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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

 Pesimismo: la botella medio vacía


              No siempre es fácil mantenerse de buen humor. De hecho, a veces ni siquiera podemos evitar que nos llegue Un día de furia, como a Michael Douglas. Y es que los sentimientos son un carrusel, y si no, que se lo digan a la niña en cuyo interior se desarrollan las dos entregas -por el momento- de Del revés. O a cualquiera de nosotras. O al pobre pollito Calimero que siempre andaba lamentándose

              En nuestro teatro hay ocasiones en que cuesta la vida no dejarse vencer por el desaliento. Y aunque somos capaces de ver las cosas con optimismo y ver la botella medio llena, esta tiene a vaciarse con más frecuencia de l que nos gustaría. Y de la que debería.

              Hay caso en que recibir las noticias con optimismo o pesimismo es una simple cuestión de actitud personal. Podemos esperar el resultado de un recurso con el convencimiento de que nos van a dar la razón, o exactamente lo contario. O podemos ser personas normales y asumir que, como dice la canción de Amaral -y el dicho popular´Unas veces se gana y otras se pierde. Aunque hasta para esto hay versión optimista y hay quien lo reformula con el «unas veces se gana y otras se aprende” que, según parece, dijo por vez primera John C Maxwell.

              Otro tanto, y con más nervios aún, ocurre cuando se espera el veredicto de un asunto del tribunal del jurado Como quiera que ahí entran otros factores que escapan por completo de aquello a lo que estamos acostumbradas, que es el conocimiento por un tribunal profesional por el que se llevan la mayoría de los casos, la incertidumbre es todavía mayor. Y, como siempre, las personas optimistas esperan el veredicto seguras de que va a triunfar su tesis, y las pesimistas exactamente lo contario. Y luego, pasa lo que tenga que pasar, que no queda otra.

              No obstante, hay que reconocer que a menudo nos lo ponen muy complicado para no caer en las fauces del pesimismo, cuando no directamente de la depresión. Y cada nueva reforma nos pone a prueba. Pensemos si no en la última, con sus MASC, sus audiencias previas, sus tribunales de instancia y todas sus zarandajas que, de momento hacen perder los nervios a más de una y de uno.

              En cualquier caso, no es la única reforma que nos sacó de nuestras casillas y acabamos sobreviviendo. Recordemos, si no, todo lo que hemos sufrido cada vez que una nueva reforma del Código Penal se cernía sobre nuestras togas. Comprar Códigos nuevos -quienes seguimos necesitando tocar papel-, estudiar y, sobre todo las revisiones Las malditas revisiones, que ya llevamos unas cuantas, tantas que si hiciéramos muescas en nuestras togas seríamos como el sheriff más eficiente del Salvaje Oeste.

              Y, aunque las reformas, como todo, se pueden acometer con diferentes actitudes, quienes ya llevamos uno cuantos años en Toguilandia tenemos la experiencia de que, al menos a principio, las cosas van de tal manera que es difícil tomárselas con optimismo. Quizás si alguna de esas reformas trajera consigo un despliegue de medios que diera gloria, nos pareceríamos más a Alegría, la muñequita verde Del revés y menos a Tristeza, la muñequita azul. Por no hablar de Ansiedad o Ira, que a veces también nos poseen.

              ¿Y qué vamos a decir de los famosos sistemas informáticos, que, en vez de ir a la cabeza de la tecnología, como debiera, nos traen de cabeza, como no debieran? Y ahí nos tienen todo el día Calimereando, con el “es una injusticia” y «que´desgraciadito soy» en la boca. Y es que, en realidad, Calimero era un precursor de lo que ocurre en justicia sin saberlo, porque repetía mucho eso de que las cosas le pasaban porque los demás eran grandes y él chiquito, que tanto se parece a la frase que es un mantra de Toguilandia: la justicia es la hermanita pobre de la administración. O la primita huérfana, visto lo visto.

              Así que no amargo más a nadie con el pesimismo de hoy. Aunque el aplauso se lo dejo para quienes siguen siendo capaces de mirar las cosas con optimismo. Que ya tiene mérito

 Curriculum vitae: el historial


          En nuestros días, se está hablando constantemente de curriculums e historiales, en una ataque de titulitis de los que hacen historia. No obstante, la cuestión ni es nueva ni es ajena al mundo del cine. De hecho, hay una película de 2007 que tiene por título Curriculum, pero hay hasta cinco -si no más- filmes titulados Curriculum vitae.

          En nuestro teatro no damos demasiada importancia al curriculum. O, al menos, no tanto como en otros ámbitos. Probablemente porque buena parte de quienes protagonizamos sus funciones accedemos a nuestros papeles por oposición, para la cual, según sea el puesto, se requiere una determinada titulación que, o se tiene o no se tiene, sin que nadie valore a la hora de entrar si estamos en posesión de una docena de títulos universitarios más, de doce masters o del cursillo de natación de nuestros barrios.

              No obstante, sí que es cierto que hay un resquicio de lo anterior donde el currículo puede tener importancia. Se trata del posible acceso a la carrera judicial a través del tercer turno -un tercio de las plazas para juristas de reconocido prestigio con más de 15 años de antigüedad- o de la nueva regulación en vías de trámite, que amplía esa posibilidad de entrada a un cuarto turno -o lo reabre, porque ya había existido- para entrada en la carrera judicial para juristas con solo cinco años de antigüedad y donde se valorarán los méritos. Y ahí es donde entra, o puede entrar, el baile de títulos. La cosa no es baladí, porque ha sido uno de los motivos de la reciente huelga de jueces y fiscales y veremos como acaba. Tiempo al tiempo.

              Pero salgamos del foco de Toguilandia y volvamos a nuestro papel. ¿qué valor tienen esos currículums y qué consecuencias tiene falsearlos o inflarlos? Vamos, que nos vamos.

