LoteríaDeLaMadrina: Hagan juego


              El juego siempre paree tener connotaciones negativas. Y el cine y la literatura han contribuido a ello con obras como El jugador, Living las Vegas y, en el extremo opuesto, cintas como Los Bingueros. Y es que el azar nunca ha tenido demasiado buena fama.

              En nuestro teatro, los juegos de azar tienen su espacio, que más de una vez ha dado lugar a pleitos de importancia. Amigos o familia que rompen sus vínculos más estrechos para convertirse en enemigos acérrimos por culpa de un premio compartido a la lotería o a cualquier otro juego.

              Todavía recuerdo, cuando era muy pequeña y ni siquiera soñaba con mi toga y mis tacones, que mi padre celebraba una gran victoria como profesional. Había ganado el primer juicio en el que se reconocía el derecho de cobrar parte del premio de un bingo acumulado a la compañera de mesa con la que la afortunada compartía cartones. Mi padre estaba tan contento con aquello que hicimos una celebración por todo lo alto, aunque más aun lo estaba la clienta en cuestión que fue quien, al fin y al cabo, proporcionó el jamón con el que festejamos la victoria. Así que no todo lo que se relaciona con el juego ha de ser malo.

              Pero hay veces en que el juego no solo no es malo, sino que es bueno. Muy bueno, para ser exacta. Y, aunque haya quien ya se imagine de qué voy a hablar, que llegadas estas fechas y conociéndome pudiera ser, lo explicaré de nuevo. Porque la ocasión lo merece.

              La lotería de la madrina es una lotería especial, tan especial que siempre se gana con ella, aunque no toque. ¿Y cómo puede ser eso? Pues muy sencillo. Porque esta lotería no solo es un juego de azar, sino mucho más. Es la punta del iceberg de una inmensa obra social que nació tras el fallecimiento de la que fuera la primera fiscal de sala de Violencia de Género, Soledad Cazorla . Según ella dispuso se creó un Fondo de becas destinadas a sufragar la educación de aquellos niños y niñas que perdieron a su madre en un asesinato machista. Una gran necesidad de la que se habla poco.

              Imaginemos por un momento lo terrible que debe ser quedarse en una situación de orfandad por esta razón. Es difícil, pero tratemos de ponernos en la piel de estas niñas y niños. Y pensemos que, además de lo duro que debe ser vivir con esto toda la vida, deben enfrentarse a que su vida y sus rutinas se den la vuelta como un calcetín. Con una madre muerta y un padre en la cárcel, por ejemplo, las expectativas de estudiar una carrera, o un máster, o cualquier otra cosa, se esfuman. En muchos casos, además, al dolor hay sumar los problemas económicos. Y hay quien no ha tenido otro remedio que dejar los estudios y trabajar en lo que salga. Sobre todo, si hay otros hermanos a los que sacar adelante.

              Así que esta pandemia terrible que es la violencia de género suma a su reguero de dolor y muerte otras consecuencias más desconocidas. Todos esos niños y niñas que nunca llegarán a ser lo que podrían haber sido si la violencia machista no se hubiera cruzado en sus vidas. El mundo podría haber perdido a científicos notables, a médicas, arquitectas, deportistas o artistas de cualquier clase. Podrían ser muchos los descubrimientos que no se hubieran hecho y las obras que no se hubieran creado. Y nunca llegaríamos a saberlo.

              Y aquí es donde entra ese juego del que venía a hablar hoy, la lotería de la madrina. Con este juego lo que se sufragan son becas para esas criaturas cuyas vidas quedaron truncadas por la violencia de género. No podemos quitarles el dolor, pero sí podemos conseguir que sigan estudiando, y lleguen a ser lo que hubieran querido ser si sus madres no hubieran sido asesinadas. Y el mundo no se quedará sin sus descubrimientos ni sus obras. Así de sencillo y así de importante.

              Por eso decía al principio que en este juego se gana, aunque no toque. Porque el fin merece la pena. Sin duda.

              Ahora solo me queda el aplauso. Y, aunque lo daré a cualquiera que compre de esta lotería maravillosa de la que tengo el honor, un año más, de ser madrina, será todavía más grande si el número elegido es el mío. Con solo hacer clic, ya es nuestro. Pero dejo el enlace aquí abajo por si acaso. Que lo que abunda no daña

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert?s=08

#cuentosdeNavidad : La niña de hojalata


-Mamá ¿has tirado ya la carta a los Reyes?

-¿Por qué, hija?

-Dime -me apremiaba- ¿la has tirado?

            Mi hija suplicaba con un hilillo de voz, toda la que su precario estado de salud le permitía. A pesar de que solo tenía siete años recién cumplidos, hacía tiempo que vivía en tiempo de descuento. Su corazón, que siempre había sido un mal trabajador, se había vuelto tan perezoso que ya no servía para lo que fue concebido, y pedía a gritos un recambio. Un recambio que solo podía llegar por ese trasplante por el que hacía tiempo que suspirábamos.

-Bueno, aun no. Iba a tirarla hoy al correo. ¿es que te has olvidado de algo?

-No es eso, mami. Pero es que tengo que cambiar lo que he pedido -la angustia le teñía la voz- ¡Es muy urgente!

-Está bien, ahora mismo la traigo.

             Cogí de mi bolso la carta que mi hija había escrito con su letra recién estrenada. Estaba muy orgullosa de haber aprendido a leer y escribir a pesar de haber pasado casi toda su vida hospitalizada. Y yo, más orgullosa aún, claro está.

            Me pidió una goma de borrar y un lápiz y ante mis propios ojos, hizo algo que me dejó sin palabras. Borró la única petición de su carta a los Reyes, que apareciera ese donante por el que suspirábamos

-Mami, mi compañera de habitación, aquella niña mayor tan simpática, me explicó que para que yo tuviera un corazón nuevo tendría que morir otra niña. Y yo no quiero que nadie se muera por mi culpa.

