Derecho Internacional: hasta Toguilandia y más allá


              A veces tenemos la sensación de que la vida no existe más allá de nuestras fronteras. Pero hoy día la globalización es cada día mayor y las fronteras se desdibujan más. Por eso son necesarias unas normas que regulen los derechos de todo el mundo para evitar que vuelva a pasar aquello que todo el mundo conoce y que reflejaron películas como La lista de Schlinder o Vencedores y vencidos, sobre los juicios de Nuremberg. Aunque lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial no es el único caso. En el cine hemos visto otros casos de infracciones de derechos humanos en películas como 1985, Todavía sigo aquí, Missing, Grita libertad, Arde Mississippi y otras muchas. Ojalá no hubiera tantos frentes que cubrir.

              En nuestro teatro vivimos el día a día, el minuto a minuto y el segundo a segundo de manera tan intensa que a veces se olvida que el Derecho no acaba ante nuestras narices. Pero entonces llega la realidad y nos da un puñetazo en las narices. O, mejor dicho, en los derechos.

              Como quiera que el mundo anda muy revuelto, miremos adonde miremos, no nos queda otra que desempolvar los conocimientos que algún día estudiamos casi como una maría. Ese Derecho Internacional que a veces tenemos tan olvidado y sin el cual la comunidad internacional no podría conducirse.

              Tal vez lo primero que hay que aclarar es que Derecho Internacional no es el que se aplica allende nuestras fronteras sin más. Hay que diferenciarlo de lo que se denomina Derecho comparado, que es el derecho interno de otros estados en una materia que se estudia como modelo a seguir o a evitar en cada caso.

              El Derecho Internacional forma parte de nuestro ordenamiento en virtud de lo que establece nuestra propia norma fundamental, la Constitución, que da valor a los tratados internacionales en los que nuestro país sea parte siempre que hayan sido ratificados, publicados y cumplido con las formalidades necesarias en cada caso.

              De ahí se desprende la principal característica que diferencia estas normas de las de derecho interno. Su aplicación no es automática ni vincula a todos los países. Solo lo hace a aquellos que se han unido al convenio de que se trate, y no hay manera de obligar a un Estado a que forme parte de determinado tratado, o de que permanezca en su ámbito de aplicación, nos guste o no. En la práctica, resulta relativamente frecuente encontrarnos con problemas en cuanto a la aplicación de las normas de extradición, dependiendo de si el país de que se trata es parte del convenio existente al efecto o no.

              A lo que sí se le podría obligar a un Estado es a que cumpla con las obligaciones derivadas de un convenio que sí que ha ratificado. El problema es, como otras veces, que del dicho al hecho hay un buen trecho, y que a día de hoy es difícil saber con que medios se contaría de tener que imponer a un estado rebelde el cumplimiento forzoso. Ojalá no nos lleguemos a ver en ese brete.

              El verdadero problema hoy día es que esas normas que pueden no cumplirse afectan a los derechos humanos. Y, lamentablemente, una cosa así, que parecía muy lejana, hoy se dibuja en el horizonte como una posibilidad real. Real y aterradora.

              Por otro lado, diferente, aunque muy cercano es el derecho transnacional que se aplica en estados que han decidido formar parte de una comunidad jurídica que traspasa las fronteras de un Estado, como ocurre con la Unión Europea. Al pasar a formar parte de la misma, se acepta su cuerpo jurídico, sus instituciones, su órgano legislador y sus propias leyes, así como la competencia del tribunal correspondiente. Y, ello, por supuesto, con sus ventajas y sus inconvenientes, aunque las primeras siempre han de supera a los segundos o la cosa carecería de sentido.

              En estos tiempos el Derecho Internacional se hace más necesario que nunca, aunque habrá que ver si cuenta con suficientes herramientas para hacerlo efectivo. Si es así, mi aplauso para quien contribuya a lograrlo. Que buena falta nos hace

Rehabilitación: posibilidad o quimera


                La rehabilitación, sea de adicciones, de accidentes, o de cualquier otro tipo, es un proceso tan complejo que ha dado lugar a mucha literatura y, como no, a mucho reflejo en las pantallas. Los tipos más conocidos son los de personas que han tenido un accidente, como ocurre a una de las protagonistas de Mar adentro, que son víctimas de hechos delictivos, como el caso de A propósito de Henry, y, principalmente, que sufren adicciones, se consiga o no, tal conforme vemos en Días de vino y rosas referida al alcohol, o en muchas otras películas en relación con las adicciones a drogas.

                En nuestro teatro, la rehabilitación es tan importante que tiene hasta su hueco en la Constitución. Según nuestra ley más importante, así como según el Código Penal, las penas tienen por din la rehabilitación , a lo cual ya dedicamos un estreno ya hace tiempo. Aunque, en la práctica, del dicho al hecho hay un buen trecho.

                Como decía, las penas tienen como uno de sus fines esenciales la rehabilitación, aunque en la creencia popular parece que prevalece la función represora sobre la función rehabilitadora. De hecho, y sobre todo cuando se trata de delitos especialmente reprochables o llamativos -o ambas cosas a un tiempo- suelen aparecer voces que claman más por una venganza social que por una justicia verdadera.

