TRABAJO PARA CASA: DEL ATTACHÉ AL TROLLEY


deberes

                Cuando pensamos en el trabajo de la farándula, pensamos en él como algo glamuroso, como ese momento de brillo y esplendor en el escenario y, en su caso, en la alfombra roja camino del estreno o de la recogida de la ambicionada estatuilla dorada. Y es normal, es lo más vistoso y, desde luego, lo más atractivo. Pero muchas veces perdemos de vista que para representar el papel a la perfección, el intérprete ha tenido que pasar horas ensayando en su casa, o que para elaborar ese estupendo guión, el escritor ha pasado día tras día peleándose consigo mismo ante la pantalla del ordenador, al igual que el diseñador de decorados, el figurinista, el director de la obra y cualquier otro de los que intervienen en ella. Y es que claro, no es oro todo lo que reluce. Y además de trabajar en la función han de llevarse, como los niños, deberes para casa.

                Y a los protagonistas de nuestra función nos pasa exactamente lo mismo. Representamos nuestros papeles en la obra, pero para hacerlo bien, hemos que tenido que llevarnos deberes para casa. Aunque mucha gente crea que cerramos el chiringuito a mediodía, lo cierto es que lo nuestro es una función en sesión continua, y los asuntos se vienen con nosotros, en nuestros maletines, y también en nuestras cabezas. Es inevitable.

                Cuando hace más tiempo del que quisiera andaba dándole vueltas a mi flamante título de Licenciada en Derecho pensando qué haría a continuación, tuve un debate al respecto con mis amigas. Una de ellas decía muy seria que quería hacer una oposición para tener un trabajo que no la obligara a llevarse deberes. Evidentemente, descartó de plano la judicatura, la fiscalía y, desde luego, el ejercicio privado. Y acertó, sin duda, si eso era lo que pretendía. Aunque se ha perdido muchas satisfacciones también, justo es reconocerlo.

                Hoy día, por si alguien tiene dudas de si nos llevamos tarea para casa, contamos con la repetida imagen de una conocida y hierática miembro de la judicatura que pasea su trolley cada vez que es captada por las cámaras. Y juro que no es pose. Que la mayoría –por no decir todos- arrastramos literalmente el peso de la ley de ida y vuelta a casa. Sea en maletas, bolsas o mochilas, que para gustos hay colores.

                Aunque, de un tiempo a esta parte, hemos pasado del sobrio maletín de cuero que nos obsequiaba alguien cuando aprobábamos a esas maletas con ruedines de ahora que al menos nos evitan contracturarnos el esternocleidomastoideo, el fin es el mismo: trasladar expedientes. Dicho de modo más cursi, del Attaché al trolley, como aquella película titulada Del rosa al amarillo. Una evolución lógica, como han evolucionado los tiempos. Ya no hemos de llevar agenda ni Códigos, basta con un dispositivo móvil. Y, sin embargo, los expedientes siguen exactamente iguales, con sus tapas de cartón, su cuerda floja, sus piezas y sus tomos, pugnando por desgraparse en cualquier momento. Porque siempre hay cosas que no evolucionan como debieran.

                El caso es que, transportemos como transportemos el peso de la justicia, seguimos como cuando éramos niños, llevándonos deberes y acostándonos tarde cuando no los hemos acabado. Y recordando a nuestras madres, cuando nos reprendían para dejarlo todo para el último momento. Tanto tiempo, y aún no hemos aprendido a organizarnos, nos diría a buen seguro. Y a ver cómo decimos eso ahora a nuestros retoños…

                Yo confieso que he torturado a mis pobres hijas más de una vez usándolas de miembros de jurado mientras ensayaba el informe del día siguiente. Ahora reconozco que, cuando me ven papeles en ristre, huyen como alma que lleva el diablo y les surge, de repente, la necesidad de estudiar, hacer un trabajo e incluso de ponerse con tareas domésticas. Ya no las vuelvo a pillar, me temo.

                Pero no todo el trabajo que nos llevamos a casa cabe en un maletín, con o sin rueditas. El más duro, el más pesado, es el que nos llevamos en la cabeza, o agarrado al alma. Esa mujer a la que no convencimos para que denunciara pese a que apenas podía abrir el ojo del puñetazo que le arreó su pareja, ese asunto del que no acabamos de encontrar la prueba, ese procedimiento que nunca tiene fin, el testigo esencial que nunca comparece, la pericial que no llega mientras la sombra de la prescripción nos acecha…

                Como he dicho, es inevitable. Harían falta muchas plazas, y muchos medios, para que no tuviéramos que llevarnos deberes para casa. Y pudiéramos dedicarnos, por ejemplo, a estudiar y ponernos al día en todas esas reformas con las que nos torpedean día sí día también.

                Y, mientras ese día llega –si es que llega-, un grandísimo aplauso para todos aquellos que se esfuerzan en hacer las cosas bien y a tiempo. Aunque sea a costa de su tiempo de ocio o de descanso. Porque lo merecen.

