La publicidad forma parte de nuestra vida. Hay publicidad en a televisión, en el cine, en las marquesinas, en las paradas de autobús y en cualquier sitio. De publicidad y sus cosas tratan películas de hace tanto tiempo como Pijama para dos o más recientes como La mejor película jamás vendida, aunque pausas publicitarias puede haberlas en cualquiera. Depende de dónde se emitan.
En nuestro teatro no hay pausas publicitarias, desde luego. Solo faltaba que en mitad de un juicio Su Señoría interrumpiera la vista para dar paso a un espacio publicitario, o que antes o después apareciera la advertencia de que “este juico esta patrocinado por Togas Puñetitas”. Aunque nunca se sabe, que tal vez lo que hoy parece imposible mañana se asume con naturalidad. Si lo hicimos del papel de claco y la Olivetti al ordenador, podemos evolucionar con todo.
La cuestión es que hay algunos anuncios que han quedado en el imaginario colectivo. Algunos de ellos hoy no pasaban ningún filtro. Pensemos, sin ir más lejos en aquel eslogan de los 70 que anunciando un coñac afirmaba que “Soberano es cosa de hombres”, que duró varias campañas y que todo el mundo repetía como si fuera lo más natural del mundo. Y es que lo natural, en aquel entonces, era ser machista sin ningún empacho. Ahora tal vez lo sigamos siendo, pero nunca se admitiría un anuncio que lo proclamara. Estaría -por fortuna- sancionado por la Ley General de publicidad desde la redacción que de la misma hizo la ley integral contra la violencia de género, allá por el 2005.
Por cierto, que esa misma Ley General de Publicidad, en su última redacción hace apenas un par de años, introdujo entre lo que se considera publicidad ilícita la que sea de carácter racista, sexista, homófoba, tránsfoba o que fomente la discriminación por edad, por discapacidad o por razones estéticas.
Ni que decir tiene que el negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao no hubiera podido cantar en nuestra tele actual sin arriesgarse a que le eliminaran de las pantallas por publicidad ilícita por su contenido racista, y tampoco hubiera podido atravesar con su motocicleta nuestras pantallas aquella chica del mono de lúrex que buscaba a Jacques, y que no sé si le habrá encontrado. Aunque si el tal Jacques ha envejecido tan mal como el artículo, mejor que corra en dirección contraria y se vaya bien lejos con su moto.
Estos son solo algunos ejemplos, pero en el pasado no había lavadora, cocina o similares que no se ofreciera como de uso exclusivo de las mujeres, que han seguido siendo, hasta hace poco, las únicas que anunciaban detergentes, como si a los hombres les saliera urticaria solo con acercarse a él. Y, como me decía una amiga, tampoco sé por qué somos casi exclusivamente las mujeres las que tenemos varices, o hemorroides en los anuncios, como si no tuviéramos bastante con sufrir cada mes el período, que ni huele como huelen las nubes, ni es un líquido azul, ni provoca la cara de alegría que tienen las modelos de los spots.
Y, halando de liquiditos azules, siempre me ha invadido una duda en la relación entre publicidad y Derecho. Y es cómo harán esas pruebas ante notario en que dos bebés hacen pis en dos pañales diferentes, para demostrar cuál absorbe mejor. ¿Están los notarios esperando en su notaría a que el bebé tenga ganas de hacer aguas menores? ¿Y si le da por hacer aguas mayores, o no le da la gana de hacer pis? ¿Comprueba personalmente el notario con sus manos si se ha absorbido el pipí? Y, la más importante pregunta ¿tanto tiempo estudiando la oposición de Notarías para eso? Pues hala, Iker Jiménez, aquí tienes temazo de misterio para tu Cuarto Milenio.
Lo bien cierto es que, aunque la publicidad ilícita está proscrita en nuestro ordenamiento, no lo es menos que el procedimiento no es de lo más sencillo. Como muestras de que pueden lograrse cosas, hay condenas por publicidad sexistas en casos como el del calendario de una compañía aérea que utilizaba los cuerpos de sus azafatas para anunciar sus vuelos, o de una cementera que pensó que lo más adecuado para vender cemento es estampar la imagen de una mujer de muchas tetas y poca ropa en los sacos que contienen el producto.
No obstante, no echemos las campanas al vuelo. No hay más que poner la tele y ver los anuncios de juguetes, de perfumes, de detergentes o de productos navideños para percatarnos que si la aplicación de una sanción legal fuera tan automática como debiera, no se salvaban ni la tercera parte. Y eso siendo generosa.
Y ahora cierro el telón. Sin dar espacio a la publicidad y dejando el aplauso en suspenso. Ya lo daremos cuando todo esté en orden y en clave de igualdad. Que ya es hora,
Son muchos los trabajos en que se requiere una ropa característica. Imaginemos a los bomberos de El coloso en llamas apagar el fuego vestidos de calle, o a los soldados de El puente sobre el río Kwai, El día D, La chaqueta metálica o cualquier otra película bélica sin su uniforme militar. O a los miembros de las profesiones sanitarias de Urgencias u Hospital General atendiendo a sus pacientes en traje de chaqueta u operando en chándal. Pero no solo son profesiones, también en otros lugares como en colegios, residencias u orfanatos se vestía uniforme, como veíamos en Las niñas o en Las hermanas de la Magdalena. Aunque, si algún uniforme que hemos visto en el cine nos ha dejado marca es el de los campos de concentración nazis, ese horrible ropaje que vestía El niño con el pijama de rayas.
En nuestro teatro, también tenemos nuestros propios uniformes, aunque con unas características peculiares. Ya dedicamos varios estregas a nuestra toga , a nuestras puñetas y hasta a nuestro vestuario. Pero hoy incidiremos más en el tema y, sobre todo, de otra manera.
Cuando hablamos de uniforme de Toguilandia, pensar en nuestras togas, con puñetas o sin ellas, es inevitable. Esa especie de abrigo negro, con su beca y sus pliegues que una de mis “clientas” llamaba “batín” –“no es verdad lo que dice la señora del batín negro” dijo, refiriéndose a mí- es el más característico de nuestros uniformes, pero no es el único.
