TESTIGOS: UN MOMENTO ESTELAR


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                Una tras otras, se vienen sucediendo las representaciones en nuestro gran teatro sin que hasta el momento haya aparecido uno de los personajes más esperados. Y ése no es otro que el testigo, ese special guest star de las series de mi infancia que hacían que todas las miradas se centraran por un momento, en su sola presencia, esperando su fundamental contribución al desenlace. Seguro que todos recordamos la aparición de una inolvidable Marlene Dietrich en Testigo de cargo, o a Harrison Ford desplegando todos sus encantos para lograr el testimonio del niño que presenció el crimen en Único testigo. Así de importante es nuestro protagonista

              Por suerte o por desgracia, las apariciones de los testigos en nuestro teatro no son tan glamurosas ni tan espectaculares como las de las películas americanas. Pero eso no les resta importancia, ni mucho menos. De ellos depende muchas veces cómo quedemos de satisfechos con la representación cuando caiga el telón o aparezca ese clásico cartel de The End cada vez menos frecuente.

                 El testigo es una persona ajena, por regla general, a este mundo, que se ve involucrada en un hecho que va a ser objeto de juicio. Puede coincidir o no con la propia víctima del delito, o con el perjudicado del hecho de que se trate, lo que le coloca en situaciones totalmente distintas. Pero como a la víctima ya le dediqué su propio post, voy a centrarme en el testigo que no ostente esta condición, y que se erige en una pieza esencial en el argumento de nuestra obra.

               En principio, a todo el mundo ajeno a nuestro gran teatro de la justicia, salvo alguna excepción, le hace poca gracia lo de testificar. Eso de meterse en líos, en donde no nos llaman, forma parte del acervo popular, refranero incluído –“juicios pasen, más no por mi casa”-. Pero hay que recordar que es un deber, y que dejar de comparecer es constitutivo de delito, como es también faltar a la verdad en la declaración que se haga ante el Juzgado. Tal vez por eso, lo que la gente tiende a evitar es verse envuelta en esas situaciones que le llevarán de cabeza a declarar ante un juez. Y así, todos hemos visto cómo algunas personas huyen como alma que lleva el diablo si ven un tirón en la calle, una pelea en un bar o un accidente de tráfico. Por si acaso.

            Y no hay que culparlos totalmente. Es cierto que a veces el sistema no se lo pone fácil, y cuando el colaborador ciudadano se encuentra con un par de horas de espera o varias suspensiones, se le quitan las ganas de colaborar para siempre, y con razón. Por eso, hay que evitarles todas las molestias e inconvenientes añadidos que sea posible. Y ser amable, que eso cuesta poco y puede cambiar radicalmente la percepción del ciudadano de su experiencia ante los tribunales. Yo siempre les agradezco su presencia, por más que ésta sea obligatoria, y su disposición a contribuir con la justicia. Y conozco muchos jueces que les llaman personalmente a explicarles por qué se ha producido una suspensión –y disculparse por ello- o qe la conformidad del acusado ha hecho innecesario su testimonio. Una buena práctica que convierte muchas veces en sonrisa el gesto de enfado del afectado.

               El abanico de testigos es variado, como variadas son las causas por las causas que dan lugar a un juicio. Desde la simple falta en que el testigo veía como la aviesa vecina echaba a hurtadillas la lejía sobre la ropa tendida de la sufrida propietaria del piso de abajo, hasta el que presencia un asesinato, desde quien ve la pelea en un bar donde se estaba tomando tranquilamente una cerveza, hasta quien da cobijo a una mujer maltratada, desde quien está al lado del espabilado que se lleva la compra sin pagar, hasta quien conoce quién se llevó el dinero de la empresa, o dejó de declarar a Hacienda. Todos son importantes, pero a nadie escapa que su testimonio no tendrá los mismos efectos.

               A veces olvidamos que los testigos pueden tener miedo. Y que el miedo es libre, y no somos quienes para juzgarlo. Por eso, hay que ser exquisitos en proporcionarles aquello que haga disminuir sus temores. Explicarles lo que haga falta, poner un biombo que impida su contacto visual con el acusado, evitar que se encuentre por los pasillos con la familia o los amigos del imputado y, en los casos en que sea preciso, aplicar toda la protección policial necesaria o conferirle el estatus de testigo protegido conforme prevé la ley al efecto.

             Y también olvidamos a veces que los testigos no entienden nuestra jerga, ni nuestra puesta en escena. Todos nos hemos encontrado con testigos que buscan la Biblia para prestar juramento, que se ponen la mano en el pecho, o que juran, y prometen, y por esta que son cruces. Y, aunque en ocasiones, ello da lugar a anécdotas simpáticas, lo cierto es que no se lo ponemos fácil con preguntas como esa de “si tienen interés directo o indirecto en la causa”, o con la advertencia genérica de los “apercibimientos legales de ser reo de falso testimonio en causa criminal”. Háblemosles claro, y nos entenderán, que tampoco cuesta tanto.

             Así que, la próxima vez que un testigo haga su aparición estelar en nuestra función, tratémosles como su condición de estrella se merece. A buen seguro que ellos lo agradecerán, y que contribuiremos a mejorar la calidad del espectáculo.

PERIODISTAS: ¿ÁNGELES O DEMONIOS?


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                Poco a poco, nuestro gran teatro va avanzando en número de representaciones y en espectadores. Conocemos a gran parte de los personajes y hasta parte de la trama y nuestro escenario ya se va consolidando. Por eso, ha llegado el momento de enfrentarse a aquello que todo artista teme: la crítica. Y, claro está, nosotros no íbamos a ser menos. Y contamos, por supuesto, con nuestros propios críticos, esa prensa que cada vez más destina páginas y páginas a nuestro particular espectáculo. Amables o despiadados, según los casos. O ambas cosas a un tiempo. Como no puede ser de otra manera.

                Hubo un tiempo en que los periodistas de tribunales, como ocurre con los críticos de cine o de teatro, estaban especializados. Incluso en casos, ultraespecializados, diferenciados entre periodistas de sucesos o de tribunales. Hoy esa línea se desdibuja, como se desdibuja también la especialización en esta materia. En parte, la causa está en la coyuntura, que no están los tiempos para dispendios y la optimización de recursos hace que el que lleve la sección de tribunales haya de compatibilizarla con la de fiestas y tradiciones populares, por poner un ejemplo –real, por cierto-. Pero en parte también está la judicialización de muchas facetas de nuestra vida, fundamentalmente la política, vista la cantidad de políticos que se ven obligados a frecuentar los pasillos de los juzgados. Y también cierta invasión por parte de la prensa frívola, con la aparición voluntaria o involuntaria de algunos de nuestros más conocidos protagonistas en sus páginas.

