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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Adiós, Fortuny: Hola, Just@


              Las despedidas pueden ser muy tristes, pero en muchos casos son agridulces. Combinan un punto de nostalgia con la esperanza de lo que está por venir, y esa mezcla de sensaciones puede dar para mucho. En el mundo del cine hay despedidas alegres, como cuando decimos Adiós a las armas, o despedidas tristísimas, como las de Casablanca o Titanic, además de otras desmadradas, como la de Despedida de soltero. En cualquier caso, es un momento importante y nunca pasa desapercibido.

              En nuestro teatro, hemos ido diciendo adiós a muchas cosas, con más o menos ganas. Un buen ejemplo fue el cambio de los juicios de faltas a los nuevos -ya no tan nuevos- delitos leves, a los que dedicamos en su día un estreno.  Pero no que el único: nos despedimos hace mucho de las máquinas de escribir y el papel de calco, que cambiamos por ordenadores, y nos despedimos de leyes tan importantes como el Código Penal anterior o la Ley de Enjuiciamiento Civil que fueron sustituidas por sus actuales sucesoras, nuestros Código de 1995 y nuestra LEC de 2000

              Pero hoy venía a hablar de un adiós muy especial o, al menos, muy especial para quienes trabajamos en fiscalía desde hace tiempo o a quienes profesionalmente se relacionan con nosotras. ¿Y por qué digo esto? Pues, ni más ni menos que porque nuestro programa informático, Fortuny, pasará a ser un recuerdo del pasado en poco tiempo, al menos en mi tierra, para ser sustituido por un flamante -o no tan flamante- Just@, al que llegué, incluso, a dedicarle un poema para ver si lo aceptábamos con menos reticencias. Aunque adelanto que, al menos hasta ahora, no nos lo está poniendo fácil.

              No obstante, conviene hacer algunas precisiones previas. El nombre de Fortuny, para quine no lo sepa, proviene del nombre de la calle de Madrid donde está ubicada la sede de la Fiscalía General del Estado. A su vez, ese nombre es el de un pintor español, nacido en Granada y criado e Valencia, un hombre polifacético que además de pintor fue grabador, fotógrafo, diseñador textil, escenógrafo e inventor cuyo nombre completo era Mariano Fortuny y Madrazo. No obstante, La IA me advierte que la< calle de marras tambi`´en podría estar dedicada al padre de este, Mariano Fortuny y Marsal.

              Lo que no me resisto a recordar es un tema de pronunciación que a quienes hemos nacido en algunos lugares de España nos pone especialmente de nos nervios. Fortuny se pronuncia con un sonido parecido a la ñ al final, porque la grafía -ny tiene esa pronunciación en nuestra lengua cooficial. Por tanto, lo de Fortu-ni, como oigo muchas veces me revuelve las tripas. Llamadme maniática pero es así.

              No obstante, me dejaré de exquisiteces lingüísticas para ir a lo que vamos. Como así se llama la calle donde está la Fiscalía General y, por extensión, se usa “Fortuny” como sinónimo a sede de Fiscalía, pues se quiso dar ese nombre a nuestro programa informático propio. Y lo de tomar el nombre de la calle no nos es exclusivo, si lo pensamos. Como ocurre con el 10 de Downing Street, residencia del jefe de gobierno británico, o con la Casa Blanca en Estados Unidos o la Casa Rosada en Argentina. Que no se diga.

              Pues bien, no fuimos pocas personas quienes desde el primer día nos quejamos de que la Fiscalía tuviera un programa informático propio que viviera a espaldas de los distintos programas de gestión de juzgados y tribunales que, para más inri, son diferent4es según de qué Comunidad Autónoma de trata, y según esta, a su vez, tenga o no las competencias transferidas en materia de Justicia.

              Por eso, llevamos años reduplicando un trabajo que podía hacerse solo una vez, porque todos los asuntos se registraban en Fiscalía y también tenían que registrarse en los juzgados, porque sus respectivos programas no solo se ignoraban entre sí sino que eran incompatibles. Además el programita de marras tenía su aquel, que hasta que una le cogía el punto era tan poco intuitivo que había que aprenderse de memoria los pasos.

              Hay un dicho según el cual hay qe tener cuidado con lo que se sueña, no vaya a volverse en realidad. Y algo así nos ha pasado con el Just@, nuestro nuevo programa común a Juzgados y Fiscalías, que se supone que iba a mejorar nuestra vida y de momento nos está sacando de nuestras casillas. Y es que tal vez sea problema mío que soy torpe, pero de momento me cuesta mucho más hacer cualquier cosa a través del sistema que hacerla a mano, incluso con letra gótica como un monje amanuense.

              Como siempre he pecado de optimismo, quisiera pensar que es una cuestión de los inicios y que en algún momento servirá para ahorrar faena, pero, de momento, me cesta ver la luz al final del túnel. Máxime cuando su implantación ha coincidido con la reforma operada por la mal llamada ley de eficiencia.

              Así que le daremos un voto de confianza y esperaremos a ver si el futuro nos depara una verdadera mejora. Mientras tanto, añoraremos al Fortuny, quién iba a decírnoslo. Y, desde luego, suspenderemos el aplauso. Ya veremos si dentro de un tiempo se merece o no. De momento, manos quietas. Y esperanza en alto, no vaya a darnos un pampurrio.

Fases del proceso: el esquema


              Hay muchas películas que tratan de juicios, sin duda. Doce hombres sin piedad, Algunos hombres buenos, Testigo de cargo, El sargento negro, Matar al ruiseñor y muchas más, todas ellas de origen anglosajón y que, por tanto, reproducen una cultura judicial que poco tiene que ver con la nuestra. Tanto es así que, hasta en las películas españolas en las que salen juicios suelen aparecer, como champiñones, retazos de las costumbres del foro americano que nos son ajenas. El mazo, desde luego, es la prueba más evidente, ya que, aunque nunca se usó en nuestro país, hoy la mayoría de la gente lo toma como un símbolo de la judicatura española.

              En nuestro teatro las cosas no son como la mayoría de las películas muestran, y por eso poca gente, más allá de Toguilandia, conoce nuestro esquema procesal. Incluso seguro que hay gente dentro de nuestro mundo que no recuerda este esquema. Y no es de extrañar, con tantas reformas y vueltas que se ha dado a nuestra ley procesal penal, del siglo XIX.