EL JUICIO FINAL: ¿CÓMO SERÍA?


juicio final (1)

                Todos conocemos  miles de predicciones sobre el fin del mundo: el del milenio, Nostradamus, el efecto 2000, y más recientemente, el que predijeron los mayas. Películas como La Profecía, Independence day, Armaggedon, El día después o La guerra de los mundos se han dedicado a ello. Pero ninguna desde nuestro particular punto de vista, el de nuestra función. Y sería interesante hacerlo

¿Qué representación daríamos llegado el día anuniciado? Lo primero, si no empezara la hecatombe, habría que plantearse denunciar a los profetas por estafa, y meterles un buen paquete por publicidad engañosa, faltaría más. Aunque dado el tiempo transcurrido desde sus profecías, quizás no nos serviría de gran cosa, porque habría prescrito. Todo depende si empezamos a contar desde que hicieron la dichosa predicción o desde el momento en que ésta despliegue sus efectos… claro, que a lo mejor no queda ya nadie cuando se tenga que dar una solución al tema.

                Pero ¿y si es que sí y hoy fuera el día del profetizado fin del mundo? ¿Qué harían en los juzgados de guardia para tramitarlo? Puede que lo más práctico fuera un juicio rápido, no vaya a ser que no nos dé tiempo a acabarlo, y en vista del apremio, no se pueden dejar diligencias por practicar. Pero, bien pensado, con una pena prevista como la de la condenación eterna, tendría que utilizarse un proceso de más enjundia. Jurado no podría ser, que va a ser difícil encontrar personas para componerlo.

                ¿Y el autor?¿Será Dios, sea el nuestro, el de los mayas o cualesquiera otro a los que se rinda culto? ¿Y dónde se le detiene? ¿En el cielo? Pues va a estar difícil, que igual lo ha embargado un banco, y están con las prisas de pedir la prórroga del lanzamiento para evitar el desahucio, ahora que igual se les llena el chiringuito. Y eso, si San Pedro está por la labor, que igual también han tenido que hacer un ERE en el cielo, y no sabe si le llegará el despido o la reducción de jornada. Y con esa situación, a ver quién es el guapo que hace una entrada y registro allí arriba.

                En cualquier caso, habrá que ver de qué delito se trata. Violencia de género no puede ser, que las relaciones de Dios con los mortales no son de pareja, que se sepa. Pero seguro que es violencia doméstica, porque si todos somos sus hijos, está claro que las víctimas entrarían en el círculo familiar. Y eso supondría un problema, y bien gordo, porque, como nos acojamos al derecho de no declarar contra los parientes, nos quedamos sin testigos y no queda otra que archivar el asunto.

                Y encima, un problemón más es dilucidar cuál sea el Juzgado competente. Dios debe ser aforado seguro, y si al Presidente de Gobierno, caso de cometer un delito, tendría que juzgarlo el Tribunal Supremo, pues a saber quién tiene competencia en este caso, que el imputado manda mucho más. ¿Quizás el Tribunal Penal Internacional? Pues eso, burocracia y más burocracia cuando tan justos vamos de tiempo. Y podría elevarse una consulta a la Fiscal General del Estado, pero no sé si llegaríamos a tiempo de conocer su decisión.

                Y todo eso si no se le endosa la guardia al último pringado o a algún interino. Total, es un trabajo que no se va a cobrar, porque de aquí a que paguen ya ha acabado el mundo seguro… Y encima, si la pifian, tampoco dará tiempo a recurrir…

                Así que yo les aconsejo que, llegado el día, salgan con dinero de casa, no vaya a ser el juicio final y no podamos entrar por no pagar las tasas. Y con algo de dinero, quizás puedan conseguir que, con lo de la privatización, el juicio final se celebre ante un notario, vaya usted a saber.

                En cualquier caso, los que sobrevivan, que no se olviden de reclamar los daños y perjuicios, que tienen derecho. Lo que ya no sé es quién quedará para resolver la reclamación.

                Y por supuesto, todo el mundo atento a lo que hace, no vaya a ser que cometamos cualquier ilegalidad en el juicio final, nos declaren la nulidad del juicio, y toque repetirlo… y otra vez la misma historia.

LA SOCIEDAD: ¿JUSTICIA O VENGANZA?


BALANZA

Este estreno es especial. Nuestro teatro quiere dar entrada a una special guest star, mi compañera CARMEN LOPEZ. Dejo hoy las riendas de la función en su batuta. Seguro que los disfrutamos todos

¿Por qué lo llaman Justicia cuando quieren decir Venganza?

El título de la película “¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?” bien podría ser disfrazado con una toga e interpretar el papel protagonista de “¿Por qué lo llaman Justicia cuando quieren decir Venganza?”.

Determinadas situaciones, noticias o resoluciones judiciales hacen sublevarse al pueblo (que volverá a dormitar hasta que sea nuevamente despertado a golpe de noticia) reclamando justicia cuando en realidad reclaman venganza. La venganza única y exclusivamente puede ser entendida desde el dolor, la ira, la impotencia…Esos sentimientos de una familia al que le han arrebatado de forma violenta a un ser querido jamás pueden ser saciados ni satisfechos; ninguna resolución, ni la más terrible de las condenas será justa para ellos. Si entendemos por justicia dar a cada uno lo que le corresponde, ¿cómo podrá ser justa una decisión, resolución que no devuelve al ser querido? Jamás considerarán que hay o ha existido Justicia.

