FUERZAS Y CUERPOS DE SEGURIDAD: ¡¡¡¡ACCIÓN!!!!


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                El espectáculo continúa imparable en nuestro gran teatro. Pero como toda buena función, necesita su dosis de acción para hacerlo atractivo. Como la vida misma. Y hasta ahora, en nuestro paseo por la farándula, nos hemos centrado en personajes más bien reflexivos. Personajes que interpretan su papel, más allá de su paso por la escena del crimen, sentados en sus despachos o en la sala de vistas donde se escenifica el juicio. Y claro, alguien tenía que aportar la acción a nuestra obra. Y ahí es donde entran ellos. Con su uniforme y, a veces, sin él.

                La labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad es una pieza indispensable para que se ponga en marcha nuestro teatro, sobre todo, cuando de infracciones penales se trata. Ellos son quienes, con su megáfono imaginario, dan el no menos imaginario grito de “Luces, cámara y ¡¡¡acción!!!” para que empiece el rodaje. Sólo que en nuestro caso, en lugar de megáfono y silla de tijera, traen el consabido sobre que contiene el atestado, el pistoletazo de salida nuestra peculiar carrera. Y, como buenos artistas, despiertan toda la expectación que su tarea merece. Porque allí estamos todos en el Juzgado de guardia, preparados para que ellos lleguen y nos den el guión de la función que ese día vamos a representar. Ni más ni menos. Y, por supuesto, del argumento de ese guión y de cómo esté escrito, dependerá si la función resulta buena, mala o regular. Ahí es nada.

                La verdad es que, a poco veteranos que seamos los actores, enseguida intuímos por dónde van los tiros en la obra que cada día nos toca realizar. La prisa en traerlo, la comisaría o cuartel de procedencia y hasta la actitud de quién trae el atestado son buenas pistas, pero la más definitiva es el peso. Cuanto más grueso es el mazo de papeles, mas compleja se vuelve la función, y de mayor duración. Y cuanto menos folios, claro, más sencillo. Pero no más importante en un caso que otro, no nos confundamos. Que tan importante es parar a un conductor borracho o abortar una pelea en un bar como resolver la más complicada red de narcotráfico o el más sangriento asesinato. Y la representación, sea un cortometraje o una trilogía, tiene que estar impecablemente realizada para triunfar. Y de su actuación depende en muchos casos que la película tenga un final feliz.

                Una actuación nada sencilla, en la mayor parte de los casos, por más que a primera vista  algunas parezcan simples trámites. Pero aguantar las bravuconadas de un conductor borracho, muchas veces dirigidas a ellos, no debe ser plato de gusto. Como no debe ser fácil, tampoco, soportar estoicamente las reacciones, a veces hilarantes, de quien se ve envuelto en una pelea. Recuerdo dos señoras a las que trajeron a la fuerza tras enzarzarse en una pelea por tan indignante motivo como el de que una le dijera a otra que no se lavaba la faja, que acabó diciéndole al policía que seguro que su mujer tampoco se la lavaba, por eso no le daba la razón. O a una venerable anciana que hinchó a mordiscos al agente que trataba de decirle que depusiera su actitud. O a algún maltratador que, no contento con haber apalizado a su pareja, le acababa preguntando al policía si él no ponía a su señora en su sitio. Tal cual. Y miles de anécdotas más.

                Pero lo bien cierto es que, anécdotas aparte, en muchos casos, se juegan el tipo. Sin ellos, no habría función, y la hay a pesar de que muchas veces es a costa de su propia integridad. Además, por supuesto, de que son ellos quienes protegen la nuestra, custodiando a los detenidos y tomando las medidas para que los demás podamos seguir representando nuestros papeles sin sobresaltos, que con alguno que otro no es poca cosa.

                Y no olvidemos que su papel no acaba allí. Muchos tienen su momento estelar en el juicio. Cuando aparecen, con uniforme o sin él, los focos se dirigen hacia ellos, y de lo que digan y de lo que no digan, puede depender una absolución o una condena, el éxito o fracaso de la función. Y por ello, desde aquí, vaya el rendido aplauso de un público entregado. Porque sin ellos no habría función en este gran teatro de la justicia.

 

FUNCIONARIOS: ENTRE BAMBALINAS


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         El espectáculo continúa, como debe de ser. Y, como debe de ser también, lo hace gracias a los técnicos que, entre bambalinas, se ocupan de que todo esté a punto para que nuestras estrellas luzcan en todo su esplendor, Sonido, luces, decorados, y tantas cosas que, aún sin verse, son absolutamente imprescindibles, y que tienen que ser controladas por quienes conocen sus entresijos. Y nuestro teatro no podía ser menos, claro está. Y para ello están nuestros técnicos, que no son otros que los funcionarios, tantas veces tratados, paradójicamente, con injusticia en nuestra justicia.

         ¿Qué sería de Grease sin que alguien se hubiera ocupado de que Denny y Sandy tuvieran sus chupas de cuero y se oyeran bien sus voces, y estuvieran bien maquillados, y ejecutaran perfectamente su coreografía con una buena iluminación? ¿Qué hubiera sido de Titanic si nadie hubiera preparado el barco, el iceberg, el océano y el tablón que Leo di Caprio cede a Kate Winslet para salvarle la vida? Pues eso. Lo mismo que sería de nuestro gran teatro de la justicia sin los funcionarios. Un desastre.

          Los funcionarios se ocupan de que el engranaje de la justicia se ponga en movimiento. Ellos son quienes reciben en primer término al ciudadano, quienes toman sus denuncias, quienes dan entrada y salida a los expedientes, quienes archivan cada uno en el lugar correspondiente, quienes distribuyen los documentos, quienes atienden llamadas, quienes toman nota de las declaraciones, quienes se encargan de que cada cual entre en el juicio en el momento adecuado, y quienes, en definitiva, hacen tantas y tantas cosas sin las cuales esto no sería posible y el telón no podría alzarse cada día. Ellos, muchas veces son quienes enjugan las lágrimas de una víctima y quienes soportan sus gritos y su indignación. Hasta los he visto hacerse cargo de los niños de las víctimas mientras ellas declaraban. Y dicho sea de paso, son quienes aguantan muchas veces nuestros malos humores. Y a quienes se echa mano para echar la culpa de algo que no ha salido bien.

              Los funcionarios en general, y los de justicia en particular, han sido objeto de críticas y chanzas, en la mayoría de los casos, inmerecidas. Como si el hecho de cobrar un sueldo cada mes por haber aprobado una oposición les convirtiera en vagos redomados. Y olvidando lo que cuesta aprobar una oposición, y los tumbos que hay que dar por distintos escenarios de los pueblos de España hasta lograr aposentarse en ese status presuntamente privilegiado que en realidad no lo es tanto. Porque sufren como nadie de los recortes en sueldos, en pagas extras y en derechos, hay que reconocerlo.