              Precisamente porque es del siglo XIX, nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal , a la que ya hemos dedicado varios estrenos, está pidiendo a gritos la jubilación, pero no hay manera. Cada gobierno parece que lo intenta, pero ninguno acaba de rematar. Pero, como quiera que ahora acabe de ser aprobada por el Consejo de Ministros su sucesora, no está de más retomar su esquema esencial del proceso, dividido en tres fases, aunque cada día más difuminadas. No vaya a ser que la improbable aprobación por las Cortes del proyecto acabe en sorpresa y no tengamos más oportunidades.

              Conviene recordar, para empezar, que, en el esquema original de nuestra ley, el proceso tipo era el sumario ordinario -de ahí lo de ordinario, precisamente-, que es el que distingue perfectamente esas tres fases, y que ahora se ha convertido en un procedimiento cuantitativamente residual, que solo conoce de delitos castigados con penas superiores a 9 años de prisión, siempre que no sean competencia del tribunal del jurado, como el homicidio o el asesinato consumado. El resto se tramitan, si no se trata de juicio rápido, por el Procedimiento Abreviado que, paradójicamente, se regula como un procedimiento especial, aunque es el más común. Cosas de nuestro mundo.

              Así pues, vayamos a las fases del procedimiento del sumario que son tres: la fase de instrucción, la fase intermedia y la fase de juicio oral. Y la diferencia no es baladí, porque marca momentos como el que determina el procesamiento de una persona o la diferencia entre el cómputo de plazos puesto que durante la instrucción el cómputo para recurrir es en días naturales mientras que a partir de la fase intermedia se hace en días hábiles.

              Comencemos, entonces, con la fase de instrucción. De ella también hemos hablado en otros estrenos, fundamentalmente relacionados con la tan traída y llevada posible atribución al Ministerio Fiscal. Sea como sea, instruir consiste en investigar, y no es una labor que haya de ser forzosamente del poder judicial, al que la Constitución le atribuye la función juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, pero lo es por disposición de la ley, que puede ser, obviamente, cambiada. En esa fase inicial o de instrucción se realiza la primera declaración de la persona contra la que se dirige el procedimiento, que se llama encartado o investigado -una perogrullada que vino de la mano de una reforma interesada-, pero no imputado ni procesado. No se llama imputado porque la ley lo cambió por “investigado” y no se llama “procesado· por una razón obvia: porque aún no se ha dictado auto de procesamiento.

              El auto de procesamiento es la frontera que marca la diferencia entre la fase de instrucción y la fase intermedia, y consiste en una resolución que atribuye los hechos a una persona. Ta vez por eso prácticamente toda la prensa y, por extensión, la gente en general se confunde y llama “procesado” a todo investigado a quine se haya citado a declarar como tal, aunque “procesado” solo existe en el sumario, o sea, en la minoría de los casos, solo en aquellos que la pena del delito es superior a 9 años de prisión y no es competencia del jurado.

              En esa fase intermedia es donde, una vez procesada la persona, se le toma nueva declaración, llamada “indagatoria” donde puede reconocer los hechos del auto o negarlos, que es lo que suele hacer. Esta fase acaba con el auto de apertura del juicio oral, que es dictado por la Audiencia, tras la petición de las partes, que calificarán -o no-, si se ha sobreseído- tras el traslado que hace la sala. Precisamente esta es la diferencia con el procedimiento abreviado, que por eso se llama así, porque abrevia trámites, ya que no hay procesamiento sino un auto de incoación de procedimiento abreviado en el que se da traslado para calificación a las partes quienes, en su caso, piden la apertura del juicio oral, que es el propio juzgado quien decreta, ahorrando el ir y venir de la sala, el auto de procesamiento y la obligatoriedad de la segunda declaración de la persona contra quine se dirige el procedimiento.

              La tercera fase es la de juicio oral, mucho más conocida, aunque no siempre bien reproducida. Tiene lugar ante el órgano superior del que instruyó y su fundamental diferencia con las fases anteriores es la publicidad, ya que el juicio oral -salvo las excepciones de celebración a puerta cerrada- es público a diferencia de la fase de instrucción, que es reservada. Cualquiera lo diría con las constantes filtraciones de grabaciones de declaración que vemos hoy. en los informativos, la verdad.

              La otra diferencia, además de la publicidad versus secreto, es la de la oralidad de esta fase en contra de la documentación por escrito de la instrucción. Aunque es cierto que la digitalización también difuminará bastante estos límites.

              Y hasta aquí, este pequeño esquema que no todo el mundo conoce. Espero que aclare cosas. Si lo he conseguido, me habré ganado el aplauso. Si no, los tomates. Me temo.

Maratones: corre que te pillo


              Las carreras en general y los maratones en particular, parecen cosa de moda, pero llevan existiendo, al menos desde los primeros juegos olímpicos en la antigua Grecia. Y, como no podía ser de otro modo, nos son pocas las películas que se dedican a diversos aspectos de este deporte. Filmes como Stronger, referida a la maratón de Boston, Patriot’s day, El milagro de Tyson o La última carrera son algunos ejemplos. Aunque, cuando de carreras se trata, nunca se pude dejar de citar la ya mítica Carros de fuego o la no menos mítica Forrest Gump. Es de justicia.

              En nuestro teatro podría pensarse que poco tenemos que ver con maratones, pero en realidad, vivimos en una maratón continua. Entre plazos, reformas, prisas y coincidencias de señalamientos, a veces, más que una maratón, nos encontramos en una continua carrera de obstáculos y en otras, tenemos que esprintar para llegar a tiempo. Y, desde luego, siempre decimos que la oposición es una auténtica carrera de fondo. Así que, al final, acabamos practicando muchas modalidades del atletismo.

              Pero el atletismo también tiene otras pruebas en las que, aunque sea metafóricamente, participamos. O nos gustaría hacerlo, porque ¿quién no ha soñado alguna vez practicar el lanzamiento de disco, o de peso o hasta de martillo, y tirar lo más lejos posible los expedientes en papel que todavía quedan en muchos sitios?