                Esto es algo que sucede con frecuencia cada vez que un hecho especialmente luctuoso es cometido por menores. La opinión pública clama por la aplicación de penas mucho más graves que las previstas para los menares de edad que, además, no son penas sino medidas. Sin embargo, la rehabilitación es posible, y aunque hay menores que continúan su vida delictiva después de la mayoría de edad, hay otros que cometen hechos terribles y después cambian. Recordemos, sin ir más lejos, el tristemente célebre en su día asesino de la catana.

                También es más que posible la rehabilitación en personas adultas, y se ha conseguido en algunos casos muy conocidos. Para citar alguno, ,me referiré al de El Lute, que tras ser uno de los delincuentes más perseguidos, se rehabilitó en prisión y llegó a convertirse en abogado, o el caso del delincuente juvenil conocido como “El pera”, que pasó de ser un maestro de la delincuencia al volante a colaborar con las fuerzas y cuerpos de seguridad para formación en la conducción, lo que mejor se le daba. En ambos casos encontramos películas que cuentan su historia.

                No podemos perder de vista que en parte de la delincuencia está relacionada con las adicciones a drogas o sustancias estupefacientes, y que la rehabilitación de estas adicciones trae consigo el inicio de una nueva vida lejos del delito. Los que lo consiguen, claro, porque hay quien no lo superó. Basta con recordar la negra época de la heroína con sus secuelas de sobredosis y de muertes por SIDA

                En estos casos, la rehabilitación puede tener lugar tanto fuera como dentro de la cárcel. Son de sobra conocidas iniciativas como Proyecto Hombre o la labor que se realiza dentro de las prisiones. Tan es así que he llegado a ver casos en que los presos preventivos suplicaban seguir en prisión porque era la única manera en que se veían capaces de rehabilitarse. Verdad verdadera.

                Diferente de la rehabilitación y la reinserción social, aunque muy relacionada, está la reeducación. El propio Código Penal prevé cursos de reeducación como medidas de seguridad o reglas de conducta exigibles como requisito para conceder la suspensión de la ejecución de la pena.

                Así, en el caso de la violencia de género, es absolutamente obligatorio, para conceder la suspensión de la pena, que el penado se someta a un curso de reeducación en materia de igualdad.

                En otros ámbitos, aun cuando no sea obligatorio, es recomendable, y en algunos casos el Ministerio Fiscal o el Tribunal los impone como requisitos para conceder la suspensión. Así ocurre en muchos casos en los delitos de odio, en los que caben dos modalidades de curso: de reeducación en igualdad y de prevención de comportamientos violentos. No obstante, también en esto del dicho al hecho hay un buen trecho y a veces la dificultad de encontrar quine establezca estos cursos hacen ilusoria esta posibilidad.

                Más sencillo es, sin embargo, cuando los condenados se encuentran en prisión, aunque en este caso la voluntariedad es total, no como requisito de la suspensión. Eso sí, siempre se puede tener en cuenta para la concesión de beneficios penitenciarios.

                En definitiva, la rehabilitación y la reeducación es posible, con su necesaria consecuencia de reinserción, aunque no siempre se consiga. Por eso, el aplauso de hoy es para quienes lo logran y para quienes les ayudan a ello. Porque unos y otros lo merecen

Roscón de Reyes: a ver qué nos cae


              La última de las tradiciones navideñas, con la llegada de los Reyes Magos, es la del roscón de Reyes, un dulce propio de la fecha que en algunos lugares tiene características propias (en mi tierra convive con la Casca de Reis). Dado su carácter propio, pocas o ninguna película le dedican su espacio, ni las pocas en que Los Reyes Magos aparecen. Y es que, como siempre digo, nuestra cultura audiovisual es muy anglosajona y ahí es Papá Noel quien gana por goleada.

              En nuestro teatro, no hay roscón de reyes que valga. El día 6 es el último del período inhábil navideño y, salvo para quienes tengan que atendar la guardia, los juzgados son un erial. Y es que hay que recibir a los Reyes como tocan.

              Este año quería dedicar la función no tanto a la carta a los Reyes que cada año escribimos sin mucho resultado, sino al roscón. Y no me refiero al dulce en sí, sino a las sorpresas que llevan dentro, que suelen ser una buena (el rey o similares) y la negativa, el haba, que determina quién habrá de pagar el roscón al año siguiente. Así que toca ver qué o quién se lleva cada una, y si lo merece.

              En cuanto a lo positivo, llevo un rato pensando y me cuesta encontrar algo. Porque el año judicial ha venido marcado por la entrada en vigor de la llamada ley de eficiencia que, hasta el momento, no ha demostrado ser muy eficiente. Veremos a ver qué pasa cuándo acabe la transformación de los juzgados de toda la vida en tribunales de instancia. Aunque yo sigo teniendo la impresión de que se trata de los mismos perros con distintos collares. O con unos collares un poco más menguados, si supone la reducción de plazas de funcionariado. El tiempo lo dirá.

