Mascotas y Derecho: Salomón


Hoy, en nuestro teatro, un cuento relacionado con mascotas y custodias. O tal vez sea más que un cuento. Que cada cual decida

SALOMON

         Cuando por primera vez me encontré sola en casa con Salomón, me di cuenta de la enorme tontería qe había cometido. Allí estaba yo, que siempre había odiado los animales, teniendo que hacerme cargo de un enorme pastor alemán que no sentía ningún afecto por mí, me llenaba la casa de pelos e impregnaba mi coche de un olor intenso que no se iba por mucho pinito verde que colgara del retrovisor. Y todo, por mi tozudez.

Salomón no hacía ningún caso a lo que yo le mandaba, o, mejor dicho, le suplicaba. Nada de tumbarse o levantarse, irse o venir o bajar o subir cuando yo se lo decía. Salomón me ignoraba olímpicamente, mirándome con las orejas enhiestas, y se tumbaba panza arriba como si la cosa no fuera con él. Hasta hubiera jurado que se reía de mí.

Pero, claro, también él tenía sus razones. Para empezar, ni siquiera se llamaba Salomón, y yo había decidido cambiarle el nombre unilateralmente porque me había dado la gana. Y así me lucía el pelo.

El verdadero nombre de Salomón era Seven. Mi pareja y yo le pusimos así, en un arrebato de romanticismo que hoy se me antoja ridículo, porque ése era el nombre del local en que nos conocimos, precisamente un 7 de Julio. Pero ahora ya no éramos pareja sino, en honor a la verdad, más bien enemigos, y Seven se convirtió en el instrumento de mi venganza. El me dejó tirada por un clon de la muñeca Barbie y, cuando nos vimos obligados a repartir la casa y todos los bienes qe teníamos en común, mostró un enorme interés por quedarse con el perro que habíamos adquirido juntos. Así que, herida y despechada, decidí pelear por quedarme con Seven. Y me metí en una absurda batalla legal que acabó asignándonos al perro por mitad, en períodos de quince días. Por eso le llamé Salomón.

Pero ahora que ya estaba consumada mi pírrica victoria, me encontraba con que me tocaba apechugar con un perro que me ignoraba, al igual que yo a él, pero que requería un montón de esfuerzo que perturbaba mi vida. Había que sacarle a pasear, que comprarle comida, que ponerle un bebedero con agua, que llevarlo al veterinario y, sobre todo, que conseguir que no destrozara mi casa con sus patazas ni me llenara de pelos el sofá y hasta la cama. Todo a cambio de haber visto la cara de contrariedad de él cuando le dijeron qe había perdido la mitad del perro.

La verdad es que, visto así, la cosa no compensaba en absoluto y maldecía el día en que me empeñé en pelear por la custodia del perro antes llamado Seven. Y, de paso, me preguntaba por qué no haría caso a los consejos de mi madre. Pero probablemente, ésa fuera una de las razones que me llevaron a meterme en este berenjenal, contradecir aquello que me decía mi madre. Así que, imposible pedirle ayuda ni lloriquearle. Si algo había peor en el mundo que ocuparme de Salomón, era aguantar cómo mi madre me decía hasta un millón de veces aquel “ya te lo dije” que, desde mi más tierna infancia, me ponía enferma.

Por ello, como no me quedaba otra, decidí enfrentar mis quince primeros días de custodia de Salomón sin más ayuda que Internet y amor propio, ya que siempre había sido él quien se ocupaba de estos menesteres. Como no podía ser de otra manera, fue un desastre que no sólo colmó mi paciencia sino que a punto estuvo de llevarse a Salomón para el otro barrio antes de cedérselo a su otro medio dueño.

Pese a que me había propuesto ser una enérgica ama que no consintiera nada al perro, el primer día arrojó como saldo un almohadón destrozado, mi maravilloso sofá de piel lleno de arañazos, y la cama cubierta de pelos porque se empeñó en dormir en ella. Para colmo, decidí no sacarlo a la calle si lo pedía como castigo y, cuando me di cuenta que necesitaba salir por razones obvias, llegué tarde y a duras penas logré que hiciera sus necesidades fuera de mi casa. Y, claro está, me tocó limpiar con una fregona el rellano y el ascensor, que subía y bajaba mientras los vecinos disimulaban sus risas al verme recoger todo aquel desastre mientras trataba en balde de sostener a Salomón con la otra mano.

El primer paseo también fue un espanto. Lo que teóricamente iba a ser un bucólico paseo por el parque se convirtió en un espectáculo humorístico para todos menos para mí. Yo había leído en varias revistas que los perros eran una excelente excusa para ligar, así que me puse un vaporoso minivestido y me calcé mis sandalias de tacón dispuesta a encontrar al hombre de mi vida, que escogería entre todos los que se me acercaran con el reclamo de mi elegante perro. Pero Salomón se empeñó en ser todo menos glamuroso. Primero, se puso a correr como pavo sin cabeza detrás de una birriosa perrita callejera. Traté de trotar con él sin soltar la correa, pero mis altísimas sandalias no eran capaces de seguirle el paso y acabé en el suelo, en una suerte de esquí acuático en que Salomón ejercía de la más veloz fueraborda que imaginarse pueda. Como resultado, mi vestido hecho jirones, un tacón roto y el trasero lleno de cardenales. Mientras, Salomón jugueteaba feliz con la astrosa perrita. Pero debió pensar que no me había humillado bastante, así que decidió descargar su estómago en mitad de la acera. Yo estaba dispuesta a disimular y salir corriendo, pero una amable ancianita me recordó que debía recoger aquello. Entonces, me percaté que había olvidado coger aquel extraño paquetito con bolsas que se encontraba entre las pertenencias con las que me entregaron a Salomón y, lo que es peor, caí en para qué servían. Y, como no tenía ni un maldito pañuelo de papel en mi monísimo bolso, hube de coger lo único que tenía a mano, un ticket de compra, para recoger el regalo que mi lindo perro había dejado en la acera. Cuando volvimos a casa, no quise ni levantar la vista a unos cuantos viandantes que me aplaudían, muertos de risa, mientras Salomón galopaba alegremente. Porque, evidentemente, era yo quien volvía con el rabo entre piernas. Ni que decir tiene que jamás he vuelto a ese parque, aunque ahora he de andar un par de kilómetros para conseguir llegar a otro, dando, por supuesto, un rodeo qe me evite volver a pasar por ahí.

Con la comida no nos fue mucho mejor, pero esa vez fue Salomón quien se llevó la peor parte. Le compré unas bolitas que vendían en el supermercado, y se las puse en el comedero que le había comprado. Según la etiqueta, hacían felices a todos los perros pero, como la excepción siempre confirma la regla, resultó que Salomón fue la excepción y se negó siquiera a acercarse a ellas. Y, mientras tanto, saltaba como un loco tratando de dar alcance a mi plato de comida. Así que me harté, y acabé dándole un muslo del pollo con arroz que yo tenía por menú. Al fin y al cabo, todos los perros comían huesos, o al menos eso salía en los dibujos animados. Efectivamente, Salomón parecía encantado con su muslito, hasta que de repente, el hueso había desparecido, y Salomón empezó a emitir unos sonidos muy extraños que no me gustaron nada, mientras se refregaba contra el suelo.

