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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Nombresteretipos: dime cómo te llamas…


                Hay un refrán que dice “dime con quién andas y te diré quién eres” y muchas veces se hace realidad. En casos, además, se podría matizar en un “dime cómo te llamas y te diré quién eres”, porque de un tiempo a esta parte los nombres propios acaban dando lugar a determinados estereotipos a los que remiten inmediatamente. Tal vez el caso más claro en la historia de la literatura y del cine sea el de Lolita. Es difícil ori ese nombre sin que nos acuda a la cabeza la imagen de la colegiala sexualizada. Dicho sea, por supuesto, con perdón de la cantante del mismo nombre, hija de La Faraona para más señas, que nada tiene que ver con ello.

                En nuestro teatro, aunque ya quedó lejos el tiempo de alias tan famosos en su día como El Lute -recordemos que es una transformación de su propio nombre de pila, Eleuterio-, el Pera o El Vaquilla, también echamos manos, aunque sea el petit comité, de determinados estereotipos relacionados con nombres propios.

                De hecho, cuenta la leyenda urbana que la alusión al nombre de “Nekane” para referirse a un estereotipo de mujer nació en la Audiencia nacional en los tiempos duros de los juicios contra la banda terrorista ETA. Y, por supuesto, no seré yo quien lo contradiga.

                Confieso que este post nacía tras leer a una buena amiga periodista dar la vuelta en un artículo a lo que pretendía ser un menosprecio, y llamarse a sí misma “Charo”, reivindicando el hablar a la pata la llana, aunque haya quien lo califique de discurso poco elaborado o poco fino. Y sí es así, a mí, como a ella, me gusta la charocracia, y llamar al pan pan y al vino, vino. Aunque, en términos jurídicos, llamar al usufructo o a la enfiteusis por su nombre siga siendo difícil de entender y exija un esfuerzo extra.

                Al hilo de ello, se me ocurría que hay más nombres propios que nos conducen directamente a un estereotipo de persona, lo cumplan o no. Otro de los más utilizados es el de la Maruja, utilizado para referirse, con tintes peyorativos muchas veces, a determinado tipo de mujeres o, más bien, a la caricatura de determinado tipo de mujeres. Cuando se define a alguien como una Maruja, se alude a su interés por el cotilleo y por los temas domésticos, y además se le suele representar con bata, rulos y pantuflas. Incluso se ha llegado a construir un verbo que parte de ahí, marujear, admitido por la Real Academia, que lo define como “hacer lo que considera propia de marujas y marujos”. Por su parte, el Diccionario define “maruja”, advirtiendo que es coloquial y despectivo, como “mujer que se dedica solo a las tareas domésticas y a la que suele asociarse ciertos tópicos como el chismorreo, la dependencia excesiva a la televisión, etc”. Eso sí, la RAE también pretende ser inclusiva cuando admite “marujo” como “hombre que actúa como maruja”. Pero, pese a eso, no podemos negar que la mala fama nos la llevamos, una vez más, nosotras.

                Junto a la “maruja”, hay otro nombre que también ha tomado carta de naturaleza como estereotipo en contraposición a ella. Se trata de la “mari” que, curiosamente -o no- proviene del mismo nombre propio, María. La mari suele ser cursi, remilgada y con un toque de ingenuidad que raya con la ignorancia. La Rae, sin embargo, remite directamente la “maruja”. Y, por cierto, aquí ya no hay versión masculina.

                Parecidas a las “maris” están las “maripilis” o las “maripuris”, algo así como sus hermanas no reconocidas, ya que ahí ya la Rae no nos dice nada. Pero seguro que cualquiera ha oído emplear ese término, y no precisamente para alabar a nadie.

                Al otro lado del espectro, tenemos las “pititas”, “cuchitas” y demás diminutivos femeninos que, generalmente, se relacionan con cierta aristocracia rancia y más bien propia de otro tiempo, aunque el estereotipo persista. Quizás a lo que más se acerca es a lo que se considera “pija” que, también según la Rae, y también considerándolo despectivo, es quien “en su vestuario, modales, lenguaje, etcétera, manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada” O sea, lo contrario de la “Charo”, aunque en este caso sí existe el prototipo masculino y femenino.

                Y, para estereotipo de pijo en masculino, me quedo con el “borjamari” que, aunque no lo recoja el diccionario, está comúnmente admitido, para desgracia de quienes ostentan el patronímico de San Francisco de Borja, que es de donde viene la cosa.

                Aunque en este sentido, cada día cobra más fuerza un nombre como estereotipo masculino, el “cayetano” que tampoco viene recogido en el diccionario pero que se usa ampliamente en medios de comunicación como referencia a determinado tipo de pijos que, además, hacen ostentación de una tendencia política concreta, y suelen adornarse con pulseras, gorras y hasta a modo de con la bandera de España que, aunque sea de todos, consideran como propiedad casi exclusiva.

                Seguro que se os ocurren más ejemplos de nombres que se han convertido en estereotipos, además del ya citado de Lolita.

                Así que emplazo a quien me lea a que me diga alguna más, por si este estreno tiene segunda parte. Por si acaso, no me olvido del aplauso que es esta vez, para la amiga que me inspiró la idea.

2024: el año del fuego y el agua


              Como cada año, mi toga, mis tacones y yo hacemos balance de lo que ha pasado durante estos 366 días. Pero, antes de desgranar lo más llamativo de todo lo que me ha traído el año, he de decir que no ha sido un año normal. Ha sido un año triste, por más que han pasado cosas bonitas, porque ha sido un año marcado en mi querida Valencia por el fuego y el agua.