              En primer término, es preciso distinguir entre aquellas profesiones que requieren una titulación concreta para ejercerla y aquellas que no lo requieren, y el efecto en ambos casos de la falsedad.

              Cuando hablamos de profesiones como la Medicina o la Abogacía, ejercerlas sin estar en posesión del título constituye un delio de intrusismo y, si ese título se ha falsificado, un delito de falsedad, además. Hay, además, requisitos especiales en algunos casos, como el de la colegiación en la abogacía, que habilita para el ejercicio y cuya carencia puede dar lugar, si se ejerce la profesión, a la responsabilidad correspondiente, aunque no sea en la vía penal. Es decir, que no es lo mismo ser abogada o abogado que estar en posesión de un título que acredita haber estudiado el grado o la licenciatura en Derecho.

              Sin embargo, hay otras profesiones como la política, donde oficialmente no se exige absolutamente ningún título, universitario o no. Además, para acceder al cargo por el método más legítimo, el de las elecciones, no se aporta ningún historial en las papeletas o en la campaña, por más que se pueda, si se quiere, hacer valer como merito ante el electorado. De este modo, aunque haya una titulación universitaria que, al menos teóricamente, es la más apropiada para ejercer un cargo político, se pude tener cualquiera, e incluso ninguna. Esto implica que ejercer estos cargos sin título no constituye, desde luego, el delito de intrusismo del que hablaba antes.

              Otra cosa es que, en la declaración que hacen sobre su historial para que conste en las respectivas informaciones del Congreso, el Senado, o el organismo de que se trate, hayan hecho constar una titulación de la que carezcan. Esta mentira, sin llegar a constituir un delito de falsedad, sí que supone una responsabilidad clara y debería dar lugar a l consecuencias correspondientes. Pero eso son ellos y sus partidos quienes lo decidirán, y, en último término, el electorado, quien confirmará lo acertado o no de estas y otras decisiones.

              También es diferente la situación en que un título sea necesario para acceder a determinado cargo o para ascender en él. En ese caso podría incluso haberse cometido un delito de usurpación de funciones, pero habrá que ver en cada caso el título omitido y la necesariedad del mismo. Eso sí, falsificarlo sería un delito.

              Más allá de todo esto, está la picaresca. El vender como máster un cursillo de unos días, engordar un congreso como si fuera un curso o hacer pasar por una Universidad extranjera lo que no lo es. Y es que tenemos una titulitis aguda que ya ha pasado a ser crónica. Una costumbre que, por suerte, en Touguilandia aun no ha penetrado, probablemente porque no sirve de nada

              Por todo ello el aplauso es hoy, simple y llanamente, para quienes dicen la verdad. Porque, aunque hay quine lo diga la verdad nunca está sobre valorada. Como las vacaciones.

 Gran Prix: gincana de la justicia


              Es llegar el verano y la televisión se llena de concursos y programas “refrescantes”, además de emitir por enésima ver Verano azul, Faltaría más. Atrás quedaron las Mamá Chicho, las Caco Maravillao y todos aquellos engendros en que un personaje pintoresco nos hablaba desde un jacuzzi, y también parecen haber perdido fuelle las galas musicales donde la canción del verano erala estrella. Pero el Gran Prix sigue, inasequible al desaliento.

              En nuestro teatro no tenemos tiempo para muchos juegos. Pero confieso que, cuando el otro día veía una de las entregas del Gran Prix, se me ocurrió pensar en qué pasaría si nos planteáramos algo así en Toguilandia. O, mejor aún, me imaginé qué pruebas siente que tiene que pasar cualquier persona que nunca se haya visto en estas para que se conozca de su caso, sea el que sea.

              Para empezar, y a salvo de que ninguna asociación me denuncie como le pasó a una presentadora que mostró una estampita con la vaca del Gran Prix, empezaremos con la mascota. Y en nuestro teatro llamaremos a la vaquilla Justicieta, la que se mueve mucho para para quieta. Haciendo con ello un guiño a esas cosas que pasan en nuestro mundo, que nos meten muchas reformas pero no consiguen que la Justicia deje de ser lenta y  con pocos medios.

              Por supuesto, en vez de pingüipatos, ardillas o perritos pilotos, en Toguilandia seremos toguitaconditos, que para eso me invento yo el juego . Faltaría más.

              Para empezar, el ciudadano o ciudadana que pretende que sele haga Justicia, con mayúsculas, tiene que saber a donde ir. Y nada mejor que una buena gincana con varias pruebas para conseguirlo. El premio es, sin duda, la interposición de la demanda o denuncia. Así que empecemos.

              Imaginemos que nuestro concursante quiere resolver un tema relativo a la guardia y custodia de su hija y no sabe cómo hacerlo ni tiene dinero para consultar a un abogado. Puede que, llevado de la creencia general, se vaya al Juzgado de guardia, porque mucha gente piensa que por ahí entra todo. Por supuesto, le sacarán una tarjeta roja y le mandarán a la casilla de salida. Si hay alguien que se apiade de su alma, le enviará a la caseta de información, donde puede empezar su gincana. Ahí podrá rellenar los papeles relativos a la justicia gratuita, y cruzarlos dedos para que se la concedan, momento en el que empieza la siguiente fase de la ginkana, consulta con la abogada o abogado, presentación de la demanda y juicio, incluida posibilidad de medidas cautelares. Sin saber nunca cuánto tiempo va a haber entre prueba y prueba, por supuesto. Y, después de todo esto, la sentencia puede parecer que es el premio pero ojo, que como vía de recurso se anule, hay que volver a empezar la ginkana. No iba a ser tan fácil.

              Si se trata de una acción penal, las cosas son parecidas, aunque ahí sí que vale la denuncia en el Juzgado de Guardia, aunque siempre le pueden decir que es mejor que vaya a comisaría y da un paso atrás, o a fiscalía, y un paso adelante. Como si fuera de oca a oca.. Pero, una vez pasada esa pantalla, lo que ocurre con la sentencia es igual que en el caso anterior, incluida la posibilidad de volver a repetirlo todo.