Salomón se había atragantado, y yo no sabía qué hacer. Pero lo que tenía claro es que no quería que se me muriera. Sería el hazmereir de mi ex y su Barbie oxigenada, mi madre me repetiría cien mil veces que ya me lo advirtió, y a mí, la verdad, me sabía mal por el pobre perro. Una cosa es que no me gustara, pero acabar con él me parecía excesivo. Así que busqué a toda prisa en Internet un veterinario de urgencia, peleé para conseguir llevarlo hasta mi coche y meterle dentro y encontré el veterinario en cuestión no sin esfuerzo. Efectivamente, se había atragantado, y le tuvieron que hacer algo así como un lavado de estómago que tuve que pagar a precio de oro.

Al cabo de unas horas, volvimos a casa, con Salomón a dieta, y la advertencia del veterinario que el perro debía salir aún más veces de lo normal a la calle a hacer sus necesidades. Y que tenía que tomar una pastillitas que a saber cómo me las tendría que ingeniar para que tomara. Y cuando el pobrecito apoyó la cabeza en mi regazo, todo se me vino abajo, y empecé a llorar y llorar. Y, como una idiota, le conté a Salomón lo dolida que estaba por la traición de él, que llevaba una larguísima temporada viéndose con ella a mis espaldas mientras yo trabajaba como una burra para mantenernos a los dos. Y que aún no me había recuperado del sofoco que me dio cuando supe que aquel regalo comprado con mi dinero era para el cumpleaños de ella. Y los mensajes que leí en su móvil destinados a otra y, lo peor, que sacó dinero de la cuenta común para irse de viaje con ella fingiendo que se trataba de una ocasión de encontrar trabajo. Y lo más patético, acabé por pedir perdón al pobre perro por estar echando por tierra a ese amo que, en honor a la verdad, sí que se había preocupado por él.

Después de aquella noche, de pedir tres días de permiso a cuenta de vacaciones para conseguir organizarme, y de resignarme a dormir con un pastor alemán a los pies de la cama, fuimos acoplándonos el uno al otro. Y casi sin darme cuenta, se acabaron los quince días de dueña de perro y tocaba hacer el traspaso. Inexplicablemente, y aunque intentaba disimular, me caían las lágrimas al recoger sus pertenencias y, cuando me vi nuevamente sola en casa, acaricié mi ya destrozado sofá de piel y prorrumpí en llanto. Otra vez.

Apenas habían pasado tres días desde la marcha de Salomón, recibí una llamada de mi ex a una hora intempestiva. Me apremiaba a que fuera a su casa corriendo a recoger a Salomón, que se había quedado solo con la Barbie oxigenada porque él había tenido un accidente. Y ella no se entendía con el perro. Como si yo me entendiera…

Pero en fin, me fui en cuanto pude temiendo que aquella bruja le hiciera algo a Salomón, y jurándome que si era así la mataría. Curiosamente, ese instinto asesino no me había brotado cuando la bruja me birló el novio.

Tardé un tiempo en llegar, y cuando ví a la clon de Barbie en chándal y sin maquillaje, me dí cuenta que me recordaba más a la novia de Chucky, el muñeco diabólico, que a la siempre glamurosa muñeca maniquí. Y una sonrisa de triunfo se me pintó en la cara. Ella estaba histérica cuando Salomón saltó encima de mí y me lamió hasta dejarme empapada. Y, mientras recogía sus cosas, llegó él, transportado desde una ambulancia. Llevaba aún la bata de hospital y andaba de un modo especial, como si estuviera montando un caballo imaginario.

Cuando supe cómo fue el accidente, no dí crédito. Fue Salomón quien, haciendo una cabriola, le arrojo el puchero de sopa humeante justamente a esa parte de su anatomía que se sitúa exactamente entre el fín de la tripa y el principio de las piernas. Una gran puntería para ser un accidente Y le había escaldado por completo. Al parecer, nada grave, pero muy doloroso, y que le dejaría fuera de juego una larga temporada.

Sin apenas contener la risa, cogí a Salomón y me marché. El que ya era mi perro no se cortó en dejarle un regalito a la puerta de su casa. Y cuando entre risas, me marché corriendo del lugar del crimen persiguiendo a Salomón, me percaté de lo que llevaba entre sus dientes: un vestidito carísimo, que aún conservaba su etiqueta, que había convertido en trapos. Más tarde supe que no había sido el único, y que no había dejado una sola prenda entera. El armarito de Barbie había sido concienzudamente destrozado.

Intenté reñirle, pero era inútil. No podía parar de reir mientras Salomón meneaba el rabo satisfecho. No volví a verter una sola lágrima por él, ni por culpa de la ex Barbie oxigenada.

Ni que decir tiene que ahí acabó el régimen de copropiedad de Salomón. Ahora es sólo mío. Pero, claro, no es cuestión de volver a cambiarle el nombre.

Pactar: ¿opción u obligación?


              Desde que el mundo es mundo, las personas tratan de ponerse de acuerdo. Y también desde que el mundo es mundo, a veces lo consiguen y otras no. Y, como siempre, el cine se hace eco de esta tendencia, se trate solo de El acuerdo o El contrato, sea Un acuerdo original e incluso Un acuerdo de amor. En cualquier materia puede llegarse a acuerdos. O no

              En nuestro teatro, como ya hemos visto en otros estrenos, los acuerdos forman parte de nuestro día a día. Ya dice un refrán popular que “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” y lo aplicamos en materias como las conformidades o los acuerdos de cualquier tipo. Pero hoy, con la ley de eficiencia recién estrenada -aunque de momento, solo algunos trozos- hay que dar una nueva vuelta de tuerca al tema. No queda otra.

              La nueva ley parece partir de la base de que hay que pactar o morir, o poco menos, Y así, crea los ya famosos MASC (medios adecuados de solución de controversias) que, según la propia web del Ministerio de Justicia “representan cualquier tipo de actividad negociadora a la que los pates en conflicto acuden de buena fe con el objeto de encontrar una solución extrajudicial al mismo, ya sea por sí mismos o con la intervención de una tercera persona imparcial y neutral”. Hasta aquí, impecable. El problema viene cuando lo que era una opción, negociar, se convierte en una obligación previa quieran o no quieran las partes y en este caso, en materia civil y mercantil, se ha convertido en un requisito previo obligatorio antes de acudir a la vía judicial. Y, la verdad, sin cuestionar la buena intención del legislador -démosle el beneficio de la duda- obligar a hacer algo que es voluntario es poco menos que un oxímoron. Porque aquí nadie ha descubierto la pólvora, y siempre ha existido la opción de los arreglos previos, judiciales o extrajudiciales. Quienes transitamos por Toguilandia los vemos incluso en las mismas puertas del juicio.

