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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Infradenuncia: omisión con consecuencias


              Hay silencios tan o más expresivos que algunos gritos. Así lo decía Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Pero hay más silencios cinematográficos: Silencio roto, Silencio en la nieve o El silencio de un hombre. Y es que el Silencio, en la vida o en la pantalla, siempre tiene consecuencias.

              En nuestro teatro el silencio se canaliza de muchas maneras. Ya hablamos de algunas de ellas en otro estreno, pero hoy trataremos de uno especial, la infradenuncia, cuyas consecuencias jurídicas o, mejor dicho, la fala de ellas, es muy importante. Especialmente en delitos referidos a persona vulnerables, como la violencia de género o los delitos de odio, o cuando la denuncia es requisito de procedibilidad como ocurre en los delitos sexuales.

              Con carácter general, entendemos por situación de infradenuncia la que existe cuando los delitos denunciados son muchos menos que los delitos cometidos. Por supuesto que para llegar a esta conclusión se utilizan estimaciones aproximadas, puesto que, salvo que se haya seguido procedimiento de oficio porque los hechos hayan llegado a conocimiento del órgano judicial por otra causa, es difícil saber de aquello que no se ha denunciado.

              La situación, en cualquier caso, es diferente según se trate delitos perseguibles de oficio o perseguibles a instancia de parte. Cuando se trata de delitos privados -como a calumnia o la injuria- o semipúblicos -como los delitos contra la libertad sexual- la falta de denuncia tiene una consecuencia muy importante: el delito no puede perseguirse y por tanto queda impune. Y no solo eso, sino algo peor, el delincuente queda libre y en disposición de volver a repetir su crimen. Pensemos, sin ir más lejos, en una violación de una persona mayor de edad y en pleno uso de sus facultades. Si la víctima no denuncia, aunque haya testigos o grabaciones, no habrá manera de castigar al violador ni, por tanto de evitar que vuelva a cometer el hecho. Y si esa situación se repite en muchos casos hasta llegar a considerar que existe una situación de infradenuncia, serían un número considerable el de delincuentes impunes.

              Respecto a este tipo de delitos, los de carácter sexual, siempre surge la misma duda. ¿Hay muchos más ahora, o se denuncian mucho más? Pues es absolutamente imposible dar una respuesta objetiva, pero puede pensarse en una mezcla de ambas cosas. Con un ingrediente extra: el interés mediático que ahora, y sobre todo desde el caso de La Manada, es muy grande, y antes no lo era tanto. En cualquier caso, cabe preguntarse por qué las mujeres no denuncian y, sobre todo, hay que remover los obstáculos para que lo hagan. Y el procedimiento judicial, donde tienen que declarar varias veces con una victimización secundara importante, es un gran obstáculo. Cada vez se trata de suavizarlo, pero para muchas victimas el proceso sigue siendo un suplicio, y para evitarlo no denuncian.

              En cualquier caso hay que apuntar que nuestro sistema de perseguibilidad a instancia de parte de los delitos sexuales no es el único posible, y hay razones para plantearse un cambio. Entre ellas, la regulación del Convenio de Estambul, que se aleja de nuestro sistema para impulsar un mucho más cercano a la perseguibilidad de oficio.

              Pero tal vez los delitos donde es más evidente la situación de infradenuncia son, como he dicho, los de violencia de género y los relacionados con delitos de odio.

              Por lo que afecta a la violencia de género, se estima que se denuncian, aproximadamente, entre un 20 y un 30 por ciento de los delitos que se cometen. Las razones son muchas, que pueden concurrir solas o combinadas. La dependencia psicológica, la dependencia económica, el miedo a las posibles represalias, la falta de confianza en el sistema, la vergüenza o el temor a no ser creídas son algunas de las razones que llevan a las mujeres a no denunciar. Y habría que conocer las causas para encontrar la solución. Porque no podemos olvidar que la mayoría de mujeres asesinadas no habían denunciado.

              En cuanto a lo delitos de odio , todavía es más sangrante la cifra de infradenuncia. Hay estadísticas que estiman que se denuncian solo el 3 por ciento de los delitos, e incluso las más optimistas no pasan del diez por ciento. Eso significa que no conocemos ni la décima parte de estos delitos con las consecuencias que ello supone, tanto para las víctimas como para el resto de la sociedad. En este caso, las razones pasan, fundamentalmente, por la desconfianza en el sistema y por la vulnerabilidad de las víctimas, que les lleva a no denunciar. Pensemos, por ejemplo, en inmigrantes irregulares que no denuncian porque no se conozca su situación, o en indigentes que difícilmente acudan al sistema. También en este caso es importante remover las causas que originan esa situación de infradenuncia, entre ellas, asegurar la protección delas víctimas sea cual sea su situación, y fomentar la confianza en nuestro sistema. Fácil de decir pero no tan fácil de hacer.

              Y hasta aquí estos apuntes sobre una de las cuestiones que más preocupan en determinados delitos. El aplauso lo dejaremos para el día que esa situación cambie. Que esperemos que sea pronto.

Hay salida: De flor en flor


Hoy recupero este relato que en su día ganó el certamen Mujeres del Ayuntamiento de Benetusser, y que forma parte de mi antología Remos de plomo

Un mensaje de esperanza en este año en que la cifra de mujeres asesinadas es insoportable. Espero que os guste

DE FLOR EN FLOR

La primera vez que vi a Julia pensé que jamás había visto una cara tan radiante. Su sonrisa abierta y sus ojos brillantes asomaban por detrás de la enorme y exquisita orquídea blanca que yo misma le había entregado, y hasta me pareció ver deslizarse por su mejilla una lágrima que no podía ser sino de alegría. Me dio las gracias con una risa nerviosa y me entregó una propina desmesurada para lo que era habitual. Era una mujer feliz.

El suyo era el primero de los encargos que tenía para aquella mañana. Mi madre tenía un puesto de flores en el mercado, y yo la ayudaba haciendo el reparto un día tras otro. No era un mal trabajo. Aunque a veces era agobiante sortear el tráfico a bordo de una cochambrosa furgoneta que hacía ya mucho que vivió tiempos mejores, las caras de los destinatarios de mi mercancía, mayoritariamente mujeres, cuando la recibían, solía compensarme. Y a mí me gustaba imaginar las historias que se escondían detrás de aquellos ramos y centros de flores.

Julia me llamó la atención desde el primer día. El brillo de sus ojos al recibir aquella flor exquisita hubiera sido capaz de iluminar una ciudad entera.

