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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

BOE: SONRISAS Y LÁGRIMAS


Boe retocada

                Como sabemos, no hay un buen espectáculo sin su correspondiente programa, y de poco sirve hacer una buena función si ésta no figura en la cartelera. Y por supuesto, nosotros también tenemos nuestra cartelera. Sin fotos, y bastante aburrida, pero es lo que hay, el Boletín Oficial del Estado (BOE para los amigos) y sus primos pequeños, el BOP, el Boletín del Ministerio de Justicia, y similares. Anunciando nuestras representaciones, y alguna cosa más. Aun recuerdo, allá por el Pleistoceno, cuando teníamos que consultarlo en papel en las bibliotecas, y acabábamos con los deditos manchados de tinta. Ahora, salvo algún nostálgico y algún que otro friki, los vemos en la pantalla del ordenador, de la tablet o del móvil. Al menos ahí sí hemos avanzado un poco, vaya.

                Así que, aunque sea Navidad, voy a ello. No salgo de mi asombro. En la Sección de “autoridades y personal” veo la convocatoria de más de 1000 plazas de jueces y fiscales, junto a más de 500 de secretarios y médicos forenses, y más del doble de funcionarios. Veo también que rehabilitan la bolsa de sustitutos, y consulto ansiosa con otra sección para comprobar alborozada que vuelven a trabajar. No se me borra la sonrisa de la cara.

                Por si fuera poco, descubro en otro de los boletines una partida presupuestaria elevadísima destinada en exclusiva a la renovación del parque informático de juzgados, tribunales y fiscalías. Y otra todavía más abultada para mejorar todas las sedes, incluso para construir muchas nuevas. Boquiabierta y ojiplática, recibo la llamada de una amiga que trabaja en el negociado de medios materiales, que no sólo me confirma la buena nueva sino que me asegura que hay un montón de ordenadores a estrenar empaquetados y dispuestos para ser enviados. Y que además le han dicho que se mejoran los programas. Estoy que me pinchan y no sangro.

                Y como me he venido arriba, me dispongo a enfrentarme con la sección de “disposiciones generales”. No doy crédito a lo que leo. Se ha derogado la ley de seguridad, la tan discutida –y con razón- ley mordaza. Sigo adelante, con un subidón de escándalo, y no es para menos. Se ha dejado sin efecto la ley de tasas, y también la reforma laboral. Y se dice expresamente que queda abandonado el proyecto de reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, y también la privatización del Registro Civil. Y que, por fin, está previsto un Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal nuevecito, con su nuevecito reglamento que sustituya al de hace cuatro décadas.

                Y no sólo eso. Descubro entre disposiciones varias una que prohíbe el uso de cuchillas en las vallas que separan nuestras fronteras, y que termina con las odiosas devoluciones en caliente. Y, como complemento, se establece el derecho a la sanidad para cualquier persona, y el regreso de la tarjeta sanitaria a quienes se la quitaron

                Por si ni fuera suficiente, consigo tener acceso a varias modificaciones presupuestarias que dotan de medios económicos a muchas leyes, como la ley de Dependencia y la Ley Integral contra la Violencia de Género. Y veo que se aprueban unas medidas extraordinarias para restablecer a los afectados por los desahucios y por las preferentes. Y como colofón, me percato de la existencia de grandes inversiones en educación, ciencia y cultura, que evitarán que nuestros artistas y nuestros científicos se vean obligados a exportar su talento a otros lugares.

                Estoy a punto de que me dé un infarto cuando recibo en el correo electrónico un tarjetón de boda. Increíble pero cierto. Por fin, después de mucho tiempo de desencuentros, van a casarse el Señor Cicerone y la Señora Fortuny, los sistemas informáticos de juzgados y fiscalía, que hasta ahora andaban siempre a la greña,  talmente como si tuvieran puesto un auto de alejamiento. Y hay rumores de que se casan porque están esperando un hijo, y que pronto habrá un sistema único para todos. Así que voy a llevar a la tintorería mi toga y a sacar mis tacones más altos, que esto yo no me lo pierdo.

                No quiero seguir leyendo. No vaya a ser que me nombren Fiscal General del Estado o Presidenta del Consejo del Poder Judicial, y me pille con estos pelos…

                Pero no descorchéis aún el cava. Lo siento, pero no podía esperar al día 28 y he querido vestir de inocentada mis deseos de Navidad. Lamento si os he hecho haceros ilusiones. Pero, además de toga y tacones, también tengo sentido del humor. Sin él, sería difícil sobrevivir a estos tiempos.

inocente

SOLIDARIDAD: TOGAS CON ALMA


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                Llegadas estas fechas, todos los teatros dan su función benéfica. Con diversos fines, desde la lucha contra el cáncer o cualquier otra enfermedad hasta la recogida de alimentos o juguetes para los que no pueden tenerlos, los escenarios se engalanan con luces navideñas y tratan de recoger fondos con tan loable propósito. Al mismo tiempo, transmiten –o tratan de hacerlo- un mensaje de paz y amor que ojala durara todo el año.

                Así que, desde este escenario, también queremos representar nuestra función benéfica. No podía ser de otro modo, porque las togas también tienen alma, la de cada uno de los que día a día las usamos con la intención de hacer de éste un mundo mejor. Y, aunque podría haber escogido cualquier otro fin, me he inclinado por dedicar mis desvelos a aquéllos que no pueden vivir la Navidad porque llegó un día que olvidaron lo que era: los enfermos de Alzheimer. Personas en cuyas mentes un hado maligno introdujo una goma de borrar y poco a poco hizo desaparecer todos sus recuerdos. Todas esas personas que nos quieren pero lo han olvidado, pero a las que sus seres queridos no olvidan querer.

                Desde las redes sociales, que también tienen alma y hasta su gorrito de Navidad, me llega una iniciativa que ha llegado a la mía. Un simple click a este enlace http://marketingnize.com/navidad-2014/ y nos descargaremos un encantador Belén al tiempo que ayudamos a la lucha contra tan terrible enfermedad. Y otro click para aportar un donativo. Un buena obra de Navidad buena y bonita.

