NAVIDAD: TOGAS CON ESPUMILLÓN


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                Pocos temas han dado para tanto como la Navidad y el famoso espíritu navideño. Libros, películas o canciones se dedican a ella, desde la antológica “Qué bello es vivir” hasta las mil y una versiones de “Vuelve Santa Claus”, pasando por la clásica “Blanca Navidad” y tantas más. Y nuestra función tampoco podía sustraerse a esa temática, a veces almibarada y a veces no tanto.

                En estas fechas, las oficinas judiciales se llenan de adornos navideños, y hasta las togas se visten de espumillón, pero, como siempre, no es oro todo lo que reluce. Ni siquiera oropel.

                Siempre recordaré, a propósito de las Navidades, un juicio de faltas que por estas fechas celebré hace algunos años. Se trataba de una de esas encarnizadas riñas familiares a las que estamos tristemente acostumbrados, y que acaban a insultos, cuando no a tortas. El juicio nos llevó más de una hora, entre declaraciones encolerizadas de unos y de otros. Una de las denunciadas –a la vez que denunciante- llegó a contarnos cargada de razón que su cuñado fue cara a ella “hecho un obelisco”, ante lo cual otra de las intervinientes en tan singular lid dijo haber quedado “vitrificada”. Lo juro. Pero eso no fue todo. Tras escuchar todas las declaraciones, y llegado el momento de los informes el juez tomó la palabra. Ni corto ni perezoso, espetó a las partes: “veo que han tomado al pie de la letra lo de reunirse la familia por Navidad, pero han equivocado el sitio y, por supuesto, el modo”. Y se quedó tan a gusto. Ni que decir tiene que se despachó con una sentencia del tipo del “café para todos” que debió quitarles las ganas de semejantes algaradas. Y con toda la razón, dicho sea de paso.

                Pero no todo son anécdotas, más o menos simpáticas. La Navidad es un tiempo agridulce que exacerba los ánimos, sobreexcitados ad extra con el consumo de alcohol y con la convivencia más o menos forzada. Todos los que llevamos tiempo en esto hemos sabido de suicidios, de dramas familiares de malos tratos, de accidentes ocurridos por el abuso de alcohol, de conflictos por el reparto de vacaciones escolares, de peleas y reyertas en discotecas… Es la otra cara de la Navidad, ésa que también existe y la razón por la que no cerramos nuestro teatro ni encerramos nuestras togas, porque la función siempre debe seguir representándose.

                Todos nuestros personajes tendrán que estar alerta. Y, aunque sea Navidad, seguirán desfilando por las tablas de nuestro espectáculo jueces, fiscales, secretarios, imputados, testigos, médicos forenses, abogados, funcionarios, personal de asistencia a víctimas, chóferes, escoltas, fuerzas y cuerpos de seguridad, personal de limpieza y mantenimiento y todos los que representan su papel en la función, mientras público y ciudadanos siguen haciendo de espectadores, los periodistas de críticos, y los opositores y estudiantes siguen preparándose para encontrar su sitio, como esperan también recuperarlo esos sustitutos que un día fueron desalojados. Y todos, como siempre ha sido, con el apoyo de sus familias, siempre detrás, con Navidad o sin ella.

                Así que felices Navidades a todos ellos, a todos nosotros. A los que no saben si llegarán a tiempo a la cena de Nochebuena, a los que –como yo- ignoran si lograrán encontrar aún caliente el cocido navideño, a los que cruzarán los dedos para que una llamada de la guardia no interrumpa el sonido de las campanadas de Fin de Año, a los que no podrán llevar a sus hijos a la Cabalgata de Reyes, y a los que no podrán estar cuando los suyos abran sus regalos. Y también a los que tengan la suerte de no encontrarse en ninguno de estos casos y puedan disfrutar las fiestas sin más sobresaltos que algún que otro empacho de polvorones y cava.

                Mi toga adornada con espumillón, mis tacones más altos que nunca, y yo misma, os deseamos feliz Navidad a todos.

MEDALLAS: ¿OSCAR EN JUSTICIA?


RAIMUNDA

                Ya llevamos muchas representaciones en nuestro gran teatro, y todavía no hemos recibido ningún premio, más allá del aplauso del público, que no es poco. Pero no hay espectáculo que no tenga su noche de lucimiento en esas entregas de premios que todos hemos visto por televisión. Oscars, Goyas, Césars, Tonny, Palma de Oro de Cannes, Concha de Oro de San Sebastián y miles de otros premios que, más o menos merecidos, adornan el palmarés y las estanterías de los agraciados. Y, por supuesto, nuestra función no podría dejar de tener los suyos propios.

                Reconozco que la idea me vino fruto de la indignación. La indignación que me produjo cierta concesión de una “raimunda” –nuestro Oscar por antonomasia- hace unos cuantos días. Como no me gusta ponerme medallas que no me corresponden, reconozco también que, además de la indignación, me inspiró el post que un ilustre –además de Ilustrísimo- compañero, Salvador Viada, publicó en su blog, que a su vez fue rebloggeado por mi querida Loreto Ochando en su –nuestro- http://nosinmitoga.com/ Así que vayan los reconocimientos por delante. Al César lo que es del César.