                Reconozco que desde que parte de mi labor profesional se encarriló en las relaciones con los medios de comunicación, se me cayó un mito. En apenas un par de meses, ya me habían robado todo el glamour que siempre presumí que tenía esa profesión, a la que admito que también me hubiera gustado dedicarme. Nada de aquel ambiente especial de Primera página o Al filo de la noticia que una en su ignorancia creía que iba a encontrar. Nada de Watergate. Ni siquiera la camaradería y sentido del humor patrio de la serie Periodistas. Nada de nada. Personas como las demás, desesperadas por llevarse una noticia a la boca con que llegar al periódico, casi mendigando. “Chacho, dame argo…”, solía bromear una periodista amiga tratando de encontrar algo noticioso en nuestro devenir diario. Y así un día tras otro.

                Es difícil hacer ver en nuestro colectivo que la prensa no es el enemigo. O que, al menos, no tiene por qué serlo. Como cualquier crítico, pueden hundir o llevar al éxito un espectáculo. Y el nuestro no es una excepción, nos guste o no. Gran parte de la opinión de nuestro público, el ciudadano, viene influenciada por lo que ellos digan de nosotros. Ese es su gran poder, pero también es su responsabilidad. Incluso puede llegar a depender de la imagen que ellos den que algunos espectadores asistan o no a nuestra función, decidiéndose o no a acudir a los tribunales para denunciar un hecho o demandar una solución.

                Quizás por eso, o por un miedo que parece venir de serie con nuestras togas, es ver las cámaras a la puerta de la sala de vistas y tener sudores fríos. Las mariposas del estómago se convierten de repente en pirañas y no podemos evitar enfrentarnos al juicio con un plus de angustia al saber que vamos a ser observados a través de lo que esos críticos ávidos escriban en sus libretas, y en lo que capten con sus cámaras y micrófonos. Y con la misma ansiedad que el actor o director lee las primeras críticas tras el estreno, abrimos con avidez al día siguiente los periódicos a la espera de lo que puedan decir de nuestra actuación. Y quedamos satisfechos, o no. Todos tenemos experiencias de uno u otro color.

                Por todas estas razones, debíeramos replantearnos nuestras relaciones con la prensa. Comprender de una vez por todas que por no hablar de algo, no evitaremos que se publique. Que la noticia, si interesa, va a ser publicada igual, y más vale dar nuestra explicación o nuestra versión, que callar y que busquen en otros sitios la información que nos demandan. Y que el derecho a recibir información veraz asiste al ciudadano y no somos quienes para sustraérselo. Del mismo modo que asiste al periodista la libertad de expresión, y no podemos enfadarnos si hacen uso del mismo, siempre que no traspase determinados límites, por supuesto.

                Todos hemos tenido experiencias negativas con la prensa, no voy a negarlo. Pero no podemos hacer pagar en todos los periodistas con las culpas de otros, y en ocasiones generalizamos demasiado, y metemos a todos en el mismo saco. Y eso no es justo, como no lo es ninguna generalización. Y menos aún cuando se les identifica con muchos de los opinadores y tertulianos que salen en los medios sin tener ni idea de lo que hablan. Que haberlos, haylos.

                Estos críticos nuestros pueden ser aliados o enemigos. Y en parte es labor nuestra elegir su papel en nuestra función. Quizás así contribuyamos a evitar espectáculos tan lamentables como el vivido hace años con el terrible asunto de “las niñas de Alcácer”, o esa manía de que todo el mundo se crea legitimado para opinar de justicia. La “alcacerización” de los medios y la “belenestebanización” de la justicia son males a erradicar, pero también nosotros hemos de poner de nuestra parte. Con permiso de Ana Rosa, faltaría más.

                Así que perdamos el miedo. Siempre recordaré una frase de una periodista que, ante mi afirmación de que muchos jueces o fiscales sentían temor ante la prensa me dijo “¿Y qué crees que sentimos los plumillas cuando nos mandan a hablar con todo un señor juez o fiscal?”. Pues eso, cada uno en su sitio.

                Y por cierto, aprovechemos ahora que aún podemos hablar, que si la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial prospera, lo vamos a tener más que difícil…

                Por último, queridos periodistas de tribunales, sean benévolos conmigo y hagan una buena crítica de este estreno. La esperaré ansiosa.

 

PROCURADORES: DEPRISA, DEPRISA…


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            Sesión continua. El espectáculo sigue adelante y ya han debutado la mayoría de los personajes fijos de nuestra función. Pero no todos, que aún queda tela que cortar. Y estoy segura que algunos habrán echado en falta a alguien más, alguien de quien parece que sólo nos acordamos cuando algo ha fallado, como sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando llueve. Y ese alguien no es otro que el Procurador

                No es fácil describir su labor y menos aún su papel en nuestro gran teatro. Pero, del mismo modo que todos los actores, escritores, músicos o bailarines tienen un representante, nuestro gran teatro también ha de tenerlo, que no podíamos ser menos si aspiramos al éxito. Y ahí entra nuestro protagonista de hoy, el procurador, esa suerte de representante que el sistema exige para que algunos de los actores consigan su papel y sepan dónde, cómo y cuando interpretarlo. El es quien recoge los guiones, gestiona los tiempos y está pendiente de que las cosas lleguen a su destinatario. Y él es, como todo representante que se precie, el que carga con las culpas si la estrella no llegó a su hora o no tenía a tiempo el guión de la parte que debía interpretar. Y, muchas veces, el que aguanta estoicamente los chorreos de unos y de otros.