                Así que el estreno de hoy será especial. Un relato que bien podría ser un argumento para nuestro teatro, y que en su día tuve el honor de que recibiera un premio de una asociación que apoya a los enfermos de Alzheimer y sus familias. Aquí os lo dejo. Sólo os pido que, en lugar del consabido aplauso u ovación, deis esta vez un click, o dos, a ese Belén de que os hablaba.

Relato ganador del 2º premio del Certamen Literario AFAEX “Más allá de la memoria” (Lucha contra el Alzheimer) Badajoz, 2013

              LA VUELTA DE CLARA

 

  • Te traigo todos estos cuentos, quizás alguien los podrá utilizar.
  • Pero, ¿qué ha pasado?
  • Ya no los necesito…

        Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas en ese momento. Pero desde que entró por la puerta yo ya sabía que algo terrible le había pasado. Y no me equivocaba.

        Lucía era uno de los pocos clientes habituales que tenía mi modesta librería de barrio. Desde hacía mucho tiempo, más del que podía recordar, Lucía visitaba mi pequeña tienda todos los viernes del año, sin faltar ni uno, y se llevaba un libro de cuentos infantiles. Eran para una sobrinita suya llamada Clara a la que jamás ví, pero me gustaba imaginarla junto a una niña pequeña que esperaba ansiosa la vista de su tía con el cuento que cada semana le regalaba. Yo fantaseaba con aquella criatura que, más allá de la tecnología de su tiempo, sabía disfrutar de la lectura. Y escogía los mejores cuentos, los más bonitos, los más brillantes, para no decepcionar a aquella niña a la que nunca conocería.

Fue aquel día cuando supe que jamás tendría oportunidad de conocerla. Lucía simplemente asintió cuando le pregunté si Clara se había ido para siempre. Y me entristecí más de lo que era capaz de reconocer con la idea de que Lucía ya no visitaría mi local…

No fue hasta unos meses más tarde cuando supe que Lucía nunca tuvo una sobrina. Por casualidad, apareció en mi librería una amiga suya, que en un par de ocasiones le había acompañado. Como la recordaba, le pregunté por ella, y me interesé sobre si había superado la pérdida de su sobrina Clara .La amiga me miró con cara de infinita sorpresa y me dijo que la sobrina en cuestión nunca existió. Cuando vio mi expresión, creo que comprendió lo que pasaba, y me invitó a un café, que acepté sin dudar.

Supe por boca de su amiga que los cuentos infantiles que compraba Lucía no eran para ninguna niña, sino para una mujer de más de ochenta años, su abuela. Abuela y nieta siempre habían estado muy unidas, y Lucía estuvo más pendiente de ella que nadie cuando el tiempo empezó a arrebatarle la memoria. Mucho antes de que el médico diagnosticara la fatídica enfermedad, Lucía ya intuyó lo que pasaba. Primero fueron pequeños olvidos, luego, dificultad en encontrar las palabras adecuadas en cada momento y, antes de que se quisieran dar cuenta, una fuerza más poderosa que un ciclón acabó borrando la mayoría de los conocimientos que le había llevado aprender toda una vida. A Lucía le costó asumirlo, pero más aún le costaba resignarse a tratar a su querida abuela como otros hacían, como un animalillo al que se cuidaba con cariño pero al que no se comprendía. Lucía se empeñó en entrar en su mundo, en seguir compartiendo con ella tardes de merienda y charla, y al final lo consiguió. Encontró la clave el día que su abuela, que ya hacía tiempo que no la reconocía, la llamó Clara, y la reprendió por llevar los labios pintados. Lucía le siguió la corriente, y se percató de que la trataba como si ambas fueran niñas pequeñas, escondiendo sus secretos a sus madres. Así que le preguntó a la suya quién era Clara y aunque le costó un poco, finalmente lo descubrió. Clara fue la amiga de la infancia de su abuela, una niña que vivía en la casa vecina y con la que compartió sus juegos hasta que un día desapareció, recién cumplidos los once años. Jamás supo que fue de ella, pero en aquella época convulsa, en plena Guerra Civil, cualquier cosa podría haberle pasado, podría haber muerto en algún bombardeo, o haberse exiliado del país con sus padres, o incluso podría ser alguno de aquellos niños de la guerra que enviaron a Rusia de los que hablaron los periódicos.

Así que, como la caprichosa memoria de su abuela se obstinó en volver a aquel tiempo, ella decidió ser su compañera de viaje, y asumir la personalidad de Clara, la amiga perdida. La cosa funcionó y, aunque no siempre la reconocía como Clara, la mayoría de los días su abuela era feliz volviendo a la infancia con su amiga del alma, y ella también lo era. Precisamente por eso, pensó que leer libros juntas sería una gran idea y, como en casa no encontró ninguno que le pareciera adecuado, empezó a frecuentar la librería en busca de cuentos que le gustaran. Resultó ser una gran idea. Era maravilloso verla disfrutar con aquellas páginas de Caperucita, Cenicienta, La Sirenita o Los Tres Cerditos como si no conociera la historia, y Lucía supo disfrutar con ella como si también volviera a ser una niña. Su madre no entendía cómo no lo pasaba mal viendo cómo aquella mujer que estudió tanto, que fue una de las primeras en tener una carrera universitaria, que fue una pionera en su tiempo, hacía cosas propias de una niña de menos de ocho años. Pero Lucía no pensaba así, Lucía era feliz de poder seguir disfrutando de su abuela y de haber encontrado la manera de meterse en su mundo.

               Pero aquel cuerpo de ochenta años ya no pudo aguantar la vitalidad de una mente de ocho, y un día, sin que nadie pudiera remediarlo, quiso saltar como la niña que llevaba dentro y se quebró su cuerpo envejecido. Sobrevivió a la caída, pero no a la operación para restaurar sus huesos fracturados. Y se marchó de ese mundo que ya no era el suyo, dejando a Lucía un vacío más grande del que nadie pudiera imaginar.

