Publicaciones: letras letradas


           libros

     Más tarde o más temprano, muchas de las estrellas, estrellitas y otros famosuelos que andan por la farándula caen en la tentación de escribir un libro. O, mejor dicho, de publicarlo, porque no siempre son ellos quienes lo escriben. Y lo hacen con mejores o peores resultados, desde los que, dotados de talento, hacen verdaderas obras maestras con su pluma, hasta los que se valen de su fama para hacerse con unos dinerillos vendiendo supuestas autobiografías. Muchos son los ejemplos de actores que han pasado a directores con notable éxito, como Clint Eatswood o Robert Redford,  o Itziar Bollain en el universo patrio, por citar a algunos. Y es que, por suerte, hay personas multifunción, como esas impresoras 3D que igual mandan un fax que te clonan el Códice Calixtino, y eso hay que aprovecharlo.

                También en nuestro mundo muchos sucumben –sucumbimos- a la tentación de ver nuestro nombre negro sobre blanco, intentando aportar algo a este mundo en el que nos movemos. O incluso, a otros mundos, que no es toga todo lo que reluce.

                Como, además, quienes vestimos toga con galleta y puñetas tenemos vetada casi cualquier otra actividad –la docencia y la publicación es la única salida de las salas de vistas sin tener que pedir la excedencia-, pues es una buena manera de conservar la cordura. O de perderla irremisiblemente, según se mire. Porque, por si no lo saben, ni siquiera podemos hacer eso de “Avon llama a tu puerta” u organizar reuniones de tupperware –o su moderna versión erótica- sin que nos caiga toda la furia disciplinaria de nuestras respectivas carreras.

                Así que escribir algo es una buena salida. Para estudiar, para darse a conocer al mundo -quienes tengan cosas que merezcan ser conocidas-, o, simplemente, para hacer terapia, que nunca viene mal. Además, en los tiempos que corren, con la facilidad para publicar en blogs o digitales o las posibilidades de autoedición, no hay que esperar que un sesudo editor decida que las palabras de una son dignas de salir a la luz. De muestra, este botón. Aunque hay que reconocer que nada como la magia de ver el propio nombre en un libro de papel, de ésos que hasta huelen y que, incluso en ocasiones, llevan una fotito que alimenta el ego que da gusto.

                Y es que los juntaletras togados somos legión. Y que así sea. Hay compañeros que hacen verdaderas maravillas por su utilidad o por su erudición jurídica, sea mediante recopilaciones de leyes y Códigos, comentarios, compendios o tratados doctrinales, que nos ayudan a sobrevivir en este maremágnum. Y otros que afilan sus lápices –o más bien sus teclados- con un toque de ironía que hace que seamos capaces de reírnos de nuestro propio mundo, más allá de pompas y solemnidades, quitando hierro a un universo que a veces parece lejano y antipático para volverlo un poco más cercano y agradable.

                Incluso hay algunos de nosotros que tenemos la osadía de salirnos de esta galaxia del mazo y la balanza por un rato e inventamos historias. Con más o menos fortuna, por supuesto. Pero con buena intención. Algo que, por cierto, recomiendo a todo el mundo.

                Así que hoy dedicaré mi aplauso a todos los que se atreven a compartir sus cosas con el mundo, a todos los que se desprenden de su toga y olvidan los expedientes por un rato para hacernos un poquito más felices. Porque un libro, sea de lo que sea, siempre es la llave que nos puede hace viajar a otros lugares. De la pericia del escribidor y de la imaginación del lector depende lo lejos que se pueda llegar. Hasta el infinito y más allá… ¿por qué no?. Sólo nosotros ponemos el límite.

Plazos: el tiempo es oro


TIEMPO

                Como reza el dicho, “el tiempo es oro”. Y si oro es en todos los ámbitos de la vida,  más aún en el nuestro, en que ya no sé si será platino, titanio, o coltán, vaya usted a saber.

                En el mundo del espectáculo son esenciales los tiempos, por descontado. Hay que tener preparado el estreno para el festival al que presentarse, para la temporada de verano o de invierno, o para cuando esté previsto. Y si el engranaje no funciona y no se llega a tiempo al estreno, la cosa ya no tiene vuelta atrás. Pasó el tren y probablemente nunca vuelva.

                En nuestro gran teatro los tiempos son medidos y tan, tan importantes que pueden dar al traste con todo el trabajo hecho o dejar impune para siempre un hecho incontestablemente delictivo, o hacer perder para siempre la oportunidad de reclamar algo que es debido, o de hacer valer un derecho. El cómputo del tiempo se encuentra a lo largo y ancho de todos nuestros textos legales con consecuencias importantísimas, sea a través de plazos procesales, del instituto de la prescripción, del cumplimiento de las condenas o de la caducidad de la acción. Tan es así, que hasta las multas en derecho penal se cuentan en días y no en cuantías.

                En estos últimos días los plazos han cobrado actualidad, y parecen haberse convertido en una estrella de nuestro escenario. La dichosa reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que limita el plazo para terminar la instrucción, los ha traído a la primera plana de la actualidad. Y no es para menos. Porque nuestra dieciochesca ley procesal contemplaba unos plazos, desde luego, aunque poco o nada adaptados a la realidad actual, y de difícil cumplimiento, vistas las circunstancias de penuria de medios materiales y personales.