              Tuve que tragar saliva y respirar hondo para disimular las lágrimas. Y le conté la historia que mi imaginación sacó a la luz para rescatarme

-Cariño, no te preocupes. ¿Te acuerdas del Mago de Oz? ¿Aquel cuento que leímos el otro día?

-Sí

-¿Y te acuerdas de que era lo que pedía el espantapájaros?

-Claro. Un cerebro

-¿Y el león?

-El león quería ser valiente -sonrió- Porque era un poco cobardica

-Así es. ¿Y qué pedía el hombre de hojalata?

-Pues…un corazón -se amplió su sonrisa- ¡Como yo!

-Exactamente

-Entonces -la alegría volvió a su carita cansada- ¿Yo soy la niña de hojalata?

                Se quedó aquel apodo para siempre. Incluso hoy, muchas navidades después de aquella, lo seguimos recordando. Los Reyes Magos le trajeron el corazón que pedía, y Papá Noel también arrimó el hombro para que no hubiera rechazo. Fueron las mejores navidades de nuestra vida, sin lugar a duda. Pero no pude evitar pensar en aquella otra casa donde, en un lugar desconocido, lloraban a la niña cuyo corazón le dio la vida a mi hija.

            Ella no lo supo entonces, se aferró a la historia de la niña de hojalata y siguió adelante. Pero en las primeras navidades de su nueva vida inauguró una tradición que desde entonces hemos seguido. Nuestro árbol de Navidad está siempre coronado con una estrella de hojalata que mi hija coloca el 24 de diciembre, en recuerdo de aquella niña.

            Hoy hace ya diez años de aquel día de Nochebuena en que nuestra vida cambió para siempre. Y, como siempre, hemos puesto la estrella de hojalata en el árbol. Y esperamos seguir haciéndolo muchas navidades más.

Equidistancia: ¿en el medio está la virtud?


              Hay un refrán que dice que “en el medio está la virtud”. El problema es, en muchos casos, saber dónde está ese punto intermedio que no siempre es fácil de encontrar. ¿Está Atrapada en el medio, En mitad de la noche, En mitad de la nada o En el centro de la tierra, como rezan varios títulos de películas? ¿O es como El del medio de los Chichos, al que todo el mundo canta desde que Estopa le dedicó un tema? Sea como sea, lo bien cierto es que el refrán no siempre se cumple. Aunque parezca lo contrario.

              En nuestro teatro pudiera parecer que vivimos en el reino de la equidistancia. O que debiéramos hacerlo, porque las sentencias, uno de los ejes fundamentales sobre los que pivotan nuestras funciones, deberían ser el paradigma del equilibrio, de ese justo punto medio que siempre buscamos. Pero, como ocurre con la igualdad, no siempre la justicia está en la mitad exacta entre las peticiones de ambas partes. Por eso es tan difícil impartirla.

              A modo de ejemplo, me quedaré con una resolución judicial que fue finalista a un premio de perspectiva de género, y que me parece muy ilustrativa al respecto. Se trataba del reparto de material higiénico para personas internas en un CIES -Centro de Internamiento e extranjeros- Lo fácil, y lo que se había hecho siempre, era asignar una cantidad exactamente igual por interno, fuera hombre o mujer. Y eso, que hubiera podido parecer justo a primera vista, no lo era en absoluto. Porque, como todo el mundo sabe, las necesidades en productos higiénicos de mujeres, sobre todo jóvenes en período fértil son muy superiores a las de os hombres. Así que repartir por la mitad era poco menos que darles a ellos un montón de frascos de espuma de afeitar para compensar el gasto en compres y tampones. De modo que aquí lo justo era asignar más a las mujeres para que tuvieran cada cual lo que necesitaba. Conciso, claro y contundente, como debe ser.

              En la vida diaria, dentro y fuera de Toguilandia, hay ejemplos de todos esto que vemos con frecuencia. Si hablamos de política, es evidente que a priori lo mejor es permanecer en un equilibrado centro que impida irse a extremismos. Pero lo complicado es saber qué es el centro en cada casi y qué son los extremismos. Y qué tienen de bueno o malo uno u otro. Y ahí seguimos, sin saber muy bien donde colocarnos para no meter la pata. O para meterla lo menos posible.

              Uno de los supuestos donde caben más malentendidos en torno a la equidistancia, es el que contrapone, de una manera incorrecta, feminismo a machismo. No son pocos quienes afirman que no son machistas ni feministas, sino personas, como si para ser una cosa u otra no se necesitara pertenecer al género humano. Pero hay que recordar que el feminismo busca la igualdad entre hombres y mujeres, y el machismo hace lo contrario. Así que no se puede permanecer en el medio. La única forma de actuar conforme a nuestra Constitución, que proclama entre los derechos fundamentales el de la igualdad, es asumir los postulados del feminismo, que no es otra cosa que el movimiento que lucha porque hombres y mujeres tengan los mismos derechos.

              Con otro ejemplo quedará más claro todavía. Imaginemos a alguien que afirma que no es racista ni antirracista, que se sitúa en el medio.  Suena absurdo, porque lo es. Ante la discriminación no cabe otra posición que la de situarse en contra, y en defensa de los derechos humanos. Aquí no hay centro que valga, como no lo hay si hablamos de homofobia, xenofobia, antisemitismo o cualquier otra causa de desigualdad. La cosa cae por su propio peso. ¿O no?

              Pero, situándonos en el corazón mismo de Toguilandia, podemos hablar de otras equidistancias, algunas positivas y otras no tanto. Imaginemos a alguien que pretende que nos gusten lo mismo el Derecho Civil y el Penal, o el Administrativo y el Contencioso. Pues, como dice otro refrán, quien mucho abarca poco aprieta, así que mejor inclinarse por alguna especialidad, aunque siempre sea bueno saber un poco de todo.