              Otro de los hitos, este claramente negativo, ha sido la imputación y posterior juicio y condena del Fiscal General del Estado. Un hecho inaudito en nuestro Derecho que se mire por donde se mire, ha creado un precedente peligroso y dañado considerablemente la imagen de la justicia. Veremos si el año venidero nos trae la resolución de un recurso ante el Tribunal Constitucional.

              Tampoco ha hecho nada de bien a nuestra sufrida Toguilandia la continua judicialización de la política, o la politización de la justica, no sabría muy bien como enfocarlo. Pero nos estamos acostumbrando peligrosamente a los desfiles de políticos por juzgados y tribunales, de una parte, y al “denuncia, que algo queda” de otra. Y ni una cosa ni otra nos favorece lo más mínimo.

              Ahora, para acabarlo de arreglar, nos hemos de salir del ámbito del Derecho interno y entrar de lleno en el Derecho Internacional, habida cuenta la última -me temo que penúltima- acción del presiente norteamericano sobre Venezuela. Y hay que ver como de repente salen de debajo de las piedras todólogos que saben todo de Derecho Internacional, aunque no hayan pisado una facultad de Derecho en su vida. Aunque lo que realmente me preocupa de esta cuestión es la confusión entre la condena al régimen de Maduro y el a todas luces inmerecido aplauso de la acción norteamericana que se salta todas las normas internacionales. Veremos cómo evoluciona.

              Así que, al final, muchas habas y pocos reyes. Porque lo de la tan cacareada instrucción del fiscal ni está ni se la espera, por más que lo anuncien a bombo y platillo. Y que como no sea con dotación de medios, más vale no meneallo.

              Por todo esto, hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso lo diferimos para un futuro, a ver quién paga el haba.

              No obstante, no me resisto a compartir como imagen no solo el roscón tradicional sino la versión libre que hacemos en mi casa. Una tradición que empezó cuando mi padre no podía probar el azúcar y entonces no existían las versiones sin, y que hemos mantenido aunque ya hace mucho que no está con nosotros,

2026: vamos allá


                La Noche de fin de año es tema común de muchas películas, como Cuando Harry encontró a Sally, EL apartamento, Mientras dormías, Los amigos de Peter o Noche de Fin de año, entre otras muchas. Y es que es una noche para celebrar muchas cosas o, al menos, para dar una patada al año anterior que no nos fue bien y recibir con esperanza al nuevo. Es lo que hay.

                En nuestro teatro, la Nochevieja la celebra cada cual en su casa, salvo quien tenga  la mala fortuna de estar de guardia. Nunca llueve a gusto de todos, ni siquiera en Toguilandia.

                Pero, si hay un clásico de final de año, es hacer balance del año que se marcha. Un año que en lo jurídico nos ha traído muchos cambios y muchos quebraderos de cabeza, con esa ley de eficiencia a la que no le acabamos de coger el tranquillo, por decirlo de algún modo. Si a eso le sumamos los cambios que con la digitalización hemos tenido en algunos lugares, es la tormenta perfecta. A ver si el próximo año nos acoplamos a todos los cambios y descubrimos, por fin, lo que tienen de bueno, que deben tenerlo.

                En Con mi toga y mis tacones también vamos a hacer un repaso de lo que pasó este año no en general, que ya hay muchos programas de televisión que lo hacen, sino a quien hace posible que cada semana haya una o dos funciones. O sea, yo misma.

                Y es que este año ha tenido cosas buenas, per hay algo que ha opacado todo su brillo. Mi madre nos dejaba para siempre, después de más de 100 años dándome ejemplo e inspiración. Y como dice el refrán, nunca las desgracias vienen solas, y la pérdida de otra persona muy querida, en este caso inesperada, tiñó el año de negro.

                Pero no todo ha sido malo, desde luego. Siempre tengo mis bailes, mis escritos y alguna que otra cosa que me ayuda cuando me destoguitacono cada día.

                Y así, el mes de febrero salía a la luz mi última -dentro de nada ya no será la última- criatura, Creía que era feliz, mi estreno con la editorial Sargantana que me ha traído muchas alegrías y que espero que me traerá muchas más, si las cosas no se tuercen. Porque está en el aire una de esas cosas que se supone que no se cuenta por si se gafan, así que emplazo a quine me lea a una futura noticia al respecto.

                Las letras y, en particular, las relacionadas con otra de mis grandes pasiones, las Fallas, también me dieron alegrías. Y así, además de mi contribución a diferentes llibrets falleros, tuve el honor de ser finalista en el concurso de relatos de El turista fallero y también que resultara premiada con uno de mis Aproposits y una obra de microretatre faller.

                Y ya en primavera sucedieron dos de las mejores cosas del año, y de muchos años. Una de ellas fue mi designación como doctora esmorzaris causa, un título que, entre bromas y veras, celebra la aportación a la sociedad de las personas a las que decide destacar, siempre en e entorno de la cultura del almuerzo, de nuestro tradicional esmorzar. Un verdadero honor.

                El otro hito consistió en poder ejercer de mantenedora en la exaltación de las fallas mayores de la que siempre ha sido mi agrupación fallera, la de Ruzafa. De esos momentos que se guardan en la memoria para siempre.