               Entre ellos, por supuesto, hay de todo. Igual que hay actores buenos, malos y mediocres. Pero la mayoría son  grandes profesionales que saben llevar sobre sus espaldas el peso de la parte más ingrata de nuestro espectáculo, esa parte que no se ve. Que quien lleve tu juzgado, o tu negociado, sea un buen o un mal funcionario, determina en gran manera la suerte que corre el resultado de nuestro trabajo, la rapidez y eficiencia del mismo. Y la mayoría son buenos. Y mucho menos reconocidos de lo que merecen.

           Siempre recordaré a primera vez que una funcionaria se dirigió a mí, en mi primer destino, llamándome “Doña Susana”. Mi primera reacción fue mirar en derredor buscando a la tal Doña Susana. Luego, me entró la risa al ver que se refería a mí, y me imaginé a mí misma como la amiguita de Mafalda en los tebeos de Quino, que soñaba con que de mayor la llamasen así. Pero disimulé como pude y aprendí el respeto que unos y otros nos debemos. Y en ello sigo, aunque, quizás porque ya me he hecho mayor, ahora les tuteo, y no me importa que ellos hagan otro tanto.

          En mi primera guardia en la capital, me salvó la cara una funcionaria que suplió los defectos de mi bisoñez. Hoy sigue conmigo, y hasta hoy no se lo había dicho. Y, curiosamente, ella no lo recordaba. Porque ése es su trabajo, me ha dicho.

          Así que, la próxima vez que entremos en nuestro gran teatro, pensemos que sin luces, ni escenografía, ni sonido, la función no resultaría tan lucida. O quizás ni siquiera podría levantarse el telón.

 

ABOGADOS: CONTRARIOS, QUE NO ENEMIGOS


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Todos los buenos espectáculos tienen sus mejores representaciones en días de fiesta. Y nuestra función, claro está, no podía ser menos. Por eso, aprovecho este día en que media España está de fiesta –no en vano es la Virgen de agosto- para presentar uno de los personajes más polivalentes de todos: el abogado. Ese que igual defiende que acusa, demanda que es demandado, se querella o es querellado, apela o es apelado, en definitiva, gana o pierde. O ambas cosas que, como nos decían en la Facultad, todo es interpretable en Derecho.

La elección de esta fecha, 15 de agosto, para dedicar mis palabras a los abogados, no es casual. Si cuando hablaba de los forenses decía que mi cadena de ADN estaba pegando saltos, hoy precisamente todos mis genes están revolucionados y apenas me dejan teclear. Porque como bien saben quienes me conocen, soy hija y nieta de abogados, y hoy, precisamente, se cumplen veinticinco años que mi padre se marchó de este mundo, dejando abandonada su toga para siempre. Precisamente, la imagen que he utilizado para ilustrar este post es la de un muñeco que siempre presidió el comedor de mi casa, y que he tenido la suerte de encontrar en Internet. El se fue cuando apenas hacía un par de meses que yo era oficialmente opositora, cuando podía haber aprovechado todo lo que tenía aun por enseñarme. Por eso, permitidme este momento de sentimentalismo para dedicarle a él la representación de hoy. Porque de otro modo mis genes no me dejarán tranquila.

Los abogados son esa parte del reparto necesaria, aunque no siempre muy lucida. La calidad de su interpretación en la función no sólo depende de ellos mismos, porque no son del todo libres a la hora de elegir su papel. Este les viene condicionado en parte por la voluntad de sus clientes, no siempre dispuestos a dejarse aconsejar por quien contratan precisamente para eso, para que les aconseje. Por contradictorio que parezca. Y a veces se ven abocados a sostener posturas que ellos mismos saben que son insostenibles porque, ya se sabe, quien paga, manda. Esas veces en que, desde el otro lado del banquillo, nos percatamos de su cara de angustia o de resignación, aunque ellos no lo sepan. Esas veces que ellos mismos adornan con un manido “dicho sea en estrictos términos de defensa”, que viene a significar un “lo siento pero no puedo hacer otra cosa”, que en la mayoría de casos entendemos mucho mejor de lo que ellos se piensan.

Los abogados, también conocidos como letrados, suelen hacer de todo, salvo los afortunados que han podido superespecializarse y se dedican solamente a lo suyo. Mi padre, como ya he dicho alguna vez, afirmaba que el derecho penal era para disfrutar, y el resto para ganarse la vida. Aunque seguro que no todos piensan lo mismo, pero lo bien cierto es que tan pronto acusan de parte de la familia de una víctima como defienden al asesino o asisten a un detenido por un hurto en un supermercado como a un narcotraficante. A veces se presentan como acérrimos defensores de la custodia compartida en un divorcio y en otro son los adalides de las bondades de la custodia exclusiva de la madre. En ocasiones, tan pronto representan a un empresario que despide a sus trabajadores como a un trabajador despedido o piden una cantidad exorbitante por un incumplimiento de contrato como intentan achicar las responsabilidades cuando representan al incumplidor. Y hay casos en que casi se ven obligados a pedir la luna, cuando pleitean contra administraciones. Y representan, en la parte más amable y social de su trabajo, a menores, a extranjeros, a discapaces, a víctimas de violencia de género y a muchos de los más desvalidos. Esa es la grandeza y la miseria de su papel en nuestro gran teatro de la justicia.

Pero entre los letrados hay de todo, como en botica. Buenos, malos y regulares, al igual que en todas partes. Y quienes vestimos toga con galleta y puñetas los sabemos. E interpretamos su mirada de “menudo papelón estoy haciendo” mejor de lo que piensan. Aunque quieran vendernos que están totalmente imbuidos del síndrome de Estocolmo y se creen a pies juntillas lo que dice su cliente. Así que les advierto, señores letrados: no cuela. Sabemos cuándo creen a su cliente y cuando solamente fingen creerlo. Y nos valemos de ello, dicho sea de paso, que los demás también aspiramos al Oscar.

Y, ya que estamos, aprovecharé para aclarar un par de cosillas, menos obvias de lo que parecen. Los jueces y los fiscales no nos creemos superiores –al menos, no la mayoría de nosotros-, aunque  sea un lugar común de los letrados entenderlo así, que algunos tenemos buen oído y captamos parte de las conversaciones que tienen en los pasillos. Pero tampoco somos tontos –al menos, no la mayoría de nosotros- así que no se molesten en hacernos tanto la pelotilla. Y, si me admiten un consejo, nunca den demasiada coba a un juez delante de un fiscal, o corren el riesgo de ganarse un enemigo eterno. Se lo digo yo.