               Ahora ya hace un par de años que Lucía perdió a su abuela, y quiero pensar que yo le ayudé a superarlo. Tras conocer la historia que encubría la sobrina imaginaria, la busqué. Pronto dí con ella, y le conté lo que sabía, y lo que me habían impresionado ella y su fantástica relación con esa abuela a la que idolatraba. Y poco a poco, también nosotros iniciamos una fantástica relación.

               Pero quería hacer algo especial que le devolviera la alegría, un regalo que nadie podría hacerle. Y tuve suerte. Indagando por el barrio, no me fue difícil encontrar lo que buscaba..

Y hoy precisamente, el día en que Lucía y yo vamos a unir nuestras vidas, voy a darle mi regalo….

Cuando Lucía ha entrado y ha visto a una desconocida mujer mayor, se ha quedado muy sorprendida. Pero como yo ya sabía, sus palabras le han devuelto algo que había perdido dos años atrás:

–  Hola Lucía. Me ha encantado saber que has ocupado mi sitio en mis juegos de niña. Gracias por devolverme a una infancia que siempre añoré…

          Aquella mujer era la verdadera Clara, que no había muerto en ningún bombardeo ni se había ido a Rusia. Simplemente, emigró junto con sus padres en busca de cobijo en el pueblo de unos familiares, en donde apenas les afectó la guerra. Hacía ya mucho tiempo que regresó a la ciudad, pero nunca volvió a coincidir con su amiga de la infancia. Y ahora, Lucía se la había devuelto. Y Lucía había reencontrado a su abuela en los recuerdos de Clara. Y eso no se lo arrebataría nadie. Al final, el olvido que quiso invadir en la mente de su abuela había perdido la partida.

NAVIDAD: TOGAS CON ESPUMILLÓN


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                Pocos temas han dado para tanto como la Navidad y el famoso espíritu navideño. Libros, películas o canciones se dedican a ella, desde la antológica “Qué bello es vivir” hasta las mil y una versiones de “Vuelve Santa Claus”, pasando por la clásica “Blanca Navidad” y tantas más. Y nuestra función tampoco podía sustraerse a esa temática, a veces almibarada y a veces no tanto.

                En estas fechas, las oficinas judiciales se llenan de adornos navideños, y hasta las togas se visten de espumillón, pero, como siempre, no es oro todo lo que reluce. Ni siquiera oropel.

                Siempre recordaré, a propósito de las Navidades, un juicio de faltas que por estas fechas celebré hace algunos años. Se trataba de una de esas encarnizadas riñas familiares a las que estamos tristemente acostumbrados, y que acaban a insultos, cuando no a tortas. El juicio nos llevó más de una hora, entre declaraciones encolerizadas de unos y de otros. Una de las denunciadas –a la vez que denunciante- llegó a contarnos cargada de razón que su cuñado fue cara a ella “hecho un obelisco”, ante lo cual otra de las intervinientes en tan singular lid dijo haber quedado “vitrificada”. Lo juro. Pero eso no fue todo. Tras escuchar todas las declaraciones, y llegado el momento de los informes el juez tomó la palabra. Ni corto ni perezoso, espetó a las partes: “veo que han tomado al pie de la letra lo de reunirse la familia por Navidad, pero han equivocado el sitio y, por supuesto, el modo”. Y se quedó tan a gusto. Ni que decir tiene que se despachó con una sentencia del tipo del “café para todos” que debió quitarles las ganas de semejantes algaradas. Y con toda la razón, dicho sea de paso.

                Pero no todo son anécdotas, más o menos simpáticas. La Navidad es un tiempo agridulce que exacerba los ánimos, sobreexcitados ad extra con el consumo de alcohol y con la convivencia más o menos forzada. Todos los que llevamos tiempo en esto hemos sabido de suicidios, de dramas familiares de malos tratos, de accidentes ocurridos por el abuso de alcohol, de conflictos por el reparto de vacaciones escolares, de peleas y reyertas en discotecas… Es la otra cara de la Navidad, ésa que también existe y la razón por la que no cerramos nuestro teatro ni encerramos nuestras togas, porque la función siempre debe seguir representándose.

                Todos nuestros personajes tendrán que estar alerta. Y, aunque sea Navidad, seguirán desfilando por las tablas de nuestro espectáculo jueces, fiscales, secretarios, imputados, testigos, médicos forenses, abogados, funcionarios, personal de asistencia a víctimas, chóferes, escoltas, fuerzas y cuerpos de seguridad, personal de limpieza y mantenimiento y todos los que representan su papel en la función, mientras público y ciudadanos siguen haciendo de espectadores, los periodistas de críticos, y los opositores y estudiantes siguen preparándose para encontrar su sitio, como esperan también recuperarlo esos sustitutos que un día fueron desalojados. Y todos, como siempre ha sido, con el apoyo de sus familias, siempre detrás, con Navidad o sin ella.

                Así que felices Navidades a todos ellos, a todos nosotros. A los que no saben si llegarán a tiempo a la cena de Nochebuena, a los que –como yo- ignoran si lograrán encontrar aún caliente el cocido navideño, a los que cruzarán los dedos para que una llamada de la guardia no interrumpa el sonido de las campanadas de Fin de Año, a los que no podrán llevar a sus hijos a la Cabalgata de Reyes, y a los que no podrán estar cuando los suyos abran sus regalos. Y también a los que tengan la suerte de no encontrarse en ninguno de estos casos y puedan disfrutar las fiestas sin más sobresaltos que algún que otro empacho de polvorones y cava.

                Mi toga adornada con espumillón, mis tacones más altos que nunca, y yo misma, os deseamos feliz Navidad a todos.

MEDALLAS: ¿OSCAR EN JUSTICIA?


