Intuición: bajo las togas


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No es oro todo lo que reluce. Bien lo sabemos, y no siempre lo que sale al exterior es lo que anda por el interior. Que bien dice el dicho eso de la procesión va por dentro. Y más cierto que en ningún sitio es en el mundo del espectáculo, donde el actor se mete en la piel del personaje aunque nada tenga que ver con él. Pobres sino de todos aquellos que interpretaron a los peores villanos de la historia, si tuvieran que ser como ellos.

Pero no solo eso. A veces el libreto o el guión dice una cosa y el actor, la actriz o quien proceda, decide hacerla de otra sin más. Y ese otro decide que así está bien y así se queda. Porque a veces esa cosa intangible llamada intuición te impulsa a hacer algo en contra de la lógica. Sin otra razón que un Pepito Grillo interior que se rebela en contra de lo que estaba previsto. Y dice la leyenda que algunas de las más grandes interpretaciones de la historia se debieron a un gesto fuera de la pauta preacordada. Y, por supuesto, como todos sabemos, el talento es lo que tiene,  buena parte de formación pero asentada sobre un duende que no se aprende. Eso de que el artista nace, no se hace. Aunque, como un diamante, haya que pulirlo para que brille.

Cualquiera pensaría que en nuestro mundo, anclado en normas rígidas y protocolarias, nada ocurre por casualidad. Que somos poco menos que autómatas siguiendo al milímetro el guión previsto sin alejarnos de él como si de las protagonistas de Las Mujeres perfectas se tratara. Y nada más lejos de la realidad. La intuición, y su prima hermana la improvisación, se cuelan en nuestro escenario con mucha más frecuencia de lo que parece. Pero guárdenme la confidencia, que es Top Secret. De nuestra categoría como intérpretes depende que se note o no.

Y esa intuición, como todo en la vida, tiene su parte buena y su parte mala. O mejor, su parte llevadera y la que no lo es tanto. Seguro que todos hemos visto alguna vez en el brete de estar convencidos que un tipo era culpable pero no tenemos ni una sola prueba con que llevarnos por delante la presunción de inocencia. ¿Por qué? Por pura intuición. De ésa que cuando luego resulta que tenías razón porque surge algo que lo acredita, te hace dar saltos de alegría imaginarios, aún a riesgo de dar un traspiés sobre los tacones.

Otras veces, sin embargo, una se queda con tres palmos de narices o, lo que es peor, con una sensación de angustia que no le llega la camisa al cuerpo. Cualquiera puede haberlo vivido. Esa mujer que sabes que está siendo maltratada y se acoge a la dispensa legal y guarda silencio, dejándonos sin prueba alguna para perseguir al culpable. O ese investigado –sigo sin acostumbrarme al término- al que sabemos peligroso porque hay una alarma interior que se enciende y al que no tenemos base legal para meter en prisión o internar en cualquier tipo de centro, llegado el caso. Pocas sensaciones hay más angustiosas que la de irse a casa pensando que va a pasar algo, y no haber podido hacer más. Bien lo sabemos quienes hemos pasado alguna vez por la terrible experiencia de saber por la prensa que tu intuición era cierta y que el terrible final que temías ha llegado.

En mi caso, recordaré siempre a una mujer que no quiso denunciar de ninguna de las maneras y que, a pesar de que tenía el miedo grabado en su mirada, se negó a abrir la boca amparándose en la maldita dispensa legal. Pese a que ella no quería, se dictó auto de alejamiento, pero de poco sirvió. Al cabo de unos días, apareció ahogada en la bañera de su casa. Su pareja murió en prisión de muerte natural sin que llegara a ser nunca juzgado, en una pirueta de destino. Ya hace muchos años de eso, pero su recuerdo me acompaña cada vez que una mujer se niega a declarar. Fue la Crónica de una muerte anunciada, y ojalá las leyes cambien para que nunca pueda a volver a pasar algo así.

Así que hoy, el aplauso lo convertiré en ovación y homenaje para quienes no pudimos proteger. Y por supuesto, para los que contra viento y marea siguen empecinados en que cambiar las cosas es posible. Con intuición o sin ella.

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Videoconferencia: togas en plasma


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Hoy las ciencias adelantan que es un barbaridad, como decía el famoso cuplé. Por eso, ya desde hace mucho nos hemos acostumbrado a ver imágenes enlatadas. Artistas que no pueden ir a recoger un premio y graban su agradecimiento en un vídeo que luego se emite en la pantalla del teatro donde se celebra el evento, frases de personas que quieren sorprender a aquel que se quiere rendir un homenaje, o momentos de la vida o la obra de cualquiera que, por la razón que sea, no puede estar presente. Pero no solo hay secuencias pregrabadas. El mundo del espectáculo nos tiene desde hace tiempo acostumbrados a las conexiones en directo desde cualquier otro punto del planeta, de modo que se puede interactuar simultáneamente desde diferentes sitios sin necesidad de desplazamiento físico. Algo tan habitual que ni siquiera le damos importancia.

Pero nuestro teatro simpre vive la vida con varias décadas de retraso. Por no hablar de siglos, que ya sabemos de cuándo datan algunas de las leyes más usadas. Y eso de las conexiones en directo nos sonaba a chino hace apenas unos años. Y ahora, aunque no a chino, tampoco andamos colocados en la cúspide de la modernidad. Pero claro, es difícil actuar en un teatro donde se ponen parches en un viejo telón de terciopelo ajado en lugar de sustituirlo por una moderna pantalla de plasma.

Y ya que de plasma hablamos, vayamos a ello. Desde hace menos tiempo del que sería deseable, se ha implantado –o mejor dicho, incrustado, que lo de implantación aún nos viene grande- eso de la videoconferencia. La idea, por supuesto, buena, destinada a ahorrar desplazamientos innecesarios por parte de los profesionales, y a evitar suspensiones de juicios u otras actuaciones porque quien tiene que intervenir está a kilómetros de distancia. Algo que no solo está bien, sino que tenía que ser imprescindible. Y que podría tener otras aplicaciones.

Pero como siempre ocurre en nuestro teatro, del dicho al hecho hay un buen trecho, y la ejecución no ha estado tan fina como cabría desear. Así, nos encontramos en un primer momento con el problema de la ubicación. Los aparatos de videoconferencia se instalaban en las salas de vistas de algunos juzgados, o en determinados despachos, para el uso de todos. Con el inconveniente de que, si el titular de ese despacho estaba haciendo algo, o la sala estaba ocupada celebrando juicios, no había manera de celebrar la dichosa viodeoconferencia. Así sigue en muchos sitios, por no hablar de deficiencias técnicas en la calidad de imagen que hacen que, sin ir más lejos, la juez de un pueblo se venga obligada a acudir a la capital para hacer la videoconferencia con otro pueblo diferente, o con la prisión, de modo que el desplazamiento se sigue haciendo, aunque sea la juez la que se traslade. Ella, y el justiciable con el que tenga que practicar la diligencia de que se trate, que, en el ejemplo al que aludo, era una rueda de reconocimiento.

Pero las anécdotas que trae consigo el uso de la videoconferencia darían para escribir un libro. O más. Sin ir más lejos, el terminal de una fiscalía que conozco bien padeció durante mucho tiempo de una avería consistente en que no funcionaba una de sus teclas. En concreto, el 6. De modo que no era posible conectar con ningún número de teléfono que contuviera ese dígito. Y solo cabía cruzar los dedos. Y además, hay lugares cuyos sistemas son absolutamente incompatibles. De modo que juro por lo más sagrado que es más difícil la conexión de Valencia con Málaga que con la nave nodriza de Star Trek.

Así que íbamos descartando. No se usa el sistema si está ocupada la sala, tampoco si el teléfono contiene un 6, y siempre que el interlocutor no esté en Málaga. Suma y sigue. O mejor, resta.