Ante la comisión de determinados crímenes (delitos en general), aparecen dos posiciones o valoraciones: la del malo de la película -o si se me permite la expresión “el hijo de puta de turno”- que solicita o impone la pena más elevada; convirtiéndose este mismo personaje en el bueno de la película si la valoración se realiza desde el punto de vista de las víctimas que ve así en cierto modo satisfecho su dolor.

Sin embargo, esos papeles o esa valoración se invierte en aquellos supuestos en los que –aún cuando en el foro interno tengas tu convencimiento de la autoría, generándose los sentimientos más negativos que se puedan imaginar- no es posible atribuir con pruebas concretas, claras y concluyentes, lejos de toda duda, que una determinada “persona” ha sido el autor de ese crimen o conducta tan execrable. Es en estos casos, en los cuales a su vez suele aparecer un tercer elemento cual es el clamor u opinión popular, en los que la reclamada Justicia va perdiendo seguidores y se va disfrazando de Venganza la cual en la necesidad de saciar su hambre convierte en autor, responsable a cualquier chivo expiatorio contra el que arremete.

No pretendo con estas letras –al considerar que excede de este foro- proceder al análisis de resoluciones o actuaciones judiciales (ni de las que aparecen en los medios y de las cuales todo el mundo opina, ni de las que pasan desapercibidas o son desconocidas) ni puedo extenderme más en las mismas sin teñirlas de tintes subjetivos en los cuales no quiero incurrir -aún en el pleno convencimiento que nuestra huella o signo de identidad se plasma en cada uno de nuestro actuar- pero es necesario decir que más justa es una absolución por carecer de pruebas (presunción de inocencia) que una condena, aún en la creencia que la persona es inocente, sin más pruebas que el clamor popular o el que una persona en su día fuera señalado con un dedo; y sí quisiera invitarte a la reflexión serena y calmada, no inducida por el entusiasmo o la pasión de un determinado momento, ¿queremos justicia o venganza?, ¿preferimos un culpable en la calle o un inocente en la cárcel?, ¿hacemos desaparecer todos los derechos, sea cual sea el lado en el que nos encontremos?…

JURISPRUDENCIA: MAYOR Y MENOR


    POSITS

           Siempre han existido obras de culto. Películas o representaciones teatrales que son para todos un referente y que sirven de inspiración y modelo. Antológicas, como Candilejas, y muchas que hablan del propio espectáculo, como Eva al desnudo, Cantando bajo la lluvia, A chorus line o Shakespeare inlove, por poner algún ejemplo.

                En nuestra función esos referentes son de otro tipo. En blanco y negro, y publicados en el BOE, para más señas. La jurisprudencia del Tribunal Supremo, las Circulares e Instrucciones de la Fiscalía General del estado, y otras resoluciones “menores” son esos modelos a seguir, imitar.. y hasta a veces a evitar, que la excepción confirma la regla.

                Lo bien cierto es que son nuestra guía y nuestro referente. Aunque no todo ha de seguirse a pies juntillas. Recuerdo a un Magistrado que solía decir que “no hay mejor jurisprudencia que la propia”, y a un Fiscal que afirma que “las Circulares están para rodearlas”, cuyo anonimato seguiré guardando celosamente por lo que pudiera pasar. Pero la regla general ha de ser seguir esos criterios, sin perjuicio de razonar y usar los mecanismos legales para apartarse de ellos. Faltaría más.

                Todo el mundo tiene una idea aproximada de qué es una sentencia del Tribunal Supremo, y que cuando son varias crean una jurisprudencia que fijará un criterio para casos similares. El problema viene muchas veces en determinar cómo son los casos de similares. Pero para eso somos personas, y no simples máquinas en las que introducir el supuesto de hecho para que dé una solución. Si así fuera, sobraríamos. Y no es el caso.

                De lo que no se sabe tanto es de las Instrucciones de la Fiscalía General. A ese respecto, sólo me esforzaré en remarcar que establecen criterios jurídicos en la aplicación de las leyes. Jurídicos, repito, para los escépticos. Aún no me he encontrado ninguna que siente criterios de otra especie.

                Y menos se sabe aún de las resoluciones de otros órganos que fijan los criterios en otroa ámbitos del Derecho, como las Resoluciones de la Dirección General delos Registros y el Notariado. A cada uno lo suyo.

                Pero no todo está en lo que resuelven los órganos centrales de cada institución. Existe la llamada jurisprudencia menor, que, según nos contaron, es la que emana de otros órganos, como Audiencias Provinciales. No vinculan, pero sirven de guía. Y cabría decir lo mismo que respecto a lo demás en cuanto a la similaridad del supuesto de hecho.