                Lo bien cierto es que nuestra función tiene también sus propios premios. Y sus galas de entrega, no creamos que no, aunque bastante diferentes a las de la farándula. En lugar de vestidos de Versace o de Dior, las sempiternas togas, engalanadas con “placa y medalla de acuerdo con su rango”, como dice la ley. Y nada de alfombra roja ni de photocall: una sala de vistas, a poder ser la más solemne, o un salón de actos que haga las veces. Mucho más formales pero con menos glamur, qué duda cabe.

                Nuestro Oscar por antonomasia es, como he dicho, la Cruz de San Raimundo de Peñafort –vulgo, “raimunda”-, en sus distintas modalidades, que se otorga –o debería otorgarse- por los méritos del premiado al servicio de la justicia y de los ciudadanos. Conozco muchos compañeros, de esta carrera y de las carreras hermanas, que la han obtenido más que merecidamente. Por su servicio a la causa durante su carrera, por su intervención en juicios especialmente difíciles, por haber sido objeto de un ataque en el cumplimiento de su deber y por mil cosas más. También se dan algunas por haber servido en determinados organismos o instituciones, a los que no haré referencia directa por causas que ya saben quienes me conocen, aunque admito que la entrega con que se realizan estas funciones bien merece un reconocimiento. La mayoría de ellas, insisto, merecidísimas, como una a la que tengo un especial cariño y que llegó demasiado tarde, como tuve ocasión de contar en su día (http://nosinmitoga.com/2014/03/05/la-medalla-que-llego-tarde/). Por eso, precisamente, resulta irritante que algunas se den sin ton ni son. Porque son minoría y ensucian a quienes la ostentan con honor. Pero bueno, también hay Oscar que consideramos injustamente concedidos. Gajes del oficio, supongo.

                Pero además de “raimundas”, hay otros premios. Medallas otorgadas por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, por Colegios Profesionales, por Asociaciones públicas o privadas, y por cualquier institución u órgano que tenga a bien reconocer la valía de un compañero. Me quito el sombrero ante ellos, por supuesto. Pero también me gustaría hoy hacer un reconocimiento extra, el de las medallas que nunca se entregan y que se merecen tanto como las otras. La recompensa a llevar el trabajo al día, a hacerlo con entrega, a no desfallecer ante las adversidades, a seguir manteniendo la ilusión, a luchar por la justicia. El premio que nunca se da al trabajo callado y eficaz.

                Por eso, desde aquí enviaré hoy mi aplauso a todos los distinguidos por méritos propios, desde luego. Pero con una ovación especial a todos los que también lo merecen por su trabajo diario y no lucen medallas. Al menos, que reciban el aplauso del público. Lo mejor que uno puede recibir en un escenario.

PUÑETAS: MUCHO MÁS QUE UNA EXPRESIÓN


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A hacer puñetas. Ahí es donde mandamos a alguien cando no queremos ni verlo, como haríamos, por ejemplo, con el director de nuestra función, al que ya dediqué un post, si no cumple con su labor como corresponde. También decimos que cuando alguien nos da la lata excesivamente nos hace la puñeta, y hasta empleamos la expresión “¡Puñetas!” como muestra de asombro, de fastidio o de enfado, cuando no queremos usar de otras más malsonantes. Y, por último, si una persona es muy pejiguera o puntillosa, la llamamos “puñetera”. Pero en nuestra función, las puñetas tienen otro significado. Forman parte del vestuario habitual y significan mucho más que todo eso. Y bastante más agradable, por cierto.

Los fiscales y los jueces, y desde hace un tiempo, también los secretarios judiciales, ponemos las puñetas en nuestras togas a partir del momento en que ascendemos a la categoría segunda, esto es, la que convierte a los jueces en magistrados y a nosotros en el equivalente. Al mismo tiempo, la galleta plateada vira a dorada. Son, ni más ni menos, que fruto del paso del tiempo en nuestras respectivas carreras, algo así como las canas de la toga. Y claro, como canas que son, blancas e impolutas. O al menos, así deben ser.

Hace apenas unos días que estrené mis nuevas puñetas. Las segundas, que ya no soy tan joven. A las anteriores les había dado tantas horas de vuelo, que pedían a gritos un descanso. Aún no sé si se han jubilado por incapacidad de seguir adelante o sólo padecen una incapacidad temporal, pero confío en que las manos de hada de mi madre las devuelvan a la vida y puedan intercambiarse dando descanso a su fatigosa vida de función en función.

Todas las puñetas tienen su historia, que hasta podría ser un argumento para nuestro espectáculo. Las que ahora estreno son regalo de una buena amiga, de su traje de valenciana (son las que ilustran la parte superior de esta entrada), y ya le he dicho que una parte de ella me acompaña a la sala cuando voy a juicio. Pero sus predecesoras también tienen una bonita historia que contar. Fue otra amiga, esta vez virtual –aunque espero desvirtualizarla pronto- quien me sugirió vía twitter que deberían tener un lugar en nuestro escenario. Y tenía razón, así que dicho y hecho.

