TASAS: EL PRECIO DE LA JUSTICIA


ENTRADAS

             Hemos recorrido muchos de los rincones de nuestro teatro. Hemos visto el escenario, los exteriores, las bambalinas y los subterráneos, y hemos conocido a gran parte de los personajes que en él intervienen. Pero hasta hoy, no habíamos hablado de algo tan esencial a cualquier espectáculo como las entradas. Ese salvoconducto que nos permite entrar y disfrutar de la función de principio a fin.

Nuestro teatro es público y gratuito. O, al menos, así debería serlo porque así lo dice la Constitución, que consagra entre los derechos fundamentales el del libre acceso a la justicia. No debería ser de otro modo en un Estado de Derecho.

                   Pero lo que parece obvio, no es tan obvio a veces. Y resulta que hace más de dos años se aprobó la Lay de Tasas, ésa que establece que para emprender determinadas acciones judiciales, hay que pagar una cantidad que varía en función de lo que se pretenda reclamar. Y eso no es otra cosa que pretender que el público haya de pagar su entrada por presenciar nuestra función. O al menos, alguna de sus representaciones. Algo que casa poco con el derecho constitucional citado.

               Desde las tablas de nuestro teatro, la mayoría de los protagonistas, o de quienes intervenimos en él, queremos que todo el mundo pueda presenciar, y participar, de nuestro espectáculo. Para eso lo hacemos. Por el ciudadano, que es de quien emana la justicia, según dice también la propia Constitución.

                   ¿Por qué entonces hacerle pagar por algo que le pertenece? No parece lógico, desde luego. El ya paga su entrada con su impuestos, y no debería pagar más. Además, bastante tiene con abonar honorarios de los profesionales que intervienen cuando tiene que hacerlo.

                  Los demás, los que tenemos un papel fijo en la función, como Jueces, Fiscales, Secretarios Judiciales, Médicos Forenses o funcionarios, no percibimos nada de lo que con ello se recauda. Ni lo queremos, por supuesto, ya que como servicio público ya recibimos nuestro sueldo. Y como servicio público que somos, pues queremos eso, que sea público. O al menos yo lo quiero, y muchos como yo.

                        Y que nadie crea que lo recaudado revierte en arreglar aquello que hace falta en nuestro teatro. Ni una bombilla, ni un foco, ni un remiendo del telón. Nada de nada.

                         Tal vez arguyan que no todas las funciones son de pago. Lo admito, no se cobra entrada en algunas de ellas. La jurisdicción penal está exenta de tasas, y también lo están otras cuestiones de índole social, como los despidos. Al menos de momento, que yo no me fío demasiado de estos directores.

                   Pero aunque así continuara, la gratuidad no es sino una excepción cuando debería ser la regla general. No podemos hacer distingos entre el público, y repartir pases vips según sea la obra representada. No podemos permitir que pague una entrada quien pretende recurrir una multa, que le paguen un servicio o que le abonen la indemnización que le corresponda por una accidente.

                  Así que a ver si nos dejan dar todas las representaciones gratis. De otro modo, nuestro teatro no tendría sentido. Y podríamos acabar representando funciones importantes sin público y por tanto, sin aplauso. Que no nos priven de él.

RECURSOS. LA SEGUNDA OPORTUNIDAD


SEGUNDA OPORTUNIDAD)

Todos hemos deseado alguna vez que nos den una segunda oportunidad para volver hacer algo que no nos salió demasiado fino, o en que no nos satisfizo el resultado. Ocurre en la vida, y también en la ficción. Recuerdo que, de niña, después de ver con mi madre Capitanes Intrépidos -y llorar a moco tendido-, me empeñé en volverla a ver por si esa segunda vez no moría el portugués Manuel, ese inolvidable Spencer Tracy, y seguía cantando lo de “Ay mi pescadito, deja de llorar”. Y hoy aún sigo viendo mi adorada West Side Story con la esperanza de que Tony no muera apuñalado por El Chino y sea feliz de una vez con María. ¿Y quien no ha visto la enésima repetición de Verano Azul con el anhelo secreto de que Chanquete sobreviva?. Pues eso. Parece que no, pero algunas veces se consigue. La versión Disney de La Sirenita no la deja convertida en piedra para siempre, y también hay versiones de El soldadito de plomo en que éste y su bailarina -o su Colombina- son felices y no acaba fundido en el fuego de una chimenea.

Así que, como no podía ser de otra manera, nuestro teatro también tiene sus segundas oportunidades. Y ésas se llaman recursos. Muy en boga en estos días en la prensa, bien sabemos por qué…

El recurso no es otra cosa que la posibilidad que tienen las partes de combatir una resolución judicial que les es adversa. Para interponerlo, tiene que tratarse de una resolución respecto de la que la ley lo admita, porque no todas la resoluciones son susceptibles de recurso, y las que lo son, no son susceptibles de cualquier recurso. El Derecho es lo que tiene, y eso es algo que no podemos olvidar los juristas.

Los recursos tiene que ser, en primer término, admitidos, y en segundo, resueltos. Lo que no es lo mismo, por más que muchas veces en las noticias tiendan a confundirse y confundirnos. Y, en principio, cualquier resolución del juez -y ahora también, del Secretario judicial en los casos en que tiene facultad de dictarlas- pùede ser recurrida salvo que estén expresamente exceptuadas. Y la excepción proviene de que no se puede eternizar el procedimiento judicial ad eternum, y debe evitarse el riesgo de que por las propias partes se utilice el sistema para dilatar los procedimientos.

