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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Parentesco: familia y leyes


              Las relaciones familiares, sean de sangre o de otro tipo, dan lugar a múltiples historias. Positivas o negativas, buenas o malas. Ahí tenemos series como Familia, La hora de Bill Cosby , Con ocho basta, Enredo, Los problemas crecen, Dos hombres y medio, Modern Family o Como conocí a vuestra madre son algunos de los muchos ejemplos de comedias basadas en diferentes modelos de vida familiar, mientras que las sagas de dinero y herencias como Dinastía, Falcon Crest o Dallas marcaron toda una época en nuestras televisiones. Y es que la familia da mucho de sí.

              En nuestro teatro tanto la familia como el parentesco, que son parecidos, pero no iguales, tienen muchos efectos jurídicos. Al Derecho de familia , una parte esencial del Derecho Civil, ya le dedicamos un estreno en su día. Pero ahí no acaba todos los efectos del parentesco en nuestro Derecho. Ni en el Civil ni en otros ámbitos.

              En el ampo del Derecho Penal, el parentesco puede producir múltiples efectos, tanto positivos como negativos. De hecho, la circunstancia de parentesco, en su configuración legal, no es agravante ni atenuante sino una circunstancia considerada mixta que, en teoría, tanto puede agravan como atenuar la pena, e incluso no producir ningún efecto. Tradicionalmente, se decía que agravaba los delitos que atacan a bienes personales, como la libertad sexual o la integridad, y que atenuaba los delitos conta la propiedad. Pero en honor a la verdad diré que, más allá de los casos de concurrencia de la excusa absolutoria en delitos patrimoniales, no he visto efectos positivos al parent4esco cuando autor y víctima están ligados por una relación de este tipo. Y parece lo lógico: a priori, es más reprochable delinquir contra la persona de la que eres pariente que contra un extraño.

              Además del ya citado supuesto de la excusa absolutoria en delitos patrimoniales, que exime de responsabilidad los delitos de este tipo cometidos contra personas con las que se tiene un vínculo estrecho -el típico caso sería el del hijo que coge sin permiso el coche del padre-, hay más casos donde el parentesco está expresamente contemplado en el tipo, en la mayor parte de los casos para agravar la pena. Pensemos, por ejemplo, en los supuestos de violencia doméstica y de género expresamente regulados y castigados en nuestro Código penal.

              Otros supuestos serían los de los padres que abandonan a los hijos o el impago de pensiones. En el Código anterior se regulaba expresamente el delito de parricidio, que no era más que un homicidio o asesinato a determinados parientes, penados más gravemente; o el infanticidio, referido a las madres que asesinaban a sus hijos recién nacidos para ocultar su deshonra, a las que se les asignaba una pena mucho más atenuada que al asesinato de un bebé en otras circunstancias. Otros casos contemplados en el Código anterior eran el adulterio, por el que se castigaba con dureza a las mujeres que cometían una infidelidad o el tipo atenuado del uxoricidio en adulterio, que castigaba únicamente con pena de destierro el asesinato de la propia mujer si era por casa de infidelidad. Por fortuna estos tipos penales son fruto de otra época ya superada, donde el machismo impregnaba la vida y los textos legales.

              En el Derecho Civil además del ya mentado Derecho de familia, también son muchas las disposiciones que contemplan la existencia del parentesco, De hecho, e sus propias disposiciones se contiene la diferenciación entre los grados de parentesco que tanto costaba comprender en los tiempos de facultad. Es particularmente importante el parentesco y el grado del mismo en el Derecho de sucesiones. Los herederos naturales son siempre los descendientes, que no se pueden desheredar salvo por causas concretas y tasadas, a pesar de la creencia basada en esas series de millonarias sagas familiares, de que se pude desheredar a un hijo cuando a uno le venga en gana.

              Para acabar, no podemos olvidar el Derecho Procesal. El hecho de tener determinado nivel de parentesco con el investigado/acusado permite, sin ir más lejos, no declarar contra él, a diferencia de la obligación de cualquier testigo de hacerlo. Es la llamada dispensa legal que ha motivado que tantas mujeres no denuncien a sus agresores o incluso que se echen atrás tras haberlo hecho, aunque la última reforma haya matizado el precepto, y no permita acogerse a la dispensa legal a quien haya denunciado.

              Y hasta aquí, estas pinceladas sobre los efectos del parentesco, Podrían citarse más ejemplos, pero de muestra vale un botón. Pero no podemos cerrar el botón sin dar el aplauso de hoy que corresponde, sin duda, a quienes viven las relaciones familiares como algo positivo y actúan en consecuencia. Que no siempre ocurre

Más violencia machista: la tragedia nunca cesa


A punto de atravesar la frontera de otro 25 N, comprobamos que seguimos sin razones para celebrar y con mucho que reclamar.

Como homenaje a todas las víctimas, hoyos dejo uno de mis cuentos, incluido en mi antología Remos de plomo

LA OPORTUNIDAD

Cuando vi en la pantalla del teléfono móvil aquel número tan largo, sabía que
algo malo tenía que pasar. No fallaba. Los números larguísimos nunca traían buenas
noticias.
No me equivoqué ni un ápice. Mi hijo se había caído en el patio del colegio y
había perdido por unos instantes la consciencia y, aunque ya parecía estar recuperado, le
habían llevado al hospital y reclamaban a sus progenitores, como era normal. Pero,
como era normal también, habían marcado primero el número de teléfono de la madre
—o sea, el mío— por más que les había explicado hasta la saciedad que, precisamente a
aquellas horas, yo estaba particularmente ocupada y era al padre a quien debían avisar
primero. Pregunté, una vez me aseguré de que el niño estaba bien, si avisaron al padre y
me dijeron que no lo habían encontrado. No sé muy bien las ganas que pusieron en ello,
pero es lo que había. No quise perder más tiempo y me marché al centro sanitario,
cargando con la rabia de tener que abandonar mi trabajo, y con la culpa por sentir esa
rabia. Odiaba arrastrar ese complejo de mala madre, pero no podía evitarlo.
Al menos, pensé que sería una oportunidad de oro para Andrea. La oportunidad
que llevaba esperando tanto tiempo. Ella me sustituiría en mi puesto de presentadora del
informativo del mediodía, el más visto en la cadena de televisión donde ambas
trabajábamos. Como la apreciaba de verdad, me consolé con aquello de que no hay mal
que por bien no venga. Y me despedí a toda prisa olvidando desearle suerte. Un olvido
imperdonable.
Cuando llegué a la clínica, mi hijo ya había sido atendido y trasladado a una
habitación, donde permanecería en observación. Como, por fortuna, se encontraba
perfectamente, le pedí permiso para encender la televisión de monedas que había en el
cuarto y poder ver cómo se las arreglaba mi compañera, aunque estaba segura de que lo
haría a la perfección. No me falló el instinto. Andrea se desenvolvía ante las cámaras
con una soltura impropia de una debutante, perfectamente vestida, maquillada y
alicatada para la ocasión. Sonreí al comprobar que se había puesto el vestido verde que
llevaba meses languideciendo en una percha de vestuario, a la espera de que yo
adelgazara lo suficiente para caber dentro. No había manera de hacer comprender a los
responsables de la cadena que era la ropa la que tenía que adaptarse a nuestra medida, y
no nosotras quienes debíamos lograr un volumen adecuado a la ropa. Era una batalla
perdida y ya había perdido la cuenta de la cantidad de dietas que había intentado sin
lograr enfundarme en el vestido verde que lucía Andrea y que le sentaba como un
guante. Tanto que, por un instante, temí por mi propio puesto de trabajo y, al instante
después, me recriminé por haberlo temido. Qué duro se hacía tener que parecer siempre
perfecta.
En cuanto terminó el informativo, envié un mensaje por el móvil a Andrea para
felicitarla por su trabajo, pero no me contestó. Me la imaginé celebrando su éxito ante
su pareja, nuestro compañero Antonio, el de deportes, y no quise importunarla más. Ya
hablaría con ella más tarde. Cuando el niño saliera del hospital, iríamos a celebrarlo
juntas.