Las puñetas que lucía hasta ahora fueron un regalo de una tía mía. Me las trajo el mismo día que aprobé la oposición, aún sabiendo que tardaría años en llevarlas. Pero me hizo una ilusión enorme, porque estaban hechas con una primorosa puntilla de bolillos perteneciente al ajuar de novia de su madre, la Señora Pepa, a la que yo tenía un gran cariño. Son unas puntillas preciosas, y únicas, o casi, porque sólo existe otro par igual: las de su hijo, magistrado, creo que ya en desuso.

Aparte de haber conocido toda clase de juicios, también tienen una bonita anécdota que contar. Han protagonizado un artículo en varios periódicos y su fotografía las ha hecho casi famosas. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir en una librería que eran portada de un libro –“Abogados del poder”- y, hace nada, del cartel anunciador de una jornada conjunta de Medel, Jueces para la Democracia y la Unión Progresista de Fiscales (por si alguien no lo cree, aquí dejo la prueba gráfica) Aunque nadie les pidió permiso a ellas ni a mí –sí al fotógrafo autor-, se pusieron muy contentas. Ahora son algo así como las estrellas entre todas las puñetas. Y claro, necesitan un descanso en el spa del costurero de mi madre. Y no se lo podía negar. Difícil listón les han puesto a sus sucesoras, pero seguro que también hacen un buen papel. Yo misma no puede evitar la tentación de usar su imagen en una entrada anterior (https://conmitogaymistacones.com/2014/10/17/jefes-presidentes-ii-los-que-mandan-mas/)

Y no sólo las mías tienen un pasado. Las que más y las que menos, podrían contar miles de cosas. Las de mi preparador –uno de ellos-, que aún conserva, las compré yo misma en una de mis viajes a Madrid siendo opositora. Y otras compañeras me han contado que se las hicieron en Camariñas, o que se las encargaron a las monjitas de un convento que conocía su abuela. Y seguro que cualquiera podría contar anécdotas de las suyas.

Así que vaya desde aquí un homenaje a todas esas sufridas puñetas que simbolizan horas y horas de representación en nuestro escenario.

Y, por si alguien no cree lo que digo, aquí queda el testimonio gráfico. Antes de que me mandéis a hacer puñetas, por supuesto.

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INSTRUCCIÓN: FÁBRICA DE HISTORIAS


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Todos los sabemos. No hay una buena función sin un guión con una buena historia. Y las historias que se representan en nuestro teatro se fraguan en nuestras cocinas, las de juzgados y fiscalías donde va tomando forma ese argumento sobre el que luego girará nuestra representación. Y no podemos dejar de reconocer que gran parte de ellas son las que se guisan durante la instrucción de los procedimientos penales, siempre atractivos para los espectadores, por más que podamos encontrar otras historias interesantes en otros ámbitos como el civil y el social, por poner algún ejemplo. Todas tendrán su hueco en este teatro nuestro, pero esta vez me gustaría centrarme en esa parte del procedimiento que consiste en la investigación y que se lleva esencialmente en los Juzgados de Instrucción, aunque también tiene lugar a veces en las fiscalías por medio de las llamadas Diligencias de Investigación penal (DIP para los amigos).

Poco sabe la gente ajena a esta farándula en qué consiste eso en que damos en llamar “instrucción” de las causas. Como he dicho otras veces, la cultura judicial es en muchos casos de procedencia audiovisual anglosajona, basada en las películas que todos hemos visto y de las que todos hemos disfrutado. El juez y, sobre todo, el fiscal, saliendo a la calle a buscar pruebas y a hacer averiguaciones por su cuenta. Como si antes de empezar una causa, nos dijeran eso de “tened cuidado ahí fuera” que inmortalizó el jefe de Canción Triste de Hill Street.

Pero, por suerte o por desgracia, nosotros trabajamos en despachos. Pasamos la mayor parte del tiempo en esos camerinos donde, en lugar de espejo rodeado de bombillas hay estanterías plagadas de expedientes, y nos expresamos por escrito, aunque alguna vez salgamos a la calle a levantar un cadáver, a hacer una entrada y registro (ahí es el Secretario Judicial quien da el callo), a recibir declaración en un hospital, hacer una inspección ocular o cualquier otra cosa. El trabajo de instrucción empieza en la guardia –aunque no siempre-, a la que ya dediqué una entrada (https://conmitogaymistacones.com/2014/11/28/juzgado-de-guardia-el-filon/), pero eso no es más que el principio. A partir de ahí comienzan un montón de actuaciones destinadas no sólo a que la función tenga un buen guión, sino a que sea posible llegar a representarla, e incluso a que tenga un final feliz. Y ahí tienen su papel todos, sea juez, fiscal, secretario judicial, médico forense o funcionarios, sin olvidar a los abogados, siempre al quite para salvaguardar el derecho de su cliente, sea como defensa o como acusación. El juicio nunca existiría sin una buena instrucción que permitiera llegar hasta ahí, y su desarrollo depende mucho de cómo se hizo. Una prueba mal practicada, por ejemplo, puede impedir una sentencia condenatoria.