                Como siempre, he participado en varios libros colectivos como Corazones de barro, de editorial Vinatea, dedicado a historias de la Dana, y 101 relatos LGTBI, de la misma editorial, cuya temática resulta obvia con leer el título. También tuvimos estreno con Generación Bibliocafé, con el libro Ángeles sin alas, con fin solidario y dedicado al voluntariado, y con un significado especial porque se lo dedicamos a una de nuestras compañeras, que también nos dejó este año. Y varias cosas más que se vienen en camino.

                Y hasta aquí este pequeño repaso a lo que sucedió este año, que no fue poco. Esperemos que el que viene traiga más y mejor. Y por eso le damos el aplauso desde ya, para animarle. No se nos vaya a empezar nada más empezar a andar.

Un año más: Lotería de la madrina


                La suerte forma parte de la vida. Y del mundo del cine, como siempre Tal vez por eso, una de las frases cinematográficas más famosas sea el ¡que la suerte te acompañe” de Star Wars, que un no meno famoso anuncio de la lotería de Navidad adoptó como slogan.

                En nuestro teatro, la suerte puede aparecer de muchas maneras. Pero hoy vamos a hablar de algo más que suerte. Más bien de justicia, o de reparar injusticias, que es a los que nos dedicamos en nuestra Toguilandia.

                Ya hace diez años que empezó la Lotería de la madrina de la que os hablo cada año. Diez años hace que recibiera la llamada de la Fundación Soledad Cazorla, un fondo creado por quine fue la primera fiscal de sala de violencia de género destinado a proporcionar becas d estudio a niños y niñas por haber perdido a su madre por culpa de la violencia de género.

                En general, cuando una mujer es asesinada en este contexto, nos solidarizamos con la familia, hacemos minutos de silencio por la víctima o rendimos homenajes varios y, cuando la actualidad se apaga, a otra cosa, mariposa. Y nadie piensa que esas criaturas no solo se han quedado sin madre -y, con frecuencia sin padre, porque está muerto o en la cárcel- sino que su vida se ha dado la vuelta como un calcetín. Por más que el estado ayude con pensiones, no siempre alcanzan para más de sobrevivir. Y los sueños se quedan dormidos. Unos sueños que, en muchas ocasiones, son tan sencillos y complejos a la vez como el de que esas criaturas consigan estudiar para ser lo que anhelan ser.

                Por eso nuestra Soledad, haciendo el bien más allá de la muerte, previó la creación de un fondo de becas para que estos niñas y niñas consigan aquello que anhelan, aquello a lo que tienen derecho. Y para que la sociedad reponga el daño inmenso que se les causó, en la medida de lo posible, Por eso hablaba de justicia.

                En el tiempo en que lleva en marcha este proyecto, muchos jóvenes han conseguido formarse. Quizás algún premio nobel, el día de mañana, haya conseguido llegar hasta allí por ese camino. Y si no hubiéramos estado ahí, la sociedad habría perdido un gran descubrimiento una obra literaria grandiosa o una enorme aportación a la paz.

                Por eso digo y repito que no hay ningún motivo para no contribuir. Es más, todo el mundo debería lanzarse a comprar su décimo solidario, porque es de los pocos juegos en que se gana, aunque se pierda. Y ninguna excusa me vale.

                Cuando, en otros años, he ofrecido a amigos y conocidos que compraran un décimo, he recibido excusas de los más peregrino. Y, si bien es cierto que la mayoría de amigas, amigos, familiares y conocidos colaboran sin dudarlo, hay algunas respuestas que me han dejado de pasta de boniato. Cosas como que no compro porque no creo en la violencia de género, porque los hombres también maltratan, porque hay muchas denuncias falsas o porque yo tengo un hijo. Pues ni así me vale. Porque, aunque algo de todo eso fuera cierto, en lo que no voy a entrar ahora porque ya he argumentado por activa y por pasiva, no borra una realidad incontestable: esas huérfanas y huérfanos existe, han perdido a su madre y necesitan ayuda. Y no dársela no tiene un pase.

                Aunque hay otra de las excusas que todavía me gusta más, si cabe. La de que ¿por qué no ayudáis las víctimas de cáncer, de accidentes de tráfico, de hambrunas en África o de siniestralidad? Pues, en primer término, es posible que también lo hagamos porque contribuir a esta causa no impide hacerlo a otras, y porque no se puede hacer todo al mismo tiempo. ¿O acaso alguien critica a la asociación contra el cáncer poque no se dedique a los enfermos de Alzheimer o al voluntario que va a Sudamérica por ni irse a Afganistán? Absurdo, ¿no? Pues eso.

                Pero que nadie se preocupe, que llegamos a tiempo. No hay más que darle clic a este enlace o al que dejo abajo y misión cumplida. Y entonces es cuando daré el aplauso de hoy. Dedicado a todas las personas que contribuyen. Porque hace mucha falta.