Lo que yo no supe entonces es que ella no leyó mi mensaje, ni menos la causa
por la que no lo hizo. Mientras yo me la imaginaba feliz hablando con su novio,
Antonio, el de deportes, le había mandado cientos de mensajes llamándola puta, zorra y
cuantos sinónimos diera de sí el diccionario. La insultaba por exponerse ante el país
entero enfundada en aquel vestido verde que tan bien le sentaba, y, según él, maquillada
como una cualquiera. Tampoco supe que estos mensajes se los enviaba en los descansos
de su actuación diaria ante las cámaras, comentando con desenvoltura acerca del último
fichaje de un equipo o la boda de algún jugador de postín con una escultural modelo,
cuyo escotado vestido y lo bien que le sentaba ocupaban buena parte de su espacio
deportivo.
Reconozco que, si lo hubiera sabido, me hubiera costado mucho creer. La pareja
que formaban Andrea con Antonio, el de deportes, era de lo más envidiado de la
contornada. Jóvenes, guapos y sobradamente preparados, y, por más que la figura de
ella quedara eclipsada ante el éxito de él, decían vivir a la espera de que le llegara la
oportunidad anhelada, precisamente esa que le brindó la caída fortuita de mi hijo en el
patio del colegio.
Andrea nunca contó, ni a mí ni a nadie, que el encantador periodista deportivo
desaparecía como por ensalmo en cuanto traspasaba los muros de su casa. Que con ella
se quitaba la careta para convertirse en un déspota obsesionado por saber en todo
momento dónde, con quién y cómo estaba, y por apartarla de todo lo que no girara
alrededor de él. Si lo hubiera sabido, habría comprendido sus continuas negativas a salir
a tomar algo con el equipo, sus excusas para venir a las comidas de trabajo a las que él
no asistía, o su cara de melancolía constante. Si lo hubiera sabido, habría sospechado
que sus sempiternas gafas de sol no se debían a la conjuntivitis crónica que decía
padecer. Si lo hubiera sabido, hubiera actuado de otro modo. Pero tal vez yo misma no
quise saberlo y preferí quedarme instalada en mi zona de confort donde Andrea y
Antonio, eran la pareja ideal.
Supe más tarde que la esperada celebración se convirtió en una tortura. Un
episodio más de los que Andrea vivía y callaba a diario, que habían llegado a motivar
llamadas de los vecinos a la Policía. Aunque nunca iban a ningún sitio. Los vecinos se
venían atrás en cuanto desparecía la causa de su malestar, los gritos que perturbaban su
tranquilidad. Y Andrea quitaba importancia a las cosas ante la policía con el
convencimiento de que, una vez más, él se arrepentiría y, esta vez en serio, no volvería a
suceder. Y aquella noche no fue una excepción. La Policía acudió una vez más al
domicilio y, una vez más, se marchó tras escucharle a ella decirles, una y mil veces, que
no pasaba nada. Comprobaron que no tenía ninguna herida visible y, eso sí, anotaron
cuidadosamente todo, que no en balde no era la primera vez que los llamaban y ya
andaban con la mosca tras la oreja. Y, a pesar de las súplicas de Andrea, prometieron
que volverían a la mañana siguiente a comprobar que todo seguía en orden.
Mientras tanto, yo, ajena a todo aquello, trataba de entretener a mi hijo, ya
cansado de estar en la cama viendo televisión o jugando a videojuegos. Le tenían que
hacer unas cuantas pruebas más y, a pesar de que su padre acudió en cuanto terminó su
jornada laboral, los propios médicos aconsejaron que fuera yo quien me quedara a pasar
la noche con él, que los críos siempre están más tranquilos con las mamás. De nuevo la