RAIMUNDA

                Ya llevamos muchas representaciones en nuestro gran teatro, y todavía no hemos recibido ningún premio, más allá del aplauso del público, que no es poco. Pero no hay espectáculo que no tenga su noche de lucimiento en esas entregas de premios que todos hemos visto por televisión. Oscars, Goyas, Césars, Tonny, Palma de Oro de Cannes, Concha de Oro de San Sebastián y miles de otros premios que, más o menos merecidos, adornan el palmarés y las estanterías de los agraciados. Y, por supuesto, nuestra función no podría dejar de tener los suyos propios.

                Reconozco que la idea me vino fruto de la indignación. La indignación que me produjo cierta concesión de una “raimunda” –nuestro Oscar por antonomasia- hace unos cuantos días. Como no me gusta ponerme medallas que no me corresponden, reconozco también que, además de la indignación, me inspiró el post que un ilustre –además de Ilustrísimo- compañero, Salvador Viada, publicó en su blog, que a su vez fue rebloggeado por mi querida Loreto Ochando en su –nuestro- http://nosinmitoga.com/ Así que vayan los reconocimientos por delante. Al César lo que es del César.

                Lo bien cierto es que nuestra función tiene también sus propios premios. Y sus galas de entrega, no creamos que no, aunque bastante diferentes a las de la farándula. En lugar de vestidos de Versace o de Dior, las sempiternas togas, engalanadas con “placa y medalla de acuerdo con su rango”, como dice la ley. Y nada de alfombra roja ni de photocall: una sala de vistas, a poder ser la más solemne, o un salón de actos que haga las veces. Mucho más formales pero con menos glamur, qué duda cabe.

                Nuestro Oscar por antonomasia es, como he dicho, la Cruz de San Raimundo de Peñafort –vulgo, “raimunda”-, en sus distintas modalidades, que se otorga –o debería otorgarse- por los méritos del premiado al servicio de la justicia y de los ciudadanos. Conozco muchos compañeros, de esta carrera y de las carreras hermanas, que la han obtenido más que merecidamente. Por su servicio a la causa durante su carrera, por su intervención en juicios especialmente difíciles, por haber sido objeto de un ataque en el cumplimiento de su deber y por mil cosas más. También se dan algunas por haber servido en determinados organismos o instituciones, a los que no haré referencia directa por causas que ya saben quienes me conocen, aunque admito que la entrega con que se realizan estas funciones bien merece un reconocimiento. La mayoría de ellas, insisto, merecidísimas, como una a la que tengo un especial cariño y que llegó demasiado tarde, como tuve ocasión de contar en su día (http://nosinmitoga.com/2014/03/05/la-medalla-que-llego-tarde/). Por eso, precisamente, resulta irritante que algunas se den sin ton ni son. Porque son minoría y ensucian a quienes la ostentan con honor. Pero bueno, también hay Oscar que consideramos injustamente concedidos. Gajes del oficio, supongo.

                Pero además de “raimundas”, hay otros premios. Medallas otorgadas por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, por Colegios Profesionales, por Asociaciones públicas o privadas, y por cualquier institución u órgano que tenga a bien reconocer la valía de un compañero. Me quito el sombrero ante ellos, por supuesto. Pero también me gustaría hoy hacer un reconocimiento extra, el de las medallas que nunca se entregan y que se merecen tanto como las otras. La recompensa a llevar el trabajo al día, a hacerlo con entrega, a no desfallecer ante las adversidades, a seguir manteniendo la ilusión, a luchar por la justicia. El premio que nunca se da al trabajo callado y eficaz.

                Por eso, desde aquí enviaré hoy mi aplauso a todos los distinguidos por méritos propios, desde luego. Pero con una ovación especial a todos los que también lo merecen por su trabajo diario y no lucen medallas. Al menos, que reciban el aplauso del público. Lo mejor que uno puede recibir en un escenario.

PUÑETAS: MUCHO MÁS QUE UNA EXPRESIÓN


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A hacer puñetas. Ahí es donde mandamos a alguien cando no queremos ni verlo, como haríamos, por ejemplo, con el director de nuestra función, al que ya dediqué un post, si no cumple con su labor como corresponde. También decimos que cuando alguien nos da la lata excesivamente nos hace la puñeta, y hasta empleamos la expresión “¡Puñetas!” como muestra de asombro, de fastidio o de enfado, cuando no queremos usar de otras más malsonantes. Y, por último, si una persona es muy pejiguera o puntillosa, la llamamos “puñetera”. Pero en nuestra función, las puñetas tienen otro significado. Forman parte del vestuario habitual y significan mucho más que todo eso. Y bastante más agradable, por cierto.

Los fiscales y los jueces, y desde hace un tiempo, también los secretarios judiciales, ponemos las puñetas en nuestras togas a partir del momento en que ascendemos a la categoría segunda, esto es, la que convierte a los jueces en magistrados y a nosotros en el equivalente. Al mismo tiempo, la galleta plateada vira a dorada. Son, ni más ni menos, que fruto del paso del tiempo en nuestras respectivas carreras, algo así como las canas de la toga. Y claro, como canas que son, blancas e impolutas. O al menos, así deben ser.

Hace apenas unos días que estrené mis nuevas puñetas. Las segundas, que ya no soy tan joven. A las anteriores les había dado tantas horas de vuelo, que pedían a gritos un descanso. Aún no sé si se han jubilado por incapacidad de seguir adelante o sólo padecen una incapacidad temporal, pero confío en que las manos de hada de mi madre las devuelvan a la vida y puedan intercambiarse dando descanso a su fatigosa vida de función en función.

Todas las puñetas tienen su historia, que hasta podría ser un argumento para nuestro espectáculo. Las que ahora estreno son regalo de una buena amiga, de su traje de valenciana (son las que ilustran la parte superior de esta entrada), y ya le he dicho que una parte de ella me acompaña a la sala cuando voy a juicio. Pero sus predecesoras también tienen una bonita historia que contar. Fue otra amiga, esta vez virtual –aunque espero desvirtualizarla pronto- quien me sugirió vía twitter que deberían tener un lugar en nuestro escenario. Y tenía razón, así que dicho y hecho.