              ¿Y quién no se ha visto en la necesidad de practicar el salto de altura, de longitud, o el triple salto para conseguir esquivar expedientes en algunas sedes judiciales? Ya hablábamos de ellos en el estreno dedicado a los deportes togados

              Hoy, sin embargo, quería ir más allá y abundar, sobre todo, en los esfuerzos sobrehumanos que nos vemos obligados a hacer para llegar a todo. Y es que Toguilandia es un excelente lugar de entrenamiento. No sé cómo el Comité Olímpico no se ha planteado aun poner aquí uno de sus centros de alto rendimiento. Pero todo se andará.

              Así, nos encontramos en primer término con el maratón que padres, y, sobre todo, madres -sí, las cosas siguen siendo así- tienen que pasar hasta llegar al lugar de trabajo y para conciliar, aunque yo prefiero hablar de corresponsabilidad.Yo recuerdo a una compañera, madre de gemelos que, cuando sus niños eran pequeños, afirmaba que venía al trabajo a descansar. Y yo, desde luego, lo entendí en cuanto fui madre. Y ahora lo entienden otras compañeras que ya son abuelas. El bucle eterno. Un bucle que se retuerce cada vez que hay vacaciones escolares, las criaturas enferman o cualquier circunstancia excepcional hace tambalearse el frágil equilibrio entre trabajo y labores domésticas y de cuidado.

              Luego están los maratones profesionales propiamente dichos. Guardias eternas, sesiones de juicios propias de libro Guiness, necesidad de cubrir huecos de compañeros y compañeras ausentes para los que nadie ha previsto sustituciones. Días que parecen tener cuarenta o cincuenta horas de las que ninguna de ellas es para el descanso ni para el ocio.

              Y ¿qué pasa mientras con los procedimientos que siguen entrando, uno tras otro, en nuestros casilleros reales o digitales o en los despachos de los profesionales? ^Pues que a ellos les importa un pito que estemos de guardia, de juicios o asistiendo a declaraciones o actos judiciales. Las causas, erre que erre, inasequibles al desaliento, no quieren esperar, y ahí están acumulándose, provocando que no solo tengamos que correr la maratón, sino que tengamos que ganarla o, al menos, hacer un bue papel.

              Y, para acabar, está la maratón legislativa, que siempre trae nuevas cosas para incentivar nuestro buen estado de forma. Y debe ser por eso por lo que, cuando aun no hemos implementado ni mínimamente la última ocurrencia de los tribuales de instancia, las secciones y todos los cambios con que nos ha obsequiado la ley de eficiencia -o de supuesta eficiencia- nos encontramos con la noticia de que el Consejo de Ministros aprueba la reforma de la LEcrim por la que nos atribuyen la instrucción a los fiscales en una ley que supone un cambio radical en lo que ha sido la jurisdicción penal hasta ahora. Así que, además de todo lo anterior, hay que estudiar pena de quedarnos atrás y que nos pillen en un renuncio el día menos pensado.

              Así que la próxima vez que alguien niegue qe hagamos maratones en nuestro teatro, que lo piense do veces antes. Lo que no he de pensar ni dos veces es el aplauso de hoy, dedicado a todas aquellas personas que, toga en ristre, corren y corren y vuelven a correr, como los peces en el río del villancico.

#Relato: Limpio como una patena


Hoy toca relato en nuestro teatro. Que no todo va a ser trabajar, como cuenta esta historia

Limpio como una patena

Lo dejaba todo limpio como una patena. Cada noche, al término de mi jornada laboral, recogía los bártulos y me disponía a vivir. Porque el tiempo que pasaba en la oficina no era vida, era solo un simulacro que me servía para pagar las facturas.

No podía seguir mucho tiempo así Cuando pintaba, pensaba en el poco rato que me quedaba para tener que ir a limpiar al despacho. Cuando limpiaba, me distraía recreando mi próxima creación.

Y un día pasó lo que tenía que pasar. Sin darme cuenta, fui llevándome las escobas al estudio y los pinceles a la oficina hasta que llegó el momento en que no podía hacer bien mi trabajo ni dar rienda a suelta a mi vocación.

Fue entonces cuando tuve la idea. Más bien, me asaltó. Mientras lloraba por mi torpeza, la imagen empezó a bailar en mi mente, a bailar sin parar. Plasmaría en una obra mis dos vidas, tal conforme habían quedado plasmadas en mi armario.

Hoy ha sido el primer día que he ido al despacho con alegría. Porque será la última vez que pise el suelo de parqué que tantas veces he limpiado. Ha llegado la hora de vivir. Y el éxito de mi última obra ha sido la llave para lograrlo.

Ni siquiera me he molestado en dejarlo todo limpio como una patena

Cuentos: no todo es color de rosa


              Los cuentos han sido siempre de las más importantes maneras de contar historias y transmitirlas de generación en generación. Primero, de una manera oral, luego y escrita y, a partir de la existencia del cine, también a través de películas. ¿Quién no ha visto más de una vez películas como La Cenicienta, La sirenita, Los tres cerditos o Alicia en el país de las Maravillas, o más recientes como Wicked o Princesa por sorpresa? Pues eso.

              En nuestro teatro, estamos para pocos cuentos. Aunque de vez en cuando hay investigados, y hasta otros habitantes de Toguilandia, que tienen más cuento que Calleja, como decía mi madre. Y más de una vez hemos estallado con un “déjate de cuentos”. O hemos tenido tentaciones de hacerlo, aunque nos hayamos contenido.

              Pero hoy venía a hablar de unos cuentos que todo el mundo conoce, los cuentos clásicos. Y cómo esas historias, que repetimos hasta la saciedad, tienen una interpretación jurídica para ponerse a temblar. Veamos algunos de ellos.

              Empecemos por Blancanieves y lo siete enanitos, cuyo titulo, ya por sí mismo, rezuma a discriminación que tira hacia atrás, así que ojito con los delitos de odio. Pero ahí no acaba todo, porque la propia Blancanieves allana una morada y se convierte en okupa, como quien no quiere la cosa. Eso sí, luego los dueños se lo hacen pagar con la más total ausencia de perspectiva de género, ya que ella lava y hace la comida mientras ellos trabajan Pero lo peor no es esto, lo peor es que tras la tentativa de asesinato cometida por la madrastra, con la agravante de disfraz, el príncipe comete una agresión sexual como un castillo, porque la besa contra su voluntad hallándose ella privada de sentido. Casi nada.