culpabilidad se apoderó de mí, porque lo primero que pensé fue en mi trabajo. La
situación tenía toda la pinta de no haberse despejado cuando llegara el momento de ir a
trabajar. Así que hice de tripas corazón y llamé a mi jefe, a sabiendas de que el hecho de
que yo ejercitara mi derecho a tener un día libre por el ingreso hospitalario de mi hijo le
sentaría a cuerno quemado. Pero, al fin y al cabo, estaba Andrea, que me había
sustituido a las mil maravillas el día anterior y que a buen seguro volvería a hacerlo. Así
lo hice, y traté de no darle más vueltas ni perder la compostura ante el torrente verbal
que soltaba mi airado jefe. Le envié otro mensaje a Andrea, que tampoco contestó y esta
vez no olvidé desearle suerte. Mucha suerte.
La noche transcurrió sin sobresaltos. Mi hijo estaba bien y, según parecía, la
cosa no quedaría en más que un susto. Así que esperamos pacientemente a que
terminaran con todas las pruebas precisas y toda la burocracia necesaria para que le
dieran el alta lo más pronto posible y volver a nuestras vidas en el punto que las
dejamos el día anterior.
Estaba a punto de ser mediodía cuando el corazón me dio un respingo. De nuevo
el teléfono móvil me amenazaba desde su pantalla luciendo un flamante número largo
que, como yo sabía nunca traía buenas noticias. En efecto, mi jefe, fuera de sí, me
ordenaba que fuera inmediatamente a los estudios. Andrea no había dado señales de
vida y apenas quedaba una hora para emitir el informativo. Alejé el teléfono de mi
oreja, para no destrozarme el tímpano con los alaridos, y me resigné a no argumentar
que tenía derecho a quedarme con mi hijo. Sabía que no admitiría nada de lo que le
pudiera decir.
A toda prisa, le resumí la situación a la enfermera y tras prometer regresar lo
antes posible, me metí en un taxi, desde el que le dejé un mensaje a mi marido en el
buzón de voz para que se ocupara del niño. Llegué al estudio con el tiempo justo para
que me espolvorearan la cara apresuradamente, y me senté ante la pantalla, por vez
primera, con la ropa que traía puesta. No había tiempo de repasar los textos y me
dispuse a leerlos directamente, como mejor pudiera, de la pantalla que nos ponían
delante.
No podía creer lo que las letras componían ante mis ojos. Mi cerebro se negaba a
leerlo en voz alta. Prescindí por completo del texto oficial y, con una voz que no
reconocía como propia, grité más que dije: «El malnacido de Antonio, el de deportes, ha
asesinado a Andrea Montes, nuestra querida compañera, de varios navajazos. Malditos
seamos todos, por nuestra complicidad».
Lo siguiente lo recuerdo como en una película a cámara rápida. El brusco corte
de la emisión, la cara furibunda de mi jefe, la mirada esquiva de quienes allí estábamos
y muchos gemidos sofocados. Me levanté, dejando ante mí la pantalla con el texto del
guion, que rezaba: «Ha fallecido la periodista de esta cadena Andrea Montes. Su cuerpo
fue hallado esta mañana con varias puñaladas y, aunque han detenido a su compañero
sentimental, no se han esclarecido las causas».
Fue mi último día de trabajo. Fui fulminantemente despedida por algo que
llamaron «causas objetivas» aunque mi jefe no se privó de aclararme que la razón fue

mi falta de profesionalidad, añadiendo que, de todos modos, me estaba haciendo mayor
y ganando demasiados kilos como para presentar el informativo.
Hoy, mientras envío el enésimo currículum en demanda de un empleo que nadie
me da, no puedo reprimir una sonrisa mientras veo en la televisión a una chica joven y
delgada, enfundada en un vestido verde, contar cómo se están reduciendo notablemente
las desigualdades entre hombre y mujeres, según los últimos estudios. Y apenas soy
capaz de reconocer el sillón en el que está sentada, el que ocupé yo durante tanto tiempo
y en el que Andrea se sentó una sola vez.
Antes de apagar el televisor, todavía puedo oírla decir con voz neutra que la
semana próxima se celebrará el juicio por la muerte de Andrea Montes.

Desaparición: el duelo nunca acabado


              Si hay algo más grave, si cabe, que perder a un ser querido, es no tener la certeza de saber si se le ha perdido o no, si está vivió o muerto, por más que todos los indicios apunten en la misma dirección. El cine ha dedicado películas a las desapariciones, como la mítica Missing o Matar a El Nani y hasta a fabuladas reapariciones, como la de Anastasia en sus diferentes versiones, o nada fabuladas, como ocurre en El crimen de Cuenca. Todo un filón para el séptimo arte.

              En nuestro teatro, la desaparición tiene muchas vertientes, con sus aristas jurídicas todas ellas, que van mucho más allá del dolor que causa no encontrar a un ser querido.

              En su momento, cuando estaba vigente el Código anterior y existía otro modelo de vida, se hablaba mucho del abandono de familia en sentido literal, el de el hombre -normalmente- que se marchaba de casa sin dejar seña, dejando a su esposa e hijos con tres palmos de narices. Lo que, jocosamente, se comparaba con ir a comprar tabaco y no volver. Hoy el delito de abandono de familia sigue existiendo, pero el más común es el consistente en el impago de pensiones y también los incumplimientos de otras obligaciones que no conllevan desaparición física.

              Por otro lado, un supuesto en que la desaparición tiene trascendencia penal es el caso de que se haya privado de libertad a una persona y no se haya dado noticia de su paradero, algo que surgió a raíz de lo ocurrido en su día con El Nani, que fue detenido en su día y cuyo cadáver nunca apareció.

              A todo el mundo le vienen a la cabeza, si hablamos de desapariciones, los casos tristemente famosos en lo que jamás apareció el cuerpo, aunque se juzgara al culpable, como el de Marta del Castillo o el de Marta Calvo. Un sufrimiento extra a unas familias que ni siquiera tienen donde llorar a sus muertos.

              Es el caso de lo ocurrido con los represaliados por el régimen franquista, o por cualquier otro, cuando sus cuerpos no fueron hallados, Hay familiares que todavía los buscan, y aunque la Ley de Memoria de 2007 y sobre todo la reciente Ley de Memoria Democrática de 2022 intentan remediar, al menos en parte, esta situación, todavía son muchos los que siguen en fosas y cunetas.

              Pero como digo siempre, hay vida más allá del Derecho Penal y ocasiones como la que acabamos de vivir en Valencia nos lo recuerdan dolorosamente. A día de hoy, todavía hay más de diez personas desparecidas por la DANA cuyos familiares los buscan incesantemente. Y, aunque parezca que el dolor es tanto que no hay nada más que importe, si lo hay. Mientras no aparezca el cuerpo de una persona, no puede abrirse su sucesión, ni dar una continuidad al destino de sus bienes. Evidentemente, la ley establece una solución para estos casos, que ya se arbitró en su día pensando en quienes desparecían en el curso de una guerra. No olvidemos que el Código Civil es todo un ancianito nacido en el siglo XIX.

              Recuerdo que lo relativo a la ausencia y a la declaración de fallecimiento eran de las primeras cosas que estudiábamos en Derecho Civil y, por cierto, de las más interesantes. Pero, literatura aparte, lo bien cierto es que las cosas de palacio van despacio y que para declarar legalmente fallecida a una persona han de pasar unos plazos y cumplirse unos requisitos que todavía aumentan más el dolor de la pérdida. Y también por esto es importante encontrar a los ausentes.

              Y hasta aquí, estas pinceladas sobre desapariciones y Derecho. Toda mi solidaridad para quienes han de pasar por este duro trago y mi aplauso, por supuesto, por quienes emplean todos sus esfuerzos en su búsqueda. Siempre, pero hoy especialmente.