Pero, ¿en qué consiste? ¿Cuáles son esas actuaciones?. Pues en casi cualquier cosa que uno pueda imaginar, desde declaraciones de imputados y testigos hasta acordar entradas y registros, dictámenes periciales, escuchas telefónicas, apertura de correspondencia, búsqueda y captura de personas, averiguaciones de domicilio o de patrimonio, recabar documentos… Todo, por supuesto, dando las oportunas órdenes a las fuerzas y cuerpos de seguridad o a quien corresponda en cada caso, y, por supuesto, motivando debidamente todas y cada una de las resoluciones en que puedan verse comprometidos derechos fundamentales, como la intimidad. Y ello sin olvidar que las pruebas no nacen de los árboles y que, evidentemente, el imputado hará todo lo que está en su mano para que éstas no aparezcan. ¿O alguien imagina que un asesino va a conducirnos adonde está el arma homicida con sus huellas y todo, o que un defraudador nos va a traer amablemente los archivos de sus cuentas B?

En definitiva, salvo para el “robagallinas” del que no hace mucho hablaban, miles de cosas complejas y difíciles de encontrar y muchas veces difíciles de practicar, como esos informes periciales que tardan meses en ser enviados porque quienes tienen que hacerlo no dan abasto. Y todo esto, con unos medios que Pedro Picapiedra no hubiera dudado en desechar por anticuados….

Eso sí, ahora parece que a alguien le han entrado las prisas y piensa que todo esto se puede hacer en seis meses, aunque con alguna excepcional prorroguita. Pero ¿lo han acompañado de un paquete de medios que lo posibiliten, como preguntaba una compañera en twitter?. Pues no. Ni están ni se les espera. Ni un triste taco de post-its y un fosforito para los cien primeros que se lean la reforma, vaya, que al menos eso podían copiar de la Teletienda.

Así que, corre que te pillo, demos ese merecido aplauso a todos los que intervienen, con su esfuerzo, a la instrucción de las causas. Pero hagámoslo enseguida, no vaya a ser que pasen esos 6 meses y caduque la ovación.

MEDIOS MATERIALES: DAVID Y GOLIAT


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Todos los teatros del mundo necesitan de unos medios técnicos para funcionar. Sin bombillas para los focos, mecanismos para abrir o cerrar el telón, elementos de atrezzo para los decorados o altavoces para reproducir el sonido, por poner algún ejemplo, el mejor guión y los mejores actores fracasarían estrepitosamente. Pero esto que es obvio para cualquiera, no parece serlo tanto para los máximos responsables de nuestro espectáculo, y aveces tenemos que ingeniárnoslas con velas en vez de bombillas, o cartones para hacer de atrezzo porque no nos queda otra. Y nosotros no nos podemos permitir el lujo de que nuestra función fracase. Así qe, si toca, hay hasta que abrir y cerrar el telón a mano porque no hay mecanismo que funcione. Y esto es lo que hay.

Muchas veces, cuando pienso en los medios materiales que tenemos a nuestra disposición, se me viene a la cabeza la imagen de David contra Goliat. Un enorme gigante se nos viene encima, y no podemos luchar contra él más que con un sencillo tirachinas. Delincuencia económica, corrupción, delincuencia tecnológica y un aluvión de asuntos de distinto pelaje, y nosotros celebrando el hallazgo de un taco de post-its o de un bolígrafo azul como si hubiéramos encontrado un tesoro. Y lo de rotuladores fosforescentes, ni pensarlo. Luj asiático.

El otro día una compañera subía a twitter una foto de varios tacos de post-its con muchos signos de admiración y citándonos a varios de sus colegas. Le respondimos como se merecía: dándole la enhorabuena por ser dueña de una verdadera joya. Y no exagero. Las cosas están así. Cada vez se nos escamotea más el material y, aunque siempre hay “chinos” donde autoabastecerse, no siempre es posible. Otra compañera me contaba su titánica lucha por conseguir un simple cuño, y yo tengo atada con un cordel la maquinilla de quitar las grapas porque es un bien escaso y sé que la tentación es mucha.

Y todo esto que podría no pasar de ser una simple anécdota, adquiere tintes dramáticos cuando de informática hablamos. Al margen de nuestra escasa formación al respecto, nuestros equipos no ayudan, por decirlo de un modo suave. Por un lado, los usuarios somos en muchos casos, bastante cibertarugos, aunque ahora que me he enterado que eso se debe en parte a que somos migrantes digitales y no nativos digitales, me siento mucho más tranquilas. Pero lo que nos dan hace que desparezca cualquier vestigio de buena voluntad y la relación con el ordenador se convierta en una verdadera pelea. Sistemas no compatibles, lentitud exasperante, falta de acceso a determinados archivos o incluso a internet son muchos de los problemas con que nos encontramos. La práctica de cruzar los dedos para que el ordenador tarde menos de veinte minutos en encenderse, y para que no haya que reiniciarlo diez veces en una mañana, es una constante en nuestras vidas. Y así, señores, no hay función que triunfe, aunque el mismísimo Laurence Olivier viniera en persona a interpretarla.