              No era Blancanieves la única okupa. También lo fue Ricitos de oro, a pesar de sus tirabuzones rubios y su cara de ángel.

              Y tampoco era el único caso de agresión sexual por falta de consentimiento. Pensemos en La bella durmiente, a la que el príncipe -qué manía de los príncipes de meterse donde no les llaman- besó aprovechando la siesta más larga de la historia.

              Luego está el tema del maltrato animal. Dumbo, y lo que le pasa a su pobre madre y luego a él, son el paradigma, pero no es el único caso. La muerte de la madre de Bambi pofr el cazador es un acontecimiento que ha traumatizado a niñas y niños desde que el mundo es mundo -o desde que Disney es Disney-, aunque siempre podemos ver El libro de la selva para reconciliarnos con la manera de ver el mundo animal.

              No obstante, habrá que ir con tiento, porque igual la iniciativa del Flautista de Hamelin hoy se vería como un delito contra el medio ambiente. Y que no e entere La ratita presumida, que igual es ella quien pone la denuncia.

              Y si de animales se trata, siempre me acuerdo del bullyng que sufría el pobre Patito feo, que al final de feo no tenía nada.

              También, respecto de los animales, habría que replantearse algunas cosas. ¿No es maltrato obligar a llevar a la pata Daisy o a Minnie Mouse esos zapatitos de tacón y esos lazos gigantes en el pelo? ¿O hacer que el pobre pato Donald vaya paseando con chaqueta pero el culo al aire? Ahí lo dejo.

              Otro de los clásicos de los cuentos es el maltrato doméstico, especialmente a menores. Los padres de Hansel y Gretel los dejaron en mitad de bosque y se quedaron tan tranquilos y, aunque la culpa suele recaer sobre la malvada bruja, lo bien cierto es que los padres tienen toda la culpa. Una culpa que comparten también con los padres de Blancanieves y de Cenicienta, unos calzonazos como la copa de un pino. Porque la madrastra seguro que no empezó a tratar mal a Cenicienta cuando enviudó que alguna pista daría. Sin ir más lejos, ni nombre tiene la pobre chica.

              Y lo que me plantea algunas dudas es el caso de Pinocho, del que se aprovechan varias personas pero que, como no se sabe si era de madera o de carne y hueso, ya no sabemos dónde encuadrarlo, porque maltratar a muñecos no es delictivo.

Son solo algunos ejemplos, pero a veces repetimos las cosas sin pensar en lo que suponen.  O lo que podrían suponer, si los lleváramos a juicio.

Pero no lo haré. Solo me conformaré con dar el aplauso de hoy. Y eso va, desde luego, para quienes tienen el suficiente sentido común para no llevar las cosas al extremo. Porque ya dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos

Ampliación violencia de género: cómo y por qué


              Cuando se avecina un cambio, hay de todo. Desde personas que se empecinan en el más claro inmovilismo, que más vale malo conocido que bueno por conocer, hasta las que dicen que hay que cambiar a toda costa, y renovarse o morir- El cambio es lo que tiene y tanto eso como Renovarse o morir son títulos de película

              En nuestro teatro, los cambios son muy mal vistos. Luego siempre nos adaptamos como podemos y hasta reconocemos a regañadientes que hay cosas que funcionan mejor. O, al menos, no peor. Si no fuera así, todavía continuaríamos con la máquina de escribir y el papel de calco. Y algo hemos mejorado, desde luego.

              Hoy toca hablar de una reforma específica que acaba de entrar en vigor, y cuya magnitud, por razones obvias, aun no conocemos. Se trata de la ampliación de la competencia de los juzgados de violencia sobre la mujer a delitos cometidos fuera del ámbito de la pareja o expareja, como los delitos sexuales, la mutilación genital femenina, matrimonios forzados o la trata con fines de explotación sexual cuando la víctima es una fémina. Una modificación que nos han colado en la ley de eficiencia -debería ser eficacia, por cierto- pero que nada tiene que ver con ella. Más bien es un aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para meter otra reforma que estaba pendiente.

              ¿Y por qué digo que estaba pendiente? Pues porque es así, porque ya decía el Convenio de Estambul que había que incluir en la violencia de género todos los delitos cometidos conta la mujer por el hecho de serlo, como es el caso de los que hoy se amplían. Y el Convenio no hay que olvidar que es Derecho interno sin necesidad de transposición. Pero no solo eso. El pacto de estado contra las violencias machistas aprobado en 2017 también nos obligaba a ello, así que íbamos tarde. Había que coger el primer tren que pasara y que tuviera plazas libres, y ese tren han sido la ley de eficiencia. Ni más ni menos

              Al hilo de esto cabe que nos preguntemos si esa decisión ha sido acertada. Como si no tuviéramos bastante con los cambios que se nos han caído encima, que ya ni siquiera conservamos los nombres de toda la vida, pera meter de rondó esta reforma que estaba pendiente. Y, desde luego, si he de contestar yo mi respuesta sería un tajante “no”. Mejor hubiera sido hacer una cosa detrás de otra, pero es lo que hay. Y, en Valencia, además, mezclado con la implantación del nuevo sistema operativo de tramitación procesal, el Justa , que nos trae por la calle de la amargura. Que no nos falte de na.

              Pero hasta ahora solo hemos desgranado las razones legales de esta ampliación. Ahora hay que preguntarse si, formalidades aparte, esto es bueno o malo para las víctimas de estos delitos. Y ahí confieso que tengo el corazón partido. Por un lado, parece obvio que siendo la raíz común de todos estos delitos el machismo, esa naturaleza llevaría a meterlos en un mismo saco que, en nuestro caso, es un mismo juzgado, o tribunal, o sección o como puñetas se llame. A eso habría que añadir que, si se aspira a tener personal especializado, la formación en perspectiva de genero sería fundamental, y sirve para todos estos delitos.