              No es, desde luego, el primer intento de imponer las soluciones pactadas y ya hemos asistido a unos cuantos fracasos, más o menos estrepitosos, de esos intentos. Sin ir más lejos, y en la vía penal, el decreto de aceptación de la pena que introducía una reforma procesal de 2020 pretendía establecer un cauce para agilizar las conformidades que ha dado poco fruto. Entre otras cosas, porque la conformidad en sí ya existía, incluso en su versión bonificada en el juicio rápido, con rebaja de un tercio de la pena. Además, ya se habían arbitrado mecanismo como la cita previa en fiscalía para conformidades, iniciativa que incluso recibió un premio. De modo que lo del Decreto de aceptación de la pena ha sido poco menos que un bluf. Ignoro qué ha ocurrido en otros lugares, pero donde yo trabajo no he visto ni uno solo, porque no aportaba nada que no existiera ya.

              Ahora también en la vía penal se introduce la obligatoriedad de una vista previa para intentar llegar a un acuerdo. Algo que, como idea no está mal, pero que tampoco descubre la pólvora. Porque, además de la ya citada cita previa y la conformidad en las Diligencias Urgentes -en la guardia o por transformación, una segunda oportunidad- algunos juzgados y tribunales habían instaurado la buena costumbre de intentar un primer señalamiento de aquellos juicios que a priori presentaban visos de ser “conformables” los meros efectos de constatar si existía acuerdo. Una buena práctica que no estaba establecida en ningún sitio pero que podía hacerse, y de hecho se hacía. Pero la pregunta es ¿puede imponerse como una obligación si todas las partes manifiestan que no hay posibilidad de acuerdo ninguna? ¿No se convertiría en un trámite más si no hay visos de éxito? Ahí lo dejo.

              Tampoco es la primera vez que papá estado les dice a las partes que tienen que negociar sí o también, o al menos acreditar que lo han hecho formalmente. Ocurre en derecho laboral, y ocurre también en ese procedimiento penal casi olvidado que es el sumario especial por injurias y calumnias. Y es que si alguien está dispuesto a querellarse es difícil que en una vista previa cambie de opinión, salvo que haya algún ofrecimiento, generalmente económico, de la otra parte, y en ese caso podría hacerse extramuros de los juzgados si ningún problema. Pero igual son cosas mías.

              La cuestión es que, como profesional e hija de abogado que soy, la experiencia me ha enseñado que el trabajo de la abogacía se desarrolla solo en un pequeño porcentaje en las salas de vista, y que las negociaciones previas en los despachos son una parte esencial de su día a día. Y ello, por supuesto, sin necesidad de que ninguna ley se lo diga.

              Por último, y al hilo de todo esto, me vienen a la cabeza todos esos intentos de experiencias piloto de mediación penal, que nunca acaban de arrancar del todo. Otro melón al que hincarle el cuchillo.

              Con todo esto, no me queda otro remedio que ser escéptica ante esta idea nada novedosa de tratar de incentivar las soluciones pactadas. Porque incentivar es una cosa, y obligar es otra. Y, de no llevarse bien la cosa, nos arriesgamos a que la idea acabe convirtiéndose en un trámite más con que colapsar los ya colapsados juzgados. Ojalá me equivoque y todo funcione sobre ruedas

              Por eso mismo, dejo una vez más el aplauso en suspenso, a ver qué pasa. Porque el movimiento se demuestra andando.

Flores: para gustos, colores


 

                La primavera la sangre altera. Eso dice el refrán y eso parece que se nota en el aire. Y claro, no hay primavera sin flores, también muy presentes en el cine, de La rosa púrpura de El Cairo a La flor de mi secreto, de Las margaritas a las Violetas imperiales.

                En nuestro teatro somos de pocas flores, aunque haya quien al hacer informes saque a pasear muchas florituras. Pero esas no son cosas de la primavera sino más bien de todo el año. Cosas de Toguilandia.

                Pero, aunque no seamos de muchas flores, de vez en cuando nos toca hacer de floreros como comentaba en un estreno ya lejano en el tiempo. No obstante, la cosa no iba de florituras ni de floreros, sino de flores. Una función inspirada en la orquídea que me ha florecido en casa y que es la imagen que ilustra este estreno.

                Y es que la propia orquídea tiene su historia. Me la regalaron en un colegio tras una charla en el día de violencia de género, y creí que se me moriría, como se me mueren casi todas las plantas, que me siento un poco vegeticida, aunque sea por imprudencia y nunca por dolo. Pero mira tú por donde que a esta le dio por ser resiliente, y no solo ha florecido, sino que lo ha hecho a tutiplén, hasta el punto de que dice mi hermana que cualquier día nos tira de casa. Espero que la sangre no llegue al rio.

                Así que una yo a contar algunos casos en los que las flores formaban parte de nuestra toguitaconada realidad. Y, particularmente, en violencia de género, no es nada extraño. Por desgracia, hay relaciones que empiezan por enviar un ramo de y acaban con la víctima con una corona de flores, de esas que llevan una cinta y una leyenda que dice que quien sea no te olvida.

                Sin llegar a un final tan dramático, recuerdo un caso de acoso de una chica a la que un tipo asediaba constantemente con flores. Pese a que no la conocía de nada y que ella no quería saber nada de él, se le aparecía en cas o en el trabajo y, ramos de rosas en ristre, le declaraba su amor en poemas apasionados o canciones no menos apasionadas, para horror de la propia víctima. Incluso llegó a presentársele en un examen de oposición que la pobre suspendió tras un ataque de ansiedad. Lo curioso de este caso es que, hasta ese momento, había quien insistía en que los hechos, constitutivos de un delito de acoso como la copa de un pino -aunque entonces se calificaron de coacciones porque el acoso no estaba regulado- no eran más que manifestaciones románticas de un enamorado.

                Otro caso floreado que llamó mi atención fue la reacción desmedida, en este caso de una chica, al ver a su pareja con un ramo de flores destinado a otra mujer. La bronca que se montó fue de órdago, y ni que decir tiene que de los claveles y los gladiolos no quedó ni sombra. La cosa quedó en tablas, es decir, en una falta de las de antes, de café para todos, ambos condenados por la pelea con insultos varios, más allá de las flores que fueron la causa de todo.

                En otros casos, las flores son muestra de agradecimiento, o un bonito detalle. Jamás olvidaré el que tuvieron conmigo unos amigos que querían hacerme un regalo y me enviaron un ramo precioso al trabajo, porque yo siempre comentaba que me daba mucha envidia cuando alguien recibía un ramo en presencia de todo el mundo. Entonces fui yo la que daba envidia a Toguilandia entera, porque me paseé con mi ramo por todo la Ciudad de la Justicia. Faltaría más.

                Lo que sí que no recomiendo es tener flores en según qué despachos. El mí, en concreto. Una compañera quiso regalarnos a todas una planta con clavelitos cuando llegó a mi sección, y la mi duró menos que lo que canta un gallo. Hubo quine a revivió en su casa, pero con la mía no hubo manera. Y es que mi despacho, entre cristal y cristal, responde al absurdo de construir un edificio en el Mediterráneo como si estuviéramos en Finlandia. Hay días que el calor no hay aire acondicionado que lo mitigue.

                Y con esto acabo esta tontería de hoy. O esta floritura, según se vea. Aunque el aplauso se lo daré a mi preciosísima orquídea. Y es que no me canso de mirarla.