Ya sé que no estoy descubriendo la pólvora. Cualquier estudiante de Derecho lo sabe. Pero es tal el lío que en ocasiones nos organizan desde medios de comunicación y tertulias pseudo jurídicas, que no estaría de más aclarar algunas cosas, por más básicas que puedan parecer. Cosas de la “anarosización” del Derecho, cuando no de su “belenestebanización”

Los recursos se interponen ante el mismo órgano que dictó la resolución recurrida o ante el superior -según sean o no devolutivos-, principal o subsidiariamente, según esté previsto en la ley en cada caso. Y ahí acaba la cosa. La última representación posible de nuestra función acaba, cuando cabe, en el Tribunal Supremo, esa especie de Royal Opera House o Teatro Real de nuestra farándula. Y punto, como diría una compi tuitera.

Y ante esto, alguien podrá decir: ¿y el Tribunal Constitucional, y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos u otros Tribunales Internacionales? Pues bien, eso no es estrictamente recurso. Eso es una revisión de aquel punto de la resolución de que se trate en que se haya apreciado vulneración de derechos fundamentales, de la Constitución o de la legislación transnacional de la que nuestro país sea parte. Y no cabe siempre. Es más, cabe en pocos casos. Eso que oímos en alguna de esas tertulias a que me he referido de que “queda recurso ante en Tribunal Constitucional” es falso, o al menos incorrecto. No se trata de una stercera instancia ni se puede hacer en todo caso, al igual que no todas las películas entran en el grupo de candidatas al Oscar a la mejor película extranjera. Que quede claro.

Y sí, es cierto que hay recursos excepcionales, porque existen excepciones, como el de revisión, para casos tan extraños como aquél en que el muerto por el homicidio por el que se condenó a alguien aparezca vivo, como en El crimen de Cuenca. Película, por cierto, basada en un hecho real que motivó precisamente la regulación de este recurso.

Así que ahí queda eso. Tenemos la posibilidad de repetir nuestra función, o al menos de explicar por qué pretendemos que se nos dé la oportunidad de que se repita. Si fallaron los focos, o el actor principal enfermó, o no llegaron a tiempo las invitaciones o éstas se perdieron, por ejemplo. Pero no siempre.

Por eso, ahí va el aplauso para quien hace buen uso del derecho a recurrir. Y de paso, el abucheo para quien hace abuso. Las cosas como son. A ver si alguna vez logramos que Chanquete no muera al final de la serie.

CALABOZOS: LO QUE NO SE VE


calabozos

                En todos los grandes teatros del mundo tienen sus sótanos, sus lugares secretos, como aquellos por los que vagaba El Fantasma de la Ópera arrastrando su amor y su desgracia. Ignoro si en los nuestros habrá algún espectro arrastrando su toga por las noches, aunque no me extrañaría. Pero sí tenemos nuestra parte oculta, eso que no se ve y que, por eso, también tiene cierto tinte de misterio.

                En todos los Juzgados debe de haber uno o varios calabozos, el lugar donde están los detenidos a la espera de su puesta a disposición de la autoridad judicial. En mejores o peores condiciones, grandes o pequeños, en los sótanos o a pie de calle, son esa parte de nuestro teatro que no se ve a simple vista pero es indispensable. Cuando alguien piensa en ellos, sobre todo si no es demasiado cercano a nuestro mundo, puede tener la idea de esas películas del Oeste donde el sheriff guardaba las llaves mientras hablaba con varios de los que allí había, tras la reja. Nada más lejos de la realidad. No hay sheriff sentado en su mesa con los pies sobre ella y una humeante taza de café. O no al menos que yo sepa, vaya.

                Pero los detenidos deben permanecer en algún sitio mientras, como decía, esperan a comparecer ante el juez y el fiscal. Y lo deben hacer en las mejores condiciones posibles, que no en balde no estamos en el salvaje Oeste, por más que nuestra ley procesal date casi de esa época. Pero eso no quita para que esas dependencias tengan siempre un aura de misterio y algo más que sobrecoge. O igual es cosa mía.

                A lo largo de mi vida profesional los he visto de varios modos. En pueblos y ciudades, dependiendo de los medios del juzgado. Pero con un lugar común: esa sensación distinta cuando entramos a tomar declaración o a realizar cualquier otra diligencia, como un escalofrío. Y más aún en esos locutorios –donde los hay- que sí que recuerdan a alguna que otra película.

                Pero los calabozos, al menos en “mi” Ciudad de la Justicia, tienen una característica especial. Yo siempre he sospechado que en el camino al sótano donde están los calabozos hay un enorme agujero negro del espacio que se traga a los Letrados. No lo digo en broma. Hay una especie de Triángulo de las Bermudas judicial donde se pierde la noción del tiempo y que se traga a los abogados. Sólo así me explico ese curioso fenómeno por el cual, cuando uno de ellos dice que baja a hablar con su cliente y “vuelve enseguida” tarda una eternidad. Algunos hasta se pierden. Y cuenta la leyenda que alguno no ha regresado todavía, aunque espero a que Iker Jiménez venga a confirmarlo.

                Por eso, cuando nos dicen que van a bajar “un momento” a calabozos, se nos salen los ojos de las órbitas –otro fenómeno paranormal a estudiar- y les pedimos, cuando no les suplicamos, que hablen arriba, en las propias dependencias del juzgado. Eso sí, nos salimos para preservar la intimidad y reserva de la entrevista abogado-cliente. Con el tiempo que necesiten. O casi.

                Porque reconozco que a veces perdemos la paciencia, y mientras andamos por los pasillos esperando a que acaben y mirando de reojo el resto de las causas que permanecen en cola, perfectamente alineadas en las mesas de los funcionarios, vamos echando algunas miraditas entreabriendo la puerta –eso sí, sin escuchar nada, lo juro- que tal vez hagan lo propio con la paciencia del letrado en cuestión. Es inevitable. Las prisas de la guardia no casan siempre todo lo que debieran con la tranquilidad necesaria para estos menesteres.