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

Sin olvidar, una año más también, el aplauso a la cesión solidaria y cariñosa que madebycarol hace de una imagen confeccionada ad hoc. Mil gracias, amiga

Iurisnavidades: justifelicidades


I

              Cada Navidad lo repetimos. Las películas navideñas son tropel, y llegadas estas fechas, invaden nuestras pantallas, pequeñas y grandes. Van desde las autóctonas películas familiares, tanto antiguas como La Gran Familia o La familia y uno más como la reciente saga de Padre no hay más que uno. Y, por supuesto, las que vienen de allende los mares, con Que bello es vivir a la cabeza, Love Actually o cualquier saga de Santa Claus. Es lo que toca en estas fechas.

              En nuestro teatro, las Navidades también tienen su influencia, aunque no lo parezca. Especialmente cuando, desde hace poco, se consiguió que los días de fiestas navideñas sean inhábiles a los efectos de cómputo de plazos, un verdadero logro que en otro momento hubiera parecido impensable.

              De este modo, eliminados juicios, declaraciones y vistas, solo nos queda aquello que se realiza en las guardias, que no es poca cosa, y que en estos días tiene tintes particulares.

              En mis más de treinta años haciendo guardias, siempre esperé que el día de Navidad, o alguno de sus aledaños, me trajeran detenido a Papá Noel o a los Reyes Magos por allanamiento de morada o por una confundida tentativa de delito de robo. No me ocurrió nunca, ni con los auténticos, ni con algunos de pega, aunque sí sé de algún compañero que se ha visto en este trance. Hay quien sí ha tenido detenidos disfrazados de Santa Claus, de paje, de elfo o de Rey Mago, que aprovechaba la magia navideña para hacer el agosto en diciembre. Y es que siempre hay quine aprovecha cualquier oportunidad.

              Lo que sí me he encontrado más de una vez es a personajes con disfraz navideño que habían bebido más de la cuenta y habían acabado en una discusión con pelea, lesiones o cualquier tipo de delito menor. Por suerte, que en esos casos también puede haber resultados terribles.

              Y si hablamos de Nochevieja, la cosa se pone aun más peliaguda. Y es que el alcohol favorece la delincuencia, en Navidad y todo el año, pero en este momento especialmente.

              El cuñadismo también da de sí, y hay reuniones familiares que acaban como el rosario de la aurora Y es que querer tener siempre razón no es bueno, pero defenderlo a cualquier precio botella en ristre es aún peor.

              No obstante, y más allá de estos delitos anecdóticos, hay otros que hay que tomarse más en serio, si cabe. Son, de una parte, los relacionados con la conducción. Aunque nuestra concienciación ha aumentado considerablemente en los últimos años, hay quine todavía no ha interiorizado lo que decía aquel viejo spot, que tan famosos se hizo en una época “si bebes no conduzcas”. Y los resultados pueden ser catastróficos para el autor y para quienes encuentre en su camino.

              El otro grupo de delitos lamentablemente frecuentes en esta época es el relacionado con la violencia doméstica y la violencia de género. El coctel formado por el aumento de la convivencia y el consumo de alcohol no es que cause en sí este tipo de violencia, pero sí hace que se den los peores resultados en una situación de violencia ya existente. Es como encender la llama en un polvorín.

              De otra parte, las Navidades tren consigo otro fenómeno muy triste. La soledad impuesta y la alegría casi obligatoria hacen que quien se encentra en una situación límite tome decisiones irreversibles. Por eso es un momento especialmente peligroso para los suicidios. Tampoco en este caso, como en el anterior, es la Navidad la que los causa, pero es el factor que acelera la tragedia en una situación preexistente.

              Y no me despediré hoy sin referirme a los delitos relacionados con la picaresca. Estafas que afectan a sorteos o a loterías inexistentes han sido un clásico navideño durante mucho tiempo. Qué le vamos a hacer.

              Por supuesto, no cerraremos este telón navideño sin dar el aplauso, esta vez con pandereta y zambomba. Y está destinado, como no, a quienes han de trabajar en estos días, especialmente en las festividades más sonadas. Buena guardia para ellas y ellos y feliz Navidad a todo el mundo toguitaconado.

#Relato : TBC


Hoy el estreno es mi relato contenido en el recién estrenado libro de Generación Bibliocafé dedicado al voluntariado

TBC

  • Señora abogada, ¿qué es esto de TBC que pone en la carta?
  • Significa “trabajos en beneficio de la comunidad” y es la condena que aceptaste en el juicio. ¿No lo recuerdas, Marita?
  • ¿Juicio?  ¿Qué juicio? Lo que firmé era un acuerdo por el incidente de la tienda
  • Era un juicio, Marita. Y lo que tú llamas “incidente” fue el hurto de un bolso. Un delito, vaya
  • No se ponga así, señora abogada. Era un Luisvi, toda una tentación. Seguro que tienen muchos más. Y ya lo devolví
  • ¿Un Luisvi, dices? Un bolso de marca que cuesta más de 2500 euros. Y que no te hacía ninguna falta
  • Es usted muy exagerada. Yo creía que pagaría una multa y ya está
  • Ya dijo la fiscal que no te ofrecía pena de multa, sino trabajos en beneficio de la comunidad, a ver si aprendías algo. Y, visto lo visto, tenía razón
  • ¿Y qué he de hacer, entonces? ¿trabajar gratis en la tienda? ¿No pretenderán…que la limpie?