Luz de gas: ¿nos quieren hacer enloquecer?


              A fecha de hoy, todo el mundo sabe en qué consiste “hacer luz de gas”. Se trata de actuar de modo que la víctima crea que ha enloquecido por hacerle creer cosas que no existen o no tienen sentido, manipulando hasta el límite su sentido de la realidad. La expresión trae casusa de la película Luz de gas, de 1940, o Luz que agoniza, de 1944, basada en la misma obra de teatro. Y ha tenido tanta repercusión que ya desde hace tiempo se usa esa expresión para aludir a ese comportamiento perverso.

              En nuestro teatro, más de una vez me he creído que alguien me estaba haciendo Luz de gas. Seguro que cualquier que frecuente Toguilandia ha tenido esa sensación. Aunque a veces una no sabe si se trata de eso o de una cámara oculta y que en cualquier momento va a Sali alguien gritándonos eso de “Inocente, inocente”. Y es que nos pasan cosas más que peculiares.

              Algunas de esas cosas son, como he contado en varios de nuestros estrenos, esas anécdotas que te dejan de pasta de boniato y tras las que cuesta mantener la compostura. Y, en realidad, qué sería de nosotras sin estas pequeñas cosas, pero hoy no iba a hablar de eso, sino de cosas más serias. O no, según se mire.

              Empezaré con algo más que evidente, algo a que dedicaba la anterior función de nuestro teatro y que temo que dará lugar a muchas más, sean secuelas, precuelas o daños colaterales que nunca se sabe. Seguro que quienes me leen y saben a qué me refiero, porque es evidente. A la ley de medidas en materia de eficiencia del servicio público de Justica, llamada “ley de eficiencia” para abreviar, aunque su eficiencia tendrá que demostrarla con algo más que una publicación rimbombante en el BOE. La cuestión es que, cuando vi su publicación, con todas las modificaciones que lleva consigo, y el escasísimo plazo para su entrada en vigor, aunque sea escalonada, empiezo a pensar que alguien nos está haciendo luz de gas. O nos está gastando una broma pesada, sobre todo teniendo en cuenta que, de momento, lo del aumento presupuestario no es que sea vea mucho.

              La otra manera con que alguien nos está haciendo luz de gas es con los procesos de digitalización, que en el caso de mi comunidad autónoma se han juntado con la entrada en vigor de la ley ¿Es o no una broma de mal gusto esta coincidencia? Pues eso. Luz de gas pura y dura

              En otras ocasiones creo que es de los propios juzgados desde donde una mano negra juega con nuestro equilibrio mental. Sobre todo, cuando alguien afirma que la causa está en fiscalía -eso en mi caso, poro léase aplicado al lugar donde cada uno trabaje- a pesar de que esta pobre fiscalita no la ha visto jamás. Las cosas acaban apareciendo, pero el momento infarto no nos lo quita nadie. Y lo mismo sucede cuando pasa, al contrario, que algo que dejaste encima de la mesa de repente desaparece, con la consiguiente taquicardia aneja a semejante acontecimiento. Luego, sele aparecer alguien con ella en la mano y la razón por la que había desparecido, pero el mal rato ahí se queda.

              Aunque creo que donde de verdad alguien se divierte haciéndonos luz de gas es desde dentro de los ordenadores. No sé si es un duende travieso, la fatalidad o la dichosa Ley de Murphy, pero ¿a quién no le ha pasado que ha estado a punto de cortarse las venas porque el documento al que ha dedicado varias horas desaparece de la pantalla como por ensalmo? ¿O que lo que hemos enviado de pronto no ha ido a su destinatario sino al limbo de las cosas perdidas para siempre jamás? Y eso por no hablar de esos equipos informáticos tan vetustos que se niegan a ponerse en marcha de buenas a primeras si una no le ha dado los buenos días, se ha tomad un café y se ha armado de paciencia.

              Por último, al menos de momento, citaré otra de esas situaciones que nos hacen dudar de nuestra propia cordura. Se trata de los señalamientos sorpresa, o de esos señalamientos en los que, por algún desliz del destino, cada uno tiene una fecha o una hora o está confundid uno u otro por algún motivo. Yo, que soy despistada por naturaleza, me h visto alguna vez en el brete de ir el día que no tocaba o de tener que ir corriendo porque tocaba el día que yo no creía, pero también he presenciado más de una vez la cara de espanto de abogadas y abogados cuando reciben esa llamada en la que les dicen que tenían un juicio y no han venido. Como todo, esas cosas suelen tener una explicación y acabar bien, pero el camino es verdaderamente angustioso. Luz de gas en toda su extensión.

              Y con esto acabo por hoy. El aplauso es desde luego para todos los supervivientes a esas pequeñas faenas del destino toguitaconado. Bien está lo que bien acaba.

Alerta roja: la eficiencia que se nos viene


              Hay cosas que hacen que salten todas las alarmas. Y hay alarmas que protagonizan películas, como Alerta roja, Neptuno hundido, Alerta máxima, Alerta personas desaparecidas, Alarma en el expreso, Alarma en las alturas y muchas más. Y es que alarmarse es humano.

              En nuestro teatro nos alarmamos por muchas cosas, pero por pocas tanto como una reforma legal de gran calado, especialmente si afecta a la organización de juzgados y tribunales. Y justamente en ello estamos, a 1 solo día a la publicación de este estreno de la entrada en vigor de la ley de medidas en materia de eficiencia del servicio público de Justicia, también conocida como ley de eficiencia o, como algunos escépticos ley de deficiencia, o deficiencia desorganizativa. El tiempo dirá si tenían razón.

              No es la primera vez que pasa. La verdad es que es más bien como vivir el día de marmota, que de vez en cuando nuestros legisladores nos obsequian con un susto de categoría mundial al cambiar de cabo a rabo una ley de tanta importancia que estar al dá amenaza nuestra cordura y, desde luego, nos quita el sueño. Cuando una ya ha pasado por cosas como un cambio completo de Código Penal o de Ley de Enjuiciamiento Civil debería estar curada de espanto, pero estas cosas nunca pillan bien.

               Además, siempre que ocurre algo así me acuerdo de los pobres opositores que reciben cada reforma de esta magnitud como una verdadera tragedia. Y no es para menos. En un sistema que, si no se cambia, es puramente memorístico, cambiar la materia que se memoriza es tirar mucho tiempo invertido a la basura. Y, como diría uno de los personajes del Un dos tres que veía de niña -La Bombi, para ser exacta-, eso duele. Y duele mucho.

              Pero no solo sufren quienes opositan. Quienes ya hace mucho que entramos en Toguilandia estamos con la angustia puesta, y con razón. Porque, cuando todo apuntaba a que lo más urgente y necesario era cambiar de una vez por todas la Ley de Enjuiciamiento Criminal que como hemos dicho muchas veces, data del siglo XIX, en una realidad en que no había teléfonos -ni móviles ni fijos, ni nada- ni automóviles -ni eléctricos, ni híbridos ni nada-, nos salen con una reforma integral y con el enésimo parcheo. Porque, como también he dicho más veces, nuestra legislación procesal penal es como una colcha de patchwork con tantos trozos diferentes que revienta por sus costuras.