                En los calabozos, además, pasan a veces cosas curiosas. Gritos, reacciones y conversaciones que a veces podrían aportar mucho a la causa. Pero no todo vale, por supuesto. Y de ahí la última doctrina acerca de la no utilización de conversaciones grabadas en los mismos. El fin no justifica los medios en un estado de Derecho, algo que siempre hay que tener presente.

                Así que ya saben, cuidado con ese agujero negro. Como esto no es Canción Triste de Hill Street, cambiaremos la frase por la de “tengan cuidado ahí dentro”. Y mientras, brindaremos la ovación de hoy a los que ejercen gran parte de su trabajo entre esos muros desconocidos para muchos. Porque es un trabajo necesario y no siempre bien reconocido.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN: UN BIEN PRECIOSO


libertad

Si hay alguien solidario y sensible a lo que pasa en el mundo, son los artistas. Es propio del temperamento artístico verse influidos por lo que pasa en el mundo, pero no sólo eso. Es una obligación para quienes cultivan el arte usar su talento para espolear la conciencia social y para reivindicar lo que es justo. Y los protagonistas de nuestro escenario tenemos esa obligación más que nadie. Por eso, en días como el de hoy, es de justicia dejar a un lado la programación prevista y dar una representación especial. Y eso es lo que me dispongo a hacer. Porque la ocasión lo merece. Por desgracia.

Hoy han asesinado a doce personas –esperemos que la cifra no aumente-. Y con ellas han tratado de asesinarnos un poco a todos, porque pretendían llevarse por delante un bien preciado y precioso, un bien consustancial al ser humano: la libertad de expresión. Solo el tiempo dirá si lo han conseguido.

Reconozco que mi primera reacción tal vez no ha estado a la altura. Aparte de la natural consternación, he hecho algo que me ha tenido toda la tarde de morros con mi Pepito Grillo interior. Menos mal que es muy tenaz y al final ha ganado. Y se lo agradeceré siempre.

Mi pecado ha consistido en decirle a una querida amiga, que afirmaba indignada que iba a publicar una de esas viñetas que han desencadenado la tragedia, que no lo hiciera. Soy humana, y no quería que le pudiera pasar algo a alguien que quiero. Y no me daba cuenta que, de haberme hecho caso, ya le habría pasado algo, y algo muy grave. Se hubiera traicionado a sí misma y hubiera traicionado también a la sociedad a la que se debe por su oficio, el de periodista.

Por suerte, ella no me ha hecho caso y ha publicado un estupendo post, viñeta incluida, en ese blog en el que me deja hacer de okupa: http://nosinmitoga.com/2015/01/07/prefiero-morir-de-pie-que-arrodillado/ cuyo título, “Prefiero morir de pie que arrodillado” deja poco lugar a la duda. En cuanto lo he leído, mi Pepito Grillo ha empezado a agitarse y a pavonearse de que él era quien tenía razón. Y acabé dándosela, y enviando un mensaje a mi amiga felicitándola, al tiempo que me congratulaba de que hubiera hecho caso omiso a mis consejos, errados aunque bienintencionados.

Por eso, en estos tiempos en que la libertad de expresión topa con tantos obstáculos, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, no podemos callarnos. Porque sería como decir que esos salvajes se han salido con la suya. Y yo, desde luego, no voy a hacerlo, por más que haya estado a punto de sucumbir. Así que, con la bocaza que me acompaña allá donde voy, yo también quiero manifestar, desde las tablas de este escenario, mi más completa repulsa y repugnancia a este atentado contra quienes no hicieron otra cosa que ejercer un derecho, suyo y de todos.

Ya sé que, por fortuna, ni soy la primera ni seré la última en hacerlo. Otro compañero, sin ir más lejos, ya lo ha hecho también en su blog (http://justiciaimparcial.blogspot.com.es/2015/01/por-la-libertad.html). Y debemos hacerlo todos. Porque si nos callamos, ellos habrán ganado.

Así que hoy no pediré un aplauso. Pediré que todos y cada uno de nosotros usemos nuestros lápices, nuestros bolígrafos, nuestros teclados o nuestra voz para decir que no podrán callarnos. Que entonemos el réquiem por los asesinados, pero no por la libertad de expresión. Porque no les podemos dejar que se salgan con la suya. Quienes han perdido la vida por ello nunca nos lo perdonarían.

REYES MAGOS: NO MAS CARBÓN, POR FAVOR


REYES MAGOS (1)

La noche de Reyes. Una fecha mágica. Por eso, el mundo de la farándula la celebra por todo lo alto. Porque es noche de magia e ilusión, y el teatro es el mundo de la ilusión y la magia por antonomasia. Y en nuestro teatro nos queremos sumar a ello. Y esta es la razón por la que he pedido a muchos compañeros que cuelguen su toga de la virtual chimenea y escriban su carta a los Reyes. Y aquí está el resultado.

Yo misma, encaramada en mis tacones y desde las tablas de nuestro escenario, insisto en lo que pido todos los años: una varita mágica –o una varita de virtud, como la llama mi madre-, para poder arreglar de un solo toque todos los problemas y las miserias que nos rondan. Y, ya de paso, la bola de cristal, para adivinar el resultado de cada asunto y ahorrarme problemas de prueba y, sobre todo, para acertar a la hora de pedir una medida cautelar, como una prisión o un alejamiento. Tal vez resulte un poco ambiciosa, pero no hay que ser pobres hasta para pedir.