                En ocasiones, tiende a menospreciarse la figura del procurador, que puede aparecer como algo así como un correveidile sin más atribuciones que las de un recadero con toga. Y no hay que olvidar que, en un escenario decimonónico como el nuestro, es alguien absolutamente imprescindible. El escenario de nuestro gran teatro, aunque revestido en algunos casos de aparente modernidad, está concebido como antaño, con sus cortinajes de terciopelo manejados a mano, sus lámparas de araña y su acomodador con linterna, con las entradas vendidas en taquilla y los decorados confeccionados artesanalmente. Y para este vetusto teatro, es necesario nuestro personaje. Porque, creámoslo o no, a nuestro teatro aún no ha llegado la venta de entradas por internet.

                El procurador es el encargado de representar al imputado, y también a la víctima si ésta decide tomar parte en el proceso en nombre propio además de hacerlo a través del fiscal. Y, en esa labor, aparece como el alter ego del abogado, como su pareja de hecho y de derecho. Como representante del protagonista, tiene que estampar su firma –y con ella, su responsabilidad- en casi todo aquello que el artista haya de hacer y que efectivamente haga por medio de su abogado. Y, también en este papel, es quien tiende los puentes entre los demás profesionales de la escena y él, recogiendo y llevando documentos en una suerte de frenesí de plazos y formalidades.

                Cuando pienso en los procuradores, evoco un personaje de ficción al que me recuerdan muchas veces: el conejito de Alicia en el País de las Maravillas, siempre corriendo, y siempre pendiente de un reloj que pende de su ropa casi como si de una bola de preso de película se tratara. Deprisa, deprisa, que me cierran el registro de entrada. Deprisa, deprisa, que se me acaba el plazo. Deprisa, deprisa, que no llego a tiempo… De hecho, tengo una amiga procuradora que parece estar permanentemente entrenando para la maratón de Nueva York, porque jamás para de correr de un lado para otro. Y cuenta la leyenda que un procurador consiguió una vez sentarse a tomar una cerveza a la hora del aperitivo, pero yo no sé si creerlo.

                Pero a veces, también me recuerdan a otro personaje, tal vez menos glamuroso pero muy tierno: el pollito Calimero. Porque siempre acaban cargándose las culpas, propias o ajenas, de que alguien no se haya enterado del día o de la hora del juicio, de que no se haya notificado una resolución o de que no se haya presentado un recurso, por poner algún ejemplo. Y aunque nunca les oí quejarse lo desgraciaditos que se sienten, como hacía siempre el pollito de los dibujos animados, estoy segura que en su fuero interno sí que lo hacen.

                Así que, la próxima vez que asistamos a un pase de nuestra función, parémonos a pensar por un minuto que, sin los procuradores, tampoco habría sido posible. Y a nadie le gusta tener que marcharse del teatro porque se haya suspendido la representación del día. Ni siquiera si devuelven el dinero de la entrada.

VÍCTIMAS: EL VALOR DEL DOLOR


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                Cada vez avanza más nuestro espectáculo. Los actores están preparados, y el público atento, y ha llegado el momento en que haga su entrada triunfal el protagonista absoluto, el bueno de la película. El papel quizás más complicado porque el intérprete no lo ha escogido: no ha estudiado para esto, no se ha presentado a casting alguno, y ni siquiera se hubiera imaginado nunca arriba de este escenario. En ocasiones, ni siquiera está físicamente, y, como en el algunas películas, tenemos que traer a la pantalla su presencia a través de flash backs, por medio del testimonio de otros, como hizo Hitchcock con Rebeca. Porque, desgraciadamente, la víctima en ocasiones ha dejado de existir, y es su historia la que constituye la trama principal de nuestra obra, el argumento de nuestra función.

                Nuestro intérprete, presente o ausente, ha de enfrentarse a un papel que no ha ensayado jamás, a una representación entre actores profesionales que han asistido miles de veces a espectáculos parecidos. Y sin ninguna experiencia, se enfrenta a un público que puede ser fiel o despiadado, en un estreno donde es él quien más se juega. Y sin preparación, ni ensayos generales. A pelo. Aunque no lo guste. Ahí es nada.

                Víctimas hay de muchas clases, tantas como delitos se cometen y como personas hay. Nadie reacciona igual ante un hecho, ni es capaz de contarlo con la misma convicción. Ni tampoco son iguales todos los delitos, aunque haber sido víctima de uno es siempre un hito en la vida de cada persona, tenga la entidad que tenga el delito en cuestión. Y eso es algo que los actores fijos de nuestra saga nunca debemos olvidar.

                A veces, para entenderlo, hay que ponerse en el papel del otro. Y quitarse la toga del cuerpo y de la mente para imaginar cómo nos encontraríamos en una situación así. En mi otra vida, ésa en que llevo los tacones pero no la toga, también he sido víctima, aunque por fortuna de nada grave. Aún así, mi yo ciudadana buscaba esa simpatía, esa sonrisa o esa comprensión que no siempre se transmite desde estrados. Y que no cuesta tanto, qué caramba. Así que practiquemos, que por algo hemos ganado nuestro papel en esta obra y no debemos defraudar a público ni crítica. Juro que estoy en ello.

                Pero parece que si hablamos de víctimas todo el mundo piense en hechos tremebundos, como asesinatos o violaciones. Y efectivamente, tan terribles delitos hacen que la víctima se granjee casi inmediatamente la empatía de todo el mundo, más aún si se trata de personas especialmente vulnerables, como ocurre con los menores. Pero no siempre es así, y a veces se somete a la víctima a un juicio sobre su persona que reduplica su sufrimiento. Y se hace gravitar la duda sobre su persona si la víctima entabló relaciones con su verdugo, si supuestamente provocaba con su ropa o sus ademanes, si su actitud era una u otra… Como si alguna cosa que ella hiciera pudiera justificar lo injustificable. Algo tremendo.

                Aunque, como decía, nuestra función no tiene siempre tintes de novela negra. Y, en ocasiones, bordea casi la comedia, o al menos, la tragicomedia. Peleas de vecinos en que se cruzan insultos por motivos aparentemente baladíes o riñas de bar o de familia donde las víctimas se sienten gravemente ofendidas aunque a veces no lo comprendamos, merecen todo nuestro respeto. Porque es justa la indignación de aquella a quien el vecino echa lejía en la colada, o de aquel que oye cómo mentan a su madre de un modo nada halagüeño, o del dueño de un kiosko que ve cómo se llevan sus golosinas sin pasar por caja, por poner algún ejemplo. Y también merecen nuestra empatía, y nuestro respeto. Y, por supuesto, nuestra comprensión Aunque sea el enésimo juicio de faltas por el mismo motivo y tengamos ganas de acabar de una vez.