Así que hasta aquí esta pequeña semblanza de esos actores versátiles que no siempre arrancan los aplausos del público. Porque no es fácil defender a un asesino o un maltratador. Pero es necesario, y debe saberse. Por eso, desde aquí mi pequeño homenaje y, cómo no, mi aplauso. Espero haber cumplido, y que mis genes me dejen dormir tranquila por haberlo hecho bien. Como mi padre me enseñó, por supuesto.

SUSTITUTOS: EN BUSCA DE LA OPORTUNIDAD PERDIDA


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         Cualquier director teatral lo sabe: no puede haber un buen espectáculo sin que haya sustitutos para los protagonistas. Y nuestra función no podía ser menos. Los actores y las actrices somos humanos, y enfermamos, nos embarazamos, tenemos accidentes y hasta, créase o no, permisos y vacaciones. Y mientras, como dice la canción, el show debe continuar. Por eso necesitamos nuestros suplentes. Un clásico necesario, veáse si no “Eva al desnudo”. Aunque desde las alturas parece que no lo entiendan demasiado últimamente.

             Los sustitutos, o suplentes, son imprescindibles. Que nos lo digan si no a quienes estamos haciendo malabares para paliar su falta. Otra cosa es la cantidad prevista, la calidad de sus interpretaciones o el casting por el que han de pasar para lograra ese puesto y los requisitos que les pidan. Muchas veces se les critica por ello, olvidando que ellos no tienen la culpa de cómo y a quién eligen, y para qué papel. Ellos sólo se pliegan a lo que les piden, y se presentan a la prueba con la mejor de las intenciones. Pero claro, la elección no depende de ellos, ni de nosotros, y a veces los criterios son más que discutibles. Igual que a nadie se le ocurriría escoger para interpretar “El Cisne negro” a alguien con obesidad mórbida y que no hubiera calzado unas zapatillas de ballet en su vida sólo porque hubiera hecho un excelente “Enrique VIII”, no parece acertado elegir para suplir a un Juez de Instrucción o a un Fiscal a alguien cuyo mérito fundamental sea un doctorado en Derecho Romano o en Filosofía del Derecho si jamás pisó un juzgado y no se dedica al Derecho penal. Y esto, que parece una obviedad, no es tan obvio para nuestros directores de casting. Y por ahí muchas veces van las críticas.

                Otra de las razones por las que a veces les llueven palos es la asignación de plazas. Y es en cierto modo lógico, al menos desde determinados sectores. Es comprensible que a un opositor que se está dejando la vida y las pestañas entre libros y apuntes se le abran las carnes de pensar que no le crean más plazas porque las están cubriendo sustitutos. Craso error. Cada uno tiene su papel en la función. Los opositores aspiran a lograr un papel principal y definitivo, los sustitutos a suplir a cualquiera de los protagonistas mientras éste no puede representar su papel. Cada uno con su casting, aunque hay algunos que, como buenos artistas, se presentan a ambos. Si por parte de la suprema dirección de nuestro teatro se confunden ambas funciones, suya es la culpa, y no de los aspirantes. Y suya será la responsabilidad de que la obra resulte un fracaso. Como pasa más veces de lo que quisiéramos.

         Pero en realidad, lo que diferencia a un juez, fiscal o secretario sustituto de uno titular es precisamente eso, aunque resulte una perogrullada: que uno es titular y el otro sustituto. Que el primero ganó con una oposición unos derechos laborales, como la inamovilidad y un sueldo fijo, del que el otro carece, y un cargo que le pertenece por derecho propio y no por la imposibilidad de ejercerlo de nadie. Por lo demás, tan profesionales –o no- somos unos como otros, por más que alguien subvierta el lenguaje poniendo el acento en una falsa distinción entre profesionales y no profesionales. Recuerdo la frase de un compañero, que fue sustituto antes que titular, y que afirma que tan profesional era antes como ahora, por más que ahora viva más tranquilo.

               La verdad es que no sé si soy una privilegiada, pero he conocido a excelentes profesionales entre los sustitutos a lo largo de mis años como fiscal. Aunque también los he conocido no tan excelentes, que no todo el monte es orégano. Y a la cabeza de mi particular ranking de jueces, pondría a una juez titular y a otra sustituta con la que compartí juzgado. Ese es mi top ten, y no me duelen prendas de decirlo. Como no le deberían doler a nadie.

           Por todo esto, me indigna que se los hayan quitado de encima con una patada en el trasero. Y que, de paso, nos hayan dado otra en las narices a los titulares con la milonga de que hemos de sustituirnos entre nosotros, a cambio de una limosna, si nos llega. Porque también hay quien se ha empeñado en decir que vamos a hacernos millonarios a costa de esto, cuando la cosa no es tal. Que se pregunten si no por qué en grandes fiscalías como Madrid o Valencia nadie se ha presentado voluntario a hacer sustituciones. Salvo que piensen, claro, que somos tan espirituales que no queremos hacernos millonarios. Igual por eso nos congelan el sueldo y nos mangonean la paga extra en cuanto hay ocasión.

          Así que, lo dicho. No hay buena función sin buenos suplentes, sin alguien preparado para hacer el papel de quien enfermó, tuvo un hijo o marchó de merecidas vacaciones. Y es al director de casting a quien compete hacer una buena elección. Y saber que, por bueno que sea, un mismo actor no podrá hacer de Romeo y de Julieta a la vez.

OPOSITORES: ASPIRANTES EN BUSCA DE CASTING


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                Toda buena función ha de haber tenido, por fuerza, un buen casting. Y la nuestra, ese gran teatro de la justicia, no podía ser una excepción. Tiene su propio casting, tal vez uno de los más duros que hay: la oposición. Una prueba que hay que preparar concienzudamente, que ensayar hasta la saciedad, y que ejecutar dándolo todo, porque una interpretación mediocre el día de la audición puede hacer que se estrelle el mejor actor. Y, lo que es peor, que nunca llegue a saberse lo buen actor que podría llegar a haber sido.

                Todos los que en esta función tenemos un papel como titulares, hemos pasado necesariamente por ese doloroso casting. Una o varias veces. Y a todos nos han quedado secuelas, algunas conocidas o reconocidas, y algunas no tanto. Pesadillas recurrentes, miopías galopantes, manías inconfesables, pánico escénico, tribunalsupremofobia, sabihondismo insoportable, o aceleración verbal, entre las más llevaderas. Y algunas más preocupantes como migrañas o crisis de ansiedad. Y ahí se quedan instaladas para siempre. Recordándonos, cómo no, que “la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor”, como les decían a Coco, a Bruno Martelli, a Leroy Johnson y a los demás aspirantes a artistas de la serie “Fama”.