              ¿Y cómo se sienten mientras quienes intervienen como profesionales? Pues el otro día, viendo el concurso, lo descubrí. Muchas veces es como si tuviéramos que atraviesa esos troncos locos para conseguir llevar el salmón a la otra orilla. Los troncos serían, sin duda, el sistema informático, la dificultad de encontrar al cliente, la accesibilidad o no del personal del juzgado, la admisión de las pruebas, la declaración de los testigos. Y, como una de esas pruebas que tienen doble valor, la incertidumbre de lo que pueda decir el investigado, para el caso de procesos penales, si hace uso del derecho a la última palabra.

              También tenemos nuestra patata caliente. Que, en este caso, no son preguntas y respuestas, sino los sucesivos trámites procesales que hay que ir pasando, donde la pelota va de un tejado a otro hasta que a alguien le explota. Y es cuando la otra parte gana. Aunque en Toguilandia ninguna victoria es completa.

              Y acabemos con los bolos. Nuestro propio juego de bolos consistiría en los diferentes casos que se llevan. Se tira el bolo, y se logra una resolución favorable, o no se consigue y nos comemos los mocos. Y eso una y otra vez. Con premio gordo para el asunto especialmente difícil, que sería el bolo dorad. Ojalá tengamos buena puntería.

              Y hasta aquí esta pequeña distracción veraniega toguitaconada. Espero que os haya entretenido. Si es así, me dais el aplauso. Si no, los tomates, que ahora en verano están bien buenos

Accesibilidad: no siempre se puede


              La discapacidad, o las diferentes capacidades y la lucha por superar las dificultades, siempre han atraído al mundo del cine. Bien sean basados en historias reales, como El milagro de Anna Sullivan o no, como Coda, La familia Bellier, Hijos de un dios menor, Rainman, Forrest Gump, Sorda, Campeones o su secuela CampeoneX, Mi pie izquierdo, Despertares o El zoo de cristal, entre otras muchas. La cuestión es que un tema que interesa. Y eso es bueno, siempre y cuando se plantea el tema de la accesibilidad

              En nuestro teatro, hasta no hace mucho ni siquiera nos planteábamos la existencia de personas con discapacidad desde el lado de los intérpretes fijos, las y los profesionales, aunque la discapacidad como materia de Derecho es bien visible. No en vano en varios partidos judiciales existe un juzgado que se ocupa exclusivamente de las personas con discapacidad. Y, por supuesto, hay una Fiscal de Sala exclusivamente encargada de esta materia. Como debe ser

              Pero lo que hoy quería plantear era, precisamente, el tema de la accesibilidad. Si Toguilandia es tan accesible como debiera y si removemos todos los obstáculos para que no lo sea. Y la respuesta puede sorprendernos. O no.

              Recuerdo que, en mis tiempos de prácticas en la carrera fiscal, estuve con un fiscal muy conocido que tenía una importante discapacidad y que, entre otras cosas, se desplazaba en silla de ruedas. Me sorprendió que, cuando le preguntamos por qué eligió el destino en el que prestaba sus servicios -la Audiencia Nacional- nos dijo, sin pensarlo un momento, que lo hizo porque era entonces el órgano judicial dotado de rampas. Tal como suena.

 Afortunadamente, las cosas han cambiado y ahora es difícil concebir cualquier edificio oficial, incluidos los dedicados a la Administración de Justicia, sin rampas y entradas accesibles. No obstante, no siempre ha sido así. En uno de los partidos judiciales de primer destino, la consulta del médico forense estaba en un cuarto piso son ascensor, lo cual tenía su aquel si pensamos en que el médico forense revisaba a personas que habían sufrido lesiones de todo tipo, incluyendo a quienes tenían dificultades de movilidad, que subían penosamente las escaleras con muletas, o tenían que ser alzadas a brazos por un familiar. Y, echando la vista atrás, no recuerdo que las primeras sedes de fiscalías donde he estado tuvieran ningún elemento de accesibilidad.

No obstante, y aunque la accesibilidad de este tipo ha cambiado, no se puede decir lo mismo para otras clases de discapacidad

Si hablamos de la discapacidad sensorial, ya me he referido varias veces a mi compañero Héctor, todo un campeón para conseguir ser el primer fiscal ciego, ahora siempre acompañado de su perro guía Anís, otro pionero . Pues bien, aunque el esfuerzo de la fiscalía, de la ONCe y de las autoridades ha sido importante para que pueda trabajar en condiciones, cada vez que surge algo nuevo, hay que pensar en cómo adaptarlo y si es posible. Y no siempre es fácil.

No nos hemos encontrado hasta ahora con un caso paralelo de discapacidad auditiva, o no al menos de la que no puede suplirse con audífonos o cualquier artificio técnico. Ignoro si fuera posible traducir a lengua de signos del mismo modo que Héctor posee un programa que traduce los documentos directamente a Braille. Habría que planteárselo-

En cuanto a discapacidades de tipo psíquico, la cosa es mucho más difícil, porque en la práctica es prácticamente imposible que una persona con discapacidad psíquica apruebe una oposición. Aunque, tal vez con una adopción adecuada, sería posible. Y del mismo modo que las personas con discapacidad tienen derecho a tener a su disposición a un facilitador para que les ayude a comprender su participación en la administración de justicia, en algún momento podría arbitrarse algo equiparable para otros ámbitos. Al menos, como posibilidad.

Así que la próxima vez que vayamos a un juicio, a una declaración o a una guardia, pensemos en cómo nos manejaríamos si no pudiéramos desplazarnos sin ayuda, si no viéramos o no oyéramos o si nos costar entender las cosas por cualquier motivo. Porque ponerse en la piel de los demás es empezar a comprenderles, y comprender que la igualdad es un derecho, no una mera declaración de intenciones.