Porque esto es un ejemplo. Pero hay más. No todas las salas de vistas, por muy moderno que sea el edificio, tienen posibilidad de videoconferencia. Y se señala y se practica en el Decanato, de modo que, a mitad sesión, se hace la testifical o la pericial tras recorrernos los pasillos, debidamente togados –con tacones o sin ellos- Magistrados, Fiscal, acusado, LAJ, funcionarios, abogados, procuradores y hasta público. Y allí nos quedamos todos esperando a que nos llegue el turno y a que, una vez nos ha llegado, dé resultado el “probando, probando”. O, en otros casos, lo de “Houston, tenemos un problema”. Que lo de Apolo VI es una tontería al lado de esto.

Pero quizás lo más llamativo es el modo en que aparece la imagen. Yo he hecho vídeoconferencias con imagen congelada, con lo tonta que se llega a sentir una hablando a una foto fija y oyendo una voz de ultratumba contestar. Temiendo que, de un momento a otro, sonara aquello de “Carolyn, ven a la luz” al más puro estilo Poltergeist.  También con una imagen retardada, que una al final no sabe si le contestan a esa pregunta o a la que hizo diez minutos antes. Y, además, los interlocutores de allende la pantalla se ven moverse a modo robot, como si se trataran de replicantes o algo parecido. No quiero ni pensar cómo nos verán al otro lado, algo así como ciborgs togados. O un remedo del Nacho Dogan del Aplauso de mi infancia –si alguien más lo recuerda-, un DJ –entonces los llamábamos disk jockey o pinchadiscos, que es peor- que aparecía los sábados en la tele pintado de blanco y con movimientos robóticos para traernos el último hit parade.

Lo que sigo sin entender es que cómo le resulta tan fácil darle el Nescafé virtual al hijo a la señora del anuncio, y nosotros seguimos sin tener un sistema en condiciones. Pero igual son cosas mías. O quizás convendría hablar con esa señora y que nos lo explique.

Mientras tanto, no nos olvidemos del aplauso. Y no al programa de antaño, que también, sino a quienes, pese a todo, consiguen sacar adelante estos procesos plasma mediante. Porque, como ya dijeron de la Armada Invencible, no nos prepararon para luchar contra los elementos. Y eso es lo que hacemos. Un día tras otro.

 

Ira: furia en la balanza


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No sabría decir si es mito o realidad, pero el temperamento artístico es lo que tiene. O lo que parece que tiene. Grandes explosiones de genio y vaivenes de carácter que dan grandes titulares y hasta se convierten en un clásico. Seguro que todos sabemos qué es eso de “vengo a hablar de mi libro”. Umbralismo en estado puro, vaya. Por no hablar del arrebato de furia de Fernando Fernán Gómez ante un admirador que automáticamente dejó de serlo. Y no era para menos.

Hasta la propia ira es protagonista de varias obras famosas, desde Un día de Furia a las Uvas de la Ira, desde Fast Furious hasta el enorme enfado que desemboca en tragedia en La guerra de los Rose, sin olvidar que la Ira es un personaje autónomo en esa delicia de filme que es Del Revés.

Y aquí sí que entramos con toda la fuerza del mundo. Porque furibundos togados somos unos cuantos, según y depende el caso. Que la verdad, parece que alguien está continuamente poniéndonos a prueba. Y menudas pruebas.

Es cierto que, cuando una está debidamente toguitaconada jamás debiera perder la compostura, como un actor bien instruído que ríe aunque le duela el alma o llore aunque le acabe de tocar el Euromillón, si es lo que toca. Pero a veces cuesta, y cuesta horrores. Siempre recordaré el esfuerzo titánico que tuve que hacer para no ceder a lo que me pedía el cuerpo ante un pederasta que, sentado tranquilamente ante mí en calidad de lo que todavía se llamaba imputado, no solo reconocía los hechos, sino que afirmaba con una media sonrisa que las niñas de ocho años “le ponían”. Y si al hecho, ya repugnante en sí, le unimos que esta fiscalita de a pie tenía por aquel entonces una hija de ocho años exactamente, seguro que cualquiera puede hacerse una idea de lo que me costó contenerme. Por fortuna –o más bien por justicia-, el individuo en cuestión ya hace tiempo que dio a parar con sus huesos en la cárcel, pero ésa es otra historia, como diría una buena amiga.

La cuestión es que no es necesario llegar a ejemplos tan extremos. O sí. Yo confieso que en la batalla diaria contra los elementos –léase medios materiales- se oyen salir de mi despacho juramentos en arameo e incluso hay quien asegura que ha visto salir materialmente sapos y culebras. Y no es para menos, con esos medios que no llegan ni a cuartos. Porque hay que tener mucho temple para soportar las veinte claves o contraseñas para entrar, la falta de interconexión, las caídas del sistema, que nada tienen que envidiar a una montaña rusa, y el monumental cabreo que le entra a una cada vez que recuerda cómo estamos al lado de otras administraciones más mimadas. Y es que ser la Cenicienta de la Justicia nos pone el mal humor de la madrastra cuando vio que a quien ella trataba como una criada le cabía el dichoso zapatito de cristal. Así que, por cierto, a ver cuando por fin nos traen el zapatito. Que en ese caso, y sin que sirva de precedente, hasta a que llevara tacón renunciaría.

Y las razones para tirarse los pelos no paran. Aunque pueda parecer una tontería, qué terrible es encontrarse que la impresora no tiene tóner, por más que una la agite como si fuera el mismísimo Tom Cruise en Cóctel, o que –oh desastre- se acabaron los folios o, lo que es peor, los pósits.

Y sigue y sigue… Cómo no sucumbir a la ira cuándo no llega el intérprete, porque solo hay uno de swajilii en toda la comunidad y resulta que está a más de 100 kilómetros, cuando encima sabes a ciencia cierta que el investigado en cuestión te entiende perfectamente. Y cómo aguantarse las ganas de gritar cuándo el pobre letrado de oficio está en comisaría y no puede venir hasta dentro de un buen rato porque con la colegiación no les regalan el don de la ubicuidad. O cuándo no pasan a un detenido hasta horas más tarde por falta de efectivos. Difícil, ¿verdad? Pues es lo que hay. Todo esto y mucho más, como decía la canción.

Pero aguantaremos. Como aguantamos estoicamente que la máquina de café no funcionen, lo que es peor, que no nos devuelva las monedas. Ya decía Shakespeare eso de que la paciencia es una gran virtud.

Así que el aplauso hoy es para todos los que consiguen pasar por estos traumas con una sonrisa. Porque, visto lo visto, son verdaderos héroes. Con toga o si ella.

Animales: Justicia a 4 patas


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El tema de las mascotas, o mejor dicho, los animales de compañía, es recurrente en el mundo del espectáculo. Y desde muchos frentes. Desde las extravagantes estrellas –o aspirantes a ello- que portan en su bolso un perro miniatura como una parte más de su atrezzo, al más puro estilo Paris Hilton, hasta personas con un compromiso tan integral como el de Briggite Bardot, otrora estrella refulgente y hoy dedicada por completo a la defensa del mundo animal. Pasando por un completo listado de obras de cine o teatro que tienen como protagonista absoluto a una mascota. ¿Quie no recuerda a Lassie, a Rin tin tin, a Bethoven? Y eso, sin entrar en el mundo de los dibujos animados, desde Pluto hasta Garfield, pasando por La dama y el Vagabundo, los Aristogatos, el Libro de la Selva y mil ejemplos más nos transportan al mundo animal con una sonrisa en la cara. Y esos inolvidables 101 dálmatas, en sus dos versiones, que consiguieron que Cruela de Vil pasara a engrosar la lista de los malvados universales por su persecución a aquellos deliciosos cachorrillos.

Nuestro teatro, sin embargo, parece tener un poco olvidada esa parte importante de la vida. Al margen de la afición o devoción personal de cada uno por tan importantes seres, poca entrada le damos en nuestras tablas. Y es una pena. Porque podían representar un gran papel.