              Y, ojo, que no es solo el proceso penal, sino toda la organización judicial de principio a fin, empezando por la planta judicial. De repente, lo que eran juzgados de primera instancia y de instrucción de toda la vida se convierten en tribunales de instancia, con sus secciones correspondientes, que una no sabe bien si se trata de los mismos perros con distintos collares o de un totum revolutum de consecuencias indeterminadas. En el primer caso, si se tratara de un mero cambio de nombre, cabría preguntarse para qué dar tanta vuelta si vamos a acabar en el mismo sitio, y, en el segundo, no sé si cortarme las venas o dejármelas crecer.

              ¿Y por qué soy tan escéptica y me echo las manos a la cabeza en vez de echar las campanas al vuelo? Pues, en primero y rotundo término, porque echo de menos una dotación presupuestaria importantísima que no veo por ningún lado. Creo que cualquier reforma pasa por la creación de plazas en el poder judicial y en la carrera fiscal, de LAJs y de funcionariado que no se dan o de las que yo no me he enterado. Y hablo de una ampliación real, no una cicatería como a la que nos tienen acostumbrados absolutamente todos los gobiernos, sean del sigo que sean. Porque la justicia sigue siendo la hermanita pobre de la administración, nos guste o no, que no nos gusta nada por estos lares.

              La cosa no queda ahí, desde luego. Las reformas van desde la creación de procedimientos para la promoción de medios adecuados de solución de controversias en el ámbito civil -que ya se ha bautizado con el horroroso nombre de MASC-, hasta lasaudiencias previas obligatorias en el proceso penal para favorecer las conformidades, dando carta de naturaleza a una práctica habitual en muchos juzgados y tribunales.

              Por otro lado, y para acabar de volvernos majaretas, la ley aprovecha para hacer algo que debería haber hecho hace tiempo por disposición del Convenio de Estambul y de nuestro propio pacto de Estado, como es la asunción por los juzgados de violencia sobre la mujer de todas las violencias machistas, y no solo las cometidas en el seno de la pareja o ex pareja. Que está muy bien, pero lo que no esta tanto es que a fecha de hoy no sepamos cuántos juzgados se crean para asumir tal cosa, porque de no hacerlo el colapso es seguro. Y a ello se añaden las Secciones de Infancia y adolescencia, que tampoco sabemos muy bien si supondrán más medios materiales o mezclar los existentes como si estuviéramos barajando las mismas cartas. Tiempo al tiempo.

              Hasta aquí, esta pequeña aproximación a la ley que entra en vigor, aunque más que otra cosa, parece una pataleta a caballo entre el escepticismo y el miedo. Ojala el tiempo no me dé la razón y no tengamos que decir aquello de “Virgencita que me quede como estoy”. Por eso dejo el aplauso en suspenso. El tiempo dirá si batimos las palmas o tiramos tomates

 Eternidad: por siempre jamás


              Nada es para siempre. Es un dicho que repetimos constantemente, aunque no siempre nos lo creemos del todo. Y así, el cine tiene títulos como Eternamente joven, De aquí a la eternidad o Por siempre jamás, que confirman esa creencia.

              En nuestro teatro, tampoco hay nada que sea eterno, aunque a veces haya procedimientos que lo parezcan. No obstante, hoy no iba a hablar de las cosas que parecen eternas, sino de las personas que deberían serlo.

              Hace apenas unos días, perdía a mi madre, de la que tantas veces he hablado en estas páginas. Me quedaba sin mi referente, sin mi modelo a seguir, sin tantas cosas que duele con solo pensarlo. Por eso, y como una es una juntaletras de principio a fin, ya le dediqué varios textos en periódicos en los que publico habitualmente, contando que Creía que sería eterna o que estaba atravesando Los momentos difíciles.

              Y ahora le tocaba a este escenario, mis escritos más libres y personales. Y mi madre no se podía quedar sin su homenaje toguitaconado. Por eso os contaré y reviviré todos esos recuerdos con ella que están relacionados con nuestro mundo. Algunos ya los he contado alguna vez, pero seguro que me perdonáis que me repita. Incluso es posible que haya quien me lo agradezca.

              Y es que, a mi madre, como a la mayoría de madres de opositores, corresponde, por lo menos, la mitad del mérito de haber aprobado primero la carrera y luego las oposiciones. Porque además de obvio soporte económico sin el cual tales cosas no serían posibles, ella me dio mucho más. Compartía mis noches de estudio -cosía mientras yo estudiaba-, ajustaba sus horarios a los míos, soportaba estoicamente mis malos humores y hasta me ayudaba con mis neuras, saliendo escopetada a comprar coca cola, café o ese rotulador sin el cual yo no podía seguir estudiando. Y lo hacía sin perder la sonrisa. Bromeando con que me lo cobraría cuando, una vez destinada en un pueblo perdido, ella fuera quien cuidara las gallinas. Luego el pueblo perdido no llegó y mi primer destino fue, precisamente, Castellón, la provincia donde ella nació, pero no hubo gallinas que cuidar. No falta que nos hacían.

              Mi madre, como creo que todas las madres, ha seguido formando parte de mi vida toguitaconada. En el plano intelectual le debo, sin duda alguna, la inspiración continua por la lucha por los derechos de las mujeres. El hecho de que a ella la sociedad de su época le impidiera tener unos estudios para los que estaba más que dotada es algo que ella siempre tuvo presente para impedir que semejante cosa sucediera con sus hijas. Y para mi, como mujer, su caso, como el de toda esa generación, ha sido un acicate constante para no bajar jamás la guardia. Se lo debemos.

              Aunque no hace falta ponerse tan profunda. Mi madre era quien estaba pendiente de que mis puñetas estuvieran bien cosidas, quien las restauraba si procedía y quien me recordaba de vez en cuando que la toga iba necesitando un paso por la tintorería que, cómo no, tenía que ser la que ella conocía no fuera a llevarla a cualquier sitio donde me hicieran un desastre.

              No obstante, tan vez lo más característico de mi madre ha sido siempre su interés, sus ganas de saber, de conocer y de estar informada, hasta el último de los días de sus casi 101 años. Ella se preocupaba en conocer la actualidad, y en preguntarme por aquellas cosas que no entendía o no comprendía, que no es lo mismo. Porque, como yo le decía, podía explicarle por qué sucedían algunas cosas, qué ley se aplicaba y cómo se hacía, pero no siempre he podido comprender por qué pasan ciertas cosas. Y ella, claro está, tampoco.

              Siempre decía, haciendo gala de una más que evidente falta de objetividad, que si su hija pequeña -o sea, yo- mandara en el país, ya vería todo el mundo lo rápido que las cosas se arreglarían. Aunque, a continuación, una vez recuperada la objetividad en todo o en parte, me sentenciaba “pero ni se te ocurra meterte en política”. Así era ella.

              He perdido con su marcha, también, a mi más fiel lectora y mi más rendida admiradora. Ella siempre leyó mucho, pero, desde que me lancé a mundo de la publicación de libros, decidió que nadie escribía como su hija, y mantuvo esta afirmación hasta el último suspiro. Y, aunque algo había de pasión de madre en semejante afirmación, ella negaba rotundamente tal cosa. “Y lo digo de verdad”. Era su frase.