Quizá por eso otros compañeros se han echado al ruedo y por pedir piden hasta un nuevo director de nuestro espectáculo. Yo, por si acaso, añadiré que si eso no es posible, le regalen unas gafas al que hay –o hasta tres, por 1 euro más, como dice el anuncio-, para que pueda ver la realidad y no vuelva a decir que los medios en justicia no son insuficientes. Y por supuesto, que no sean de color de rosa. Hay incluso quien se atreve a pedir que cambien algunos de esos que en otro estreno llamamos “los que mandan”, y la verdad es que al menos, alguno podría pedirse también unos anteojos que le ayudaran a ver mejor las cosas. Por pedir que no quede.

Tampoco estaría mal que Sus Majestades de Oriente nos trajeran un Estatuto Orgánico acertado y, sobre todo, ese Reglamento que nos llevan debiendo casi cuarenta años. Y que con ello, se diera entrada a una petición colectiva: la de dignidad a la hora de cumplir nuestras funciones, que no es moco de pavo. Quizá con ella lográramos conseguir otra de las peticiones: la de que se conozca nuestra función y nuestra importancia y, de paso, que aprendamos a “vendernos”, que no es poca cosa.

Pero por si acaso todo esto resultara demasiado ambicioso, otros se animaron a bajar al mundo real y hacer otras peticiones más prosaicas pero, desgraciadamente, casi tan inalcanzables como éstas. A mí, la verdad, me vendría bien un tippex y un rotulador para cambiar aquello que no me gusta de los Códigos que tenemos. Pero hay quien ni eso, y pide simplemente un Código Penal actualizado para poder trabajar. Sencillito, sin comentarios ni nada, no vayan los Reyes a enfadarse.

Otra de las peticiones estrella para este año –y para tantos otros- son despachos en condiciones. No hace falta que sean enormes, ni lujosos, que va. Pero que no tengan goteras, que no se caigan a pedazos, y que tengan el pequeño detalle de una ventana con luz natural. Algo que, aunque no parezca gran cosa, es para muchos de nosotros poner una pica en Flandes. Y si, por añadidura, ese despacho es individual, la dicha sería completa. Que ya está bien de esa maldición que parece perseguir a los fiscales y que impide que muchos más de la mitad de nosotros –siendo generosa en la estimación- deban compartir despacho con uno o más compañeros. En cuanto a mí, por cierto, que me conserven el que tengo, visto que es un bien preciosísimo, aunque no estaría de más que regularan el tema de la temperatura, que no sé que pasa que en justicia a veces somos como la Armada Invencible, luchando contra los elementos. Por eso mientras yo me cuezo a fuego lento, otros compañeros tiritan en el iglú de sus dependencias. Y cuanto más frío es el clima, más lo notan, como es normal. Por eso alguna que otra compañera se limita a pedir calefacción sin más. Es lo que hay.

Y una vez venidos arriba, todos pedimos lo de siempre. Un sistema informático en condiciones, y ordenadores que tarden menos de media hora en ponerse en marcha. Que no es pedir tanto, y seguro que a la larga se sale ganando. Y tal vez se podría recuperar aquello que se dio en llamar expediente electrónico y que es como la Chica de la Curva: todo el mundo ha oído hablar de ella pero nadie la ha visto. Y todavía se ganaría más.

Y, hablando de ganar, pues no estaría mal que de una vez se estabilizara nuestro sueldo. Que se racionalizara lo que cobramos y se acabaran las desigualdades por trabajos similares, productividad incluida. Y ya, de paso, como dice un compañero, que nos pagaran al menos por una semana de guardia lo que a un fontanero por dos horas de trabajo. O, al menos, que cobráramos por las horas de guardia lo mismo que pagamos a la persona que en nuestra ausencia cuida a nuestros hijos.

Pero hay una petición que es el top ten de las cartas a los Reyes. Se crea o no, no es otra cosa que grapadoras, que algunas están diseñadas para apuntalar paredes y no para coser papeles, y otras no encuentran grapas que casen con ellas. Y que no hay manera de manejarlas sin padecer una tendinitis que llevaría al traste los sueños tenísticos de algún compañero. Y si a esto se pueden añadir post-its, y bolígrafos –a ser posible, azules y negros-, pues mejor que mejor. Tampoco es tanto, digo yo. Y, por si acaso escasean bienes tan preciados como los bolígrafos, aporto un par de ideas, una por acción y otra por omisión. Por omisión, que ante la falta de bolígrafos quedemos exonerados de rellenar los palotes de la estadística; por acción, que alguien patente de una vez una suerte de artilugio, llamado extractator o califacator según los casos, capaz de plasmar por sí mismo en un documento los tomos y tomos de algunas causas. Seguro que los Reyes pueden encontrarlo, que para algo son magos.

Pero, más allá de todo esto, lo que pido encarecidamente a los Magos de Oriente es algo más que necesario, un bien tan escaso que cada día lo vemos menos. Es la ilusión. Esa ilusión que un día nos llevó a convertirnos en lo que somos porque así lo elegimos, no porque no nos llegara la nota o porque no hubieran convocado otra oposición. Esa ilusión que he visto que a más de un compañero se le escapa de las manos y a la que tenemos que aferrarnos con uñas y dientes. Traédnosla, por favor, junto con unos buenos amarres para que no la perdamos. Nos hace mucha falta.

Y hasta aquí, lo que mis compañeros fiscales han pedido a los Reyes. Obviamente, mutatis mutandi, el resto de personajes de nuestro teatro seguro que piden cosas parecidas, y aquí estoy yo para hacer de paje. Porque por un día he cambiado mi papel en la función y haré de cartero real. Porque yo lo valgo.

Y antes de acabar, una última petición, no vaya a olvidárseme. Y ésta vale para todos los protagonistas de nuestro teatro. Que los Reyes Magos, que todo lo pueden, nos concedan algo que parece tan obvio que a veces se olvida. Que la Constitución se cumpla, punto por punto. Tal vez si así fuera se ahorrarían el resto de peticiones de nuestra carta. Porque una cosa lleva a la otra.

