Dolo: la intención


              Hay quien sostiene que para hacer algo, solo hay que quererlo y poner toda la carne en el asador para conseguirlo. Y aunque tiene un punto de razón, querer no es suficiente. Más de una vez he visto películas donde se pretendía hacer una obra de miedo y acaba resultando una comedia descacharrante porque sus personajes o situaciones no daban miedo sino risa. Y otro tanto cabe decir de los dramas: hay quien, pretendiendo hacer un dramón tipo Lo que el viento se llevó no se queda más allá de Los albóndigas en cualquiera de sus entregas. Aunque es casi peor lo contrario: hacer reír y no lograr más que hacer llorar de pena. Y es que la intención es importante, pero no lo es todo. Ni mucho menos.

              No obstante, si hay algún ámbito sonde la intención es fundamental, es nuestro teatro. Tanto es así que se puede llegar a dar muerte a alguien sin tener la mínima intención de hacerlo, y viceversa. Y el Derecho Penal ha de atender forzosamente a esa intención para calificar los hechos e imponer la pena. Es eso consiste el dolo, aunque no siempre es fácil de entender. Ya dedicamos un estrene a la subjetividad pero había que abundar más

              El dolo, en una primera aproximación muy de andar por casa, se puede entender como la intención de causar un mal determinado. Por supuesto, puede causarse o no, según lo atinado del autor y lo favorables o adversas de las circunstancias. Para eso están, precisamente, lo grados de ejecución del delito, lo que en Derecho llamamos Iter criminis. Porque se pude querer matar a alguien, tener una pistola fantástica para hacerlo y una puntería excepcional, y atascarse el cargador. O, al revés, puede no tenerse ninguna intención de matar a alguien cuando se arroja una piel de plátano al suelo, pero tener tan mala fortuna que alguien la pise y se dé contra un bordillo, fracturándose el cráneo.

              Estos ejemplos son, desde luego, extremos, y por tanto fáciles de deslindar. Pero las cosas no suelen ser tan sencillas. Pensemos en quien conduce un coche con una velocidad excesiva y, al no poder frenar a tiempo, atropella al niño que corría a la calzada a recoger su pelota. Está claro que el sujeto no tenía intención ninguna de matar al niño, aunque el hecho de conducir demasiado rápido haya desencadenado el fatal desenlace, más aún si la conducción se hacía tras haber ingerido alcohol o drogas. Pero, aunque los padres del niño, en una comprensible reacción, griten “asesino” al autor, como hemos visto más de una vez en imágenes de informativos, no es así. Será, como mucho, autor de homicidio, y no a título de dolo sino de imprudencia, porque no tenía intención de matar al niño ni a nadie. Lo cual no significa que no tenga su merecido, puesto que los homicidios imprudentes también están castigados en el Código Penal.

              Cuestión diferente es la de la persona que tiene toda la intención del mundo de matar a alguien, pero utiliza unos medios que no matarían ni a un mosquito. Es el caso, que siempre nos ponían en las clases de Derecho Penal para hablar del error, de hacer vudú o echar mal de ojo. Así que aquí, a pesa de que el dolo existe, no hay delito. Porque el Derecho Penal sanciona acciones, no pensamientos. De ahí el brocardo “cogitationem nemo patitur” -el pensamiento no delinque-, toma latinajo . De modo que podéis seguir imaginando que matáis a vuestro jefe, o a cualquier otro que eso no computa. Y hasta sirve de desahogo.

              En otras ocasiones la cosa se pone más peliaguda. Proporcionar una sustancia a alguien que es alérgico será o no delictivo dependiendo de que quien lo haga conozca la existencia de la alergia y, por supuesto, se pruebe, que la presunción de inocencia es lo que tiene. Un caso parecido al de quien da un disgusto al enfermo de corazón que sufre un infarto, en que conocer la dolencia y la capacidad objetiva de la noticia de causar ese mal determinará la existencia o no de dolo

              Y, aunque no solo de matar vive el Derecho Penal, es lo más fácil de probar. Porque cuando nos metemos en terreno resbaladizo como ocurre con los delitos contra la libertad e indemnidad sexual, la cuestión se complica aún más. Por supuesto, no con una violación violenta con penetración, pero sí en otros supuestos. ¿Cómo distinguimos la palmada en el trasero de una subordinada que pude ser, según la intención, una vejación, un mal trato de obra, una agresión sexual, un acoso o un mero accidente? Pues por el dolo, aunque la práctica lo pone complicado. Pero si no fuera así, cualquiera podría ser juez o jueza. ¿no?.

              Los delitos contra el patrimonio, por su parte, requieren de un dolo específico, el ánimo de lucro.  Si alguien coge una crema en un supermercado y no la paga, puede haberse olvidado o hacerlo deliberadamente. Incluso puede haberse olvidado y, al darse cuenta, en vez de devolverlo, decidir quedársela. Y eso es el ánimo de lucro, ese dolo específico para cometer el delito. Que se lo digan si no a alguna política de pro grabada in fraganti.

              Por si fuera poco, hay categorías intermedias, también dolosas y también castigadas. Por una parte, el dolo de segundo grado, del que sería ejemplo paradigmático el del terrorista que quiere matar a su objetivo, pero no le importa matar para ello a su chófer o a su hija que estaba con él, y que también habrá de responder a título de dolo de ambos asesinatos.

              De otra parte, el llamado dolo eventual, que existe cuando el sujeto se presenta un resultado como probable y aun así actúa asumiéndolo. Sería el caso de quien abre la espita y gas o prende fuego a un edificio habitado sin comprobar que había gente dentro, e incluso del de aquellos a quienes “se les va la mano” con prácticas sexuales peligrosas que pueden llevara a la muerte y, de hecho, la producen. Ni que decir tiene que en este caso y en el anterior se responde y se castiga por dolo.

              Y, para acabarlo de arreglar, el dolo no solo puede ser penal. También puede darse en el ámbito civil, pero si es difícil distinguirlo en el ámbito criminal, en el civil ya es para nota. Quedémonos con la idea de que es la intención de causar daño deliberadamente con una acción que no es delictiva, pero perjudica a otro

              Hasta aquí, estas pequeñas pinceladas para hablar del dolo, una de las claves del Derecho Penal. Y, por cierto, uno de los temas que más salen en la oposición, aunque no quiero ser malpensada. Solo resta el aplauso, y hoy se lo dedicaré a quienes, día tras día, se ven obligados a distinguir dolo de culpa, dolo civil de dolo penal, hechos punibles de otros que no lo son. ¡Qué tarea más difícil e importante!

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