              Tampoco se puede estar a favor o en contra del delincuente, porque hay cuestiones en las que hay que posicionarse. Y el crimen es, desde luego, una de ellas. El problema es, una vez más, considerar cuando está probado. Y ahí sí que entra la igualdad de armas, y el considerar con la misma minuciosidad los argumentos a favor y en contra. Eso sí, si hay una duda sobre la culpabilidad, se quiebra de nuevo lo de la equidistancia, porque en Derecho penal rige la presunción de inocencia , que no es otra cosa que entender que no se puede condenar a alguien si no se considera absolutamente probada su culpabilidad. Algo que mucha gente confunde con otro principio capital de nuestro Derecho Penal, el in dubio pro reo, según el cual, en la duda entre dos interpretaciones jurídicas posibles, siempre hemos de inclinarnos por la que más favorezca al acusado o reo.

              Así que en el medio no siempre está la virtud. No siquiera en Toguilandia. Por eso pido hoy el aplauso para quienes cada día tratan de encontrar la justicia en su trabajo. Porque es una de las tareas más difíciles e importantes que hay.

Infradenuncia: omisión con consecuencias


              Hay silencios tan o más expresivos que algunos gritos. Así lo decía Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Pero hay más silencios cinematográficos: Silencio roto, Silencio en la nieve o El silencio de un hombre. Y es que el Silencio, en la vida o en la pantalla, siempre tiene consecuencias.

              En nuestro teatro el silencio se canaliza de muchas maneras. Ya hablamos de algunas de ellas en otro estreno, pero hoy trataremos de uno especial, la infradenuncia, cuyas consecuencias jurídicas o, mejor dicho, la fala de ellas, es muy importante. Especialmente en delitos referidos a persona vulnerables, como la violencia de género o los delitos de odio, o cuando la denuncia es requisito de procedibilidad como ocurre en los delitos sexuales.

              Con carácter general, entendemos por situación de infradenuncia la que existe cuando los delitos denunciados son muchos menos que los delitos cometidos. Por supuesto que para llegar a esta conclusión se utilizan estimaciones aproximadas, puesto que, salvo que se haya seguido procedimiento de oficio porque los hechos hayan llegado a conocimiento del órgano judicial por otra causa, es difícil saber de aquello que no se ha denunciado.

              La situación, en cualquier caso, es diferente según se trate delitos perseguibles de oficio o perseguibles a instancia de parte. Cuando se trata de delitos privados -como a calumnia o la injuria- o semipúblicos -como los delitos contra la libertad sexual- la falta de denuncia tiene una consecuencia muy importante: el delito no puede perseguirse y por tanto queda impune. Y no solo eso, sino algo peor, el delincuente queda libre y en disposición de volver a repetir su crimen. Pensemos, sin ir más lejos, en una violación de una persona mayor de edad y en pleno uso de sus facultades. Si la víctima no denuncia, aunque haya testigos o grabaciones, no habrá manera de castigar al violador ni, por tanto de evitar que vuelva a cometer el hecho. Y si esa situación se repite en muchos casos hasta llegar a considerar que existe una situación de infradenuncia, serían un número considerable el de delincuentes impunes.

              Respecto a este tipo de delitos, los de carácter sexual, siempre surge la misma duda. ¿Hay muchos más ahora, o se denuncian mucho más? Pues es absolutamente imposible dar una respuesta objetiva, pero puede pensarse en una mezcla de ambas cosas. Con un ingrediente extra: el interés mediático que ahora, y sobre todo desde el caso de La Manada, es muy grande, y antes no lo era tanto. En cualquier caso, cabe preguntarse por qué las mujeres no denuncian y, sobre todo, hay que remover los obstáculos para que lo hagan. Y el procedimiento judicial, donde tienen que declarar varias veces con una victimización secundara importante, es un gran obstáculo. Cada vez se trata de suavizarlo, pero para muchas victimas el proceso sigue siendo un suplicio, y para evitarlo no denuncian.

              En cualquier caso hay que apuntar que nuestro sistema de perseguibilidad a instancia de parte de los delitos sexuales no es el único posible, y hay razones para plantearse un cambio. Entre ellas, la regulación del Convenio de Estambul, que se aleja de nuestro sistema para impulsar un mucho más cercano a la perseguibilidad de oficio.

              Pero tal vez los delitos donde es más evidente la situación de infradenuncia son, como he dicho, los de violencia de género y los relacionados con delitos de odio.

              Por lo que afecta a la violencia de género, se estima que se denuncian, aproximadamente, entre un 20 y un 30 por ciento de los delitos que se cometen. Las razones son muchas, que pueden concurrir solas o combinadas. La dependencia psicológica, la dependencia económica, el miedo a las posibles represalias, la falta de confianza en el sistema, la vergüenza o el temor a no ser creídas son algunas de las razones que llevan a las mujeres a no denunciar. Y habría que conocer las causas para encontrar la solución. Porque no podemos olvidar que la mayoría de mujeres asesinadas no habían denunciado.

              En cuanto a lo delitos de odio , todavía es más sangrante la cifra de infradenuncia. Hay estadísticas que estiman que se denuncian solo el 3 por ciento de los delitos, e incluso las más optimistas no pasan del diez por ciento. Eso significa que no conocemos ni la décima parte de estos delitos con las consecuencias que ello supone, tanto para las víctimas como para el resto de la sociedad. En este caso, las razones pasan, fundamentalmente, por la desconfianza en el sistema y por la vulnerabilidad de las víctimas, que les lleva a no denunciar. Pensemos, por ejemplo, en inmigrantes irregulares que no denuncian porque no se conozca su situación, o en indigentes que difícilmente acudan al sistema. También en este caso es importante remover las causas que originan esa situación de infradenuncia, entre ellas, asegurar la protección delas víctimas sea cual sea su situación, y fomentar la confianza en nuestro sistema. Fácil de decir pero no tan fácil de hacer.

              Y hasta aquí estos apuntes sobre una de las cuestiones que más preocupan en determinados delitos. El aplauso lo dejaremos para el día que esa situación cambie. Que esperemos que sea pronto.