Las puñetas que lucía hasta ahora fueron un regalo de una tía mía. Me las trajo el mismo día que aprobé la oposición, aún sabiendo que tardaría años en llevarlas. Pero me hizo una ilusión enorme, porque estaban hechas con una primorosa puntilla de bolillos perteneciente al ajuar de novia de su madre, la Señora Pepa, a la que yo tenía un gran cariño. Son unas puntillas preciosas, y únicas, o casi, porque sólo existe otro par igual: las de su hijo, magistrado, creo que ya en desuso.

Aparte de haber conocido toda clase de juicios, también tienen una bonita anécdota que contar. Han protagonizado un artículo en varios periódicos y su fotografía las ha hecho casi famosas. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir en una librería que eran portada de un libro –“Abogados del poder”- y, hace nada, del cartel anunciador de una jornada conjunta de Medel, Jueces para la Democracia y la Unión Progresista de Fiscales (por si alguien no lo cree, aquí dejo la prueba gráfica) Aunque nadie les pidió permiso a ellas ni a mí –sí al fotógrafo autor-, se pusieron muy contentas. Ahora son algo así como las estrellas entre todas las puñetas. Y claro, necesitan un descanso en el spa del costurero de mi madre. Y no se lo podía negar. Difícil listón les han puesto a sus sucesoras, pero seguro que también hacen un buen papel. Yo misma no puede evitar la tentación de usar su imagen en una entrada anterior (https://conmitogaymistacones.com/2014/10/17/jefes-presidentes-ii-los-que-mandan-mas/)

Y no sólo las mías tienen un pasado. Las que más y las que menos, podrían contar miles de cosas. Las de mi preparador –uno de ellos-, que aún conserva, las compré yo misma en una de mis viajes a Madrid siendo opositora. Y otras compañeras me han contado que se las hicieron en Camariñas, o que se las encargaron a las monjitas de un convento que conocía su abuela. Y seguro que cualquiera podría contar anécdotas de las suyas.

Así que vaya desde aquí un homenaje a todas esas sufridas puñetas que simbolizan horas y horas de representación en nuestro escenario.

Y, por si alguien no cree lo que digo, aquí queda el testimonio gráfico. Antes de que me mandéis a hacer puñetas, por supuesto.

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INSTRUCCIÓN: FÁBRICA DE HISTORIAS


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Todos los sabemos. No hay una buena función sin un guión con una buena historia. Y las historias que se representan en nuestro teatro se fraguan en nuestras cocinas, las de juzgados y fiscalías donde va tomando forma ese argumento sobre el que luego girará nuestra representación. Y no podemos dejar de reconocer que gran parte de ellas son las que se guisan durante la instrucción de los procedimientos penales, siempre atractivos para los espectadores, por más que podamos encontrar otras historias interesantes en otros ámbitos como el civil y el social, por poner algún ejemplo. Todas tendrán su hueco en este teatro nuestro, pero esta vez me gustaría centrarme en esa parte del procedimiento que consiste en la investigación y que se lleva esencialmente en los Juzgados de Instrucción, aunque también tiene lugar a veces en las fiscalías por medio de las llamadas Diligencias de Investigación penal (DIP para los amigos).

Poco sabe la gente ajena a esta farándula en qué consiste eso en que damos en llamar “instrucción” de las causas. Como he dicho otras veces, la cultura judicial es en muchos casos de procedencia audiovisual anglosajona, basada en las películas que todos hemos visto y de las que todos hemos disfrutado. El juez y, sobre todo, el fiscal, saliendo a la calle a buscar pruebas y a hacer averiguaciones por su cuenta. Como si antes de empezar una causa, nos dijeran eso de “tened cuidado ahí fuera” que inmortalizó el jefe de Canción Triste de Hill Street.

Pero, por suerte o por desgracia, nosotros trabajamos en despachos. Pasamos la mayor parte del tiempo en esos camerinos donde, en lugar de espejo rodeado de bombillas hay estanterías plagadas de expedientes, y nos expresamos por escrito, aunque alguna vez salgamos a la calle a levantar un cadáver, a hacer una entrada y registro (ahí es el Secretario Judicial quien da el callo), a recibir declaración en un hospital, hacer una inspección ocular o cualquier otra cosa. El trabajo de instrucción empieza en la guardia –aunque no siempre-, a la que ya dediqué una entrada (https://conmitogaymistacones.com/2014/11/28/juzgado-de-guardia-el-filon/), pero eso no es más que el principio. A partir de ahí comienzan un montón de actuaciones destinadas no sólo a que la función tenga un buen guión, sino a que sea posible llegar a representarla, e incluso a que tenga un final feliz. Y ahí tienen su papel todos, sea juez, fiscal, secretario judicial, médico forense o funcionarios, sin olvidar a los abogados, siempre al quite para salvaguardar el derecho de su cliente, sea como defensa o como acusación. El juicio nunca existiría sin una buena instrucción que permitiera llegar hasta ahí, y su desarrollo depende mucho de cómo se hizo. Una prueba mal practicada, por ejemplo, puede impedir una sentencia condenatoria.

Pero, ¿en qué consiste? ¿Cuáles son esas actuaciones?. Pues en casi cualquier cosa que uno pueda imaginar, desde declaraciones de imputados y testigos hasta acordar entradas y registros, dictámenes periciales, escuchas telefónicas, apertura de correspondencia, búsqueda y captura de personas, averiguaciones de domicilio o de patrimonio, recabar documentos… Todo, por supuesto, dando las oportunas órdenes a las fuerzas y cuerpos de seguridad o a quien corresponda en cada caso, y, por supuesto, motivando debidamente todas y cada una de las resoluciones en que puedan verse comprometidos derechos fundamentales, como la intimidad. Y ello sin olvidar que las pruebas no nacen de los árboles y que, evidentemente, el imputado hará todo lo que está en su mano para que éstas no aparezcan. ¿O alguien imagina que un asesino va a conducirnos adonde está el arma homicida con sus huellas y todo, o que un defraudador nos va a traer amablemente los archivos de sus cuentas B?