Jueces y juezas, fiscales, Lajs y miembros de la abogacía y la procuraduría, lucimos toga para los actos oficiales. Obligatoriamente. Con nuestra galleta -placa- identificadora de cada cuerpo y todo. Aunque cuando hablamos de la obligatoriedad, siempre surge la misma cuestión. ¿Por qué, si es obligatoria, no nos la proporciona el estado? ¿Por qué tenemos que pagarla de nuestro bolsillo y quienes no somos profesionales liberales ni siquiera podemos desgravar ese gasto? Pues nadie sabe responder. Pero, aunque nadie imagina al policía o el bombero pagándose su uniforme, nosotros hemos de hacerlo. Y es que Toguilandia is diferent.
Cabría preguntarse, entonces, qué pasaría si celebramos juicios sin ella. Y la respuesta es que podrían abrirnos expediente. De hecho, así lo hicieron alguna vez en que un juzgado eximió de llevarla porque los 40 grados a la sombra casaban mal con un abriguito negro, por más puñetas que llevara, aunque luego archivaran el expediente. Verdad verdadera.
Otros de los que llevan uniforme en Toguilandia, son los médicos y médicas forenses. Aunque, justo al revés que nosotros, utilizan su bata para el trabajo de campo y no para los actos oficiales. Así que en la guardia ellos llevas bata y nosotros, no, y en los juicios somos nosotras quienes llevamos togas y ellas quienes visten de calle.
Pero, cuando se habla de uniformes, hay algo en que la mayoría de gente ajena a Toguiladia está equivocada. Se trata de la ropa que visten las personas que sufren de privación de libertad en prisión. Por más que la iconografía clásica los represente hasta la saciedad con el traje de rayas blanco y negro y hasta con una bola atada a la pierna, aquí nada de eso ocurre. Y muchísimo menos lo de las prisiones americanas, en las que, según vemos en las películas, los presos visten un mono naranja y tienen cadenas atadas a los pies. No deja de ser curioso que más de una serie española muestre a nuestra población penitenciaria de la misma guisa, pero eso no responde más que a la ignorancia y a la falta de documentación, que cualquier que sepa un poquito del tema les habría explicado que aquí las presas y presos visten su propia ropa.
Para acabar, me referiré a los cuerpos uniformados por antonomasia, esto es, las Fuerzas y Cuerpos de seguridad . O el Cuerpo de bomberos. Todos ellos, a diferencia de quienes habitamos Toguilandia, tienen su uniforme de trabajo y su uniformidad de trabajo, de modo que en los actos oficiales van vestidos de bonito, y en la tarea diaria lo hacen lo hacen con su uniforme de faena.
Y con esto cierro el telón por hoy. Aunque no m olvidaré el aplauso, que esta vez va dedicado, cómo no, a todas las personas uniformadas de Toguilandia. Que no se diga.
Sumar, restar, multiplicar o dividir son el paquete básico de las matemáticas, aunque hay genios que poseen Una mente maravillosa, que tienen Un don excepcional, que constituyen Figuras ocultas, o que han construido La teoría del todo a quienes el cine les dedica, merecidamente, obras estupendas. Y eso por no hablar de programas televisivos tan populares como Cifras y letras, que siguen triunfando. Y es que, a pesar de que las metes tienen mala fama en la infancia, pueden ser apasionantes.
En nuestro teatro hay que reconocer que somos muy de letras. Tanto, que si vemos un par de números nos entran sudores fríos y mareos y sacamos el comodín de siempre, el de que “somos de letras” como si nuestro cerebro tuviera un impermeable que o permitiera entran a ninguna operación que no pasara de la tabla de 2.
Pero siempre hay excepciones, claro está, y de ellas es de las que quería hablar hoy. Y las hay de varios tipos.
En primer término, no puedo dejar de hablar del trabajo de los LAJs y de su relación con los números. A este cuerpo de la Administración de Justicia corresponde todo lo relacionado con las cuentas del juzgado, que no es poca cosa, porque en algunos casos manejan ingentes cantidades de dinero. Y no siempre se da a esta función el valor y la dificultad que tiene.
Otra de las materias donde lo números tienen gran importancia se encuentra en materia de ejecución , de la que a veces no nos acordamos. Se trata de las liquidaciones de condena, para determinar exactamente cuántos días de prisión o de alejamiento corresponden a cada penado. Y también a la parte de ejecución corresponden determinaciones numéricas como las asaciones de costas o los cálculos de la responsabilidad civil con sus correspondientes intereses.
Aunque tal vez sea trasladándonos al campo del derecho civil donde encontramos más influencia de los números. De hechos todas las indemnizaciones por daños y perjuicios no hacen sino traducir a una cantidad el perjuicio causado, y otro tanto cabe decir del cumplimiento de cualquier obligación que se reclamen judicialmente y no pueda hacerse efectiva en especie.
Si, dentro del Derecho Civil nos adentramos en el Derecho de Familia, también encontramos algunas cuestiones de dinero al determinar pensiones o liquidaciones de regímenes matrimonial, entre otras cosas.
Aunque la parte donde más cifras aparecen es, obviamente, la que se circunscribe al Derecho Bancario, o al Derecho Mercantil en general. Ahí se diluye bastante eso de que seamos “de letras”.
Otro tanto cabe decir del Derecho Laboral en el que también hay que calcular indemnizaciones por despido y salarios debidos. Por que lo que se debe, es debido, y con las cosas de comer no se juega.
Per no me olvido del Derecho Penal, por descontado. Y dentro del mismo destacaré la importante labor de quienes califican, enjuician delitos económicos, una materia difícil y farragosa donde las haya. Y yo, que soy fiscal de sangre, sexo y vísceras como digo siempre, me quito el sombrero antes quienes lo hacen. Que no se diga
Para acabar, recordaré la importancia de las tasaciones periciales, que, con su determinación de lo que vale cada cosa, no solo fijan la cantidad que se debe abonar, sino que pueden establecer la existencia o no de un delito -como ocurre en delitos fiscales- o la diferencia entre un delito leve y uno menos grave -como en el caso del hurto-, lo cual no es baladí.
Y con esto cierro el telón de hoy, con la intención de aportar algo que sume, y no reste. Por eso dedico mi aplauso a quienes dentro de nuestro trabajo trabajan con los números. Una tarea nada fácil.