                Y, de pronto, haciendo una interpretación sui generis de eso de que la justicia es ciega, nos fijan unos plazos para la instrucción, cerrando los ojos al día a día de nuestras representaciones. Y a ver cómo nos las componemos. De momento, vayamos a encargar los dorsales para las togas, que la carrera empieza en cualquier momento, y la varita mágica que tantas veces he pedido no me ha llegado todavía. Claro, para eso no hay plazo que valga.

                A nadie con dos dedos de frente se le escapa que no es lo mismo rodar un sketch de un minuto que la trilogía del Señor de los Anillos, o Titanic, con ese barco a la deriva que evoca tantas cosas. Pero a nuestros directores parece habérseles olvidado ese pequeño detalle -¿o no?- y prevén unos cortísimos plazos, aún con sus prórrogas, que casarán muy bien con una alcoholemia o el robo en un coche, pero no tanto con asuntos complejos con larguísimas pesquisas y pruebas a practicar. Y ese tiempo puede acabar siendo un regalo para aquéllos que menos lo merecen. Seguro que todo el mundo sabe a qué me estoy refiriendo.

                El tiempo es una parte importantísima de nuestro espectáculo. Que se lo digan sino a los procuradores, siempre corriendo, como nos contaban en su propio estreno (https://conmitogaymistacones.com/2014/08/29/procuradores-deprisa-deprisa/). Pero el tiempo ha de ser un aliado, no un enemigo de quienes tratamos de hacer justicia. Cocinar un proceso tiene sus pasos, y no cuesta lo mismo hacer un bocadillo de jamón que una paella para mil personas. Cada cosa necesita su tiempo de cocción, y, si nos precipitamos, los granos de arroz salen duros como perdigones y no hay quien se lo coma. Y si, encima, la paella está oxidada, la leña húmeda y el fuego tenemos que lograrlo frotando dos palitos, pues la cosa se pone fea, y solo podremos comer bocadillos.

                Así que, queridos señores, si quieren que cocinemos paellas estupendas en tiempo récord, dennos recipientes en condiciones, materiales de primera y cocineros suficientes. Y, si es preciso, arroz especial del que no se pasa y cuece a la velocidad de la luz. Pero no pretendan que hagamos milagros, que el tiempo de la multiplicación de los panes y los peces quedó mucho más atrás, incluso, que la fecha de nacimiento de nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal.

                Por eso, hoy, nada de aplausos. Aunque quisiéramos darlo, que no es el caso, no tenemos tiempo para ello, que tenemos que alcanzar la luna y en vez de cohete tenemos un avioncito de papel.

Permisos: ¿desconexión?


tacones sofa

                Todos, hasta los artistas, tenemos derecho a descansar de vez en cuando. Nuestros tiempos no coinciden siempre con el común de los mortales, y tanto unos como otros nos llevamos trabajo a casa, en sus carpetas y en las cabezas. El espectáculo debe continuar siempre, y los fines de semana no son momento de descansar, como tampoco es momento de que pare nuestra función, y ahí están los juzgados de guardia para mantener viva la representación.

                Pero todo tiene un límite, y de vez en cuando hay que colgar la toga, física y mentalmente, para desconectar y cargar las pilas. Aunque no los tacones. Eso, nunca. O casi nunca, vaya, que juro que no duermo con tacones

                Nuestro teatro nunca cierra por vacaciones. Sus tablas están en continuo uso, porque siempre es preciso que haya alguien pendiente de las cosas urgentes, esos Juzgados de guardia que ya tuvieron su propio estreno (https://conmitogaymistacones.com/2014/11/28/juzgado-de-guardia-el-filon/), pero sus protagonistas necesitan de vez en cuando darse un kit kat, como en el anuncio. Porque es preciso.

                Mucho se han criticado los permisos de los funcionarios, llámense moscosos, días azules, canosos o como se quiera, y los de todos los que cobramos un sueldo con cargo al estado. Y buen recorte el que les pegó la temida tijera, como si por quitarnos días la crisis fuera a solucionarse. Y ya hemos podido comprobar que de eso nada y que, además, andan devolviendo algunos de los que nos arrebataron… Pero ésa es otra cuestión, claro.

                El caso es que una no es fiscal, ni juez, ni secretario, abogada, médico forense o funcionaria las 24 horas del día de los 365 días del año. Este es un trabajo, aunque sea algo más también, por lo que de vocación y servicio público lleva consigo. Pero hasta Superman se quita su capa y se convierte en Clark Kent, y nosotros no vamos a ser menos. Que cuando toca, toca.

                Y eso que lo que mucha gente ignora es que a veces esos días de asueto han de utilizarse para ponerse al día en esos deberes que nos llevamos a casa, o para estudiar esas leyes que reformaron y que no nos había dado tiempo a mirar, o para buscar jurisprudencia de uno u otro asunto.

                Pero algunas veces hay que desconectar. Atarse las manos si es necesario para no poner en marcha el ordenador, y confinar a algún rincón escondido los expedientes que nos acompañan hasta nuestro hogar. Y resistirse estoicamente si es preciso a los rayos luminosos que nos lanzan, como diciéndome “hazme caso, hazme caso”. Aunque usen la kriptonita. Hay que ser fuertes.