              Ahora luzco con orgullo el colgante que ella y mi padre me regalaron cuando acabé la carrera, del que hablé en otro estreno. Un colgante que ella vio en una revista hacía años y guardó para encargárselo a un joyero llegado el momento. Hoy la llegado el momento de compartirlo con quienes me leéis, y esa es la imagen de este post

              Ahora el telón de su vida se cerró para siempre. Aunque vivirá siempre en mi y en todas las personas que la recuerdan, Y no solo en el recuerdo, sino en mi día a día. Nada de lo que soy hubiera sido posible sin ella. Por eso será eterna. Y por eso el aplauso hoy es para ese recuerdo que permanecerá siempre.

Revancha: un cuento de Derecho


Nunca olvidaré la expresión de su cara ese día. Llegó a mi despacho con una palidez que no tenía nada que ver con su color de piel. Por primera vez en su vez, no parecía que acababa de salir de una cabina de bronceado
– Es él, es él
No conseguía decir otra cosa. Repetía aquella frase como un mantra, sin que yo tuviera ninguna idea de aquello a que se refería. Ni me lo imaginaba.
– Es él- repetía- No había vuelto a verlo desde entonces
– ¿Desde entonces? ¿Desde cuándo? -yo trataba de averiguar qué quería decir- ¿Quién es él?
– Él -lloriqueaba- Él. No lo había visto hace más de veinte años, pero no tengo, de duda. Lo más mínimo
– Pero, digas -insistí- ¿Quién puñetas es él?
Parecía que a mi compañero se le hubiera aparecido el mismo demonio. Tenía el gesto descompuesto en casi una mueca y, incluso, un tipo de convulsiones lo sacudían de vez en cuando. Apenas lo podía reconocer, a él, que era una persona seria, un poco tímido y siempre previsible. O esto es el que pensaba de él, a lo largo de los cuatro años que llevaban compartiendo despacho. Ahora estaba totalmente descolocada. A pesar de que aquello mío no era nada si lo comparaba con él.
– He pedido un rato de descanso -me dijo algo más calmado- He dicho que me encontraba mal
– Y no era mentira, por el que veo
– No, no
– ¿Quieres que te sustituya? -me ofrecí- No me importa. Sea cual sea el que te paso, si me pones en antecedentes
– Te lo agradezco, pero no hace falta. Aquello tengo que hacerlo yo
– Como quieras. Y si cambias de opinión, ya sabes
– Gracias. De verdad
Al fin, se decidió a contármelo. No tuve que insistir demasiado. Lo necesitaba. Y debía de necesitarlo hacía mucho de tiempo
Los hechos se remontaban a muchos años atrás, cuando él iba a la escuela. Entonces, según me decía, las cosas no eran como por hoy, y había una regla no escrita según la cual el que pasaba en el colegio, se quedaba en el colegio. Y, por supuesto, los padres, cuanto menos supieron, mejor. Quizás si las cosas no hubieran sido así, hoy no estaríamos hablando de este modo. O quizás sí
Me explicó que era un niño delgado y débil, con unas ojeras de las que decían “de culo de vaso”. No tenía nada que ver con la persona que tenía ante mí, de más de un metro ochenta de estatura y con un cuerpo trabajado de lo lindo en el gimnasio. Las gafas, por supuesto, habían quedado hacía mucho de tiempos al quirófano de un cirujano. Le miré boquiabierta
– No te extrañes tanto -me dijo, al mismo tiempo que leía mi pensamiento- Crecí demasiado tarde, y hasta los dieciocho años era siempre el más pequeño de la clase.
Empezaba a comprenderlo. Débil, tímido, con gafas y, para acabar de arreglarlo, muy estudioso. Carne de cañón para los abusadores.
No tardé nada en darme cuenta que no me equivocaba. Por desgracia, no era una situación demasiada original, a pesar de que los detalles eran espeluznantes. Entonces y ahora.
Eran los setenta. Y, como muchos de los niños de la época, él iba a un colegio religioso. Los curas miraban hacia otro lado si pasaba cualquier cosa que pudiera desprestigiar el centro, y los compañeros -todos chicos, como correspondía- te estigmatizaban si osabas delatar alguien. Así que la única solución era hacerse gotita de agua y aguantar el que viniera de la mejor manera posible.
Lo que le vino a él fue la tirria del líder de la clase, un chico forzudo que había repetido curso un par a veces y que imponía su voluntad sin que nadie osara contravenirlo. Cada día le hurtaba su almuerzo, que su madre le preparaba con mucho de afecto y mucha mantequilla, además de salchichón, queso o jamón, según el día. También lo obligaba a hacerle los deberes. Igual daba, fuera dibujo, matemáticas o lengua. Pero, todas esas cosas no lo hubieron importado si no fuera por las burlas. Una vez, el líder y sus colegas le quitaron la ropa y tuvo que irse a casa suya en calzoncillos, y, a pesar de que era el mes de diciembre y la temperatura era bastante baja, el frío que sufrió no fue nada comparado con la sensación de vergüenza y ridículo. También escondían su mochila, que aparecía después llena de barro o, incluso, con cucarachas, ratones u otros bichos dentro. Pero, la broma que más parecía gustar sucedía alrededor de sus gafas, que a menudo tenía que recoger del váter. Una vez, además, tuvo que meter la cabeza dentro de la cisterna, mientras el resto de la clase, todos juntos en el cuarto de baño. se deshacía en risas.
Al principio, él tenía un par de amigos, pero los amigos desaparecieron de su lado por el miedo que los pasara el mismo. Y, de este modo, al sufrimiento del acoso se sumó la soledad del ostracismo. Y así es como pasó cada año de escuela. Una pesadilla que solo se acabó cuando salió para no volver. Nunca había vuelto, ni a reuniones de exalumnos, ni siquiera si algún sobrino suyo tomaba la Primera Comunión iba a la Iglesia. Incluso, si tenía que pasar por la calle donde estaba el colegio, iba por otro camino para evitar ver aquella fachada que había poblado sus pesadillas por tanto tiempo.
Me costó contenerme y no llorar, pero, todavía me costó más contener mi indignación. Aquel hombre fantástico que tenía ante mí había estado a punto de no estar
– Intenté matarme. Me tomé las píldoras que usaba mi madre, no sé para qué. Pero solo conseguí sentirme todavía peor, después del lavado de estómago que me hicieron en el hospital. A mi madre le hacía tanta vergüenza que ni siquiera lo contó a los profesores. Y a mí me hizo prometer no abrir la boca
No sabía que decir. No sabía si darle un abrazo, pero no tenía bastante confianza para hacerlo. El sonido de su móvil me sacó de mi estupefacción
– Tengo que irme a la guardia. Ya me han preguntado tres veces si me encuentro bien y ya no tengo excusas
– Ya sabes que si quieres, voy yo
– No hace falta -me dijo, con voz otra vuelta segura- Ha llegado el momento de enfrentarme con mi niñez.
– ¿Seguro?
– Seguro.
Mi compañero, fiscal como yo, tenía ante sí a aquel líder de la clase que destrozó todo su tiempo de escuela, el hombre por culpa del cual quiso morir cuando solo era un niño. Estaba acusado de un robo, a pesar de que la mujer a la cual presuntamente había atracado no estaba segura en la hora de reconocerlo. Podía pedir su encarcelamiento o no hacerlo. Sabía que si no lo hacía, a pesar de que el juez pensara que era lo más adecuado, él saldría libre.
El detenido lloraba sin disimulo. Él creía que lo había reconocido, pero, por si acaso, se aseguró que el juez le gritara por su apellido, como hacían en el colegio, a pesar de que ahora precedido con aquel “señor” que le daba importancia. Al escucharlo, el detenido lloró todavía más, y no osó levantar los ojos del suelo. Él lo miró a los ojos, y haciendo una pausa que parecía eterna, hizo su informe
– El Fiscal pide la libertad provisional del detenido
Al pronunciar esas palabras, notó que un nudo se deshacía en su garganta. Un nudo que llevaba a su interior desde que era un niño.
– Gracias -musitó el detenido- Gracias
Pero él no le hizo caso. Ni siquiera se dignó a mirarlo. Solo sonrió de una manera diferente, como nunca lo había hecho desde hacía muchos años
– ¿Por qué no has pedido la prisión? -le pregunté después- Podía justificarse perfectamente
– Lo sé, y por un momento lo pensé, de verdad. Pero al fin hice exactamente lo que habría hecho con cualquier otro detenido. No estaba dispuesto al hecho de que su presencia vuelva a obligarme a hacer cosas que no quiero hacer.
Tenía razón. Y esa, precisamente, había sido su revancha.
Y entonces sí que lo hice. Le di un abrazo. Y él respondió con su cuerpo de hombre y el alma del niño que nunca llegó a ser.