         Como abogada de oficio, he tenido que bregar con muchos delincuentes, pero Marita ha sido una de las que más me enervaba. Aquellos aires de marquesa, aquella falta de ética y su forma de tratarme me sacaban de quicio. Me costó entender que no tuviera un abogado particular, pero sus padres dijeron, y con razón, que estaban hartos de sacar las castañas del fuego a su hija, y me cayó aquella niñata en suerte. O, más bien, en desgracia.

            Le expliqué, con toda la paciencia de que fui capaz, en qué consistían los trabajos en beneficio de la comunidad, y que no sería como esas famosas que salían en las revistas barriendo la calle con un modelito glamuroso. Le dije que tenía que presentarse en la Cruz Roja donde le asignarían una tarea que, con suerte, sería como la que hacían los voluntarios. Y añadí que, por la dirección que ponía, probablemente tendría que trabajar con migrantes ese verano.

  • ¿Queeé?  -me preguntó, abriendo mucho sus ojos perfectamente maquillados- No puede ser. En verano voy a la urbanización de mi madrina. Es muy exclusiva y va lo mejor de la sociedad. No puedo fallarle, ya me he hecho las uñas y las mechas y todo. Además ¿qué pensarán de mi si saben que he estado atendiendo a …migrantes?

         Respiré hondo. Si le contestaba lo que me pedía el cuerpo, a buen seguro me abrirían expediente en el Colegio de Abogados por insultar a una cliente, y con razón. Conté hasta diez

  • Bueno, hay otra opción
  • Menos mal
  • Puedes cumplir la pena en la cárcel.

           No volví a saber de Marita en casi dos años, así que supuse que todo iba bien. Hasta que recibí una llamada suya y me saltaron las alertas. Me pedía cita para esa misma tarde, y decía que era urgente. Supuse que sería el único rato que tendría libre en su apretada agenda social.

            Cuando llegó, me costó reconocerla. No quedaba ni rastro de sus uñas y sus pestañas postizas. Había cambiado sus mechas onduladas por una sencilla colete y su bolso de marca por una mochila. Todavía llevaba un chaleco de la Cruz Roja, que se quitó al sentarse en mi despacho

  • ¿Aun no has acabado de cumplir los TBC?
  • Sí, sí. Terminé hace casi un año. Pero me he quedado de voluntaria

             Abrí tanto los ojos como ella cuando, en su día, le dije a ella que tenía que trabajar con migrantes

  • Creía que iba a ser una experiencia terrible, pero es lo mejor que me ha pasado en la vida. Nada más llegar, me tocó ir a ayudar tras el naufragio de una patera. Había niños muertos de la misma edad que mis sobrinas, y una mujer embarazada de ocho meses se murió en mis brazos. Me di cuenta de lo difícil que deben tenerlo estas personas para arriesgarlo todo en un viaje tan horrible. Y lloré, lloré muchísimo
  • Te dieron lástima, claro
  • Pues sí. Pero más lástima sentí de mí misma. Me avergonzaba no solo de robar esa mierda de bolso, sino de la vida que he llevado hasta ahora, viviendo a cuerpo de reina y quejándome siempre de tonterías. Me costó mucho contárselo a mis compañeras, voluntarias de verdad, no como yo, pero lo hice
  • ¿Y?
  • Y me acogieron como si nada. Es admirable lo que hacen. En el tiempo que estive allí, atendimos a los supervivientes de varias pateras. Una de mis compañeras todavía está en el hospital porque se lanzó al agua y estivo a punto de ahogarse. Por eso decidí quedarme
  • Y ¿venías a contármelo?
  • No. Venía a pedirle que me arregle los papeles y el tema de los antecedentes penales. Tengo previsto irme a África con una ONG para estar de voluntaria dos años como mínimo. Y salgo en dos meses. No puedo perder esta oportunidad. Por favor. Le pagaré lo que sea.

              Pocas veces me he empleado tan a fondo para conseguir algo como abogada. Sin cobrar, por supuesto

#cuentosdeNavidad : Navidades malditas


NAVIDADES MALDITAS

  • Mamá, ¿quieres el regalo de Navidad que hemos hecho el colegio?
  • Ya sabes que no quiero saber nada de la Navidad. Regálaselo a la tía, o a quien quieras. Yo no quiero nada
  • Pero mami…míralo al menos
  • No seas pesada, Marta. Ya me has oído.

         Todavía recordaba esa conversación como si fuera ahora mismo. Yo tenía unos cuatro o cinco años, y era la primera vez que me percataba de aquella animadversión de mi madre a la Navidad. Lo cierto es que nunca la habíamos celebrado, pero yo nunca había sido consciente de ello hasta que en la guardería pasamos todo el mes haciendo un árbol de navidad con botes de yogur y, cuando lo llevé a casa, mi madre casi me lo tira a la cara.