              Por desgracia, no hablo del fuego de las fallas ni del agua de nuestro mar Mediterráneo o nuestra preciosa Albufera. Hablo, como todo el mundo habrá adivinado, del fuego que redujo a cenizas todo un edificio en segundos, y del agua que desbordó ríos y barrancos y convirtió muchos pueblos de Valencia en un lodazal. Hablo de los 10 muertos en un caso, de los 223 y 3 desaparecidos en otro, y de todos los daños personales y materiales que han destrozado muchas familias. Por eso, por más que cuente cosas bonitas, siempre hay ese poso de tristeza al pensar en este año. Como no podía ser de otro modo.

              2024 empezaba de modo inmejorable. Recibí el premio al mejor post en un blog jurídico en 2023, un acto precioso para algo que me hacía especial ilusión, una ilusión toguitaconada, claro está.

              También a principio de año empezaba un sueño que nunca creí a mi edad cumpliría. Junto con mi compañera, superábamos la fase autonómica de un concurso de ballet clásico, lo que nos clasificaba para la final nacional. Un pájaro azul nuestro que empezaba a volar muy alto.

              El mes de febrero, que precede a las fallas, estuvo cargado de cosas hasta que el incendio de Campanar quebró de raíz las ganas de celebrar. Hasta entonces, fui parte de la presentación de 101 relatos falleros, de Editorial Vinatea, en el que participo con un relato y como prologuista. También participé con uno de mis relatos en el último -siempre penúltimo, como se demostró al poco- libro de Generación Bibliocafé, Oro parece, respecto a las falsas apariencias. No tardaríamos nada en volver a la carga con el homenaje a Elvis y el libro de rigor que publicamos en unos meses, también dentro de 2024. Y más que vendrá.

              Ese mes de febrero tuvo lugar la presentación de mi falla, donde tuve el honor de hacer de mantenedora de la fallera mayor infantil. También era el mes de la celebración de las galas de la cultura de Junta Central Fallera, pero solo tuvo lugar la gala infantil, en la que mi obra de teatro Les ratetes fugen, compartida con Paqui Revert, resultó galardonada como finalista.

              La misma suerte tuvo mi Aproposit faller adulto, Fallerasmus, premiado también como finalista en la Gala de la Cultura fallera que se pospuso. Y fue en esa gala donde recibí, además, un premio que me hizo especial ilusión: el premio a la mejor poesía inédita. Mi primer premio de poesía. Ojala no sea el último.

              Marzo, con esas fallas marcadas por la tragedia, fue mes de clubes de lectura. Mis criaturas ya van por el mundo y pueblos como Bonrepós i Mirambell o Catarroja, a los que luego se sumarían Alaquas, Torrente o  Moncada. Qué bonito es comprobar como mis letras van de un hogar a otro.

              El mes de abril me trajo, además de mi participación en bailes populares valencianos como siempre, me regaló otra experiencia nueva: la de ser mantenedora de una agrupación de fallas, en este caso, de la Federación de Fallas Centro, a quienes he de agradecer que contaran conmigo.

 Y otro debut, en un registro absolutamente distinto fue el de participar como profesora para las y los fiscales que realizan su curso teórico práctico para acceder a la carrera en el Centro de Estudios Jurídicos. Una experiencia que repetí con la carrera hermana, la judicatura, en su Escuela Judicial este mismo año.

Pero si hay un hito importante de este año es la presentación de mi última -hasta el momentp- criatura, Em deien Caratrista, nada menos que en mi querida Feria del Libro del Valencia. Con ella van diez criaturas, aunque pronto se ampliará la familia.

Mayo fue el mes de los 100 años de mi madre, que celebramos con un fiestón de los que hacen historia, y que recelebramos cuando el Ayuntamiento de Valencia, en el mes de diciembre, hizo su homenaje a las personas centenaria de la ciudad.

Y también mayo fue el mes de la danza para mí. Nuestro Pájaro azul volaba alto y lograba un tercer puesto en el concurso nacional Vive tu sueño, y después obtenía en el concurso Mediterráneo un premio a la mejor ejecución, que también me fue entregado a nivel individual. Si hace unos años me lo cuentan, no lo hubiera creído. Como no hubiera creído que me iba subir a un escenario e interpretar una obra de teatro, pero este año también lo he hecho.

Noviembre, además de algunas cosas que ya he contado, trajo el estreno de Hijas del miedo y otros relatos, un libro coral hecho por juezas y fiscales de la Asociación Mujeres juezas en el que me enorgullece haber participado con mi relato “Hijas del miedo”, precisamente el que da título a la obra

Y, para acabar haré referencia a las iniciativas solidarias para ayudar a las editoriales y librerías afectadas por la Dana, y algo que me resultaba especialmente grato: participaren un coloquio sobre el papel de la mujer en las Fallas.

Y hasta aquí, mi pequeño resumen del año. No lo voy a acabar si recordar que colaboréis con la lotería solidaria para huérfan@s de violencia de género, que aunque es para el Niño ha salido en 2024. Ya sabéis, clic aquí Así aprovecho para dar el aplauso de hoy a quienes colaboren. Y al resto, gracias por estar ahí

Más lotería de la madrina: más solidaridad


              Cada navidad, hay una serie de clásicos imprescindibles que se repiten. La Navidad no sería tal sin ver la enésima reposición de Qué bello es vivir o Vuelve Santa Claus en cualquiera de sus secuelas y precuelas. Tampoco hay Navidades sin turrones, y, hasta no hace mucho, sin el anuncio que decía eso de “vuelve a casa por Navidad” o el de las doradas burbujas de cava.

              En nuestro teatro, creo que puedo presumir de estar contribuyendo a la consolidación de un clásico de las Navidades. De un clásico que, además, se forjó en este escenario y en este escenario sigue. Porque segundas, terceras y cuartas partes son buenas, si bueno es el fin. Y este es inmejorable.