              Pero también es verdad que la problemática de una pareja donde ha existido una relación, en gran parte de los casos con cuestiones económicas y relacionadas con las hijas e hijos, poco tiene que ver con la de un hombre y una mujer que no se conozcan de nada,  y, por ende, las cuestiones a resolver son esencialmente distintas.

              Esto, precisamente, lleva a la cuestión que mas me preocupa. ¿Qué pasará cuando en un juzgado de guardia, más aun si no es exclusivo, tienen que resolver en un mismo da, además de varias órdenes de protección, un asunto relacionado con una agresión sexual grupal o especialmente complicada? Pues, aun a riesgo de hacer espóiler -ya admitido por la RAE- os diré que será un desastre. O las mujeres esperando su orden tendrán que esperar mucho más, o la mujer agredida sexualmente quedará para último lugar, con lo que la espera supone. Si a eso añadimos que los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, aunque sean exclusivos y de guardia diaria, se supone que solo cubre guarias de 12 horas y terminan a las 21.00 horas, las piezas del rompecabezas empiezan a saltar hasta hacer imposible el cuadro. Se quiera o no.

              Pero al final, todo es cuestión de medios. O casi todo. Los pocos juzgados creados al efecto no van a paliar de ningún modo ese riesgo. Y, ya que habían decidido que era el momento, debería haberse provisto con muchos más medios. O la burbuja reventará en cualquier momento. Ojalá me equivoque

              Y ahora solo me queda el aplauso. Pero va a ser un aplauso por omisión. Porque hasta que no vea cómo funciona la cosa, no hay aplauso ni abucheo que valga. Aunque si he de ser sincera, veo más cerca el segundo que el primero. El tiempo lo dirá

Moralejas: haz bien y no mires a quién


Hoy, en nuestro teatro, un cuento que escribí hace mucho tiempo y hoy rescato. Porque a veces hay que volver a ser niña

El Casting

         Lucía siempre había sido una apasionada del baile. Le gustaba verlo, sentirlo y, sobre todas las cosas, bailar. Bailaba en todas partes: en casa, en la academia,en el colegio, en la calle y en cualquier sitio que pudiera. Desde pequeña había ido a clases de danza y los días en que podía bailar era feliz. No hacía mucho tiempo que se había enterado de la convocatoria de un “casting” para promocionar a jóvenes talentos, y no lo pensó dos veces. Tuvo que ahorrar el dinero de la inscripción y hacer una prueba para conseguir su pase, pero ya lo tenía en la mano: el pase que daba derecho a ir a ese casting. Pero, a pesar de todo el esfuerzo, Lucía no podía ir porque sus padres se lo habían prohibido por culpa de un inoportuno suspenso en Matemáticas. Y ella, que siempre había sido una buena niña, no se planteaba desobedecerles. Pero estaba relamente disgustada y triste. Ella sentía que aquélla era su oportunidad y se le iba a escapar por una tontería.

         El día anterior al casting, cuando estaba en el colegio, se le acercó una compañera llamada Rosa, una niña muy popular que nunca antes se había dignado dirigirle la palabra, y, de modo soprendente para Lucía, trató de hacerse su amiga. Finalmente, le dijo que sabía lo del casting, y que a ella le gustaría acompañarla. Lucía tuvo que contarle lo del castigo, pero Rosa quitó importancia al hecho y le dijo que sus padres no se enterarían, que fingirían que iban al colegio y a la hora de vuelta estarían en casa. Y Lucía, como tenía tantas ganas de ir, se dejó convencer fácilmente.

         Al día siguiente, tal como habían quedado, Rosa pasó a recoger a Lucía a la puerta de su casa y juntas fueron camino del lugar donde se celebraba el casting. Rosa estaba particularmente simpática con Lucía y ella se dejaba querer sin percatarse de la insistencia machacona de Rosa porque llevara el pase del casting en la mano.

         Cuando estaban llegando, oyeron el grito de un niño. Volvieron la cabeza, y vieron un niño pequeño que estaba a punto de ser atropellado por un coche. Sin pensárselo dos veces, Lucía se lanzó al cruce donde estaba el chiquillo y consiguió evitar que le pasara nada al niño. Rosa, que le había seguido de mala gana, aprovechó el momento en que Lucía estaba pendiente del niño para arrebatarle el pase de la mano y marcharse corriendo en dirección al lugar donde iba a hacerse el casting.

         Lucía se quedó desconcertada, con lágrimas en los ojos al percatarse que había sido traicionada, y preocupada por un niño pequeño, solo y asustado, que no paraba de llorar y de abrazarse a ella.

         Lucía tenía varias opciones, pero todas ellas eran malas. Podía irse corriendo al casting, probar que el pase era de ella y no de Rosa, y conseguir presentarse, pero eso implicaba dejar abandonado a aquel niño indefenso. Podía marcharse al colegio como si nada hubiese pasado para que sus padres no la pillaran, pero así también dejaría al niño solo. Y podía ayudar al niño permaneciendo con él y llevarlo a la policía, pero eso supondría casi seguro que sus padres se enterarían y le caería un castigo aún peor. Con todo, decidió arriesgarse y ayudar al niño.

         Lucía, que tenía muy buena mano para los niños, ya que era dulce y cariñosa, estuvo con él consolándole hasta que se tranquilizó un poco, y luego fue a buscar el puesto de Policía más cercano. Le atendieron enseguida, al ver de lo que se trataba, y Lucía tuvo la esperanza de poder dejar allí al niño y conseguir al menos volver a casa a tiempo de que no la descubrieran. Pero sus esperanzas se fueron al traste cuando el Policía, un señor mayor y malcarado que hacía llorar al niño con solo mirarle, le pidió que se quedara con ellos hasta que consiguieran dar con los padres del niño. Le dijo que con ella el nene estaba muy bien y que no se preocupara porque luego la llevarían a casa y explicarían lo sucedido a sus padres. Así que pasó lo peor que podía pasar: sus padres se enterarían seguro y, encima, no le había servido de nada porque era Rosa y no ella quien había acudido al casting. Pero, no obstante, dijo que sí, que se quedaría con el niño.