En definitiva, salvo para el “robagallinas” del que no hace mucho hablaban, miles de cosas complejas y difíciles de encontrar y muchas veces difíciles de practicar, como esos informes periciales que tardan meses en ser enviados porque quienes tienen que hacerlo no dan abasto. Y todo esto, con unos medios que Pedro Picapiedra no hubiera dudado en desechar por anticuados….

Eso sí, ahora parece que a alguien le han entrado las prisas y piensa que todo esto se puede hacer en seis meses, aunque con alguna excepcional prorroguita. Pero ¿lo han acompañado de un paquete de medios que lo posibiliten, como preguntaba una compañera en twitter?. Pues no. Ni están ni se les espera. Ni un triste taco de post-its y un fosforito para los cien primeros que se lean la reforma, vaya, que al menos eso podían copiar de la Teletienda.

Así que, corre que te pillo, demos ese merecido aplauso a todos los que intervienen, con su esfuerzo, a la instrucción de las causas. Pero hagámoslo enseguida, no vaya a ser que pasen esos 6 meses y caduque la ovación.

MEDIOS MATERIALES: DAVID Y GOLIAT


medios justicia

Todos los teatros del mundo necesitan de unos medios técnicos para funcionar. Sin bombillas para los focos, mecanismos para abrir o cerrar el telón, elementos de atrezzo para los decorados o altavoces para reproducir el sonido, por poner algún ejemplo, el mejor guión y los mejores actores fracasarían estrepitosamente. Pero esto que es obvio para cualquiera, no parece serlo tanto para los máximos responsables de nuestro espectáculo, y aveces tenemos que ingeniárnoslas con velas en vez de bombillas, o cartones para hacer de atrezzo porque no nos queda otra. Y nosotros no nos podemos permitir el lujo de que nuestra función fracase. Así qe, si toca, hay hasta que abrir y cerrar el telón a mano porque no hay mecanismo que funcione. Y esto es lo que hay.

Muchas veces, cuando pienso en los medios materiales que tenemos a nuestra disposición, se me viene a la cabeza la imagen de David contra Goliat. Un enorme gigante se nos viene encima, y no podemos luchar contra él más que con un sencillo tirachinas. Delincuencia económica, corrupción, delincuencia tecnológica y un aluvión de asuntos de distinto pelaje, y nosotros celebrando el hallazgo de un taco de post-its o de un bolígrafo azul como si hubiéramos encontrado un tesoro. Y lo de rotuladores fosforescentes, ni pensarlo. Luj asiático.

El otro día una compañera subía a twitter una foto de varios tacos de post-its con muchos signos de admiración y citándonos a varios de sus colegas. Le respondimos como se merecía: dándole la enhorabuena por ser dueña de una verdadera joya. Y no exagero. Las cosas están así. Cada vez se nos escamotea más el material y, aunque siempre hay “chinos” donde autoabastecerse, no siempre es posible. Otra compañera me contaba su titánica lucha por conseguir un simple cuño, y yo tengo atada con un cordel la maquinilla de quitar las grapas porque es un bien escaso y sé que la tentación es mucha.

Y todo esto que podría no pasar de ser una simple anécdota, adquiere tintes dramáticos cuando de informática hablamos. Al margen de nuestra escasa formación al respecto, nuestros equipos no ayudan, por decirlo de un modo suave. Por un lado, los usuarios somos en muchos casos, bastante cibertarugos, aunque ahora que me he enterado que eso se debe en parte a que somos migrantes digitales y no nativos digitales, me siento mucho más tranquilas. Pero lo que nos dan hace que desparezca cualquier vestigio de buena voluntad y la relación con el ordenador se convierta en una verdadera pelea. Sistemas no compatibles, lentitud exasperante, falta de acceso a determinados archivos o incluso a internet son muchos de los problemas con que nos encontramos. La práctica de cruzar los dedos para que el ordenador tarde menos de veinte minutos en encenderse, y para que no haya que reiniciarlo diez veces en una mañana, es una constante en nuestras vidas. Y así, señores, no hay función que triunfe, aunque el mismísimo Laurence Olivier viniera en persona a interpretarla.

Por supuesto que, además de con buena voluntad, suplimos esto con nuestros propios medios, llevándonos tablets o portátiles y utilizando sistemas diferentes del que nos proporcionan, pero para muchas cosas hay que acabar muriendo en el ordenador del despacho, y dicho sea eso de “muriendo” en un sentido no figurado. Y eso, por no hablar de las caras que nos ponen en determinados ámbitos si ven el sofisticado móvil de la guardia –un auténtico zapatófono sin acceso a Internet ni posibilidad de tenerlo- o cuando explicamos que haya cosas que sólo pueden enviarse por un fax comunitario para el que hay que hacer cola. O cuando nos ven agitar el tóner de la impresora para conseguir que dure unas cuantas impresiones más. Y los ejemplos serían miles. Hasta el infinito y más allá. Y todo ello por no hablar de las condiciones de algunas sedes, que eso da para otro post.

Por eso, hoy sólo pediré el aplauso para todos los que salen al escenario pese a que ni focos, ni altavoces funcionan. Y que sacan adelante la función supliéndolo como pueden, como David contra Goliat. Pero cuidado, puede que un día hasta se agoten las piedras que lanzar o se rompa el tirachinas. Así que a ver si alguien toma nota antes de que ese día llegue.