              Por si acaso hay algún desmemoriado que no lo recuerde, o alguna nueva incorporación al público de este teatro toguitaconado, os lo volveré a contar. Durante varios años, he fabulado cuentos para explicar la trascendencia de esta iniciativa. Y hoy recordaré ese espíritu. Porque el propósito lo merece.

              La Fundación Soledad Cazorla financia becas para huérfanos y huérfanas de violencia de género. Se trata de esos jóvenes, niños y niñas que vieron abruptamente interrumpida su vida y sus estudios porque su madre fue asesinada. Asesinada, además, en un supuesto de violencia de género, en muchos de los casos por su propio padre. Y esas criaturas quedan, de repente, además de sin su madre muerta, sin un padre que esté obligado a subvenir sus necesidades. De modo que, por si fuera poco con todo lo que han sufrid, se ven en la necesidad de interrumpir sus estudios, o de no enfocarlos por el camino que hubieran tomado porque las necesidades económicas aprietan. Una injusticia encima de otra.

              Imaginemos por un momento que esas niñas y niños, que esos adolescentes que han de dejar de estudiar sin nuestros sobrinos, o los hijos o hijas de esa amiga que queremos tanto, o de esa compañera de colegio tan maja. ¿No nos gustaría que les ayudaran a salir adelante?. Pues imaginemos ahora que ni siquiera tienen tíos ni tías, ni amigas ni compañeras de colegio que estuvieran cerca de sus madres. Hay quienes, además, tienen a la poca familia que les queda a muchos kilómetros. Está claro que nos necesitan.

              Pero no solo eso. Tal vez el mundo esté perdiendo un nuevo premio nobel que vaya a curar la enfermedad que nos azote en un futuro, o sea un nuevo Cervantes o, por qué no, una nueva Rosalía de Castro. Quizás estas criaturas tengan escrito en su destino ser los artífices de grandes descubrimientos para la humanidad, o consigan la ansiada paz en el mundo. No podemos permitirnos borrar ese destino que tenían marcado en las estrellas.

              ¿Y qué tenemos que hacer? Pues poca cosa, si comparamos con lo que conseguiremos. No tenemos más que comprar un décimo, o dos, o más, de esa lotería solidaria que la Fundación Soledad Cazorla nos trae cada Navidad para el sorteo de El Niño. Un décimo como este

              Es, además, el legado de una gran mujer, Soledad Cazorla, la que fue la primera fiscal de sala contra la violencia de género que nos dejó prematuramente, no sin antes haber dispuesto un legado para tan encomiable fin.

A mí, que soy fiscal como ella, me enorgullece especialmente contribuir con mi granito de arena a esta gran obra amadrinando un número. Y os animo, claro está, a que lo compréis.

Os daré mi aplauso si compráis a cualquiera de los números, pero si lo hacéis al mí, será con ovación extra. Una ovación extra que se une a la que doy a @madebycarol por contribuir, una vez, con sus maravillosas ilustraciones.

Aqui os dejo de nuevo el enlace. Y recordad que el 11822 es el número que, aunque no toque, toca

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert?s=09

#cuentosdeNavidad : Pequeña sabiduría


-¡Está abriendo los ojos! ¡Por fin!

-Gracias a Dios

         En la UCI pediátrica de un hospital de Valencia, un niño de apenas ocho años devolvía la alegría a su familia. O, al menos, parte de ella. Tras un tiempo de angustia, el niño recobraba la consciencia. El personal sanitario se unía a la familia en la celebración. Porque la historia de Miguel había conmovido a todo el mundo.

              Miguel paseaba por su abuelo, como cada tarde, por el pueblo valenciano donde vivían. De pronto, un torrente de agua incontrolable les sorprendió, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. El abuelo agarró al niño, al que ya le llegaba el agua al cuello, con fuerza y consiguió encaramarlo a un árbol valiéndose de uno de los coches que arrastraba la corriente. Sacando fuerzas de donde no tenía, aseguró al niño y le pidió que, pasara lo que pasara, no soltara esas ramas hasta que vinieran a por él. Apenas unos instantes después, desapareció, y nadie volvió a verlo. Miguel obedeció a su abuelo y se mantuvo agarrado con todas sus fuerzas hasta que un helicóptero le rescató. Estaba exhausto, magullado y tenía un fuerte golpe en la cabeza. Ingresó en el hospital, y permaneció inconsciente durante un interminable día y medio.

              Por suerte, el niño no tenía graves daños físicos. Lo de su mente ya era otra cosa. No recordaba nada, y los médicos, una vez le dieron de alta, recomendaron que le dejaran tranquilo

– Sé que es difícil, pero deberían llevarse a su hijo fuera de Valencia. Hagan un viaje que le entretenga para que se reponga. Poco a poco, irá asimilando lo sucedido. Pero tiene un trauma importante, y mejor no precipitar las cosas

             Los padres hicieron caso y, sacando fuerzas de flaqueza y gracias a la ayuda económica de unos y de otros, organizaron un viaje a Laponia. Verían a Papá Noel y su hijo, después de lo que había sufrido, tendría una alegría.

              Dicho y hecho. A principios del mes de diciembre ya estaban en un avión rumbo a la casa de Santa Claus. En ningún momento comentaron a Miguel nada de lo que había pasado, y evitaban cuidadosamente que le llegara ninguna noticia al respecto. Le dijeron que era un regalo por sus buenas notas, y que ya habían hablado con su colegio para que le permitieran faltar unos días más a clase. Miguel no podía saber que ya no había colegio, ni clase, ni nada. Y por supuesto, nadie debía hablarle de su abuelo, del que le dijeron que fue a pasar unos días a casa de su tía.