                Y ahí no acaba la cosa. Hay una microjurisprudencia que a mí me gusta casi más. Y que resulta más útil e incluso más vinculante que la publicada en el BOE. Me refiero, ni más ni menos, que a positprudencia, que no es otra, que la doctrina contenida en esos pequeños papeles adhesivos y que muchas veces determina el curso de la causa. Ahí se contienen mensajes cifrados entre los intervinientes –“esto es lo que hablamos”-, órdenes –“minutar”, “resolver”, ruegos –“informa sobre procedimiento a seguir”-, hojas de ruta –“firma y notificar”, jerarquización por urgencia –“causa con preso”, determinación de competencia –“violencia de género”-, fijación de plazos –“contestar en 3 días”, establecimiento de fase procesal –“a recurso”, advertencias -«ojo»- y miles de cosas más, algunas de las cuales no podría confesar en público por pertenecer al secreto no sumarial. Pero quede claro que un procedimiento sin posits es como una noche sin luna: siempre existen, aunque estén escondidos. Si hay luna llena, cuarto creciente o cuarto menguante, o si es luna nueva o hay eclipse, dependerá de la dificultad del asunto, de la pericia o falta de ella del juez o del fiscal, de la fluidez de sus relaciones y de las de éstos con Secretario Judicial y funcionarios. Pero siempre hay alguno. De hecho, se pensó en rodar un Cuarto Milenio sobre una causa sin posits y no fue posible: no encontraron ninguna.

                Pero cuidado. Los posits, como las armas, las carga el diablo, y hay que tener mucho ojo con que no se incluyan en las copias a las partes ni lleguen a quien no es su destinatario. Una de mis anécdotas preferidas –entre las confesables, claro- fue la de una causa que llegó a Fiscalía con un pósit que rezaba “al Fiscal cagando leches”, y en la que el fiscal en cuestión, tras despacharla con la celeridad requerida, pegó otro pósit que decía “al juez por el mismo conducto”.

                Así que hoy no voy a pedir el aplauso para quienes emiten la jurisprudencia oficial, que ya reciben bastantes parabienes. Hoy, el aplauso y ovación lo pido para todos aquéllos que día a día resuelven todos los asuntos, grandes, pequeño y medianos, ésos que no llegaran al Supremo ni crearán jurisprudencia. Y por supuesto, para la imprescindible positprudencia

CONDICIONES DE TRABAJO: ¿DÓNDE ESTAMOS?


SEGURIDAD TRABAJO

                Nuestro espectáculo continúa. Día tras día, quienes en ella trabajamos hacemos nuestra la labor lo mejor que sabemos, o que podemos. Aunque a veces no es fácil.

                En ocasiones, el brillo de los focos nos deslumbra, o deslumbra al público, y olvidamos que somos eso: trabajadores. Ni más ni menos. Y como tales, debemos ejercer nuestra profesión en unas condiciones dignas y adecuadas al servicio que prestamos. Aunque también en ocasiones parezca que seguimos en la época de los Tiempos Modernos de Charlie Chaplin. O poco menos.

                Acabo de leer hace unos días sobre la aprobación de un Plan de Riesgos Laborales para la judicatura. Hace unos días, repito, y estamos en 2015.Por eso, no sé si alegrarme o morirme de tristeza. O ambas a un tiempo…

                Me explico. Toda mejora en nuestras condiciones laborales es una buena noticia, sin duda, aunque de momento se centre en jueces y magistrados únicamente. Pero que hayamos tenido que esperar hasta bien entrado el siglo XXI para que se plantee dice mucho de muchas cosas. No deja de ser paradójico que aquellos que tenemos por misión hacer cumplir la ley hayamos vivido durante tanto tiempo sin que ésta se cumpla para nosotros. En casa del herrero, cuchillo de palo.

                Porque de aquello de predicar con el ejemplo, nada de nada. Hacemos todos los días juicios en donde se cuestionan las condiciones de trabajo de muchas profesiones, condenamos por la falta de ellas y hasta en Fiscalía contamos con nuestra propia sección de siniestralidad laboral, y es como si la cosa no fuera con nosotros. Por culpa de aquéllos a quienes corresponde poner los medios, y también por culpa nuestra, que no hemos protestado lo suficiente o no lo hemos hecho suficientemente alto.

                Por lo que afecta a los jueces, ha tenido que fallecer un magistrado por un infarto tras lo que han descrito como unas condiciones infernales de trabajo para que algo se mueva. Porque es muy sencillo saber que un obrero que sube a un cuarto piso sin arnés  pone un grave riesgo su vida, pero no es tan fácil, al parecer, saber que un profesional que dedica miles de horas a despachar asuntos bajo una considerable presión, también pone en riesgo la suya.

                Y no sólo es eso. Hay muchas cosas más, como instalaciones faltas de los requisitos más elementales, falta de un adecuado cómputo de las horas de trabajo y de libranza, carencia de material sanitario adecuado para atender una emergencia, falta de regulación de enfermedades profesionales. Que cualquiera termine la lista a su gusto. Daría para varios post.

                Y en cuanto a los fiscales, la cosa es si cabe peor. Llevamos años resignados a realizar nuestro trabajo en cualquier despacho que tengan a bien asignarnos, algunos sin luz natural, otros sin calefacción en sitios fríos, y otros asándonos a fuego lento. Y ni un iglú ni una sauna finlandesa son lugares adecuados para trabajar día tras día ni hora tras hora. Y esto vale no solo para los fiscales, sino para otros muchos trabajadores de nuestra función. No me cabe duda.