Amuletos: por si acaso


            Estoy segura de que, si hiciéramos una encuesta pública, pocas personas reconocerían abiertamente ser supersticiosas, pero si la encuesta fuera anónima, saldrían muchas más. Porque hay mucha gente que dice no serlo, pero no soporta ver cruzarse a un gato negro, no pasa por debajo de una escalera y maldice su suerte como se rompa un espejo. Ya había una obra de Agatha Christie que hablaba de El espejo roto, transformada en película en El espejo se rajó de parte a parte. Por no hablar de nuestro martes y trece, que en su versión anglosajona ha dado lugar a toda una saga de películas, Viernes 13, con el terrorífico Jason haciendo de las suyas. Y es que todo el mundo tiene sus fobias. Y sus filias, claro.

            En nuestro teatro teóricamente no tenemos nada que ver con las supersticiones, pero, a la hora de la verdad, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y, como dicen los gallegos, no creemos en las meigas, pero haberlas, haylas.

            Si soy sincera, el momento más dado a las supersticiones es el tiempo de estudio, especialmente cuando de estudiar oposiciones se trata. La angustia por jugárnoslo todo a una carta nos convierte en unos seres huraños a quienes cualquier alteración puede sacar de sus casillas. Y no hablo de cosas graves, sino de asuntos tan nimios como que se acabe el rotulador que gastamos para subrayar y no haya disponible otro del mismo color. Que yo me vi en ese trance con mi pobre madre dispuesta a recorrerse todas las papelerías de la ciudad. Y, por supuesto, quine die un rotulador dice un bolígrafo o una regla para subrayar.

            Luego llega el momento del examen, donde todo el mundo aporta algo para que nos dé suerte, desde una estampita hasta un búho de porcelana, todo vale. Y ay de nosotros como se nos pierda o se nos rompa. Mi madre me ocultó que se le había roto el dichoso búho y lo pegó como mejor pudo, y solo me lo confesó cuando ya había aprobado. Y ya he contado más de una vez que me llevé al examen el San Pancracio que me regaló mi tía, perejil incluido. Aun recuerdo la cara de pasmo de quine cuidaba aquel primer examen escrito cuando me lo vio sacar.

            Además de todo esto, están las prendas de la suerte, como el jersey primaveral que un compañero se empeñó en llevar en pleno mes de enero en Zaragoza porque le daba suerte. Aprobó, sí, pero la pulmonía no se la quitó nadie.

            No obstante, las supersticiones y el uso de amuletos, fetiches, o como queramos llamarlos no acaba ahí. Más de una vez he oído decir a gente teóricamente muy sensata que no se hacía una toga nueva, aunque la suya estuviera pidiendo a gritos la jubilación, porque eso daba mala suerte. Yo misma, que no lo he pensado nunca, me resisto como una jabata a cambiarla, aunque ya ha cumplido los treinta años y no le vendría mal un descanso.

            Y hay una norma no escrita que casi todo el mundo en Toguilandia guarda a rajatabla. No hay que decir nunca que la guardia está tranquila porque eso llama a los hados para que pase algo gordo. Y otro tanto cabe decir de los juicios o de cualquier otro señalamiento. Recuerdo que eso fue lo que comentó mi compañera de despacho momentos antes de que el accidente de metro más terrible sucediera, así que ahí lo dejo.

            También decía siempre un compañero en mi primer destino que nunca hay que dejar el casillero vacío del todo, porque ese espacio vacío llama a toda prisa a más cusas y más complejas. Y yo creo que no le faltaba razón, aunque como están las cosas es difícil conseguir ese cero absoluto con la que tantas y tantos soñamos, sea en su versión analógica -el papel de toda la vida- o en la digital.

            Yo confieso que para los actos importantes siempre me pongo el colgante que me regalaron mis padres al acabar la carrera, una balanza de la justicia que mi madre vio que llevaba en el Hola una famosa y llevó a un joyero para que la copiara. Algún día la compartiré para ilustrar un estreno toguitaconado

            Y con esto cierro el telón por hoy. El aplauso, desde luego, es para todas aquellas personas que, además de confiar en la suerte lo hacen en su propio trabajo. Que ya dice el refranero que a Dios rogando y con el mazo dando

 Más 8 M: ¿menos 8 M?


              A pesar de que el mundo del cine ha discriminado mucho a las mujeres, son muchas las películas con protagonistas femeninas, individuales o colectivas, sean Mujercitas o Princesas, estén Solas o quieran Volver, sean Superwoman, 10 La mujer perfecta o La mujer de rojo. Y muchas, muchas más.

              En nuestro teatro las mujeres cada vez somos más. Atrás quedó ese tiempo en el que no nos dejaban acceder a la carrera judicial ni a la fiscal o en el que ser abogada era ser una rara avis.

              Pero hoy, en vísperas del 8 de marzo, ¿podemos decir que hemos avanzado tanto como debiéramos? Es más, ¿podemos decir que hemos avanzado? ¿o tal vez nos hemos estancado, incluso retrocedido? Pues habrá que hacer balance.

              En los estrenos de pasados años por el día de la mujer, hemos hablado de las pioneras , de ese humo morado que dio lugar al color característico de las celebraciones de la mujer, de la situación de las mujeres en la justicia y de muchas cosas más. Pero hoy toca echar la vista atrás y ponernos luego delante de un espejo para contestar. Y tal vez no nos guste la respuesta.