Hay salida: De flor en flor


Hoy recupero este relato que en su día ganó el certamen Mujeres del Ayuntamiento de Benetusser, y que forma parte de mi antología Remos de plomo

Un mensaje de esperanza en este año en que la cifra de mujeres asesinadas es insoportable. Espero que os guste

DE FLOR EN FLOR

La primera vez que vi a Julia pensé que jamás había visto una cara tan radiante. Su sonrisa abierta y sus ojos brillantes asomaban por detrás de la enorme y exquisita orquídea blanca que yo misma le había entregado, y hasta me pareció ver deslizarse por su mejilla una lágrima que no podía ser sino de alegría. Me dio las gracias con una risa nerviosa y me entregó una propina desmesurada para lo que era habitual. Era una mujer feliz.

El suyo era el primero de los encargos que tenía para aquella mañana. Mi madre tenía un puesto de flores en el mercado, y yo la ayudaba haciendo el reparto un día tras otro. No era un mal trabajo. Aunque a veces era agobiante sortear el tráfico a bordo de una cochambrosa furgoneta que hacía ya mucho que vivió tiempos mejores, las caras de los destinatarios de mi mercancía, mayoritariamente mujeres, cuando la recibían, solía compensarme. Y a mí me gustaba imaginar las historias que se escondían detrás de aquellos ramos y centros de flores.

Julia me llamó la atención desde el primer día. El brillo de sus ojos al recibir aquella flor exquisita hubiera sido capaz de iluminar una ciudad entera.

No tardé demasiado en volverla a ver. Apenas habían pasado un par de meses desde aquel día volví a recibir el encargo de llevarle algo. Se trataba de un ramo de rosas rojas, veinticinco exactamente, tantas como años cumplía, según rezaba la tarjeta que ella misma abrió nerviosa ante mis ojos. Me alegré de volverla a ver. De nuevo sonreía, aunque me pareció advertir que sus ojos no brillaban de la misma manera que la primera vez. Pero pensé que quizás el tiempo transcurrido había deformado mi recuerdo.

Poco a poco, los encargos destinados a Julia pasaron a ser una constante en mi trabajo. Con mucha más frecuencia que cualquier otro cliente que nunca hubiéramos tenido, el hombre que enviaba flores a Julia usaba nuestros servicios. Mi madre, que jamás participaba en las entregas, decía que debía estar muy enamorado, y así debía ser. Pero a mí había algo que no me encajaba. Nunca volví a ver aquella cara de alegría que ella tenía el primer día, y a cada entrega parecía apagarse más y más su mirada.

Pese a todo, no empecé a sospechar lo que pasaba hasta transcurrido un tiempo. Al cabo de unos veinte días del día de su cumpleaños, fui de nuevo a llevarle un ramo. Esta vez se trataba de un bonito y alegre manojo primaveral, con lirios, claveles, margaritas y pequeñas flores de todos los colores. Sólo con verlas entraban ganas de reír. Pero Julia esa vez me abrió la puerta y sin apenas despegar los labios, tomó el regalo y susurró un simple “gracias”. Ni siquiera me dio propina alguna, ni creo que llegara a pensarlo. Sus ojos habían perdido el brillo casi por completo, aunque sus labios se esforzaban en esbozar una leve sonrisa.

A ese encargo le siguió otro, y otro, y otro más. Preciosos tulipanes amarillos, centros de flores exóticas, primorosas violetas. Y la mujer que los recibía parecía ganar años cada vez. Y tenía una permanente mueca de asco que fingía ser una sonrisa sin lograrlo. En un par de meses, apenas recordaba aquella Julia de mi primera entrega.

No tardó en llegar el día en que se confirmaran mis sospechas. Debía entregar un maravilloso ramo de rosas blancas de tallo largo a su nombre, pero en vez de a su casa, a la dirección de un hospital. Me maldije a mí misma. Sabía que ese día había de llegar, pero había mirado hacia otro lado. Y ahora Julia yacía en una clínica, seguramente con el cuerpo y el alma rotos.

Habían transcurrido unos días cuando el siguiente encargo me dejó helada. El último pedido recibido a nombre de Julia era una corona de flores. No volvería a ver la mirada de Julia. Había podido hacer algo por ella, y no lo hice. Lloré de rabia y dolor y me maldije a mí misma.

Nos dijeron que vendrían a recoger el pedido. Mi madre y yo nos sentamos a esperar sin pronunciar palabra, y, de pronto, nos quedamos boquiabiertas ante lo que vimos.

Julia, en persona, apareció allí y, tras pagar la corona ante nuestra mirada atónita, dijo que iba a enterrar su vida anterior. Su vida con él. Para eso quería la corona de flores.

No hemos vuelto a ver a Julia nunca más pero sé que ahora sus ojos brillarán de nuevo.

El santo al cielo: quedarse en blanco


              A todo el mundo se le ha ido alguna vez el santo al cielo o, lo que es lo mismo, se ha quedado el blanco. Y el cine, como siempre, se ha hecho eco de ello, porque el Olvido da mucho de sí. De hecho, la Amnesia es protagonista de muchas películas, con 50 primeras citas. Incluso un filme infantil como Buscando a Nemo aborda este tema. Y es que siempre hay olvidos que dan mucho que hablar.

              En nuestro teatro la memoria juega un importante papel para ingresar en nuestro mundo y para trabajar cada día en él, pero a todo el mundo se le ha ido alguna vez el santo al cielo. ¿O no?

              Cuando pedí ayuda para este estreno, la respuesta de una buena amiga fue instantánea. En broma -o no tanto-, me dijo “espera, que no sé que me habías dicho”. Fouché. En el mismo sentido, otro amigo me decía desde redes que a él el santo al cielo se le iba todos los días alguna vez. Como a la mayoría de la gente, aunque ni nos demos cuenta.