                Así que la próxima vez que asistamos a un estreno en nuestro gran teatro, parémonos a pensar en ese protagonista que ha llegado hasta ahí sin buscarlo, y que se ve obligado a revivir su pequeño o gran drama contra su voluntad. O en ése que ya no puede revivirlo, aunque quisiera, y en sus seres queridos, conminados a asistir a una función que les recuerda su dolor y su pérdida. Y tratémosles como nos gustaría que nos trataran a nosotros. No revistamos de profesionalidad lo que pueden percibir como indiferencia. Porque nosotros tendremos más funciones y más papeles, pero para ellos ésa es la única representación, la función de su vida. Y hay que estar a la altura.

                Por todo eso, regalemos el más fuerte de los aplausos a todas esas víctimas. Para que su interpretación termine en un clamoroso éxito. Tal como merecen.

 

FUERZAS Y CUERPOS DE SEGURIDAD: ¡¡¡¡ACCIÓN!!!!


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                El espectáculo continúa imparable en nuestro gran teatro. Pero como toda buena función, necesita su dosis de acción para hacerlo atractivo. Como la vida misma. Y hasta ahora, en nuestro paseo por la farándula, nos hemos centrado en personajes más bien reflexivos. Personajes que interpretan su papel, más allá de su paso por la escena del crimen, sentados en sus despachos o en la sala de vistas donde se escenifica el juicio. Y claro, alguien tenía que aportar la acción a nuestra obra. Y ahí es donde entran ellos. Con su uniforme y, a veces, sin él.

                La labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad es una pieza indispensable para que se ponga en marcha nuestro teatro, sobre todo, cuando de infracciones penales se trata. Ellos son quienes, con su megáfono imaginario, dan el no menos imaginario grito de “Luces, cámara y ¡¡¡acción!!!” para que empiece el rodaje. Sólo que en nuestro caso, en lugar de megáfono y silla de tijera, traen el consabido sobre que contiene el atestado, el pistoletazo de salida nuestra peculiar carrera. Y, como buenos artistas, despiertan toda la expectación que su tarea merece. Porque allí estamos todos en el Juzgado de guardia, preparados para que ellos lleguen y nos den el guión de la función que ese día vamos a representar. Ni más ni menos. Y, por supuesto, del argumento de ese guión y de cómo esté escrito, dependerá si la función resulta buena, mala o regular. Ahí es nada.

                La verdad es que, a poco veteranos que seamos los actores, enseguida intuímos por dónde van los tiros en la obra que cada día nos toca realizar. La prisa en traerlo, la comisaría o cuartel de procedencia y hasta la actitud de quién trae el atestado son buenas pistas, pero la más definitiva es el peso. Cuanto más grueso es el mazo de papeles, mas compleja se vuelve la función, y de mayor duración. Y cuanto menos folios, claro, más sencillo. Pero no más importante en un caso que otro, no nos confundamos. Que tan importante es parar a un conductor borracho o abortar una pelea en un bar como resolver la más complicada red de narcotráfico o el más sangriento asesinato. Y la representación, sea un cortometraje o una trilogía, tiene que estar impecablemente realizada para triunfar. Y de su actuación depende en muchos casos que la película tenga un final feliz.

                Una actuación nada sencilla, en la mayor parte de los casos, por más que a primera vista  algunas parezcan simples trámites. Pero aguantar las bravuconadas de un conductor borracho, muchas veces dirigidas a ellos, no debe ser plato de gusto. Como no debe ser fácil, tampoco, soportar estoicamente las reacciones, a veces hilarantes, de quien se ve envuelto en una pelea. Recuerdo dos señoras a las que trajeron a la fuerza tras enzarzarse en una pelea por tan indignante motivo como el de que una le dijera a otra que no se lavaba la faja, que acabó diciéndole al policía que seguro que su mujer tampoco se la lavaba, por eso no le daba la razón. O a una venerable anciana que hinchó a mordiscos al agente que trataba de decirle que depusiera su actitud. O a algún maltratador que, no contento con haber apalizado a su pareja, le acababa preguntando al policía si él no ponía a su señora en su sitio. Tal cual. Y miles de anécdotas más.

                Pero lo bien cierto es que, anécdotas aparte, en muchos casos, se juegan el tipo. Sin ellos, no habría función, y la hay a pesar de que muchas veces es a costa de su propia integridad. Además, por supuesto, de que son ellos quienes protegen la nuestra, custodiando a los detenidos y tomando las medidas para que los demás podamos seguir representando nuestros papeles sin sobresaltos, que con alguno que otro no es poca cosa.

                Y no olvidemos que su papel no acaba allí. Muchos tienen su momento estelar en el juicio. Cuando aparecen, con uniforme o sin él, los focos se dirigen hacia ellos, y de lo que digan y de lo que no digan, puede depender una absolución o una condena, el éxito o fracaso de la función. Y por ello, desde aquí, vaya el rendido aplauso de un público entregado. Porque sin ellos no habría función en este gran teatro de la justicia.

 

FUNCIONARIOS: ENTRE BAMBALINAS


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         El espectáculo continúa, como debe de ser. Y, como debe de ser también, lo hace gracias a los técnicos que, entre bambalinas, se ocupan de que todo esté a punto para que nuestras estrellas luzcan en todo su esplendor, Sonido, luces, decorados, y tantas cosas que, aún sin verse, son absolutamente imprescindibles, y que tienen que ser controladas por quienes conocen sus entresijos. Y nuestro teatro no podía ser menos, claro está. Y para ello están nuestros técnicos, que no son otros que los funcionarios, tantas veces tratados, paradójicamente, con injusticia en nuestra justicia.

         ¿Qué sería de Grease sin que alguien se hubiera ocupado de que Denny y Sandy tuvieran sus chupas de cuero y se oyeran bien sus voces, y estuvieran bien maquillados, y ejecutaran perfectamente su coreografía con una buena iluminación? ¿Qué hubiera sido de Titanic si nadie hubiera preparado el barco, el iceberg, el océano y el tablón que Leo di Caprio cede a Kate Winslet para salvarle la vida? Pues eso. Lo mismo que sería de nuestro gran teatro de la justicia sin los funcionarios. Un desastre.

