
Hoy, en nuestro teatro, un cuento relacionado con mascotas y custodias. O tal vez sea más que un cuento. Que cada cual decida
SALOMON
Cuando por primera vez me encontré sola en casa con Salomón, me di cuenta de la enorme tontería qe había cometido. Allí estaba yo, que siempre había odiado los animales, teniendo que hacerme cargo de un enorme pastor alemán que no sentía ningún afecto por mí, me llenaba la casa de pelos e impregnaba mi coche de un olor intenso que no se iba por mucho pinito verde que colgara del retrovisor. Y todo, por mi tozudez.
Salomón no hacía ningún caso a lo que yo le mandaba, o, mejor dicho, le suplicaba. Nada de tumbarse o levantarse, irse o venir o bajar o subir cuando yo se lo decía. Salomón me ignoraba olímpicamente, mirándome con las orejas enhiestas, y se tumbaba panza arriba como si la cosa no fuera con él. Hasta hubiera jurado que se reía de mí.
Pero, claro, también él tenía sus razones. Para empezar, ni siquiera se llamaba Salomón, y yo había decidido cambiarle el nombre unilateralmente porque me había dado la gana. Y así me lucía el pelo.
El verdadero nombre de Salomón era Seven. Mi pareja y yo le pusimos así, en un arrebato de romanticismo que hoy se me antoja ridículo, porque ése era el nombre del local en que nos conocimos, precisamente un 7 de Julio. Pero ahora ya no éramos pareja sino, en honor a la verdad, más bien enemigos, y Seven se convirtió en el instrumento de mi venganza. El me dejó tirada por un clon de la muñeca Barbie y, cuando nos vimos obligados a repartir la casa y todos los bienes qe teníamos en común, mostró un enorme interés por quedarse con el perro que habíamos adquirido juntos. Así que, herida y despechada, decidí pelear por quedarme con Seven. Y me metí en una absurda batalla legal que acabó asignándonos al perro por mitad, en períodos de quince días. Por eso le llamé Salomón.
Pero ahora que ya estaba consumada mi pírrica victoria, me encontraba con que me tocaba apechugar con un perro que me ignoraba, al igual que yo a él, pero que requería un montón de esfuerzo que perturbaba mi vida. Había que sacarle a pasear, que comprarle comida, que ponerle un bebedero con agua, que llevarlo al veterinario y, sobre todo, que conseguir que no destrozara mi casa con sus patazas ni me llenara de pelos el sofá y hasta la cama. Todo a cambio de haber visto la cara de contrariedad de él cuando le dijeron qe había perdido la mitad del perro.
La verdad es que, visto así, la cosa no compensaba en absoluto y maldecía el día en que me empeñé en pelear por la custodia del perro antes llamado Seven. Y, de paso, me preguntaba por qué no haría caso a los consejos de mi madre. Pero probablemente, ésa fuera una de las razones que me llevaron a meterme en este berenjenal, contradecir aquello que me decía mi madre. Así que, imposible pedirle ayuda ni lloriquearle. Si algo había peor en el mundo que ocuparme de Salomón, era aguantar cómo mi madre me decía hasta un millón de veces aquel “ya te lo dije” que, desde mi más tierna infancia, me ponía enferma.
Por ello, como no me quedaba otra, decidí enfrentar mis quince primeros días de custodia de Salomón sin más ayuda que Internet y amor propio, ya que siempre había sido él quien se ocupaba de estos menesteres. Como no podía ser de otra manera, fue un desastre que no sólo colmó mi paciencia sino que a punto estuvo de llevarse a Salomón para el otro barrio antes de cedérselo a su otro medio dueño.
Pese a que me había propuesto ser una enérgica ama que no consintiera nada al perro, el primer día arrojó como saldo un almohadón destrozado, mi maravilloso sofá de piel lleno de arañazos, y la cama cubierta de pelos porque se empeñó en dormir en ella. Para colmo, decidí no sacarlo a la calle si lo pedía como castigo y, cuando me di cuenta que necesitaba salir por razones obvias, llegué tarde y a duras penas logré que hiciera sus necesidades fuera de mi casa. Y, claro está, me tocó limpiar con una fregona el rellano y el ascensor, que subía y bajaba mientras los vecinos disimulaban sus risas al verme recoger todo aquel desastre mientras trataba en balde de sostener a Salomón con la otra mano.
