Argot (III): polisemia toguitaconada


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  Las ambigüedades lingüísticas y los juegos de palabras son un recurso ingenioso y resultón para  títulos de películas, obras teatrales o novelas, como la propia Juego de palabras. Otras veces, se cambia parte de una frase o palabra conocida para tratar, con mayor o menor éxito, que el título resulte ingenioso, como hace el Disputado voto del señor Cayo. Un recurso que, además, fue muy utilizado en el cine español de la época del destape, con títulos como Los extremeños se tocan, Al este del oeste o La Lola nos lleva al huerto. Cosas de la época…o no

Nuestro teatro es muy dado a utilizar términos que, aunque ya existen, tienen un significado distinto del habitual, dando lugar, más de una vez, a situaciones hilarantes. Ya hablamos de algunas de las cosas de nuestro argot, en los dos pasados estrenos, pero aún se quedaron otra en el tintero, sobre todo relacionadas con estas ambigüedades a que hacía referencia.

Para empezar, pensemos en cómo llamamos a los mamotretos con los que vamos a juicio. Es cierto que muchas veces se emplea el término “expedientes” que resulta bastante lógico, pero otras les llamamos de formas que no hay quien nos entienda. Hablamos de “causas”, cuando en realidad de lo que se trata es más bien de consecuencias, por que se trata de dar fin al proceso. Más simpático aun es lo de referirnos a “actuaciones” como si hubiera un escenario donde se desarrollara el juicio, además del que da lugar a este blog. Pero no es de extrañar, cuando a una de las partes se le llama actor, algo que ha motivado más de una anécdota. Cuando se le llama a gritos, con eso de “que pase el actor”, más de una vez me he encontrado que el susodicho protestaba porque él era albañil, representante o tornero fresador, pero nada de actor. Algo que también pasa cuando nos dirigimos a quien declara como el dicente, que insiste en que no, que se llama Gregorio, que él no es Vicente y que igual lo confunden con su primo del pueblo, que son clavaditos, oiga. Por supuesto, del poderdante ya ni hablamos, que lo del apud acta son palabras mayores, sobre todo cuando una piensa que ya no hay actas como tales

No obstante, la reina de las denominaciones de los expedientes judiciales es la de “rollo”, como llaman en las Audiencias a los procedimientos. Y, las más de las veces, con muchisima razón, que menudos tostones hay que aguantar de vez en cuando -guardadme el secreto-. Pero que nadie se engañe, que no se llaman “rollo” por eso, ni porque vayan enrollados a ningún sitio, que de eso nada. Lo que sí he visto alguna vez es que lo de “atado con cuerda floja” sea literal, aunque cada día se vea menos, sustituido por unas tristes grapas que no tienen ni la mitad de salero. Dónde va a parar.

Otra cosa que también llama la atención, especialmente a las criaturas con las que conciliamos, es la existencia de piezas. Cuando mi hija era pequeña, la pillé con el colorín a punto de rayar en una causa. Le dije que no se podía, que era una pieza del asunto que mamá estaba despachando. Terrible error el mío, al usar muestra terminología, aunque fuera de un modo inconsciente. Ella me dijo, y con toda la razón, que eso no se parecía ni de lejos a las piezas del Lego. Aunque hay que reconocer que a veces, cuando se tratan de encajar, sí que tienen cierto parecido a las del Tetris, porque hay que hacer malabarismos para que las cosas funcionen ¿o no?

La verdad es que a veces con estas cosas nos ponemos muy eufemísticos. Hablar de la situación personal suena mucho mejor que aludir a prisión o libertad, y decir que una se abstiene o que plantea una declinatoria que decir, siempre y llanamente, que esto no me corresponde. Aunque, para decir algo fino, nada como los fiscales cuando reproducimos por vía de informe, un pasapalabra jurídico en toda regla.

Y, hablando de fiscales, que de vez en cuando está bien arrimar el ascua a mi sardina, la gente suele desconocer dos de nuestros papelillos -que no papelinas, no se confunda nadie- más importantes. Uno de ellos es el extracto, que no es el papel del banco con los ingresos y gastos, sino un resumen de la causa de modo que, aunque no vaya a juicio quien calificó (cosa que ocurre casi siempre) tenga una cumplida idea de la cusa sin necesidad de leerla entera. Un buen o mal extracto hace que te acuerdes del compañero y sus ancestros en uno u otro sentido. Verdad verdadera.

El otro papelillo, es el estadillo, aunque mas bien debería llamarse “el pesadillo”, por lo plúmbeo que resulta hacerlo, y porque, si no lo hemos rellenado a tiempo, puede afectar a nuestra capacidad de conciliar sueño. Se trata del impreso de estadística mensual, del que ya hablé -o mejor dicho, del que ya despotriqué- en el estreno dedicado a los absurdos  y sigo acordándome de los ancestros de quienes lo inventaran cada vez que llega el momento de rellenarlo.

Y si hasta aquí me he referido a los papeles y a las cosas que hacemos, ahora aludiré a quienes las hacemos. Porque, además de los que conocemos, hay unos jueces y fiscales que mucha gente desconoce. Se trata de los JATS,  y de los FATS , que, aunque parece un nombre en clave, no es otra cosa que jueces o fiscales de adscripción temporal, aunque se hayan consolidado mucho más en la carrera hermana que en la nuestra. Se trata de un apaño que hicieron para cubrir plazas sin necesidad de rascarse el bolsillo con sustitutos, pero que nadie se olvide que son titulares y, a veces, con mucha antigüedad, aunque carecen de órgano propio y van cambiando de sitio según las necesidades. Otros, parecidos pero no iguales, son los jueces paralelos que nada tienen que ver con los juicios paralelos aunque  la terminología pueda llevar a engaño. Se trata de casos en que es necesario más de un juez o jueza para llevar un juzgado por alguna circunstancia especial, como la llevanza de una macrocausa, y en los que el Consejo hace como con los petit suisse, darnos dos. También se llaman de refuerzo, y aunque pueda recordárnoslo el nombre, no tienen que ver con el primo de Zumosol, aunque bien pensado podrían ser la versión toguitaconada del mismo

Y hasta aquí esta nueva entrega sobre nuestro argot. De nuevo daré el aplauso a quienes me han proporcionado todas estas joyitas. Diría que pongo fin a la trilogía, pero Toguilandia da para mucho y, como decía Bond Nunca digas nunca jamás. Por si las moscas

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