          Los funcionarios se ocupan de que el engranaje de la justicia se ponga en movimiento. Ellos son quienes reciben en primer término al ciudadano, quienes toman sus denuncias, quienes dan entrada y salida a los expedientes, quienes archivan cada uno en el lugar correspondiente, quienes distribuyen los documentos, quienes atienden llamadas, quienes toman nota de las declaraciones, quienes se encargan de que cada cual entre en el juicio en el momento adecuado, y quienes, en definitiva, hacen tantas y tantas cosas sin las cuales esto no sería posible y el telón no podría alzarse cada día. Ellos, muchas veces son quienes enjugan las lágrimas de una víctima y quienes soportan sus gritos y su indignación. Hasta los he visto hacerse cargo de los niños de las víctimas mientras ellas declaraban. Y dicho sea de paso, son quienes aguantan muchas veces nuestros malos humores. Y a quienes se echa mano para echar la culpa de algo que no ha salido bien.

              Los funcionarios en general, y los de justicia en particular, han sido objeto de críticas y chanzas, en la mayoría de los casos, inmerecidas. Como si el hecho de cobrar un sueldo cada mes por haber aprobado una oposición les convirtiera en vagos redomados. Y olvidando lo que cuesta aprobar una oposición, y los tumbos que hay que dar por distintos escenarios de los pueblos de España hasta lograr aposentarse en ese status presuntamente privilegiado que en realidad no lo es tanto. Porque sufren como nadie de los recortes en sueldos, en pagas extras y en derechos, hay que reconocerlo.

               Entre ellos, por supuesto, hay de todo. Igual que hay actores buenos, malos y mediocres. Pero la mayoría son  grandes profesionales que saben llevar sobre sus espaldas el peso de la parte más ingrata de nuestro espectáculo, esa parte que no se ve. Que quien lleve tu juzgado, o tu negociado, sea un buen o un mal funcionario, determina en gran manera la suerte que corre el resultado de nuestro trabajo, la rapidez y eficiencia del mismo. Y la mayoría son buenos. Y mucho menos reconocidos de lo que merecen.

           Siempre recordaré a primera vez que una funcionaria se dirigió a mí, en mi primer destino, llamándome “Doña Susana”. Mi primera reacción fue mirar en derredor buscando a la tal Doña Susana. Luego, me entró la risa al ver que se refería a mí, y me imaginé a mí misma como la amiguita de Mafalda en los tebeos de Quino, que soñaba con que de mayor la llamasen así. Pero disimulé como pude y aprendí el respeto que unos y otros nos debemos. Y en ello sigo, aunque, quizás porque ya me he hecho mayor, ahora les tuteo, y no me importa que ellos hagan otro tanto.

          En mi primera guardia en la capital, me salvó la cara una funcionaria que suplió los defectos de mi bisoñez. Hoy sigue conmigo, y hasta hoy no se lo había dicho. Y, curiosamente, ella no lo recordaba. Porque ése es su trabajo, me ha dicho.

          Así que, la próxima vez que entremos en nuestro gran teatro, pensemos que sin luces, ni escenografía, ni sonido, la función no resultaría tan lucida. O quizás ni siquiera podría levantarse el telón.

 

ABOGADOS: CONTRARIOS, QUE NO ENEMIGOS


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Todos los buenos espectáculos tienen sus mejores representaciones en días de fiesta. Y nuestra función, claro está, no podía ser menos. Por eso, aprovecho este día en que media España está de fiesta –no en vano es la Virgen de agosto- para presentar uno de los personajes más polivalentes de todos: el abogado. Ese que igual defiende que acusa, demanda que es demandado, se querella o es querellado, apela o es apelado, en definitiva, gana o pierde. O ambas cosas que, como nos decían en la Facultad, todo es interpretable en Derecho.

La elección de esta fecha, 15 de agosto, para dedicar mis palabras a los abogados, no es casual. Si cuando hablaba de los forenses decía que mi cadena de ADN estaba pegando saltos, hoy precisamente todos mis genes están revolucionados y apenas me dejan teclear. Porque como bien saben quienes me conocen, soy hija y nieta de abogados, y hoy, precisamente, se cumplen veinticinco años que mi padre se marchó de este mundo, dejando abandonada su toga para siempre. Precisamente, la imagen que he utilizado para ilustrar este post es la de un muñeco que siempre presidió el comedor de mi casa, y que he tenido la suerte de encontrar en Internet. El se fue cuando apenas hacía un par de meses que yo era oficialmente opositora, cuando podía haber aprovechado todo lo que tenía aun por enseñarme. Por eso, permitidme este momento de sentimentalismo para dedicarle a él la representación de hoy. Porque de otro modo mis genes no me dejarán tranquila.

Los abogados son esa parte del reparto necesaria, aunque no siempre muy lucida. La calidad de su interpretación en la función no sólo depende de ellos mismos, porque no son del todo libres a la hora de elegir su papel. Este les viene condicionado en parte por la voluntad de sus clientes, no siempre dispuestos a dejarse aconsejar por quien contratan precisamente para eso, para que les aconseje. Por contradictorio que parezca. Y a veces se ven abocados a sostener posturas que ellos mismos saben que son insostenibles porque, ya se sabe, quien paga, manda. Esas veces en que, desde el otro lado del banquillo, nos percatamos de su cara de angustia o de resignación, aunque ellos no lo sepan. Esas veces que ellos mismos adornan con un manido “dicho sea en estrictos términos de defensa”, que viene a significar un “lo siento pero no puedo hacer otra cosa”, que en la mayoría de casos entendemos mucho mejor de lo que ellos se piensan.

Los abogados, también conocidos como letrados, suelen hacer de todo, salvo los afortunados que han podido superespecializarse y se dedican solamente a lo suyo. Mi padre, como ya he dicho alguna vez, afirmaba que el derecho penal era para disfrutar, y el resto para ganarse la vida. Aunque seguro que no todos piensan lo mismo, pero lo bien cierto es que tan pronto acusan de parte de la familia de una víctima como defienden al asesino o asisten a un detenido por un hurto en un supermercado como a un narcotraficante. A veces se presentan como acérrimos defensores de la custodia compartida en un divorcio y en otro son los adalides de las bondades de la custodia exclusiva de la madre. En ocasiones, tan pronto representan a un empresario que despide a sus trabajadores como a un trabajador despedido o piden una cantidad exorbitante por un incumplimiento de contrato como intentan achicar las responsabilidades cuando representan al incumplidor. Y hay casos en que casi se ven obligados a pedir la luna, cuando pleitean contra administraciones. Y representan, en la parte más amable y social de su trabajo, a menores, a extranjeros, a discapaces, a víctimas de violencia de género y a muchos de los más desvalidos. Esa es la grandeza y la miseria de su papel en nuestro gran teatro de la justicia.