El arte en general y el cine en particular están llenos de homenajes o reflejos de personas que han supuesto un referente para las generaciones venideras. Ghandi, el Nelson Mandela de Invictus, Clara Campoamor, la mujer olvidada,Concepción Arenal, la visitadora de prisiones, y muchas mujeres y hombres más han sido espejo en el que siguen viéndose muchas personas.
En nuestro teatro también tenemos referentes. Tanto generales, esos juristas que inspiraron a varias generaciones a lo largo e los tiempos, como particulares, en ese o esa a quien conocimos y a quine quisiéramos parecernos. En realidad, a todo el mundo nos gustaría acabar convirtiéndonos en un referente, aunque también tenga una parte de responsabilidad que abruma un poco. O un mucho, según se vea.
Por la parte que atañe a juristas de todos los tiempos, hay referentes grandes y pequeños, y depende de cada época y de cada cual, porque para gustos hay colores, hasta en Toguilandia y aledaños. Un buen ejemplo de un jurisconsulto que todos, más o menos, admiramos o tomamos como referente, es el de Ulpiano, jurisconsulto romano del siglo II y III después de Cristo -ahí es nada- al que se le atribuya la frase que todo jurista ha empleado alguna vez, “Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Una definición tan sencilla aparentemente como completa y expresiva si se analiza bien. Todo un código en menos de 15 palabras, que ya quisiéramos en algunos informes que se hacen eternos para decir bien poco. O sentencias, que también las hay, y yo, como seguidora de Ulpiano, también tengo por costumbre dar a cada uno lo suyo, aunque se trate de dar leña. Eso sí, con respeto y cariño, que eso nunca falta.
Continuando con esos referentes universales, y sin ánimo de exhaustividad, no vaya a ser que se me enfade alguien, citaré algún otro que, a mí al menos, m ha marcado. O mejor dicho, otra. Ninguna mujer española que se precie debe pasar por alto el papel de Clara Campoamor, la mujer que consiguió que se nos reconociera el voto a las mujeres, nada menos que allá por 1933. Lástima que pocos años más tarde se nos arrebatara durante cuarenta años tanto a hombres como a mujeres.
En el ámbito internacional, hombre como Ghandi y su pacifismo, Mandela y su lucha por la igualdad y contra el apartheid también han aportado mucho al avance de los Derechos Humanos, aunque, si tuviera que elegir, me quedaría con logros aparentemente más pequeños, como el de la niña Malala y su lucha por la educación de las niñas, o el de Rosa Parks, que consiguió tanto contra el racismo con el sencillo gesto de sentarse en un autobús. Muchos hombres pequeños, en lugares pequeño, haciendo cosas pequeñas, que pueden cambiar el mundo como dijo Galeano, otro referente. Una cita a la que solo le pondría un pero, aunque haya quien me llame tiquismiquis u otras cosas que prefiero no pensar. Un pero que seguro que quien me conozca habrá adivinado: que tendría que aludir no solo a hombres sino también a mujeres.
Pero además de estos referentes, hay otros más cercanos y que marcan tal vez mucho más. Los primeros aparecen en la Universidad, incluso en el colegio. Es bastante conocida la carta que Albert Camus escribió a su maestro de la infancia en el momento en que recibió el Premio Nobel agradeciéndole todo lo que hizo por él y diciéndole nada menos que si no hubiera sido por él, no habría llegado a donde llegó. Si alguien a estas alturas no conoce esa carta, recomiendo su lectura, así como la respuesta. Una verdadera lección de humildad que merece ser un referente.
Pues bien, aunque no todos los maestros y maestras son tan buenos ni sobre todo, su alumnado tan agradecido, todo el mundo tenemos algún profesor que constituye nuestro referente. Más aun, cuando llegamos a la facultad y damos nuestros primeros pasos toguitaconados.
Profesores de universidad, preparadores y preparadoras, tutores de prácticas se convierten, casi sin darse cuenta, en un modelo a imitar. Yo, desde luego, nunca olvidaré a los míos. N a mis preparadores, ni a mi tutor ni aquellas compañeras y compañeros que tuvieron la paciencia de enseñarme el oficio, y mucho más que el oficio. El amor al Derecho y a la carrera Fiscal. Aunque suene cursi.
Hoy en día, sin embargo, se habla de referentes para aludir a influencers y opinadores que saben menos de lo que deberían. Pero no generalicemos. También los hay que día a día hacen pedagogía de las pequeñas cosas en redes sociales o medios de comunicación, en periódicos y textos. Y estos también son excelentes referentes hoy en día. Referentes que, además, pueden llegar más a la gente joven que cualquier jurisconsulto premiado y respetado.
Reconozco, aunque sea un poco umbralista, que hay una compañera que siempre se refiere a mí como referente y, aunque no sé si lo merezco, sí que me hace sentirme feliz y orgullosa. Si ella pienso eso de mí, algo estaré haciendo bien
Pero dejaré de darme autobombo, n vaya a pasarme, e iré directamente al momento del aplauso. Y ese va dedicado a los y las referentes de todos los tiempos, grandes y pequeños. Gracias por todo
Las relaciones familiares, sean de sangre o de otro tipo, dan lugar a múltiples historias. Positivas o negativas, buenas o malas. Ahí tenemos series como Familia, La hora de Bill Cosby , Con ocho basta, Enredo, Los problemas crecen, Dos hombres y medio, Modern Family o Como conocí a vuestra madre son algunos de los muchos ejemplos de comedias basadas en diferentes modelos de vida familiar, mientras que las sagas de dinero y herencias como Dinastía, Falcon Crest o Dallas marcaron toda una época en nuestras televisiones. Y es que la familia da mucho de sí.
En nuestro teatro tanto la familia como el parentesco, que son parecidos, pero no iguales, tienen muchos efectos jurídicos. AlDerecho de familia, una parte esencial del Derecho Civil, ya le dedicamos un estreno en su día. Pero ahí no acaba todos los efectos del parentesco en nuestro Derecho. Ni en el Civil ni en otros ámbitos.