                Hay que enfrentarse a ellos y decirles que va a ser que no. Que hay que tomarse un respiro de vez en cuando. Y dedicarse a cosas que nada tengan que ver con Códigos, leyes y juicios. Salir a pasear, estar con la familia, leer un libro, irse de compras, ir al cine, tomar una cerveza con amigas… O vaguear repantingada en un sofá, un deporte de lo más recomendable en dosis moderadas. En fin, esas cosas necesarias que siempre van quedando a la cola.

                Así que hacedme caso y darle al Off de vez en cuando. Aunque eso no incluya dejar de visitar nuestro escenario. Yo estoy en ello… Pero, tranquilos, que no faltaré a mi cita con las tablas de nuestra función. Esa no me la pierdo.

Fallas: togas con peineta


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                Toda excusa es buena para celebrar algo arriba de un escenario. Y las fiestas regionales son una magnífica excusa de celebración, lo sabemos de sobra. Y nuestra función, aunque mucho menos folklórica, también se impregna del espíritu festivo cuando toca.

                Supongo que ocurre igual en Carnavales, la feria de Abril, San Fermín o cualquiera otra fiesta regional que se precie. Pero ocurre que en nuestra representación la narradora es valenciana, y, en cuanto llega marzo, empieza a sentir que lleva la peineta en el alma, la toga y los tacones.

                Es lo que tiene haber nacido aquí. Y ser un poco folklórica, no puedo ocultarlo. Ni quiero, vaya. Pero es que a lo mejor soy yo, o el espíritu fallero, pero En ocasiones veo moños, y me da por pensar en las similitudes de nuestro teatro con estas fiestas, o con cualesquiera otras.

                Por eso, tenemos casos sonados, esos que implosionan como un castillo de fuegos artificiales que todos quieren ver, que salen en el periódico y causan revuelos de gente y ríos de tinta. Otros son como una enorme mascletà, que hacen mucho ruido y no siempre tienen un final acorde con la expectación causada, aunque, cuando están bien agarrados, terminan en una enorme traca que hace temblar los cimientos de la ciudad.

                Y el camino, ese via crucis en que a veces se convierte el proceso, recuerda mucho a los pasacalles rumbo a la Ofrenda. Comitivas que salen desde diversos puntos y con más o menos ligereza, acaban llegando a su destino, que es, en nuestro caso, el juicio y su sentencia. A veces, a toda velocidad, si las circunstancias y la organización lo permiten. Muchas otras, con acelerones y paradas según los obstáculos. Y otras, lentos y cansinos, como cuando la lluvia se empeña en entorpecer el acto. Pero siempre acaban llegando, sea  en el tiempo previsto o bien entrada la madrugada.

                No llevamos toga, por supuesto. Por una sola vez al año la cambio por peinetas, falda de colores y mantilla. Eso sí, con tacones, por supuesto. Y de esa guisa me cruzo la ciudad tan ricamente.

                Y así un año tras otro. Y que no falte. Como no faltan nunca en nuestro espectáculo las ganas de llegar a ese simbólico final, la Cremà, donde quemamos el monumento que ha costado un año levantar.

                Pero este año, cuando el fuego del día de San José prenda las Fallas, me voy a hacer un propósito nuevo. Y voy a mandar a la hoguera todos esos retrasos que nos dan mala fama, las leyes que entorpecen, los derechos que nos han recortado. Arrojaré y convertiré en cenizas las tasas judiciales –que aún quedan-, la supresión de los sustitutos, la penuria de instalaciones, la carencia de medios materiales, la escasez de plazas, y todas esas cosas que nos impiden ofrecer la representación brillante que querríamos dar y que el público merece.

                Y, como me he venido arriba, también echaré al fuego la corrupción, y la violencia de género, y el terrorismo, y cualquier otro crimen de los que perturban nuestra existencia. Y, juntamente con ellos la crisis, con todas sus secuelas. Para que llegue el día en que nuestro teatro sólo pueda representar comedias amables, que buena falta nos hacen. Y seguro que entonces no me hará falta pedir un aplauso, porque todos aplaudiremos a rabiar sin que nos lo pidan.

Claves: sin llave maestra


claves informáticas

Todos los lugares tienen sus recovecos, y seguro que cualquier escenario tiene mil sitios a los que no todos pueden acceder, como los camerinos de las estrellas más exclusivas. Estoy también segura que, para acceder a los entresijos de la obra, del guión, de los decorados o del vestuario, hay que estar provisto de las claves de acceso al ordenador correspondiente. Pero estoy también segura de que no lo tienen tan complicado como nosotros. Porque, aunque ya desde hace tiempo el cine se ocupó de estas minucias informáticas, nosotros parecemos anclados en los tiempos de aquel Tienes un e-mail que hoy parece totalmente superado.

Se ha criticado mucho que el contenido de nuestras oposiciones sea totalmente memorístico. Y por supuesto, algo de cierto hay. Pero lo que no nos dijeron era lo útil que nos iba a resultar esa memoria que desarrollamos a fuerza de codos para el día de mañana. Y no para recordar artículos de uno u otro Código, sino para conseguir acceder a la pantalla de nuestro ordenador a través de un viaje que podría haber dado para una serie de ésas de Erase una vez.