              No resultó nada fácil a los padres del niño disimular su pesar por la pérdida de su negocio y los daños en su casa, y el inmenso dolor por la muerte del abuelo, cuyo cadáver ni siquiera había aparecido. Lees costó un mundo fingir ante su hijo una alegría que no sentían. Pero el bienestar de la criatura lo merecía todo.

              Cuando llegaron a su destino, Miguel fue aupado en brazos de Santa Claus, como tantos otros niños. Quien representaba ese papel no sabía valenciano, que era lo que hablaba el niño, pero disimulaba muy bien. De haberle entendido, habría escuchado lo que dijo

– Santa, cuida de mi abu, allá donde esté, que seguro que puedes. No les quiero decir a mis papis que lo sé todo, porque se han esforzado tanto que me da pena ponerlos más tristes

             Después, le dijo algo más al oído, pero nadie puedo escucharlo. A sus padres les contó que le había pedido los juguetes que había escrito en su carta. No les explicó nada más.

              Cuando llegaron a la casa donde se alojaban, Miguel encontró un paquete con una nota que decía que Papá Noel había decidido traerle el regalo allí en vez de en su casa de Valencia. El niño abrió el paquete y sonrió

– ¡Un patinete eléctrico!, Justo lo que había pedido

               Sus padres se miraron y sonrieron aliviados. No podían saber que, a muchos kilómetros de donde se encontraban, Papá Noel había cumplido con lo que Miguel le pidió. El cuerpo de su querido abuelo había sido encontrado, por fin. Y cuando recibieron la noticia, los padres de Miguel se abrazaron, emocionados, tratando de que el niño no los viera. No podía saber nada

              Él, que les espiaba por una rendija, también se emocionó y trató de que no le vieran. No podían saber que él lo sabía todo. Y Papá Noel también.

Límites: las fronteras del Derecho


              No siempre es fácil determinar dónde están los límites, dónde están las fronteras entre el sí y el no, La delgada línea roja de que habla el cine, o la diferencia que vuelve el Azul oscuro casi negro. Y es que la vida, como el cine, está llena de charcos que hay que evitar, aunque no siempre se consiga.

              En nuestro teatro estamos constantemente bordeando límites para no pisar más charcos de los precisos. La que separa la absolución de la condena es la más conocida y la más obvia, pero hay otros momentos donde esas líneas se difuminan hasta hacernos dudar.

              Si duda alguna, una de las líneas más peligrosas y resbaladizas con la que nos encontramos en Toguilandia es la que hace referencia a la prueba. La sentencia o, en su caso, el auto de sobreseimiento acaba por tomar partido entre absolución o condena y para ello, las más de las veces, ha de decidir si el objeto del pleito se considera o no probado.

              Para considerar que algo está probado, por más que parezca una perogrullada, hay que tener pruebas. Pero tan importante como tenerlas es saber qué se considera prueba. Se suele decir, obre todo en ámbitos ajenos a Toguilandia que si se trata de la palabra de uno contra la de otro no hay prueba suficiente, porque sol hay versiones contradictorias. Y aunque eso puede pasar y pasa, sobre todo, en los juicios por delitos leves, no se puede hacer esta afirmación tan alegremente. El Tribunal Supremo ha declarado hasta la saciedad que el testimonio de la víctima puede tener virtualidad suficiente como para mandar al carajo a la presunción de inocencia siempre que se den determinados requisitos, cuales son, en resumen: verosimilitud, persistencia en la incriminación y ausencia de móviles espurios como resentimiento o venganza. Pero, además, hay otra cosa que es clara: el investigado tiene derecho a no declarar contra sí mismo, con lo cual puede mentir sin que por hacerlo le pasa nada; sin embargo, el testigo, si mintiera, podría ser inculpado de falso testimonio. Esto les pone en situaciones desiguales, sin duda. Y pese a que no siempre sen entiende cuando hay una víctima que declara ya no se trata de que no haya prueba son que hay una, la testifical. Como se valore en cada caso ya es harina de otro costal. Que la presunción de inocencia es lo que tiene.

              Directamente relacionado con ello, está la línea roja que separa el ser imputado de no serlo, declarar como testigo o hacerlo como investigado, una línea roja a la que ya dedicamos un estreno y que constituye una de las cosas más difíciles de nuestro trabajo.

              Otro de los límites importantes en nuestro escenario es la diferencia entre los que es delito y lo que no lo es, y sus límites pueden venir, como mínimo, por dos partes. Una, la que separa e ilícito civil del penal, y otra, la que diferencia entre el delito y la infracción administrativa. Sin olvidar, por supuesto la que delimita el delito leve del menos grave o, según la terminología anterior a la reforma de 2015, el delito de la falta.

              En cuanto al límite entre el delito leve y el menos grave, la cosa es sencilla cuando se trata de delitos contra el patrimonio. Cuando no hay violencia ni intimidación, que el objeto del delito sea superior a 400 euros o no lo sea, marca esta diferencia, que penológicamente puede ser muy importante. Más complicada resulta la diferencia cuando hablamos de cuestiones de matiz o de gravedad, como ocurre en las amenazas o las coacciones -fuera de la violencia de género- o en las mismas injurias. Habrá que ir al caso concreto y no siempre llueve a gusto de todos. Gajes del oficio.

              De otra parte, está la línea que separa el ilícito civil y penal, entre los cuales existe una línea que muchas veces es casi imperceptible. Diferenciar una estafa de un incumplimiento contractual puede ser complicadísimo. Toda una copiosa literatura judicial sobre las llamadas “querellas catalanas” da buena fe de ello. Además, esta línea es especialmente resbaladiza en supuestos de imprudencia profesional o de otro tipo

              Por último, hay que tratar la línea que divide el ilícito administrativo del civil. Porque además hay que recordar que la jurisdicción penal es siempre preferente y en cuando se conoce de la incoación de un proceso penal, debe cesar cualquier otro hasta que el pleito penal se resuelva.  Esta línea se traspasa cuando el ilícito de tráfico pasa de ser eso a convertirse en un delito imprudente, y también tiene mucha relevancia en relación con las infracciones disciplinarias. En cualquiera de los casos, no se puede olvidar el principio de negación de la doble incriminación o de non bis in idem

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero no haber traspasado los límites de vuestra paciencia. Si es así, negadme el aplauso. De lo contrario, aquí estoy.