         Al cabo del rato, Lucía consiguió que el niño empezara a perder el miedo, y poco a poco le sacaron algunos datos de sus padres que finalmente los llevaron a localizarlos. Después de haberles dado un bocadillo a cada uno, los padres del chiquillo, que habían sido avisados, acudieron a Comisaría y lo recogieron, y el Policía mayor y malcarado llevó a Lucía a su casa en un coche patrulla. Ella estaba muerta de miedo de pensar lo que dirían sus padres cuando vieran que, además de llegar tarde, lo hacía acompañada de la Policía. Por eso, convenció al Policía de que no subiera a su casa, que la dejara simplemente en la puerta, y ya vería ella qué explicaba.

         Cuando llegó, las cosas no pudieron salir peor. Habían avisado del colegio diciendo que Lucía no había ido y, encima, su madre había visto desde el balcón cómo la traía la Policía. No la dejó explicarse, la envió a su cuarto y le dijo que, desde ese momento, se había quedado sin sus clases de baile.

         Lucía se marchó a su habitación llorando. Estaba destrozada. Todo había sido un desastre: se había quedado sin el casting, Rosa le había engañado para quedarse con su pase fingiendo que quería ser amiga suya, sus padres estaban enfadadísimos y, lo peor de todo, le habían dejado sin sus clases de baile que eran lo que más le importaba del mundo.

         Lucía asumió su castigo con poco ruido y muchas lágrimas. No volvió a intentar dar explicaciones porque, cada vez que lo hacía, su madre le interrumpía diciéndole que le había desobedecido al irse al casting sin permiso.

         Apenas habían pasado un par de días cuando Lucía oyó que llamaban al timbre de la puerta en un momento poco habitual. Su madre abrió, le dijo que se quedara en su cuarto sin salir y estuvo mucho rato en el comedor hablando con unos señores a los que ella nunca había visto. Su padre acudió enseguida y se reunió con ellos también. Eran una pareja joven, con un aspecto estupendo, guapos y muy bien vestidos. Lucía no se imaginaba qué podrían estar hablando, pero, tal como estaban las cosas, no se atrevió a salir para poder oírlos. Estuvieron muchísimo tiempo en su casa hablando y ella cada vez tenía más curiosidad.

         Al cabo de un rato, su padre entró en su habitación y le dijo a Lucía que saliera. Ella obedeció, temerosa de que le pudiera pasar algo aún peor, y se sentó calladita donde estaban ellos. De repente, la señora joven se fue hacia Lucía y le dio un fuerte abrazo, ante la sorpresa de ella, y comenzó a llorar diciendo “gracias” una y otra vez. El señor también le dio las gracias y le abrazó, aunque no tan efusivamente. Y lo que era más extraño aún, sus padres la miraban y sonreían.

         Lucía no entendía nada y no hacía otra cosa que poner cara de asombro. Enseguida, empezó a enterarse de lo que pasaba. Aquellos señores elegantes eran los padres de Iván, el niño perdido, se habían enterado de lo sucedido y habían ido a casa de Lucía a darle personalmente las gracias. Explicaron que no habían ido antes porque les costó un poco dar con su dirección, pero finalmente se la había facilitado un policía mayor y malcarado. Estaban muy agradecidos a Lucía porque pensaban que había salvado la vida de su hijo Iván, un niño pequeño que se había escapado en un descuido de su niñera, y que si ella no hubiera estado allí le podía haber pasado algo. Lucía miró de reojo a su madre y vio que le caía una lagrimita.

         Entonces el padre del niño tomó la palabra y le preguntó a Lucía cómo podían agradecerle lo que había hecho. Antes de que pudiera contestar, aquel hombre le dijo a Lucía:

-Hemos hablado con tus padres y nos han contado lo que te gusta el baile. Precisamente, nosotros somos los dueños de la empresa que organizaba ese casting, por eso nuestro hijo estaba por allí y con el desconcierto y la cantidad de gente se perdió. Habíamos pensado que, si quieres, podemos organizarte un pase para ti, ya que el día que se celebró no pudiste venir. ¿Qué te parece?

Lucía sonrió y miró a sus padres con gesto interrogante, y ellos enseguida asintieron con la cabeza. Lucía no podía ser más feliz. Al final, las cosas habían salido mejor de lo que hubiera imaginado.

Al día siguiente, mientras su madre le ayudaba a preparar la ropa para el casting, le dijo:

– ¿Has visto, Lucía? Esto ha sido gracias a que tomaste la decisión acertada, la de atender al niño, aunque te arriesgaras a un castigo y te quedaras sin el casting. Las buenas acciones siempre tienen su recompensa. Y, por cierto, por si te interesa saberlo, a Rosa la echaron por ir con una pase que no era suyo.

Adaptación: hacerse a todo


              Adaptarse o morir, reza un conocido dicho Y tiene razón, más razón que un santo. El mundo del espectáculo se ha ido adaptando a las circunstancias, y así ha pasado del cine mudo de los primeros tiempos, con el Chaplin de El chico, el Buster Keaton de El maquinista de la general y tantos otros títulos, al cine sonoro, a partir de El cantor de jazz. También se pasó del blanco y negro al color, de los decorados de cartón piedra a los mejores efectos especiales, y del cinemascope al 3 D, aunque no haya acabado de implantarse. Aunque el término “adaptar” también tiene otra acepción en cine, el de las adaptaciones cinematográficas de textos dramáticos clásicos, como Romeo y Julieta o La Celestina, o las adaptaciones de novelas desde Don Quijote al ultimo best seller. Tanto es así que en los premios cinematográficos siempre hay uno al mejor guion adaptado.

              En nuestro teatro, lo de “adaptarse o morir” es, prácticamente, el leit motiv que preside nuestra existencia. Nos adaptamos a las cambiantes leyes, nos adaptamos a los cambiantes avances tecnológicos, y nos adaptamos a cualquier incidencia real que venga, incluida la sempiterna carencia de medios.

              En cuanto a la adaptación a los cambios legislativos, no nos queda otra. Constantemente el poder legislativo está dictando leyes nuevas, que derogan o modifican las existentes, respecto a las que no nos queda más remedio que ponernos al día. No en vano hay otra versión del dicho que lo formula como “renovarse o morir”. Aunque a veces, los episodios de motorización legislativa son tales, que lo de estar al día se convierte casi en una quimera. O sin casi.