MIS TACONES: SIEMPRE PRESENTES


zapatos 5

El día que decidí bautizar a este teatral blog con el nombre de “Con mi toga y mis tacones” quise decir muchas cosas. Quería reivindicar la presencia de las mujeres en esta función nuestra, la mía y la de todas, y hacer constar que algo tan genuinamente femenino como los tacones no está reñido con la más exquisita profesionalidad. Que para ser una buena profesional no hay que adoptar roles masculinos ni parecer otra cosa diferente que la que somos: mujeres. Que se puede ir arreglada, maquillada, bien vestida, peinada y manicureada y, por supuesto, entaconada, sin que ello suponga desdoro de nuestra actividad profesional. Más bien lo contrario. También quería visibilizar la cada vez más numerosa presencia femenina en estas profesiones. En número, ganamos por goleada, aunque no siempre tenga esto su reflejo conforme ascendemos hacia la cúpula. Pero ahí estamos.

Las mujeres somos hoy en día una presencia constante en nuestros escenarios, pero no siempre fue así. Las Abogadas lo lograron antes, y ya en 1922 conseguía licenciarse en derecho por vez primera una mujer, la valenciana Ascensión Chirivella, si no me fallan los datos (Victoria Kent lo haría tres años después). Pero para conseguir ser jueces y fiscales lo hemos tenido más difícil. La ley lo prohibió hasta 1961, pero no fue hasta 1971 cuando una mujer se convirtió en juez, Concepción Carmen Venero. Y hubo que esperar a 1973 para que una mujer, María Belén del Valle Díaz, hiciera lo propio en la carrera fiscal. Siento no haber dado con el dato referido a las Secretarias Judiciales, y en cuanto a Médicos Forenses, creo que la primera ingresó en dicho cuerpo en 1978 y fue María Castellano –a la que conozco, admiro y quiero-, que también fue –esto con toda seguridad- la primera mujer catedrática de Medicina Legal en España. No hace tanto tiempo que estas pioneras nos abrieron el camino. Y nunca se le agradeceremos lo suficiente.

Hoy estamos en todas partes. A tortas con la conciliación –o muchas veces, con la falta de ella-, tratando de demostrar al mundo que podemos con todo, ejerciendo de superheroínas con toga y tacones. Ya a nadie le llama la atención si en un juicio somos mayoría de mujeres o somos pleno. Es más, en muchos casos ni lo recuerdo. Recuerdo, eso sí, la calidad profesional y humana de quienes se sientan en estrados, pero no especialmente el género al que pertenezcan. Salvo, claro está, que ese alguien lleve unos maravillosos zapatos de tacón que capturen mi atención, que lo cortés no quita lo valiente. Y no me avergüenzo de ello.

Pero no echemos las campanas al vuelo. Nuestra presencia es numerosa, pero disminuye conforme avanzamos escalones. Apenas hace nada que una mujer alcanzó por vez primera el puesto de Magistrada de lo penal del Tribunal Supremo, y no fue hasta 2004 cuando una mujer ocupaba por vez primera el cargo de Fiscal de Sala, la mayor categoría en la carrera fiscal, por citar dos ejemplos. Y, desde luego, ninguna ha llegado a ser Presidenta del Tribunal Supremo (y del CGPJ, cargos unidos indisolublemente) ni Fiscal General del Estado, ni siquiera Teniente Fiscal del Tribunal Supremo, aunque en la última elección al respecto, hace unos días, varias optaron a ello y alguna estuvo cerca de lograrlo.

Pero todo se andará, que ya se sabe que el movimiento se demuestre andando. Y no hay mejor demostración de valía que la que día a día hacen nuestras profesionales, con nuestras togas y sobre nuestros tacones, y representando a la perfección cada una el papel que tiene asignado en este gran teatro de la justicia.

Sólo nos falta alguien que, como en Criadas y Señoras, nos diga : “tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante”. Y que nos lo creamos, por supuesto.

Así que, por si acaso, yo me encargo. Somos buenas, somos listas, somos importantes. Creámonoslo de una vez. Y hagamos que los demás lo crean. Y que conste que os lo digo subida a mis tacones.

JUZGADO DE GUARDIA: EL FILÓN


Juzgado de guardia

De Juzgado de guardia. Con esta expresión se designa popularmente a todo aquello que resulta de todo punto increíble o extravagante, o tan indignante que no merece otro fin que su denuncia. Así se llamaba también una serie de televisión que algunos todavía recordarán por sus hilarantes escenas.

Pero no es oro todo lo que reluce. Y los Juzgados de Guardia constituyen un verdadero filón para cualquier guionista que quiera encontrar el mejor de los argumentos para nuestra función. Así nos sucede a diario. Escenas entre el más terrible de los dramas y la más inspirada de las comedias se desarrollan en los miles de Juzgados de guardia donde, diariamente, prestan sus servicios jueces, fiscales, secretarios judiciales, médicos forenses, abogados, funcionarios, y todos los personajes que forman nuestro reparto, fijos o eventuales, principales o secundarios. Por ellos desfilan millones de personas representando sus diferentes papeles: imputados, víctimas, testigos, acompañantes de unos o de otros o profesionales, acuden y se entremezclan unos con otros en un orden caótico y con un ritmo frenético. Risas, llantos, gritos y hasta susurros o suspiros son la banda sonora de estas dependencias en todos los partidos judiciales de nuestro país.

El drama de la muerte y la carrera hacia el levantamiento de cadáver, los detenidos engrilletados, o las víctimas destrozadas contando sus tragedias son la cara más dramática de estas jornadas sin descanso. Esos momentos que nos ponen a todos el corazón en la garganta por más que hayamos vivido muchas ocasiones similares.

Pero también tienen su cara amable: denuncias increíbles, situaciones rocambolescas en las que en ocasiones es difícil contener la risa. Y es que hay quien cree que en el Juzgado de guardia le pueden arreglar cualquier cosa. He visto denuncias por vecinos que habían colocado el toldo de diferente color al que habían acordado o porque se habían dejado el grifo abierto, incluso porque detestaban la música con la que alguien les deleitaba desde la ventana de enfrente. Y por temas más esotéricos, como abducciones marcianas o avistamiento de ovnis. Incluso pidiendo medidas cautelares para salvaguardar la integridad de los terrícolas. Juro que no me lo invento.