Sin flitros: carta abierta un maltratador


Hoy en nuestro teatro un relato muy especial. La carta que una víctima escribiría a un maltratador. Es ficción aunque podría ser realidad. O quizás lo sea

(Relato incluido en mi antología Remos de plomo)

¿Querido? papá:

Me voy. Nos marchamos. No creo que nos vuelvas a ver, ni tampoco quiero
volver a verte. Por fin he encontrado el valor para hacerlo.
Pero no quiero irme sin decirte todo lo que tengo guardado dentro. Solo he
encontrado coraje para dejarte, pero no tanto como para decírtelo a la cara. Sí, soy una
cobarde, pero al fin y al cabo eso es algo que aprendí de ti.
No te quedes así. Por muy fuerte que te hayas creído siempre, nunca has sido
otra cosa que un cobarde, un triste y miserable cobarde.
Ya no me asustan tus bravuconadas, ni me estremecen tus lágrimas. Ya no me
queda corazón para compadecerte, ya todo me da igual.
¿Creías que no lo sabía? Pues entonces, además de cobarde, eres tonto. Espero
estar aún a tiempo de no haberme vuelto tonta yo también, aunque he estado cerca.
No sabes cuánto la echo de menos… Y ni siquiera he podido llorarla como toca.
Ni siquiera he podido contar a nadie lo que pasó. Incluso me costó verlo yo misma.
Sé que nadie va a comprender mi decisión, pero tampoco aspiro a ello. No es
fácil que nadie entienda cómo soy capaz de dejar a mi padre solo, sumido en la
depresión por la muerte de su esposa, mayor y enfermo. Pero nadie sabe que fuiste tú
quién la mató. Creo que ni siquiera tú lo sabes.
Ya sé que fue ella sola quien se tiró por la ventana, que tú no la empujaste. Y
que antes se había tomado montones de pastillas, y en otra ocasión la encontraron con
cortes en las muñecas. Pero ella no se quitó la vida. Ella ya no tenía vida, tú se la
quitaste antes.
Tú, que despreciabas la comida que hacía, las cosas que decía, los amigos que
tenía. Tú, que no parabas de decirle lo mal que lo hacía todo, lo inútil que era, la carga
que suponía. Tú, que a cada momento te lamentabas en voz alta de haberte casado con
ella, que fantaseabas en lo que hubieras podido ser de no haberlo hecho. Tú, que cada
día despintabas la sonrisa que a ella cada vez le costaba más lograr. Y tú, que finalmente
fuiste cambiando esos desprecios por empujones, y los empujones por bofetadas, y las
bofetadas por golpes. Y encima la llamabas torpe por caerse, la llamabas fea por tener
los labios hinchados, y el ojo morado, la llamabas inútil por no estar en condiciones de
atenderme.

Tú la echaste en brazos de esas copitas de anís que fueron nublando su vida y
durmiendo su desdicha. Y aún tuviste el valor de llorarla en su entierro. Ni siquiera la
dejaste sola allí. Sé que aún vas de vez en cuando a turbar su descanso al cementerio. Y
que la culpas de tu desgracia. Por Dios, déjala en paz. Sé que tus ramos de flores la
siguen asfixiando, allá donde esté.
Ya sé que a mí nunca me has puesto una mano encima, que nunca me insultaste,
que a tu modo me quieres, como quieres a tu nieta. Pero no quiero ese amor
envenenado. Me has hecho más daño quitándome a mi madre, porque nunca conocí
cómo pudo haber llegado a ser, ya que tú la habías matado antes. Hube de convivir con
un fantasma que era mi madre, pero no lo era. He vivido en un mundo de silencios, de
tristezas, de puertas cerradas con llave, he vivido ocultando botellas, tapando errores,
encubriendo historias. Y no quiero más.
Ni siquiera saldrás nunca en las noticias, ni pasarás por un Juzgado. Tu mujer se
suicidó. Tú te quedaste solo y deprimido. Y la desalmada de tu hija, encima, te
abandona, viejo y enfermo.
Pero ya no más. Mi hija, que no ha tenido padre porque yo fui incapaz de
convivir con alguien sin verte a ti, no vivirá este infierno. No, si yo puedo evitarlo. No
la voy a condenar a un mundo de silencio, de puertas cerradas con llave, de visitas al
médico, de botellas de anís y de tranquilizantes.
Quiero que sea todo lo feliz que no lo fue su abuela, ni su madre, ni siquiera tú.
No la volverás a ver. Y, cuando sea mayor y me pregunte por sus abuelos, le enseñaré
esta carta. Y espero que por fin ella viva en un mundo donde no existan personas como
tú.
Hasta nunca.

Tu hija.

Anuncios: publicidad de ayer y de hoy


              La publicidad forma parte de nuestra vida. Hay publicidad en a televisión, en el cine, en las marquesinas, en las paradas de autobús y en cualquier sitio. De publicidad y sus cosas tratan películas de hace tanto tiempo como Pijama para dos o más recientes como La mejor película jamás vendida, aunque pausas publicitarias puede haberlas en cualquiera. Depende de dónde se emitan.

