El género musical es uno de los más celebrados del cine y del teatro. De hecho, los musicales cuelgan el cartel de No hay entrada con mucha frecuencia, y hay algunos, como El rey León o El Fantasma de la Ópera que no dejan de batir récords de representaciones. Y los que batirán.
En nuestro teatro, obviamente, no representamos musicales. Pero a veces tenemos más relación con algunos títulos de lo que pensamos. No olvidemos que Priscila y Cabaret ya protagonizaron sendos estrenos en su día, relacionados, además, con los delitos de odio, como también lo estaba un cuento inspirado en West Side Story
Pero no son los únicos musicales que podemos citar en Toguilandia. Empezando por el principio, como se empiezan las cosas, nadie me negará que más de una vez hemos empezado el día, como Mecano, gritando eso de que Hoy no me puedo levantar. Y es que cuesta, como la Fama de aquella profesora que no paraba de decir en cada representación que íbamos a empezar a pagarlo con sudor. Y no mentía, vaya, que más de un soponcio nos hemos llevado en algún juicio que nos ha hecho exclamar Mamma mía en todos los idiomas posibles.
Los temas jurídicos, como decía, parece que no tienen cabida en el musical, pero a poco que rasquemos, aparecen. Ya he hablado del odio y la desigualdad de Cabaret, por el nazismo y toda su carga de discriminación, de Priscila, reina del desierto, por la homofobia, y de West Side Story, por el racismo. Incluso podemos hablar de discriminación por el aspecto físico en la aparentemente almibarada La bella y la bestia. Pero no solo los delitos de odio tienen protagonismo.
Incluso, en su día, se acusó de blasfema la obra de Jesucristo Superstar, es decir, lo que hoy sería un delito contra los sentimientos religiosos. Y que decir de lo que se cuestionó Hair, con su exaltación de la libertad de todo tipo. Menos mal que algo hemos avanzado.
La jurisdicción de menores, en especial en su rama de protección, tendría un gran protagonismo, si se lo permitieran , en Annie o en Los chicos del coro, y en la de reforma en alguna de las gamberradas de los protagonistas de Grease que, aunque no lo pareciera, se suponía que eran menores de edad porque iban al instituto. Como también iban, sin tanto desfase entre la edad real y la de ficción, los protagonistas de High School Musical. También es menor de edad, obviamente, la protagonista de Mathilda.
Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, así que podemos darnos un paseo por la jurisdicción laboral con la huelga del padre de Billy Elliot y sus compañeros, o con el paro que es el leit motiv de Full Monty. Que no se diga.
Además, como ocurre siempre, en Derecho hemos de hacer una labor de visibilizar las cosas que no son visibles, como las fatigas que pasan los protagonistas de Los Miserables simplemente por hacer nacido en el lugar y el tiempo equivocado. Y, hablando de invisibles, nadie más invisible que El fantasma de la ópera.
Pero, si queremos un verdadero tratado de Derecho Penal hecho musical, no podemos dejar de citar Chicagodonde, además, se exalta la igualdad de género incluso a la hora de cometer los peores crímenes, con ese antológico tango de las asesinas que no tiene desperdicio.
No obstante, cuando de musicales y Toguilandia se trata, siempre recuerdo una anécdota que me atañía personalmente. Cuando yo me examiné de la oposición, como quiera que había un caso práctico, aprobábamos la parte teórica y aun nos quedaba un trago. En mucho casos era casi un trámite, porque coincidía el número de aprobados con el número de plazas a asignar. Pero no fue así en mi tribunal, donde teníamos que pelear 40 personas para la mitad de plazas. Alguien muy ingenioso nos bautizó como Los 40 principales y con ese nombre nos quedamos hasta que la corrección del caso práctico, la suerte, o lo que sea, nos redujo a la mitad exacta que debíamos ser. Cosas que no se olvidan, sobre todo por lo que me supusieron.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. Ya sé que no será como el musical de Queen, de Elvis o de Michael Jackson, pero podemos llamarle el musical de Toguilandia. Y dar e aplauso, por supuesto, a todos y todas sus protagonistas. Gracias por estar ahí.
Son muchas las series dedicadas a profesiones como Periodistas, Urgencias o Policías, pero si hay una profesión que atrae a las cámaras como pocas es la de las gentes que vivimos del crimen, dicho sea en el mejor de los sentidos posibles. La ley de los Ángeles, Suits, Anillos de oro, Turno de oficio, Ally Mc Beal o muchas más nos enseñas desde distintos puntos de vista el día a día de la abogacía, la judicatura o la fiscalía, juntos con quienes nos acompañan en este viaje, aunque se vean menos como LAjs o funcionarios.