              Pero son numerosas las anécdotas que me han contado al respecto. Empezando por mí misma, ya he contado alguna vez de mis numerosos despistes , incluidos los de ir a otro juicio distinto del que me tocaba o a una hora o un día diferente. Pero algo que no he contado hasta ahora es que más de una vez se me ha id el santo al cielo y cuando me han dado la palabra no sabía si era el momento de elevar las concusiones a definitivas o e de dar la prueba por reproducida. Y no me ha quedado otra que poner cara de gatito desamparado y mirar a la sala y preguntar, fingiendo un aplomo que no tenía, algo como: ha dicho para conclusiones, ¿no?.

              Peor es lo que le ocurrió a un compañero, tal como me cuenta. Pasó quince minutos haciendo un alegato brillantísimo, hasta que el presidente de la Sala le recordó que estaba acusando a la víctima. Y entonces, ni corto ni perezoso, tomó aire y dijo: entiéndase aplicable todo lo que he dicho respecto del otro. Y salió del apuro con la cabeza muy alta.

              Por su parte, otro buen amigo, letrado en este caso, me cuenta como, con el santo en el cielo más que nunca, al ir a tomar la palabra, dijo “con la venia, señorita”, en lugar de Señoría. Y no contento con hacerlo una vez, lo repitió. A saber en qué estaría pensando.

              Al otro lado de estrados, me cuenta una amiga jueza que también por dos veces, llamó “bebé” a un abogado en Sala, colando la palabra en mitad de una frase el decirle que sabía que la ley no permitía lo que pretendía. Al darse cuenta, mi amiga quiso que se la tragara la tierra. Y no sé cómo acabaría la cosa, pero lo que es seguro es que la tierra no se la tragó porque estaba en la superficie cuando me lo contó, aunque ciertamente abochornada. Nadie es perfecto.

              Otra abogada amiga me cuenta algo que le sucedió en sus primeros tiempos de ejercicio. En un asunto de tráfico de drogas, preguntó al acusado qué hacía allí y le respondió con un lacónico “buscarme la vida”. Pero ella, en su bisoñez, insistió, preguntándole cómo la buscaba, momento en que el magistrado intervino para aclararle que todo el mundo sabía qué era buscarse la vida. Todo el mundo menos ella, al parecer, que se quedó tan planchada que no acertó una en todo el resto del juicio. Se quedó en blanco. Y no es para menos.

              También de un tráfico de drogas me cuenta otra abogada, que había pactado una conformidad alegando que la mujer le había pasado la droga al marido en prisión para él por razones de su adicción. Pero, llegado el momento, la buena mujer respondió que se la dio a su marido para él y sus amigos, por lo que la conformidad se fue al garete y a mi amiga se le fue el santo al cielo.

              Y es que hay que reconocer que a veces tardamos tanto en empezar que cuando vamos a hacerlo, ya no sabemos a qué veníamos. Eso me dice otra abogada desde Twitter, y la entiendo. A mí también me ha pasado. Aunque lo que más me pasa es que, después de una mañana con más quince juicios, uno detrás de otro, llega un momento en que me cuesta mantener la atención y se me va el santo al cielo. Para mí que, como decía José Mota, va a ser del riego. O del hambre, que en alguna ocasión me han empezado a hacer ruido las tripas y no he sabido dónde meterme.

              Y estos son solo algunos casos en que el santo se fue al cielo, o al infinito y más allá, como en Toy Story. No son todos los que están, pero si están todos los que son, y por eso el aplauso es hoy para todas las personas que desde redes o en persona me han contado todas estas anécdotas. Mil gracias

Valoración del riesgo: un caballo de batalla


              El riesgo, como el miedo, es algo muy subjetivo. Por más que haya factores que indiquen que existe, cada cual lo percibe de una manera. O, simplemente, no lo percibe, como el Juan sin Miedo del cuento. El riesgo es una parte importante de muchos géneros cinematográficos, especialmente cuando hablamos de cine de acción o de intriga. Y es que la adrenalina que producen cintas como Misión imposible, El cabo del miedo, Psicosis, El resplandor y otras muchas es algo que todo el mundo ha notado alguna vez.

              En nuestro teatro el riesgo es un ingrediente consustancial de buena parte de nuestras funciones, y siempre hay que tenerlo presente. Por eso valorarlo adecuadamente es tan importante. Pero, como sugiere el propio título de este estreno es uno de nuestros caballos de batalla. Pero no el único.

              La valoración del riesgo cobra especial relevancia en materia de violencia de género, y también en violencia doméstica, aunque el riesgo pueda existir en otros ámbitos. Pero hoy me centraré en este. Porque, por desgracia, de ello se habla mucho estos días, a propósito de los últimos asesinatos de violencia de género, en que las víctimas habían denunciado en su día, aunque no tenían ninguna medida en vigor cuando ocurrieron los hechos.

              Como ocurre cada vez que una tragedia de esta índole ocurre, los medios de comunicación, las redes sociales y los todólogos profesionales o amateurs se han lanzado a buscar culpables. Nada mejor que un chivo expiatorio para acallar nuestras conciencias. Y si ese chivo expiatorio lleva toga y puñetas, mejor que mejor.

              Hay a quienes les da igual lo que se explique o se deje de explicar por quienes estamos cada día a pie de obra. Nos cuelgan el sambenito del corporativismo y sanseacabó. Pero las cosas no son tan sencillas. Ojalá lo fuera, porque si conociéramos la causa estaríamos mucho más cerca de conocer la solución, aunque eso implicara llevarse alguna toga por delante. Pero eso no es así, y hay que decirlo. Me tachen de lo que me tachen.

              A modo de ejemplo de ese linchamiento mediático, contaré algo que me pasó con una usuaria de Twitter -hoy X-, socióloga según su perfil, empeñada en darme lecciones sobre la actuación judicial en casos de violencia de género. Y estoy segura de que sabrá mucho de sociología, pero de juzgados y leyes, ni idea. Y la diferencia entre ella y yo es que reconozco no saber nada de sociología, pero ella está segura de que sabía más de actuaciones judiciales que yo y todas mis compañeras y compañeros. Faltaría más.