Por eso hoy el aplauso es para quienes tienen esa capacidad de ponerse en la piel del prójimo. Porque solo así avanzaremos hacia la verdadera igualdad

Deportación: ¿es posible?


              Todo el mundo sabe, o cree saber, lo que significa «deportar», y más en los tiempos que corren, con Trump y su pelo naranja campando por sus fueros. De hecho, la deportación, o más bien, el riesgo de ser deportado ha sido tema de varias películas y series, como Matrimonio de conveniencia, Los deportados, Muy lejos o La isla de Ellis.

              En nuestro teatro, y, a pesar de lo que la gente que no lo visita mucho piensa, no se habla de “deportación” porque no es un término propio de nuestro Derecho. Más bien se habla de otros términos, como veremos a continuación, que no siempre responden a esa idea preconcebida y alimentada, como tantas cosas, por nuestro acervo cultural y audiovisual derivado de las películas norteamericanas.

              Para la Real Academia de la Lengua, deportar es “desterrar a alguien a un lugar, por lo general extranjero, y confinarlo allí por razones políticas o como castigo”. Y esta es una definición que nos conduce a términos jurídicos del pasado, como son el confinamiento o el destierro. De hecho, las penas de confinamiento y destierro eran penas que existían con el Código anterior .el Código del franquismo de 1944, y sus textos refundido de 1963 y revisado de 1973. No tenían especial relación con el hecho de ser una persona extranjera y, de hecho, se podían aplicar y de hecho se aplicaban para alejar a una persona del lugar donde se encontraban sus raíces, y se empleaba como castigo. Como ejemplo, por curioso -por decirlo de algún modo-  que parezca, era la pena que se imponía al uxoricida en adulterio, esto es, al hombre que matara a su esposa porque le estaba siendo infiel. El confinamiento era la otra cara de la misma moneda, porque consistía en no dejar salir a una persona de determinado ámbito territorial. Hoy estas penas no existen y lo único que es lejanamente parecido es l posibilidad de imponer una medida de seguridad consistente e prohibición de entrar en determinado territorio.

              Pero, RAE aparte, lo que el mundo en general entiende como “deportación”, un término que cada día emplean más nuestros políticos, consiste en el acto de obligar a retornar a un extranjero al lugar de donde llegó o, lo que es lo mismo, devolverle al sitio de donde vino. Un término que recuerda a otro del que se habló mucho durante un tiempo, las devoluciones en caliente, respecto de las cuales ya se pronunciaron los organismos y tribunales internacionales en el sentido de que no deben hacerse.

              El término “deportación” no existe en nuestro Derecho. Aunque haya quien crea que sí, y quien incluso lo utilice como amenaza. No es infrecuente que una de las más comunes amenazas que se hacen a las víctimas de violencia de genero por parte de su maltratador, cuando se trata de una mujer extranjera, es advertirle que hará que la deporten. Ni que decir tiene que eso no seria posible, pero ellas no lo saben. Por eso es tan importante una buena información. Si esta existiera, esas mujeres sabrían que, aun en el caso de que su situación en España sea irregular, el hecho de haber sido víctima de violencia de género hace que no solo no puedan ser expulsadas -que o deportadas- sino que se les facilita ayuda para su regularización. Algo que, por cierto, no ocurre con las víctimas de delitos de odio, y que motiva que muchas de ellas no denuncien por miedo a que salga a la luz su situación administrativa irregular y sea peor el remedio que la enfermedad.

              Así pues, y como adelantaba, en Derecho español lo que existe es la expulsión del territorio, y esta es una medida solo aplicable a personas extranjeras, nunca a españoles y españolas. La expulsión puede ser penal o administrativa, y dentro de cada una hay diversos tipos. Pero vayamos por partes.

              La expulsión administrativa es la que tiene lugar cuando la situación es irregular, o, como se dice comúnmente, la persona no tiene papeles. Puede correr paralela a la existencia de un procedimiento penal por otro motivo, pero si el delito no es grave, una vez ejecutada la expulsión, el procedimiento se archiva. Siempre y cuando el expulsado no vuelva, claro está.

              No obstante, uno de los problemas más difíciles es la situación en que se encuentran las personas pendientes de expulsión mientras esta no se materializa, en esos Centros de internamientos de extranjeros que más de una queja han suscitado.

              Y, como decía, además de la expulsión administrativa está la expulsión como sustitutiva de la pena, cuando se trata de penas inferiores a seis años de prisión. Es una expulsión de hasta 10 años y, si el ínclito vuelve, le tocará apoquinar con la pena.

              Por último, también cabe, para penas muy graves, que se cumpla una parte en nuestro país y después se expulse. Lo que viene a ser un “de todo un poco”, vaya.

              En cualquier caso, hay excepciones. No se puede expulsar a quienes han solicitado asilo o lo han obtenido, y tampoco a quienes son nacionales de una país en guerra o si volver a su país supone un riesgo efectivo para su vida. Pensemos, por ejemplo, en el caso de un homosexual al que se le obligara a regresar a un país donde la homosexualidad estuviera penada.

              En definitiva, que eso de deportar a diestro y siniestro que pretenden algunos no es posible. No va a serlo si atendemos a la Constitución, por suerte.

              Así que ahora no queda nada más que el aplauso. Y va dedicado esta a vez a quienes luchan cada día por los derechos de las personas migrantes, que lo tienen realmente difícil. No podemos bajar la guardia, que nos jugamos Derechos Humanos. Nad más y nada menos

Y van once: toguitaconeando que es gerundio


             Once es un bonito número. Había una canción infantil que decía que que el 11 eran dos soldados como el 22 son dos patitos. Y es que, cuando en cualquier cosa se supera el décimo aniversario, la cosa ya tiene trazas de seriedad y permanencia. Y, además, el once es un número que ha dado lugar a varios títulos de películas: 11 rebels, 11 minutos, 9/11 u Ocean’s Eleven, por decir algunas.