Nuestro teatro es el escenario en que nos movemos día a día, con funciones diarias que son más o menos conocidas. Pero hay una parte totalmente desconocida, que es lo que ocurre detrás de las bambalinas. Y hoy quería dedicar este estreno -lo prometido es deuda- a una parte tan desconocida como real. Aunque no sabría decir si frecuente.
Tengo la suerte de tener una excelente relación con abogados y abogadas que trabajan en mi materia, en este caso, la violencia de género. Sé que voy a romper más de un mito, porque existe la creencia que profesionales de uno y otro lado de estrados nos peleamos como perros y gatos. Por un lado, jueces versus fiscales, por otro, quizás aun más mitificado, letrados/as versus fiscales. Como si el hecho de mantener posturas encontradas en los tribunales nos convirtiera en enemigos irreconciliables. De hecho, leo a veces cosas, fundamentalmente en redes sociales, de las que parece que tenemos que odiarnos y criticarnos a toda hora.
Por fortuna, mi experiencia es diferente, y la función de hoy es la prueba evidente de que es así. Mi relación -y la de otras compañeras- con quienes componen la Sección de Violencia del ICAV ha sido, dese aquellos duros tiempos del comienzo, inmejorable. Somos colegas remando en el mismo barco, el de hacer justicia y ayudar a las víctimas, nos pongan los hechos en el sitio que nos pongan. No siempre pensamos lo mismo, pero nuestro fin es siempre el mismo.
El otro día celebrábamos la despedida de quien ha sido durante 8 años la presidenta de las Sección de Violencia de Género del Colegio de la Abogacía de Valencia, y tuvo la ocurrencia de juntarnos a un grupo en el que estábamos jueces y juezas, abogados y abogadas y fiscales. Por supuesto, no es la primera vez que nos reunimos con propósito festivo, que son muchos años de compartir esfuerzos, frustraciones y, sin lugar a duda, amistad. Esa amistad que surge de los principios compartidos y del trabajo en común. Esa rara avis que hay que cuidar cada día.
Hemos compartido estrados, guardias, cursos, congresos, reivindicaciones y, claro está, algún momento lúdico festivo, que no todo iba a ser trabajar. Nos hemos tragado las ganas de llorar y hemos tenido que aguantar alguna vez las ganas de reír de esas anécdotas sin las cuales no podríamos seguir adelante. De hecho, algunas de las que he compartido en todo este tiempo de togas y tacones ha venido de todas estas personas que no dudan en contarme cualquier cosa curiosa que sucede para que yo acabe diciendo eso que ya se ha convertido en un cásico: a los tacones vas.
Y la despedida -más bien u hasta siempre, porque ella seguirá ahí al pie del cañón- fue buena prueba de ello. Como dijo uno de los asistentes, cuando le llegó el turno de palabra, fue muy significativo. Nada más llegar el mensaje en que nos convocaba a la reunión-cena-despedida-yloquesurja nadie tardó más de un nanosegundo en confirmar asistencia, a pesar de lo complicado de nuestras vidas. Ya quisiera más de un presidente de sala semejante unanimidad para señalar una vista que venga bien a todos los intervinientes.
Y las expectativas se cumplieron. Las risas y el buen ambiente fueron tónica general, como lo han sido siempre, y como lo atestiguan las fotos, y no dudo en que alguna que otra lagrimita cuando hicimos entrega de una palca homenaje con la frase que habíamos compuesto entre todos, y que aquí reproduzco:
“Gracias Alicia, por tu magnífico trabajo, tu gran dedicación, y tu leal amistad. Nuestra querida presidenta siempre en nuestros corazones”
Creo que no hay modo mejor de expresarlo. Como dijo otra de los asistentes, no éramos jueces, fiscales y abogados. Somos un grupo de compañeros y compañeras unidos por el empeño de hacer lo mejor por esas víctimas de violencia de género que son el día a día de nuestro trabajo. Por hacer, en definitiva, eso que es y ha sido siempre nuestra vocación, la justicia.
No me enrollo más, o la lagrimita la sacaré al final yo. Prometí un post y, como no podía ser de otra manera, aquí está. El aplauso, esta vez es para Alicia, y también para ese sentimiento común que hemos ido cimentando a lo largo de tanto tiempo. Y lo que nos queda.