El primer paseo también fue un espanto. Lo que teóricamente iba a ser un bucólico paseo por el parque se convirtió en un espectáculo humorístico para todos menos para mí. Yo había leído en varias revistas que los perros eran una excelente excusa para ligar, así que me puse un vaporoso minivestido y me calcé mis sandalias de tacón dispuesta a encontrar al hombre de mi vida, que escogería entre todos los que se me acercaran con el reclamo de mi elegante perro. Pero Salomón se empeñó en ser todo menos glamuroso. Primero, se puso a correr como pavo sin cabeza detrás de una birriosa perrita callejera. Traté de trotar con él sin soltar la correa, pero mis altísimas sandalias no eran capaces de seguirle el paso y acabé en el suelo, en una suerte de esquí acuático en que Salomón ejercía de la más veloz fueraborda que imaginarse pueda. Como resultado, mi vestido hecho jirones, un tacón roto y el trasero lleno de cardenales. Mientras, Salomón jugueteaba feliz con la astrosa perrita. Pero debió pensar que no me había humillado bastante, así que decidió descargar su estómago en mitad de la acera. Yo estaba dispuesta a disimular y salir corriendo, pero una amable ancianita me recordó que debía recoger aquello. Entonces, me percaté que había olvidado coger aquel extraño paquetito con bolsas que se encontraba entre las pertenencias con las que me entregaron a Salomón y, lo que es peor, caí en para qué servían. Y, como no tenía ni un maldito pañuelo de papel en mi monísimo bolso, hube de coger lo único que tenía a mano, un ticket de compra, para recoger el regalo que mi lindo perro había dejado en la acera. Cuando volvimos a casa, no quise ni levantar la vista a unos cuantos viandantes que me aplaudían, muertos de risa, mientras Salomón galopaba alegremente. Porque, evidentemente, era yo quien volvía con el rabo entre piernas. Ni que decir tiene que jamás he vuelto a ese parque, aunque ahora he de andar un par de kilómetros para conseguir llegar a otro, dando, por supuesto, un rodeo qe me evite volver a pasar por ahí.
Con la comida no nos fue mucho mejor, pero esa vez fue Salomón quien se llevó la peor parte. Le compré unas bolitas que vendían en el supermercado, y se las puse en el comedero que le había comprado. Según la etiqueta, hacían felices a todos los perros pero, como la excepción siempre confirma la regla, resultó que Salomón fue la excepción y se negó siquiera a acercarse a ellas. Y, mientras tanto, saltaba como un loco tratando de dar alcance a mi plato de comida. Así que me harté, y acabé dándole un muslo del pollo con arroz que yo tenía por menú. Al fin y al cabo, todos los perros comían huesos, o al menos eso salía en los dibujos animados. Efectivamente, Salomón parecía encantado con su muslito, hasta que de repente, el hueso había desparecido, y Salomón empezó a emitir unos sonidos muy extraños que no me gustaron nada, mientras se refregaba contra el suelo.
Salomón se había atragantado, y yo no sabía qué hacer. Pero lo que tenía claro es que no quería que se me muriera. Sería el hazmereir de mi ex y su Barbie oxigenada, mi madre me repetiría cien mil veces que ya me lo advirtió, y a mí, la verdad, me sabía mal por el pobre perro. Una cosa es que no me gustara, pero acabar con él me parecía excesivo. Así que busqué a toda prisa en Internet un veterinario de urgencia, peleé para conseguir llevarlo hasta mi coche y meterle dentro y encontré el veterinario en cuestión no sin esfuerzo. Efectivamente, se había atragantado, y le tuvieron que hacer algo así como un lavado de estómago que tuve que pagar a precio de oro.