Por supuesto que, además de con buena voluntad, suplimos esto con nuestros propios medios, llevándonos tablets o portátiles y utilizando sistemas diferentes del que nos proporcionan, pero para muchas cosas hay que acabar muriendo en el ordenador del despacho, y dicho sea eso de “muriendo” en un sentido no figurado. Y eso, por no hablar de las caras que nos ponen en determinados ámbitos si ven el sofisticado móvil de la guardia –un auténtico zapatófono sin acceso a Internet ni posibilidad de tenerlo- o cuando explicamos que haya cosas que sólo pueden enviarse por un fax comunitario para el que hay que hacer cola. O cuando nos ven agitar el tóner de la impresora para conseguir que dure unas cuantas impresiones más. Y los ejemplos serían miles. Hasta el infinito y más allá. Y todo ello por no hablar de las condiciones de algunas sedes, que eso da para otro post.

Por eso, hoy sólo pediré el aplauso para todos los que salen al escenario pese a que ni focos, ni altavoces funcionan. Y que sacan adelante la función supliéndolo como pueden, como David contra Goliat. Pero cuidado, puede que un día hasta se agoten las piedras que lanzar o se rompa el tirachinas. Así que a ver si alguien toma nota antes de que ese día llegue.

MIS TACONES: SIEMPRE PRESENTES


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El día que decidí bautizar a este teatral blog con el nombre de “Con mi toga y mis tacones” quise decir muchas cosas. Quería reivindicar la presencia de las mujeres en esta función nuestra, la mía y la de todas, y hacer constar que algo tan genuinamente femenino como los tacones no está reñido con la más exquisita profesionalidad. Que para ser una buena profesional no hay que adoptar roles masculinos ni parecer otra cosa diferente que la que somos: mujeres. Que se puede ir arreglada, maquillada, bien vestida, peinada y manicureada y, por supuesto, entaconada, sin que ello suponga desdoro de nuestra actividad profesional. Más bien lo contrario. También quería visibilizar la cada vez más numerosa presencia femenina en estas profesiones. En número, ganamos por goleada, aunque no siempre tenga esto su reflejo conforme ascendemos hacia la cúpula. Pero ahí estamos.

Las mujeres somos hoy en día una presencia constante en nuestros escenarios, pero no siempre fue así. Las Abogadas lo lograron antes, y ya en 1922 conseguía licenciarse en derecho por vez primera una mujer, la valenciana Ascensión Chirivella, si no me fallan los datos (Victoria Kent lo haría tres años después). Pero para conseguir ser jueces y fiscales lo hemos tenido más difícil. La ley lo prohibió hasta 1961, pero no fue hasta 1971 cuando una mujer se convirtió en juez, Concepción Carmen Venero. Y hubo que esperar a 1973 para que una mujer, María Belén del Valle Díaz, hiciera lo propio en la carrera fiscal. Siento no haber dado con el dato referido a las Secretarias Judiciales, y en cuanto a Médicos Forenses, creo que la primera ingresó en dicho cuerpo en 1978 y fue María Castellano –a la que conozco, admiro y quiero-, que también fue –esto con toda seguridad- la primera mujer catedrática de Medicina Legal en España. No hace tanto tiempo que estas pioneras nos abrieron el camino. Y nunca se le agradeceremos lo suficiente.

Hoy estamos en todas partes. A tortas con la conciliación –o muchas veces, con la falta de ella-, tratando de demostrar al mundo que podemos con todo, ejerciendo de superheroínas con toga y tacones. Ya a nadie le llama la atención si en un juicio somos mayoría de mujeres o somos pleno. Es más, en muchos casos ni lo recuerdo. Recuerdo, eso sí, la calidad profesional y humana de quienes se sientan en estrados, pero no especialmente el género al que pertenezcan. Salvo, claro está, que ese alguien lleve unos maravillosos zapatos de tacón que capturen mi atención, que lo cortés no quita lo valiente. Y no me avergüenzo de ello.

Pero no echemos las campanas al vuelo. Nuestra presencia es numerosa, pero disminuye conforme avanzamos escalones. Apenas hace nada que una mujer alcanzó por vez primera el puesto de Magistrada de lo penal del Tribunal Supremo, y no fue hasta 2004 cuando una mujer ocupaba por vez primera el cargo de Fiscal de Sala, la mayor categoría en la carrera fiscal, por citar dos ejemplos. Y, desde luego, ninguna ha llegado a ser Presidenta del Tribunal Supremo (y del CGPJ, cargos unidos indisolublemente) ni Fiscal General del Estado, ni siquiera Teniente Fiscal del Tribunal Supremo, aunque en la última elección al respecto, hace unos días, varias optaron a ello y alguna estuvo cerca de lograrlo.

Pero todo se andará, que ya se sabe que el movimiento se demuestre andando. Y no hay mejor demostración de valía que la que día a día hacen nuestras profesionales, con nuestras togas y sobre nuestros tacones, y representando a la perfección cada una el papel que tiene asignado en este gran teatro de la justicia.

Sólo nos falta alguien que, como en Criadas y Señoras, nos diga : “tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante”. Y que nos lo creamos, por supuesto.

Así que, por si acaso, yo me encargo. Somos buenas, somos listas, somos importantes. Creámonoslo de una vez. Y hagamos que los demás lo crean. Y que conste que os lo digo subida a mis tacones.