Hoy, nuestro teatro es más teatro que nunca. Una pequeña pieza con la que quiero contar muchas cosas y hacer pensar muchas más . Así que para no hacer spoiler no adelanto nada, me limito a abrir el telón. Los aplausos espero que vengan al final
MARIA- Cómo me cuesta levantarme cada día. Me angustia quedarme en casa y me da miedo salir de ella. No sé cómo he llegado hasta aquí, pero me acuerdo tanto de los tiempos del colegio, del instituto, de las quedadas con las amigas… Es como si hubieran pasado siglos, y yo no fuera la que fui. Y es que me gusta tan poco la imagen que veo en el espejo, que cualquier día los tapo todos con una sábana
ANA- Qué bonito es levantarse cada día. Siempre pienso que me van a pasar cosas buenas, y, si no me pasan, las invento. O convierto en buenas las que no lo son tanto. El mundo tiene tantas cosas bonitas de las que disfrutar que tengo que tener los ojos bien abiertos para no perderme ninguna. A veces me acuerdo de mis amigas del cole, Cualquier día monto una cena para contarnos cómo nos va
-ANA Qué alegría verte. ¿Cómo te va? Precisamente quería llamarte para que nos viéramos y recordar viejos tiempos
– MARIA Hace tanto de eso…
– ANA Qué va. Si parece que fue ayer. Tomamos un café y hablamos
– MARIA No puedo
– ANA ¿por qué?
– MARIA No sé
– ANA Venga, vente
– MARIA Vale. Pero solo un café. Tengo que irme enseguida
– ANA ¿A casa?
– MARIA Bueno, sí (en voz baja) A la cárcel más bien
(Pasan tiempo juntas)
-ANA¿Por qué estás tan triste?
-MARIA Y tú ¿por qué siempre estás feliz?
-ANALa vida es hermosa
-MARIA No lo es. La vida es una carga pesada. No hago nada bien, no acierto nunca, no valgo para nada
– ANA¿Quién te ha dicho eso?
-MARIA Lo sé. Él lo repite siempre. Por eso estoy sola
– ANA No estás sola. Me tienes a mí, y todo un mundo por descubrir. Ven. Te lo enseñaré
– MARIA No sé si atreverme
– ANA Tienes que hacerlo
– MARIA ¿Y si me arrepiento?
– ANA Te arrepentirás si no lo haces. ¿Vienes?
– MARIA Está bien. Pero no me dejarás sola
– ANA Nunca. Dame la mano y volemos. El mundo nos espera
Las matemáticas, según nos han dicho desde la infancia, son necesarias para ser alguien en la vida. Tanto que son muchas las películas que se basan en ellas, entre las que citaré, sin ánimo de exhaustividad, La teoría del todo, Figuras ocultas, El indomable Bill Hunting o El Código Da Vinci. Y es que, nos pongamos como nos pongamos, dos más dos siempre son cuatro. ¿O no?
En nuestro teatro poco tenemos que ver con las matemáticas, al menos a priori. La inmensa mayoría de los habitantes de Toguilandia, nos declaramos “de letras” sin ningún tapujo y nos bloquemos como aparezcan más de tres números juntos si no son para citar artículos del Código Civil , del Penal o de cualquier otra ley. Y no nos damos cuenta de que, como nos decían desde la infancia, las matemáticas están en todas partes. Hasta en Toguilandia. Y los números también, que hasta tuvieron su propio estreno.
Cuando estudiaba en la Facultad, recuerdo que había una asignatura llamada “economía” -ignoro si hoy seguirá existiendo o tendrá un nombre diferente- que trataba de enseñarnos algunos rudimentos e esta materia a aquellos alevines de juristas que aun no sabíamos muy bien qué hacer con nuestras vidas. El profesor entró por primera vez en nuestra aula y llenó la pizarra de números, Cuando, ante nuestra cara de estupefacción, trató de explicarnos algo de un logaritmo, ya no pudo conseguirlo. La reacción inmediata de la clase, sin previo acuerdo, fue levantarnos y no volver a aparecer por allí, porque aquel profesor ignoró olímpicamente la razón por la que muchas y muchos estábamos allí: porque éramos de letras.
Al final, y cada cual como pudo, aprobamos la asignatura. En mi caso, me aprendí de memoria todas las fórmulas que aquel incauto trataba de enseñarnos, con su desarrollo y su gráficos. Y aquí paz y después gloria.
Pero, sin darnos cuenta, también en Toguilandia sumamos, restamos, multiplicamos y dividimos. Y seguro que, de haber sabido de esos logaritmos que tanto gustaban a aquel profesor que abandonamos cruelmente, también los usaríamos, pero no es el caso. O no, al menos, el mío.
Así a bote pronto, se me ocurren materias en las que es imprescindible la calculadora, aunque ahora ya casi nadie tenga una como la de mis primeros tiempos toguitaconados. Sería imposible dedicarse, por ejemplo, al Derecho Financiero sin usar las matemáticas, y también pueden resultar útiles en ámbitos donde se manejan cantidades de dinero como ocurre con el Derecho Mercantil.
Pero no solo eso. Todo el mundo en Toguilandia nos vemos e el brete de calcular indemnizaciones, matemática de la de toda la vida, sobre todo cuando del baremos de accidentes de tráfico se trata. No queda otra que multiplicar el valor de cada punto por los puntos que calcula el forense según las secuelas y los días de curación. Un ejercicio casi como los problemas de matemáticas del colegio.