Por eso, queridos Reyes Magos, me arriesgaré a pedir el aplauso para vosotros antes de ver que hay debajo de nuestras togas colgadas en la chimenea. No más carbón, por favor. Que ya llevamos bastante en los últimos tiempos.

REFORMAS: CAMBIOS DE GUIÓN


facebook_1419017816547

                   Si hay algo que nunca descansa, sea los tiempos que sean, es el teatro. En tiempos de guerra o de paz, de crisis o de euforia, sus funciones se representan sin descanso, sea para animar, para entretener o para evadirse. Como hacían en “Ay Carmela”, pese a encontrarse en plena Guerra Civil. Pero, como en ella, el guión de pronto cambia si cambian las circunstancias, para bien o para mal. Y lo que era blanco se vuelve negro, o al revés, o ambos se tornan grises. Como la vida misma.

                Y como la realidad siempre supera la ficción, nuestro guión también sufre cambios según las circunstancias. Y no siempre para bien, por desgracia. Incluso a veces, no cambia cuando debería hacerlo. Y somos los actores los que nos tenemos que adaptar a las circunstancias como buenamente podemos. Cosas del directo.

                Incluso a veces, cambian de pronto algunos de los personajes principales. Aun no nos habíamos repuesto del shock de una variación repentina del director, cuando nos hemos tenido que desayunar con el cambio de uno de quienes mandan más. En cuanto al primero, permítaseme que me acoja al derecho a no declarar, y menos sin la presencia de mi abogado. En cuanto al segundo, deposito mi esperanza en que sea para la mejora de nuestro teatro y de sus artistas, así que “Que la fuerza la acompañe”…

                Pero nuestras funciones vienen condicionadas por esos guiones que ya estaban previamente escritos, y a los que se ha de adaptar el argumento: las leyes. Buenas o malas, jóvenes o viejas, ahí están marcándonos los raíles por donde nuestro tren debe avanzar. La pena es que a veces hemos de conducir un AVE por las vías de un tren de cercanías, y corremos peligro de descarrilamiento. Pero nuestra pericia en la conducción habrá de ser la que marque el éxito o el fracaso de la obra, aunque no siempre se pueden hacer milagros. Aunque se intente.

                Recuerdo que cuando estudiaba la oposición, hubo una época que se dio en llamar de motorización legislativa. La cosa no consistía en nada más que cambios continuos de las leyes, incluídas las más gordas, como el Código Penal y las leyes procesales. Una verdadera pesadilla para el opositor, hasta el punto que, como ya he contado alguna vez, el ordenamiento jurídico se me aparecía en sueños para aplastarme, y aún lo sigue haciendo de vez en cuando. Cada vez que veía el telediario –entonces lo llamábamos así-, algún locutor venía a fastidiarme el día diciendo que el Congreso, o el Consejo de Ministros, había aprobado tal o cual reforma. Y empezaba el tráfico de llamadas para saber si estaba publicada, cuando entraba en vigor y, lo que es peor, a cuántos temas afectaba. Seguro que los actuales opositores también saben muy bien de lo que hablo.

                Y, por lo que veo, seguimos igual. Aunque ya no tengo que examinarme ante un tribunal de oposición, sí lo he de hacer  todos los días ante los ciudadanos, el público de nuestro teatro. Y no sé muy bien cómo hacerlo con algunas de las ocurrencias –por llamarlo de alguna manera- que el legislador tiene a bien obsequiarnos. Y es que vamos de sobresalto en sobresalto. No más acaban de retirar un proyecto por inviable, y aparece otro más marciano si cabe. Y mientras, otra cosas viejunas, como esa pobre Ley de Enjuiciamiento Criminal, muriéndose de puro anciana.

                Así que, señor legislador, le voy a pedir algo. No sé si como carta a los Reyes Magos o como propósito de Año Nuevo. Hágase con una buena dosis de sensatez y deje de tenernos en un sinvivir, que no somos Santa Teresa de Jesús viviendo sin vivir en ella constantemente.

                Y, mientras esperamos que ese momento llegue, sea con las campanadas o a lomos de los camellos que llegan desde Oriente, aprovechemos para ovacionar a todos los que día a día hacen malabarismos para conseguir una buena función a pesar de los guiones que les tocan muchas veces en suerte. Que eso sí que tiene mérito.

Los números de 2014


Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 31.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 11 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

FIN DE AÑO: ¿LA VIDA SIGUE IGUAL?


FIN DE AÑO

                Si uno de los argumentos frecuentes en el espectáculo es la Navidad, otro no menos frecuente es la Nochevieja, el Año Nuevo y todo lo que le rodea. Fiestas y propósitos para el año que empieza son un clásico de cada fin de año, y han constituido el leit motiv de muchas películas, desde las antológicas El Crepúsculo de los dioses o La Quimera del Oro hasta comedias como Tú y yo o Cuando Harry encontró a Sally, pasando por esa Nochevieja inolvidablemente trágica de El Padrino II. Las tablas de nuestro escenario no celebran función especial, como hacen muchos escenarios de todo el mundo -más allá por supuesto de la Sesión Continua que constituye la guardia- pero eso no quita de que la cuenta atrás que separa un año del siguiente no marque en gran medida nuestras representaciones.