Y es que una se sienta ante el ordenador de su despacho y, tras encenderlo y prepararse un café –o una tila- esperando que dé señales de vida, ha de empezar un maratón mental para lograr el objetivo: hacer un dictamen de cualquier tipo. Primero, la clave del ordenador, luego la de la red propia y la tarjeta criptográfica. Mientras se memoriza, la del correo corporativo que en nuestro caso nos facilitó la Comunidad Autónoma, y la del correo particular que la mayoría tenemos abierto porque el anterior tiene la capacidad de un bolsito de noche, de ésos en los que no cabe ni el DNI. Ahora, a añadir la nueva, la de ese otro correo que nos han facilitado para unificarnos. Pero tranquilos. Hasta aquí, prueba superada.

Y una continúa su periplo. Y cuando acaba el informito de marras, tiene que introducirlo en el sistema que, por supuesto, te pide otra clave distinta. Cruzas los dedos porque la empanada mental ya empieza a ser importante. Pero continúas, con esa masa gris que nos dieron de serie con la toga, faltaría más. Mientras por tu cabeza empieza a desfilar el número de la tarjeta del banco, de la alarma o de otras cosas más, y ya empiezas a desvariar. Pero se logra. Ya está el informito metido en su casillerito, tras darle a una serie de pantallas y subpantallas propias del mejor de los viajes astrales.

Y te dices a ti misma: ya está. Pero entonces llega un correo, al que has de acceder volviendo a poner la clave porque tu tiempo de espera ha caducado, donde te recuerdan amablemente que has de hacer la estadística para ayer. Y hala, una nueva clave a teclear, cruzando los dedos para que no se te haya olvidado. Un par de tentativas y, tras superar el pánico de esa amenaza de que es el tercer intento, con miedo a autodestruirnos o poco menos, sigues adelante. Allá vamos.

Pero claro, de repente recordamos que teníamos pendiente algo de un curso de formación, y otra vez a hacer memoria, que ni el nombre usuario ni la contraseña pueden ser las mismas. Y vuelta a empezar.

Pero como somos unos titanes, pues día a día nos comportamos como Cristóbal Colón y descubrimos América. Que ríase cualquiera de Magallanes, de Elcano, y de cualquier explorador… Pero, al final, nuestros Hermanos Pinzón particulares nos avisan de aquello de “Tierra a la vista” y llegamos a puerto. Y así un día tras otro. Que ya me gustaría a mí saber que hubiera dicho Colón si hubiera tenido que descubrir América un día tras otro. Pero claro, él no tenía claves que memorizar, y así cualquiera.

Y aunque nos sintamos como Indiana Jones en busca de la pantalla perdida, lo bien cierto es que si se sumara la cantidad de tiempo que perdemos con todas estas operaciones, nos llevaríamos una buena sorpresa, o un buen disgusto, según se mire.

Por eso, hoy el aplauso queda en suspenso. Esperando a ese día en que alguien descubra una llave maestra, como esas que tenía el gerente de Hotel, que abra todas las habitaciones. ¿Llegará ese día? Como decían las series de antaño, “Continuará…”

Mujeres togadas: tacones lejanos


DIA DE LA MUJER

                Como llega el Día de la Mujer, no podía dejar de hacer mi pequeño homenaje a todas las mujeres que vestimos toga, y también a aquellas que no la visten pero tienen su lugar en nuestro teatro, desde médicos forenses a funcionarias, desde personal de las oficinas de asistencia a empleadas de mantenimiento, desde policías a personal de seguridad, pasando por todas las que habitamos este planeta justicia.

                Nadie sabe mejor que nosotras eso de Cómo ser mujer y no morir en el intento, convertidas tantas y tantas veces en Mujeres al borde un ataque de nervios. Lo que ocurre desde que nos levantamos, pensando que Amanece, que no es poco, y dejando que se escuchen nuestros Tacones lejanos allá donde vamos, pensando en Lo que queda del día y yo con estos pelos.

                Aún no lo hemos conseguido. Estamos en ello pero aún no lo hemos conseguido. Hemos de convencernos de una vez por todas que nos debemos dar un respiro de vez en cuando, que el mundo va a seguir girando aunque alguna vez nos tumbemos en un sofá, y, sobre todo, que los hijos, y las lavadoras y la compra las pueden hacer otros. Que no somos superwoman empeñadas en demostrar al mundo que nuestra incorporación al mundo laboral no tiene que desmerecer un ápice de nuestra tarea de madres, hijas y heroínas a tiempo completo. Y que no pasa nada, pero nada de nada, si no llegamos a todo.

                Así que, como llega nuestro día, tomémonos un relax. Colguemos nuestras togas, nuestras batas, nuestros uniformes y cambiemos por una sola vez nuestros tacones por unas pantuflas y démonos un homenaje, con bata de guatiné si es preciso.

                Soy consciente de que antes deberemos hacernos una lobotomía transitoria que borre por un rato expedientes, trabajo pendiente, deberes de los niños, compra y actividades varias. Cojamos un libro –prohibido los jurídicos- o una revista, enchufemos la tele o el ordenador –prohibidos debates profundos ni enlaces cultos- y saboreemos un poco de tiempo libre. O, si lo preferimos, salgamos de compras, o de paseo, o sentémonos en una terraza a tomar una cervecita, o dos, como si no hubiera un mañana.