También hay que usar la calculadora cuando se trata de la fase de ejecución de sentencias, particularmente cuando hay que hacer liquidaciones de condena, tanto de días de prisión o de alejamiento como de toras medidas. En este caso, tras aplicar la condena la número de días del año, se le resta el tiempo abonable por hacer sufrido presión preventiva u otra medida cautelar.
Y, por descontado, están las liquidaciones de intereses, las juras de cuentas o los cálculos de las cuotas, que nos obligan a sacar a las matemáticas de paseo de nuevo.
Y otro tanto cabe decir de los procesos que tienen por objeto repartir patrimonios, como las particiones de herencia o las liquidaciones de régimen matrimonial. Y ahí no cabe lo que de quine parte y reparte se queda con la mejor parte, claro. Para evitar eso es para lo que estamos.
Por cierto, hablando de sumas, no pudo dejar de comentar la costumbre de muchos medios de comunicación de sumar las penas de prisión de un solo proceso como si no hubiera un mañana. Suman todas las que se piden a todos los acusados, sin tener en cuenta que la pena es personal, y que, además, tiene sus límites. 30 años en concreto, en nuestro derecho, además de otras reglas a aplicar como el hecho de que no se supere el triplo de la más grave, o los límites de la prisión preventiva, diferente según sea la pena asignada al delito de que se trate. Y, sin tener en cuenta todas esas cosas, es como vemos titulares que anuncian que se impusieron en sentencia 1000 años de prisión y que nos dejan de pasta de boniato, o poco menos.
Y hasta aquí el estreno de hoy. Con él, sumo uno más y espero seguir sumando seguidores. En cuanto al aplauso, es, por supuesto, para quienes me leen cada semana. Ojala se multipliquen
El paso del tiempo es un tema recurrente en el arte. Porque afecta a todo el mundo, nos guste o no. El cine ha sacado mucho partido a estos temas. Hay películas sobre personas de edad avanzada y sus problemas, como En el estanque dorado y otras que se centran en determinado tramos de edad, como la adolescencia y primera juventud de Rebeldes. Y, por supuesto, hay muchas que tienen como protagonistas a niños y niñas, como la saga de Solo en casa. También hay películas que tratan de la decadencia que la edad supone en el propio mundo del cine, como El crepúsculo de los dioses o ¿Qué fue de Baby doll?. Y es que, de un modo u otro, nadie escapa al paso del tiempo. Como lo vivamos es otra cosa.
En nuestro teatro, la edad tiene influencia en muchos más aspecto de los que pensamos. Ya dedicamos un estreno a la edad en su día, aunque lo que hoy quiero abarcar es otro tema, relacionado pero diferente, el edadismo. O lo que viene a ser la discriminación por edad.
Como decíamos, la edad tiene una influencia directa en Toguilandia. Lo 14 años marcan la responsabilidad penal de los menores , los 18 la de todo el mundo y hay demás edades diferentes para actos como ser testigo o emanciparse. Y, por arriba, entre los 65 y los 70, según profesiones, se fija la edad de jubilación, salvo jubilaciones anticipadas, por abajo, y prórrogas, por arriba, algo muy frecuente en nuestro mundo con la figura de los llamados “eméritos”, que existían mucho antes que el rey abdicado nos quitara el nombre. Cosas de la fama.
A modo de curiosidad, contaré que, aunque como fiscales tenemos, al igual que la judicatura, nuestra edad de jubilación “oficial” a los 70, con la posibilidad de prórroga de la que hablaba antes, nada hay previsto para la figura de Fiscal General del Estado. De hecho, cuando, allá por el año 2000 pertenecí al Consejo Fiscal, viví la jubilación de la carrera fiscal de quine era entonces Fiscal General del Estado que, sin embargo, siguió ostentando el cargo de Fiscal General. No diré nombres, pero quien tenga curiosidad tienen a San Google a su disposición.
Mucha gente, por no decir todo el mundo, hemos presenciado episodios de edadismo, o discriminación por edad mas o menos clara. Si aterrizamos en la carrera más pronto que la mayoría, o nuestro aspecto es demasiado “juvenil” siempre hay alguien que nos mira por encima del hombro con cierto aire de superioridad. La veteranía es un grado, sin duda, pero cuando se llega hasta ahí es porque se está preparada. Ya h contado alguna vez que cuando llegué a mi primer destino, junto a otras compañeras tan pipiolas como yo misma, alguien dijo, medo en broma medo en serio, que necesitan fiscales, no niñas. Qué le vamos a hacer.