            En nuestro teatro no íbamos a ser menos. Y con mi toga y mis tacones cumple once años como once soles. Once años de funciones con risas y lágrimas, con cuentos y chistes, con críticas y explicaciones y con humor, mucho humor. Eso que nunca falte, por mal dadas que nos vengan las cartas.

            La verdad es que echo la vista atrás y parece que fue ayer, pero más de una década nos separa de la primera publicación , en esa que comparaba Toguilandia co el mundo del espectáculo, y la llamaba el gran teatro de la justicia. Y, semana a semana, hemos ido conociendo a los personajes que forman parte de nuestro toguitaconado mundo, y hemos ido entrando, sin miedo, en cada una de esas leyes y modificaciones con las que los distintos miembros del poder legislativo nos han ido obsequiando. Y, por desgracia, sean del color que sean, siempre una cosa en común; la administración de justicia a la cola de todas las demás. El sambenito de hermanita pobre no nos lo quitamos ni a tiros.

            En este tiempo esta fiscalita ha crecido al mismo tiempo que el blog. Y he querido hacer partícipes a quienes me obsequian con su atención leyéndome cada semana de todas esas circunstancias que, pasito a pasito, han ido conformando mi vida personal y profesional.

            Así, mientras una función sucedía a otra, esta fiscalita se iba abriendo paso en una especialidad que a día de hoy me apasiona, la de los delitos de odio y contra la discriminación, que se vienen a unirse a mi dedicación a la violencia de género y la igualdad y al gusto que siempre he tenido por la materia de la comunicación en nuestro mundo, que no es cosa sencilla.

            También  he tenido el honor de recibir algunos premios, dos de ellos dedicados al propio blog que bien se lo merece, después de haber recibido varias nominaciones. El de mejor blog en categoría pernal, en 2020, y el de mejor post jurídico, en 2022.

            De otra parte, este escenario ha sido testigo de mi crecimiento como escritora, una faceta de la que el propio blog es parte. En este momento son doce los libros que he publicado en solitario, aunque como primicia diré que hay uno en el horno, un par a punto de salir de mi cabeza, y un proyecto más esperando encontrar tiempo y espacio para ver la luz. Casi nada. ¿Cómo me iba a imaginar yo algo así cuando en 2016 salía a la luz mi Mar de Lija la primera de mis criaturas.

            Tal vez espoleada por esa faceta de escritora, he ido incorporando a este escenario una parte literaria, caracterizada, de un lado, por la sección de microrrelatos, que prometo actualizar en breve, y, por otro, con los distintos cuentos que, de vez en cuando, se convierten en el post del marte i del viernes. Incluso me he atrevido con la poesía, y no una sola vez. La última de ellas, muy reciente, cometí la osadía de intentar unir Derecho, critica, actualidad y humor en verso, dedicando un poema a nuestra última pesadilla, el programa informático Just@. Sin olvidar, por supuesto, la sección del blog que se hace eco de todos mis libros, y que no deja de crecer.

            Y, mientras siga habiendo quienes me leen, seguirá habiendo entregas de mi toga y tacones. Y, aunque es verdad que los blogs han dejado de ser lo más moderno para convivir con muchos otros medios de expresión, sobre todo relacionados con la imagen, ahí seguiremos. En algunos, incluso, colabora cada vez que me dejan, y me divierto mucho haciéndolo. Pero no se trata de rivales, sino de compañeros de viaje, porque en el ciberespacio toguitaconado hay sitio para muchos. Y ahí seguiremos mientras la gente quiera y cuerpo aguante.

            Así que hoy, el aplauso para quienes llevan once años leyéndome. Y para quienes se han incorporado en otro punto del camino. Mil gracias. O mejor dicho, once mil.

Canción del Just@: nuestro nuevo programa


          Tenía que llegar y llegó. Nos cambiaron el programa informático, coincidiendo, además, con los cambios de la ley de eficiencia. Y no nos lo hanpuesto fácil, no, que no sé qué será cuando ruede, pero de momento parece que o las redas son cuadradas o los rieles no encajan. Por eso se me ocurrió, con al inspiración de un compañero que le ha compuesto un tema musical, tomar impulso remedando la célebre Canción del pirata. Con el permiso de Espronceda, por descontado.

          Espero que, al menos, os saque una sonrisa, que buena falta nos hace

Con dos pantallas por banda
Internet, a toda vela
Mi neurona va que vuela
hasta al Just@ poner fin.


Ese programa que llaman
por su imposición, Temido
en Justicia conocido
del uno al otro confín

El cerebro se me hiela
si el gadget no encuentro a tiempo
O me pongo en movimiento

o algo malo va a pasar
Y el Inspector desde lejos
cantando alegre en la popa.
Asia a un lado, al otro Europa
Y en el mío, a trabajar

Y mientras, cerebro mío,
no hay dolor
Muevo el teclado con brío
y a la vez con esperanza
Igual mi mente ya alcanza
y lo logro hacer mejor

Veinte causas
hemos hecho
Del derecho
y del revés
Me rendí
sin condiciones
a este Just@
Ya lo ves

Que es el Just@ mi tesoro
Me he rendido, ya no hay más

¿Mi ley? El teclado dentro

Pantallas…¡Y a funcionar!

Bulos: mentiras sin límites


Hoy en nuestro escenario un relato basad en uno de los bulos que se expandieron durante la Dana de Valencia.