No tardé demasiado en volverla a ver. Apenas habían pasado un par de meses desde aquel día volví a recibir el encargo de llevarle algo. Se trataba de un ramo de rosas rojas, veinticinco exactamente, tantas como años cumplía, según rezaba la tarjeta que ella misma abrió nerviosa ante mis ojos. Me alegré de volverla a ver. De nuevo sonreía, aunque me pareció advertir que sus ojos no brillaban de la misma manera que la primera vez. Pero pensé que quizás el tiempo transcurrido había deformado mi recuerdo.

Poco a poco, los encargos destinados a Julia pasaron a ser una constante en mi trabajo. Con mucha más frecuencia que cualquier otro cliente que nunca hubiéramos tenido, el hombre que enviaba flores a Julia usaba nuestros servicios. Mi madre, que jamás participaba en las entregas, decía que debía estar muy enamorado, y así debía ser. Pero a mí había algo que no me encajaba. Nunca volví a ver aquella cara de alegría que ella tenía el primer día, y a cada entrega parecía apagarse más y más su mirada.

Pese a todo, no empecé a sospechar lo que pasaba hasta transcurrido un tiempo. Al cabo de unos veinte días del día de su cumpleaños, fui de nuevo a llevarle un ramo. Esta vez se trataba de un bonito y alegre manojo primaveral, con lirios, claveles, margaritas y pequeñas flores de todos los colores. Sólo con verlas entraban ganas de reír. Pero Julia esa vez me abrió la puerta y sin apenas despegar los labios, tomó el regalo y susurró un simple “gracias”. Ni siquiera me dio propina alguna, ni creo que llegara a pensarlo. Sus ojos habían perdido el brillo casi por completo, aunque sus labios se esforzaban en esbozar una leve sonrisa.

A ese encargo le siguió otro, y otro, y otro más. Preciosos tulipanes amarillos, centros de flores exóticas, primorosas violetas. Y la mujer que los recibía parecía ganar años cada vez. Y tenía una permanente mueca de asco que fingía ser una sonrisa sin lograrlo. En un par de meses, apenas recordaba aquella Julia de mi primera entrega.

No tardó en llegar el día en que se confirmaran mis sospechas. Debía entregar un maravilloso ramo de rosas blancas de tallo largo a su nombre, pero en vez de a su casa, a la dirección de un hospital. Me maldije a mí misma. Sabía que ese día había de llegar, pero había mirado hacia otro lado. Y ahora Julia yacía en una clínica, seguramente con el cuerpo y el alma rotos.

Habían transcurrido unos días cuando el siguiente encargo me dejó helada. El último pedido recibido a nombre de Julia era una corona de flores. No volvería a ver la mirada de Julia. Había podido hacer algo por ella, y no lo hice. Lloré de rabia y dolor y me maldije a mí misma.

Nos dijeron que vendrían a recoger el pedido. Mi madre y yo nos sentamos a esperar sin pronunciar palabra, y, de pronto, nos quedamos boquiabiertas ante lo que vimos.

Julia, en persona, apareció allí y, tras pagar la corona ante nuestra mirada atónita, dijo que iba a enterrar su vida anterior. Su vida con él. Para eso quería la corona de flores.

No hemos vuelto a ver a Julia nunca más pero sé que ahora sus ojos brillarán de nuevo.

El santo al cielo: quedarse en blanco


              A todo el mundo se le ha ido alguna vez el santo al cielo o, lo que es lo mismo, se ha quedado el blanco. Y el cine, como siempre, se ha hecho eco de ello, porque el Olvido da mucho de sí. De hecho, la Amnesia es protagonista de muchas películas, con 50 primeras citas. Incluso un filme infantil como Buscando a Nemo aborda este tema. Y es que siempre hay olvidos que dan mucho que hablar.

              En nuestro teatro la memoria juega un importante papel para ingresar en nuestro mundo y para trabajar cada día en él, pero a todo el mundo se le ha ido alguna vez el santo al cielo. ¿O no?

              Cuando pedí ayuda para este estreno, la respuesta de una buena amiga fue instantánea. En broma -o no tanto-, me dijo “espera, que no sé que me habías dicho”. Fouché. En el mismo sentido, otro amigo me decía desde redes que a él el santo al cielo se le iba todos los días alguna vez. Como a la mayoría de la gente, aunque ni nos demos cuenta.

              Pero son numerosas las anécdotas que me han contado al respecto. Empezando por mí misma, ya he contado alguna vez de mis numerosos despistes , incluidos los de ir a otro juicio distinto del que me tocaba o a una hora o un día diferente. Pero algo que no he contado hasta ahora es que más de una vez se me ha id el santo al cielo y cuando me han dado la palabra no sabía si era el momento de elevar las concusiones a definitivas o e de dar la prueba por reproducida. Y no me ha quedado otra que poner cara de gatito desamparado y mirar a la sala y preguntar, fingiendo un aplomo que no tenía, algo como: ha dicho para conclusiones, ¿no?.

              Peor es lo que le ocurrió a un compañero, tal como me cuenta. Pasó quince minutos haciendo un alegato brillantísimo, hasta que el presidente de la Sala le recordó que estaba acusando a la víctima. Y entonces, ni corto ni perezoso, tomó aire y dijo: entiéndase aplicable todo lo que he dicho respecto del otro. Y salió del apuro con la cabeza muy alta.

              Por su parte, otro buen amigo, letrado en este caso, me cuenta como, con el santo en el cielo más que nunca, al ir a tomar la palabra, dijo “con la venia, señorita”, en lugar de Señoría. Y no contento con hacerlo una vez, lo repitió. A saber en qué estaría pensando.

              Al otro lado de estrados, me cuenta una amiga jueza que también por dos veces, llamó “bebé” a un abogado en Sala, colando la palabra en mitad de una frase el decirle que sabía que la ley no permitía lo que pretendía. Al darse cuenta, mi amiga quiso que se la tragara la tierra. Y no sé cómo acabaría la cosa, pero lo que es seguro es que la tierra no se la tragó porque estaba en la superficie cuando me lo contó, aunque ciertamente abochornada. Nadie es perfecto.

              Otra abogada amiga me cuenta algo que le sucedió en sus primeros tiempos de ejercicio. En un asunto de tráfico de drogas, preguntó al acusado qué hacía allí y le respondió con un lacónico “buscarme la vida”. Pero ella, en su bisoñez, insistió, preguntándole cómo la buscaba, momento en que el magistrado intervino para aclararle que todo el mundo sabía qué era buscarse la vida. Todo el mundo menos ella, al parecer, que se quedó tan planchada que no acertó una en todo el resto del juicio. Se quedó en blanco. Y no es para menos.