                Debería ser ya el momento de hacer algo. De que se tomen cartas en el asunto y tengamos, de una vez, unas condiciones laborales dignas y seguras. Quizás habría que etiquetar los expedientes, como los paquetes de tabaco, con una leyenda que dijera “la justicia perjudica gravemente la salud”.

                Voy a ver si lo propongo a quien corresponda. Dejo mientras tanto en suspenso mi aplauso, a la espera de la respuesta…

MODERNIZACIÓN: HORIZONTES LEJANOS


FISCALES 3.0

Modernización. Palabreja poco moderna donde las haya porque, allá donde se use, presupone la existencia de algo viejuno, algo que hay que airear a cualquier precio. Pero claro, bien pensado que en Historia la Edad Moderna ya acabó hace algún que otro siglo, dando paso a la Edad Contemporánea, tal vez habría que comprender que por lo que tenemos que apostar es por la contemporaneización. O todavía mejor, por la futurización. Cuán largo me lo fiais…

Y todos, todos, necesitamos modernizarnos –o futurizarnos- Es evidente que el espectáculo así lo hace día a día, a pasos agigantados. Del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color y de ahí a las tres dimensiones. Hasta el infinito y más allá.

Y en nuestro teatro también queremos, vaya que sí. Pero es difícil ofrecer un espectáculo en tres dimensiones y con todo lujo de efectos especiales cuando muchas de las normas que rigen el procedimiento datan de muchos años antes de El cantor de jazz, película que determinó el paso del cine mudo al sonoro. Por poner solo un ejemplo, cuando entró en vigor la Ley de Enjuiciamiento Criminal, aun faltaban unos añitos para que Charles Chaplin naciera. Con eso lo digo todo.

Pero nada es imposible. Así que los protagonistas de esta función debemos esforzarnos hoy más que nunca a acoplarnos a los tiempos. Es más, deberíamos adelantarnos a ellos, porque sólo de este modo podemos servir de un modo efectivo y eficiente al ciudadano. Aunque nos lo pongan difícil.

Pero no podemos poner excusas para intentarlo. Y deberíamos empezar por preguntarnos si realmente hacemos este esfuerzo por ofrecer un espectáculo acorde con los tiempos. Aunque quizás no nos agrade del todo la respuesta. O tal vez sí.

Por empezar por lo más visible, la puesta en escena, no podemos negar que a ojos de muchos resulta caduca, y, sobre todo lejana. Togas, placas, medallas, cortinajes y discursos no casan del todo bien con el paso de los tiempos. La tradición está bien, pero no le vendría mal una pátina de modernidad o al menos una pasada por chapa y pintura. Y al lenguaje también le haría falta un buen repaso, para que lo entendieran aquellos a quienes va destinado, y no fuera una jerga ininteligible que necesite de un jurista como traductor. Habría que recordar que no es más listo quien más palabrejas utiliza, sino aquél que hace fácil lo difícil. Así de simple.

Y en este repaso, también tendríamos que examinarnos los protagonistas. Más allá de que los medios que pongan a nuestra disposición hagan juego con la vetustez de algunas leyes, sería preciso plantearnos si de verdad queremos ingresar en el presente. Entender que la tecnología es una aliado, no un enemigo, que las redes sociales no atrapan a nadie si se saben usar y que tienen un poderoso poder de transmisión, que los medios de comunicación no son el diablo reencarnado sino el vehículo por el que nuestro trabajo viaja hasta el ciudadano. Y por supuesto, que TIC es algo más que un movimiento involuntario de un músculo del cuerpo.

Solo si así lo planteamos, conseguiremos llegar del Fiscal, o el Juez, o el Letrado 1.0 al Fiscal, juez o Letrado 3.0, ese ser que toma los medios a su disposición y los usa en beneficio del servicio público al que se debe. Ni más ni menos.

Así que, aunque el telón se nos raje, los focos se fundan o las tablas del escenario crujan, esforcémonos en dar al público una representación digna del siglo XXI. Hagamos un esfuerzo por futurizarnos y tal vez aquellos a quien corresponda se vean obligados a hacer un esfuerzo parejo por futurizar nuestro entorno.

No es fácil, pero nada es imposible, como decía. Y nuestro público se lo merece todo. O seguiremos ofreciéndoles una y otra vez El día de la Marmota. No olvidemos que ya estamos en el año que Regreso al futuro databa como futuro. Aunque más bien sea un futuro imperfecto.

¿Podremos conseguir que esos Horizontes lejanos de modernización se tornen Horizontes de grandeza? Parte de ello está en nuestra mano. Más allá de lo que nos permitan las Candilejas. Así que vamos a ello. Nos jugamos la ovación, el aplauso, y el Óscar.

ANIVERSARIOS: CELEBRACIONES VARIAS


                A los artistas les gustan las fiestas, como a todos. Y no pierden oportunidad de celebrar alguna, sobre todo aprovechando que se celebra algún aniversario con número redondo. Y los cumpleaños, cómo no, dan para mucho en la farándula. ¿Quién no recuerda aquella Marilyn del “Happy Birthday Mr. President”?