                Y el clásico entre los clásicos es en nuestro ámbito El fin del mundo, un fenómeno que aquí se relativiza por cuanto que ocurre dos veces al año. Eso he dicho, dos veces: Navidad y verano. Seguro que cualquiera que represente alguno de nuestros papeles sabe de qué estoy hablando. Y es que llega el mes de diciembre o el de julio, e invade a todos un síndrome extraño: el mundo va a terminarse y a mí no puede pillarme con la mesa llena de expedientes. Y entonces, como si se trataran de cohetes a propulsión, empiezan a salir causas en distintas direcciones con el propósito, no sólo de ser resueltas, sino fundamentalmente, que salgan de la mesa en donde se encontraban. Pero ahí no acaba todo. Si en la vida ajena a nuestro espectáculo todos los caminos conducen a Roma, en los que atañe a nuestra función, todos los caminos conducen a Fiscalía. No bromeo. Existe la creencia de que hay una suerte de fuerzas magnéticas que atraen a los expedientes y los traen a nuestras dependencias. De hecho, he llegado a pensar que este fenómeno fue objeto de un programa de Cuarto Milenio que yo jamás ví. Pero el caso es que lo busco en Google y en Youtube y no hay manera.

                ¿Que por qué digo esto? Muy fácil. En cualquier momento pero, sobre todo, llegadas estas fechas de uno de los dos fines del mundo anuales, alguien aparece buscando un expediente que presuntamente se ha perdido. Como si fuera Indiana Jones en un remake titulado En busca de la causa perdida Y, vaya a donde vaya a preguntar, le acaban diciendo que está en Fiscalía. Pero por aquí no aparece. Parece ser que algún prestidigitador lo ha hecho desparecer y no sabe las palabras mágicas para hacerlo regresar. Menos mal que yo sí las conozco. Y hoy voy a revelarlas como si se tratara de uno de los misterios de Fátima. Se trata de poner una cara muy seria y decir, con voz firme :”búsquelo bien que yo no lo tengo, seguro que está en algún sitio”. Aunque por dentro me asalten las dudas de si me lo llevé a casa y se me quedó mezclado con los deberes de mis hijas o si me lo bajé a la guardia un día que no había detenidos. Es lo que las madres traducen por “las cosas no tienen patitas” o, como nos decían en el colegio “lo que no se comen los ratones aparece por los rincones”. Y el truco del almendruco está en mantenerse en el sitio hasta que de repente, al conjuro de las palabras mágicas, el expediente aparece como por ensalmo en cualquier lugar, y no necesariamente en fiscalía. Pero da igual, llevamos colgado el sambenito para siempre.

                Pero, expedientes X aparte, acabamos sobreviviendo a este fin del mundo año tras año. Aunque hayamos pasado unos días de infarto en que os Juzgados parecen competir por demostrar quién tiene la causa de mayor urgencia para despachar, llega el 1 de Enero y todo sigue igual, o casi. Los ordenadores siguen funcionando a la velocidad de una tortuga reumática, los papeles siguen creciendo a base de fotocopias y más fotocopias, las notificaciones no han superado los tiempos en que se hacían por diligencia -y me refiero a coches de caballos, no a resoluciones- y todos seguimos esperando que los Reyes Magos nos traigan los medios materiales y personales que nos hacen falta.

                Yo, por mi parte, sigo incluyendo en mi carta a los Reyes la varita mágica para solucionar los entuertos, pero aún no me la han traído. A ver si este año por fin se animan.

                Así que, tranquilos, celebraremos otro Fin de Año más sin que se acabe el mundo. Por eso, hoy pediré el aplauso para todos esos que, desde el papel que les ha tocado en nuestra función, consiguen que ésta siga representándose. Que no siempre es fácil.

BOE: SONRISAS Y LÁGRIMAS


Boe retocada

                Como sabemos, no hay un buen espectáculo sin su correspondiente programa, y de poco sirve hacer una buena función si ésta no figura en la cartelera. Y por supuesto, nosotros también tenemos nuestra cartelera. Sin fotos, y bastante aburrida, pero es lo que hay, el Boletín Oficial del Estado (BOE para los amigos) y sus primos pequeños, el BOP, el Boletín del Ministerio de Justicia, y similares. Anunciando nuestras representaciones, y alguna cosa más. Aun recuerdo, allá por el Pleistoceno, cuando teníamos que consultarlo en papel en las bibliotecas, y acabábamos con los deditos manchados de tinta. Ahora, salvo algún nostálgico y algún que otro friki, los vemos en la pantalla del ordenador, de la tablet o del móvil. Al menos ahí sí hemos avanzado un poco, vaya.

                Así que, aunque sea Navidad, voy a ello. No salgo de mi asombro. En la Sección de “autoridades y personal” veo la convocatoria de más de 1000 plazas de jueces y fiscales, junto a más de 500 de secretarios y médicos forenses, y más del doble de funcionarios. Veo también que rehabilitan la bolsa de sustitutos, y consulto ansiosa con otra sección para comprobar alborozada que vuelven a trabajar. No se me borra la sonrisa de la cara.

                Por si fuera poco, descubro en otro de los boletines una partida presupuestaria elevadísima destinada en exclusiva a la renovación del parque informático de juzgados, tribunales y fiscalías. Y otra todavía más abultada para mejorar todas las sedes, incluso para construir muchas nuevas. Boquiabierta y ojiplática, recibo la llamada de una amiga que trabaja en el negociado de medios materiales, que no sólo me confirma la buena nueva sino que me asegura que hay un montón de ordenadores a estrenar empaquetados y dispuestos para ser enviados. Y que además le han dicho que se mejoran los programas. Estoy que me pinchan y no sangro.

                Y como me he venido arriba, me dispongo a enfrentarme con la sección de “disposiciones generales”. No doy crédito a lo que leo. Se ha derogado la ley de seguridad, la tan discutida –y con razón- ley mordaza. Sigo adelante, con un subidón de escándalo, y no es para menos. Se ha dejado sin efecto la ley de tasas, y también la reforma laboral. Y se dice expresamente que queda abandonado el proyecto de reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, y también la privatización del Registro Civil. Y que, por fin, está previsto un Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal nuevecito, con su nuevecito reglamento que sustituya al de hace cuatro décadas.