Milagro: un cuento de agua


En estos días en que aún arrastramos una tristeza cargada de barro y agua, en nuestro teatro estrenamos un cuento, un cuento que cuenta otras cosas sobre el agua más allá del desastre que hemos vivido

Milagro

Todavía no me he repuesto de la impresión que me causó aquella historia. Era sencilla aparentemente, pero tan profunda que me costaba creer que la hubiera inventado una niña de once años. La contó como si no tuviera importancia sin darse cuenta de que tenía mucha. Toda la del mundo. La escuché sin parpadear, como todas las personas que estábamos allí. Y el final aun nos tienes sobrecogidas.

            “Cuando llegué, no sabía si aquello me iba a gustar. Es verdad que me hacía ilusión salir de mi casa, pero, al mismo tiempo, me daba un pánico inmenso dejar todo lo que había sido mi vida hasta entonces, Mis padres dijeron que era lo mejor para mí, y no podía desobedecerles. Pero tampoco se m ocurrió ni por un momento hacerlo. Ellos siempre decidían lo que era mejor para mí. Para mí, y para mis otras siete hermanas.

            Todo me resultaba raro. Mucho más que raro. Yo, que nunca había ido más allá del poblado de al lado, me subía de repente en una cosa que llamaban avión, una especie de pájaro gigantesco que volaba sin menear las alas llevándonos a nosotras dentro. Mi hermana y yo no sabíamos qué hacer, a pesar de que nos habían explicado antes todo lo que iba a pasar. Pero ver a aquella señora habiendo ese extraño baile, subiendo y bajando las manos, poniéndose y quitándose una extraña prenda de ropa y haciendo aspavientos nos dejó descolocadas. Íbamos a imitarla cuando, por suerte, nos percatamos de que nadie lo hacía y nos hicimos atrás, Menos mal.

            Una vez llegamos, las cosas no resultaron más fáciles. Vinieron a recogernos y nos llevaron hasta el lugar donde íbamos a dormir en un coche rojo, muy brillante. Yo había visto muchos coches antes, pero no eran tan bonitos. Los que se veían cerca de mi casa estaban viejos y llenos de tierra, Y no tenían techo, o tenían uno que se ponía y se quitaba. Nada que ver con el que nos estaba transportando.

            La habitación donde íbamos a dormir me gustó mucho. No se parecía en nada al lugar de donde veníamos, pero aquellas camas blancas blanquísimas y blandas blandísimas eran un verdadero sueño. No veía el momento de tumbarme y olvidarme del mundo, y del viaje, y el viejo hogar y el nuevo. Quería dormir, dormir y dormir. Y mañana, ya veríamos. Y no era la única. Cuando fui a dejarme caer sobre la cama, mi hermana ya se había dormido hacía un buen rato. Me acosté a su lado y me dejé llevar.

            No sé cuánto tiempo había pasado cuando me desperté. O, mejor, cuando me despertó el grito de mi hermana.

  • Mira, esto, míralo -me gritaba- No puede ser. No puede ser.

           Me acerqué a ella. Yo tampoco podía creerlo. Aquello era un verdadero milagro. Un milagro como nunca había visto.

            Cuando me explicaron que el milagro se llamaba “grifo” y podía dar toda el agua que quisiera solo con girar una especie de rueda, no supe qué decir. Solo le di la vuelta y me mojé las manos, y la cara, y el pelo. Y di un trago, y otro trago, y otro más.

            Ahora, después de varios meses viviendo aquí, ya me he acostumbrado, pero no dejo de pensar que es un verdadero milagro. Porque en mi tierra siempre faltaba esa agua que aquí parece sobrar”

Desde que conocí a Ada y escuché su historia, nunca he podido mirar los grifos de la misma manera. Tampoco dejo correr el agua ni la desperdicio como hacía antes. Ahora yo también he entendido que es un milagro.

Tristeza: cuando se pega a la piel


                Hay veces que la tristeza se posa en el ambiente y pesa tanto que no deja paso a nada más. Impregna la vida diaria como impregna títulos de películas como Triste pájaro de juventud o Balada triste de trompeta, o de series como Tristeza de amor o Canción triste de Hill Street, entre otras muchas. Tan tristes o más todavía.

                En nuestro teatro tratamos de sobreponernos a las cosas tan complicadas que vivimos en nuestras funciones, pero no siempre es fácil. Y a veces es casi imposible, como ocurre ahora. Porque no recuerdo haber tenido nunca esta sensación tan difícil pegada a la piel.

                No hace falta que me extienda contando con detalle que desde el pasado 29 de octubre de 2024 mi querida tierra, Valencia, respira tristeza y desolación.  No hace falta que cuente que el cielo se partió en pedazos e hizo que el agua se llevara por delante todo. Absolutamente todo. Vidas humanas, viviendas, negocios, perspectivas de futuro y medios de supervivencia. Y algo que no se cuantifica, pero se percibe en el aire. Que no es otra cosa que la alegría. La maldita Dana se llevó la alegría que siempre ha sido señal de identidad de Valencia.

                Reconozco que a mí me pasa igual. A pesar de que soy de esas privilegiadas a las que la Dana no ha afectado directamente, y que mi casa, y mi familia, y mi vida siguen aparentemente igual que estaban ese día maldito, ya nada es lo mismo Y, aunque parezca mentira, no encuentro mi sentido del humor, por más que ande tras él. Y ni poniéndolo en busca y captura aparece. Quiero pensar que la policía está demasiado ocupada ayudando a las víctimas para ayudarme a encontrarlo, y que más tarde aparecerá. Pero, de momento, nada. Ni está ni se le espera.

                Y no soy la única, desde luego. No hay más que asomarse a los pasillos mi Ciudad de la Justicia toguitaconada, también aparentemente intacta, para darnos cuenta de la herida tan profunda que el agua y el barro han infligido a nuestra sociedad. Mucha gente ha perdido a seres queridos, y hay quien ni siquiera los ha localizado. Muchas personas más han perdió sus casas, o sus coches, o muchas otras cosas. Y son personas con las que nos cruzamos cada día, con  las que hablábamos cada día. Por eso el ambiente está cargado de tristeza en estos pasillos. Por eso y porque, si en algún momento lo olvidamos, no hay más que salir a la calle y ver los coches de emergencias y los precintos que nos recuerdas que en el mismo edificio donde estamos trabajando se están haciendo las autopsias de todas esas personas que ya nunca volverán a sus casas ni a sus vidas.