              También de un tráfico de drogas me cuenta otra abogada, que había pactado una conformidad alegando que la mujer le había pasado la droga al marido en prisión para él por razones de su adicción. Pero, llegado el momento, la buena mujer respondió que se la dio a su marido para él y sus amigos, por lo que la conformidad se fue al garete y a mi amiga se le fue el santo al cielo.

              Y es que hay que reconocer que a veces tardamos tanto en empezar que cuando vamos a hacerlo, ya no sabemos a qué veníamos. Eso me dice otra abogada desde Twitter, y la entiendo. A mí también me ha pasado. Aunque lo que más me pasa es que, después de una mañana con más quince juicios, uno detrás de otro, llega un momento en que me cuesta mantener la atención y se me va el santo al cielo. Para mí que, como decía José Mota, va a ser del riego. O del hambre, que en alguna ocasión me han empezado a hacer ruido las tripas y no he sabido dónde meterme.

              Y estos son solo algunos casos en que el santo se fue al cielo, o al infinito y más allá, como en Toy Story. No son todos los que están, pero si están todos los que son, y por eso el aplauso es hoy para todas las personas que desde redes o en persona me han contado todas estas anécdotas. Mil gracias

Valoración del riesgo: un caballo de batalla


              El riesgo, como el miedo, es algo muy subjetivo. Por más que haya factores que indiquen que existe, cada cual lo percibe de una manera. O, simplemente, no lo percibe, como el Juan sin Miedo del cuento. El riesgo es una parte importante de muchos géneros cinematográficos, especialmente cuando hablamos de cine de acción o de intriga. Y es que la adrenalina que producen cintas como Misión imposible, El cabo del miedo, Psicosis, El resplandor y otras muchas es algo que todo el mundo ha notado alguna vez.

              En nuestro teatro el riesgo es un ingrediente consustancial de buena parte de nuestras funciones, y siempre hay que tenerlo presente. Por eso valorarlo adecuadamente es tan importante. Pero, como sugiere el propio título de este estreno es uno de nuestros caballos de batalla. Pero no el único.

              La valoración del riesgo cobra especial relevancia en materia de violencia de género, y también en violencia doméstica, aunque el riesgo pueda existir en otros ámbitos. Pero hoy me centraré en este. Porque, por desgracia, de ello se habla mucho estos días, a propósito de los últimos asesinatos de violencia de género, en que las víctimas habían denunciado en su día, aunque no tenían ninguna medida en vigor cuando ocurrieron los hechos.

              Como ocurre cada vez que una tragedia de esta índole ocurre, los medios de comunicación, las redes sociales y los todólogos profesionales o amateurs se han lanzado a buscar culpables. Nada mejor que un chivo expiatorio para acallar nuestras conciencias. Y si ese chivo expiatorio lleva toga y puñetas, mejor que mejor.

              Hay a quienes les da igual lo que se explique o se deje de explicar por quienes estamos cada día a pie de obra. Nos cuelgan el sambenito del corporativismo y sanseacabó. Pero las cosas no son tan sencillas. Ojalá lo fuera, porque si conociéramos la causa estaríamos mucho más cerca de conocer la solución, aunque eso implicara llevarse alguna toga por delante. Pero eso no es así, y hay que decirlo. Me tachen de lo que me tachen.

              A modo de ejemplo de ese linchamiento mediático, contaré algo que me pasó con una usuaria de Twitter -hoy X-, socióloga según su perfil, empeñada en darme lecciones sobre la actuación judicial en casos de violencia de género. Y estoy segura de que sabrá mucho de sociología, pero de juzgados y leyes, ni idea. Y la diferencia entre ella y yo es que reconozco no saber nada de sociología, pero ella está segura de que sabía más de actuaciones judiciales que yo y todas mis compañeras y compañeros. Faltaría más.

              Pero volvamos al lío. En los juzgados de violencia de género, donde hemos de decidir de inmediato o en unas pocas horas, si se adopta una medida de protección es fundamental que valoremos cuál es el riesgo para esa víctima, puesto que las órdenes de protección -con su medida de alejamiento y prohibición de comunicación- exigen como requisito que exista tal riesgo. Y es lógico, porque son medidas cautelares , no penas.

              Y aquí es donde empiezan las confusiones. Ese riesgo lo valoran fiscal y órgano judicial porque son quienes, respectivamente, solicitan y adoptan la medida. Para hacer esa valoración que les lleva a esa decisión se pueden valer de la valoración previa que hace la policía, y también de la que hace la unidad de valoración integral, con el médico forense a la cabeza. Ambas son instrumentos de los que nos valemos para tomar la mejor decisión, pero no constituyen el oráculo de Delfos ni una verdad universal que haya que seguir a pies juntillas. La orden se adopta -o no- tras haber escuchado a víctima y autor, a testigos, si los hay, y haber analizado el resto de indicios. Por tanto, esa valoración policial y, en su caso, la forense, son un elemento más a tener en cuenta.

              Conviene explicar que la valoración policial se hace a partir de un cuestionario al que responde la víctima. Por tanto, depende mucho de la percepción que ella misma tenga de su situación y de si dice la verdad o si calla cosas. Solo así se comprende que podamos encontrarnos situaciones de riesgo extremo que una vez hechas las averiguaciones no resulte ser tan grave y l contrario. Y no nos podemos llevar las manos a la cabeza por ello.

              La valoración forense tiene en cuenta otros factores, y también tiene en cuenta al agresor. Por ello supone un instrumento complementario idóneo, aunque no siempre puede hacerse. Cosas de nuestra justicia y nuestros medios.

              Pero que nadie se lleve a engaño, Los juzgados no son órganos preventivos. Valoramos el riesgo y adoptamos medidas cuando hay indicios de haberse cometido un delito. Sin delito, por más riesgo que pueda haber, no podemos hacer nada, escapa de nuestra competencia. Serán otro tipo de medidas y de órganos los que actúen. Lo contaré con un ejemplo: si una mujer viene a un juzgado argumentando que está muerta de miedo porque su marido tiene varias armas, es muy violento y está fuera de sí sin para de gritar y romper cosas, la situación es claramente de riesgo, pero, al no existir un delito, no se puede adoptar un alejamiento. Cuestión distinta es que se llame a la policía, a los servicios sociales o a asistencia médica, pero judicialmente escapa de nuestra competencia.