                Y no sólo eso. Descubro entre disposiciones varias una que prohíbe el uso de cuchillas en las vallas que separan nuestras fronteras, y que termina con las odiosas devoluciones en caliente. Y, como complemento, se establece el derecho a la sanidad para cualquier persona, y el regreso de la tarjeta sanitaria a quienes se la quitaron

                Por si ni fuera suficiente, consigo tener acceso a varias modificaciones presupuestarias que dotan de medios económicos a muchas leyes, como la ley de Dependencia y la Ley Integral contra la Violencia de Género. Y veo que se aprueban unas medidas extraordinarias para restablecer a los afectados por los desahucios y por las preferentes. Y como colofón, me percato de la existencia de grandes inversiones en educación, ciencia y cultura, que evitarán que nuestros artistas y nuestros científicos se vean obligados a exportar su talento a otros lugares.

                Estoy a punto de que me dé un infarto cuando recibo en el correo electrónico un tarjetón de boda. Increíble pero cierto. Por fin, después de mucho tiempo de desencuentros, van a casarse el Señor Cicerone y la Señora Fortuny, los sistemas informáticos de juzgados y fiscalía, que hasta ahora andaban siempre a la greña,  talmente como si tuvieran puesto un auto de alejamiento. Y hay rumores de que se casan porque están esperando un hijo, y que pronto habrá un sistema único para todos. Así que voy a llevar a la tintorería mi toga y a sacar mis tacones más altos, que esto yo no me lo pierdo.

                No quiero seguir leyendo. No vaya a ser que me nombren Fiscal General del Estado o Presidenta del Consejo del Poder Judicial, y me pille con estos pelos…

                Pero no descorchéis aún el cava. Lo siento, pero no podía esperar al día 28 y he querido vestir de inocentada mis deseos de Navidad. Lamento si os he hecho haceros ilusiones. Pero, además de toga y tacones, también tengo sentido del humor. Sin él, sería difícil sobrevivir a estos tiempos.

inocente

SOLIDARIDAD: TOGAS CON ALMA


DSC_0009

                Llegadas estas fechas, todos los teatros dan su función benéfica. Con diversos fines, desde la lucha contra el cáncer o cualquier otra enfermedad hasta la recogida de alimentos o juguetes para los que no pueden tenerlos, los escenarios se engalanan con luces navideñas y tratan de recoger fondos con tan loable propósito. Al mismo tiempo, transmiten –o tratan de hacerlo- un mensaje de paz y amor que ojala durara todo el año.

                Así que, desde este escenario, también queremos representar nuestra función benéfica. No podía ser de otro modo, porque las togas también tienen alma, la de cada uno de los que día a día las usamos con la intención de hacer de éste un mundo mejor. Y, aunque podría haber escogido cualquier otro fin, me he inclinado por dedicar mis desvelos a aquéllos que no pueden vivir la Navidad porque llegó un día que olvidaron lo que era: los enfermos de Alzheimer. Personas en cuyas mentes un hado maligno introdujo una goma de borrar y poco a poco hizo desaparecer todos sus recuerdos. Todas esas personas que nos quieren pero lo han olvidado, pero a las que sus seres queridos no olvidan querer.

                Desde las redes sociales, que también tienen alma y hasta su gorrito de Navidad, me llega una iniciativa que ha llegado a la mía. Un simple click a este enlace http://marketingnize.com/navidad-2014/ y nos descargaremos un encantador Belén al tiempo que ayudamos a la lucha contra tan terrible enfermedad. Y otro click para aportar un donativo. Un buena obra de Navidad buena y bonita.

                Así que el estreno de hoy será especial. Un relato que bien podría ser un argumento para nuestro teatro, y que en su día tuve el honor de que recibiera un premio de una asociación que apoya a los enfermos de Alzheimer y sus familias. Aquí os lo dejo. Sólo os pido que, en lugar del consabido aplauso u ovación, deis esta vez un click, o dos, a ese Belén de que os hablaba.

Relato ganador del 2º premio del Certamen Literario AFAEX “Más allá de la memoria” (Lucha contra el Alzheimer) Badajoz, 2013

              LA VUELTA DE CLARA

 

  • Te traigo todos estos cuentos, quizás alguien los podrá utilizar.
  • Pero, ¿qué ha pasado?
  • Ya no los necesito…

        Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas en ese momento. Pero desde que entró por la puerta yo ya sabía que algo terrible le había pasado. Y no me equivocaba.

        Lucía era uno de los pocos clientes habituales que tenía mi modesta librería de barrio. Desde hacía mucho tiempo, más del que podía recordar, Lucía visitaba mi pequeña tienda todos los viernes del año, sin faltar ni uno, y se llevaba un libro de cuentos infantiles. Eran para una sobrinita suya llamada Clara a la que jamás ví, pero me gustaba imaginarla junto a una niña pequeña que esperaba ansiosa la vista de su tía con el cuento que cada semana le regalaba. Yo fantaseaba con aquella criatura que, más allá de la tecnología de su tiempo, sabía disfrutar de la lectura. Y escogía los mejores cuentos, los más bonitos, los más brillantes, para no decepcionar a aquella niña a la que nunca conocería.