Pero andando se hace camino y poco a poco surgen aquí y allá destellos de algo que podría brillar mucho más. Leía no hace mucho la historia de la perra Peseta –cuya imagen ilustra este estreno-, un can que ejerce casi de agente judicial y realiza importantes funciones con quienes han sido víctimas de delitos y quienes van a declarar a un juzgado. En Chile, pero podía ser en cualquier sitio.

Más cerca, en mi propia tierra, he visto que se ha puesto en marcha una bonita iniciativa con una protagonista llamada Naroa, una perra labradora que ayuda a que menores víctimas de violencia de género recuperen la vida feliz a la que tienen derecho. Ella está acreditada como perra de terapia, junto con otros peludos compañeros que, entre otros, mejoran la vida de personas a las que el Alzheimer se empeña en robarles los recuerdos. Y se unen a los campeones de este género, los perros guía que se convierten en los ojos de quienes no pueden ver. Y a los que, por cierto, no siempre damos la importancia y el respeto que debemos. Aún me duele el alma de recordar una noticia en que una invidente era agredida porque no dejaban que la acompañara su perro en un comercio.

También he oído hablar de los perros de género, entrenados para defender a víctimas de violencia de género de una posible agresión. Y seguro que hay muchos más, institucionalizados o no.

La verdad es que yo no puedo recordar mis tiempos de opositora sin que me venga inmediatamente a la cabeza la imagen de mi querido Porsche, un pastor alemán que por aquel entonces ya arrastraba su cadera dolorida por toda la casa con tal de que yo no me sintiera sola frente a Códigos y apuntes. Siempre pensé que esperó para dejar este mundo a que estuviera cumplida su labor, y nos dejó al poco de asegurarse que yo había aprobado. Estoy segura de ello. Como estoy segura de que se turnaba con Ciro, el perro de una de mis mejores amigas, para cuidarnos mientras nos dejábamos las cejas en los libros.

Y, desde hace un tiempo, tampoco puedo acudir a una charla sin esbozar una sonrisa pensando en Bandi, la perra de otra buena amiga que apareció en su vida cuando estuvimos a punto de atropellarla al volver de un coloquio sobre violencia de género. ¿Casualidad? Tal vez, pero me gusta verlo así. Y como muchos dicen, la casualidad no existe.

Y, por supuesto, no podría bajar el telón de este estreno sin hacer referencia a aquellos que dedican gran parte de su tiempo y su alma a la defensa de estos seres. Sean caballos, galgos, focas o cualquier otra especie del mundo animal que esté siendo objeto de injusticia. Su labor va haciendo mella y, poco a poco, la ley les protege mejor, y quienes vestimos toga vamos siendo más sensibles a castigar a los desalmados que los maltratan. Porque la defensa de los animales también es justicia. O debe serlo.

Así que hoy, en lugar de aplausos, me gustaría oir ladridos, maullidos y toda clase de onomatopeyas. Con eso me doy por satisfecha. Al menos de momento, que siempre se puede lograr más.

Fama: togas mediáticas


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La fama es algo casi consustancial al mundo del espectáculo. Cualquiera que aspire a ser algo en este mundo de la farándula sabe que lleva consigo un mundo de fama y oropel que resulta inevitable, además de agradable dentro de unos límites. Y lo asume. No puede ser de otra manera. Aunque para llegar a Ricas y famosas no hay que olvidar eso de que la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagarlo, como nos decía aquella recordada profesora de Fama.

Pero nuestro teatro no es en eso muy parecido. Porque en principio nuestra imagen de seriedad y hasta de ampulosidad parece que casa mal con la fama. O no. Todo es cuestión de cómo se vean las cosas. Porque la fama no necesariamente ha de ser mala o tener unas connotaciones negativas. La fama, entendida como prestigio o crédito de una persona, es algo bien bonito. Y tampoco el hecho de vestir toga, con o sin puñetas, nos debe hacer renunciar a eso.

Todos hemos oído hablar de los jueces estrella. Y criticarlos. Una especie en expansión a la que le han salido competidores: desde fiscales estrella hasta abogados, pasando por cualquier clase de operador jurídico. Pero hay que separar el grano de la paja y distinguir cuando a alguien le mueve el mero afán de protagonismo y cuándo este protagonismo en inevitable en función del asunto que la lotería del reparto de causas tenga a bien obsequiarle.

Así, es lógico que en destinos como la Audiencia Nacional o Antiocorrupción se vean abocados a una fama no siempre buscada. Porque es casi imposible encausar –o no- a alguien de postín sin que el furor mediático se le venga a una encima. Otra cosa es como se maneje, que a veces las cosas se nos van de las manos. Y en otros casos, es la diosa Fortuna la que decide poner en el ojo del huracán a un juez, un fiscal o incluso un abogado. Teniendo en cuenta que en nuesro derecho rige el derecho al juez natural, que no significa otra cosa que será competente aquel al que por territorio corresponda –con las salvedades de la Audiencia Nacional y los aforamientos- nos podemos encontrar que a la folklórica investigada por determinados hechos, o al alcalde pillado metiendo mano en la caja les tengan que recibir declaración en Matalasperas de Arriba un juez y un fiscal recién estrenaditos, que lo último que quieran sea ganar una notoriedad de la que huyen como de la peste. O tal vez al revés, estén encantados de ese golpe de suerte y lo quieran usar como trampolín en su De aquí a Hollywood particular, que de todo hay en la viña del Señor.

Pero la cuestión es ¿es bueno o malo que salgan en la tele o hagan declaraciones? Pues, me van a perdonar los talibanes del cerrojazo pero la respuesta es que nada tiene de malo. Hay que ser natural, y si aquel tema en el que trabajamos es noticia, deberíamos salir a la palestra para contar, con rigor y sin falsas modestias, lo que se pueda contar. Porque solo así garantizaremos el derecho a la información del ciudadano, y quizás evitemos la irrupción de tertulianos y todólogos varios que igual hablan del último descubrimiento de física cuántica que de la última novia del hermano torero de un triunfito. Y que, por supuesto, saben más de derecho que veinte catedráticos juntos.

En la era de la comunicación nosotros no podemos ni debemos quedarnos atrás. No podemos permitirnos seguir con esa concepción sacrosanta de la Justicia que hace que al ciudadano le parezca algo ajeno que vive a años luz de sus intereses. Con naturalidad. Esa es la clave.

Desde luego que tenemos nuestros gabinetes, nuestros portavoces y nuestras ascociaciones. Pero eso no quita la posibilidad de que se puedan hacer otras cosas, para que no demos la impresión de que huímos de las cámaras como alma que lleva el diablo.. Porque puede parecer que tenemos algo que ocultar.

Otra cosa es que se aproveche para hacer un posado robado como si fuéramos Anita Obregón al principio de cada verano. Porque aunque podría tener su punto toguitaconarnos al borde del mar con un traje de baño con balanza incluída, como que no lo veo. Que todo tiene sus límites. Aunque quizás llegue el día, que nunca se sabe.

Mientras tanto, dediquemos hoy el aplauso a quienes saben mantener el equilibrio entre informar y ser cercanos y no resultar ávidos de un protagonismo innecesario. Que no siempre es fácil.

 

Indultos: la excepción


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Todos sabemos eso de que la excepción confirma la regla. Pero la excepción no es otra cosa que eso, la excepción. En el teatro y en el mundo. Por más que a veces se vea más una cosa que la otra. Ya sabemos, eso de que la noticia es que el perro muerda al hombre y no al contrario.

Por supuesto que el teatro se nutre de historias llamativas, de vidas excepcionales y de casos curiosos. De gente que destaca por ser Uno entre un millón o por tener Una mente maravillosa. Aunque a veces también se dedique a hablar de la Gente corriente.

Y nosotros, desde luego, también tenemos nuestras excepciones. Faltaría más. Y la excepción por antonomasia es el indulto. Que no es otra cosa que una institución que permite que las penas impuestas por el poder judicial no se cumplan por la intervención del poder ejecutivo. Un salto en el vacío a las máximas de Montesquieu que, como excepción a la sacrosanta división de poderes, tiene que ser más que justificada.