              Otra cuestión es que, una vez juzgado el asunto, estas medidas se soliciten, y, en su caso, se impongan como pena. Si en ese juicio se confirman los indicios y hay una condena, se cambia la medida cautelar por la pena, y continua el alejamiento ahora en ese concepto y hasta la duración de la pena. No puede ser eterno. Si, por el contrario, no hay prueba y se absuelve, la protección termina. Y es que en la sentencia ya no se miden riesgos, sino que se imponen penas, las previstas en la ley para el delito cometido. Ni más ni menos.

              Por todas estas razones es por las que digo que en los Juzgados gestionamos el fracaso, porque actuamos cuando la prevención y la educación ha fallado. Ojalá no lo hubieran hecho. Ponemos vendas, pero no evitamos que haya herida. Así funciona el estado de Derecho, que asigna los juzgados y tribunales la función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado.

              Y con esto cierro el telón por hoy. Espero haberme explicado y que esto no parezca una excusa. Si lo he logrado, os pido el aplauso. Si no, me triais tomates. Pero no muy fuerte. Por si acaso

Maestros (y maestras): aprender lo es todo


School lesson with the teacher at the blackboard. Classroom. Children at a school desk. Vector illustration, flat style

              De vez en cuando, cruza el universo cinematográfico alguna película sobre maestros o maestras. Y lo hace generalmente para dejarnos con el alma en vilo, porque, no sé cuál será la razón, pero hay historias realmente bonitas, como El club de los poetas muertos, La lengua de las mariposas o la reciente El maestro que prometió el mar. Y, cómo no, en nuestros recuerdos están quienes enseñaban en series como Querido maestro, Segunda enseñanza, La casa de la pradera o la vetusta Crónicas de un pueblo. Y es que son un pilar importante de cualquier sociedad.

              En nuestro teatro, como en todas partes, debemos mucho a quienes nos enseñaron por el camino, aunque no siempre sepamos reconocerlo. Solemos acordarnos de nuestros preparadores , de algún profesor de la universidad que nos marcó especialmente y, en algún caso, de la persona con quien hicimos algunas prácticas que nos han influido de modo particular. Pero todo ha influido en quienes somos hoy, desde el primer día que pisamos la guardería hasta hoy mismo. O, mejor dicho, hasta mañana, porque siempre hay alguien que te puede enseñar cosas nuevas.

             En mi caso, tengo un recuerdo bastante desdibujado de las profes que tuve en el Jardín de Infancia -entonces se llamaban así- aunque sí sería capaz de describir con todo lujo de detalles a la monja que fue mi tutora en primero de Primaria. Y no soy la única. Esta mujer tenía algo que marcó a varias generaciones. Y para bien.

              Del resto del colegio recuerdo a unas más y a otras menos -en mi caso, los profesores masculinos no llegarían hasta BUP, actualmente últimos cursos de la ESO- La verdad es que me acuerdo mucho más de las anécdotas con mis compañeras, de las gamberradas y las risas y también de los disgustos, como la vez en que nos pillaron con las manos en la masa cuando habíamos robado las preguntas de los exámenes finales. Es una de las batallitas preferidas cuando nos volvemos a juntar.

              Entre las cosas más hermosas que se puede decir a un maestro de la infancia, no tiene parangón la que en su día escribió Albert Camus al Señor Germain, quine fue su maestro, cuando recibió el Premio Nobel. Camus no olvidó la influencia que aquel hombre tuvo en todo lo que había logrado, y e dijo “Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiera sucedido nada de esto” Acababa diciéndole que nunca había dejado de ser su alumno agradecido. Os aseguro que si yo fuera aquel señor Germain, engordaría varios kilos cada vez que leyera aquella carta. Si es quela emoción me dejaba, vaya.

              Pero no todo el mundo tiene un señor Germain en su vida. O tal vez no supimos verlo y no es sino cuando una empieza la carrera cuando aparece figuras que marcan totalmente lo que será nuestro futuro profesional. En nuestro caso, para quienes estudiamos Derecho, la personalidad del profesor o profesora de cada asignatura podía hacerte dirigir tu rumbo en uno u otro ámbito del Derecho. O todo lo contrario, descartarlo. En mi caso, confieso que aunque siempre me gustó per se el Derecho Penal, hubo algunos docentes que me provocaron el efecto rechazo a su asignatura, y que me reafirmara en mi decisión. No diré de quién si de qué materia se trate, que los post los carga el diablo, pero es así. Ahí lo dejo.

              Como apuntaba al principio de este estreno, quienes hoy tenemos plaza fija en este teatro nuestro, contamos con una figura muy importante en nuestra vida: el preparador . En su día, ya dediqué una función a los preparadores y preparadoras, que hacen mucho más que prepararnos para aprobar una oposición. O esa es, al menos, mi experiencia. No repetiré las palabras que le dedicaba entonces, pero invito a quien quiera a leerlas.

              Otro de los momentos esenciales que pintan el camino de nuestro futuro destino en Toguilandia es el de las tutorías. En su día, pertenecí a la primera promoción de fiscales que hacía prácticas en diferentes fiscalías después del tiempo de Escuela Judicial. Algo que luego se repitió tanto en nuestra carrera como en la carrera hermana. La verdad es que no entiendo como se lanzaban a la vida toguitaconada sin prácticas previas, pero es lo que había. Y también conté en su día la influencia que mi tutor tuvo y sigue teniendo en mi vida profesional. Aunque haya transcurrido más de treinta años desde entonces.

              Tampoco había en mi tiempo período de prácticas en la carrera, eso que llamamos prácticum y que también tuvo su propio estreno. Sí que he tenido la experiencia del otro lado, desde la posición de tutora. Y estoy segura de que he aprendido más del alumnado e prácticas de lo que puedan haber aprendido de mí. Aunque confieso que el hecho de que haya quien después de pasar por mi despacho se haya decidido por opositar a la carrera fiscal me hace muy feliz. Quiero pensar que algo bueno habré transmitido.

              Y, hasta aquí, es estreno de hoy. Se lo quiero dedicar a todos los maestros y maestras, a preparadores y tutores que han pasado dejando huella en mi vida. Esta no es la carta de Camus, pero aquí va mi cariño y mi aplauso. Y otro más para quienes han pasado por mis manos. Gracias una y mil veces

Jóvenes 25 N: hay esperanza


              Hay veces en que la realidad te regala porciones importantes de esperanza. Como en el cine, la Esperanza está ahí, no es la Esperanza perdida que algunos creen. Siempre hay un Valle de la esperanza al que acudir. En el cine y en la vida

              En nuestro teatro hay ocasiones en que perdemos la esperanza. O casi. Pero a veces la vida nos regala momentos que nos la devuelve. Y eso sin salir de nuestros temas, aunque sí salgamos de nuestro terreno y nuestra zona de confort

              Me explico. Esta semana, en el marco de los actos celebrados por todo nuestro territorio para conmemorar el día contra la Violencia de Género, el 25 de noviembre, tuve una de esas experiencias. Me fui a un pueblo de Valencia, Montserrat, para encontrarme con el alumnado de tercer y cuarto de la ESO a propósito de la lectura de una de mis criaturas, Caratrista.