Y es que, aunque no llegue a tanto, las posibilidades de que pueda actuar el Juzgado de guardia son casi infinitas, más allá de las más conocidas de tomar declaración a detenidos o víctimas, acordar el ingreso en prisión u  otras medidas cautelares o celebrar juicios rápidos. Desde un matrimonio in articulo mortis hasta la autorización para un explante de órganos o una transfusión de sangre, pasando por entradas y registros o procedimientos de habeas corpus, el abanico de posibilidades es inmenso. Y ahí están, pasando de una cuestión a otra totalmente distinta sin solución de continuidad.

Y también son inmensas las posibilidades de llevar a cabo esta función. Desde los partidos judiciales más pequeños, donde el juzgado de guardia igual vale para un roto que para un descosido, hasta los de las más grandes capitales con sus guardias diferenciadas entre detenidos, incidencias, Violencia sobre la Mujer o Menores. Desde las guardias de 24 horas hasta las que duran una semana entera, desde las de presencia hasta las de permanencia. Pero siempre conservando una esencia común: la vida misma desfilando en todas sus facetas, mezclando risas y lágrimas, susurros y gritos, drama y comedia.

¿Alguien conoce un lugar mejor para hacerse con un buen argumento? A buen seguro que ni la más viva de las imaginaciones podría superar un guión sacado de cualquiera de nuestras interminables jornadas de guardia. Porque, como dice el refrán “la realidad siempre supera a la ficción” ¿O no?

Y por ello, esta vez la ovación va dirigida a todos aquellos que, representando su respectivo papel, trabajan en los juzgados de guardia, sea cual sea el día y la hora en que les toque hacerlo. Porque la vida no sólo transcurre en días laborables y en horario de oficina.

VIOLENCIA DE GÉNERO: LA TRAGEDIA


VIOLENCIA GENERO

Hoy es un día especial, el 25 de Noviembre, el día contra la Violencia de Género. Un tema terrible que proporciona a nuestro teatro muchos más argumentos trágicos de los que quisiéramos. Y en este blog dedicado al gran teatro de la justicia, y con esta autora, que dedica gran parte de su tiempo -sobre sus tacones y con o sin su toga- a esta materia, no podía dejar de dedicarle una entrada. Mi Pepito Grillo interior no me dejaría tranquila si no lo hiciera, y bueno es él cuando no le hago caso. Así que, como dueña y señora de este escenario, he decidido obedecerle porque, además, tiene toda la razón. Advierto que esta vez no me preocuparé en exquisiteces para mantener mi papel de voz en off. La violencia de género es un problema mío, como profesional y como ciudadana, así que hablaré en primera persona. Sin tapujos.

Supongo que en un día como el de hoy nuestros organismos públicos, nuestros medios de comunicación y todos nuestros mandamases estarán luciendo crespones negros, lazos violetas y montando todo tipo de manifestaciones y minutos de silencio entre declaraciones grandilocuentes. No es que me parezca mal, desde luego. Cualquier cosa que ayude es bienvenida. Pero ¿qué pasa los otros 364 días del año? Pues eso.

Ya he dicho que, por desgracia, la violencia de género proporciona los más dramáticos argumentos a nuestro teatro. En los juzgados de Violencia sobre la Mujer, en la guardia y fuera de ella, se escriben los guiones de las historias más terribles. O casi las más terribles. Porque hay miles de otras historias que aún no se han escrito, porque sus víctimas permanecen en silencio, confinadas en sus cárceles de terror y humillación. Las cárceles de sus propias casas.

Nosotros somos quienes recibimos a esas mujeres destrozadas. O, lo que es peor, a veces sólo recibimos su cadáveres, con el dolor y la impotencia de no haber podido hacer nada por ellas. Con el dolor y la impotencia de haber fracasado, porque cada mujer muerta es un fracaso de todos.

Las he visto muertas de todas las maneras posibles: golpeadas salvajemente, apuñaladas varias veces, disparadas, agredidas con todo tipo de objetos. Y las he visto vivas con el cuerpo y la muerte aniquiladas por aquél que más debería de quererlas, por aquél que disfrazaba de amor lo que no era otra cosa que posesión. Y lo pero de todo es que las sigo viendo día tras día, y mucho me temo que seguirá siendo así.

Y a veces, tengo la sensación de que a nadie le importa. Cada día les dedican menos espacio los informativos, y también las conversaciones de café. Como si fuera algo inevitable a lo que hay que resignarse, igual que hay que resignarse a los días de lluvia, al frío invernal o a las olas de calor. Y con eso duplicamos el dolor y el sufrimiento de las víctimas.

Se dedican una y mil páginas a la corrupción, a la crisis, al nacionalismo, y muy pocas a la violencia de género. Y sigue machando a sus víctimas, y las sigue matando ante nuestras propias narices.

Pero no está todo perdido, no podemos consentirlo. Yo he visto asuntos con final feliz, mujeres que denuncian, que consiguen salir y reescribir su propia vida.

Una de esas historias fue la de alguien que llamaré María. La conocimos porque tenía constantes partes del hospital, huesos rotos que ella justificaba como caídas en la bañera o golpes con puertas. El médico se alertó y habló con su padre, y ambos denunciaron, pese a los llantos de María, que se negaba a reconocer ante nosotros y ante sí misma que era una víctima de violencia de género. Y pese a ello, pudimos seguir adelante. Y, ante nuestra sorpresa, en un momento del procedimiento, ella reaccionó. El resto ya es historia. Su agresor fue condenado y, lo que es más importante, ella tomó las riendas de su vida. Trabaja cerca de mí, y de vez en cando, aún la veo. Nos saludamos con una sonrisa. Y cada sonrisa suya es un motivo para seguir adelante.

Así que, por favor, ayudemos todos a escribir muchos guiones para nuestra función con historias como la de María. Solo entonces me levantaré y aplaudiré hasta romperme las manos.