                Y tranquilas, que mañana va a llegar igual, y volveremos a subirnos a nuestros tacones, a ponernos nuestra toga y a comernos el mundo. Pero, como dijo Escarlata, mañana será otro día. Aunque yo prefiero el más castizo que nos quiten lo bailado.

                Así que, queridas compañeras de escenario, va por todas vosotras. Porque no nos repetimos todas las veces que deberíamos eso de “porque yo lo valgo”. Y lo valemos, vaya si lo valemos. Así que, a celebrar nuestro día, que una vez al año no hace daño

Turno de oficio: bomberos del Derecho


turno de oficio

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  Todos aquellos que ya vamos teniendo cierta edad, o un número atractivo de trienios, recordamos una serie que marcó una época en nuestra televisión: Turno de Oficio. Muchos descubrieron con ella que los abogados en España eran algo diferente de lo que veían en Perry Mason y películas americanas, y sospecho que más de uno debe su vocación a aquel “Pedete  lúcido” que interpretaba Echanove. Lástima, por cierto, que emborronaran nuestro recuerdo con una segunda parte nefasta que con  razón hizo enfadar a muchos, entre ellos al colectivo de Secretarios Judiciales, del que daba un esperpéntico retrato. Pero, como decía el novelista, ésa es otra historia y deberá ser contada en otro momento… Y lo bien cierto es que series como ésa, o como Anillos de oro hicieron que se empezara a tomar interés por un lado de la profesión más de día a día y menos de película.

                Espero que a nadie ofenda el título de este estreno, hecho con todo el cariño. En otra entrada anterior, al hablar de los especialistas, me refería a aquellos que deben estar a todas las materias como apagafuegos (https://conmitogaymistacones.com/2015/02/24/especialistas-realidad-o-ficcion/). Y de algún modo eso es lo que son, algo así como bomberos esperando en el retén a que le den el aviso, sea de apagar un incendio, de sacar a una ancianita que quedó encerrada en una casa, o de auxiliar lo que sea preciso. Esa labor de los actores de reparto o de los meritorios, prestos a hacer cualquier papel si por cualquier causa falla quien debería interpretarlo.

                Muchas veces se tiende a menospreciar a los letrados del turno de oficio. Existe la creencia en algunos sectores de que por el hecho de ser gratuitos van a atender peor, o son peores profesionales. Nada más lejos de la realidad. El turno de oficio supone una vocación de servicio público de la que quizás otros que cobran un potosí carecen. Y, por mi experiencia, puedo afirmar que he visto peores intervenciones en mi materia, la violencia de género, de abogados particulares que presumían de pedigrí, que de los letrados del turno de oficio de violencia que están, además, especializados. A algunos y algunas de ellos los conozco tanto tiempo que con una sola mirada sabemos como va a terminar el asunto, si es posible una conformidad o si ella va a tratar de retirar la denuncia. Aunque por supuesto, hay malos y buenos profesionales. Como en todas partes, ni más ni menos, que de todo hay en botica.

                Lo que mucha gente no sabe, y es buen momento para saberlo, es la dificultad que tienen para cobrar. Las constantes movilizaciones para ello no son más que una pequeña muestra. A los miles de trámites burocráticos que se les exigen se suman retardos y excusas varias. Siempre me llama la atención la cantidad de papeles, papelillos, sellos y copias tienen que hacer firmar a sus atribulados clientes, aun esposados, por el temor a que luego se marchen sin firmar y ellos queden sin remuneración -si es que algún día la cobran-, o la necesidad, por ejemplo, de una auto motivado para poder intervenir -y cobrar- en un juicio de faltas. Y también me quedo perpleja cuando los veo correr como pollos sin cabeza porque aun les colea una víctima de la guardia anterior pero tienen un juicio en otro juzgado de un detenido al que asistieron hace meses. Y mientras, los jueces disputándose quien tiene preferencia y dónde debe acudir primero… Confieso que yo misma he participado en esa subasta abogadil, secuestrando con mis artes hechiceras a una letrada para que acudiera a mi juzgado antes que a otro. Espero que me guardeis el secreto.

                Y, para quien no lo sepa tampoco, el turno de oficio no es solo cosa de asuntos de los llamados de poca monta, lo que algún inspirado mandamás llamó robagallinas. Nada de eso. Existe el llamado turno grave, para cuestiones delicadas y gravemente penadas, que exige de una vocación y una entrega que son de admirar. Mi padre siempre perteneció al mismo, y era la labor que más le gustaba, aunque no fuera, obviamente, de la que comíamos sus hijos. Y yo reconozco que he aprendido mucho de algunos letrados en esos lances. Al César lo que es del César.

                Así que hoy va mi aplauso, sin paliativos, a todos y cada uno de los letrados del turno de oficio. Porque ellos son quienes hacen efectiva una parte sustancial de un derecho de todos, la tutela judicial efectiva. Ahí queda eso.