              En nuestro teatro no hay pausas publicitarias, desde luego. Solo faltaba que en mitad de un juicio Su Señoría interrumpiera la vista para dar paso a un espacio publicitario, o que antes o después apareciera la advertencia de que “este juico esta patrocinado por Togas Puñetitas”. Aunque nunca se sabe, que tal vez lo que hoy parece imposible mañana se asume con naturalidad. Si lo hicimos del papel de claco y la Olivetti al ordenador, podemos evolucionar con todo.

              La cuestión es que hay algunos anuncios que han quedado en el imaginario colectivo. Algunos de ellos hoy no pasaban ningún filtro. Pensemos, sin ir más lejos en aquel eslogan de los 70 que anunciando un coñac afirmaba que “Soberano es cosa de hombres”, que duró varias campañas y que todo el mundo repetía como si fuera lo más natural del mundo. Y es que lo natural, en aquel entonces, era ser machista sin ningún empacho. Ahora tal vez lo sigamos siendo, pero nunca se admitiría un anuncio que lo proclamara. Estaría -por fortuna- sancionado por la Ley General de publicidad desde la redacción que de la misma hizo la ley integral contra la violencia de género, allá por el 2005.

              Por cierto, que esa misma Ley General de Publicidad, en su última redacción hace apenas un par de años, introdujo entre lo que se considera publicidad ilícita la que sea de carácter racista, sexista, homófoba, tránsfoba o que fomente la discriminación por edad, por discapacidad o por razones estéticas.

Ni que decir tiene que el negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao no hubiera podido cantar en nuestra tele actual sin arriesgarse a que le eliminaran de las pantallas por publicidad ilícita por su contenido racista, y tampoco hubiera podido atravesar con su motocicleta nuestras pantallas aquella chica del mono de lúrex que buscaba a Jacques, y que no sé si le habrá encontrado. Aunque si el tal Jacques ha envejecido tan mal como el artículo, mejor que corra en dirección contraria y se vaya bien lejos con su moto.

Estos son solo algunos ejemplos, pero en el pasado no había lavadora, cocina o similares que no se ofreciera como de uso exclusivo de las mujeres, que han seguido siendo, hasta hace poco, las únicas que anunciaban detergentes, como si a los hombres les saliera urticaria solo con acercarse a él. Y, como me decía una amiga, tampoco sé por qué somos casi exclusivamente las mujeres las que tenemos varices, o hemorroides en los anuncios, como si no tuviéramos bastante con sufrir cada mes el período, que ni huele como huelen las nubes, ni es un líquido azul, ni provoca la cara de alegría que tienen las modelos de los spots.

Y, halando de liquiditos azules, siempre me ha invadido una duda en la relación entre publicidad y Derecho. Y es cómo harán esas pruebas ante notario en que dos bebés hacen pis en dos pañales diferentes, para demostrar cuál absorbe mejor. ¿Están los notarios esperando en su notaría a que el bebé tenga ganas de hacer aguas menores? ¿Y si le da por hacer aguas mayores, o no le da la gana de hacer pis? ¿Comprueba personalmente el notario con sus manos si se ha absorbido el pipí? Y, la más importante pregunta ¿tanto tiempo estudiando la oposición de Notarías para eso? Pues hala, Iker Jiménez, aquí tienes temazo de misterio para tu Cuarto Milenio.

Lo bien cierto es que, aunque la publicidad ilícita está proscrita en nuestro ordenamiento, no lo es menos que el procedimiento no es de lo más sencillo. Como muestras de que pueden lograrse cosas, hay condenas por publicidad sexistas en casos como el del calendario de una compañía aérea que utilizaba los cuerpos de sus azafatas para anunciar sus vuelos, o de una cementera que pensó que lo más adecuado para vender cemento es estampar la imagen de una mujer de muchas tetas y poca ropa en los sacos que contienen el producto.

No obstante, no echemos las campanas al vuelo. No hay más que poner la tele y ver los anuncios de juguetes, de perfumes, de detergentes o de productos navideños para percatarnos que si la aplicación de una sanción legal fuera tan automática como debiera, no se salvaban ni la tercera parte. Y eso siendo generosa.

Y ahora cierro el telón. Sin dar espacio a la publicidad y dejando el aplauso en suspenso. Ya lo daremos cuando todo esté en orden y en clave de igualdad. Que ya es hora,

Uniformes: todos iguales


              Son muchos los trabajos en que se requiere una ropa característica. Imaginemos a los bomberos de El coloso en llamas apagar el fuego vestidos de calle, o a los soldados de El puente sobre el río Kwai, El día D, La chaqueta metálica o cualquier otra película bélica sin su uniforme militar. O a los miembros de las profesiones sanitarias de Urgencias u Hospital General atendiendo a sus pacientes en traje de chaqueta u operando en chándal. Pero no solo son profesiones, también en otros lugares como en colegios, residencias u orfanatos se vestía uniforme, como veíamos en Las niñas o en Las hermanas de la Magdalena. Aunque, si algún uniforme que hemos visto en el cine nos ha dejado marca es el de los campos de concentración nazis, ese horrible ropaje que vestía El niño con el pijama de rayas.

              En nuestro teatro, también tenemos nuestros propios uniformes, aunque con unas características peculiares. Ya dedicamos varios estregas a nuestra toga , a nuestras puñetas y hasta a nuestro vestuario. Pero hoy incidiremos más en el tema y, sobre todo, de otra manera.

              Cuando hablamos de uniforme de Toguilandia, pensar en nuestras togas, con puñetas o sin ellas, es inevitable. Esa especie de abrigo negro, con su beca y sus pliegues que una de mis “clientas” llamaba “batín” –“no es verdad lo que dice la señora del batín negro” dijo, refiriéndose a mí- es el más característico de nuestros uniformes, pero no es el único.