Fue aquel día cuando supe que jamás tendría oportunidad de conocerla. Lucía simplemente asintió cuando le pregunté si Clara se había ido para siempre. Y me entristecí más de lo que era capaz de reconocer con la idea de que Lucía ya no visitaría mi local…

No fue hasta unos meses más tarde cuando supe que Lucía nunca tuvo una sobrina. Por casualidad, apareció en mi librería una amiga suya, que en un par de ocasiones le había acompañado. Como la recordaba, le pregunté por ella, y me interesé sobre si había superado la pérdida de su sobrina Clara .La amiga me miró con cara de infinita sorpresa y me dijo que la sobrina en cuestión nunca existió. Cuando vio mi expresión, creo que comprendió lo que pasaba, y me invitó a un café, que acepté sin dudar.

Supe por boca de su amiga que los cuentos infantiles que compraba Lucía no eran para ninguna niña, sino para una mujer de más de ochenta años, su abuela. Abuela y nieta siempre habían estado muy unidas, y Lucía estuvo más pendiente de ella que nadie cuando el tiempo empezó a arrebatarle la memoria. Mucho antes de que el médico diagnosticara la fatídica enfermedad, Lucía ya intuyó lo que pasaba. Primero fueron pequeños olvidos, luego, dificultad en encontrar las palabras adecuadas en cada momento y, antes de que se quisieran dar cuenta, una fuerza más poderosa que un ciclón acabó borrando la mayoría de los conocimientos que le había llevado aprender toda una vida. A Lucía le costó asumirlo, pero más aún le costaba resignarse a tratar a su querida abuela como otros hacían, como un animalillo al que se cuidaba con cariño pero al que no se comprendía. Lucía se empeñó en entrar en su mundo, en seguir compartiendo con ella tardes de merienda y charla, y al final lo consiguió. Encontró la clave el día que su abuela, que ya hacía tiempo que no la reconocía, la llamó Clara, y la reprendió por llevar los labios pintados. Lucía le siguió la corriente, y se percató de que la trataba como si ambas fueran niñas pequeñas, escondiendo sus secretos a sus madres. Así que le preguntó a la suya quién era Clara y aunque le costó un poco, finalmente lo descubrió. Clara fue la amiga de la infancia de su abuela, una niña que vivía en la casa vecina y con la que compartió sus juegos hasta que un día desapareció, recién cumplidos los once años. Jamás supo que fue de ella, pero en aquella época convulsa, en plena Guerra Civil, cualquier cosa podría haberle pasado, podría haber muerto en algún bombardeo, o haberse exiliado del país con sus padres, o incluso podría ser alguno de aquellos niños de la guerra que enviaron a Rusia de los que hablaron los periódicos.

Así que, como la caprichosa memoria de su abuela se obstinó en volver a aquel tiempo, ella decidió ser su compañera de viaje, y asumir la personalidad de Clara, la amiga perdida. La cosa funcionó y, aunque no siempre la reconocía como Clara, la mayoría de los días su abuela era feliz volviendo a la infancia con su amiga del alma, y ella también lo era. Precisamente por eso, pensó que leer libros juntas sería una gran idea y, como en casa no encontró ninguno que le pareciera adecuado, empezó a frecuentar la librería en busca de cuentos que le gustaran. Resultó ser una gran idea. Era maravilloso verla disfrutar con aquellas páginas de Caperucita, Cenicienta, La Sirenita o Los Tres Cerditos como si no conociera la historia, y Lucía supo disfrutar con ella como si también volviera a ser una niña. Su madre no entendía cómo no lo pasaba mal viendo cómo aquella mujer que estudió tanto, que fue una de las primeras en tener una carrera universitaria, que fue una pionera en su tiempo, hacía cosas propias de una niña de menos de ocho años. Pero Lucía no pensaba así, Lucía era feliz de poder seguir disfrutando de su abuela y de haber encontrado la manera de meterse en su mundo.

               Pero aquel cuerpo de ochenta años ya no pudo aguantar la vitalidad de una mente de ocho, y un día, sin que nadie pudiera remediarlo, quiso saltar como la niña que llevaba dentro y se quebró su cuerpo envejecido. Sobrevivió a la caída, pero no a la operación para restaurar sus huesos fracturados. Y se marchó de ese mundo que ya no era el suyo, dejando a Lucía un vacío más grande del que nadie pudiera imaginar.

               Ahora ya hace un par de años que Lucía perdió a su abuela, y quiero pensar que yo le ayudé a superarlo. Tras conocer la historia que encubría la sobrina imaginaria, la busqué. Pronto dí con ella, y le conté lo que sabía, y lo que me habían impresionado ella y su fantástica relación con esa abuela a la que idolatraba. Y poco a poco, también nosotros iniciamos una fantástica relación.

               Pero quería hacer algo especial que le devolviera la alegría, un regalo que nadie podría hacerle. Y tuve suerte. Indagando por el barrio, no me fue difícil encontrar lo que buscaba..

Y hoy precisamente, el día en que Lucía y yo vamos a unir nuestras vidas, voy a darle mi regalo….

Cuando Lucía ha entrado y ha visto a una desconocida mujer mayor, se ha quedado muy sorprendida. Pero como yo ya sabía, sus palabras le han devuelto algo que había perdido dos años atrás:

–  Hola Lucía. Me ha encantado saber que has ocupado mi sitio en mis juegos de niña. Gracias por devolverme a una infancia que siempre añoré…

          Aquella mujer era la verdadera Clara, que no había muerto en ningún bombardeo ni se había ido a Rusia. Simplemente, emigró junto con sus padres en busca de cobijo en el pueblo de unos familiares, en donde apenas les afectó la guerra. Hacía ya mucho tiempo que regresó a la ciudad, pero nunca volvió a coincidir con su amiga de la infancia. Y ahora, Lucía se la había devuelto. Y Lucía había reencontrado a su abuela en los recuerdos de Clara. Y eso no se lo arrebataría nadie. Al final, el olvido que quiso invadir en la mente de su abuela había perdido la partida.