Despachos: camerinos sin glamur


foto despacho                Todos hemos soñado alguna vez con un precioso camerino, de los de las estrellas más glamurosas, con sus bombillitas alrededor y todo. El tamaño del camerino, ese santuario donde los artistas se maquillan, se arreglan y reciben a sus admiradores, corre parejo a la categoría que van alcanzando sus ocupantes el mundo de la farándula. Cuando uno tiene su propio camerino, con un tamaño respetable, Ha nacido una estrella

                Pero ya sabemos que nuestra función tiene sus propias reglas, y nuestros camerinos, esos despachos donde pasamos más horas a veces que en nuestras propias casas, distan mucho del glamur del cine, y más todavía de lo que una se imaginaba cuando soñaba en su casa, sumergida en apuntes y leyes, que algún día aprobaría la oposición.

                Por supuesto, nada de espejos ni bombillitas de colores. Lo nuestro es una cosa seria y solemne y no podemos permitirnos tales cosas, faltaría más. Se supone que hemos de tener un despacho vetusto y formal y, a ser posible, con bandera y retrato real. En el caso de que cupiera, claro. Y de que tuviéramos despacho propio, por supuesto.

                Pero, como casi siempre, del dicho al hecho hay un buen trecho, y muchos de los despachos con los que nos dotan dejan bastante que desear. Por decirlo de un modo fino, vaya. Porque aparte de todas esas dependencias donde el techo se cae a pedazos, donde hay que saltar con pértiga entre los expedientes, o contorsionarse con la habilidad de una gimnasta para incrustarse entre la mesa y la silla, hay cosas peores, como no tener despacho propio. Y en eso los fiscales nos llevamos la palma. Porque existe una ley no escrita que dice que los fiscales somos capaces de concentrarnos y trabajar aunque coexistamos con varios compañeros más que, además, reciben como nosotros visitas, tienen alumnos en prácticas y demás cosas de esta vida. Y nuestros despachos se convierten en el camarote de los Hermanos Marx. Y dos huevos duros.

                Seguro que los que no frecuentan demasiado este mundillo no lo saben, hasta se sorprenden, pero la gran mayoría de los fiscales que habitamos nuestra justicia, los que militamos en las trincheras, carecemos de despacho propio. Se comparte con uno o más compañeros, sin que a nadie le sorprenda lo más mínimo. Y nos vemos en situaciones tan surrealistas como atender en los pasillos para no molestar al compañero, o pedirle que se salga y haga de okupa en el de otro, para poder atender a una visita.

                No obstante con el tiempo mejoramos, aunque sea poco. Yo, en mi primer destino, compartía mesa y teléfono con ocho compañeros, como si de una cena de las fiestas de Villarriba y Villabajo se tratara, aunque sin paella gigante ni una gota de Fairy para limpiarla. En mi segundo –y definitivo- destino se repitió lo mismo, aunque luego, con los cambios de sede y los trienios, la cosa fue a mejor. De ahí pasé a compartir despacho con cuatro compañeros más, pero ya tuve mi propia mesa, todo un lujo, y hasta un teléfono modelo troncomóvil. Y en el siguiente envite ya solo éramos dos, aunque perdimos con el cambio el derecho a luz natral y ventana. Ahora, tras más trienios de los que me gusta recordar, gozo del extraño lujo de despacho individual, algo que no es regla general entre mis colegas. Prefiero pensar que se debe a mi extraordinaria sociabilidad y a las características de mi trabajo –atiendo constantes visitas- que a lo insoportable que pueda llegar a resultar. Y prefiero seguir creyéndolo. Y, aunque mi cubículo disfruta de un microclima que supera en muchos casos los cuarenta grados, sé que no debería quejarme. Mesa, silla y ventana propias son verdadero objeto de deseo entre los fiscales. Porque muchos siguen sin tener nada de todo esto, lo crean o no. Si lo dudan, pasen y vean. La realidad siempre supera la ficción.

                No obstante, los responsables se preocupan de nosotros, vaya que sí. Y corrieron en pleno verano –juro que no es broma- a preguntarnos si queríamos bandera y cuadro del rey nuevo, que el antiguo se había quedado desfasado. Para el que lo tuviera, claro, lo que no es mi caso –guardadme el secreto, por si acaso-. Pero ya se puede imaginar cualquiera las reacciones que tuvieron que presenciar aquellos encargados de mantenimiento, que nos ofrecían cuadros y banderas cuando nos faltan bolígrafos, y grapadoras, y posits, y muchas otras cosas tan simples como una miajita de luz natural o una temperatura que no convierta a unos en pingüinos mientras otros parecen clientes de una sauna finlandesa. Pero la parafernalia que no falte.

                Pero esto es lo que hay, si nadie lo remedia. Y no parece que estén por la labor. Así que, mientras tanto, a gozar y padecer de nuestros camerinos, sean zulos o salones de baile. Porque son cachitos de nuestras vidas a los que uno acaba tomando cariño. Qué remedio.

                Y, aunque tenía pensado consultar con la pitonisa Lola para cuándo todos tendremos despachos dignos, casi que lo dejo. No me vaya a poner encima dos velas negras.

Especialistas: ¿realidad o ficción?


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                Todos sabemos lo que es un especialista en el cine. Ese profesional que realiza las escenas arriesgadas, jugándose el tipo y salvándoselo a la estrella. Cosas como saltar de un precipicio, conducir un coche en llamas o tirarse a una piscina desde mil metros de altura son cosas de las que suelen hacer los especialistas, cualquiera lo sabe. Y con vistosos resultados, desde luego.

