Vestimenta: con togas y a lo loco


           No podemos negar la importancia que tiene el vestuario para juzgar la calidad de una película u obra de teatro. De ello depende en gran parte su éxito. Y no solo de eso. La ambientación, el maquillaje o la caracterización junto con el vestuario son tan importantes que tienen su reflejo en todos los grandes premios cinematográficos. Sean películas de época, de guerra, o futuristas, la vestimenta adecuada es gran parte de la fórmula del éxito. Recordemos a Ben Hur, a cualquiera de las numerosas películas sobre la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española o los trajes espaciales o de robots del futuro. Aunque, por elegir, yo me quedo con dos momentos del cine en que de la nada sale un traje maravilloso. El vestido que Escarlata O’Hara hace con las cortinas en Lo que el viento se llevó, y el que se confecciona Carmen Maura en Ay Carmela con la tela de un colchón.

         En nuestro teatro la vestimenta tiene una gran importancia. Tanta que no es la primera vez que dedicamos un estreno a la misma. Ya se habló del vestuario , con la toga y las puñetas como elementos estrella, y también del maquillaje Pero quedaron algunas cosas en el tintero. Y hoy quería traerlas, con un matiz nuevo, el de vestimenta, y las aportaciones de varios compis tuiteros que valen su peso en oro.

         Contaba mi compañero y amigo Javier Montero una anécdota muy divertida que, aunque parezca de hacer varios siglos, no es de hace tanto. Decía que fue a Fiscalía un fiscal con su traje de chaqueta oscuro e impoluto y una igualmente impoluta camisa blanca con una suave estampado de finas rayas verticales, y fue recibido con gesto torcido por su fiscal jefe. Tras examinar su vestimenta, le preguntó si acerca de si el fiscal iba a trabajar o a hacer deporte, como si lo de las rayas fueran el no va más del atuendo deportivo. Hablamos de la década de los 60, pero, aunque las cosas han cambiado mucho, todavía nos queda mucha caspa por limpiar. Y es que no olvidemos que el Reglamento del Ministerio Fiscal todavía es el de 1969 y, aunque muchos preceptos han devenido inaplicables por inconstitucionales y obsoletos, su lectura nos hará sonreír a más de uno y una. Sin ir más lejos, nadie se planteaba que algo tan escandaloso como una mujer irrumpiera en la carrera fiscal.

         Pero hay anécdotas más actuales que también tienen su miga. Una forense a la que me une una relación muy personal suele contar que un día le llamaron la atención por ir a informar a Sala con pantalones, a pesar de que estaba de guardia y mal casa levantar un cadáver o hacer una autopsia con ir vestida de domingo. Por supuesto, explicó la circunstancia y pudo informar. Le aceptaron la justificación, pero a regañadientes.

         A decir de otro compañero, cuenta la leyenda que un fiscal aparció en vaqueros y camiseta a presentarse ante el fiscal jefe. Ante la sorpresa de este, el fiscal bisoño le respondió: no te preocupes, que son de marca. Y es que hay quien desde el primer momento tiene personalidad. Por llamarlo de un modo fino.

         También me cuentan casos de aquellos tiempos no tan lejanos en que nos miraban de cabo a rabo cuando íbamos a jurar el cargo. De hecho, otro compañero comenta que uno de los cuatro fiscales que iban hacerlo recibió una reprimenda del presidente de la Audiencia. La cosa, sin embargo, no tuvo más trascendencia porque con el tiempo el ínclito llegó a ser fiscal jefe. Y es que ya se sabe, renovarse o morir.

         Lo que yo recuerdo, y que ya conté en su día, es que en mis primeros tiempos de fiscal me veía obligada a vestir de revisor de tren. Traje de chaqueta entre negro, azul marino y gris, con su camisa blanca –aunque me atreví, oh osadía, a que tuviera rayitas-, medias y discretos zapatos de tacón. Poco a poco fui subiendo el tono de trajes y tacones, y hasta me animé a llevar vestido o pantalones. Hoy, la verdad es que llevo hasta vaqueros para trabajar, aunque si tengo que ir a sala procuro ir orgánica. Aunque lo de “guardar sala” y volver a disfrazarme de revisora de tren no lo haya vuelto a hacer.

