Libertad: no tomemos su nombre en vano


         Como he sido una niña de la Transición, nacida en el franquismo con todo lo que ello suponía, siempre que oigo la palabra “libertad” canturreo rápidamente “libertad, libertad, sin ira, libertad”, una canción del grupo Jarcha del año 75, pegadiza y con aires folklóricos, que se convirtió en la banda sonora de una época. La libertad, entonces, era una palabra sacrosanta, y así ha ondeado en el título de varias películas. Grita libertad, Dulce libertad, Nacida libre o, sencillamente, Libertad. Una palabra que, además, era el nombre de la amiga diminuta de Mafalda, con todo lo que supone.

En nuestro teatro la libertad se escribe con letras mayúsculas. Es el derecho por antonomasia que, además, tiene diversas variantes según el apellido. Libertad de circulación, de reunión, libertad ambulatoria, libertad religiosa o de culto y, por supuesto, libertad de expresión, el santo y seña de cualquier democracia.

Los derechos fundamentales y las libertades públicas vienen recogidas en nuestra Constitución y son, además, objeto del mayor grado de protección, tanto por los tribunales ordinarios como por el Tribunal Constitucional a través del recurso de amparo.

La libertad es una palabra con múltiples facetas. Una de ellas es la que contrapone libertad a esclavitud, la privación de libertad más absoluta. La esclavitud existió en muchas sociedades y fueron muchas las personas que dieron su vida para abolirla en distintos puntos del mundo, aunque siempre se nos vengan a la cabeza las plantaciones del Sur de Estados Unidos y, por supuesto, la Guerra de Secesión, que acabó, por fortuna, con ella. No obstante, no olvidemos que todavía quedan situaciones de esclavitud en el mundo, tanto laboral como esa lacra terrible de la esclavitud sexual, tan relacionada con la trata de personas y la prostitución.

No obstante, cuando en Toguilandia se habla de libertad,  casi todo el mundo piensa en lo mismo, en esa libertad que es el antónimo de la prisión, sea como medida cautelar o sea como pena. Siempre que pienso en ello me acuerdo de un juicio donde, dilucidándose varios años de prisión por tráfico de drogas, en el momento álgido de la declaración, sonó el móvil de una de las personas que se sentaba entre el público. La sintonía no era ni más ni menos que la canción de Los Chichos cuyo estribillo, a ritmo de rumba, repite una y otra vez eso de “libre, libre quiero ser quiero se quiero ser libre”. Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para aguantar la carcajada, pero lo conseguimos. Y no resultó premonitorio, desde luego. Los acusados se marcharon derechitos al mismo centro penitenciario del que habían venido conducidos, aunque la prisión pasó de ser provisional a estar más cerca de ser definitiva, a falta de recurso. No hubo suerte tampoco en segunda instancia para el fan del trío rumbero.

Lo que sí hay que aclarar una y otra vez es que en España no existe la libertad con cargos y sin cargos. Eso es una cosa del proceso americano y por eso la oímos en las películas, aunque a la prensa le encanta. La libertad es provisional o definitiva, condicional o no, con fianza o sin ella. Lo de los cargos es una carga lingüística con la que nos toca bregar siempre.

Por otro lado, las causas donde se juega la diferencia entre libertad y prisión son preferentes y de máxima urgencia, Tanto, que, desde la perspectiva de quienes habitamos Toguilandia, pueden convertirse en la peor pesadilla cuando aterrizan en nuestra mesa justo antes de irnos de vacaciones o, lo que es peor aún, cuando el compañero o compañera a quien le correspondía está de vacaciones porque toca apechugar con ella. Gajes del oficio. Tanto que más de una vez usamos el juego de palabras que la convierte de causa con preso en causa con prisa.

En estos tiempos que nos ha tocado vivir, la libertad ha sido una de las víctimas del covid. Permanecimos encerrados durante un tiempo, con restricción de la libertad ambulatoria, y hasta ahora se han seguido manteniendo en mayor o menor medida de restricciones parciales por razones de salud y bajo el paraguas del instrumento jurídico adecuado, el estado de alarma. Algo que estudiábamos durante a carrera y la oposición y nunca pensamos que fuéramos a vivir, y mucho menos durante un año. Y es que nunca me cansaré de repetir eso de que la realidad siempre supera la ficción, incluido en el ámbito del Derecho.

En cualquier caso, la libertad que no se regula en ningún sitio es la de tomar una cerveza. Oyendo y leyendo alguna de las cosas que se leen y oyen cualquiera pensaría que es el súmmum de la libertad. Pobres de nuestros antepasados que lucharon y hasta perdieron la vida por ella si vieran el uso tan frívolo de la palabra.

Ya solo queda el aplauso. Y hoy se lo daré, con mucho gusto, a quienes usan la palabra “libertad” en su justa medida, sin banalizarla y ensuciarla. Ha costado mucho lograrla para frivolizar con ella.

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