              Habían leído mi libro como una de las lecturas de este curso, y, aunque podrían haberlo hecho como una obligación más, el editor y yo nos quedamos boquiabiertos con la manera en que lo habían trabajado, tanto en el fondo como en la forma.

              Quizás quienes tienen hijos en edad escolar sepan perfectamente de que hablo cuando me refiero a una caja de lectura, pero yo lo desconocía por completo. Y la sorpresa no pudo ser mas agradable. En estas cajas que, además, tienen un aspecto muy atractivo, se analizan todos los aspectos del libro en cuestión, desde la autora hasta los personajes, desde el mensaje hasta los sentimientos. Una verdadera maravilla.

              No sé si alguien que no ha escrito libros puede imaginar lo que siente una autora cuando se encuentra ante adolescentes que saben casi más de mi criatura que yo misma, que le han dado tantas vueltas que no ha dejado un detalle por analizar. Pero puedo asegurar que es fantástico. Además del subidón de ego que supone oír mi propia biografía de unos labios tan jóvenes, comprobar que les ha llegado el mensaje que pretendía transmitir es emocionante. Y da sentido a mi obra por pedante que suene.

              Cuando yo ideé Caratrista, mi primera novela juvenil, tenía un propósito muy concreto. Además de entretener, que es un fin ineludible de cualquier cuento, lo que yo pretendía era llegar a personitas de una edad complicada, la infancia y la adolescencia. Quería que supieran lo que supone ser víctima de violencia de género -o de bullyng -, que se pusieran en la piel de la protagonista, que comprobaran que no es algo que pasa a otras personas, sino que le puede pasar a cualquiera. Quería que supieran qué hacer si se encontraban con una víctima, y como poderla ayudar.

              En definitiva, quería que supieran muchas cosas que hay adultos que aun no han asumido. Y, en este caso, pasaron el examen con nota, porque no solo habían hecho el trabajo, sino que todavía tuvieron ganas de preguntar sobre violencia de género, sobre libros, sobre justicia y sobre literatura, en un coloquio que resultó de los más apasionantes que he tenido. Verdad verdadera.

              Cuando veo esta juventud, me doy cuenta de que todavía hay esperanza, que no está todo perdido, que hay una generación con ganas de hacer cosa, sobre todo si tiene unas maestras y maestros que les guían en este terreno a veces tan resbaladizo.

              No son los únicos, por suerte. Esta misma semana también estuve en otro centro escolar donde pude compartir mi experiencia con el alumnado de Bachiller. Y también encontré mucho trabajo del profesorado y mucha semilla de esperanza por allí

              Cuando terminaron sus exposiciones sobre Caratrista, me regalaron las cajas, esas cajas de lectura que me dejaron asombrada, y las he fotografiado para compartirlas. Por supuesto, con su permiso. Pero no podía quedármelas para mí sola.

              Así es que este 25 N en vez de contar una historia de una víctima o explicar todas las cosas que hacemos y, sobre todo, que faltan por hacer, traigo un grito de esperanza. Y por supuesto, de agradecimiento. Así que el aplauso hoy es evidente. Va dedicado a todo ese profesorado que sabe que enseñar es más que dar los temas de las asignaturas de los programas y, sobre todo, al alumnado de ese instituto de Montserrat que confieso que me han conquistado.

Premio Igualdad: Mujeres en construcción


              A veces, el mundo el arte sirve para muchas más cosas que para dar satisfacción a los sentidos, que no es poca cosa. Hay películas que transmiten mensajes contra la violencia de género, como Te doy mis ojos, contra la homofobia como Pride o Te estoy amando locamente, o contra el racismo, como Arde Mississippi. Son unos pocos ejemplos del arte al servicio de la sociedad, sin perder un ápice de belleza y, por qué no decirlo, entretenimiento. Y hay veces en que, además, estas muestras traen consigo una satisfacción extra. Y acabo de vivir uno de estos momentos, y no quería dejar de contarlo.

              En nuestro teatro acostumbramos a ver nuestro reflejo en películas sobre juicios, pero no siempre el arte se interrelaciona de una manera directa con nuestro mundo. O no siempre sabemos verlo.

              Lo que hoy vengo a contar me afecta directamente. Se trata de la concesión del premio Igualdad de la Unión de Trabajadores de la ONCE a una compañía de danza y perfomance la que estoy muy vinculada. Y ahora contaré por qué.

              Hace algo más de cuatro años, nacía, casi por casualidad, una compañía artística llamada a hacer grandes cosas. Y no lo digo yo, en mi condición de madrepantojista entregada, sino que es así. Seguro que después de leer este estreno coincidís conmigo.

              Cuatro muchachas jóvenes, todas ellas artistas -dos bailarinas, una actriz y una música- decidieron utilizar su arma más poderosa, el arte, para concienciar sobre la igualdad y crear espectáculos que, además de calidad artística, t5ransmitieran un potente mensaje. Una apuesta arriesgada pero ilusionante.

              La cosa empezó cuando dos de ellas montaron una coreografía para un acto contra la Violencia de género. El tema gustó tanto que, en la presentación del libro Mujeres en Construcción (perdonen las molestias), del que yo soy una de las autoras, incorporaron texto y música para convertir aquella representación en un momento mágico. Y lo que nació para un proyecto concreto acabó convirtiéndose en el germen de toda una compañía artística, que adoptó el nombre de aquel libro, Mujer4es en construcción.

              A partir de ahí forjaron su primer espectáculo completo, Mujeres en construcción, destinado a difundir un mensaje en pro de la igualdad de género y en contra de la violencia de género. Tras su estreno, han sido muchas las ocasiones en que lo han presentado -y esperemos que lo sigan haciendo- tanto en s versión corta como larga, en escenario y en la calle, en Ayuntamientos y teatros de toda la geografía valenciana. Danza contemporánea de calidad, música en directo y composiciones y textos originales que he tenido el honor de escribir para ellas. Y no solo porque una de ellas sea mi propia hija, sino porque el proyecto merece la pena. Y mucho.