No obstante, la discriminación por edad más preocupante es la que tiene lugar con las personas de cierta edad, a veces tan sutil que casi no nos damos cuenta. Seguro que hemos oído referirse a abogados u otros profesionales mayores diciendo que es “un abuelete” y que esa es la razón por la que hace determinadas cosas o no hace otras. Especialmente significativo es lo que sucede con el uso de las tecnologías, a las que algunas generaciones hemos llegado tarde y mal y que hacen que los nativos digitales nos miren con una superioridad rayan a veces en la condescendencia. Un poquito de empatía () siempre sería de agradecer.
Cuando se habla de estos temas, recuerdo una anécdota que todavía me hace mala sangre. Estábamos en la sala de la Audiencia Provincial y presidía un magistrado muy conocido por su agrio carácter, por decirlo de algún modo. El abogado de la defensa era un hombre mayor, probablemente al borde de la jubilación, que no se caracterizaba por la rapidez de reflejos. Como quiera que llegó una cuestión previa de considerable complejidad, el abogado, entre la presión que suponía la fama del presidente y la dificultad de estudiarse en unos minutos lo que necesitaba mucho tiempo, comenzó a balbucear de puro nerviosismo. Y entonces fue cuando el magistrado le soltó un exabrupto que recordaré siempre como ejemplo de lo que no se debe hacer, y le gritó delante de todo el mundo que lo que debería hacer es volver a la facultad, porque no sabía nada. Ver a aquel hombre, que podía haber sido mi padre, al borde de las lágrimas, es algo que recordaré toda mi vida. Y no para bien precisamente.
La discriminación por edad ha tardado en tener reflejo en nuestro Código Penal. La reforma operada en la ley de protección de l infancia y la adolescencia en 2021, popularmente conocida como “ley Rhodes” que introdujo entre los motivos de los delitos de odio y en la agravante de la misma naturaleza, la discriminación por edad, junto a la aporofobia () de qu también hablamos en su día. No quiere esto decir que toda discriminación por edad sea un delito, como no lo es cualquier otro tipo de discriminación que no reúna los requisitos del tipo, pero tiene enorme importancia a la hora de visibilizarla.
No hace mucho, y en relación con el fallecimiento de una otrora famosa presentadora de televisión, sus hijas dijeron que se vino abajo cuando la apartaron de las cámaras por, seún ellas, razón de su edad. Y también hace poco, un ex presidente del gobierno achacaba el hecho de que no se le hiciera e caso que él demandaba, a la edad. Será o no verdad, pero ahí está, como factor.
Así que tendremos que tener muy en cuenta estas cosas cuando se aparte a las personas por su edad o no se les atienda del modo que requieren sus circunstancias, o deje de otorgársele alguna prestación a la que tengan derecho por esa misma causa. Pensemos en lo que ocurriría si un profesional sanitario le negara la asistencia o la pospusiera porque considere que no merece la pena, o si la orden viniera de una administración pública. Para pensarlo, y mucho.
No son los único supuestos. Recordemos la reacción que desencadenó -con razón- la campaña montada por una persona mayor para que la atención en los bancos fuera personalizada para aquellos que nada saben por su edad de ordenadores ni t4eclados. El lema, “somos mayores, no tontos” lo decía todo.
Por todo eso, hago una llamada a la reflexión, más allá de lo que dice el Código penal. Porque las personas mayores se han ganado a pulso nuestro respeto y nuca debe faltarles. Por supuesto, el aplauso es hoy para quine recoja el guante. Que ya voy cumpliendo años y tendré que abonarme el camino. ¿no?
En las relaciones entre las personas no siempre somos capaces de ser todo lo agradables que debiéramos. Más de una vez la educación brilla por su ausencia, y así nos va. Si siguiéramos, como sugiere el título de una película y su novela homónima, las Normas de cortesía, otro gallo nos cantaría. Porque, como dice el refrán, lo cortés no quita lo valiente.
En nuestro teatro, la cortesía está presente, aunque menos veces de lo que debería estar. El estrés de la profesión, los plazos, el colapso, y esas historias tan duras que forman parte de nuestro mundo hacen que más de una vez presenciemos salidas de tiesto que no vienen a cuento. Y es que la paciencia es una gran virtud, pero hubo quien hizo pellas el día que la repartían. Estoy segura.
En realidad, este estreno es, como sugiere el título, una deuda que contraje el otro día con dos abogadas, corteses y amables además de buenas profesionales. Y, medio en broma medio en serio, surgió la idea de este post, y aquí está el resultado.
Los hechos fueron los siguientes. Nos encontrábamos en una sesión de juicios que, por esas razones que nadie se espera pero que tantas veces ocurren, arrastraba un retraso considerable. El señalamiento estaba bien hecho, calculando los tiempos, todo el mundo fue puntual y ninguna circunstancia extraordinaria podía hacer prever que la cosa se retrasase, pero cada juico duró más de lo que habíamos previsto que durara -informes que se alargan, citación de testigos en el acto de la vista- y al final se arrastraba un retardo de padre y muy señor mío. Y aquí llegamos al momento que protagoniza la historia.