                Pero hay que ser fuertes. Porque todas estas consecuencias no son excluyentes. Yo, sin ir más lejos, creo que las sufrí todas, y algunas todavía las arrastro. Ya he contado varias veces que, de vez en cuando, el ordenamiento jurídico me persigue entre las sábanas y me impide dormir. En cuanto a mi vista, la arruinó definitivamente aquella letra diminuta de los apuntes, las noches iluminadas sólo con un flexo y la obsesión por condensar el máximo de información en el mínimo espacio posible. Menos mal que una vez aprobada, gané el dinero suficiente para que un buen oftalmólogo me recompusiera, que no hay mal que por bien no venga. Por no hablar de las manías, que por aquel entonces me quedaba sin respiración si no tenía a mano mi bolígrafo Bic de punta fina, y aún lo sigo necesitando, al igual que al puñado de rotuladores fosforescentes sin los cuales mi vida carecía de sentido. El pánico escénico, y, en especial, la tribunalsupremofobia, me continúan asaltando cuando menos me lo espero, y en ocasiones, sólo con ver esas puertas verdes y doradas en una fotografía, me vuelven a entrar sudores fríos. Y del sabihondismo, mejor ni hablo, que bien puede ver cualquiera que me lea que me posee de vez en cuando como si fuera la niña de “El Exorcista”.

                Y pese a todo, vale la pena. Cuando la vocación para formar parte de nuestra función es firme, el resultado lo merece. Como el actor que al obtener el Goya recuerda sonriendo sus inicios, miseriosos, esforzados y, sobre todo, incomprendidos, y lo hace con una gran sonrisa. Quienes elegimos formar parte de esto lo hacemos, además de por la lógica necesidad de ganarnos la vida, por una vocación de servicio público que a veces ni siquiera nosotros mismos reconocemos.

                Casi nadie comprende al opositor, más allá de los demás opositores. Al resto del mundo le resulta extraño ese ser huraño, que si sale lo hace pendiente del reloj porque ha de cantar al día siguiente, que jamás habla de planes o de vacaciones porque carece de ellos, que no tiene más perspectiva que la próxima tanda de temas. Y para el que dar una vuelta no es salir de paseo, ni cantar entonar una melodía. Un ser para el que cada reforma legislativa, por positiva que parezca, es un verdadero drama, y que viste un perpetuo uniforme constituido por chándal, pijama, o bata de guatiné, según los gustos. Una marciano para todo el mundo, salvo para los iniciados en esta secta, caracterizada, entre otras cosas, por su obsesión por el tiempo y el cronómetro.

                Pero si el opositor siempre ha sido un ser meritorio, los de ahora son superhéroes. Porque hay que tener mucho valor para seguir aspirando a formar parte de una función que cada vez ofrece menos papeles, que cada vez espacia más los castings y exige más a los aspirantes. Porque si hay algo que caracteriza al opositor, es que es el ser humano que por definición carece de todos los derechos humanos que aprende y expone, o de casi todos. El opositor no opina, recita; no piensa, memoriza; tiene limitado su derecho al descanso semanal, a la reunión pacífica y sin armas; no se puede ni plantear una huelga y su derecho a tener un trabajo y una vivienda digna dependen del día del examen. Hasta su derecho a la integridad física es relativo, ya que ha de estudiar sus temas aunque la fiebre o la migraña o la gripe le consuman, sin que quepa pedirse baja alguna. Y aún así, resiste. Como un verdadero superhéroe.

                Así que, ánimo a ellos, y un poquito de comprensión al resto de mortales. Porque en sus manos, en sus mentes y en sus corazones está el futuro de nuestra función. Porque son nuestra cantera, y hay que mimarlos. Y porque les quedan por delante varios castings con algún que otro Risto dispuesto a todo. Aunque, como dice el refrán, “lo que no te mata te hace más fuerte”.

                Y a los que estáis en ello, no olvidéis que os esperamos aquí dentro. Con toga, tacones, y con lo que haga falta.

 

 

MÉDICOS FORENSES: MÁS VIVOS QUE MUERTOS


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                Nuestra particular representación sigue adelante, que ya sabemos que pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Y así lo hace. Con un personaje peculiar, que suele despertar el morbo del público, aunque generalmente más por desconocimiento que por otra cosa. Y el interés, por descontado.

                Se trata del médico forense. Confieso que con sólo teclear estas dos palabras, mi cadena de ADN se pone a dar saltos como loca. Porque la coincidencia de apellido con el de uno de los padres de la Medicina Legal en España no es casual. Y quisiera, de paso, brindarle mi particular homenaje dando un papel de relevancia en la obra a nuestro personaje de hoy, que bien se lo merece.

                El médico forense es un técnico cualificado. Su función es auxiliar al juez, y al fiscal, en aquella parte de su trabajo en que son necesarios los conocimientos médicos de los que nosotros carecemos. Como nosotros, sirven al ciudadano y, también como nosotros, sólo logran acceder a este puesto tras una dura oposición. Y añadiré que son los únicos integrantes de la comisión judicial que no lleva toga, sino bata blanca. Y no siempre. Antes estaban adscritos a uno –o varios- juzgados como el juez y el secretario judicial, pero desde hace un tiempo, con el advenimiento de los Institutos de Medicina Legal, tienen una organización propia, tal vez más parecida a la que tenemos los fiscales, con especialización y sin un puesto “oficial” en el juzgado sino en el propio Instituto.

                En realidad, todo el mundo sabe lo que es un médico forense. O cree que lo sabe, que el “CSI” y otras series de televisión han hecho mucho daño a la cultura judicial española. También es un personaje con un tinte romántico, no en vano es el personaje principal de algunas exitosas novelas de Robin Cook o de Patricia Cornwell y su afamada Doctora Scarpetta. Pero, si preguntas a cualquiera en la calle, seguro que la respuesta es que el forense es el médico de los muertos. Sin más.

                No voy a negar que algo de eso hay. Hasta el punto de que una médico forense muy muy cercana a mí suele bromear diciendo que son los únicos médicos que no tienen el problema de que se les puedan morir los pacientes. Pero, aparte de esa tan conocida labor en la sala de autopsias, los forenses tienen muchas más funciones que, además, afectan más a vivos que a muertos. Y que son mucho menos conocidas.

                En cualquier caso, no podemos obviar el momento estelar que en la función representa el forense: el levantamiento de cadáver y la práctica de la autopsia. Ese momentazo en que roba todo el protagonismo a la estrella de la función y que hace que los focos se centren en él. El momentazo que le puede valer el Oscar, vaya, porque los datos que aporte en la investigación por una muerte son los que en última instancia pueden determinar la condena o no del culpable. Ahí es nada.

                Eso sí, todo dentro de un orden. Probablemente por influencia de películas y series, la gente suele creer que con sólo un vistazo y un par de tajos bien dados, el forense los sabe todo: la hora exacta de la muerte, con minutos y segundos, el arma homicida, incluida marca y fecha de fabricación, y la identidad del autor, con sus huellas dactilares y su ADN. Y claro, cUando no es así, que no es nunca –o casi nunca- por razones obvias, el público puede sentirse defraudado. Por eso hay que explicar muy bien que un cadáver no siempre ofrece todos esos datos, y depende de mil cosas, como el tiempo transcurrido o el estado de conservación, lo lejos que puedan llegar en sus conclusiones. Como me dijo una vez un forense recién llegado, es una lástima que no salga un gnomo del cerebro del difunto para decirte cómo, quién o dónde acabaron con él. Pero no lo hay.