         También cuenta una abogada que, en su día, se llevó alguna reprimenda de Su Señoría a causa de no llevar corbata con su tripa de embarazada, porque decía que “la toga y la corbata habían de llevarse con dignidad”. Como si fuera indigno el embarazo y el magistrado hubiera nacido de una coliflor. Pero, por fortuna, al menos en eso hemos avanzado. O eso espero. Y por cierto, el hijo de mi amiga hoy ya tiene edad de llevar toga, como también la tiene mi hija, aunque no sea ese el camino que ha elegido. La de la fotografía que ilustra este estreno es la única toga que llevará

         Por su parte, me recuerda una letrada de la administración de Justicia que en el 2014 el Consejo de Ministros aprobó un anteproyecto de reforma de la LOPJ que establecía como obligación para los LAJ “el incumplimiento del deber de vestir y comportarse con el decoro adecuado a su función”. Insuperable hablar de “decoro” en pleno siglo XXI. Si vamos al diccionario, se define como comportamiento adecuado y respetuoso correspondiente a cada categoría y situación” algo que, la verdad, no hacía falta decirlo Como si los laj vinieran cada día en pijama o traje de baño, vaya.

         No obstante dio para muchas risas, y no era para menos. Entre otras cosas porque los indecorosos –y las indecorosas, faltaría más- eran solo los LAJ. Según aquel texto, como ese decoro no afectaba a jueces y fiscales, nos podríamos permitir el lujo de ir en deshabillé bajo nuestra negra toga, y nadie nos sancionaría. Como hacía aquel inolvidable protagonista de la serie Juzgado de guardia.

         La cuestión es que estas cosas, que parecen rancias y arcaicas, a veces no lo son tanto. Todavía quedan señorías que no miran demasiado bien a un letrado sin corbata o a una fiscal minifaldera. Y, por regla general, ya sabemos bien cómo hemos de vestirnos. Máxime en épocas como la presente en que el covid justifica la ausencia de toga. Hay que ponerse decorosos, que ya no hay batín negro para taparnos.

         No me despediré sin aludir a un nuevo fenómeno respecto de la vestimenta causado por la pandemia, con sus secuelas de confinamiento y teletrabajo. Cuidado con lo que llevamos que, con la creencia de que solo se nos ve de cintura para arriba, nos podemos arriesgar a levantarnos y que se descubra el pastel. Así me cuenta que le pasó a una compañera, con pantalón de pijama pero impecable camisa blanca, peinado y maquillaje. Mientras hacía una videoconferencia así ataviada, la llamó su hijo y, levantándose como un resorte, olvidó que la parte inferior de su vestuario no era tan impecable. Y aun tuvo suerte. Estoy segura que en más de un caso podría ser peor.

         No me queda más que el aplauso para bajar el telón de hoy. Y va dirigido, sin duda, a los compañeros fiscales, forense, letrada y laj que me han prestado sus vivencias. Mil gracias una vez más.

Un pensamiento en “Vestimenta: con togas y a lo loco

  1. Confieso que no voy a las Sedes Judiicales como si asistiera a una boda, bautizo o primera comunión, pero nunca he acudido con pantalones vaqueros, chanclas (muy incomodas para caminar largos recorridos y subir escaleras) ni botas ni botines. Siempre he calzado unos zapatos que me permitan, particularmente ahora que circulo con el coche y evito los ascensores subiendo las escaleras. Igualmente, mi vestuari es correcto para las vistas celebradas en ZOOM, incluso en una que fue en el coche porque se me había olvidado. Termnio, lo que le pasó a un compañero procurador que una letrada le cazó a lazo en el Salón de Notificaciones para una sustitución, era Julio y él vestía chaqueta y patalón de traje, pero sin la corbata y la Señoría no le permitió sentarse en el Estrado por no vestir la corbata y él lo aceptó de buen grado y se disculpó a su Señoría. Concluyo, por el respeto a nosotros mismo y a las instituciones que representan la Adminstración de Justicia, se debe guardar el decoro.

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