              Y en este punto, siempre me acuerdo de quienes están preparando las oposiciones. Todavía me angustio pensando en la sensación de pánico que me entraba cuando era opositora cada vez que oía en televisión que se avecinaba una reforma. Tal era mi desasosiego, que me daba igual lo positiva que fuera para la ciudadanía ni el avance que supusiera, porque para míe era una verdadera pesadilla. De hecho, para quienes tuvieron la desgracia de que les cayera una gran reforma mientras estudiaban, ese momento pudo suponer un punto de inflexión que en algunos cass determinó el abandono. Yo me salvé por los pelos del entonces nuevo Código Penal, pero otro tanto cabe decir de la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Civil, o de cualquier de esta índole que surja Nunca fue más real aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”.

              A quienes ya estamos en Toguilandia, sin embargo, nos angustian más las reformas que afectan a nuestro día a día y lo convierten en un carrusel. Las reformas que dan lugar a revisiones (que ya hemos visto varias), o las que cambian el sistema procesal como la que estamos sufriendo en estos mismos momentos con la ley de eficiencia y los tribunales de instancia. Y no quiero ni pensar lo que será si, finalmente, alguien le pone e cascabel al gato de la instrucción por el Ministerio Fiscal .

              Por lo que atañe a los medios tecnológicos, estamos siempre en un ay. Y, si lo pensamos, nos hemos adaptado a muchas más cosas de lo que hubiéramos imaginado. Gran parte de quienes andamos por Toguilandia somo migrantes digitales, y eso si hemos llegad a migrara aunque a la fuerza ahorcan, Yo comencé mis días toguitaconados sin ordenador, luego me compré uno personal y aun tuve que esperar a que la Administración de Justicia hiciera otro tanto, que con un boli, un cuño y las máquinas de escribir que manejaban los funcionarios íbamos que volábamos. Luego llegó Internet, y los programas de gestión, diferentes según autonomías y divorciados entre fiscalía y juzgados. Ahora paree que los juntarán de nuevo, mientras nos afanamos en aprender y adaptarnos. Y estoy segura que lo conseguiremos, aunque sea con sangre, dolor y lágrimas. Y por supuesto, con más de un juramento en arameo. Son las cosas de nuestro teatro.

              Aunque tal vez lo más costoso es adaptarnos a la carencia de medios que es santo y seña de la Justicia. Aun recuerdo como improvisaron n un juzgado un lugar para las ruedas de reconocimiento, con un cartón con un agujero para mirar pegado a una ventana. O como montamos una sala para las víctimas de violencia con los juguetes que sobraban a nuestras hijas e hijos. También se hicieron famosas las estanterías hechas de bricolaje judicial a partir de cajas de cartón, o los paraguas colgados del techo para moderar lo efectos de las salidas el aire acondicionado. Sobreviviendo, que es gerundio.

              Así que, lo de adaptarse o morir es el pan nuestro de cada día. Y por eso el aplauso es para quienes se las ingenian para conseguirlo sin desfallecer en el intento. Porque las ganas y la vocación de servicio siempre acaban abriéndose paso.

Genocidio: ¿Cuándo existe?


              Una de las épocas históricas que más metraje de películas ha ocupado es el Holocausto. El genocidio perpetrado por el nazismo ha dado lugar a películas como El pianista, La lista de Schindler, La decisión de Sophie, El diario de Anna Frank, Marco o El fotógrafo de Mathausen y a series como Holocausto o El Tatuador de Auschwitz, entre otras muchas, aunque para nuestra causa la más característica sea, sin duda, Vencedores y vencidos. Pero esto no es el único genocidio de la historia. Por desgracia.

              En nuestro teatro, el tratamiento jurídico del genocidio es muy claro. Es un delito que tiene nombre propio en el Código Penal y en las declaraciones internacionales, y unas consecuencias jurídicas clarísimas tanto en el ámbito del derecho interno como en el del derecho internacional. Porque el genocidio se encuentra, sin duda, entre los peores crímenes que pueden cometerse, y hunde sus raíces jurídicas y ontológicas entre los delitos de lesa humanidad y los delitos de odio.

              Pero ¿en qué consiste el genocidio y cuáles son sus consecuencias? Especialmente, ¿cuáles son las consecuencias de que un hecho se considere genocidio o no se considere tal? Ahí hay un debate que está haciendo correr en estos días no solo ríos de tinta sino fuertes enfrentamientos políticos que la gente de la calle no acaba de comprender. Porque nada mejor que llama alas cosas por su nombre. ¿O no?

              Para eso, nada mejor que empezar las cosas por el principio. ¿Cuándo surgió el término genocidio y por qué? Pues, como era de suponer, aunque el hecho de exterminar a un pueblo es, por desgracia, tan viejo como la misma humanidad, se empezó a ponerle nombre a raíz del genocidio nazi. En los mismísimos juicios de Nuremberg el fiscal -cómo me gusta arrimar el ascua a mi sardina, confieso- ya utilizó el término, que había usado por vez primera Raphael Lemkin en una obra publicada en 1944, aunque no cristalizó en la sentencia. Sin embargo, en 1946 la ONU empleó por vez primera el término “genocidio” y en 1948 elaboró la Convenció para la prevención y sanción del delito de genocidio.

              No obstante, el verdadero problema estriba en determinar a partir de cuándo un hecho se puede considerar genocidio más allá de los delitos particulares cometidos, como asesinatos, lesiones o daños. Y ello porque, según se le dé o no ese nombre, las consecuencias jurídicas son diferentes, según veremos.

              Según la RAE, “genocidio” es “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. Por su parte, la ONU lo define en su Convención de 1948 como “los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”.

              Nuestro Código Penal considera que hay genocidio cuando, con propósito de destruir total o parcialmente un grupo nacional, étnico, racial, religioso o determinado por la discapacidad de sus integrantes, se perpetraren delitos contra la vida, agresiones sexuales, lesiones graves, se sometiera a condiciones que pongan en peligro la vida o la salud, se hagan desplazamientos forzosos. Algo que parece fácil de determinar en teoría, pero en la práctica no lo es tanto, visto lo visto.