Pero ahí está. Normalmente no le hacemos mucho caso hasta que pasa algo y saltan las alarmas. Por defecto o por exceso. Tanto nos asustamos si un corrupto, o alguien que ha cometido un crimen despreciable es indultado, como si una persona que no parece merecer tanta repulsa no obtiene este beneficio. Y, volubles que somos, nos inclinamos como un columpio infantil a uno u otro lado. Parece que tan pronto nos escandalizamos porque dan un indulto como otro día porque no lo dan. Y lo peor de todo es que nos posicionamos sin tener ni idea, `porque estas cosas suelen venir precedidas por una campaña mediática en la que nos informan de lo que quieren, de lo que saben y de lo que imaginan a partes iguales. Y así no hay quien deba opinar.

Pero la cuestión va más allá. Y es que el guión de esta historia está escrito nada menos que en 1870, nada menos. En aquellos tiempos en que las mujeres paseaban con faldas largas y corsés, y los hombres fumaban puros en los salones de fumadores mientras hablaban de lo que pasaba en las colonias. O al menos eso es lo que se desprende de las películas, como ese  ¿Donde vas Alfonso XII? O las Violetas Imperiales de Luis Mariano, que nos han repetido tantas veces en televisión.

Pues bien. De esa época es nuestra ley de indulto, que por más prisa que se quiso dar el legislador este año en reformar todo lo que encontraba, le pareció que ésta aun tenía recorrido. Tan vieja, la pobre, que ni se publicó en el BOE porque no había BOE, ni venía del Ministerio de Justicia porque tampoco era tal. Se publicó en la Gaceta de Madrid, el abuelito del actual BOE, y se refería al Ministerio de Gracia y Justicia, nombre que de gracioso no tiene nada, dicho sea de paso.

O sea, que se hizo en un tiempo en que la Justicia se consideraba una gracia y no un derecho, y nada de eso de que emana del pueblo que dice nuestra Constitución, posterior en más de un siglo a la ley. Ahí es nada.

Pero ahí seguimos. Con una ley de la que parece no acordarse nadie más que cuando en un momento dado nos causa más Escándalo que la canción de Raphael, sea en un sentido o en otro, cuando llega su particular Gran Noche. Y es que parece que solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando llueve.

Pero ya que de indultos va la cosa, cuando oigo esta palabra siempre evoco otra cosa. El ninot indultat de las Fallas de mi tierra valenciana. El privilegio de salvarse de las llamas de la Cremà a cambio de un valor extraordinario, una gracia –aquí sí vale- que obtiene una sola de las figuras de todos los monumentos falleros por su excepcionalidad, y que le hace merecedor de conservar su vida de cartón piedra y lucir Por siempre Jamás en el museo correspondiente.

Y ya puestos, me pregunto cuál sería el ninot indultat de esta legislatura, si es que hay alguno. Qué o a quién salvaríamos de las llamas que dan lugar a un nuevo período. Y la respuesta, me temo, es más que obvia. Por lo que a Justicia respecta, el premio debe quedar desierto. Que a cada ocurrencia nos han dado un nuevo disgusto, sea por la ocurrencia en sí, o sea por la falta de previsión para llevarla a cabo. O por ambos.

Así que, como ya se van acercando las Fallas, cambio hoy el aplauso por una propuesta para el público de nuestro gran teatro. ¿Indultarían a alguien? Porque a mí, la verdad, es que para algunas cosas el único museo que se me ocurre es La Tienda de los Horrores.

Pero que cada cual decida y formule su apuesta. Hagan juego, señores.IMG_20160209_172039

Animo: algo a agradecer


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Hay que reconocerlo. Todos necesitamos que nos jaleen de vez en cuando. Que La vida es una tómbola y a veces llega La Tormenta Perfecta y nos arriesgamos a caer en el Abismo. Y, por más fuerte que sea uno, nunca se libra de estos momentos.

En el mundo del espectáculo es más que frecuente que esas cosas pasen. Viven la vida como un carrousel, y quien un día estuvo en lo más alto, de pronto se ve relegado al olvido más cruel, reemplazado por el nuevo favorito del público. Triunfitos varios, concursantes de cualquier reallity show o cantantes de medio pelo que dieron el campanazo un verano por razones inexplicables, ven cómo huyen de ellos las cámaras que un día les amaron, y eso no es plato de gusto de nadie. Siempre recuerdo la triste historia de una de las cantantes de Las Grecas, o la de aquella presentadora del Dabadabada de mi infancia, que acabaron de la peor manera posible.

Por eso es tan importante recibir esos chutes de energía que la buena gente tiene a bien proporcionarnos. Y en nuestro teatro no somos una excepción. Un juez que un día puso una sentencia que todo el mundo admiraba de pronto denostado por otra, un fiscal o un abogado a los que tan pronto se da la razón como se deniega todo, y mil ejemplos más, sin olvidar que estas cosas pasan por el filtro de la prensa, no siempre tan objetivo ni tan bien informado como sería deseable. Aunque por suerte hay enormes profesionales, como ya contamos en el estreno a ellos dedicado, Periodistas

¿Y cómo nos dan ese chute de energía? Pues no es tan difícil. No es necesario que un titular de prensa nos alabe o nos muestre su más rendida pleitesía. Hay muchos modos de insuflarnos ese ánimo como si fuera el hinchador de una colchoneta sin necesidad de llegar a tales extremos.

A veces, son cosas tan sencillas como que un compañero te diga que hiciste un buen trabajo o que le resultó útil. Una vez alguien me dijo que mi trabajo le devolvía la ilusión por su profesión y, aunque exageraba, me hinché como un pavo y decidí hacer otro tanto cuando fuera otro el que produjera en mí ese efecto. Y desde entonces no lo callo nunca. Tenemos el mal hábito de hablar solo para quejarnos y nunca decir aquello que está bien. Y eso también hace falta. Al menos, de vez en cuando.

Pero hay otro modo de recibir energía un día tras otro. Un regalo que algunas personas nos hacen y que no siempre sabemos apreciar. O que sabemos apreciar pero no decírselo o agradecerlo. Que alguien se acuerde de una y le destine una “buenos días” con una imagen escogida, un “buenas noches” con una canción o una fotografía de algo que le apasiona, no tiene precio. Y aunque hay quien, haciendo uso de un concepto de la profesionalidad mal entendido, tilda estas cosas como una sobredosis de glucosa, creo que yerra. Sentir que alguien dedica los cinco primeros minutos de su día, entre el café, las prisas y las tostadas, a acordarse de mí, a mi me pone las pilas. Y me produce síndrome de abstinencia si me falta. Aunque eso corresponda a declararme públicamente yonki de Mimosín.

Pero aún hay más. Hay una persona que todos los días, sin faltar uno, invierte tiempo en subirnos la moral a unos cuantos afortunados, inundando nuestros muros de redes sociales de optimismo y ánimo. Una imagen y una frase destinada únicamente a eso. Algo que puede parecer tonto, pero que se ha convertido en indispensable.

Así que ahí queda eso. Que piense quien quiera que me han abducido Los osos amorosos, que yo estoy tan contenta. Y me subo más segura a mis tacones y me pongo con más ganas la toga. Faltaría más.

Por eso hoy el aplauso es para ellos. Para todas y cada una de las personas que se acuerdan de animar a los demás, que les dedican un instante de su vida, que reconocen su labor. Y, por supuesto, para esa persona de la que he hablado, una ovación especial. Gracias, Gloria. Y gracias también a alguien que hoy mismo me hizo llorar de alegría. Aunque, como dicen, se dice el pecado pero no el pecador.

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Constancia: siempre contra la Violencia de Género


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Luchar contra algo es fácil. A veces, no hay más que chupar rueda del cabeza del pelotón, sobre todo si es un tema candente.

En el espectáculo, ya se sabe que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Y eso a veces es lo que cuesta sangre, dolor y lágrimas.