                Pues en nuestro teatro gustan como nada estas celebraciones. Cualquier excusa parece buena para hacer una fiestecilla o para darse pisto, por qué no negarlo. Y por menos de nada nos montamos un sarao de los nuestros, con mucha toga, mucha pompa, y mucho de todo. Bueno, mucho de todo menos cercanía al ciudadano, que de eso nos falta un rato.

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          Por aquí por mi tierra, sin ir más lejos, acabamos de asistir a una de esas celebraciones: el décimo aniversario de la Ciudad de la Justicia. Que hubiéramos celebrado más a gusto si en vez de todo ese fasto, nos hubieran dado para conmemorarlo unos modernos equipos informáticos, por ejemplo, o unos simples bolígrafos, grapadoras o post-its de esos que pedíamos en la carta a los Reyes. No hubiera estado mal que los repartieran a la salida, como los puros en las bodas. Pero mucho me temo que nos quedan unos cuantos cumpleaños hasta que se cumplan nuestros deseos. O mejor dicho, nuestras justas aspiraciones.

           Pero no sólo los edificios cumplen años. Las leyes también lo hacen, y, al menos respecto a algunas, también gusta celebrarlo. Recuerdo que mi primer Código Civil tenía por subtítulo “el centenario de una gran obra legislativa”, ahí es nada. Y hace apenas unos días estaban dándonos la lata por activa y por pasiva con el décimo aniversario de la Ley Integral contra la Violencia de Género. Y sea por muchos años, faltaría más.

          Sin embargo, en otra galaxia muy lejana, otras leyes permanecen y aguantan el paso de los años con achaques por doquier sin que nadie celebre sus cumpleaños, no vaya a ser que nos percatemos de que están pidiendo a gritos su marcha al balneario de las leyes derogadas. Ancianita y achacosa está nuestra ley de Enjuiciamiento Criminal, que ya tiene más de cien años, al igual que la Ley de Indulto, o la de préstamos usurarios, y ya ronda los cuarenta el reglamento que desarrolla el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, por arrimar el ascua a mi sardina. Pero de éstas no toca celebración, que no están las pobres para aguantar mucho jolgorio.

         Pues bien, también nuestro teatro tiene ahora su fiestecita: nada menos que medio año de sesión continua, dando funciones dos veces por semana, con ya más de cincuenta representaciones, y superando ya las 34.000 visitas, nada menos. Y tan frescos, mientras queden ganas y el cuerpo aguante, que para eso estamos mi toga, mis tacones y yo misma, con todos mis personajes, que siempre me acompañan.

      Así que, arriba esas togas, que estamos de fiesta. Prometo no montar ningún pomposo evento con togas, becas, medallas y cortinajes rojos. Que no hay mejor celebración que seguir peleando para que la justicia sea eso, justicia. Con toga, con tacones y con lo que se presente.

        Y a ver quién es el guapo, o la guapa, que me canta el Happy Birthday… Igual supera a Marilyn. En nuestro teatro estamos esperándolo ansiosos. ¿Alguien se anima? Nos guardamos el aplauso para entonces.

TASAS: EL PRECIO DE LA JUSTICIA


ENTRADAS

             Hemos recorrido muchos de los rincones de nuestro teatro. Hemos visto el escenario, los exteriores, las bambalinas y los subterráneos, y hemos conocido a gran parte de los personajes que en él intervienen. Pero hasta hoy, no habíamos hablado de algo tan esencial a cualquier espectáculo como las entradas. Ese salvoconducto que nos permite entrar y disfrutar de la función de principio a fin.

Nuestro teatro es público y gratuito. O, al menos, así debería serlo porque así lo dice la Constitución, que consagra entre los derechos fundamentales el del libre acceso a la justicia. No debería ser de otro modo en un Estado de Derecho.

                   Pero lo que parece obvio, no es tan obvio a veces. Y resulta que hace más de dos años se aprobó la Lay de Tasas, ésa que establece que para emprender determinadas acciones judiciales, hay que pagar una cantidad que varía en función de lo que se pretenda reclamar. Y eso no es otra cosa que pretender que el público haya de pagar su entrada por presenciar nuestra función. O al menos, alguna de sus representaciones. Algo que casa poco con el derecho constitucional citado.

               Desde las tablas de nuestro teatro, la mayoría de los protagonistas, o de quienes intervenimos en él, queremos que todo el mundo pueda presenciar, y participar, de nuestro espectáculo. Para eso lo hacemos. Por el ciudadano, que es de quien emana la justicia, según dice también la propia Constitución.

                   ¿Por qué entonces hacerle pagar por algo que le pertenece? No parece lógico, desde luego. El ya paga su entrada con su impuestos, y no debería pagar más. Además, bastante tiene con abonar honorarios de los profesionales que intervienen cuando tiene que hacerlo.

                  Los demás, los que tenemos un papel fijo en la función, como Jueces, Fiscales, Secretarios Judiciales, Médicos Forenses o funcionarios, no percibimos nada de lo que con ello se recauda. Ni lo queremos, por supuesto, ya que como servicio público ya recibimos nuestro sueldo. Y como servicio público que somos, pues queremos eso, que sea público. O al menos yo lo quiero, y muchos como yo.