              En un par de años nació la segunda obra, Eternas, la consagración del grupo, con ot5ra apuesta más arriesgada, si cabe. Eternas rinde homenaje a mujeres artistas, nunca tan visibilizadas como sus homónimos varones, y aborda el tema de las enfermedades mentales y el suicidio. Una obra valiente y muy trabajada que también ha sido, y sigue siendo, objeto de varias representaciones. Y las que les quedan, estoy segura de ello.

              Ahora se ha hecho para ellas realidad el dicho de que todo esfuerzo tiene su recompensa que, aunque no siempre se cumple, a veces lo hace. El pasado 18 de noviembre de 2023 les fue entregado el premio Igualdad con e que la Unión de trabajadores de la ONCE quiere reconocer a quienes destacan en la lucha por la igualdad. En este caso, y en palabras de la propia organización, el jurado ha concedido el premio a un grupo de mujeres que bajo el nombre “Mujeres en construcción” buscan apoyar y concienciar sobre la necesidad de avanzar en la igualdad y en la lucha contra la violencia de género a través del teatro, la danza y la música.

              El acto fue precioso. Emotivo y perfectamente organizado, la entrega del galardón contó con las palabras de varias de las componentes del grupo, que destacaron que no es sino un incentivo en su propósito de luchar por la igualdad por medio del arte, uno de los mejores vehículos para conseguirlo Y, cómo no, culminó con la lectura de un manifiesto contra la violencia de género. Porque el movimiento se demuestra andando.

              Pero, como este es mi espacio personal, quería compartir algo que no reflejan las notas de prensa y artículos publicados a propósito del permio. Y es que, como ya he dicho en redes, si ver recibir a tu hija un premio es maravilloso, compartirlo con ella es jugar en otra liga. Mucho más que galáctica,

              Así es que llamadme umbralista -vengo a hablar de mi libro-, ególatra o madre caldosa. O todo a la vez. Pero tenía que contarlo Y, por supuesto dedicar el aplauso a estas Mujeres en construcción que estoy segura de que están llamadas a grandes logros. Porque lo merecen. Y aquí os dejo un enlace a su perfil en r4edes para que podáis comprobarlo solo con un clic

Normalidad : ¿lo acostumbrado?


              Es muy difícil saber lo que es normal y lo que deja de serlo. Depende del punto de vista y del patrón del que se parta. En el mundo del cine es tan evidente como que Normal es le título no de una sino de varias películas, aunque a mí me gusta más otro título, Requisitos para ser una persona normal. Aunque, cuando de normalidad y anormalidad se trata, siempre se me viene a la cabeza la desternillante El jovencito Frankenstein, y la elección del cerebro para la criatura como el de un tal A-Normal.

              En nuestro teatro podemos afirmar que la normalidad no existe, por definición. De hecho, lo que tratamos en cualquier caso es de restaurar el orden que un acto rompió, sea el que sea, y devolver las cosas al estado en que estaban, en la medida de lo posible. Es decir, a la normalidad. Porque lo nuestro parte siempre de la excepción.

              Cuando las cosas transcurren por sus cauces, decimos que lo hacen normalmente, y por eso, cuando dejan de hacerlo, acudimos a juicio. Cuando un delito nos causa un daño, o cuando una obligación se deja de cumplir, o un derecho que respetar. Accionamos para que las cosas vuelvan a la normalidad.

              Lo que ocurre es que, con todo lo que nos ha tocado vivir con la pandemia y la post pandemia, la excepción pasó a ser regla y se acuñó el término “nueva normalidad”, que no hacía otra cosa que dar tintes de normalidad a algo que no tenía nada de normal. Ni que estuviéramos sufriendo pandemias todos los días. Solo nos faltaría eso.

              Pero, como un día ya hace tiempo me comentaba una buena amiga, más de una vez tendemos a confundir lo normal con lo habitual. Y no es lo mismo. Cuando una cosa es normal es porque responde a unos patrones determinados y no se sale de la regla, de la norma, como se deduce de la propia palabra. Cuando es, sin embargo, habitual, no se alude a otra cosa que a la frecuencia con que se repite, esté bien, mal o regular, dentro o fuera de la norma. Si buscamos sus antónimos, el de “normal” sería “excepcional” -o «raro»-, mientras que el de “habitual” sería “infrecuente”.

              No obstante, mezclamos churras y merinas y pasa lo que pasa. Sobre todo, en nuestro escenario. Pensemos, sin ir más lejos, en la escasez de medios. Cuando señalan un juicio para dentro de dos años, podemos pensar que es normal, habida cuenta el colapso de medios personales y materiales en algunos sitios. Sin embargo, no debería ser normal, sino excepcional, por más que sea habitual. Lo normal debería ser que se señalara en unos meses.

              También exclamamos con resignación que es normal que nos dé problemas la informática, habida cuenta la vetustez de algunos de lo equipos y programas con los que trabajamos. Pero no tiene nada de normal. Lo normal sería que tuviéramos los mejores medios a nuestra disposición o, al menos, los mismos que tiene Hacienda. Porque lo que no es normal es que sea tan fácil el cumplimiento de nuestras obligaciones -si nos ponen una multa, nos embargan en un decir “Jesús”- y tan difícil el ejercicio de nuestros derechos -como seamos nosotros quienes pretendamos cobrar una deuda la inmediatez se evapora- Es lo que hay.

Y como de muestra vale un botón, en Toguilandia son normales cosas como el fax, los cuños o los telegramas, cuando en el resto del mundo son excepcionales o inexistentes. Y es que, más que normales son frecuentes. Anticuadamente frecuentes

              Recuerdo algo que me pasó en mis primeros tiempos toguitaconados. Me encontraba en un juicio interrogando a un acusado en cuyo vocabulario era habitual, en el más propio sentido de la palabra, el empleo de la palabra “normal” antes de empezar una frase, un modismo común a la zona a la que pertenecía, y que yo, tan bisoñita como era, ignoraba. Así que cuando le pregunté si pegó a su mujer y empezó su respuesta, como si tal cosa con “Normal”, monté el cólera. Le dije muy indignada que eso no era nada normal, mientras el resto de asistentes me miraban entre la estupefacción y la hilaridad. Porque aquel “normal” equivalía a un “verá usted” que todo el mundo veía tan normal, pero que no era normal sino habitual. Y mal empleado, además, aunque eso es otra historia. Algo así como el “obvio” con el que hoy nos contestan a casi toda la gente de determinada generación.

              Pero las cosas normales y las habituales pueden coincidir. De hecho, en un mundo ideal, deberían hacerlo. Y a mí lo que me gustaría es que quinen lea estas reflexiones vea normal darme un aplauso, y que esto sea tan habitual. Hoy y siempre, que de ilusión también se vive.