Quedaban dos juicios, uno de ellos se preveía largo, y era sin intervención del Ministerio Fiscal. El último era en rebeldía, es decir, que duraría muy poco tiempo. Yo le planteé a la jueza si podía adelantarse ese y ella, obviamente, me dijo que habría que ver qué decían las partes del anterior, que estaban en su derecho a que el suyo fuera antes, por largo que fuera. En mi descargo, añadiré que la demandante, a la vez que víctima -hablo de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer- también tendría que esperar mucho tiempo para que luego su juicio durara apenas unos minutos. Así que planteamos la cuestión a las abogadas del juicio presuntamente largo.
¿Y que pensaríais que dijeron? Pues eso, que ningún problema, que lo entendían. Con mi mejor sonrisa, les dije que las tendría presentes en mis oraciones. Y una de ellas, con una sonrisa todavía mejor que la mía, dijo que se conformaba con que le dedicara un post. Y la verdad, no solo me hizo mucha gracia, sino también mucha ilusión. Que mis reflexiones toguitaconadas den lugar a estos detalles tan simpáticos es un buen incentivo para seguir sentándome de cara al ordenador dos veces por semana.
En honor a la verdad, no es la primera ni espero que la única vez que me pasa algo así. Y en este caso he sido el sujeto pasivo de la cortesía, pero en otros trato de ser el sujeto activo, y tampoco tendría ningún inconveniente en ceder mi turno en el caso contrario. Pero no está de más decirlo. En este mundo tan polarizado, en que, por menos de nada, si le preguntas a alguien que cómo está, te contesta con un “pues anda que tú” tenemos que fomentar la armonía. Si no queremos hacer ricas a las farmacéuticas fabricantes de tranquilizantes y ansiolíticos, que ya ganan bastante.
Comentaba el otro día una buena amiga en twitter -perdón, X- que este mundo necesita más “buenos días” y gracias” y menos tensión. Y tenía toda la razón. Ese mismo día, la empleada de la gasolinera donde reposté me deseó un buen día y empujó al karma para que lo tuviera, lo aseguro.
Es un ejercicio fácil y barato. Y, además, según dice quien sabe, muscularmente cuesta más un gesto de enfado que una sonrisa Así que ¿por qué no lo ponemos en práctica desde ya? ¿por qué nos empeñamos en contar los pasos que damos cada día y no las frases amables? Así que, señoras y señores inventores, ingenien un sonrisómetro. Y a ver si alguna influencer lo pone de moda. En Toguilandia y fuera de ella.
Y con esto me despido por hoy. Ojalá este estreno sirva para que ejercitemos más la cortesía. Si es así, mi aplauso para quien la ponga en práctica. De lo contrario, hoy no tiraré tomates para no ser descortés. Pero nunca se sabe lo que pueda hacer mañana.
Hoy en Con MI toga y Mis Tacones os traigo un relato, con el que quise contar una historia de mujeres de todos los tiempos. No es una historia real, pero perfectamente podría serlo. El aplauso al estreno de hoy lo dejo en suspenso. El público es quien ha de decidir. Ya se sabe que el público siempre tiene razón
GENUFLEXIÓN
-Ya sabes, nos veremos en la Iglesia.
– ¿Y cómo sabré cuándo salir a tu encuentro? Yo iré con ellas, como siempre
-La señal será la genuflexión. Cuando me veas hacerla de cara al sagrario, será el momento de salir. Te esperaré en la puerta de detrás. No me falles
No había vuelto a entrar en una Iglesia desde aquel día. Y me había costado. En cuanto crucé el umbral, el olor a incienso me trajo aquella conversación antigua. Ya no olía a cera quemada. Las velas con bombillitas de encendido automático habían sustituido a los cirios de toda la vida, pero el resto era igual. Y yo, por un momento, volví a ser aquella chiquilla que fui. La chiquilla asustada y emocionada a un tiempo que nunca volvería a ser.
Por aquel entonces, en el pueblo pocas salidas teníamos más allá de ir a misa. Yo iba con mi madre y mis hermanas cada domingo, y nos turnábamos para acompañar a mi madre el resto de los días. Desde que mi padre murió en aquel accidente de tractor, la misa se convirtió en diaria para mi madre, y en obligatoria al menos una vez por semana para todas. Era curioso, aunque en casa nunca habíamos sido religiosos, aquel tractor que volcó tirando al suelo a mi padre, también volcó totalmente nuestras vidas. Especialmente la mía.