                        Y que nadie crea que lo recaudado revierte en arreglar aquello que hace falta en nuestro teatro. Ni una bombilla, ni un foco, ni un remiendo del telón. Nada de nada.

                         Tal vez arguyan que no todas las funciones son de pago. Lo admito, no se cobra entrada en algunas de ellas. La jurisdicción penal está exenta de tasas, y también lo están otras cuestiones de índole social, como los despidos. Al menos de momento, que yo no me fío demasiado de estos directores.

                   Pero aunque así continuara, la gratuidad no es sino una excepción cuando debería ser la regla general. No podemos hacer distingos entre el público, y repartir pases vips según sea la obra representada. No podemos permitir que pague una entrada quien pretende recurrir una multa, que le paguen un servicio o que le abonen la indemnización que le corresponda por una accidente.

                  Así que a ver si nos dejan dar todas las representaciones gratis. De otro modo, nuestro teatro no tendría sentido. Y podríamos acabar representando funciones importantes sin público y por tanto, sin aplauso. Que no nos priven de él.

RECURSOS. LA SEGUNDA OPORTUNIDAD


SEGUNDA OPORTUNIDAD)

Todos hemos deseado alguna vez que nos den una segunda oportunidad para volver hacer algo que no nos salió demasiado fino, o en que no nos satisfizo el resultado. Ocurre en la vida, y también en la ficción. Recuerdo que, de niña, después de ver con mi madre Capitanes Intrépidos -y llorar a moco tendido-, me empeñé en volverla a ver por si esa segunda vez no moría el portugués Manuel, ese inolvidable Spencer Tracy, y seguía cantando lo de “Ay mi pescadito, deja de llorar”. Y hoy aún sigo viendo mi adorada West Side Story con la esperanza de que Tony no muera apuñalado por El Chino y sea feliz de una vez con María. ¿Y quien no ha visto la enésima repetición de Verano Azul con el anhelo secreto de que Chanquete sobreviva?. Pues eso. Parece que no, pero algunas veces se consigue. La versión Disney de La Sirenita no la deja convertida en piedra para siempre, y también hay versiones de El soldadito de plomo en que éste y su bailarina -o su Colombina- son felices y no acaba fundido en el fuego de una chimenea.

Así que, como no podía ser de otra manera, nuestro teatro también tiene sus segundas oportunidades. Y ésas se llaman recursos. Muy en boga en estos días en la prensa, bien sabemos por qué…

El recurso no es otra cosa que la posibilidad que tienen las partes de combatir una resolución judicial que les es adversa. Para interponerlo, tiene que tratarse de una resolución respecto de la que la ley lo admita, porque no todas la resoluciones son susceptibles de recurso, y las que lo son, no son susceptibles de cualquier recurso. El Derecho es lo que tiene, y eso es algo que no podemos olvidar los juristas.

Los recursos tiene que ser, en primer término, admitidos, y en segundo, resueltos. Lo que no es lo mismo, por más que muchas veces en las noticias tiendan a confundirse y confundirnos. Y, en principio, cualquier resolución del juez -y ahora también, del Secretario judicial en los casos en que tiene facultad de dictarlas- pùede ser recurrida salvo que estén expresamente exceptuadas. Y la excepción proviene de que no se puede eternizar el procedimiento judicial ad eternum, y debe evitarse el riesgo de que por las propias partes se utilice el sistema para dilatar los procedimientos.

Ya sé que no estoy descubriendo la pólvora. Cualquier estudiante de Derecho lo sabe. Pero es tal el lío que en ocasiones nos organizan desde medios de comunicación y tertulias pseudo jurídicas, que no estaría de más aclarar algunas cosas, por más básicas que puedan parecer. Cosas de la “anarosización” del Derecho, cuando no de su “belenestebanización”

Los recursos se interponen ante el mismo órgano que dictó la resolución recurrida o ante el superior -según sean o no devolutivos-, principal o subsidiariamente, según esté previsto en la ley en cada caso. Y ahí acaba la cosa. La última representación posible de nuestra función acaba, cuando cabe, en el Tribunal Supremo, esa especie de Royal Opera House o Teatro Real de nuestra farándula. Y punto, como diría una compi tuitera.

Y ante esto, alguien podrá decir: ¿y el Tribunal Constitucional, y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos u otros Tribunales Internacionales? Pues bien, eso no es estrictamente recurso. Eso es una revisión de aquel punto de la resolución de que se trate en que se haya apreciado vulneración de derechos fundamentales, de la Constitución o de la legislación transnacional de la que nuestro país sea parte. Y no cabe siempre. Es más, cabe en pocos casos. Eso que oímos en alguna de esas tertulias a que me he referido de que “queda recurso ante en Tribunal Constitucional” es falso, o al menos incorrecto. No se trata de una stercera instancia ni se puede hacer en todo caso, al igual que no todas las películas entran en el grupo de candidatas al Oscar a la mejor película extranjera. Que quede claro.