E igual que en teatro, pasa en nuestro escenario y en nuestro mundo. Y lo que hoy grita todo el mundo, mañana se olvida.

Algo así ocurre con la Violencia de Género. Todos nos asustamos y gritamos a pleno pulmón el día que matan a una mujer, a dos, el día en que además el suceso es especialmente espeluznante porque también mató a sus hijos, o a su madre, o porque las circunstancias son horrorosas.

Pero mientras, miles de mujeres siguen sufriendo maltrato. Y quizás sean las próximas. Y quizás estén en sus casa muertas de pena, además, porque solo se habla de ellas si son asesinadas. Y, aún cuando lo son, hay quien quiere silenciar las voces de quienes quieren seguir gritando a los cuatro vientos por miedo a un efecto llamada no probado y que, aunque lo fuera, siempre pesará menos que el dolor de cada una de ellas, de sus hijos, de sus padres, de sus amigos.

¿Dejaríamos de hablar del terrorismo yihadista por miedo a que alguien lo copie? ¿Silenciaríamos por ello a las víctimas de París, o las del 11 M? ¿Qué pensarían los supervivientes, o los familiares de quienes murieron?

¿Y qué pensará ahora mismo una mujer maltratada si nadie grita lo que ella no puede gritar?

Por eso, porque no hay que esperar a que maten a una mujer más, ni a que sea 8 de Marzo, ni 25 de Noviembre, publico esta historia. Un relato de algo que podría estar pasando hoy mismo. Y anticipo ese aplauso para todas las víctimas, para que sepan que estamos con ellas. Que no las vamos a dejar solas. Nunca

 

Relato finalista del I Premio Carolina Planells de narrativa corta contra la Violencia de Género 2008, Paiporta (Valencia)

 

“Yo no soy como ellas”

 

– Vámonos de aquí, por favor. ¿No lo ves?. Yo no soy como ellas.

Llevábamos ya más de tres horas en aquella sala. Estaba llena de mujeres, todas ellas jóvenes, muchas de ellas extranjeras, todas serias. El ambiente era opresivo y la sensación de tristeza era tal que podías palparla. En un rincón, una chica de raza negra daba el pecho a un bebé. Dos niños pequeños correteaban por allí ajenos a todo. Casi todas las sillas estaban ocupadas, y había quien recorría mecánicamente el espacio una y otra vez.  Muy cerca de nosotras, en una esquina, una adolescente, casi una niña, lloraba a moco tendido en el hombro de una mujer que debía ser su madre.

Aurora insistía en que nos fuéramos de allí o, al menos, eso es lo que repetía incesantemente, que quería marcharse a toda costa. Fue por eso por lo yo, haciendo de tripas corazón, saqué de mi bolso un espejo de mano y, después de quitarle a Aurora con mucho cuidado las gafas de sol que llevaba puestas, la obligué a mirar el reflejo de su cara, con el ojo morado e hinchado, y con el corte que tenía en el labio. Aurora suspiró varias veces, gimió otras tantas, y volvimos a quedarnos en silencio largo rato.

De vez en cuando, alguien entraba en la sala, pronunciaba el nombre de una de las mujeres que allí se encontraban, y la aludida abandonaba la estancia para volver más tarde, o tal vez para no volver más. No hablaban entre ellas. Parecían existir muchos muros invisibles dividiendo personas, dividiendo historias que no querían ser compartidas. También entraban en ocasiones hombre o mujeres que preguntaban por alguna de ellas, que se acercaban y parecían aconsejarles u orientarles de alguna manera. Nadie había pronunciado todavía el nombre de Aurora. Pasó un rato más callada, y nuevamente volvió a insistir.

– Vámonos, por el amor de Dios. Yo no soy como ellas, no soy una de ellas. Yo no pinto nada aquí. Yo soy una mujer de cuarenta y cuatro años, soy profesora de Universidad, tengo una casa y una familia, tengo una vida estable y posibilidades económicas. Yo no soy una de ellas. Vámonos de aquí.

Aurora y yo éramos amigas de toda la vida. Vivíamos en el mismo barrio, habíamos ido juntas al colegio, compartido amigos, viajes, penas y alegrías, disgustos y fiestas. Nos habíamos mantenido siempre en contacto, pasara lo que pasara, y seguíamos siendo amigas después de todo el tiempo transcurrido. Aurora tenía una vida envidiable, al menos aparentemente. Cuando acabamos el Instituto, estudió Medicina y conoció a Juan, su marido, en la facultad. Fueron novios algún tiempo y cuando se casaron, los dos tenían ya un trabajo fijo y bien remunerado. El era un chico fabuloso, el marido que toda madre quisiera para su hija: bien parecido, encantador en el trato, educado, divertido y amable, se mostraba enamorado de Aurora, como ella lo estaba de él. Juan conquistaba todo el mundo igual que había conquistado a Aurora. Eran la pareja perfecta: guapos, listos, con éxito, con dinero. Siguieron prosperando. Juan se convirtió en un eminente cirujano plástico, lo que, en los tiempos que corren de culto al cuerpo, les suponía ganancias millonarias. Aurora se convirtió en una médica de atención primaria que, aunque no ganaba tanto dinero, se mostraba siempre entusiasmada con su trabajo. Tuvieron dos hijos, la parejita, tan guapos, listos, sanos y perfectos como sus estupendos papás. Vivían en un lujoso piso de nuestro barrio de siempre, y poseían además un magnífico chalet en la playa para pasar los veranos. Todo era maravilloso, o al menos, así lo parecía. Juan y Aurora eran, a todas luces, la envidia de la contornada.

Pero, así como Juan seguía igual de encantador que siempre, atento y solícito con cualquiera, fuera un ministro, el conserje o la dependienta del supermercado, Aurora se fue volviendo más taciturna. Poco a poco, dejó de ser la mujer dicharachera y vivaracha que todos conocíamos y cada vez hablaba menos, sonreía menos, salía menos. A veces, me costaba incluso quedar con ella. Me pedía que la llamara al teléfono móvil en lugar de al fijo –tuvo uno de los primeros móviles, que Juan ¿cómo no? le regaló-, hablaba en voz muy bajita, me daba excusas para no vernos. No le di más importancia, no supe o no quise ver más allá, y lo achaqué al estrés de trabajo, a que estaba criando a dos niños, a la crisis de los cuarenta o a la menopausia, qué sé yo, pero no percibí las señales hasta que me reventaron en la cara.

Un buen día, Aurora me contó que había cambiado de trabajo. Dejaba el ejercicio de la Medicina, su querido centro de asistencia primaria, y se dedicaría a la docencia. Le habían ofrecido un puesto como profesora en la facultad, y lo había aceptado. A mí me extrañó mucho, sabía que Aurora adoraba el contacto directo con los pacientes, que ésa había sido siempre su vocación. Le pregunté la razón y se apresuró a explicarme que era lo mejor, que tendría un horario fijo, que ya no haría guardias, que estaría más tiempo en casa para poder dedicarse a su familia. Los motivos eran muy convincentes, pero Aurora no parecía convencida. Finalmente, supe la verdad: fue el propio Juan quien, tras sugerirle sin éxito que dejara de trabajar, habló con un colega que le debía un favor y éste le consiguió a Aurora su nuevo empleo. Juan había dicho que no era necesario que trabajara tanto, que él ganaba suficiente dinero, y que sería mejor para todos que estuviera más tiempo en casa. El trabajo de Aurora pasó a considerarse un “entretenimiento para que no se aburriera en casa”, y hasta la propia Aurora se refería a él como un pasatiempo.

Pese a todo, cada día me era más complicado quedar con Aurora, lo que no dejaba de resultar curioso, ahora que tenía más tiempo libre Ya nunca salíamos a cenar. Sólo quedábamos muy de vez en cuando, y siempre para un cafetito rápido antes que los niños salieran el colegio, o para vernos un rato aprovechando que había que hacer unas compras. Tampoco salía ya con sus amigos, sólo lo hacía con los colegas de Juan, en calidad de esposa florero, y, generalmente, por razones de trabajo. Su espacio se iba reduciendo cada vez más, y su vida social se reducía a los conocidos de su esposo. Hasta su vida familiar menguó, salvo para las cenas y comidas protocolarias de Navidades y cumpleaños, a las que, por supuesto, nunca faltaban ni Aurora ni su fascinante marido.