              Y es que lo que ocurre es que la consideración de un hecho como genocidio supone unas consecuencias jurídicas determinadas. La primera, sería, generalmente, la asunción del procedimiento por parte de la Audiencia Nacional, si bien hay que tener en cuenta que la reforma de la justicia universal operada en 2014 limitó considerablemente esta vía en la jurisdicción española.

              Asimismo, y en relación con la justicia más allá de nuestras fronteras, el hecho de que se impute a alguien un delito de esta índole tiene consecuencias en orden a una posible extradición, así como en la competencia para ser juzgado por tribunales internacionales como el Tribunal Penal Internacional.

              Otra de las consecuencias importantísimas es la que se produce en orden a la prescripción. El delito de genocidio es imprescriptible, como no lo son, sin embargo, otros delitos graves como el asesinato, sin ir más lejos. Ni que decir tiene lo importante que puede ser a estos efectos, en que un hecho se podría perseguir incluso mucho tiempo después.

              Y para acabar, haré referencia a otro efecto concreto en nuestro Derecho. Que un hecho sea catalogado de “genocidio” de una manera oficial, hace que el negacionismo pueda ser juzgado como delito de odio, siempre que se den los requisitos del mismo. El caso arquetípico es el del negacionismo del Holocausto, aunque no solo puede darse en ese caso.

              Y hasta aquí, estos pequeños apuntes sobre la importancia de llamar a las cosas por su nombre. Y como solo queda el aplauso, lo destinaremos esta vez a quienes hoy y siempre luchan porque delitos contra estos no se produzcan. Ojalá alguna vez esta lucha produzca resultados

Protestas: entre el todo y la nada


              Es difícil pensar en cambios sociales o políticos sin que previamente la sociedad se movilice, pacíficamente o de modo no pacífico. Ejemplos os da la historia en muchos de sus momentos clave como la Revolución Rusa o la Revolución Francesa y en momentos esenciales en que la población se movía conta el racismo, contra la discriminación , contra la guerra o contra cualquier otra injusticia. Por supuesto, el cine da buenas muestras de ello, aunque solo citaré algunos títulos a modo de ejemplo: Ghandi, Arde Mississipi, Los miserables, Grita libertad o Los últimos días de Maria Antonieta, entre otra muchas.

              En nuestro teatro no somos ajenos a las protestas, tanto desde uno como desde otro lado. Por un lado, y aunque no sean excesivamente frecuentes, de vez en cuando hemos visto como los profesionales nos alzábamos contra algunas decisiones. Por suerte, siempre de una manera pacífica. Faltaría más. Porque el ejercicio del derecho a protestar de forma pacífica es la única manera en que debemos hacerlo los y ls profesionales del Derecho.

              En cuanto a nuestras posibles protestas, siempre que jueces o fiscales nos alzamos toga en alto surge una pregunta. ¿Tenemos derecho a la huelga? La pregunta surge a raíz de que la propia Constitución considera que muestro caso es una excepción a la regla general de que todos los trabajadores y trabajadoras tiene derecho a la huelga, algo que se confirma con el hecho de que el decreto reglador del derecho de huelga, nada menos que de 1977. Pero lo que dice la Constitución es que la ley regulará las peculiaridades del ejercicio del derecho a la huelga por nuestra parte, con lo cual no nos niega el derecho, sino que dice que ha de ser específicamente regulado. Como quiera que esta regulación específica ni está ni se la espera, hay que tomar una decisión sobre qué es lo que pasa si pretendemos ejercitar ese derecho constitucional. Hay quien entiende que la falta de regulación equivale a la imposibilidad del ejercicio del derecho, algo sí como una prohibición; hay por otro lado quine entiende lo contrario, que la falta de regulación no pude impedir el ejercicio de un derecho.

Mi opinión personal se acerca más a la segunda opción, si bien reconozco que el planteamiento de cómo llevarla cabo es difícil, porque hay que solventar cuestiones como detracción de emolumentos, servicios mínimos y demás que no están resueltos. Una duda que surge cada vez que llega la ocasión. La última de ellas, hace bien poco, por cierto.

              Otra cuestión son las protestas en que intervenimos, más allá de la huelga. Está claro que podemos-y debemos, cuando toca- participar en protestas, manifestaciones y minutos de silencio. Otras cuestión es si podemos hacerlo ataviados con la toga, porque esta se reserva para juicios y actos oficiales. Ahí lo dejo. Menos al que lo de los tacones no lo cuestiona nadie, salvo, en u caso, el dolor de pies si el plantón es muy largo. Tpguitaconarse es lo que tiene.

              Pero veamos qué es lo que pasa cuando cambiamos de lado de estrados. Esto es, cuando quienes protestan son quienes caen en nuestras manos y tenemos que decidir si hay ilícito penal o de otra índole y dónde están sus límites. Otro tema de candente actualidad, visto lo ocurrido en la Vuelta ciclista a España.

              Cuando la ciudadanía se excede en el ejercicio legítimo de la protesta, podemos encontrarnos ante un delito de desórdenes públicos, además de los delitos particulares que, en su caso, se cometan, como lesiones o daños.

              También es fundamental conocer la motivación, porque determinados motivos, fundamentalmente discriminatorios, podrían dar lugar al delito de odio o a la agravante correspondiente. Pero ojo, no cualquier cato de este tipo es delito de odio, ni se puede frivolizar con ellos.

              Si buscamos casos reales, no puedo dejar de citar el de las manifestaciones del 9 de octubre de 2017 en Valencia, ya juzgadas, en las que el delito por el que finalmente hubo conformidad de la mayoría de acusados fue el de impedir el ejercicio del derecho de manifestación con la agravante de discriminación por ideología.

              Pero, recordemos, esto es excepción, y no la regla. La mayoría de protestas tienen lugar por cauces pacíficos no hacen sino confirmar que nos encontramos en un estado democrático caracterizado por la pluralidad. Y que así siga.

              Y hasta aquí, estos apuntes sobre el derecho a protestar pacíficamente y a no hacerlo de modo violento. Y pacífico es, también, mi aplauso para quienes ejercita ese derecho de la única manera que puede hacerse, pacíficamente. La democracia es lo que tiene.