                Pero además de muertos, los forenses se las tienen que entender con vivos, y con vivos nada fáciles, por cierto. Ellos son quienes nos dicen si éste o aquél sospechoso está en sus cabales, y hasta qué punto. Y quienes determinan si las personas están en su sano juicio o necesitan que se les nombre un tutor, venido el caso. O si el estado de salud permite a una persona hacer un trabajo, por poner algunos ejemplos Tarea imprescindible sin duda alguna.

                Y otra gran parte de su trabajo consiste en ver y valorar los lesionados, o a los que pretenden haberlo sido. Y subrayo lo de valorar porque a veces ha dado lugar a equívocos, algunos de ellos francamente hilarantes, ya que hay quien cree que el forense es algo así como el médico del juzgado, y le puede consultar cualquier cosa como si fuera el médico del barco en “Vacaciones en el mar”. Y así, hay imputados que, informados de su derecho a ser vistos por el médico forense, se empeñan en que les mire porque les ha salido un lunar que igual es malo o porque tiene anginas, ignorando que el objeto de esa diligencia es, precisamente, valorar si está en condiciones de declarar, si es o no drogadicto o alcohólico, o si ha sufrido lesiones, y no recetarle una aspirina o un antiácido. Aunque no siempre es fácil de explicar.

                Además, son los encargados de hacer el seguimiento de la evolución de las lesiones en casos de accidentes de tráfico, accidentes laborales o de haber sido víctimas de hechos delictivos. En este último caso, su dictamen es fundamental a la hora determinar si el autor trataba de matar o no, con las consecuencias penales que ello supone. Y en este orden de cosas, su dictamen es la piedra angular de la indemnización que habrá de darse –o no- al lesionado. Y, cómo no, en la determinación de la existencia de violencia de género o doméstica.

                Un buen forense es esencial en cualquier procedimiento en que intervenga. Porque, aunque muchas veces se desconoce, su labor no acaba con la investigación y el consiguiente informe, no. Porque los médicos forenses acuden como peritos a los juicios, y han de explicar a un puñado de leguleyos las cosas en palabras que nos sean comprensibles –no olvidemos que somos “de letras”- O, lo que todavía es más difícil, explicárselo a un jurado popular, que carece por completo de ningún conocimiento técnico. Incluso recuerdo una forense que tuvo que decir que aquello era “como cuando un niño se hace pupa” para hacerse entender. Y muy bien que hizo, dicho sea de paso.

                Así que nada, hasta aquí mi particular semblanza de ese personaje imprescindible si queremos tener un buen reparto en nuestra función. Más allá de leyendas urbanas, muchas veces alimentadas por intereses ajenos al ciudadano y la justicia. Sólo espero que esos genes míos a los que hacía referencia hayan quedado satisfechos con el papel que he dado a nuestro protagonista. Un papel muy lucido, porque no puede ser de otra manera. Y que bien le puede hacer ganar el Oscar.

 

 

SECRETARIOS JUDICIALES: LA CARA OCULTA DE LA LUNA


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                Como no podía ser de otra manera, la función sigue adelante, en esta sesión continua que se representa día a día. Y hay que seguir conociendo a sus protagonistas, unos más conocidos y otros menos. Pero todos importantes.

                Cuando hablaba desde este mismo blog de los fiscales, lo hacía recordando el desconocimiento general de nuestra labor y nuestras funciones. Ya entonces adelantaba que el otro gran desconocido en nuestro escenario es alguien esencial: el Secretario –o Secretaria judicial-. Así, escrito con mayúsculas. Y a esto precisamente me dispongo ahora. Porque si las funciones del Fiscal son desconocidas, de los Secretarios se ignora, a veces, hasta su propia existencia, y eso no es justo. Porque ningún juzgado sobreviviría sin ellos.

                Huelga decirlo –o quizás no- pero hay que insistir que un Secretario Judicial no es el secretario o secretaria del juez, ni muchísimo menos. Que nada tiene que ver con esa acepción de la palabra que evoca máquinas de escribir, dictados, teléfono y recados varios, incluído café. Para los que ya tenemos unos años, o cierta nostalgia, lo que decía aquella vieja canción de Mocedades. Nada que ver, hay que insistir. Recuerdo al respecto cierta serie de televisión que, por una elemental falta de documentación y de ganas de tenerla, ofrecía una visión deformada e irreal de esta figura, lo que produjo justa indignación y airadas quejas por parte de los aludidos. Y no era para menos. La serie, segunda parte de “Turno de oficio”, mostraba a la Secretaria judicial como una simple subalterna que servía el cafetito, llevaba el maletín o hacía los encargos del juez, protagonista absoluto, al que, de paso, le hacía la pelota de una manera insoportable. Sólo faltaba que además estuviera enamorada de él para completar el cuadro. O a lo mejor, no faltaba.

                Los Secretarios judiciales son un cuerpo técnico con una esmerada preparación que necesitan, para acceder al mismo, de una dura oposición, y para su trabajo, de una gran dosis de dedicación y una indudable profesionalidad. Y visto lo visto con las reformas que se avecinan, también de unas enormes tragaderas y de paciencia, que hasta el nombre les quieren cambiar, pese a su oposición, y les ponen normas tan peregrinas como esa de “vestir con decoro”, como si hasta ahora fueran disfrazados o anduvieran en traje de baño y chanclas. Como si no hubiera cosas importantes que regular, dicho sea de paso.

                En palabras ampulosas, el Secretario es el fedatario judicial, es decir, algo así como el notario de lo que ocurre en nuestra justicia. Algo fundamental para cosas tan importantes como entradas y registros, transcripción de escuchas telefónicas, apertura de paquetes postales o cotejo de mensajes, por poner algún ejemplo. Sin su presencia, la mayor parte de actuaciones judiciales carecerían de validez y, hasta no hace mucho, se encargaban, armados y pertrechados de papel, bolígrafo e incluso grapadora, de elaborar las actas de los juicios tomando nota de todo lo que en ellos pasaba. Por fortuna, alguien se percató de que los monjes amanuenses dejaron de estar de moda desde la Edad Media, y ahora los juicios se graban en CD. Un verdadero salto tecnológico al siglo XX, oiga, que al XXI ya iremos llegando. Tiempo al tiempo.