            Entonces no podía saberlo, porque era un tema tabú, pero una tarde de Nochebuena, cuando ella estaba embarazada de mí, mi padre sufrió un accidente de tráfico en el que fallecieron él, el que hubiera sido mi hermano mayor, y sus padres, mis dos abuelos. Un verdadero drama que mi madre no había superado, y que se hacía especialmente presente en nuestra vida cuando llegaban estas fechas. Por supuesto, en mi casa no había árbol ni belén, ni espumillón decorando los marcos de las puertas, ni se cantaban villancicos. Es más, se solía apagar la televisión para que no aparecieran anuncios que decían que volvías a casa por Navidad, o en los que bailaban mujeres vestidas con vestidos brillantes animando al consumo de cava.

            En cuanto a los regalos, mi madre solía hacérmelos cuando yo quisiera o llegado mi cumpleaños, sin necesidad de cartas a los Reyes o a Papá Noel. Ella no quería intermediarios navideños. Pero yo entonces no comprendía nada. Y se lo contaba llorando a mi mejor amiga cuando vino un día a merendar a nuestra casa.

  • ¿Y a ti no te traen nada los Reyes Magos? ¿O Papá Noel?
  • No
  • Entonces ¿a quién le vas a pedir los patines que hemos pedido toda la clase? ¿Te vas a quedar sin patines?
  • Se los pediré a mi madre. Ella siempre me compra lo que pido
  • Pues es una pena, porque si te los trajeran los Reyes, tu mamá no tendría que gastarse el dinerito
  • No sé…
  • Pero ¿tú te portas bien todo el año? Porque a lo mejor es eso. Los Reyes traen cosas solo a los niños que se portan bien
  • Pues yo me porto bien. Te lo prometo

           No me percaté de que mi madre estaba escuchándolo todo desde la puerta, que se disponía a abrir para traernos la merienda. Tampoco puede ver sus lágrimas, aunque estoy segura de que ella sí vio las mías.

            Al día siguiente, en el recibidor de mi casa lucía orgulloso el arbolito hecho de envases de yogur, y las puertas y ventanas de nuestra casa amanecieron decoradas con espumillón brillante y lazos rojos. No podía creerlo, pero no quise decir nada por si la magia desaparecía. Fue entonces cuando decidí escribir mi cata a los Reyes Magos, y les pedí los patines que tanto anhelaba. No le dije nada a mi madre, porque eso era una cosa entre los Reyes y yo.

            El día 6 de enero corrí al árbol que había hecho en clase, y cuando vi varios paquetes primorosamente envueltos, no podía creerlo. Los Reyes me habían hecho caso, y allí tenía mis patines, además de un traje de bailarina de color rosa que era mi sueño desde hacía tiempo

  • Mami, ¿has visto? Los Reyes Magos me han hecho caso

              Mi madre me abrazó llorando, sin decir nada. Aquella fue mi primera Navidad, y la recuerdo como la más feliz de mi vida. Le siguieron otras muchas, hasta el día en que descubrí la razón de que mi madre las odiara tanto. Para entonces, ya se había reconciliado con ellas.

Ejemplaridad: aviso a navegantes


              La ejemplaridad no es poca cosa. En cualquier materia se pueden tomar decisiones ejemplares, o ejemplarizantes, que no es lo mismo, aunque se parezca. Que una cosa son Las novelas ejemplares y otra tener un Mal ejemplo o ser Un ciudadano ejemplar. Pero sea como fuere, siempre surge la duda entre lo que es un ejemplo lo que es ejemplar y lo que es ejemplarizante.

              En nuestro teatro tenemos ejemplos de muchas cosas, ejemplares de todas clases, conductas ejemplares y otras que no lo son tanto. Lo que me suscita muchas dudas es si en nuestro trabajo podemos ser ejemplarizantes, o si hemos de serlo en algún caso. Y a eso es a lo que voy.

              En la profesión médica se habla con cierta frecuencia del síndrome del recomendado. Esas intervenciones o actuaciones que, a fuerza de querer hacerlas bien por estar implicado alguien conocido, acaban teniendo resultados curiosos, por decirlo de algún modo.

              Esa figura se ha traspasado a otros ámbitos, y el Derecho y la Justicia no han escapado a ello. Todo el mundo conocemos casos en que, pensando que los implicados iban a salir bien parados por su relación con alguno de los profesionales intervinientes, la solución ha sido exactamente la contraria. Y eso puede ocurrir por mera mala suerte o, a veces, por exceso de celo. Que no se crean que por esas circunstancias personales se ha resuelto de manera más favorable a alguien. Y, en algunos de esos casos, sucede exactamente lo contrario. Porque no se vayan a creer lo que no es, se acaba siendo más implacable.

              Obviamente, esto no es así por regla general, y no debería serlo. Aunque a veces sea inevitable o, no siéndolo, sea esa la interpretación de quinen se ve perjudicado. Y es que cada cual ve las cosas según le afecta.

              Pero, más allá de estos casos, quería plantear hoy la cuestión de las resoluciones ejemplarizantes. O supuestamente ejemplarizantes. No es infrecuente el caso en que, ante un delito que, por sus circunstancias personales, como la relación entre autor y víctima, por el modus operandi, especialmente cruel, o por la alarma social que suscita, la sociedad reclame resoluciones judiciales ejemplarizantes. Una ejemplaridad, además, casi siempre mal entendida porque está más cerca de la venganza social que de la justicia.