Por aquel entonces, Aurora empezó a llevar siempre puestas gafas de sol, fuera la hora que fuera, hiciera el tiempo que hiciera, aunque estuviéramos en el interior de un local o en su propia casa. Me dijo que tenía un problema con la luz, fotofobia según creo, y me explicó que le molestaba mucho cuando le daba en los ojos. También me dijo que no tenía importancia, que Juan le había comprado varios pares de gafas como aquéllas que llevaba, de muchos colores y modelos, pero todas preciosas, de marca, y grandísimas. No le volví a ver sus preciosos ojos verdes. Tampoco veía nada más allá, hasta aquella noche en que la verdad me explotó en las narices.

Era un domingo de madrugada. Yo estaba sola en mi casa, durmiendo a pierna suelta y de repente me desperté sobresaltada por el timbre del portero automático, que llamaba con tan frenética insistencia que nada bueno podía presagiar. Oí la voz de Aurora al otro lado, llorando, que me imploraba que le abriese la puerta. Me apresuré a hacerlo y me encontré a mi amiga deshecha en llanto, mal vestida, peor calzada –llevaba las zapatillas de estar por casa-, y con un enorme moratón en el ojo. También tenía los labios hinchados, y le quedaba un hilillo de sangre seca junto a la boca. Hipaba, sollozaba y a duras penas podía entenderla, pero con todo y con eso, fue incapaz de decir que era él quien había hecho aquello. Se limitaba a musitar un discurso incoherente plagado de disculpas, que si todo lo había hecho mal, que si no servía para nada, que si era una inútil y su vida un desastre, hasta llegó a decirme que se merecía lo que le pasaba. En medio de todo aquello, repetía que estaba asustaba, que no aguantaba más, y que tenía miedo, mucho miedo. Yo no sabía qué hacer, no sabía que decirle. Me limité a ofrecerle algo caliente, a tratar de reconfortarla, a poner mi hombro a su disposición y a darle un abrazo, y después de un buen rato, logré que se rehiciera un poco. En ese momento sonó su teléfono móvil. Se apresuró a cogerlo, muy nerviosa, y, tragándose las lágrimas que le quedaban, habló en voz muy baja. Acto seguido, me dijo que se iba, que se volvía a casa. Le imploré que se quedara, que no lo hiciera, que al menos se tomara un tiempo para reflexionar. Fue en vano. Se marchó con paso cansino, arrastrando su bola de preso hacia su cárcel dorada. Antes de irse, me suplicó que olvidara lo que había pasado, y me aseguró que todo iba a ir bien.

Pero no lo olvide, claro, ¿cómo iba a hacerlo?. Mi amiga estaba enredada en la brillante telaraña que había tejido su ideal marido, y a punto estuve yo de caer en la trampa o quizás caí de bruces sin saberlo. En los días siguientes, la anduve buscando por todas partes, la llamé a todas horas, pero no obtenía respuesta. No contestaba al teléfono móvil, y si alguien contestaba en el fijo, era para decirme que ella no estaba en casa, que no se podía poner, que no podía verme. Y así continuábamos hasta que un día me dejó un sucinto mensaje en mi contestador automático diciéndome que todo se había arreglado, que ella y Juan se marchaban a Venecia para reconciliarse y fortalecer su relación, que los niños estaban con su suegra y que no me preocupara, que ya me llamaría a su regreso, que estuviera tranquila, que no pasaba nada. Alguna vez, durante ese éxodo, me telefoneó para decirme escuetamente que estaba bien y lo estaban pasando divinamente. Yo quería creerlo, pero tenía mis dudas. En cuanto a Aurora, yo ya no sabía qué pensaba.

A su regreso cumplió su palabra y me llamó, y quedamos un ratito, muy poco, a tomar un café. Me enseñó las joyas que él le había regalado, y hasta me dio un detalle que habían comprado para mí. Su tono, al enseñarme aquellos maravillosos regalos, era neutro, vacío, como si se le hubieran esfumado la emoción y los sentimientos. Sus ojos, nuevamente, estaban cubiertos con otras preciosas gafas de sol, por supuesto de marca, y ella otra vez alegaba problemas con la luz para evitar quitárselas. No le pedí que lo hiciera, pero yo ya no me fiaba. Aurora estaba tan atrapada en su dorada tela de araña que era incapaz de darse cuenta de nada.

Después, el silencio. Volvió a pasar una semana sin noticias de Aurora. Al cabo de diez días, traté de localizarle a toda costa. Fue tarea imposible. Ni siquiera jugando a hacerme la encontradiza en la puerta del colegio de sus hijos, en el supermercado, o en los sitios que Aurora frecuentaba, conseguía verla. Contactar por teléfono era también imposible: su móvil estaba apagado o fuera de cobertura, según rezaba la operadora, y en el teléfono de la casa no se ponía nadie. Así que me armé de valor, pedí permiso un día en mi propio trabajo y me planté en casa de Aurora una mañana, justo cuando sabía que los niños estaban en el colegio y Juan trabajando en el hospital. Insistí e insistí y, al final, no tuvo más remedio que abrirme la puerta. Nada más hacerlo, se dejó caer en mis brazos y se desplomó. Lloraba y sollozaba diciendo que no aguantaba más, que no podía seguir así. Su cara era un poema: volvía a tener el ojo amoratado y los labios hinchados, y me pareció vislumbrar en su boca la falta de un diente. Le insté a que se vistiera y viniera conmigo, le dije que había que hacer algo. Asintió. Cabizbaja, me obedeció y me siguió, mansa con un corderito, de nuevo con sus enormes gafas de sol tapándole la cara.

Fuimos hasta Comisaría, donde, entre gemidos, Aurora consiguió a duras penas hacer un relato deshilvanado de sus cuitas, un relato incoherente salpicado de reproches y resentimiento. No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Finalmente, nos dijeron que fuéramos a una hora determinada a una dirección, a los Juzgados de Violencia Sobre la Mujer, y hasta allí nos encaminamos.

Estábamos ya allí, más de tres horas, en aquella sala atestada de mujeres, la mayoría jóvenes, muchas de ellas extranjeras, todas serias, que Aurora afirmaba que no eran como ella.

– Vámonos, aquí no hacemos nada. Tampoco ha sido para tanto, cualquiera tiene un mal día, con el estrés que tiene el pobre, el trabajo, las guardias, y encima la niña, que ha suspendido el curso.

Había retomado su sonsonete, pidiendo que nos fuéramos, cuando alguien entró y pronunció su nombre. La llamaban para que pasara a la sala contigua, al Juzgado. Yo pregunté si podía acompañarla, pero me dijeron que no, que en la declaración ante el Juez y el Fiscal sólo podía estar ella, salvo que fuera menor o incapaz. A punto estuve de decir algo relativo a su incapacidad, pero me quedé muda.

Aurora se levantó lentamente, cogió sus cosas, y fue hasta donde le indicaron, mientras yo me quedaba esperando su regreso. Al cabo de veinte minutos escasos estaba de vuelta. Me quedé sorprendida. Nos habían dicho que estábamos allí para la celebración de un juicio rápido, pero aquello era demasiado rápido para ser un verdadero juicio. La miré y bajó la cabeza, recogiendo lentamente sus bártulos. Llevaba un papel en la mano que apretaba con fuerza.

– Vámonos. Esto ya ha terminado.

Le arrebaté aquel papel. Era algo oficial, con todos sus sellos, que resultó ser una copia de la declaración de Aurora. Después de consignar sus datos personales, sólo decía que se acogía a su derecho a no declarar contra su marido, que lo hacía libre y voluntariamente, que no tenía miedo ni tenía nada que reclamar. No fue capaz de mirarme a la cara. Antes de abandonar la estancia, alguien entró sugiriéndole que hablara con una asistente social, con personal especializado de atención a víctimas del delito, con alguien que la asesorara, pero ella rechazó firmemente todo lo que le ofrecían, y enfiló la salida.