              Pero volvamos al lío. En los juzgados de violencia de género, donde hemos de decidir de inmediato o en unas pocas horas, si se adopta una medida de protección es fundamental que valoremos cuál es el riesgo para esa víctima, puesto que las órdenes de protección -con su medida de alejamiento y prohibición de comunicación- exigen como requisito que exista tal riesgo. Y es lógico, porque son medidas cautelares , no penas.

              Y aquí es donde empiezan las confusiones. Ese riesgo lo valoran fiscal y órgano judicial porque son quienes, respectivamente, solicitan y adoptan la medida. Para hacer esa valoración que les lleva a esa decisión se pueden valer de la valoración previa que hace la policía, y también de la que hace la unidad de valoración integral, con el médico forense a la cabeza. Ambas son instrumentos de los que nos valemos para tomar la mejor decisión, pero no constituyen el oráculo de Delfos ni una verdad universal que haya que seguir a pies juntillas. La orden se adopta -o no- tras haber escuchado a víctima y autor, a testigos, si los hay, y haber analizado el resto de indicios. Por tanto, esa valoración policial y, en su caso, la forense, son un elemento más a tener en cuenta.

              Conviene explicar que la valoración policial se hace a partir de un cuestionario al que responde la víctima. Por tanto, depende mucho de la percepción que ella misma tenga de su situación y de si dice la verdad o si calla cosas. Solo así se comprende que podamos encontrarnos situaciones de riesgo extremo que una vez hechas las averiguaciones no resulte ser tan grave y l contrario. Y no nos podemos llevar las manos a la cabeza por ello.

              La valoración forense tiene en cuenta otros factores, y también tiene en cuenta al agresor. Por ello supone un instrumento complementario idóneo, aunque no siempre puede hacerse. Cosas de nuestra justicia y nuestros medios.

              Pero que nadie se lleve a engaño, Los juzgados no son órganos preventivos. Valoramos el riesgo y adoptamos medidas cuando hay indicios de haberse cometido un delito. Sin delito, por más riesgo que pueda haber, no podemos hacer nada, escapa de nuestra competencia. Serán otro tipo de medidas y de órganos los que actúen. Lo contaré con un ejemplo: si una mujer viene a un juzgado argumentando que está muerta de miedo porque su marido tiene varias armas, es muy violento y está fuera de sí sin para de gritar y romper cosas, la situación es claramente de riesgo, pero, al no existir un delito, no se puede adoptar un alejamiento. Cuestión distinta es que se llame a la policía, a los servicios sociales o a asistencia médica, pero judicialmente escapa de nuestra competencia.

              Otra cuestión es que, una vez juzgado el asunto, estas medidas se soliciten, y, en su caso, se impongan como pena. Si en ese juicio se confirman los indicios y hay una condena, se cambia la medida cautelar por la pena, y continua el alejamiento ahora en ese concepto y hasta la duración de la pena. No puede ser eterno. Si, por el contrario, no hay prueba y se absuelve, la protección termina. Y es que en la sentencia ya no se miden riesgos, sino que se imponen penas, las previstas en la ley para el delito cometido. Ni más ni menos.

              Por todas estas razones es por las que digo que en los Juzgados gestionamos el fracaso, porque actuamos cuando la prevención y la educación ha fallado. Ojalá no lo hubieran hecho. Ponemos vendas, pero no evitamos que haya herida. Así funciona el estado de Derecho, que asigna los juzgados y tribunales la función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado.

              Y con esto cierro el telón por hoy. Espero haberme explicado y que esto no parezca una excusa. Si lo he logrado, os pido el aplauso. Si no, me triais tomates. Pero no muy fuerte. Por si acaso

Maestros (y maestras): aprender lo es todo


School lesson with the teacher at the blackboard. Classroom. Children at a school desk. Vector illustration, flat style

              De vez en cuando, cruza el universo cinematográfico alguna película sobre maestros o maestras. Y lo hace generalmente para dejarnos con el alma en vilo, porque, no sé cuál será la razón, pero hay historias realmente bonitas, como El club de los poetas muertos, La lengua de las mariposas o la reciente El maestro que prometió el mar. Y, cómo no, en nuestros recuerdos están quienes enseñaban en series como Querido maestro, Segunda enseñanza, La casa de la pradera o la vetusta Crónicas de un pueblo. Y es que son un pilar importante de cualquier sociedad.

              En nuestro teatro, como en todas partes, debemos mucho a quienes nos enseñaron por el camino, aunque no siempre sepamos reconocerlo. Solemos acordarnos de nuestros preparadores , de algún profesor de la universidad que nos marcó especialmente y, en algún caso, de la persona con quien hicimos algunas prácticas que nos han influido de modo particular. Pero todo ha influido en quienes somos hoy, desde el primer día que pisamos la guardería hasta hoy mismo. O, mejor dicho, hasta mañana, porque siempre hay alguien que te puede enseñar cosas nuevas.

             En mi caso, tengo un recuerdo bastante desdibujado de las profes que tuve en el Jardín de Infancia -entonces se llamaban así- aunque sí sería capaz de describir con todo lujo de detalles a la monja que fue mi tutora en primero de Primaria. Y no soy la única. Esta mujer tenía algo que marcó a varias generaciones. Y para bien.

              Del resto del colegio recuerdo a unas más y a otras menos -en mi caso, los profesores masculinos no llegarían hasta BUP, actualmente últimos cursos de la ESO- La verdad es que me acuerdo mucho más de las anécdotas con mis compañeras, de las gamberradas y las risas y también de los disgustos, como la vez en que nos pillaron con las manos en la masa cuando habíamos robado las preguntas de los exámenes finales. Es una de las batallitas preferidas cuando nos volvemos a juntar.

              Entre las cosas más hermosas que se puede decir a un maestro de la infancia, no tiene parangón la que en su día escribió Albert Camus al Señor Germain, quine fue su maestro, cuando recibió el Premio Nobel. Camus no olvidó la influencia que aquel hombre tuvo en todo lo que había logrado, y e dijo “Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiera sucedido nada de esto” Acababa diciéndole que nunca había dejado de ser su alumno agradecido. Os aseguro que si yo fuera aquel señor Germain, engordaría varios kilos cada vez que leyera aquella carta. Si es quela emoción me dejaba, vaya.