Pero entre los letrados hay de todo, como en botica. Buenos, malos y regulares, al igual que en todas partes. Y quienes vestimos toga con galleta y puñetas los sabemos. E interpretamos su mirada de “menudo papelón estoy haciendo” mejor de lo que piensan. Aunque quieran vendernos que están totalmente imbuidos del síndrome de Estocolmo y se creen a pies juntillas lo que dice su cliente. Así que les advierto, señores letrados: no cuela. Sabemos cuándo creen a su cliente y cuando solamente fingen creerlo. Y nos valemos de ello, dicho sea de paso, que los demás también aspiramos al Oscar.

Y, ya que estamos, aprovecharé para aclarar un par de cosillas, menos obvias de lo que parecen. Los jueces y los fiscales no nos creemos superiores –al menos, no la mayoría de nosotros-, aunque  sea un lugar común de los letrados entenderlo así, que algunos tenemos buen oído y captamos parte de las conversaciones que tienen en los pasillos. Pero tampoco somos tontos –al menos, no la mayoría de nosotros- así que no se molesten en hacernos tanto la pelotilla. Y, si me admiten un consejo, nunca den demasiada coba a un juez delante de un fiscal, o corren el riesgo de ganarse un enemigo eterno. Se lo digo yo.

Así que hasta aquí esta pequeña semblanza de esos actores versátiles que no siempre arrancan los aplausos del público. Porque no es fácil defender a un asesino o un maltratador. Pero es necesario, y debe saberse. Por eso, desde aquí mi pequeño homenaje y, cómo no, mi aplauso. Espero haber cumplido, y que mis genes me dejen dormir tranquila por haberlo hecho bien. Como mi padre me enseñó, por supuesto.

SUSTITUTOS: EN BUSCA DE LA OPORTUNIDAD PERDIDA


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         Cualquier director teatral lo sabe: no puede haber un buen espectáculo sin que haya sustitutos para los protagonistas. Y nuestra función no podía ser menos. Los actores y las actrices somos humanos, y enfermamos, nos embarazamos, tenemos accidentes y hasta, créase o no, permisos y vacaciones. Y mientras, como dice la canción, el show debe continuar. Por eso necesitamos nuestros suplentes. Un clásico necesario, veáse si no “Eva al desnudo”. Aunque desde las alturas parece que no lo entiendan demasiado últimamente.

             Los sustitutos, o suplentes, son imprescindibles. Que nos lo digan si no a quienes estamos haciendo malabares para paliar su falta. Otra cosa es la cantidad prevista, la calidad de sus interpretaciones o el casting por el que han de pasar para lograra ese puesto y los requisitos que les pidan. Muchas veces se les critica por ello, olvidando que ellos no tienen la culpa de cómo y a quién eligen, y para qué papel. Ellos sólo se pliegan a lo que les piden, y se presentan a la prueba con la mejor de las intenciones. Pero claro, la elección no depende de ellos, ni de nosotros, y a veces los criterios son más que discutibles. Igual que a nadie se le ocurriría escoger para interpretar “El Cisne negro” a alguien con obesidad mórbida y que no hubiera calzado unas zapatillas de ballet en su vida sólo porque hubiera hecho un excelente “Enrique VIII”, no parece acertado elegir para suplir a un Juez de Instrucción o a un Fiscal a alguien cuyo mérito fundamental sea un doctorado en Derecho Romano o en Filosofía del Derecho si jamás pisó un juzgado y no se dedica al Derecho penal. Y esto, que parece una obviedad, no es tan obvio para nuestros directores de casting. Y por ahí muchas veces van las críticas.

                Otra de las razones por las que a veces les llueven palos es la asignación de plazas. Y es en cierto modo lógico, al menos desde determinados sectores. Es comprensible que a un opositor que se está dejando la vida y las pestañas entre libros y apuntes se le abran las carnes de pensar que no le crean más plazas porque las están cubriendo sustitutos. Craso error. Cada uno tiene su papel en la función. Los opositores aspiran a lograr un papel principal y definitivo, los sustitutos a suplir a cualquiera de los protagonistas mientras éste no puede representar su papel. Cada uno con su casting, aunque hay algunos que, como buenos artistas, se presentan a ambos. Si por parte de la suprema dirección de nuestro teatro se confunden ambas funciones, suya es la culpa, y no de los aspirantes. Y suya será la responsabilidad de que la obra resulte un fracaso. Como pasa más veces de lo que quisiéramos.

         Pero en realidad, lo que diferencia a un juez, fiscal o secretario sustituto de uno titular es precisamente eso, aunque resulte una perogrullada: que uno es titular y el otro sustituto. Que el primero ganó con una oposición unos derechos laborales, como la inamovilidad y un sueldo fijo, del que el otro carece, y un cargo que le pertenece por derecho propio y no por la imposibilidad de ejercerlo de nadie. Por lo demás, tan profesionales –o no- somos unos como otros, por más que alguien subvierta el lenguaje poniendo el acento en una falsa distinción entre profesionales y no profesionales. Recuerdo la frase de un compañero, que fue sustituto antes que titular, y que afirma que tan profesional era antes como ahora, por más que ahora viva más tranquilo.

               La verdad es que no sé si soy una privilegiada, pero he conocido a excelentes profesionales entre los sustitutos a lo largo de mis años como fiscal. Aunque también los he conocido no tan excelentes, que no todo el monte es orégano. Y a la cabeza de mi particular ranking de jueces, pondría a una juez titular y a otra sustituta con la que compartí juzgado. Ese es mi top ten, y no me duelen prendas de decirlo. Como no le deberían doler a nadie.