                También dirigen al personal del juzgado, la oficina judicial, o como quiera que se llame o que se vaya a llamar. Esto es, que se encargan de lo referente a la organización de los funcionarios que trabajan en su juzgado. Lo que a nadie se le escapará, por poco avispado que sea, que es esencial para que la función se represente correctamente. Nada menos.

                Y, aunque no pretendo ser exhaustiva sino dar unas pinceladas de la labor de nuestro protagonista de hoy, hay algunas cosas que no quiero dejar de citar. Como la lectura de derechos, algo tan peliculero y conocido, que les corresponde sin que mucha gente lo sepa. O la llevanza de registros tan fundamentales como el de víctimas de violencia doméstica y de género, la anotación de los famosos autos de alejamiento -o “de escarmiento”, como he oído alguna vez. O las tan odiosas y odiadas estadísticas, trabajo tan pesado que a veces se vuelve pesadilla.

                Y aquí no acaba todo, ni mucho menos. Como cualificados técnicos en Derecho, son los encargados de acordar determinadas resoluciones, que no sólo es el juez quien siempre ha de resolver. Y podrían, por qué no, asumir otras funciones, como la llevanza del Registro Civil que en su día se propuso y que se ha preferido encarrilar por otros derroteros, con base a vaya usted a saber qué inspirado criterio. Eso sí, les quieren hacer recaudadores de tasas judiciales, así que espero que no les provean de una bandolera al cinto como los revisores de tren. Aunque siempre podrán decir que con eso faltan al decoro, digo yo.

                Así que aquí queda la semblanza de esa parte del reparto de la obra que existe sin que muchos lo conozcan, como la cara oculta de la Luna. Y que, por cierto, también lleva toga, con su chapa -plateada o dorada- y sus puñetas, cuando toca. Porque ellos lo valen. De verdad.

JUECES: LOS IMPRESCINDIBLES


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            Pocas cosas hay más difíciles para una fiscal que se precie que hablar sobre los jueces. Siendo sincera, claro, más allá de lugares comunes y de las sempiternas rivalidades entre nuestras dos carreras, que llamamos “hermanas” no sé muy bien si por lo fraternal de nuestra relación o por las continuas disputas como ocurre con todos los hermanos del mundo. Pero como todos los hermanos del mundo, condenados a entenderse y profesándose mucho más cariño que el que están dispuestos a admitir.

           En este gran teatro de la justicia, el juez es, desde luego, el personaje más imprescindible. Ese invitado de lujo sin el cual la representación carece de sentido. Porque, huelga decirlo, sin jueces no hay justicia como no hay mañana sin sol ni noche sin luna.

           Ser juez es muy difícil, que nadie se lleve a engaño. Supone aprobar una dura oposición, ya lo he dicho muchas veces, pero no sólo eso. Hay que dedicar tiempo, una buena dosis de sentido común y una paciencia infinita. Y es que, aunque lo desearían, no les dan una bola de cristal para adivinar qué es lo que ha pasado, ni una varita mágica para solucionarlo. Es más, como se están poniendo las cosas, a veces no les dan ni un triste post-it, o un bolígrafo, para hacer su trabajo. Y de tecnología, ni hablamos. Un ordenador del Pleistoceno en su despacho, y va que vuela. Que para una vez que les dieron unos modestos portátiles les piden después que los devuelvan.

           Y eso es lo que hay. Los jueces se enfrentan a los más variados problemas con la obligación de resolverlos. Desde las peleas de vecinos que dejarían en nada las de las series de televisión, hasta los más alambicados casos de ingeniería financiera, desde la delincuencia de guante blanco hasta los crímenes más sangrientos, desde el despido de un trabajador al desmantelamiento de una gran empresa, desde una multa de tráfico hasta la anulación de la más compleja de las disposiciones legales. La vida en sus manos, en sus múltiples facetas. Y la opinión pública siempre pendiente de sus actos.

            Porque quizás una de las peores cosas de ser juez es eso de andar siempre “en el candelero”, como dijo una famosilla en su día. Y ahí les llevamos ventaja los colegas de toga de la carrera hermana que, al menos hasta hace bien poco, éramos casi invisibles, y cargaban ellos con todas las culpas del sistema, que no son pocas. A bregar día tras día con el sambenito de que la justicia es lenta, cuando hay millares de asuntos que se resuelven de inmediato en la guardia. A aguantar constantemente eso de que para la justicia no todos son iguales cuando, en la mayoría de asuntos, ni siquiera saben de qué pie cojean fuera del procedimiento los afectados, si es que cojean de alguno. Y a soportar las críticas porque cobran un gran sueldo y trabajan poco, cuando desconocen que de gran sueldo nada, y que muchos se dejan las horas en la guardia por una cantidad de dinero a la hora inferior a la que por esa misma hora cobra quien tenga que encargarse de sus hijos en su ausencia.

              Y por si fuera poco, a aguantar sobre sus hombros el peso de las leyendas urbanas. Por un lado, que si la justicia está politizada, cuando, en todo caso, lo que está politizado es el Consejo General del Poder Judicial, y no los jueces a los que, desde su respectivo juzgado, tanto les da a quién vote el denunciado de turno. Y de otro, la consabida historia de los jueces estrella, como si los magistrados aspiraran a la alfombra roja en lugar de la negra y triste toga. Por supuesto, que de todo hay en la viña del Señor, y divas y divos no nos iban a faltar en nuestro gran teatro, pero aquí como en todas partes, hablemos de médicos, de electricistas, de empresarios o de charcuteros.

              El juez, nuestro personaje de hoy, trabaja y mucho. Y trabaja bien, sin olvidar que cuando no lo hace tan bien o tan rápido como quisiéramos, es más por culpa de quienes no les ponen medios, les escamotean personal, o les obligan a sustituirse entre ellos, que de ellos mismos. Así que, desde aquí, mi Oscar ya lo tienen. Y como digo siempre, ánimo, y arriba las togas.

FISCALES: MUCHO MAS QUE ACUSADORES


 

                fiscalfiscal 2

 

                Ya se ha abierto el telón. Ya han empezado a desfilar por este gran teatro de la justicia todos los que tienen su papel en él, protagonista o de reparto, fijo o eventual, profesional o figurante. Todos imprescindibles, todos importantes. Y todos, dispuestos a interpretar su papel sin apenas ensayos.

                Hablaba en mi anterior entrada del protagonista absoluto, el imputado, ése sin el cual esta función no tiene sentido. Y decía también quién era mi favorito, por razones obvias. El Fiscal, como no podía ser de otra manera, que por algo dicen que la cabra siempre tira al monte. Así que allá voy, a pintar a este personaje de reparto, pero fijo en la saga. Algo así como el special guest star de las series de mi infancia.