              Pero no todo el mundo tiene un señor Germain en su vida. O tal vez no supimos verlo y no es sino cuando una empieza la carrera cuando aparece figuras que marcan totalmente lo que será nuestro futuro profesional. En nuestro caso, para quienes estudiamos Derecho, la personalidad del profesor o profesora de cada asignatura podía hacerte dirigir tu rumbo en uno u otro ámbito del Derecho. O todo lo contrario, descartarlo. En mi caso, confieso que aunque siempre me gustó per se el Derecho Penal, hubo algunos docentes que me provocaron el efecto rechazo a su asignatura, y que me reafirmara en mi decisión. No diré de quién si de qué materia se trate, que los post los carga el diablo, pero es así. Ahí lo dejo.

              Como apuntaba al principio de este estreno, quienes hoy tenemos plaza fija en este teatro nuestro, contamos con una figura muy importante en nuestra vida: el preparador . En su día, ya dediqué una función a los preparadores y preparadoras, que hacen mucho más que prepararnos para aprobar una oposición. O esa es, al menos, mi experiencia. No repetiré las palabras que le dedicaba entonces, pero invito a quien quiera a leerlas.

              Otro de los momentos esenciales que pintan el camino de nuestro futuro destino en Toguilandia es el de las tutorías. En su día, pertenecí a la primera promoción de fiscales que hacía prácticas en diferentes fiscalías después del tiempo de Escuela Judicial. Algo que luego se repitió tanto en nuestra carrera como en la carrera hermana. La verdad es que no entiendo como se lanzaban a la vida toguitaconada sin prácticas previas, pero es lo que había. Y también conté en su día la influencia que mi tutor tuvo y sigue teniendo en mi vida profesional. Aunque haya transcurrido más de treinta años desde entonces.

              Tampoco había en mi tiempo período de prácticas en la carrera, eso que llamamos prácticum y que también tuvo su propio estreno. Sí que he tenido la experiencia del otro lado, desde la posición de tutora. Y estoy segura de que he aprendido más del alumnado e prácticas de lo que puedan haber aprendido de mí. Aunque confieso que el hecho de que haya quien después de pasar por mi despacho se haya decidido por opositar a la carrera fiscal me hace muy feliz. Quiero pensar que algo bueno habré transmitido.

              Y, hasta aquí, es estreno de hoy. Se lo quiero dedicar a todos los maestros y maestras, a preparadores y tutores que han pasado dejando huella en mi vida. Esta no es la carta de Camus, pero aquí va mi cariño y mi aplauso. Y otro más para quienes han pasado por mis manos. Gracias una y mil veces

Jóvenes 25 N: hay esperanza


              Hay veces en que la realidad te regala porciones importantes de esperanza. Como en el cine, la Esperanza está ahí, no es la Esperanza perdida que algunos creen. Siempre hay un Valle de la esperanza al que acudir. En el cine y en la vida

              En nuestro teatro hay ocasiones en que perdemos la esperanza. O casi. Pero a veces la vida nos regala momentos que nos la devuelve. Y eso sin salir de nuestros temas, aunque sí salgamos de nuestro terreno y nuestra zona de confort

              Me explico. Esta semana, en el marco de los actos celebrados por todo nuestro territorio para conmemorar el día contra la Violencia de Género, el 25 de noviembre, tuve una de esas experiencias. Me fui a un pueblo de Valencia, Montserrat, para encontrarme con el alumnado de tercer y cuarto de la ESO a propósito de la lectura de una de mis criaturas, Caratrista.

              Habían leído mi libro como una de las lecturas de este curso, y, aunque podrían haberlo hecho como una obligación más, el editor y yo nos quedamos boquiabiertos con la manera en que lo habían trabajado, tanto en el fondo como en la forma.

              Quizás quienes tienen hijos en edad escolar sepan perfectamente de que hablo cuando me refiero a una caja de lectura, pero yo lo desconocía por completo. Y la sorpresa no pudo ser mas agradable. En estas cajas que, además, tienen un aspecto muy atractivo, se analizan todos los aspectos del libro en cuestión, desde la autora hasta los personajes, desde el mensaje hasta los sentimientos. Una verdadera maravilla.

              No sé si alguien que no ha escrito libros puede imaginar lo que siente una autora cuando se encuentra ante adolescentes que saben casi más de mi criatura que yo misma, que le han dado tantas vueltas que no ha dejado un detalle por analizar. Pero puedo asegurar que es fantástico. Además del subidón de ego que supone oír mi propia biografía de unos labios tan jóvenes, comprobar que les ha llegado el mensaje que pretendía transmitir es emocionante. Y da sentido a mi obra por pedante que suene.

              Cuando yo ideé Caratrista, mi primera novela juvenil, tenía un propósito muy concreto. Además de entretener, que es un fin ineludible de cualquier cuento, lo que yo pretendía era llegar a personitas de una edad complicada, la infancia y la adolescencia. Quería que supieran lo que supone ser víctima de violencia de género -o de bullyng -, que se pusieran en la piel de la protagonista, que comprobaran que no es algo que pasa a otras personas, sino que le puede pasar a cualquiera. Quería que supieran qué hacer si se encontraban con una víctima, y como poderla ayudar.

              En definitiva, quería que supieran muchas cosas que hay adultos que aun no han asumido. Y, en este caso, pasaron el examen con nota, porque no solo habían hecho el trabajo, sino que todavía tuvieron ganas de preguntar sobre violencia de género, sobre libros, sobre justicia y sobre literatura, en un coloquio que resultó de los más apasionantes que he tenido. Verdad verdadera.

              Cuando veo esta juventud, me doy cuenta de que todavía hay esperanza, que no está todo perdido, que hay una generación con ganas de hacer cosa, sobre todo si tiene unas maestras y maestros que les guían en este terreno a veces tan resbaladizo.