Este relato mío forma parte del libro solidario de la editorial Vinatea Corazones de barro, una antología de diversas autoras y autores acerca de la tragedia que asoló Valenics el 29 de octubre de 2025

El bebé fantasma

  • Mamá ¿lo has visto?
  • ¿El qué?
  • El bebé de Catarroja. Me lo han pasado por muchos chats, y por redes sociales. Hay un bebé perdido que han encontrado después de 3 días de la Dana. Y está solito, con la policía.
  • ¿Eso cómo puede ser? Lo habrían puesto en todos los informativos. Los bebés no se pierden así como así. Y los padres revuelven Roma con Santiago para encontrarlos
  • Pues lo he vito, Y lo han dicho varios influencers a los que sigo. Y mi amiga Claudia, que siempre se entera de todo
  • No sé, hija. Yo también vi algo de eso, pero lo pasé por alto. No me fío
  • Pero mamá, imagina que hay unos padres angustiados sin su bebé. Y un bebé llorando solito con la policía. Hemos de hacer algo

            Aunque no se lo quise reconocer, yo también andaba con la mosca tras la oreja con el asunto del bebé dichoso. Me había llegado por muchos medios y, por increíble que pudiera parecer, no podía dejar de imaginarme lo que sentirían unos padres sin su bebé perdido. Mi cerebro me decía que aquella historia hacía tantas aguas como la que había salido del barrando desbordado, pero mi corazón no podía dejar de estremecerse con la sola idea de que aquello fuera verdad.

            Justo mientras pensaba en ello, mi teléfono móvil vibró, anunciándome que me había llegado un mensaje. Y ahí estaba otra vez:

            “URGENTE

              Ha aparecido un bebé en Catarroja. Si alguien sabe algo, que contacte para ver si encontramos a sus padres. El bebé está bien. (Está en la policía de catarroja)”

            Me puse nerviosa otra vez. A pesar de que lo de escribir “catarroja” con minúscula revolvía a la profesora de lengua que llevaba dentro. A pesar de que mi instinto revolvía por dentro a la periodista que siempre anhelé ser. Y a pesar de que mi sentido común de persona adulta enviaba señales de alerta por todas partes. Porque la madre que soy se empeñaba en imponerse a todo eso y a imaginarse el dolor de aquella familia si la historia fuera real.

            De modo que traté de que la profesora de lengua, la periodista frustrada, la persona sensata y la madre que llevaba en mi interior dejaran de pelearse y le dieran tregua para hacer mis averiguaciones, mientras mi hija no dejaba de apremiarme

  • Mamá ¿sabes algo del bebé?
  • Aun no, hija, aún no
  • Pero vas a buscarlo, ¿verdad?
  • Lo intentaré
  • Prométemelo -me dijo, no sé si más seria que enfadada- ¡Prométemelo!
  • Está bien. Te lo prometo

            Ahora sí que me había metido en un buen lío. O encontraba a aquel bebé o demostraba que no existía. La madre se había impuesto de momento a la persona sensata, pero la persona sensata no estaba dispuesta a rendirse sin luchar. Así que me esmeré con las averiguaciones

            Después de trastear con mi ordenador, mis temores parecían confirmarse. Si de verdad existía una historia tan jugosa, una historia donde el drama y la esperanza se mezclaban y movían los sentimientos era esta. Y estoy segura de que habría salido en todos los periódicos y en todas las cadenas de televisión. Pero nada. El bebé fantasma solo aparecía en redes sociales, en chats de WhatsApp y en historias de esos que llamaban influencers que tenían miles de seguidores y de cuya existencia yo no había tenido conocimiento hasta ahora. Lo más parecido que pude encontrar fueron las imágenes del salvamento de un bebé, pero eran reales y no se trataba de ningún niño perdido sino de una criatura perfectamente localizada. No podía permitirme mezclar churras con merinas.

            En un momento dado, vi que la historia seguía. En alguna de las redes sociales a las que había hecho seguimiento aparecía un mensaje aparentemente esperanzador:

            “me comentan que lo han encontrado y está con su familia”

            Tuve la tentación de enseñárselo a mi hija y que dejara de darme la lata. Ya tenía su final feliz y se olvidaría del tema. Pero a mí la historia ya me había enganchado y no estaba dispuesta a dejarla ahí. Si los padres del bebé habían aparecido y lo habían recogido sano y salvo, cualquier cadena de televisión habría dado lo que fuera por tener la exclusiva, así que hice un zapping tan exhaustivo que casi se me borran las huellas dactilares. Pero nada. Seguíamos sin rastro del bebé fantasma.

            Así que no tenía más remedio que ir a donde no tenía ninguna gana de ir. A los dichosos influencers, tiktokers o como se dijera. Así que, buscando, buscando, encontré otro sitio donde tirar del hilo, un foro de internet. La verdad es que eché un vistazo y descubrí que me daban grima la mayoría de los mensajes que encontré allí, con una mezcla de machismo, intolerancia, caspa y barbaridades. Pero hice de tripas corazón y seguí leyendo. Ahí estaba:

            “bebé con vida encontrado en Catarroja con vida hoy”

            Esta vez habían escrito “Catarroja” con mayúscula, pero, por lo demás, nada nuevo. Comentarios que mezclaban la crítica política con los insultos, machismo a tutiplén y poco o nada del bebé. Hasta que ese enlace me llevó a otro, esta vez de audio, de un tipo cuy nombre me sonaba familiar, aunque aún no sabía por qué

            “Amigos, seguidores, difundid este audio. Se ha encontrado vivo un bebé en Catarroja. Está vivió, está alimentado, está en casa de quien se lo ha encontrado después de limpiar una zona, pero por si alguien está buscando un bebé ha aparecido un bebé en Catarroja. Vivo”

            Mis sospechas crecían. El bebé estaba perfectamente, y se lo habían encontrado después de limpiar “una zona”. O sea, como quien encuentra una televisión o una mesa camilla. Después de tres días, el bebé está “alimentado”. A pesar de que mi hija, cuando era un bebé, necesitaba comer cada poco tiempo o soltaba unos alaridos que hubieran servido de sirena a los bomberos. La misma hija que seguía insistiendo con el tema