JUZGADO DE GUARDIA: EL FILÓN


Juzgado de guardia

De Juzgado de guardia. Con esta expresión se designa popularmente a todo aquello que resulta de todo punto increíble o extravagante, o tan indignante que no merece otro fin que su denuncia. Así se llamaba también una serie de televisión que algunos todavía recordarán por sus hilarantes escenas.

Pero no es oro todo lo que reluce. Y los Juzgados de Guardia constituyen un verdadero filón para cualquier guionista que quiera encontrar el mejor de los argumentos para nuestra función. Así nos sucede a diario. Escenas entre el más terrible de los dramas y la más inspirada de las comedias se desarrollan en los miles de Juzgados de guardia donde, diariamente, prestan sus servicios jueces, fiscales, secretarios judiciales, médicos forenses, abogados, funcionarios, y todos los personajes que forman nuestro reparto, fijos o eventuales, principales o secundarios. Por ellos desfilan millones de personas representando sus diferentes papeles: imputados, víctimas, testigos, acompañantes de unos o de otros o profesionales, acuden y se entremezclan unos con otros en un orden caótico y con un ritmo frenético. Risas, llantos, gritos y hasta susurros o suspiros son la banda sonora de estas dependencias en todos los partidos judiciales de nuestro país.

El drama de la muerte y la carrera hacia el levantamiento de cadáver, los detenidos engrilletados, o las víctimas destrozadas contando sus tragedias son la cara más dramática de estas jornadas sin descanso. Esos momentos que nos ponen a todos el corazón en la garganta por más que hayamos vivido muchas ocasiones similares.

Pero también tienen su cara amable: denuncias increíbles, situaciones rocambolescas en las que en ocasiones es difícil contener la risa. Y es que hay quien cree que en el Juzgado de guardia le pueden arreglar cualquier cosa. He visto denuncias por vecinos que habían colocado el toldo de diferente color al que habían acordado o porque se habían dejado el grifo abierto, incluso porque detestaban la música con la que alguien les deleitaba desde la ventana de enfrente. Y por temas más esotéricos, como abducciones marcianas o avistamiento de ovnis. Incluso pidiendo medidas cautelares para salvaguardar la integridad de los terrícolas. Juro que no me lo invento.

Y es que, aunque no llegue a tanto, las posibilidades de que pueda actuar el Juzgado de guardia son casi infinitas, más allá de las más conocidas de tomar declaración a detenidos o víctimas, acordar el ingreso en prisión u  otras medidas cautelares o celebrar juicios rápidos. Desde un matrimonio in articulo mortis hasta la autorización para un explante de órganos o una transfusión de sangre, pasando por entradas y registros o procedimientos de habeas corpus, el abanico de posibilidades es inmenso. Y ahí están, pasando de una cuestión a otra totalmente distinta sin solución de continuidad.

Y también son inmensas las posibilidades de llevar a cabo esta función. Desde los partidos judiciales más pequeños, donde el juzgado de guardia igual vale para un roto que para un descosido, hasta los de las más grandes capitales con sus guardias diferenciadas entre detenidos, incidencias, Violencia sobre la Mujer o Menores. Desde las guardias de 24 horas hasta las que duran una semana entera, desde las de presencia hasta las de permanencia. Pero siempre conservando una esencia común: la vida misma desfilando en todas sus facetas, mezclando risas y lágrimas, susurros y gritos, drama y comedia.

¿Alguien conoce un lugar mejor para hacerse con un buen argumento? A buen seguro que ni la más viva de las imaginaciones podría superar un guión sacado de cualquiera de nuestras interminables jornadas de guardia. Porque, como dice el refrán “la realidad siempre supera a la ficción” ¿O no?

Y por ello, esta vez la ovación va dirigida a todos aquellos que, representando su respectivo papel, trabajan en los juzgados de guardia, sea cual sea el día y la hora en que les toque hacerlo. Porque la vida no sólo transcurre en días laborables y en horario de oficina.

VIOLENCIA DE GÉNERO: LA TRAGEDIA


VIOLENCIA GENERO

Hoy es un día especial, el 25 de Noviembre, el día contra la Violencia de Género. Un tema terrible que proporciona a nuestro teatro muchos más argumentos trágicos de los que quisiéramos. Y en este blog dedicado al gran teatro de la justicia, y con esta autora, que dedica gran parte de su tiempo -sobre sus tacones y con o sin su toga- a esta materia, no podía dejar de dedicarle una entrada. Mi Pepito Grillo interior no me dejaría tranquila si no lo hiciera, y bueno es él cuando no le hago caso. Así que, como dueña y señora de este escenario, he decidido obedecerle porque, además, tiene toda la razón. Advierto que esta vez no me preocuparé en exquisiteces para mantener mi papel de voz en off. La violencia de género es un problema mío, como profesional y como ciudadana, así que hablaré en primera persona. Sin tapujos.

Supongo que en un día como el de hoy nuestros organismos públicos, nuestros medios de comunicación y todos nuestros mandamases estarán luciendo crespones negros, lazos violetas y montando todo tipo de manifestaciones y minutos de silencio entre declaraciones grandilocuentes. No es que me parezca mal, desde luego. Cualquier cosa que ayude es bienvenida. Pero ¿qué pasa los otros 364 días del año? Pues eso.