Tuve que seguirla a buen paso para conseguir alcanzarla, y casi hube de saltar en el taxi que ella paró, ignorando si estaba invitada a subir. Allí volví a insistir en que se lo pensara, le dije que podía venir a mi casa aunque sólo fuera unos días, que si no quería denunciarlo, se separara de él al menos. Agriamente, me espetó:

– Me voy a casa, no sé por qué te he hecho caso. Nunca tenía que haberme ido. Tengo un marido y una familia con la que estar. Tú no lo entiendes, no puedes saber lo que es eso, no sabes lo que es estar enamorada y unida a alguien tanto tiempo. No tenía que haber venido.

Bajé del taxi, mientras ella pagaba la carrera al conductor, y me fui a mi casa sin siquiera mirarla. Estaba asustada, inquieta, nerviosa, pero, sobre todo, estaba enfadada con Aurora. No podía dormir, y pasé la noche intranquila, hasta que finalmente sucumbí a un duermevela sólo interrumpido por el sonido de las sirenas de ambulancias y  coches de policía que con frecuencia pasaban por nuestro barrio. Ignoraba cómo actuaría el Juzgado, pero esperaba que, pese a la tozudez de Aurora, continuaran investigando la razón de aquel ojo morado y aquella alma anulada. Y deseaba con todas mis fuerza que Juan recibiera el castigo que merecía.

No supe nada hasta el día siguiente, cuando me desperté muy temprano y oí un escándalo que superaba con mucho a lo que era habitual a aquellas horas. Nerviosa, me asomé al balcón, y al ver la lujosa finca donde vivía Aurora, un escalofrío me recorrió el espinazo. Estaba llena de policías, rodeada con una cinta de precinto, con muchísima gente alrededor, y un enjambre de periodistas y cámaras de  televisión hacían guardia en el portal. Le rogué a un Dios en el que no creía que no hubiera pasado lo que imaginaba, que fuera un error, que no se tratara de Aurora, y bajé corriendo a la calle.

La policía no me dejó pasar, pero pude oír con toda claridad cómo el conserje, flanqueado por varios micrófonos, contaba con todo lujo de detalles lo que había pasado. Decía que escuchó gritos, que enseguida llegó una ambulancia y se llevaron a Aurora en una camilla, que no sabía si estaba viva o muerta, que menos mal que los niños no estaban en casa, que al cabo de un rato se llevaron al marido esposado, que qué barbaridad, que quién lo hubiera pensado, que eran una familia tan ideal y bla, bla, bla, bla. El pobre hombre estaba disfrutando su minuto de gloria, y los periodistas haciendo su trabajo, pero en ese momento yo los odié con todo mi corazón.

Vagué sin rumbo por mi propio barrio, y no tardé mucho tiempo en conocer todos los detalles, incluidos los que la fantasía y el morbo de la gente había ido añadiendo. Aquel era un barrio residencial, tranquilo, y hechos como ése convulsionaban el entorno como un terremoto y sacaban a flote los más bajos instintos.

Juan, al parecer, había sido detenido después de que nosotras saliéramos de Comisaría, mientras estábamos en aquella sala atestada de mujeres que Aurora decía que no eran como ella. Se lo llevaron esposado de su propio hospital, para escándalo de propios y extraños, y permaneció en los calabozos hasta que le trasladaron al Juzgado. Después, volvió a su casa en un coche, donde ya estaba Aurora esperándole y, sin darle tiempo a que ella le explicara que había retirado la denuncia, la atacó con saña con su propio bisturí. Seguidamente, telefoneó a la Policía para contarles muy compungido que alguien le había robado su instrumental y había atacado con él a su esposa. Ni siquiera tuvo el coraje de confesar la verdad, ni mucho menos el valor de suicidarse. No obstante, no pasó mucho tiempo hasta que el barrio entero presenciara como se lo llevaban engrilletado.

Ahora, sólo puedo ver a Aurora a través de la ventanita de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital donde se halla ingresada, dos veces al día durante media hora escasa. Sé que es ella porque me lo han dicho, y porque lleva su nombre la etiqueta identificativa que hay junto a su cama, pero me resulta difícil relacionar a mi amiga con aquella amalgama de vendajes y tubos que la mantienen a duras penas a este lado del mundo de los vivos. No sé si su cuerpo se recuperará alguna vez, pero dudo que su alma se recupere.

Juan, según me han contado, está en la cárcel, pero a mí eso ya me da igual. Tejió su dorada tela de araña y quedó atrapado dentro, pero dentro quedó también Aurora, debatiéndose entre la vida y la muerte en un maremágnum de tubos y cables. Y dentro quedaron sus hijos, que nunca alcanzarán a comprender lo sucedido. Dentro han quedado también los padres de Juan, estupefactos entre la culpa y la vergüenza, y los padres de Aurora, destrozados por el dolor de su hija y más destrozados aún por no haber sabido distinguir las señales del calvario de su propia hija.

Y dentro he quedado yo, que no pude o no supe hacer nada para evitar esto, que quizás inconscientemente lo he provocado, que nunca sabré si debí actuar de otra manera. Todos nosotros hemos quedado marcados para siempre, enredados en la telaraña de Juan, y, al fin y a la postre, encarcelados como él, cada cual con sus propios barrotes.

Cuando abandono el hospital hasta mañana, noto un bulto extraño en mi bolsillo. Al palparlo, me doy cuenta de que son las gafas de sol de Aurora, que se dejó en el taxi y yo recuperé. Había decidido entregárselas a su hija, pero lo pienso mejor y las tiro a un contenedor, después de haberlas destrozado a pisotones. No quiero que sirvan para que nadie vuelva a esconder su tragedia detrás de ellas.

 

 

Error: ¿horror?


susto

El que tiene boca se equivoca. Ya lo dice el refrán, y mi madre, que es muy sabia. Y, aunque es bien cierto que quien poco habla, poco yerra, ese dicho es de difícil aplicación al teatro, ya que superada la época de Candilejas y entrados ya en Tiempos Modernos, no hay espectáculo sin sonido ni voz. A salvo, claro está, de nostálgicas excepciones como Blancanieves o The Artists. Pero entonces y ahora, los errores y las equivocaciones son moneda frecente en escenarios y platós y, tanto es así, que ha dado lugar a su propio subgénero, las tomas falsas que tan buenos ratos nos regalan en ocasiones. Y confieso que las de Schreck son unas de mis preferidas.

En nuestro escenario también tenemos nuestras tomas falsas y nuestros errores. A las tomas falsas  ya les dedicamos un estreno, y hasta una saga. De errores podríamos hablar uno tras otro, porque entre la precariedad de medios, el agobio de quienes los sufrimos y la natural condición humana, vamos listos.

Un tipo de error especialmente desesperante es el que que aparece en las pantallas del ordenador. El error 404, que me recuerda el 666 de Demien y la Profecía es uno de ellos. Pocas cosas hay que descompongan más que, tras conseguir tras mil peripecias acceder a la pantalla ansiada, ésta te escupa ese mensaje. Y, en esas ocasiones, si la pantalla recuerda al niño de La Semilla Del Diablo, yo misma empiezo a evolucionar cual Pokemon en la niña de El Exorcista, con giro de cabeza incluido. Eso sí, sin escupir, que me mancho la toga y no están las cosas para dispendios.

Pero los errores no solo vienen de ese lado oscuro. Más allá de las pantallas de ordenador y del Poltergeist que llama a gritos a Carolyn,  toguitaconadas y destaconitogados cometemos errores que a veces nos llevan al borde del precipicio. ¿Quién no ha cometido la pifia de cambiar los nombres de una sentencia, una calificación o un dictamen? Recuerdo un amigo juez que, en su primer destino, firmó tan tranquilo un auto en que se ponía en libertad a sí mismo. Apercibido de su error, contaba con sorna que menos mal que se había pusto en libertad, que si llega a acordar prisión se hubiera visto en el brete de tener que ir al trullo o inocoar procedimiento contra sí mismo por desobediencia.