Banderas: más que símbolos


              Parece mentira, pero algo tan teóricamente inocuo como un pedazo de tela, ha dado lugar, y sigue dando, a muchos de los mayores conflictos de la humanidad. Las banderas, representen lo que representen, levantan pasiones y provocan guerras. Y eso lo vemos en el cine y televisión a cada momento. ¿Quién no recuerda las batallas entre Azules y grises en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, la unión de los sudafricanos bajo una misma bandera en Invictus o el nacimiento del símbolo de la bandera LGTBI en Pride? ¿Quién no tiene en la cabeza escenas de norteamericanos mano en pecho llorando ante su bandera así con cualquier excusa?

              En nuestro teatro, la presencia de banderas, como de otros emblemas, es más que anecdótica. La bandera de España junto a la de la Comunidad Autónoma correspondiente presiden -o deben presidir- las salas de vistas, y también los despachos oficiales. Es una cuestión institucional, claro está. Otra cosa es que más de una vez en los despachos no quepan ni colgando del techo y, por supuesto, es cuestión de prioridades. Donde se amontonan los expedientes en un equilibrio que desafía todas las leyes de la física es difícil penar siquiera en dejar un hueco para banderas, con su pie y todo.

              A este respecto recuerdo una anécdota de los tiempos en que el actual rey emérito abdicó en su hijo, el actual rey. No tardaron ni un día en hacer una visita a los despachos preguntando si queríamos cambiar el cuadro. Como quiera que no tenemos tal cosa, nos ofrecían uno, a lo que los pobres que cumplían dicho encargo debieron llevarse alguno respuesta indeseada, por decirlo de alguna manera. Cuando llevan meses sin arreglarte una ventana, o sin funcionar la calefacción o con ordenadores del Pleistoceno, lo del cuadro suena como a chiste. Verdad verdadera.

              Pero esas no son las únicas banderas con incidencia en nuestro trabajo. Como mucha gente sabe, los ultrajes a la nación española, y a sus símbolos y emblemas, entre los cuales, por supuesto, se encuentra la bandera española, son constitutivos de delito, aunque es un tema que ha despertado polémica. De hecho, ha habido resoluciones contradictorias en caso de quema de banderas españolas, o de fotografías del jefe del Estado.

              Por desgracia, nuestra bandera no suscita el mismo sentimiento de pertenencia que se tiene en otros países. La patrimonialización que el régimen anterior hizo de la misma ha creado un clima que flaco favor le hace a nuestro emblema que, nos guste o no, acaba siendo identificada con una sola parte del espectro político. De poco sirve que se repita una y otra vez que se trata de la bandera constitucional, la realidad es la que es. Y, aunque, de uno y otro lado deberían hacerse esfuerzos para cambiarla, no es esa la tónica.

              Más de una vez me han preguntado si el hecho de portar banderas preconstitucionales o banderas pertenecientes a régimen u organizaciones totalmente proscritas, como las que llevan estampados símbolos nazis, es delictiva. Y hay que responder que no lo es, si esa exhibición no va acompañada de actos que inciten o difundan el odio contra determinados colectivos, o que humillen personas por su pertenencia a tales. Pero eso no significa que sea lícito llevarlas, por descontado. Hay que dejar claro, una vez más, que no todas las cosas ilícitas o prohibidas son delito, y no serlo no las convierte en legales. En estos casos nos encontraremos con infracciones administrativas, según la legislación nacional o autonómica aplicable, y se castigarán por lo general con multas. Que, repito, no son penas sino sanciones administrativas.

              Pero la bandera nacional no es la única que puede tener influencia en Toguilandia. No hace mucho se suscitaba la cuestión de si podían ponerse en la fachada de un Ayuntamiento banderas arco iris, representativas del colectivo LGTBI, cuando se conmemoraba la celebración del orgullo . Y , en sentido contrario, si el hecho de quitarlas de un balcón donde ondeaban constituye delito.

              En cuanto a lo primero, hay que insistir en que es absolutamente legítimo que en un edificio público ondee una bandera de este tipo, desde luego, sin que ello signifique que sustituyan las banderas oficiales de la institución de que se trate.

             Respecto al hecho de quitar una bandera de estas características, cabría decir lo mismo que antes. Esto es, que el mero hecho de quitarla no es delictivo, si no va acompañado de actos constitutivos de incitación al odio o de humillación de una persona o grupo por pertenencia al colectivo en cuestión, o de cualquier otro delito por invadir una vivienda ajena o causar daños en un edificio. Y, como en el otro caso, eso no quiere decir que el hecho sea lícito. Hay vida más allá del Código Penal.

              No son las únicas cuestiones que se plantean. Otra cuestión interesante es qué pasa cuando lo que se quema es una bandera de otro estado, ya que aquí no se puede hablar de ultrajes a la nación española. Pues de nuevo habrá que concluir que si no va acompañado de otras conductas delictivas, el hecho en sí es atípico, sin perjuicio de que quepa actuar en otra vía.

              Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre un tema que ahora mismo está a la orden del día. Ojala llegara un momento en el que el uso de la bandera no fuera patrimonio de nadie. Hasta entonces, dejaremos el aplauso en suspenso. A ver si hacen algo por evitarlo

Nostalgia: letras y recuerdos


Hoy nuestro teatro no va a hablar de actualidad, que bastante polarizada está como para añadir leña al fuego. Hoy comparto un relato autobiográfico. Aquí hay muchas notas que empezaban a pintar la mujer en la que me convertí

Espero que os guste

LA LECTORA

          No tengo un recuerdo claro de cuándo aprendí a leer. Solo recuerdo el momento en que ya leía. Todavía no iba al colegio, que se negaba a admitir en septiembre a niñas que no tuvieran los cuatro años cumplidos, por más que los fuera a cumplir en el año escolar. Son las cosas que pasan por nacer en Navidad. Y fue esa Navidad, precisamente, la que tuve uno de los mejores regalos de mi vida.

          La lectura fue el regalo que me hizo mi abuelo, con el que me llevaba la friolera de noventa años, poco antes de irse. Recuerdo tardes al sol en la terraza, meciéndonos en el balancín mientras mirábamos las cartillas escolares que no sé bien de dónde sacó. No me acuerdo de haber aprendido a leer, pero me acuerdo de que leía. Desde entonces y para siempre.

          Mi abuelo se fue, pero me dejó su regalo, un regalo que he conservado como oro en paño, y que me ha convertido en lo que soy. Me regaló una nave en el que viajar a donde quisiera, una máquina del tiempo que me transportaba a cualquier época y una varita mágica con la que podía convertirme en quien quisiera. Me regaló una herramienta de poder y un instrumento de placer con una sola indicación: que lo cuidara. Y jamás falté a la promesa de hacerlo.