En el ampo del Derecho Penal, el parentesco puede producir múltiples efectos, tanto positivos como negativos. De hecho, la circunstancia de parentesco, en su configuración legal, no es agravante ni atenuante sino una circunstancia considerada mixta que, en teoría, tanto puede agravan como atenuar la pena, e incluso no producir ningún efecto. Tradicionalmente, se decía que agravaba los delitos que atacan a bienes personales, como la libertad sexual o la integridad, y que atenuaba los delitos conta la propiedad. Pero en honor a la verdad diré que, más allá de los casos de concurrencia de la excusa absolutoria en delitos patrimoniales, no he visto efectos positivos al parent4esco cuando autor y víctima están ligados por una relación de este tipo. Y parece lo lógico: a priori, es más reprochable delinquir contra la persona de la que eres pariente que contra un extraño.
Además del ya citado supuesto de la excusa absolutoria en delitos patrimoniales, que exime de responsabilidad los delitos de este tipo cometidos contra personas con las que se tiene un vínculo estrecho -el típico caso sería el del hijo que coge sin permiso el coche del padre-, hay más casos donde el parentesco está expresamente contemplado en el tipo, en la mayor parte de los casos para agravar la pena. Pensemos, por ejemplo, en los supuestos de violencia doméstica y de género expresamente regulados y castigados en nuestro Código penal.
Otros supuestos serían los de los padres que abandonan a los hijos o el impago de pensiones. En el Código anterior se regulaba expresamente el delito de parricidio, que no era más que un homicidio o asesinato a determinados parientes, penados más gravemente; o el infanticidio, referido a las madres que asesinaban a sus hijos recién nacidos para ocultar su deshonra, a las que se les asignaba una pena mucho más atenuada que al asesinato de un bebé en otras circunstancias. Otros casos contemplados en el Código anterior eran el adulterio, por el que se castigaba con dureza a las mujeres que cometían una infidelidad o el tipo atenuado del uxoricidio en adulterio, que castigaba únicamente con pena de destierro el asesinato de la propia mujer si era por casa de infidelidad. Por fortuna estos tipos penales son fruto de otra época ya superada, donde el machismo impregnaba la vida y los textos legales.
En el Derecho Civil además del ya mentado Derecho de familia, también son muchas las disposiciones que contemplan la existencia del parentesco, De hecho, e sus propias disposiciones se contiene la diferenciación entre los grados de parentesco que tanto costaba comprender en los tiempos de facultad. Es particularmente importante el parentesco y el grado del mismo en el Derecho de sucesiones. Los herederos naturales son siempre los descendientes, que no se pueden desheredar salvo por causas concretas y tasadas, a pesar de la creencia basada en esas series de millonarias sagas familiares, de que se pude desheredar a un hijo cuando a uno le venga en gana.
Para acabar, no podemos olvidar el Derecho Procesal. El hecho de tener determinado nivel de parentesco con el investigado/acusado permite, sin ir más lejos, no declarar contra él, a diferencia de la obligación de cualquier testigo de hacerlo. Es la llamada dispensa legal que ha motivado que tantas mujeres no denuncien a sus agresores o incluso que se echen atrás tras haberlo hecho, aunque la última reforma haya matizado el precepto, y no permita acogerse a la dispensa legal a quien haya denunciado.
Y hasta aquí, estas pinceladas sobre los efectos del parentesco, Podrían citarse más ejemplos, pero de muestra vale un botón. Pero no podemos cerrar el botón sin dar el aplauso de hoy que corresponde, sin duda, a quienes viven las relaciones familiares como algo positivo y actúan en consecuencia. Que no siempre ocurre
A punto de atravesar la frontera de otro 25 N, comprobamos que seguimos sin razones para celebrar y con mucho que reclamar.
Como homenaje a todas las víctimas, hoyos dejo uno de mis cuentos, incluido en mi antología Remos de plomo
LA OPORTUNIDAD
Cuando vi en la pantalla del teléfono móvil aquel número tan largo, sabía que algo malo tenía que pasar. No fallaba. Los números larguísimos nunca traían buenas noticias. No me equivoqué ni un ápice. Mi hijo se había caído en el patio del colegio y había perdido por unos instantes la consciencia y, aunque ya parecía estar recuperado, le habían llevado al hospital y reclamaban a sus progenitores, como era normal. Pero, como era normal también, habían marcado primero el número de teléfono de la madre —o sea, el mío— por más que les había explicado hasta la saciedad que, precisamente a aquellas horas, yo estaba particularmente ocupada y era al padre a quien debían avisar primero. Pregunté, una vez me aseguré de que el niño estaba bien, si avisaron al padre y me dijeron que no lo habían encontrado. No sé muy bien las ganas que pusieron en ello, pero es lo que había. No quise perder más tiempo y me marché al centro sanitario, cargando con la rabia de tener que abandonar mi trabajo, y con la culpa por sentir esa rabia. Odiaba arrastrar ese complejo de mala madre, pero no podía evitarlo. Al menos, pensé que sería una oportunidad de oro para Andrea. La oportunidad que llevaba esperando tanto tiempo. Ella me sustituiría en mi puesto de presentadora del informativo del mediodía, el más visto en la cadena de televisión donde ambas trabajábamos. Como la apreciaba de verdad, me consolé con aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y me despedí a toda prisa olvidando desearle suerte. Un olvido imperdonable. Cuando llegué a la clínica, mi hijo ya había sido atendido y trasladado a una habitación, donde permanecería en observación. Como, por fortuna, se encontraba perfectamente, le pedí permiso para encender la televisión de monedas que había en el cuarto y poder ver cómo se las arreglaba mi compañera, aunque estaba segura de que lo haría a la perfección. No me falló el instinto. Andrea se desenvolvía ante las cámaras con una soltura impropia de una debutante, perfectamente vestida, maquillada y alicatada para la ocasión. Sonreí al comprobar que se había puesto el vestido verde que llevaba meses languideciendo en una percha de vestuario, a la espera de que yo adelgazara lo suficiente para caber dentro. No había manera de hacer comprender a los responsables de la cadena que era la ropa la que tenía que adaptarse a nuestra medida, y no nosotras quienes debíamos lograr un volumen adecuado a la ropa. Era una batalla perdida y ya había perdido la cuenta de la cantidad de dietas que había intentado sin lograr enfundarme en el vestido verde que lucía Andrea y que le sentaba como un guante. Tanto que, por un instante, temí por mi propio puesto de trabajo y, al instante después, me recriminé por haberlo temido. Qué duro se hacía tener que parecer siempre perfecta. En cuanto terminó el informativo, envié un mensaje por el móvil a Andrea para felicitarla por su trabajo, pero no me contestó. Me la imaginé celebrando su éxito ante su pareja, nuestro compañero Antonio, el de deportes, y no quise importunarla más. Ya hablaría con ella más tarde. Cuando el niño saliera del hospital, iríamos a celebrarlo juntas.