              No son los únicos, por suerte. Esta misma semana también estuve en otro centro escolar donde pude compartir mi experiencia con el alumnado de Bachiller. Y también encontré mucho trabajo del profesorado y mucha semilla de esperanza por allí

              Cuando terminaron sus exposiciones sobre Caratrista, me regalaron las cajas, esas cajas de lectura que me dejaron asombrada, y las he fotografiado para compartirlas. Por supuesto, con su permiso. Pero no podía quedármelas para mí sola.

              Así es que este 25 N en vez de contar una historia de una víctima o explicar todas las cosas que hacemos y, sobre todo, que faltan por hacer, traigo un grito de esperanza. Y por supuesto, de agradecimiento. Así que el aplauso hoy es evidente. Va dedicado a todo ese profesorado que sabe que enseñar es más que dar los temas de las asignaturas de los programas y, sobre todo, al alumnado de ese instituto de Montserrat que confieso que me han conquistado.

Premio Igualdad: Mujeres en construcción


              A veces, el mundo el arte sirve para muchas más cosas que para dar satisfacción a los sentidos, que no es poca cosa. Hay películas que transmiten mensajes contra la violencia de género, como Te doy mis ojos, contra la homofobia como Pride o Te estoy amando locamente, o contra el racismo, como Arde Mississippi. Son unos pocos ejemplos del arte al servicio de la sociedad, sin perder un ápice de belleza y, por qué no decirlo, entretenimiento. Y hay veces en que, además, estas muestras traen consigo una satisfacción extra. Y acabo de vivir uno de estos momentos, y no quería dejar de contarlo.

              En nuestro teatro acostumbramos a ver nuestro reflejo en películas sobre juicios, pero no siempre el arte se interrelaciona de una manera directa con nuestro mundo. O no siempre sabemos verlo.

              Lo que hoy vengo a contar me afecta directamente. Se trata de la concesión del premio Igualdad de la Unión de Trabajadores de la ONCE a una compañía de danza y perfomance la que estoy muy vinculada. Y ahora contaré por qué.

              Hace algo más de cuatro años, nacía, casi por casualidad, una compañía artística llamada a hacer grandes cosas. Y no lo digo yo, en mi condición de madrepantojista entregada, sino que es así. Seguro que después de leer este estreno coincidís conmigo.

              Cuatro muchachas jóvenes, todas ellas artistas -dos bailarinas, una actriz y una música- decidieron utilizar su arma más poderosa, el arte, para concienciar sobre la igualdad y crear espectáculos que, además de calidad artística, t5ransmitieran un potente mensaje. Una apuesta arriesgada pero ilusionante.

              La cosa empezó cuando dos de ellas montaron una coreografía para un acto contra la Violencia de género. El tema gustó tanto que, en la presentación del libro Mujeres en Construcción (perdonen las molestias), del que yo soy una de las autoras, incorporaron texto y música para convertir aquella representación en un momento mágico. Y lo que nació para un proyecto concreto acabó convirtiéndose en el germen de toda una compañía artística, que adoptó el nombre de aquel libro, Mujer4es en construcción.

              A partir de ahí forjaron su primer espectáculo completo, Mujeres en construcción, destinado a difundir un mensaje en pro de la igualdad de género y en contra de la violencia de género. Tras su estreno, han sido muchas las ocasiones en que lo han presentado -y esperemos que lo sigan haciendo- tanto en s versión corta como larga, en escenario y en la calle, en Ayuntamientos y teatros de toda la geografía valenciana. Danza contemporánea de calidad, música en directo y composiciones y textos originales que he tenido el honor de escribir para ellas. Y no solo porque una de ellas sea mi propia hija, sino porque el proyecto merece la pena. Y mucho.

              En un par de años nació la segunda obra, Eternas, la consagración del grupo, con ot5ra apuesta más arriesgada, si cabe. Eternas rinde homenaje a mujeres artistas, nunca tan visibilizadas como sus homónimos varones, y aborda el tema de las enfermedades mentales y el suicidio. Una obra valiente y muy trabajada que también ha sido, y sigue siendo, objeto de varias representaciones. Y las que les quedan, estoy segura de ello.

              Ahora se ha hecho para ellas realidad el dicho de que todo esfuerzo tiene su recompensa que, aunque no siempre se cumple, a veces lo hace. El pasado 18 de noviembre de 2023 les fue entregado el premio Igualdad con e que la Unión de trabajadores de la ONCE quiere reconocer a quienes destacan en la lucha por la igualdad. En este caso, y en palabras de la propia organización, el jurado ha concedido el premio a un grupo de mujeres que bajo el nombre “Mujeres en construcción” buscan apoyar y concienciar sobre la necesidad de avanzar en la igualdad y en la lucha contra la violencia de género a través del teatro, la danza y la música.

              El acto fue precioso. Emotivo y perfectamente organizado, la entrega del galardón contó con las palabras de varias de las componentes del grupo, que destacaron que no es sino un incentivo en su propósito de luchar por la igualdad por medio del arte, uno de los mejores vehículos para conseguirlo Y, cómo no, culminó con la lectura de un manifiesto contra la violencia de género. Porque el movimiento se demuestra andando.

              Pero, como este es mi espacio personal, quería compartir algo que no reflejan las notas de prensa y artículos publicados a propósito del permio. Y es que, como ya he dicho en redes, si ver recibir a tu hija un premio es maravilloso, compartirlo con ella es jugar en otra liga. Mucho más que galáctica,

              Así es que llamadme umbralista -vengo a hablar de mi libro-, ególatra o madre caldosa. O todo a la vez. Pero tenía que contarlo Y, por supuesto dedicar el aplauso a estas Mujeres en construcción que estoy segura de que están llamadas a grandes logros. Porque lo merecen. Y aquí os dejo un enlace a su perfil en r4edes para que podáis comprobarlo solo con un clic