Me asfixiaba en aquel ambiente. Y me sentía mal por asfixiarme. Y eso me asfixiaba aun más en un bucle sin fin. Por eso cuando él apareció vi las puertas del cielo abiertas. Ignoraba entonces que las puertas del cielo se confundían demasiado a menudo con las del mismísimo infierno. Y allí fui de cabeza, y en él fui quemándome como las velas que ardían cada día en la iglesia del pueblo.
Era forastero. Procedía de un pueblo cercano, pero en aquel ambiente era como si hubiera llegado de Marte en una nave espacial que, en este caso, era un cochecito astroso que nos parecía el no va más de la modernidad.
Temblando de miedo y excitada como si fuera a cruzar el espacio, acudí a la puerta trasera de la iglesia, después de la genuflexión, el santo y seña. El me esperaba allí, con su cabello engominado y su traje varias tallas grande, que a mí me parecía que le sentaba como un guante. Me lo hubiera parecido aunque llevara puesto un saco de arpillera.
-¡Has venido! Dudaba de que llegaras a hacerlo
No habría faltado por nada del mundo
Me dejé llevar. El amor, el ansia de aventura y aquella asfixia que me atormentaba me habían dado alas. No le pregunté dónde íbamos, ni cuando llegaríamos. Confiaba ciegamente en él.
No sospeché nada ni siquiera cuando empezó a criticar mi vestimenta. Es más, pensé que tenía razón. Aquellas batas cosidas a mano por mi madre y cerradas hasta el cuello eran capaces de espantar la libido del más pintado. Pero él había sabido encontrarme debajo de ellas. Y eso me convertía en la más afortunada de las mujeres. O eso era lo que creí desde el primer momento en que me dirigió la palabra a la salida de misa y ante la cara de infinito reproche de mi madre.
Me dormí en el coche. Tal vez por eso todavía no soy capaz de identificar el apeadero donde nos metimos en un tren. Tampoco pregunté nada. Estaba ilusionada con esa nueva vida que me esperaba, lejos de iglesias, de batas abotonadas hasta el cuello y de la asfixia con la que me levantaba cada día.
Empecé a inquietarme cuando me dejó en aquella habitación con una mujer maquillada como una puerta. Iba vestida -o, mejor dicho, desvestida- con una cantidad de tela tan pequeña que con una bata de las que cosía mi madre hubieran salido veinte piezas. Pero tampoco la tela tenía nada que ver con las que usaba mi madre. Ni con ninguna otra que hubiera visto hasta entonces, salvo en las películas que de vez en cuando traían al cine del pueblo.
En cuanto a él, no tardó en cambiar. Conforme nos alejábamos del pueblo, su amor se desvanecía. Cuando llegamos al destino, ni siquiera le quedaba un ápice de amabilidad. Y, una vez me depositó, como si de un trasto se tratara, en aquel cuartucho, dio paso a la crueldad. Sin tapujos
-No sé a quién le puede ir ese rollo “cateta”, pero tendrás éxito entre un sector de nuestros clientes, esos que no se pueden quitar de la frente la marca de la boina aunque lleven un Rolex en la muñeca. Lo supe en cuanto te vi.
Me quedé perpleja. No daba crédito a lo que oía. ¿Clientes? No tenía ni idea de a qué clase de clientes se refería, ni cuál sería su negocio, pero no me gustaba. Tenía claro que esa música no sonaba bien. Desafinaba más que las beatas que cantaban a voz en grito en la iglesia del pueblo que había dejado atrás
Me dejó sola. Aquella mujer de la ropa minúscula se marchó con él, y solo me dirigió una frase
-Ve acostumbrándote. Esta noche te libras, pero mañana tú también trabajarás.
No quería ni pensar en qué consistiría aquel trabajo, pero estaba segura de que quería salir de allí. Y todavía era tan ingenua como para pensar que era libre para hacerlo. Sin embargo, no tardé en percatarme de que estaba encerrada. La habitación estaba cerrada a cal y canto y, además, había un tipo vigilando en la puerta, enorme y con cara de pocos amigos. No tenía salida. Quise gritar, pero nadie me oía. Quise llorar y no tenía lágrimas.
Estuve durante todo el día siguiente con un nudo en el estómago y otro en el alma, a la espera de saber en que consistía el trabajo del que él me había hablado. Mi compañera de habitación no abrió la boca, ni siquiera para despintarse de la cara ese rictus de amargura del que no podía desprenderse, aunque se le hubiera despintado todo el maquillaje. Aun no lo sabía, pero pronto tendría yo otro idéntico.
Vino a por mí apenas había anochecido. Me trajo un vestido tan mínimo como el de mi compañera. Picaba y olía mal, pero no me atreví a decir nada. Me lo puse sin rechistar, espoleada por un cuchillo enorme con el que él no dejaba de señalarme. Un rato antes me había dejado claro que no dudaría en usarlo si le desobedecía o trataba de huir. Y yo no tenía ninguna duda de que lo haría.