  • ¿Sabes algo del bebé, mamá?
  • Hija, yo estoy buscando por todas partes, pero creo que es mentira
  • ¿Mentira? ¿cómo alguien va a decir una mentira en una cosa así?
  • Pues no lo sé, cariño, pero la gente a veces hace estas cosas
  • ¿Por qué?
  • Pues no sabría decirte. Por dinero, por llamar la atención, por dañar a alguien. No lo sé muy bien
  • No puede ser, mamá. Tú sigue buscando, por si acaso. Aunque alguien ha dicho que ya está con sus padres.
  • ¿Lo ves? -insistí- Si fuera así habría salido en la tele
  • Puede ser -se quedó pensando- Pero, por si acaso, compruébalo. Por favor

          Mientras hablaba con mi hija, caí en la cuenta de lo que me estaba dando vueltas a la cabeza. El nombre de aquel que había enviado el audio. Era el de un influencer del que habían hablado en televisión, uno al que habían pillado manchándose los pantalones de barro para salir en la tele y que pareciera que estaba dando el callo.

            Ahora ya lo tenía claro. Era una burda y cruel mentira. Per me faltaba la parte más difícil: convencer a mi hija. Y, por fin, un golpe de suerte tomó forma en mi móvil. Ahí estaba una foto increíble, y un comentario que lo explicaba todo:

            “La imagen del bebé rescatado en Catarroja está creada con Inteligencia artificial”

            Desde luego, viendo esa imagen nadie con tres dedos de frente podía creer la noticia- El bebé en cuestión, en brazos de un agente uniformado, lucía limpio como una patena, sin una manche de barro y sonrosado y tranquilo. Todo lo contario que una podría esperar de una criatura que hubiera pasado tales penalidades en tres o cuatro días. Así que ya tenía algo que explicarle a mi hija, aunque lo que no podría explicarle es la razón por la que hacían esas cosas, porque no soy capaz de dar con ella

             No fui capaz de contestar, y la pregunta de mi hija quedó flotando en el aire. Todavía estaba oyendo su vocecita en mi cabeza cuando otro mensaje empezaba a llegarme por chats y redes sociales. Insistían en que en el aparcamiento de un centro comercial arrasado por la DANA iban a encont5rar un auténtico cementerio de cadáveres de personas atrapadas en sus coches. Se em encogió el alma de nuevo, aunque esta vez no duró mucho. Porque uno de los tipos que afirmaban semejante cosa hablaba de que habían expedido más de 700 tickets de parking de coches que no habían salido. Y ahí tuve la pista. Yo iba con frecuencia a aquel centro comercial y sabía que el aparcamiento era gratis, y no se expedía justificante alguno. Se lo habían inventado todo, como en el caso del bebé fantasma. Y, además, con todo el dolor que podían causar a las personas que hubieran perdido la pista de sus seres queridos por esa zona.

            Entonces, me di cuenta. Unos de los que más insistía en la historia de los cientos de muertos del centro comercial era él. El mismo que enviaba el audio del bebé fantasma de Catarroja.

            Lloré de rabia, de impotencia y de asco. Lloré tanto que mi hija llegó a asustarse y vino a mí con toda su inocencia

  • No llores, mamá. Al menos, no hay ningún bebé perdido. Y eso es una buena noticia. ¿no?
  • Tienes razón, hija
  • Y no te preocupes. Yo te defenderé siempre de la gente mala que inventa mentiras. Te lo prometo

 Tarjetas: de la de cartón a la digital


              Siempre es importante identificarse. Tener una buna tarjeta de visita, real o metafórica, es dar un paso importante para poder seguir adelante en el mundo del espectáculo. O en cualquier otro, por supuesto. Tanto, que Tarjeta de visita es un título de película, aunque también lo es La tarjeta de navidad, por no hablar de las tarjetas de memoria como soporte donde guardar películas.

              En nuestro teatro los distintos tipos de tarjeta ha tenido y tienen mucha importancia, según las épocas. Tarjetas de visita, de crédito, de memoria, tarjetas criptográficas o digitales, tarjetas identificativas, de circulación, o de aparcamiento. Mil posibilidades que tienen Toguilandia para estos rectángulos de cartón o plástico. Así que vayamos por partes.

              En primer lugar, están las tarjetas con las que nos identificamos hacia los demás. Los abogados y abogadas supongo que seguirán gastándolas, aunque atrás quedaron aquellas tan formales con letra inglesa y negro sobre blanco, que ahora llevan fotos, logo y cualquier cosa más. En fiscalía y judicatura en algún momento tuvimos de esas, hasta con escudo, aunque el presupuesto pronto se olvidó de darnos, si es que alguna vez nos llegó. Ahora ya nadie ni se lo plantea, se facilita la dirección de correo electrónico, y a volar. Y i no, siempre habrá un posit donde apuntar un teléfono. Y es que al final, los posit siempre resuelven la papeleta.

              Ahora las tarjetas que gastamos son la criptográfica, o como se llame, para acceder a esos programas informáticos que pretenden mejorar nuestra vida, pero a veces nos sacan de quicio, y las de identificación, para entrar y salir de las dependencias judiciales cuando son necesarias. No deja de se4r curioso que, al menos en la Ciudad de la Justicia donde yo trabajo, la de Valencia, las tarjetas para aparcamientos en el Juzgado de Guardia siguen siendo de cartón como toda la vida. Un anacronismo que no acabo de explicarme.

              No obstante, hay otro tipo de tarjetas que nos provocan muchos quebraderos de cabeza. Y la palma se la llevan, sin duda, las de crédito o débito. Son tarjetas muy útiles para nuestra vida diaria, pero, quizás precisamente por eso, su falsificación es uno de los delitos que con más frecuencia vemos, sobre todo por el procedimiento de clonación u otras maniobras digitales. Aunque he de decir que una de las cosas que más me ha llamado la atención es la capacidad que tienen los ladrones de reproducir un cajero automático para poder capturar las tarjetas y comete sus fechorías. En plena era digital, esa combinación de modus delictivo digital y analógico tiene su mérito.