                Los fiscales somos, aunque a veces no lo parezca, los grandes desconocidos de la justicia, o al menos unos de los grandes desconocidos –más aún son, si cabe, los Secretarios judiciales, pero ellos ya tendrán su espacio, lo prometo-. A primera vista, casi todo el mundo sabe, o cree saber, qué es un fiscal, qué hace, y qué no hace, por qué no decirlo. Pero la idea colectiva, sobre todo la de aquellos que no están en el ajo, es la de las películas y las series de televisión americanas. Es nombrar un fiscal, y venírsele a muchos a la cabeza la imagen de un señor malísimo, trajeado a la perfección, y empeñado en hacérselas pasar canutas a cualquier precio a un pobre chico acusado injustamente, con tal de sacar tajada. Si la referencia es una fiscal, rápidamente uno se representa a una señora seria y aburrida, peinada con un moño apretado a juego con su apretado rictus, y ataviada con un traje de chaqueta oscuro con una inevitable falda de tubo. Y en ambos casos, carentes de sentido del humor y con una clara aspiración en la vida: llegar a Gobernador del Estado. Es el famoso fiscal del distrito por el que tantas veces me han preguntado. Y seguro que no soy la única.

               Tan es así la cosa que, cuando aprobé la oposición, a mi madre le amargaban la alegría preguntándole de qué me había servido estudiar tanto para acabar siendo la mala de la película. Y por más que les explicaba lo que yo le contaba una y otra vez, me decía que no convencía a nadie, o a casi nadie. Pero bueno, al menos mi madre sabe que no somos los malos y que, como yo digo muchas veces, somos los más buenos, ya que defendemos a todos, pero especialmente a los más desvalidos. O así es como debe ser.

                Y es que los fiscales, además de la función más conocida de las que ejercemos, esto es, la de acusar, hacemos miles de cosas que la mayoría de gente desconoce. Y cada día más, dicho sea de paso. Protegemos a las víctimas, sobre todo a las más desvalidas, como los menores, los discapaces o las víctimas de violencia de género. Intervenimos en defensa de los consumidores, o en defensa de los derechos de los trabajadores cuando éstos han sido conculcados, informamos a la opinión pública, dirigimos el procedimiento de menores y tomamos parte cuando se afecta al derecho al honor de las personas. Y, por supuesto, somos parte activa de la investigación de cualquier tipo de delitos.

             Una de nuestras grandes ventajas, según mi parecer, es que estamos en todas las fases del procedimiento, desde el momento de la denuncia hasta la ejecución de la sentencia, pasando por el juicio oral y el recurso, si lo hay. Vivimos el proceso de principio a fin, con una visión global distinta de la de los jueces, que sólo intervienen en una de sus fases, según sean instructores, juzgadores o ejecutores. Y eso confiere una riqueza a nuestro trabajo difícilmente superable.

             Además, quienes, como yo, sufren de una considerable incontinencia verbal, contamos con la ventaja adicional de que somos quienes en el juicio hablamos más que nadie. Como alguna vez me han dicho, una verdadera suerte, con lo que me gusta hablar y que encima me paguen por ello.

           Pero ya sé que todo esto parece muy bonito, y más de uno estará pensando que las cosas no son tan fabulosas como yo las cuento. Y tienen razón. Tenemos desventajas, desde luego, algunas verdaderas y otras basadas en verdaderos mitos que ahora mismo me propongo desvirtuar.

          El primero y más conocido viene de esa afirmación que leemos en prensa todos los días, esto es, que los fiscales no somos imparciales porque dependemos del Gobierno y recibimos órdenes de éste. Como si nos llamaran todos los días para decirnos qué es lo que debemos de hacer o de dejar de hacer. Y de eso, nada. A lo largo de mis ya más de dos décadas en esta carrera jamás he recibido una llamada del señor ministro ni de ninguno de sus antecesores. Y la verdad es que a veces pienso que no me disgustaría recibirla. Me encantaría descolgar el teléfono y explicarle al señor ministro cómo trabajamos, las peleas que a diario entablamos con el ordenador y la impresora, la miseria de los despachos compartidos, la angustia de las mesas atiborradas de trabajo. También me gustaría preguntarle si él estaría dispuesto a sustituir al ministro de defensa, o de sanidad, si se pone enfermo, como pretende que hagamos nosotros, y si ha de perder su tiempo en rellenar estadísticas, planillas y papelotes varios en vez de que lo hagan sus subordinados. Y, sobre todo, me encantaría invitarle a pasar una maravillosa jornada de domingo en un juzgado de guardia. Pero mucho me temo que va a ser que no. Que esa llamada ni está ni se la espera. Al menos en las trincheras, donde peleamos la inmensa mayoría de nosotros.

            Y el caso es que yo entiendo en parte la existencia de ese mito. Que la forma de nombramiento del Fiscal General del Estado lleve a la conclusión simple de que todos nosotros dependemos del gobierno. Pero eso sería tanto como poner en duda nuestra profesionalidad, el mérito derivado de una dura oposición y del ejercicio de una carrera como ésta en condiciones nada fáciles. Y por ahí no paso.

            Otro de los lugares comunes con los que bregamos cada día es nuestro propio complejo de inferioridad, alimentado por muchos años de un trato que no corresponde con nuestra función. Para el común de los mortales, el Fiscal está a las órdenes del juez, y por debajo de él. Parece que es menos importante, trabaja menos y tiene una menor responsabilidad. Muchos de nosotros hemos vivido la anécdota de que alguien nos diga que no nos preocupemos, que ya ascenderemos a juez. Y por más que expliquemos que somos iguales en cargos, honores y tratamientos –como dice la ley- y que tan necesaria es una función como otra, que si quieres arroz, Catalina. Sólo cuando damos con la frase mágica, parece que se despejan las dudas. Frase que no podría ser otra que la de que cobramos lo mismo. Triste recurrir al vil metal, pero efectivo como ninguna otra cosa del mundo.

          Pero, ¿qué van a pensar?. Cuando nos vemos obligados a compartir despachos, a medios más que patéticos y a que no se respete nuestra imagen, sin que a veces abramos la boca para quejarnos, estamos siendo cómplices de nuestra propia infravaloración.

           Pero ya está bien de lloriqueos. Somos afortunados por tener uno de los mejores papeles de esta función. Así que, hay que estar a la altura. Y hacer una interpretación digna de un Oscar. Como la que día a día hacen tantos compañeros y compañeras. Para ellos va desde aquí, si no un Oscar, sí este pequeño homenaje.

 

 

 

FISCALES: MUCHO MAS QUE ACUSADORES


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                Ya se ha abierto el telón. Ya han empezado a desfilar por este gran teatro de la justicia todos los que tienen su papel en él, protagonista o de reparto, fijo o eventual, profesional o figurante. Todos imprescindibles, todos importantes. Y todos, dispuestos a interpretar su papel sin apenas ensayos.