Y sí, es cierto que hay recursos excepcionales, porque existen excepciones, como el de revisión, para casos tan extraños como aquél en que el muerto por el homicidio por el que se condenó a alguien aparezca vivo, como en El crimen de Cuenca. Película, por cierto, basada en un hecho real que motivó precisamente la regulación de este recurso.

Así que ahí queda eso. Tenemos la posibilidad de repetir nuestra función, o al menos de explicar por qué pretendemos que se nos dé la oportunidad de que se repita. Si fallaron los focos, o el actor principal enfermó, o no llegaron a tiempo las invitaciones o éstas se perdieron, por ejemplo. Pero no siempre.

Por eso, ahí va el aplauso para quien hace buen uso del derecho a recurrir. Y de paso, el abucheo para quien hace abuso. Las cosas como son. A ver si alguna vez logramos que Chanquete no muera al final de la serie.

CALABOZOS: LO QUE NO SE VE


calabozos

                En todos los grandes teatros del mundo tienen sus sótanos, sus lugares secretos, como aquellos por los que vagaba El Fantasma de la Ópera arrastrando su amor y su desgracia. Ignoro si en los nuestros habrá algún espectro arrastrando su toga por las noches, aunque no me extrañaría. Pero sí tenemos nuestra parte oculta, eso que no se ve y que, por eso, también tiene cierto tinte de misterio.

                En todos los Juzgados debe de haber uno o varios calabozos, el lugar donde están los detenidos a la espera de su puesta a disposición de la autoridad judicial. En mejores o peores condiciones, grandes o pequeños, en los sótanos o a pie de calle, son esa parte de nuestro teatro que no se ve a simple vista pero es indispensable. Cuando alguien piensa en ellos, sobre todo si no es demasiado cercano a nuestro mundo, puede tener la idea de esas películas del Oeste donde el sheriff guardaba las llaves mientras hablaba con varios de los que allí había, tras la reja. Nada más lejos de la realidad. No hay sheriff sentado en su mesa con los pies sobre ella y una humeante taza de café. O no al menos que yo sepa, vaya.

                Pero los detenidos deben permanecer en algún sitio mientras, como decía, esperan a comparecer ante el juez y el fiscal. Y lo deben hacer en las mejores condiciones posibles, que no en balde no estamos en el salvaje Oeste, por más que nuestra ley procesal date casi de esa época. Pero eso no quita para que esas dependencias tengan siempre un aura de misterio y algo más que sobrecoge. O igual es cosa mía.

                A lo largo de mi vida profesional los he visto de varios modos. En pueblos y ciudades, dependiendo de los medios del juzgado. Pero con un lugar común: esa sensación distinta cuando entramos a tomar declaración o a realizar cualquier otra diligencia, como un escalofrío. Y más aún en esos locutorios –donde los hay- que sí que recuerdan a alguna que otra película.

                Pero los calabozos, al menos en “mi” Ciudad de la Justicia, tienen una característica especial. Yo siempre he sospechado que en el camino al sótano donde están los calabozos hay un enorme agujero negro del espacio que se traga a los Letrados. No lo digo en broma. Hay una especie de Triángulo de las Bermudas judicial donde se pierde la noción del tiempo y que se traga a los abogados. Sólo así me explico ese curioso fenómeno por el cual, cuando uno de ellos dice que baja a hablar con su cliente y “vuelve enseguida” tarda una eternidad. Algunos hasta se pierden. Y cuenta la leyenda que alguno no ha regresado todavía, aunque espero a que Iker Jiménez venga a confirmarlo.

                Por eso, cuando nos dicen que van a bajar “un momento” a calabozos, se nos salen los ojos de las órbitas –otro fenómeno paranormal a estudiar- y les pedimos, cuando no les suplicamos, que hablen arriba, en las propias dependencias del juzgado. Eso sí, nos salimos para preservar la intimidad y reserva de la entrevista abogado-cliente. Con el tiempo que necesiten. O casi.

                Porque reconozco que a veces perdemos la paciencia, y mientras andamos por los pasillos esperando a que acaben y mirando de reojo el resto de las causas que permanecen en cola, perfectamente alineadas en las mesas de los funcionarios, vamos echando algunas miraditas entreabriendo la puerta –eso sí, sin escuchar nada, lo juro- que tal vez hagan lo propio con la paciencia del letrado en cuestión. Es inevitable. Las prisas de la guardia no casan siempre todo lo que debieran con la tranquilidad necesaria para estos menesteres.

                En los calabozos, además, pasan a veces cosas curiosas. Gritos, reacciones y conversaciones que a veces podrían aportar mucho a la causa. Pero no todo vale, por supuesto. Y de ahí la última doctrina acerca de la no utilización de conversaciones grabadas en los mismos. El fin no justifica los medios en un estado de Derecho, algo que siempre hay que tener presente.

                Así que ya saben, cuidado con ese agujero negro. Como esto no es Canción Triste de Hill Street, cambiaremos la frase por la de “tengan cuidado ahí dentro”. Y mientras, brindaremos la ovación de hoy a los que ejercen gran parte de su trabajo entre esos muros desconocidos para muchos. Porque es un trabajo necesario y no siempre bien reconocido.