Iter criminis: La vida del delito


                No siempre se logran terminar las cosas. A veces, más de las que quisiéramos, se quedan a medias, por nuestra culpa o por culpa de las circunstancias. La vida, y el cine con ella, está llena de Sueños frustrados, Vidas truncadas y de Cosas que debemos hacer antes de morir, aunque parezcan ser Lo imposible. Aunque a veces hasta los sueños imposibles se hacen realidad, lo más normal es que queden ahí, como una Asignatura pendiente.

               En nuestro teatro, el punto de cocción en el que quedan las cosas, especialmente en Derecho Penal, tiene un nombre, grado de ejecución. Y, el conjunto de ellos se denomina con una latinajo de esos que tanto nos gusta en Toguilandia, Iter Criminis, que, traducido literalmente del latín, quiere decir “camino del delito”. Que, por poético que parezca, se asemeja más a un Via crucis que a un camino de rosas.

                Cuando yo estudiaba la carrera y luego la oposición, es decir, en el Pleistoceno, existían tres grados de ejecución del delito: la consumación, la tentativa y al frustración. Hablábamos de delito consumado o acabado, intentado o frustrado. La diferencia entre esas dos formas imperfectas estribaba en que se hubiera hecho todo lo que debía para producir el delito y esto no se hubiera acabado por causa diferente a la voluntad del autor, o el caso de que faltara algo y eso fuera lo que determinara que el resultado delictivo acabara abortado. Muy fácil en teoría y verdaderamente difícil en la práctica. Pensemos en esos casos en que se encasquilla el arma homicida o, mas difícil todavía, cuando alguien se interpone entre autor y víctima recibiendo el disparo. Para volverse loca a la hora de calificar la verdad.

               Tal vez por eso, o porque no tenía demasiado sentido la distinción y la consiguiente diferencia de pena, el Código del 95 simplificó las categorías a dos: delito consumado y delito intentado. Y , de un plumazo, le quitó un montón de trabajo a la jurisprudencia, dicho sea de paso, No hay mal que por bien no venga.

                Así que hay delito consumado cuando se ha conseguido el resultado proyectado, e intentado en los demás casos. Pero, como siempre pasa en Derecho, las cosas no son tan sencillas. ¿Qué pasa cuando se intenta cometer un delito pero el resultado da lugar a otro delito? El caso más típico es el de quien, queriendo matar, se queda a medias y causa lesiones de cualquier índole. Habrá que ir a buscar los indicios que confirmen, en la medida de lo posible, la voluntad de matar y a resultado producido, para luego aplicar, en su caso las reglas del concurso.

                Incluso puede pasar lo contrario, que se pretenda hacer menos de lo que en realidad se hace. Que se trate de golpear a alguien y, por efecto del golpe, acabe muriendo. Algo a lo que se dio el rimbombante nombre de homicidio preterintencional. También habrá que aplicar las reglas del concurso entre el delito intentado y el consumado, aunque, a la hora de la verdad, el principio de in dubio pro reo acaba facilitando mucho las cosas. Otra vez el latinajo acude en nuestra ayuda.

                Pero en Toguilandia no todo es blanco o es negro. Y hay algunos puntos intermedios que lo complican todo. Entre esas zonas grises está el llamado delito imposible, que existe cuando, pese a que se quiere delinquir y se pone toda la carne en el asador, o la carne o el asador no son lo adecuado. Puede ocurrir por error en el objeto –en latin, aberratio ictus-, cuyo caso paradigmático es el de quien, creyendo que lo que tiene en la mano es veneno, lo pone en el café de su víctima cuando en realidad se trata de azúcar, algo que no se castigaría por el principio de que el pensamiento no delinque .cogitationem nemo patitur, más latinajos-. Al otro lado de las posibilidades, el caso de quien proporciona azúcar a un diabético o un alérgico sin saber que lo es, en cuyo caso tampoco hay castigo posible, pero en este caso por falta de dolo, o voluntad criminal.

                 Y, aunque alguien crea que estas cosas no pasan, pasan más de lo que creemos. Por desgracia, en la trata de personas utilizan mucho la amenaza de practicar vudú, porque saben que sus víctimas creen firmemente que este es un medio apto para matar, por más extravagante que nos parezca.

                 La segunda variedad de delito imposible seria el llamado error in personam, otro latinajo que no traduzco por obvio. Sería el caso de quien mata a un extraño creyendo que era su padre. En este caso, evidentemente, responderá igual por homicidio o asesinato, aunque no se aplicará la agravante de parentesco por más que a quien quisiera matar fuera a su padre. Y, si, a la inversa, el muerto es el padre pero el autor desconocía la paternidad también se respondería por la muerte pero no por la agravante.

                 Pero a veces, el delito no se acaba con el resultado. Pensemos en el ladrón que luego vende los objetos robados. En este caso, se trata de fase de agotamiento del delito, impune por lógica. Si el ladrón no pudiera aprovecharse del producto de su fechoría, no robaría. Sin embargo, cuando quien se aprovecha es otro y conoce el origen delictivo de los hechos, conoce un delito distinto, la receptación.

                   También es difícil muchas veces determinar el momento de la consumación. Está claro que si se trata de un homicidio, cuando el sujeto muere, y de un robo, cuando se apropian de los bienes, pero en otros casos no está tan claro. Es el caso de los llamados delitos a distancia, en que la duda de si la carta amenazante es un delito consumado al enviarla o al recibirla. Lo suyo es que sea al recibirla, porque si nadie se siente amenazado es difícil que exista el delito, pero hoy en día con la instantaneidad de la tecnología, a cosa se desdibuja bastante. Es paradójico – o no- que la ley haya previsto perfectamente cómo encuadrar estos delitos cuando se trata de una carta, pero surjan multitud de dudas cando lo que se envía es un correo electrónico, o un mensaje de whatsap o en redes sociales

                   Lo que si está consumado es este estreno. Si es al enviarlo, o al leerlo cada cual, que lo decida quien lo lea. Y de paso, que se dé el aplauso una vez tenga la respuesta. Y me lo cuente, ya puesto, cm fase de agotamiento.

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