          Con mi regalo por bandera, fui atravesando las fases de la vida. Leía aquellos cuentos troquelados de La ratita presumida y Los tres cerditos. Oía a mi madre pedir al lobo de los Siete Cabritillos que enseñara la patita por debajo de la puerta. Y veía como, poco a poco, las letras ganaban espacio a las ilustraciones hasta dejarlas casi inexistente. Me hacía mayor al tiempo que crecían mis lecturas.

          Llegaron los tiempos de Enid Blyton. Los Cinco, Los siete secretos, Santa Clara y mis preferidos, la serie de Torres de Malory. La de noches que pasé releyendo con la linterna debajo de las sábanas e imaginando que yo era Darrell Rivers, alumna del internado de Torres de Malory. Hasta que hubo un momento en que no tuve bastante. Sin darme cuenta, igual que no me di cuenta de cuándo empecé a leer, tampoco supe cuándo empecé a escribir mis propios cuentos, pero llegó un día en que escribía. Y ya no paré nunca

          Mientras tanto, seguía leyendo todo lo que cayera en mis manos. Los clásicos del colegio, aquellas novelas rosas que mi madre guardaba de otra época, los cómics encuadernados de mi hermano o las enciclopedias por fascículos que mi padre atesoraba y encuadernaba, de los más variados temas. Estaban los Episodios Nacionales y la Historia de la Literatura Española que ahora han pasado a ser parte de mi tesoro personal, pero también estaba El hombre y la tierra, Manos maravillosas, Historia del arte, Historia de España o Bricolaje. Nada se me resistía.

          Mis relatos empezaron a aparecer, aquí y allí, al igual que aparecían poesías de amores adolescentes, poesías que querían ser como la Margarita de Rubén Darío que mi madre recitaba y que, a sus noventa y seis años, todavía recita de memoria. Ni sé las veces que leí las Rimas y leyendas de Bécquer por devoción después de que, por obligación, tuviera que leerlas en el colegio.

          Pero el destino quiso que diera un paso más. Las circunstancias me llevaron a otros lugares de la mano de unos libros que yo jamás hubiera escogido. Fue el día en que me convertí en lectora, con mayúsculas. La lectora de mi padre.

          Cuando yo tendría unos diez años, los ojos de mi padre se apagaron. Esos ojos, que tanto se habían alimentado de letras, por obligación por su profesión de abogado, y por devoción por su condición de apasionado lector, fueron perdiendo su luz poco a poco hasta no ser capaz de distinguir ni el cartel de la farmacia, el más grande y llamativo de nuestro barrio.

          De nuevo ignoro el día en que empecé a leer para él, pero si me acuerdo de estar leyendo en voz alta. Primero fueron revistas y diarios. Mi padre, fiel suscriptor de los dos periódicos más leídos de nuestra Valencia, Levante y Las Provincias, necesitaba estar al día de todo. Y en varias versiones, que eran el modo de conocer lo más próximo a la verdad, como él decía. Mientras yo estaba en el colegio, oía las noticias en radio y la televisión y, cuando yo podía, se las leía de ambos periódicos. Los fines de semana, cuando las clases del colegio y las de ballet me dejaban tiempo, las leíamos enteritas, de cabo a rabo, incluidos los deportes de los equipos regionales. Solía aderezarlos con historias de cuando él jugaba al fútbol en regional, o de cuando iba con mi madre a ver los partidos de fútbol, o los encuentros de boxeo o lucha libre, que ella aborrecía.

          Cada semana, esperábamos el Teleradio, la revista que comentaba los programas de la única televisión existente. Celebrábamos juntos los estrenos que venían y nos indignábamos cada vez que la sinopsis contaba más allá de lo que debía, algo que entonces se llamaba simplemente “hacer la puñeta” y hoy se llama “spoiler”, un anglicismo que creen que queda más fino. Si mi padre se enterara que usaban tal término, estoy segura que dejaría de comprar la revista, Por eso, entre otras cosas, le ocultaba gran parte de los reportajes del Super Pop, que me dejaba comprarme si le traía a tiempo la revista de la televisión.

          Y, como una cosa lleva a otra, llegó el día en que me encontré leyendo algo más que prensa. Tampoco sé cómo surgió, pero me recuerdo a mí misma recostada en la cama de mis padres, leyéndole El cuarto protocolo, de Frederic Forsyth, un libro que jamás hubiera leído si no fuera porque se trataba de uno de sus autores favoritos, y me había convertido en sus ojos.

          A ese siguió otro, y otro más. Todas las novelas que nunca hubiera leído cayeron en mis manos para que él no dejara de disfrutar del regalo de la lectura. Impostaba mi voz, cambiaba los tonos y hasta trataba de hacer las voces que imaginaba que los personajes tendrían. Leímos a Hemingway y su Fiesta, a Zane Grey, leímos Coma y otras obras de Robin Cook, esos thrillers médicos que han resultado menos ficción de los que parecían, y muchos más.

También leímos juntos algunos de los libros que eran lectura obligada en el colegio. Una parte del Quijote o La Celestina, y Crimen y castigo, de Dostoievski, que descubrimos y disfrutamos al mismo tiempo. Y recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, como leímos, comentamos y criticamos Tiempo de silencio y El Jarama

Con el correr del tiempo, sé que gran parte de lo que soy se lo debo a esos tiempos. El tesoro de la cultura fue una herencia inestimable, y la práctica y la dicción que adquirí han sido parte importante del bagaje de mi profesión, tanto para aprobar el examen oral como para hablar en público. Sin saberlo, o quizás sabiéndolo, mi padre me estaba proporcionando los mejores mimbres para hacer la más fantástica de las cestas.

No obstante, él siempre dijo que lo que más le gustaba leer era lo que yo escribía, aunque fueran ripios con ínfulas de poemas románticos.

Mi recuerdo preferido es el de aquel día en que le leí el relato con el que había ganado el concurso que organizaba Manantial, una conocida librería de Valencia. El tema que escogí era el terrorismo, y estaba escrito en forma de carta que un terrorista escribía a su madre. La parte que a él más le gustaba era, precisamente, la que no había escrito yo. Era una frase garrapateada por el presidente del jurado de aquel premio, que decía “nunca dejes de escribir”. Ese día mi padre me hizo prometérselo.

Lo hice, Y hoy, como cada día desde entonces, lo estoy cumpliendo.