                Pero nuestro teatro también tiene sus especialistas, no creamos que no, aunque por suerte o por desgracia, no sea lo mismo. Porque más allá de bordear peligrosamente las aristas de unas leyes que nos vienen pequeñas o se quedaron viejas, o apilar cuidadosamente los tomos de expedientes para eludir el riesgo de morir sepultados bajo el peso de la justicia, no son demasiados los riesgos físicos a los que nos enfrentamos. Al menos, los evidentes, que los otros sí que existen y, por desgracia, ya hemos asistido a algún fallecimiento en el que bastante tuvo que ver el estrés de estas profesiones. Pero, además de eso, cosas como tendinitis de usar el ratón del ordenador o el cuño, dolores de espalda y pérdidas galopantes de visión, son realidades de nuestro día a día, pero poco espectaculares y menos glamurosas.

                Pero sí que tenemos especialistas, vaya que sí, aunque tal como están concebidos cabe preguntarse si son realidad o ficción. Porque nosotros no somos como los médicos, que lo tienen sencillo. Terminan su carrera, hacen su MIR y ya son especialistas en aquello que se hayan especializado, valga la redundancia. Pero claro, ellos son de Ciencias, ese mundo de números y fórmulas en que todo tiende a encajar. Y nosotros de Letras, el planeta de la anarquía. Y eso deja su impronta.

                Teóricamente, nuestras carreras hacen una firme apuesta por la especialización, ya se encargan de decírnoslo cada dos por tres. Pero, como siempre, del dicho al hecho hay un buen trecho.

                A primera vista, y sólo con echar una ojeada a la Ley de Planta, la especialización de los jueces es una realidad incontestable. Juzgados civiles, penales, de lo Mercantil, de lo Contencioso, de Violencia sobre la Mujer y, en algunos sitios, de Incapacidades, de Familia, de Ejecutorias… y Salas al efecto también. Pero luego llega la realidad, con la mala leche que la caracteriza, y la cosa no es para tanto. No estoy desvelando la fórmula de la Coca-Cola si afirmo que muchos de esos especialistas nacieron del azar de los destinos o de las normas de reparto. Porque gran parte de quienes sirven en esos órganos especializados están ahí por la sencilla razón que era la plaza que quedaba vacante cuando concursaron o cuando fueron víctimas del extinto ascenso forzoso. Y gran parte de ellos ahí se han quedado y, en muchos casos, se han convertido en verdaderos especialistas de admirables resoluciones en sus materias. Pero lo cortés no quita lo valiente, y nadie les exigió especialidad alguna cuando saltaron al ruedo de lo Social o de lo Contencioso, por poner un ejemplo.

                Otra fuente especialización es la que viene directamente de las normas de reparto. Esas que asignan la materia de Violencia sobre la Mujer a una determinada Sala o Sección con un número determinado, sin que nadie les exija a quienes la componen ni un mínimo de experiencia en la materia. A pesar de que, paradójicamente, sean quienes han de resolver las resoluciones de los jueces de Violencia, a los que sí se les pide al menos una cierta formación, y que han devenido verdaderos especialistas por ocuparse exclusivamente en la práctica de estos temas. Y así en muchos casos.

                Para acabarlo de arreglar, están las plazas de verdadero especialista, con examen, título y todo, que coexisten con las otras en una extraña convivencia. Se reservan plazas en las jurisdicciones especializadas a los que tienen esta cualidad, pero no todas lo son y, al fin y a la postre, sus resoluciones tienen el mismo valor que las de quienes carecen de él.

                Pero como en todas partes cuecen habas, en la carrera fiscal tampoco es fácil de entender la cosa. Con el Estatuto Orgánico en mano, tenemos especialistas para todo lo que una pueda imaginar: medio ambiente, siniestralidad laboral, delitos de odio, criminalidad informática, delitos económicos, cooperación internacional, víctimas de delito, Jurado y mil cosas, más, y las que vendrán, la mayoría con su Fiscal de Sala a la cabeza. Tenemos también materias con fiscalías especializadas, como Anticorrupción o Antidroga, con sus correspondientes delegaciones en provincias. Y, para acabar de encajar el puzzle, Secciones especializadas, como Violencia Sobre la Mujer, Menores y Civil. Y, entre ellas, miles de combinaciones y permutaciones –aunque seamos de letras- posibles, que van desde la dedicación exclusiva al fiscal multifunciones, con todas las escalas posibles. Porque a nadie se le escapará que no es lo mismo Teruel que Madrid, y en una fiscalía pequeña es imposible que existan fiscales suficientes para cubrir todas las especialidades, y algunos acaban con más títulos que la Duquesa de Alba, mientras que otros jamás abandonarán la trinchera.

                Y también para nosotros el azar o el reparto juegan un papel esencial, al igual que en la carrera hermana. Y también hay especialidades con papel que lo acredita, aunque sea vía cursillo, como Menores, otras donde debes acreditar la especialidad con la práctica y con el currículum que vaya uno formando a base de bolos o de formación al libre albedrío, y otras en las que caes porque no te queda otro remedio. Y, también como en los Jueces, eso no quita que acabemos convirtiéndonos en eminencias en nuestro terreno, como ha sucedido con muchos compañeros.