Lo que yo no supe entonces es que ella no leyó mi mensaje, ni menos la causa por la que no lo hizo. Mientras yo me la imaginaba feliz hablando con su novio, Antonio, el de deportes, le había mandado cientos de mensajes llamándola puta, zorra y cuantos sinónimos diera de sí el diccionario. La insultaba por exponerse ante el país entero enfundada en aquel vestido verde que tan bien le sentaba, y, según él, maquillada como una cualquiera. Tampoco supe que estos mensajes se los enviaba en los descansos de su actuación diaria ante las cámaras, comentando con desenvoltura acerca del último fichaje de un equipo o la boda de algún jugador de postín con una escultural modelo, cuyo escotado vestido y lo bien que le sentaba ocupaban buena parte de su espacio deportivo. Reconozco que, si lo hubiera sabido, me hubiera costado mucho creer. La pareja que formaban Andrea con Antonio, el de deportes, era de lo más envidiado de la contornada. Jóvenes, guapos y sobradamente preparados, y, por más que la figura de ella quedara eclipsada ante el éxito de él, decían vivir a la espera de que le llegara la oportunidad anhelada, precisamente esa que le brindó la caída fortuita de mi hijo en el patio del colegio. Andrea nunca contó, ni a mí ni a nadie, que el encantador periodista deportivo desaparecía como por ensalmo en cuanto traspasaba los muros de su casa. Que con ella se quitaba la careta para convertirse en un déspota obsesionado por saber en todo momento dónde, con quién y cómo estaba, y por apartarla de todo lo que no girara alrededor de él. Si lo hubiera sabido, habría comprendido sus continuas negativas a salir a tomar algo con el equipo, sus excusas para venir a las comidas de trabajo a las que él no asistía, o su cara de melancolía constante. Si lo hubiera sabido, habría sospechado que sus sempiternas gafas de sol no se debían a la conjuntivitis crónica que decía padecer. Si lo hubiera sabido, hubiera actuado de otro modo. Pero tal vez yo misma no quise saberlo y preferí quedarme instalada en mi zona de confort donde Andrea y Antonio, eran la pareja ideal. Supe más tarde que la esperada celebración se convirtió en una tortura. Un episodio más de los que Andrea vivía y callaba a diario, que habían llegado a motivar llamadas de los vecinos a la Policía. Aunque nunca iban a ningún sitio. Los vecinos se venían atrás en cuanto desparecía la causa de su malestar, los gritos que perturbaban su tranquilidad. Y Andrea quitaba importancia a las cosas ante la policía con el convencimiento de que, una vez más, él se arrepentiría y, esta vez en serio, no volvería a suceder. Y aquella noche no fue una excepción. La Policía acudió una vez más al domicilio y, una vez más, se marchó tras escucharle a ella decirles, una y mil veces, que no pasaba nada. Comprobaron que no tenía ninguna herida visible y, eso sí, anotaron cuidadosamente todo, que no en balde no era la primera vez que los llamaban y ya andaban con la mosca tras la oreja. Y, a pesar de las súplicas de Andrea, prometieron que volverían a la mañana siguiente a comprobar que todo seguía en orden. Mientras tanto, yo, ajena a todo aquello, trataba de entretener a mi hijo, ya cansado de estar en la cama viendo televisión o jugando a videojuegos. Le tenían que hacer unas cuantas pruebas más y, a pesar de que su padre acudió en cuanto terminó su jornada laboral, los propios médicos aconsejaron que fuera yo quien me quedara a pasar la noche con él, que los críos siempre están más tranquilos con las mamás. De nuevo la
culpabilidad se apoderó de mí, porque lo primero que pensé fue en mi trabajo. La situación tenía toda la pinta de no haberse despejado cuando llegara el momento de ir a trabajar. Así que hice de tripas corazón y llamé a mi jefe, a sabiendas de que el hecho de que yo ejercitara mi derecho a tener un día libre por el ingreso hospitalario de mi hijo le sentaría a cuerno quemado. Pero, al fin y al cabo, estaba Andrea, que me había sustituido a las mil maravillas el día anterior y que a buen seguro volvería a hacerlo. Así lo hice, y traté de no darle más vueltas ni perder la compostura ante el torrente verbal que soltaba mi airado jefe. Le envié otro mensaje a Andrea, que tampoco contestó y esta vez no olvidé desearle suerte. Mucha suerte. La noche transcurrió sin sobresaltos. Mi hijo estaba bien y, según parecía, la cosa no quedaría en más que un susto. Así que esperamos pacientemente a que terminaran con todas las pruebas precisas y toda la burocracia necesaria para que le dieran el alta lo más pronto posible y volver a nuestras vidas en el punto que las dejamos el día anterior. Estaba a punto de ser mediodía cuando el corazón me dio un respingo. De nuevo el teléfono móvil me amenazaba desde su pantalla luciendo un flamante número largo que, como yo sabía nunca traía buenas noticias. En efecto, mi jefe, fuera de sí, me ordenaba que fuera inmediatamente a los estudios. Andrea no había dado señales de vida y apenas quedaba una hora para emitir el informativo. Alejé el teléfono de mi oreja, para no destrozarme el tímpano con los alaridos, y me resigné a no argumentar que tenía derecho a quedarme con mi hijo. Sabía que no admitiría nada de lo que le pudiera decir. A toda prisa, le resumí la situación a la enfermera y tras prometer regresar lo antes posible, me metí en un taxi, desde el que le dejé un mensaje a mi marido en el buzón de voz para que se ocupara del niño. Llegué al estudio con el tiempo justo para que me espolvorearan la cara apresuradamente, y me senté ante la pantalla, por vez primera, con la ropa que traía puesta. No había tiempo de repasar los textos y me dispuse a leerlos directamente, como mejor pudiera, de la pantalla que nos ponían delante. No podía creer lo que las letras componían ante mis ojos. Mi cerebro se negaba a leerlo en voz alta. Prescindí por completo del texto oficial y, con una voz que no reconocía como propia, grité más que dije: «El malnacido de Antonio, el de deportes, ha asesinado a Andrea Montes, nuestra querida compañera, de varios navajazos. Malditos seamos todos, por nuestra complicidad». Lo siguiente lo recuerdo como en una película a cámara rápida. El brusco corte de la emisión, la cara furibunda de mi jefe, la mirada esquiva de quienes allí estábamos y muchos gemidos sofocados. Me levanté, dejando ante mí la pantalla con el texto del guion, que rezaba: «Ha fallecido la periodista de esta cadena Andrea Montes. Su cuerpo fue hallado esta mañana con varias puñaladas y, aunque han detenido a su compañero sentimental, no se han esclarecido las causas». Fue mi último día de trabajo. Fui fulminantemente despedida por algo que llamaron «causas objetivas» aunque mi jefe no se privó de aclararme que la razón fue
