Diagnóstico: ¿qué me pasa, doctor?


DR HUESOS

Entre los temas que más gustan al público se encuentran, sin duda, las tramas médicas. Un hospital, la más modesta consulta o el más sofisticado laboratorio proporcionan el entorno perfecto para todo tipo de argumentos, desde la intriga científica de Coma, Contagio y muchas otras, hasta la comedia en Qué me pasa Doctor. Pasando, por supuesto, por series de lo más variado en cuanto a género o procedencia: Médico de familia, Urgencias, Hospital central, Ramón y Cajal, House, La Doctora Quin, Anatomía de Grey, Bones o The Good Doctor, por citar algunas.

En nuestro teatro tenemos nuestros propios médicos, las y los forenses, aunque también hay otras muchas interrelaciones con el mundo de la sanidad  Pero hoy no vamos a hablar de las batas de dentro, sino más bien las de fuera. Y no, no me refiero a la toga, aunque alguna vez me hayan llamado “la señora del batín negro”.

Lo que trato aquí de abordar es algo que deberíamos aprender de la profesión médica: que un buen diagnóstico es primordial para tratar una enfermedad, y de que sea bueno y, además, precoz, depende en un porcentaje altísimo la curación del mal. Si no es así,podrán ponerse tiritas, como al Corazón Partio de Alejandro Sanz, y podremos ponerle La venda como el eurovisivo Miki, pero no lograremos la curación.

Así que me voy a colocar el fonendoscopio toguitaconado y al ruego de “diga 33” voy a atreverme a hacer un diagnóstico de los males de nuestra Justicia. O de algunos de ellos, que esto es un blog y no la enciclopedia Espasa.

El primer diagnóstico seguro que no sorprende a nadie. A la pobre Justicia, la pariente pobre de todos los ministerios, le hace falta inversión. Para dedicar, por supuesto, a medios materiales  y personales -por más que ahora las convocatorias hayan  aumentado por fin- Da mucha penica ver las cosas que pasan como ocurría en una sede de juzgados que compartía edificio con la Delegación de Hacienda respectiva, cuya fachada era una alegoría de la realidad. La mitad derecha, ocupada por el Fisco, estaba recién pintada, limpia y reluciente; la mitad izquierda, la nuestra, había visto la última mano de pintura hacía más de una década y los desconchones estaban a la orden del día.

A ello hay que sumar, sin duda alguna, la eficiencia .Porque no solo de pan vive el justiciable, y no solo hay que asignar recursos sino hacerlo de un modo eficiente. En Casa Nostra, por desgracia, pecamos de lo contrario, y chapuzas como la digitalización en general o Lexnet en particular son el vivo ejemplo de  todo lo contrario. Es como si hubieran comprado una partida de antibióticos para acabar con un virus cuando se trata de una bacteria y, además, los adquiridos a buen precio lo fueron a punto de caducar.

Otro de los  males que veo a diario, ya en una zona mucho más pedestre, es la excesiva derechopenalización de cualquier cuestión, incluso no jurídica. El dicho popular que para quejarse de algo, dice que es de juzgado de guardia, ha hecho mucho daño, lo aseguro. Si nos descuidamos, nos denuncian en el juzgado de guardia cualquier cosa que imaginarse pueda, desde la colocación de un toldo diferente del resto de la comunidad de vecinos, haciendo alarde de una insumisión vecinal de órdago, hasta un grifo abierto en el piso de arriba. Y, por supuesto, toda clase de insultos, vejaciones, humillaciones y molestias, o las que la presunta víctima entiende como tales. Juro que he visto como denunciaban a un médico forense porque “miraba mal” al explorado, un interno en un centro penitenciario. Y es que las caídas de ojos dan para mucho y hay quien debe tomarse al pie de la letra eso de que “si las miradas matasen” porque no son una ni dos las denuncias que he visto porque, según el denunciante,  con la mirada le estaba amenazando/insultando/acosando o cualquier otra cosa. A este problema, que he diagnosticado como derechopenalización, la solución es bien clara desde hace mucho. El famoso principio de intervención mínima, que significa que el recurso al castigo que supone el Derecho Penal solo ha de utilizarse en casos muy concretos, solo cuando los hechos tengan encaje en el Código Penal y como modo de gestionar el fracaso que cualquier medida preventiva anterior ha supuesto. El problema es que se usa poco y se comprende menos. Y que,como no sabemos explicar las cosas, el justiciable se queda con la sensación de que no nos ha dado la gana hacer nada, en vez de explicarle que hay otra vía que es la adecuada. El ejemplo típico, la caída en una vía pública por causa de un socavón por obras. Denunciar al Ayuntamiento -al margen de que en algún caso pueda haber algo más- no es práctico ni eficaz, pero si no explicamos que eso se archiva en la vía penal pero que hay otra más adecuada -contenciosa o civil-, la persona que se partió la crisma en el socavón se queda con la impresión de que no le hemos hecho ni caso.

Esto me lleva a otro diagnóstico, del que ya he hablado muchas veces y que es parte del origen de este blog. Las deficiencias que tenemos en el modo de comunicar y de “vendernos”. Y ojo, que no se trata -o al menos, no solo- de la labor profesional de gabinetes y portavoces  sino de algo mucho más pedestre y sencillo. Poder explicar a quien lo reclama en particular y a la opinión pública en general por qué se hace esto y no aquello o en qué consiste la actuación realizada o el procedimiento a seguir. Nos ahorraríamos más de una crítica y muchos disgustos. E insisto, no hay que confundir secreto de sumario con secreto de confesión.

Esto es tan importante que, aunque mucha gente lo ignora, entre las funciones del Ministerio Fiscal establecidas en nuestro Estatuto Orgánico se encuentra la de “informar a la opinión pública”. No estaría nada mal, en los tiempos que corren en que fakes y desinformación son la otra cara de la moneda de las tecnologías de la información y la comunicación con todas sus ventajas, aplicarnos el cuento a nuestra día a día en Toguilandia. Así lo hacen en twitter algunos compañeros y compañeras con excelentes resultados.

Por todo eso, el aplauso de hoy es múltiple. Dedicado para quienes saben diagnosticar el mal y tratan de ponerle remedio, de explicarlo o de denunciar las carencias ante quien corresponda. Difícil pero posible.¿O no?

Y hoy, una ovación extra. La dedicada a la imagen que ilustra este estreno, confeccionada por mi hija Lucía para dar vida al Dr, Huesos, un personaje nacido en mi cuenta de twitter que cualquier día se da un paseo por nuestro teatro.

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