              También se falsifican otro tipo de tarjetas, como las que habilitan a las personas con discapacidad para aparcar, que ya les vale, o las de circulación de determinados vehículos. Hasta el tacógrafo se manipula, que no se diga. Y esto sí que es un clásico que poco cambia, aunque cambien los tiempos.

                            La cuestión es que, casi sin darnos cuenta, hemos evolucionado en esto de la misma manera que lo hemos hecho de la máquina describir al ordenador, y este viaje sí que no tiene vuelta atrás. Aunque a veces, cuando el ordenador no reconoce nuestra tarjeta, o nos dice que la contraseña ha caducado, o cualquiera otra cosa, den ganas de volver al Pleistoceno.

              Pero es lo que hay. Y lo que hoy venía a contar, aunque no me olvido, por supuesto, del aplauso. Y hoy va dedicado a todas esas personas que hemos vivido todos estos cambios y sobrevivimos a ellos. Que, a veces, es una verdadera heroicidad.

Lenguaje inclusivo: ¿se usa?


              En el mundo del espectáculo es frecuente dirigirse a los eventuales espectadores como “señoras y señores”, desdoblando el género. Así se llamaba, precisamente, un programa musical de los años 70, Señoras y Señores, del entonces imprescindible Valerio Lazarov. Otra de las formas habituales de dirigirse al público es con la fórmula “Damas y caballeros”, algo que hacen siempre los maestros de ceremonias como el de El gran Showman, entre otros muchos. Sin embargo, ni entonces ni ahora llamaba la atención esa forma de dirigirse al público.

              En nuestro teatro no hay señoras y señores a lo que dirigirse, ni damas y caballeros a quienes exhortar a ver nuestras funciones, más allá del neutro grito de “¡audiencia pública!” con el que se da paso a quien quiera presenciar un juicio, siempre y cuando no se haya decretado la celebración a puerta cerrada, que es una excepción a la regla general de publicidad. Así es porque el principio general en nuestro Derecho es la publicidad en la fase de juicio oral, y la reserva durante la fase de instrucción.

              Ciertamente, ese llamamiento como “audiencia pública” es de una neutralidad exquisita, pero no siempre ocurre así en nuestras funciones. Y hay que señalar que el lenguaje inclusivo o igualitario brilla por su ausencia mayoritariamente en Toguilandia, como veremos a continuación. Pero, en realidad, no tiene nada de extraño, porque la propia RAE, en este 2025, ha ratificado el uso del masculino genérico como inclusivo. Y es que a esos señores -porque la mayoría son señores- les cuesta avanzar en lo que a igualdad se refiere. Verdad verdadera.

              Hasta hace no mucho, el Diccionario de la Real Academia recogía, como una de las acepciones de la palabra “Jueza”, el de “la mujer del juez”. Hubo de hacerse una campaña por parte de la asociación Mujeres Juezas, a las que se unieron otras entidades, para conseguir que se eliminara, en 2017. Otro tanto ocurría con la palabra “fiscala”, que también se utilizaba para la consorte del “fiscal”. De hecho, hay una anécdota que cuenta quien hoy es una de las fiscales _o fiscalas, que también está admitido- de Sala, referente a que, cuando fue a alquilar un piso en su primer destino, el arrendatario exigió que fuera a firmar su marido, el señor fiscal, ya que ella era la fiscala.

              No obstante, aun hay quien se resiste a utilizar la palabra “jueza”. Y la palabra “fiscala” como referida a las miembros de la carrera fiscal, no acaba de implantarse. Yo misma uso habitualmente la de “la fiscal”, que también admite la RAE. Sin embargo, en nuestros formularios en los programas informáticos, no ocurre ni eso. Una y mil veces utilizan el término “El fiscal”, aunque seamos abrumadora mayoría las féminas. Y hay quien, como yo misma, se moleta en cambiarlo, y quine no lo hace, no sé si por desidia o porque sigue sintiéndose identificada con el masculino, aunque sea mujer.

              Si es así, no sería un caso extraño. Hay casos de mujeres que se identifican a sí mismas como “la abogado” o “la presidente” por más que sea una discordancia de género entre el artículo y el sustantivo, porque en ambos casos no solo se admite, sino que es la correcta la forma femenina si de mujeres se trata. Y es que al final hay quine pretende ser más papisa que el Papa.

              En cualquier caso, el lenguaje inclusivo no es solo el desdoblamiento de género que -hay que reconocerlo- a veces resulta cansino, por más que cueste bien poco pedir el interrogatorio de la acusada y el acusado, si los hay, en vez del de “los acusados”. El lenguaje igualitario busca utilizar formas en que nos identifiquemos tanto hombres como mujeres. Cosas tan simples como utilizar “Todo el mundo” o “la gente” por “Todos” o “los hombres”, o referirnos a “quienes” hacen tal cosa en lugar de a “los que “la hacen.

              Y es que, aunque haya quine insista en que sea una tontería, lo que se nombra no existe. Y, si no, que cualquiera haga la prueba de teclear “fiscal” en Google y buscar imágenes y comprobará que, a pesar de que es un término que vale para ambos sexos y que ya ha habido dos Fiscales Generales del Estado, las imágenes son todas de hombres.

              Para acabar, y para rebatir a quien pretenda alegar que el lenguaje inclusivo es una invención moderna, de las modernas de las feministas, además, traigo mis pruebas, que para algo soy jurista. Y son, nada más y nada menos, que un fragmento del Cantar de Mío Cid que habla de hombres y mujeres, de burgueses y burguesas. Así, sin que se les caigan los anillos. Y dejo la imagen para dar fe de ello.

              Y ahora solo queda el aplauso. Y hoy es, lisa y llanamente, por quinees luchan cada idea por la igualdad en las pequeñas cosas. Porque cada una de ellas, por pequeña que parezca, supone un gran paso.