           Por todo esto, me indigna que se los hayan quitado de encima con una patada en el trasero. Y que, de paso, nos hayan dado otra en las narices a los titulares con la milonga de que hemos de sustituirnos entre nosotros, a cambio de una limosna, si nos llega. Porque también hay quien se ha empeñado en decir que vamos a hacernos millonarios a costa de esto, cuando la cosa no es tal. Que se pregunten si no por qué en grandes fiscalías como Madrid o Valencia nadie se ha presentado voluntario a hacer sustituciones. Salvo que piensen, claro, que somos tan espirituales que no queremos hacernos millonarios. Igual por eso nos congelan el sueldo y nos mangonean la paga extra en cuanto hay ocasión.

          Así que, lo dicho. No hay buena función sin buenos suplentes, sin alguien preparado para hacer el papel de quien enfermó, tuvo un hijo o marchó de merecidas vacaciones. Y es al director de casting a quien compete hacer una buena elección. Y saber que, por bueno que sea, un mismo actor no podrá hacer de Romeo y de Julieta a la vez.

OPOSITORES: ASPIRANTES EN BUSCA DE CASTING


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                Toda buena función ha de haber tenido, por fuerza, un buen casting. Y la nuestra, ese gran teatro de la justicia, no podía ser una excepción. Tiene su propio casting, tal vez uno de los más duros que hay: la oposición. Una prueba que hay que preparar concienzudamente, que ensayar hasta la saciedad, y que ejecutar dándolo todo, porque una interpretación mediocre el día de la audición puede hacer que se estrelle el mejor actor. Y, lo que es peor, que nunca llegue a saberse lo buen actor que podría llegar a haber sido.

                Todos los que en esta función tenemos un papel como titulares, hemos pasado necesariamente por ese doloroso casting. Una o varias veces. Y a todos nos han quedado secuelas, algunas conocidas o reconocidas, y algunas no tanto. Pesadillas recurrentes, miopías galopantes, manías inconfesables, pánico escénico, tribunalsupremofobia, sabihondismo insoportable, o aceleración verbal, entre las más llevaderas. Y algunas más preocupantes como migrañas o crisis de ansiedad. Y ahí se quedan instaladas para siempre. Recordándonos, cómo no, que “la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor”, como les decían a Coco, a Bruno Martelli, a Leroy Johnson y a los demás aspirantes a artistas de la serie “Fama”.

                Pero hay que ser fuertes. Porque todas estas consecuencias no son excluyentes. Yo, sin ir más lejos, creo que las sufrí todas, y algunas todavía las arrastro. Ya he contado varias veces que, de vez en cuando, el ordenamiento jurídico me persigue entre las sábanas y me impide dormir. En cuanto a mi vista, la arruinó definitivamente aquella letra diminuta de los apuntes, las noches iluminadas sólo con un flexo y la obsesión por condensar el máximo de información en el mínimo espacio posible. Menos mal que una vez aprobada, gané el dinero suficiente para que un buen oftalmólogo me recompusiera, que no hay mal que por bien no venga. Por no hablar de las manías, que por aquel entonces me quedaba sin respiración si no tenía a mano mi bolígrafo Bic de punta fina, y aún lo sigo necesitando, al igual que al puñado de rotuladores fosforescentes sin los cuales mi vida carecía de sentido. El pánico escénico, y, en especial, la tribunalsupremofobia, me continúan asaltando cuando menos me lo espero, y en ocasiones, sólo con ver esas puertas verdes y doradas en una fotografía, me vuelven a entrar sudores fríos. Y del sabihondismo, mejor ni hablo, que bien puede ver cualquiera que me lea que me posee de vez en cuando como si fuera la niña de “El Exorcista”.

                Y pese a todo, vale la pena. Cuando la vocación para formar parte de nuestra función es firme, el resultado lo merece. Como el actor que al obtener el Goya recuerda sonriendo sus inicios, miseriosos, esforzados y, sobre todo, incomprendidos, y lo hace con una gran sonrisa. Quienes elegimos formar parte de esto lo hacemos, además de por la lógica necesidad de ganarnos la vida, por una vocación de servicio público que a veces ni siquiera nosotros mismos reconocemos.

                Casi nadie comprende al opositor, más allá de los demás opositores. Al resto del mundo le resulta extraño ese ser huraño, que si sale lo hace pendiente del reloj porque ha de cantar al día siguiente, que jamás habla de planes o de vacaciones porque carece de ellos, que no tiene más perspectiva que la próxima tanda de temas. Y para el que dar una vuelta no es salir de paseo, ni cantar entonar una melodía. Un ser para el que cada reforma legislativa, por positiva que parezca, es un verdadero drama, y que viste un perpetuo uniforme constituido por chándal, pijama, o bata de guatiné, según los gustos. Una marciano para todo el mundo, salvo para los iniciados en esta secta, caracterizada, entre otras cosas, por su obsesión por el tiempo y el cronómetro.

                Pero si el opositor siempre ha sido un ser meritorio, los de ahora son superhéroes. Porque hay que tener mucho valor para seguir aspirando a formar parte de una función que cada vez ofrece menos papeles, que cada vez espacia más los castings y exige más a los aspirantes. Porque si hay algo que caracteriza al opositor, es que es el ser humano que por definición carece de todos los derechos humanos que aprende y expone, o de casi todos. El opositor no opina, recita; no piensa, memoriza; tiene limitado su derecho al descanso semanal, a la reunión pacífica y sin armas; no se puede ni plantear una huelga y su derecho a tener un trabajo y una vivienda digna dependen del día del examen. Hasta su derecho a la integridad física es relativo, ya que ha de estudiar sus temas aunque la fiebre o la migraña o la gripe le consuman, sin que quepa pedirse baja alguna. Y aún así, resiste. Como un verdadero superhéroe.

                Así que, ánimo a ellos, y un poquito de comprensión al resto de mortales. Porque en sus manos, en sus mentes y en sus corazones está el futuro de nuestra función. Porque son nuestra cantera, y hay que mimarlos. Y porque les quedan por delante varios castings con algún que otro Risto dispuesto a todo. Aunque, como dice el refrán, “lo que no te mata te hace más fuerte”.

                Y a los que estáis en ello, no olvidéis que os esperamos aquí dentro. Con toga, tacones, y con lo que haga falta.

 

 

MÉDICOS FORENSES: MÁS VIVOS QUE MUERTOS


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                Nuestra particular representación sigue adelante, que ya sabemos que pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Y así lo hace. Con un personaje peculiar, que suele despertar el morbo del público, aunque generalmente más por desconocimiento que por otra cosa. Y el interés, por descontado.

