Ideas: atrápalas como puedas


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Es imposible crear sin una idea sobre la que hacerlo. Sea un mero germen, o sea una planta completa, las ideas están por ahí, sueltas, esperando a que alguien las recoja y haga con ellas lo mejor posible. Hay quien lo llama inspiración, musas y hasta intuición, pero se llame como se llame, existe ese algo que hace clic y a lo que hay que darle vida sí o sí. Esa bombillita que siempre surgía en la cabeza de Vicky el viquingo y que hay que atrapar para que no se escape.

Hay quien piensa que en nuestro teatro no tenemos musas ni inspiración. Y hasta que somos seres aburridos que aplicamos la ley como autómatas y carecemos de ideas. Pero nada más lejos de la realidad. Confieso que a mí las ideas se me aparecen por cualquier sitio, y en ocasiones tengo serios problemas para darles cabida a todas en  mi cabeza antes de que se desarrollen y tomen forma. Juro que a veces siento como aparece una pantallita imaginaria en mi cerebro que, como la de mi móvil, me dice eso de “Memoria llena. Vaciar espacio”. Y lo que cuesta, con mi síndrome de Diógenes de ideas.

Pero no todas las ideas son buenas. Es más, las hay que son francamente malas, y nos toca bregar con ellas lo queramos o no. Y de eso sabemos mucho en Toguilandia. Que estamos hasta las narices de tener que suplir con ocurrencias  las carencias contra las que luchamos día a día. Desde las sedes y el material de papelería, hasta los programas informáticos  y la digitalización  deficiente, pasando por todo tipo de leyes que nos complican la vida más que arreglárnosla.

De vez en cuando me da por pensar que hay alguien por ahí que recoge todas las ideas que andan sueltas por la calle, sean buenas o malas. Y  ni siquiera se las llevan para trabajar en casa, las sueltan en el BOE y se quedan tan tranquilos. Y luego sale lo que sale. Qué me digan si no cómo fue lo del famoso 324, el límite de instrucción sin un triste eurito e presupuesto, cuya derogación formaba parte de la lista de reivindicaciones en nuestras movilizaciones. Que, por cierto, veremos si con el cambio de director de nuestro teatro  ns hacen un poco más de casito, que ya nos toca.

Yo me acuerdo de eso todos los días, porque mi ordenador tiene a bien informarme –cuando funciona el programa, claro está- que “revise el plazo” de esta u otra causa. Y, la verdad, me hace sentirme como en aquellas series de mi infancia, cuando al Superagente 86  le llegaba el recado con la misión diciendo que este mensaje se autodestruirá en 3 minutos. Lo malo es que no solo me identificó con él en eso. Su zapatófono me recuerda mucho a algunos de los móviles que aun circulan por ahí para las guardias y otros menesteres. Y conste que no exagero. Seguro que alguien puede probarlo con una foto al efecto.

Y claro, así nos va, atrapando ideas como si no hubiera un mañana. Con unas reformas  que nos ponen los pelos verdes a quienes trabajamos y mas todavía a los sufridos opositores  y opositoras, que acuden rápidamente a mi cabeza en cuanto alguien anuncia la última ocurrencia  legislativa. Aun recuerdo el síndrome del pánico al telediario, que me asaltaba cada vez que, estando preparando la oposición, una locutora muy sonriente anunciaba que iba a cambiar tal o cual ley. Y creo que todavía no me he curado, o que se me ha quedado como secuela permanente. Tendré que preguntar al forense  en cuantos puntos del baremo se valora eso.

A ese síndrome se ha unido otro, que me asaltó sin previo aviso en cuanto me toguitaconé por vez primera. Se trata de la revisionofobia, una suerte de cuadro clínico que presentamos en cuanto nos toca arremagarnos para revisar  y volver a revisar causas a toda máquina, en busca de cuál es el Código Penal más favorable, para aplicarlo al caso, incluida todas sus disposiciones adicionales y transitorias, que nos nos falte de na, que no, que no. Para quien aún no lo haya sufrido, se caracteriza por ansiedad, temblores y una enorme dificultad para sacar la cabeza entre tantos papeles que puede acabar en dolores musculares. Así que tengamos cuidado

Estas advertencias no son baladíes. Las hago con toda la intención porque, visto lo visto, se avecinan tiempos de cambios. Hay que deshacer muchas cosas y rehacer otras y eso, como la Fama, cuesta y lo acabaremos pagando con sudor. Espero que no sea con sudores fríos.

Así que acabaré dirigiéndome a las ideas que andan corriendo por ahí. Por favor, no se vayan con cualquiera ni se empeñen en salir antes de tiempo. Dejen que se las lleven, las acunen y las mimen antes de hacer su puesta de largo en el BOE. Y a quienes lleguen a dirigir nuestras funciones, tampoco se conformen con la primera idea que se encuentren. Que de ésas ya hemos tenido más que de sobra.

Y esta vez no acabaré con un aplauso. Hoy lo voy a dejar en suspenso, como esos juicios que no llegan a celebrarse porque el colapso los sitúa en el furgón de cola, a la espera de cómo se porten quienes arriben a la cima de Toguilandia con las ideas que se encuentren por la calle. Espero que llegue el momento de aplaudir hasta que nos sangren las manos.

 

 

 

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