              Empezando por lo positivo, podemos afirmar que por fin tenemos una mujer presidiendo el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo, y que ya habido 3 mujeres Fiscales Generales del Estado. Pero no echemos las campañas al vuelo, porque el número de mujeres que presiden Tribunales Superiores de Justicia en la actualidad es un triste 1, tras la jubilación de la presidenta valenciana, que durante mucho tiempo fue la única y luego compartió el hecho de ser la única representante femenina con su compañera extremeña, que ahora queda Sola ante de peligro. Y esto no dice nada bueno del avance de la igualdad, por más que en la carrera fiscal los números sean un poco mejores. En lo que a la Abogacía respecta, la cosa no es mucho mejor, porque la única presidenta que ha ostentado el cargo de presidenta del Consejo General de la Abogacía ya ha sido sustituida por un hombre, y hombres son también la mayoría de decanos

              Pero la igualdad no se reduce a la mera estadística, por más que sea importante. Y probablemente el mayor indicador venga dado por la posibilidad de que las mujeres profesionales contemos con normas sobre corresponsabilidad -que no conciliación- que nos permitan tener las mimas posibilidades que nuestros compañeros varones. Y eso, que cada día está mejor para quienes cobramos un sueldo del Estado, quiebra por completo cuando de mujeres abogadas se trata. Todavía queda un largo camino a recorrer en ese sentido.

              Si echamos un vistazo a la evolución legislativa, cada día hay más leyes feministas, desde que la ley integral de violencia de género en 2004 y la ley de igualdad efectiva de mujeres y hombres en 2007 abrieron un camino que convirtió a nuestro país en un referente legislativo en todo el mundo en materia de igualdad. Su último hito ha sido la llamada ley del solo sí es sí que, aunque fue muy denostada por sus problemas de técnica que motivaron revisiones no deseadas, tenía y tiene aspectos muy positivos en la protección de las mujeres, que van mucho más allá del Derecho Penal. También la nueva ley de eficiencia procesal contiene disposiciones para proteger a las víctimas de violencia de género fuera de la pareja o expareja, pero habrá que ver cómo es su puesta en práctica, porque sin medios corremos el riesgo de que produzca el efecto contrario al pretendido, y suponga retraso y caos para las víctimas. Ojalá me equivoque,

              No obstante, hay algo que me preocupa enormemente. Igual es cosa mía, pero cada día encuentro más desidia en lo que a la jurisdicción de violencia sobre la mujer se refiere, por no hablar de que una abrumadora mayoría de titulares de juzgados de violencia sobre mujer, fiscales o  lajs que sirven en tales juzgados son mujeres. ¿Por qué será?

              Así que aquí lo dejo. Que cada cual responsa a las preguntas que he formulado El aplauso será para quien cada día demuestra que de verdad cree en un mundo donde seamos cada vez más iguales

Olvido líquido: La dana y las fallas


Relato finalista del concurso de El Turista Fallero (traducido del valenciano)

Imagen de madebycarol

-Vuelve a casa! Vuelve a casa!. El yayo vuelve a casa!
María estaba emocionada. A pesar de que todavía era una niña, aquello que había vivido en los últimos tiempos lo había hecho madurar de repente. Pero, fuera como fuera, el que era una constante era su adoración por su yayo
María, y también toda su familia, pensaban que lo habían perdido. El desbordamiento del barranco por la Dana lo pilló su taller de artista, mientras trabajaba en su pasión y su oficio: la creación de fallas. La Dana se llevó el taller de Antoni con todos sus muñecos, y a punto estuvo de llevárselo a él. Se salvó en el último momento, cuando un helicóptero lo rescató de arriba de una estructura de madera, que era todo el que quedaba de su gran proyecto para las fallas de este año.

-Tenemos que tener muy presente el que han dicho los médicos -dijo la madre de María- Él no se acuerda de nada del que ha pasado. Tenemos que tener cuidado para que no se ponga nervioso. Nada de hablar de la Dana. ¿Está claro?. Por suerte, en la casa apenas se nota ya, después de dos meses

-¿Y si pregunta por el taller? No queda nada, madre

-Ya veremos como lo hagamos. Pero hay que fingir. No tenemos otro, de remedio

-?Que difícil, madre! Qué difícil lo ha puesto la Dana!

-¡María! -viene retomarla la madre- No vuelves a pronunciar esa palabra. O se te escapará con el yayo. Y ahora pone tu mejor sonrisa, que ya llega con tu padre

-Está bien, mamá.
Antoni llegó a casa algo más delgado que antes. Aparentemente, era lo único que lo diferenciaba del Antoni de antes del desastre. Sin embargo, María notó otra mirada en sus ojos. No podía explicarlo, pero él se daba cuenta.
-Escuchadme -dijo Antoni una vez estaba instalado- Ha pasado mucho de tiempo sin trabajar al taller, y el tiempo se nos comerá. En nada estamos en Fallas

-Padre -dijo su hija- Ha dicho el médico que todavía tienes que descansar. Nada de trabajar de momento

-Pero estoy bien. El médico ha dicho que solo fue un susto por la tensión

-Ya, pero todavía es pronto. Espera unos días

-Yayo -intervino María- que no te quite el sueño. Descansa y en una semana te incorporas. Yo te ayudaré cada tarde al volver de escuela. Sabes que me gusta mucho

-Es verdad. Y te das maña. Me fío de ti. Pero solo una semana. ¿Entendido?

-Sí, yayo
La madre de Maria le tiró una mirada asesina. Disimulaba cómo podía, pero la cogió por banda después
-Pero Maria. ¿Cómo le dices esto? En una semana no está listo el taller, ni los ninots, ni nada
-Pues tendrá que estar. Limpiaremos el taller y lo dejaremos perfecto. Pediré herramientas a otros artistas. A buen seguro que nos ayudan

-¿Y los ninots que estaban hechos? Los que…desaparecieron?

-Ya lo he pensado. Lo diremos que se los han llevado por una exposición. Y que se tiene que centrar al nuevo encargo

-¿Qué encargo?
-Te lo cuento. Fingiremos una llamada encargándole una falleta infantil.

-¿Y no se dará cuenta? Conoce nuestra voz
-Madre, te ahogas en un vaso de agua. Parece mentira, con toda el agua que hemos sufrido
-¿Entonces?
-He hablado con Mateu, el hermano de mi amiga Empar. Fingirá que es el presidente de una falla que pide sus servicios
-Lo tenes todo pensado, hijita

-Por el yayo, el que sea
Dicho y hecho. En una semana entre María, sus padres, compañeros y amigos de Antoni, el taller estaba listo. Parecía el mismo que antes de que el agua lo destrozara.
Cuando volvieron, encontraron Antoni entusiasmado
-¡María! Tendrás que ayudarme mucho. Tenemos un nuevo encargo.
Una semana después de su alta, Antoni estaba con María al taller. Habían conseguido su propósito

-Maria, tengo una idea para la falleta

Di, yayo

-El tema sería una inundación. Y la colaboración de todas las personas para hacer como si no hubiera pasado nada. ¿Qué te parece?