              Jueces y juezas, fiscales, Lajs y miembros de la abogacía y la procuraduría, lucimos toga para los actos oficiales. Obligatoriamente. Con nuestra galleta -placa- identificadora de cada cuerpo y todo. Aunque cuando hablamos de la obligatoriedad, siempre surge la misma cuestión. ¿Por qué, si es obligatoria, no nos la proporciona el estado? ¿Por qué tenemos que pagarla de nuestro bolsillo y quienes no somos profesionales liberales ni siquiera podemos desgravar ese gasto? Pues nadie sabe responder. Pero, aunque nadie imagina al policía o el bombero pagándose su uniforme, nosotros hemos de hacerlo. Y es que Toguilandia is diferent.

              Cabría preguntarse, entonces, qué pasaría si celebramos juicios sin ella. Y la respuesta es que podrían abrirnos expediente. De hecho, así lo hicieron alguna vez en que un juzgado eximió de llevarla porque los 40 grados a la sombra casaban mal con un abriguito negro, por más puñetas que llevara, aunque luego archivaran el expediente. Verdad verdadera.

              Otros de los que llevan uniforme en Toguilandia, son los médicos y médicas forenses. Aunque, justo al revés que nosotros, utilizan su bata para el trabajo de campo y no para los actos oficiales. Así que en la guardia ellos llevas bata y nosotros, no, y en los juicios somos nosotras quienes llevamos togas y ellas quienes visten de calle.

              Pero, cuando se habla de uniformes, hay algo en que la mayoría de gente ajena a Toguiladia está equivocada. Se trata de la ropa que visten las personas que sufren de privación de libertad en prisión. Por más que la iconografía clásica los represente hasta la saciedad con el traje de rayas blanco y negro y hasta con una bola atada a la pierna, aquí nada de eso ocurre. Y muchísimo menos lo de las prisiones americanas, en las que, según vemos en las películas, los presos visten un mono naranja y tienen cadenas atadas a los pies. No deja de ser curioso que más de una serie española muestre a nuestra población penitenciaria de la misma guisa, pero eso no responde más que a la ignorancia y a la falta de documentación, que cualquier que sepa un poquito del tema les habría explicado que aquí las presas y presos visten su propia ropa.

              Para acabar, me referiré a los cuerpos uniformados por antonomasia, esto es, las Fuerzas y Cuerpos de seguridad . O el Cuerpo de bomberos. Todos ellos, a diferencia de quienes habitamos Toguilandia, tienen su uniforme de trabajo y su uniformidad de trabajo, de modo que en los actos oficiales van vestidos de bonito, y en la tarea diaria lo hacen lo hacen con su uniforme de faena.

              Y con esto cierro el telón por hoy. Aunque no m olvidaré el aplauso, que esta vez va dedicado, cómo no, a todas las personas uniformadas de Toguilandia. Que no se diga.

Operaciones matemáticas: ¿somos de letras?


              Sumar, restar, multiplicar o dividir son el paquete básico de las matemáticas, aunque hay genios que poseen Una mente maravillosa, que tienen Un don excepcional, que constituyen Figuras ocultas, o que han construido La teoría del todo a quienes el cine les dedica, merecidamente, obras estupendas. Y eso por no hablar de programas televisivos tan populares como Cifras y letras, que siguen triunfando. Y es que, a pesar de que las metes tienen mala fama en la infancia, pueden ser apasionantes.

              En nuestro teatro hay que reconocer que somos muy de letras. Tanto, que si vemos un par de números nos entran sudores fríos y mareos y sacamos el comodín de siempre, el de que “somos de letras” como si nuestro cerebro tuviera un impermeable que o permitiera entran a ninguna operación que no pasara de la tabla de 2.

              Pero siempre hay excepciones, claro está, y de ellas es de las que quería hablar hoy. Y las hay de varios tipos.

              En primer término, no puedo dejar de hablar del trabajo de los LAJs y de su relación con los números. A este cuerpo de la Administración de Justicia corresponde todo lo relacionado con las cuentas del juzgado, que no es poca cosa, porque en algunos casos manejan ingentes cantidades de dinero. Y no siempre se da a esta función el valor y la dificultad que tiene.

              Otra de las materias donde lo números tienen gran importancia se encuentra en materia de ejecución , de la que a veces no nos acordamos. Se trata de las liquidaciones de condena, para determinar exactamente cuántos días de prisión o de alejamiento corresponden a cada penado. Y también a la parte de ejecución corresponden determinaciones numéricas como las asaciones de costas o los cálculos de la responsabilidad civil con sus correspondientes intereses.

              Aunque tal vez sea trasladándonos al campo del derecho civil donde encontramos más influencia de los números. De hechos todas las indemnizaciones por daños y perjuicios no hacen sino traducir a una cantidad el perjuicio causado, y otro tanto cabe decir del cumplimiento de cualquier obligación que se reclamen judicialmente y no pueda hacerse efectiva en especie.

              Si, dentro del Derecho Civil nos adentramos en el Derecho de Familia, también encontramos algunas cuestiones de dinero al determinar pensiones o liquidaciones de regímenes matrimonial, entre otras cosas.

              Aunque la parte donde más cifras aparecen es, obviamente, la que se circunscribe al Derecho Bancario, o al Derecho Mercantil en general. Ahí se diluye bastante eso de que seamos “de letras”.

              Otro tanto cabe decir del Derecho Laboral en el que también hay que calcular indemnizaciones por despido y salarios debidos. Por que lo que se debe, es debido, y con las cosas de comer no se juega.