                Hablaba en mi anterior entrada del protagonista absoluto, el imputado, ése sin el cual esta función no tiene sentido. Y decía también quién era mi favorito, por razones obvias. El Fiscal, como no podía ser de otra manera, que por algo dicen que la cabra siempre tira al monte. Así que allá voy, a pintar a este personaje de reparto, pero fijo en la saga. Algo así como el special guest star de las series de mi infancia.

                Los fiscales somos, aunque a veces no lo parezca, los grandes desconocidos de la justicia, o al menos unos de los grandes desconocidos –más aún son, si cabe, los Secretarios judiciales, pero ellos ya tendrán su espacio, lo prometo-. A primera vista, casi todo el mundo sabe, o cree saber, qué es un fiscal, qué hace, y qué no hace, por qué no decirlo. Pero la idea colectiva, sobre todo la de aquellos que no están en el ajo, es la de las películas y las series de televisión americanas. Es nombrar un fiscal, y venírsele a muchos a la cabeza la imagen de un señor malísimo, trajeado a la perfección, y empeñado en hacérselas pasar canutas a cualquier precio a un pobre chico acusado injustamente, con tal de sacar tajada. Si la referencia es una fiscal, rápidamente uno se representa a una señora seria y aburrida, peinada con un moño apretado a juego con su apretado rictus, y ataviada con un traje de chaqueta oscuro con una inevitable falda de tubo. Y en ambos casos, carentes de sentido del humor y con una clara aspiración en la vida: llegar a Gobernador del Estado. Es el famoso fiscal del distrito por el que tantas veces me han preguntado. Y seguro que no soy la única.

               Tan es así la cosa que, cuando aprobé la oposición, a mi madre le amargaban la alegría preguntándole de qué me había servido estudiar tanto para acabar siendo la mala de la película. Y por más que les explicaba lo que yo le contaba una y otra vez, me decía que no convencía a nadie, o a casi nadie. Pero bueno, al menos mi madre sabe que no somos los malos y que, como yo digo muchas veces, somos los más buenos, ya que defendemos a todos, pero especialmente a los más desvalidos. O así es como debe ser.

                Y es que los fiscales, además de la función más conocida de las que ejercemos, esto es, la de acusar, hacemos miles de cosas que la mayoría de gente desconoce. Y cada día más, dicho sea de paso. Protegemos a las víctimas, sobre todo a las más desvalidas, como los menores, los discapaces o las víctimas de violencia de género. Intervenimos en defensa de los consumidores, o en defensa de los derechos de los trabajadores cuando éstos han sido conculcados, informamos a la opinión pública, dirigimos el procedimiento de menores y tomamos parte cuando se afecta al derecho al honor de las personas. Y, por supuesto, somos parte activa de la investigación de cualquier tipo de delitos.

             Una de nuestras grandes ventajas, según mi parecer, es que estamos en todas las fases del procedimiento, desde el momento de la denuncia hasta la ejecución de la sentencia, pasando por el juicio oral y el recurso, si lo hay. Vivimos el proceso de principio a fin, con una visión global distinta de la de los jueces, que sólo intervienen en una de sus fases, según sean instructores, juzgadores o ejecutores. Y eso confiere una riqueza a nuestro trabajo difícilmente superable.

             Además, quienes, como yo, sufren de una considerable incontinencia verbal, contamos con la ventaja adicional de que somos quienes en el juicio hablamos más que nadie. Como alguna vez me han dicho, una verdadera suerte, con lo que me gusta hablar y que encima me paguen por ello.

           Pero ya sé que todo esto parece muy bonito, y más de uno estará pensando que las cosas no son tan fabulosas como yo las cuento. Y tienen razón. Tenemos desventajas, desde luego, algunas verdaderas y otras basadas en verdaderos mitos que ahora mismo me propongo desvirtuar.

          El primero y más conocido viene de esa afirmación que leemos en prensa todos los días, esto es, que los fiscales no somos imparciales porque dependemos del Gobierno y recibimos órdenes de éste. Como si nos llamaran todos los días para decirnos qué es lo que debemos de hacer o de dejar de hacer. Y de eso, nada. A lo largo de mis ya más de dos décadas en esta carrera jamás he recibido una llamada del señor ministro ni de ninguno de sus antecesores. Y la verdad es que a veces pienso que no me disgustaría recibirla. Me encantaría descolgar el teléfono y explicarle al señor ministro cómo trabajamos, las peleas que a diario entablamos con el ordenador y la impresora, la miseria de los despachos compartidos, la angustia de las mesas atiborradas de trabajo. También me gustaría preguntarle si él estaría dispuesto a sustituir al ministro de defensa, o de sanidad, si se pone enfermo, como pretende que hagamos nosotros, y si ha de perder su tiempo en rellenar estadísticas, planillas y papelotes varios en vez de que lo hagan sus subordinados. Y, sobre todo, me encantaría invitarle a pasar una maravillosa jornada de domingo en un juzgado de guardia. Pero mucho me temo que va a ser que no. Que esa llamada ni está ni se la espera. Al menos en las trincheras, donde peleamos la inmensa mayoría de nosotros.

            Y el caso es que yo entiendo en parte la existencia de ese mito. Que la forma de nombramiento del Fiscal General del Estado lleve a la conclusión simple de que todos nosotros dependemos del gobierno. Pero eso sería tanto como poner en duda nuestra profesionalidad, el mérito derivado de una dura oposición y del ejercicio de una carrera como ésta en condiciones nada fáciles. Y por ahí no paso.

            Otro de los lugares comunes con los que bregamos cada día es nuestro propio complejo de inferioridad, alimentado por muchos años de un trato que no corresponde con nuestra función. Para el común de los mortales, el Fiscal está a las órdenes del juez, y por debajo de él. Parece que es menos importante, trabaja menos y tiene una menor responsabilidad. Muchos de nosotros hemos vivido la anécdota de que alguien nos diga que no nos preocupemos, que ya ascenderemos a juez. Y por más que expliquemos que somos iguales en cargos, honores y tratamientos –como dice la ley- y que tan necesaria es una función como otra, que si quieres arroz, Catalina. Sólo cuando damos con la frase mágica, parece que se despejan las dudas. Frase que no podría ser otra que la de que cobramos lo mismo. Triste recurrir al vil metal, pero efectivo como ninguna otra cosa del mundo.

          Pero, ¿qué van a pensar?. Cuando nos vemos obligados a compartir despachos, a medios más que patéticos y a que no se respete nuestra imagen, sin que a veces abramos la boca para quejarnos, estamos siendo cómplices de nuestra propia infravaloración.

           Pero ya está bien de lloriqueos. Somos afortunados por tener uno de los mejores papeles de esta función. Así que, hay que estar a la altura. Y hacer una interpretación digna de un Oscar. Como la que día a día hacen tantos compañeros y compañeras. Para ellos va desde aquí, si no un Oscar, sí este pequeño homenaje.