                Ignoro si a los Secretarios Judiciales les pasa cosa parecida, pero, por lo que sé, como sus destinos corren paralelos al Juzgado al que sirven, podrían asimilarse a los avatares de la carrera judicial al respecto, al menos en parte.

                En cuanto a los Letrados, los Colegios de Abogados organizan sus cursos de especialización para integrarles en la sección correspondiente, como Menores, Violencia Doméstica o Extranjería, pero es la práctica la que acaba haciendo al maestro. Y tampoco me consta que exista ningún título oficial de especialista en materia alguna, más allá de la pertenencia a un bufete que se autotitula especialista en algo, y por más que en la práctica lo sean. Pero no olvidemos que, más allá de los grandes despachos, son legión los que ejercen de apagafuegos, e igual le dan a un desahucio que a una orden de protección, aún a riesgo de volverse esquizofrénicos. Y menudo mérito que tienen, todo hay que decirlo.

                Así que el aplauso de hoy es repartido. Para los especialistas, vengan de donde vengan, cuya dedicación convierte su trabajo en modelo. Y para los apagafuegos que acaban pudiendo con todo. Porque el trabajo bien hecho siempre merece ser reconocido.

Compañerismo: solidaridad laboral


COMPAÑEROS

                Mucho se ha hablado de la relación entre compañeros en el mundo de la farándula. Muchas veces, con esa cara amarga de quienes son capaces de pisar cabezas con tal de alcanzar la meta, como en Eva al desnudo, y otras alabando la camaradería mientras los protagonistas están Cantando bajo la lluvia. Como la vida misma, vaya.

                Y como la vida misma, nuestro teatro no está exento de ninguna de las dos versiones. Pecaría de ingenua –o de demasiado ingenua- si afirmara que todos somos buenos, y estupendos, y paseamos por Los Mundos de Yupi, entre un y otro abrazo grande, como si fuéramos Teletubbies con toga. Pero, afortunadamente, y aunque alguna vez vuelan puñales y suena de fondo la sintonía de El Padrino, no es esa la regla general, y mucho menos por las trincheras judiciales por donde nos movemos la gran mayoría de nosotros.

                Por suerte, todos hemos encontrado a lo largo de nuestras andanzas toga en ristre con buenos compañeros. Excelentes personas que se apiadan de nuestra inexperiencia y te echan un capote en forma de consejo, de copia de un modelo de recurso, de truco para salir de tal o cual problema, de jurisprudencia aplicable al caso, y hasta de un número de teléfono cuando más te hace falta. La versión togada de aquel impagable “Ruppert, te necesito” del anuncio.

                Recuerdo una bonita muestra de ello cuando yo estaba embarazada de una de mis hijas. Por mera cuestión biológica, el embarazo suele ser indicio de juventud, y la juventud se traduce en la carrera fiscal en una relación inversamente proporcional al número de kilómetros que separan tu sede del juzgado que se te asigna. Así que, por esa sencilla regla de tres, yo tenía que hacer los juicios de un juzgado bien distante. Cuando me encontraba en la recta final de mi embarazo, descubrí con asombro que en la planilla mensual no aparecía ni uno solo de esos juicios, es más, no tenía que hacer ni un solo viaje. Fui al coordinador, creyendo que había un error y me dijo que no, que mis compañeros se habían puesto de acuerdo y habían asumido voluntariamente mi cuota de juicios fuera de la ciudad. Me emocionó el detalle, y se lo agradecí de veras. Quizás sin su compañerismo mi hija hubiera nacido vaya usted a saber dónde, ente juicio y juicio, y arropada por la toga.

                Por suerte o por desgracia, en esta función nuestra surgen numerosas oportunidades de demostrar ese compañerismo. Más aún posiblemente en el caso de los Fiscales, que podemos cambiar guardias, o juicios, o asistencias, con mayor facilidad. En esas cosas son las que se demuestra no sólo la valía profesional, sino la personal, bastante más importante, porque en esta profesión es difícil tener la una si se carece de la otra.

                Lo que ocurre es que, en ocasiones, tiende a confundirse compañerismo con otra cosa, el corporativismo. Este tiene un matiz peyorativo, y alude a esas actitudes en que se salvaguarda al colega a toda costa, tenga o no tenga razón. Y visto así, no es bueno. Pero cuando lo que ocurre es que se hacen manifestaciones de apoyo o adhesión a un compañero, no siempre puede tildarse de corporativismo. Las más de las veces es puro compañerismo y, lo que es más, mera justicia. Que ya cualquiera sabe lo expuestos que andamos a los infundios que cualquier tertuliano tenga a bien –o más bien a mal- verter sobre nosotros.

                Yo soy afortunada. Me he topado siempre, allá donde voy, con excelentes compañeros que me han hecho la vida más fácil y me han sacado de algún que otro aprieto. Y, por supuesto, también trato de hacer lo mismo. Así esta profesión nuestra no sólo es más llevadera, sino que es mejor. También me he encontrado con alguno que otro de los que no lo son. Pero de esos prefiero no hablar, que ya se sabe que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio, como dice el refrán.

                Así que hoy, por supuesto, la más grande de las ovaciones para los buenos compañeros. Porque son fantásticos. Y no siempre se lo decimos.