, a Dios y a unos cuantos compañeros más que fueron cómplices de la travesura.

Supongo que no será el único caso aunque, más allá de anécdotas, lo bien cierto es que cierto es que cumplen su trabajo con exquisitez, dejándose ver lo mínimo, y estando al tanto de toda posible incidencia. Un trabajo callado en pro de la seguridad de quien lo necesita que también debe tener su reconocimiento.

Así que, aunque los focos nunca se posarán sobre ellos, demos también nuestro aplauso a todos los que cuidan de que nada pase, y permiten que siga el espectáculo. Aun aguantando rarezas, y todos esos actos soporíferos y reuniones eternas que hay que soportar. Porque, a veces visibles y casi siempre invisibles, ahí están cumpliendo su cometido. Para que otros puedan cumplir el suyo sin problemas.

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