              Per no me olvido del Derecho Penal, por descontado. Y dentro del mismo destacaré la importante labor de quienes califican, enjuician delitos económicos, una materia difícil y farragosa donde las haya. Y yo, que soy fiscal de sangre, sexo y vísceras como digo siempre, me quito el sombrero antes quienes lo hacen. Que no se diga

Para acabar, recordaré la importancia de las tasaciones periciales, que, con su determinación de lo que vale cada cosa, no solo fijan la cantidad que se debe abonar, sino que pueden establecer la existencia o no de un delito -como ocurre en delitos fiscales- o la diferencia entre un delito leve y uno menos grave -como en el caso del hurto-, lo cual no es baladí.

Y con esto cierro el telón de hoy, con la intención de aportar algo que sume, y no reste. Por eso dedico mi aplauso a quienes dentro de nuestro trabajo trabajan con los números. Una tarea nada fácil.

Referentes: personas que marcan


                El arte en general y el cine en particular están llenos de homenajes o reflejos de personas que han supuesto un referente para las generaciones venideras. Ghandi, el Nelson Mandela de Invictus, Clara Campoamor, la mujer olvidada, Concepción Arenal, la visitadora de prisiones, y muchas mujeres y hombres más han sido espejo en el que siguen viéndose muchas personas.

                En nuestro teatro también tenemos referentes. Tanto generales, esos juristas que inspiraron a varias generaciones a lo largo e los tiempos, como particulares, en ese o esa a quien conocimos y a quine quisiéramos parecernos. En realidad, a todo el mundo nos gustaría acabar convirtiéndonos en un referente, aunque también tenga una parte de responsabilidad que abruma un poco. O un mucho, según se vea.

                Por la parte que atañe a juristas de todos los tiempos, hay referentes grandes y pequeños, y depende de cada época y de cada cual, porque para gustos hay colores, hasta en Toguilandia y aledaños. Un buen ejemplo de un jurisconsulto que todos, más o menos, admiramos o tomamos como referente, es el de Ulpiano, jurisconsulto romano del siglo II y III después de Cristo -ahí es nada- al que se le atribuya la frase que todo jurista ha empleado alguna vez, “Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Una definición tan sencilla aparentemente como completa y expresiva si se analiza bien. Todo un código en menos de 15 palabras, que ya quisiéramos en algunos informes que se hacen eternos para decir bien poco. O sentencias, que también las hay, y yo, como seguidora de Ulpiano, también tengo por costumbre dar a cada uno lo suyo, aunque se trate de dar leña. Eso sí, con respeto y cariño, que eso nunca falta.

                Continuando con esos referentes universales, y sin ánimo de exhaustividad, no vaya a ser que se me enfade alguien, citaré algún otro que, a mí al menos, m ha marcado. O mejor dicho, otra. Ninguna mujer española que se precie debe pasar por alto el papel de Clara Campoamor, la mujer que consiguió que se nos reconociera el voto a las mujeres, nada menos que allá por 1933. Lástima que pocos años más tarde se nos arrebatara durante cuarenta años tanto a hombres como a mujeres.

                En el ámbito internacional, hombre como Ghandi y su pacifismo, Mandela y su lucha por la igualdad y contra el apartheid también han aportado mucho al avance de los Derechos Humanos, aunque, si tuviera que elegir, me quedaría con logros aparentemente más pequeños, como el de la niña Malala y su lucha por la educación de las niñas, o el de Rosa Parks, que consiguió tanto contra el racismo con el sencillo gesto de sentarse en un autobús. Muchos hombres pequeños, en lugares pequeño, haciendo cosas pequeñas, que pueden cambiar el mundo como dijo Galeano, otro referente. Una cita a la que solo le pondría un pero, aunque haya quien me llame tiquismiquis u otras cosas que prefiero no pensar. Un pero que seguro que quien me conozca habrá adivinado: que tendría que aludir no solo a hombres sino también a mujeres.

                Pero además de estos referentes, hay otros más cercanos y que marcan tal vez mucho más. Los primeros aparecen en la Universidad, incluso en el colegio. Es bastante conocida la carta que Albert Camus escribió a su maestro de la infancia en el momento en que recibió el Premio Nobel agradeciéndole todo lo que hizo por él y diciéndole nada menos que si no hubiera sido por él, no habría llegado a donde llegó. Si alguien a estas alturas no conoce esa carta, recomiendo su lectura, así como la respuesta. Una verdadera lección de humildad que merece ser un referente.

                Pues bien, aunque no todos los maestros y maestras son tan buenos ni sobre todo, su alumnado tan agradecido, todo el mundo tenemos algún profesor que constituye nuestro referente. Más aun, cuando llegamos a la facultad y damos nuestros primeros pasos toguitaconados.

                Profesores de universidad, preparadores y preparadoras, tutores de prácticas se convierten, casi sin darse cuenta, en un modelo a imitar. Yo, desde luego, nunca olvidaré a los míos. N a mis preparadores, ni a mi tutor ni aquellas compañeras y compañeros que tuvieron la paciencia de enseñarme el oficio, y mucho más que el oficio. El amor al Derecho y a la carrera Fiscal. Aunque suene cursi.

                Hoy en día, sin embargo, se habla de referentes para aludir a influencers y opinadores que saben menos de lo que deberían. Pero no generalicemos. También los hay que día a día hacen pedagogía de las pequeñas cosas en redes sociales o medios de comunicación, en periódicos y textos. Y estos también son excelentes referentes hoy en día. Referentes que, además, pueden llegar más a la gente joven que cualquier jurisconsulto premiado y respetado.

                Reconozco, aunque sea un poco umbralista, que hay una compañera que siempre se refiere a mí como referente y, aunque no sé si lo merezco, sí que me hace sentirme feliz y orgullosa. Si ella pienso eso de mí, algo estaré haciendo bien

                Pero dejaré de darme autobombo, n vaya a pasarme, e iré directamente al momento del aplauso. Y ese va dedicado a los y las referentes de todos los tiempos, grandes y pequeños. Gracias por todo