mi falta de profesionalidad, añadiendo que, de todos modos, me estaba haciendo mayor y ganando demasiados kilos como para presentar el informativo. Hoy, mientras envío el enésimo currículum en demanda de un empleo que nadie me da, no puedo reprimir una sonrisa mientras veo en la televisión a una chica joven y delgada, enfundada en un vestido verde, contar cómo se están reduciendo notablemente las desigualdades entre hombre y mujeres, según los últimos estudios. Y apenas soy capaz de reconocer el sillón en el que está sentada, el que ocupé yo durante tanto tiempo y en el que Andrea se sentó una sola vez. Antes de apagar el televisor, todavía puedo oírla decir con voz neutra que la semana próxima se celebrará el juicio por la muerte de Andrea Montes.
Si hay algo más grave, si cabe, que perder a un ser querido, es no tener la certeza de saber si se le ha perdido o no, si está vivió o muerto, por más que todos los indicios apunten en la misma dirección. El cine ha dedicado películas a las desapariciones, como la mítica Missing o Matar a El Nani y hasta a fabuladas reapariciones, como la de Anastasia en sus diferentes versiones, o nada fabuladas, como ocurre en El crimen de Cuenca. Todo un filón para el séptimo arte.
En nuestro teatro, la desaparición tiene muchas vertientes, con sus aristas jurídicas todas ellas, que van mucho más allá del dolor que causa no encontrar a un ser querido.
En su momento, cuando estaba vigente el Código anterior y existía otro modelo de vida, se hablaba mucho del abandono de familia en sentido literal, el de el hombre -normalmente- que se marchaba de casa sin dejar seña, dejando a su esposa e hijos con tres palmos de narices. Lo que, jocosamente, se comparaba con ir a comprar tabaco y no volver. Hoy el delito de abandono de familia sigue existiendo, pero el más común es el consistente en el impago de pensiones y también los incumplimientos de otras obligaciones que no conllevan desaparición física.
Por otro lado, un supuesto en que la desaparición tiene trascendencia penal es el caso de que se haya privado de libertad a una persona y no se haya dado noticia de su paradero, algo que surgió a raíz de lo ocurrido en su día con El Nani, que fue detenido en su día y cuyo cadáver nunca apareció.
A todo el mundo le vienen a la cabeza, si hablamos de desapariciones, los casos tristemente famosos en lo que jamás apareció el cuerpo, aunque se juzgara al culpable, como el de Marta del Castillo o el de Marta Calvo. Un sufrimiento extra a unas familias que ni siquiera tienen donde llorar a sus muertos.
Es el caso de lo ocurrido con los represaliados por el régimen franquista, o por cualquier otro, cuando sus cuerpos no fueron hallados, Hay familiares que todavía los buscan, y aunque la Ley de Memoria de 2007 y sobre todo la reciente Ley de Memoria Democrática de 2022 intentan remediar, al menos en parte, esta situación, todavía son muchos los que siguen en fosas y cunetas.
Pero como digo siempre, hay vida más allá del Derecho Penal y ocasiones como la que acabamos de vivir en Valencia nos lo recuerdan dolorosamente. A día de hoy, todavía hay más de diez personas desparecidas por la DANA cuyos familiares los buscan incesantemente. Y, aunque parezca que el dolor es tanto que no hay nada más que importe, si lo hay. Mientras no aparezca el cuerpo de una persona, no puede abrirse su sucesión, ni dar una continuidad al destino de sus bienes. Evidentemente, la ley establece una solución para estos casos, que ya se arbitró en su día pensando en quienes desparecían en el curso de una guerra. No olvidemos que el Código Civil es todo un ancianito nacido en el siglo XIX.
Recuerdo que lo relativo a la ausencia y a la declaración de fallecimiento eran de las primeras cosas que estudiábamos en Derecho Civil y, por cierto, de las más interesantes. Pero, literatura aparte, lo bien cierto es que las cosas de palacio van despacio y que para declarar legalmente fallecida a una persona han de pasar unos plazos y cumplirse unos requisitos que todavía aumentan más el dolor de la pérdida. Y también por esto es importante encontrar a los ausentes.
Y hasta aquí, estas pinceladas sobre desapariciones y Derecho. Toda mi solidaridad para quienes han de pasar por este duro trago y mi aplauso, por supuesto, por quienes emplean todos sus esfuerzos en su búsqueda. Siempre, pero hoy especialmente.
En estos días en que aún arrastramos una tristeza cargada de barro y agua, en nuestro teatro estrenamos un cuento, un cuento que cuenta otras cosas sobre el agua más allá del desastre que hemos vivido
Milagro
Todavía no me he repuesto de la impresión que me causó aquella historia. Era sencilla aparentemente, pero tan profunda que me costaba creer que la hubiera inventado una niña de once años. La contó como si no tuviera importancia sin darse cuenta de que tenía mucha. Toda la del mundo. La escuché sin parpadear, como todas las personas que estábamos allí. Y el final aun nos tienes sobrecogidas.