                Se trata del médico forense. Confieso que con sólo teclear estas dos palabras, mi cadena de ADN se pone a dar saltos como loca. Porque la coincidencia de apellido con el de uno de los padres de la Medicina Legal en España no es casual. Y quisiera, de paso, brindarle mi particular homenaje dando un papel de relevancia en la obra a nuestro personaje de hoy, que bien se lo merece.

                El médico forense es un técnico cualificado. Su función es auxiliar al juez, y al fiscal, en aquella parte de su trabajo en que son necesarios los conocimientos médicos de los que nosotros carecemos. Como nosotros, sirven al ciudadano y, también como nosotros, sólo logran acceder a este puesto tras una dura oposición. Y añadiré que son los únicos integrantes de la comisión judicial que no lleva toga, sino bata blanca. Y no siempre. Antes estaban adscritos a uno –o varios- juzgados como el juez y el secretario judicial, pero desde hace un tiempo, con el advenimiento de los Institutos de Medicina Legal, tienen una organización propia, tal vez más parecida a la que tenemos los fiscales, con especialización y sin un puesto “oficial” en el juzgado sino en el propio Instituto.

                En realidad, todo el mundo sabe lo que es un médico forense. O cree que lo sabe, que el “CSI” y otras series de televisión han hecho mucho daño a la cultura judicial española. También es un personaje con un tinte romántico, no en vano es el personaje principal de algunas exitosas novelas de Robin Cook o de Patricia Cornwell y su afamada Doctora Scarpetta. Pero, si preguntas a cualquiera en la calle, seguro que la respuesta es que el forense es el médico de los muertos. Sin más.

                No voy a negar que algo de eso hay. Hasta el punto de que una médico forense muy muy cercana a mí suele bromear diciendo que son los únicos médicos que no tienen el problema de que se les puedan morir los pacientes. Pero, aparte de esa tan conocida labor en la sala de autopsias, los forenses tienen muchas más funciones que, además, afectan más a vivos que a muertos. Y que son mucho menos conocidas.

                En cualquier caso, no podemos obviar el momento estelar que en la función representa el forense: el levantamiento de cadáver y la práctica de la autopsia. Ese momentazo en que roba todo el protagonismo a la estrella de la función y que hace que los focos se centren en él. El momentazo que le puede valer el Oscar, vaya, porque los datos que aporte en la investigación por una muerte son los que en última instancia pueden determinar la condena o no del culpable. Ahí es nada.

                Eso sí, todo dentro de un orden. Probablemente por influencia de películas y series, la gente suele creer que con sólo un vistazo y un par de tajos bien dados, el forense los sabe todo: la hora exacta de la muerte, con minutos y segundos, el arma homicida, incluida marca y fecha de fabricación, y la identidad del autor, con sus huellas dactilares y su ADN. Y claro, cUando no es así, que no es nunca –o casi nunca- por razones obvias, el público puede sentirse defraudado. Por eso hay que explicar muy bien que un cadáver no siempre ofrece todos esos datos, y depende de mil cosas, como el tiempo transcurrido o el estado de conservación, lo lejos que puedan llegar en sus conclusiones. Como me dijo una vez un forense recién llegado, es una lástima que no salga un gnomo del cerebro del difunto para decirte cómo, quién o dónde acabaron con él. Pero no lo hay.

                Pero además de muertos, los forenses se las tienen que entender con vivos, y con vivos nada fáciles, por cierto. Ellos son quienes nos dicen si éste o aquél sospechoso está en sus cabales, y hasta qué punto. Y quienes determinan si las personas están en su sano juicio o necesitan que se les nombre un tutor, venido el caso. O si el estado de salud permite a una persona hacer un trabajo, por poner algunos ejemplos Tarea imprescindible sin duda alguna.

                Y otra gran parte de su trabajo consiste en ver y valorar los lesionados, o a los que pretenden haberlo sido. Y subrayo lo de valorar porque a veces ha dado lugar a equívocos, algunos de ellos francamente hilarantes, ya que hay quien cree que el forense es algo así como el médico del juzgado, y le puede consultar cualquier cosa como si fuera el médico del barco en “Vacaciones en el mar”. Y así, hay imputados que, informados de su derecho a ser vistos por el médico forense, se empeñan en que les mire porque les ha salido un lunar que igual es malo o porque tiene anginas, ignorando que el objeto de esa diligencia es, precisamente, valorar si está en condiciones de declarar, si es o no drogadicto o alcohólico, o si ha sufrido lesiones, y no recetarle una aspirina o un antiácido. Aunque no siempre es fácil de explicar.

                Además, son los encargados de hacer el seguimiento de la evolución de las lesiones en casos de accidentes de tráfico, accidentes laborales o de haber sido víctimas de hechos delictivos. En este último caso, su dictamen es fundamental a la hora determinar si el autor trataba de matar o no, con las consecuencias penales que ello supone. Y en este orden de cosas, su dictamen es la piedra angular de la indemnización que habrá de darse –o no- al lesionado. Y, cómo no, en la determinación de la existencia de violencia de género o doméstica.

                Un buen forense es esencial en cualquier procedimiento en que intervenga. Porque, aunque muchas veces se desconoce, su labor no acaba con la investigación y el consiguiente informe, no. Porque los médicos forenses acuden como peritos a los juicios, y han de explicar a un puñado de leguleyos las cosas en palabras que nos sean comprensibles –no olvidemos que somos “de letras”- O, lo que todavía es más difícil, explicárselo a un jurado popular, que carece por completo de ningún conocimiento técnico. Incluso recuerdo una forense que tuvo que decir que aquello era “como cuando un niño se hace pupa” para hacerse entender. Y muy bien que hizo, dicho sea de paso.

                Así que nada, hasta aquí mi particular semblanza de ese personaje imprescindible si queremos tener un buen reparto en nuestra función. Más allá de leyendas urbanas, muchas veces alimentadas por intereses ajenos al ciudadano y la justicia. Sólo espero que esos genes míos a los que hacía referencia hayan quedado satisfechos con el papel que he dado a nuestro protagonista. Un papel muy lucido, porque no puede ser de otra manera. Y que bien le puede hacer ganar el Oscar.