Ya he dicho que, por desgracia, la violencia de género proporciona los más dramáticos argumentos a nuestro teatro. En los juzgados de Violencia sobre la Mujer, en la guardia y fuera de ella, se escriben los guiones de las historias más terribles. O casi las más terribles. Porque hay miles de otras historias que aún no se han escrito, porque sus víctimas permanecen en silencio, confinadas en sus cárceles de terror y humillación. Las cárceles de sus propias casas.

Nosotros somos quienes recibimos a esas mujeres destrozadas. O, lo que es peor, a veces sólo recibimos su cadáveres, con el dolor y la impotencia de no haber podido hacer nada por ellas. Con el dolor y la impotencia de haber fracasado, porque cada mujer muerta es un fracaso de todos.

Las he visto muertas de todas las maneras posibles: golpeadas salvajemente, apuñaladas varias veces, disparadas, agredidas con todo tipo de objetos. Y las he visto vivas con el cuerpo y la muerte aniquiladas por aquél que más debería de quererlas, por aquél que disfrazaba de amor lo que no era otra cosa que posesión. Y lo pero de todo es que las sigo viendo día tras día, y mucho me temo que seguirá siendo así.

Y a veces, tengo la sensación de que a nadie le importa. Cada día les dedican menos espacio los informativos, y también las conversaciones de café. Como si fuera algo inevitable a lo que hay que resignarse, igual que hay que resignarse a los días de lluvia, al frío invernal o a las olas de calor. Y con eso duplicamos el dolor y el sufrimiento de las víctimas.

Se dedican una y mil páginas a la corrupción, a la crisis, al nacionalismo, y muy pocas a la violencia de género. Y sigue machando a sus víctimas, y las sigue matando ante nuestras propias narices.

Pero no está todo perdido, no podemos consentirlo. Yo he visto asuntos con final feliz, mujeres que denuncian, que consiguen salir y reescribir su propia vida.

Una de esas historias fue la de alguien que llamaré María. La conocimos porque tenía constantes partes del hospital, huesos rotos que ella justificaba como caídas en la bañera o golpes con puertas. El médico se alertó y habló con su padre, y ambos denunciaron, pese a los llantos de María, que se negaba a reconocer ante nosotros y ante sí misma que era una víctima de violencia de género. Y pese a ello, pudimos seguir adelante. Y, ante nuestra sorpresa, en un momento del procedimiento, ella reaccionó. El resto ya es historia. Su agresor fue condenado y, lo que es más importante, ella tomó las riendas de su vida. Trabaja cerca de mí, y de vez en cando, aún la veo. Nos saludamos con una sonrisa. Y cada sonrisa suya es un motivo para seguir adelante.

Así que, por favor, ayudemos todos a escribir muchos guiones para nuestra función con historias como la de María. Solo entonces me levantaré y aplaudiré hasta romperme las manos.

FACULTADES: EPISODIO 0


FACULTAD

Cualquier saga que se precie tiene, o acabará teniendo su precuela, o su Episodio 0. Y la nuestra no podía ser menos, claro está. El momento y el lugar donde empezó todo, donde nuestros personajes empezaron a tomar conciencia que un día pasarían a formar parte de este gran teatro de la Justicia: La facultad de Derecho.

Acabo de tener la oportunidad de acudir, una vez más, a la que un día fue mi casa. Todo y nada había cambiado. La sede en nuestro caso ha cambiado. Los medios son distintos, mil veces más modernos, y el tamaño la quintuplica, cuanto menos. Pero, con todo y con eso, tuve una sensación de dejà vu que me trasladó a aquel día en que la pisé por vez primera.

Tal vez fue que, como sucedía en mis tiempos, el aula estaba abarrotada, incluyendo gente sentada en el suelo o el alféizar de las ventanas, y ello me hizo viajar en el artilugio de Regreso al Futuro. Pero creo que no fue solo esto. Cuando veía esas caras jóvenes, deseosas de saber, de conocer, de que les contaran cosas interesantes, con la ilusión intacta, me di cuenta de que por más que ahora tomen los apuntes con ordenador, y acudan a Internet en lugar de desempolvar pesados tomos, hay cosas que no varían. Por suerte.

Ojala a estos muchachos no les arrebatemos la ilusión antes de tiempo, y consigan ser el día de mañana aquel personaje que quieran ser. Sin olvidar que, mientras, se preocuparán por otras cosas tan importantes o más: salir de fiesta, saltarse las clases, hacer horas y horas en la cafetería, o llegar al examen sin haber dormido por haberlo dejado todo para la víspera. Espero que eso tampoco haya cambiado.

Las facultades son la cantera de nuestro espectáculo. Lo que en ellas les digan o hagan les marcará para el futuro, y les acompañará siempre. Una enorme responsabilidad para quienes les enseñan. Y también, en parte, para quienes en algún momento acudimos a compartir nuestras experiencias con ellos. No olvidemos que es posible que lo que un día les dijimos sea parte de lo que les lleva a tomar uno u otro camino.