                Contaba en el anterior estreno los efectos jurídicos y procesales de todo lo que ha pasado. Los fallecidos, los daños, la dura labor de los forenses, la de los peritos y compañías aseguradoras, la incidencia para profesionales que no pueden seguir trabajando y la repercusión en nuestro trabajo en cosas tan obvias como la suspensión de los plazos y de algunas de las vistas, el traslado de las sedes físicas de algunos juzgados y la potenciación, de nuevo, de los medios telemáticos, que parece mentira que no hubiéramos aprendido ya con la pandemia.

                Pero todo eso es contingente, y, más tarde o más temprano, acabarán volviendo las cosas a su sitio, al menos en lo que a la mayor parte de Toguilandia afecta. Pero nada volverá a ser igual. Y mira que hemos pasado cosas, pero no recuerdo una tristeza tan densa como esta. Ni con la pandemia, ni con ninguna de las otras desgracias que nos ha traído la vida. Ni siquiera con la pantanà del 82, que pensamos que fue un horror y no tuvo ni la décima parte de víctimas de las que ha habido ahora.

                Por todo eso, hoy no podía escribir sobre otra cosa. Ni tampoco podía dejar de escribir, paradojas de juntaletras como yo. Ni tampoco podía dejar de dar mi aplauso que hoy se convierte en homenaje a todas las víctimas. Ojalá esto no hubiera ocurrido nunca.

                Y de nuevo, gracias a @madebycarol por sus dibujos, que dicen más que muchas palabras,

Catástrofe: consternación y tristeza


Son muchas las películas que hemos visto sobre catástrofes y desastres, naturales o no. Algunas, basadas en hechos reales como Titanic, Lo imposible o La sociedad de la nieve; otras, de ficción, como El coloso en llamas o Aeropuerto 77 y sus secuelas. Y eso solo por citar algunas. Pero, como reza el dicho, la realidad siempre supera la ficción, y además es cruel y tozuda para demostrárnoslo. Y eso es justamente lo que acaba de pasar en mi tierra.

En nuestro teatro, pasada ya una semana de la maldita Dana que ha asolado muchos pueblos de Valencia -y algún otro más en Catilla La Mancha- seguimos notando las consecuencias. Tanto en el trabajo como en la moral, que anda más que baja, porque la cosa no es para menos.

Pero empecemos por el principio y por lo mas importante. Las vidas humanas perdidas. En estos momentos las personas fallecidas superan los dos centenares y las desaparecidas superan el millar. Con los muertos no cabe otra cosa que llorarles, pero respecto de las personas desaparecidas siempre cabe la esperanza de que hayan aparecido con vida antes o después de que alguien las echara en falta o no pudiera contactar con ellas, algo muy habitual en estas tragedias, Crucemos los dedos para que así sea,

Y hoy, más que nunca, hay que valorar el trabajo de los médicos forenses y de todas las personas que intervienen en el triste proceso que va desde la autopsia a la identificación de las personas fallecidas. Una labor tan dura como necesaria, en la que están dejándose la piel estos profesionales como la copa de un pino. Para ellos va, en primer lugar, mi homenaje.

Pero la desgracia no se acaba aquí. Los cuantiosos daños materiales han de ser tasados, sopesado, valorados y, en la medida de lo posible, indemnizados. Y para ello también hay otro grupo de profesionales trabajando sin descanso. Para ellos y ellas va también mi reconocimiento.

Y, por supuesto, el reconocimiento total para todos los profesionales de las emergencias que están dando el callo allá donde pueden hacerlo, burocracia mediante. Aunque, si alguien se merece reconocimientos, son todas las voluntarias y voluntarios que, escoba y pala en ristre, se han ido a echar una mano allá donde podían, dando una lección de solidaridad y humanidad de las que no se olvidan. La mayoría, muy jóvenes, para que luego se metan con nuestra juventud. Y es que si no lo digo reviento. Y tampoco es plan, que no está la cosa para bromas.

Pero, como nuestro escenario es Toguilandia, hay que hacer referencia a las implicaciones que esta catástrofe tiene en nuestra actividad. Por de pronto, han suspendido los plazos, porque solo faltaba que, tal como está el patio, alguien tuviera que preocuparse porque se le pasaba alguno, cuando hay quienes no tienen ni luz para comunicar. Y tampoco habría derecho a que un ciudadano o ciudadana se quedara privado de ejercitar un derecho por culpa del vencimiento de un plazo en esta situación.

Luego está lo de la suspensión de vistas y declaraciones, que todavía me tiene hablando sola. Y no por las que se han suspendido, sino por las que no se han suspendido. Es obvio que en pueblos devastados donde puede que ni el Juzgado quede el pie, o que no exista la carretera que conducía hasta él, se suspendan. Pero en el resto y, particularmente en la capital, donde se ventilan procedimientos que afectan a toda la provincia, tal vez debería haberse planteado. Porque bien está que se suspenda si alguien no puede ir -faltaría más- pero tal vez debería haberse hecho antes. Porque claro, si alguien se encuentra con ese papelito en que un juez le apercibe de que si no acude le deparará el perjuicio correspondiente, es razonable que intente llegar por cualquier medio. Aunque otras autoridades, las administrativas, hayan dicho hasta la saciedad que no usemos las carreteras si no es indispensable para no dificultar las labores de desescombro y búsqueda de desaparecidos. Pero igual es cosa mía.

Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de quienes no pueden acudir a trabajar porque las circunstancias se lo hacen imposible. Y ahí, sin perjuicio de lo que se ha acordado referente a que no tendrán obligación de acudir al puesto de trabajo, y no perderán retribución ni se le computará como permiso -solo faltaría eso- echo en falta la segunda parte, esto es ¿Quién cubrirá esas bajas? Porque echar mano de la buena voluntad de os compañeros y compañeras no basta, en una administración de justicia con una falta de medios personales de órdago. Así que ahí lo dejo, por si alguien quiere darle una vuelta al tema.

Y, para acabar, como dice el refrán, a perro flaco todos son pulgas, y por si no había suficiente nos incrementan el trabajo con los pillajes, de un lado, y con los disturbios -por llamarlos de un modo fino- de otro. Lo que nos faltaba.