              A cualquiera nos repugna la actitud del conductor que, borracho y drogado, atropella a uno o varios niños. Pero no se le puede imponer la pena de muerte ni la cadena perpetua porque, sencillamente, nuestro Derecho no lo contempla. Y lo mismo cabría decir para cualquier delito contra la vida o contra la libertad sexual en que las víctimas fueran menores o personas vulnerables.

              Algo parecido ocurre cuando las personas acusadas son personajes públicos por una u otra razón. Muchas veces se demanda que vayan a prisión cuando en otros supuestos entre gente anónima no pasa lo mismo, simplemente porque se tiene un sentimiento de reproche que hace que se piense que merecen ser castigados más que otras personas.

              Pero la justicia ha de ser ejemplar, pero no ejemplarizante, más allá de lo que sucede en otros casos. Y las sentencias condenatorias son un aviso a navegantes de que esa conducta tiene un castigo, pero no pueden imponer más castigo del que corresponde porque todo el mundo sepa que eso no se puede hacer.

              Las sentencias han de ser justas y adecuarse a la legalidad. Aunque pueda no estarse de acuerdo con que lo que se merezca subjetivamente esa persona sea un castigo mayor. Y esa es, precisamente, la grandeza del Estado de Derecho y del principio de legalidad. Entender otra cosa sería infringirlo.

              Por eso, el aplauso no puede sino dedicarse a quienes hacen sus dictámenes y resoluciones sin dejarse influenciar por la opinión pública. Porque no siempre es fácil sustraerse de ella.

Números de teléfono: resolviendo


Desde que los teléfonos se incorporaron al mundo moderno, las vidas de las personas cambiaron. Y más cambiaron aún cuando pasaron de ser fijos a móviles. Por eso, los teléfonos forman parte de muchas películas como Teléfono rojo, volamos hacia Moscú o Pijama para dos en su versión de teléfono fijo, o Perfectos desconocidos o La otra Missy

En nuestro teatro, los teléfonos cumplen una función tan importante como en cualquier otro aspecto de la vida, como no podía ser de otro modo. Pero hoy no vamos a hablar de los terminales, a los que ya dedicamos un estreno al analizar la evolución del fijo al móvil, sino de los números de teléfono y su importancia, especialmente en la instrucción.

Conocer el número de teléfono de una persona es fundamental cuando es parte o interviene en un proceso. De un lado, para localizarlo, sin duda. Pero, además de ello, el número de móvil puede ser la prueba fundamental en delitos que se cometen a través de aplicaciones de mensajería como Whatsapp. Y ojo, no basta con que sea el número que el investigado ha reconocido como propio en su declaración ante el juzgado, sino que hay que acreditarlo. Porque, como he dicho y repetido, el acusado no tiene obligación de decir verdad y puede mentir como un bellaco. ¿Y qué pasa si n tenemos acreditada de otra manera la titularidad del número de móvil del acusado y este el juicio oral niega que eso número sea el suyo? Pues eso.

            La otra cuestión importante es la de los teléfonos de emergencias, que mucho tienen que ver con la comisión de algunos delitos. En su día, fue muy popular el teléfono de la esperanza, donde voluntarios atendían al otro lado del auricular personas desesperadas hasta el punto de evitar suicidios. Y, aunque hoy sigue existiendo y estoy segura de que se hace un buen trabajo, su popularidad no es la misma.

            Hoy en día todo el mundo conoce servicios telefónico de ayuda. El 112 quizás sea la más popular, que remite a emergencias, y que en ocasiones, como está ocurriendo en estos momentos el proceso abierto por la Dana de Valencia, puede tener una incidencia esencial en la investigación.

            Otro tanto sucede con otro de los teléfonos más conocidos, el 016, de ayuda a víctimas de violencia de género. Su existencia puede abortar más de una tragedia, y en más de un caso, las llamadas a este número pueden constituir un indicio importante de la comisión de este delito. Porque que no deje huella en la factura no significa que no se registren las llamadas y puedan conocerse de ser necesario.

            Ahora ha surgido otro número, que está llamado a constituir otro instrumento importante, el 017, referente a la violencia digital, que apenas ha empezado sus pasos. Y contamos con otros números de ayuda a menores o los de ONG dedicadas a la asistencia general o a sus diferentes ámbitos de actuación.

            Y, por supuesto, no podemos olvidar los números de atención de la policía, sobre todo los archiconocidos 091 y 092.

            El problema de todos estos números de emergencia es el colapso, del que sin duda, ya he citado el ejemplo más claro, el que se produjo en la Dana de Valencia, pero que también ocurre con cualquier catástrofe natural o accidentes. Los ejemplos son muchos y variados. Aunque también se puede encontrar una sin cobertura y pasar una peripecia como la que contaba en otro estreno, sobre salvamentos

            Así que, sálvese quien pueda. Y no olvidemos llamar a uno de estos teléfonos cuando haga falta, y hacerlo armados de paciencia, por si acaso. Y no nos confundamos con el famoso estribillo de Rafaella Carra. Aunque el aplauso no se lo daré a ella son a quienes atienden todos estos teléfonos. Porque lo merecen