Al cabo de unas horas, volvimos a casa, con Salomón a dieta, y la advertencia del veterinario que el perro debía salir aún más veces de lo normal a la calle a hacer sus necesidades. Y que tenía que tomar una pastillitas que a saber cómo me las tendría que ingeniar para que tomara. Y cuando el pobrecito apoyó la cabeza en mi regazo, todo se me vino abajo, y empecé a llorar y llorar. Y, como una idiota, le conté a Salomón lo dolida que estaba por la traición de él, que llevaba una larguísima temporada viéndose con ella a mis espaldas mientras yo trabajaba como una burra para mantenernos a los dos. Y que aún no me había recuperado del sofoco que me dio cuando supe que aquel regalo comprado con mi dinero era para el cumpleaños de ella. Y los mensajes que leí en su móvil destinados a otra y, lo peor, que sacó dinero de la cuenta común para irse de viaje con ella fingiendo que se trataba de una ocasión de encontrar trabajo. Y lo más patético, acabé por pedir perdón al pobre perro por estar echando por tierra a ese amo que, en honor a la verdad, sí que se había preocupado por él.
Después de aquella noche, de pedir tres días de permiso a cuenta de vacaciones para conseguir organizarme, y de resignarme a dormir con un pastor alemán a los pies de la cama, fuimos acoplándonos el uno al otro. Y casi sin darme cuenta, se acabaron los quince días de dueña de perro y tocaba hacer el traspaso. Inexplicablemente, y aunque intentaba disimular, me caían las lágrimas al recoger sus pertenencias y, cuando me vi nuevamente sola en casa, acaricié mi ya destrozado sofá de piel y prorrumpí en llanto. Otra vez.
Apenas habían pasado tres días desde la marcha de Salomón, recibí una llamada de mi ex a una hora intempestiva. Me apremiaba a que fuera a su casa corriendo a recoger a Salomón, que se había quedado solo con la Barbie oxigenada porque él había tenido un accidente. Y ella no se entendía con el perro. Como si yo me entendiera…
Pero en fin, me fui en cuanto pude temiendo que aquella bruja le hiciera algo a Salomón, y jurándome que si era así la mataría. Curiosamente, ese instinto asesino no me había brotado cuando la bruja me birló el novio.
Tardé un tiempo en llegar, y cuando ví a la clon de Barbie en chándal y sin maquillaje, me dí cuenta que me recordaba más a la novia de Chucky, el muñeco diabólico, que a la siempre glamurosa muñeca maniquí. Y una sonrisa de triunfo se me pintó en la cara. Ella estaba histérica cuando Salomón saltó encima de mí y me lamió hasta dejarme empapada. Y, mientras recogía sus cosas, llegó él, transportado desde una ambulancia. Llevaba aún la bata de hospital y andaba de un modo especial, como si estuviera montando un caballo imaginario.
Cuando supe cómo fue el accidente, no dí crédito. Fue Salomón quien, haciendo una cabriola, le arrojo el puchero de sopa humeante justamente a esa parte de su anatomía que se sitúa exactamente entre el fín de la tripa y el principio de las piernas. Una gran puntería para ser un accidente Y le había escaldado por completo. Al parecer, nada grave, pero muy doloroso, y que le dejaría fuera de juego una larga temporada.
Sin apenas contener la risa, cogí a Salomón y me marché. El que ya era mi perro no se cortó en dejarle un regalito a la puerta de su casa. Y cuando entre risas, me marché corriendo del lugar del crimen persiguiendo a Salomón, me percaté de lo que llevaba entre sus dientes: un vestidito carísimo, que aún conservaba su etiqueta, que había convertido en trapos. Más tarde supe que no había sido el único, y que no había dejado una sola prenda entera. El armarito de Barbie había sido concienzudamente destrozado.
Intenté reñirle, pero era inútil. No podía parar de reir mientras Salomón meneaba el rabo satisfecho. No volví a verter una sola lágrima por él, ni por culpa de la ex Barbie oxigenada.
Ni que decir tiene que ahí acabó el régimen de copropiedad de Salomón. Ahora es sólo mío. Pero, claro, no es cuestión de volver a cambiarle el nombre.