Pero ahí seguiremos, como siempre. Porque la Justicia es un servicio público y es lo que toca. Pero no podía dejar de expresar mi dolor por las víctimas y mi admiración por quienes trabajan a destajo en todos los frentes para que salgamos de esto, como siempre hemos hecho. Para todos ellos el aplauso largo y la ovación cerrada. Junto con el agradecimiento, una vez más, para @madebycarol, autora de la ilustración que precede -y embellece- este texto

Toma de posesión: mi nueva fiscal jefa


              El hombre propone y Dios dispone. Es un refrán del que todo el mundo ha echado mano alguna vez, aunque ni siquiera crea en algún dios. Y yo lo haré hoy. Porque lo sucedido en mi tierra nos ha vuelto del revés el alma y el estómago. Pero hay que vivir Lo que queda del día y, sobre todo, El día después, por citar dos títulos de películas y no faltar a mi costumbre.

              En nuestro teatro, en principio, nos afecta profundamente cualquier catástrofe que altere nuestras rutinas diarias, pero lo que ha ocurrido es mucho más que cualquier catástrofe y los resultados van mucho más allá que alterar rutinas. Por eso no puedo escribir nada sin acordarme antes de todas las victimas de la terrible Dana que ha azotado mi tierra, y de todas las personas que todavía sufren y sufrirán por ello. Vaya para ellas toda mi solidaridad y todo mi cariño.

              Y, entre esas cosas que no tendrán lugar, había un acto muy importante para una persona a la que quiero y admiro, no sabría decir por qué orden. Pilar, mi compañera de toda la vida, la que preparaba la oposición conmigo y fue mi compañera de piso cuando ambas aprobamos, tenía que tomar posesión como nuestra nueva y flamante fiscal jefa provincial de Valencia. Se lo dije cuando lo supe, y se lo digo ahora: no puedo estar más feliz y orgullosa. Porque ella es de esas personas respecto de las que una puede sacar pecho y decir “es mi amiga”.

              Pero, además de ser mi amiga, es una jurista excepcional. No solo conoce la ley, sino que sabe perfectamente cómo utilizarla para conseguir adaptarla, sin forzarla, a cada situación, para dar soluciones y hacer justicia, que es de lo que se trata nuestro oficio. Y todo, siempre, con una sonrisa y un gesto amable, que la efectividad no tiene porque ser rígida ni antipática, ni dar gritos ni puñetazos en la mesa.

              He compartido con Pilar nuestro primer destino, Castellón, y también fuimos juntas a Gandía y más tarde a Valencia. Compartimos especialidad en violencia de género hasta que ella, espíritu inquieto donde los haya, cambió de tercio, sin perder la sensibilidad ni e conocimiento de una materia tan delicada como esta. Y llevó delitos económicos, y seguridad vial hasta recalar, en sus últimos tiempos, en una especialidad tan complicada y poco conocida como la de contencioso-administrativo, que en nuestra fiscalía va combinada con el Derecho laboral y mercantil Y os aseguro que pocas personas saben tanto de eso como ella. Bueno, de eso, y de mucho más. Y os aseguro que ahora no es la amiga la que habla, sino la fiscal. Una fiscal orgullosa de pertenecer a la misma carrera que ella.

              Hoy tenía que haber sido un día inolvidable en la vida de Pilar. Tenía que haber tomado posesión del cargo de fiscal jefa provincial, y tenia que haberlo hecho rodeada de todas las personas que la queremos y admiramos, amadrinada por la Fiscal de Sala de menores y con la asistencia del Fiscal General del Estado entre otras autoridades. Pero no ha podido ser del modo que estaba previsto. Ha tomado posesión, desde luego, porque es un acto oficial e ineludible, pero las circunstancias han convertido lo que tenía que haber sido un día de celebración en un acto más sencillo, aunque igualmente entrañable, porque nadie tiene el cuerpo para grandes celebraciones. Por desgracia.

              No obstante, este humilde escenario toguitaconado que dirijo desde hace años no quería dejar a mi amiga sin un regalo especial. Y, a falta de un acto alegre, como hubiera sido en otro caso, te dejo mis letras, escritas con todo el cariño. Espero que sirvan para que, al menos, tengas un mejor recuerdo de ese día. Y también para que el mundo sepa la suerte que tenemos en Valencia de tener una fiscal jefa como la que tenemos

              Así que no sé si seré la primera en felicitarte, pero sí la más entusiasta. Y a buen seguro que mucha más gente se une al aplauso que, desde este espacio, doy a nuestra nueva fiscal jefa, aun arriesgándome a que me llamen «pelota». Gracias por haber sido tan valiente como para asumir este reto.

Pobreza: La manta de cuadros


Y hoy, un relato para reflexionar, y algo más. Que lo disfrutéis y, si es así, podéis dedicarle el aplauso a su protagonista. A él, y a tantos como él que ni siquiera vemos

  • -Mamá ¿dónde está?
  • ¿Quién, hija?
  • Pues ¿quién va a ser? Nuestro pobre
  • ¿Cómo que nuestro pobre?
  • Pues el nuestro, el que se ponía aquí -mi hija señaló el hueco que había entre el portal de mi casa y el cajero automático- El de la manta de cuadros.

            Mi hija consiguió que se me cayera la cara de vergüenza. Con solo seis años, había sido capaz de ver todo lo que yo no había visto, con toda mi experiencia y con todo mi supuesto compromiso por los derechos humanos. Y es que, por más que me esforzara, no conseguía recordar a la persona a la que ella se refería. Ni siquiera me había dado cuenta de que siempre estaba ahí, de que siempre era el mismo. Mi propia hipocresía me saltó a la cara

  • No está, mamá. Ayer ya no estaba
  • Pues no sé, hija
  • ¿Y si le ha pasado algo? -una lágrima le empezó a brillar en el ojo, a punto de caer- Tenemos que enterarnos
  • ¿Y cómo vamos a saberlo?
  • No lo sé -me sonrió- Pero tú seguro que sí lo sabes. Las mamás lo saben siempre todo. ¿A que sí?

            Ahora sí que me había metido en un buen lío. O encontraba a aquel hombre del que no sabía absolutamente nada, o defraudaría a mi hija. Además de demostrarme a mí misma que era una impostora. Tenía que encontrarlo. No me quedaba más remedio.

            Empecé preguntando en el bar de enfrente. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. El dueño solo supo decirme que por fin de habían llevado a aquel tipo, que le espantaba a los clientes. Cuando lo llamó “despojo humano” ya no quise seguir escuchando. Por ahí no llegaría a ningún sitio.