-Has tenido suerte. A este tipo lo que le gusta es que se la chupen
-¿Qué?
-Que se la chupen, paleta. ¿No vas a decirme que nunca has hecho una mamada?
-No -dije tragándome las lágrimas- Nunca
-Pues ya sabes. Te arrodillas, le desabrochas el pantalón, y te pones su polla en boca. Puedes hacer una genuflexión de esas, que la has ensayado mucho en la iglesia.
Aquel día aprendí a llorar para dentro, a tragarme las lágrimas para que nadie las notara. Y, por primera vez en mi vida, quise estar en misa de doce más que ninguna otra cosa del mundo.
No puedo decir que me acostumbrara a esa vida, pero sí que me resigné. Aquella solo fue la primera noche de muchas. Aprendí a hacer muchas otras cosas, con genuflexión o sin ella, y llegué a un punto en que solo rezaba a ese dios que me dejó tirada para que no me hicieran daño. Porque había tipos a los que les gustaba hacer sangre.
Y un día pasó lo que tenía que pasar. Me quedé embarazada, a pesar de que ponía los medios que me obligaban a usar para evitarlo. Pero, como decía mi madre, tanto va el cantarico a la fuente que al final se rompe.
Quisieron que abortara. Yo no sé si quería, pero nadie me pidió opinión y me llevaron a un sitio horrendo, lleno de sangre y de olor nauseabundo. Pero algo pasó, y no pudieron intervenir, así que me quedé con mi tripa y mi angustia. Aun no podía saberlo, pero ese día cambió todo.
Cuando tuve a mi bebé, su cuerpecito diminuto y tibio sobre mi pecho me inyectó la fuerza que nunca había tenido, la fuerza para salir de aquello. Costara lo que costara. Tenía que darle a esa criatura una vida mejor que ese simulacro que yo vivía desde el día que una genuflexión en la iglesia de mi pueblo torciera mi destino.
Lo intenté de diferentes maneras. Me arriesgué, incluso, a usar a alguno de mis clientes como medio para romper mis cadenas, pero aquello solo me supuso una paliza de la que casi no salgo viva. Hasta el día que una redada en el local en busca de droga fue mi tabla de salvación. Nos dijeron que permaneciéramos escondidas y calladas, pero yo me lancé en brazos del policía, le dije todo lo que sabía y le obligué a subir hasta las habitaciones donde una chica extranjera recién llegada se hacía cargo de mi pequeña, un bebé de solo unos meses, para que yo pudiera subir a darle de mamar. Eso me salvó.
Lo siguiente no fue fácil. Viví amenazada durante mucho tiempo, de escondite en escondite, temiendo por mi vida y, sobre todo, por la de la niña, pero dispuesta a darnos a ambas una oportunidad.
Costó, pero lo logramos. Me ayudaron a forjarme una nueva vida, y me proporcionaron trabajos de limpieza y cuidado de personas mayores que daban para seguir tirando. Conseguí que mi hija pudiera estudiar y labrarse un futuro. Y, al final, puedo decir que fuimos felices durante bastante tiempo, aunque confieso que nunca me quité de encima una sensación de asco de mí misma que me asfixiaba como me asfixió en un día muy lejano el olor a incienso y a cera quemada de la iglesia de mi pueblo.
Mi abuela me contó todo esto de tirón, sin que una sola lágrima saliera de sus ojos, pero con la cara más triste que haya visto nunca
-Y esta es la razón por la que nunca hemos tenido más familia. Los lazos de sangre se rompieron el día que, con una genuflexión como santo y seña, dejé mi pueblo. Desde entonces nunca volví a entrar en una iglesia. Hasta hoy. Porque también en eso ella me ha hecho cambiar. Incluso después de muerta.
Mi madre había dejado este mundo después de una corta pero contundente enfermedad que se la llevó en apenas unos meses. Mi abuela, casi centenaria pero con la lucidez de una treintañera, se lamentaba una y otra vez con sus lágrimas lloradas hacia adentro
-Ninguna madre debería sobrevivir a sus hijos
Y tenía razón.
Lo que no le conté nunca es que, a pesar de que traté por todos los medios de contactar con nuestra familia de sangre, nunca la perdonaron a ella y se negaron a tener relación alguna con su hija ni conmigo, su nieta.
Cuando, días después del entierro de mi madre fui al pueblo y entré en su iglesia, me giraron la cara. Por supuesto, después de hacer la genuflexión de cara al sagrario.
Había desobedecido a mi abuela, que me hizo prometer que jamás haría una genuflexión, pero fue la última vez. Nunca más me arrodillé ante nada o ante nadie. Ni siquiera cuando, unos meses después, mi abuela nos dejara para siempre. La lloro a diario, pero nunca me arrodillaré ante su tumba. No me lo perdonaría.