“Cuando llegué, no sabía si aquello me iba a gustar. Es verdad que me hacía ilusión salir de mi casa, pero, al mismo tiempo, me daba un pánico inmenso dejar todo lo que había sido mi vida hasta entonces, Mis padres dijeron que era lo mejor para mí, y no podía desobedecerles. Pero tampoco se m ocurrió ni por un momento hacerlo. Ellos siempre decidían lo que era mejor para mí. Para mí, y para mis otras siete hermanas.
Todo me resultaba raro. Mucho más que raro. Yo, que nunca había ido más allá del poblado de al lado, me subía de repente en una cosa que llamaban avión, una especie de pájaro gigantesco que volaba sin menear las alas llevándonos a nosotras dentro. Mi hermana y yo no sabíamos qué hacer, a pesar de que nos habían explicado antes todo lo que iba a pasar. Pero ver a aquella señora habiendo ese extraño baile, subiendo y bajando las manos, poniéndose y quitándose una extraña prenda de ropa y haciendo aspavientos nos dejó descolocadas. Íbamos a imitarla cuando, por suerte, nos percatamos de que nadie lo hacía y nos hicimos atrás, Menos mal.
Una vez llegamos, las cosas no resultaron más fáciles. Vinieron a recogernos y nos llevaron hasta el lugar donde íbamos a dormir en un coche rojo, muy brillante. Yo había visto muchos coches antes, pero no eran tan bonitos. Los que se veían cerca de mi casa estaban viejos y llenos de tierra, Y no tenían techo, o tenían uno que se ponía y se quitaba. Nada que ver con el que nos estaba transportando.
La habitación donde íbamos a dormir me gustó mucho. No se parecía en nada al lugar de donde veníamos, pero aquellas camas blancas blanquísimas y blandas blandísimas eran un verdadero sueño. No veía el momento de tumbarme y olvidarme del mundo, y del viaje, y el viejo hogar y el nuevo. Quería dormir, dormir y dormir. Y mañana, ya veríamos. Y no era la única. Cuando fui a dejarme caer sobre la cama, mi hermana ya se había dormido hacía un buen rato. Me acosté a su lado y me dejé llevar.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando me desperté. O, mejor, cuando me despertó el grito de mi hermana.
Mira, esto, míralo -me gritaba- No puede ser. No puede ser.
Me acerqué a ella. Yo tampoco podía creerlo. Aquello era un verdadero milagro. Un milagro como nunca había visto.
Cuando me explicaron que el milagro se llamaba “grifo” y podía dar toda el agua que quisiera solo con girar una especie de rueda, no supe qué decir. Solo le di la vuelta y me mojé las manos, y la cara, y el pelo. Y di un trago, y otro trago, y otro más.
Ahora, después de varios meses viviendo aquí, ya me he acostumbrado, pero no dejo de pensar que es un verdadero milagro. Porque en mi tierra siempre faltaba esa agua que aquí parece sobrar”
Desde que conocí a Ada y escuché su historia, nunca he podido mirar los grifos de la misma manera. Tampoco dejo correr el agua ni la desperdicio como hacía antes. Ahora yo también he entendido que es un milagro.
Hay veces que la tristeza se posa en el ambiente y pesa tanto que no deja paso a nada más. Impregna la vida diaria como impregna títulos de películas como Triste pájaro de juventud o Balada triste de trompeta, o de series como Tristeza de amor o Canción triste de Hill Street, entre otras muchas. Tan tristes o más todavía.
En nuestro teatro tratamos de sobreponernos a las cosas tan complicadas que vivimos en nuestras funciones, pero no siempre es fácil. Y a veces es casi imposible, como ocurre ahora. Porque no recuerdo haber tenido nunca esta sensación tan difícil pegada a la piel.
No hace falta que me extienda contando con detalle que desde el pasado 29 de octubre de 2024 mi querida tierra, Valencia, respira tristeza y desolación. No hace falta que cuente que el cielo se partió en pedazos e hizo que el agua se llevara por delante todo. Absolutamente todo. Vidas humanas, viviendas, negocios, perspectivas de futuro y medios de supervivencia. Y algo que no se cuantifica, pero se percibe en el aire. Que no es otra cosa que la alegría. La maldita Dana se llevó la alegría que siempre ha sido señal de identidad de Valencia.
Reconozco que a mí me pasa igual. A pesar de que soy de esas privilegiadas a las que la Dana no ha afectado directamente, y que mi casa, y mi familia, y mi vida siguen aparentemente igual que estaban ese día maldito, ya nada es lo mismo Y, aunque parezca mentira, no encuentro mi sentido del humor, por más que ande tras él. Y ni poniéndolo en busca y captura aparece. Quiero pensar que la policía está demasiado ocupada ayudando a las víctimas para ayudarme a encontrarlo, y que más tarde aparecerá. Pero, de momento, nada. Ni está ni se le espera.
Y no soy la única, desde luego. No hay más que asomarse a los pasillos mi Ciudad de la Justicia toguitaconada, también aparentemente intacta, para darnos cuenta de la herida tan profunda que el agua y el barro han infligido a nuestra sociedad. Mucha gente ha perdido a seres queridos, y hay quien ni siquiera los ha localizado. Muchas personas más han perdió sus casas, o sus coches, o muchas otras cosas. Y son personas con las que nos cruzamos cada día, con las que hablábamos cada día. Por eso el ambiente está cargado de tristeza en estos pasillos. Por eso y porque, si en algún momento lo olvidamos, no hay más que salir a la calle y ver los coches de emergencias y los precintos que nos recuerdas que en el mismo edificio donde estamos trabajando se están haciendo las autopsias de todas esas personas que ya nunca volverán a sus casas ni a sus vidas.
Contaba en el anterior estreno los efectos jurídicos y procesales de todo lo que ha pasado. Los fallecidos, los daños, la dura labor de los forenses, la de los peritos y compañías aseguradoras, la incidencia para profesionales que no pueden seguir trabajando y la repercusión en nuestro trabajo en cosas tan obvias como la suspensión de los plazos y de algunas de las vistas, el traslado de las sedes físicas de algunos juzgados y la potenciación, de nuevo, de los medios telemáticos, que parece mentira que no hubiéramos aprendido ya con la pandemia.