            No corrí mejor suerte con el resto de vecinos de los comercios de la zona. La mayoría ni siquiera recordaban si el mendigo que pedía en su perta era siempre el mismo o era otro distinto. Y, de repente, cuando ya había perdió la esperanza, la empleada de la panadería se dirigió a mí. Era una chica joven, tan menuda que apenas se la veía, y tan tímida que no había oído nunca su voz

  • Señora -me dijo, tras seguirme hasta la puerta de mi casa- Yo sé que le ha pasado a Feliciano
  • ¿Feliciano? ¿Quién es Feliciano?
  • Pues el hombre al que busca. El que pedía todos los días junto a su portal
  • ¿El…de la manta de cuadros?
  • El mismo. Precisamente la manta se la regalé yo. La cogí de casa de mis padres, donde no la usaba nadie

          Otra vez me sentí como si me hubieran pegado una bofetada en mitad de mi amor propio. Aquella chica, casi una cría que pasaba las horas metida en el obrador, también sabía del hombre de la manta de cuadros. Incluso conocía su nombre.

  • Se lo llevaron en una ambulancia. Les llamé yo misma, porque había hecho mucho frío la noche anterior y lo encontré tiritando. Debía de tener mucha fiebre, porque estaba delirando. Lo pusieron en una camilla y se lo llevaron. Pusieron la sirena y todo, imagínese si lo verían mal. No he sabido más de él, aunque me encantaría. Espero que no le haya pasado nada malo
  • Y yo, desde luego.
  • ¿Usted podría enterarse? -me miró suplicante- Me gustaría tanto saberlo…

              De nuevo hacía una promesa que no sabía si podría cumplir. Pero no podía dejar de hacerla. Ya me sentí bastante ml como para mirar hacia otro lado cuando podía hacer algo para redimirme.

            Me costó bastante dar con la pista de Feliciano. Pero, al fin, averigüé qué pasó tras la llamada a Emergencias. El pobre hombre fue diagnosticado de hipotermia, lo que conocemos vulgarmente como estar muerto de frío en sentido literal. Porque, según me dijeron en el hospital, todavía estaba allí ingresado, debatiéndose entre la vida y la muerte. Y yo tenía que contarle aquello a mi hija.

            Traté de contarle la verdad sin lastimarla demasiado. Le dije que el hombre se había enfriado y estaba enfermo en el hospital, sin dar más explicaciones. También le dije que no podía ir a verlo, porque sabía que sería lo primero que pretendería. Pero, como siempre, mi hija me sorprendió

  • Mamá, no deberíamos consentir que a ningún hombre más le pase eso. Hace demasiado frío para estar en la calle. Aunque tuviera esa manta de cuadros de la que nunca se separaba
  • Seguramente, no era suficiente
  • Claro. Nosotras tenemos calefacción y mantas y aun así tenemos frío a veces. Imagínate qué será dormir en el suelo

             No podía imaginármelo, por más que lo intentara. Ese era el problema, que no había sido capaz de ponerme en su piel. Pero no podía seguir así. Algo tenía que haber aprendido de la lección que entre mi hija y la empleada de la panadería m había dado.

            Aquella manta de cuadros solo fue la primera. A partir de ese mismo día, mi hija y yo nos dedicamos a recoger todas las mantas del vecindario que estuvieran en buen estado. También recogimos fondos mediante donaciones, y hasta en una rifa. Conseguimos que nos dejaran un bajo para guardar todo lo que nos daban y, poco a poco fue creciendo el número de voluntarios. Les enseñábamos a leer, a tejer, a cocinar o a cualquier cosa que alguien pudiera enseñar. Lo que empezó siendo un reparto de mantas, se convirtió en un centro de ayuda que daba un poco de todo. Mi hija iba todas las tardes, cuando los deberes del colegio se lo permitían y yo hacía otro tanto.

            El otro día vino muy excitada a casa

  • Mamá, mamá
  • ¿Qué pasa?
  • Ha vuelto. Está bien y ha vuelto

              Ante mis ojos, Feliciano sonreía envuelto en su manta de cuadros. Nunca más olvidaría su nombre

Presuntos y famosos: nadie es sagrado


              Los escándalos sobre personas famosas juzgados en los tribunales son un gran tema para los escenarios y las pantallas, grandes o pequeñas. Películas o documentales se hacen eco de los juicios a personajes como OJ Simpson o a otros más cercanos en el espacio como Dani Alves o la mismísima Lola Flores. Y la lista podría ser muy larga.

              En nuestro teatro cada día estamos más acostumbrados a ver a personajes conocidos de todos los ámbitos sentados en el banquillo o a punto de hacerlo. Cosas que pensábamos que nunca pasarían, pasan, dejándonos con la boca abierta y una sensación indescriptible. Pero la democracia es lo que tiene. Todas las personas somos iguales ante la ley. Para lo bueno y para lo malo.

              Hubo un tiempo en que en la prensa se distinguían perfectamente las páginas de tribunales -o, en su caso, de sucesos- de las de otras secciones como política o sociedad, pero hoy en día todas ellas se van mezclando hasta el punto de no poder distinguirlas. Por desgracia, en la mayoría de los casos.

              Primero fue la corrupción, que empezó arrastrando a políticos de todos los colores. Si hace un tiempo había sido impensable que una persona con un grado importante de poder pudiera llegar a ser siquiera investigada en un juzgado, poco a poco nos fuimos acostumbrando a estas escenas, que llegaron a su punto culminante cuando fueron protagonizadas por la institución que hasta el momento se había considerado más sacrosanta: la corona. El día en que una infanta de España se sentó en el banquillo, aunque luego fuera absuelta, y su marido no solo fue condenado, sino que ingresó en prisión, cambió nuestro mundo. Ya nada era intocable. Y seguimos comprobándolo en la más candente actualidad, donde hemos sabido del presunto chantaje que una vedette hacía nada menos que al rey de España para que no se conocieran, entre otras muchas cosas, sus secretos de alcoba.

              Y es que poderoso caballero en Don Dinero . Su canto de sirena ha acaba arrastrando hasta los infiernos de prisión y condenas a quienes en su día fueron banqueros famosos, personajes de la jet set, ministros o presidentes de comunidades autónomas. El último de ellos hace nada. Y lo que te rondaré, morena, me temo mucho.

              Pero no solo la clase política se veía en semejantes tragos. Las deudas con hacienda han llevado ante los tribunales a artistas tan conocidos y queridos como Lola Flores, Ana Torroja o los protagonistas de Cuéntame, Ana Duato e Imanol Arias. Amén de la propia Shakira, que hasta dedicó una estrofa de una de sus canciones más famosas a tan desagradable circunstancia, culpando, eso sí, a su entonces esposo futbolista de la jugada, nunca mejor dicho. Y es que en el balompié hay otro filón: el de las deudas con Hacienda. Parece que algunos pretendían tener el mismo acierto tirando a portería que eludiendo al fisco. Pero no se puede tener todo.