Ahora tienen la suerte que nosotros no tuvimos: hacen prácticas y muchas más actividades de las que estaban previstas en esa ya lejana época en que yo era alumna. También tienen muchos más medios a su alcance, aunque hayan perdido el encanto de los apuntes tomados a mano y pasados a mano, o a una Olivetti, con sus colas en la fotocopiadora y todo. Se comunican por medios que nosotros nunca hubiéramos soñado que llegaran a existir, y viven en un mundo global que en nada se parece al nuestro

Pero sus caras son las mismas. Esas caras que en unos años veremos frente a frente en los tribunales. Son, como he dicho, la cantera de nuestro espectáculo, aunque la mayoría permanezcan todavía indecisos acerca de qué personaje van a representar en él.

Desde nuestras tablas, mucho ánimo, que han elegido un mundo donde las cosas no son fáciles. Pero les esperamos ansiosos. La savia nueva siempre se agradece.

Mientras tanto, hagamos lo posible porque ellos no pierdan la ilusión y que ellos hagan lo posible por formarse. La toga no queda tan lejos como en ese momento le parece a uno.

Animo, que os estamos esperando. Puestos en pie y aplaudiendo, por supuesto. Para que la función nunca deje de representarse.

INSTITUCIONES: RODANDO EN EXTERIORES


instituciones

En la entrada anterior conocimos un poco más las tablas de nuestro escenario, ése donde hacemos la mayoría de nuestras representaciones. Pero nuestro espectáculo no siempre se desarrolla allí. Hay que preparar los argumentos, en los despachos y en el Juzgado de guardia, estudiar los guiones y, cuando sea preciso, rodar en exteriores. Y a eso precisamente vamos a dedicarnos hoy.

Los profesionales de la justicia, ésos a los que me he referido en ocasiones como “los que vivimos del delito”, de vez en cuando nos aireamos y salimos a hacer visible nuestra labor más allá de los muros de nuestros Juzgados y Tribunales. Nos dejamos ver y de paso permitimos que entre un poco de aire fresco en nuestro a veces demasiado estrecho mundo. Que buena falta nos hace, por cierto.

Yo he tenido la suerte, y el honor, de participar en una de esas experiencias hace apenas unos días y, a sugerencia de una compañera, me ha parecido buena idea dedicar un espacio a esas comparecencias ante otras Instituciones, a mi juicio, enriquecedoras para ambas partes. O al menos, eso espero, claro.

Por supuesto que mi caso no es único ni mi experiencia no es más que una más de las que han tenido muchos compañeros antes que yo, y seguro que tendrán otros en el futuro. Sé de varios fiscales que han comparecido ante las Cortes Autonómicas, o ante el propio Congreso de los Diputados -más allá de lo normal entre las altas instancias- para informar de temas tan importantes como la prostitución, las víctimas del delito, la Violencia de Género, la corrupción o cualquier otro donde se considere que existe un interés público. También algunos hemos tenido la fortuna de viajar allende nuestras fronteras para participar en proyectos comunes o para compartir nuestra experiencia. Es bueno que, tanto dentro como fuera de nuestro país, se cuente con nosotros para afrontar temas que conocemos desde una perspectiva que nadie que no pise los juzgados pueda hacerlo. Ójala se hiciera más.

Lo bien cierto es que en esos casos una se siente un poco como una planta fuera de su tiesto. Desprovista de mi toga, mi capa mágica de superhéroe, y encima de mi tacones -cómo no-, una se siente un poco como si tuviera que examinarse. Como aquel lejano día en que, ante esas imponentes puertas verdes y doradas del Tribunal Supremo, tenía que resumir años de esfuerzo en poco más de una hora. Por suerte, esas mariposas en el estómago que todo artista tiene antes de un estreno, dejan de revolotear una vez se toma asiento y se empieza a decir lo que se ha venido a decir. Nada más y nada menos. Las mariposas vuelan y se vuelven libres en cuanto se cumple con el cometido de hacer valer el trabajo y el esfuerzo de todos los que nos dedicamos a esto, de mostrar sus carencias, de proponer soluciones, en definitiva, de arrimar el hombro para que todos los que podamos hacer algo en este barco en el que un día nos embarcamos, rememos en la misma dirección. En la de la Justicia, con mayúsculas. Ni más ni menos.

Como me dijo una vez otra compañera, es parte de nuestra misión hacer visible el trabajo que realizamos, desde el compromiso, más allá de los juzgados, sea a través de las instituciones que así lo tengan a bien, como a través de otros cauces, contando las cosas ante aquellos auditorios que tengan interés en conocerlas, o escribiéndolas para quienes tengan interés en leerlas. Porque un servicio público debe trascender en ocasiones a los confines de su propio ámbito. Y un descuido la parte rodada en exteriores puede hacer fracasar a la mejor película.

Por todo eso, propongo una gran ovación a todos los que posibilitan que nuestro trabajo se haga visible, a todos los que se atreven a contar con nosotros para acometer cualquier trabajo que nos vaya a afectar. Ojala cundiera el ejemplo y nos llamaran muchas más veces. Porque, como he dicho, todos remamos en el mismo barco.