Y no es el único. Y es que andar por ahí corriendo como vaca sin cencerro es lo que tiene. Y con los medios que contamos, no es para menos. Me contaba no hace mucho una compañera que, en mitad de un juicio de jurado, se quedaron sin luz. Imaginemos por un momento el desconcierto de profesionales, jurados, público y acusado en semejante aquelarre. Y es que si no pasan más cosas es porque Dios no quiere, como dice mi madre también.

Otra fuente frecuente de errores es la debida a que leemos demasiado rápido, o no leemos bien. No hace mucho, intentaba convencerme un abogado de que le rebajara la pena de su cliente vía conformidad, porque estaba claro que concurría en él, cuanto menos, una eximente incompleta. Yo no entendía demasiado bien su empeño y su vehemencia, ya que del informe que yo tenía entre manos no se desprendía semejante cosa. Finalmente, comprendí que él había leído “demencia alcohólica” cuando solo se habllaba de “dependencia alcohólica”. Aclarado el entuerto, conseguimos finalmente llegar a un acuerdo, y tan tranquilos. Que ya se sabe que cuando uno no quiere dos no riñen.

Y así seguimos. Equivocándonos y enmendando lo errado, que rectificar es de sabios. Y que pocas cosas hay peor que el mantenella y no enmendalla por pura cabezonería. Algo que, en honor a la verdad, también he visto hacer a más de uno, a uno y otro lado del banquillo.

Así que hoy el aplauso no será ni para los errores ni para los que los padecen. El aplauso es para los que saben reconocer que se han equivocado y obran en consecuencia. Porque todo, o casi todo, tiene solución si se tiene el valor de admitirlo y corregirlo a tiempo.

 

Complejidad: contorsionismo jurídico


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Cualquiera sabría responder a la pregunta de qué es algo complejo. Algo complicado, difícil de llevar a la práctica o de laboriosa ejecución. Blanco y en botella, leche. Algo que en mundo del espectáculo abunda, y que consigue que una mujer de treinta años parezca de sesenta, que cuatro paredes emulen a la galaxia sideral o que, como antaño, el desierto de Almería se convierta en el salvaje Oeste. La magia del cine, vaya. Y esa varita mágica que consigue que lo difícil parezca fácil y lo imposible posible. Precisamente ahí radica el mérito de un verdadero artista: en hacer que resulte natural lo que naturalmente no lo es. Como la contorsionista que se dobla en posiciones inverosímiles hasta conseguir coger una copa con el dedo meñique del pie izquierdo por encima de la cabeza mientras sonríe sin perder la compostura.

Y en nuestro teatro de la Justicia, aunque no tenemos varita mágica ni nada parecido, también han decidido que nos tengamos que dedicar al contorsionismo. Aunque eso sí, ya llevamos bastante tiempo de entrenamiento. Que no en balde damos palmas con las orejas cada vez que nos hacemos con un taco de posits del tamaño deseado o con una grapadora que haga juego con las grapas que nos han proporcionado. Es lo que tiene vivir Al filo de lo Imposible.

Pero, por si no tuviéramos bastante por andar haciendo día tras día triples mortales carpados con toga y tacones, o sin ellos, el legislador, cual director de pista empeñado en conseguir espectadores a toda costa, nos obliga al Más difícil todavía. Como en las mejores escenas de El Mayor Espectáculo del Mundo.

Y así, cual si de prestidigitador se tratara, se ha sacado de la manga esa reforma que nos trae a vueltas un día sí y otro también. La dichosa reforma de la ley de enjuiciamiento criminal, que pretende que hagamos en seis meses lo que no nos da medios para hacer en el doble de tiempo. Y con un tiempo de entrenamiento –vacatio legis, se llama en nuestro mundo- de apenas dos meses. Así que el pasado diciembre entró en vigor la reformita de marras, a pesar de que el propio legislador estaba a punto de dejar de serlo, urnas mediante. Y por supuesto, a hacer las piruetas arriba del trapecio y sin red, por eso se cuidó muy mucho de disposicionadicionar la ley estableciendo que nada de dotación económica. A ver qué nos hemos creído.

Pero eso sí. La ley venía con su varita mágica incorporada, que no es otra que esa cosa que ha dado en llamar “complejidad”. Se declara una causa compleja y tachán, aparecen hasta dieciocho meses nuevecitos, por estrenar, para que podamos seguir haciendo contorsionismo jurídico con una bomba con temporizador adosada.

Pero la complejidad es más compleja de lo que parece. Porque, además de unos cuantos casos expresamente previstos, como la pendencia de una prueba pericial compleja o la existencia de diligencias a practicar en el extranjero, nos deja una cláusula abierta para que metamos allí lo que podamos, quepa o no quepa. Y la caja de sorpresas tiene muelle y payaso, y pronto va a salir de ella para hacernos burla. Y es que lo complejo no es lo que tarda en practicarse, sino lo que resulta difícil. Y no se debería utilizar como un cajón de sastre, porque el día menos pensado nos llevamos una sorpresa. ¿Podemos considerar compleja una causa porque un gabinete psicosocial tenga una lista de espera de ocho meses, o porque un sencillo análisis de sustancia se ponga en el furgón de cola de las pericias a practicar en un saturado laboratorio? ¿Es compleja la búsqueda de un testigo qaue no sabemos si ha ido a Burgos o a la casa de okupas de la esquina? Pues sí y no, pero lo realmente complejo es conseguir hacer milagros cuando no hemos estudiado las oposiciones a santo. Y eso no es complejidad, es una insensatez.

Mientras tanto, alguien aventura una solución. Una pócima mágica que podría desfacer el entuerto. Eso que llamamos esepear (de SP: sobreseimiento provisional) y que consiste en dejar las cosas en el congelador del archivo para descongelarlas cuando sea el momento de hincarles el diente. O sea, cuando la prueba esperada se pueda practicar. No dudo de lo ingenioso de la solución, pero algo me falla. Además del pequeño detalle de que sería un fraude de ley, de esos de forzar la norma para una finalidad no pretendida, chocaríamos con un escollo importante: las medidas cautelares, esas cautelas que se adoptan para asegurar el éxito de la investigación, la celebración del juicio o, lo que es más importante, la seguridad de la víctima.

¿Exagero? Tal vez. Pero que alguien explique a una mujer que denuncia un maltrato que su orden de protección puede quedar en nada a los seis meses si no hemos encontrado a ese testigo que vio cómo su pareja le daba una paliza. Que, o guardamos su procedimiento en la nevera, y sus medidas de protección quedan en nada, o nos arriesgamos a tirar para adelante como los de Alicante sin esa prueba que podría marcar el estrecho límite entre la absolución y la condena.

Y otro tanto cabe decir de otras medidas, como la prisión preventiva del presunto culpable, la retirada del pasaporte para evitar que se fugue, o la intervención de sus bienes para impedir que los haga desaparecer. Ahí es nada.

Y por si parece poco, no olvidemos que esa varita mágica llamada complejidad tampoco es infalible. Como los yogures, caduca, aunque sean de los que se conservan más tiempo sin nevera.

Pero mientras tanto, el tiempo pasa. Y, si nadie lo remedia, podríamos ver al trapecista en que nos han convertido tropezarse estrepitosamente desde lo alto del trapecio, y estrellarse contra el suelo de la impunidad o de algo peor, la vida de una víctima. Y eso a la vista del público. Y por más que el pobre trapecista se contorsione hasta que los huesos le crujan y los músculos se partan porque no den más de sí.

Así que hoy el aplauso se queda tan congelado como nos dejan a todos. Conteniendo la respiración mientras en la pista se oye el redoble de tambores. Y contorsionándonos mientras. Hasta que el cuerpo aguante

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