Pero todo eso es contingente, y, más tarde o más temprano, acabarán volviendo las cosas a su sitio, al menos en lo que a la mayor parte de Toguilandia afecta. Pero nada volverá a ser igual. Y mira que hemos pasado cosas, pero no recuerdo una tristeza tan densa como esta. Ni con la pandemia, ni con ninguna de las otras desgracias que nos ha traído la vida. Ni siquiera con la pantanà del 82, que pensamos que fue un horror y no tuvo ni la décima parte de víctimas de las que ha habido ahora.
Por todo eso, hoy no podía escribir sobre otra cosa. Ni tampoco podía dejar de escribir, paradojas de juntaletras como yo. Ni tampoco podía dejar de dar mi aplauso que hoy se convierte en homenaje a todas las víctimas. Ojalá esto no hubiera ocurrido nunca.
Y de nuevo, gracias a @madebycarol por sus dibujos, que dicen más que muchas palabras,
Son muchas las películas que hemos visto sobre catástrofes y desastres, naturales o no. Algunas, basadas en hechos reales como Titanic, Lo imposible o La sociedad de la nieve; otras, de ficción, como El coloso en llamas o Aeropuerto 77 y sus secuelas. Y eso solo por citar algunas. Pero, como reza el dicho, la realidad siempre supera la ficción, y además es cruel y tozuda para demostrárnoslo. Y eso es justamente lo que acaba de pasar en mi tierra.
En nuestro teatro, pasada ya una semana de la maldita Dana que ha asolado muchos pueblos de Valencia -y algún otro más en Catilla La Mancha- seguimos notando las consecuencias. Tanto en el trabajo como en la moral, que anda más que baja, porque la cosa no es para menos.
Pero empecemos por el principio y por lo mas importante. Las vidas humanas perdidas. En estos momentos las personas fallecidas superan los dos centenares y las desaparecidas superan el millar. Con los muertos no cabe otra cosa que llorarles, pero respecto de las personas desaparecidas siempre cabe la esperanza de que hayan aparecido con vida antes o después de que alguien las echara en falta o no pudiera contactar con ellas, algo muy habitual en estas tragedias, Crucemos los dedos para que así sea,
Y hoy, más que nunca, hay que valorar el trabajo de los médicos forenses y de todas las personas que intervienen en el triste proceso que va desde la autopsia a la identificación de las personas fallecidas. Una labor tan dura como necesaria, en la que están dejándose la piel estos profesionales como la copa de un pino. Para ellos va, en primer lugar, mi homenaje.
Pero la desgracia no se acaba aquí. Los cuantiosos daños materiales han de ser tasados, sopesado, valorados y, en la medida de lo posible, indemnizados. Y para ello también hay otro grupo de profesionales trabajando sin descanso. Para ellos y ellas va también mi reconocimiento.
Y, por supuesto, el reconocimiento total para todos los profesionales de las emergencias que están dando el callo allá donde pueden hacerlo, burocracia mediante. Aunque, si alguien se merece reconocimientos, son todas las voluntarias y voluntarios que, escoba y pala en ristre, se han ido a echar una mano allá donde podían, dando una lección de solidaridad y humanidad de las que no se olvidan. La mayoría, muy jóvenes, para que luego se metan con nuestra juventud. Y es que si no lo digo reviento. Y tampoco es plan, que no está la cosa para bromas.
Pero, como nuestro escenario es Toguilandia, hay que hacer referencia a las implicaciones que esta catástrofe tiene en nuestra actividad. Por de pronto, han suspendido los plazos, porque solo faltaba que, tal como está el patio, alguien tuviera que preocuparse porque se le pasaba alguno, cuando hay quienes no tienen ni luz para comunicar. Y tampoco habría derecho a que un ciudadano o ciudadana se quedara privado de ejercitar un derecho por culpa del vencimiento de un plazo en esta situación.
Luego está lo de la suspensión de vistas y declaraciones, que todavía me tiene hablando sola. Y no por las que se han suspendido, sino por las que no se han suspendido. Es obvio que en pueblos devastados donde puede que ni el Juzgado quede el pie, o que no exista la carretera que conducía hasta él, se suspendan. Pero en el resto y, particularmente en la capital, donde se ventilan procedimientos que afectan a toda la provincia, tal vez debería haberse planteado. Porque bien está que se suspenda si alguien no puede ir -faltaría más- pero tal vez debería haberse hecho antes. Porque claro, si alguien se encuentra con ese papelito en que un juez le apercibe de que si no acude le deparará el perjuicio correspondiente, es razonable que intente llegar por cualquier medio. Aunque otras autoridades, las administrativas, hayan dicho hasta la saciedad que no usemos las carreteras si no es indispensable para no dificultar las labores de desescombro y búsqueda de desaparecidos. Pero igual es cosa mía.
Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de quienes no pueden acudir a trabajar porque las circunstancias se lo hacen imposible. Y ahí, sin perjuicio de lo que se ha acordado referente a que no tendrán obligación de acudir al puesto de trabajo, y no perderán retribución ni se le computará como permiso -solo faltaría eso- echo en falta la segunda parte, esto es ¿Quién cubrirá esas bajas? Porque echar mano de la buena voluntad de os compañeros y compañeras no basta, en una administración de justicia con una falta de medios personales de órdago. Así que ahí lo dejo, por si alguien quiere darle una vuelta al tema.
Y, para acabar, como dice el refrán, a perro flaco todos son pulgas, y por si no había suficiente nos incrementan el trabajo con los pillajes, de un lado, y con los disturbios -por llamarlos de un modo fino- de otro. Lo que nos faltaba.
Pero ahí seguiremos, como siempre. Porque la Justicia es un servicio público y es lo que toca. Pero no podía dejar de expresar mi dolor por las víctimas y mi admiración por quienes trabajan a destajo en todos los frentes para que salgamos de esto, como siempre hemos hecho. Para todos ellos el aplauso largo y la ovación cerrada. Junto con el agradecimiento, una vez más, para @madebycarol, autora de la ilustración que precede -y embellece- este texto