              La prueba evidente de que no se puede tener todo es la tristísima relación que ha existido entre quienes practican deportes de élite, particularmente el fútbol, y la creencia de que tienen patente de corso para todo, incluso para abusar sexualmente de cualquier mujer. El caso de Dani Alves fue la puna del iceberg, pero no es el único caso. Recordemos, sin ir más lejos, la condena de futbolistas mucho más modestos, como los del caso del Arandina, y alguno más que todavía está investigado. Sin generalizar, por supuesto. Solo faltaba

              Y es que parte de la sociedad aun no ha entendido eso de que solo sí es sí. Ni siquiera quienes contribuyeron a la redacción de esa ley, según estamos viendo ahora mismo, y sin perjuicio, por supuestísimo, de la presunción de inocencia. Y ya bastante antes, ese movimiento llamado “MeToo desvelaba las actitudes de algunos famosos, que van desde los comportamientos sexualmente inadecuados, hasta las agresiones sexuales con todas sus letras, como esas por las que ha sido condenado quine otrora fuera un todopoderoso productor de Hollywood.

              Y hasta cabe la combinación de artisteo y política de dinero y otras cosas en los banquillos de nuestros tribunales. Isabel Pantoja fue, en su día, la viva imagen de aquello que nunca pensamos que pasaría. Y, como la vida sigue, entró en prisión, cumplió su condena y hoy ha vuelo al candelero. O al candelabro, como dijo una famosuela en su día, una que decía que se dejaba la piel en el pellejo, nada más y nada menos.

              Así que, con esto bajo el telón por hoy, en un estreno que mezcla Toguilandia con otros mundos. Pero queda el aplauso, y ese va destinado, sin duda alguna, para todos esos profesionales del derecho a quienes no les ha temblado el pulso a la hora de derribar barreras. Que es algo muy difícil

Lenguas viperinas: la bulocracia


              La lengua puede ser una de las armas más peligrosas que hay. Lo vivimos en nuestra realidad y se vive en las pantallas, donde títulos donde La calumnia nos muestras lo peligroso que es un bulo que se hace grande. La versión cinematográfica del “injuria que algo queda” de nuestro refranero popular.

              En nuestro teatro, la lengua no solo puede ser un arma poderosa, sino que es nuestro principal instrumento de trabajo, y ella la convierte en la reina. Con todo lo que de bueno y de malo puedo traer.

              Por eso hay que tener mucho cuidado con las lenguas viperinas. Porque es cierto que hay más de uno y de una que si se mordieran la lengua se envenenarían. Aunque no suele ser el caso porque andan con más cuidado que nadie, por algo son quienes mejor manean la mentira y la bulocracia.

              Por un lado, no podemos perder de vista que en nuestro teatro, insultar y calumniar es delictivo. Aunque, desde 2015, no lo es siempre, porque con la desaparición de los juicios de faltas y su cambio por los delitos leves, se acabó con la antigua falta de injurias, que copaba el 90 por cien de los delitos de este tipo. Porque ha de tratarse de un insulto muy gordo y hecho en unas circunstancias muy especiales para que pueda considerarse delito menos grave, y no entenderse que se incardinaría en la falta, hoy destipificada. Que, además, necesita de querella para poder ser perseguido. Aunque hay excepciones, como siempre, que son en este caso las injurias en el ámbito de la violencia doméstica y de género, que son punibles aunque sean leves, pero sí necesitan denuncia, y las injurias a funcionarios públicos por hechos cometidos en su cargo, que son perseguibles de oficio. Ya se sabe que en Toguilandia siempre nos gusta complicarnos la vida.

              De ora parte, no podemos olvidar el bulolegalismo que cada vez padecemos más, y al que ya dedicamos sus correspondientes estrenos.  Creencias populares de determinadas cosas en Derecho que, o no existen, o existen pero de otro modo. Cosas como que a partir de los 70 años se es absolutamente impune y hay manga ancha delincuencial. Cuando lo que ocurre en realidad es que, de proceder la prisión, la persona es clasificada directamente en tercer grado, y eso si se trata de cumplimiento, porque la prisión preventiva la pueden cumplir sin ninguna limitación. O el de que hasta los 3 años la custodia de los hijos e hijas es siempre de la madre, cuando nos hay ninguna norma que así lo establezca y hay que estar al caso concreto. Aunque tal vez mi preferido es el “te pongo un alejamiento” con el que algunas personas se amenazan, incluso en los platós de televisión, respecto al cual hay que aclarar, una vez más, dos cosas: que el alejamiento lo establece la autoridad judicial, y que no es automático, sino que se determina o no según las circunstancias de cada caso.

              Pero ¿qué es lo que pasa cuando un bulo se extiende hasta descontrolarse? Pues eso, que es casi imposible revertir la situación, aunque se demuestre que lo que se extendió era falso. Pensemos, sin ir más lejos, en el momento en que a algún profesional se le cuelga un sambenito, particularmente el de ser una persona “conflictiva” o “problemática”. Por más que se demuestre que no es así, incluso aunque se aclare que el problema nunca lo causó esa persona sino otra, todo el mundo la recibe con las alarmas puestas Por si las moscas. Y, si en vez de tratarse de un bulo de esta índole, sino que tiene algo que ver con la comisión de un delito, el “injuria que algo queda…” apaga la presunción de inocencia en corrillos y maledicencias, por más que la ley diga lo que diga. Y eso que somos juristas…

              No obstante, la burocracia más peligrosa es la que pasa de los mentideros a los procesos judiciales. La prensa, con su instantaneidad de hoy en día, y las redes sociales, facilitan que cualquiera que disponga de una información, verdadera o falsa, contrastada o no, pueda usarla ante los tribunales en forma de querella o denuncia que, en cualquier caso, produce un daño irreparable. No podemos convertir Toguilandia en un Sálvame toguitaconado de emisión continua. Porque el peligro nos puede rondar a cualquiera.

              Y es que a mi me preocupa cada día más que las páginas de política de los periódicos no se distingan de las de tribunales, y viceversa. Porque tan mala es la judicialización de la política como la politización de la justicia. Y viceversa.

              Y, como diría Mayra , de la que ahora nos acordamos especialmente, hasta aquí puedo leer. Solo me queda el aplauso. Y lo reservo para todas aquellas personas que se dan un tiempo para pensar antes de decir lo que les viene a la boca. O de escribirlo, que aún es más peligroso